jueves, 23 de diciembre de 2010

El secreto de los genios II

Mauricio Lebedinsky
Capital Intelectual. Ensayo de arte y literatura, 140 páginas. Edición 2008.

La batalla de todas las batallas es escribir.
Melville

Observaba Borges que la realidad es tan compleja y fragmentaria que un observador omnisciente podría redactar un número indefinido de biografías de una persona. Una podría ceñirse a sus cambios de domicilio. Otra, a sus lecturas. La tercera, a los encuentros amorosos. La cuarta, a lo que han dicho de él… y así hasta casi el infinito. El señor Mauricio Lebedinsky ha decidido retratar a dieciocho personalidades eminentes, describiendo sus métodos de trabajo y sus procesos creativos. El libro desdeña lo exhaustivo, es de pinceladas cortas; pero resulta casi siempre ameno pues se las ingenia para transmitir gozosas experiencias de lectura. Tiene el autor, por cierto, talento para exornar la escritura con citas memorables.

La obra rescata a un intelectual argentino olvidado: Aníbal Ponce. Y rinde homenaje a dos historiadores de fuste (José Luis Romero, Halperin Donghi), dos pensadores combativos (Bourdieu y Eco), una militante de las buenas causas (Susan Sontag), siete clásicos (Dickens, Melville, Flaubert, Stevenson, Carpentier, Cortazar, Calvino), cuatro escritores de hoy (Vincent, Nélida Piñón, Vázquez Montalban, Pérez Reverte) y un dirigente político (Jean Monnet).

Los secretos de los genios confirman que Oscar Wilde estaba en lo cierto: el noventa por ciento del gran arte es transpiración y sólo un diez por ciento se nutre de la inspiración. Hay que dejar el pellejo trabajando para poder parir una obra perdurable, dejarse atormentar por la obsesión de la página musicalmente perfecta. El secreto de Dickens es que no dejó de escribir “ni un minuto de su vida”. Los nuevos narradores argentinos deberían tomar nota del procedimiento. Aunque, claro, siempre podrá justificarse la pereza apelando a la única excepción de esta galería de notables que casi nada confía a la acción repentina: Julio Cortázar, un partidario de crear como si se improvisara jazz, según su interesada confesión. Al parecer, el señor Lebedinsky se haya tragado el mito -fabricado por el propio escritor- de la escritura automática, de la visita divina de las musas a las cafeterías del boulevard Saint Germain.

Guillermo Belcore
Publicado en el suplemento de Cultura del diario La Prensa de la edición del domingo 19 de diciembre.

Calificación: Bueno

No hay comentarios:

Publicar un comentario