martes, 13 de febrero de 2018

Discovery, lo que salió mal.

"La primera temporada fue realmente sobre la guerra y cómo la guerra puso a prueba nuestros ideales como Flota Estelar. Fue mucho sobre el arco de la historia de Michael y su lugar en la Discovery. Fundamentalmente, se trataba realmente de reunir a esa tripulación como una familia. Si miras al equipo al principio, están muy separados y todavía no estaban conectados. No están seguros el uno del otro y su lugar en la nave. En el transcurso de la temporada, realmente se convierten en una familia” Alex Kurtzman, productor ejecutivo y cocreador


Hoy terminó la primera temporada de Discovery. Vamos a extrañarla. La rutina de los lunes comenzaba para miles de trekkies -como el que esto escribe- en ver el capítulo estreno antes o después de desayunar. Es una muy buena noticia que Netflix y CBS hayan decidido prolongar la mejor serie espacial de todos los tiempos después de más de una década de doloroso olvido (Enterprise se despidió en 2005). 

Crearon magníficas naves, uniformes atractivos, un capitán memorable, la especie de los kelpianos, un método biológico de transporte interestelar y una guerra contra el Imperio Klingon. No es poco. Pero al mismo tiempo eligieron guionistas de escaso talento: las tramas, los diálogos, la mayoría de la escenas de los quince capítulos son, en conjunto, flojos, a pesar de que se han invertido -según dicen- unos siete millones de dólares por episodio. El equipo dirigido por Akiva Goldsman, Aaron Harberts y Gretchen J. Berg ofende con giros argumentales realmente absurdos. La serie, por así decirlo, se pega un tiro en el pie. Va de más a menos, con un desenlace francamente pueril.

Muchos fanáticos arguyen que en realidad todas las primeras temporadas de la saga han sido flojas. Para mí no es verdad, con la excepción quizás de TNG. En la primera temporada de DS9 (la joya de la corona) hay capítulos sublimes como Dúo (los discursos filosóficos de Gul Darheel, el carnicero de Gallipet, son antológicos) y en la de Voyager se plantean cuestiones científicas de alto vuelo como la posibilidad de curvar el espacio o de que el efecto preceda a la causa. Esa excelencia dramática y esa incursión en los misterios del universo prácticamente están ausentes en Discovery, con la salvedad del radiante episodio 7 (La magia que vuelve loco al hombre cuerdo), donde el malvado Harry Mud sume a la tripulación en un bucle temporal que concluye en la destrucción de la nave.

No puede tomarse seriamente como indagación científica uno de los pilares de la primera temporada: el planteo descabellado de que el ingeniero jefe (que se autoinoculó ADN de un tardígrado colosal y sólo se volvió más divertido) puede hacer saltar de un punto al otro de la Galaxia a la Discovery gracias a la propulsión de esporas, prodigio del que nunca más se escuchara hablar en el futuro. 

En honor a la verdad, la teoría de que el cosmos está unido con una red de autopistas micóticas le ha facilitado muchísimo el trabajo a los guionistas perezosos. La nave podía aparecer donde a ellos le resultaba conveniente, incluso en un universo alternativo, uno de los recursos más trillados de la narración fantástica que en todas las entregas de Star Trek fue un asunto marginal, nunca el corazón de la temporada. El toque inverosímil ha sido demasiado frecuente en Discovery. Abundan las contradicciones. Las piezas encajan de una manera artificiosa, la narración no fluye

Al fin de cuentas, toda la trama se subordinó a la extraña parábola que dibuja la protagonista Michael Burham. De amotinada negadora de los principios de la Federación (los ataques preventivos están prohibidos) a amotinada para defender esos mismos principios (nunca el genocidio es la solución). Happy end con moraleja y redención.

Acerquemos la lupa:

1) Klingons irreconocibles: 
La serie fue ambientada en 2266, diez años antes de la serie original, del capitán Kirk y de Spock, primera decisión polémica (¿Por qué nadie se anima a la posguerra contra el Dominion, con tantas deliciosas posibilidades?). Esto limitó las líneas de acción, aunque los creadores de Discovery demostraron de inmediato que estaban dispuestos a respetar la tradición sólo cuando les convenía. La primera traición que nos han infligido es pulverizar la cultura klingon, tal como la conocíamos en los últimos treinta años, es decir una versión de lo hubiera sido la Tierra si los mongoles se convertían en la potencia dominante en el último milenio. A cambio nos trajeron una suerte de Nosferatus. Da nostalgia recordar a Worf, al general Martok, a los tres guerreros shakesperianos Kang, Koloth y Kor, a B’elanna Torres incluso, en contraposición con estos seres planos, sin matices, horripilantes. Aclaro que la diferencias son tanto estéticas como conceptuales.

Hay un juego de ideas, sin embargo, interesante en la guerra entre la Federación y el Imperio Klingon que se conecta con la situación internacional de 2017. La primera encarna los valores cosmopolitas, democracia liberal, globalización, legalidad, occidentalismo. En la otra trinchera, hay un demagogo obsesionado con la pureza étnica. T’Kuvma representa el particularismo, el American First, el aislamiento agresivo de los Maduro, Castro, Assad, el populismo de ‘vivir con lo nuestro’ de los Kirchner, la religión política como factor de unificación nacional de los ayatolas. Vale decir: la grieta terrestre fue trasportada al Cuadrante Alfa. 

Lamentablemente, la guerra va desdibujándose conforme se avanza en el conflicto en el Universo Espejo y los guionistas la resuelven, a las apuradas -de la manera más chapucera que uno pueda imaginarse- en los minutos postreros del episodio número quince. 

El final, camaradas trekkies, fue un golpe bajo. Siempre en Star Trek estuvo presente la tensión weberiana entre moral de los principios y moral de la responsabilidad, pero no recuerdo que nunca se hayan decantado por la primera con tamaña insensatez como en esta ocasión, cuando la destrucción de la Tierra era inminente.

2) El sacrificio de Lorca:
La primera mitad de Discovery redondea a un personaje inolvidable: el capitán Gabriel Lorca, belicoso, sin escrúpulos, eficaz. Hay dos precedentes en la Federación: los agentes de la Sección 31 y Edward Jellico, el azote de los cardasianos. Creo que todos nos sentimos un poco o muy decepcionados cuando nos enteramos que Lorca provenía del Universo Terrano y, ni hablar, cuando lo liquidan. Adiós al soplo de originalidad. Qué tontería. ¡Matar al mejor personaje de la serie, el único que atrapa nuestra imaginación! En nombre de qué: ¿la perspectiva de género?, ¿la corrección política? La heroína de la tira, se nos había advertido, sería la especialista Burnham (es ésta la serie del liderazgo femenino por excelencia). Soy de los que piensan, empero, que no dio la talla, sobre todo porque arrojaron por la escotilla uno de sus rasgos más interesantes: su formación vulcana.

3) Sin civilizaciones ni humor
Es notable como Discovery ha desdeñado dos elementos primordiales de la franquicia. El primero es la interacción constante con otras especies. Hemos conocido, con el correr de los años, civilizaciones fascinantes, con una impecable lógica interna. Aquí tenemos sólo klingons fallidos, un vulcano y medio, orions, andorianos y tellaritas de refilón. Y sí, la única creatura novedosa y por ello muy atractiva es el ungulado Sarú. Se trata, para mí, de otro lamentable déficit de invención. Es como si los productores eligieran siempre el camino más fácil, el menos exigente para la construcción de la historia. ¿Por eso Bryan Fuller dio un portazo, se distanció de los creativos de la CBS?

La segunda renuncia conspicua es al humor inteligente. ¿Dónde están los Data, los Quark, los Neelix de Discovery? ¿Recuerdan a Trip embarazado? Las únicas réplicas agudas que escuchamos son las del impostor Lorca. La ironía y el sarcasmo brillan por su ausencia. Es probable que no se trate de negligencia de los escritores, sino de un plan deliberado. Este ciclo de Star Trek, acaso, se haya diseñado para los televidentes menos exigentes, los que demandan poderosas imágenes visuales (que las tiene) mucha acción (peleas con artes marciales, sobre todo), sentimentalismo (los pucheritos de Ash Tyler son otro punto bajo) y escasa filosofía y poética. Algo así como el peor Star Wars

Ojalá Discovery levante en la segunda temporada. Tiene con qué. Un poco de erudición haría maravillas. Y traigan a los romulanos de una maldita vez, total el canon ya esta roto.

Guillermo Belcore

Calificación: Regular 

domingo, 4 de febrero de 2018

Fargo, la serie

Los lugares comunes son eso: fragmentos fosilizados del lenguaje, cuya vínculo con la realidad es a menudo inexistente. Decir "las segundas partes nunca fueron buenas" es un lugar común. Queda demostrado -y por partida doble- en una de las mejores series que hoy pueden encontrarse en el universo Netflix. Fargo no sólo es, por lo menos, tan buena como la película homónima en la que se inspira (para quien esto escribe es incluso superior, pues carece de momentos aburridos), sino que la segunda temporada es una joya tan deslumbrante como la primera. De ellas dos, hablaremos a continuación.

El hacedor de la serie de la cadena FX se llama Noah Hawley (Nueva York, 1967), un verdadero genio, cuyos antecedentes en la televisión (Bones) y en la literatura, hasta donde uno sabe, no permitían suponerlo. Los hermanos Coen, factótums del largometraje, aparecen en los créditos como productores asociados, pero han declarado que no se sienten entusiasmados con el show. ¿Celos? Lo cierto es que no hay nada en los veinte episodios desagradable para el ojo (con la excepción de algunas truculencias) o para el intelecto. Ni siquiera para el oído. En efecto, pocas veces la elección de la banda sonora ha sido tan exquisita, sobre todo en la segunda temporada.

Pero lo realmente memorable son las actuaciones. Debemos convenir que aún hoy la panoplia digital, capaz de crear imágenes asombrosas, no ha podido superar el impacto en la imaginación de un personaje magníficamente interpretado. Cómo olvidar a Don Drapper. O a Tony Soprano. O, en nuestro caso, a Lorne Malvo. Seguramente, la interpretación de este sicario tranquilo, que domina la primera temporada de Fargo, está en el podio de la carrera de Billy Bob Thorton (Hot Springs, 1955).

Malvo es un depredador con flequillito tan fascinante como el Anton Chigurh de Javier Bardem (Sin lugar para los débiles). Es un lobo, nos anoticiamos al final; pero también es un camaleón (se disfraza de pastor luterano y de dentista para engañar) y una serpiente hipnótica, cuyo farfullar, que hiela la sangre, nos acompaña en la cabeza mucho después de que apagamos el televisor. Comparte una característica con el sublime elenco de perdedores de la serie: la tendencia a filosofar.

Se encuentra Malvo al servicio de la mafia, pero sobre todo de su pasión de entomólogo social, gusta de manipular a las personas como si se tratase de sabandijas, de trastocar las normas para ver qué ocurre. De manera casual traba contacto en Bemidji (estado de Minnesota, quince mil habitantes) con el bueno de Lester Nygaard, magníficamente interpretado por ese todoterreno llamado Martin Freeman (Aldershot, 1971). Y le hace un favor. Asesina en el burdel del pueblo a un grandote sin cerebro que lo acosaba en la infancia. Se desata entonces una vorágine de violencia, malentendidos y depravación (de Lester, sobre todo, ¡de lo que son capaces los hombrecitos grises!).

Un par de policías novatos, de buen corazón, restablecerán el equilibrio en la comunidad, no sin un pródigo derramamiento de sangre. Es que las matanzas, como las acciones estúpidas de los personajes y las desoladas llanuras nevadas, son tres elementos comunes de una saga que redondea una fábula moral. Un mensaje se nos ofrece: cuando los ciudadanos comunes y corrientes se relacionan con hampones no puede ocurrir otra cosa que desgracias. Mejor nos limitamos a hacer bien el trabajo que nos ha tocado en suerte y a cuidar a la familia, que es un privilegio no una carga.

VUELTA AL PASADO


La segunda temporada transcurre en 1979. El núcleo incandescente es la masacre de Sioux Falls (Dakota del sur), producto de una guerra territorial entre un clan local de delincuentes (los Gerhardt) y la mafia de Kansas, en expansión hacia el norte. La peluquera del pueblo de Luverne (Minnesota, cinco mil habitantes) tiene la mala suerte de atropellar al menor de los hermanos Gerhardt cuando éste escapaba de la escena del crimen. Su marido, el carnicero del pueblo, tiene la pésima idea de hacer desaparecer el cadáver.

El papel de héroe lo cumple el policía estatal Lou Solverson (Patrick Wilson, Norfolk 1944), un hombre al que no todos nos gustaría parecernos y que en la primera temporada veíamos, ya mayor, como propietario de una cafetería en Bemidji y padre de la agente buenaza Molly Solverson (Allison Tolman, Houston 1981). Kirsten Dunst (Point Pleasant, 1982) como Peggy Blumquist y Jesse Plemons (Dallas, 1988) como Ed Blumquist dan vida al matrimonio de descerebrados que se meten en aprietos graves con criminales. Tras ellos, van otros dos asesinos inolvidables, el indio Ohanzee Dent (Mark Acheson, Edmonton 1957) y el afroamericano Mike Mulligan (Bokeem Woodbine, Nueva York 1973). Uno silencioso como una tumba; el otro, locuaz.

EL MISMO CLIMA


Hay que destacar que la serie logra reproducir a la perfección el clima de la película de culto de los noventa. El mismo frío que cala los huesos, la misma amarga reflexión sobre la condición humana, y la misma excelencia artística. Idéntico humor negro, apelación al absurdo y a la parodia; personajes que a primera vista parecen caricaturescos, hasta que tomamos conciencia de que la mayoría de las personas de este mundo son idiotas sin remedio (vean las redes sociales) y que día tras día todos cometemos sandeces, generalmente por miedo o resentimiento. 

Hay guiños para entendidos en el film y sutiles conexiones entre la primera y la segunda temporada. Hay deliciosos recursos visuales como la narración de una masacre en Fargo sólo con sonidos, o las pantallas partidas. También se incurre en el capricho, como la advertencia al comienzo de que cada capítulo de que estamos ante hechos reales (!?) o la aparición de los ovnis, que da lugar a una frase de antología de Peggy Blumquist en medio de una balacera: "Es sólo un plato volador, Ed, huyamos".

Emitida por primera vez en 2014, Fargo es una de las mejores ficciones policiales de nuestro tiempo. Aquí nos quedamos esperando que Netflix suba la tercera temporada.
Guillermo Belcore

Calificación: Excelente


PD: El sublime tema: https://www.youtube.com/watch?v=aM2l8TPzKmY

domingo, 21 de enero de 2018

Laëtitia o el fin de los hombres

Algunos eruditos -como Wendy Lesser- sostienen que la literatura estadounidense contemporánea comenzó en 1965 con la publicación por entregas de la novela A sangre fría en la revista New Yorker. Esto no significa que Truman Capote (1924-1984) haya sido el primero en usar técnicas novelescas para narrar, de manera minuciosa, un hecho dramático de la vida real; ni que se trate del mejor libro de la década; ni siquiera que marque el comienzo del interés por el asesinato como tema literario. Simplemente fue un parteaguas. Y de aquella explosión inicial hace casi cincuenta y tres años, aún nos alcanzan esquirlas de diferente calidad.

Una de ellas proviene de una gran nación que si bien suele abominar de lo que llama mundialización de la cultura estadounidense, siempre ha estado muy atenta a las tendencias artísticas que soplan desde el otro lado del Atlántico. El profesor de Historia Ivan Jablonka (París, 1973) ha querido engrosar su currícula con una novela-documental, que reconstruye el asesinato de una mesera de dieciocho años en la región del Loira, una aberración que en 2011 sacudió al Hexágono, por su eco político y flujo mediático. Esta columna no incurrirá en la tontería de afirmar que Jablonka no es ni de lejos un Capote, pero postulará la hipótesis de que Laëtitia o el fin de los hombres (Anagrama, 419 páginas) difícilmente resulte de interés a quien no sea ciudadano de Francia.

El autor se define como un "escritor en ciencias sociales". No desea ser malinterpretado, explica (siempre se explica, el suyo es un yo fastidioso y entrometido) sus propósitos claramente. Dice que ha querido "rehabilitar en su existencia a Laëtitia Perrais, dar testimonio por ella". Convertirla en una heroína a una muchachita que tuvo una vida desdichada y la mala suerte de toparse con un depredador sexual que la secuestró, asesinó y arrojó a un estanque su cadáver trozado. "Revelar ese misterio y esa fosforescencia que se hallan en el fondo de cada persona" (las palabras son de Patrick Modiano) sería la tarea primordial del novelista y "el rol de un historiador-sociólogo" como él.

Otra intención manifiesta fue "abrir el crimen", demostrar que no debe ser reductible a homicidio, sino que remite a algo más vasto: "el espectro de las masculinidades descarriadas del siglo XXI, tiranías machas, paternidades deformes, el patriarcado que no termina de morir". Jablonka, adalid de la corrección política, llega a decir: "Por primera vez, tuve vergüenza de mi género".

El tercer cometido es oponerse al discurso "populista" del entonces presidente de la República, Nicolás Sarkozy, cuyas declaraciones a favor de la mano dura contra la delincuencia provocaron una huelga de magistrados sin precedentes.

La prosa de Jablonka está perlada con giros elegantes, no obstante, la sensiblería rebaja su calidad. Si bien no comete el desatino de enamorarse (literariamente) de un criminal -como hizo Capote-, convierte en un hada a la hermana gemela de Laëtitia. Es que la pobre Jessica Perrais accedió a convertirse en su principal fuente informativa.

Es sencilla la estructura narrativa, va intercalando capítulos, unos con la investigación del caso policíaco y el drama nacional, otros con la biografía de las gemelas. Los primeros son los más interesantes. Hay un tono de insinceridad, de sobreactuación, de pedantería en el estilo narrativo que causa desaliento. Es éste un libro para agradar, a tono con el espíritu de la época, que cubre de elogios a personajes secundarios del drama, como periodistas, abogados o funcionarios.

Como se dijo más arriba, Laëtitia o el fin de los hombres ha usado una receta probada que, incluso, en estos años exploró en Francia un narrador tan desparejo como Emmanuel Carrre. Alfaguara nos recuerda que Jablonka ha recibido por esta obra el Premio Le Monde, el Premio Médicis y el "Prix des Prix". Resulta inevitable preguntarse sobre la vitalidad y dotes creativas de la literatura francesa contemporánea, en especial en relación con la que adopta como modelo, la magnífica literatura estadounidense.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura de La Prensa


Calificación: Regular

PD: Todos los diarios importantes han cubierto de elogios a este libro que, como expliqué más arriba, me resultó muy tedioso. Sugiero complementar está reseña con la lectura de aquellos comentarios amables (¿cobardes o cuestión de gustos?).

sábado, 13 de enero de 2018

La India tiene una cara siniestra

Desde hace más de tres décadas, se libra al pie de los Himalayas una guerra hedionda y olvidada, cuya crueldad "se volvió tan natural como el paso de los estaciones". El sur de Cachemira, o al menos una porción importante de su población, desea separarse de India, para establecer una nación independiente, o bien unirse a Pakistán. El gobierno indio ha perpetrado toda clase de aberraciones con el fin de conservar ese pequeño territorio, de donde provienen los tejidos más finos del mundo.

Así, nos informa El ministerio de la felicidad suprema (Anagrama, 512 páginas), una novela extraordinaria, voluptuosa, con un claro propósito moral que -según reconoce su autora- se ha escrito bajo la sombra eminente de John Berger.

En 1997, la señora Arundhati Roy (Shillong 1961) había obtenido el Premio Booker con El dios de las pequeñas cosas, a esta altura un clásico de la anglósfera, según dicen. En los siguientes veinte años, la actriz, guionista, intelectual comprometida se dedicó a la militancia ecológica y política y sólo entregó a la imprenta textos de no ficción, que recogían sus luchas vocingleras. En 2017, retornó a la novelística. Y lo hace, a lo grande, con una obra ambiciosa, de andadura no lineal y narración algo desprolija que recuerda al Salman Rushdie de Los versos satánicos.

El centro emocional de la obra son dos mujeres. La primera se llama Anyum y es una fémina atrapada en un cuerpo masculino, cuyas peripecias le permiten a la señora Roy revelar el calvario de ser hermafrodita o transexual (hijra) en Delhi y, de paso cañazo, denunciar el brutal ascenso del ultranacionalismo hindú, aficionado a la limpieza étnica y la cacería religiosa, como en la era de las esvásticas (desfilan en el libro, apenas camufladas, personalidades de la política real).

Designa El ministerio de la felicidad suprema a una pequeña comunidad solidaria edificada por Anyum en un cementerio, que recoge perdedores sin remedio como un intocable, un perro usado para experimentos farmacéuticos, un imán ciego y tolerante, y la coprotagonista del libro, Tilo, enamorada de uno de los ideólogos de la rebelión cachemira (Por cierto, Tilo es de origen siriocristiano de la provincia de Kerala, al igual que la propia madre de la señora Roy).
 

SANGRE DERRAMADA


"Mientras haya sangre derramada existirá buena literatura", sentencia la señora Roy. En efecto, la indignación que le han provocado los centenares de miles de víctimas a causa de la represión militar en el Valle de lágrimas de Cachemira y en los pogroms perpetrados por la marea de color azafrán del Partido Popular Indio es el motor eficiente de una novela que seduce por la magnitud de los temas que baraja y las historias que relata.

También por sus personajes secundarios. Hay un malvado memorable, el comandante Amrik Singh, La nutria, por su eficacia como depredador. Es un sikh largo como una estaca que lleva un turbante verde oscuro y se especializa en perseguir y eliminar insurgentes sin misericordia en Cachemira, donde la tortura y los centros de detención y exterminio, al parecer, han sido tan comunes como en la Argentina de los setenta. No obstante sus nobles intenciones, por momentos da la impresión de que la señora Roy comulga con un mito contemporáneo: considerar que los crímenes de la guerrilla y el terrorismo son siempre menos graves que aquellos cometidos por los mastines que se dedican a combatirlos. Polémico, ¿no?

VIEJO TRUCO

En lo que al estilo se refiere, la prosa no carece de poética ni de filosofía, aunque -como si de un improvisador se tratase- bascula entre la belleza y la filosofía perspicaz por un lado, y las cursilerías y las obviedades, por el otro. La autora incurre, además, en ese viejo truco postmoderno que consiste en embutir elementos de diferentes procedencias como cartas, manifiestos políticos, artículos periodísticos, informes médicos, microcuentos, entradas en un diario, comunicados de prensa, declaraciones judiciales, entre otras fruslerías. El pastiche se ha usado tantas veces que ya aburre. En cambio, la alternancia entre distintas voces y puntos de vista es muy agradable.

Insistimos, más allá de virtudes y defectos en la forma, el novelón relumbra en su carácter de lección histórica. Siempre resulta atractivo, porque la India -una enormidad con veintidós idiomas oficiales y en fase de modernización despiadada- es una entidad platónica fascinante, donde abundan "la locura épica como la que se puede dar en un lugar como Macondo" y los horrores de naturaleza y dimensiones bíblicas como la fuga de gas tóxico en Bhopal (maldita seas Unión Carbide). Ojo, con idealizar a la gran nación, nos advierte la señora Roy, que compara a su patria con un huevo duro: "...su inocua apariencia esconde en su centro una yema de violencia atroz...".

Cada tanto, ese núcleo de locura y destrucción, "de cuya presencia somos intensa y constantemente conscientes en la India, emerge de repente, vociferando desde las profundidades y se comporta exactamente como se esperaba que lo hiciera. Una vez saciado su apetito, vuelve a ocultarse en su guarida subterránea y queda enterrado bajo la normalidad. Los desquiciados asesinos esconden sus colmillos y regresan a sus tareas cotidianas (funcionarios, sastres, plomeros, carpinteros, tenderos) y la vida vuelve a ser la de antes".

Dios proteja a las minorías de India y el mundo entero.

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

domingo, 7 de enero de 2018

Titán

Por John Varley

Novela de ciencia ficción. Edhasa Nebulae. 471 páginas. Edición 2004.


Desde que Homero -o quien haya sido- cantó las andanzas de Ulises, a las personas les encanta leer o ver buenas narraciones sobre viajes colmados de peripecias, con un héroe que supera todas las pruebas. No hace falta la rara excelencia de Don Quijote (una íntima virtud, que se abre paso en una forma vulgar, como notó Borges) para atrapar nuestro interés. Empresas literarias menos ambiciosas son, incluso, más entretenidas y también embellecen la literatura universal. Venimos aquí a recomendar otra trepidante odisea.

El libro se titula Titán, fue entregado a la imprenta por primera vez en 1979 y pertenece a la magnífica estirpe de la ciencia ficción inteligente. El autor es el señor John Varley. Nació en 1947 en Austín (Texas) y se doctoró en física por la Universidad de Michigan. Fue hippie y novio de Linda Ronstadt. Sus conocimientos de balística, astrofísica, psicología y biología dan a la novela un aire de verosimilitud que la imaginación agradece.

La heroína es la capitanía Cirocco ‘Rocky’ Jones, un metro ochenta y cinco metros de alto, pura energía pero con escrúpulos, como corresponde a su rango. Comanda una tripulación de siete personas a bordo de la nave ‘Ringmaster’. Su misión es investigar Saturno y sus lunas. En la órbita del colosal planeta descubren el más prodigioso artefacto que han vistos ojos humanos: un satélite artificial, de mil trescientos kilómetros de diámetro, cuatro mil en el borde exterior. Lo llamarán Temis y, luego Gea cuando descubran de qué se trata en realidad la bestia.

En el interior de Gea es donde corren las aventuras. La criatura toroide es un mundo en sí mismo, con sus continentes dispares, una peculiar flora y fauna, una guerra implacable entre ángeles y centauros inteligentes, paisajes asombrosos y peligros mortales. Detrás de todo, hay un demiurgo que manipula a la tripulación y que la comandante Jones intentará contactar. Para ello deberá viajar cientos de kilómetros y ascender hasta los cielos artificiales. La lectura resulta más adictiva que cualquiera de esas drogas infernales que consumen los débiles de espíritu. No podemos abandonar la novela: ¡el poder magnético de una buena historia!

Hablemos de las virtudes del narrador: es un magnífico constructor de escenas y personajes, en primer lugar. Como se dijo, cuida con esmero el verosímil literario y añade un sabroso condimento: el sexo. Creo que nunca he encontrado tantos coitos en una trama de viajes espaciales.  Todo el mundo hace el amor con todo el mundo. Se nos explica, que la NASA así lo prefiere, siete personas viviendo juntos durante dieciocho meses en un pequeño espacio necesita de ese alivio como del oxígeno y el agua. Otra de las claves estupendas de la obra es la mitología griega.

Hoy en día, muchos críticos esnob nos aseguran que el procedimiento literario es más importante que la historia. Yo no estoy tan seguro. Soy el primero en reconocer que el estilo es lo que convierte al texto en obra de arte pero el deleite que provocan los John Varley, que nos permiten evadirnos por un rato de ese fastidio llamado realidad, es lo que nos impulsa en última instancia a seguir leyendo y leyendo. Hasta que anochezca.
Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

martes, 26 de diciembre de 2017

La zona muerta

Si Donald Trump, como tantos temen, arrastra al mundo a una guerra atómica contra Corea del Norte, Rusia, China o quien sea, este libro entregado a la imprenta en 1979 será considerado profético. El protagonista -un buen chico llamado John Smith- adquirió el don de la clarividencia, gracias a dos tremendos accidentes, con sendos golpazos en la cabeza. Le basta tocar un objeto o la piel de una persona para ver lo que le depara el porvenir. Al estrechar la mano del candidato a la Cámara de Representante Greg Stillson -un buscavidas sinvergüenza, falso como un dólar con la imagen de D`Elía- descubre que llegará a la presidencia de Estados Unidos y causará una hecatombe nuclear, por causa de…. Sudáfrica.

Las similitudes entre el personaje de ficción Stillson y el presidente Trump son escalofriantes: ambos surfean sobre el hartazgo popular con el establishment, ambos carecen de escrúpulos y apelan a las malas artes para destruir a sus adversarios, ambos son populistas de manual. Hay una diferencia fundamental, no obstante: al abyecto Stillson, la prensa lo adora y, como establece Stephen King (Maine, 1947), “los trapos sucios de un político lo son tanto como la prensa quiere que sean”.

La zona muerta es, para quien esto escribe, uno de los mejores libros del rey King. La construcción de personajes y escenas, la delicada introducción de un elemento fantástico en la trama (la precognición), el oído para la cultura popular, el suspenso ( el pobre Johnny esperando con un rifle a Stillson en la galería del Palacio Municipal de Jackson, New Hampshire), la claridad de la prosa, salpimentada con metáforas ingeniosas aunque de bajo vuelo, se amalgaman para convertir a la lectura en un acto muy, muy placentero. Las opiniones políticas y metafísicas del señor King (¡Johnny da un apretón de mano al candidato Jimmy Carter!) también son sensatas. El manejo de la voz interior, algo rústico.

El libro encarna lo que Borges llamaba “una fantasía razonada” (son rarísimas en español, notaba el maestro). El señor King se esfuerza para persuadirnos, con argumentos técnicos, de que, en especiales circunstancias, un ser humano puede ver el futuro. John Smith pasó cuatro años en coma y luego se le despertó un sector del encéfalo ubicado dentro del lóbulo parietal, que tiene alguna afinidad con el sentido del tacto. Las corazonadas de Johnny se desatan, justamente, después de un contacto físico. "La zona muerta" son los recuerdos borrados por el trauma cerebral, en el caso del protagonista, los nombres de calles, carreteras y otras localizaciones.

Muchos críticos remilgados -aunque indispensables- como el sublime Harold Bloom se han negado a reconocer el talento literario de Stephen King. Son sensibilidades imperfectas, como la de cualquiera de nosotros: todos, al fin y al cabo, nos negamos a reconocer que puede haber algo allí, en aquello que por alguna misteriosa razón no nos agrada. Este blog, por el contrario, sostiene la tesis de que el rey del terror es uno de los mejores escritores contemporáneos -aunque muy desparejo- que ha hecho más meritos que una Herta Müller o un Le Clezio para el Premio Nobel. La zona muerta es una magnífica puerta de entrada a su vasta creación.
Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno


sábado, 23 de diciembre de 2017

Variaciones postales

Por Kazimierz Brandys

Adriana Hidalgo. 261 páginas. Novela

Polonia es la cultura católica clavada como una especie de larga espada entre la tradición bizantina de Rusia y el paganismo prusiano, escribía admirado G. K. Chesterton en los años treinta. "El elemento religioso es el elemento real. Y si alguien conoce a Irlanda, Italia o Baviera comprenderá con mayor o menor exactitud lo que eso significa", añadió en uno de los magníficos artículos que escribió en favor de una nación triplemente seccionada por invasores (Véase esa magnífica colección de ensayos titulada El fin del armisticio). La polaquidad tiene puntos de contacto con la Argentina resulta inevitable concluir. En efecto, cierto aire de familia se percibe en una gema rara que el sello Adriana Hidalgo -especializada en delicatessen- trajo a la Patria.

Variaciones postales es un recorrido fascinante por doscientos años de historia de Polonia, aunque a vuelo de vencejo. Fue entregada a la imprenta en 1972. Su autor, Kazimierz Brandys, llega por segunda vez a nuestro idioma, confirmando una sospecha: la literatura de Centroeuropa -tiene un valor similar al del oro- es una cornucopia que aún está lejos de haberse agotado para los hablantes de la segunda lengua mundial, el español.

Polígrafo burgués y judío que nació en Lodz en 1906 y logró sobrevivir de milagro a los dos diabólicos totalitarismos del siglo XX (Hitler y Stalin fueron la cumbre del antisemitismo), militante comunista renegado porque el marxismo cuartelero renegó de él, Brandys hizo la evolución más noble para un intelectual tras la Cortina de Hierro: de héroe del realismo socialista a disidente, y de disidente a exiliado. Murió en París en 2000.

Con ingenio estilístico, construyó la segunda obra que llega al español. Cada capítulo es una carta que un padre envía a su hijo más la respuesta filial correspondiente. Comienzan las misivas en 1770 y concluyen dos siglos después. Escuchamos, generación tras generación, a los Zabierski. ¡Qué familia de locos!

Se ha dicho que los pueblos de Europa oriental han sufrido en su piel más Historia de lo que una nación común y corriente puede soportar. Jakub Z. cayó en manos de los turcos y terminó yaciendo con una mona. Michas Z. fue reclutado por la francmasonería. Seweryn Z. acompañó a Napoleón en su ofensiva hasta Moscú y en la catastrófica retirada -hostigado por neviscas, lobos y cosacos- se devoró una pierna para sobrevivir. Jan Nepomucen se arruinó por haberse enemistado con sus compatriotas de la diáspora. El zarismo desterró a Hubert Z. a Siberia. Julián Z. fue manipulado por la Ojrana y años más tarde escandalizó a la Varsovia independiente con un corrompido sanatorio de hidroterapia. ¡Qué clan singular el de los Zabierski!

Además de la ingeniosa arquitectura, la facilidad para acuñar sentencias y la indagación sobre los rasgos de una gran nación, el libro también interesa por su reflexión en torno a la narrativa histórica, impostura que forma parte de lo que los argentinos hemos llamado el relato después de doce años de sistemáticas mentiras oficiales.

"El pasado se hereda en forma de memoria social para un uso general. El momento en el que se convierte en Historia suele ser frívolo", establece Brandys. Canallas o chiflados del pasado -como los Zabierski- llegan al presente en ropajes de héroes. El mito es hijo bastardo de la necesidad política, pero se trata, al fin y al cabo, de una enfermedad universal. En nuestro atribulado arrabal de Occidente, por citar un caso, los asesinos de los años setenta son hoy justificados -y hasta reverenciados- como patriotas o jóvenes idealistas.

Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

domingo, 3 de diciembre de 2017

Bolaño, ese gran cuentista

La lectura de esta obra -entregada por primera vez a la imprenta hace veinte años- permite concluir que el polígrafo Roberto Bolaño (1953-2003) fue también un magnífico narrador de cuentos. Podría decirse que no hay textos flojos en su primer libro de relatos. Se disfruta de cabo a rabo.

Llamadas telefónicas (Alfaguara, 228 páginas) parece compuesto bajo influencia de la literatura bonaerense, "probablemente la mejor en legua española del siglo XX"", como se declara en la página diecisiete. Bajo la espléndida sombra de Borges se escribieron buena parte de los catorce cuentos. Se percibe esto no sólo en el desapego de la prosa, sino también en el respetuoso plagio de Historia universal de la infamia, apuesta narrativa que proviene en primera instancia de Marcel Schwob y que consiste en persuadir al lector de que la existencia de cualquier mísero farandulero resulta tan interesante como la de William Shakespeare.

Hay que decir, no obstante las influencias, que la escritura hace alarde de la sencillez y el encanto dúctil que caracteriza la obra madura de Bolaño. Esa música envolvente, un ronroneo podría decirse, tiene la cualidad del oro. Queda aquí demostrado que el escritor chileno era un gran contador de historias, incluso con un dejo de John Cheever: esa sensación flotando sobre los textos de que un desastre está por ocurrir de un momento a otro, pero nunca acontece nada extraordinario. "Vida de Anne Moore" ilustra tan feliz procedimiento.

UN HOMENAJE


El primer cuento se titula Sensini. Se ha establecido que uno de los personajes principales es nada menos que el enorme Antonio Di Benedetto, camuflado tras el nombre de Luis Antonio Sensini, literato argentino malviviendo en Madrid, el mejor ""en esa generación intermedia de escritores nacidos en los años veinte después de Cortázar, Bioy y Mujica Laínez"", "autor de una de esas novelas que hacen lectores", llenando la olla y pagando el alquiler con el dinero de los concursos literarios, pues al igual que el narrador sus relatos -con distintos títulos- salen a pelear en las provincias. Los cazarrecompensas (Di Benedetto y Bolaño) forjan una amistad epistolar. Es una historia triste, melancólica con brillantes indagaciones artísticas. "El mundo de la literatura es terrible, además de ridículo", se advierte.

El tono borgeano de Henri Simon Leprince, un escritor fracasado en la Francia de la ocupación nazi, es demasiado evidente. Enrique Martín también retrata a un plumífero de bajo estofa, que quería ser poeta y termina escribiendo para una revista de sucesos paranormales. "Para disfrutar del arte no hace falta hacer el ridículo, no hace falta escribir ni arrastrarse", es un consejo de Bolaño que los aspirantes argentinos al Parnaso no deberían pasar por alto. Una aventura literaria redondea una sátira precisa de los celos que cunden entre literatos colegas ("colega, esa palabra atroz").

Afirma Bolaño que la muerte y el amor son las dos únicas cosas verdaderas de la vida. Quizás por eso atesora el volumen un puñado de conmovedoras aventuras del corazón. Llamadas telefónicas describe con la precisión de un láser la psicología de un enamorado. La nieve es la historia de un exiliado chileno en la Unión Soviética que tiene la mala suerte de enamorarse de la querida de un capo de la mafia. Clara y Compañeros de celda son dos ejemplos cabales de la preferencia del vate chileno por los vínculos contrariados, imposibles, que siempre concluyen en una vía muerta.

Otro eje temático es la superstición verbal, la creencia de la magia de las palabras. En 1941, un soldado sevillano salvó su vida en el Frente Ruso porque sus verdugos confunden "coño" con la ululante "kunst" ("arte" en alemán).  

Detectives está urdido sólo con diálogos. Conversan dos policías en la ruta y a la superficie afloran las iniquidades de 1973 y el dulce habla chilena. ¿Cachai? Joanna Silvestri, monólogo interior de una actriz porno postrada en una Clínica de Nimes, no tiene un sólo punto y aparte. Se trata de otra hermosa exhibición técnica de uno de los pocos autores latinoamericanos esenciales de nuestro tiempo.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Economía de La Prensa

Calificación: Muy bueno

lunes, 27 de noviembre de 2017

Motivo de ruptura

Por Harlan Coben


RBA. 444 páginas. Novela policial. Edición 2017


Como un cóctel, un platillo tradicional o la fórmula de un explosivo, la buena novela policial consiste en el delicado equilibrio entre ingredientes. Debe tener una pizca de crítica social, sin caer en el panfleto. Villanos que atrapen la imaginación. Un investigador competente, es decir un ingenioso hombre de las calles o del laboratorio que sepa todo lo que hay que saber sobre la naturaleza humana y la policía. Una o dos vampiresas nunca vienen mal. Uno o dos asesinatos resultan imprescindibles. Suspenso, bien dosificado. La trama colorida pero debe estar escrita con cierto espíritu de desapego, pues -como estableció Raymond Chandler- "de lo contrario nadie, salvo un psicópata, querría escribirla o leerla". Y en la variante estadounidenses, es ley bañar todo el relato detectivesco con ese tono inconfundible que deviene del sentido del ritmo, de los diálogos agudos (cada réplica debe ser certera como el balazo de un francotirador), de la ironía filosa, el pesimismo y del símil o la metáfora exagerada. Por ejemplo, si aparecen hampones, "uno de ellos es tan grande como un país del Tercer Mundo".

La mayoría de estas cualidades están presentes en la primera novela negra de la saga Myron Bolitar. El multipremiado y respetado por la crítica hacedor de bestsellers Harlan Coben (Nueva Jersey, 1962) la entregó a la imprenta hace veinte años. El sello RBA reimprimió Motivo de ruptura y ojala distribuya en la Argentina el resto de la serie. Es una vuelta de tuerca interesante.

Myron Bolitar -ex agente secreto del FBI, ex jugador del básquetbol, abogado de Harvard- se gana la vida como representante de figuras deportivas. Atisbamos un mundillo fascinante, corrompido y sin ética como el peronismo bonaerense o el santacruceño, infiltrado por las mafias, con tiburones implacables cuando se trata de rascar un dólar a costillas del crack.

Las tribulaciones familiares, sexuales, laborales de sus clientes obligan a Bolitar a actuar como detective y componedor de entuertos. Nuestro héroe tiene principios, es un bienhechor. Su socio se llama Windsor Horne Loockwood III, quintaesencia del patriciado de Nueva Inglaterra. Se encarga de las cuestiones financieras y de liquidar a los indeseables. Es un psicópata con rostro adorable.

En Motivo de ruptura, Bolitar representa a una estrella en ascenso del fútbol americano, un chico de Kansas, tímido y modesto. El epítome del buen deportista. Su novia, Kathy Culver, desapareció hace unos años; se supone que fue asesinada. Ahora parece que volvió de la muerte. Publicaron su foto en una revista pornográfica; aparecen sobres con su letra. Para peor, Kathy es hermana de la despampanante escritora Jessica Culver, ex novia de Bolitar. La trama es adictiva, pero verosímil.

El pecado de la novela es la sobreactuación. Bolitar, que a los treinta y un años, sigue viviendo con sus padres, sobreactúa en cuestiones sentimentales. La cursilería asoma su feo rostro. Es de suponer que el escritor jerseíta ha ido corrigiendo el defecto con el correr del tiempo. Ya va por el tomo diez de la saga. Quien esto escribe se ofrece para comprobar la evolución. Da ganas de seguir leyendo a Harlan Coben.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Bueno


lunes, 20 de noviembre de 2017

Una pizca de maldad

Por Guillermo Belcore

Las pocas novelas de China que llegan a la Argentina permiten colegir que en las antípodas cunde el malhumor existencial entre aquellos intelectuales que se han dedicado al cultivo de las bellas letras. Es extraño, lo mismo ocurría en Estados Unidos a fines del siglo XIX cuando la nación comenzaba a transformarse en una gran potencia económica, en un nuevo actor global.

Esa enemistad al orden establecido (una plutocracia), es en ambos casos más social que político, en el caso de los chinos, quizás, porque la odiosa censura del Partido Comunista aprieta como la peor camisa de fuerza. Cualquier generación iconoclasta ve aridez, esnobismo y simple insensibilidad por doquier. Por lo general, la insatisfacción de los modernos se manifiesta, en última instancia, contra lo moderno en sí. Además, suelen mostrarse irritados no porque el país -la época- sea socialmente injusto (que lo es), sino porque es espiritualmente vacío.

Una versión particularmente radical del malestar chino con la modernización acelerada y sin alma acaba de llegar a la Argentina. Con el apoyo del aparato estatal chino, el sello Adriana Hidalgo Editora, especializado en exquisiteces, publicó una novela extraordinaria, más psicológica que policial, que parece hija de convulsiones como la I Guerra Mundial o de pesimismos disolventes como los que ha establecido Cioran. Un tal Ah Yi (Ruichang, 1976) la entregó a la imprenta en 2012.

Una pizca de maldad (182 páginas) narra, básicamente, un asesinato por aburrimiento. "Porque no encontraba manera de llenar un vacío y solamente por eso, una persona decidió jugar al gato y al ratón, y mató a otra persona". Tremendo, ¿no? Pasa todos los días, sobre todo en el sector de la sociedad afortunado, pues el que lucha por el sustento cuando mata lo hace por razones más lógicas como los celos, la envidia o la codicia.

La novela está compuesta en primera persona. Oímos la voz del criminal desde la cárcel, desde el corredor de la muerte. Evoca paso a paso su historial delictivo un jovencito proveniente de una familia, si no acomodada, con algunos privilegios, pues pertenece a la nomenklatura roja. En Oriente u Occidente, al parecer, ocurre lo mismo: estás dentro o fuera del sistema.

UN INADAPTADO


El protagonista vivía con sus tíos. Así se describe:

"...la abulia, el tedio, la pereza y la crueldad con que los años habían formado parte de mi personalidad se habían grabado en mi rostro e intimidaban a todo aquel que me observaba...".

Es más que una adolescencia mal llevada. El inadaptado cree que nada tiene sentido y que no existe asunto que lo conecte con el mundo. Piensa como Zarathustra:

 "...entendí la razón por la que tantas personas se dedican a la caridad. Como si fuera una especie de Dios, el afecto y la autoridad parecían emanar de cada uno de mis gestos...".

Con un ardid, el chico cita a una compañera de colegio (acababan de graduarse) a la casa de sus tíos. La cose a puñaladas y arroja el cadáver, boca abajo, dentro de un lavarropas. Huye de la ciudad. Tiene dinero, le había robado a la tías unas monedas tan antiguas como valiosas. Con casi veinte mil yuanes en la faltriquera, divaga de un lado a otro, la policía le pisa los talones, se había convertido en un caso famoso. En todos lados tropieza con la maldad, la estupidez y el materialismo agobiante. Mientras corre siente que la vida se convierte en algo compacto, simple y lleno de tensión, por eso cuando las autoridades y el periodismo pierden interés en él, nuestro antihéroe primero quiere suicidarse y luego se entrega. En prisión gana respeto con una brutal agresión. En los tribunales, malogra un intento de su madre de que le permuten la pena de muerte. China está obsesionada con el asesino sin móvil: se exasperan por entender por qué la mató.

Una espantosa sensación de tedio no es una excusa válida. Ha llegado el momento de dedicarle un párrafo al autor. Ah Yi es el seudónimo de Ai Guozhu. Antes de dedicarse al periodismo y a la literatura, fue agente de la policía. Ejerció cinco años en un pequeño pueblo de provincia ¡Ah, la experiencia como fuente de conocimiento! ¡La buena y vieja experiencia de John Locke y David Hume! Ese saber elemental y profundo que en la Argentina llamamos calle le permite a Gouzhu tallar unas notables escenas de incompetencia policial, roñosería carcelaria y deshonestidad judicial.

La siempre atractiva figura del cínico no es la única virtud que lleva en volandas al libro. La prosa es sutil, elude con elegancia las trampas del costumbrismo. La chinesidad aflora con delicadeza en alguna metáfora, en expresiones aisladas. Los comentarios suenan siempre inteligentes. El telón de fondo esta teñido por el feísmo; los personajes son casi todos personas deleznables, incluso los niños. Paladas y más paladas de realismo sórdido. La China en franco desarrollo parece una distopía de Philip Dick con muchedumbres opresivas allí donde une pise y un Estado policial que te obliga a exhibir el documento si quieres usar Internet en un cibercafé.

Como pieza artística, Una pizca de maldad es sobresaliente, en forma y fondo. Se entiende por qué Beijing ha querido promocionarla incluso al otro lado del planeta. El genio literario es un don rarísimo, aflora donde uno menos se lo espera; en última instancia no depende de talleres literarios o estudios universitarios. También un ex agente de policía de provincias puede escribir una de las mejores novelas del año.
Publicado en el Suplemento de Cultura de La Prensa.



Calificación: Muy bueno

lunes, 13 de noviembre de 2017

Personajes desesperados

El amoroso tesón del escritor Jonathan Franzen permitió la reimpresión en 1999 de esta novela perdida, que había sido entregada a la imprenta por primera vez en 1970. En el prólogo, a modo de ditirambo, Franzen sentencia que Paula Fox (Nueva York, 1923-2017) supera a sus contemporáneos John Updike, Philip Roth y Saúl Bellow. Cuestión de gustos, en todo caso.

Lo que este blog puede asegurar, sin sombra de duda, es que la obra maestra de Fox subyuga por su potencia dramática (por momentos es teatro puro), por su negativa a ofrecer las respuestas fáciles de la ideología o la literatura de supermercado, y por la calidad de su prosa, propicia para abandonarse al goce de la lectura.

La trama de Personajes desesperados (El Aleph, 175 páginas, Barcelona, edición 2005) es concisa, va al grano desde la primera página. El idílico universo de un matrimonio culto, próspero, moderado y sin hijos empieza a desintegrarse cuando se superponen -cual conjunción cósmica- dos desgracias. Sophie es mordida en la mano por un gato roñoso del que se había encariñado, mientras que su marido Otto se distancia, después de largos años, de su amigo y socio en el estudio jurídico. Se suceden desastres, casi con el mismo vértigo que recrea Martin Scorsese en el memorable film Después de hora. La acción abarca apenas un fin de semana en invierno.

Conjetura Franzen, en vena freudiana, que el horror contenido de Sophie es el motor del libro. Discrepo. Me parece que el drama de la atractiva cuarentona no sería fruto de una neurosis individual, sino que empalma con la angustia de una comunidad burguesa, más espiritual que económica, cuando ve todo a su alrededor resquebrajarse, sumirse en la degradación. La vida contemporánea está infectada de rabia y los desechos nos amenazan. En cualquier momento, te pueden ocurrir cosas malas que arruinarán tu existencia. 

Paula Fox murió el 2 de marzo pasado, a los 93 años. Ha escrito casi treinta libros para niños, seis novelas para adultos y un libro de memorias que evoca una vida atribulada (la abandonaron sus padres al nacer). En su obituario, alguien la comparó con Chejov. The Nation la describió como "una de nuestras novelistas contemporáneas más inteligentes (y menos apreciadas)". Marlon Brando era su amigo, y Courtney Love es su nieta. El lector curioso y hedonista no debería pasar por alto Personajes desesperados.
Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno  

martes, 7 de noviembre de 2017

La obra maestra de Paul Auster

Las casi mil páginas de ‘4321’ fueron compuestas en clave tolstoiana, pero con singular arquitectura. Descomunal fresco de la cultura, la política, los deportes y las costumbres de los años cincuenta y sesenta, la decimoséptima novela del narrador estadounidense sorprendió a la crítica. Un mismo protagonista en cuatro universos paralelos.

Por Guillermo Belcore







Asoma la clave en la página treinta y nueve. Se reproduce una lista de clásicos que la estirada Mildred recomienda a su hermana Rose. Madame Bovary, David Copperfield, Luz de agosto, Middlemarch y muchos más. "De todos los autores que descubrió durante su confinamiento, fue Tolstoi el que más le agradó, el colosal Tolstoi que entendía la vida toda, pensaba Rose". 

He aquí, justamente, el modelo artístico que inspira el libro más reciente y ambicioso de Paul Auster que acaba de llegar a la Argentina, unos meses después de ser publicado en Nueva York. Una lograda novela oceánica, tolstoiana, que intenta encerrar y entender la vida toda, y que -como corresponde- vincula la existencia individual con el devenir de una gran nación. A los setenta años, el literato estadounidense encontró en su alma la fuerza, la inspiración y el talento para redondear, por fin, su obra maestra, aunque de no fácil lectura. Si la posteridad lo juzga por 4321 (Seix Barral, 957 páginas) llegará a la conclusión de que Auster fue uno de los grandes literatos de su tiempo. Como Tolstoi.

La publicación de 4321 puede encuadrarse en una tendencia estupenda que ha ganado terreno en la literatura estadounidense de este siglo, tanto por razones de estilo como comerciales (un bestseller tiene que ser "una maratoniana orgía lectora"): los literatos consagrados y las nuevas estrellas vuelven la vista hacia el siglo XIX; Dickens y el forjador de Guerra y paz están de nuevo en boga. Irving, Franzen, Proulx, Ford e incluso Thomas Pynchon, el más brillante de la clase, encarnan esa apuesta. Auster se suma a la corriente con un lujoso trasatlántico. Faltan dos meses para que concluya 2017: este blog arriesga la hipótesis de que se trata de la Novela del Año.

EL BUEN ARCHIE

 

El mamotreto pues se consagra a narrar la niñez y juventud de Archibald Isaac Ferguson, nacido en Newark en 1947, tercera generación de judíos norteamericanos. La primera impresión es que se trata de una novela de inmigración a lo Isaac Bashevis Singer o Henry Roth, pero esperen un momento... hay algo extraño en la trama. Borges aparece en escena. ¡Es el jardín de los senderos que se bifurcan! Conocemos cuatro Ferguson en realidad, cada uno vive en un universo diferente, a partir de confactuales, que no conviene revelar para no estropear la agradable sorpresa. Los capítulos se reparten en cuatro grupos: 1.1, 1.2, 1.3, 1.4; 2.1, 2.2, 2.3, 2.4; 3.1., 3.2, etc. Digamos sólo, a modo de ejemplo, que si en una de las líneas del tiempo, Archie es propenso a los accidentes y no le sobra el dinero; en la otra su padre, Stanley Ferguson, se convierte en el rey de los electrodomésticos de las periferia de New Jersey.

El juego de los mundos paralelos demanda una lectura concienzuda, pues los personajes van interpretando papeles con ligeras o profundas diferencias en distintos escenarios. El novelón, si bien se atiene al orden cronológico desde la concepción hasta los veintipocos años de Archie, encierra en realidad cuatro novelas cortas. ¿Existe aquí la posibilidad de dos formas de lectura como las que propone Julio Cortázar en Rayuela? Resulta seductora la idea. Por un lado, la convencional. Por el otro, agotar cada una de las líneas del tiempo (1.1, 2.1, 3.1, 4.1, 5.1, etc) antes de pasar a la otra.

Por cierto, la singular arquitectura narrativa obliga a meditar sobre un interrogante filosófico: ¿somos el mero producto de nuestras circunstancias, una mera hoja a merced de las tormentas, o hay un yo irreductible, un núcleo individual recalcitrante inmune a las presiones del entorno, la famosa mónada de Leibniz, como sugiere el propio Auster? Planteado de una forma más moderna, ¿contexto o genes están en el timón de la personalidad? Fascinante, ¿verdad? "Somos fuerzas", la gran máxima nietzscheana podría ser la clave de lo humano.

UN CATALOGO

 

Si todas las novelas son, a su manera, autobiográficas, a 4321 se le ven las costuras. Además de colosal fresco de la cultura, el deporte, la política y las costumbres de los años cincuenta y sesenta en Nueva York y sus aledaños neojerseítas, el libro conforma una suerte de catálogo obeso de las obsesiones y preferencias que ha venido infligiendo Paul Auster a sus lectores en los últimos treinta y cinco años, desde Laurel y Hardy hasta el béisbol, "el juego más tonto jamás inventado", según la precisa definición de Anne-Marie Dumartin, noviecita fugaz de Archie Primero. Los que atañen al béisbol y al básquet son, quizás, los momentos aburridos que toda novela oceánica contiene.

Del estilo hay que destacar dos cosas. En primer lugar, la eficaz combinación entre ligereza y densidad. En segundo término, la destreza de Auster para la frase larga, aquéllas con varias subordinadas, retorcidas serpientes que van desplegándose primorosamente hasta ocupar un párrafo entero ("Se siente su belleza como se siente la fiebre o un puñetazo en la barbilla"). Muchas, en efecto, rozan la perfección.

"En los anales de los logros humanos nada supera al placer de escribir una buena frase, en especial si empieza siendo mala y va mejorando gradualmente a medida que la escribe cuatro veces", declara un alter ego de Auster.

El novelón relumbra además por su profundidad psicológica en el gran escenario de la lucha por la vida. El acabado de los personajes es magistral, con decenas de caracteres muy interesantes, como el de Amy Schneiderman, el gran amor de los diferentes Archies, nieta de un antiguo jefe de Rose Ferguson, la mamá de nuestro héroe. Aquí y allá, aparecen indagaciones teológicas, existenciales, literarias, y también pinceladas de erotismo de alto octanaje (el despertar sexual es uno de los grandes temas, entre otras formas de aprendizaje), erotismo gay sobre todo. ¿Dijimos que se trata de una novela hedonista?

Así las cosas, el texto es memorable por su dimensión pantagruélica (decenas de miles de palabras), por su andamiaje original y formidable con un mismo ser humano en cuatro universos paralelos y por su filosofía de andar por casa. La intención de Paul Auster, queda en evidencia, fue forjar un clásico, una obra que va a quedar, en clave realista pero innovadora.

"Combinar lo extraño con lo familiar... observar el mundo tan detenidamente como el más entregado realista y sin embargo crear la forma de ver la realidad a través de un prisma diferente, ligeramente deformante, porque leer libros sólo centrados en lo familiar inevitablemente muestra cosas que ya conoces y leer libros únicamente centrados en lo extraño muestra cosas que no quieres conocer", se explica el literato en la página quinientos nueve.

Establece, además, una verdad diamantina: "Leer novelas es uno de los placeres fundamentales que la vida ofrece". Lo sentimos por los pobres diablos que tienen que escribirlas.
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa


Calificación: Excelente


miércoles, 25 de octubre de 2017

Mindhunter, ¿la nueva 'Mad Men'?

NETFLIXLANDIA I

La gente de la televisión suele ser muy convencional.  Les atraen, como la luz a las polillas, las fórmulas probadas. En Estados Unidos, por ejemplo, se han devanado los sesos tratando de generar otro Mad men, es decir una genialidad que encante tanto al público como a las críticos, y que integre de manera sublime los personajes rotundos, el espíritu de una época y una porción de la colmena humana (el mundo de…) que resulte cautivante. Bueno, parece que al fin lo han logrado. La primera temporada de Mindhunter, penúltima proeza de Netfllix, combina con maestría los tres ingredientes.

La trama nos lleva a Quantico, 1977. Comenzó a gatear el Departamento de Análisis de Conducta del FBI, las viejas motivaciones criminales ya no sirven para explicar a alguien como el Hijo de Sam, a quien un perro había ordenado liquidar a muchos. Un par de agentes especiales (Bill Tench y Holden Ford) junto a una catedrática de Boston asumen la misión de delinear los perfiles psicológicos de los peores homicidas del país. Su propósito ultimo es prevenir matanzas. Se trata de una investigación sin precedentes, que da a luz al concepto de ‘asesino serial’. Se calcula, por cierto, que de manera constante hay aproximadamente treinta y cinco de estos demonios en libertad tramando infiernos para sus semejantes en Estados Unidos. Cae un asesino vocacional y nace otro.

Una salvedad: la serie se basa en hechos reales. Los tres pioneros, exploradores en un mundo poco conocido, fueron los agentes John E. Douglas y Robert K. Ressler y la psicóloga Ann Wolbert Burgess. Escribieron libros muy elogiados.

QUE PAREJA

Si la memoria no me falla, desde Sara Linden y Stephen Holder (The killing), que no veíamos en Netflix una pareja de detectives con tanta química como Tench (Holt McCallany) y Ford (Jonathan Groff). Este último vendría a ser el Don Drapper de la serie, sin el glamour, of course. Un cruzado en busca de la verdad; quiere entrar en la mente de un ser humano que decapita a la madre y luego tiene sexo con esa cabeza aun sangrante. Es un joven sin escrúpulos, capaz de arruinar un maestro de escuela por una sospecha. Suele meterse en problemas; sus métodos heterodoxos para que los homicidas suelten la lengua horrorizan a sus compañeros y superiores. Las tensiones se suscitan entre el avance científico y la ética: laboratorio vs. vida corriente.

El duro Tench, con sus problemas familiares a cuestas, opera como una suerte de Sancho Panza, es quien le proporciona al entusiasta Ford el principio de realidad. La doctora Wendy Carr (Anna Torv) es fría como las tetas de una bruja. Bella y eficaz. Pero, acaso, los personajes más fascinantes son los secundarios: es decir los sociópatas que nuestros chicos viajan a entrevistar en prisiones dantescas: Edmund Kemper (foto de arriba), Jerry Brudos, Richard Speck, aparecen en esta temporada de diez capítulos. Ellos también provienen del mundo real. Sus representaciones son memorables, escalofriantes incluso. El casting es excelente.

Después de decir que las conversaciones entre Holden Ford y su novia casi socióloga son otro punto alto, hay que destacar que el factotum de la creatura es nada menos que David Fincher (productor ejecutivo y director de cuatro episodios), lo que demuestra que el universo de las series -el segundo más atractivo después del literario- puede convocar hoy a los cerebros más talentosos. Se han encontrado semejanzas entre Mindhunter y Zodiac, una de las joyas de Fincher. La misma sobriedad narrativa. La misma apuesta por lo intelectual (no hay escenas de acción). Un dato menor: Charlize Theron es otra de las productoras.

Si la calidad de la primera temporada se mantiene firme, no es aventurado afirmar que seguiremos disfrutando de Mindhunter por lo menos hasta que termine la segunda presidencia de Macri. Ah, un motivo de deleite adicional es la música setentosa.
Guillermo Belcore

domingo, 15 de octubre de 2017

Sol robado

Felices aquellos que desconocen el preciso momento en que dejaron ser niños. O púberes. O adolescentes. Eso quiere decir que el destino no les ha clavado las garras. Ser afortunado -o bendecido- es haber gozado de una vida morosa con transiciones largas, como los atardeceres en el campo; que los cambios existenciales se hayan producido casi sin percatarnos.

Lindy Simpson, la encarnación de la inocencia, no tuvo tanta suerte. Un pervertido la derribó de la bicicleta con una soga cruzada en la acera (era de noche), le aplastó la cabeza contra el césped y la violó. Tenía quince años. Fue hace dos décadas en un apacible suburbio de la capital de Louisiana, un estado del profundo sur que goza de mala prensa.

La minuciosa evocación de ese crimen y sus tremendas consecuencias desarrolla el primer libro del profesor Milton O"Neal Walsh, muy elogiado por la crítica estadounidense y por personalidades como Anne Rice, y traducido ya a doce idiomas. La calidad de su prosa -suave, elegante, con vetas de ternura- lo aúpa a la categoría de promesa literaria. Queda confirmado que Dixieland se caracteriza no sólo por la injusticia social: los buenos escritores brotan por doquier.

Te cuento algo


Sol robado (Tusquets, 328 páginas) se compuso en primera persona, como si se tratase de esas viejas historias que se narran al calor de una lumbre o, sin prisas, a un amigo en el bar. Walsh es un orfebre de la palabra (cada párrafo parece haber sido lustrado hasta que refulge) y conoce bien las técnicas de la complicidad y el tono oral. Por algo, dirige el taller de escritura creativa de la Universidad de Nueva Orleans. Por algo, tardo siete años en concluir la novela.

Oímos la voz de un vecino de Lindy, un pibe romántico, que iba a un colegio católico y vivía en un vecindario blanco, quintaesencia del Sueño Americano. Desde los once años estuvo perdidamente enamorado de la chica Simpson, a la sazón fue uno de los cuatro sospechosos del ultraje sexual que quedó impune pues nunca se imputaron cargos. Sol robado es tanto una novela de iniciación como una novela de amor, pero de ese amor afiebrado que sólo las personas inmaduras pueden experimentar.

La reconstrucción de la psicología y los sentimientos de los adolescentes -siempre un terreno minado- es sorprendentemente buena (no se olvide que Walsh es un debutante) pero no en clave poética como El guardián en el centeno sino crudamente realista. La galería de personajes es llamativa, con individuos que evolucionan y sufren.

Naturalmente, la novela no se agota en el mero escrutinio del crimen. Son excelentes las digresiones, relacionadas de alguna u otra manera con los dramáticos y complejos asuntos adolescentes y con el mundo de los traumas. Incluyen tanto a la familia del narrador (el padre abandónico e insustancial, la madre devastada por la desdicha, una hermana muerta en un accidente) como a una sociedad meridional, muy hospitalaria, que presta especial importancia a la comida por una atendible razón: "Cuando todo es sudor y el sofocante calor cae a plomo, sólo al paladar se le puede engañar". 

Oigan esta sentencia sureña: "El mundo tiene una importancia relativa. No hay nada por lo que merezca la pena estropear una buena comida". Estamos, como se dijo, en Baton Rouge. Se nos remarca que allí hay veranos brutales, ni siquiera la caída de la noche brinda tregua alguna. No soplan brisas que barran las oscuras marismas ni caen lluvias que refresquen el aire. Lo mosquitos te devoran. Te comen vivo.

Con cuentagotas y extrema delicadeza, la Historia ingresa en el texto. Volvemos, por ejemplo, al 28 de enero de 1986, día en que, para espanto de una enorme nación, el transbordador Challenger estalló en pleno vuelo, cobrándose la vida de siete valientes astronautas. Fue la tarde en que el narrador sin nombre se enamoró de Lindy Simpson. Walsh le dedica, asimismo, un capítulo al huracán Katrina y al caníbal en serie Jeffrey Dahmer.

Otro truco que el autor maneja bien, es el llamado cliffhanger. Los anzuelos toman forma de frases arrojadas aquí y allá, como quien no quiere la cosa. Se crea así un agradable suspenso que nos jala hacia adelante. Queremos saber qué diablos ocurrió en aquel bochornoso verano de 1989 en la urbanización Woodland Hills, cuando un chico y una chica encantadores perdieron para siempre su inocencia. Y uno de los dos -como le ocurre a prácticamente todas las víctimas de una violación- resignó por largos años una buena parte de la capacidad para disfrutar de la vida. Maldita sea. Ninguna mujer debería ser condenada a semejante tormento.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Bueno


lunes, 25 de septiembre de 2017

Neverwhere

POR GUILLERMO BELCORE

La Odisea, Don Quijote, Alicia en el país de las maravillas. Las profecías desparejas de Julio Verne y Star Trek. Baudolino de Eco; Luka y el fuego de la vida de Rusdhie; Contraluz de Pynchon. Es decir, el placer enorme de la aventura. En el álbum Travesías Memorables de la Literatura Fantástica debe incluirse, sin atisbo de duda, el segundo libro en soledad del inglés Neil Gaiman (Portchester 1960), que afortunadamente se acaba de reimprimir en español. ¡Qué suenen las trompetas! Después de veinte años, Neverwhere está de regreso en la Argentina, con una edición corregida de Roca editorial y un oportuno bonus track.

Cientos de reseñistas lo han establecido pero cada vez que se comenta uno de sus libros es menester repetirlo: la imaginación de Gaiman es prodigiosa. En esta ocasión ha explotado una de las quimeras más difundidas. Somos legión los que nos gusta creer que coexistimos con un mundo suprasensible, una realidad alterna, una universo paralelo que, de tanto en tanto, se inmiscuye entre nuestros asuntos cotidianos y, por lo general, no para bien. El libro nos lleva entonces al Londres de Abajo, allí donde las ratas conversan con humanos, rige un sistema de baronías y feudos, y moran los seres marginales, extravagantes y peligrosos (como en el Londres de arriba, bah).

El protagonista se llama Richard Mayhew, un oficinista común y silvestre, héroe a su pesar (es ésta también una novela de aprendizaje) pero sin superpoderes. Una noche de cristal que se hizo añicos, el joven malogra una cita con su novia por ayudar a una vagabunda herida. Al menos, eso era lo que parecía Lady Puerta, tendida boca abajo en la acera y envuelta en harapos, sucia y ensangrentada. El buen samaritano la lleva a su casa, la alimenta y cura. La oculta de una pareja de siniestros hampones que ofrecen recompensa por su pellejo. Richard se involucra así en una grave disputa del inframundo. El padre de Puerta y sus hermanos fueron asesinados y la chica desea venganza.

Los acontecimientos -como ocurre en la vida real- son unos cobardes: no suceden de uno en uno, tienden a encadenarse y a venírseles encima todos a la vez a Richard y Puerta mientras fatigan mercados ambulantes y estaciones de subterráneo de pesadilla en busca de respuestas, protegidos por la Cazadora, acaso la mejor guardaespaldas de ambos Londres, y por el Marqués de Carabás, un traficante de favores con un abrigo fabuloso. En la novela pasan muchas cosas, se derrama sangre, mueren personas buenas, aparecen tribus y especímenes tan fascinantes como letales. El tedio, vale decir, nunca asoma su feo rostro por la páginas de Gaiman.

LOS VILLANOS


Hay una unidad de medida para calibrar la calidad de la narrativa fantástica (y puede que también se aplique para el realismo): la capacidad del escritor para esculpir a un villano que atrape nuestra imaginación. Gaiman lo logra con creces. Es probable que los señores Croup y Vandemar sean los sicarios más horrorosos de la literatura moderna. Uno zorruno, el otro con algo de lobo acumularon fama por su pericia en el arte del tormento. Se les da bien dañar a la gente. El señor Croup es locuaz, le agrada cultivar la perífrasis. El señor Vandemar siempre está hambriento; se zampa ratas, palomas, cachorros, el animalito que encuentre.

Hay que destacar que la aclamada Neverwhere empezó siendo un guión para la BBC. Luego, evolucionó a novela, llena de virtudes y de acción, accesible para lectores de quince a, digamos, noventa y nueve años que mantengan intacto el gusto por el género fantástico. La prosa no es mala, incluso. Hay algunos giros elegantes e irónicos como los que sólo podemos encontrar en la buena literatura inglesa. Gaiman ha demostrado aquí lo mismo que en sus relatos breves que este blog ha recomendado (pinche aquí), en la novela gráfica Sandman y en el mundo del cómic: es un demiurgo con el talento suficiente para crear un planeta entero, con mitología y firme coherencia interna.

Cuesta creer que a Neverwhere no se la haya exprimido como saga, lo cual habla muy bien del artista que reconoce limitaciones y protege a sus criaturas de la voraz industria del entretenimiento. No obstante esa discreción, al final de la novela añade un cuento que permite esclarecer el misterio de la temible tribu de pastores: "De cómo el Marques recuperó su abrigo".

Y promete en el prólogo que "pronto llegará el momento de regresar para un viaje más largo" al Londres subterráneo y mágico, "donde van a parar los que caen por las grietas" (la historia es también inteligente e inquietante por sus implicaciones). Da a entender el literato que está pensando completar la historia de las Siete Hermanas, una de las cuales estuvo a punto de matar a Richard con un beso frío como las tetas de una bruja. Aquí esperamos ese libro con ansias.

Calificación: Muy bueno