domingo, 20 de agosto de 2017

La máscara del mando

POR GUILLERMO BELCORE

Por alguna oscura razón, muchas personas incapaces de empuñar un arma y que vemos la guerra como una práctica infame, consideramos, en cambio, a la historia militar, como una lectura fascinante. Máxime cuando el narrador es una reconocida autoridad en la materia que demuestra que una sólida erudición no necesariamente está reñida con la elegancia en la expresión y el pormenor sabroso. El inglés John Keegan (1934-2012) reúne -sobradamente- esas tres condiciones.

La solapa del ensayo nos recuerda que el autor es un Tucídides contemporáneo: escribió una veintena de libros, entre ellos dos historias fundamentales de las guerras mundiales del siglo XX. Fue profesor en la famosa academia militar de Sandhurst. También impartió clases en Harvard, Oxford y Cambridge, entre otros centros de excelencia. Este blog ha prestado testimonio sobre la valía de dos de sus obras: Secesión e Historia de la Guerra (pinche aquí y aquí).

El sello Turner ha reimpreso, por fortuna, otro ensayo magistral de Keegan: La máscara del mando (438 páginas), un estudio cautivante, del primero al último párrafo, sobre la transformación de la conducción militar a lo largo de dos milenios de historia occidental. Un intento formidable, a través del tiempo y del espacio, de penetrar en las peculiaridades del liderazgo.

El historiador abordó así el problema de la técnica y la filosofía del mando en cuatro sociedades distintas:
  • El ethos heroico y hegeliano (narcisista, en última instancia) del mundo de Alejandro.
  • La creación de una clase militar encarnado por la sociedad que tenía al duque de Wellington (el antihéroe) como modelo.
  • El mando no heroico de Ulises Simpson Grant, demócrata y populista de los pies a la cabeza, el primer general “moderno“.
  • El falso heroísmo: Hitler como extravagante jefe supremo obsesionado por restaurar la grandeza de Alemania.

Uno de los interrogantes fundamentales que el libro encara es dónde debe colocarse el jefe militar en el momento del combate. ¿En la primera línea? ¿Siempre? ¿Debe ser Hércules, el que resuelve en los trabajos? ¿Qué ha significado ser un héroe a lo largo de la historia? En las conclusiones, se añade un punteo que agradecerá todo aquella persona a la que la vida la haya situado al frente de un grupo de personas: describe los cinco imperativos del arte de mandar, que son afinidad, prescripción, sanción, ejemplo y acción.

Hay que destacar una cualidad de Keegan, tiene una mente extraordinariamente incisiva en el juicio estratégico y en su comprensión de la naturaleza de la guerra, que mucho ha tenido de “religiosa“ incluso en los tiempos modernos para desgracia de los pueblos. El ensayista demuestra habilidad, además, para resumir acontecimientos e integrarlos -sin forzar el relato- en la narración general. No obstante, puede que su virtud más preciosa sea la capacidad de hacer docencia. El ensayo resulta esclarecedor; instruye al lego. Acaso no exista algo intelectualmente más placentero que aprehender lo complejo. Debo confesar que hasta ahora nunca había entendido del todo cómo Alejandro consiguió todo lo que consiguió . También desconocía que la mayor parte de las obsesiones políticas y militares del cabo Hitler provenían de sus experiencias como mensajero en las mortíferas trincheras de Flandes entre 1914 y 1918. Las páginas sobre la I y la II Guerra Mundial, en verdad, son magníficas.

Algo hay que decir sobre la ideología del autor. Es un aristotélico. Lo bien que hace Keegan al desdeñar el materialismo histórico y otras ficciones basadas en las leyes de hierro de la causalidad: considera un disparate pensar que las cualidades del  individuo no tienen ninguna incidencia en el curso del mundo. La superioridad del liderazgo -insiste- es el factor clave de la guerra. Y la cultura ha sido “un elemento determinante en la configuración de un estilo de mando”. Asimismo, el historiador inglés puede ser considerado un macluhiano, por cuanto atribuye al cambio tecnológico un papel decisivo en la marcha de los acontecimientos. Verbigracia: llega a decir que “el Renacimiento y la Reforma resultan inconcebibles sin la pólvora”.

El libro nos pasea de la mano por Gaugamela, Waterloo, Vicksburg, Stalingrado y otros campos de batalla que además de atrapar poderosamente nuestra imaginación, hielan la sangre. Pero no se agota allí, también es una suerte de resumen fascinante de la evolución de la humanidad. De ahí su grandeza. Un viaje espeluznante, ¿pero qué otra cosa es la historia militar?

Calificación: Excelente

PD: La traducción de José Antonio Montano incurre dos veces en el anacronismo. Nos dice que Alejandro cazaba “pumas” allí donde los encontraba y que eligió “un maizal tupido” para desembarcar en un punto de los Balcanes. Como el lector de este blog sabe, el puma y el maíz son originarios de América.

domingo, 6 de agosto de 2017

Rey de Picas

La mitad siniestra, versión II


La escritora más prolífica del mundo ha publicado una novela rara, con tintes de policial negro pero también de terror gótico, cuya espina dorsal es la desintegración de un carácter, salpimentada con un par de elementos fantásticos. Joyce Carol Oates (Lockport, 1938) juega en Rey de Picas (Alfaguara, 229 páginas) a emular a Stephen King. Como el maestro de Bangor, la amable señora neoyorquina ha querido manipular algunos de los temores más recónditos del buen burgués: el miedo a la locura propia o la ajena, el miedo a queden culo al aire nuestras debilidades o vicios ocultos, el miedo a ser arruinado en los tribunales por una de esas personas que aman litigar.

Oímos la voz atormentada de un escritor de segunda categoría y mediana edad llamado Andrew Rush, autor de bést-sellers de misterio, casi buenos, que nunca gozaron de una reseña en New York Times Books pero que lo han convertido en multimillonario. Vive con esposa e hija en una mansión, sobre las afueras de una apacible localidad de la Nueva Jersey rural. Como Oates, a Rush le encanta escribir: “…estoy a disgusto si no consigo trabajar al menos diez horas diarias”. 

El literato, ya consolidado, es un ciudadano ejemplar y meticuloso, la quintaesencia del padre y esposo modélico, sin embargo esconde un secreto incómodo (no es el peor): como consecuencia de la desazón artística por el éxito de sus mediocres novelas de intriga, publica a escondidas otras más vulgares, francamente asquerosas, políticamente incorrectas, bajo el seudónimo de Rey de Picas. Las escribe de madrugada “durante periodos de rabiosa actividad descontrolada”. Su familia no conoce tal esquizofrenia. Nadie lo sabe, en realidad. 

Así transcurre su doble vida hasta que recibe una extraña citación judicial. Una dama patricia, algo estrafalaria, lo acusa de plagio. A partir de entonces, nuestro hombre se hunde en un torbellino, primero de angustia luego de degradación física y moral. Hace cosas terribles. El taimado Rey de Picas (“La mitad oscura“) pasa a empuñar el timón de la personalidad. Suena conocido, ¿no?


FECUNDA


Nos dice la solapa de tapa, que, a lo largo de cuatro décadas, la señora Oates ha compuesto más de cincuenta novelas, más de cuatrocientos relatos breves, más de una docena de libros de no ficción, ocho de poesía y otras tantas obras de teatro. Una verdadera escritora de cuello azul. Su vastísima producción realista, no obstante, no ha sido debidamente reconocida por la crítica especializada. Es posible colegir que esta frustración con los comentaristas esnobs, intelectuales de izquierda, se deslice en algunas de las quejas de Andy Rush: “Después de haber aprendido a ’deconstruir’  la literatura, en lugar de disfrutar con ella, o en lugar de reaccionar ante ella de manera emocional… (consideran que) las novelas de suspense, de acuerdo con los criterios de la teoría literaria, son totalmente anticuadas en argumento, estructura, lenguaje y ’perspectivas…” 

Creadora y creatura participan también en el desdén por el acabado del párrafo: “No es necesario sacar brillo a cada condenada frase; basta con que digas lo quieres decir”, sentencia Rush-Oates. Por el dominio de la metáfora, precisamente, no será recordado este libro. Comparar el olor del fracaso con el húmero aroma de las setas venenosas, por ejemplo, no atrapa la imaginación.

De todos modos, hay que decir que la novela siempre resulta cautivante. Es una lectura fácil, de capítulos cortos, amena. Con su audaz desviación estilística respecto a sus trabajos previos y sus inteligentes alusiones metaliterarias, el último texto de Oates que llega al español se devora con fruición.
Guillermo Belcore


Calificación: Bueno

PD: Este blog recomienda la lectura de estos otros tres libros de la señora J.C. Oates:


martes, 1 de agosto de 2017

Dunkerque 1940

La película de Christopher Nolan revive uno de los episodios clave de la II Guerra Mundial. Corría mayo de 1940. En un maltrecho puerto de Francia, a los alemanes se les escapó una oportunidad de oro para alcanzar una victoria fulminante en el frente occidental. Churchill no hubiese sobrevivido a la perdida de la Fuerza Expedicionaria Británica.


POR GUILLERMO BELCORE

Dunkirk, la clamorosa película de Christopher Nolan que se estrenó la semana pasada en Buenos Aires, ha atraído la atención sobre un episodio crucial de la Segunda Guerra Mundial: la Operación Dínamo, es decir la evacuación de unos 350 mil soldados anglofranceses desde el último puerto del Canal de la Mancha en caer en manos de los alemanes durante la espectacular ofensiva de 1940. La fuga por un pelo hacia Inglaterra ocurrió a fines de mayo de ese año. Tuvo un valor estratégico sin par, sostienen los eruditos. Si hubiese concluido en catástrofe el resultado de la contienda global podría haber sido distinto.

Antes de esclarecer las circunstancias, es menestar formular una advertencia. El milagro de Dunkerque conforma lo que el historiador Pierre Nora llama un lieux de mémoire, vale decir uno de esos acontecimientos que apelan tan poderosamente a la memoria colectiva que excluyen o minimizan a los demás. Se transformó en un mito, por lo que el nacionalismo lo ha explotado en términos de propaganda y orgullo nacional. Dunkerque tiene para los ingleses el mismo valor que Stalingrado para los rusos. Es el pilar del relato churchilliano que considera a la supervivencia del Reino Unido como el factor clave en la derrota de las bestias hitlerianas.

CAE FRANCIA


A los hechos. En septiembre de 1939, Alemania y la Unión Soviética habían invadido Polonia. Londres y París le declararon la guerra a Berlín. Un par de semanas le bastaron a nazis y bolcheviques para aplastar la resistencia polaca, pero pasaron meses hasta que el Tercer Reich se sintiera con la suficiente confianza como para golpear en Occidente.

El período conocido como pseudoguerra concluyó el 9 de abril de 1940 cuando las fuerzas alemanas irrumpieron en Dinamarca y Noruega. También Holanda fue invadida. El 10 de mayo fue violada la soberanía de Bélgica por segunda vez en un siglo. Los aliados esperaban que se repitiese la historia de la Primera Guerra Mundial, que el grueso de la invasión bajase a través de los Países Bajos, por eso establecieron 35 divisiones aliadas en Flandes, incluyendo a la Fuerza Expedicionaria Británica (BEF) y la reserva móvil de Francia, pero el Alto Mando Alemán había preparado una sorpresa: el Plan Sichelschnitt (hoja de hoz) del brillante mariscal Erich Von Manstein. Funcionó a la perfección.

Alemania dispuso para la Batalla de Francia tres formidables arietes. El Grupo de Ejércitos del Centro golpeó donde nadie lo esperaba. Atravesó los mal defendidos bosques de las Ardenas (en teoría infranqueables) con 44 divisiones, entre ellas diez poderosas divisiones acorazadas. Los panzers de Heinz Guderian descendieron del macizo, cruzaron el Mosa, capturaron Sedán y el 16 de mayo cubrieron como un relámpago unos 95 kilómetros hasta llegar al Canal de la Mancha, a la altura de Abbeville. La Wermacht rodeó así el flanco izquierdo de la Linea Maginot, capturando por la puerta de atrás sus inútiles fortalezas. 

Fue la consagración de la blitzkrieg (guerra relámpago); retornaban al campo de batalla dos elementos decisivos que la guerra del 14 había desterrado: velocidad y movimiento. La acción coordinada de tanques y aviación fue demasiado para un Ejército francés que parecía haber perdido las ganas de luchar. El mundo quedó asombrado. Ni siquiera Adolf Hitler esperaba tan fulgurante éxito. Sir Winston Churchill, que había recuperado el poder justo cuando comenzaba el asalto alemán en el Oeste, golpeó la mesa indignado: "¡No se puede conquistar Francia con ciento veinte tanques!"

SE CIERRA LA TRAMPA



Así las cosas, los casi 400 mil hombres del frente belga quedaron cercados. Al norte se esforzaban por detener a 22 divisiones alemanas, ahora su retaguardia se veía amenazada. Su destino parecía sellado. El Ministerio de Guerra británico ordenó abrirse paso hasta el mar y evacuar a la mayor cantidad de almas. Comenzaba la dramática Operación Dinamo. Sus expectativas eran modestas, a lo sumo repatriar unos 25 mil soldados. Fue providencial que Hitler se decantase por una de las más polémicas decisiones de toda la guerra. El 24 de mayo a las 11.42 de la mañana ordenó a la punta de lanza de Guderián detenerse a 25 kilómetros de Dunkerque. Fue un parate de sólo 48 horas pero el respiro permitió organizar la evacuación en masa que comenzó el domingo 26 e involucró a 40 destructores de cuatro países y 900 buque privados, entre ellos yates de recreo, barcos de pesca y gabarras del Támesis (se ha exagerado mucho la ayuda de los domingueros). El 4 de junio, unos 350 mil efectivos (un tercio de los cuales eran franceses) habían sido rescatados, dejando en las playas lo esencial de su equipamiento. Churchill supervisó la fuga, hora por hora. "Como quería evitar recriminaciones entre franceses e ingleses insistió en que la evacuación se hiciera tomados del brazo"", evoca el biógrafo Francois Kersaudy.

El costo fue alto. Joanna Bourke escribió en Una historia de las víctimas este párrafo estremecedor: 

"Los hombres de Dunkerque clamaban al cielo y gemían. En cuanto el tiempo clareaba, los cazabombarderos alemanes atacaban a los soldados indefensos. Muchos se volvieron locos de puro pánico. Otros se amotinaron, llegando a hacer volcar varias embarcaciones y a provocar que muchos de sus compatriotas heridos muriesen ahogados. El pánico resquebrajo la disciplina".

Casi ochenta años después la pregunta sigue siendo por qué el Führer, ese lunático implacable, salvó a la bien adiestrada BEF. La primera respuesta es obvia: en toda guerra se cometen errores. Norman Davis (Europa en guerra) arriesga que fue "una decisión mayormente política, inspirada en la extraña creencia de que el Reino Unido pediría la paz". Este blog prefiere el razonamiento de Ian Kershow, principal biógrafo del dictador alemán.

La propuesta de frenar la marcha de las unidades motorizadas provino del general Gerd von Rundstedt, comandante del grupo A del Ejército de Tierra que había liderado el notable corte de hoz a lo largo del flanco sur. Hitler aceptó la propuesta, añadiendo que había que conservar los blindados para el avance hacia París. La experiencia de la I Guerra también influyó: se temía que los numerosos canales que cruzan Flandes paralizaran la caballería de hierro. Además no podía descartarse un contraataque...

No hubo, pues, acto de generosidad. La decisión se tomó por razones militares. Al fin y al cabo, Hitler no deseaba que Inglaterra concurriera a la mesa de negociaciones con su ejército intacto. Quería propinarle un golpe decisivo, para obligarla a aceptar condiciones de paz leoninas. Herman Göring lo había convencido de que dejara a la Luftwaffe terminar con el trabajo, pero no sería la última vez que el mariscal mantecoso no cumpliese con su palabra. A Hitler nunca se le ocurrió que los ingleses pudiesen escapar del cerco. Al cabo de dos días, comprendió su error y revocó la orden. Pero era tarde. "El retraso fue vital y permitió a los ingleses organizar la extraordinaria retirada, una obra maestra de improvisación que estuvo acompañada de mucha buena suerte", establece Kershow.

GALVANIZADOS

En términos militares, Dunkerque fue una derrota táctica en toda la regla para los aliados. Los alemanes hundieron ocho destructores. No obstante, a la postre se convirtió en un capital político para el Reino Unido, dado que proporcionó un formidable estímulo moral durante uno de los puntos anímicos más bajos de su historia. El espíritu de Dukerque -como paradigma de la superación en condiciones adversas- fue invocado reiteradamente hasta 1945.

Churchill, ese tribuno sin par, aprovechó la oportunidad. El 4 de junio, al anunciar en el Parlamento el éxito de la evacuación, pronunció algunas frases inmortales:

"...Lucharemos en Francia, lucharemos en los mares y océanos, lucharemos por los aires con una confianza y medios que crecerán sin cesar. Defenderemos nuestra isla a cualquier precio. Lucharemos en las pistas de aterrizaje, lucharemos en los campos y en las calles, lucharemos en las colinas. ¡No nos rendiremos nunca! Y si nuestra isla o una gran parte de ella, tuviese que verse conquistada o hambreada (lo que no creo ni por un instante) entonces nuestro Imperio de ultramar, armado y protegido por la flota, seguirá la lucha hasta que el Nuevo Mundo, con todos sus recursos y su poder, se adelante para socorrer y liberar al Antiguo".

Dunkerque apuntaló a Churchill. El historiador Kershow conjetura que si se hubiese perdido la BEF habría sido prácticamente imposible que el primer ministro sobreviviese a la creciente presión de las fuerzas que en Londres estaban dispuestas a llegar a un entendimiento con Hitler.

No fue el único en concluir que en ese maltrecho puerto francés a Alemania se le escapó de las manos una oportunidad de oro para alcanzar una victoria fulminante en el frente occidental. En cuestión de días, la Wermacht había aplastado a su viejo enemigo trastornando el orden mundial (Francia descendió definitivamente del pedestal de las grandes potencias), pero el error táctico de Hitler y sus generales tendría consecuencias estratégicas. "¿En tanto Gran Bretaña permaneciera en guerra no era inevitable que Estados Unidos se uniera a ella en su lucha para liberarse del puño de acero alemán que atenazaba a Europa?", concluyó Alan Shepperd en Francia 1940. Para la causa de la libertad y el progreso en el mundo fue una gran cosa que la BEF escapara intacta de la ratonera.
Publicado el domingo pasado en el diario La Prensa.

domingo, 30 de julio de 2017

Bettý

Hace unos años, Arnaldur Indridason (Reikiavik, 1961) decidió hacer un alto en su reconocida saga del inspector Sveinsson. Tenía en mente cultivar otra especie, un injerto en realidad. Plantar en su gélida Islandia un tópico de la literatura estadounidense: la mujer fatal, es decir la chica bella, mala y traicionera que induce a su amante a cometer un crimen miserable. La apuesta fue coronada por el éxito: Bettý (RBA. 231 páginas) es una novela con una historia (y una protagonista) muy seductora, fiel al género, que se deja leer muy bien. Un entretenimiento de primera, pues.

La trama tiene además una cesura argumental que deja al lector boquiabierto y obliga a repensar todo lo absorbido en el primer hemistiquio. Es un espléndido alarde de originalidad. Por consiguiente, esta reseña deberá ser tan incompleta como cuidadosa para no arruinar el efecto sorpresa.

Bettý es una joven majestuosa casada con Tómas Ottóson, el rey de la pesca de Akureyri, un magnate, un patán, un puñado de hormonas masculinas, agresivas. La vampiresa seduce a un alma solitaria pero desdichada para deshacerse del marido y heredar una de las fortunas más cuantiosas de Islandia. "Excitación, deseo, Betty. Una tríada peligrosa y al mismo tiempo irresistible". Ese es el juego, nada del otro mundo como se ve, una anécdota repetida pero el exotismo nórdico, la indagación psicológica, los buenos diálogos y -como se dijo- el impensado giro a la mitad del recorrido potencian al artefacto literario.

Oímos una voz desesperada; escuchamos a la víctima de la tarántula Betty. Narra desde la cárcel. Entre interrogatorios de la policía e indagaciones de los psiquiatras (una suerte de escenas teatrales), evoca su amor y su lujuria sin freno que concluyeron en tragedia y traición. Qué fácil es cometer errores cuando se vive en la ignorancia, ¿no es cierto?. Pero, ¿hay alguien capaz de examinar su vida bajo el microscopio? ¿Quién tiene el valor?, nos interpela.

Indridason, autor multipremiado en Europa, ha conseguido dos proezas. En primer lugar, reprodujo el tono exacto de la novela negra estadounidense. En segundo lugar, nos persuadió de que en un país diminuto de 350 mil habitantes con un promedio de dos asesinatos anuales (¡sí, por año!) ocurren las mismas aberraciones que envilecen la periferia de Buenos Aires hora tras hora. Esto se llama destreza artística.
Guillermo Belcore
Publicada en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Buena

PD: En este blog se elogia otra novela de Indridason: https://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2010/09/la-voz.html?m=0

domingo, 16 de julio de 2017

El exótico 007 que volvió del frío

Muchos escritores de fuste han embellecido páginas de diarios y revistas; por el contrario, pocos periodistas de raza han logrado escalar al Parnaso. Una de estas rara avis llamada George Orwell lo explicaba así: para poder dedicarse de cuerpo y alma a la literatura, uno necesita ganarse la vida con una profesión que no te absorba todas tus energías creativas. Vale decir, es mejor vender boletos en el subterráneo que fatigarse en una redacción o ser docente de tiempo completo. El inglés Lionel Davidson (1922-2009) también puede considerarse una excepción. Su talento le permitió dar el gran salto.

Hijo de inmigrantes judíos de Europa oriental fue un hombre de acción. A los quince años, ya era cadete en un periódico. Sirvió durante la II Guerra Mundial como telegrafista en la división de submarinos de la Royal Navy. Luego se unió a una agencia de noticias como fotorreportero, y se las ingenió para infiltrarse en la Praga comunista. En la capital checa, justamente, ambientó su primera y exitosa novela (La noche de Wenceslao, 1960). Vivió diez años en Israel, incluso en un kibbutz. Se recuerda hoy a Davidson como uno de los mejores escritores del género de espionaje (Graham Greene lo adoraba). En 1994, rompió un silencio de dieciséis años al publicar Bajo los montes de Kolima. La crítica lo aplaudió de pie. Afortunadamente, el sello Salamandra acaba de rescatarla. Aquí, se intentará explicar por qué es una novela extraordinaria.

El texto nos lleva a los primeros años de la Rusia postsoviética, ese gigante empobrecido. Un agente (freelance) de la CIA debe infiltrarse en una base del extremo norte de Siberia, el lugar más secreto de la URSS, el menos accesible del mundo, acaso. Allí, en Aguas Negras (Tchorni Vodi), se fabrica algo sacrílego. Por un sendero tortuoso había llegado a Occidente desde la remota región de Kolina el llamado de auxilio de un científico ruso, un biólogo que clama por la presencia de un colega canadiense a quien conoció una noche de alcoholes en Oxford. Naturalmente, la inteligencia británica y la estadounidense no dejaron pasar tan promisoria oportunidad de otear en los secretos del adversario, a pesar de que a priori luce como una misión suicida.

Como cualquier otro producto de un género que siempre linda con lo inverosímil, el lector debe tragarse algunos sapos. El más grande todos, digamos un batracio de dimensiones antediluvianas, es aceptar el hecho de que un profesor canadiense -indomable antropólogo y lingüista de la etnia gitksan- puede convertirse en un eficaz 007, con la habilidad de engatusar a media Rusia, hablar quince idiomas y armar él solito pieza por pieza un vehículo todoterreno en una cueva inhóspita mientras en el exterior la temperatura se desploma hasta los sesenta grados bajo cero.

El protagonista de este libro, en efecto, es un James Bond de origen indioamericano. Johnny Porter, el incansable. Si acepta esta premisa, la trama lo mantendrá aferrado de las solapas hasta la última página. La acción es vertiginosa, en especial en las últimas doscientas páginas cuando la KGB lanza la cacería de nuestro héroe.

El simple arte de narrar (de manera oral o escrita) es una cualidad milenaria que la crítica esnob suele desdeñar (a estos plumillas, al parecer, sólo les mueve el sismógrafo la experimentación de la forma). No obstante, es un hecho estético. Sólo los buenos novelistas tienen el don. ¿Cómo detectarlo? George Steiner sugería leer de pie, en un vagón de ferrocarril de tercera categoría, un día caluroso. Si el tiempo vuela, ese escritor ha sido dotado con la gracia. Como Davidson. Uno engulle treinta, cincuenta páginas del thriller casi sin pestañar.

Se trata de una obra de imaginación razonada, ese procedimiento típicamente anglosajón que Borges amaba y que resulta rarísimo en español. Las descripciones de las colmenas y las acciones humanas son minuciosas, riquísimas en detalles, muy bien documentadas. La trama se demora en la explicación de las lenguas aborígenes del Canadá, el funcionamiento de las líneas marítimas y los puertos, la orografía, sociedad y economía en la taiga, etc.. Queda demostrado que Davidson era un escritor concienzudo, es decir un demiurgo que hacía su faena con mucha atención, esmero y detenimiento. Thomas Mann estaba en lo cierto cuando notó que sólo lo exhaustivo resulta interesante.

En total, Davidson escribió ocho novelas para adultos y otras tantas para jóvenes, algunas con seudónimo. Bajo los montes de Kolina se considera su obra maestra. "Como relato puro de aventuras, esta novela tiene muy pocos rivales", establece en el prólogo Philip Pullman. Tiene toda la razón. Además, hay una hermosa historia de amor.
Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno


lunes, 10 de julio de 2017

Los libros de la guerra

Escribir me parece más fácil que evitar la sensación de sinsentido de no hacerlo.
Roberto Fogwill

El periodismo no es para los escritores. La afinidad entre ambas actividades no va más allá del acto mecánico de escribir. Son semejanzas de superficie. Mientras en una profesión -por ejemplo el periodismo- se recompensa con salarios y rangos el buen comportamiento de la función de maximizar la satisfacción de los jefes, lectores y anunciantes, en literatura se recompensa con la gloria la tarea de minimizar cualquier demanda ajena al rigor lógico y estético de la obra. Por eso, el periodismo no es para los escritores. 

Rodolfo Enrique Fogwill (1941-2010) incluyó estas frases en un artículo publicado por El Observador en enero de 1984. Por amor a la paradoja (fue un Chesterton ateo) y por necesidad de dinero y de espacio (quiso armar un sistema de gustos, con la creación de un canon que incluyera a Laiseca y Perlongher, Bizzio y Viel Temperley), Fogwill hizo caso omiso a su propio dictum y escribió duro y parejo, y concedió largas entrevistas, en una veintena de publicaciones durante tres décadas. La mayoría de esos textos no merecían el olvido. 

El editor Francisco Garamona merece un aplauso. Publicó cerca de la mitad de las intervenciones de prensa de Fogwill bajo el título Los libros de la guerra, cuya segunda edición, corregida y aumentada (Mansalva, 414 páginas, 2010), venimos a recomendar aquí con todo el entusiasmo que genera el hecho de haber gozado de una buena lectura. 

Del publicista ya sabíamos que era loco o se hacía, que era un polemista feroz con una cultura inmensa y un toque de bufón, un extraordinario narrador (pinche aquí o aquí), un filólogo, y presidiendo todas estas virtudes, un espíritu independiente, es decir un intelectual que optó por distanciarse de la manada para poder pensar. Enseña el volumen que además fue un formidable crítico literario y un egregio artífice de miniensayos, esos relámpagos de lucidez que de tanto en tanto aparecen en el diario o la revista, artefactos modernos que -como dijo Fogwill- no son más que “un papel que hoy transporta opiniones y que mañana envolverá las cáscaras sobrantes de la cocina”.

La calidad de la verba, no obstante, es harto despareja. Como escribió Alejandro Margulis en 1998, el hilo del discurso de Fogwill es tan cambiante que hace falta mucha concentración para seguirlo. ¿Efecto cocaína? El libro incluye cuarenta minutos de una entrevista de ocho horas que Horacio González y otros le hicieron a F. para El Ojo Mocho (1997). El polígrafo salta de un tema a otro a velocidad de Warp 8, escupiendo un magma verbal envolvente, aunque la secuencia lógica se pierda una y otra vez como un hilito de agua sobre el Sahara.

Hay unas diez entrevistas al maestro, casi todas legibles. Hay una vasta conversación con Gustavo Nielsen para mejorarle un cuento, que revela el talento lingüístico de Fogwill, quien debe haber nacido en el Año del Búho, pues tenía uno de los oídos más finos del reino cultural para la poesía y el habla popular. Hay, además, denuestos a la política cultural de Raúl Alfonsín. El libro cierra con atractivas evocaciones de colegas en la sociología o las Bellas Letras.

Insisto. Quizás, lo más original y profundo del tomo sean las comentarios literarios, aunque uno descubre la amarga verdad de que el libre pensador que trituró el sistema mediático de la crítica (una “sociedad de socorros mutuos”, hoy por mí, mañana por ti) no pudo dejar de incurrir en el vicio del amiguismo. Sólo así se entiende que eleve una novela intrascendente -Derrumbe, de Daniel Guebel- a la categoría de mejor libro de 2007. El panegírico sobre la obra de Sergio Bizzio, asimismo, suena exagerado. En cambio, la entronización del colosal Alberto Laiseca es un acto de estricta justicia. Acaso también la defensa de Jorge Asís. Fogwill demuestra, por otra parte, que no carecía de una cualidad borgeana: era capaz de fulminar a un colega con una sola bala. De Ricardo Piglia dijo que era “un absoluto bluff“. A José Pablo Feinmann lo despachó con el doble calificativo de “megalómano ridículo“.

El coleccionista de frases memorables se irá saciado. Fogwill era una máquina de acuñar sentencias. Léase a título de ejemplo:

  •  “Si algo queda por decir, más vale que se lo diga con obra”.
  •  "No hay nada en la vida algo más bello que tropezar contra una serie ordenada de buenas ideas, aunque sean de otro”. 
  •  “La crueldad se convierte en virtud si es ejercida para desnudar los valores y reordenar los apetitos. No es cuestión ética, es cosa estética”.
  •  “La gente de letras no está habituada a críticas que lisa y llanamente expresen lo que el autor opina de los libros”.
  •  “Hace poco dividíamos a los escritores argentinos entre quienes prefieren parecerse a Aira y quienes  no.”
  •  “La paradoja de León Gieco: solo un tonto le pide a Dios que la guerra no le sea indiferente, por cuanto el trabajo de molestar a Dios es una prueba que no le es indiferente".
  •  “Promuevo la apuesta de que para pensar, hay que dejar en el placard las ideas de Hollywood, las frases de la Fede y las instrucción de la orga”.

Para concluir, una curiosidad. Los aguijonazos de Fogwill a la orga montonera le caben como anillo al dedo a los Jem‘Hadar de Cristina Fernández, lo que permite intuir que el kirchnerismo es una versión tardía y degradada de aquella “picaresca-populista”. “Esa gente era pragmatista al mango. Y taimada en sus procedimientos, característica fuerte de los montoneros, esa cosa entre comillas “maquiavélica”, usadora“, declaró el literato. Puede colegirse que ambos fracasos pertenecen a la misma familia de pensamiento: “un modelo político de milicia de elite“, que en 1973 o 2011, “construyeron un modelo ficcional de la realidad argentina para consumo, justamente, de esa elite“. Entonces, “elitismo, patoterismo, egolatría, eficientismo militar o militante y desprecio por las rutinas populares” (y las formas republicanas) son las características que los han definido.
Guillermo Belcore

Calificación: Excelente


PD: Era o se hacía. Fogwill admite en la página ciento ocho que “polémicas, exabruptos y consabidos ajustes de cuentas forman parte de nuestras respectivas estrategias de promoción”.

domingo, 9 de julio de 2017

Volver a casa

"Ser débil es tratar a los demás como si te pertenecieran."

 Maame

Los asantes son orgullosos, un pueblo de guerreros, gente que no se doblega. Forman parte del grupo étnico Akan y hoy colman el sur de Ghana, el este de Costa de Marfil y rodajas de Togo. Se asociaron con los ingleses en el tráfico de esclavos, no obstante, al extinguirse tan infame institución -construida a golpes de maldad- ofrecieron enconada resistencia a los apetitos coloniales. Ghana, por cierto, fue el primer país del Africa negra en conseguir la independencia en 1957.

Una hija de la nación asante forjó (¡a los 26 años!) una novela épica que ha conquistado Estados Unidos. Se dice que un coloso editorial obló un número con siete cifras por el manuscrito de Volver a casa (Salamandra, 379 páginas), después de una subasta con diez oferentes. La crítica se enamoró de Yaa Gyasi (Mampong, Ghana, 1989), graduada del célebre MFA de Escritura Creativa de la Universidad de Iowa.

Llovieron los galardones para una autora que reconoce a Gabriel García Márquez como una influencia capital. Por supuesto, la hija de inmigrantes africanos es un modelo de corrección política. Ha ensamblado una ambiciosa reconstrucción de la esclavitud y el colonialismo, y de sus efectos en dos continentes que abarca casi trescientos años de historia. Digámoslo claro: no se trata de una obra maestra. Es probable que la señorita Gyasi tenga un toque de genialidad, pero virtudes y defectos marchan parejos en su debut artístico. El crédito sigue abierto.


DOS GENEALOGIAS


Volver a casa relata dos genealogías provenientes de la actual Ghana. Arranca en el siglo XVIII, la noche en que nació Effia Otcher -La Bella-, ""rodeada del calor almizclado de la tierra de los fante"", pueblo vecino a los belicosos asantes. Los capítulos saltan de generación en generación (treinta años de separación entre uno y otro aproximadamente) y basculan de Africa a Estados Unidos. Cada capítulo narra una historia de amor o desamor.

Las miserias del tráfico de carne humana y de la segregación racial son el hilo maldito que va engarzando las cuentas. Un colgante con una reluciente piedra azabache es el otro elemento que repite. Se nos permite descender a los infiernos para atisbar en las mazmorras nauseabundas de la Costa de Oro, las plantaciones de algodón en Dixieland, las minas de carbón de Alabama, o en los tugurios de Harlem, donde millones de personas con piel oscura han entregado sus vidas para satisfacer la codicia de semejantes con rostro pálido.

Hay que destacar que la novela no carece de virtudes. El exotismo es igual de seductor (lo real maravilloso) como esas mujeres con el pecho suave como pulpa de mango y generoso balanceo de las anchas caderas que van coloreando las páginas. Hay historias filiales o maritales francamente conmovedoras. Y en el plano de las ideas, nunca deja de ser estimulante, más allá del uso de estereotipos (naturalmente, el misionero cristiano debía ser un pervertido). 

Como se mencionó, el imperialismo occidental es confinado al banquillo de los acusados. Los asantes llaman al hombre blanco abro ni, el malvado, por todos los problemas que ha causado buscando oro y esclavos a cualquier precio. Los ewe lo denominaban perro astuto, pues finge ser bueno pero muerde. Lo singular es que Gyasi no oculta, al menos en la primera parte del libro, las injusticias de las civilizaciones nativas, aficionadas a la guerra tribal y a la explotación de la mujer. Una chica podía ser vendida en Ghana como esclava por un desliz tan significativo como ocultar la menstruación o acostarse con su enamorado antes del matrimonio. La fornicación no puede quedar impune, sentencian los hombres viejos de la aldea, hipócritas de primera.

La autora tiene algo que decir sobre lo que en Argentina tachamos de relato, no sin desdén. Plantea el profesor Yaw Agyekum a sus alumnos el problema de las versiones contradictorias: 


"Creemos al que tiene el poder. El es quien consigue escribir su historia. Por eso cuando estudian historia, siempre deben preguntarse: "¿Cuál es la versión que no me han contado? ¿Qué voz se ha silenciado para que ésta se oyese?". 
Guillermo Belcore

Calificación: Bueno


viernes, 23 de junio de 2017

Bolas

Flor Canosa
Novela, Zona borde, 106 páginas.

La figura del oficinista mediocre es un tópico universal. Quizás, la primera manifestación artística del hombre castrado y gris haya sido un memorable cuento largo de Nikolai Gogol. “Todos crecimos bajo el capote de Gogol”, sentenció alguna vez Dostoievski, en alusión a ese texto canónico de 1842. Desde entonces, Akakiy Akakiyevich Bashmachkin, con ligeras o profundas variaciones, ha poblado todas las literaturas nacionales. En la Argentina del siglo XXI, inspiró dos novelas de desigual ejecución: El encierro de Ojeda de Martín Murphy (pinche aquí), muy bien escrita, armada y resuelta. Y la monocorde y tediosa El oficinista de Guillermo Saccomano (pinche aquí), que ganó en 2010 el premio Seix Barral, lo que corrobora que este tipo de galardones no vale un comino. Bien, el hecho es que en 2017 una escritora de la Patria ha decidido refrescar tan manido personaje.

Flor Canosa (Buenos Aires, 1978) trabajó bajo la sombra de Kafka, nada menos. La teoría de las influencias del indispensable Harold Bloom quedó, una vez más, reivindicada. ¿Qué es esto? Básicamente, que cualquier obra literaria trascendente lee de manera creativa -pero errónea- un texto o textos precursores. Poesías, relatos, novelas, obras de teatro nacen como respuesta a anteriores poesías, relatos, novelas u obras de teatro y esa respuesta no es sólo un amable proceso de transmisión sino también una tremenda lucha entre el genio anterior y el nuevo aspirante al Parnaso. Bolas, digámoslo de entrada, sale airosa del desigual combate.

Imagina Canosa que un oficinista misógino, pelado y de mediana edad se levanta una mañana y descubre que ha perdido sus testículos. La lisura absoluta desde el pene hasta el ojo del culo. No hay nada oculto en la ingle y el abdomen. Ni un rastro. Increíble. Naturalmente, el pobre diablo se sume en la desesperación y el pánico: “El miedo es la sensación de que a partir de ahora algo se terminó para siempre y nada será igual. (…) Miedo es despertarse y no tener pelotas”, clama Federico.

La metáfora esencial del libro es sencilla. Federico nunca tuvo “las pelotas bien puestas”, no es extraño que una mañana de cristal que se hizo añicos las haya perdido. No abundaremos en el punto. La autora -que aún no ha podido desprenderse del vicio de decirlo todo, ni de bajar línea- se encarga de entregarle al lector el paquetito bien atado. Hasta el mas distraído entenderá los simbolismos. No es Kafka. 

Malditos machos


“Toda mi formación como guionista me preparó para poder construir personajes totalmente alejados a lo que soy yo”, ha explicado Canosa en un reportaje. Es cierto, en un aspecto no menor. Evidencia la autora en su segundo libro una destreza admirable para exponer los pliegues de la psicología masculina, esas pequeñas miserias que conforman el universo del hombre mezquino. Desde su relación con el trabajo no creativo hasta el odio amoroso que le suscitan las mujeres dominantes y avinagradas, esa categoría que con fino oído para lo popular Canosa designa como “las conchudas”.

El lenguaje, en efecto, se nutre de las calles, del habla plebeya. Es la porteñidad al palo. He ahí la grandeza y la limitación de una prosa que se enriquece con dos elementos picantes: el humor y la pornografía boca sucia. 

Hay un elemento cuestionable en la parodia. Si por un lado, Canosa construye los personajes masculinos de manera magistral -fruto de la intuición o la observación-, por el otro coloca en boca de Federico sus propias opiniones políticas. Es ridículo que un eunuco de mente obtusa tenga semejante nivel de lucidez (de lo que Canosa considera lucidez, en todo caso). Es un ripio, un injerto al que se le notan las costuras. Manchitas en el papel que desnudan una compulsión, acaso sea la necesidad de complacer al Círculo Púrpura de la comunidad intelectual (¡Ey, amigos, soy uno de ustedes, odio a Clarín y a Macri, hablen bien de mí!). Surgirán alguna vez escritores argentinos que se atrevan a ir -aunque sea un solo paso- más allá de la corrección política. 

Estableció Borges que la indiscutible virtud de Kafka es la invención de situaciones intolerables. La señora Canosa no carece de esa cualidad. El hombre malvado, abusador, sexópata es el infierno de millones de mujeres.
Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

lunes, 12 de junio de 2017

Vidas de hotel

Eduardo Berti (compilador)346 páginas. Adriana Hidalgo editora. Cuentos


En los hoteles -es de público conocimiento- ocurren cosas maravillosas. El arte tomó nota y así se han compuesto magníficos relatos breves en torno a las peripecias de viajeros, turistas y amantes. Algunos se incluyeron en una antología que acaba de lanzar al ruedo un sello nacional. En verdad, Eduardo Berti, el compilador, ha realizado un trabajo muy competente, en cuanto a la variedad y excelencia de los casi cuarenta textos que reúne Vidas de Hotel . Uno puede abandonarse sin reservas al goce de la lectura.

A gusto de este consumidor, las gemas más preciadas que atesora el volumen son aquellas que narran tribulaciones burguesas, como las de la desmemoriada señora Stroope que retrata el ingenioso Saki; o el conmovedor juego de apariencias en una arcadia oculta de Broadway que imaginó O. Henry; o las fobias del señor Panard, hombre prudente que le temía a todo a sus alrededor (la invención es de Guy de Maupassant). Hay que destacar también en esa línea "Indecisión" de Francis Scott Fitzgerald, basado en una premisa que sólo un bribón no consideraría escandalosa: "Peor que no tener mujer es tener una sola". El intento de suicidio que perpetra el desdichado Gene (artificio del innovador Stephen Dixon) es otro punto alto del libro.

La destreza de los literatos argentinos, en cambio, muestra altibajos. Ricardo Piglia tuvo una ocurrencia genial pero da la impresión en "Hotel Almagro" que no supo cómo desarrollarla. Tampoco llega a algún lado "En un cuarto de hotel" de Juan José Saer. Realismo soso el del santafesino con una idea tremenda, una sola: a una determinada edad, digamos después de los cincuenta, los hombres nos volvemos transparentes para las mujeres. "La puerta condenada" de Julio Cortázar es todo lo contrario de esos dos productos fallidos. Una ficción memorable y bien escrita, ambientada en Montevideo. También se deja leer la pieza de Pablo De Santis. Trae, incluso, una advertencia de suma utilidad: los edificios con demasiado cinc atraen los recuerdos.

Todo hay que decirlo. La compilación hace trampa tres veces. Dos son atendibles. Considerar a una dacha una variante de hotel para poder incorporar a Antón Chéjov es una licencia insignificante. "El número 13"" de M. R. James había aparecido hace siete años en Fantasmas otra estupenda antología que preparó Berti también para Adriana Hidalgo. Es un pecado menor; al fin y al cabo, la historia del catedrático inglés es placentera y mucha gente seguramente no lo conoce. Ahora bien, transcribir el apunte de una idea de William Somerset Maugham, un párrafo apenas, no es lo que uno espera de una recopilación de alta categoría.

Hay que destacar, no obstante, otro agrado del libro. Cada relato viene precedido por una minibiografía del autor. Es una delicadeza de Berti que el lector curioso no dejará de aprovechar, pues esos tres párrafos dan apetito, obran como un maestro de lectura. Por ejemplo, después de saborear "Hotel de la luna holgazana" uno se siente impelido a salir corriendo a comprar Leyendo a Turgueniev y Mi casa en Umbría las dos nouvelles de William Trevor que Berti recomienda. Exactamente lo mismo pasa con "El tumultoscopio" de Alphonse Allais. Es un cuento desopilante que obliga a seguirle la pista a este francés no muy conocido, ilustre forjador de máximas.
Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

domingo, 28 de mayo de 2017

Crímenes duplicados

M. Hjorth y H. Rosenfeldt

Planeta. 619 páginas


Alguna vez, Jorge Luis Borges reflexionó sobre el extraño y vano destino de Escandinavia. Llegó a la conclusión de que desde las tropelías de los vikingos por media Europa o la llegada a Norteamérica de Leif Eiriksson cuatro siglos antes de Colón, hasta la invención de la novela en Islandia o la irrupción en Rusia de Carlos XII, las dilatadas empresas de las gentes nórdicas fueron individuales y surcaron como un cometa fugaz por la memoria de la Humanidad. "Para la historia universal, las guerras y los libros escandinavos son como si no hubieran sido, todo queda aislado y sin rastro, como si pasara en un sueño o en esas bolas de cristal que miran los videntes", estableció en la revista Sur nuestro mejor literato. 

Puede que con la novela negra escandinava ocurra lo mismo. Pasará, acaso, sin dejar huella ni abrir nuevos senderos en la jungla editorial y sólo los especialistas del futuro acudirán al subgénero. Es probable que esta burbuja que se infló a principios del siglo XXI -gracias a la divulgación global de notables narradores como Henning Mankell- ya haya reventado. Resulta inevitable pensar esto después de leer el segundo tomo de la Saga Bergman de Michael Hjorth & Hans Rosenfeldt, los creadores de la exitosa miniserie The bridge.

Crímenes duplicados es mejor que la primera entrega, lo cual no significa que la novela sea buena. Es casi buena, en realidad. Sus autores son guionistas televisivos, por lo que manejan bastante bien la intriga, los giros imprevistos, las conexiones entre los personajes, pero nada más. El texto carece de virtudes literarias, no hay profundidad psicológica, ni belleza en la expresión, ni recursos retóricos; la prosa es plana como el encefalograma de un muerto. Sobran capítulos o están mal cortados. La crítica social brilla por su ausencia (una traición al género). El libro termina aburriendo, con ese afán ridículo por querer explicarlo todo y sus redundancias. Como se dijo, uno termina conjeturando que la novela negra escandinava es ya una fórmula gastada.

Queda la historia. Los autores quieren enseñarnos algo sobre los imitadores de los asesinos en serie. En efecto, aparecen en Estocolmo cadáveres de mujeres con el cuello prácticamente seccionado (como cuando abrimos una lata de conservas y dejamos un pequeño trozo sin cortar para poder doblar la tapa hacia atrás) y los mismos rituales en la escena del crimen que dejaba el reo Edward Hinde, encarcelado desde la década del noventa. Investiga la Unidad de Homicidios, el equipo especial de Torkel Hölgrund, pero el héroe se llama Sebastian Bergman, un psicólogo con mañas, un canalla egoísta, bah, que usa el cuerpo de las señoras para calmar, por un rato, su angustia existencial. El desagradable doctor se convirtió en una pieza clave para atrapar a Hinde, por lo que se suma a la cacería. Es el padre de una detective de la task force de Hölgrund pero ella no lo sabe. Hay un núcleo incandescente allí. Bergman defecciona, demuestra en su segunda aparición que en el fondo es un tierno. La maldita corrección política y social, otro punto flojo del libro.
Guillermo Belcore

Calificación: Regular

martes, 16 de mayo de 2017

Dios lo bendiga, señor Rosewater

El único mandamiento que conozco es éste: Sé bondadoso.
K.V.

Sacrificar la trama en beneficio de un manojo de ideas es un procedimiento gastado como la literatura misma. Esa urgencia por transmitir un mensaje ha producido obras de calidad muy desigual. Las novelas comprometidas de Paulo Coelho y José Pablo Feinmann merecen, en promedio, un aplazo; las de John Berger, un aprobado; las de Kurt Vonnegut (1922-2007), un sobresaliente. Es que las ideas del sabio de Indiana son persuasivas y elegantes y vienen servidas con una saludable pizca de humor.

La Bestia Equilatera trajo a la Argentina Dios lo bendiga señor Rosewater (198 páginas), otro espléndido sermón de Vonnegut, el sexto que el sello local ha publicado durante este siglo. Fue entregado a la imprenta por primera vez en 1965, pero pudo haber sido escrito ayer por la mañana. La plutocracia estadounidense sigue siendo lo que es (el dinero manda, amigos) y la estupidez del ser humano no ha retrocedido ni siquiera un milímetro. Pobre iluso, era nuestro héroe. Como los iluministas, creía que si denunciaba a voz de cuello las miserias de su sociedad la situación iba a cambiar.

Tenemos aquí pues otra magnífica sátira de lo que el autor define como "el salvaje, estúpido, inepto y huraño sistema clasista de Estados Unidos". La voz irreverente relata las peripecias de Elliot R., heredero de una gran fortuna que se subleva (como el mismo Vonnegut) y tuerce los designios de la Fundación benéfica y cultural que había creado su familia para protegerse de los zarpazos de los recaudadores de impuestos y de otros depredadores que no se apellidaran Rosewater.

Veterano de guerra aficionado al alcohol, Elliot es más que un filántropo excéntrico, es un buen samaritano profesional. Apadrina a los cuerpos de bomberos voluntarios, alimenta a los hambrientos, y consuela a los afligidos. Vive casi en la miseria. Dedica su energía sexual a la utopía. Un abogado sin escrúpulos (parece casi una redundancia) intenta hacer pasar por loco a Elliot para arrebatarle media fortuna. Su padre, el senador Rosewater -quintaesencia de la clase dirigente estadounidense-, se empeña en evitarlo.

RICA EN CONCEPTOS

Muchas estrellas de la galaxia K.V. titilan en la novela, tan avara en páginas como rica en conceptos. Aparece en escena Kilgore Trout, escritor de ciencia ficción inventado por Vonnegut. Y es nada menos el personaje fugaz que enuncia el tema principal, cuestión clave de nuestro tiempo por culpa de la sofisticación de las maquinas: ¿Cómo rescatar al creciente número de personas que no tienen utilidad social?. "Con el tiempo, casi todos los hombres y mujeres perderán valor como productores de bienes, alimentos, servicios y más máquinas, como fuentes de ideas prácticas en los campos de la economía, la ingeniería y tal vez la medicina. Por lo tanto, si no encontramos razones y métodos para valorar a los seres humanos por el hecho de ser seres humanos, bien podríamos, como a menudo se ha sugerido, liquidarlos", plantea Trout en los albores de la era de las desindustrialización.

Su demiurgo acuña un nuevo término para denunciar una enfermedad que sufre, seguramente, el noventa y nueve por ciento de la humanidad. Ese vocablo es samaritrofia. Designa la indiferencia histérica por la suerte de los menos afortunados. Ingenioso, ¿no?

Al pasar, el literato evoca la experiencia más espantosa que sufrió en su juventud, cuando era prisionero de guerra de los nazis: el huracán de fuego que los aliados desataron sobre Dresde en 1945 (y que motivo una de sus más celebradas novelas). Ha empotrado en la trama, además, decenas de microhistorias, tan sugestivas como encantadoras. Hay un catálogo apabullante de la ruindad de las personas mediocres. Hay diálogos ingeniosos, sentencias que merecen ser acuñadas en piedra y potencia dramática. Hay también exageraciones, acaso el único punto flojo del texto. El moralista sostiene que la vida en Nueva York es una farsa superficial y ridícula y que sólo una de cada siete personas prosperan en el sistema de libre empresa. Un socialista utópico, sin duda. Un romántico amargado, incluso. Creía que el arte le ha fallado a la humanidad.

Vonnegut estudió bioquímica y obtuvo un master en Antropología por la Universidad de Chicago. Luchó toda su vida contra la depresión y en 1984 intentó suicidarse. En un ensayo publicado por esos años, se animó a puntuar sus novelas. 'Dios lo bendiga señor Rosewater' recibió una 'A' junto a 'Pájaro de celda', 'Madre Noche' y 'Las sirenas de Titán'.

Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

lunes, 8 de mayo de 2017

Las sombras de Quirke

Por John Banville

Alfaguara. Novela policial, 304 páginas. Edición 2017

El retiro de Quirke en el desierto ha terminado. El patólogo vuelve al trabajo, atraído por el asesinato de un funcionario prometedor. Lo que queda del cadáver de Sam Corless, el hijo del veterano luchador trotskista, había sido encontrado en un auto carbonizado que se estrelló contra un árbol en Phoenix Park. Un golpe en el cráneo, justo sobre la oreja izquierda, delata el homicidio. Mataron al chico y simularon un accidente. Quirke, ese oso bueno aficionado a los alcoholes y atormentado por el pasado, sale en busca de los culpables. Su verdadero oficio es la curiosidad y la resolución de entuertos. Sir Galahad contra los dragones. Su escudero es el buen inspector Hackett. Estamos a fines de los cincuenta, en Dublin, ciudad mezquina y mendaz, un pueblo grande donde todos se conocen.
La séptima entrega de los casos del forense Quirke posiblemente no sea la mejor. Tampoco, la peor. John Banville (Wexford, Irlanda, 1945) ha forjado, de cualquier manera, otra sublime pieza de estilo, no sin fulgor poético como sus hermanas mayores. Se ha dicho que Banville -Benjamin Black es el seudónimo que eligió para probar suerte en la novela negra- es la mejor pluma de la anglósfera. Acuña párrafos perfectos y frases reveladoras con una ductilidad asombrosa. Los retratos son magníficos; el manejo de la escena, formidable. La prosa es un objeto precioso, un reloj suizo, una escultura de cristal, una daga de empuñadura enjoyada, algo frío y bello en todo caso. Sí, es muy probable que Banville sea el mejor estilista del idioma inglés. ¿Cómo decirlo sin ofender? Sólo los esnob y los críticos con una sensibilidad defectuosa no alcanzan a apreciarlo.

En Las sombras de Quirke el doctor se enamora de una psicóloga y lucha para superar el torpor que le provoca una mente con demasiados agujeros. Se queda observando su vaso de whisky con el aspecto de un hombre al borde de un acantilado que intenta calcular cuán larga será la caída. Además de resolver el crimen, ayuda a su hija Phoebe a salvar a una muchacha que ofendió las creencias tradicionales de una nación tenaz pero controlada por la Iglesia Católica (las casas son transparentes, por así decirlo) y sus representantes, como los caballeros de Saint Patrick. Son un hatajo de hipócritas que creen que tienen instrucciones directas del santo Dios. La Irlanda de seis décadas atrás parece una de esas distopías grises y sin escapatorias que los literatos de ciencia ficción suelen pergeñar.

El thriller no da nada por supuesto. Es decir, no hace falta leer las seis entregas anteriores para entender a Quirke. Pero, naturalmente, la constancia ayuda. Y gratifica. La irrupción de Banville en el género policial es una de las maravillas de nuestro tiempo.

Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

martes, 2 de mayo de 2017

El candelabro de plata y otros cuentos

Abelardo Castillo­

Editorial Alfaguara. Cuentos, 166 páginas, edición 2007.
En un prefacio escrito hace una década, Abelardo Castillo (1935-2017) estableció lo siguiente: “Algo esencialmente argentino exige ser expresado en cuento, el género más estricto y lacónico; género que cuando se lo mira de cerca, aparece muy emparentado con otras dos de nuestras formas expresivas esenciales: la mejor poesía del tango y el teatro breve, en cuyos orígenes están el sainete y el grotesco”. 
La sentencia proviene de quien, acaso, puede definirse como el último gran cuentista nacional. Esta antología, avara en páginas, es una aproximación perfecta para conocerlo.
 
Castillo, quintaesencia del espíritu de los sesenta, ha cultivado la novela, el teatro, el ensayo y la polémica, pero conviene buscarlo en el relato breve. Algunos de sus textos son ya considerados clásicos del género. Es el caso de La madre de Ernesto, Hernán, El marica o El candelabro de plata. Los cuatro están incluidos en este volumen, en los cuatro hay cosas que causan repulsión, canalladas brutales, lamparones de crueldad, poderosos que nacieron para dañar a otros. 
La reescritura de autores canónicos -tan descarada como eficaz- es otro rasgo que define a Castillo. Triste le ville narra en borgeano tardío la pesadilla de un fulano que sin querer se mete en la muerte de otro. Historia para un tal Gaido también toma de las solapas a Borges, pero su delicioso y sorprendente final puede que sea cortazariano. Se percibe, asimismo, un regusto a Poe, Arlt, Walsh, Jack London y Quiroga, como sabiamente observa el prólogo y el análisis final de la obra.
 
La recopilación incluye en total trece cuentos. Resulta casi impúdico elogiarlos como la mayoría de ellos merece. Agreguemos como referencia que ante gemas como El asesino intachable uno no puede hacer otra cosa que abandonarse al puro goce de la lectura.­
Guillermo Belcore
Calificación: Muy bueno

martes, 25 de abril de 2017

Vida de muertos

En el siglo pasado se escribían libros y artículos periodísticos para demoler reputaciones. Hoy se usan las redes sociales, aprovechando por lo general el cobarde anonimato. En 1938, el niño terrible de la derecha argentina asesinó con letra impresa a glorias de la literatura latinoamericana. Por fortuna, la Biblioteca Nacional -en tiempos de Horacio González- decidió reimprimir el sublime opúsculo. ¿Cómo van a divulgar a un nazi confeso, a un antisemita?, parece que preguntó un tiquismiquis. La respuesta debió haber sido: Porque el libro es excelente, porque los adultos que compramos estas obras somos seres racionales, porque sólo los imbéciles y los ñoños se privan de los literatos brillantes cuyas preferencias son monstruosas. Prescindir de los escritores fascistas y/o estalinistas no nos hará mejores; de seguro, seremos intelectualmente más pobres.

Ignacio Braulio Anzoátegui (1905-1978) fue poeta, activista intelectual del nacionalismo católico, juez, ensayista, biógrafo burlón y aforista vitriólico, quizás en ese orden, escribió Christian Ferrer en un prólogo que no le va a la zaga en excelencia al resto del libro. Vida de muertos (Ediciones Colihue, 122 páginas) reúne doce minibiografías envenenadas. Piénsese en un vándalo, en un anarquista que dinamita estatuas, en un iconoclasta talibán pero con un alarde de ingenio que corta la respiración, fuerza a meditar o desata una carcajada. Esta muy bien incluirlo en la colección Los Raros. Es éste un volumen extrañísimo, compuesto para hacer picadillo a eminencias como Rubén Darío o Domingo Faustino Sarmiento.

En lo que al arte se refiere, resulta evidente la influencia de Chesterton en Anzoátegui. Tienen el mismo tono y el mismo gusto por las paradojas. La malicia inteligente del Borges-crítico-literario y la rabia de Celine también dicen presente en las luminosas páginas de un juez que, como Zeus, se complacía en fulminar con rayos a sus adversarios. Es verdad que Anzoátegui reflexionaba como un energúmeno, pero como estilista fue un genio, a la altura de sus maestros. Demostró que incluso la injuria y el insulto pueden detentar fulgor poético. Manejó con mucha destreza la primera frase. Verbigracia: “Se parecía a Sarmiento, pero no tenía jeta de mulato” (Almafuerte). “Dijo ‘gobernar es poblar’ y se quedó soltero” (Juan Bautista Alberdi).

Hay que aclarar que no todas las ideas de Anzoátegui eran disparatadas. Su condena de la elite argentina que cuajó de las guerras de la independencia son justísimas. Es éste también un catálogo de la estupidez humana. “El hombre bueno es aquél que es consecuente con sus ideas secundarias”, estableció Don Ignacio siguiendo la estela de Zarathustra (Nietzsche es otra influencia fácilmente perceptible).  Como crítico literario, insistimos, expone una perspicacia admirable, aunque no parece razonable que se ensañe con las peores páginas de un autor, pues todos las tienen.

Borges y Bioy Casares se extrañaban de que cara a cara Anzoátegui era un encanto de persona. Esas contradicciones de la personalidad, aunque curiosas, no tienen el menor valor literario. Mucho menos sus adhesiones políticas. El juicio estético -el único que importa en lo que a la crítica literaria se refiere, mal que le pese a los sociólogos y marxistas- lo absuelve (lo consagra, mejor dicho). Vida de muertos tiene que quedar.
Guillermo Belcore

Calificación: Excelente


PD: Este blog quiere agradecer a los colegas de Twitter @AiresyBenson y @genowitzky por presentarle a Ignacio Braulio Anzoátegui.

domingo, 23 de abril de 2017

Material sensible

¿Sabe usted que existen unas criaturas nauseabundas, que se disfrazan de muchachas o de niños, y convierten a sus víctimas en un sonajero de huesos? ¿Se enteró de que Sherlock Holmes descubrió el secreto de la inmortalidad o de que el Doctor Who evitó por un pelo que los Kim, solitaria entidad múltiple escindida de la creación, controlaran el universo? ¿Le advirtieron sobre el síndrome de Jerusalén? ¿Oyó de los efectos tremendos de una tintura naranja llegada desde la India? ¿Conoce el conjuro contra la curiosidad? ¿Alguien le explicó por qué se retiraron de circulación los automóviles voladores? Si la respuesta a cada una de estas cuestiones palpitantes es "no", debería leer un fascinante libro de cuentos de Neil Gaiman (Porchester, 1960) que acaba de llegar a la Argentina.
Para quien no lo conozca, digamos que Gaiman es un autor de culto, con una extraordinaria versatilidad y una imaginación a la que ya es un lugar común calificar de "portentosa". Ha hecho una distinguida -y multipremiada- contribución a la literatura infantil y al mundo de las historietas. Se considera a The Sandman -su creación más alabada- como un cómic extraordinario. Sus novelas encabezan listas de bestsellers y han llegado a Hollywood. Tiene su propio personaje en Los Simpson. Vive en Minneapolis con la cantante Amanda Palmer, su segunda esposa.
La ingesta de Material sensible (Salamandra, 396 páginas) demuestra que Gaiman, sin ser un gran estilista, considera que la manera de contar una historia es tan importante como la historia en sí misma. Encontramos aquí, por ejemplo, una eficaz composición relatada en forma de respuestas a un cuestionario periodístico. "Un calendario de cuentos" integra doce escritos, uno para cada día del año, algunos muy bellos. Encontramos por doquier sutilezas, referencias cultas y un delicioso toque de humor negro. Del tercer libro de narraciones breves de Gaiman (casi todas publicadas en otro lado) se desprende también que es un prologuista regular y, ¡ay!, un poeta de cuarta.
"Hay cuentos que desarrollas y hay cuentos que construyes, y luego hay cuentos que esculpes en una roca de la que vas descartando todas las cosas que no forman parte de la historia", conjetura Gaiman en la introducción. De la primera especie, hay que destacar dos: "La verdad es una cueva en una montaña negra" (33 páginas), fascinante travesía en busca de una gruta en la que, si eres valiente, puedes entrar y apoderarte del oro, pero tras cada una de las visitas la cueva te hará más malvado, te devorará el alma. "Black dog" es otra joya, que incluye fantasmas, la tradición de emparedar personas para proteger templos y viviendas, la religión primordial, la que se practicaba incluso antes de los druidas y los menhires.
Observa el inglés, no sin razón, que los escritores viven en moradas que han levantado los colegas que le precedieron. "Los hombres y mujeres que construyeron las casas en las que habitamos eran gigantes. Empezaron con un espacio árido y construyeron la ficción especulativa, pero siempre dejaban el edificio inacabado para que las personas que llegaran al marcharse ellos pudieran añadirle otra habitación, u otro piso", señala. Gaiman se siente cómodo en los domicilios de Gene Wolfe (lo homenajea con un laberinto lunar), de Arthur Conan Doyle (explica la afición tardía de Holmes con las abejas), de Jack Vance (y sus planetas moribundos) y de Arthur C. Clarke (¡ah, el desinventor Obediah Polkinghorn!). Pero es probable que la principal influencia de su magnífica literatura sea el gran Ray Bradbury. A Gaiman también le interesa más las personas que la ciencia, y que el cuento te hable de una atmósfera, de un lenguaje, de una magia que se va colando en el mundo. Lo confiesa en la introducción, donde detalla la génesis de cada uno de los textos del volumen.
Ha percibido un crítico estadounidense que Gaiman sueña historias como respira. Su producción es, por encima de todo, una encantadora forma de imaginar. Regala al lector el placer de seguir siendo un niño. No carece, además de utilidad práctica; da consejos valiosos. Por ejemplo, nos avisa que las cosas que anhelamos, que deseamos con intensidad, pueden cobrar vida. Otra advertencia: cuidado con esas estatuas humanas que en las calles populosas ofrecen, a cambios de unas monedas, su curioso arte inmóvil a turistas y transeúntes. Algunas, efectivamente, no son humanas.
Guillermo Belcore

Calificación: Bueno