martes, 10 de septiembre de 2013

Robinson

Muriel Spark
La bestia equilátera. Novela, 221 páginas. Edición 2013.

Un avión se estrella en una isla volcánica que ni siquiera figura en los mapas. Sobreviven algunos pasajeros. Traban ligazón con lugareños de curiosas costumbres. Escasean las provisiones. El día del rescate es incierto; la situación se vuelve tensa. Ocurren hechos de sangre; suceden cosas asombrosas, acaso sobrenaturales. Nadie puede estar seguro de nada, incluso de dónde termina aquello que conocemos como realidad.

No, no estamos hablando de la serie Lost, esa fruslería de J.J. Abrams cuyo final dejó a todo el mundo insatisfecho. Se trata del argumento resumido de una novela espumosa y divertida que Muriel Spark (Edimburgo 1918-2006) escribió hace más de medio siglo. No ha perdido un gramo de frescura. El goce está intacto.

De la señora Spark puede decirse lo mismo que de Aira, de Simenon o de Sciascia. Estrictamente hablando, no han logrado producir lo que se denomina una obra maestra pero la Alta Literatura sería un paraíso imperfecto sin el aporte del conjunto de su obra. Además, ¡qué bien escribía la señora Spark! Las mejores palabras en el orden correcto, una sabrosa claridad, brillante como porcelana danesa. Para quien conozca a la autora, Robinson  se torna en un libro imprescindible. Al principiante, le aseguramos que Robinson es la mejor manera de empezar. El clima de farsa, el roce con el absurdo, la punzante crítica social -sobre todo, la mofa de las convenciones típicamente inglesas y de la religión malentendida- el acabado de los personajes son algunas de las virtudes del libro. Hay otra que merece ser subrayada con lápiz rojo: Muriel Spark hace de la maledicencia una forma de arte.

Antes de concluir, algo bueno debe añadirse sobre el sello editorial. La bestia equilátera se ha especializado en delicatessen británicas que no merecían el olvido, lo cual es digno de aplauso, mejor dicho de ovación de pie durante largos minutos. No podría asegurarlo, pero me parece que la mano experta de Luis Chitarroni tiene mucho que ver en esto.

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno. 

domingo, 8 de septiembre de 2013

El vizconde demediado

Italo Calvino

Siruela, Nouvelle fantástica, 92 páginas, Edición 2013.


Somos Jano. La mitad de nuestra naturaleza está abocada a una irreparable e insana crueldad. Es decir, a hacer el mal sin ninguna razón plausible. No todo es color negro, sin embargo. También tenemos un costado benévolo, con una ilógica preocupación por la felicidad ajena. Esas dos pulsiones conviven en la Historia y en el alma, pero la maldad absoluta y la virtud suprema resultan inhumanas por igual.

He aquí la enseñanza de una nouvelle que el enorme Italo Calvino (1923-1985) escribió hace cincuenta y ocho años. Constituye la primera parte de la popular trilogía Nuestros antepasados. Se emplea un truco volteriano: el autor cultiva la fábula fantástica para filosofar sobre el ser humano. La indagación, tan profunda como lúcida, se aligera por el inevitable fondo de picaresca que caracteriza a buena parte de la literatura italiana. Es una historia divertida. Así se explica Calvino: “Yo creo que divertir es una función social; encaja en mi moral… uno (el lector) compra el libro, le cuesta dinero, invierte su tiempo, se tiene que divertir”…

El libro narra pues las peripecias del vizconde Medardo de Terralba, una de las más nobles familias del Genovesado. En la guerra contra el infiel, un cañonazo turco lo partió en dos, de arriba a abajo. La mitad malévola, rugosa y fea como maracuyá de gaveta, vuelve a tomar posesión de su castillo. Perpetra todas las iniquidades posibles: condena a la horca a muchos, incendia propiedades y personas, recluye en un leprosario a su nodriza y vicemadre (sana), planea exterminar a los hugonotes, e intenta asesinar a su sobrino, justamente el narrador de la historia. Así las cosas, hasta que aparece la mitad buena del vizconde, que también termina repudiada por el pueblo sencillo. Se disputan una mujer; se baten a duelo.
 
Somos buenos y malos, concluye Calvino. Actuar solamente como un santo nos hace incompletos, deformes. Vagamos atormentados entre ansias opuestas. Así transcurre nuestra vida, entre caridad y terror.

Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Bueno

Calificación II: Dos amigos de este blog, Marcos y Santi, consideran que este libro merece un Excelente.


miércoles, 4 de septiembre de 2013

Un tiempo de rupturas

Eric Hobsbawm 

Crítica. Ensayo de arte, 306 páginas.

Este volumen incluye artículos, conferencias, reseñas y hasta el prólogo de un libro de Karl Kraus que Eric Hobsbawm (1917-2012) escribió en el último tramo de su vida, con la salvedad de un texto de 1964. Llama la atención el saludable giro hacia la sensatez de un historiador tan eminente como polémico. En lugar de la justificación en nombre del progreso de los crímenes de Stalin, se oye ahora una voz delicadamente conservadora, rebelándose contra la desintegración de la modernidad, en nombre de los viejos valores universalistas. En el terreno artístico, las objeciones resultan absolutamente persuasivas. Quién sino un necio no se indigna con toda su alma ante la ausencia de profesionalidad -el talento parece que ya no es relevante- con que se fabrican en serie esas mercancías con las que nos apabulla la industria editorial. Quién no puede compartir la sentencia de que el arte conceptual es el refugio por excelencia de los charlatanes. El viejo gladiador marxista nos advierte también de que el Estado -el poder político, en realidad- puede ser tan nefasto para la cultura como el mercado o los imperativos morales. Tómese nota en la Argentina.

El lector será invitado a reflexionar, entre otros temas, sobre el aporte del judaísmo al pensamiento universal, el elusivo concepto del patrimonio cultural, el destino trágico de la Mitteleuropa, el presente y el futuro del mecenazgo, el papel del intelectual, el fracaso de las vanguardias del siglo XX. La insaciable curiosidad y la asombrosa erudición de Hobsbawm tornan fascinante la travesía. Un espléndido legado.

Guillermo Belcore
Publicado el domingo pasado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Bueno


lunes, 2 de septiembre de 2013

Crímenes y jardines

Pablo De Santis

Planeta. Novela policial, 295 páginas. Edición 2013.


En la jungla editorial, conviven hoy dos especies literarias: la producción seriada y la artesanal. A la primera se le notan las marcas industriales: capítulos diminutos que siempre deben concluir con un gancho, personajes planos que hablan de la misma forma, desdén por las densidades temáticas y estilísticas para garantizar una absoluta legibilidad, ausencia de digresiones, didactismo tenue, apego a las modas. La novela policial que ahora nos ocupa pertenece al grupo de la escritura estandarizada. No se trata, aclaremos, de un juicio peyorativo. El thriller satisface cabalmente la necesidad de entretenimiento liviano de una vasta porción del público. Es una manufactura digna.

Pablo De Santis repite los personajes de El enigma de París, Premio Planeta 2007 y éxito de ventas. Estamos en 1894. En una Buenos Aires que está mutando con rapidez, un detective privado investiga una serie de crímenes con alusiones clásicas. Hay una sectas de paisajistas, una especie de grupo filosófico que intenta desplazar a Carlos Thays para manejar a su antojo los jardines porteños. Los crímenes, a primera vista, tienen que ver con los jardines o con los misterios de la Atlántida (sí, la novela sigue la estela de Dan Brown, algo de esoterismo parece que hoy es indispensable). Puede que se haya deslizado algún anacronismo: ¿cuándo fueron introducidos los jabalíes en la Argentina para complacer a los bárbaros amantes de la caza? ¿Antes del siglo XX? No lo tengo claro.
 

Crímenes y jardines apenas araña la superficie de su época. Se disfrutan las curiosidades que el prolijo De Santis ha recopilado, pero se echa de menos la crítica social. Una novela policial sin denuncia (si es oblicua, mejor,) es como un galgo al que le falta una pata: siempre se le escapa la liebre. No obstante, el libro también tiene virtudes: giros imprevistos, expresiones elegantes, un cándido estilo tardorromántico que evoca al siglo XIX. El final es delicioso; todas las piezas encajan.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa el último domingo.

Calificación: Regular

PD: Considero un error quedarse con una sola opinión. El diario Página 12 elogia esta novela. Pinche aquí: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-5116-2013-09-03.html

viernes, 30 de agosto de 2013

Necrópolis

Boris Pahor

Anagrama, autobiográfico, 259 páginas. Edición 2010.


Las dudas son inevitables. ¿Qué importancia tiene hablar sobre los recursos retóricos de un texto que nos enrostra el mal absoluto como si de un escupitajo se tratase? ¿Puede elogiarse la calidad de una prosa cuando el tema es la destrucción sistemática de miles de semejantes? ¿No es frívolo pensar en figuras de ficción cuando la perversión nazi se arroja sobre la mesa? Y sin embargo… El genio de un gran escritor siempre se las compone para alzarse por encima de la realidad por más siniestra que ésta sea; sobrevuela y eleva su trabajo hacia los cielos trasparentes dejando atrás la superficie de un pantano putrefacto poblado por criaturas infernales. Quiero decir: aun en la evocación del campo de concentración de Natzweiler-Struthof puede encontrarse una intención estética. En forma y fondo, entonces, he aquí una obra extraordinaria. 

La autobiografía novelada puede compararse con la mejor creación de Primo Levi. También Boris Pahor ha encontrado el tono justo para narrar su calvario en manos de los esbirros de Adolf Hitler. Volvió del Averno -”donde la maldad del hombre triunfaba sobre dolor humano”- y quiso contarlo sin estridencias, pero hilvanando una serie de escenas en el Läger que causan escalofríos. Oigamos su voz tranquila:

“Ningún panal podrá jamás ilustrar el estado de ánimo de un hombre que tiene la sensación de que el tazón de hierro de su vecino contiene medio dedo de líquido amarillo más que el suyo. Está claro que podría reproducirse la expresión de los ojos con esa mirada especial que crea el hambre; pero jamás podría captarse el desconsuelo de la cavidad bucal, ni siquiera los movimientos automáticos del esófago. Como podría, entonces, una fotografía mostrar los matices últimos de la lucha interior invisible, en la cual los principios de la buena conducta en la que habíamos sido educados ya hacía mucho que habían sido derrocados por la ilimitada tiranía del epitelio estomacal”.

Sí, la terrible “ilimitada tiranía del epitelio estomacal”. A un montón de células famélicas rebajaron los nazis a los hombres, a personas que se sentían racionales y normales como usted y como yo. No hace tanto. Fue después de la aparición del cristianismo, el derecho romano y la Ilustración. Transcurrieron sólo setenta años. Pero incluso en ese escenario inconcebible, hubo espacio para los actos heroicos. Pahor lo atestigua.

El esloveno

Necrópolis fue concluido en 1966, pero llegó al idioma español treinta y cuatro años más tarde. “Es un retrato completo y al mismo tiempo conciso -nunca patético- de la vida (de la no vida, de la muerte) en el campo de concentración”, resume Claudio Magris en el prólogo. Su autor proviene de la valerosa Eslovenia, nación alpina y eslava que en 1991 rompió las cadenas de Yugoslavia. “Nos parecemos a los judíos y a los gitanos, porque, al igual que estas dos estirpes, también la nuestra a lo largo de su historia se ha resistido a la asimilación”, escribió Pahor. Con sus jóvenes cien años (!!!), el artista vive aún en Trieste, ciudad donde nació en 1913 y donde debió ver cosas que un niño nunca debería ver. Transcribo de la página 42:

“A quien en edad escolar haya conocido el pánico de una comunidad aniquilada a la que se obliga a mirar impotente cómo las llamas consumen su teatro en el centro de Trieste, a éste le han mutilado la visión del futuro para siempre. El cielo sangriento sobre el puerto, los fascistas enfurecidos, derramando nafta por el edificio orgulloso y luego bailando al lado de la hoguera impetuosa, todo ello se graba en el interior de un niño y lo traumatiza”.

El procedimiento narrativo es de notable eficacia en su sencillez. El narrador vuelve a visitar el campo de la muerte en Alsacia, convertido ahora en una atracción para turistas. Se indigna ante los respetables paseantes dominicales, por la mezquindad de su imaginación. Lo que ve y lo que oye Pahor va gatillando su memoria. Viajamos a 1944. La sucesión de escenas -aliviadas con reflexiones filosóficas de primera categoría- nos cortan el aliento. El crepitar del horno alimentado con carne humana, por ejemplo. “No estaría mal que alguien investigara el perfil psicológico del que inventó las tenazas que servían para arrastrar un cadáver hasta el montón de otros cadáveres, y desde allí a un ascensor de hierro ubicado debajo del horno”, apunta Pahor. La sucesión de recuerdos es impresionante. No se escatiman detalles: el sonido de la botas de los oficiales de las SS (la hez de la humanidad) bajando por las escaleras por la derecha y por la izquierda, por ejemplo. Con esas texturas gemebundas sin par se ha construido la obra. Los extensos párrafos son algo así como cuadros ampliados de Pieter Brueghel.

Pahor, el partisano, cumplió el papel de enfermero en una fábrica de la muerte. Sobrevivió -explica- porque “en la relación de los oficiales de las SS con los enfermeros siempre había un poco de respeto, como si no pudiesen creer que nos dediquemos a pacientes que creaba el mundo del crematorio”. Sobrevivió por su función añadida de sepulturero, que le permitía aprovechar pequeñas ventajas como una prenda de vestir o un mendrugo de pan que dejaban los muertos. Sobrevivió por “la fe inamovible, sorda y ciega en la posibilidad de sobrevivir”. Se concentró en ayudar a los otros y también tuvo mucha suerte: llegó al matadero al final de la guerra y la enfermedad apenas lo rozó con sus alas de cuervo. Permaneció “indiferente y romo” mientras lo arreaban de un campo a otro, al compás de la retirada alemana. El miedo le había paralizado el sistema nervioso, toda la red de nervios más finos, pero el miedo también lo protegió de un mal mayor: la desesperación

Con su cuidada atención para que las palabras se correspondan exactamente con las imágenes, este texto es como una suerte de monumento triste a los millones de víctimas del fascismo europeo. Es un libro imprescindible (y muy bien escrito, aunque suene insustancial decirlo). Si la literatura cuenta con algún valor social, Necrópolis lo tiene. Proteger a la especie “del olvido humano“, de “la inconstancia de la conciencia fluida”. Establecer que el placer de la destrucción es una de las fuerzas más poderosas del universo.

Guillermo Belcore 


Calificación: Excelente


martes, 27 de agosto de 2013

Adios a Bech

John Updike

Tusquets. Novela, 300 páginas. Edición 2013.

Después de leer el último volumen de la trilogía de Bech se tiende a pensar que el enorme John Updike (1932-2009) inventó al adorable escritor judío que la protagoniza para vengarse de sus enemigos. “Hay alguien al que quieres ajustarle las cuentas o algún rival al que quieres superar. La ficción se convierte entonces lo que los psiquiatras denominan una elaboración. ¿O lo llaman acto de exteriorización, establece Bech ante un adversario (Goethe decía algo parecido: los escritores están condenados a odiarse).

Y a quién apunta esta vez el diestro explorador del alma estadounidense: a los refutadores de su maestría. Ya setentón, el fervoroso literato y relativamente fracasado Henry Bech, se dedica a asesinar críticos, como si de alimañas se tratase y con el propósito (¿noble?) de que la fealdad de este mundo sea erradicada. En plena faena creativa, lo otorgan el Premio Nobel Literatura no por sus méritos artísticos y entonces espeta a esa pandilla de esnobs de la Academia Sueca el discurso que al propio Updike, seguramente, le hubiese encantado pronunciar en Estocolmo. Por cierto, su prolífica obra, casi imposible de agotar, merecía ese galardón.

La erótica de Adiós a Bech se encuentra tanto en sus metáforas contundentes como en las observaciones penetrantes sobre aquel engorro que solemos denominar realidad (el libro fue escrito en 1998). El alter ego de Updike -con algo de Roth, Bellow y Malamud- descuartiza al socialismo real (la Checoslovaquia previa a la Revolución de Terciopelo), el desalmado y corrupto mundillo artístico de Nueva York, la vana producción de entretenimientos de Los Ángeles, la irrupción de Internet. La mirada es la de Fogwill o la de Nabokov, el semidios, el entomólogo, el cínico sin remedio que observa la comedia humana y menea la cabeza desesperanzado. El libro debe leerse entonces como una sátira. Demoledora y divertida en casi toda su extensión.

Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Bueno

PD: Aquí la reseña del primer volumen de la trilogía: http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2012/09/un-libro-de-bech.html




domingo, 25 de agosto de 2013

The Fall, la serie

Belfast es una ciudad de tamaño mediano, decadente por el éxodo de la industria pesada, húmeda como un pantano, latinoamericana en su desaforada polarización, por aquello de que mi Dios es mejor que el tuyo. Es la capital del IRA dinamitero y de los extremistas protestantes que defienden a balazos la voluntad de seguir siendo súbditos de su Serena Majestad Isabel II. Pero no todo es política. El asesinato de la nuera de un influyente convoca a Irlanda del Norte a la detective superintendente Stella Gibson, gélida como las tetas de una bruja, eficiente como un bisturí. Descubre que no se trata de un crimen aislado: repta por las calles de Belfast un asesino y violador en serie que va creando su propia pornografía. Estrangula con sus propias manos a sus víctimas, todas jóvenes, bonitas, morenas y exitosas en lo suyo. Días después, se masturba mirando las fotos del cadáver prolijamente arreglado.

He aquí el argumento de otra maravillosa serie de la BBC, que no puedo dejar de recomendar con toda convicción
. El anzuelo y la carnada obviamente es el retorno de Gilliam Anderson, en su papel de oficial a cargo de la investigación. Ahora rubia fatal, con suave acento londinense, licenciada en antropología, brillante policía, aunque incapaz de comprender el impacto devastador que causa entre los hombres. Aquellos exaltados que durante años clamaban por ver en los Expedientes X a la agente Scully sumida en el frenesí sexual, ahora se verán recompensados. El adversario de Stella se llama Paul Spector (Jamie Dornan) un consejero matrimonial desquiciado. Todos somos Jekyll y todos somos Hide (por eso Stevenson es inmortal). Paul es un padre de familia amoroso, protector de mujeres ultrajadas durante el día; homicida múltiple durante las noches.

Fiel a la premisa de que siempre es preferible calidad a cantidad, la BBC sólo elaboró cinco capítulos de The Fall, pero el final abierto hace presumir que habrá una segunda temporada. La espléndida detective  (foto) no puede no quedar. Es un personaje que atrapa nuestra imaginación. La intención artística se percibe también en el trabajo del director Jakob Verbruggen (recuerdo en particular ciertos planos cenitales), las sólidas interpretaciones, la tensión dramática, y, especialmente, el moroso ritmo narrativo, acaso más propio de los libros que de la televisión, pero en cualquier caso una virtud que separa a los productos británicos del alocado mainstream estadounidense, tan apegado a la acción violenta. Y como si todo esto fuera poco, está el contexto. Belfast es una sociedad en carne viva, sanando día a día las heridas infligidas por el imperialismo británico.

Guillermo Belcore

Calificación: Muy buena.

miércoles, 21 de agosto de 2013

Sensibilidad

El diccionario de Asterión IX


SENSIBILIDAD:


Sust. Común: Mecanismo interno que reacciona a lo que está frente a él: una buena (o mala) frase, una escena vívida y emocionante (o borrosa y plana) Es una cualidad absolutamente esencial. Sin ella, el lector (profesional o no) es similar a un burro con una flauta. Una sólida cultura literaria no implica una gran sensibilidad. Obsérvese el caso de Nabokov, incapaz de disfrutar (o al menos reconocer) a Thomas Mann o a Faulkner. Un caso de sensibilidad imperfecta.

Hasta aquí, la reflexión de Thomas McCormack en su esclarecedor ensayo La novela, el novelista y su editor (Pinche aquí). Añado que probablemente no exista una sola clase de sensibilidad. Hay un punto de capricho tanto en la admiración como en el rechazo honesto; es el capricho derivado del gusto, que se forja tanto con las predisposiciones de nuestra psiquis como de la experiencias y el aprendizaje. No todo es para todos, convengamos. Borges sostenía que Goethe es la forma más famosa del tedio, otras personas inteligentes juran que es la cima de la literatura (lo mismo se aplica a Joyce). Nada tiene que ver la sensibilidad, naturalmente, con la aprobación generalizada y acrítica del diarismo ante, por ejemplo, las mercancías defectuosas de la literatura argentina. Aquí opera el amiguismo, la cobardía y el cálculo económico.

lunes, 19 de agosto de 2013

Derrida

Benoit Peeters

Fondo de Cultura Económica. Biografía, 681 páginas. Edición 2013


¿Quedará Jacques Derrida? ¿Fue un pensador serio y original o un metáfisico inútil y oscuro? No parece razonable hoy evocarlo como un maestro del pensamiento aunque nadie puede ignorar que el hermético Derrida ha producido conceptos muy potentes. Un ocurrente definió a la deconstrucción como "el producto más rentable que se haya lanzado jamás al mercado de los discursos universitarios''. Sobre todo en Estados Unidos, donde llegó a contaminar la crítica literaria, la política educativa y hasta el derecho.

Más allá del oportunismo y del entusiasmo pueril de los estadounidenses por las modas culturales, detrás de todo este movimiento educativo hay un hombre con un talento extraordinario. Le hace justicia, por fin, una minuciosa y apasionante biografía, aunque basada, como es tradición, en un exceso de simpatía.

Benoit Peeters realizó un trabajo soberbio. Abarca desde la Argelia colonial hasta el Par¡s del siglo XXI. Recopiló bellísimas cartas y testimonios de amigos y parientes. Exhumó polémicas asesinas con colosos de la talla de Foucault o Levy-Strauss. Derrida, el enorme pedagogo, el filósofo iconoclasta, el "talmudista enloquecido", el seductor empedernido, el fino estratega que va conquistando plazas como si estuviese jugando al TEG. También, el intelectual comprometido encarcelado por los comunistas checos (Mitterrand lo salvó) y el padre que abandonó a su hijo. El paseo junto al Gran Personaje resulta absolutamente placentero.

Derrida volvió enigmático mucho de lo que creemos entender (la biografía esclarece algunos puntos). Seguramente va a quedar. Primero porque se trató de un escritor de primera categoría; segundo porque al final del camino siempre tropezamos con Hegel: el sofisticado creador de neologismos será vislumbrado como un síntoma de su época, de la obsesión de los años sesenta por repudiar todo lo heredado.

Guillermo Belcore
Publicado el fin de semana pasado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Muy bueno


PD: En la excelente reseña publicada en The Guardian (pinche aquí), Terry Eagleton llama la atención sobre una irritante modalidad de la escritura derridiana: el abuso de la pregunta retórica. 

martes, 13 de agosto de 2013

Desperdicios

Eugene Marten

Fiordo. Novela, 91 páginas. Edición 2008


Zygmunt Bauman sostiene que uno de los rasgos decisivos de la modernidad líquida (esa confusión que fluye ante nuestros ojos) es la producción de desechos a niveles demenciales y con un ritmo de vértigo, incluso de vidas desechables. No sólo existen millones de desempleados -un ejército de mano de obra disponible- como en la era de la modernidad sólida, sino que hay millones de inempleables, una legión de parias (la llamada underclass) sin posibilidad alguna de insertarse en el mercado de trabajo. En este orden social -donde la inseguridad se encuentra a la orden del día- la basura prácticamente nunca se libra de sentido humano. Millones viven de ella, de lo que desechan los afortunados.

Sloper es uno de los perdedores. Está dentro del sistema aun, pero colgado con la punta de los dedos. Trabaja en una empresa de limpieza de grandes edificios, esa que recluta inmigrantes no calificados o a aquella escoria dispuesta a realizar los trabajos más arduos y repulsivos por un salario mínimo (o incluso menos, la explotación es la norma). El hombre es retrasado mental: “su vida es un silencio embarazoso”. Come lo que desperdician los demás. No sólo eso. Un día tropieza con un cadáver en el contenedor. ¡Es la chica del piso 24, siempre tan amable! Sloper la convierte en su amante. Sí, esta novela, de intensidad concentrada, nos ofrece no sólo un personaje inolvidable sino también escenas de necrofilia.

El norteamericano Eugene Martin (1959) ha deseado que su tercera novela muestre el revés de la trama. Lo que se esconde detrás de la brillante fachada de los rascacielos de vidrio y acero cromado. Soledad, desesperación, embrutecimiento, nostalgias. Se nos advierte sobre el final de la era sindical; quizás estemos ante un terrible cambio histórico. “El reflejo desmenuzado de la ciudad lucha por recomponerse, pero la corriente no se lo permite”, se lee en la página treinta y uno. Parece ser una metáfora.

La traducción de Martín Schifino revela que el autor no es un gran estilista, incluso algunos diálogos suenan desarticulados. Pero la novela nunca deja de conmover. Sloper, el retardado, atrapa nuestra imaginación, como el Benji de William Faulkner. Anote: Eugene Martin. La habilidad para inventar personajes que no se borren de la memoria delata al escritor de primera categoría. Pocos, muy pocos, tienen el don.

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

sábado, 10 de agosto de 2013

Nombre de perro

Élmer Mendoza

Tusquets. Novela policial, 209 páginas. Edición 2013.


Estableció Thomas Mann que la novela debe recoger muchos hilos humanos en la urdimbre de una sola idea. Fiel a la sentencia, Elmer Mendoza (Culiacán, 1949) narra en su último thriller -engañosamente corto y muy bien escrito- varias historias paralelas que convergen, como corresponde, en un final a todo trapo. La idea subyacente atañe al México que hoy se desangra ante la mirada horrorizada de los que amamos a esa nación imprescindible: “cuando hay tanta violencia como ahora no hay gente normal, siempre aflora lo peor de cada uno”. Podría decirse lo mismo de Siria o Afganistán, pero no nos engañemos: también de los barrios más calientes del conurbano bonaerense.

El detective Édgar El Zurdo Mendieta es reclutado por Samantha Valdez, jefa del Cartel del Pacífico, para investigar el misterioso asesinato de su amada novia. Mientras, un pinche mafioso de cuarta categoría va liquidando dentistas porque se la da la regalada gana. En tanto, el presidente Calderón hace la guerra al narcotráfico como atroz política, y un eficiente comando del Ejército ejecuta una venganza por amor, masticada con rencor durante décadas. ¿Falta algo? Ah sí, El Zurdo descubre que tiene un hijo de dieciocho años y policías de la ciudad de Mazatlan torturan a un vanidoso sólo para hacerse respetar. Fuerte, ¿no?

Sorprende la intensa escritura de Elmer Mendoza. Hay una saludable intención artística en el procedimiento de empotrar los diálogos en el párrafo, a lo Saramago. Hay un finísimo oído para captar el habla popular. No obstante, lo mejor de la novela es la intriga que nos mantiene aferrados de las solapas hasta el final y el retrato fiel de la aldea. Tiempos crueles -como todos, bah,- nos han tocado. Qué hacer con el narcocáncer y con la hipercorrupción. El hombre es demasiado (cita de Borges que abre este thriller tan atractivo).

Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Bueno

PD: Fíjese usted, Samantha Valdez existe en la vida real: 

http://www.bbc.co.uk/mundo/ultimas_noticias/2013/07/130725_ultnot_eeuu_mexico_condena_sandra_avila_reina_jrg.shtml

domingo, 4 de agosto de 2013

Marxismo y crítica literaria

Terry Eagleton

Paidós. 163 páginas, Edición 2013. Ensayo sobre literatura y arte.

Olvídese por un segundo de los millones de muertos y otras aberraciones que la idea ha provocado en la Historia. Vayamos a la teoría. El marxismo adolece de una falla primordial: la pretensión científica. Verbigracia, la premisa “la transformación de la forma refleja un cambio ideológico” tiene para el dogmatismo colorado el mismo valor de verdad que el teorema de Tales. Esto, a pesar de que sus conclusiones aceradas no provienen de una base tan estable como las matemáticas sino de un elemento mucho más precario, provisional y engañoso: el lenguaje. Así todo, marxistas como el riguroso Terry Eagleton (Gran Bretaña, 1943) sostienen que se puede y se debe emprender un “método científico de crítica literaria”: explicar la obra en términos de la estructura ideológica de la que forma parte, que a su vez se transforma por el tratamiento artístico que la obra hace sobre ella.

Sofisticado y atrayente, ¿verdad? Útil, también, para que las antiguallas y esos chicos que pugnan por un lugar bajo el sol se destaquen en la manada. Es como la cresta que ostentaban ciertos dinosaurios. Pero hay un problema. Cuando relumbra, el análisis marxista nunca lo hace por la idea en sí sino por el genio individual del comentarista, un concepto aborrecido por rojos y deconstructivistas. El resto es de una desesperante monotonía.

Volvamos al libro. Se ha creído oportuno exhumar un ensayo publicado en 1976 que el prólogo enmarca en la tradición de “la crítica de la crítica”. En verdad, el señor Eagleton, polígrafo de las más exclusivas universidades británicas, se esfuerza para explicar lo que no debería ser considerado como “crítica literaria marxista”. Glosador de escaso vuelo teórico, revisa, a vuelo de pájaro, hipótesis de Marx, Engels, Trotsky (el más lúcido de todos), Plejánov, Lenin, Althusser, Lukács (injustamente maltratado), Brech y Benjamin, entre otros. La travesía no carece de interés, pero nada puede decirnos sobre el hoy. Tampoco logra responder el único interrogante que importa en este asunto: qué hace que ese texto seductor sea percibido como obra de arte. Es la estética, gente.  

Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Regular


PD: Me parece absolutamente ridículo que el prologuista, Fermín Rodríguez, plantee la necesidad histórica de que “el marxismo vuelva a ser verdad”, en un libro financiado por el Grupo Planeta. Como todos sabemos, si hay algo que una multinacional no persigue es la Revolución Mundial. ¿No hubiera sido más lógico buscar una PYME o una editorial alternativa para divulgar sus ideas y reimprimir una obra que abomina del capitalismo global? La misma perplejidad me había provocado el sociólogo Cristián Castillo, del Frente de Izquierda, cuando eligió al grupo extranjero para publicar su colección de ensayos "La izquierda frente a la argentina kirchnerista". Imagínese a un movimiento en defensa de la cocina artesanal que atendiera en un local que le cede McDonald’s.

PD II: Sugiero al interesado en el tema leer los siete artículos sobre “Marxismo y literatura” que George Steiner incluyó en Lenguaje y silencio (Gedisa). Datan de la década del sesenta pero resultan más esclarecedores y placenteros que el competente y superficial Eagleton

viernes, 2 de agosto de 2013

Una cita de Derrida

“Vivimos una época extraña: de una gran inquietud y de igual esterilidad. Clamores de todos lados, ante el desmoronamiento actual, gritos y crujidos locos, pero también un silencio profundo de muerte, para quien sabe oírlo. Allí dentro, a pesar de la desesperanza, intento conservar una especie de calma que no sea -o no demasiado- de ceguera y de sordera, intento brindar un trabajo artesanal a la propia época, para no perder completamente la cabeza”.

Este párrafo luminoso, honra una carta que Jacques Derrida, el gran filósofo, envió al escritor Gabriel Bounoure. Fue escrito el 12 de enero de 1967, pero lo podría haber firmado esta mañana. Es fácil identificarse con el texto.

jueves, 1 de agosto de 2013

Filosofar como un perro

Michel Onfray

Capital Intelectual. Ensayo de filosofía, 365 páginas.


Filosofar como un perro. Ajá, ¿pero cómo es eso? Mordiendo los tobillos de los distraídos, incluso de los amigos, pero para salvarlos. Orinando en los muros de las iglesias, defecando en los palacios, montando en público a la mujer deseada, ladrando a los ídolos que la mayoría adula. El modelo es Diógenes, el griego que vivía en una ánfora. ¿Llevar una vida filosófica? “Se trata de inventar modalidades existenciales cínicas en un mundo en el que la forma ha cambiado pero que en el fondo sigue siendo siempre el mismo“. La ira, la exasperación, la irritación dirige la pluma. “Desnudar nuestras quimeras“, debe ser la faena primordial del pensador.

Ejercicios de inquietud, denomina Michel Onfray (Argentan, 1959) a los artículos periodísticos incluidos aquí. Un año de crónicas semanales en Siné Hebdo. La finalidad era inquietar. Es placentera la lectura por varias razones. Primero, el estilo (volcánico). Ya sabemos que los franceses perdonan cualquier cosa menos escribir mal. Segundo, la lucidez. Onfray, filósofo de moda que cree en la función del tribuno de la plebe, es absolutamente convincente, excepto en sus diatribas antirreligiosas. Nadie que compare a Jesucristo con Papa Noel merece ser tomado en serio.



Onfray irrumpe en el campo mediático como el potro entre la hacienda. La denuncia indignada del zigzag de los intelectuales franceses es formidable. ¡Qué falta nos hace alguien así en la Argentina! Propone el filósofo normando una izquierda libertaria aunque antiliberal, que no esté obsesionada con la toma de poder (postmarxista). Reivindica a Camus y a Proudhon. Abomina de Platón. Tacha a Sartre de cretino, a Freud de embustero y al domingo de día siniestro. Considera al trabajo como una maldición. A pesar de su declamado ateísmo, adopta el método de…. el Ungido y sus apóstoles: la palabra, la expansión del discurso, la convicción exaltada de las epístolas, la militancia evangélica, la Buena Nueva. Sólo los contradictorios resultan interesantes.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Muy bueno





PD: Los insensibles y egoístas dirigentes sindicales del Subterráneo de Buenos Aires deberían leer el artículo titulado ‘Del bueno uso del sabotaje’. Siguiendo a un tal Emile Pouget, Onfray llama ‘sabotaje negativo’ a toda aquella medida de protesta que termina siendo perjudicial para los usuarios y los consumidores y no para la patronal (dejar a los otros trabajadores a pie). Sabotaje positivo, en cambio, es el que apunta a la caja de la patronal, como no cobrar boletos.

lunes, 29 de julio de 2013

Autores con hache

Tercera ley de la literatura


Imagina que tienes veinte años y pierdes la cordura. Decides que sólo vas a leer en los minutos que te reste de vida a los autores cuyo apellido comience con la letra hache: Heráclito, Homero, Hesíodo, Horacio, Hume, Hölderlin, Hugo, Heine, Hegel, Hüsserl, Heidegger, Bartolomé Hidalgo, José Hernández, Hudson, Tomas Hardy, Hemingway, Huxley, Habbermas, Patrick Hamilton, Handke, Havel, Felisberto Hernández, Vicente Huidobro, P. Henríquez Ureña, Heaney, Hobsbawm… 

No te alcanzará la vida para cumplir ese delirio. Obviamente, hablo de leer en serio, subrayando, meditando, garabateando notas, agotando la obra y releyendo.

Uno puede ser culto y feliz con esto, como son felices esas personas que optan por practicar el sexo con un diminuto número de personas. ¿Puede extraerse una hipótesis de ello? Creo que sí: todo intento de lectura sistemática está condenada al fracaso. La Alta Literatura es, por fortuna, un tesoro inagotable, al menos en términos humanos. Sólo por eso, concluyo, vale la pena intentar subsistir hasta los cien años.

G.B.

PD: Olvide incluir a Thomas Harris, así nuestro loco puede solazarse con el doctor Hannibal Lecter... Ha,ha,ha...

domingo, 28 de julio de 2013

Diarios de guerra 1914-1918

Ernst Jünger

Tusquets. 669 páginas. Autobiografía

 

Por Guillermo Belcore


No suena descabellado proponer que el acontecimiento crucial del siglo XX fue la Primera Guerra Mundial. Ese trágico e innecesario conflicto no sólo destruyó una civilización basada en las creencias optimistas de la Ilustración sino que ha tallado los rasgos primordiales de lo que Eric Hobsbawm denominó el siglo corto (1914-1989), a tal punto de que la Segunda Guerra Mundial no fue otra cosa que su consecuencia directa. Es decir, sin matanzas como las de Verdún no hubiera habido Auschwitz, ni revolución bolchevique, ni marcha fascista sobre Roma, ni guerra fría (¿Perón hubiera capturado el poder?) e incluso el imperialismo europeo se habría apagado con otro ritmo. Hasta el arte cambió violentamente de rumbo. Más aún, el totalitarismo -fenómeno perverso y típico de la centuria pasada- no fue otra cosa que la continuación de la Gran Guerra por otros medios, según la autorizada opinión de John Keegan.

Toda aproximación a esa pavorosa carnicería resulta, por ende, interesante. He aquí una de primer orden: Tusquets trae por primera vez al castellano el Diario de Guerra de Ernst Jünger (Heildelberg 1895-1998), el más lúcido de los guerreros alemanes, quintaesencia del conservador fino, empapado de cultura clásica. El libro destila quince libretas de apuntes y dibujos que el extraordinario escritor garabateó entre 1914 y 1918, mientras las balas de fusiles, los balines de los sharpnel, los fragmentos de metralla y los nubarrones de gas mostaza se afanaban por liquidarlo. Jünger sobrevivió de milagro y legó esos textos palpitantes aunque sobrios al Archivo de Literatura de Marbach. Su publicación en 2010 en Alemania, después de un examen erudito, no merece sino aplausos por la doble naturaleza del texto. Tiene un gran valor documental y, al mismo tiempo, es la más alta expresión de la literatura bélica.
Heidegger, ese monstruo magnífico, sostenía que el pensamiento filosófico sublime y la mutación de dicho pensamiento en poesía ha tenido lugar solamente en dos lenguas: el griego antiguo y el alemán. Puede que la máxima sea falsa, pero tras la lectura de este libro uno concluye que sólo podía ser escrito por un soldado de infantería alemán o por un hoplita griego. Es la oda culta a la batalla, fría y racional, sin odios ni piedad al enemigo. La indiferencia ante la muerte es brutal. Se manifiesta, al mismo tiempo, una profunda curiosidad ante la experiencia histórica. El guerrero, que ansía tener contacto cuerpo a cuerpo con el enemigo, define una ética que Martín Fierro aceptaría con un leve movimiento de cabeza: "si no ponéis en juego la vida, nunca tendréis ganada la vida". El valor es la única virtud del varón.

EL PRINCIPIANTE


Vale aclarar que el autor empezó a escribir sus diarios a los veinte años. Era un don nadie, aunque de próspera familia burguesa, al que el peligro le atraía. Ya narraba, no obstante, con un estilo excelente, aderezado con algunos desbordes románticos que lo llevan a afirmar, por caso, que una muerte mejor no podría encontrarse en cien años. Con el tiempo, parte del contenido fue a nutrir la espléndida Tempestad de acero, a la que quizás Jünger le debe que los nazis nunca lo hayan molestado. Hitler amaba esa novela.

El lector encontrará una detallada descripción de la vida (y la muerte) en la trincheras y en la retaguardia. El alférez (subteniente) Jünger va de un lado a otro por el frente occidental, ese gran Moloch que exterminó con titánicos duelos de artillería y asaltos condenados de antemano a unos cuatro millones de personas. Al campeador ese interminable desfile de la Parca le provoca, por lo general, una impresión "heroica y grandiosa". Pero a veces lo asaltan las dudas: "fluye un río de sangre, de sangre quizás inútilmente derramada, para precipitar a millones de madres en la aflicción y el dolor... ¿Para qué esta matanza, ese continuo matar y matar". Filosofía del puesto de guardia, lo llama con desdén un párrafo más tarde.

El inglés es su principal adversario. Establece Jünger que la diabólica batalla del Somme "parece ser un producto de la demencia". Pinta sin énfasis y con elogiable ausencia de ideología cuadros medievales de devastación. Siempre flota en el aire el tufo dulzón de los cadáveres. Consigue evadirse el joven esteta -no era un sádico como los SS- con toscas francachelas, con la escritura del diario, con la captura de coleópteros y con la lectura elevada. Hay escenas surrealistas: en julio de 1917, entre el humo de la pólvora, se distrae en un profundo cráter de granada con su pipa y leyendo Casars Denksaule (la columna conmemorativa de César) de Ignatius Donnelly. A su lado, huyen soldados despavoridos.

Resulta casi inconcebible que este libro (y todo lo que E. J. escribió después) haya llegado a nosotros. En Flandes, en el Artois y la Champaña, la muerte lo persiguió con saña. Vió caer uno a uno a sus camaradas. Pero una suerte colosal -cómo no pensar en la mano de Dios- lo ha salvado. Fue herido catorce veces, lo que le permitió salir del campo de batalla cuando los volcanes hacían erupción. Una bala le atravesó el cuero cabelludo; otra le dejó un orificio de entrada y de salida en el pulmón. Jünger murió a los 102 años en su cama. Y nos dejó un testimonio conmovedor de la locura bélica. Bien leído, Diarios de la guerra se trata de una alegre afirmación de la vida. Todos, al fin y al cabo, somos sobrevivientes.

Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Excelente

sábado, 27 de julio de 2013

Librepensador

El Diccionario de Asterion VIII:


Librepensador:

Sust. Com: Felizmente inepto para la experiencia comunitaria, incapaz de disfrutar con cualquier forma de pertenencia, mal-estar con lo gregario. Ni K ni antiK. Enemigo de los ideales de moda y mala conciencia de su época, que según Nietzsche debe ser la tarea primordial del filósofo. Constructor para sí de espacios de autonomía, hedonista del ser (nunca del tener), que de acuerdo con Michael Onfray debe ser la misión urgente del hombre y la mujer que reflexiona.

jueves, 25 de julio de 2013

La capacidad de sugerir

El moscardón imaginario XXXX


Segunda Ley de la Literatura: El secreto de ser aburrido es decirlo todo.

La sentencia inapelable es de Voltaire. Dos siglos después (casi), Borges retoma la idea y establece que “los procedimientos indirectos siempre son más eficaces“. En verdad, una de las cualidades que delatan al novelista de fuste es la capacidad de sugerir. Cualidad que comparte con el fotógrafo exquisito. La frase, en efecto, puede ser tan sugeridora como la imagen. Insinuar acrecenta esa vitalidad que distingue a la obra de arte. Decirlo todo no sólo es aburrido, es periodismo o pornografía. Oscar Wilde decía que “sólo los mediocres desarrollan cuanto tocan”.
 

G.B.

miércoles, 24 de julio de 2013

Primera Ley de la Literatura

El moscardón imaginario XXXIX


"Si creemos realmente que la naturaleza es, fundamentalmente, matemática, deberíamos buscar los patrones y regularidades matemáticos cuando encontramos un fenómeno que no comprendemos'', escribió Max Tegmark, profesor de física en el Instituto Tecnológico de Massachusetts.

Ajá. Está muy bien para los fenómenos sociales e históricos, incluso políticos, me atrevo a decir. Pero, ¿puede aplicarse el díctum al análisis literario? Dejemos de lado, por un momento, la poesía. ¿Hay regularidades aritméticas en la prosa excelente, en la que George Steiner cree encontrar el fundamento del orden del universo? Puede explicarse esa música, ese ritmo, esa cadencia que caracteriza al texto sublime -y que quizás sea lo único importante- con ciertos patrones objetivos. No lo sé. Nadie lo sabe, hasta donde yo sé.

Omar Genovese, ese crítico excelente, ha descubierto sí que cierta regularidad caracterizan al texto cacofónico, descuidado, mediocre: la repetición de sonidos. Desmembró en su blog -recuerdo- una página olvidable de Juan Diego Incardona y probó que la aliteración no buscada y extendida es un ripio horrible de la prosa. Interesante.

A partir de esta entrada, intentaré definir pseudoleyes del buen escribir. La inspiración, el capricho, la tontería y el sentido lúdico son mis únicas herramientas. Aquí va la primera:


Primera Ley de la Literatura: Contar sueños en un libro es cosa de idiotas.
G.B.

sábado, 20 de julio de 2013

La verdad sobre el caso Harry Quebert

Joël Dicker

Alfaguara. Novela, 667 páginas. Edición 2013.

Como El código Da Vinci, este libro se ha convertido en un fenómeno de masas. A los veintiocho años, el ginebrino Joël Dicker vendió cerca de un millón de ejemplares, fue traducido a treinta y tres idiomas y recibió tres importantes galardones de Francia. La mayoría de los suplementos literarios de Europa lo aplaudió de pie. Lo han elogiado críticos irreprochables como Bernard Pivot y Marc Fumaroli. Sin embargo, el valor artístico de la novela es dudoso -por no decir nulo-, como en el caso del bestséller de Dan Brown.

Parece increíble que la combinación de estereotipos, prosa elemental, diálogos pueriles, consejitos de autoayuda, metáforas paupérrimas, ripios y redundancias (un suizofrancés que narra una historia que acontece en Estados Unidos, inevitable) y toneladas de cursilería haya sido elevada al Parnaso, donde sólo tienen derecho a morar las obras maestras. Incluso contiene errores de principiante: en la página sesenta y uno se nos dice que Montclair es una ciudad industrial de Massachusetts; en la noventa y tres la ubican en Nueva Jersey. Puede que, en la cultura de masas, la tolerancia hacia la ejecución evidentemente defectuosa sea cada vez más alta, pero quizás estemos ante otro caso de “seducción naif“. A muchas personas les agradan los cuadros de Rousseau El Aduanero.

Algo hay que decir de la trama. Un escritor de moda, que sufre del síndrome de la página en blanco, investiga en New Hampshire el asesinato de una camarerita ocurrido treinta años atrás. Debe salvar del patíbulo a su mentor, una gloria de las letras estadounidenses que en la década de los setenta mantenía un romance con la quinceañera. La pesquisa es contrarreloj; el protagonista, en tanto, escribe una novela sobre el caso. Hay giros extravagantes. El encanto del thriller radica en ciertas caricaturas y en la compleja carpintería: hay un libro dentro de un libro dentro de otro libro, con dos novelas embutidas. Lo único complejo, por cierto

Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Regular


PD: Insoportablemente largo. No entiendo, la verdad que no entiendo porqué se ha cubierto de elogios este mamotreto. En fin. Pero que nadie se quede con esta sola opinión. 

viernes, 19 de julio de 2013

Objetividad

El diccionario de Asterión VII

Objetividad:


Sust. C: Ideal inalcanzable. No obstante, el grado de objetividad permite medir el valor de una persona. Tomado de Diarios de Guerra 1914-1918 de Ernst Jünger.

Por consiguiente, el tendencioso es moral e intelectualmente tonto. El concepto resulta especialmente apropiado para ser aplicado en la cotidianeidad política, social y cultural de la Argentina de 2013, donde la deshonestidad intelectual obra como una suerte de barro chirle y nauseabundo -diarreico digamos- que mancha las trincheras de los dos lados.

martes, 16 de julio de 2013

Utopía, la ficción paranoica

Aún estoy temblando. Es lo que lo generalmente le ocurre a las personas de estómago delicado cuando ven por televisión cómo le arrancan el ojo con una cuchara a un pobre hombre. La tortura, ¡maldita sea!, está a la orden del día en la televisión, y si fuese un paranoico diría que el establishment pretende que el público la perciba como parte de la normalidad. Pero no es el caso. Las violencia explícita, tipo Quentin Tarantino, es la única mácula sobre una miniserie extraordinaria: Utopía, otro producto fascinante del Reino Unido.

Para la primera temporada, Dennis Kelly ha escrito sólo seis capítulos de cincuenta minutos cada uno. Tienen una intención artística de la que suelen carecer sus primas, las series estadounidenses. ¿Arte dije? Sí, en las escenas saturadas de color; en las sólidas actuaciones, con personajes bien definidos y capaces de transmitir ideas y sentimientos incluso con sus silencios; en la elaboración de uno de los más aterradores villanos de estos días: Arby (Neil Maskell), especialista en asesinatos. Un psicópata gordito con cara de tarado pero letal como una víbora de cascabel. “Where is Jessica Hyde?”. Esta frase (pronunciada con una cadencia de drogón) te perseguirá en tus pesadillas.

¿Y de qué trata Utopía? Los amantes de las teorías de la conspiración quedarán saciados. Hay una organización secreta que desarrolla armas biológicas y, en un mundo con recursos menguantes, maquina exterminar a parte de la humanidad. La Red (así se llama) proviene de la Guerra Fría, controla multinacionales farmacéuticas y alimenticias, ha infiltrado todos los estamentos del Estado. La Red tiene un problema. Uno de sus fundadores, enloqueció y, en el hospicio, escribió una novela gráfica de culto: Los Experimentos Utopía. En la segunda parte del libro, se describen en clave simbólica los planes de La Red. Se mencionan profecías. Tropieza con el manuscrito, una pequeña comunidad de freaks de Internet: enamorados de los comics, gente común y corriente, incluso un niño de once años, que se ven arrastrados a un vorágine de destrucción inimaginable. La Red lanza sus mastines -con el siniestro Arby a la cabeza- para exterminarlos. Jessica Hyde (Fiona O'Shaughnessy) llega al rescate de Becky, Ian, Wilson y Grant. Huyen, con lo puesto, por sus vidas.

Sobre ese tronco, naturalmente, se desarrollan varias subtramas que van enriqueciendo y complicando el relato. No se puede estar seguro de nada. Las sorpresas y una larga cadena de asesinatos nos salen al paso. Bienvenidos, a la ficción paranoica. Channel 4 acaba de confirmar que habrá una segunda temporada.

Guillermo Belcore

domingo, 14 de julio de 2013

Historia de las pulgas que viajaron a la Luna

Kobo Abe

Eterna Cadencia. Cuentos, 263 páginas. Edición 2013


Después de leer los estremecedores cuentos de este volumen no suena descabellado postular que Kobo Abe (Tokio 1924-1993) ha obrado como una suerte de nexo entre las imaginerías desoladas de Frank Kafka y el pesimismo a ultranza del ciberpunk. Uno se va del libro con ánimo taciturno pero convencido de que ha recibido algo valioso. Le debemos la antología a la feliz conjunción entre el profesor Ryukichi Terao de la Universidad de Yokohama, al becario Gregory Zambrano y al sello nacional Eterna Cadencia. El lector inquieto no puede sino agradecer el rescate y la divulgación de una voz singular del fascinante Japón.

El prologuista nos explica que el hilo dorado que une los once relatos es la ficción científica. Otro factor común es la apelación a lo imprevisto; en un punto el argumento se tuerce de manera tan extraña como irrevocable. También puede mencionarse la sabrosa filiación izquierdista de Abe que lo obliga, con buenas razones, a aborrecer de los plutócratas y la alienación laboral pero que se halla muy alejada del dogma marxista, al punto que el escritor fue expulsado en su momento del Partido Comunista Japonés, medalla de la que bien puede uno enorgullecerse. En lo que al estilo se refiere, los cuentos relumbran por su eclecticismo; van desde lo desmañado hasta el barroco afectado en el soliloquio de un periodista arrogante y superficial (como casi todos, bah).

Sin embargo, la car
acterística primordial de los cuentos de Abe quizás sea la proliferación de elementos siniestros que nos golpean en el rostro como una bandada de murciélagos asquerosos revoloteando al anochecer. Hay un suicida que es transformado en robot homicida; hay dos chicas pobres que estrangulan a su padre; hay un señor que se arroja al vacío delante de sus hijos desde la azotea de un gran almacén y se convierte en palo; hay un demente que busca esposa para cuidar a sus niños hologramas que mantiene confinados en el sótano; hay una convención global de pulgas. El doctor Abe (estudió medicina) transmite la certeza que nada puede ser peor que la especie humana. Pero ese pesimismo es vivificador.    
Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Muy bueno





 PD: En este blog se ha elogiado otro obra del magnífico doctor Abe. Pinche aquí: http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2012/01/los-cuentos-siniestros.html

miércoles, 10 de julio de 2013

También en Twitter

Foto: Sandra Medina
Porque necesito un espacio donde compartir arrebatos, alegrías y frustraciones literarias. Porque deseo compartir las experiencias de lectura paso a paso. Porque parece que si uno no está ahí es un dinosaurio condenado a la extinción. Porque ciertas ideas se comunican en pocas palabras. ¿Por qué no?

Ahora este blog también en Twitter:


bibliotecadeasterion

jueves, 4 de julio de 2013

Personas como yo

John Irving

Tusquets. Novela, 467 páginas. Edición 2013.

“Nos forma aquello que deseamos”

“El pene tiene ideas propias. Y éstas parecen por completo por completo independientes del pensamiento”.
J.I.

En su columna del semanario Perfil, Guillermo Piro ha notado algo asombroso: todos los libros de John Irving son buenos. Una virtud que no puede atribuirse ni siquiera a Faulkner o Nabokov (aunque sí a Borges o a Saki). No puedo corroborar la sentencia; me temo que he perdido el tiempo con bugigangas y no he leído todos los libros que publicó el genial escritor estadounidense, pero puedo jurar que todo lo que he devorado de Irving me agradó. Y mucho. Es pura narratividad: algo así como el novelista por excelencia. Su última novela lo demuestra cabalmente. Evidencia, asimismo, que incluso una obra que pretende trasmitir un mensaje (el colmo de horrores, según Oscar Wilde) puede resultar magnífica. El arte, por fortuna, es imprevisible. 

Personas como yo rompe una lanza en favor de la tolerancia. Todo el mundo es intolerante con algo o alguien, recuerda el escritor. Dejen tranquilos y tranquilas a los GLBTyG (gays, lesbianas, bisexuales transgéneros y cuestionadores). No los juzguen. No los denigren. Ustedes no son mejores. No etiqueten a nadie. No conviertan a las personas en categorías (justamente lo que nazis y bolcheviques hacían para luego liquidarlos). Pero no se trata de un panfleto. Se trata de ficción comprometida de primera categoría con un truco que Irving suele practicar: el narrador es un novelista que, justamente, compone libros contra la marginación de las minorías sexuales. Es decir, una novela dentro de otra novela (no es el único juego interesante del libro).

El protagonista de la décimotercera obra de Irving se llama William Abott. Escritor bisexual, es decir un compañero o amante poco confiable para los dos extremos del arco. Ninguna persona puede darle todo lo que él necesita. Proviene del “Estado de la montaña verde“, pero del Vermont provinciano, tierra de rudos leñadores. Lo seguimos desde los trece hasta los setenta años; desde la década del cincuenta del siglo pasado hasta 2010 cuando se reencuentra en Madrid con su padre ausente, un transformista. Se trata, en el fondo, de una novela de aprendizaje sexual, relatada en forma de diario (“Es agotador tener 17 años y no saber quién eres“). Vemos a Billy enamorarse perdidamente en la adolescencia de la señorita Frost, la bibliotecaria del pueblo, en realidad un transexual, el Gran Al, campeón invicto del equipo de lucha del internado. También desespera por Jacques Kittredge, un adonis de la escuela, malo como un terremoto. Seguimos a Bill a Austria, a Nueva York, a California y a First Sister, el retorno con gloria a la comunidad maderera de Vermont. El capítulo doce (Un mundo de epílogos) se lee con un nudo en la garganta: la epidemia de sida causa estragos entre las minorías sexuales. Se describen muertes espeluznantes. Puede que la promiscuidad sea muy placentera pero decididamente es peligrosa para los seres humanos.  

Así como Borges jugaba con sus espejos y sus laberintos, John Irving también repite, sin aburrir, obsesiones y procedimientos. A saber:
* Mujeres de tamaño hombruno, dominantes y ostensible fuerza física. Uno se siente un alfeñique ante semejantes representantes del sexo opuesto.
* El deporte de la lucha.
* Personajes extravagantes: como Harry, el abuelo del protagonista, el dueño del aserradero del pueblo, que gusta de representar papeles femeninos en el teatro.
* Sexo y anécdotas a raudales: con una mano en el corazón, a quién no le gusta que le cuenten una historia escabrosa. 
* Una minuciosa y bien documentada descripción de un segmento de la colmena humana: en este caso las minorías sexuales.  
* Técnicas de complicidad: Irving escribe en primera persona, con un estilo como de confesión íntima.
* Espléndidas digresiones: Irving nos lleva atrás y adelante en el tiempo. Los saltos no son vertiginosos, la trama siempre sale bien parada.

No conviene perderse esta novela que conversa con Grandes esperanzas de Dickens y con varias obras de Shakespeare. De hecho, dos de sus aspectos sobresalientes son la potencia dramática de ciertos encuentros y el ramilletes de personajes shakesperianos, excéntricos que agitan las casi quinientas páginas. Me quedan repiqueteando en la cabeza un par de frases tremebundas: “¿De donde sacamos los deseos? Ese es un camino oscuro y tortuoso“, establece Irving. Tiene razón, maestro, pero como sentenció hace siglo y medio Stevenson, lamentablemente “yo no soy el señor de mi deseo“.
Guillermo Belcore

Calificación: Excelente


PD: El debut de William con la señorita Frost fue mediante el llamado ‘sexo intercrural’, al parecer muy común entre los guerreros de la Antigua Grecia, incluso los temibles espartanos. No lo sabía.

PD II: Acabo de recordar que ya escribí un panegírico de Irving. Pinche aquí: http://blog.eternacadencia.com.ar/archives/2010/10886

martes, 2 de julio de 2013

The following

"Durante mucho tiempo, la Muerte Roja había devastado la comarca. Jamás peste alguna fue tan fatal, tan horrible. Su encarnación era la sangre: el rojo y el horror de la sangre. Se producían dolores agudos, un repentino vértigo, luego los poros rezumaban abundante sangre, y la disolución del ser. Manchas púrpuras en el cuerpo y particularmente en el rostro de la víctima, segregaban a ésta de la humanidad y la cerraban a todo socorro y a toda compasión. La invasión, el progreso y el resultado de la enfermedad eran cuestión de media hora''.

¿Pueden estas líneas macabras desatar una carnicería en una pequeña ciudad de Maryland? ¿Puede el misterioso Edgard Allan Poe inspirar a un secta de asesinos en serie? La cadena Fox cree que sí. Por ello produjo la escalofriante serie The following, cuya primera temporada concluyó hace poco en la Argentina. Hay una buena noticia para los fanáticos: desde el primero de enero de 2014 se emitirá la segunda. Lo adelantó, en una entrevista, nada menos que Kevin Bacon, quien interpretó en los quince capítulos de 2013 al atormentado detective del FBI Ryan Hardy.

En una entrevista, el actor aseguró que la segunda temporada será muy diferente, para no aburrir a la platea. "No llegamos a detener a todo el mundo. Muchos de los followers consiguieron escapar'', recordó. Entre ellos, Emma Hill (Valorie Curry), acaso el personaje mejor logrado, una secuaz del profesor Joe Carroll. Con su carita de buena, Emma apuñala hasta la muerte a su fastidiosa madre y, apenas después de un beso, le corta la garganta al novio que la exhortaba a traicionar al culto. Qué chica,¿no?

¿Osará el guionista Kevin Williamson revivir al propio Joe Carroll? En el último capítulo lo oímos gritar en medio de un pavoroso incendio, pero quedaron dudas sobre si los restos carbonizados que encontraron los peritos forenses pertenecen al escritor frustrado. La prensa y los blogs evidencian que la actuación de James Purefoy no ha complacido cabalmente al soberano, aunque el villano prometía. Catedrático de literatura, especializado en el romanticismo gótico, Carroll se inspiró en Edgar Allan Poe para establecer que el asesinato lento de jovencitas es otra forma de arte. Incluso gustaba de arrancarle los ojos con arma blanca, porque Poe sostenía que los ojos son la ventana del alma. Arrestado en 2003, el profesor universitario aprovechó su estancia en una prisión de Virginia para reclutar a un ejército de prosélitos -vía Internet o aprovechando un generoso plan de visitas-, todos homicidas en acto o en potencia. Todos enamorados de la muerte, incluso de la propia.

El carrolismo


El thriller relata, pues, la eclosión del carrolismo, como movimiento de tintes religiosos que empalma con esas locas milicias ultraderechistas que de tanto en tanto enlutan a la Unión. La secta se convierte en el enemigo público número uno del FBI. Desafortunadamente, el guión va olvidándose del origen literario de los carrolianos (¡queman vivo a un crítico como venganza!) al concentrarse en un triángulo amoroso: el agente Hardy mantiene un romance con la doctora Claire Matthews (Natalie Zea), la ex mujer de Carroll. Tras fugar de la cárcel, el profesor se empeña en recuperarla a ella y al hijo de ambos. Esa obsesión, a la postre, resulta fatal para la camarilla. Lo que si se conserva vivo hasta el último cap¡tulo es un juego metaliterario extremadamente interesante: Carroll escribe un libro con Hardy como protagonista que es causa y consecuencia de la realidad narrada por la serie. Un juego de cajas chinas.

Al interesado en el aspecto ideológico de The following, digamos que quedan establecidos tres conceptos que reflejan el peculiar momento político de la primera potencia mundial:

* Estados Unidos es uno de los principales productores de sectarios y fanáticos. Es decir, poco le cuesta a cualquier líder carismático reclutar a una legión de seguidores, aunque sus ideas sean diabólicas o provoquen una espumosa efusión de sangre. Uno puede entender que Bin Laden consiga acólitos dispuestos a todo en el pauperizado Pakistán, ¿pero por qué razón los Carroll prosperan en el país más desarrollado del planeta? La ficción nos coloca ante una terrible evidencia: algo huele a podrido en las entrañas de la civilización americana.

* Una década después del 11-S es pertinente aplicar tormentos a un detenido si la ocasión lo demanda. Qué estado de derecho, ni qué ocho cuartos. El fin justifica los medios de los agentes federales, tal como se planteaba en el perturbador film Zero Dark Thirty. Si la antinomia sugerida es Carroll- ángel luciferino vs. Hardy- ángel celestial, los dos segan vidas a raudales (y revientan ojos). Todos los ángeles son aterradores, escribió Rilke.

* Washington es el último bastión de la integridad. Puede que el Gran Hermano sea incompetente a menudo, pero la misión primordial del Gobierno Nacional es protegerte. Ni siquiera las autoridades locales son impermeables a la corrupción.

Todo lo dicho apunta a demostrar que The following es un producto de inusual riqueza, a pesar de esos giros inverosímiles que el género suele infligirle al público. La profundidad de las ideas, la intensidad dramática, los golpes de efecto asustantes (recordad que Kevin Williamson es el creador de la saga Scream) y la excentricidad del argumento (en particular el sabroso toque literario) hacen que nosotros, los groupies, esperemos con ansiedad el arribo de la segunda temporada.

Guillermo Belcore
Publicado hoy en la Sección Espectáculos del diario La Prensa.