lunes, 14 de septiembre de 2020

La distopía del distanciamiento social

 

Hasta donde uno sabe, no ha aparecido en todo el campo de la filosofía una anatema más convincente contra el aislamiento radical como el que ha elaborado Giorgio Agamben (Roma, 1940). El título lo dice todo: La epidemia como política (Adriana Hidalgo Editora, 117 páginas), una colección de artículos periodísticos, entrevistas e inéditos del profesor heideggeriano en torno a "las gravísimas consecuencias éticas y sociales de la así llamada pandemia". Acaba de salir de imprenta en la Argentina y se trata de una lectura imprescindible. Abre el párpado en la frente, el ojo del cerebro.

En 2020, Agamben vislumbra una convulsión comparable a las del siglo III de nuestra era (Diocleciano y luego Constantino) que desembocaron en el bizantinismo. En la Gran Transformación, la democracia burguesa y liberal -vaticina apesadumbrado- será sustituida por un despotismo tecnológico-sanitario, sostenido por un aparato mediático acorde. Esta forma de barbarie se irá convirtiendo en el más eficaz aparato de control social que Occidente ha conocido, pues las personas voluntariamente acceden a renunciar a libertades que ni siquiera en dictaduras o épocas de guerra habían sido conculcadas.

Lo que un grupo de corajudos intelectuales argentinos bautizó como Infectadura (¿no habría que escribirlo con k?) es para el pensador italiano un experimento social que reduce la vida a una condición puramente biológica, en la que ha perdido no solo toda dimensión social y política, sino hasta humana y afectiva. "Han abolido al prójimo", se lamenta Agamben en uno de sus admirables artículos. Aceptamos hoy de buen grado, "que es necesario suspender la vida, a fin de protegerla". 

Se verifica una creciente tendencia a emplear el estado de excepción como paradigma normal de gobierno, denunciaba Agamben en abril. Y una sociedad que vive en estado de emergencia perpetua no puede ser de ninguna manera una sociedad libre. Vale reflexionar sobre esto.

ANARQUISMO SUAVE

Da la impresión de que Giorgio Agamben, un veneciano de origen armenio, se ha preparado toda su vida para esta momento crucial de la humanidad. Tomó de Michael Foucault el concepto de biopolítica y acuñó la noción de vida desnuda que -según su saber y entender- ahora ha encarnado en la realidad, con una brutalidad y eficacia sin precedentes. No se trataría de una situación transitoria. El distanciamiento social llegó para quedarse, como nuevo principio de organización de la sociedad. Lisa y llanamente vamos a la abolición de todo espacio público en nombre no ya del derecho del ciudadano a la salud, sino de la obligación de no estar enfermo.

Percibe Agamben que los mayores traidores de estos días son los juristas y los obispos. Uno de sus cañonazos impacta en el Vaticano:

"La Iglesia, que haciéndose sierva de la ciencia ya convertida en la verdadera religión de nuestra época, ha abjurado radicalmente de sus principios más esenciales. La Iglesia, bajo un Papa llamado Francisco, ha olvidado que Francisco abrazaba a los leprosos".

En el capítulo Réquiem para estudiantes, el profesor advierte a sus colegas medrosos y cómplices de los Señores de la Política y de Bill Gates:

"Los profesores que aceptan someterse a la nueva dictadura telemática y a impartir sus clases sólo online son el perfecto equivalente de aquellos docentes universitarios que en 1931 juraron fidelidad al régimen fascista".

Un periodista le pregunta a Agamben -"progresista" al fin y al cabo- si no le molesta que sus argumentos sean similares a los de Trump, Bolsonaro y los extremistas alemanes. En primer lugar -responde al insolente- demuestra "hasta qué punto la oposición entre derecha e izquierda se ha vaciado de todo contenido político real". Y en segundo lugar, una "verdad sigue siendo tal, tanto si es dicha por la izquierda como si es enunciada por la derecha. Si un fascista dice que 2 + 2 = 4, esta no es una objeción a la matemática".

Dijimos que Agamben es progresista, ¿verdad? Pero lúcido, alejado del esquema mental de los nac & pop o los neocomunistas argentinos que se postran de hinojos ante dictaduras siniestras como la de Maduro o Castro. El italiano considera que otra de las tragedias intelectuales y morales de Occidente hoy en día es considerar que un Estado totalitario, como China, pueda considerarse como modelo para lidiar con el nuevo corona virus.

En su monumental novela Solenoide, el rumano Mircea Cartarescu establecía que "ningún libro tiene sentido si no es un Evangelio", es decir ""debe ser un mapa, no un paisaje, manantial de agua viva"" que rompa la costra helada del corazón o la mente (¿recuerdan el picahielo de Kafka?). 

La epidemia como política se encuadra en esa categoría volcánica. En nombre de la libertad, el filósofo, el pensador, el hombre de bien debe batallar contra la ciencia, esa nueva religión de nuestro tiempo. Tiene la medicalización de las personas la praxis de un culto, sus Sumos Sacerdotes, sus herejes, su Inquisición, sus trompetas del Apocalipsis y sus pretensiones de infalibilidad. Todos somos pecadores; es decir, contagiados en potencia.

La bioseguridad ("dispositivo de gobierno que resulta de la conjunción entre la nueva religión de la salud y el poder estatal con su estado de excepción") hizo que los enfermos deban morir solos, que Solange Musse no haya podido despedirse de su padre. 

El miedo a perder la vida -insiste Agamben- sólo puede fundar una tiranía, "el monstruoso Leviatán con su espada desenvainada".

Guillermo Belcore

Calificación: Imprescindible

2 comentarios:

  1. Por lo que cuentas parece que aún quedan algunos pensadores con la cordura y el valor necesario para poner los puntos sobre las íes, sin importarles que su visión de la realidad sea opuesta a la que nos vende el establishment. Me alegro de que sea así porque respecto a la crisis del COVID-19 yo había perdido la esperanza. No conocía a Giorgio Agamben pero por lo que has comentado estoy contigo en que esta lectura resulta imprescindible. Gracias por dármelo a conocer.

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  2. Una cosa es deconstruir ciertos dogmas que imperan en este epoca, en tanto refuerzan desigualdades imperantes, pronunciándolas (lo que constituye un pensamiento de izquierda, y eso jamás ha desaparecido), y otra cosa absolutamente distinta abordar la metáfora absurda (por no decir directamente estúpida) de equiprar ciencia y religión; y no porque haya una valoración cualitativa, sino por el contrario se trata de conceptos que de ninguna manera pueden confundirse (y, desde ya, podrían complementarse; de la misma forma que el arte jamás podría ser religión, por ejemplo).
    Si hubiera algo parecido a lo que este individuo plantea, no habría tanto demente postulando que la tierra es plana o que las causales de muerte (sea covid, accidentes de tránsito o cáncer) deben analizarse por separado, como si cada una de ellas tuviera un sistema de salud exclusivo e independiente.
    En fin, que no todos pueden pensar.

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