sábado, 20 de julio de 2019

Dark, la serie

En su séptimo viaje interestelar, el inolvidable Ijon Tichy se ve atrapado en un lazo temporal. Es decir, "la inflexión de la dirección del fluir del tiempo dentro del área de los campos gravitatorios de tremenda fuerza, que pueden provocar incluso un cambio de la dirección tan radical que ocurre lo que se llama duplicación del presente". Como consecuencia, la nave del cosmonauta se abarrota de otras versiones temporales de su yo: el de ayer, el de mañana, el del jueves, el del mes próximo y hasta hay uno del año que viene. Se desata una lucha asesina por los escasos recursos  hasta que dos niños (los Tichy de la infancia) logran reparar el cohete.

Esa maravillosa y divertida imaginería de Stanislaw Lem (1) aparece en una de las series del momento que ha producido la industriosa Netflix: la adictiva Dark, tiene la precisión de una maquinaria alemana y la espléndida pesadez de la filosofía germana. Cuatro familias (los Nielsen, Kahnwald, Tiedemann y Doppler) en tres generaciones deben lidiar con viajeros en el tiempo, desaparición de niños y adultos y las versiones del futuro de alguno de sus integrantes.

La primera temporada se emitió en 2017; la segunda este año. Nos llevan al boscoso caserío de Winden, acaso en Baviera. En una planta nuclear han descubierto una sustancia elemental (el éter, la materia negra o el bosón de Higgs) que abre un agujero de gusano que permite viajar a en el tiempo; en un principio, respetando los límites de los treinta y tres años cuando el sol y la luna se alinean y se produce un cambio de ciclo. Es decir, desde 2019 a 1986, 1953, 1920 o 2052.

Hay dos bandos en pugna: la secta Sic Mundis Creatus Est intenta provocar (o confirmar) el Apocalipsis que ocurrirá -agéndelo- el 27 de junio en 2020. El falso sacerdote Noah y el desfigurado Adam (a primera vista parece Cara Roja del Capitán América) ofician de villanos y asesinos de estos Illuminati.

El otro equipo, el de los benignos viajeros en el tiempo, trata de evitar el Armagedón rastreando el hecho primordial que desata un bucle fatal. Pero en Dark no podemos estar seguros de nada; el guión se destaca por su magnífica y oscura complejidad (con muchas pistas falsas). Como bien estableció Kipling, la mejor manera de narrar una historia es como si no se entendiera del todo.

LAS PARADOJAS

Nos deslumbra la serie, además, con sus paradojas. Por ejemplo, Claudia Tiedemann viaja al pasado con una máquina del tiempo (de estética vintage) para enseñarle al inventor del artefacto a concluirla. Se entera en el futuro de la muerte de un familiar cercano; tratar de impedirla en el presente pero termina provocándola. ¿Es que el tiempo y el destino tienen rigor de acero? La ambiciosa trama, como se ve, reflexiona sobre uno de los enigmas de la existencia.

Otro de los agrados del guión son las distintas versiones del yo. Hay cuatro Jonas Kahnwald, por ejemplo. Tres tienen buen corazón, sufren por amor y las inclemencias del tiempo. Es lógico. Al comentar a Heráclito de Efeso, Borges ha establecido que, en realidad, nosotros somos el río, que nunca es el mismo:

"...el hombre de ayer no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana. Cambiamos incesantemente..."

Habrá tercera temporada de Dark, que -por otra parte- algo debe en sus exasperados planos-pecho al expresionismo alemán (los sentimientos son el principal motor de los personajes bondadosos, por cierto). Para justificar la prolongación de la serie, en el último capítulo dejan entrar a Blanqui, La trama celeste de Bioy y la serie Fringe. Puede que sea un déficit de invención.
Guillermo Belcore

Calificación: Buena

(1) Diario de las estrellas, Stanislaw Lem, Edhasa Nebulae, edición 2003.

domingo, 14 de julio de 2019

Manhattan Beach

Un comentarista de la revista Time sentenció: "Jennifer Egan es la mejor novelista norteamericana actual". Quien aquí escribe opina que si alguien merece ese cetro, ese alguien es la señora Joyce Carol Oates. No obstante, la más reciente novela de Egan confirma que se trata de una artista del pelotón de elite.
En efecto, Manhattan Beach (Salamandra, 477 páginas) combina claridad en la forma, elegancia en las palabras y una historia muy interesante con giros que causan pasmo. Se nota que es el fruto de más de una década de reflexión y trabajo. Para hilvanar una excelente reconstrucción histórica, Jennifer Egan (Chicago, 1962) entrevistó y recibió consejo de decenas de personas, leyó muchos libros y publicaciones de época; contó incluso con la asistencia de tres becarios. Que aprendan los plumíferos argentinos que piensan que la literatura es noventa por ciento inspiración y diez por ciento esfuerzo (si no tienes el don, es exactamente lo contrario).
El libro nos lleva, primero, a la década del treinta, en plena Gran Depresión. Viajamos a la Nueva York costera. La protagonista se llama Anne Kerrigan. Nos la presentan a los once años de edad, acompaña a su padre Eddie en sus tareas como lacayo de John Dunellen, un líder sindical, amigo de la infancia, el corrupto Rey de los muelles. Anne tiene una hermana minusválida. No demora la trama en saltar a la Segunda Guerra Mundial.
La señorita Kerrigan trabaja en los astilleros de Brooklyn, los más grandes de Estados Unidos, por entonces. Mide piezas pequeñas que luego irán en los buques de guerra. Tiene un vacío en el alma: su padre abandonó a la familia cuando ella tenía catorce años (es el misterio del libro, nunca dejará de buscarlo). Por una milagrosa coincidencia, la heroína se relaciona con el gangster Dexter Styles, que regentea clubes nocturnos y está emparentado matrimonialmente con una familia con pedigrí, lo que le ha conseguido cierta honorabilidad, a pesar de su mandíbula a lo Dick Tracy y sus mafiosos italianos. Lo más importante de todo -en términos literarios- es que el príncipe del mundo de los sombras había conocido a Anne cuando era pequeña. Tenía tratos con su padre.
HILOS NARRATIVOS
Hay otros tres hilos narrativos. Anne quiere ser la primera buceadora en las aguas marrón verdosas de la bahía de Wallabout, lo que la enfrenta a los prejuicios de la Armada y de su época, y a un traje de inmersión que pesa más de noventa kilos. El segundo, son los negocios -siempre en ambos lados de la ley- del señor Styles; sus intereses basculan entre los dos núcleos de poder de la novela: su suegro, el banquero WASP y almirante retirado Arthur Berringer; y el misterioso señor Q, nonagenario capo de la mafia neoyorquina. Las dos caras de una misma moneda: el establishment.
En 1942, Berringer pronostica:
"Veo este país alcanzando cotas a la que ningún país ha llegado jamás; ni los romanos, ni Carlomagno, ni Gengis Khan, ni los Tártaros, ni la Francia napoleónica. Nuestro dominio no será fruto de subyugar a los pueblos: saldremos de esta guerra victoriosos e indemnes y nos convertiremos en los banqueros del mundo. Exportaremos nuestros sueños, nuestro idioma, nuestra cultura, nuestra forma de vida. Y todo esto resultará irresistible". 
El tercer hilo es el destino de Eddie Kerrigan, del que no puede decirse una palabra más sin estropear el efecto sorpresa. 
¿Quién es el mar?... Quien lo mira lo ve por vez primera, siempre. Con el asombro que las cosas elementales dejan..., escribió Borges en un poema sublime. La misma fascinación inspira el fulgor poético de Manhattan Beach. El mar, ""tan extraño y tan violento y hermoso"", es una presencia constante en un texto que nunca se va a pique.
En la página 247 leemos:
"Cuando finalmente sus ojos se acostumbraron, había levantado la vista y contemplado el mar como si fuera algo nuevo por completo: una extensión infinita e hipnótica que podía parecer que estaba cubierta de escamas, de cera, de plata repujada o de piel arrugada. Tenía una estructura y unas capas que no se distinguían desde tierra".
Pero no se trata solo de lirismo, de metáforas, del deleite por las expresiones que proceden de la marinería. Las olas mecen el argumento. Después de fatigar la costa marítima de Nueva York, Egan nos lleva a San Francisco para narrarnos una travesía tan fascinante como peligrosa por dos océanos. El Elizabeth Seaman lleva armas a los rusos. En las profundidades acechan los submarinos alemanes, pero la estrafalaria tripulación -como lo son todas- no se queja. "Nada contenta a los hombres excepto el límite extremo de la tierra", escribió Melville.
Hay que destacar que, quizás, ni siquera Conrad hubiera sido capaz de narrar un naufragio de un gran carguero en alta mar con la precisión de la señora Egan. Pero las aventuras por la costa, sobre el lecho del mar y en el Océano Indico no son el único punto sobresaliente del libro. Los abismos de los sentimientos -en particular, la siempre intensa relación padre-hija- son explorados, con una destreza admirable, por la capitana Egan.
Hija de un policía irlandés borrachín que también abandonó a su familia, la autora indaga, además, esa peculiar subcultura de Estados Unidos forjada por los inmigrantes de la tercera isla más grande de Europa. El hampón Dexter Styles concluye que los irlandeses no son de fiar:
"...no se trataba tanto de hipocresía como de una debilidad innata cuyo origen estaba en el alcohol o en lo que los empujaba a beber. Valía la pena contar con un irlandés para fabular o hacer planes, pero al final se necesitaba un espagueti, un judío o un polaco para hacerse realidad...".
Justamente, otra colmena humana que la escritora describe con buena pluma es la del hampa neoyorquina. Un submundo con sus propias reglas, tan rígidas como la del viejo Catecismo. Verbigracia: Un hombre firma su sentencia de muerte si se atreve a incordiar -sin aviso previo- a un capo en su hogar un domingo a la tarde. "Se lo lleva a dar una vuelta", según el eufemismo al uso.
Por cierto, la Cosa Nostra del Nuevo Mundo sólo le teme a una sola cosa: al arácnido apetito del fisco, "la mafia a la que ninguna mafia puede derrotar".
LA QUINTA
Manhattan Beach es la quinta novela de Egan y la primera desde que ganara el Pulitzer de ficción en 2011 con la postmoderna El tiempo es un canalla.
Lo que deja en claro es que la dama conserva su plenitud artística. La crítica ha destacado el giro estilístico desde lo experimental hacia una estructura narrativa clásica. En los dos terrenos brilla Egan, se ha dicho. El The New York Times, incluso, pidió incorporar la obra que aquí elogiamos al "canon de las historias de Nueva York". Será justicia. Es una magnífica novela oceánica.
Guillermo Belcore
Calificación: Muy bueno

miércoles, 26 de junio de 2019

El horrible zarismo del siglo XXI

En abril pasado, fatigó nuevamente la Argentina el filósofo ruso Alexander Duguin. Visitó la Universidad de Lomas de Zamora y la CGT, se reunió, al menos en público, sólo con sectores marginales del pensamiento justicialista. En tiempos de campaña electoral no conviene posar junto a un ideólogo tan excéntrico que en su momento fundó el Partido Nacional Bolchevique y el Movimiento Euroasianista. 
Al parecer, Duguin está fascinado ahora con algunas nebulosas ideas de Juan Domingo Perón, como la comunidad organizada o la Tercera Posición (abomina tanto de la tradición liberal como del marxismo clásico). No obstante, es uno de los villanos que retrata un ensayo imprescindible para todo aquel que se interese por una gran potencia: El futuro es historia. Rusia y el regreso del totalitarismo (Turner, 589 páginas, edición 2018).
La autora se llama Masha Gessen (Moscú, 1967) y lo compuso en Occidente tras una minuciosa investigación. Periodista, escritora, adalid de la democracia y de los derechos de las minorías sexuales en Rusia, aunque inmunizada -esto es lo más interesante- de ese izquierdismo pueril que hace que un gran acto en Buenos Aires en contra de la violencia de género concluya en un mitin troskokirchnerista.
En la exploración sociológica de su patria, la señora Gessen aliviana la aridez del naturalista con un recurso del periodismo: utiliza siete historias individuales para ilustrar la deriva de una Nación. Se ha interesado así en cuatro jóvenes profesionales "cuya vidas cambiaron drásticamente como consecuencia de la represión iniciada en 2012 (la contrarrevolución preventiva, anticromática)". Liosha, Masha, Seriocha y Zhamma, "oriundos de diferentes ciudades, familias y en realidad de diferentes mundos sociales". Todos los protagonistas están vinculados a las ciencias sociales.
Es que al igual que el bolchevismo, el régimen de Putin le ha declarado la guerra a las ciencias sociales. Las ha sometido y degradado con métodos nuevos. Vive Rusia en una era -como aquella del "ateísmo científico"- basada en la primacía de las cosas materiales. Bienvenidos al pseudototalitarismo (el concepto lo acuñó el sociólogo Lev Gudkov, otro de los personajes principales): se permite al pueblo enriquecerse, el Estado le garantiza estabilidad (lo opuesto al miedo y la ansiedad) y lo deja tranquilo, siempre y cuando no se inmiscuya en política, no interfiera con los oscuros negocios de la Nomenklatura y no pertenezca a una de esas minorías de proscriptos que cada tanto hay que apalear para complacer los bajos instintos de las masas y desviar la atención de los vicios del régimen.
Le calza bien la definición de pseudototalitarismo también a la ascendente China confuciana y a la ineficaz Venezuela de la mafia chavista (Cuba y Corea del Norte son totalitarismos clásicos). Quedan pequeños márgenes de negociación entre una elite, con todos los privilegios, y la sociedad aplastada. Si estallan encendidas protestas por corrupción o incompetencia, se destituyen funcionarios. Se cuidan las formas con grandes movilizaciones callejeras, elecciones amañadas y reglas tramposas; se busca no atraer la atención de los medios internacionales. Pero los mecanismos de represión sobre aquellos que piensan distinto son crueles e implacables. Si el Estado lo quiere, la sociedad será semicivil o un mero rebaño. Sólo un intelectual francés o argentino puede llamar "democracia" al pseudototalitarismo ruso, sostenido por las extraordinarias rentas de los hidrocarburos.
Por cierto, el sociólogo húngaro Bálint Magyar desarrolló su propio concepto para entender al autócrata Vladimir I: "Estado mafioso postcomunista", un régimen que utiliza las ideologías disponibles en lugar de estar regido por algunas de ellas como en el caso del comunismo.

EL HOMO SOVIETICUS

Hay otro juego de ideas interesante en el libro. Si cada sistema político crea (y es consecuencia de) un tipo de ser humano sobre el cual descansa su estabilidad, resultan sorprendentes los parangones que pueden descubrirse entre el Homus Sovieticus y el Homus Peronius: resistencia al cambio, creencia en el Estado paternalista, obediencia y amor irracional al líder carismático, odio a Estados Unidos como tradición política y social, resentimiento nacional, circulación de juegos del doblepensar, y, sobre todo, miedo a la libertad, tal como lo entendía Eric Fromm ("libertad de" más que "libertad para").
Así, la señora Gessen rastrea también el camino existencial del neoperonista Alexander Gulievich Duguin, a quien de muchacho sólo le bastaban dos semanas para dominar un idioma occidental (hoy habla muy bien español, como saben sus amigos argentinos) y quien gozó durante esta década de "un cierto período de fama internacional como el hombre que susurraba al oído de Putín". Hoy ha refinado su negación total y radical del individuo y la modernidad, y nadie lo tiene por Rasputín, excepto ciertos locos racistas de Estados Unidos, Julio Piumato y la Universidad Nacional de La Plata.

Otros personajes históricos muy interesantes retratados en el ensayo son Alexander Yakovlev, el ideólogo de la perestroika; el sociólogo Yuri Levada; y el político reformista Boris Nemtsov, asesinado a balazos en las calles de Moscú en 2015, un día antes de una gran protesta contra Putin, por un oportuno comando checheno (!?). 
La señora Gessen no sólo revela los perversos engranajes de poder del zarismo del siglo XXI, también nos describe cacerías de brujas inspiradas en las ideas (algunas demenciales) que circulan por la gran nación eslava. Nos pasea por claustros degradados, y comisarías y juzgados que huelen a maldad e injusticia. Nos conmueve con las intrépidas manifestaciones de los demócratas y el infortunio de los presos políticos.
El libro, finalmente, también es valioso por la capacidad de la autora de ofrecer hipótesis sobre hechos históricos trascendentes en el mundo eslavo, caso el Terror Rojo y la naturaleza del totalitarismo; la caída de la Unión Soviética y el fracaso del yeltsinismo; las guerras en Chechenia, Georgia y Kosovo; la Revolución Naranja y el maidán en Ucrania; la anexión rusa de Crimea. 
Como se dijo, para los argentinos contiene el texto un interés añadido: es una formidable advertencia del infierno al que conducen las "situaciones autoritarias" que, aunque parezcan transitorias, a menudo logran consolidarse encaramadas sobre las desdichas de un pueblo. Politizar cada aspecto de la vida -recuérdelo lector- es una rasgo de las mentalidades y los regímenes autoritarios. Tenía razón el viejo Fukuyama en 1989: nada mejor hemos inventado que el capitalismo con democracia liberal.
Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

martes, 11 de junio de 2019

Hocus Pocus

"Hay una regla superior a cualquier ley científica: la honestidad es siempre la mejor política". K.V.
Memorias de un lúcido crítico del sistema. Autobiografía, es decir narrativa retrospectiva en primera persona y en clave satírica. Este era el procedimiento favorito de Kurt Vonnegut (1922-2007) para transmitir su panoplia de ideas.
El sabio de Indiana era pacifista sin exagerar, vagamente socialista, algo misántropo, muy pesimista, comprometido con las causas de la ecología, defensor de la estabilidad matrimonial. Un adversario formidable de la plutocracia y el racismo. La conciencia corrosiva de Estados Unidos, aunque el país que denunciaba era bastante peor al de la realidad, y mucho mejor que el de sus adversarios totalitarios.
Rescató el sello La Bestia Equilatera, especializado en delicatessen, otra autobiografía imaginaria de Vonnegut. Hocus Pocus (349 páginas) fue entregado a la imprenta por primera vez en 1990. Es una distopía. Puede que alguien la considere su obra maestra. Lo que es seguro es que una de sus criaturas más oscuras. Una frase del final pinta el tono general del lienzo: "Qué vergüenza es ser un ser humano".
Imagina el literato que en 2001 Estados Unidos se encuentra en franca decadencia: "Una nación saqueada y totalmente en bancarrota agobiada por plagas desenfrenadas, por la superstición, el analfabetismo y la televisión hipnótica, virtualmente sin servicios de salud para los pobres".
El New York Times fue comprado por los coreanos. Un Ejército de Ocupación japonés en traje de negocios administra hospitales, escuelas y prisiones de alta seguridad. La Corte Suprema consagró la separación racial.
Oímos la voz de Eugene Debs Hartke, teniente coronel retirado, que cayó en desgracia. Lo expulsaron por una falsa imputación del colegio Tarkington, donde enseñaba física a chicos ricos con problemas de aprendizaje. Luego, alfabetizó a convictos. Ahora enfrenta un serio proceso judicial: lo acusan de ser el cerebro detrás de una fuga sanguinaria en masa de los más peligrosos presos afroamericanos del Estado de Nueva York. Los cargos también son fraudulentos. Gene se contagio tuberculosis y su esposa, suegra e hijos tienen un poderosa veta de demencia. El calvario de Job.
La vida es un mal sueño, establece Hartke. En Vietnam, había perdido todo respeto por sí mismo y por aquellos que conducen el país. Sugería a sus alumnos prepararse para la inevitable decepción: "Leer sobre los grandes éxitos induce a la gente a error, pues incluso para los blancos de clase media y alta, en mi experiencia, el fracaso es la norma".
La acción transcurre en el caserío de Scipio (condado de Cayuga, Nueva York), menos de dos mil habitantes en la actualidad. En ese valle de Mohiga, la industria principal es la del castigo. Al otro lado del lago, en efecto, se encuentra la horrible cárcel de Athena, administrada por la Sony. Los reos fugados devastarán el colegio Tarkington, son peores que la horrible Clase Gobernante, establece Debs. La represión será feroz; durará cinco días la Batalla de Scipio. Es el núcleo incandescente del libro.

EL TITULO


El diccionario Collins ofrece la siguiente definición: "Si usted describe algo como Hocus-Pocus, lo desaprueba porque cree que es falso y que pretende engañar a la gente".
El Cambridge Dictionary añade: "1 - Trucos utilizados para engañar, o palabras utilizadas para ocultar lo que está sucediendo o para no dejarlo claro. Ej: "Gran parte de lo que dicen los políticos es solo un hocus-pocus". 2 - Palabras dichas por un mago (o un artista que finge hacer cosas mágicas) cuando hacen un truco". Añadimos nosotros: sinónimo de Abracadabra.
Un diccionario de etimología explica: "Antiguamente las misas sólo se celebraran en Latín. Cuando los paganos, que no entendían el latín ni la religión, veían la ceremonia, pensaban que durante la comunión sucedía algo mágico. Entonces relacionaron Hoc est corpus meum (Este es mi cuerpo) con palabras mágicas. De ahí se fue simplificando hasta Hocus-Pocus.
No es la única versión sobre el oscuro origen del vocablo (Véase la Wikipedia).
Lo usa Vonnegut por primera vez en la página ciento setenta. Allí, el protagonista se lamenta por haber usado en el sudeste asiático el lenguaje para inventar justificaciones que impresionarán a los jóvenes que enviaba a matar o morir: ""¡Era un genio del galimatías, del abracadabra, del hocus pocus letal!".

LAS CLAVES


Llegamos entonces a una de las claves de un libro crepuscular. El viejo Kurt quiso ajustar cuentas con la Guerra de Vietnam, a la que define como "no otra cosa que un negocio de municiones". Compara esa carnicería alucinante, esa desgracia sin sentido, con la lucha heroica contra los nazis y los imperialistas japoneses:
"Leo acerca de la Segunda Guerra Mundial. Civiles y soldados por igual, y hasta niños pequeños, estaban orgullosos de haber tomado parte en ella. Al parecer era imposible, para una persona de la clase que fuere, no sentirse parte de la guerra si él o ella vivieron durante el período que tuvo lugar. Sí, y el sufrimiento o la muerte de los soldados, marineros e Infantes de Marina eran sentidos por todos, al menos un poco. Pero la Guerra de Vietnam pertenece exclusivamente a aquellos que combatieron en allá. Nadie más tiene que algo que ver con ella, supuestamente. Todos los demás son puros como la nieve. Sólo nosotros somos sucios y estúpidos, por haber peleado esa guerra. Cuando perdimos, nos lo teníamos merecido por haberla iniciado (...)".
Duro, ¿no? Así es todo el libro. Compuesto en forma de fragmentos so pretexto de que el pobre Debs lo escribió en prisión a lápiz sobre los soportes más diversos, desde papel marrón de envolver hasta el reverso de las tarjetas de visita. Y cada fracción de escritura esta cargadísima de ideas, denuncias, soflamas y, todo hay que decirlo, simplificaciones y clichés. La trama, que no es lineal, se subordina al mensaje. Así es el soberbio Vonnegut. Tómalo o déjalo. Con todo, el procedimiento no carece de eficacia, las palabras son sencillas y rotundas y la traducción de Ariel Dilon, impecable.

DIDACTISMO


El tono paródico, por otro lado, favorece esa reconocida pasión del autor por el didactismo. Se esfuerza en cada página por enseñarle algo al lector, ya sea el fraude de Los protocolos de los Sabios de Sion o el modo en que insensibiliza tener mucho dinero -"¡más ricos de lo que la avaricia misma puede soñar!"- al igual que lo hace la guerra moderna al piloto de un B-52. Un buen maestro -establece el bueno de Kurt- es aquel que le puede ofrecer un juguete distinto a las mentes de sus discípulos, matemática, astronomía, historia, lo que sea. 
Cunde el pesimismo en el libro, como dijimos. Vonnegut es un desencantado: "El Problema con la Clase Gobernante es que demasiados miembros son imbéciles". Pero tampoco confía en el pueblo llano: "La información es inútil para la mayoría de la gente, excepto como entretenimiento. Si los hechos no te causan gracia ni miedo, ni pueden hacerte rico, al diablo con ellos"... Su nación es una cloaca: "¿Qué podría ser más antiestadounidense que sonar parecido al Sermón de la Montaña".
Pero ofrece un desahogo al atribulado habitante de este planeta arruinado por el plástico y otras formas de contaminación: el arte o el artesanado. Tienen algo en común: ambos fabrican cosas hermosas e imprácticas.
"Este deseo por la vida estética en lugar del capitalismo o el militarismo es el hilo redentor que impulsa la contracultura de Vonnegut", escribió el críticoMatthew Gannon. 
En Hocus Pocus, desliza el novelista su devoción por la secta de Los Librepensadores, una buena gente que "duró muy poco, principalmente de ascendencia alemana que creían que a todas las personas no las espera en la ultratumba otra cosa que dormir" y "que el mejor uso que una persona podía hacer del tiempo que le tocara vivir era mejorar la calidad de vida para todos los miembros de la comunidad".
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Bueno


martes, 4 de junio de 2019

Series: Undercover.Operación Extasis

Es difícil encontrar en la producción seriada de Netflix una gema que se destaque del resto. Pero hay. Rebuscando en esa bolsa de tamaño industrial, encontramos una de las mejores series policiales de los últimos años. Proviene de Bélgica en coproducción con Holanda y se titula Undercover: Operación Extasis y atrapa hasta el último minuto. Bienvenidos al mundo de la cursi mafia de los Países Bajos.
La acción transcurre mayormente en la región de Limburgo, la más oriental de las cinco provincias de Flandes. En la introducción del primer capítulo, se nos informa que es un paraíso para los amantes de la naturaleza y uno de los principales productores de manzanas. Pero sus principales productos de exportación son las drogas sintéticas que se consumen en las discotecas: 500 millones de pastillas por año que llegan a todo el mundo, incluso Buenos Aires. El negocio mueve unos 2.000 millones de dólares en la Colombia de Europa occidental, destaca el narrador. Quien lo diría.
 El rey del éxtasis es Ferry Bouman (Frank Lammers), apuntalado por su implacable mano derecha John Zwart (Raymond Thiry). Desde Los Soprano que no encontrábamos tan interesante pareja de mafiosos (de carne y hueso). Y con una ética y estética de arrabal tan parecida. Es que Fer B. y Tony S. usan las mismas camisas chabacanas.
 Para atrapar a esta pareja de hampones, una fiscal belga autoriza una operación conjunta con la policía holandesa que consiste en infiltrar a un par de agentes en el campamento de Zonnedawn, donde Ferry pasa el verano con su esposa Danielle (Elise Schaap), algo boba. Son dos vecinos más, no hacen alarde de riqueza. Un par de chalets más allá, vive el taciturno John con su hija, nieta y yerno Jergen Van Kamp (Kevin Janssens), otro miembro de la banda, puro músculo sin cerebro.
 Así, Bob Lemmers (Tom Waes) y Kim De Rooy (Ana Drijver), transfigurados en una pareja de enamorados (Bob y Kim), irán ganándose la confianza del suspicaz jefe criminal. El objetivo es inducirlo a pisar el palito, pero en el proceso no sólo sufrirán una tensión insoportable, deberán venderle el alma al diablo.

VIVIR EN LA MENTIRA


 La pregunta fundamental que plantea esta magnífica serie es: ¿En qué te convierte tu trabajo? Ser un policía infiltrado no sólo implica vivir en la mentira las veinticuatro horas del día, también te obliga a delinquir e incluso a propiciar asesinatos si cuadra la ocasión, es decir si corres el riesgo de ser descubierto. Esto se añade al tema no menor de la traición a quienes -sean lo que que sean- te han abierto el corazón, mientras tu vida personal se va al garete.
 Decíamos al principio que la Undercover tiene una calidad muy superior al promedio. En primer lugar, por las sublimes actuaciones, en especial la de Frank Lammers, su Ferry ha ingresado a la categoría de villanos memorables.También por la trama (basada en hechos reales, evoca las trapisondas del hampón Janus Van W.) que desborda de tensión dramática y nunca pierde ese mínimo de verosimilitud que debemos exigirle a una historia policial. Descubrimos que las sofisticadas Bélgica y Holanda también tienen una arista kitsch, con enanitos en el jardín incluso. Alguien establece en el penúltimo capítulo que en ese próspero rincón de Europa ya no existe el imperio de la ley. ¿Qué deberíamos decir los argentinos, entonces?
Se nos deja en claro que all  también existen policías corruptos o incompetentes y burócratas temerosos. Pero son casos aislados, por eso se trata de países desarrollados mientras que nosotros nos ahogamos en la frustración.
El inolvidable último capítulo deja en claro que habr  una segunda parte. Lo garantiza el clamoroso éxito comercial de la serie por todo Occidente. Netflix le ha comprado los derechos a la productora De Mensen. Desde esta modesta tribuna pedimos tambièn una precuela de Ferry Bougan, cómo llego a convertirse en el rey del éxtasis, tan odioso y tan simpático.

Calificación: Muy buena.


domingo, 26 de mayo de 2019

Universidad para asesinos

El comisario Kastos Jaritos, por fin, ha logrado descubrir el secreto a voces. Jefes, compañeros y subordinados le habían colgado un mote, unos con simpatía, otros con desprecio. Lo llaman a sus espaldas Jaritos, el Escarabajo, porque lo rebusca todo, no deja piedra por remover para resolver crímenes glamorosos. En un país como Grecia (o como la Argentina) donde la cultura dominante impone que nadie sobresalga para bien en la administración pública, el apodo es un acto de estricta justicia. Y esa prepotencia de trabajo es una de las razones por las que el crack de la Jefatura de Seguridad del Atica se ha convertido en uno de las más cautivantes detectives de la ficción.
Venimos aquí, pues, para recomendar la ultima novela que llegó al español de Petros Márkaris (Estambul, 1937). El lúcido novelista demuestra en Universidad para asesinos (Tusquets, 324 páginas) que sigue siendo uno de los dos ases de la novela policial mediterránea. El otro es Don Andrea Camillieri.
La historia comienza en el final de las vacaciones estivales del comisario y su esposa, Doña Adrianí, en su región natal, el Epiro. Permite la anécdota que Márkaris pueda ejercer su mejor músculo: la crítica social. Las carreteras griegas son un desastre, los atascos, espantosos; y los inmigrantes sufren.
Ya de regreso en la Jefatura policial, nuestro héroe recibe la inesperada noticia de la jubilación anticipada de su inmediato superior. Y las autoridades han decidido que el viejo cabrón de Jaritos asuma el cargo de subdirector de Seguridad de manera provisional. ¡La posibilidad de un ascenso después de tantos años! Resultará indispensable que no meta la pata y se malquiste -como tantas veces en el pasado- con algún influyente.
Pero el destino le sale al paso con un caso que conmoverá al país en general y a la casta política en particular: el ministro de Reordenación Administrativa, Klió Rapsanis, aparece muerto; al paquidermo conocido como Oliver Hardy lo envenenaron con una torta de chocolate.
No tarda en aparecer un extraño comunicado. Una banda alega haber liquidado a Rapsanis por abandonar la docencia para dedicarse a la política y así saborear las mieles del poder. No será éste su único crimen. Comienza la cacería, con la certeza de Jaritos de que los homicidios atípicos son los que provocan los mayores dolores de cabeza. La universidad pública, por donde han pasado casi todos los terroristas de Grecia, queda en el centro de la escena.
Pertenece Márkaris, por cierto, a esa estirpe de escritores que consideran que la literatura de calidad tiene una elevada función social, por encima del sano entretenimiento: debe ayudar al pueblo a comprender la sociedad en que vive. Por eso, en sus libros el caso policial -sin perder el encanto de un enigma para resolver- suele ser un instrumento al servicio del cuestionamiento del statu quo. Llegamos así al tema primordial de la novela publicada el año pasado: "el gran vuelco de la ética universitaria". 
Profesores que se dedicaban en cuerpo y alma a la enseñanza de pronto se dejaron infectar con el virus de la política. El viejo león Petros va por Syriza del primer ministro Alexis Tsipras y su cohorte de izquierdistas acomodados.
La novela incluye un planteo muy interesante de cierto fenómeno que también se observa en la Argentina. Se ha abierto otra grieta en los claustros: eruditos vs. intelectuales. Los primeros ya casi no existen; los segundos son los grandes responsables del declive de las buenas universidades de antaño.
Se detalla en la página ciento noventa y tres: las personas eruditas son gente de biblioteca, estudio y trabajo científico que tienen conocimientos. Los intelectuales son especialistas en todo y expertos en nada, tienen opiniones y adoran publicitarlas a la menor oportunidad (padecen el analisitis y el hedonismo de la autoescucha).

UNA ETICA

Por otro lado, hay algo que uno se acostumbra con la estupenda saga policial de Márkaris: los ambiciosos son siempre los malos. El encanto de Kostas Jaritos deriva no sólo de su tesón, su sentido común y sus métodos tradicionales para cortar nudos gordianos. También encarna una ética. La de los estoicos, que es también una forma de pragmatismo: vivir y pelear en el mundo tal como es y no como le gustaría que fuera.
Esa concepción de la vida implica que haber elegido el papel de servidor público nunca debería incluir la urgencia por enriquecerse. El veterano detective adora la vida doméstica, va de aquí para allá en su Seat remendado, es un aficionado a los placeres sencillos (sobre todo la comida casera) y se aprieta el cinturón cuando llegan los tiempos duros. Tiene escrúpulos y su satisfacción es el trabajo bien hecho.
Una conciencia limpia en medio de la podredumbre. Ese milagro del universo.
Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

PD: En este blog se elogian otra obras del señor Markaris:

lunes, 20 de mayo de 2019

Herzog

"Quizás la simple desaparición del dolor sea una gran parte de la felicidad humana"...

 S. Bellow

Hace 55 años, Saul Bellow envió por correo a su editor el original de su novela número seis. No fue una buena idea. Una gavilla asaltó la oficina postal de Chicago y en las sacas robadas se encontraba el texto. Algunas páginas fueron halladas poco después en la basura, otras se perdieron para siempre y Bellow se vio obligado a reescribirlas. En esa época no existía el backup.

La anécdota forma parte del mito en torno a una de las cimas de la literatura estadounidense, que es lo mismo que decir "una de las mejores novelas de todos los tiempos". Aquí venimos a recomendar la lectura de Herzog (1), la obra que convirtió a Bellow en un artista rico y famoso. Se vendieron, en efecto, más de un millón de ejemplares a mitad de los sesenta, a pesar de sus densidades temáticas, conceptuales y psicológicas, y de que algunos críticos resentidos la tacharon de misógina, antijudía, elitista, entre otras barbaridades.

El fatigado lector del siglo XXI debe saber que las quinientas páginas de Herzog encierran tesoros. Hay una cantidad inusual de párrafos memorables que demandan relectura. Hay, también, una interesantísima reflexión sobre la posibilidad (y la conveniencia) de vivir filosóficamente, es decir de acuerdo a "la sabiduría de los viejos libros, devolviendo bien por mal y con una razón creativa".

En rigor, la antinomia fundamental que nos plantea el Premio Nobel de Literatura 1976 en su obra maestra es intelecto vs. practicismo. No, el libro no ha perdido un gramo de vigencia.

El protagonista es doctor en filosofía por la Universidad de Chicago. Quiere hacer lo que pueda para mejorar la especie humana y sueña con convertirse en el Arthur Lovejoy de su generación, es decir en un muy influyente historiador de las ideas. Publicó, no sin éxito, Romanticismo y Cristianismo.

Sin embargo, Moses Elkanah Herzog, 47 años, ha caído bajo una especie de hechizo y escribe, con amarga ira, cartas mentales a todo bicho viviente, e incluso a los muertos como Baruch Spinoza. El catedrático tiene esa absurda afición de transformar sus penas en altas categorías intelectuales. Tiene, además, el corazón destrozado por una traición.

Un amigo íntimo y confidente le robó a Herzog su segunda esposa. Valentín Gersbach, el poeta con pata de palo, yace con Madeleine, "una de esas bellezas que esclavizan a los hombres". Ambos lo dejaron sin dinero y sin su hijita June. Cómo no iba a volverse majareta el profesor. 

Hay que decir que la novela bulle de elementos autobiográficos. Madeleine es Sondra, la segunda esposa de Bellow, quien justamente lo engañaba con un tal Jack Ludwig. La literatura como deliciosa venganza personal, ¡je, je!

SIMBOLISMO

Con su torrente de autoironía y extrañas diatribas, Herzog es, por encima de todo, una novela de ideas. Mario Vargas Llosa (1) ha encontrado un simbolismo en el texto: la descripción de la muerte lenta de la cultura humanista en la civilización industrial moderna. Pero aclara el novelista que reducir la obra a mera alegoría sería hacerle un flaco servicio.

Es también una novela de personajes, amorosamente dibujados. Personajes angustiados, quejosos, fantásticos, medio locos o decididamente neuróticos como el propio ensayista. Todos los que viven están desesperados, sostenía Kierkegaard. Crujientes personalidades, caso Sandor Himmelstein, el abogado tullido; Ramona, la bomba sexual argentina que quiere casarse con nuestro bufón dolido; el psiquiatra Edvig; el investigador científico Lucas Asphalter, entristecido por la muerte de su mono tuberculoso, al que quiso salvar con respiración boca a boca... Y los padres de Herzog, judíos de la baja nobleza rusa que después de años de espantosa pobreza en Montreal lograron salir adelante. Que son los padres de Bellow, por cierto. Los Belo.

La trama pues se urde con fogonazos de memoria. Herzog tiene la aberración de los recuerdos. Entre carta y carta (son operaciones mentales, quiere reducir todo a lenguaje), se va de vacaciones a la casa de una amiga a Vineyard pero se vuelve el mismo día a Nueva York, disfruta una sensual velada con Ramona, visita los tribunales y regresa a Chicago para recuperar a su hija, momento culminante del libro. Naturalmente, todo termina para el demonio.

Así llegamos al final, con la certeza de que la extraordinaria riqueza del texto radica, más que nada, en la sucesión de pensamientos, tan brillantes como inacabados, que Bellow va desgranando sobre la conciencia moderna, el judaísmo, la intelectualidad, la Justicia y la ley, la cultura de masas, entre otros grandes temas. Obliga a leer con un lápiz en la mano. ¡Hay tantos pasajes valiosos para subrayar! 

En el párrafo anterior, dijimos inacabados porque las conjeturas de esta literatura metafísica y trascendente se rigen por una premisa afortunada: la absoluta claridad en las explicaciones (ese viejo sueño del intelecto) es una falsedad. Las construcciones mentales no son más que inútiles tinglados que levantamos frente al sufrimiento, la decepción o la muerte. 

(1) La edición aquí analizada es la de Editorial Destino, de 1976. Traducción Rafael Vázquez Zamora.
(2) "La verdad de las mentiras", Seix Barral.

PD: Tras la lectura de Herzog se recomienda, con toda convicción, ir por la siguiente novela de Bellow, de alguna manera se complementan:
https://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2019/03/el-planeta-de-mr-sammler.html

sábado, 4 de mayo de 2019

Un caballero en Moscú

Entre todas esas entidades platónicas llamadas nación, Rusia tiene un brillo único. La cultura, la psicología y el destino de esta desmesura euroasiática resultan fascinantes. Desde siempre, los rusos han atrapado la imaginación de los escritores. El Volga nace en Occidente, podría decirse parafraseando a Curzio Malaparte. Resulta entendible pues que un narrador norteamericano haya querido rendirle homenaje con una novela tan simpática como extraordinaria: Un caballero en Moscú (Salamandra, 509 páginas) acaba de llegar a la Argentina.

La parábola profesional del autor debería ser examinada con atención por los aspirantes a escritor. Amor Towles (Boston, 1964) se graduó en Yale y completó estudios de posgrado en Literatura Inglesa en Stanford. Pero prefirió dedicarse durante casi dos décadas a los negocios financieros junto a un amigo, y acumular experiencias y buenas lecturas antes de sentarse frente a su computadora. Su primera novela (Normas de cortesía, 2012) fue traducida a quince idiomas.

La segunda, que le insumió tres años de meditaciones, lo consagró definitivamente. En Estados Unidos ya se han vendido más de un millón de ejemplares de Un caballero en Moscú. También se vendieron los derechos a la televisión. Se rumorea que Kenneth Branagh interpretará en la serie el papel del protagonista.

Ha creado el señor Towles uno de los caracteres más encantadores de la literatura moderna: el conde Aleksandr Ilich Rostov. El adjetivo, sostenemos, es justísimo, porque si algo derrocha el texto es encanto (la única virtud sin la cual todas las demás son inútiles, decía Stevenson) en las situaciones, los personajes, los conflictos, hasta en el estilo narrativo (ya volveremos sobre el punto). Notaba Borges -quién si no- que la figura del aristócrata caído en desgracia es una de las más seductoras de la ficción en general.

RECLUSION PERPETUA

Los bolcheviques condenaron en 1922 al conde a la pena de reclusión perpetua en el hotel Metropol, el más ilustre de Moscú. Si Rostov no terminó frente a un pelotón de fusilamiento fue por dos razones: a) nunca empuñó las armas contra la Revolución; b) alguien de los estamentos superiores del Partido Comunista lo consideraba un héroe de la causa prerrevolucionaria por haber escrito un poema sublime. Después veremos que un jerarca estalinista lo adopta como mascota: nuestro héroe le enseña modales en la mesa y lo ayuda a comprender la mentalidad occidental.

La novela es un himno a la supervivencia (y a la amistad) en las condiciones más difíciles. El conde elige, entre tres posibilidades, la estrategia de Robinson Crusoe: se concentra en los asuntos prácticos. Su metro noventa de estatura debe arreglárselas en un altillo diminuto. Pero su voluntad de perseverar mueve montañas, comportándose siempre como un perfecto caballero. Nobleza obliga. Se las ingenia para hallar más espacio, buenas bebidas y comidas, y el amor (encuentra a Eros en una artista famosa, el philia entre los empleados y al ágape en una hija adoptiva).

También consigue un trabajo decente: el añoso representante de las clases ociosas se transforma en servidor (lo reclutan como jefe de salón del mejor restaurante del hotel) y en sirviente de los nuevos amos comunistas. Nadie mejor que Rostov para recomendar maridajes perfectos entre platillos y vinos suntuosos, o para que se cumplan las caprichosas exigencias de la etiqueta. Resulta muy fácil al lector encariñarse con el noble: ¿Día tras día, no soñamos todos con poder mantener la dignidad cuando la adversidad golpee nuestras puertas?

El habla del conde es uno de los agrados del libro. Combina la ironía con la elipsis. Tiene matices, ingenio y elegancia. Hace de la cortesía un arte. Se encuadra en un ambiciosa apuesta del narrador: quiso escribir en la alborada del siglo XXI como lo hacían los maestros rusos de antaño; es decir, darle al lector la experiencia (maravillosa) de la novela decimonónica en tercera persona y con un tono ligeramente naif. La audacia le salió muy bien, opina el autor de este artículo. Towles ha dicho en una entrevista que sus tres novelas favoritas son Guerra y paz, Moby Dick y Cien años de soledad.

UNA LUJOSA VENTANA


Otro procedimiento que merece alabanzas es la original perspectiva que escogió el señor Towles. Decidió narrar más de treinta años de la tumultuosa historia de la Unión Soviética desde un oasis de refinamiento. En el corazón de Moscú, el Hotel Metropol sobrevivió con su integridad casi intacta a las hambrunas, las purgas y la Guerra Mundial a causa del interés de los jerarcas comunistas por impresionar a sus visitantes extranjeros y también por el deseo tan humano de los camaradas de experimentar en carne propia la alta cocina, el buen vino y las habitaciones de lujo con una amante. La pompa es una fuerza tenaz.

Acaso, el autor haya querido decirnos que, por encima de cualquier otra consideración, la Revolución Bolchevique fue la sustitución de una elite por otra. En la dictadura sobre el proletariado, la nomenklatura roja gozaba de privilegios tan irritantes como los de la vieja nobleza de los Orlov. Y dado que el proceso de cambio generó tan espeluznante costo social, uno no puede sino concluir que cualquier clase de reformismo que hubiese sucedido al zarismo habría sido preferible.

Hay que destacar que no sólo las peripecias de los personajes se usan para embutir en la trama los grandes acontecimientos del siglo XX. El texto se enriquece con notas a pie de página que esclarecen el carácter criminal del régimen soviético. Como novela histórica, por lo tanto, es muy recomendable. Y hay un final, a toda orquesta, que nos reconcilia con la vida. Para Rusia con amor, pues. Por Tolstoi y Chejov, por la primera escena del primer acto de El Cascanueces, y por el caviar, desliza Towles.
Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

domingo, 28 de abril de 2019

Star Trek Discovery: II temporada


Hay una ley diamantina en el Universo Star Trek. Las distintos versiones de la saga van mejorando con el tiempo. Discovery, la aventura contemporánea de Netflix y CBS, no ha escapado a la regla de adquisición número ciento veintiséis. La segunda temporada ha sido notablemente superior a la primera (1). Nos queda en la retina y en nuestra imaginación afiebrada el espectacular último capítulo (fueron catorce en total), que incluye una batalla en toda la regla, y un final épico que empalma a la perfección con la Serie Original, la del capitán Kirk.
El gran acierto de la versión 2019 de la mejor serie espacial de todos los tiempos es la incorporación de dos personajes majestuosos que provienen del canon. En primer lugar, el capitán Christopher Pike (Anson Mount), a cargo en forma transitoria de la Discovery hasta tanto se identifique el origen de una serie de extrañas señales en el cosmos que involucran a un ángel rojo.
Pike, por así decirlo, se roba el espectáculo. Es un capitán elegante y carismático, a la vieja usanza de Picard, una suerte de padre de toda la tripulación, la voz de la integridad y la tolerancia. Debe lidiar en la nave con, quizás, la heroína menos glamorosa de toda la saga: la teniente Michael Burnham (Sonequa Martín-Green), especialista científica, sabihonda, insoportable por momentos, hipersensible, cuyos pucheritos son uno de los puntos más flojos del semestre (ya volveremos sobre el punto).
El otro personaje nuevo es el hermano de crianza de Burhham, nada menos que elSeñor Spock (Ethan Peck). Sin ser rutilante como la de Pike, la actuación del vulcano más famoso es respetuosa de la tradición. Comienza como prófugo de la Federación Unida de Planetas y concluye como pieza fundamental  para desactivar una conjura cibernética que acecha a toda la vida inteligente en nuestra galaxia.
 Con Pike y Spock, pues, el factótum Alex Kurtzman ha dado a Star Trek Discoveryun salto de calidad en relación a la flojita tripulación anterior.

SKYNET ENLOQUECIDA

Muy reconocida es la disposición de Star Trek para meditar sobre los grandes temas de su época. En esta oportunidad, se encara el peligro de la Inteligencia Artificial:¿Son las máquinas, eventualmente fuera de control, una amenaza potencial a la supervivencia de la especie humana?
No se trata, naturalmente, de un planteo novedoso. Entre otras glorias del entretenimiento pop, Matrix, Battlestar Galáctica Terminator nos han enfrentado con IA asesina. Los guionistas de Discovery -todo hay que decirlo- no se han caracterizado por su originalidad (ni por los diálogos, ni por los personajes secundarios, ni por la coherencia durante el climax).
Trataremos de evitar los spoilers. Digamos sólo que el adversario de la Discovery es una Skynet, desarrollada para detectar riesgos foráneos por la Sección 31 (el servicio secreto de la Federación), que se rebela, adquiere vida propia, evoluciona y se dispone a liquidar, en un plazo de 600 años, a todas las civilizaciones de la Vía Láctea. De esto nos enteramos por una viajera del tiempo que batalla para prevenir la catástrofe.

Abrimos un paréntesis. Aquí un subtema podría ser la amenaza paralela para la democracia de los servicios de inteligencia -con manos libres para realizar las tareas sucias y amplio presupuesto- que suelen descarriarse. Cerramos paréntesis.

VIAJES EN EL TIEMPO

Así como en la primera temporada conocimos una absurda red micelial para viajar de un punto del espacio a otro en un pestañeo, aqui debemos tragarnos el supuesto de que el Imperio Klingon cuenta con unos cristales mágicos que, cargados con la energía de una supernova, son capaces de abrir un agujero de gusano para visitar el pasado o el futuro. Es ciencia ficción, gente, aunque el verosimil siempre ha sido importante en Star Trek.
La trama, no obstante, se disfruta mucho. No puede decirse lo mismo del empeño de los creadores de la serie por ser políticamente correctos y ahondar la perspectiva de género, que significa atribuir a mujeres una apabullante mayoría de las faenas principales como compensación por las discriminaciones de antaño.
Se ha dicho con razón que Discovery es una Star Trek para millenials. Y no como un elogio. En una era en la que las redes sociales han exacerbado el egocentrismo hasta niveles monstruosos, los productores decidieron apostar con divisas fuertes al sentimentalismo. Ya se sabe que lo más importante hoy en día es lo que siento YO (sí, con mayúsculas).
Como consecuencia, la historia incurre en el vicio del melodrama, incluso al punto de hacer caer a los personajes en el ridículo. Han osado, por ejemplo, revivir un cadáver para prolongar una historia de amor. Nos infligen, con toda impunidad, largas escenas sensibleras en la que la protagonista llora por su hermanastro, por su madre biológica, por su familia adoptiva, por sus compañeros. Qué necesidad.
Burhham gimoteando ``los amo a todos'' frente a una conmovida sala de control de la Discovery fue el colmo. Pike recordándole a su plana mayor que el amor forma parte de las obligaciones de la Star Fleet, un absurdo. Uno no puede dejar de pensar lo que harían Romulus, Cardassia o un pelotón de los Jem'Hadar con estos oficiales tan tiernitos, en plan de new age tardía.

BELLEZA VISUAL
Otro giro cuestionable de Discovery es haber renunciado a uno de los principales agrados de Star Trek: la interacción con otras civilizaciones. Peca de flagrante antropocentrismo. En la segunda temporada apenas tenemos a  de los kelpianos (por el comandante Sarú) y a sus enemigos ancestrales los ba'úl; a los talosianos; y siguen los klingons degradados, más parecidos a los vampíricos remanos de ST Némesis, que al legendario capitán Martok.
También se ha renunciado al humor inteligente. La atractiva alferez Tilly (Mary Wiseman) -parodia del nerd- es un personaje fallido. Más aún, es exasperante. En ningún momento llega a la altura del papel lúdico que en su momento encarnaron Data, Quark o Neelix.
Uno puede inferir que toda la carne se destinó al asador de los efectos especiales, por lo que Discovery se quedó sin municiones para gastar en la creación de nuevas civilizaciones o en el reclutamiento de escritores de fuste que nos reconfortaran con ironías, diálogos punzantes y la lógica interna que debe mostrar un relato con pretensiones. Insistimos es una Star Trek para millenials y los chicos ya no leen libros, aunque les encantan los efectos especiales.
En esto sí hay excelencia. Los efectos visuales de Discovery merecen no aplausos, sino ovaciones. El combate del último capítulo (aunque vertiginoso), la recreación de la sala de mando de la vieja y querida Enterprise (­¡con el visor de Spock!), las escenas en el vacío del espacio estelar son, entre otras maravillas, un deleite para los ojos que nos permiten, por un momento, olvidar los elementos defectuosos.
Por eso, que nadie se llame a engaño. Cada trekkie sacará sus conclusiones y dirá lo que le gustó y lo que no en relación a una tradición tan insigne, pero Discovery es una buena serie, con una factura magnífica, que ofrece una excelente puerta de entrada a una saga que abarca más de doscientos años terrestres (aquí estamos en el 2250 D.C.).
Es fabuloso que más de una década después de la injustamente cancelada Enterprise, esté nuevamente una franquicia de Star Trek en la televisión para hacernos soñar con lo que existe "en lugares donde nadie ha podido llegar". Por fortuna habrá un Discovery III, mientras maduran proyectos prometedores como el supuesto regreso de Jean-Luc Picard. Jolan True, lectores de este blog.
Publicada en la sección Espectáculos del diario La Prensa.

Calificación: Buena