martes, 19 de mayo de 2026

Mr. Paradise


 Al norte del Río Bravo, la ciudad más tercermundista es Detroit, estado de Michigan, 650 mil habitantes, un tercio de los que tenía hace medio siglo. Un estudio de WalletHub, sitio especializado en finanzas personales, concluyó que la otrora orgullosa capital de la industria automotriz es hoy la urbe más infeliz de Estados Unidos, entre 182 relevadas. Su tasa de homicidios por habitante es diez veces más alta que la de Argentina; supera incluso el promedio nacional de México. El patriciado WASP ha huido de ese enclave de decadencia y frustración.

Fíjese usted, el arte es un fenómeno tan maravilloso que incluso las sociedades más exasperadas tienen su poeta. Elmore Leonard (nacido el 11 de octubre de 1925 en Nueva Orleans, Luisiana, y fallecido el 20 de agosto de 2013 en el municipio de Bloomfield, Michigan) ambientó allí una decena de sus novelas policiales. Se lo llamó el Dickens de Detroit. Así lo describe la Enciclopedia Británica:

"[...] es conocido por su prosa limpia, su oído privilegiado para los diálogos realistas, el uso efectivo de la violencia, su ingenio satírico natural y sus personajes pintorescos".

Un rasgo primordial que caracteriza la obra de Leonard es haber despojado a los villanos de cualquier encanto. Los malos son torpes, vagos, brutos, descontrolados, invariablemente terminan metiendo la pata. Hasta donde uno sabe, nadie ha tallado una galería de perdedores tan extensa y rotunda, especialmente entre la llamada basura blanca.

Como los sicarios Carl Fontana y Art Kruppa de Mr. Paradise (Alianza Editorial, 352 páginas), novela que aquí venimos a recomendar. Los contrató un tal Montez Taylor para asesinar a su patrón, un anciano rico y depravado que, al parecer, no cumplirá la promesa de incluirlo a su asistente personal en el testamento. Taylor deberá pagar 50 mil dólares -que aún no tiene- a los asesinos. El abogado corrupto que les consigue los encargos a los Mutt & Jeff del crimen se queda con el 20% de comisión. Es el mundo real, amigo lector.

La novela está dedicada al Departamento de Homicidios de Detroit. Justamente, los héroes -en un sentido muy prosaico- de la historia son los agentes de la ley. No se andan con tonterías en el universo leonardiano; si tienen que apretar el gatillo, así es la vida. Al fin y al cabo, el mundo es un gramo mejor sin la presencia entre nosotros de ciertas bestias codiciosas y sádicas. Los detectives muestran todas las flaquezas de cualquier mortal, excepto la corrupción.

MAQUINA DE NARRAR

En cuanto a la prosa -siempre hay algo que decir del estilo-, Leonard es una de las más eficaces máquinas de narrar. No se detiene en densidades estilísticas. Hace un cuarto de siglo escribió un artículo muy celebrado en The New York Times con diez sugerencias para escritores de novelas policiales.

Una de ellas es usar un signo de admiración cada diez mil palabras; otra: no uses un verbo distinto a "dijo" para los diálogos. "La línea de diálogo pertenece al personaje; el verbo es el escritor metiendo las narices donde no debe", estableció este maestro de la claridad y el ritmo.

El señor Leonard no solo nos ha dejado hermosas novelas (escribió 45). También ha inspirado una de las mejores series de televisión de nuestro siglo. En efecto, el cuento Fire in the Hole sirvió de inspiración para Justified (2010-2015), que se centra en un lacónico alguacil estadounidense llamado Raylan Givens (interpretado por Timothy Olyphant), de gatillo rápido y métodos del Viejo Oeste.

Las seis temporadas se ambientaron en el condado rural de Harlan, Kentucky. En 2023 se emitió la secuela Justified: Ciudad salvaje. En busca de un asesino en serie, el marshal debe llevar sus pistolas a… Detroit.

Guillermo Belcore

Calificación: Buena

sábado, 16 de mayo de 2026

Sin decir adiós


 La literatura escrita a cuatro manos -hasta donde uno sabe- no ha generado obras maestras, con la posible excepción de las Baladas líricas, de William Wordsworth y Samuel Taylor Coleridge, considerada el puntapié inicial del movimiento romántico en el Reino Unido. El dueto produjo sí, algunos productos notables como Seis problemas para don Isidro Parodi, incursión en el genero policial de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares (nada menos); y la estupenda saga de ficción espacial The Expanse de Daniel Abraham y Ty Franck, compuesta bajo el seudónimo de James S.A. Corey. También engendró novelas decepcionantes como las que acaban de presentar la actriz, empresaria y militante feminista Reese Witherspoon (Nueva Orleans, 1976) y el as del thriller de suspenso Harlan Coben (Newark, 1962).


La versión oficial consigna que Witherspoon (ganadora del Oscar en 2005 por su papel en Walk the Line) le acercó al afamado escritor una propuesta: 

“Dar forma a una novela llena de intrigas médicas y corrupción a gran escala, todo ello centrado en una cirujana cuyo superpoder es su gran habilidad quirúrgica”.


El resultado de la combinación de fuerzas es Sin decir adios (410 páginas), que el sello RBA acaba de lanzar en la hispanosfera. El escritor neoyerseíno aportó su maestría para los giros imprevistos en la trama, que permiten al lector engancharse hasta el final sin dificultades, pero la historia es tan inverosímil, los personajes tan planos y los diálogos tan insustanciales que difícilmente alguien pueda calificarla por encima de los cinco puntos. Podría decirse que Coben ha bajado un escalón en la calidad de sus manufacturas, dos de las cuales habíamos elogiado en este diario.


La protagonista es Maggie McCabe, brillante cirujana caída en desgracia desde la muerte de su marido, también doctor. Al bueno de Marc lo cortó en pedacitos un comando insurgente en algún lugar del norte de Africa mientras trataba de salvar vidas en un hospital de campaña. Era un buen samaritano; un “médico sin fronteras”.


Maggie se derrumba, consume drogas, es acusada de mala praxis, pierde su licencia médica. Hasta que un día recibe una propuesta increíble de un oligarca ruso que le permitirá resolver sus problemas económicos y legales. Tiene que hacer a cambio dos cirugías cerca de Moscú, pero, obviamente, nada es lo que parece y desde su llegada a la mansión despampanante de Oleg Ragoravich se desata una sucesión desenfrenada de acontecimientos por tres continentes que involucra a espías, sicarios, multimillonarios, moteros, guardaespaldas goriloides, médicos venales, una chica fatal, tráfico de órganos. Es decir, la obra degenera en novela de acción, aunque hay material serio debajo del entretenimiento fácil.


Como usted sabe, pocas cosas le resultan más encantadoras a la cultura estadounidenses que endiosar a los ciudadanos comunes; es decir, dentro de cada hijo o hija del vecino puede existir un superhéroe. Sin decir adiós, cae en la tentación del “democratismo americano”. Maggie, la cirujana, es invulnerable y muestra la fuerza y la agilidad de la princesa Diana de Temyscira.


Cabe suponer que Witherspoon ha aportado al libro una acendrada “perspectiva de género”. La actriz creó un exitoso club de lectura (Reese's Book Club) que se ha destacado por promocionar novelas escritas por y sobre mujeres. Por ello, en Sin decir adiós hay un solo personaje masculino más o menos positivo (entre los vivos) y el lector debe soportar píldoras militantes como la denuncia sesgada de la apropiación cultural o la reivindicación de la sororidad. ¡Oh, corrección política, cuántas tonterías se cometen en tu nombre!


Por otra lado, el dúo sigue a pie juntillas ese mandato editorial que sostiene que el bestseller contemporáneo siempre tiene que enseñarle algo al vulgo. Aquí nos ilustran sobre los caprichos de la oligarquía rusa, los detalles de una cirugía estética de senos, las posibilidades de los bots de duelos, el esplendor hueco de Dubai. Witherspoon y Coben pretenden, incluso, enseñarnos a leer una novela: “...se lee despacio, disfrutando de ellas, asegurándose de que cada escena cobra vida a todo color en el pensamiento…”


Netflix, que mantiene una pingüe asociación comercial con Harlan Coben, ya ha comprado los derechos del texto. Veremos que sale. Es lógico suponer que la sociedad Witherspoon-Coben nació pensando en la pantalla, no en el papel

Guillermo Belcore

Calificación: Regular