miércoles, 14 de septiembre de 2011

El antimonio

Proyecto Diez Mil Cuentos

Argumento número catorce

El antimonio
Leonardo Sciascia. Los tíos de Sicilia, Bruguera, edición 1983.

Para huir del infierno de las minas de azufre y la pobreza, un joven se enroló en el Corpo Truppe Volontaire. Peleó en Málaga, Cadiz, Guadalajara, Santander, Belchite y Teruel. Alegró sus días un amigo, Ventura, que había ido la guerra con el propósito de buscar a los estadounidenses de las Brigadas Internacionales y así poder retornar a Nueva York a trabajar como ganster. El muchacho descubrió que no era un caso aislado, con la excepción de un puñado de fascistas incondicionales, la mayoría de los italianos fue a España por la paga; peor que la bala es el desempleo. Le causaron asco los crímenes de La Falange y de los moros, pero admiró a los valientes (el pueblo español es el que tiene más dignidad en el mundo frente a la muerte). El generalísimo Franco, siempre con ese aspecto del hombre que acaba de rezar en un reclinatorio de terciopelo, no le causó buena impresión, tampoco los anarquistas. Se volvió sabio. Tuvo la espantosa revelación de haber ido a España a luchar contra su esperanza, contra la esperanza de millones como él. La guerra civil, que nunca es tan estupida como una guerra entre naciones, se libraba entre los señoritos, los curas y los esbirros, por un lado, y los campesinos, mineros y desperados por el otro. En Teruel perdió un mano y, por fin, lo enviaron a casa. Era un héroe de guerra, con una buena pensión. En Sicilia no le creyeron que los italianos luchaban a favor de los ricos. El régimen lo premió con un empleo como preceptor de escuela. El pidió irse a una gran ciudad. "Para ver cosas nuevas", dijo al soprendido secretario del fascio de su pueblo.

PD: Los amigos y las amigas de este blog, que por cierto son muchos, saben que soy un lector ferviente de Leonardo Sciascia. Esa urgencia por opinar sobre todo, por reinterpretar la Historia nunca deja de ser esclarecedora. El cuento que aquí resumo ocupa unas ochenta páginas, nada menos. Quiso darle una voz, una cara, una conciencia al italiano pobre que Mussolini envió a luchar contra el español menesteroso. Semejante ambición, me resulta admirable. Senti al reelerlo el mismo intenso placer que la primera vez.

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