sábado, 21 de marzo de 2026

Suite inolvidable

Por Akira Mizubayashi 

Edhasa. Novela de 239 páginas 



En su novela más reciente, Akira Mizubayashi, literato japonés que escribe en francés, postula que el culmen de la civilización es la música clásica del Siglo de las Luces. Una hipótesis interesante. Culturas hay muchas; humanidad una sola. En su cima, relumbra Johann Sebastian Bach. Un refugio para los espíritus sensibles contra la barbarie, pero un refugio precario, ilusorio. Desde el 4 de septiembre del año 476 después de Cristo, sabemos que la civilización necesita un ejército poderoso para subsistir.


Suite inolvidable fue entregada a la imprenta en 2023. Llegó ahora a la Argentina. El núcleo incandescente es la desaparición prematura de un músico genial en el Japón de 1945. Otro alma que dejó este mundo antes de tiempo, entre las veinte millones de vidas destrozadas por la maquinaria bélica del fascismo oriental. Otra víctima de la Guerra de los Quince Años (así llaman en Japón al período diabólico que va desde la invasión en Manchuria hasta la rendición en la bahía de Tokyo).


La trama, trozada en capitulitos, se despliega en dos tiempos. En 1945, conocemos a Ken Mizutani (25 años), maestro del violonchelo. Recibe un día la temible papeleta roja. El Cuartel General Imperial lo convoca para las fauces de la guerra; ha llegado a su fin la dispensa para universitarios, intelectuales, artistas. Faltan hombres para la inútil y desesperada resistencia nipona.


Ken visita a su amante para despedirse. Hortense Schmidt (36), nacida en Francia, tiene un modesto taller de luthería perdido en el macizo del monte Asama. Después de una noche de pasión que traerá consecuencias, se dejan mensajes para la posteridad.


Páginas más adelante, se narra otra tragedia familiar: el dolor que provoca la muerte en batalla del hijo de Ryo Kanda, médico rural que se rebeló contra el culto fanático del emperador y así le fue. Aquí también, se talla un mensaje para los que vendrán: In terra pax hominus bonae voluntatis.


La historia salta a nuestro tiempo. Descendientes de aquellos personajes reconstruyen lo ocurrido, rinden homenajes a los muertos. Mizubayashi nos ubica en el mundo de la luthería y la interpretación musical, con una vibrante denuncia de la locura asesina de su Patria extraviada en los años cuarenta. Es una novela de nobles intenciones, que plantea la antinomia nacionalismo estrecho vs. pacifismo cosmopolita, pero la ejecución es defectuosa.


ECFRASIS MUSICAL 

¿Defectuosa, dijimos? Sí. En primer lugar, por el tallado de los personajes. Son planos. Y los diálogos, ñoños. No es que todos los escritores tengan la obligación de asombrarnos con la adjetivación como lo hacían un Borges o un Onetti, pero las combinaciones del señor Mizubayashi (Sakata, 1951) son propias de un novato: "sonrisa cómplice", "tono travieso", "mirada pícara", "alegría inefable"... Una y otra vez sucumbe el autor a ese sentimentalismo que creíamos superado a fines del siglo XIX. Es una prosa romántica para aquellas personas a las que las densidades estilísticas fastidian. Y hay párrafos que parecen extraídos de la Wikipedia. ¡Oh, ese vicio de querer explicarlo todo!


Por otra parte, el libro apuesta buena parte de su éxito estético a un procedimiento que ni siquiera Proust pudo consagrar: el écfrasis musical. El diccionario lo define así: "Capturar lo intangible de la música y convertirlo en algo concreto a través de las palabras".


¿Consigue Mizubayashi conmovernos con la belleza del Preludio de la primera suite para violonchelo solo de Johann Sebastian Bach? La prensa francesa, que cubrió esta novela de elogios, cree que sí. El crítico de Le Monde afirma que "la escritura de A.M. logra que el lector sienta físicamente la música". Otros comentaristas aseguran que la forma de composición del libro se asemeja a una partitura. Preferimos dejar la cuestión abierta. Quizás, se nos escapa algo trascendente a los que no estamos entrenados en la música clásica.


Volvemos al principio. Puede que lo mejor de la obra sea el mensaje contra la guerra de conquista y el despotismo. Hay un mundo superior frente a esos demonios. La música de Bach es "como un hombre solitario que camina en la penumbra con una antorcha en la mano iluminando el camino".

Guillermo Belcore

Calificación: Regular

miércoles, 18 de marzo de 2026

El fin de las embajadas


Entre todas las elites que ha engendrado la Ilustración una de las más interesantes es la aristocracia diplomática.
Una especie de sacerdocio; una casta cosmopolita que fue devorada por aquel furor ideológico y chauvinista que provocó dos guerra mundiales en la primera mitad del siglo XX. “La finalidad de nuestra carrera es conciliar los patriotismos, no exacerbarlos”, era su premisa.

Uno de los hildalgos de la diplomacia historió ese proceso de destrucción en una novela deliciosa que no debería ser ignorada por todo aquel lector interesado en la marcha de Francia hacia el abismo, la ocupación nazi de París, el régimen de Vichy, la liberación de 1944 (y sus miserias).

El fin de las embajadas fue entregada a la imprenta por primera vez en 1953 y aún hoy se lee con placer y provecho. Es una sátira muy divertida. Su autor, Roger Peyrefitte (1907-2000), es considerado el homosexual francés más famoso del siglo XX. Descolló por su pluma mordaz (escribió más de cincuenta libros) y por su gusto por encandalizar. Se hizo famoso por su fervor militante en favor de los derechos de la minoría y por -todo hay que decirlo- una inclinación atroz: buscó adolescentes por toda Europa. Se jactaba de preferir los corderitos por sobre los carneros.

Pero a esta columna nunca le interesó indagar en las preferencias sexuales; le interesa la calidad de una obra. Y Peyrefitte nos ha dejado algunos libros muy buenos. La fin des ambassades es uno de ellos. Una nación en decadencia narrada por un aristócrata decadente. ¿Qué más se puede pedir?

En rigor de verdad, se trata de la continuación de Las embajadas, novela que recoge las experiencias del propio autor como secretario de la embajada francesa en Atenas. Antes de dedicarse de lleno a la literatura, Peyrefitte sirvió en el servicio diplomático de Francia. Ajustó cuentas con los burócratas del Quai d'Orsay con esos dos libros, justamente.

Con prosa elegante y límpida, que parece más inglesa que gala (aunque el ingenio es volteriano), Peyrefitte narra en El fin de las embajadas hechos relevantes de la II Guerra Mundial; evoca personalidades de la época, como el mariscal Petain ("un anciano que le declaró la guerra al goce"); delata traiciones; execra oportunistas; despelleja a colegas de la pluma (Paul Claudel, Jean Giraudoux) y el funcionariado. Crítica social de alto vuelo, con magníficos retratos. Hay personajes demoníacos, como el Sturmbahhführer Karl Bömelburg, jefe de la Gestapo (sección IV) en la Francia ocupada.

Su alter ego en la trama se llama George de Sarré, diplomático de carrera, que sirvió a la Tercera República Francesa y a Vichy. Fue purgado dos veces; por los fascistas, primero, por los antifascistas después, so pretexto de “indignidad diplomática”.

Estoico en horas trágicos nos deja un consejo útil: ante la adversidad, dedicarse a los ocios, a la lectura y a la pereza (“las delicias del reposo”). Dedicarle el menor tiempo posible a la vida mundana, pues.

El esteta Peyrefitte fue un halcón para identificar las debilidades humanas y la estupidez contemporánea, incluso la institucional. Y se mofó de ellas. Pasaron casi ochenta años y sus estiletazos no han perdido vigencia. Como éste: 

“Los que no están seguros de su talento ponen mucho empeño en llamar la atención”.


Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

jueves, 26 de febrero de 2026

En tierra de santos y pecadores


Dirección: Roberto Lorenz. Guion: Mark Michael McNally y Terry Loane. Reparto: Liam Neeson, Kerry Condon, Jack Gleeson, Colm Meaney, Ciarán Hinds, Michelle Gleeson, Niamh Cusack. Duración: 106 minutos. País: Irlanda. Plataforma: Netflix.



El terrorismo de los años setenta alimentado por la Unión Soviética y sus vasallos, que sumió a Occidente en una suerte de miniguerra civil, es tanto un fenómeno político (no social) como psicológico. En efecto, debajo de esa máscara aberrante conocida como el revolucionario se encuentran el resentimiento, el cinismo y psicopatías varias, como el fanatismo y la obsesión compulsiva. Un thriller filmado en 2023 delata sin ambages aquella realidad.


En la Tierra de los Santos y los Pecadores ya está disponible en Netflix. Es una película con un drama atractivo y buenos intérpretes. En primer lugar, Liam Neeson (1952), con su papel protagónico de un asesino a sueldo que trabaja con una especie de código moral pero que se ha hastiado de todo. Demuestra la profundidad del personaje que el veterano actor está para mucho más que vengador de películas pochocleras.


La trama nos lleva al condado más septeptrional de Irlanda. Donegal limita por tierra con el Ulster y su austera belleza de montañas bajas y costa dentada ha sido muy bien retratada por el director Robert Lorenz, conocido por sus años de colaboraciones con Clint Eastwood.


Neeson es Finbar Murphy. Trabaja para un jefe del crimen local (Colm Meaney), pero siente que ha llegado el momento de retirarse. Se hace pasar por vendedor de libros y uno de sus amigos es el polícía del pueblo (Ciarán Hinds) con quien conversa sobre Dostoieski. Ha perdido la cuenta de cuantos hombres liquidó por encargo desde que volvió de la Segunda Guerra Mundial y murió su mujer. Ya sabe usted como es la vida. El humano propone pero el diablo suele meter la cola. El anciano solitario no podrá dejar las armas y construir un jardín.


Al tranquilo poblado de Gleann Colm Cille, ha llegado una célula del Ejército Republicano Irlandés (IRA). Se oculta en una cabaña tras haber perpetrado un atentado con explosivos en Belfast que mató a seis personas, entre ellos tres niños. Uno de esos extremistas es un abusador de menores, Finbar lo mata tras el ultraje a la pequeña Moya (Michelle Gleeson), hija de su amiga, y así llegamos al núcleo incandescente del film: el intento de venganza del resto de la pandilla terrorista. A su frente esta la hermana del pervertido, Doireann, espléndidamente interpretada por Kerry Condon (1983). Su personalidad de bruja espantosa refiere a quienes eran en verdad aquellos “jóvenes idealistas” de los setenta.


También resulta interesante el cáracter de Kevin (Jack Gleeson), el sicario joven que exaspera a Finbar porque mata con una frivolidad intolerable.


EL SICARIO ARREPENTIDO


Es posible que el sicario arrepentido se haya convertido en un lugar común de las películas de acción, pero En la tierra de santos y pecadores nos advierte que aún se puede encontrar un giro interesante al papel.


Otro valor agregado es la llamada irlandidad, esa singular visión cultural y espiritual que disfrutamos en escritores como John Banville o John McGahern. Implica, como escribimos alguna vez en este diario, cierta dosis de angustia y culpa; la fe que flaquea; la importancia decisiva de la familia, el clan y la patria; la búsqueda de pureza; la presencia de Dios, en fin.


Fue un gran acierto de Lorenz haber elegido buenos actores nacidos en la isla verde esmeralda para este film, escrito por Mark Michael McNally y Terry Loane. Es decir, los acentos son auténticos.


La crítica anglosajona lo ha catalogado como un "western irlandés" por su estructura clásica (¡oh, el cliché del tiroteo en la cantina!) y por las influencias de Clint Eastwood. No es una mala definición.

Guillermo Belcore


Calificación: Bueno

martes, 10 de febrero de 2026

Contrafactuales ¿Y si todo hubiera sido diferente?

 


El escepticismo posmoderno abrió las compuertas. Las viejas certezas ideológicas se hundieron y la imaginación del estudioso y del literato produjo un torrente de ensayos y ficciones sobre lo que pudo haber pasado. La historia alternativa se puso de moda, llamando la atención de los investigadores más serios, como Rosendo Fraga (1 y 2), autor de los dos mejores libros argentinos de un subgénero que se ha convertido en una industria editorial por mérito propio.

Ahora bien, ¿se trata de -como sostenía E. H. Carr- de “un entretenido juego de salón” o bien es otra herramienta solvente para investigar el pasado? Dicho de otra forma, ¿es útil especular sobre los distintos caminos que habría podido tomar la historia?

Un apretado ensayo que hoy se consigue en las mesas de saldo de la Argentina ofrece respuestas a esos dos interrogantes con erudición, elegancia y escépticismo. Contrafactuales ¿Y si todo hubiera sido diferente? (Turner Noema, 192 páginas) fue entregado a la imprenta en 2014, pero no ha perdido una gramo de frescura e interés. El tema aún está abierto.

El autor es un prestigioso historiador inglés que se especializó en la historia política del siglo XIX y XX, con especial foco en la Alemania moderna. Básicamente, sir Richard J. Evans sostiene que las especulaciones contrafactuales solo tienen valor académico cuando se concentran en el corto plazo. Es decir, privados de verdaderos materiales empíricos, su contribución a las ciencias sociales sería marginal y siempre limitada a objetivos puntuales.

La reescritura mínima de la historia, afirma Evans, puede ser necesaria para iluminar "las decisiones a los que se enfrentaron determinados políticos y estadistas y las limitaciones que el contexto histórico impuso sobre esa decisión... pero cuando más se aleja del punto de partida más utilidad pierde"... Sería más literatura que conocimiento, es su tesis.

La bestia negra de Evans es nada menos que un pionero en este campo, Niall Ferguson, el autor y compilador del ensayo coral Historia virtual, uno de los grandes libros del fines del.siglo XX (Ferguson, dicho sea de paso, es un gran admirador de Javier Milei, al punto que visitó Buenos Aires el año pasado).

Evans no sólo se dedica a demoler las premisas de Ferguson en favor de la indagación contrafactual sino que refuta sus conjeturas sobre lo que hubiera pasado en Europa si Gran Bretaña se mantenía neutral en 1914. Lo acusa, aunque veladamente, del peor defecto entre los que se dedican a reflexionar sobre lo que pudo haber pasado: proyectar sus deseos.

MAESTRO DE LECTURAS

Polémicas al margen, el libro tiene otro valor añadido: señala lecturas interesantes. Quien esto escribe, por ejemplo, anotó en su cuaderno de notas: Conseguir libros y artículos de Peter Tsouras, un teniente coronel retirado de Estados Unidos que exploró un desastre aliado en Normandía, una Tercera Guerra Mundial, un intervención británica a favor de los Confederados, entre otros supuestos. Y La algarabía de Jorge Semprum, ucronía publicada en 1981, que sitúa la acción en una Francia en la que el presidente Charles de Gaulle ha muerto prematuramente en un accidente de helicóptero. Y el cuento de Saki Cuando llegó Guillermo que describe una Gran Bretaña que gime bajo la bota de hierro del Kaiser.

Por fortuna, Evans es uno de esos catedráticos que también disfrutan de esas obras que provienen del "trance embriagador de la imaginación especulativa". Por eso, cubre de elogios, entre otras, la popular Fatherland de Robert Harris, una distopía ambientada en Alemania en 1964, bajo el supuesto de que Hitler ganó la Segunda Guerra Mundial.

Y rescata Evans la primera historia alternativa "extensa y reconocible". Un panfleto escrito en 1836 por un tal Louis Geoffroy con el título Napoleón y la conquista del mundo. Aquel afiebrado bonapartista concibe que el emperador en lugar de tratar de conquistar Moscú marcha hacia el norte rumbo a San Petersburgo, inflige una severa derrota al ejército ruso, captura al zar Alejandro y ocupa Suecia. Después, completa la conquista de España, invade Inglaterra y la destroza. En 1817 borra a Prusia del mapa; cuatro años más tarde arrasa un ejército islámico cerca de Jerusalén y se lleva la Piedra Negra a París. En 1827, todos los presidentes de América pidieron su incorporación a Francia después de que Napoleón conquistara China y Japón...

Hay que destacar, por último, que Evans reconoce a la historia alternativa una enorme contribución filosófica:

”...su intención explícita es recuperar el libre albedrío y la contingencia de la historia y restablecer el actor individual en una historia estudiada demasiado a menudo en términos de fuerzas impersonales".

La libertad, por encima de todo.

Ninguna persona razonable puede hoy en día ser un determinista, sostenemos desde esta trinchera. Sólo los encadenados a los dogmas del estalinismo, coincide Evans.

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

jueves, 22 de enero de 2026

Lo bueno, lo malo y lo feo




Marcos Novaro

Edhasa

Ensayo de política. 159 páginas.


Este libro fue sacado antes del horno. Dos o tres meses antes. Un análisis serio de los dos primeros años de la presidencia Javier Milei no debería omitir el hecho político más importante de su mandato: la rotunda victoria en las elecciones legislativas de medio término. Es una pena. Nos hubiera gustado conocer la interpretación de Marcos Novaro, un sociólogo de probada inteligencia, del 26-O.


Dos años de discusiones y lecturas compartidas con colegas y amigos es el metal noble con que se forjó este breve pero nutritivo ensayo, explica su autor al final. Siempre es loable el uso de esa herramienta que Borges llamaba "la inteligencia de comprender". Pero como cualquier ensayo de este tipo escrito por una persona intensamente argentina tiene un sesgo muy marcado. Al Sr Novaro no le gusta el Presidente de la Nación. Lo rebaja a la categoría de "populismo de derecha". Postula en la página 55:

 "Javier Milei y Cristina Kirchner bien pueden verse como cara y contracara local de un mismo fenómeno mundial: la radicalización ideológica de la competencia en los sistemas democráticos".


Sostiene el ensayista que el Javier Milei más positivo para la Argentina es aquel que debe operar bajo estrictas restricciones. Un Milei desatado -con su "visión religiosa, maniquea y desorbitada de su propio rol"- es una pesadilla para la sensibilidad y creencias de Novaro. También le encuentra parecidos con Juan Perón. Ambos serían "aventureros del poder, doctrinarios disfrazados de oportunistas, oportunistas disfrazados de autoritarios".


Inspirado en pensadores marginales como Murray Rothbard y Hans Hoppe, Milei es acusado en la página 14 de no ser "un liberal en casi todos los asuntos políticos, institucionales y culturales en juego en nuestros días". Ahora bien, qué es lo que Novaro entiende por "populismo". Su definición favorita es la que pone el acento en un rasgo supuestamente esencial: la contraposición que plantea entre el pueblo virtuoso y sus enemigos (la casta, en este caso).


Quien esto escribe prefiere centrarse más en hechos que en los discursos, los que -como Foucault ha enseñado- siempre serán "tácticamente reversibles", como si se tratase de ropajes. Llamemos populismo, entonces, al “distribucionismo que nunca se atiene a un presupuesto". Milei, ergo, no es un político populista. Habría que buscar otra denominación más exacta.


PARANGONES


Novaro dedica páginas a comparar la experiencia libertaria con otros dos "populismos" vernáculos: el menemismo y el kirchnerismo. Sus críticas al peronismo de izquierda que arruinó a la Argentina son impecables. Y en la presentación del libro hay una clave de análisis, brillante, que de alguna manera contradice alguna de las aseveraciones posteriores ("Milei es un extremista como Trump, Bolsonaro, Orban o Abascal que actúa en un contexto diferente"). Sostiene el investigador del Conicet que los líderes y los movimientos políticos deben ser juzgados por si pueden o no cumplir la función que la sociedad les ha dado. Alfonsín fue exitoso porque logró estabilizar un conjunto de reglas democráticas. Menen, porque logró frenar la inflación y modernizar la economía. Los Kirchner por restablecer grados aceptables de integración e igualdad social.


Entonces, cuál es el mandato que Javier Milei recibió de los argentinos. En el terreno de las conjeturas, diríamos bajar la inflación, que el Estado le quite la pata de encima a los ciudadanos comunes y a los productores, combatir los irritantes privilegios de esa casta de vivillos que mama de la teta del Ogro filantrópico. Desde este punto de vista, lo estaría consiguiendo.


Con muy buen tino, el autor de este libro teme que lo malo y lo feo de Milei terminen estragando lo bueno, es decir bloqueando los objetivos económicos que provienen del mandato popular. Esta es una de las tesis fundamentales del volumen.


Marcos Novaro milita en el campo que el pensador Giuliano da Empoli ha denominado "el consenso de Davos". Su compromiso con la separación de poderes, la institucionalidad (incluso con los buenos modales), el estatismo benévolo y racional, con un tinte progresista, parece inquebrantable.


Deja un mensaje esperanzador porque "el contexto importa siempre más que los deseos de los líderes" (que lo diga Cristina, si no). El fenómeno Milei no podrá tener nunca una deriva autoritaria porque "al abrir los mercados para los intercambios espontáneos... también el mercado político se va a abrir más y más", pronostica Novaro. La venganza de Schumpeter a los libertarios.

Guillermo Belcore

Calificación: Regular