domingo, 21 de agosto de 2016

Aphasia floriloquens

El Moscardón Imaginario XLVII




Los interminables discursos de un dictador caribeño. Las agobiantes cadenas nacional de la ex presidenta de la Nación. Las peroratas en el Congreso. Los insufribles panelistas de los programas de chismes. Al parecer, tienen algo en común. Tienen síntomas de Aphasia floriloquens, según se desprende de un maravilloso librito de ficción que por estos días estoy concluyendo (Aflicciones, La Bestia Equilatera, ciento cincuenta páginas, edición 2016).

El médico-escritor Vikram Paralkar, con el lúdico espíritu de un Borges, imagina la existencia de una Encyclopaedia medicinae, celosamente guardada por insignes bibliotecarios. El volumen, cuyo lomo es perfecto, describe las más raras enfermedades del universo. Transcribo un párrafo de la página cincuenta y seis de Aflicciones:

"La aphasia floriloquens es difícil de ubicar entre las noventa y dos categorías de desequilibrios linguísticos conocidos por el hombre, puesto que es la única afasia caracterizada por un extraordinario exceso del discurso en lugar de su ausencia. Cuando quiere mandar una carta, el enfermo entra a una oficina de correos y se lanza a una disertación sobre la historia de la correspondencia, pasando por temas tales como las epístolas enviadas de Siria a Babilonia, las rutas de carruajes establecidas por Amadeo Tasso, las inscripciones en papiros transportados por los ríos de Africa del Norte, el pergamino que le mando Fabricio a Pirro alertándolo sobre un intento de asesinato... Sin embargo, le resulta absolutamente imposible pronunciar la sencilla oración `Necesito mandar una carta'''.

Da la impresión de que la aphasia floriloquens afecta especialmente a las mentalidades progresistas. Es lógico, mientras a la izquierda le encanta escuchar su voz, la derecha va a los bifes. Como sea, el oyente piadoso debería mostrar la próxima vez más tolerancia ante los hermanos Castro, Cristina Fernández, Luis Lusquiños, los periodistas de televisión, etc. Pobres, no saben lo que dicen.

G.B.

domingo, 14 de agosto de 2016

Inmortalidad para millonarios

Por Guillermo Belcore

"Es la piedra más pesada que la melancolía le puede tirar a un hombre, decirle que ha alcanzado el final de su naturaleza, que ya no se avecina ningún estado posterior".Thomas Browne

En el firmamento de la literatura estadounidense brilla una estrella solitaria. Se llama Don DeLillo (Nueva York, 1936) y su escritura es densa, despareja, genial por momentos. Narra en series de fragmentos, ricos en significado. Es el literato que los colegan envidian y respetan, los críticos aplauden por convicción o esnobismo y el gran público ignora o desdeña. Es el literato obsesionado con la globalización, la devoción de las masas, los grandes espectáculos humanos, el control social, la tecnología, la industria bélica, el terrorismo, la plutocracia, el arte conceptual.

A fines de siglo XX, DeLillo había escrito una obra sublime, imprescindible, de dimensiones oceánicas. Desde Submundo (1997) no ha compuesto nada que se le acerque (hay quien habla de fatiga creativa) en términos de excelencia y ambición, pero la novela que acaba de llegar al español (Cero K, Seix Barral, trescientos dieciocho páginas) confirma que sigue siendo uno de los mejores de su generación. En una grosera simplificación, podríamos decir que se trata de un híbrido de ciencia ficción y novela filosófica. Como todas las manufacturas del Titán del Bronx, exige y merece relectura.

Nos lleva la trama a un remoto enclave en una antigua república soviética. Allí se quiere derrotar a la muerte, "un hábito que cuesta romper". A la muerte individual y a la muerte de la civilización. Es una fe religiosa incubada por una gran corporación llamada Convergencia. El aislamiento y la creación de una humanidad renacida que sobreviva al hundimiento catastrófico de todo lo que hay en la superficie son sus metas. Para ello, congelan en capsulas criogénicas a unos pocos heraldos que agonizaban por enfermedad o que han decidido ingresar en esa otra dimensión y luego emerger, recompuestos átomo por átomo, cuando la muerte acabe siendo inaceptable. A éstos últimos se los conoce como los Cero K. La vida eterna pertenece a quienes poseen riquezas asombrosas.

LA NUEVA JERUSALEN


Nuestro cicerone en Convergencia se es Jeffrey Lockart, hijo de uno de los benefactores de la secta transnacional. A los treinta y cuatro años, sigue siendo "un niño extraño", un "hombre involuntario". Aspira a una vida pequeña; se enamora de una maestra de escuela diferencial. Está desocupado. Alivia la tensión mental definiendo, designando, dando nombre a las criaturas y a la creación. Desdeña los grandes saltos, los empleos y la ayuda pecuniaria que le ofrece su padre Ross Lockart, tiburón de las finanzas globales que aparece en las tapas de revistas como Newsweek. Ross le pide a Jeffrey que lo acompañe durante la inmersión de su esposa Artis en esa cámara con temperaturas bajo cero que evitará que se descompongan sus tejidos corporales. El magnate decide inmolarse con ella, pero se arrepiente. Retornan a Nueva York, pasan dos años y otra vez vuelan a esa Nueva Jerusalén, donde -entre inquietantes performances subterráneas- se está amasando también el lenguaje del futuro, que "permitirá expresar cosas que ahora no podemos expresar".

Alguna reseña ha denunciado la frialdad de la prosa de DeLillo (se suele usar el adjetivo "glacial"), pero quién puede definir la temperatura justa en la novela contemporánea, ese Aleph capaz de deglutir, procesar y combinar todo los formatos (como el rock). La prosa de DeLillo se lee con un lápiz en la mano, sin prisas, o no se lee. Implica esfuerzo, la trama nunca se despliega de manera convencional. Uno se sumerge en las páginas como ocurre con cualquier virtuoso "difícil" de la Alta Literatura (la palabra "sumergirse" es lo que importa en el proceso). Hay un estilo en juego, una admirable capacidad para la sentencia filosófica, párrafos con un cromado reluciente, exquisita ironía, erudición, y la desconcertante (pero hermosa) sensación de que las abstracciones nunca se llegarán a comprender del todo.
Publicado en el Suplemento de Cultura de La Prensa.

Calificación: Muy bueno

sábado, 6 de agosto de 2016

Doctor House en Escandinavia

Por Guillermo Belcore

Si algo caracteriza a la industria cultural es su desapego por la innovación. Las fórmulas probadas se reproducen hasta el hartazgo. Cunde la mimesis. El clamoroso éxito de Doctor House, por ejemplo, ha fomentado la proliferación en las páginas y en las pantallas de misántropos tan geniales como cínicos y amargados con los que nadie quiere trabajar aunque sean las mentes brillantes que al fin del día resolverán todos los acertijos. En el libro que pasaremos a reseñar Gregory House se llama Sebastian Bergman, un psicólogo al servicio de la policía de Suecia, especializado en asesinos en serie, un Casanova realmente insufrible.

Bergman, en efecto, es el protagonista de la nueva saga policial que, cual drakkar vikingo, dejado Escandinavia para conquistar el mundo. Secretos imperfectos (Planeta, 522 páginas) se ha escrito a cuatro manos. Sus autores gozan de cierta notoriedad entre el público aficionado a la TV de calidad. Michael Hjorth compuso algunos capítulos de la serie Wallander. Hans Rosenfeldt es el factotum de la afamada The bridge. Ambos guionistas se trepan ahora a una moda de alcance global (con muy despareja factura): la novela negra sueca. ¿Otra más?, es el primer interrogante que suscitan libros como éste. El efecto sorpresa se ha esfumado. La frescura se secó. La vuelta de tuerca en la patria de los Nobel debe ser muy original o virtuosa para resultar atractiva.

DETECTIVES PROBOS


En esta ocasión, viajamos hasta Västerås -la sexta ciudad sueca en cuanto población- (142 mil habitantes), ubicada a cien kilómetros al oeste de Estocolmo, lugar natal del poeta Thomas Tranströmer. Lo mismo de siempre. La novela nórdica ha logrado persuadir al público de que en esas tediosas urbes provincianas de un país civilizado pueden ocurrir crímenes escalofriantes. Combaten contra el mal detectives incapaces de quedarse con una moneda ajena, que usan calzoncillos largos y tienen pruritos medioambientales.

Ha conmocionado a la policía de Västerås el hallazgo del cadáver de un chico de dieciséis años al que le han arrancado el corazón. Se ven forzados a convocar a las chicas y a los chicos listos (aquí existe igualdad de géneros) de la Unidad de Homicidios de la capital, pero no tan astutos como para no ser manipulados por un asesino que va arrojando pistas falsas y cadáveres a sus pies para evitar ser atrapado. Bergman, que se hallaba retirado, se suma a la pesquisa gracias a la buena voluntad de un viejo camarada, pero lo hace por razones egoístas.

Naturalmente, Secretos imperfectos no se trata de Alta Literatura. Cumple cabalmente su función de entretener, con varios giros imprevistos que mantienen magnetizados los dedos del lector. Es decir, cuesta mucho abandonar la novela. Esto no quiere decir que esté bien escrita. La prosa no sólo carece de belleza (es facilísima de leer), sino que incluye un desagradable goteo de frases, un abuso del punto y aparte que algún asesor de tres al cuarto le hizo creer a Hjorth & Rosenfeldt que resulta gracioso. Los personajes no carecen de profundidad psicológica, aunque el viraje de Bergman al final parece inconsistente en relación a sus actos previos. En síntesis, un pasatiempo mediocre y adictivo, de esos que hasta el más solemne de los lectores debe permitirse de vez en cuando.

Respecto a la crítica social -una de las potencias de la novela negra- el libro decepciona por completo. Sólo se ensañan H&R con los periodistas, esas aves de rapiña que "alimentan siempre la última histeria colectiva". Es injusto. A tenor de la retiración de contratapa, la prensa extranjera ha tratado demasiado bien a este libro.
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Regular

















domingo, 31 de julio de 2016

Sombras sobre el Hudson

Isaac Bashevis Singer

Ediciones B. Edición 2011. Novela, 733 páginas.



¿Qué les ha pasado a los judíos? Durante tres mil años se han resistido a la idolatría y de pronto se han convertido en productores de Hollywood, en propietarios de periódicos, en líderes comunistas”.
I.B.S.

El placer que provoca la ingesta de novelas intensas y extensas como ésta demuestra que el modelo tolstoiano no ha perdido un gramo de frescura cuando en el timón hay un narrador inteligente y ambicioso. ¡Larga vida a la novela oceánica! “¿Por qué inventar cuando la vida te proporciona a diario situaciones que no se le ocurrirían a ningún mentiroso?”, sentencia Isaac Bashevis Singer (1904-1991). Considérese el arbitrio no como un grillete artístico sino más bien como punto de partida. Hasta donde se sabe, la imaginación siempre completa los huecos.

No obstante, esta magnífica obra es lo que la tradición designa como novela realista. Es una de los pocas del Premio Nobel 1978 cuya acción transcurre en Estados Unidos, concretamente entre los años 1947 y 1949. Sus protagonistas son judíos europeos que escaparon de, borrados sean sus nombres, Adolf Hitler o Josef Stalin. Fue publicada por entregas en 1957 y 1958 en el diario neoyorquino en idioma yiddish Der Forverts. Aquella persona interesada en la historia, la religión, las costumbres, la mentalidad y las perplejidades del pueblo judío no puede soslayarla. Incluso Singer llega a esbozar algunos párrafos de lo que podría ser una estética judía:

“ Fuera lucía el sol; las palmeras se deslizaban al paso del tren, en un paisaje estival semejante al de Tierra Santa. El tren se detuvo y los pasajeros bajaron en tropel a tomar un jugo de naranja. Grein no se alejó de la ventana. A pesar de lo avanzado del invierno, en Florida parecía que era la fiesta de Shavuot, olía a Biblia. Preparadas para arrodillarse y postrarse ante Dios y su poder, las palmeras se inclinaban en varios ángulos, como si se tratara de ermitaños envueltos en harapos y barbas ralas. Cuando soplaba la brisa comenzaban a mecer sus ramas, sacudiéndolas en todas direcciones en reconocimiento de la omnipresencia de Dios, como si estuvieran celebrando una fiesta de los Tabernáculos”.

Estilo más caracteres


La unidad del folletín se funda en el estilo y los personajes, cuyas vicisitudes siempre resultan interesantes y se enriquecen con reflexiones sobre la condición judía, sobre la esencia de las cosas y sobre las finalidades de la vida. Los protagonistas viven en perpetuo examen de conciencia. Singer convierte las viviendas en escenarios; demuestra un gran dominio de la escena. También deslumbra con con las tres ’E’: espiritualidad, elegante prosa y erudición. La novela tiene, incluso, una dimensión política. El autor es lo suficientemente inteligente y honesto como para plantear lo obvio: nazismo y estalinismo han sido parejamente diabólicos. Muy conmovedores resuenan los interrogantes que suscita la Shoa:

“Majdanek o Treblinka. ¿Cómo llamar misericordioso a un Dios que permitió todo eso? Porque llevando el análisis hasta las últimas consecuencias, se trata de Su obra. La única respuesta que se nos da es el libre albedrío. ¿Y si no es más que una suposición? Y aún hay más, ¿por qué sufren los animales? Shestov afirma que Dios es malo. Según Spinoza, incluso es peor que eso: es indiferente”.

Animan la trama personalidades que cambian de ánimo como una veleta y tienen “el descaro de quien se deja arrastrar ciegamente por la pasión“. Conforman un trozo de Europa en el corazón de Nueva York. La novela comienza con una cena en la casa de Boris Makaver. Esa misma noche, su hija Anna abandona al marido por un viejo amor de Varsovia y Berlín: Hertz Grein, mal casado y con una amante medio loca, Esther, el vivo ejemplo de la contradicción. Se escapan a Miami (¡veinticuatro horas en doscientas páginas!). La fuga trae consecuencias. Según Maimónides, el infierno de los condenados (Gehinnom) significa “vergüenza”. Todo es por aburrimiento, se nos informa. Hasta se hacen guerras por tedio.

Se encuentra el lector con personajes fascinantes que merecerían, por sí mismos, una novela entera. La tremenda señora Gordimer, ordinariez con forma humana. La señora Clark, una espiritista bastante fraudulenta (¿Cómo todos?). Jacob Anfang, un pintor espiritualmente perdido. Yasha Kotik, el bufón. El libro es, por cierto, un colosal fresco de los años que siguieron al último disparo de la Segunda Guerra Mundial, cuando aun no había irrumpido el macarthismo y el comunismo chic (tan intolerante como su consecuencia) gobernaba los ámbitos culturales de Nueva York. Se era rojo o compañero de ruta o no se trabajaba.

Don Delillo conjetura que existe una especie sublime de novela: aquellas que sirven para entender como somos en realidad. Esta obra -sinfonía con variaciones- merece tal designación. Singer, que incurre con éxito en la Alta Filosofía, llega a la conclusión, por ejemplo, de que Leibniz es quien ha descifrado al ser humano. Las mónadas no tienen ventanas, dice. Nadie puede mirar al interior más profundo de cualquiera de sus semejantes, incluso de los más allegados. El verdadero conocimiento sólo existe en Dios, a quien Leibniz llamó la mónada de todas las mónadas.
Guillermo Belcore

Calificación: Excelente 

lunes, 18 de julio de 2016

Ejercicios de supervivencia

"El que se ve inmerso en el dolor de la tortura siente su cuerpo como nunca antes. Su carne se realiza totalmente en su autonegación''.
Jean Améry
Entre tantas categorías en que puede clasificarse a la comunidad de los mortales, hay una especialmente perturbadora: los sobrevivientes de la tortura o de un campo de exterminio. Son miles los desdichados que han descendido al infierno y volvieron para contarlo. A un infierno donde el cuerpo -como en los casos de enfermedades graves- establece una despótica soberanía sobre esa energía vital a la que llamamos alma. El dolor es, como se sabe, una potencia diabólica que convierte el ser humano en un guiñapo. Quienes han padecido un sufrimiento bestial se desligan para siempre del común de los hombres.

Jorge Semprún pertenece a esa categoría aparte, que merece el mayor de los respetos. En 2011 lo sorprendió la muerte cuando evocaba su calvario con la Gestapo. La tortura, en efecto, es el tema espantoso de Ejercicios de supervivencia (Tusquets, 133 páginas), la obra póstuma del autor de algunas novelas fundamentales del siglo XX en el campo memorialístico. Se trata de una obra incompleta, fragmentaria, que va y viene en el tiempo, se va desinflando, y promete más de lo que finalmente ofrece. Acaso lo mejor del volumen sea el prólogo de Mario Vargas Llosa y los nudos dramáticos durante la Segunda Guerra Mundial.

Con menos de veinte años de edad, un apellido familiar más bien famoso y ninguna ficha policial o política, Semprún tomó la decisión de unirse a la resistencia armada en la Francia que ocuparon los nazis. Integró la red Jean Marie-Action hasta que fue atrapado en una antigua granja de Joigny por una delación. Corría setiembre de 1943.

Asegura Semprún no haberse quebrado jamás en la mesa de tortura, ni en la tina de agua helada, vegetales podridos y excrementos, ni al ser colgado del techo con las manos en la espalda. Ni una palabra le arrancaron los esbirros de Hitler, aunque admite que no se esmeraron con él; andaban abrumados de trabajo por esos días y lo olvidaron pronto como un fardo inútil. Lo despacharon al campo de concentración de Buchenwald, donde pasó casi dos años y se reencontró con el jefe de la Jean Marie-Action.

Deja en claro el escritor, no obstante, que sería infame trazar una línea moral absoluta entre quebrados y no quebrados por los suplicios. La resistencia al sufrimiento extremo no es una medalla que la gente de bien deba ir exhibiendo sin más. Se explaya, en cambio, sobre sus estrategias de supervivencia o sobre ciertas lacerantes habilidades que desarrollan aquellas personas que tuvieron tratos con un verdugo. Por ejemplo, su majestad el miserable cuerpo puede reconocer los distintos tipos de porras que existen, a tenor de cada dolor sufrido:

"El dolor seco, fulgurante, pero poco persistente, más volátil, de la porra de madera no era comparable al dolor sordo, más soportable al impactar, pero bastante más hondo y duradero, de la porra de goma, sobre todo si no se trataba de un simple vergajo y contenía plomo''.

EL TONO JUSTO

Siempre, hay que decir algo sobre la prosa. Hechos tremendos se relatan con el tono justo, sin grandilocuencias ni énfasis. Los saltos temporales aligeran el horror. La deriva hacia la reflexión filosófica resulta bienvenida. Una última acotación sobre el autor:

"Jorge Semprún fue uno de esos héroes discretos gracias a los cuales el mundo en que vivimos no está peor de lo que está y queda siempre margen para la esperanza'', establece Vargas Llosa sobre el militante comunista que combatió al nazismo y arriesgó el cuerpo en las décadas del cincuenta y sesenta para socavar a la dictadura de Franco. Vale recordar que Semprún admitió tarde en su vida (¿demasiado tarde?) que el bolchevismo era tan sanguinario y absurdo como sus primos fascistas, aunque hay que reconocerle que mucho antes el intelectual comprometido se había percatado de que el espíritu crítico es el polo opuesto del espíritu de partido ("la grisura del socialismo real'').

El lector no puede dejar de meditar sobre la lacerante paradoja que sobrevuela sobre la tenaz resistencia de Semprún en 1943-75: buena parte de su fortaleza espiritual la obtenía de un ideal de fraternidad y progreso que, en la práctica, produjo tantos o más torturadores que el nazismo. En la página ochenta y cuatro, el escritor espa¤ol añora, no sin petulancia, "las viejas batallas del comunismo, olvidadas y perdidas''. ¿Realmente fueron Stalin, Mao, Pol Pot y los Kim norcoreanos menos abominables que Hitler?

Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura de La Prensa.

Calificación: Regular


martes, 12 de julio de 2016

Pequeñas y enormes magias del amor

"Dios nos salve de la gente que cree ser más inteligente de lo que es".

M. Cunningham

Es el amor. Con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles, escribió Borges. Sí, pero también con su poética sublime que las antenas de un puñado de escritores talentosos logran captar y transmitir -con palabras bellas y sin sensiblerías- para gozo del lector hedonista. El amor fraternal entre un par de fracasados. La adoración de la chica que Dios te ha entregado para que la cuides, pero que el Diablo te le está robando con, maldito sea su nombre, un cáncer. El loco y santo Eros gay en un maltrecho soldado del amor. El capricho de una mujer madura con un Adonis veinte años más joven, un sentimiento algo maternal y masoquista (tarde o temprano él encontrara una damita de su edad, así es la vida). La pasión por mamá, cuya desaparición repentina y prematura (siempre lo es) te sume en el desamparo. En fin... Borges, cuándo no, tenía razón. El amor son los muros de tu cárcel, como en un sueño atroz. "Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo".

En La reina de las nieves (Lumen, 269 páginas), la novela más reciente de Michael Cunningham (Cincinnati, 1952), personajes desesperadamente humanos (se describen en el primer párrafo) recorren los delicados pliegues del amor. Se trata de una familia ampliada, gente buena, amable, con ideas progresistas. Los hermanos Barret y Tyler Meek. Beth, la novia agonizante de Tyler, músico ignoto de cuarenta y tres años. A Barret se lo define como "un católico perverso y desorientado, incluso cuando estaba en primaria", demasiado absorbido por sus amoríos con personas de su mismo sexo, "demasiado decidido a ser un Byron de nuestro tiempo". Barret es una suerte de genio, obtuvo una beca para Yale, pero carece de la capacidad de elegir y perseverar. Es un osezno que busca el conocimiento por el conocimiento (como Macedonio Fernández). A los treinta y ocho años, se gana la vida como aplicado vendedor en una modesta tienda vintage. Estudia en soledad y en secreto.

Completan el clan, Liz y Andrew. Ella cincuenta y dos años, inteligente; él, veintiocho, sexy, un poco obtuso pero casi nunca causa dificultades. Todos se han convertido en esos neoyorquinos que apenas tienen para ir tirando. Viven en Bushwick, un rincón de Brooklyn venido a menos, como los personajes de la novela. "Si uno vive en ciertos barrios y de cierta manera, más vale que aprende a celebrar la felicidad de las pequeñas cosas", se establece.

La trama ocupa cuatro años. Arranca en 2004, cuando la pequeña comunidad se ilusiona con la posibilidad de que John Kerry frustre la reelección del peor presidente de la historia de Estados Unidos. La segunda parte narra la Nochevieja de 2006. Al parecer se ha producido un milagro, tan inesperado como fugaz. Finalmente, aterrizamos en noviembre de 2008. No, no era un milagro. Hundidos en la desesperanza, todos afirman que Estados Unidos aún no está preparado para un presidente afroamericano.

NARRADOR COMPETENTE


Corrobora Cunningham en su séptima novela que, si bien no tiene la frente ceñida con una corona de laurel, como los grandes de la literatura estadounidense, es un narrador competente. La reina de las nieves toma de Hans Christian Andersen su título y cierta iridiscencia de cuentos de hadas. No se trata de una de esas creaciones esculpidas en bronce llamadas a perdurar hasta el fin de los tiempos, pero la trama es entretenida (los perdedores siempre resultan interesantes), conmovedora por momentos y aborda cuestiones trascendentes, como la creación artística, el consumo de drogas, la atracción sexual, la reacción ante la muerte y -como se dijo- el amor como sentido de vida. Queda, empero, cierto regusto a poco. Quizás con un poco más de ambición artística hubiésemos tropezado con una obra maestra, de esas que mantienen viva la llamarada de la Alta Literatura. Dicho de otra forma, Barret Meeks, el gordito gay al que una luz celestial le devolvió la mirada en Central Park, merecía doscientas páginas más.

La prosa de Cunningham es muy agradable. No desafían al lector las densidades estilísticas, sino que sentimos el arrullo de una escritura suave, con un elegante dominio de la metáfora y el sarcasmo, y una gran capacidad para el diálogo vivaz y el retrato. Lo mejor de todo es la infrahistoria de excéntricos e ilusos. Hay también una reivindicación, convincente, del mundo de los objetivos sencillos; la condena a las ambiciones mundanas, o sea el necio afán por dejar de ser invisible. Establece el autor de Las horas: "¿Es más o menos trágico deslizarse tan discreta y brevemente dentro y fuera del mundo? ¿Haber añadido y alterado tan poco?". Conclusión: renuncia a ser importante y serás feliz.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.


Calificación: Bueno



PD: Hace ocho años elogiaba otra novela de Cunningham: http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2008/01/das-cruciales.html
Cómo pasa el tiempo, ¿no?

domingo, 3 de julio de 2016

Mujer bajando la escalera

Por Bernhard Schlink Anagrama. 247 páginas, Novela, edición 2016


Ante una propuesta tan enclenque como la que acaba de llegar desde Alemania, el lector de fuste no puede sino añorar la pesada y compleja maquinaria de la novela total a lo Thomas Mann o Gunther Grass, rebosante de historia, filosofía y profundidad psicológica. La obra más reciente del juez Bernhard Schlink (Bielefeld, 1944) es todo lo contrario. Literatura inane, etérea, insustancial. La escasa ambición la condena.

Confiesa el autor que un cuadro de Gerhard Richter titulado Ema. Desnudo en la escalera, inspiró la trama. Tres hombres (un abogado, un pintor y un magnate) se obsesionan con una mujer joven. Hay un cuadro que la retrata como vino al mundo y una treta de la muchacha para robarlo. Hay una traición por triplicado. Estamos en Frankfurt. En la segunda parte, volamos a Australia. Reaparecen la pintura y su musa cuatro décadas más tarde. La psicosis masculina permaneció intacta. Al fin y al cabo, son alemanes, gente con ideas fijas.

El tema de fondo es, por enésima vez, la denuncia de que la vida auténtica no es la de la oficina, el supermercado, la esposa y los hijos, el abono a la ópera. La liberación está en algún paraíso natural del hemisferio sur, con una chica extraordinaria. Es el mito clásico del ciudadano europeo, próspero y hastiado de la civilización; a esta altura, un cliché posmoderno que suele estragar las narrativas.

Cuando la falta de originalidad se expresa sin vuelo ni belleza, por medio de personajes planos, en un texto trozado en cien capitulitos sin ton ni son, la consecuencia no puede ser otra que el tedio, gris y frío como el otoño de 2016. El sello editorial, no obstante, demuestra en la contratapa que la prensa alemana cubrió de elogios a la pequeña novela. Puede que el amiguismo, el perjurio, la cobardía y el esnobismo no sean vicios exclusivos de la crítica argentina.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Malo

domingo, 26 de junio de 2016

La década infame de Hungría

Por Guillermo Belcore

La Historia se ha ensañado con una nación exótica, hoy diminuta, de la Cuenca del Danubio. Nació como cuña asiática en el corazón de Europa. Nómadas orientales de la familia lingüística uraco-altaica (emparentadas acaso con los ugrofineses y con los tártaros) se establecieron en esas fértiles llanuras hace más de mil años. Se convirtieron al cristianismo y, enriquecida su población con suabos, judíos y eslavos, llegaron a construir una potencia mediana con uno de los pocos idiomas del Viejo Continente que no tiene origen indoeuropeo. La Historia ha saboteado el experimento: el despotismo de los turcos, los rusos y los alemanes diezmaron al valeroso pueblo. Tampoco puede minimizarse la estupidez y la ruina moral de su clase dirigente (ya hablaremos de eso). Nos referimos, naturalmente, a Hungría, hogar de enormes escritores como otras pequeñas naciones de espíritu indomable (piénsese en Irlanda o en Uruguay). Uno de los literatos húngaros más conocidos en Occidente es Sándor Márai (1900-1989). Para gozo de sus lectores, acaba de publicarse en español un libro (Lo que no quise decir, Salamandra, 159 páginas) que rescata dos capítulos inéditos del tercer tomo de memorias de Márai. Es un añadido enriquecedor a una de sus mejores obras, ¡Tierra, tierra!, evocación, no sin filosofía, de la irrupción del Ejército Rojo en Budapest a fines de la Segunda Guerra Mundial.

En realidad, no se trata de un texto perdido, sino de capítulos censurados por el propio autor. Quiso Márai que mientras la patria estuviese oprimida bajo la bota soviética, los ojos del mundo no se posaran sobre la responsabilidad de los señores magiares en las tragedias del siglo XX. Se trata de una dolorosa confesión. Una imputación entre compatriotas, magníficamente redactada.

El pistoletazo de salida resonó el 12 de marzo de 1938, día del Anschluss, es decir, la incorporación de Austria a la Alemania nazi. A partir de entonces, y en el término de sólo diez años, fue desapareciendo -con el rigor de una progresión geométrica- toda una forma de vida, toda una mentalidad, y toda una cultura, la cultura burguesa de Centroeuropa. Sándor Márai ha querido ser el heraldo de esa catástrofe; intentó rescatar con la mayor fidelidad posible la esencia de lo transcurrido durante esa década funesta.

Era Hungría por entonces una nación rencorosa y con la sensibilidad a flor de piel. El Tratado de Trianón le había amputado de manera injusta dos terceras partes del territorio, justo donde prosperaba la clase social que era depositaria de su cultura (los intelectuales de la Alta Hungría y la Transilvania). Sobre llovido, mojado. Una revolución bolchevique en Budapest (duró cien días), aplastada por las armas, terminó de empujar el péndulo hacia el otro extremo, hacia un ejecutivo semifascista que repartió cascos, uniformes y botas entre la escoria y decidió que la nación entera subiera al carro de los que se perfilaban como vencedores en el Nuevo Orden Europeo en ciernes, antes de que ese carro arrollara a toda Mitteleuropa. Evoca Márai:

"El pueblo alemán se había puesto en movimiento y se había apoderado brutalmente de la pequeña Austria y ya no sería capaz de detenerse a medio camino; había iniciado la marcha hacia el Este, obligado por fuerzas internas a seguir avanzando por la ruta que había emprendido, rumbo a los fértiles trigales de Ucrania, al petróleo de Ploesti y Baku, al canal de Suez, quizá hasta Bagdad, y barrería y derribaría a su paso todo aquello que se interpusiera en el camino, hombres incluidos".

PARANGONES

A la Hungría de entreguerras, contrarrevolucionaria y proalemana, le ocurrió lo mismo que le ha pasado tantas veces a la Argentina, incluso durante este siglo. Se hizo con el poder una casta que no representaba a la nación pero que era lo suficientemente potente para hablar en su nombre y actuar en su lugar. Tocaron las cornetas del fanatismo. "Fue la época de la revancha del hombre común torturado por un complejo de inferioridad", percibieron las finas antenas del artista. Se multiplicaron las oportunidades para el saqueo y el pillaje de un modo que nunca se había visto. Esa casta intelectual, autoritaria, rechazó las leyes morales de la democracia porque le resultaban incómodas, la obligaban a competir y la privaban de la posibilidad de valerse de unos privilegios basados en el linaje político. ¿Suena familiar, verdad?

Deplora el escritor:

"Al igual que más tarde hicieron los bolcheviques, que tacharían de reaccionarios a todos los que no siguieran a rajatabla los ideales marxistas-leninistas, en la Hungría de Trianón los que imaginaban un desarrollo social distinto al que imponían los guardianes políticos y culturales colocados en las oficinas del poder por los terratenientes eran tachados de destructivos".

Resulta muy interesante meditar sobre un fenómeno que también tiene parangones en las Argentina: la construcción de la figura del indeseable por parte de organizaciones paraestatales. Destructivo, reaccionario, subversivo, apátrida, burgués, gorila, en fin son etiquetas que desnudan la decadencia moral en la que incurre una sociedad cuando la lógica política -y las ventajas materiales que se suscitan de ésta- se ubica por encima de la más elemental decencia. Como se ve, la demagogia populista, malintencionada, estrecha de miras -y a menudo contaminada con ideología irredentista- es un fenómeno universal. No obstante, la apuesta estratégica de la Hungría señorial, con su patriotismo intolerante, incompetente y a la larga anacrónico, estaba condenada al fracaso. Y seguramente era inviable cualquier otra opción política, aunque moralmente más justa, distinta a entregarse con cuerpo y alma a la Gran Alemania con la esperanza de que ésta consintiera la subsistencia en Europa de un pequeño pueblo de origen asiático:

"Con el paso del tiempo, todos hemos aprendido -y a un precio tremendo- que la región danubiana tiene un destino común: a la hora de la pleamar del ciclo lunar de la historia, las grandes potencias alemana y eslava atacaron y amenazaron con sumergir bajo la misma marea las costas húngaras y rumanas, igual que sus parientes eslavos orientales hicieron con polacos, búlgaros, checos, eslovacos y yugoslavos que se aferraban con la misma intensidad a su identidad nacional y a su forma de vida más democrática".

PERSONAJES

Es estas apretadas páginas, Márai no sólo denuncia, en general, la "risa deforme del espíritu magiar" durante la década infame. También señala con el dedo a algunas responsables de la desgracia nacional: Pál Teleki, László Bárdossy, István Bethlen, personajes trágicos, hombres de Estado bellamente retratados con la paleta del novelista. El libro ha sido compuesto con discursos contundentes, bien articulados, persuasivos, a los que el narrador aplica un baño de cromo reluciente.

El interesado en la historia europea del siglo XX no debería pasar por alto la adenda que ha rescatado el sello Salamandra. Extraerá el lector republicano, sobre todo el de América del Sur, enseñanzas valiosas. Es que el pensamiento hostil hacia el humanismo burgués -que se cristaliza en precisas libertades cívicas- no ha muerto. Sobrevivió a las caídas del hitlerismo y el Muro de Berlín con una asombrosa vitalidad. El semifascismo ha reencarnado en la piel de dirigentes populistas y socialistas del siglo XXI. El enemigo número uno a los ojos de sus portavoces sigue siendo la mentalidad burguesa, que se atreve a levantar la voz ante nimiedades como la manipulación del Poder Judicial o el desfalco de los dineros públicos. Por fortuna, las urnas están demostrando que el palurdo sublevado no tiene la razón histórica de su lado. En la era de las masas, el burgués no ha dicho la última palabra.
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Muy bueno


domingo, 19 de junio de 2016

Panorama después de la orgía

Hace unos días, la Organización Mundial de la Salud informó sobre el espectacular aumento de la esperanza de vida entre 2000 y 2015. Una persona nacida el año pasado puede vivir, en promedio, hasta los 71,5 años (en la Argentina hasta los 76,3 años). La mejora de la longevidad es la más importante desde la década del sesenta. ¿Qué significa esto? Que el capitalismo está rescatando de la miseria a millones de personas, sobre todo en Extremo Oriente, Africa y el ex mundo comunista. La tendencia es clara, pero pensadores reconocidos como Zygmunt Bauman (Poznan 1925) la ignoran olímpicamente. El quejido interminable del eurocentrismo se expresa en el ensayo más reciente del profesor polaco afincado en Gran Bretaña, célebre por haber acuñado varios títulos efectistas.
 

El sello Paidós acaba de publicar (Estado de crisis, 205 páginas) un diálogo epistolar entre Bauman y el periodista Carlo Bodoni que, sin decir una palabra sobre China, pretende explicar el mundo actual. No encontrará nada nuevo aquella persona ya familiarizada con el concepto baumaniano de la modernidad líquida, una forma de modernidad degradada en la que supuestamente vivimos, caracterizada por la contingencia, la volatilidad, la fluidez, la incertidumbre endémica y el riesgo elevado. Lo solido se ha desvanecido en el aire y todo lo sagrado es motivo de profanación, nos advierten Bauman y Bordoni, que quieren hacer sociología de la crisis, tras "el colapso de la economía del crédito y el fin de la certezas''.

A pesar de la cortedad de miras y de cierta propensión al cliché (sobre todo en el italiano), en el libro se redondean algunos conceptos que esclarecen. A saber:
 

* Crisis de la soberanía territorial: fin del orden westfaliano (por la Paz de Westfalia de 1648). La política (o sea la capacidad para decidir qué cosas deberían hacerse) se ha divorciado del poder (o sea, la capacidad de conseguir que se hagan las cosas). Fuerzas globales que operan en un espacio de flujos (Manuel Castells dixit) han quebrado la unión natural entre Estado y Nación, el principal principio de la convivencia humana sobre la Tierra durante casi cinco siglos. Los jefes ya no sienten ligados a un lugar y tienen la libertad de trasladarse a otro cualquiera.

* Precariado: Estrato social de dimensiones planetarias que se nutre de todos los restos del antiguo proletariado industrial, así como de pedazos cada vez más extensos de la clase media. Este sector ha estado unido hasta ahora por una sensación de existencia vivida entre arenas movedizas o en la falda de un volcán. 


* El espectro de la indignación: Razones para estar indignados y testimoniarlo en las calles sobran en todo el mundo (como la colosal corrupción dentro de los populismos latinoamericanos), pero Bauman señala que el factor com£n es "la humillante premonición de que nos encontramos sumidos en la ignorancia y la impotencia''.


* El ocaso del Estado de bienestar: Las fuerzas económicas favorecen hoy la competencia implacable, el egoísmo, las divisiones sociales con la misma lógica implacable que la situación anterior de dependencia mutua generaba límites a la desigualdad social y fortalecía los compromisos, las alianzas firmes y duraderas y, en definitiva, la solidaridad humana.


* Servidumbre voluntaria: las fuerzas del mercado están mucho más avezadas que las fuerzas políticas en el arte del adoctrinamiento ideológico, reencarnado ahora en la producción de demanda. Vivimos en una sociedad confesional: estamos ansiosos por facilitar, de motu propio y a nuestra propia costa, todos los detalles de las maniobras y los hechos que realizamos y que vamos a realizar. Las redes han sustituido a los ya anticuados conceptos de comunidad o comunión. La era del pensamiento utópico ha llegado a su fin (en la Argentina no se nota).


* Generación Y: primeros seres humanos que no han vivido en un mundo sin internet. Trabajan en casi empleos. Su compromiso laboral es nulo. Tienen la firme convicción de que la vida está en otra parte. Cultivan las relaciones puras (Anthony Giddens, dixit) que están fundadas exclusivamente en la gratificación que proporcionan y cuando esta mengua o desaparece dejan de tener razón de continuar. Hoy lo que de verdad importa es la comodidad.

Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Regular

 

PD: En este blog se han comentado duramte los últimos ocho años ensayos más profundos del profesor Bauman:
1) http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2011/12/danos-colaterales.html
2) http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2010/04/mundo-consumo.html
3) http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2013/04/sobre-la-educacion-en-un-mundo-liquido.html
4) http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2008/01/vidas-de-consumo.html
 

jueves, 2 de junio de 2016

Lucitrón

Diccionario de Asterión XVIII

Lucitrón: Sust. Común: Partícula de sabiduría que aparece en las buenas novelas y ensayos y nos permite entender el mundo que nos rodea, las derivas que nos amenazan, las complejidades del comportamiento humano, y la mecánica de la sociedad. Es como un relámpago que esclarece. Es como una sonda arrojada a los más profundo del abismo del alma. Su masa es despreciable, no obstante su peso es formidable. El lucitrón indica la presencia de perspicacia, discernimiento, clarividencia entre otras virtudes del autor. Es un rasgo de los mejores, por supuesto; pero incluso hay cientos de mediocres que son capaces de elaborar al menos una párrafo con lucidez. Su aparición en el texto, de todos modos, es rara, teniendo en cuenta los millones de libros prescindibles que se editan cada año.

domingo, 29 de mayo de 2016

El dragón de Shanghái


El socialismo con características chinas ha logrado convertir al Imperio Celeste en una superpotencia global y ha arrancado a millones de personas de la miseria (pobreza que el maoísmo había generado o exacerbado). China ha cambiado y no ha cambiado. El milagro económico tiene sus costados siniestros. Por un lado, la modernización se sustenta en un materialismo despiadado que aplasta a las personas menos competitivas y a ricas tradiciones culturales, y que genera gravísimos problemas ambientales y de salud pública. Por el otro, el modelo totalitario se ha preservado intacto. Machacando a los ciudadanos con la necesidad de mantenerse en el poder por miles de años, el Partido Comunista alega que sólo él puede gobernar China y todo lo que haga está justificado (como los populismos latinoamericanos). Sus intereses están por encima de todo lo demás, incluso del sistema legal ordinario (ídem). Ser funcionario significa tener acceso a todas clases de privilegios. El socialismo con características chinas le teme a una sola cosa: al escándalo en Internet. La segunda fuerza más poderosa para desenmascarar a los corruptos son la esposas y las ernai (amantes) despechadas. El sistema de partido único, con sus bizantinas luchas de poder entre facciones, favorece la venalidad y el cortoplacismo. Los funcionarios viven histéricos porque no saben qué les depara el futuro. Así que se valen de sus cargos para robar y malversar cuánto tengan a mano en el menor tiempo posible. Funcionarios desnudos se denominan aquellos gerifaltes que envían a su mujer y a sus hijos al extranjero, en previsión de su propia fuga. Suman cientos.

 Tan preciso mural del Reino del Medio en el siglo XXI no fue compuesto en las páginas de un ensayo político. Es el telón de fondo de una novela policial que aquí venimos a recomendar. Justifica la lectura de El dragón de Shanghai (Tusquets, 335 páginas) y permite -al interesado en el tema- sobrellevar los ripios, como la lentitud de la trama, los diálogos insulsos, el didactismo y el costumbrismo exagerado.

El autor se llama Qui Xiaolong. Nació en Shanghái en 1953, pero reside desde hace casi treinta años en Estados Unidos. Dicta clases en la Universidad de Saint Louis, es traductor y poeta, y ha ganado fama y fortuna con una serie de novelas policiales protagonizadas por el inspector jefe Chen Cao. En su última aventura, Chen se metió, sin saberlo, en un enorme problema con muy ambiciosos dirigentes comunistas.



QUINGGUAN




El inspector Chen, un cuadro del partido con rango de jefe de brigada, es un policía competente y concienzudo, una especie casi en extinción hoy en día. A personas como él, en China se las llama qingguan, es decir, funcionario incorruptible. Como en nuestra Patria, no es un producto del sistema político sino una aberración de éste. Su padre era un erudito confuciano que cayó en desgracia durante la Revolución Cultural por reprobar la quema de libros que había ordenado el emperador Qin Shihuang (¡doscientos años antes de Cristo!). Resulta que Mao admiraba a Qin. Chen es, como su demiurgo, traductor y poeta. Podría decirse que es un intelectual. Como se dijo, se ha metido en dificultades con el régimen. Lo desplazaron del cargo mediante un ardid, el viejo truco del ascenso fraudulento. Alguien muy poderoso le está jugando sucio, le montan una emboscada con prostitutas. Una fiesta de presentación de un libro en el Mundo Celestial -un burdel camuflado de club nocturno- se convierte en una trampa orquestada desde la altas esferas. Lo único que Chen puede hacer es “provocar a la serpiente“. Como si estuviera jugando al go, el inspector y sus amigos hacen jugadas en busca de respuesta.

La atmósfera de paranoia, el suspenso, la trabajosa pesquisa de Chen, el trasfondo político, los hermosos nombres grandilocuentes ("la calle de las Diez Perfecciones", por ejemplo) son lo mejor de una urdimbre que trae una buen surtido de proverbios y algunos pareados clásicos no sin belleza. A la novela, no obstante, se le notan demasiado las costuras (¡un libro con mensaje!, el colmo de horrores, decía Oscar Wilde). Desea Qiu Xiaolong exponer los problemas de una sociedad pervertida por la frenética acumulación de dinero y denunciar la corrupción enraizada en un sistema sin alternancia en el poder. El declive de los teatros de opera de Suzhou también lo angustia. Los malos son aquellos crápulas que los chinos de a pie, antes de escupir en el piso, llaman Bolsillos Llenos, funcionarios, militantes, hombres de negocios, ratas rojas cargadas de dinero gracias a sus lazos con el partido gobernante. Otra inquietante similitud con la Argentina.
Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura de La Prensa.


Calificación: Bueno



PD: Quintin aporta aquí una mirada fresca e inteligente sobre la novela de Qui: https://lalectoraprovisoria.wordpress.com/2016/05/25/diario-intermitente-87/#more-26263

sábado, 28 de mayo de 2016

El alma del ateísmo

André Compte-Sponville

Ensayo de filosofía, 211 páginas. Paidós. Edición 2009. 


La humanidad progresó. Hasta el ateísmo ha evolucionado. Ya no es ese rugido intransigente y homicida que proferían cien mil gargantas fanatizadas por la Revolución Francesa, el marxismo o la barbarie nazi. Ahora es una convicción amable que destaca las coincidencias con los creyentes y concluye que lo importante no es la religión ni la irreligiosidad (ni siquiera sería Dios) sino la espiritualidad de cada uno. Aquello que nos une es más importante que lo que nos separa. Uno de los principales escuderos en el combate del ateísmo fiel en favor del laicismo y la tolerancia es el francés André Comte-Sponville.

Hace una década, el pensador francés, que fue educado en el catolicismo, entregó a la imprenta un breviario que defiende tal envite existencial. Una frase la condensa: “¡No por ser ateo me voy a castrar el alma!” Ajá, un ateo que cree en la posibilidad del alma, interesante, ¿verdad? Parafraseando a Schopenhauer, advierte que “el hombre es un animal espiritual”, y sostiene que la espiritualidad es algo demasiado importante como para dejarla en manos de curas, mulás, rabinos y espiritualistas.

Compte-Sponville tiene una virtud infrecuente en la filosofía francesa. Expone con claridad, su pensamiento (o la falta de) no se oculta detrás de una maraña casi ininteligible reservada a los entendidos o a las masoquistas. El librito que trajo el sello Paidós es para cualquier persona que le interese el tema. Y como buen ensayo de filosofía abre la mente para entender la realidad (incluso la Argentina, donde también el dogmatismo ha regresado) y proporciona una guía de conducta. Por ejemplo, ante el nihilismo y los fanatismos, propone a ateos y creyentes “la fidelidad”. ¿Fidelidad a qué? A las enseñanzas de nuestros padres, maestros y a lo mejor que ha generado la cultura occidental, que naturalmente que también incluye las Sagradas Escrituras (Montaigne y la Biblia; no Montaigne o la Biblia). Nadie que persiga esa forma de rectitud podría escribir, por ejemplo, que “la corrupción es una forma espeluznante de democratizar la política” como acaba de hacer un historiador kirchnerista en un periódico de su propio palo para escándalo de las redes sociales. Robar está mal y la política no puede estar nunca por encima de la decencia. ¿No es eso lo que aprendimos en casa?

El ensayo intenta responder tres preguntas: “¿Podemos prescindir de la religión?”, “¿Existe Dios?” y “¿Qué tipo de espiritualidad podemos proponer a los ateos?”. En la primer parte, el autor de ¿El capitalismo es moral? (pincha acá) afirma que de lo que nunca podremos prescindir es de la comunión, de la felicidad ni del amor. En el segundo tramo, expone seis argumentos que lo llevan a no creer en Dios e incluso a considerar que no existe. Personalmente, creo la única refutación que no resulta convincente de las que se hace de la llamada apuesta de Pascal: “Si no se puede probar a Dios, se puede -y se debe- apostar a su existencia”.

Finalmente, en el tercer capítulo (el más original), tras evocar su propia experiencia mística, Comte-Sponville explica que la espiritualidad, el producto más exquisito de Naturaleza, es nuestra relación finita con el infinito o la inmensidad, nuestra experiencia temporal de la eternidad, nuestro acceso relativo al absoluto. Es el amor (es decir, una alegría acompañada de una causa exterior) y no la esperanza lo que hace vivir; es la verdad (es decir lo universal), y no la fe la que libera. Ya estamos en el Reino de los Cielos, la Eternidad es ahora. Lo realmente novedoso de la Buena Nueva sponvilleana es que se puede ser ateo sin necesidad de ser materialista. En Occidente suena extraño, pero en Oriente -y la antigua Grecia y en Roma- se ha practicado con naturalidad.
Guillermo Belcore


Calificación: Muy bueno

domingo, 22 de mayo de 2016

El ratero le birla la mujer al relojero

Con la Alta Literatura ocurre lo mismo que con todo aquello que nos provoca deleite. Hay creaciones o creaturas que uno puede devorar sin respirar siquiera; el placer está en la saciedad. Hay otras, en cambio, que exigen demorarlas en el cuenco de la mano, oler su fragancia, sentir su peso, apreciar la textura y los matices tornasolados, asimilarlas sorbo a sorbo. Los libros de John Banville (Wexford, Irlanda, 1945) entran en la última categoría. Cada una de las partes es tanto o más valiosa que el todo. El capítulo suele refulgir más que la novela; la página más que el capítulo; el párrafo más que la página; la frase más que el párrafo; la expresión más que la frase. Sólo una lectura sin prisas, hedonista, cuidadosa podrá aprehender esa elevada condición. 

La guitarra azul (Alfaguara, 291 páginas, edición 2016) se ajusta a la descripción. Nada hay desagradable al ojo en la novela más reciente de
Banville. Uno se siente tentado a concluir que en la literatura moderna no existe mejor retratista, mejor antropomorfista, mejor forjador de tropos metafóricos que este irlandés, cuya obra pide a gritos el reconocimiento universal de un Nobel. Esto no significa que sea para todos. Aquellos incapaces de conmoverse con una prodigiosa exhibición de estilo puede que se sientan empalagados. La verbosidad -el uso excesivo de palabras- suele irritar. Para quien esto escribe, y en lo que la belleza de la prosa se refiere, Banville es el Nabokov de nuestro tiempo. Súmese las técnicas de complicidad (la narración me habla a mí, le habla a usted) y la sublime erudición que abreva en las mitologías, la zoología y la botánica, las referencias clásicas, la Alta Pintura. En esta oportunidad, hay otro juego interesante: la narración incluye un buen surtido de teorías científicas y se deslizan versos de Keats, Brontë, Byron, Rilke, etc… desnudos de cursivas y referencias, explica al final la traductora Nuria Barrios, que por cierto ha realizado un trabajo impecable, excepto un tremendo error de principiante (Gran Armée de Bonaparte es Gran Ejército, no Gran Armada). En el caso de orfebres como Banville, en los que la forma de expresar es todo, cada palabra cuenta.



Leemos las memorias de un sinvergüenza, un casanova de pacotilla, un recolector de bagatelas, que es una manera elegante de decir que se trata de un ladrón de cosas de escaso valor. Oliver Ormé quiere hacernos testigos de su descenso a los infiernos de la ignominia. Se ganaba la vida como pintor, pero ahora sufre de rigor artis. Está bloqueado, se retuerce en las redes de una crisis artística. No obstante, el elemento rotundo de la esencia de Olly es otra habilidad, su talento para escamotear. Es un duende pelirrojo y rechoncho que ha descubierto el erotismo del hurto, el arte de las manos ligeras:




“…cuando abrace con mi puño aquella pequeña y delicada figura y la introduje en mi bolsillo, el espasmo de placer que recorrió mis venas e hizo que los folículos del cuero cabelludo se contrajeran y hormiguearan fue tan antiguo como Onán. Sí, en aquel instante descubrí la naturaleza de la sensualidad en toda su ardiente, inflamada, acuciante e irresistible intensidad…”


El ratero-artista, vaya caradura. La guitarra azul se vincula, en cierta forma, con otra novela anterior de Banville. Si en el Libro de las pruebas (1989) trabamos ligazón con el asesino banal, aquí nos interpela el ladronzuelo banal, cuyas acciones también generan consecuencias devastadoras y en última instancia recibe su merecido (a su manera, Banville es un moralista). Un acto de repugnante vileza moral precipitó la decadencia del Autólico irlandes: le birla la mujer a Marcus el relojero, su amigo, en la ciudad de mala muerte (diez mil almas) que los vio nacer (“Un sitio que podrían haber soñado los hermanos Grimm”). ¿No es el sitio perfecto para ser un fracasado, se pregunta Olly, el adúltero.

ALTA FILOSOFIA



Las novelas de Banville también fulguran por sus especulaciones; meditan sobre las grandes cuestiones de la vida y así las intuiciones más profundas surgen en lugares inesperados. Son conjeturas, pensamientos sin solidificar, lo única categórico, como se dijo, es la belleza de la expresión. Aquí y allá aparecen llamaradas de lucidez, en forma de sentencias como ésta: “Qué canalla y sinvergüenza es la líbido“. Verdad, ¿no es cierto? En La guitarra azul el autor no piensa en función de la especie, sino más bien del género. Así redondea un pasmo que ha acompañado al hombre desde que descubrió que no estaba solo sobre este valle de lágrimas:

“Comprendí, con rotunda claridad, que no existe tal cosa llamada mujer. La mujer, caí, es una leyenda, un fantasma que sobrevuela el mundo, posándose aquí y allá, en éste o en aquel desprevenido ser femenino al que transforma, de forma breve pero decisiva, en un objeto de deseo, veneración y terror…”

En la página ciento treinta y dos, desarrolla otra antiquísima perplejidad varonil:

“Para mí es un motivo permanente de fascinación y de asombro que bajo la ropa menos atractiva -aquel suéter informe, la falda sin gracia, los zapatos anodinos- se oculte algo tan complejo, rico y misterioso como el cuerpo de una mujer. Que las mujeres sean como son es uno de los milagros seculares, ¿acaso hay otro tipo de milagros? No me refiero a su mente, a su intelecto, a su sensibilidad y sé que por esto seré vilipendiado , pero no me importa. Hablo del hecho visible, táctil, aprehensible de la carnalidad femenina, tan ajustada a su armazón de huesos, de eso estoy hablando. El cuerpo piensa y posee su propia elocuencia, y el cuerpo de la mujer tiene mucho más que decir que el de cualquier otra criatura, infinitamente más, al menos a mi oído o a mi vista”.


La novela avanza a golpes de memoria. Olly es una conciencia atormentada que le da vueltas al pasado. Es un crápula que ha visto morir a una hija de tres años. La traición y sus consecuencias bochornosas causan tristeza, pero la novela -otro mérito- tiene pasajes desopilantes (se trata de humor negro) pues el personaje principal no otra cosa que un narcisista torpe. ¡Y esas magníficas descripciones de personas y situaciones! Así como los esquimales -dicen- tienen más de cincuenta palabras para referirse a las diferentes clases de nieve, el ganador del Premio Booker 2005 demuestra en su novela más reciente que existen infinitas versiones de la lluvia. La prosa de John Banville -suave como el musgo- causa una profunda satisfacción estética.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Muy bueno

domingo, 15 de mayo de 2016

La mano derecha de Goebbels

Madre Noche
Por Kurt Vonnegut
La Bestia Equilátera. Novela, 234 páginas.

Kurt Vonnegut (Indianápolis 1922-2007) es una especie de sabio. Ha escrito algunas de las novelas más inteligentes y más estrafalarias de nuestro tiempo. Si bien ha innovado en la forma, prefirió conservar esa tradición literaria que sostiene que una obra debe tener introducción, nudo y desenlace, y, sobre todo, debe ofrecer al público una moraleja.

En ésta brillante exhibición de estilo narrativo, con elevadísimos pasajes de dramaturgia, quiere establecer que, si bien hay muchas buenas razones para luchar, no existe ninguna para odiar sin reservas, para imaginarse que el mismísimo Todopoderoso odia igual que uno. "¿Donde está el mal? Es esa gran parte de cada hombre que quiere odiar sin límites, que quiere odiar con Dios a su lado. Es esa parte de cada hombre que encuentra atractiva toda clase de fealdades. Es esa parte de un imbécil que castiga y denigra y va a la guerra con gusto", sentencia al final del libro.

Entregada a la imprenta en 1961, el mensaje de Madre Noche no ha perdido un gramo de frescura porque si hay algo que es permanente, inmutable e indestructible no es el ser de Parménides sino la estupidez del humano.

"Toda la gente está loca. Hace cualquier cosa en cualquier momento, y que Dios ayude al que busque un motivo", se nos enrostra. La novela emplea uno de los procedimientos favoritos de Vonnegut: las falsas memorias. Leemos las confesiones de Howard W. Campbell Jr., un escritor estadounidense que se fue a vivir a Berlín y se puso al servicio del Tercer Reich, "un hombre que estuvo muy abiertamente al servicio del mal y muy secretamente al servicio del bien, el crimen de sus tiempos". En efecto, si bien Campbell se hizo famoso por secundar a la astuta hiena de Paul Joseph Goebbels, como responsable de la propaganda nazi destinada a los norteamericanos, en realidad había sido reclutado por la inteligencia del Pentágono. Un coronel estadounidense le salvará el pellejo a Howard (espléndida conciencia cínica) una y otra vez después de la Segunda Guerra Mundial.

Así pues, Vonnegut afronta con solvencia -e incluso con un sentido del humor que jamás resulta insolente- uno de los grandes temas del despiadado siglo XX: la depravación nazi y su consecuencia más terrible, el Holocausto. También desuella al militarismo estadounidense, y a los fascistas entusiastas y malignos que todas las sociedades albergan, agitadores que uno no puede sino preguntarse de qué agujero han salido.

El lector, además, se sentirá tentado a trazar parangones con la historia reciente de la Argentina, con su escalofriante furor militante y tantos hombres y mujeres que no saben distinguir entre lo que está bien y lo que está mal: "Es difícil ser irrisorio en un país donde tantos seres humanos son refractarios a la risa y a la reflexión, y están ansiosos de creer, rugir y odiar".
De la prosa, baste decir que ésta es uno de las novelas mejor escritas por el gran narrador estadounidense. Hay un hábil dominio de la metáfora, cáustica ironía, diálogos fascinantes, sentencias perspicaces por doquier. Internet suma una curiosidad. El libro inspiró un film en 1996. Nick Nolte protagonizó a Howard W. Campbell Jr.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura de La Prensa.


Calificación: Muy bueno




domingo, 8 de mayo de 2016

Avenida de los misterios

``De devociones absurdas y santos amargados, líbranos Señor''
Santa Teresa de Avila

POR GUILLERMO BELCORE

Así como Borges jugueteaba con espejos, laberintos y tigres, John Irving (New Hampshire, 1942) ha creado una mitología personal que combina mujeres corpulentas o intimidatorias, el circo, la lucha libre, fantasías sexuales estereotipadas, muertes grotescas, viajes entre continentes, situaciones truculentas con cierto sarcasmo, giros inesperados en la trama, historias tristes de amor, sucesos desbordantes, familias excéntricas. El potaje es casi siempre sabroso.

En Avenida de los misterios (Tusquets, 637 páginas) añade una dimensión religiosa y mística. Su novela más reciente, cuyo título evoca la calzada que desemboca en el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, arremete contra el catolicismo tradicional. Es un libro militante, se empeña en transmitir un mensaje. En nombre del humanismo secular ("el eterno enemigo''),  el genial escritor estadounidense ha querido repudiar de la Iglesia su proselitismo permanente (¿no es ésta su misión primordial, la evangelización?), sus intervenciones sociales, sus manipulaciones de la historia, el colonialismo y el comportamiento y ética sexual. "Entre las impracticables reglas de vuestra Iglesia y la naturaleza humana, me quedo con la naturaleza humana'', descerraja un personaje. No obstante, si bien resulta pertinente definir al libro como anticlerical, no es posible catalogarlo como antirreligioso. Irving se encuentra abierto al misterio por excelencia, a los milagros inclusive. Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios, admite. Y reivindica la esencia más pura del mensaje del Ungido: la belleza del sacrificio, incluso con la propia vida, por la salvación de los demás.

TRINACIONAL


El catolicismo es el gran tema del libro porque se trata de una novela trinacional que transcurre en su mayor parte en Mexico y las Filipinas. El protagonista se llama Juan Diego Guerrero, escritor consagrado, gracias a que un seminarista malogrado lo rescató de la miseria de Oaxaca en la pubertad y lo llevó a vivir a Iowa City. Juan Diego era un chico de la basura, superdotado (como su hermana Lupe, la telépata) que aprendió a leer en español e inglés con los libros que rescataba de la quema. En la adultez, durante un viaje a Manila, va reconstruyendo -en alta definición- sus tremendas experiencias formativas, sueños deshilvanados por la ingesta de betabloqueantes (sufre de presión alta) y de Viagra. Con buen católico -nos dice el autor- se tortura con sus recuerdos.

Naturalmente, lo secunda una pléyade de personajes estrafalarios. Irving, ya sabemos, es un avezado forjador de caracteres raros y situaciones exóticas. Lupe, la niña clarividente que mantiene una relación de amor-odio con la Virgen María. El padre Pepe, jesuita, con un caridad tan grande cómo su barrigona. Edward Bonshaw, otra presencia jubilosa, cuya carrera sacerdotal se trunca al enamorarse de Flor, travesti mexicana, de conducta anárquica (a la sazón, se convertirían en padres adoptivos del lector del basural). Esperanza, inverosímil mujer de la limpieza, madre de Juan y de Lupe, de mal vivir y exceso de mezcal. Miriam y Dorothy, gruppies lujuriosas o tal vez dos presencias sobrenaturales. Clark French, escritor católico, tan pelmazo como generoso. Y la lista continua. Aunque esta vez -­ay!- no gozamos de diálogos memorables. Ha llegado el momento de decirlo: no es la novela número catorce de Irving una de las mejor logradas. El clima exagerado de farsa o comedia televisiva, el agobiante exceso de redundancias y sentencias bobas, la proliferación de escenas inanes, y la condescendencia con el realismo mágico (hay fantasmas, súcubos, estatuas que cobran vida) dificultan el tránsito hacia la última página. Si no fuera por esos pequeños misterios que hacen avanzar la trama...

RESENTIDO


Da la impresión de que Irving es una persona resentida con los críticos literarios y los trabajadores de prensa. Lo deben haber tratado muy mal, o al menos -él lo siente así- de manera injusta. Nadie puede vestirse peor que un periodista, sentencia. ­¡Ejem! Y utiliza la boca de Juan Diego Guerrero para defender su apuesta narrativa, un realismo que, según admite, sigue la forma del siglo XIX (debe mucho a la lectura de Hawthorne, Melville, Hardy y Dickens), pero que ha sido forjado básicamente por la imaginación, en lugar de la experiencia: ``La vida real es un modelo demasiado chapucero para la buena literatura''.
Las personas reales -se sostiene en la página cuatrocientos ochenta- tienen demasiadas contradicciones e incógnitas. Las personas reales son demasiado incompletas para servir como personajes de una novelas. El buen escritor es aquél capaz de inventar una historia mejor que las que le han ocurrido a él.

Ese realismo que -como se dijo- en Avenida de los Misterios tiende peligrosamente hacia lo fantástico, hace saltar al tiempo atrás o adelante. Es un tiempo que parece más asociativo que lineal, pero no es exclusivamente asociativo. En el vaivén se percibe la mano maestra del novelista, como minucioso cuidador de los detalles.

Otra idea sugestiva que plantea el narrador es que las mujeres son las verdaderas lectoras. Son las únicas que poseen la capacidad de sentirse afectadas por una historia. Mientras haya lectoras la novela no morir , dice el texto.

Por último, hay una rara referencia a la Argentina, mediante dos acróbatas apasionados. ``Quizás eso del sexo a todas las horas sea una cosa propia de los argentinos'', conjetura Irving. Por lo que uno sabe y ha vivido, la especulación es totalmente inexacta.

Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Regular

Otra campana: Rodrigo Fresán ha ovacionado de pie en Página 12 a Irving por esta novela: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-5857-2016-05-23.html