sábado 28 de enero de 2012

Libertad

Jonathan Frazen
Salamandra. Novela, 667 páginas. Edición 2011.

Harold Bloom sostiene que el malestar de la cultura estadounidense es tan descomunal que ningún escritor contemporáneo puede abarcarlo por sí solo. En realidad, lo que el insigne crítico quiere decir es que no existe ningún literato al que le dé la talla para semejante faena (sí, hay uno, se llama Thomas Pynchon). Pero está bueno que los más diestros narradores lo intenten. Como Jonathan Franzen (Illinois, 1959). Por segunda vez en diez años, compone un fresco balzaquiano de una familia típica del Medio Oeste con el propósito de denunciar la podredumbre de una civilización que se basa en consumir en exceso, y que se cree que tiene el derecho universal a más y más.
 
Libertad es algo así como Las correcciones (la obra maestra de Franzen) recargado. El retrato es más minucioso, pero la expresión no ha mejorado ni un ápice. La prosa, dicho de otro modo, no es nada del otro mundo. En lugar de sondear los abismos de una conciencia, se demora en examinar durante décadas las enfermedades mentales y las desdichas en carne viva de los Berglund (papá y mamá, dos hijos) y sus conexiones cercanas. Es una narración, por así decirlo, en plan psicólogo. El problema es que ha absorbido, vaya paradoja, el gigantismo estadounidense que tan bien logra desollar.

¿Eso significa que la novela es mala? No, todo lo contrario. La ambición le otorga alas de gigante. El sinsentido de la existencia moderna, el imperioso llamado del sexo, la apremiante cuestión ambiental, la deliciosa renuncia a la responsabilidad social, la guerras del nefasto George Bush, la epidemia de resentimiento y neurosis son algunos de los cien núcleos temáticos que Franzen, un moralista implacable, aborda con eficacia e inteligencia. Ha creado, además, un héroe para nuestra época: Walter Berglund, el hombre íntegro. El final, dulce y conmovedor, nos permite sacar la conclusión que, en el fondo, se trata de una historia de amor en forma de novelón decimonónico, que nunca carece de tensión dramática y aprendizaje existencial. Aun hoy, en la era del Twitter estupidizante (¿puede redondearse algo que requiera meditación en ciento cuarenta caracteres?) la sombra de Dickens o de Tolstoi resultan una influencia enaltecedora. Sin duda, el amante de la novela oceánica, esa maravilla del universo, agradecerá a Franzen.
Guillermo Belcore
Una versión un poquitito más corta se publicó en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Bueno

PD: En la página 460 se afirma que “todo el mundo dice que Buenos Aires es una ciudad fantástica“. Luego Joey Berglund y la despampanante hija de un neocom judío a lo Feith, Perle o Wolfowitz vienen a una estancia de Bariloche a practicar equitación.

PD II: Se estableció que es ésta la gran novela de 2011. De hecho, Franzen ha ganado la tapa de la revista Time. Me temo que no puedo convalidar la sentencia. Yo opino que es muy inferior a Las correcciones, aunque se trata de una obra lúcida, interesante, amena en sus tres cuartas partes (¿qué libro de seiscientos páginas no contiene algún momento aburrido?). Una experiencia de lectura casi siempre agradable, en suma, pero me cuesta compartir el entusiasmo de la gran Michiko Kakutani.

lunes 23 de enero de 2012

Anatomía de la influencia

Harold Bloom
Taurus. Ensayo sobre arte, 444 páginas. Edición 2011

Harold Bloom, ese polemista formidable, tiene ochenta años y la salud quebrantada. Ha enseñado durante más de medio siglo literatura de la imaginación en Yale. Se considera a sí mismo un gnóstico empedernido y un "formulador crítico de lo sublime''. Predica la shakespearología como la más benigna de las religiones. Es un entusiasta maestro de lecturas. Es un valiente, porque hoy cualquiera que se anime a emitir un juicio sobre el valor estético de un texto -"mejor, peor, igual a"- corre el riesgo de ser tachado sumariamente de aficionado total por la Academia. Antes de que anochezca, Bloom ha querido publicar una reflexión final sobre lo que llama proceso de la influencia. Comenta con pasión y sensualidad (la clave en su procedimiento es "pensar las sensaciones") unos treinta autores extraordinarios del canon occidental.

  Entiende Bloom que en literatura la influencia (como la jerarquía) existe. Consiste en la transmisión de un escritor anterior a uno posterior. Lo único que importa a la hora de interpretar -sostiene- es como un poema revisa aotro, tal como lo manifiestan sus metáforas, sus imágenes, su dicción, su sintaxis, su gramática, su métrica, su postura poética. El quid es "la lectura creativa errónea". Eso sí, la influencia actúa de manera laberíntica, nunca lineal. El agón resulta el rasgo central de las relaciones literarias. El crítico debe comprender la imitación, debe preguntarse de dónde extrae un gran escritor la idea de... y cómo la perfecciona. Que hay de Faulkner en Onetti, por ejemplo.

  El ensayo, pues, es el canto de cisne de Bloom. A pesar de su prosa nerviosa y confusa (por momentos) que propende al aforismo, siempre resulta interesante para el lector que busca la profundidad y la calidad literaria. El texto trabaja con materiales excelsos, como Shakespeare, Whitman, Joyce y Leopardi.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa el domingo pasado

Calificación: Bueno

PD: Harold Bloom -por eso lo considero mi héroe y mi mentor- tiene una fe inquebrantable en la estética. Sigue a Kant en la creencia de que el juicio estético exige una subjetividad profunda que esté más allá de cualquier ideología.

jueves 19 de enero de 2012

¿Por qué tanto odio?

Elisabeth Roudinesco
Libros del Zorzal. Ensayo de filosofía, 125 páginas. Edición 2011.

"Nuestra época de crisis aguda se traduce en un profundo deseo de historia. Sacando provecho de esa desorientación, los alborotadores menos escrupulosos pueden erigirse en visionarios y servirse de cualquier recurso gracias a la complicidad interesada de los medios. (…) Autores confortablemente ubicados en las cabeceras de las góndolas, pero que representan un verdadero peligro desde el punto de vista de la transmisión del saber".
Guillaume Mazeau
Los medios de comunicación -sobre todo los diarios; en especial, los suplementos de cultura- suelen entronizar a grandes nulidades. Pensadores de moda, escandalosos, irreverentes, refutadores paripatéticos de los saberes oficiales, a quienes no les da la talla más que para danzar sobre la superficie de las cosas (la metáfora es de Nietzsche). El francés Michel Onfray, paladín del ateísmo posmo, pertenece a esta casta superflua y populista asegura el ensayito que Elisabeth Roudinesco, en colaboración con otros cuatro catedráticos, lanzó al ruedo para descalificar un libro de Onfray: El crepúsculo de un ídolo. La fabulación freudiana. ¿Libro dije? Para Roudinesco se trata más bien de "un líbelo delirante y maniqueo", una tentativa de "hacer daño".


Para quien no lo conozca, Onfray es retratado como un pensador extravagante que pretende formar parte de izquierda francesa, quien en su Tratado de Ateología opone a los tres grandes monoteísmos, "centros del odio y la destrucción", una "humanidad atea preocupada por el advenimiento de un mundo higienista, paradisíaco, hedonista: la cual estaría dirigida por un dios solar y pagano, completamente investido por la pulsión de vida y cuyo representante sería el propio Onfray, quien tendría por misión inculcar a sus discípulos la mejor manera de gozar de sus cuerpos y del cuerpo de sus vecinos: a través de la masturbación". 

Pero no es éste el disparate que a Roudinesco y sus colegas le interesa descalabrar, sino las mediáticas y festejadas ocurrencias de Onfray de que Freud es una fuente de pulsión de muerte, y de odio al padre y adoración de la madre (para seducirla mejor sexualmente), y de que la esencia del psicoanálisis nos es más un puro y simple relato autobiográfico de un fundador depravado.

El contraensayo no sólo destaca la falta de rigor científico, la ausencia de fuentes, la arbitrariedad, y los aberraciones metodológicas del pensamiento de Onfray como el llamado principio de la prefiguración que sostiene que "todo ya está en todo incluso antes de ocurra un acontecimiento" (Kant es un precursor de Eichmann, por ejemplo). ¡También somete al apóstol del placer solar a un análisis psicológico! (parece que de niño fue víctima de "malvados sacerdotes salesianos").

Como bonus track, el libro trae un capítulo de Roudinesco que desbarata un rumor famoso: "la relación de Freud con su cuñada", la que la hiel de Onfray (no fue el primero) presenta como una monstruosidad familiar. Me ha resultado muy interesante también, acaso por el peculiar momento que atraviesa la cultura argentina, la denuncia del profesor Guillaume Mazeau sobre "la ruptura del contrato de verdad". Por lo demás, provoca un gran placer estético (y una gran envidia) la forma en que los franceses eminentes procesan sus polémicas intelectuales: la falta de elegancia en la expresión se considera un pecado imperdonable.

Volvamos al título. ¿Por qué tanto odio? En efecto, las enseñanzas, tropos, diagnósticos y terapias que Freud enseñó al mundo son detestados parejamente por nazis, marxistas puros y duros, católicos de misa diaria, antisemitas de toda laya, positivistas a lo Mario Bunge y charlatanes mediáticos como Onfray. Cito a Roudinesco, insigne historiadora: "La historia del odio a Freud es tan antigua como el odio al psicoanálisis. No se toca impunemente el sexo, el secreto de la intimidad, los asuntos de familia, la pulsión de muerte y la barbarie de los regímenes que esclavizan a las mujeres, los homosexuales, los marginados, los anormales, sin tener que pagar un costo".
Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

PD: Desde mi punto de vista, Roudinesco es una pensadora esencial, en cuanto que reivindica y encarna la tradición ilustrada contra los ataques premodernos y posmodernos contra la Modernidad sólida.

lunes 16 de enero de 2012

En busca de April

Benjamin Black
Alfaguara. Novela policial, 327 páginas. Edición 2011

John Banville (Wexford, Irlanda, 1945) considera a Benjamin Black, su otra identidad, como un hermano menor, un pariente pobre, una mitad vergonzosa. Seguramente, se trata de una coquetería o una falsa modestia. Las tres novelas policiales de Banville son tan Alta Literatura como El intocable, por citar una de sus mejores obras. El tercer volumen de la saga Quirke, en verdad, redondea otra prodigiosa exhibición de estilo: la construcción de escenas es brillante; el acabado de los personajes, incluso el de los de menor importancia, sublime (quizás sólo Dios preste tanta atención a sus criaturas). La evocación de la mezquina Dublín de los cincuenta, el vivificante trasfondo de catolicismo puro y duro, el misterio a resolver (es una historia terrible de oír), las complejidades de un puñado de almas dañadas, en fin, todo nos mantiene aferrados de las solapas hasta la última página. Incluso, relumbran las minuciosas descripciones de un invierno de los mil demonios. O de un automóvil, en este caso un Alvis TC 108 Super Graber Coupé, uno de los mejores que ha fabricado la Gran Bretaña. Banville, por lo demás, es un exquisito elaborador de tropos.


Garret Quirke se llama el protagonista. Patólogo de profesión, es un hombre difícil y turbulento, que no sabe escapar de un ayer que contiene demasiado veneno. Cuando está en espacios cerrados, tiene pinta de toro. A las mujeres les encanta pero el alcohol es su perdición, más precisamente la luz que emana una botella de whisky. Recién salido de la Casa de San Juan de la Cruz, un refugio temporal para adictos de toda clase, el doctor investiga la desaparición de April Latimer, hija de un siniestro héroe de la independencia de Irlanda (“un monstruo de orgullo, determinación y temeridad“, como son casi todos los héroes de la Patria). Lo involucró en el entuerto su hija Phoebe, otra alma descarriada. Cómo decirle que no, después de lo que Quirke le hizo en el pasado. Por cierto, los libros de Banville nos espetan sin rodeos que el pasado nunca suelta a su presa.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Excelente

PD: Como he intentado explicar, este libro eleva el género policial hasta las cimas de la mejor ficción, pero me da la impresión (no puedo asegurarlo, claro está) de que la traducción no está a la altura de las circunstancias. Me figuro que no trasmite la riqueza de vocabulario con que Banville, ese enorme estilista, suele componer. Debería ver el original y consultar a un experto. Quizás Gabrielaa pueda ayudarme.

viernes 13 de enero de 2012

Sherlock

La segunda temporada de una miniserie británica que sigo con deleite en la Web me impulsó a alargar una entrada del año pasado. El diario La Prensa juzgó que era interesante para sus lectores y lo publicó en la edición de hoy.


Pensar de tarde en tarde en Sherlock Holmes -estableció Borges- es una de las pocas buenas costumbres que nos van quedando. Ese caballero, flaco como una excusa pero con una mente filosa como navaja, sigue atrapando la imaginación de las generaciones. La industria del entretenimiento, obviamente, nunca dejar  de explotar el filón, con más o menos suerte. Como antídoto a la mirada hollywoodense de Guy Ritchie -versión degradada por el abuso de explosiones y otros efectos especiales- la BBC de Gales ha revivido a la eterna creatura de sir Arthur Conan Doyle (y a su imprescindible compañero) con una fidelidad asombrosa a los detalles y un enorme ingenio para traer el método deductivo al siglo XXI.

La miniserie Sherlock puede verse en Internet, pero como en España ya ha sido exhibida hasta en televisión abierta, nada cuesta suponer que en poco tiempo más estará disponible para los argentinos, que se encontrarán con un producto de exquisita factura, incluso en la elección de la música de fondo. En 2010, se elaboraron tres episodios de noventa minutos cada uno (Estudio en rosa, El banquero ciego y El gran juego), con gran éxito de público y crítica. Más de nueve millones de aparatos siguieron en el Reino Unido las aventuras (cinco millones de televidentes es la línea del éxito en las islas). El Bafta (mejor serie, mejor actor secundario) y la Royal Televisión Society (mejor drama televisivo) convalidaron su excelencia. Este año, se proyectarán otros tres capítulos. El primero (Escándalo en Belgravia) ya puede encontrarse en la web.

Interpreta a Holmes, Benedict Cumberbatch (Londres, 1976), un respetado actor de teatro que ha comenzado a incursionar con éxito en el cine. Igual que Hugh Laurie en House (que tanto le debe a Conan Doyle), el personaje parece un traje hecho a su medida, factor que siempre delata al actor de fuste. Martin Freeman (Aldershot, 1971) es Watson. Son dos estrellas en ascenso, que han logrado forjar una pareja impecable.

NUEVAS TECNOLOGIAS

El Holmes posmoderno es consultor ad honorem de la policía de Londres y adora las nuevas tecnologías (¡­tiene un blog y una blackberry!). Se confiesa asexuado, aunque en la segunda temporada deja entrever su fascinación por Irene Adler, una chica que se dedica a la prostitución bisexual de altura (incluso en Buckingham Palace), lucrando con el inveterado gusto de los ingleses por el sadomasoquismo, consecuencia, quizás, de los castigos corporales en la infancia. El detective se aplica parches de nicotina (hoy no resulta fácil fumar en público) y consume drogas recreativas. Guarda restos humanos en la heladera de la señora Hudson, en el 221 B de Baker Street. Es gélido como el señor Spock, padece de falta de empatía; quizás sufra de alguna forma de autismo. Toca el violín para aclarar sus ideas y tiene un hermano -Mycroft- que le encarga trabajitos, desde un conspicuo cargo en el servicio de inteligencia británico.

Sherlock es brillante. Puede capaz de deducir toda la historia familiar de su partenaire a partir de unos raspones en el teléfono celular. Lo secunda, en efecto, un médico desempleado, que el British Army se quitó de encima después de ser herido en Afganistán. En la versión BBC, el doctor Watson no es un chambón, es un hueso duro de roer que, como cualquier militar que se precie, tiene un desaforado sentido del honor y es capaz de meterle una bala entre ceja y ceja a un enemigo cuando la ocasión lo demande. Conspira entre las sombras, el temible Doctor Moriarty (Andrew Scott), que aquí se presenta como un yuppie elegante, un psicópata total con una inteligencia terrorífica capaz de rivalizar con la de Holmes.

Los factotum de Sherlock son Mark Gattiss y Steven Moffat, creadores también de la serie Doctor Who. Han logrado la proeza de respetar en lo importante el texto original, añadiéndole los guiños que la sensibilidad contemporánea exige. Las tramas suelen ser deliciosamente retorcidas. Hay muchísimas escenas memorables. Hay humor. Como el lector puede comprobar, la saga ha creado fans por todo el mundo. Steven Spielberg es otro de ellos. Ha definido a Cumberbatch (a quien dirigió en Caballo de guerra como el ``mejor Sherlock Holmes que ha aparecido sobre la pantalla''.
Guillermo Belcore
Publicado en la sección Espectáculos del diario La Prensa.

PD: Insisto, esta serie es extraordinaria. No pueden perdérsela.

viernes 6 de enero de 2012

Los cuentos siniestros

Kobo Abe
Eterna Cadencia. Cuentos, 156 páginas. Edición 2011

Es difícil imaginar a un hombre sin un perro a su lado. Pero los amantes de los animales deberían asomarse al segundo cuento de este volumen. Uno queda casi persuadido de que los perros reflejan nuestra vulgaridad como ninguna otra criatura; y de que esas personas pretenciosas que los tienen sólo para amarrarlos en el patio de su casa no son sino un síntoma de degeneración humana. Claro, el que narra la historia es nada menos que el amigo del pintor S. que resultó devorado por su propia mascota. Siniestro, ¿verdad? Siniestro es el nombre del juego que anima esta extraordinaria recopilación de relatos breves.
Tres hurras para la decisión de un sello nacional de ampliar la cartografía literaria de los argentinos. Eterna Cadencia, con el apoyo de la Universidad Ferris de Yokohama, nos presenta a un japonés raro, oscuro y fascinante como el mejor producto del Manga. Kobo Abe (1924-1993) escribe sin ningún artificio encantador, no hace concesión alguna al Oriente pintoresco y plantea que la vida es, en el mejor de los casos, una farsa irritante. Somete a los personajes a situaciones desesperadas. Despliega un sugestivo desdén hacia la autoridad y hacia lo que alguna vez se llamó clases ociosas.
Entre los siete relatos, hay un señor que, al regresar del trabajo, encuentra un cadáver de identidad desconocida en su departamento. ¿Usted cómo saldría del trance? Hay un viaje a ochocientos mil años en el futuro donde viven los hombres plantas, los cuales, a pesar de sus exasperantes costumbres, arribaron a la salubérrima conclusión de que un ciudadano sólo puede ser diputado o mandamás por un par de días. Todo es desolador, como el desempleado que cae en garras de una empresa dedicada formalmente al latrocinio, o el boxeador maduro en decadencia, o el fantasma que bebe raticida con una sonrisa en los labios. Pero quizás la situación más escalofriante sea la que se suscita cuando un representante del pueblo suplica a tres señores de "la casta comedora" que pongan fin al canibalismo.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del Diario La Prensa

Calificación: Bueno

jueves 5 de enero de 2012

La lotería en Babilonia

Proyecto Diez mil Cuentos

Argumento número veinticinco

Jorge Luis Borges
Ficciones. Bruguera. Edición 1985

Todos los hombres en Babilonia fueron procónsul, esclavo, presidiario, sumo sacerdote. Todos sufrieron alguna mutilación o los declararon invisibles. Todos fueron cazadores o fueron cazados. Deben esa variedad casi atroz a una institución que otros pueblos ignoran o que obran en ellos de manera imperfecta: la lotería. En un principio, era un juego plebeyo (similar a nuestro Quini 6) pero fracasó porque se dirigía a una sola de las facultades humanas: la esperanza. Ante la indiferencia popular, la Compañía fue agregando valores eclesiásticos, metafísicos. Elevó la lotería al rango de secreta, gratuita y general. Una nueva era había empezado. Fue lógico que la Compañía obtuviera finalmente la suma del poder público, aunque algunos heresiarcas sostienen que ya no existe, o peor aun: que nunca existió. Pero lo cierto es que los sorteos hoy son infinitos, rigen cada avatar de cada uno de los hombres o mujeres de Babilonia. La lotería es una intensificación del azar, una periódica infusión del caos en el cosmos. La vida no es otra cosa que un eterno juego de dados.

PD: Releo este magnífico cuento mientras devoro en San Pedro Telmo (Defensa y Pasaje San Lorenzo) un rotundo sándwich de pollo, jamón y queso. Adiós al régimen, estoy harto de rendirle pleitesía a mi estómago maltrecho. Como los lectores saben, soy un Borgéslatra confeso, tengo la necesidad, diría física, de releerlo todos los días. El relato data de mil novecientos cuarenta y cuatro. El sociólogo Zygmunt Bauman, un cartógrafo esencial del presente, sostiene que ningún texto describe mejor el desorden actual (la modernidad líquida) que La Lotería en Babilonia. Las Escritores de Primera, nunca me canso de repetirlo, son las antenas de nuestra especie. John Milton en El Paraíso Perdido también pudo haber anticipado nuestro globalización impiadosa. Véase este fragmento:

”… de juez actúa el Caos,
y con sus decisiones se complica
más la contienda por la cual impera;
junto a él y como arbitro supremo
el Acaso gobierna sobre todo”.

Es deprimente para el ego y es un acicate para nuestros temores, pero el poeta tiene razón, el "Acaso gobierna sobre todo…"

viernes 30 de diciembre de 2011

Luka y el Fuego de la Vida

Salman Rushdie
Mondadori. Novela. Edición 2011, 206 páginas.

 ¡­Ah, amigos, el placer de una gran aventura! Rashid Khalifa, doce años de edad, viajó hasta el otro lado para robar el Fuego de la Vida y así salvar de un conjuro fatal a su padre, el Sha del Blablablá. Fue una ultrahazaña. Con un crédito de casi mil vidas, el chico recorrió a lomo de alfombra voladora el Mundo de la Magia, de donde proviene todo lo que resulta interesante. Abundaron las proezas: remontó el R¡o de la Vida, escaló la Cumbre de la Sabiduría, escapó de las nauseabundas Respeto-Ratas, derrotó al Titán de la Ira, respondió sin error alguno los acertijos de un malévolo demonio. También logró ganarse para la causa a todos los dioses que ha adorado (y temido) la humanidad. ­¡Y triunfó en una carrera contra el Tiempo!

  El enorme Salman Rushdie (1947) entiende que el escritor es, por encima de todo, un fabulador profesional, como el padre de Luka. Tiene el deber de narrar historias en extremo interesantes, pues el hombre y la mujer "arden de deseos de leer''. En las fábulas reside la identidad, el sentido y la esencia vital de lo humano, sentencia en esta espléndida imaginería que compuso como tributo para su hijo menor.

  Criado en Bombay, de familia islámica, condenado a muerte por Jomeini, Rushdie echó raíces en Occidente. Podría hablarse de un escritor puente entre culturas si la expresión no estuviese tan trillada. Rusdhie se licenció en Historia en Cambridge. Acumuló una formidable erudición mestiza que despliega de manera caudalosa en Luka y el Fuego de la Vida. El libro es un caldero donde burbujean mitologías de cinco continentes, la novela de caballería, el cuento moralizante, la astronomía, los videojuegos. Por momentos, recuerda al Libro de los seres imaginarios de Borges. La prosa es magnífica.

  Permite confirmar la novela una intuición que deriva del hecho probado de que la Alta Literatura es una fuente inagotable de placeres: aún en la narrativa juvenil (es decir, aquélla que puede ser entendida hasta por un niño) puede hallarse la excelencia.
Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Muy bueno

PD: Un buen regalo de Navidad para los lectores jóvenes. Tengo una imaginación limitada, por eso propongo como banda de sonido esta canción de los gloriosos ochenta que nada tiene que ver con la temática del libro: http://www.youtube.com/watch?v=VZt7J0iaUD0 

lunes 26 de diciembre de 2011

Con el agua al cuello

Petros Márkaris
Tusquets. Novela policial, 322 páginas. Edición 2011.

"Si un orangután nos pedía un crédito, se lo dábamos''.
Richard Fuld, último CEO de Lehman Brothers

  Durante una década, los griegos vivieron muy por encima de sus posibilidades. Todos se endeudaron, la plata dulce (los créditos baratos y abundantes) obró como el doping que corrompe la sangre de los atletas olímpicos. Hoy, la fiesta ha terminado y la resaca es terrible. La pequeña Hélade se ha convertido en el epicentro de la crisis planetaria. Se asemeja a una piedra que cae en el agua: mientras se hunde genera ondas. La primera onda afectó a las economías mediterráneas; la segunda, a la Unión Europea; de ahí en más, al planeta entero. Esta novela policial ofrece información de primerísima mano sobre las causas y consecuencias del desplome de Grecia, un país estructuralmente pobre donde algunos empleados públicos perciben hasta dieciséis sueldos por año.

  Petros Márkaris (1937) subordina todo el libro a la urgencia del mensaje. Su última novela, bastante inverosímil, no sólo está infestada de discursitos sino que procura satisfacer los sueños ocultos de millones de europeos: aparecen decapitados un banquero, el director de un hedge found, el analista de una calificadora de riesgo, el dueño de una empresa de cobranzas. Afiches y calcomanías ubicuos llaman a la gente a no pagar las deudas.

 Con el telón de fondo de furiosas manifestaciones, suicidas por desesperación económica y recortes de beneficios sociales, investiga los homicidios el bueno del comisario Kostas Jaritos (su vida privada es otro subtema interesante). Da la impresión de ser estúpido y no enterarse de nada, pero bajo esa apariencia su mente funciona como un reloj. Es un hacha, además, para sortear sin un rasguño presiones de políticos y banqueros, la incompetencia de sus jefes y la inquina de algunos camaradas. Junto al lector, que casi nunca pierde el interés, arriba finalmente a la verdad, en esa Atenas degradada "donde la lógica ya no ofrece buenos resultados''.

Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Regular

PD: Es extraño que Márkaris no mencione entre las causas del colapso de su país a la terca adopción del euro como moneda nacional. El mismo error fatal cometió la Argentina durante la convertibilidad al atar el peso al dólar durante tantos años. Si hoy Grecia pudiese devaluar, si no tuviese ese sucedáneo del marco como divisa, la salida de la crisis, salida que aun no está a la vista, sería menos brutal, me parece.

viernes 23 de diciembre de 2011

El Grupo de Petición Anticanibalista y los Tres Caballeros

Proyecto Diez Mil Cuentos

Argumento número veinticuatro

El Grupo de Petición Anticanibalista y los Tres Caballeros (1956)

Kobo Abe
Los cuentos siniestros. Eterna Cadencia. Edición 2011.

Tres caballeros -un ciego, otro sin una pierna, el tercero manco- reciben a un representante del pueblo. El hombre, de cuerpo magro, viene a exponer una extraña petición: que se ponga fin al canibalismo. Francamente, no entienden sus argumentos. Si el pueblo come vacas y puercos, ¿por qué la clase dominante no va a comer hombres? El representante termina suplicando de rodillas, a su hija de trece años le tocó el sorteo y hoy debe presentarse en el matadero. Los caballeros, endurecidos de cólera, ordenan que se lo lleven de allí. Luego razonan: “la hija del delegado debe ser realmente muy apetitosa, al punto de que quiere conservarla para él”. Llaman de inmediato para reservar una porción jugosa, pero se encuentra con la novedad de que los empleados del matadero entraron en huelga. Deben buscar la palabra en el diccionario, ninguno recordaba el significado de “huelga”.

PD: ¿No es maravilloso que un sello editorial ensanche nuestro mapa literario? Este cuento escalofriante me obligó a anotar a Kobo Abe en la Guía de Maestros. Otro nombre para tener en cuenta.

sábado 17 de diciembre de 2011

Daños colaterales

Zygmunt Bauman
Fondo de Cultura Económica. Ensayo de sociología. 233 páginas. Edición 2011


Borges lo razonó primero. Sus finas antenas imaginaron un mundo gobernado exclusivamente por el azar. El cuento La lotería de Babilonia (Ficciones, 1944) es, para el pensador Zygmunt Bauman, la más certera descripción de la vida en la modernidad líquida, es decir en el azaroso mundo en que hoy nos toca existir. Nuestra Babilonia es también "un infinito juego de azares''. Todo es provisorio, frágil, movedizo y sólo resulta sólida la adherencia a la fluidez. Con el ideal de certeza más allá del alcance individual o colectivo, hay una multitud de razones, muchas más que cincuenta años atrás, para sentir o padecer inseguridad. Rige una pánica incertidumbre.

  Sociólogo de profesión y analista de excepcional perspicacia, Bauman (Poznan 1925) rastrea la caótica trayectoria del individuo en el mundo pos guerra fría. Ha concebido una idea genial: la licuefacción de la modernidad. Esa metáfora proporciona una explicación convincente tanto a nuestra angustia existencial como a los cambios tumultuosos que se suceden ante los ojos.

El Fondo de Cultura Económica acaba de publicar una colección de ensayos del erudito nacido en Polonia, pero afincado en Gran Bretaña. Se titula Daños colaterales. Desigualdades sociales en la era global. El libro resulta esclarecedor más allá de alguna exageración (el nazismo no es comparable con ninguna de las tropelías de la administración Bush), del eurocentrismo, o de algún capricho aislado (denuncia la inseguridad que provocan los mercados pero minimiza la de las calles degradadas). Como el volumen se articula en torno a distintas conferencias dictadas entre 2010 y 2011 menudean las repeticiones: se usa tres veces, por ejemplo, una espléndida sentencia de Ulrich Beck: 

"Hoy se espera de los ciudadanos que busquen soluciones individuales a las contradicciones del sistema''.

Los diagnósticos de Bauman son impecables, y mezclan filosofía, una visión amplia de la Historia y psicologismo. Denuncia, básicamente, que "la globalización de la desigualdad'', inspirada sólo en el lucro, no sólo condena a millones de personas al destino de baja colateral sino que también destruye magníficas conquistas de la Humanidad, como el Estado de Bienestar (la expresión daño colateral proviene del ámbito militar: son las víctimas no deseadas, por ejemplo durante un bombardeo). Estado social vs. orden del egoísmo es el combate primordial del presente.

CONSUMO, LUEGO SOY
El capítulo Consumismo y moral es provechoso. Bauman desmenuza las cualidades terapéuticas que le hemos adjudicado a la mercancía, como mecanismo de compensación. Las cosas se han convertido en una suerte de analgésicos morales. Regalamos cosas para compensar nuestras ausencias (una característica de la escenario líquido es que se nos exige estar todo el tiempo al servicio incondicional de las relaciones laborales); o compramos cosas para definir y afianzar una identidad, otra cuestión apremiante de la modernidad líquida. La mercancía suple, en otras palabras, la responsabilidad por el otro o la responsabilidad con uno mismo.

La economía ferozmente consumista -se nos advierte- tiene el cielo como límite. No sólo es insustentable (si todos gastáramos como estadounidenses se necesitarían cinco planetas Tierra) sino que genera fuertes tensiones sociales, al aumentar el número de jóvenes que entran en conflicto con la ley (no se roba para comer, sino para conseguir la carísima zapatilla de moda). "La fuerza principal de la conducta es hoy la aspiración a vivir como los ídolos públicos'', dispara Bauman. El aumento de la desigualdad social -flagelo que debería encabezar la agenda de todos los gobiernos- agrega más leña al fuego.

¿Cuál es la alternativa a todo esto? El profesor emérito de la Universidad de Leeds y la de Varsovia aboga por una suerte de despertar de la conciencia. Con un inconfundible tufillo religioso habla de "autolimitación voluntaria y disposición al sacrificio personal". Propone convertir al vecino en prójimo y pensar en un planeta social. Esto, a nivel político, implica "desempolvar el nucleo esencial de la utopía activa socialista para elevar la integración humana al nivel de una Humanidad que incluya la población total del planeta''.

ME EXHIBO, LUEGO EXISTO
Otra característica fundamental de la modernidad líquida es la desaparición de los límites entre vida pública y vida privada. Citando un trabajo de Alan Ehrenberg, quien intentó establecer con exactitud el natalicio de la licuefacción cultural moderna, el profesor Bauman recuerda que todo comenzó el anochecer de un miércoles otoñal en la década del ochenta cuando una tal Vivienne, una francesa "común y corriente" declaró en televisión, es decir ante varios millones de personas, que nunca había experimentado un orgasmo en toda su vida matrimonial porque su Michael sufría de eyaculación precoz.

El pronunciamiento, al parecer, fue tan revolucionario como el de Lenin o el de Robespierre. Dos décadas más tarde la arena pública se ha transformado en una suerte de entretenido y frívolo teatro de variedades, mientras nos zarandean a todos corrientes subterráneas de origen y destino incierto (el hombre placton). Bauman destaca la paradoja que en la era de Facebook los vínculos interhumanos siguen debilitándose, se pregunta a continuación si el disfrute cabal del sexo no demanda reserva, y sentencia que juguetitos en boga como el Twitter son "completamente inadecuados para transmitir ideas profundas que exijan reflexión y contemplación''.

En la modernidad líquida -insiste el juicioso profesor- vamos tras nuestros objetivos personales en condiciones de aguda e irredimible incertidumbre. Millones de personas pueden convertirse, de la noche a la mañana, en desechos, víctimas del colapso de un banco o el derrumbe del precio de la soja o el cobre; de las balas de un terrorista, un mafioso o un pibe chorro; de la implacable racionalidad de una organización transnacional. El Estado tal como lo conocemos es casi una reliquia, a duras penas puede proteger a unos pocos y de manera ineficaz. El mundo es una suerte de campo minado, donde todos sabemos que tarde o temprano se producir  una explosión, pero nadie sabe dónde o cuándo. El viejo sueño de la modernidad sólida de organizar, controlar y diseñar la realidad (sueño de derecha como de izquierda) ha fracasado rotundamente. El miedo y el caos que la democracia y su retoño, el Estado de Bienestar, habían prometido erradicar volvieron para vengarse.
Guillermo Belcore
Este artículo abre el Suplemento de Cultura del diario La Prensa de este fin de semana.

Calificación: Bueno

sábado 10 de diciembre de 2011

El verano sin hombres

Siri Hunstvedt
Alfaguara, Novela, 218 páginas, Edición 2011

Después de treinta años de feliz matrimonio, un neurocientífico de renombre mundial, un poco barrigón y con gafas, abandona a su mujer, una poetisa de cincuenta y cinco años y pelo alborotado, por una colega francesa de pechos voluptuosos. La esposa despreciada pierde y vuelve a encontrar sus cabales. Regresa a su Bonden natal (Minnesota) con la intención de sanarse. Allí, en la vasta pradera, cultiva la relación con su madre y con amigas nonagenarias, da clases de poesía a siete adolescentes que se las traen, y se involucra en las desaveniencias conyugales de una joven vecina. Ocurren tempestades en un tubo de ensayo, que la voz de la autora se empeña justificar ("¿Quién puede medir el sufrimiento real de una persona?''). Hay un happy end que implica aceptar con madurez lo inevitable. Como en las series ligeras e inteligentes de la televisión, el equilibrio se restaura.

Siri Hustvedt narra este argumento con impecable destreza profesional. Decora el texto con opiniones juiciosas, exquisitas citas literarias, tibia nostalgia. La novela siempre resulta agradable pero, en sus virtudes y defectos, hace pensar a cada momento en la obra de Paul Auster, el marido, justamente, de la autora. Y no sólo por el estilo pulcro o las obsesiones de burgueses ilustrados de Nueva York (la adoración al terapeuta, por ejemplo), sino también por detalles puntuales como éste: en la página sesenta y nueve se establece que las bibliotecas son fábricas de fantasías sexuales. Lo mismo planteaba Auster en Invisible un año atras.

El abordaje del sexo es, por cierto, uno de los puntos altos del libro (incluso hay una delicada pornografía). Los derroteros de la relación hombre-mujer (desde el punto de vista de la esposa-víctima) y el problema de la constancia son otros temas bien tratados, aunque también hay párrafos que parecen injertados desde un manual de auyoayuda. En síntesis, es una novela simple, amena, bien escrita, ubicada en algún punto entre el arte y la literatura de supermercado, que permite pasar un buen rato pero apenas mueve la aguja del sismógrafo.

Guillermo Belcore

Calificación: Regular

sábado 3 de diciembre de 2011

Narrativas de la diáspora irlandesa bajo la Cruz del Sur

Laura Patricia Zunini de Izarra
Corregidor. Ensayo de historia, 238 páginas

“Para mí Irlanda es un país de gente esencialmente buena, naturalmente cristiana, arrebatados por la pasión de ser incesantemente irlandeses”
J. L. Borges

El aporte de la heroica Irlanda a la Argentina ha sido esencial pero nunca debidamente reconocido. Desde el padre Thomas Fehily (o Field), adalid de la utopía jesuítica, hasta la obra de María Elena y Rodolfo Walsh y de Juan José Delaney, la diáspora fecundó nuestra historia y nuestra cultura. Baste recordar al almirante William Brown, a Domingo French (al general O’Higgins del otro lado de la cordillera), a Dalmacio Vélez Sarsfield, el Irish-porteño, los mártires palotinos, los personajes de tres o cuatro sublimes relatos de Borges. Que un libro reinvidique y desmenuce la herencia del trébol y del arpa no puede sino merecer elogios.

Una destacada catedrática de la Universidad de San Pablo ha tomado pues como estudio de caso a los irlandeses de Argentina y Brasil. Le añadió una fascinante evocación de la heroína-antiheroica Eliza Lynch, la amante del dictador Francisco Solano López, la “Lady Macbeth del Paraguay”. La profesora Izarra examina textos periodísticos, poesías, cuentos y novelas. Exhuma hitos y nombres. Esta parte del libro es muy instructiva; contrasta con la tediosa reflexión sobre la identidad, el sujeto diaspórico, la etnicidad y otros enmarañados conceptos que, acaso, sólo el especialista en ciencias sociales podrá disfrutar. Recién en la página sesenta el ensayo se pone bueno.

Todo hay que decirlo. El volumen es una de esas monografías universitarias convertidas en libro que exige a gritos el cedazo de un buen editor. En este caso, para aclarar la acumulación caótica de citas, eliminar la jerga de claustro y corregir una traducción que denomina “partido democrático” al Partido Demócrata de Estados Unidos o que inventa palabrejas como “conflictante” o “cosmopolitano”.

En la página treinta y ocho, se recuerda al pasar una idea de Eric Hobsbawn, el prestigioso historiador: la novela es un subproducto del nacionalismo europeo. ¿Será por ello que Irlanda, nación oprimida por los ingleses durante setecientos años, es la isla de los grandes narradores? La construcción de la nación, la desesperada afirmación de un pueblo, genera y requiere copiosa literatura. ¿Será por ello que a la Argentina, donde la idea de Patria es tan lábil (aquí es más importante ser peronista o hincha de Chacarita que argentino), le cuesta tanto producir ambiciosos novelistas?
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Bueno

jueves 1 de diciembre de 2011

Fantasías sexuales en la biblioteca

Diario de un lector apasionado XXII

Rivadavia y Medrano. 5.50 AM

Definitivamente, el momento más hermoso del día es aquel en que transita de la luz a la oscuridad, o viceversa. Por desgracia, la rutina de trabajo me veda el atardecer. Es poco frecuente, por otra parte, que despierte antes de las 9.00. Por eso, esta madrugada quiero disfrutar de la salida del sol desde mi mesa favorita de Las Violetas. Acaban de irse amigos de toda la vida, gente de Morón. La conversión fue gratísima, aunque no por los derroteros de la literatura, creo que sólo el querido Harry -¡ay! lee ficción con regularidad, aunque en su ubicuo smartphone. Leer novelas en un teléfono, ¡qué herejía! Palas Atenea lo perdone.

Tengo en mis manos la última novela de Siri Hustvedt. Escribe realmente bien esta norteamericana de origen nórdico. Da voz aquí -con elegancia y buen gusto- a una mujer de cincuenta y cinco años, poetisa de profesión, abandonada por el marido, un neurocientífico importante. Nunca antes había leído a Hustvedt, pero su escritura me provoca un intenso deja vú. El estilo, los temas, las referencias cultas, las neurosis de los personajes burgueses bienpensantes, el erotismo suave tienen un dejo inconfundible a Paul Auster, un escritor ultraconsagrado que, lamento decirlo, ha dejado de gustarme. La cuestión es que Siri es la mujer de Paul; se trata de algo más que una influencia literaria.

En la página sesenta y nueve (el número es significativo) descubro algo interesante. Quizás sea un guiño entre ellos; la evocación de una experiencia inolvidable o bien uno de esos asuntos que se conversan en los minutos trascendentes que preceden al sueño. Escribió la señora Auster (el destacado es mío):

“La historia empezó en la biblioteca con Kant. Las bibliotecas son fábricas de fantasías sexuales. Es todo producto de la languidez. El cuerpo tiene que acomodarse (una pierna cruzada, la palma de la mano apoyada sobre la mesa, la espalda recta), pero el cuerpo no va a ninguna parte. También es producto de la lectura y de levantar la mirada del libro; la mente abandona el libro y deambula hacia un muslo o un codo, real o imaginario. La penumbra de las estanterías sugieren la idea de lo oculto. Quizá lo provoca el olor seco del papel o de las encuadernaciones y, ¿por qué no?, el olor a viejo del encolado de los libros…”

Paul Auster abordó el tópico en Invisible un año atrás. Yo lo comenté, pedí información a los/las bibliotecarios/as que frecuentan este blog y me gané la severa reprobación de una lectora. Esto escribió el señor Auster en la página cien:

“Poco a poco llegas a entender que la biblioteca sirve única y exclusivamente para una cosa: entregarse a fantasías sexuales. No sabes por qué te ocurre eso, pero cuando más tiempo pasas entre ese aire irrespirable, más se te llena la cabeza de imágenes de hermosas mujeres, de mujeres desnudas, y en lo único que puedes pensar (si pensar es la palabra adecuada en este contexto) es en cojer con hermosas mujeres desnudas. No en algún dormitorio femenino, sensualmente decorado, ni tampoco en un tranquilo y placentero prado, sino ahí mismo, en el suelo de la biblioteca, revolcándose en sudoroso abandono mientras el polvoriento espíritu de millones de libros revolotea en el aire a tu alrededor”.
Foto: Sandra Medina

Vaya, vaya. Así que los escritores de Estados Unidos se abandonan en las bibliotecas al goce de la fantasía erótica. ¿Y los lectores qué? ¿Dónde incurrimos en esos sabrosos menesteres? ¿En los bares que fatigamos con nuestro compañero inseparable de tapa, lomo y páginas (ojalá que muchas)? No seré yo, amigos, quien lo confiese.
G.B.

domingo 27 de noviembre de 2011

Cuidado con el tigre

Luisa Valenzuela
Seix Barral. Novela, 210 páginas.

Treinta años atrás, la enorme Doris Lessing compuso una de las mejores novelas de su tiempo. La buena terrorista es una de las perlas que justifica el Nobel de Literatura 2007. Cuidado con el tigre, aunque escrita antes, parece una pálida copia, una versión degradada. Ambos libros imaginan una comunidad pseudorrevolucionaria que interpreta una farsa. Pero la distancia artística entre uno y otro es similar a la que existe entre Londres y Buenos Aires, ida y vuelta por el camino más largo.

Luisa Valenzuela recrea una célula delirante que intenta sublevar a las masas. El nucleo incandescente es, no obstante, la competencia entre dos hermanas -una de ellas La Capitana- por los favores de un hombre, El Tigre Navoni. La autora ignora la advertencia de Voltaire (“el secreto de ser aburrido es decirlo todo”) y se abisma en el escrutinio neurótico de las motivaciones y actitudes de los personajes. Son caricaturas, nunca dan sensación de realidad. Ocurren poquitas cosas: tres pelandrunes viajan a Misiones a crear una célula rural pero son arrestados, la orga suma adherentes, hay traiciones sentimentales, muere el Che Guevara, un farabute estropea la propaganda en Rosario. Se contrasta el foquismo con la guerrilla entre los sexos.

La escritura es prolija, bien tallada, repleta de ñoñerías. La trama se fragmenta a la moda (¡qué epidemia!), es decir, con mil capitulitos, algunos de un solo párrafo, lo que dificulta apreciar el ritmo, la candencia narrativa. Las páginas no son muchas, pero quizás sobran algunas.

La novela fue concluida a fines de los sesenta; su autora la considera “un hito” y decide sacarla ahora del último cajón del escritorio porque sin ella el mapa de su escritura “quedaría incompleto”. Más allá de esa vanidad confesa, ¿qué gana el Señor Lector? Casi nada, triste es decirlo. La pantomima degenera en bodrio sentimental.

Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura de La Prensa

Calificación: regular

jueves 24 de noviembre de 2011

La cura de inquietud

Proyecto Diez Mil Cuentos

Argumento número veintitrés

La cura de inquietud
Saki. Cuentos Escogidos. Claridad. Edición 2007

Clovis, ese bribón incorregible, decidió gastarle una broma al señor J.P. Huddle, a quien había visto sólo una vez en la vida. Escuchó que el caballero y su hermana, dos solitarios, necesitaban una cura de inquietud para sanar esa manía de que todo sea habitual, ordenado, puntual, metódico, a mano. Clovis visita a las Huddle y se hace pasar por el Príncipe Stanislaus, secretario confidencial del obispo. Llegan telegramas. Su Ilustrísima y el coronel Alberti vendrán a quedarse un par de días en la casa. Clovis pide mapas, los estudia reconcentrado, le advierte a su anfitrión que con el obispo están tramando la matanza de todos los judíos de la vecindad. Veintiséis en total. Huddle amenaza con ir a la policía; Clovis le advierte que en los arbustos hay apostados diez hombres que tienen orden de disparar a cualquiera que deje la casa sin su permiso; una pandilla de boy-scouts asesinos patrullan la parte de atrás. Convocados por sendos telegramas, llegan sir León Birberry, un admirado caballero de la zona, y Paul Isaacs, el zapatero. Con Mr. Huddle y la servidumbre se encierran en el piso de arriba. Clovis anuncia que la matanza será esta noche; pero intentarán no hacer mucho ruido para no agravar el dolor de cabeza de Miss Huddle. Informa más tarde que los boy-scouts confundieron su señal y mataron al cartero de la tarde. Una mucama rompe a llorar. Nunca más vieron al secretario. El nervioso grupo pasó la noche en vela, atrincherado; largas horas escuchando cada susurro del viento, cada crujido en la escalera. A las siete de la mañana, al jardinero y al chico de los mandados les costó convencer a los que vigilaban que todo estaba tranquilo.

PD: Saki es una presencia habitual en este blog. Creo que nunca me cansaré de releer sus cuentos tan divertidos y elegantes. Es insuperable en la composición de la figura del maldito.

martes 22 de noviembre de 2011

El intocable

John Banville
Anagrama. 428 páginas. Colección Compactos. Edición 1999

En el raro universo que habitamos hay estrellas de materia tan densa que una cucharadita pesa más que un rascacielos en la Tierra. Con el arte ocurre lo mismo. Un párrafo o una página de la Alta Literatura tiene más belleza, opulencia, profundidad y sabiduría que la obra completa de un autor de tercera o cuarta fila. Es el caso de esta novela, una de las mejores que he leído en mi vida. Su densidad tiende al infinito. Corrobora que escribir mal es sólo consecuencia de la falta de erudición. Y confirma la intuición de que los lectores apasionados podemos ser felices agotando la obra de nuestros autores favoritos (en este caso el insigne John Banville) y haciendo un corte de manga a casi todo lo demás.

En magnífica primera persona (es una suerte de memoria o álbum de recuerdos), se reconstruye la vida de sir Anthony Blunt, uno de los principales catalogadores de nuestra era, catedrático de Oxford y Cambridge, eminencia de la British Academy, erudito en Nicolás Poussin y William Blake, y, sobre todo, inspector de Dibujos y Pinturas de la monarquía británica. Pero, prácticamente, nadie lo recuerda hoy por la finura de sus antenas como crítico o historiador de arte sino por haber sido durante más de treinta años un espía  de la Unión Soviética. Está probado que sus delaciones condenaron a una muerte atroz a personas detrás de la Cortina de Hierro. En noviembre de 1979, Margaret Thatcher desenmascaró al farsante ante la Cámara de los Comunes. Occidente entero se estremeció.

Convengamos que entre los tipos humanos pocos son tan interesantes como el del traidor o el del homicida desapasionado (caso Martín Fierro, dicho sea de paso). ¿Hace falta señalar que Blunt-Maskell no era un criminal común y silvestre? El esteta talentoso y estoico, el esbirro de la KGB, el niño mimado de la aristocracia intelectual fue además un homosexual promiscuo, de esos que merodean los baños de estación de ferrocarril en procura de “carne apropiada”. Bueno, también lo eran casi todos los miembros de la célula que Moscú reclutó entre Los Apóstoles de Cambridge. Banville los retrata con la habilidad de un miniaturista persa; los personajes secundarios son fascinantes, como Boy Bannister (Guy Burgess, en la vida real) a quien Blunt ayudó a fugarse a la URSS en los cincuenta; o un tal Querrell que no puede ser otro que Graham Greene.

El final de la novela es asombroso; proporciona una explicación coherente y verosímil a los misterios del expediente Blunt. ¿Quién fue el ángel de la guarda o la legión de ángeles que protegieron su duplicidad radical durante años? Pero no es en el terreno de Le Carré que el libro relumbra como el oro del Vaticano sino en la magistral exploración de un alma descarriada y en la vivisección de una felonía que dejo al mundo boquiabierto. En diciembre de 1980, el egregio George Steiner meditaba en The New Yorker:

“El espionaje y la traición son tan antiguos como la prostitución. Y, evidentemente, han atraído muchas veces a seres humanos de cierta inteligencia y audacia y, en algunos casos, de elevada posición social. Sin embargo, que se alistará en este repugnante oficio un hombre de tal superioridad intelectual, un hombre cuyas manifiestas aportaciones a la vida espiritual son de extrema elegancia y percepción y que, como estudioso o como profesor, hizo de la veracidad y de la escrupulosa integridad la piedra de toque de su trabajo, es verdaderamente singular. No se me ocurre, en relación con la época moderna, ningún paralelismo genuino con la traición del profesor Blunt”.

Del estilo de El intocable sólo pueden hablarse maravillas. Los párrafos son macizos, exuberantes, ricos en vocabulario e ideas fecundas. Los diálogos, vivaces; hay una sucesión de cautivantes escenas teatrales, incluso absurdas. Menudean las alusiones clásicas; recuérdese que oímos la voz de un erudito. Un fulano tiene “una atractiva cojera a lo Byron”. Otro “era la viva imagen del viejo Martin Heidegger con un bigote que parecía un tiznajo”. Una mujer ofrece “una pose a lo Sarah Bernhardt”. Otra le recuerda “a una de esas intrigantes mundanas de Henry James como Madame Merle o la señora Assingham”. Steiner sostiene que Banville es el estilista más elegante de la lengua inglesa. Quien no conozca al mejor escritor vivo de Irlanda, esté es el libro apropiado para comenzar una relación amorosa.

Entre mil subtemas interesantes, Blunt-Maskell-Banville ofrece una exquisita y certera teoría metafísica sobre el arte (obsérvese el delicado uso del punto y coma):

“La obra no tiene ningún significado; relevancia, sí; sentimientos; autoridad; misterio -magia, si se quiere-; pero no significado. Su significado es estar allí. Este es el hecho fundamental de la creación artística, representar algo que de otro modo no existiría (Por qué lo pintó. Porque no estaba allí)”.

El intocable tiene todo lo que la Gran Novela puede ofrecer al lector culto. No se me ocurre un elogio mejor.
Guillermo Belcore

Calificación: EXCELENTE

PD: ¿Dije que Banville es uno de mis narradores favoritos? Este blog ha reseñado otros tres libros de su autoría.

sábado 19 de noviembre de 2011

A vueltas con la cuestión judía

Elisabeth Roudinesco
Anagrama. Ensayo de historia, 319 páginas
"La idiotez es el mal absoluto, el enemigo invencible"
Flaubert

"Dos principios opuestos y destinados a enfrentarse hasta el infinito, hasta que llegue la muerte: una auténtica tragedia que además dará origen a un conflicto sin fin en el que las dos partes enfrentadas -palestinos e israelíes- tendrán sus propias razones, tan legítimas unas como otras, como los griegos y los troyanos en el poema de Homero. Imposible elegir un campo en contra del otro, dado que ninguno de los dos tiene otra opción que vivir con el otro, o morir con el otro".
Elisabeth Roudinesco

La historia contemporánea puede ser leída también como una lucha brutal entre modernidad y atavismo. El primer bando lo integran todas las ideas, pensadores y artefactos universalistas (como la democracia); el segundo, las ideologías y movimientos que colocan el acento en lo particular, los que, en el mejor de los casos, conducen a un callejón sin salida, pero en el peor desembocan en Auschwitz. La universalidad engendra odio y resentimiento; y en el siglo XIX generó el antisemitismo, fuerza oscura y maléfica que es también un asunto del inconciente, establece en este ensayo convincente Elisabeth Roudinesco, psicóloga estructuralista, pensadora notable, portaestandarte de la Ilustración, mujer de juicios libres. Su inteligencia refulge; es notable que la mera sensatez pueda producir tanto placer intelectual.

El libro es una travesía fascinante por casi dos milenios de historia del pensamiento: desde el Concilio de Nicea hasta los inquisidores judíos de hoy. Hace un análisis magistral de lo que realmente pensaban y piensan sobre la cuestión judía personalidades eminentes. Con pruebas en la mano, demuestra que Nietzsche y Marx no fueron antisemitas. Reivindica a Spinoza, Freud, Hanna Arendt y Derrida. Defiende a Jean Genet. Explica a Heidegger y a Jung, sin absolverlos, claro. Hace trizas a la derecha francesa recalcitrante, a Chomsky y a los negacionistas. Precisa términos y rastrea su origen histórico. Y se mete de lleno en el conflicto entre israelíes y palestinos, “hoy el centro de todos los debates entre intelectuales, sean concientes o no”. Opina que Israel debe convertirse en un Estado binacional, laico o igualitario; o se despeñará hacia una teocracia con apartheid. Vemos por estos días, en efecto, que se han cumplido las peores pesadillas de Freud para la Tierra Prometida: judíos racistas y árabes antisemitas se encuentran atrapados en una espiral degradante de venganzas.

Puede sólo reprochársele a Roudinesco un exagerado galocentrismo. Hace que toda la historia de la Humanidad orbite en torno de Francia. Llega a decir que sin el caso Dreyfus y sin Edouard Drumont no hubiera existido el sionismo. Pero es una mácula insignificante que no estropea de ninguna manera el análisis crítico y la imprescindible defensa de la tradición ilustrada. El lector encontrará en este libro -como diría Diderot- precisión en las ideas, exactitud en el razonamiento, rigor en el estilo; en pocas palabras, todo cuanto caracteriza a una sana filosofía. 
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Muy bueno
PD: He vinculado este ensayo esclarecedor con la última novela de Umberto Eco en la columna que escribo para Eterna Cadencia (pinche aquí). Puse el acento en la reivindicación del Héroe de la Ilustración, una necesidad para estos tiempos.

domingo 13 de noviembre de 2011

La noche de los museos

Este blog quiere expresar su adhesión a La Noche de los Museos, iniciativa estatal que permite a los argentinos que nunca se interesaron y jamás se interesarán por el arte y la historia recorrer diez o quince museos en dos horas. De esta manera, podrán gozar de cada manifestación de la cultura una microdécima de segundo. Las largas colas y los medios de transporte llenos permiten, por lo demás, en la madrugada de un domingo evitar la nostalgia por las horas pico de un día de semana. ¡Bien por la cultura de masas! ¡Vivan los simulacros!

La Biblioteca de Asterión (crítica con mala onda)

sábado 12 de noviembre de 2011

El imperio de los sentimientos

Beatriz Sarlo
Siglo Veintiuno Editores. 174 páginas

En las primeras décadas del siglo XX, circulaban con gran éxito en la Argentina (tiradas de hasta cuatrocientos mil ejemplares) publicaciones semanales cuyos cuentos románticos proporcionaban placer y consuelo a las gentes sencillas. Se vendían de casa en casa o en los quioscos a diez centavos el ejemplar (una bicoca). Los esnobs tachaban a la especie de “literatura de barrio, de pizzería, de milonguitas”. Con gran erudición y enfoque misericordioso, una intelectual de juicios libres examina aquellos escritos. El análisis formal e ideológico concluye que las novelitas sentimentales pudieron haber sido para los lectores incultos “un agradable desvío o una sencilla estación para las iniciaciones”.

El libro data de 1985, pero no ha perdido un ápice de frescura. Beatriz Sarlo (1942) piensa sobre los hombros de Raymond Williams, Bourdieu, Barthes (hasta el título es una imitación). El lector, ese enigma; la revista y sus escritores; el ideal y la representación del amor; la noción de felicidad; el lenguaje de los ojos; y los vicios narrativos son viviseccionados con pericia. Sarlo tiene un probado ingenio para desmontar un texto como si se tratase de una batidora.
Puede que algún párrafo, como el que se abisma en las redes semióticas, mate a un lector de aburrimiento o que el sonsonete paleomarxista de que la materia engendra a las personas (“el texto produce a sus lectores“) suene demodé, pero se trata en general de un ensayo instructivo y ameno, tallado con estilo elegante y profundo. Permite, por cierto, trazar parangones con los textos de la felicidad contemporáneos, caso las baladas románticas, las telenovelas e incluso las nouvelles casi seriadas que los plumíferos de tercera o cuarta categoría escriben hoy sin demasiado esfuerzo para ganar un premio, obtener una canonjía o incluso para ser llamados escritores. La falta de ambición o talento provoca en cualquier época el mismo resultado, independientemente del público al que está dirigido. Podríamos concluir con Sarlo, que demandar poco del lector o manejar un elenco limitado de recursos estéticos implica condenarse al olvido. ¿Quién recuerda hoy a los eficaces Josué Quesada, Hugo Wast y Alejo Peyret?
Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Bueno 


PD: Algunas cosas no han cambiado nada. Hace cien años las mujeres leían más que los hombres. Y, como ahora, a principios del siglo XX “la sociedad de bombos mutuos enceguece los comentarios en la prensa convirtiendo a la opinión crítica en clásicas gacetillas celebratorias”.

miércoles 9 de noviembre de 2011

El poder del perro

Don Winslow
Mondadori. Novela policial. Segunda edición en la Argentina 2011.

“Hay muy poco de la novela que realmente no haya sucedido”
D.W.

En América latina, por debajo de los fenómenos cotidianos, del trabajo honesto, de las bienintencionadas acciones de los dirigentes políticos y de los guardianes de la ley, de la pesada rutina de la mayoría de los hombres y mujeres, existe un universo infernal poblado por ángeles caídos o demonios incorregibles que compran miles de almas (“plomo o plata“), viven en la opulencia y el desenfreno, y que cuando se enfadan vomitan ríos de sangre y devastación sobre nuestra gris cotidianidad. Dios nos proteja de ellos. No me refiero, claro, a licántropos, vampiros u otras criaturas improbables de la ciencia ficción. El inframundo es pedestre. Ejercen allí su señorío brutal los barones de feudales de las drogas.

He aquí la sustancia tremenda con que fue elaborada esta novela torrencial, extraordinaria en su ambición (¡719 páginas!), aunque limitada por una prosa cualunque que le impide saltar del género policial al empíreo de la Alta Literatura. Rodrigo Fresán, un crítico notable aunque proclive a la expresión rimbombante, la define en el prólogo como la gran novela estadounidense del narcotráfico de todos los tiempos. Sea. Un thriller necesario, pues. Y atrapante de la primera a la última letra. Se lee con una mano en la boca y el estómago revuelto.

Mediante el minucioso relato de la eclosión y auge y de un cartel de las drogas y del trampolín mexicano (treinta años de historia palpitante), el estadounidense Don Winslow establece cinco puntos:

a) que el PRI vendió México a los narcotraficantes. Y como consecuencia el querido país hermano transformó buena parte de su territorio en lo que los politólogos llaman “un Estado fallido”.

b) que si una mafia trabaja activamente en favor de los intereses geopolíticos de Estados Unidos (financiando la guerra contra el izquierdismo latinoamericano, por ejemplo) tiene la prosperidad asegurada.

c) que la guerra contra las drogas del Estado moderno ha fracasado miserablemente. Es “una idiotez obscena o una obscenidad idiota”; una farsa trágica, en todo caso. Uno casi se convence de la necesidad de legalizar el consumo y comercio de estupefacientes.

d) que sólo los lobos solitarios (la ética del vaquero), con una pasión y honestidad rayana en lo psicótico, logran algún resultado en la guerra contra el narco.

e) que los crímenes más abyectos y bestiales (incluso la aplicación de tormentos medievales) son moneda corriente en el inframundo. Y todo porque los norteamericanos no pueden refrenar un apetito suicida.

El procedimiento narrativo de Winslow es simple. Explicar al público corriente cómo se hace un zar de las drogas, un sicario, un cowboy de la DEA, un reyezuelo de la mafia irlandesa, una espléndida cortesana del burdel más lujoso de California, un funcionario corrupto, una criminal política exterior (la de Washington, of course). Mezcla con suma eficacia ficción y realidad. O mejor dicho, ficcionaliza tremebundos titulares de la sección Internacionales de los diarios, como los asesinatos de Luis Donaldo Colosio y el arzobispo de Guadalajara, Juan Posadas Ocampo; el exterminio de la Unión Patriótica en Colombia; la asistencia de la CIA a los contras nicaragüenses; el Efecto Tequila que tanto dañó causó a la Argentina de Menem y Cavallo (sí, los narcos también estuvieron detrás del desplome financiero). Los personajes son verosímiles; la trama, creíble. Winslow, explica el prólogo, se documentó durante seis años para redondear su obra magna. La novela fue publicada en inglés en 2005.

A pesar de su escritura plana sin ninguna pretensión estética, El poder del perro es, para un servidor, La Novela Policial de 2011. Lectura imprescindible, diría.
Guillermo Belcore

Calificación: Muy buena

PD: No es la primera vez que se elogia con toda convicción una novela del señor Winslow en este blog. Pinche aquí.