domingo, 18 de septiembre de 2016

Eres hermosa

La denuncia no es nueva (y no está probado que haya dado en el blanco).  Los villanos son la publicidad y los videojuegos violentos obscenamente realistas. El efecto que provocarían es un deletéreo “exceso artificial de estimulación”. La cultura general lleva mucho tiempo usando despreocupadamente el sexo para atacar el cerebro de los hombres jóvenes (a fin de vender una determinada marca) que la sociedad ya tiene perfectamente aceptado esta práctica diabólica, pontifica un escritor estadounidense de culto. Nuevos artificios añadirían más leña al fuego. Nuestros impulsos animales más primitivos se ven alimentados por ciertos cambios radicales en la tecnología moderna. La adicción a la excitación se ha convertido en una nueva normalidad, nos advierte en su novela más reciente, dedito en alto, Chuck Palahniuk (Pasco, 1962).

A partir de esta sospecha paranoica, el crédito de Portland ha construida una sátira tan potente como grotesca, que va diluyendo su interés con el correr de las páginas, por culpa de los interminables disparates y  descripciones lúbricas. ¡Atención lectores de sensibilidad delicada! Eres hermosa (Random House) contiene, probablemente, la más detalladas descripciones de orgasmos femeninos de la literatura seria de este siglo. Es, de alguna manera, una suerte de Cien sombras de Grey para gente chic. Porque la gente chic adora a Palahniuk. Es un escritor de moda.

Se narra en el libro una conjura de dimensión planetaria. Cornelius Linus Maxwell, el hombre más rico del mundo, provoca una revolución con un vasto surtido de juguetes sexuales para que las mujeres alcancen el paroxismo con una calidad y en una cantidad sin precedentes. El tejido social se rompe en mil pedazos; hay disturbios sociales y millones de historias de agonía orgásmica por doquier. Para la mitad de la población es como Un mundo feliz de Aldous Huxley, pero el soma se consume por las cavidades íntimas.

Maxwell ensaya sus cachivaches tántricos con Penny Harrigan, una buena chica de Nebraska, abogada posfeminista, que persigue un futuro glorioso en Manhattan. Se convierte en novia (es una manera de decir) del magnate por obra de la casualidad y termina convirtiéndose en vengadora de millones de mujeres esclavizadas por un placer enfermizo, entre ellas la jefa de la Casa Blanca, la reina de Inglaterra, la actriz más hermosa del mundo, todo el equipo olímpico de Estados Unidos, la mejor amiga y la propia madre campesina de Penny. Así de desaforada es la imaginación de Palahniuk.

Si bien las leyes de la sátira exigen que se carguen las tintas sobre determinados rasgos negativos, aquí hay excesos de toda índole que estropean una novela cuyo destino, quizás, debió haber sido de cuento largo. Está muy bien, no obstante, la crítica (provinciana) a las costumbres de los neoyorquinos, el repudio (puritano) al lujo ostentoso, el desprecio por las revistas de supermercado (Palahniuk trabaja como periodista independiente) y el aborrecimiento (pequeñoburgués) de la plutocracia. En cuanto al estilo, Palahniuk es una suerte de Vonnegut tardío. No carece de inteligencia, ni escribe mal, pero las densidades estilísticas y temáticas brillan por su ausencia. El humor tiene sus altibajos, va de lo delicadamente irónico a escenas burdas que parecen robadas de la saga ’Porky’s. Quizás el gran problema aquí es que la escritura no sabe sugerir; da la impresión de que el autor no quiso ahorrarnos truculencia alguna. Ser aburrido es decirlo todo, estableció Voltaire. Es la defecto típico de la pornografía. Hablar sin parar y a los gritos. Para usar una metáfora palahniukiana, la novela chirria como los herrajes oxidados de una puerta que se abre para revelar un lugar espantoso.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Regular

PD: Fiel a la premisa políticamente correcta que sostiene que a un autor en boga no se lo critica, El País de Madrid elogia esta sátira fallida: 

domingo, 11 de septiembre de 2016

Las fauces abiertas de la América verde

Así como el Ulises ubicó, con una catedral de palabras, la fisonomía de Dublín en la literatura universal, Pretérito perfecto hizo lo mismo hace más treinta años con nuestra San Miguel de Tucumán. Es increíble que el establishment literario de Buenos Aires haya ignorado una de las mejores novelas oceánicas del siglo XX. 

POR GUILLERMO BELCORE

Puede producirse una gran novela en una época, en un país. Esto no significa que en esa época, en ese país, exista realmente la novela. Para hablar de la novela es menester que haya una novelística, sentenció Alejo Carpentier en Tientos y diferencias. Y eso es precisamente lo que ocurrió en América latina a partir de la segunda mitad del siglo XX. El mundo observó encantado y compró el ‘boom’. Surgió un movimiento, acelerado por una panda de escritores talentosos, empeñados en una labor paralela, semejante o antagónica, con un esfuerzo continuado y una constante experimentación de la técnica. Vargas Llosa, Cortazar, Fuentes, Roa Bastos, Guimaraes Rosa, Carpentier, Donoso inscribieron la fisonomía de sus pueblos (y de sus ciudades) en la literatura universal, olvidándose del tipicismo y costumbrismo, tal como hizo Joyce con Dublín. A la narrativa larga de Latinoamérica le salieron las muelas de juicio.

Este artículo arroja la hipótesis de que el último campanazo de ese proceso genial sonó en San Miguel de Tucumán en 1982, cuando Hugo Foguet (1923-1985) entregó a la imprenta una novela sublime que nada tiene que envidiar en ambición, destreza y exhuberancia en la dicción a las mejores del subcontinente. Suenen las trompetas: la obra maestra de Foguet acaba de ser reimpresa por la Editorial Universitaria Villa María. Hasta donde uno sabe, Buenos Aires ha ignorado olímpicamente a Pretérito Perfecto (Eduvim, 480 páginas), cuya virtud primordial es haber logrado reflejar el Jardín de la República como el Aleph refleja el universo. Es hora de remediarlo.

Antes de reseñar la trama y elogiar la prosa, es menester subrayar que las casi quinientas páginas (con letra apretada) encierran una novela total, desmesurada, grotescamente pretenciosa, cuyo lenguaje -al decir del propio Foguet- es una cosa viva, “más una planta que un animal. De la semilla de la palabra brotan ramas, hojas, tallos finísimos y complicados y extrañas y lujosas flores. El lenguaje sostiene al cosmos y sin la palabra el mundo cesaría”.

Barroquismo feraz


El tucumano Foguet es nuestro Conrad. Egresado de la Escuela Nacional de Náutica, recorrió el mundo como marino. Ese vagabundeo global enriqueció su mejor novela, repleta de alusiones a las filosofías orientales y las religiones de la India, corporizadas en la figura de un extraño gurú-pintor. También es nuestro Faulkner, empeñado en armar la genealogía de una familia prominente a media cuadra del trópico, “donde las almas son otro calicanto de melaza podrida“. Pero en lo que al estilo se refiere, es esencialmente ‘latinoamericano del boom’, por su apuesta formidable por un barroquismo feraz, regido por el desvarío, la curiosidad del intelecto y la sensualidad (hay páginas con un finísimo erotismo, místico incluso).

Se despliega el barroquismo en dos escenarios. El primero es el único rincón habitable de una casona en ruinas, cuyo apogeo data de 1910. Visita el historiador Ramón Furcade a una matrona centenaria en su dormitorio. El alter ego de Foguet hurga en la memoria de Clara Matilde de la Concepción Navarro Páez de Sorensen como “si buceara en una bahía donde hubiera naufragado una flotilla de galeones”. La anciana evoca hazañas y desdichas de cuatro generaciones de los Navarro Sorensen, descendientes de los guerreros de la Independencia y las luchas civiles, quintaesencia de la oligarquía azucarera. Árbol frondoso en un tiempo; hoy venido a menos por carencia de jugos nutritivos. La raza ha ido evolucionando. Del político hacendado liberal, hacedor de imperios, que no lo quitaba el cuerpo a un negociado, pero sin perder las buenas maneras y los ideales progresistas a los ubicuos hombres de negocios, pasando por una abatida rama de poetas románticos y nocturnos, y finalmente desemboca en otra generación perdida de idiotas del estruendo y la iconoclastia. Rebeldes y delirantes.

El “pretérito perfecto” de doña Clara es una crónica de privilegios y esplendor. La platea de su nostalgia es una ciudad “que gesticula en los techos y patios de la Universidad y en los jardines de la Quinta Agronómica y el gobierno militar que responde a esa mímica con la retórica del garrote”. Estamos en 1972, año del ’Tucumanazo’. La imposibilidad de entenderse entre las generaciones, de hablar un mismo idioma es uno de los grandes temas de la novela. Las reflexiones sobre el lenguaje (¿Es la envoltura de las cosas? ¿Es la cosa misma?) son ubicuas y persistentes. ¡Foguet dedicó la novela, entre otros a George Steiner!

Tertulianos


El segundo proscenio del libro es la serie de tertulias a la que asisten bisnietas y otros descendientes de Doña Clara, junto a una pandilla de intelectuales provincianos de lo más divertidos, cultos y elocuentes que escarban en el helenismo, en dos siglos de la cultura francesa, en las ciencias sociales, como el “gallo picotea en el comedero de lata” (Foguet expone un criollismo algo voluntario pero nunca ostentoso, diría Borges). Otros ámbitos del mundo, en efecto, colorean las fascinantes y copiosas conversaciones en caserones, cementerios o en antros, como ’La cueva de la lechuza’, borrachería, comedero y foro de poetas norteños. Nada de la cultura universal resulta ajeno a estos capítulos, procedimiento que es insignia de nuestra mejor producción artística. Por decirlo con una metáfora: las fauces abiertas de la Argentina subtropical (como un caimán al sol) devora, procesa y regurgita todo lo que merodea en sus dominios.

Es increíble, doloroso y revelador (de la ignorancia de nuestro establishment literario) que una novela oceánica tan sustanciosa en filosofía y poética, tan desbordante en ideas y con tantos caracteres poderosos (¡ay!, el comisario Aníbal Molinuevo, un poliedro torturador) haya pasado inadvertida al sur del paralelo veintiocho durante las últimas tres décadas. Hay una potencia estética en la que debe insistirse: la riqueza verbal de Foguet es admirable. Cada párrafo tiene lo suyo. Alguien se pregunta en Pretérito Perfecto si existe un cielo de palabras, un limbo donde esperan juiciosas su resurrección. Si existe, el conjuro para revivir esos vocablos que tienen peso y poder, y ocupan un lugar en el espacio es la escritura de novelas como la que aquí recomendamos encarecidamente. El legítimo estilo del barroco.
Publicado en el Suplemento de Cultura de La Prensa.

Calificación: Excelente 

domingo, 4 de septiembre de 2016

Las aflicciones

Pequeños milagros de la literatura. La belleza suele brotar donde menos se la espera. En un hospital de Filadelfia, por ejemplo. Un hematólogo eminente, nacido en la India y radicado en Estados Unidos, premiado por sus escritos médicos, invoca a los espíritus de Jorge Luis Borges y de Marcel Schwob, y concibe un libro extraordinario. Una verdadera obra de arte. Milagroso, ¿no?

Las aflicciones (La bestia equilátera, ciento cincuenta páginas) merece ser nominado para el rubro Imperdibles 2016. Bellamente narrado, con una prosa pitagórica, justa, tan anglosajona como borgeana en su estilo. Las frases fueron pulidas hasta que refulgen. No sobra una coma. El género, inescrutable. Un ensayo fraudulento o literatura fantástica. La gracia de la ambigua originalidad consagra el primer texto de ficción de Vikram Paralkar (Bombay, 1981). Una encantadora rareza.

Ha imaginado el doctor Paralkar que atesoran en la Biblioteca Central de cierto Imperio una obra portentosa, única sobre la Tierra, en trescientos veintisiete volúmenes, cada uno con su lomo perfecto, sus palabras límpidas y hermosas, con su propia estantería de teca y su mesa de lectura. Máximo, el boticario, es admitido como aprendiz, al servicio de la colosal Encyclopaedia medicinae.

 
Unos pocos capítulos narran la bienvenida que el Maestro Bibliotecario le prodiga a Máximo, como una suerte de introducción a la retahíla de enfermedades que describe la Encyclopaedia. Son tormentos que un Dios enfurecido ha arrojado sobre la humanidad. Por ejemplo: Amnesia inversa. Las fallas de la memoria no afectan al paciente sino a sus semejantes, primero a conocidos lejanos, luego a los vecinos, finalmente una amante despierta horrorizada y furiosa: '¿Quién es este tipo que apareció en mi cama?'. Allí el doliente comprende que ha sido borrado de toda memoria humana. Ni siquiera los galenos que lo tratan son inmunes. Al ser interrogados sobre sus informes, estos facultativos admitieron la letra como propia pero no recordaron haberlos escrito. ­¡Ja!

FICCION MEDICA


En la alfombra voladora de la ficción medica nos transporta, pues, el doctor Paralkar a los años fabulosos de la Edad Media. Las aflicciones no sólo es el fruto delicioso (desopilante por momentos) de una imaginación desbordante, también deviene de la erudición. Comercia con la filosofía, la historia y la antropología, entre otras disciplinas. No teme arriesgar, asimismo, un juicio teológico. Las yuxtaposiciones de cada breve relato son sublimes. Es uno de esos libros que se devoran con fruición.

Los lectores combativos encontrarán, incluso, orientación para interpretar a los hombres de la política que abusan de nuestra paciencia. Verbigraria: no parece aventurado colegir que cierto dictador caribeño hoy decrépito y cierta ex presidenta de los argentinos jaqueada por la Justicia -ambos aficionados a infligir a sus respectivos pueblos agobiantes discursos por cadena nacional- sufren de Aphasia floriloquens. Explica el texto que el mal es difícil de ubicar entre las "noventa y dos categorías de desequilibrios linguísticos conocidos por el hombre, puesto que es la única afasia caracterizada por un extraordinario exceso de discurso''.

También es posible concluir que en la Argentina de los últimos años afloró una terrible plaga. La Encyclopaedia establece que las víctimas de la Pestis divisionis descubren que "sus lealtades se disuelven para ser reemplazadas por otras. Forman sectas cuyas diferencias son tan profundas y agrias que cada persona abandona su hogar para unirse a sus nuevos hermanos. Estas diferencias nunca tienen que ver con la raza, la religión o el linaje; son meras ficciones impuestas por la plaga''. Añadimos nosotros que en nuestra Patria la epidemia se ha bautizado como grieta. Advierte Paralkar que el verdadero horror de la Pestis estriba en que el pueblo ya nunca se libra de sus cicatrices.

Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Muy bueno

domingo, 28 de agosto de 2016

Estimado Sr M.

Es un hecho. No siempre estamos con ánimo de consumir Alta Literatura. Se establece en la más reciente novela de Herman Koch (Arhem 1953): 
"En esencia es como la misma comida en dos restaurantes distintos. A la derecha está el restaurante de las estrellas Michelin, a la izquierda un Burger King o un Mc Donald"s. No todos los días te apetecen bocados refinados, no siempre quieres llevarte a la boca un trocito minúsculo de foie presentado en un plato casi vacío. A veces te apetece una hamburguesa con panceta y queso fundido, un bollo blando y empapado, que la grasa te gotee por la barbilla. Pero eso siempre va acompañado de un sentimiento de culpa".

La metáfora no es del todo precisa. Es cierto que a menudo el lector de fuste gusta de darse un atracón con un entretenimiento ligero, es decir, sin densidades temáticas ni estilísticas; una buena historia bien narrada y punto, pero la ficción memorable es restaurante de cinco estrellas y sabrosa comida chatarra al mismo tiempo. Es todo para todos, como las Sagradas Escrituras, por eso perdura.

La cita del autor holandés, sin embargo, resulta útil para encarar el comentario de su última criatura. Pertenece a esa peculiar especie literaria que, a la espera de una mejor definición, llamaremos best seller de calidad, con cualidades y vicios parejos. No es un demérito. La lectura de Estimado Señor M. (Salamandra, 412 páginas, edición 2016) nunca deja de ser atractiva. Pero no se trata de Alta Literatura.

Aquí no hay un estilo en juego; no hay filosofía ni poética. Lo mejor que puede decirse de la escritura es que es transparente y amena. Es una novela ideal para regalar a aquellas personas que no leen más de cinco libros por año.

No conviene explayarse sobre la trama para preservar el efecto sorpresa. El nudo es el asedio que sufre un literato en decadencia por parte de un vecino, a causa de una de sus novelas (Ajuste de cuentas) que relata el supuesto asesinato de un profesor (abusador de menores y adúltero) en manos de dos de sus alumnos, chico y chica. Con suma destreza se van ensamblando, pues, tres líneas argumentales: el sutil acoso, la reconstrucción de un misterio que data de cuarenta años atrás, y la relación del escritor M. con sus colegas, el público y el arte en general. La arquitectura es ingeniosa; acaso lo más sofísticado de la novela.

El señor Koch descorre los visillos que ocultan las miserias de la industria editorial, esa otra hoguera de las más absurdas vanidades. Le canta un par de frescas a las sofocante corrección política de la Holanda progresista. Allí también un intelectual puede caer en desgracia si tiene el tupé de condenar a las dictaduras buenas, como la de los hermanos Castro. Al igual que en la Argentina, resulta conveniente alzar la voz contra una única especie de demonios, los que provienen desde la derecha. Son los muros, desgraciados, que han eregido los fariseos para coartar la libertad de expresión.

Koch, que saltó a la fama en 2010 con su novela La cena, ha sentido, por lo demás, la necesidad de decir algo sobre una herida que al parecer aún no ha cicatrizado en los Países Bajos, ese próspero pañuelito donde "los debates nacionales" son el pasatiempo favorito de la sociedad. La novela evoca la insignificante dimensión de la Resistencia holandesa durante la Segunda Guerra Mundial. 

Se mete también el narrador con el último tabú occidental: la diferencia de edad en las parejas. El escritor M. le lleva cuatro décadas a la esposa. Al profesor Landzaat (treinta años) le gustan las chicas de diecisiete. Qué horror. El enfoque es ambiguo, no obstante. Mucho más directas son sus horribles diatribas contra el cuerpo docente del liceo Spinoza. Se limita, aquí, a reproducir estereotipos. Llega a sostener que ser profesor es haber fracasado, es haber ingresado en "un rebaño de la más extraordinaria mediocridad". ¿Intenta captar Koch al público joven? ¿Lo habrá lastimado algún maestro?

El libro, para redondear, no carece de eficacia. Sencillísimo de leer, tiene humor y profundidad psicológica, sobre todo en lo que atañe a los adolescentes. Como se dijo, ornan las páginas alguna que otra opinión sagaz sobre el arte literario. Es decir, hace metaliteratura. En la página setenta y nueve se lee: "Un lector lee un libro. Si el libro es bueno se olvida de sí mismo; eso es lo único que tiene que hacer un libro. Si mientras lee el lector no puede olvidarse de sí mismo y piensa en el escritor constantemente, el libro es un fracaso. Esto nada tiene que ver con disfrutar de la lectura. Quien quiere disfrutar se compra una entrada para la montaña rusa".
Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Bueno

domingo, 21 de agosto de 2016

Aphasia floriloquens

El Moscardón Imaginario XLVII




Los interminables discursos de un dictador caribeño. Las agobiantes cadenas nacional de la ex presidenta de la Nación. Las peroratas en el Congreso. Los insufribles panelistas de los programas de chismes. Al parecer, tienen algo en común. Tienen síntomas de Aphasia floriloquens, según se desprende de un maravilloso librito de ficción que por estos días estoy concluyendo (Aflicciones, La Bestia Equilatera, ciento cincuenta páginas, edición 2016).

El médico-escritor Vikram Paralkar, con el lúdico espíritu de un Borges, imagina la existencia de una Encyclopaedia medicinae, celosamente guardada por insignes bibliotecarios. El volumen, cuyo lomo es perfecto, describe las más raras enfermedades del universo. Transcribo un párrafo de la página cincuenta y seis de Aflicciones:

"La aphasia floriloquens es difícil de ubicar entre las noventa y dos categorías de desequilibrios linguísticos conocidos por el hombre, puesto que es la única afasia caracterizada por un extraordinario exceso del discurso en lugar de su ausencia. Cuando quiere mandar una carta, el enfermo entra a una oficina de correos y se lanza a una disertación sobre la historia de la correspondencia, pasando por temas tales como las epístolas enviadas de Siria a Babilonia, las rutas de carruajes establecidas por Amadeo Tasso, las inscripciones en papiros transportados por los ríos de Africa del Norte, el pergamino que le mando Fabricio a Pirro alertándolo sobre un intento de asesinato... Sin embargo, le resulta absolutamente imposible pronunciar la sencilla oración `Necesito mandar una carta'''.

Da la impresión de que la aphasia floriloquens afecta especialmente a las mentalidades progresistas. Es lógico, mientras a la izquierda le encanta escuchar su voz, la derecha va a los bifes. Como sea, el oyente piadoso debería mostrar la próxima vez más tolerancia ante los hermanos Castro, Cristina Fernández, Luis Lusquiños, los periodistas de televisión, etc. Pobres, no saben lo que dicen.

G.B.

domingo, 14 de agosto de 2016

Inmortalidad para millonarios

Por Guillermo Belcore

"Es la piedra más pesada que la melancolía le puede tirar a un hombre, decirle que ha alcanzado el final de su naturaleza, que ya no se avecina ningún estado posterior".Thomas Browne

En el firmamento de la literatura estadounidense brilla una estrella solitaria. Se llama Don DeLillo (Nueva York, 1936) y su escritura es densa, despareja, genial por momentos. Narra en series de fragmentos, ricos en significado. Es el literato que los colegan envidian y respetan, los críticos aplauden por convicción o esnobismo y el gran público ignora o desdeña. Es el literato obsesionado con la globalización, la devoción de las masas, los grandes espectáculos humanos, el control social, la tecnología, la industria bélica, el terrorismo, la plutocracia, el arte conceptual.

A fines de siglo XX, DeLillo había escrito una obra sublime, imprescindible, de dimensiones oceánicas. Desde Submundo (1997) no ha compuesto nada que se le acerque (hay quien habla de fatiga creativa) en términos de excelencia y ambición, pero la novela que acaba de llegar al español (Cero K, Seix Barral, trescientos dieciocho páginas) confirma que sigue siendo uno de los mejores de su generación. En una grosera simplificación, podríamos decir que se trata de un híbrido de ciencia ficción y novela filosófica. Como todas las manufacturas del Titán del Bronx, exige y merece relectura.

Nos lleva la trama a un remoto enclave en una antigua república soviética. Allí se quiere derrotar a la muerte, "un hábito que cuesta romper". A la muerte individual y a la muerte de la civilización. Es una fe religiosa incubada por una gran corporación llamada Convergencia. El aislamiento y la creación de una humanidad renacida que sobreviva al hundimiento catastrófico de todo lo que hay en la superficie son sus metas. Para ello, congelan en capsulas criogénicas a unos pocos heraldos que agonizaban por enfermedad o que han decidido ingresar en esa otra dimensión y luego emerger, recompuestos átomo por átomo, cuando la muerte acabe siendo inaceptable. A éstos últimos se los conoce como los Cero K. La vida eterna pertenece a quienes poseen riquezas asombrosas.

LA NUEVA JERUSALEN


Nuestro cicerone en Convergencia se es Jeffrey Lockart, hijo de uno de los benefactores de la secta transnacional. A los treinta y cuatro años, sigue siendo "un niño extraño", un "hombre involuntario". Aspira a una vida pequeña; se enamora de una maestra de escuela diferencial. Está desocupado. Alivia la tensión mental definiendo, designando, dando nombre a las criaturas y a la creación. Desdeña los grandes saltos, los empleos y la ayuda pecuniaria que le ofrece su padre Ross Lockart, tiburón de las finanzas globales que aparece en las tapas de revistas como Newsweek. Ross le pide a Jeffrey que lo acompañe durante la inmersión de su esposa Artis en esa cámara con temperaturas bajo cero que evitará que se descompongan sus tejidos corporales. El magnate decide inmolarse con ella, pero se arrepiente. Retornan a Nueva York, pasan dos años y otra vez vuelan a esa Nueva Jerusalén, donde -entre inquietantes performances subterráneas- se está amasando también el lenguaje del futuro, que "permitirá expresar cosas que ahora no podemos expresar".

Alguna reseña ha denunciado la frialdad de la prosa de DeLillo (se suele usar el adjetivo "glacial"), pero quién puede definir la temperatura justa en la novela contemporánea, ese Aleph capaz de deglutir, procesar y combinar todo los formatos (como el rock). La prosa de DeLillo se lee con un lápiz en la mano, sin prisas, o no se lee. Implica esfuerzo, la trama nunca se despliega de manera convencional. Uno se sumerge en las páginas como ocurre con cualquier virtuoso "difícil" de la Alta Literatura (la palabra "sumergirse" es lo que importa en el proceso). Hay un estilo en juego, una admirable capacidad para la sentencia filosófica, párrafos con un cromado reluciente, exquisita ironía, erudición, y la desconcertante (pero hermosa) sensación de que las abstracciones nunca se llegarán a comprender del todo.
Publicado en el Suplemento de Cultura de La Prensa.

Calificación: Muy bueno

sábado, 6 de agosto de 2016

Doctor House en Escandinavia

Por Guillermo Belcore

Si algo caracteriza a la industria cultural es su desapego por la innovación. Las fórmulas probadas se reproducen hasta el hartazgo. Cunde la mimesis. El clamoroso éxito de Doctor House, por ejemplo, ha fomentado la proliferación en las páginas y en las pantallas de misántropos tan geniales como cínicos y amargados con los que nadie quiere trabajar aunque sean las mentes brillantes que al fin del día resolverán todos los acertijos. En el libro que pasaremos a reseñar Gregory House se llama Sebastian Bergman, un psicólogo al servicio de la policía de Suecia, especializado en asesinos en serie, un Casanova realmente insufrible.

Bergman, en efecto, es el protagonista de la nueva saga policial que, cual drakkar vikingo, dejado Escandinavia para conquistar el mundo. Secretos imperfectos (Planeta, 522 páginas) se ha escrito a cuatro manos. Sus autores gozan de cierta notoriedad entre el público aficionado a la TV de calidad. Michael Hjorth compuso algunos capítulos de la serie Wallander. Hans Rosenfeldt es el factotum de la afamada The bridge. Ambos guionistas se trepan ahora a una moda de alcance global (con muy despareja factura): la novela negra sueca. ¿Otra más?, es el primer interrogante que suscitan libros como éste. El efecto sorpresa se ha esfumado. La frescura se secó. La vuelta de tuerca en la patria de los Nobel debe ser muy original o virtuosa para resultar atractiva.

DETECTIVES PROBOS


En esta ocasión, viajamos hasta Västerås -la sexta ciudad sueca en cuanto población- (142 mil habitantes), ubicada a cien kilómetros al oeste de Estocolmo, lugar natal del poeta Thomas Tranströmer. Lo mismo de siempre. La novela nórdica ha logrado persuadir al público de que en esas tediosas urbes provincianas de un país civilizado pueden ocurrir crímenes escalofriantes. Combaten contra el mal detectives incapaces de quedarse con una moneda ajena, que usan calzoncillos largos y tienen pruritos medioambientales.

Ha conmocionado a la policía de Västerås el hallazgo del cadáver de un chico de dieciséis años al que le han arrancado el corazón. Se ven forzados a convocar a las chicas y a los chicos listos (aquí existe igualdad de géneros) de la Unidad de Homicidios de la capital, pero no tan astutos como para no ser manipulados por un asesino que va arrojando pistas falsas y cadáveres a sus pies para evitar ser atrapado. Bergman, que se hallaba retirado, se suma a la pesquisa gracias a la buena voluntad de un viejo camarada, pero lo hace por razones egoístas.

Naturalmente, Secretos imperfectos no se trata de Alta Literatura. Cumple cabalmente su función de entretener, con varios giros imprevistos que mantienen magnetizados los dedos del lector. Es decir, cuesta mucho abandonar la novela. Esto no quiere decir que esté bien escrita. La prosa no sólo carece de belleza (es facilísima de leer), sino que incluye un desagradable goteo de frases, un abuso del punto y aparte que algún asesor de tres al cuarto le hizo creer a Hjorth & Rosenfeldt que resulta gracioso. Los personajes no carecen de profundidad psicológica, aunque el viraje de Bergman al final parece inconsistente en relación a sus actos previos. En síntesis, un pasatiempo mediocre y adictivo, de esos que hasta el más solemne de los lectores debe permitirse de vez en cuando.

Respecto a la crítica social -una de las potencias de la novela negra- el libro decepciona por completo. Sólo se ensañan H&R con los periodistas, esas aves de rapiña que "alimentan siempre la última histeria colectiva". Es injusto. A tenor de la retiración de contratapa, la prensa extranjera ha tratado demasiado bien a este libro.
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Regular

















domingo, 31 de julio de 2016

Sombras sobre el Hudson

Isaac Bashevis Singer

Ediciones B. Edición 2011. Novela, 733 páginas.



¿Qué les ha pasado a los judíos? Durante tres mil años se han resistido a la idolatría y de pronto se han convertido en productores de Hollywood, en propietarios de periódicos, en líderes comunistas”.
I.B.S.

El placer que provoca la ingesta de novelas intensas y extensas como ésta demuestra que el modelo tolstoiano no ha perdido un gramo de frescura cuando en el timón hay un narrador inteligente y ambicioso. ¡Larga vida a la novela oceánica! “¿Por qué inventar cuando la vida te proporciona a diario situaciones que no se le ocurrirían a ningún mentiroso?”, sentencia Isaac Bashevis Singer (1904-1991). Considérese el arbitrio no como un grillete artístico sino más bien como punto de partida. Hasta donde se sabe, la imaginación siempre completa los huecos.

No obstante, esta magnífica obra es lo que la tradición designa como novela realista. Es una de los pocas del Premio Nobel 1978 cuya acción transcurre en Estados Unidos, concretamente entre los años 1947 y 1949. Sus protagonistas son judíos europeos que escaparon de, borrados sean sus nombres, Adolf Hitler o Josef Stalin. Fue publicada por entregas en 1957 y 1958 en el diario neoyorquino en idioma yiddish Der Forverts. Aquella persona interesada en la historia, la religión, las costumbres, la mentalidad y las perplejidades del pueblo judío no puede soslayarla. Incluso Singer llega a esbozar algunos párrafos de lo que podría ser una estética judía:

“ Fuera lucía el sol; las palmeras se deslizaban al paso del tren, en un paisaje estival semejante al de Tierra Santa. El tren se detuvo y los pasajeros bajaron en tropel a tomar un jugo de naranja. Grein no se alejó de la ventana. A pesar de lo avanzado del invierno, en Florida parecía que era la fiesta de Shavuot, olía a Biblia. Preparadas para arrodillarse y postrarse ante Dios y su poder, las palmeras se inclinaban en varios ángulos, como si se tratara de ermitaños envueltos en harapos y barbas ralas. Cuando soplaba la brisa comenzaban a mecer sus ramas, sacudiéndolas en todas direcciones en reconocimiento de la omnipresencia de Dios, como si estuvieran celebrando una fiesta de los Tabernáculos”.

Estilo más caracteres


La unidad del folletín se funda en el estilo y los personajes, cuyas vicisitudes siempre resultan interesantes y se enriquecen con reflexiones sobre la condición judía, sobre la esencia de las cosas y sobre las finalidades de la vida. Los protagonistas viven en perpetuo examen de conciencia. Singer convierte las viviendas en escenarios; demuestra un gran dominio de la escena. También deslumbra con con las tres ’E’: espiritualidad, elegante prosa y erudición. La novela tiene, incluso, una dimensión política. El autor es lo suficientemente inteligente y honesto como para plantear lo obvio: nazismo y estalinismo han sido parejamente diabólicos. Muy conmovedores resuenan los interrogantes que suscita la Shoa:

“Majdanek o Treblinka. ¿Cómo llamar misericordioso a un Dios que permitió todo eso? Porque llevando el análisis hasta las últimas consecuencias, se trata de Su obra. La única respuesta que se nos da es el libre albedrío. ¿Y si no es más que una suposición? Y aún hay más, ¿por qué sufren los animales? Shestov afirma que Dios es malo. Según Spinoza, incluso es peor que eso: es indiferente”.

Animan la trama personalidades que cambian de ánimo como una veleta y tienen “el descaro de quien se deja arrastrar ciegamente por la pasión“. Conforman un trozo de Europa en el corazón de Nueva York. La novela comienza con una cena en la casa de Boris Makaver. Esa misma noche, su hija Anna abandona al marido por un viejo amor de Varsovia y Berlín: Hertz Grein, mal casado y con una amante medio loca, Esther, el vivo ejemplo de la contradicción. Se escapan a Miami (¡veinticuatro horas en doscientas páginas!). La fuga trae consecuencias. Según Maimónides, el infierno de los condenados (Gehinnom) significa “vergüenza”. Todo es por aburrimiento, se nos informa. Hasta se hacen guerras por tedio.

Se encuentra el lector con personajes fascinantes que merecerían, por sí mismos, una novela entera. La tremenda señora Gordimer, ordinariez con forma humana. La señora Clark, una espiritista bastante fraudulenta (¿Cómo todos?). Jacob Anfang, un pintor espiritualmente perdido. Yasha Kotik, el bufón. El libro es, por cierto, un colosal fresco de los años que siguieron al último disparo de la Segunda Guerra Mundial, cuando aun no había irrumpido el macarthismo y el comunismo chic (tan intolerante como su consecuencia) gobernaba los ámbitos culturales de Nueva York. Se era rojo o compañero de ruta o no se trabajaba.

Don Delillo conjetura que existe una especie sublime de novela: aquellas que sirven para entender como somos en realidad. Esta obra -sinfonía con variaciones- merece tal designación. Singer, que incurre con éxito en la Alta Filosofía, llega a la conclusión, por ejemplo, de que Leibniz es quien ha descifrado al ser humano. Las mónadas no tienen ventanas, dice. Nadie puede mirar al interior más profundo de cualquiera de sus semejantes, incluso de los más allegados. El verdadero conocimiento sólo existe en Dios, a quien Leibniz llamó la mónada de todas las mónadas.
Guillermo Belcore

Calificación: Excelente 

lunes, 18 de julio de 2016

Ejercicios de supervivencia

"El que se ve inmerso en el dolor de la tortura siente su cuerpo como nunca antes. Su carne se realiza totalmente en su autonegación''.
Jean Améry
Entre tantas categorías en que puede clasificarse a la comunidad de los mortales, hay una especialmente perturbadora: los sobrevivientes de la tortura o de un campo de exterminio. Son miles los desdichados que han descendido al infierno y volvieron para contarlo. A un infierno donde el cuerpo -como en los casos de enfermedades graves- establece una despótica soberanía sobre esa energía vital a la que llamamos alma. El dolor es, como se sabe, una potencia diabólica que convierte el ser humano en un guiñapo. Quienes han padecido un sufrimiento bestial se desligan para siempre del común de los hombres.

Jorge Semprún pertenece a esa categoría aparte, que merece el mayor de los respetos. En 2011 lo sorprendió la muerte cuando evocaba su calvario con la Gestapo. La tortura, en efecto, es el tema espantoso de Ejercicios de supervivencia (Tusquets, 133 páginas), la obra póstuma del autor de algunas novelas fundamentales del siglo XX en el campo memorialístico. Se trata de una obra incompleta, fragmentaria, que va y viene en el tiempo, se va desinflando, y promete más de lo que finalmente ofrece. Acaso lo mejor del volumen sea el prólogo de Mario Vargas Llosa y los nudos dramáticos durante la Segunda Guerra Mundial.

Con menos de veinte años de edad, un apellido familiar más bien famoso y ninguna ficha policial o política, Semprún tomó la decisión de unirse a la resistencia armada en la Francia que ocuparon los nazis. Integró la red Jean Marie-Action hasta que fue atrapado en una antigua granja de Joigny por una delación. Corría setiembre de 1943.

Asegura Semprún no haberse quebrado jamás en la mesa de tortura, ni en la tina de agua helada, vegetales podridos y excrementos, ni al ser colgado del techo con las manos en la espalda. Ni una palabra le arrancaron los esbirros de Hitler, aunque admite que no se esmeraron con él; andaban abrumados de trabajo por esos días y lo olvidaron pronto como un fardo inútil. Lo despacharon al campo de concentración de Buchenwald, donde pasó casi dos años y se reencontró con el jefe de la Jean Marie-Action.

Deja en claro el escritor, no obstante, que sería infame trazar una línea moral absoluta entre quebrados y no quebrados por los suplicios. La resistencia al sufrimiento extremo no es una medalla que la gente de bien deba ir exhibiendo sin más. Se explaya, en cambio, sobre sus estrategias de supervivencia o sobre ciertas lacerantes habilidades que desarrollan aquellas personas que tuvieron tratos con un verdugo. Por ejemplo, su majestad el miserable cuerpo puede reconocer los distintos tipos de porras que existen, a tenor de cada dolor sufrido:

"El dolor seco, fulgurante, pero poco persistente, más volátil, de la porra de madera no era comparable al dolor sordo, más soportable al impactar, pero bastante más hondo y duradero, de la porra de goma, sobre todo si no se trataba de un simple vergajo y contenía plomo''.

EL TONO JUSTO

Siempre, hay que decir algo sobre la prosa. Hechos tremendos se relatan con el tono justo, sin grandilocuencias ni énfasis. Los saltos temporales aligeran el horror. La deriva hacia la reflexión filosófica resulta bienvenida. Una última acotación sobre el autor:

"Jorge Semprún fue uno de esos héroes discretos gracias a los cuales el mundo en que vivimos no está peor de lo que está y queda siempre margen para la esperanza'', establece Vargas Llosa sobre el militante comunista que combatió al nazismo y arriesgó el cuerpo en las décadas del cincuenta y sesenta para socavar a la dictadura de Franco. Vale recordar que Semprún admitió tarde en su vida (¿demasiado tarde?) que el bolchevismo era tan sanguinario y absurdo como sus primos fascistas, aunque hay que reconocerle que mucho antes el intelectual comprometido se había percatado de que el espíritu crítico es el polo opuesto del espíritu de partido ("la grisura del socialismo real'').

El lector no puede dejar de meditar sobre la lacerante paradoja que sobrevuela sobre la tenaz resistencia de Semprún en 1943-75: buena parte de su fortaleza espiritual la obtenía de un ideal de fraternidad y progreso que, en la práctica, produjo tantos o más torturadores que el nazismo. En la página ochenta y cuatro, el escritor espa¤ol añora, no sin petulancia, "las viejas batallas del comunismo, olvidadas y perdidas''. ¿Realmente fueron Stalin, Mao, Pol Pot y los Kim norcoreanos menos abominables que Hitler?

Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura de La Prensa.

Calificación: Regular


martes, 12 de julio de 2016

Pequeñas y enormes magias del amor

"Dios nos salve de la gente que cree ser más inteligente de lo que es".

M. Cunningham

Es el amor. Con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles, escribió Borges. Sí, pero también con su poética sublime que las antenas de un puñado de escritores talentosos logran captar y transmitir -con palabras bellas y sin sensiblerías- para gozo del lector hedonista. El amor fraternal entre un par de fracasados. La adoración de la chica que Dios te ha entregado para que la cuides, pero que el Diablo te le está robando con, maldito sea su nombre, un cáncer. El loco y santo Eros gay en un maltrecho soldado del amor. El capricho de una mujer madura con un Adonis veinte años más joven, un sentimiento algo maternal y masoquista (tarde o temprano él encontrara una damita de su edad, así es la vida). La pasión por mamá, cuya desaparición repentina y prematura (siempre lo es) te sume en el desamparo. En fin... Borges, cuándo no, tenía razón. El amor son los muros de tu cárcel, como en un sueño atroz. "Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo".

En La reina de las nieves (Lumen, 269 páginas), la novela más reciente de Michael Cunningham (Cincinnati, 1952), personajes desesperadamente humanos (se describen en el primer párrafo) recorren los delicados pliegues del amor. Se trata de una familia ampliada, gente buena, amable, con ideas progresistas. Los hermanos Barret y Tyler Meek. Beth, la novia agonizante de Tyler, músico ignoto de cuarenta y tres años. A Barret se lo define como "un católico perverso y desorientado, incluso cuando estaba en primaria", demasiado absorbido por sus amoríos con personas de su mismo sexo, "demasiado decidido a ser un Byron de nuestro tiempo". Barret es una suerte de genio, obtuvo una beca para Yale, pero carece de la capacidad de elegir y perseverar. Es un osezno que busca el conocimiento por el conocimiento (como Macedonio Fernández). A los treinta y ocho años, se gana la vida como aplicado vendedor en una modesta tienda vintage. Estudia en soledad y en secreto.

Completan el clan, Liz y Andrew. Ella cincuenta y dos años, inteligente; él, veintiocho, sexy, un poco obtuso pero casi nunca causa dificultades. Todos se han convertido en esos neoyorquinos que apenas tienen para ir tirando. Viven en Bushwick, un rincón de Brooklyn venido a menos, como los personajes de la novela. "Si uno vive en ciertos barrios y de cierta manera, más vale que aprende a celebrar la felicidad de las pequeñas cosas", se establece.

La trama ocupa cuatro años. Arranca en 2004, cuando la pequeña comunidad se ilusiona con la posibilidad de que John Kerry frustre la reelección del peor presidente de la historia de Estados Unidos. La segunda parte narra la Nochevieja de 2006. Al parecer se ha producido un milagro, tan inesperado como fugaz. Finalmente, aterrizamos en noviembre de 2008. No, no era un milagro. Hundidos en la desesperanza, todos afirman que Estados Unidos aún no está preparado para un presidente afroamericano.

NARRADOR COMPETENTE


Corrobora Cunningham en su séptima novela que, si bien no tiene la frente ceñida con una corona de laurel, como los grandes de la literatura estadounidense, es un narrador competente. La reina de las nieves toma de Hans Christian Andersen su título y cierta iridiscencia de cuentos de hadas. No se trata de una de esas creaciones esculpidas en bronce llamadas a perdurar hasta el fin de los tiempos, pero la trama es entretenida (los perdedores siempre resultan interesantes), conmovedora por momentos y aborda cuestiones trascendentes, como la creación artística, el consumo de drogas, la atracción sexual, la reacción ante la muerte y -como se dijo- el amor como sentido de vida. Queda, empero, cierto regusto a poco. Quizás con un poco más de ambición artística hubiésemos tropezado con una obra maestra, de esas que mantienen viva la llamarada de la Alta Literatura. Dicho de otra forma, Barret Meeks, el gordito gay al que una luz celestial le devolvió la mirada en Central Park, merecía doscientas páginas más.

La prosa de Cunningham es muy agradable. No desafían al lector las densidades estilísticas, sino que sentimos el arrullo de una escritura suave, con un elegante dominio de la metáfora y el sarcasmo, y una gran capacidad para el diálogo vivaz y el retrato. Lo mejor de todo es la infrahistoria de excéntricos e ilusos. Hay también una reivindicación, convincente, del mundo de los objetivos sencillos; la condena a las ambiciones mundanas, o sea el necio afán por dejar de ser invisible. Establece el autor de Las horas: "¿Es más o menos trágico deslizarse tan discreta y brevemente dentro y fuera del mundo? ¿Haber añadido y alterado tan poco?". Conclusión: renuncia a ser importante y serás feliz.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.


Calificación: Bueno



PD: Hace ocho años elogiaba otra novela de Cunningham: http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2008/01/das-cruciales.html
Cómo pasa el tiempo, ¿no?

domingo, 3 de julio de 2016

Mujer bajando la escalera

Por Bernhard Schlink Anagrama. 247 páginas, Novela, edición 2016


Ante una propuesta tan enclenque como la que acaba de llegar desde Alemania, el lector de fuste no puede sino añorar la pesada y compleja maquinaria de la novela total a lo Thomas Mann o Gunther Grass, rebosante de historia, filosofía y profundidad psicológica. La obra más reciente del juez Bernhard Schlink (Bielefeld, 1944) es todo lo contrario. Literatura inane, etérea, insustancial. La escasa ambición la condena.

Confiesa el autor que un cuadro de Gerhard Richter titulado Ema. Desnudo en la escalera, inspiró la trama. Tres hombres (un abogado, un pintor y un magnate) se obsesionan con una mujer joven. Hay un cuadro que la retrata como vino al mundo y una treta de la muchacha para robarlo. Hay una traición por triplicado. Estamos en Frankfurt. En la segunda parte, volamos a Australia. Reaparecen la pintura y su musa cuatro décadas más tarde. La psicosis masculina permaneció intacta. Al fin y al cabo, son alemanes, gente con ideas fijas.

El tema de fondo es, por enésima vez, la denuncia de que la vida auténtica no es la de la oficina, el supermercado, la esposa y los hijos, el abono a la ópera. La liberación está en algún paraíso natural del hemisferio sur, con una chica extraordinaria. Es el mito clásico del ciudadano europeo, próspero y hastiado de la civilización; a esta altura, un cliché posmoderno que suele estragar las narrativas.

Cuando la falta de originalidad se expresa sin vuelo ni belleza, por medio de personajes planos, en un texto trozado en cien capitulitos sin ton ni son, la consecuencia no puede ser otra que el tedio, gris y frío como el otoño de 2016. El sello editorial, no obstante, demuestra en la contratapa que la prensa alemana cubrió de elogios a la pequeña novela. Puede que el amiguismo, el perjurio, la cobardía y el esnobismo no sean vicios exclusivos de la crítica argentina.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Malo

domingo, 26 de junio de 2016

La década infame de Hungría

Por Guillermo Belcore

La Historia se ha ensañado con una nación exótica, hoy diminuta, de la Cuenca del Danubio. Nació como cuña asiática en el corazón de Europa. Nómadas orientales de la familia lingüística uraco-altaica (emparentadas acaso con los ugrofineses y con los tártaros) se establecieron en esas fértiles llanuras hace más de mil años. Se convirtieron al cristianismo y, enriquecida su población con suabos, judíos y eslavos, llegaron a construir una potencia mediana con uno de los pocos idiomas del Viejo Continente que no tiene origen indoeuropeo. La Historia ha saboteado el experimento: el despotismo de los turcos, los rusos y los alemanes diezmaron al valeroso pueblo. Tampoco puede minimizarse la estupidez y la ruina moral de su clase dirigente (ya hablaremos de eso). Nos referimos, naturalmente, a Hungría, hogar de enormes escritores como otras pequeñas naciones de espíritu indomable (piénsese en Irlanda o en Uruguay). Uno de los literatos húngaros más conocidos en Occidente es Sándor Márai (1900-1989). Para gozo de sus lectores, acaba de publicarse en español un libro (Lo que no quise decir, Salamandra, 159 páginas) que rescata dos capítulos inéditos del tercer tomo de memorias de Márai. Es un añadido enriquecedor a una de sus mejores obras, ¡Tierra, tierra!, evocación, no sin filosofía, de la irrupción del Ejército Rojo en Budapest a fines de la Segunda Guerra Mundial.

En realidad, no se trata de un texto perdido, sino de capítulos censurados por el propio autor. Quiso Márai que mientras la patria estuviese oprimida bajo la bota soviética, los ojos del mundo no se posaran sobre la responsabilidad de los señores magiares en las tragedias del siglo XX. Se trata de una dolorosa confesión. Una imputación entre compatriotas, magníficamente redactada.

El pistoletazo de salida resonó el 12 de marzo de 1938, día del Anschluss, es decir, la incorporación de Austria a la Alemania nazi. A partir de entonces, y en el término de sólo diez años, fue desapareciendo -con el rigor de una progresión geométrica- toda una forma de vida, toda una mentalidad, y toda una cultura, la cultura burguesa de Centroeuropa. Sándor Márai ha querido ser el heraldo de esa catástrofe; intentó rescatar con la mayor fidelidad posible la esencia de lo transcurrido durante esa década funesta.

Era Hungría por entonces una nación rencorosa y con la sensibilidad a flor de piel. El Tratado de Trianón le había amputado de manera injusta dos terceras partes del territorio, justo donde prosperaba la clase social que era depositaria de su cultura (los intelectuales de la Alta Hungría y la Transilvania). Sobre llovido, mojado. Una revolución bolchevique en Budapest (duró cien días), aplastada por las armas, terminó de empujar el péndulo hacia el otro extremo, hacia un ejecutivo semifascista que repartió cascos, uniformes y botas entre la escoria y decidió que la nación entera subiera al carro de los que se perfilaban como vencedores en el Nuevo Orden Europeo en ciernes, antes de que ese carro arrollara a toda Mitteleuropa. Evoca Márai:

"El pueblo alemán se había puesto en movimiento y se había apoderado brutalmente de la pequeña Austria y ya no sería capaz de detenerse a medio camino; había iniciado la marcha hacia el Este, obligado por fuerzas internas a seguir avanzando por la ruta que había emprendido, rumbo a los fértiles trigales de Ucrania, al petróleo de Ploesti y Baku, al canal de Suez, quizá hasta Bagdad, y barrería y derribaría a su paso todo aquello que se interpusiera en el camino, hombres incluidos".

PARANGONES

A la Hungría de entreguerras, contrarrevolucionaria y proalemana, le ocurrió lo mismo que le ha pasado tantas veces a la Argentina, incluso durante este siglo. Se hizo con el poder una casta que no representaba a la nación pero que era lo suficientemente potente para hablar en su nombre y actuar en su lugar. Tocaron las cornetas del fanatismo. "Fue la época de la revancha del hombre común torturado por un complejo de inferioridad", percibieron las finas antenas del artista. Se multiplicaron las oportunidades para el saqueo y el pillaje de un modo que nunca se había visto. Esa casta intelectual, autoritaria, rechazó las leyes morales de la democracia porque le resultaban incómodas, la obligaban a competir y la privaban de la posibilidad de valerse de unos privilegios basados en el linaje político. ¿Suena familiar, verdad?

Deplora el escritor:

"Al igual que más tarde hicieron los bolcheviques, que tacharían de reaccionarios a todos los que no siguieran a rajatabla los ideales marxistas-leninistas, en la Hungría de Trianón los que imaginaban un desarrollo social distinto al que imponían los guardianes políticos y culturales colocados en las oficinas del poder por los terratenientes eran tachados de destructivos".

Resulta muy interesante meditar sobre un fenómeno que también tiene parangones en las Argentina: la construcción de la figura del indeseable por parte de organizaciones paraestatales. Destructivo, reaccionario, subversivo, apátrida, burgués, gorila, en fin son etiquetas que desnudan la decadencia moral en la que incurre una sociedad cuando la lógica política -y las ventajas materiales que se suscitan de ésta- se ubica por encima de la más elemental decencia. Como se ve, la demagogia populista, malintencionada, estrecha de miras -y a menudo contaminada con ideología irredentista- es un fenómeno universal. No obstante, la apuesta estratégica de la Hungría señorial, con su patriotismo intolerante, incompetente y a la larga anacrónico, estaba condenada al fracaso. Y seguramente era inviable cualquier otra opción política, aunque moralmente más justa, distinta a entregarse con cuerpo y alma a la Gran Alemania con la esperanza de que ésta consintiera la subsistencia en Europa de un pequeño pueblo de origen asiático:

"Con el paso del tiempo, todos hemos aprendido -y a un precio tremendo- que la región danubiana tiene un destino común: a la hora de la pleamar del ciclo lunar de la historia, las grandes potencias alemana y eslava atacaron y amenazaron con sumergir bajo la misma marea las costas húngaras y rumanas, igual que sus parientes eslavos orientales hicieron con polacos, búlgaros, checos, eslovacos y yugoslavos que se aferraban con la misma intensidad a su identidad nacional y a su forma de vida más democrática".

PERSONAJES

Es estas apretadas páginas, Márai no sólo denuncia, en general, la "risa deforme del espíritu magiar" durante la década infame. También señala con el dedo a algunas responsables de la desgracia nacional: Pál Teleki, László Bárdossy, István Bethlen, personajes trágicos, hombres de Estado bellamente retratados con la paleta del novelista. El libro ha sido compuesto con discursos contundentes, bien articulados, persuasivos, a los que el narrador aplica un baño de cromo reluciente.

El interesado en la historia europea del siglo XX no debería pasar por alto la adenda que ha rescatado el sello Salamandra. Extraerá el lector republicano, sobre todo el de América del Sur, enseñanzas valiosas. Es que el pensamiento hostil hacia el humanismo burgués -que se cristaliza en precisas libertades cívicas- no ha muerto. Sobrevivió a las caídas del hitlerismo y el Muro de Berlín con una asombrosa vitalidad. El semifascismo ha reencarnado en la piel de dirigentes populistas y socialistas del siglo XXI. El enemigo número uno a los ojos de sus portavoces sigue siendo la mentalidad burguesa, que se atreve a levantar la voz ante nimiedades como la manipulación del Poder Judicial o el desfalco de los dineros públicos. Por fortuna, las urnas están demostrando que el palurdo sublevado no tiene la razón histórica de su lado. En la era de las masas, el burgués no ha dicho la última palabra.
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Muy bueno


domingo, 19 de junio de 2016

Panorama después de la orgía

Hace unos días, la Organización Mundial de la Salud informó sobre el espectacular aumento de la esperanza de vida entre 2000 y 2015. Una persona nacida el año pasado puede vivir, en promedio, hasta los 71,5 años (en la Argentina hasta los 76,3 años). La mejora de la longevidad es la más importante desde la década del sesenta. ¿Qué significa esto? Que el capitalismo está rescatando de la miseria a millones de personas, sobre todo en Extremo Oriente, Africa y el ex mundo comunista. La tendencia es clara, pero pensadores reconocidos como Zygmunt Bauman (Poznan 1925) la ignoran olímpicamente. El quejido interminable del eurocentrismo se expresa en el ensayo más reciente del profesor polaco afincado en Gran Bretaña, célebre por haber acuñado varios títulos efectistas.
 

El sello Paidós acaba de publicar (Estado de crisis, 205 páginas) un diálogo epistolar entre Bauman y el periodista Carlo Bodoni que, sin decir una palabra sobre China, pretende explicar el mundo actual. No encontrará nada nuevo aquella persona ya familiarizada con el concepto baumaniano de la modernidad líquida, una forma de modernidad degradada en la que supuestamente vivimos, caracterizada por la contingencia, la volatilidad, la fluidez, la incertidumbre endémica y el riesgo elevado. Lo solido se ha desvanecido en el aire y todo lo sagrado es motivo de profanación, nos advierten Bauman y Bordoni, que quieren hacer sociología de la crisis, tras "el colapso de la economía del crédito y el fin de la certezas''.

A pesar de la cortedad de miras y de cierta propensión al cliché (sobre todo en el italiano), en el libro se redondean algunos conceptos que esclarecen. A saber:
 

* Crisis de la soberanía territorial: fin del orden westfaliano (por la Paz de Westfalia de 1648). La política (o sea la capacidad para decidir qué cosas deberían hacerse) se ha divorciado del poder (o sea, la capacidad de conseguir que se hagan las cosas). Fuerzas globales que operan en un espacio de flujos (Manuel Castells dixit) han quebrado la unión natural entre Estado y Nación, el principal principio de la convivencia humana sobre la Tierra durante casi cinco siglos. Los jefes ya no sienten ligados a un lugar y tienen la libertad de trasladarse a otro cualquiera.

* Precariado: Estrato social de dimensiones planetarias que se nutre de todos los restos del antiguo proletariado industrial, así como de pedazos cada vez más extensos de la clase media. Este sector ha estado unido hasta ahora por una sensación de existencia vivida entre arenas movedizas o en la falda de un volcán. 


* El espectro de la indignación: Razones para estar indignados y testimoniarlo en las calles sobran en todo el mundo (como la colosal corrupción dentro de los populismos latinoamericanos), pero Bauman señala que el factor com£n es "la humillante premonición de que nos encontramos sumidos en la ignorancia y la impotencia''.


* El ocaso del Estado de bienestar: Las fuerzas económicas favorecen hoy la competencia implacable, el egoísmo, las divisiones sociales con la misma lógica implacable que la situación anterior de dependencia mutua generaba límites a la desigualdad social y fortalecía los compromisos, las alianzas firmes y duraderas y, en definitiva, la solidaridad humana.


* Servidumbre voluntaria: las fuerzas del mercado están mucho más avezadas que las fuerzas políticas en el arte del adoctrinamiento ideológico, reencarnado ahora en la producción de demanda. Vivimos en una sociedad confesional: estamos ansiosos por facilitar, de motu propio y a nuestra propia costa, todos los detalles de las maniobras y los hechos que realizamos y que vamos a realizar. Las redes han sustituido a los ya anticuados conceptos de comunidad o comunión. La era del pensamiento utópico ha llegado a su fin (en la Argentina no se nota).


* Generación Y: primeros seres humanos que no han vivido en un mundo sin internet. Trabajan en casi empleos. Su compromiso laboral es nulo. Tienen la firme convicción de que la vida está en otra parte. Cultivan las relaciones puras (Anthony Giddens, dixit) que están fundadas exclusivamente en la gratificación que proporcionan y cuando esta mengua o desaparece dejan de tener razón de continuar. Hoy lo que de verdad importa es la comodidad.

Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Regular

 

PD: En este blog se han comentado duramte los últimos ocho años ensayos más profundos del profesor Bauman:
1) http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2011/12/danos-colaterales.html
2) http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2010/04/mundo-consumo.html
3) http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2013/04/sobre-la-educacion-en-un-mundo-liquido.html
4) http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2008/01/vidas-de-consumo.html
 

jueves, 2 de junio de 2016

Lucitrón

Diccionario de Asterión XVIII

Lucitrón: Sust. Común: Partícula de sabiduría que aparece en las buenas novelas y ensayos y nos permite entender el mundo que nos rodea, las derivas que nos amenazan, las complejidades del comportamiento humano, y la mecánica de la sociedad. Es como un relámpago que esclarece. Es como una sonda arrojada a los más profundo del abismo del alma. Su masa es despreciable, no obstante su peso es formidable. El lucitrón indica la presencia de perspicacia, discernimiento, clarividencia entre otras virtudes del autor. Es un rasgo de los mejores, por supuesto; pero incluso hay cientos de mediocres que son capaces de elaborar al menos una párrafo con lucidez. Su aparición en el texto, de todos modos, es rara, teniendo en cuenta los millones de libros prescindibles que se editan cada año.

domingo, 29 de mayo de 2016

El dragón de Shanghái


El socialismo con características chinas ha logrado convertir al Imperio Celeste en una superpotencia global y ha arrancado a millones de personas de la miseria (pobreza que el maoísmo había generado o exacerbado). China ha cambiado y no ha cambiado. El milagro económico tiene sus costados siniestros. Por un lado, la modernización se sustenta en un materialismo despiadado que aplasta a las personas menos competitivas y a ricas tradiciones culturales, y que genera gravísimos problemas ambientales y de salud pública. Por el otro, el modelo totalitario se ha preservado intacto. Machacando a los ciudadanos con la necesidad de mantenerse en el poder por miles de años, el Partido Comunista alega que sólo él puede gobernar China y todo lo que haga está justificado (como los populismos latinoamericanos). Sus intereses están por encima de todo lo demás, incluso del sistema legal ordinario (ídem). Ser funcionario significa tener acceso a todas clases de privilegios. El socialismo con características chinas le teme a una sola cosa: al escándalo en Internet. La segunda fuerza más poderosa para desenmascarar a los corruptos son la esposas y las ernai (amantes) despechadas. El sistema de partido único, con sus bizantinas luchas de poder entre facciones, favorece la venalidad y el cortoplacismo. Los funcionarios viven histéricos porque no saben qué les depara el futuro. Así que se valen de sus cargos para robar y malversar cuánto tengan a mano en el menor tiempo posible. Funcionarios desnudos se denominan aquellos gerifaltes que envían a su mujer y a sus hijos al extranjero, en previsión de su propia fuga. Suman cientos.

 Tan preciso mural del Reino del Medio en el siglo XXI no fue compuesto en las páginas de un ensayo político. Es el telón de fondo de una novela policial que aquí venimos a recomendar. Justifica la lectura de El dragón de Shanghai (Tusquets, 335 páginas) y permite -al interesado en el tema- sobrellevar los ripios, como la lentitud de la trama, los diálogos insulsos, el didactismo y el costumbrismo exagerado.

El autor se llama Qui Xiaolong. Nació en Shanghái en 1953, pero reside desde hace casi treinta años en Estados Unidos. Dicta clases en la Universidad de Saint Louis, es traductor y poeta, y ha ganado fama y fortuna con una serie de novelas policiales protagonizadas por el inspector jefe Chen Cao. En su última aventura, Chen se metió, sin saberlo, en un enorme problema con muy ambiciosos dirigentes comunistas.



QUINGGUAN




El inspector Chen, un cuadro del partido con rango de jefe de brigada, es un policía competente y concienzudo, una especie casi en extinción hoy en día. A personas como él, en China se las llama qingguan, es decir, funcionario incorruptible. Como en nuestra Patria, no es un producto del sistema político sino una aberración de éste. Su padre era un erudito confuciano que cayó en desgracia durante la Revolución Cultural por reprobar la quema de libros que había ordenado el emperador Qin Shihuang (¡doscientos años antes de Cristo!). Resulta que Mao admiraba a Qin. Chen es, como su demiurgo, traductor y poeta. Podría decirse que es un intelectual. Como se dijo, se ha metido en dificultades con el régimen. Lo desplazaron del cargo mediante un ardid, el viejo truco del ascenso fraudulento. Alguien muy poderoso le está jugando sucio, le montan una emboscada con prostitutas. Una fiesta de presentación de un libro en el Mundo Celestial -un burdel camuflado de club nocturno- se convierte en una trampa orquestada desde la altas esferas. Lo único que Chen puede hacer es “provocar a la serpiente“. Como si estuviera jugando al go, el inspector y sus amigos hacen jugadas en busca de respuesta.

La atmósfera de paranoia, el suspenso, la trabajosa pesquisa de Chen, el trasfondo político, los hermosos nombres grandilocuentes ("la calle de las Diez Perfecciones", por ejemplo) son lo mejor de una urdimbre que trae una buen surtido de proverbios y algunos pareados clásicos no sin belleza. A la novela, no obstante, se le notan demasiado las costuras (¡un libro con mensaje!, el colmo de horrores, decía Oscar Wilde). Desea Qiu Xiaolong exponer los problemas de una sociedad pervertida por la frenética acumulación de dinero y denunciar la corrupción enraizada en un sistema sin alternancia en el poder. El declive de los teatros de opera de Suzhou también lo angustia. Los malos son aquellos crápulas que los chinos de a pie, antes de escupir en el piso, llaman Bolsillos Llenos, funcionarios, militantes, hombres de negocios, ratas rojas cargadas de dinero gracias a sus lazos con el partido gobernante. Otra inquietante similitud con la Argentina.
Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura de La Prensa.


Calificación: Bueno



PD: Quintin aporta aquí una mirada fresca e inteligente sobre la novela de Qui: https://lalectoraprovisoria.wordpress.com/2016/05/25/diario-intermitente-87/#more-26263