sábado, 11 de julio de 2026

Pioneros de la industria argentina

 


Durante décadas, el gremio historiográfico -intoxicado de marxismo, Braudel y estructuralismos varios- miró con desdén a los biógrafos. "Los consideran aficionados que captan la historia a saltos, o los acusan de ignorar la sociedad y centrarse demasiado en los individuos, asumiendo erróneamente que los grandes hombres hacen la historia", ha denuncidoa la erudita canadiense Margaret MacMillan (1).

La bestia negra del gremio, naturalmente, ha sido Thomas Carlyle, el filósofo escocés del siglo XIX.

"Aunque a Carlyle se lo recuerda por sus trabajos sobre los héroes, él no los veía tanto como artífices de la historia, sino más bien como personas excepcionales que condensaban el sentimiento de una época particular o que fueron capaces de vislumbrar con mayor claridad hacia dónde se dirigía la sociedad o qué necesitaba", añade la señora MacMillan.

Afortunadamente, esa visión desdeñosa -un prejuicio, en rigor- de cierta franja de las ciencias sociales resulta anacrónica y hasta ridícula en el siglo XXI. La puerta se ha abierto a la composición de trabajos magníficos que ponen de relieve el papel crucial del individuo en el progreso de una comunidad. La pasión por crear es uno de los motores de la historia. Dicho con palabras de Hegel: 

"Nada se hizo en la Historia sin pasión".

Aquí, precisamente, venimos a recomendar uno de esos libros que señalan a aquellos excepcionales que se destacaron respecto del fondo, "como una madonna en un cuadro renacentista, como ese rostro particular en el que se fija la cámara de cine cuando recorre una multitud", según escribió MacMillan.

Acaba de imprimirse en Buenos Aires la segunda edición de Pioneros de la industria argentina (Editorial Libella, 404 páginas), obra iluminadora de la antropóloga cultural María Susana Azzi y el historiador Ricardo De Titto.

La primera edición data de 2008. Se agotó en el circuito comercial al convertirse "en un texto de referencia en el mundo económico, comercial y académico", como se destaca en la introducción.

Los retratos de aquellos audaces emprendedores que forjaron la vida económica de la Argentina y permitieron prosperar a millones de personas "se han trazado con agudeza y elegancia", destaca en el prólogo el doctor Eduardo Zimmermann, rector de la Universidad de San Andrés.

Los autores satisfacen con creces, además, una de las máximas profesionales de Carlyle: 

"El secreto de la buena biografía -y de hecho de la buena historia en general- radica en comprender esa particularísima relación entre los individuos y sus sociedades".


DE ROSAS A LOS KIRCHNER

El ensayo recorre ciento cincuenta años de historia nacional con una prosa que nunca pierde amenidad. Hay capítulos gratísimos, incluso. Reúne las biografías compendiadas de catorce emprendedores genuinos y eminentes, y de sus sucesores al frente de la empresa o el imperio que supieron construir (en beneficio del desarrollo nacional, ése es el leitmotiv). Desde el guipuzcoano Carlos Noel hasta el italiano Paolo Rocca, injustamente apodado "Don Chatarrín" por el actual Presidente de la Nación. Un fresco vigoroso de las irrupciones disruptivas en el tejido de la Patria.

El estudio fue concebido en forma reticular. Es decir, los autores ofrecen una visión holística que, si bien ubica al factor humano en el centro, no descuida su conexión con lo político, lo social y lo cultural. Así, la historia de Luis Magnasco es también el relato de las epopeyas de los inmigrantes genoveses y vascos, y la descripción de las etapas de la lechería argentina (curiosamente, en el campo del siglo XIX no se consumía leche). Una vasta bibliografía, artículos periodísticos y una veintena de entrevistas proporcionaron la materia prima del volumen. En sus páginas resuena la voz de Octavio Caraballo, Torcuato Di Tella, Luis Alejandro Pagani y Jacques Louis de Montalembert, entre otros ilustres.

Hay una nota de melancolía en el texto. El lector no puede evitar entristecerse ante la decadencia de algunas empresas y marcas célebres, aquellas que alegraron nuestra infancia. Destrucción creativa, diría un discípulo de Joseph Schumpeter (2).

El pensador austríaco explicó que el capitalismo no avanza de forma estática ni mediante cambios graduales. El verdadero motor es el emprendedor innovador que quiebra el statu quo, como el grupo de figuras rescatadas del olvido por Azzi y De Titto.

Sin embargo, la desaparición de poderosos grupos económicos en la Argentina no obedece únicamente a la irrupción de competidores más hábiles (internos o externos) o de tecnologías revolucionarias, o a una sucesión desafortunada (las cuestiones familiares son importantes). Con excepciones como la de Arturo Frondizi, la incompetencia y la corrupción de la casta política argentina en el siglo XX fueron un lastre para los creadores de riqueza, cuando no un adversario declarado, como le ocurrió a los Bemberg, perseguidos por la dictadura militar de 1943. Los bandazos, la perversión de la moneda y la asfixia burocrática resultaron fatales. Destrucción no creativa, cabría denominar a este fenómeno vernáculo.


NUEVO PARADIGMA

Los autores dejan una advertencia inquietante: en el siglo XXI ha mutado el paradigma económico-cultural.

Aquella modernidad que hizo posible el surgimiento de titanes empresariales, sustentada en una fe casi religiosa en el porvenir, ya no existe. Fue suplantada por una posmodernidad degradada, con relaciones laborales precarizadas y empleos flexibles. Brilla por su ausencia el rol paternalista que asumían muchos de esos pioneros, quienes consideraban a su personal una extensión de la familia. El avance de la empresa era sinónimo del progreso de toda una comunidad. Y los sindicatos no habían alcanzado su actual estado de putrefacción.

Sin embargo, aunque la noción universal de optimismo se haya desvanecido, también hay en la Argentina razones para recuperar la esperanza. Acaso el populismo de izquierda -que concibe al empresario como una vaca lechera para ordeñar o como un "enemigo del pueblo"- no vuelva jamás al poder. Y pioneros siguen surgiendo en la Patria. Quizás el próximo libro de María Susana Azzi y Ricardo De Titto devele los secretos del éxito de un Marcos Galperín, un Miguel Galuccio o un Marcelo Mindlin.

Guillermo Belcore


(1) 'Las personas de la historia', Turner Noema, 2017.

(2) 'Capitalismo, socialismo y democracia', 1942.


Calificación: Muy Bueno

lunes, 6 de julio de 2026

Borges, el mejor del Mundial


A esta altura del Mundial, un asunto quedó claro: 
Jorge Luis Borges sigue siendo el mejor. Su genialidad no tiene parangón. Es un creador absolutamente impredecible. Le ha cerrado el hocico a los tiquismiquis que ven en su elegancia demodé una falta de instinto asesino, como el que caracteriza a la estrella francesa Michel Houellebecq o al eficaz artillero inglés G.K. Chesterton.

Todo hay que decirlo: prácticamente ningún argentino ha estado a su altura. Puede que los artificios de Julio Cortázar les encanten a los jóvenes, pero sólo en espacios cortos refulge. César Aira peca por repetición. Leopoldo Lugones alterna buenas con malas. Roberto Arlt es un rústico. Ricardo Piglia está sobrevalorado. Solo Fogwill y Schweblin nos han sorprendido gratamente. Bioy Casares, naturalmente, es una joya de otra época.

Digan lo que digan los comentaristas extranjeros, el camino hacia la final no será fácil para la Argentina. ¿Hay que recordar que Colombia tiene en sus filas a Gabriel García Márquez? Brasil siempre es interesante, aunque no cuenta con colosos como los de antaño (siguen suspirando de nostalgia por Guimarães Rosa y Machado de Assis). Duele ver en el banco de suplentes a Rubem Fonseca.

¿Y si el rival en semifinales es Inglaterra? Como otras potencias europeas, revitalizó su equipo con la inmigración. De ahí que sus principales figuras (además de Shakespeare y Chesterton, claro) sean V.S. Naipaul, Joseph Conrad, Oscar Wilde y Kazuo Ishiguro. La mejor defensa del torneo, ¿no? A priori, los Three Lions no tendrían problemas para batir a los mexicanos, a pesar del peso ofensivo de un Juan Rulfo o un Octavio Paz. En la cancha se ven los pingos, no obstante.

Ya habíamos lamentado en esta columna el despropósito de que Italia esté ausente. Con una mano en el corazón, ¿a quién no le gustaría reencontrarse con Italo Svevo, Carlo Emilio Gadda o Leonardo Sciascia, incluso con el sinvergüenza de Curzio Malaparte? Ahora nos causa pena la temprana eliminación de Uruguay, por tres nombres: Onetti, Felisberto y Levrero. Lo mismo con Alemania: ya sentimos saudades de Thomas Mann, Heinrich Böll y Günter Grass. Por cierto, cómo nos hizo transpirar Joseph Roth cuando jugamos contra Austria.

España podría ser la próxima baja entre los eminentes. En primer lugar, porque nunca ha logrado igualar el nivel de un Cervantes, un Lope o un Quevedo. Más acá en el tiempo, ni siquiera el de Francisco Ayala, Juan Benet o Juan Marsé. Se le acaban de ir Rafael Chirbes y Javier Marías. Le quedan en la chistera solo algunas cositas de Javier Cercas, Eduardo Mendoza y Enrique Vila-Matas.

En cuanto a las revelaciones del torneo, qué decir de Haruki Murakami, el más occidentalizado de los bravos japoneses. Ha logrado la proeza de superar al armonioso Yasunari Kawabata. Del sublime Yukio Mishima solo podemos decir que tiene tendencias suicidas.

Es probable que, en conjunto, la mejor obra del Mundial la hayan producido los estadounidenses. Cuentan en sus filas con un gigante que los mandarines de Estocolmo se rehúsan a consagrar. Nos referimos, por supuesto, a Thomas Pynchon. Nunca dejarán de agradarnos, además, las sutilezas de un Kurt Vonnegut o un J.D. Salinger. El mediocampo judío es excelente: Saul Bellow, Norman Mailer y Philip Roth, una maravilla de ver. Stephen King aviva nuestra imaginación con sus fantasías. De ninguna manera Irving, Oates o Ellroy resultan anacrónicos. Don Winslow es la gran aparición de los últimos tiempos, si es que dejamos de lado a Jonathan Franzen.


Pensando en la final, la Argentina debería respetar también a los franceses. Ya mencionamos a Houellebecq. No le van a la zaga Flaubert, Camus o Claude Simon. Y entre la nueva generación, Modiano y Carrère brillan. Es un equipo que se ha despojado de la pesada artificiosidad de tiempos atrás y va al hueso de la condición humana, como los ingleses o los norteamericanos.

Pero nosotros tenemos al mejor de todos: Jorge Luis Borges.


Guillermo Belcore