lunes, 19 de noviembre de 2018

El peso de la prueba

El mismo año convulso en que el mariscal Van Paulus se rindió en Stalingrado y los japoneses, por fin, fueron expulsados de Guadalcanal se publicó por primera vez El peso de la prueba (Emecé, 335 páginas, edición 2016). El dato habla muy bien de Inglaterra. Que en plena II Guerra Mundial pueda darse el lujo de disfrutar una novela policial que trata en forma muy oblicua la amenaza nazi es, de alguna manera, la cima de la civilización.
Para los desmemoriados y para los que no leyeron aquí los elogios que se tributaron a otra obra del autor (pinche aquí) Michael Innes es el nom de guerre que eligió el eminente profesor John Innes Mackintosh Stewart (Edimburgo 1906-1994), un clasicista que saltó a la fama por haber escrito unas 50 novelas policiales. Es el creador del detective John Appleby, también con sólida formación universitaria y cultor del método deductivo, como todos los hijos y nietos de Sherlock Holmes.

El señor Innes fue docente en la Universidad de Leeds. Aquella experiencia nutre El peso de la prueba. Scotland Yard envía al detective Appleby a la ficticia Universidad de Nesfield para esclarecer el asesinato de un catedrático bastante destacado. El bioquímico Henry Albert Pluckrose fue aplastado por un aerolito mientras descansaba cómodamente sobre su silla de tijera en el cuadrilátero estudiantil que llaman Patio de la Fuente. Quién puede resistirse a tan adorable argumento. Una piedra del espacio, con su velado simbolismo, como arma mortal. Un crimen violento, ocurrido entre hombres consagrados a la ciencia y a las artes.

Hay que destacar que la obra relumbra, sobre todo, como sátira. Presenciamos “una orgía de esnobismo”. Nos divertimos con las “antipatías del claustro”. Al parecer, quiere decirnos el autor que no existe nada más fatuo que un profesor de una alta casa de estudios de provincias en la Gran Bretaña. Uno podría decirle al señor Innes que sí existe: un intelectual progresista en una resentida Facultad de Humanidades de la Argentina, pero eso es otro tema.

Hay otro agrado en el libro: el tesoro verbal.
En una era de guarangos e ignorantes, obra como un bálsamo una novela policial que rescata viejas formas de cortesía y una sintaxis compleja. Hablar como un duque -literalmente- también es el culmen de la civilización. Por cierto, el duque de Nesfield, rector de la universidad, es un personaje encantador.  

“Torpe devorador de cardos“, le espeta, furioso, un catedrático al vicerrector por su condición de galés. ¡Eso es un insulto, damas y caballeros! El señor Innes advierte en la página 56 que hay un presunto axioma -proveniente del ámbito educativo- de que el vicerrector ipso facto de ningún modo puede ser una buena persona.

La investigación avanza a fuerza de diálogos ambiguos (teatralerías) que desquician las entrevistas que Appleby y el inevitable Watson mantienen con el profesorado y sus satélites. Los elementos son evasivos, parece que todo el mundo tiene algo feo que ocultar. Las murallas del misterio caen en las páginas postreras, como ordena el canon. El desenlace gusta de emular el modelo Agatha Christie. Un amplio auditorio, el detective ofrece un par de hipótesis falsas para castigar a los pedantes y luego se revela quién es el asesino del profesor Pluckrose. Estupendo entretenimiento.
Guillermo Belcore

Calificación: Buena 


sábado, 17 de noviembre de 2018

La muerte del comendador I

Las ideas tienen vida propia. En algún momento se liberan de sus creadores y se lanzan a andar. Influyen sobre los otros seres humanos. Para Haruki Murakami (Kioto, 1949) pueden adoptar cualquier forma, incluso la del personaje de un cuadro, pero algunas personas pueden verlas y conversar con ellas y otras no. Las ideas sólo pueden aparecer dos o tres horas por día. Simplemente, se dedican a recopilar información.

Sobre tan hermosa fantasía se asienta la primera parte de la esperada trilogía del más leído escritor japonés de posguerra, candidato permanente al Premio Nobel de Literatura por muy buenas razones: renovó el realismo mágico que América latina ya había agotado, creó un estilo propio y mundos alternativos con pequeñas diferencias pero donde no se puede aplicar la lógica como la conocemos, ha labrado una vasta producción, algunas de sus novelas o relatos breves se cuentan entre los mejores de nuestro tiempo y su prosa es modelo de fluidez, las palabras fluyen con una naturalidad admirable, como si estuviéramos navegando en un curso de agua sin escollos de ninguna clase y con viento a favor.

Muchas de estas virtudes están presentes en la I Parte (Una idea hecha realidad) de la trilogía La muerte del comendador (Tusquets, 476 páginas), pero la historia no tiene la fuerza y el encanto de las mejores novelas murakamianas. Por momentos, causa decepción la primera producción de largo aliento del vate japonés desde la ambiciosa 1Q84 (pinche aquí y aquí), cuya última entrega data de 2011. No obstante, al final uno se queda con ganas de seguir leyendo: quedan varios secretos sin revelar.

La trama está narrada en forma de remembranza. Un pintor, con cierto renombre (comercial no artístico), evoca los increíbles sucesos que le ocurrieron en un período de nueve meses en los que vivió en estado de confusión.
El hombre de treinta y seis años, lacerado por la muerte de su hermana durante su pubertad, se veía obligado a pintar retratos insulsos de gente adinerada para ganarse la vida. Hasta que un día, su esposa le confiesa que se está acostando con otro hombre y le pide la separación, después de seis años de matrimonio (¿feliz?).

En cierta forma, el libro es una elegía del cambio radical: el artista abandona todo y se va a vivir a una casa enclavada en las montañas boscosas que le presta un amigo, hijo de un prestigioso pintor de la escuela clásica japonesa. Nuestro héroe da clases de dibujo y pintura a niños y ancianos en el pueblo y gana una amante (una mujer casada). Aparece en el desván un extraño cuadro que conecta con la opera Don Giovanni de Mozart y con la irrupción brutal de los nazis en Austria. Aparece el misterioso señor Menshiki, un magnate de impoluto cabello blanco, dispuesto a pagar un dineral por un retrato, pero con segundas intenciones. Aparece también una presencia sobrenatural.

Como casi siempre ocurre en las novelas murakamianas, en las costuras de la realidad se produce un ligero desgarro. Como él mismo explica, los límites entre realidad e irrealidad no paran de moverse, como una frontera que se desplaza según le parece. Hay que andarse con mucho cuidado con ese movimiento. Alicia en el país de las maravillas es el modelo, confiesa en la página trescientos cincuenta y dos.

ORFEBRERIA

Puede decirse que lo mejor del libro es la factura técnica, que roza la perfección pero sin salirse un milímetro de la peculiar elocución que ha convertido a Murakami en un fabricante de best-sellers de calidad. El hombre es un maestro en el arte del símil. Verbigracia: "Me esforzaba por calibrar el extraño tono de sus palabras, como si quisiera adivinar el peso de un huevo en la palma de la mano".

También se ha tomado en serio el papel que la ha señalado la crítica de ser una especie de puente entre Occidente y Oriente. Las menciones del arte clásico, provenientes de las dos orillas del planeta, enriquecen el texto. Las apostillas definen un mapa. Sea el octeto para cuerdas que Mendelssohn compuso a los dieciséis años, interpretado por el conjunto de música de cámara I Musici, como la pintura tradicional japonesa del período Asuka. Culturas hay muchas, civilización una sola, parece decirnos Murakami.

Además de las típicas redundancias (en la repetición hay un ritmo, explica el autor), el volumen contiene reflexiones sobre el arte de pintar y, como es habitual, sobre el arte de vivir: Ten el coraje de no temer cambios profundos en la vida; que la curiosidad (que es más fuerte que los reparos y el sentido común, aunque cobra un precio) sea uno de los motores de tu existencia, se nos sugiere.

El lector también disfrutará de pinceladas de erotismo. Vean la belleza de este párrafo: 

"Bajo los suaves movimientos de sus dedos, mi pene había recuperado la dureza. No tardó en usar sus labios y su lengua, y un profundo silencio cargado de sentido nos envolvió. Los pájaros seguían empeñados en sus quehaceres y nosotros pasamos al segundo acto de los nuestros".

Los personajes enigmáticos prometen más en la segunda y tercera parte. También la idea, como ente autónomo. Hay un enigma casi impenetrable, como una cáscara de nuez imposible de abrir con las manos. Tómese entonces como un comentario provisional el desencanto con la trama. Murakami, uno de los grandes literatos de nuestro tiempo, merece el derecho a la duda. 
Guillermo Belcore

Calificación: regular


domingo, 11 de noviembre de 2018

Tiempos modernos

Es muy probable que Tiempos Modernos (Javier Vergara Editor, edición 1998) sea el mejor libro de Paul Johnson (Manchester, 1928). El más popular de los historiadores de la derecha encierra (y explica) casi setenta años de historia planetaria dentro de un marco conceptual: la mayor parte de las tragedias contemporáneas, a pequeña y gran escala, se han originado por un cambio de mentalidad que decantó en Occidente y contaminó el resto del mundo. Relativismo moral es el nombre del villano de nuestra era. En la Argentina populista, agregamos nosotros, sigue haciendo de las suyas.

El historiador católico considera que el genio científico gravita sobre la humanidad mucho más que los estadistas o los guerreros. Básicamente, somos todos hijos de la Teoría General de la Relatividad. Se ha licuado una certeza decimonónica que operaba como barrera de contención de las conductas: las personas necesitan poseer absolutos morales basados en la fe. Todo es relativo, hasta el tiempo y el espacio. 

Adiós, Isaac Newton y las Sagradas Escrituras. Compiten por nuestras almas Karl Marx (la dinámica fundamental del mundo es el interés económico); Sigmund Freud (el impulso fundamental tiene carácter sexual) y Frederic Nietzsche (todo es voluntad de poder). Por cierto, Johnson sostiene que el siglo XIX (el siglo de Inglaterra) fue el más estable y productivo en la historia de la humanidad. El siglo XX corto (1914-1989) fue una gran calamidad, la era de las masacres. ¿Quién puede desmentirlo?

La encarnación histórica más monstruosa del relativismo moral postula Johnson han sido Hitler, Stalin y Mao Tse-Tung. La “conciencia revolucionaria“, “la moralidad superior del partido” destruyeron la filosofía de la responsabilidad personal, de raigambre judeocristiana, con los resultados a la vista. Categorías enteras de personas fueron exterminadas en nombres de utopías despóticas. Es el resultado directo de haber abandonado el concepto de culpa individual y de la aparición de la ingeniería social, “la creencia de que es posible usar a los seres humanos como si fueran paladas de concreto“.

Johnson tiene talento para el pormenor significativo. El vasto recorrido por el siglo pasado siempre es ameno y la información, caudalosa, aunque el trazo por momentos sea demasiado grueso. El recuento de atrocidades, estremece. Sus héroes son los estadistas de visión y firme personalidad cuyos principios básicos inspiraban confianza como Churchill, Adenauer, De Gaulle, Einsenwoher, Thatcher y Juan Pablo II. Las revoluciones provocan más problemas de los que resuelven, es una de sus máximas favoritas.

En cuanto a la filosofía de la Historia, advierte que no existen los acontecimientos inevitables. El papel esencial lo cumple la voluntad individual. Pone como ejemplo 1941, cuando Hitler y Stalin jugaron al ajedrez con la humanidad. Al fin y al cabo ninguno de estos hombres representó fuerzas tectónicas irresistibles o siquiera poderosas; lo contrario del determinismo histórico es la apoteosis del autócrata individual. No obstante, Johnson cree oportuno aplicar una ley de la economía (“esa ciencia inexacta”) al devenir de todos los asuntos humanos:

“El principio totalista de la corrupción moral desencadena una satánica Ley de Gresham que determina que el mal expulse al bien”

Dicho con una metáfora: abrir siquiera una rendija de la puertas del Infierno es suicida para los pueblos.

Hay que destacar que en las ochocientas seis páginas del ensayo la Argentina no merece más que seis carillas. Recibe una tunda Juan Perón, “seudo intelectual, con el don de la verborrea ideológica, del tipo que iba a ser muy común durante la posguerra”. El Justicialismo como doctrina carece de sustancia, según Johnson. “Perón ofreció una demostración clásica, en nombre del socialismo y del nacionalismo, del modo de destruir una economía”, escribió. Nuestro país -destaca- es ejemplo de una las lecciones más lamentables del siglo XX: apenas se permite la expansión del Estado, es casi imposible reducirlo. Que lo diga Cambiemos, si no.

LA REACCION

Siguiendo la tesis johnsoniana, se podría afirmarse que el relativismo moral sigue campeando a sus anchas, dado que la eliminación de los puntos de anclaje fijo sigue su curso en distintos ordenes de la vida cotidiana, desde la sexualidad (aquí también ha sido dramática la declinación de la responsabilidad personal) como la crítica literaria que ya no quiere regirse por sistemas jerárquicos de evaluación. Licuefacción de la modernidad, lo ha llamado el filósofo Zigmunt Bauman.

El relativismo, asimismo, sigue siendo el fundamento de muchas conductas perversas en el campo de la acción política, un proceso corruptor que naturalmente traba la creación de riqueza. Mas aun, podría decirse que es la sabia nutricia del populismo latinoamericano. “Roba pero hace”, “robaron pero había inclusión social”, “lo único importante es el proyecto” son los argumentos que se esgrimen, por ejemplo, para justificar las trapisondas de un Lula da Silva o una Cristina Kirchner, y sus secuaces. Vale decir, hasta el concepto de decencia es relativo. ¿Es necesario recordar que la corrupción es un lastre para el desarrollo nacional? 

Cuando se eliminan las limitaciones morales de la religión (no robarás), la tradición, la jerarquía y el precedente el resultado suele ser catastrófico, es la enseñanza que un pensador tenazmente conservador en lo político y liberal en lo economía quiso dejarle a los lectores de su espléndida síntesis.

Empero, hay espacio para el optimismo. Uno puede concluir tras la lectura provechosa de Tiempos modernos -uno de esos libros imprescindibles- que la corrección de excesos es inevitable en sociedades sanas que se rigen por el liberalismo político. Trump, Salvini y Bolsonaro son la respuesta actual de los pueblos a ciertas exageraciones del relativismo moral como la destrucción del principio de autoridad en la calle o en la escuela. Ayer, se llamaban Thatcher y Reagan. A la Historia le complacen las simetrías.
Guillermo Belcore

Calificación: Excelente

sábado, 27 de octubre de 2018

Harry Bosch, la serie

Hay dos mastines en permanente disputa en tu interior. Uno es el que te conduce a hacer a lo correcto. Serás aquél a quien alimentes.

 H.B.







Hollywood y los fabricantes de series, acaso los principales hacedores de fantasías del mundo moderno, nos han mal acostumbrado. Cuesta tolerar al héroe sin atributos especiales. Como Harry Bosch, implacable investigador en la comisaría Hollywood de Los Angeles. Pura prepotencia de trabajo, con un toque de intuición, pero nada del otro mundo.

En su afán por competir con Netflix y HBO con buenas artes, Amazon Studios ha llevado a la pantalla chica al protagonista de las novelas de Michell Connelly, para algunos críticos destacados -como Sergio Crivelli, de La Prensa- uno de los mejores escritores de novela negra de la actualidad, a la altura de Ross MacDonald. La serie Bosch fue desarrollada para la televisión por Eric Overmyer, factotum de The Wire.

Hieronymus Harry Bosch (bautizado así por el pintor Hieronymus Bosch) es un veterano de guerra (de la primera del Golfo y de Afganistán en la serie), aficionado al jazz y adicto al trabajo policial pero propenso a romper los reglamentos para castigar a los malvados. Primero dispara y después pregunta. Es un detective de 47 años sufrido y taciturno -como obliga el canon- que vive en una casa con vistas espectaculares (la compró por sus tareas como consultor con los derechos de El eco negro, la mejor novela de Connelly, dicen) que tiene, además del orgullo de los firmes de espíritu, una debilidad: su hija Maddie, fruto de un matrimonio trunco con una especialista en comportamiento criminal del FBI que ahora se dedica a ganar fortunas con el póker.

Encarna a Bosch (pronúnciese vaash) Titus Welliver (New Haven, 1961), un competente actor secundario que al fin ha encontrado un papel protagónico que le viene como anillo al dedo. Tiene la mirada de acero justa. La prensa ha destacado la actuación de dos secundarios que brillaron en la mítica The Wire: Lance Reddick (aquí el subjefe Irvin Irving) y Jamie Héctor, compañero de Bosch. Hay que destacar que el propio Connelly oficia como productor ejecutivo de la serie y, según ha declarado, está satisfecho por la creatura televisiva.

LA PRIMERA

Ofrece Amazon en su servicio de streaming las cuatro temporadas. Describiremos la primera, que amalgama tres libros de Connelly: City of Bones, Echo Park y The Concrete Blonde. Fue estrenada en 2015 y recibió muy buenas críticas.

La trama une dos casos espeluznantes que terminan convergiendo por razones fraudulentas:

a) Un doctor retirado encuentra entre la maleza de Laurel Canyon el esqueleto de un niño asesinado veinte años atrás. Los forenses descubren que antes del homicidio la criatura sufrió maltrato físico sistemático.
b) David, un asesino en serie, se ensaña con prostitutos.

Investiga, como dijimos, el as del Departamento de Homicidios de Hollywood, el duro Harry Bosch. La tarea no es fácil, el sabueso está jaqueado por una serie de conflictos hábilmente superpuestos por los guionistas. Tensión con un periodista. Tensión con la justicia por un supuesto caso de gatillo fácil. Tensión con su ex mujer, y con su hija. Tensión con una amante, una policía novata. Tensión con poderosos (se ha situado, sin quererlo, en el centro de una lucha de poder entre el fiscal del distrito, aspirante a ganar la alcaldía, y el vicejefe de policía). Tensión con sus superiores (como dijimos, es un francotirador que no respeta los usos y costumbres) y con compañeros, que lo envidian. Para peor, el asesino en serie conoció al detective en el horrible reformatorio, donde Bosch había recalado después de que asesinaran a su madre prostituta.

El cóctel, pues, es muy interesante, pero sin estridencias ni ambiciones desaforadas. Simplemente, se trata de una serie sólida de crímenes, con impecable factura técnica, historia y subhistorias estupendas, policías de entrecasa (las bromas de oficina son muy divertidas) y villanos convincentes. Y como si eso fuera poco, el insuperable telón de fondo para la novela policial: Los Angeles, la única, el territorio mítico de Chandler, Ellroy y Connelly.
Guillermo Belcore


Calificación: Buena


viernes, 26 de octubre de 2018

Infiltrada

"No te conoces a ti mismo hasta que sufres hambre." D.B. John

D.B. John, abogado galés que dejó su profesión para dedicarse a la literatura, compara a Corea del Norte con una mansión embrujada: en cada cuarto hay una entidad demoníaca.

En la planta baja, están los gulags donde los desdichados deben cazar ratas, serpientes o gusanos para sobrevivir un día más. También, las hambrunas que diezman al pueblo llano provocadas por una demencial carrera armamentista. Y el Bowibu, la temida policía secreta que controla cada centímetro de una mansión de pesadilla que se rige por el sistema de castas más estricto del planeta: sus habitantes han sido clasificados entre leales, dudosos y hostiles. ¡Pobre de aquel que no pertenece a la primera categoría!

En el primer piso, encontramos a las mafias de todo el mundo que medran con la angustiosa necesidad de divisas de un régimen que no le hace asco a traficar con cristales de metanfetamina, medicamentos falsos, dólares fraudulentos, armas y quién sabe con cuantas porquerías más. También están los miembros de la elite soldadesca, aparatichiks con privilegios inconcebibles para las masas, pero en estado de perpetua agitación pues de un día para el otro puede cambiar su suerte. Y terminan con sus huesos en un campo de concentración.

Finalmente, en la lujosa habitación del último piso reside el peor de los demonios. El gordito Kim Jong-Un, el último de una estirpe de malditos que convirtió a la mitad de una nación milenaria en un reino de esclavos, en perpetua guerrilla contra el mundo libre. La justificación ideológica de la peor tiranía de Oriente es el llamado socialismo juche, con descarados ribetes religiosos. La tiranía es hereditaria y exige un culto al monarca sin precedentes.

Impresionado por su vista a Norcorea en 2012, éste es el escenario que eligió D.B. John para ambientar su obra más reciente. La apuesta le salió muy bien. Infiltrada (Salamadra, 460 páginas, edición 2018) es una atrapante novela de espionaje, muy bien documentada, con un ritmo parejo y una trama impecable. De la prosa, empero, lo mejor que puede decirse es que resulta funcional a la historia. El señor John no tiene, definitivamente, talento para la metáfora. Comparar la luna con un sedoso y lejano huevo de araña es demasiado.

La heroína se llama Jeena Williams. Madre coreana, padre soldado afroamericano que sirvió en la península. Catedrática en Georgetown, la joven es reclutada por la CIA para lidiar con el reto misilístico de la República Popular Democrática de Corea. Estamos en 2010 y gobierna Barack Obama. Jeena tiene un herida en el alma: su alma gemela Soo-min desapareció en la isla de Baengyeong, la versión oficial es que se ahogó en el mar, pero ella sospecha que fue secuestrada por el régimen norcoreano, como hizo con cientos de japoneses para otro delirante programa de espionaje.

Seguiremos a Jeena a la mesa de negociaciones de Naciones Unidas, a una visita de cortesía a Pyongyang que termina para el diablo y a una arriesgadísima misión de infiltración en los confines de Norcorea. La chica no sólo es una eminencia en todo lo que atañe al país de su madre sino que también es un as del taekwondo, lo que viene de perlas para las escenas de acción de la novela.
En forma simultánea a las peripecias de la doctora Williams, el autor retrata otra heroína: la señora Moon de la provincia de Ryanggang, para ilustrarnos sobre los detalles infernales de la vida cotidiana en la periferia de Corea del Norte. La economía de mercado es una de las condiciones de la libertad, es la sabia conclusión que pueden extraerse del calvario de la anciana.

Otro personaje principal es el coronel Cho, un feligrés sincero del socialismo juché, que, en un pestañeo, pasa de héroe revolucionario a caído en desgracia por el contenido de sus genes. Fiel al ideario leninista, el régimen norcoreano cree en las culpas colectivas: si tu abuelo fue un capitalista reaccionario o un colaborador del invasor japonés, inexorablemente tú también lo serás. 

Aunque sin la profundidad filosófica y política de Arthur Koestler, hay algo de El cero y el infinito en los tremendos capítulos en que el Estado tortura al coronel Cho por una inverosímil conjura. Todos los estalinismos se parecen. Pero no sólo en la paranoia política, por cierto. También en la feroz persecución a los cristianos. Te fusilan en Corea del Norte por tener una Biblia en casa. 

CAMINOS CRUZADOS


Naturalmente, los caminos de Jeena, la señora Moon y el pobre Cho terminarán cruzándose. Es una de las gracias del libro. Otro procedimiento bien logrado es incluir personajes reales, como Hillary Clinton. Aparece en la página 403 como personaje secundario (o como villano estelar) Kim Jong-il, Estrella Guía del Siglo XXI, Sol Brillante de la Idea Juche, Amigo de los Niños, Líder de Todos los Pueblos Socialistas.

Infiltrada, pues, no se trata de Alta Literatura pero es un entretenimiento estupendo. Nunca aburre. Hay que destacar que D. B. John ha hecho un concienzudo trabajo de investigación, que nos deja cavilando.

Corea del Norte conforma una evidencia terrible de lo que la maldad del ser humano puede hacer, por su lado; y de lo que implica llevar hasta las últimas consecuencias el leninismo marxista como sistema político, por el otro. Liberar a los millones de esclavos norcoreanos debería ser una prioridad para la humanidad civilizada. A esta altura, el imperialismo de la universalidad ética (el concepto es de Fernando Savater) debería primar sobre el anacrónico principio de soberanía nacional. Ningún Estado de la Tierra puede atormentar así a sus ciudadanos.
Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

lunes, 15 de octubre de 2018

El robo

Hay una estirpe dorada de escritores que nos obligan a agotar su obra. Saúl Bellow (1915-2005) es uno de ellos. Conjuga como pocos la elegancia en la dicción con la sabiduría de sus reflexiones. Y como ha establecido el Viejo Testamento, “la sabiduría es el resplandor sin ocaso… todo el oro comparado con ella es un poco de arena”.

La mirada bellowiana es la de un conservador lúcido que, si bien advierte sobre la decadencia de la cultura contemporánea y refunfuña por “el honorable mérito de correr riesgos” de los jóvenes, al mismo tiempo reivindica al erotismo (incluso promiscuo), en su verdadera doble dimensión: es tanto una pasión carnal como espiritual. El conservadurismo suave e inteligente del Premio Nobel de Literatura 1976 es un bálsamo en esta era de intensos idiotas.

En 1989, Bellow entregó a la imprenta El robo (Emecé, 154 páginas, edición 1990), un relato alargado o una pequeña novela. Una gema, para más señas, que encontré a un preció insignificante (50 pesos, un dólar y monedas, al cambio actual) en una excelente librería de viejo de la calle Cabildo. 

Se narra un fragmento en la existencia de Clara Velde, directora de la revista Vogue y zarina de la moda en Nueva York, quien, a pesar de toda su sofisticación, hay momentos en la que aflora su origen campesino: proviene de la rústica Indiana, cuyo estilo de vida está tan fuera de época como el Antiguo Egipto. Todo en Clara es conspicuo. Joyce Carol Oates ha notado que con esta nouvelle, Bellow ingresaba en una nueva etapa de su prolífica narrativa: “un venturoso internarse en las vidas interiores y exteriores de la robusta mujer estadounidense”.

Nuestra neurótica heroína está prendida de Ithiel Regler, un genuino hombre del poder aunque independiente, consejero de jefes de Estado y del Pentágono en materia de seguridad nacional. De jóvenes mantuvieron un apasionado romance que terminó con un intento de suicidio de ella. Hoy son íntimos amigos. Clara hilvanó cuatro maridos decorativos para intentar superarlo; el actual, un bueno para nada. No pudo sanar. La fuerza irresistible del amor es uno de los tópicos de la obra: “Contra él, ninguna puerta puede cerrarse”. 

En los buenos tiempos, Teddy le regaló un anillo perfecto de esmeraldas. La empresaria editorial la conserva como un preciado tesoro, un fetiche, el centro mismo de su existencia. La joya desaparece, vuelve aparecer y luego es robada, al parecer por el horrible novio haitiano de la canguro austríaca de las tres hijas de Clara. Este es el núcleo incandescente del libro.

Diálogos que relumbran, una indagación sensata de la complejidad de los sentimientos y de la burguesía neoyorquina, personajes seductores, referencias eruditas sobre el arte clásico, una historia atrayente, comentarios ingeniosos en casi todas las páginas… en fin, el texto se disfruta de principio a fin. Consigan esta nouvelle y sentirán el deseo irrefrenable de seguir leyendo a Bellow.
Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno




miércoles, 10 de octubre de 2018

Sopor

En el año 2000, el periodista David Brooks publicó en Estados Unidos un libro esclarecedor: BoBos en el paraíso. Ni hippies ni yuppies: un retrato de la nueva clase triunfadora (Grijalbo, 287 páginas, edición en español 2001). Básicamente, se trata de una minuciosa descripción de la llamada clase culta, la más influyente hoy en Occidente pero no tanto como para impedir el advenimiento de un Donald Trump o un Matteo Salvini. 

Los BoBos nacen de la unión de dos conceptos que, a priori, parecían irreconciliables: bourgeois y bohemians. Es decir, burgueses y bohemios. Son los fariseos contemporáneos. Gente adinerada que detesta ser tratada como materialista, intoxicados con corrección política, pero tan elitistas como la aristocracia tradicional. Están en el timón de la sociedad de la información, escriben la agenda progresista. En la Argentina, extrañamente, muchos adoran una variante corrompida e inepta del populismo, conocida como kirchnerismo.

El mismo retrato que Brooks compuso en su ensayo aparece, embellecido, en una novela que Chris Kraus, destacada cineasta y escritora estadounidense, entregó a la imprenta en 2005 y que, por fortuna, el sello Eterna Cadencia acaba de traer a la Argentina. Detrás de una conmovedora historia de amor frustrado se dispone un ajuste de cuentas tan elegante como feroz contra una de los más perniciosas castas de los BoBos: los intelectuales, a quienes se tacha de sanguijuelas y parásitos.

La vida verdadera está en otro lado, es una de las hipótesis de Kraus. En la maternidad, por ejemplo. Es la emoción la que da relieve a nuestros días. "Lo que realmente cuentan son los pequeños momentos de la vida doméstica que se combinan para desatar emociones profundas", concluye la artista. Curioso, nuestras madres pensaban lo mismo.

QUE PAREJA 


Tiene la novela sólo dos personajes bien delineados. Jerome Shafir y Silvie Green -"cosmopolitas sin raíces", "adultos intelectuales"- protagonizan un matrimonio que se cae a pedazos. La suya es lo que el pastor Bernardo Stamateas llamaría "una relación tóxica". El vínculo más fuerte es una perrita vieja y medio ciega que rescataron de la muerte.

El es sobreviviente del Holocausto (una familia francesa lo escondió de los nazis), profesor en la Universidad de Columbia, amigo de famosos ("proxeneta errante de la teoría francesa"), agent provocateur, amargado, tacaño y resentido. Ella, antigua chica punk que bailaba en topless y cineasta de bazofia experimental que nadie quiere ver, "ha perdido su capacidad de creer en los días perfectos".

Sylvie "sabe que hay algo profundamente equivocado en la forma en que está viviendo con Jerome", sin embargo no puede dejarlo. El la fuerza a abortar tres veces (acaso, las escenas más tristes del libro). Para escapar de su estado de creciente infelicidad deciden viajar a Rumania con el propósito de comprar un niño. "Adoptar una criatura como una aventura intelectual, como una fantasía metafórica". Los BoBos son capaces de esto.

El título de la novela alude al sopor que suele provocar el amor disfuncional, las relaciones que se estiran más allá de lo razonable. Aquí es la consecuencia del deseo de una pobre mujer que, como millones de sus semejantes, busca llenar un vacío. Mientras tanto, su pareja -bastante mayor- "acaricia sus fantasías sobre Auschwitz como Humbert Humbert acariciaba el cuerpo preadolescente de Lolita" y cultiva, con sus amigotes intelectuales, una forma de esnobismo: analizar distintas categorías de fama. ¿Quién está de moda?, es el juego favorito de la clase culta.

TRILOGIA


La novela es el último tomo de una trilogía, pero no hace falta leer los dos libros anteriores para disfrutar la trama. Kraus escribe muy bien, con algunas peculiaridades agradables como el uso delicado del futuro histórico. La urdimbre -como si de gemas se tratase- engarza doctas especulaciones filosóficas, lingüísticas, históricas y semiológicas. También plantea preguntas relevantes: ¿Cómo escribir sobre el Holocausto? ¿Puede el sufrimiento de años simplemente ser reemplazado por la felicidad de una relación? ¿Tiene algún sentido acumular dinero, posesiones o respeto? ¿Los países desgraciados eligen su destino? 

A la señora Kraus le gusta explicarse. Dice que su novela quiere emular una extraña forma literaria nacida al comienzo de la edad media: la parataxis. Entonces, por medio de flashbacks, caminos laterales y retrasando los resultados de los eventos (la adopción del huérfano rumano, el divorcio entre Jerome y Sylvie) se fractura la historia familiar dándole perspectivas múltiples y contradictorias. La carpintería es exitosa.

Otro procedimiento feliz es añadir algunos cameos de personajes de la vida real, como Félix Guattari. En el loft del pensador francés la pareja disfuncional presencia por televisión, con otros intelectuales esnobs, el asesinato de los Ceausescu ("una pijamada ideológica"). Aparece allí un argentino, traductor al español de Guattari, que escribe en un suplemento del diario La Prensa.

Sopor nos retrotrae a 1991. Viajamos al norte del estado de Nueva York, Berlín, Praga y la infernal Rumania poscomunista. "Ceausescu se parece a un Stalin en un viaje de metanfetamina", descerraja Kraus. Las descripciones tienen el sabor de lo vivido, hay un abundante material autobiográfico (¿habrá bailado Kraus desnuda en bares y se habrá prostituido como Silvie?). En el epílogo, algo presuntuoso, un tal McKenzie Wark destaca la fuerza del punto de vista de la antiheroica Chris-Sylvie: se observa y se siente el mundo desde la perspectiva de "la chica menos que ideal, la que nadie mira demasiado y mucho menos escucha".

Algo hay que decir de la traducción de la escritora Cecilia Pavón. Ha logrado transmitir intacta la erótica de la obra (tanto en la filosofía como en la poética) lo que nunca es poco, pero descuidó detalles. Por tres veces confunde Armada (navy) con Ejército (army). Página 43: "la armada yugoslava acababa de atacar Bosnia" (basta mirar un mapa para entender que es imposible). En la página 216, leemos: "A pesar de la deuda de tres trillones de dólares que Rumania tiene con el Banco Mundial"... Un trillón en castellano contiene dieciocho ceros. No son los únicos casos. Llámenme antigualla, pero para este blog los libros deben ser perfectos
Guillermo Belcore

Calificación: Bueno


lunes, 24 de septiembre de 2018

Rubem Fonseca. Cuentos Completos I

"Me gustaría poder decir que la literatura es inútil, pero no lo es en un mundo en el que pululan cada vez más los técnicos."
 Rubem Fonseca

POR GUILLERMO BELCORE

El encanto de la totalidad, de lo acabado, del círculo. Hoy en día, uno de los productos más sustanciosos de la industria editorial es el volumen que reúne todos los cuentos de un artista trascendente. Alfaguara recopiló a Onetti, Nabokov, Fogwill y Faulkner. Sudamericana a Borges, Zeta a Asimov y Edhasa a Thomas Mann. Ahora Tusquets nos acerca el maravilloso universo breve de Rubem Fonseca (Juiz de Forá, 1925), una de las glorias del Brasil contemporáneo.

Se revisará aquí al primer tomo (Cuentos Completos I, 577 páginas, edición 2018). Incluye cinco libros: Los prisioneros (1963), El collar del perro (1965), Lucía McCartney (1967), Feliz Año Nuevo (1975, prohibido por la dictadura militar) y El cobrador (1979). En total, atesora 62 relatos y dos poemas de un escritor esencial y con registro amplio que publicó por primera vez a los treinta y ocho años de edad y fue reconocido por la academia después de la edad de jubilarse. Qué maravilla.

Primera conclusión: Fonseca ha corrido los cien metros llanos con tanto brío y eficacia como la maratón. La tesis de este artículo es que debe honrarse al artista mineiro -pero carioca por adopción- como uno de los grandes cuentistas latinoamericanos. Su prosa tiene el sabor de lo vivido. Antes de dedicarse de lleno a la literatura, se graduó en abogacía, ejerció como penalista, se dedicó a la enseñanza en la Fundación Getúlio Vargas, ingresó a la Policía (llegó a comisario y fue jefe de Relaciones Públicas) y estudió administración de empresas y comunicación en Nueva York y Boston. Tiene aquello que le falta a los cachorros de Puan y a los plumíferos de tres al cuarto que vomitan los talleres literarios: calle. Tiene Fonseca, también, un fino oído para el habla popular, sin concesiones a lo pintoresco.

Sin dudas, Fonseca encarna a Brasil, ese coloso de cultura tropical que intriga, atrae-repele y enamora-asusta a los argentinos. En la temática, surge imperiosa la brasilidad; dos de cada tres cuentos rondan el erotismo, esa pasión fulminante, que si ha nacido carnal de tan intensa termina convirtiéndose en una llama espiritual que calcina todo a su paso. Hombres maduros obsesionados con prostitutas (y viceversa) son moneda corriente en el volumen. La pasión rompe en pedazos la diferencia de edad y de clases, lo que cual no siempre es bueno, pues el hombre suele actuar como depredador. No obstante, en El grande y el pequeño, Zé el Mayor, alma simple enamorada, se rebela contra su familia de inmigrantes portugueses (como la de Fonseca) para escaparse con su mulata. 

ECONOMIA VERBAL


Si prescindimos de ciertas bellezas formales, como un par de soliloquios (el de un pederasta y el de un luchador del vale todo), la incorporación de cuadros sinópticos, epístolas o estructuras teatrales, la prosa de Fonseca opera siempre por economía verbal, accesible incluso para o mais babaca dos leitores. Es todo lo contrario de Guimaraes Rosa, (Zeus en el Olimpo de la novelística latinoamericana). Es Graciliano Ramos, más bien. Ese estilo desnudo y objetivo también remite a Hemingway. Debe destacarse, que el literato se ganó la vida, además, como guionista (y crítico) cinematográfico, de ahí -se ha dicho- su propensión a ahorrar palabras, de ceñirse al diálogo y a la acción. Verbigracia: El encuentro y el enfrentamiento, urdido sólo con las conversaciones entre un par de pueriles garotas de programa y sus clientes burgueses y cultos durante un apurado round sexual en un bulín. O El cuarto sello (fragmento), recorte de una sociedad futurista y distópica, en la que una guerrilla tremendamente eficaz mantiene en jaque a las brutales autoridades. "Todo lo que sé lo he aprendido en los libros", dice un Exterminador.

Por otra parte, Zé Rubem es un maestro del realismo sucio. No ahorra miserias tercermundistas. Yo escribo sobre las personas apiñadas en las ciudades, se explica en la página cuatrocientos cincuenta y ocho. Te diviertes en una fiesta con familia y amigos y de pronto irrumpen en la casa acomodada una pandilla de marginales rencorosos y brutales, sedientos de dinero, comida y sexo. Feliz Año Nuevo es otro cuento impresionante, memorable. Cómo Día de los enamorados, peripecias de redactores (machos) empeñados en hacer un periodicucho para mujeres clase C. O el perturbador Pierrot de la caverna, confesión de un literato cínico (en un solo párrafo que se extiende por trece páginas) que cometió la infamia de haber dejado embarazada a su vecina de doce años.

Tercera deducción: el cuento alargado y con vetas policiales (el género que lo ha hecho famoso) es el mejor producto fonsequeano. En El collar del perro aparece el comisario Vilela (¿alter ego del autor?) tratando de leer poesía y mantener la integridad en un ambiente podrido. "Con más de trescientos mil personas de las favelas sueltas en los montes no podemos jugar a la policía inglesa", le advierten sus subordinados. También le avisan: "El día en que los maleantes no le teman a la policía todo estará perdido". Ese día, al parecer, ya ha llegado al Cono Sur.

En El caso F.A debuta Paulo Mendes alias Mandrake, abogado criminalista jugando al detective privado. Este personaje -promiscuo, inescrupuloso y violento- protagoniza la novela más aplaudida de Fonseca (A grande arte, 1983). Son treinta páginas que se devoran con fruición. En realidad, el lector no deja de interesarse nunca en las aventuras sórdidas que narra Fonseca, afortunadamente suavizadas aquí y allá con pinceladas de humor negro como en El enemigo que narra la decepcionante búsqueda de un afiebrado de sus amigos del colegio. El narrador comprende, por las malas, que la juventud es una ilusión. Comicidad, enriquecida con una sutil hondura psicológica y social, es otra seña de identidad del cuentista brasileño.

Tampoco se le da mal la parodia. En El cobrador compone con trazos caricaturescos a un asesino en serie por resentimiento, esa pulsión que explica tantas conductas humanas, pero por alguna razón -Nietzsche dixit- nunca ha sido convenientemente estudiada. Fonseca se ríe de la pintura moderna en Naturaleza podrida, mientras que en ***Asterisco se mofa del teatro experimental: imagina a un inquieto director que pone en escena la guía telefónica. 

ELOGIOS DE PYNCHON


Es justo decir que la dosis de crítica social que incluye el realismo sórdido fonsequeano es siempre la apropiada. Si los ricos de Fitzgerald son imperturbables, desinteresados, corteses y distantes, los que aparecen en estos cuentos (al fin y al cabo provienen de una sociedad de castas) son egoístas, acaparadores y codiciosos. Bien ahí. Otro procedimiento refinado es la aparición de los mismos personajes en más de un libro (el fisiculturista, Mandrake, el escritor amoral), lo que nos permite seguir el hilo vital de estos pilantras como si de una novela se tratase, otra lindeza que trae la recopilación de cuentos.

Un par de curiosidades: el pudoroso Fonseca odia firmar libros y se ha resistido -a lo Aira- a concertar entrevistas con la prensa de su país. Con buen criterio, considera que "se debe leer prescindiendo totalmente del escritor". No obstante, en Intestino grueso nos ofrece una suerte de manifiesto literario, cuya piedra basal es el repudio a la censura (era otra época). 

Un dato no menor: Thomas Pynchon, acaso el mejor escritor vivo, adora a Don Rubem. Esto escribió el ermitaño estadounidense: 

"Lo mejor de la obra de Fonseca es no saber adónde nos va a llevar. Siempre que comienzo un libro suyo es como si sonara el teléfono a medianoche: "Hola, soy yo. No vas a creer lo que está sucediendo". Su escritura hace milagros, es misteriosa. Cada libro suyo es un viaje que vale la pena: es un viaje de algún modo necesario."

Calificación: Excelente

lunes, 10 de septiembre de 2018

La Biblia de las Tinieblas

Por Ian RankinRBA. 452 páginas, Edición 2018.


Nada se parece menos a la Argentina hoy que la civilizada Escocia. Al norte del río Tweed, los homicidios con armas de fuego son rarísimos y la merma en el número de los delitos obliga a recortar el presupuesto policial. Para obtener información sobre un hampón de poca monta, los investigadores se ven forzados a pedir ayuda a los periodistas. A esta altura, los agentes carecen de informantes y tienen estrictamente prohibido tomarse libertades con un sospechoso. La gente, mientras tanto, se ocupa de sus asuntos, sin el menor interés por el prójimo.

No obstante, ese clima hostil para la novela policial, el señor Ian Rankin (Cardenden 1960) se las arregla para seguir componiendo historias atractivas. Sin ser nada del otro mundo, la saga del inspector John Rebus es un espléndido pasatiempo para todo aquel que adore la novela negra.

Escrita en 2013, La Biblia de las Tinieblas despliega dos líneas narrativas: un supuesto accidente carretero deriva en la muerte del ministro de Justicia de Escocia. Y por otro lado, una ambiciosa fiscal de la Corona desentierra un caso de hace treinta años atrás que involucra a una cofradía policial, tipos duros con dos dedos de frente que manipulaban pruebas y sacaban confesiones a palos. En los ochenta, Rebus era el novato de la pandilla de Los Santos de la Biblia de las Tinieblas.

La novela se va tornando interesante porque plantea un agudo dilema moral, que en la Argentina ni siquiera existiría al nivel de hipótesis. ¿Denunciarías a un querido colega, a un compañero de mil combates, si se pasase de la raya? En el núcleo de la disyuntiva se encuentra la eterna pregunta de la humanidad: ¿El fin justifica los medios?

Escocia es o era calvinista. John Rebus obra como el agente moral individualista. Solitario, poco confiable para sus compañeros y jefes (aunque deben rendirse ante la evidencia de que es el mejor, un policía de fuste de esos que en teoría ya no existen), mantiene el ahora sargento detective su propia escala de valores. Va a su aire, como dicen en España.

El telón de fondo de los casos policiales es la campaña electoral por el referendo independentista de 2014. Lamentablemente, ese telón no está bien pintado. Se nos dice que la situación política se ha crispado como nunca en Escocia, mas la información brilla por su ausencia. Como reflejo de su tiempo y herramienta de crítica social, la novela decepciona. Pasa en puntas de pie por el contexto.

Sin densidades temáticas ni estilísticas (ni siquiera encontramos réplicas filosas en los diálogos o esas metáforas tan típicas del género policial), el señor Rankin limita su oferta literaria a historias peladas y un suspenso bien construido. Esta vez, alcanza.
Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

PD: En este blog se ha comentado otra novela de Rankin: https://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2018/02/perros-salvajes_23.html

lunes, 20 de agosto de 2018

Un andar solitario entre la gente

Que Borges no admiraba a la literatura española que siguió a Cervantes y a Quevedo (salvo unas poquitas excepciones) es un dato ampliamente conocido. El realismo chato y la verborrea le disgustaban especialmente. Esa mirada con escasa imaginación y el exceso de palabras siguen, al parecer, vigentes en las letras de la Madre Patria. Rebajan, por caso, Un andar solitario entre la gente (491 páginas, Seix Barral) novela documental de Antonio Muñoz Molina (Ubeda, 1956) que acaba de llegar a la Argentina.

Muñoz Molina, periodista y escritor muy reconocido en España, ha concebido una creatura ambiciosa. Rompió el cepo y las obligaciones del argumento para hacer “arqueología impaciente de lo que está sucediendo…”  Dicho de otro modo por él mismo: “…archivar algo de la gran catarata permanente de lo que, todavía recién hecho, se despeña hacia la basura..” (Como Aira, M.M. se siente obligado a explicarnos su procedimiento). La prosa se convierte así en cámara de video y va acumulando -en formato pastiche- imágenes, hilachas de conversaciones, anuncios comerciales, títulos y artículos periodísticos, mensajes vecinales, todo… Una eslogan publicitario encabeza cada página. “No quiero enterarme de nada que no sea lo que llega a mis oídos y lo que ven ahora mismo mis ojos”, establece el narrador al principio. 

Pero el juego de la observación incesante se agota pronto. M.M. debe incorporar a otros flâneurs famosos de las calles y del pensamiento como De Quincey, Poe o Benjamin para sostener el texto. Embute, además, afectos y asuntos familiares. El problema con el libro es que de ninguna manera puede afirmarse que se trata de un agudo examen de la urbe o la conciencia del siglo XXI. Tampoco encontramos una poética o una filosofía destacada. El tedio, por ende, es la consecuencia inevitable.

En tren de seguir emulando a Sebald que está de moda, o acaso sea otro cachivache posmoderno, el volumen añade imágenes que no aportan absolutamente nada. Más aún, provocan desazón por lo mal impresas, quemadas incluso. En pleno siglo XXI.
Guillermo Belcore

Calificación: Regular

PD: El País de Madrid, obviamente, cubrió de elogios esta novela: https://elpais.com/cultura/2018/01/24/babelia/1516789884_740987.html

¿Saben que Muñoz Molina escribe en El País, no?

viernes, 17 de agosto de 2018

Palacio del olvido

"La lectura sigue siendo un alimento indispensable"
 Alberto Tabbia

Todo lector de fuste ha sentido la punzada alguna vez. La frecuentación de buenos autores suscita, como un afán de emulación, ambiciones literarias. No obstante, para pasar del deseo al acto -¡ay!- se necesitan dos cualidades, una excluyente (la segunda): talento y una mezcla de audacia y tenacidad.

Por el desperdicio de no dejar obra, cosido a su ánimo llevaba luto Alberto Tabbia (1929-1997), un intelectual argentino sin demasiados precursores ni modelos, establece Luis Chitarroni en el prólogo de un librito que aquí venimos a recomendar a viva voz.

Tabbia pertenecía a la cofradía de Silvina Ocampo, José Bianco y Juan Wilcock, diminuta secta que abominaba de la mala escritura. Produjo artículos periodísticos (ocasionales) y papeles inéditos que, gracias a su heredero Edgardo Cozarinsky y al sello La Bestia Equilatera, salieron ahora a la luz atesorados en un tomo titulado Palacio del olvido (173 páginas). Una magnífica sorpresa, hasta aquí la mejor del año.

DE TODO UN POCO

El contenido, que no carece de ímpetu poético, puede definirse con una palabra que lo dice todo y no dice nada: misceláneas. Encontrará el lector:

a) Recuerdos de una infancia suburbana (en San Andrés, partido de San Martín). La prosa de Tabbia, por cierto, exhibe una lindeza borgeana, esa potencia semántica que deviene de una adjetivación tan insólita como deslumbrante. Verbigracia: "Chevrolet carraspeante", "yuyal de las delicias". Vale aclarar, que don Alberto no era un ñoño para las pinceladas eróticas.

b) Postales de viajes por Europa. Entre varias páginas notables, podría afirmarse que no hace falta visitar el Principado de Monaco para conocer sus dos o tres maravillas, basta con leer las siete carillas que se le dedican aquí. Por lo demás, la amorosa francofilia de Tabbia es otro ingrediente sabroso. 

c) Comentarios literarios y aproximaciones personalísimas a escritores de la talla de Cocteau. Que los procedimientos indirectos son siempre los más eficaces es algo que Borges no se cansaba de repetir y que Tabbia deja establecido en la página cincuenta y dos con una cita sublime de Lessing (Laocoonte 1766): "..cuanto más imaginemos, más deberemos pensar qué estamos viendo. Mostrar una totalidad es atar las alas de la imaginación e impedirle elevarse sobre la impresión recibida por los sentidos..." 

d) Deliciosas anécdotas con Pepe Bianco. La causa de la erudición volteriana del autor de Las ratas -vinculada al afán que desvela a todo argentino al que le sobre unos pesitos- es una de las cimas del texto.

e) Personajes sin autor, una extraordinaria imitación de Historia universal de la infamia, que como todo el mundo sabe remeda a Vidas imaginarias de Marcel Schwob. Hay aquí páginas perfectas. Y nueve retratos cautivantes, caso los de Andy Warhol, Elvis Presley y de un dictador contemporáneo de Turkmenistán, más algunas damas de rompe y raja como Mary Meerson, Galina Brezhneva o la princesa Caraboo. 

f) Algunas librerías.

g) Tablados porteños

h) Trivia porteña. ¿Alguien se acuerda de...?

Volvamos al principio. Puede que don Alberto Tabbia haya carecido de disciplina y obstinación (cualquier asno es porfiado), pero queda en evidencia que no carecía de vastísima cultura e inteligencia. La precisión del estilo, las observaciones agudas, la amplitud de registro (desde Macaulay a Prince) tornan a sus escritos muy recomendables
Guillermo Belcore

Calificación: Excelente

lunes, 13 de agosto de 2018

Churchill, un torbellino humano

POR GUILLERMO BELCORE

No te enamores de tu dolor porque no va a durar, escribió el sublime Marcelo Schwob. Es un buen consejo para soportar los caprichos de la diosa Fortuna. La lectura de la biografía de sir Winston Leonard Spencer-Churchill que compuso François Kersaudy (El Ateneo, setecientas cincuenta páginas, edición 2018) permite extraer la misma conclusión. La existencia es un sube y baja, y, después de tocar fondo, uno puede volver en cualquier momento a las nubes. 

Pero para renacer se necesitan cualidades: capacidad de trabajo ilimitada, resistencia a la adversidad, inventiva, ambición desaforada, talento para conmover -con la palabra o con la pluma- a sus semejantes, memoria fenomenal, valor a prueba de bombas. "El destino se inclina ante una voluntad arisca y una valentía desmesurada. Y el sueño entra en la vida", escribió -no sin poesía- el historiador francés. La cita, por cierto, es un ejemplo perfecto de la calidad de la escritura. Kersaudy es ejemplo vivo de que el rigor del investigador no debería está reñido con la buena prosa.

La biografía del “más prodigioso hombre orquesta de los tiempos modernos”-corregida y aumentada- nos ofrece una fascinante travesía de casi un siglo, lo que duró en este mundo el descendiente de John Churchill, primer duque de Marlborough. Naturalmente, los capítulos de la Primera y la Segunda Guerra Mundial son los más interesantes. 

El lector creyente no podrá dejar de deducir en que la mano de Dios colocó al bulldog pelirrojo en el momento justo y el lugar correcto para que la causa de la libertad y el democracia en el mundo no desfalleciera, cuando las dos peores tiranías de la historia parecían invencibles.  El escéptico se asombrará, en cambio, por su increíble suerte. Las balas o explosivos enemigos no lo mataron en Cuba, Sudán, Sudáfrica o las trincheras de Flandes por milímetros o décimas de segundos. Es que si hay algo que Churchill amaba, además del cigarro cubano y la bebida espirituosa, era mirar a los ojos resplandecientes del peligro, sin pestañear. Y si algo odiaba, era la inacción, tanto propia como ajena.

DILETANTE INSPIRADO


Ahora bien, quién fue este egocéntrico furioso y diletante inspirado que sufrió el desinterés casi completo de sus padres. Tenía talla modesta y pasión por las armas.  Su primer discurso público fue para defender la prostitución en nombre de las libertades fundamentales. En la Academia Militar no lo consideraron los suficientemente inteligente como para estudiar estrategia, pero dominó el mauser con tanta destreza como la pluma. Soñó con la gloria desde los quince años, al menos. Fue un maestro del humor negligente y la elocuencia grandiosa y sarcástica. No podía prescindir de cosas superfluas (sobre todo las embotelladas), por lo que las deudas lo agobiaron, aunque como periodista llegó a cobrar hasta 200 mil pesos de hoy por artículo y se convirtió en un autor célebre de libros de historia. Fue diputado a los veintiseis años pero primer ministro a los sesenta y cinco: sólo en las situaciones urgentes el pueblo y sus pares lo consideraron absolutamente irremplazable. 

Con alevosía, Winston ignoraba la disciplina partidaria: algunos renuncian a sus principios por amor a su partido, el temible tribuno cambió de partido dos veces por amor a sus principios. Tuvo un matrimonio feliz, a pesar de su temperamento dictatorial (sólo respetaba a los que le hacían frente, como Montgomery). A nadie le resulta sencillo entender de dónde sacaba tantas energías. Visionario con la tecnología (impulsó el tanque y el radar) y la ideología: fue uno de los pocos -sino el único- de los grandes políticos en percibir, desde el primer minuto, el peligro fatal que entrañaban el bolchevismo y el hitlerismo. Salvó a Grecia -incluso poniendo en riesgo su vida- de Stalin, pero el carnicero Tito lo embaucó. Describió al comunismo con exactitud: “No es una política, es una enfermedad. No es una fe, es una epidemia”. Nos legó un par de metáforas esenciales: el telón de acero; el equilibrio del terror. 

¿Y entre los defectos? Winston tenía una tendencia enfermiza a transformar los asuntos más insignificantes en cuestiones de Estado y se caracterizó también por una soberana indiferencia por las aspiraciones populares. Era una estratega desordenado que a menudo confundía lo deseable con lo posible por lo que hacía perder tiempo precioso a sus colaboradores, incluso en plena batalla. ¿Dijimos que era un director de orquesta? Sí, pero Keraudy nos muestra que permanentemente bajaba de su podio para tocar la partitura del violinista o del muchacho del timbal y, al mismo tiempo, pretendía seguir manteniendo la batuta en sus manos. Así, resulta inevitable desafinar. Como sea, el libro concluye que el éxito del personaje es atribuible tanto a sus tachas como a sus virtudes.

El historiador exculpa al titán por Gallipoli y Dresde y deja una advertencia a los lectores del pueril siglo XXI: la visión políticamente correcta es un obstáculo insalvable para comprender la grandeza de un hombre con tan profundas contradicciones y tan firmemente arraigado en sus convicciones.

Personalmente, pienso que Churchill fue un hombre providencial que salvó a buena parte de la humanidad del expansionismo alemán y a millones de sus semejantes del expansionismo soviético. Jugando a las ucronías, un mundo en el que una bala lo hubiera alcanzado en, digamos, 1898 o 1914  habría sido un mundo peor. Imaginad una Inglaterra como vasallo del Tercer Reich. Una Europa bajo la bota nazi hasta 1990 (en guerra fría con América, como imagina Robert Harris en Fatherland).  

Uno no puede sino sentir envidia de los británicos. Cuando el cataclismo se abatió sobre las islas, la pérfida Albion encontró a un héroe que realmente cambió el curso de la Historia. Nosotros, los argentinos, vamos de frustración en frustración, gobernados por una lamentables casta de pigmeos.
Guillermo Belcore

Calificación: Excelente 

lunes, 30 de julio de 2018

La mano de Dios

"El fútbol sirve para que la gente esté unida"

 Philip Kerr

Hay un lado del fútbol que es más oscuro y filoso que cuchillo de obsidiana. Es el inframundo de las apuestas. Hoy en día la gente apuesta por cualquier cosa que pueda ocurrir en un partido, no sólo sobre el resultado final. Algo que sucederá en el transcurso de los primeros diez minutos, el minuto en que se lanzará el primer tiro de esquina, quién marcará el primer gol, el primer jugador al que sustituirán, lo que sea. Como los que tientan a la Fortuna no son sólo los pobres diablos, sino que suele haber cifras importantes en juego, se abre la puerta de par en par a la corrupción. Y al crimen.

Esta situación fue aprovechada por el escritor Philip Kerr (Edimburgo 1956-2018) para componer en 2015 la segunda novela de la saga Scott Mason. Segunda y penúltima. Un cáncer mató a Kerr en marzo pasado. Qué pena. La mano de Dios (RBA, 414 páginas) demuestra que estaba en la plenitud de sus facultades intelectuales, es decir, tenía el don de concebir historias seductoras y muy bien documentadas. Todos los hombres mueren jóvenes, decía con razón Stevenson. El prolífico Kerr, por otro lado, había atesorado prestigio y fortuna con otra de sus creaturas, el detective privado Bernie Gunther, un alma decente en el infernal Tercer Reich.

Aclárese de entrada que La mano de Dios nada tiene que ver con el gol deshonesto de Diego Maradona en 1986. El libro consta de dos partes: la didáctica y el caso policial propiamente dicho. Kerr se esfuerza para enseñarle algo al lector de a pie sobre la Premier League y la Copa de Campeones de la UEFA. Se detiene en la prostitución VIP (dos mil euros la noche), el manejo del vestuario, las academias africanas, el mercado de pases, el modelo alemán, las supersticiones, la rivalidad entre el Olympiakos y el Panathinaikos, la táctica darwinista (cebarse con el jugador más débil), que al parecer es la que aplicaron contra Lionel Messi en el Mundial de Rusia.

VIEJO TRUCO

En lo que atañe al argumento policial, viajamos con el London City a Atenas para enfrentar al Olympiakos. Delante de treinta mil energúmenos, cae fulminado una de las estrellas del conjunto inglés, el ruso Bekin Develi. Horas antes se había descubierto el cadáver de la meretriz rusa que lo divirtió la noche anterior al partido. La policía local (y una cadena de huelgas de servidores públicos) impide salir del Atica al plantel visitante. Scott Mason -entrenador del City medio negro con algo de alemán y escocés en las venas- decide investigar por su cuenta, para acelerar un poco las cosas y porque le ha tomado el gusto a eso de actuar como detective privado. Develará una podredumbre más pesada para el ánimo que ese gol tonto que te condena al descenso.

Hay que reconocer que el señor Kerr usaba con elegancia el viejo truco de mezclar personajes de la vida real con los inventados. Por ahí hace un fugaz aparición nuestro Chori Domínguez, goleador del equipo del Pireo. El London City -como el lector entendido sabe- no existe, pero se imagina con el poder y los recursos de los cuatro grandes de la Premier (Arsenal, Chelsea y los dos Manchester). Es propiedad y juguete favorito de un oligarca ucraniano con negocios por doce mil millones de libras. Naturalmente, la relación con el entrenador es tensa, pues Mason es un hombre con escrúpulos.

Otro mérito de la escritura es que ha alcanzado el tono exacto de la novela negra, ese notorio brevaje que incluye ironía, sarcasmos, réplicas agudas (aunque los diálogos no son gran cosa) e hipérboles de este tipo: "tenía una nariz en la que podrías amarrar un barco". Sigue haciendo discípulos el maestro Chandler. 

Hay que decir que el hecho de que Kerr incurriera permanentemente en cursilerías jugó en contra de la excelencia del libro. Pero se toleran. Más difícil de soportar para un lector ríoplatense es la fea traducción española, con su desagradable caló.

En relación a la corrección política, hay que agradecer que el autor no la haya extendido a las relaciones internacionales, lo que hubiera confinado la trama al último infierno de la estupidez. Con los rusos -se nos advierte- "cualquier cosa es posible". Los griegos, por su parte, reciben una merecida tunda. Como los argentinos, han vivido mucho tiempo por encima de sus posibilidades y culpan a los extranjeros por su venalidad e incompetencia. Abundan, al igual que aquí los holgazanes. El telón de fondo de la novela es el Año Siete de la Gran Recesión: la sociedad helena está en carne viva y todo el mundo tiene un código de barras en el pescuezo.

EL PAPEL DEL DT

De todos los tópicos que aborda Kerr, el papel del director técnico en el ultracompetitivo deporte rey es acaso el más cautivante. Preguntad a Jorge Sampaoli lo que significa "intentar controlar a un grupo de jóvenes con una cuenta bancaria tan grande como su ego y su líbido".

Hay una tensión vibrante entre Scott Mason y un joven centrodelantero traído desde Nigeria, un cabeza fresca con un Pagani Zonda en la cochera (la novela obra también como catálogo de marcas).

Mason reflexiona: "Para ser un buen entrenador hay que ser un poco detective, tener la capacidad de mirar a una persona y ser capaz de leer en ella como si fuera un libro abierto para descifrar quién es de verdad y no quien quiere parecer que es". El de investigador de almas no es el único rol que se le demanda al DT: debe ser padre, sacerdote, consejero económico y de normas de urbanidad, psicólogo, analista de videos, etc. ¿El objetivo final? "De eso va ser entrenador de fútbol, de conseguir que los jugadores se sientan tan bien consigo mismos como para que sean capaces de dar todo el fútbol que llevan dentro". Ningún DT argentino lo ha consiguido con el crack del Barcelona. Qué lastima.

Dice Kerr que "los entrenadores son todos iguales, acosados por pensamientos de cómo podrían haber sido las cosas". En las largas noches de julio, Sampaoli debe estar cavilando qué hubiera ocurrido si Messi convertía el penal con Islandia.
Guillermo Belcore

PD: Bueno

viernes, 20 de julio de 2018

Denuncia inmediata

Una vez resueltos los dos problemas básicos de la humanidad (la tiranía y la escasez) los habitantes del Occidente próspero (no somos nosotros, los argentinos) deben afrontar otras preocupaciones: la ancianidad y las enfermedades, el sentido de vida, el contacto con otras culturas, el destino, los retos del matrimonio, la concupiscencia, la carrera laboral, la tentación de infringir la ley, entre otros.

Estos dilemas existenciales son la materia prima que utilizó Jeffrey Eugenides (Detroit 1960) para tejer cuentos durante treinta años. El sello Anagrama acaba de traer a la Argentina Denuncia inmediata (317 páginas), una recopilación de diez textos breves (pero no tan breves) de un novelista que hace cinco años aplaudíamos en este blog por La trama nupcial (pinche aquí).

La mitad de los cuentos han honrado las páginas de The New Yorker, lo que suele ser garantía de calidad. Quien publica en esa prestigiosa publicación arriesga su reputación. La intelectualidad neoyorquina sabe distinguir la buena escritura de la mala y disfrutar una historia. No es complaciente como la porteña que aplaude cualquier bazofia por amiguismo, cobardía o ignorancia.

Los relatos son macizos, de unas treinta páginas promedio; elegantes e ingeniosos en la expresión y el concepto. Hay un manejo hábil del flashback. Eugenides apuesta por el realismo clásico, hace un recorte de la sociedad postmoderna, aunque se limita al estrato social al que pertenece: clase media blanca, educada, bien pensante. El típico votante demócrata. No es la de J.E. una prosa sublime, pero exhala el perfume de la inteligencia.

UNO POR UNO


"Quejas" expone el drama de la demencia senil, "un demonio vaciándote el cerebro a paladas", en la era de los hijos poco afectuosos. Los dos muchachos de Della quieren solucionar el problema de una vez por todas, con rapidez y con el mínimo esfuerzo (como todos, bah). El autor demuestra talento para recrear la voz y la perspectiva de la mujer madura y no se priva de ofrecernos consejos de autoayuda. No desesperes por la madrugada, recomienda en la página treinta y siete, pues "la psique está en su punto más bajo y no puede defenderse. La desolación que te embarga la sientes como cierta, pero no lo es. No es sino fatiga mental enmascarada de penetración psicológica".

En "Correo Aéreo" narra la evolución espiritual de Mitchell, joven vagabundo norteamericano, en un paraíso turístico de Tailandia. Una feroz disentería amébica, con sus consecuentes ayunos gandhianos, le abre la puerta a nuevos estados de autoconciencia, como percibir "los sonidos de la energía universal", entre otras tonterías pseudoorientales.

Asistimos en "Jeringa de Cocina" a una Fiesta de la Fertilidad organizada por una exitosa cuarentona de la televisión, ansiosa por convertirse en mamá sin pasar por el engorro de una convivencia o de una boda. Escuchen esto: 

"De todos es sabido que los hombres cosifican a las mujeres. Pero ninguna de nuestras evaluaciones de pechos y piernas de las féminas pueden compararse con el frío cálculo de una mujer en el mercado del semen".

El problema del dinero es el núcleo incadescente de dos cuentos. En "Música antigua", Roodney no gana lo suficiente para poder conservar un clavicordio que había comprado tres años atrás en Edimburgo. A los que se quejan del invierno, Eugenides les advierte: "El frío es como Bach: te ordena la cabeza". Es probable que "Magno experimento" sea el mejor texto del volumen. Mezcla a Tocqueville con una estafa de tres al cuarto en un rascacielos de Chicago: Kendall, redactor al servicio de un magnate con ínfulas de divulgador cultural entiende que no se le paga por lo que vale y se asocia con un contador pillo para ganar unos miles a costa de su empleador.

Para no abrumar, digamos que el lector que busque una atrapante colección de cuentos, aquí la tiene. El tomo también incluye un emprendedor jubilado que se empeña en arruinarse ("Multipropiedad"), una cultura remota donde los varones piensan que el contacto con las mujeres es altamente contaminante ("Vulva oracular"), una seducción que fracasa por culpa de terceros ("Huertos caprichosos") contada desde cuatro perspectivas, un lacerante fracaso matrimonial ("Buscad al malo") y una trampa que una adolescente india le tiende a un laureado profesor de física ("Denuncia inmediata").
Guillermo Belcore

Calificación: Bueno