domingo, 16 de febrero de 2014

Un holograma para el rey

Dave Eggers

Literatura Random House. Novela. Edición 2013. 287 páginas.


Dave Eggers ha creado un personaje de la misma estirpe que Bartleby el escribiente o Akaki Akákievich. ¿Será un exceso de entusiasmo sostener que esta novela es El capote de nuestro tiempo? Alan Clay es un hombre que se ha tornado insignificante, un perdedor impasible. Una hoja seca maltratada por las fuerzas de su época. Un fracasado, con un matrimonio hecho trizas, que ya no puede pagarle la universidad a su hija, despreciado por su padre. Vendía bicicletas cara a cara, objetos reales a gente real. La fábrica de Chicago trasladó la producción a Oriente y luego quebró. Alan tiene cincuenta y cuatro años “y para la América empresarial es tan fascinante como un avión de barro”.  Un malentendido lo lleva a Arabia Saudita, a intentar venderle al Rey Abdalá equipos holográficos. Naturalmente, las decepciones le salen al paso (aunque también una salida). En la interminable espera (es imposible no pensar en Kafka), Alan se entrega a rememorar hechos imposibles de cambiar no sólo de su pasado, sino de Estados Unidos. El malestar con la globalización. La presunción de la decadencia.

Eggers, escritor y editor de culto de Boston, ha logrado esa proeza literaria de unir el destino individual con el devenir de la sociedad en su conjunto, pero de la mejor manera, sin alardes ni soflamas. Los procedimientos oblicuos -como decía Borges- son los mejores . La escritura de Eggers es precisa, clara e ingeniosa. Se añaden, incluso, algunos chistes desopilantes que uno no puede dejar de contarlos a los amigos. Se añade información: sobre Schwinn, una empresa real de fabricación de bicicletas que dominó el mercado estadounidense durante ochenta años (hasta que un día despertó China), y sobre las costumbres y miserias de Arabia Saudita, el reino conservador donde campean a sus anchas el despilfarro económico y la hipocresía moral.


A pesar de todo, el amor se le aparece a Alan en la forma de una doctora árabe como antídoto para las desdichas laborales. Hay una tabla sólida a disposición del náufrago: construye algo con alguien y te salvarás, es la moraleja del libro. Pero son tiempos duros (¿cómo todos?) para los hombres y las mujeres sensibles.

¡Debería importar donde se fabrican las cosas!, clama Alan Clay. Uno no puede dejar de coincidir con él. El drama de su dolor existencial nos toca íntimamente. Este es el misterio, la enorme grandeza, de la Alta Literatura. 

Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Muy bueno

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