miércoles, 17 de abril de 2024

Las ucronías de Rosendo Fraga

 


“Aun el más pesimista (o ultraliberal) de los historiadores debería reconocer que uno de los hechos más trascendentes y auspiciosos del último cuarto siglo ha sido la creación del Mercosur. El Tratado de Asunción de 1991 puso fin formalmente a las hipótesis bélicas de la mitad de Sudamérica, y eso no es poca cosa, si se recuerdan las terribles guerras del pasado. Insisto: que dos naciones de habla portuguesa y cinco hispanoparlantes hayan acordado la integración es, sin duda, una de las mejores cosas que nos pasó en el tumultuoso siglo XX. Y desde entonces se avanzó muchísimo. Es verdad que todavía no se ha logrado la adhesión plena de Buenos Aires, por culpa básicamente de su tradición librecambista y del paraíso fiscal y financiero que funciona en la city porteña, pero el Mercosur es un actor mundial cada vez más relevante gracias a la poderosa industria paraguaya, cordobesa y paulista, y a la exportación de materias primas desde el Uruguay, el Alto Perú, la República Gaúcha y la República Federativa del Brasil. Chile, por cierto, ha sido uno de los países más beneficiados con el Mercosur. En primer lugar, ha logrado resolver casi de un plumazo los conflictos limítrofes con el diminuto pero pendenciero Buenos Aires y así desmilitarizó sus cuatro provincias de Cuyo. Pero lo que es más importante, el Palacio de La Moneda ha dejado de estar sólo en su sempiterna rivalidad con el Chubut de habla inglesa. Acaso, y esta es una opinión estrictamente personal, no está lejos el día en que los chilenos puedan recuperar sus tierras irredentas, injustamente rapiñadas por el imperialismo británico: Santa Cruz y Tierra del Fuego. Así sea”.


 LA HIPOTESIS

La ucronía del primer párrafo bien pudo ser parte de la realidad. ¿Cómo? Si la corona española no hubiese creado en 1776 -ayer nomás- el Virreinato del Río de la Plata, una brillante decisión política y estratégica, pero una opción entre tantas. Si Carlos III no establecía alrededor de Buenos Aires un núcleo político-militar, de Córdoba para arriba todo podría ser parte de una nación con el centro en el Alto Perú (una Bolivia ampliada y con salida al Pacífico, seguramente); nuestra Mesopotamia se repartiría entre Uruguay y un Paraguay poderoso que llegaría desde, digamos, la mitad norte de Santa Fe hasta el Mato Grosso brasileño (habría derrotado al Imperio de Pedro en alguna guerra del siglo XIX). Mendoza, San Juan y San Luis (acaso también La Rioja o Neuquén) seguirían bajo la órbita chilena. La Patagonia se la repartirían Chile y los ingleses. Buenos Aires puede que en algún momento haya cristalizado como república independiente, pero merced al respaldo de Londres. Otro “algodón entre cristales”, en palabras del intrigante Lord Posomby. Es decir, sin Virreinato del Río de la Plata no hubiera habido una República Argentina, tal como la conocemos hoy. Así de frágiles y aleatorias son las naciones del planeta.

El autor de esta hipótesis fascinante es el abogado, periodista, analista político y historiador Rosendo Fraga. Hace unos años escribió un libro extraordinario: ‘¿Qué hubiera pasado si…?’ (Vergara. Edición 2008. Ensayo de historia, 377 páginas).

Elaboró nada menos que historia nacional contrafáctica, un juego intelectual rarísimo en español pero bastante común en la anglósfera, acaso porque los eruditos estadounidenses e ingleses creen en serio en el papel de la libertad (y del azar) en los asuntos humanos.

Rosendo plantea, pues, en su obra quince contrafactuales y desde allí despliega su imaginación, casi siempre sensata y convincente.

Doy otro ejemplo: ¿Qué hubiera pasado si Rosas hubiese triunfado en la batalla de Caseros? El autor desmenuza las condiciones políticas, sociales y militares en 1952, se pregunta si la derrota de El Restaurador era inexorable, se contesta que no y detalla las razones. Finalmente describe lo que pudo ser: si en ese punto de inflexión la taba caía de otra manera la Argentina sería diferente. Acaso hoy no tendríamos a Entre Ríos y Corrientes.

En el plano de las ideas, digamos que Don Rosendo es emersoniano: cree en el papel decisivo de las grandes personalidades (Pedro de Cevallos, José de San Martín, el general Roca, entre otros). Sostiene que la Historia se asemeja a un juego de dados, especialmente en lo que atañe a las batallas y los golpes militares. Arriba a un puñado de conclusiones asombrosas: verbigracia, si al general Paz no le boleaban el caballo en El Tío la Argentina se hubiese ahorrado veinte años de desorganización nacional. Sostiene más adelante que la Argentina pudo haberse ahorrado fácilmente la experiencia del peronismo. E incluso conjetura que Gran Bretaña habría devuelto las Malvinas a la Argentina en la década del noventa si no el régimen militar hubiese recuperado fugazmente las islas en 1982.

En síntesis, un ensayo de agradable y amena lectura, imprescindible para el interesado en la historia argentina, de lectura obligada para las personas con responsabilidades políticas. ¡Ah!, y un pequeño secreto: se consigue en las mesas de saldos de la calle Corrientes. Maravillosa Buenos Aires.

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno


domingo, 14 de abril de 2024

Zona de interés

 


Dirección: Jonathan Glazer. Guion: J. Glazer, Martin Amis. Fotografía: Łukasz Żal. Música: Mica Levi (Micachu). Actores: Christian Friedel, Sandra Hüller, Imogen Kogge, Max Beck, Ralph Herforth, Sascha Maaz, Marie Rosa Tietjen. Duración: 106 minutos. Disponible en Amazon Prime.


Impresionada por las insignificancia intelectual y física de Adolf Eichmann, quien en los años sesenta, por fin, se sentó en el banquillo de los acusados, la filósofa Hannah Arendt desarrolló el concepto de banalidad del mal. Los carniceros del hitlerismo -al menos la mayoría de ellos- no fueron impresionantes bestias rubias, el Zarathustra de Nietzsche. Eran hombrecillos comunes y corrientes que perpetraron uno de los peores crímenes masivos en la historia de la humanidad como quien resuelve un problema de gestión en su lugar de trabajo. Esta idea -la del burócrata genocida de 8 a 5 de la tarde- inspira la magnífica obra que consiguió este año los Oscar a la Mejor película extranjera y al Mejor sonido.

Zona de interés -coproducción de Estados Unidos, Inglaterra y Polonia pero hablada en alemán, el idioma del mal- ya se encuentra en el servicio de streaming de Amazon Prime Video.

El director inglés Jonathan Glazer adaptó desde ángulos inesperados -como corresponde- la novela de su compatriota Martín Amis (publicada en 2014), a quien la muerte sorprendió poco antes de la consagración de la cinta.
Narró un fragmento de la vida de Rudolf Hoss (Christian Friedel), el comandante en jefe del complejo de trabajo y exterminio Auschwitz/Birkenau, en el sur de Polonia, justamente aludido por los nazis con el eufemismo “zona de interés”.

El planteo de Glazer es absolutamente original. En primer lugar, si bien transcurre durante la Segunda Guerra Mundial, no hay una sola escena de violencia explícita, con la excepción de un par de gritos y una siniestra amenaza de Madam Hoss a una criada polaca, y del aterrador ruido de fondo que escapa desde el campo.

El lugar principal de la acción es la casona rural donde el teniente coronel, educado en la tradición católica en Baden-Baden, vive con su esposa y sus cinco hijos, al otro lado de la calle que bordea a Auschwitz. La cámara, que siempre mantiene una prudente distancia del atroz personaje, nunca cruza los muros del campo, aunque muestra las columnas de humo de diferentes colores que vomitaban aquellos malditos hornos.

Vemos al SS Hoss, amoroso con su familia y su caballo, apagando las luces de la casa, disfrutando un picnic junto al río Sola, resolviendo problemas técnicos de su trabajo con un estremecedor lenguaje administrativo, cuestionado por su esposa al enterarse de su traslado a Berlín en 1943 ("son cuestiones políticas", se defiende).


ORIGINALIDAD

Demuestra, pues, el distinguido Glazer dos cosas. Primero, que con lo prosaico también puede hacerse arte, aunque sea oscuro. Segundo, que aún hoy pueden transmitirse contenidos frescos y convincentes sobre el Holocausto al fatigado y cínico público del siglo XXI.

Hay que destacar que la película también se atreve a experimentar con la estética. Ya dijimos que renuncia al primer plano; además vemos singulares escenas en blanco y negro (tipo negativo de una foto), en las que una valerosa muchacha esconde manzanas en los campos para que las encuentren los desdichados prisioneros que trabajan hasta la muerte. 

Asimismo, la premiada música de Mica Levi (Micachu), con sus juegos de disonancias y sus ruidos raros, contribuye eficazmente al clima de horror frío, sin alardes ni desahogos sentimentales.

Otro de los puntos altos de la cinta es la poderosa actuación de Sandra Hüller como Hedwig Hensel Hoss, una mujer alemana del montón con sus fórmulas estereotipadas, "completamente incapaz de distinguir el bien del mal", como destacaba Arendt de Eichmann. Las actitudes de la ama de casa demuestran que la rapiña fue otra de las motivaciones de los asesinos nazis. Otra conclusión que podemos extraer es que nadie era inmune al horror, ni siquiera los hijos y la suegra vagamente antisemita del Señor de la Muerte.


EL FINAL

El 11 de marzo 1946 policías británicos detuvieron a Hoss en Alemania occidental. Estaba camuflado de jardinero. Su mujer -bajo amenazas de ser deportada a Siberia con sus hijos- lo había entregado. En los interrogatorios de Nüremberg, el Obersturmbannführer no dio la menor muestra de remordimiento y compasión. Se tenía a sí mismo como un funcionario probo y aplicado cuyo trabajo había sido nada menos que el exterminio masivo de toda una población. Incluso para justificarse en el juicio en Polonia se comparó con el piloto de un bombardero al que se le hubiera ordenado atacar una ciudad a la que él sabía habitada por mujeres y niños.

Ante historias como éstas queda siempre flotando la pregunta: ¿Cómo pueden existir semejantes seres humanos? La película nos ofrece una respuesta: era un psicópata. Al final, en una fiesta con la élite del régimen nazi, Hoss calculaba cómo gasear a todos los presentes.

Guillermo Belcore


Calificación: Excelente

jueves, 11 de abril de 2024

¡Noticia bomba!


El periodismo en todo el mundo está en horas bajas.
En Estados Unidos, el faro de la libertad de prensa, se han perdido en los últimos diez años más de un tercio de todos los puestos de trabajo. En la Argentina, tan degradada después de décadas de régimen populista hegemónico, el 2024 parece ser el año de la destrucción de miles empleos en la profesión, aquéllos que se sostenían artificialmente con los aportes del Estado. La cuestión de fondo es que cada vez menos ciudadanos están dispuestos a pagar por material informativo, incluso de calidad. Se asocia Internet con el sacrosanto derecho a la gratuidad de los contenidos que cuestan mucho dinero producir. Somos de la opinión que esta insensatez se terminará pagando caro con el tiempo, en términos políticos, sociales y culturales.

Por eso, puede ser que no resulte oportuno que esta columna recomiende la lectura de, acaso, la sátira más despiadada que se haya escrito en Occidente sobre la profesión periodística en general. y sobre los grandes diarios en particular. ¡Pero es que es tan divertida! Hay pasajes que se leen a mandíbula batiente. ¡Y además está tan bien escrita! Concluimos que es la evasión ideal para escaparse por un rato del doloroso presente.

Hablamos de ¡Noticia bomba! (Anagrama, 260 páginas), entregada a la imprenta en 1937 por la daga más filosa de la literatura inglesa de enteguerras, el genial Evelyn Waugh, uno de nuestros escritores favoritos (1). En el prólogo de 1963, explica que quiso dinamitar la la inmerecida fama que habían acumulado los corresponsales extranjeros en los años treinta y que para ello narró una historia ficticia pero basada en su experiencia personal en el campo de operaciones. El libro combina agilmente la invasión fascista a Etiopía con la guerra civil en España.

Se trata de una desopilante comedia de enredos. Mrs Stich, influyente esposa de un ministro de Su Majestad, le pide a Lord Cooper, magnate de la prensa, que contrate a su amigo, el escritor mediocre John Boot, para cubrir una revuelta en Ismalía (Abisinia, en la vida real), que involucra a las grandes potencias.

El poderoso empresario da las órdenes correspondientes, pero el subdirector y el jefe de la sección Internacionales de su diario, el Beast, se confunden y terminan mandando a la zona de guerra a William Boot, el opaco autor de la columna Exuberancia que se ocupa de la fauna de la campiña inglesa. William heredó la columna y le pagan una guinea por entrega. Hace lo que puede, el chico.

Nuestro héroe es un joven célibe, quintaesencia de una aristocracia rural en estado de putrefacción avanzada. Teme ser despedido del Beast pues en su última columna su hermana le gastó una broma. El texto versaba sobre las costumbres del tejón (Meles meles), pero allí donde mencionaba al mustélido la maldita entrometida reemplazó esa palabra por "somormujo cuellirojo". Llamado a Londres, imagínense su sorpresa cuando, entre loas, palmadas en la espalda y amenazas, lo reclutan como corresponsal de guerra. La voluntad del vizconde Cooper nadie la discute.

Las peripecias de William en África, su consagración insólita como periodista estrella, la adoración que le tributa una Inglaterra cándida a su regreso redondean una obra maestra del subgénero de la sátira literaria. Es increíble (y una muestra del carácter de la democracia británica) que una una novela tan burbujeante como ésta se haya publicado mientras el mundo se abismaba hacia una hecatombe sin precedentes.

Dijimos que se trata de una sublime lectura de evasión. Sí. Pero hay un sonsonete del tío Theodore Boot, un verdadero pillo, que queda resonando en nuestras conciencias de argentinos: 

"No veo a mi alrededor más que transformación y decadencia".

Guillermo Belcore


Calificación: Bueno





martes, 2 de abril de 2024

Los elementales


Es muy difícil encontrar una buena novela de terror, casi tan difícil como hallar a un líder piquetero al que le guste trabajar. Pero las hay. Por eso, no merece sino un fuerte aplauso la decisión del sello La Bestia Equilatera de rescatar un texto de Estados Unidos entregado a la imprenta por primera vez en 1981. Hoy, nos dice la promoción editorial, se ha convertido en una novela de culto.

Hablamos de Los elementales (315 páginas, edición 2018), obra maestra de Michael McDowell, uno de esos borrosos literatos que, aunque no no han dejado una obra importante, supieron ganarse la admiración de sus colegas.

En el prólogo, Mariana Enríquez señala tres elementos interesantes de la biografía del autor: fue guionista de dos películas de Tim Burton, fue amigo y colaborador de Stephen King y coleccionaba memorabilia mortuoria.

Había nacido en 1950 en Enterprise, sudeste de Alabama, y se graduó con honores en Harvard con especialización en inglés. Recibió su doctorado en la Universidad de Brandeis en 1978. Su disertación se titulaba “Actitudes estadounidenses hacia la muerte, 1825-1865”. Compuso más de treinta novelas (con su nombre y varios seudónimos), en varios géneros, pero su nicho de mayor éxito fue el terror. Llegó a ese terreno neblinoso por frustración; sus libros serios no se vendían, nos informa la Encyclopedia de Alabama. Se ganó el pan también con la docencia y escribiendo guiones En 1999, se lo llevó el sida.

La tierra natal de McDowell juega un papel crucial en Los elementales. En efecto, la naturaleza, la cultura y las tradiciones de ese estado meridional de la Unión —tan raro y tan cruel con su minoría afroamericana— es una presencia inquietante en la trama, como los espectros.

Digámoslo de una buena vez, he aquí una novela de fantasmas que explota con elegancia e imaginación razonada uno de los más famosos tópicos del género: la casa embrujada. La señora Enríquez sostiene que esta fábula de horror tiene todos los detalles escenográficos del gótico sureño: las familias extendidas y excéntricas, las mansiones victorianas, los secretos, la empleada negra con poderes psíquicos, los fantasmas como maldición, la crueldad subyacente. Fascinante.

EN LA COSTA


Alabama cuenta con solo 85 kilómetros de costa. A dos horas de distancia del puerto de Mobile, se encuentra una franja de tierra conocida como Beldame, donde veranean dos familias tradicionales y opulentas del sur del Estado: los McCray y los Savage. Cuando sube la marea, queda aislada de la península. El vecino más cercano se encuentra a más de dos leguas de distancia

A primera vista, Beldame es un edén que se parece al otro, al paraíso celestial, en que es "luminoso, remoto, atemporal y vacío". A primera vista, dijimos. Tres mansiones victorianas se yerguen al borde de las playas ardientes. La tercera no se usa; está media cubierta por las dunas y en su interior hay una presencia sobrenatural: los elementales. Usted ya sabe cómo es esto. Simplemente hay algunas casas que no conviene visitar, tienen algo adentro... algo que es muy malo.

Después del estremecedor funeral de la matriarca Marian Savage ("la perra más pérfida que pisó alguna vez Mobile"), seis personas esperan pasar un verano reparador en Beldame. Viajan a la costa del Golfo de México el bueno de Dauphin Savage y su esposa Leig McCray, y la madre de ésta, Big Bárbara, uno de los grandes personajes del libro. Es una de esas alcohólicas, a las que una ambulancia suelen rescatar de un bar. También son de la partida el hermano de Leigh, el pecaminoso Luker, y su hija India de trece años, quien actúa como adulto. Ambos vienen de Nueva York. Completa el grupo, Odessa Red, la empleada negra de la familia Savage a la vieja usanza, la única que sabe tratar con esas presencias sobrenaturales que "son sólo engaños y maldad". Odessa e India serán los catalizadores de la pesadilla.

Las vacaciones, naturalmente, terminan para el demonio. Hay abundante efusión de sangre y una segunda línea maligna. Lawton McCray, el ex esposo de Bárbara y padre del Leigh y Luker, conspira en las sombras para venderle a los empresas petroleras su parte (y la de Dauphin) de los terrenos de Beldame. Lawton es un político nefasto, pudre lo que toca.

McDowell va engarzando con delicadeza de orfebre los elementos fantásticos en la urdimbre hasta la impresionante aceleración final. Los diálogos son vivos; los personajes, muy bien tallados. Hay varios comentarios interesantes sobre el estilo de vida sureño esa mezcla de "cordialidad generalizada, malicia displicente y laxitud abrumadora".

Muy perturbador y eficaz es el uso de la arena como indicio de peligro. Por cierto, ¿a quién no lo aterrorizaban de niño las arenas movedizas? La arena, esa sustancia " suave y pesada, que parece haber sido imaginada para medir el tiempo de los muertos", escribió Jorge Luis Borges.

Finalmente, uno no puede dejar de preguntarse: ¿Por qué los McCray y los Savage volvían una y otra vez a las altas casonas sombrías de Beldame. Es la atracción del mal, amigo lector. ¿Quien esté libre de esa tentación que arroje la primera piedra?
Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno