martes, 14 de mayo de 2013

Pobre Valerio Catulo

Entre otros efectos nutricios de los libros, hoy quisiera destacar uno que -hasta donde yo sé- no se la ha prestado la debida atención: la Alta Literatura propala la ética cosmopolita que es -a mi juicio- la única que puede defender la persona inteligente y bien intencionada. Todos somos hijos del Caos. Las diferencias de raza, religión, nacionalidad, política y clase social son epidérmicas, detalles que sólo sirven para dividir y sembrar el odio. A todos los seres humanos nos duelen o nos conmueven las mismas cosas. A esa conclusión se arriba con la ingesta de la novela, el cuento o el poema sublime (bien leído). Un creyente podría decir -y yo no voy a desmentirlo- que la conclusión correcta es que la Alta Literatura es esencialmente cristiana: predica, de manera oblicua, que todos somos hijos de Dios. Por eso -a esto quiero llegar- una poesía escrita hace dos milenios puede hoy emocionarnos, como si hubiera sido escrita en la tarde de ayer. Es un monumento imperecedero del intelecto (la metáfora es de Yeats). Su potencia emocional es transhistórica. Dentro de un millón de años seguirá estremeciendo a sus lectores, porque todos somos hijos del Caos.

En esto pensaba después de disfrutar el “refinamiento supremo” del veronés Gayo Valerio Cátulo. Vivió sólo 30 años (¿87-57? antes de Cristo), despreció al dictador Julio César (aunque era amigo de su padre) y produjo una lírica exquisita. Tuvo la mala suerte de enamorarse de una putilla hermosa, casada e infiel a sus amantes. Clodia le entregó sus deleites y luego lo despreció. Le partió el corazón en mil pedazos. Gracias a Dios, porque fruto de ese amor que odia, Catulo escribió un poema magistral. Reproduzco la versión de Ernesto Cardenal, que he encontrado en una recopilación de escritos de Gabriel Zaid (pinche aquí).


Pobre Valerio Cátulo, no te hagas ilusiones
y lo perdido dalo por perdido.
Para ti ya brilló el sol una vez,
cuando corrías detrás de la muchacha
que amé como ninguna otra ha sido amada.
Y hubo entonces, ¿recuerdas? tantos goces
que tu pedías y ella no negaba.
Sí, para ti ya brilló el sol una vez.
Ahora ella no te quiere: tu no quieres tampoco.
Ni sigas a la que te huye, ni estés triste,
sino pórtate valiente, no claudiques.
Adiós muchacha, Cátulo ya no claudica,
ni nunca más te buscará, ni volverá a rogarte.
Pero a ti te pesara cuando nadie te ruege.
¡Me da lástima por ti! Pienso qué días te esperan.
¿Ahora quién te visitará? ¿Para quién serás bella?
¿Ahora a quién amarás? ¿Dirán que eres de quién?
¿A quién vas a besar? ¿A quién le morderás los labios?
Pero tú, ¡valiente! Cátulo. ¡No claudiques!

Cátulo se habla a si mismo. Obsérvese el delicado y eficaz pasaje de la segunda a la primera persona. El desdoblamiento de la conciencia es magnífico. Pero cambié usted, sea hombre o mujer, el nombre Cátulo por el suyo y entenderá porque la Alta Literatura es eterna y cosmopolita.

Guillermo Belcore
 

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