lunes, 10 de septiembre de 2018

La Biblia de las Tinieblas

Por Ian RankinRBA. 452 páginas, Edición 2018.


Nada se parece menos a la Argentina hoy que la civilizada Escocia. Al norte del río Tweed, los homicidios con armas de fuego son rarísimos y la merma en el número de los delitos obliga a recortar el presupuesto policial. Para obtener información sobre un hampón de poca monta, los investigadores se ven forzados a pedir ayuda a los periodistas. A esta altura, los agentes carecen de informantes y tienen estrictamente prohibido tomarse libertades con un sospechoso. La gente, mientras tanto, se ocupa de sus asuntos, sin el menor interés por el prójimo.

No obstante, ese clima hostil para la novela policial, el señor Ian Rankin (Cardenden 1960) se las arregla para seguir componiendo historias atractivas. Sin ser nada del otro mundo, la saga del inspector John Rebus es un espléndido pasatiempo para todo aquel que adore la novela negra.

Escrita en 2013, La Biblia de las Tinieblas despliega dos líneas narrativas: un supuesto accidente carretero deriva en la muerte del ministro de Justicia de Escocia. Y por otro lado, una ambiciosa fiscal de la Corona desentierra un caso de hace treinta años atrás que involucra a una cofradía policial, tipos duros con dos dedos de frente que manipulaban pruebas y sacaban confesiones a palos. En los ochenta, Rebus era el novato de la pandilla de Los Santos de la Biblia de las Tinieblas.

La novela se va tornando interesante porque plantea un agudo dilema moral, que en la Argentina ni siquiera existiría al nivel de hipótesis. ¿Denunciarías a un querido colega, a un compañero de mil combates, si se pasase de la raya? En el núcleo de la disyuntiva se encuentra la eterna pregunta de la humanidad: ¿El fin justifica los medios?

Escocia es o era calvinista. John Rebus obra como el agente moral individualista. Solitario, poco confiable para sus compañeros y jefes (aunque deben rendirse ante la evidencia de que es el mejor, un policía de fuste de esos que en teoría ya no existen), mantiene el ahora sargento detective su propia escala de valores. Va a su aire, como dicen en España.

El telón de fondo de los casos policiales es la campaña electoral por el referendo independentista de 2014. Lamentablemente, ese telón no está bien pintado. Se nos dice que la situación política se ha crispado como nunca en Escocia, mas la información brilla por su ausencia. Como reflejo de su tiempo y herramienta de crítica social, la novela decepciona. Pasa en puntas de pie por el contexto.

Sin densidades temáticas ni estilísticas (ni siquiera encontramos réplicas filosas en los diálogos o esas metáforas tan típicas del género policial), el señor Rankin limita su oferta literaria a historias peladas y un suspenso bien construido. Esta vez, alcanza.
Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

PD: En este blog se ha comentado otra novela de Rankin: https://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2018/02/perros-salvajes_23.html

lunes, 20 de agosto de 2018

Un andar solitario entre la gente

Que Borges no admiraba a la literatura española que siguió a Cervantes y a Quevedo (salvo unas poquitas excepciones) es un dato ampliamente conocido. El realismo chato y la verborrea le disgustaban especialmente. Esa mirada con escasa imaginación y el exceso de palabras siguen, al parecer, vigentes en las letras de la Madre Patria. Rebajan, por caso, Un andar solitario entre la gente (491 páginas, Seix Barral) novela documental de Antonio Muñoz Molina (Ubeda, 1956) que acaba de llegar a la Argentina.

Muñoz Molina, periodista y escritor muy reconocido en España, ha concebido una creatura ambiciosa. Rompió el cepo y las obligaciones del argumento para hacer “arqueología impaciente de lo que está sucediendo…”  Dicho de otro modo por él mismo: “…archivar algo de la gran catarata permanente de lo que, todavía recién hecho, se despeña hacia la basura..” (Como Aira, M.M. se siente obligado a explicarnos su procedimiento). La prosa se convierte así en cámara de video y va acumulando -en formato pastiche- imágenes, hilachas de conversaciones, anuncios comerciales, títulos y artículos periodísticos, mensajes vecinales, todo… Una eslogan publicitario encabeza cada página. “No quiero enterarme de nada que no sea lo que llega a mis oídos y lo que ven ahora mismo mis ojos”, establece el narrador al principio. 

Pero el juego de la observación incesante se agota pronto. M.M. debe incorporar a otros flâneurs famosos de las calles y del pensamiento como De Quincey, Poe o Benjamin para sostener el texto. Embute, además, afectos y asuntos familiares. El problema con el libro es que de ninguna manera puede afirmarse que se trata de un agudo examen de la urbe o la conciencia del siglo XXI. Tampoco encontramos una poética o una filosofía destacada. El tedio, por ende, es la consecuencia inevitable.

En tren de seguir emulando a Sebald que está de moda, o acaso sea otro cachivache posmoderno, el volumen añade imágenes que no aportan absolutamente nada. Más aún, provocan desazón por lo mal impresas, quemadas incluso. En pleno siglo XXI.
Guillermo Belcore

Calificación: Regular

PD: El País de Madrid, obviamente, cubrió de elogios esta novela: https://elpais.com/cultura/2018/01/24/babelia/1516789884_740987.html

¿Saben que Muñoz Molina escribe en El País, no?

viernes, 17 de agosto de 2018

Palacio del olvido

"La lectura sigue siendo un alimento indispensable"
 Alberto Tabbia

Todo lector de fuste ha sentido la punzada alguna vez. La frecuentación de buenos autores suscita, como un afán de emulación, ambiciones literarias. No obstante, para pasar del deseo al acto -¡ay!- se necesitan dos cualidades, una excluyente (la segunda): talento y una mezcla de audacia y tenacidad.

Por el desperdicio de no dejar obra, cosido a su ánimo llevaba luto Alberto Tabbia (1929-1997), un intelectual argentino sin demasiados precursores ni modelos, establece Luis Chitarroni en el prólogo de un librito que aquí venimos a recomendar a viva voz.

Tabbia pertenecía a la cofradía de Silvina Ocampo, José Bianco y Juan Wilcock, diminuta secta que abominaba de la mala escritura. Produjo artículos periodísticos (ocasionales) y papeles inéditos que, gracias a su heredero Edgardo Cozarinsky y al sello La Bestia Equilatera, salieron ahora a la luz atesorados en un tomo titulado Palacio del olvido (173 páginas). Una magnífica sorpresa, hasta aquí la mejor del año.

DE TODO UN POCO

El contenido, que no carece de ímpetu poético, puede definirse con una palabra que lo dice todo y no dice nada: misceláneas. Encontrará el lector:

a) Recuerdos de una infancia suburbana (en San Andrés, partido de San Martín). La prosa de Tabbia, por cierto, exhibe una lindeza borgeana, esa potencia semántica que deviene de una adjetivación tan insólita como deslumbrante. Verbigracia: "Chevrolet carraspeante", "yuyal de las delicias". Vale aclarar, que don Alberto no era un ñoño para las pinceladas eróticas.

b) Postales de viajes por Europa. Entre varias páginas notables, podría afirmarse que no hace falta visitar el Principado de Monaco para conocer sus dos o tres maravillas, basta con leer las siete carillas que se le dedican aquí. Por lo demás, la amorosa francofilia de Tabbia es otro ingrediente sabroso. 

c) Comentarios literarios y aproximaciones personalísimas a escritores de la talla de Cocteau. Que los procedimientos indirectos son siempre los más eficaces es algo que Borges no se cansaba de repetir y que Tabbia deja establecido en la página cincuenta y dos con una cita sublime de Lessing (Laocoonte 1766): "..cuanto más imaginemos, más deberemos pensar qué estamos viendo. Mostrar una totalidad es atar las alas de la imaginación e impedirle elevarse sobre la impresión recibida por los sentidos..." 

d) Deliciosas anécdotas con Pepe Bianco. La causa de la erudición volteriana del autor de Las ratas -vinculada al afán que desvela a todo argentino al que le sobre unos pesitos- es una de las cimas del texto.

e) Personajes sin autor, una extraordinaria imitación de Historia universal de la infamia, que como todo el mundo sabe remeda a Vidas imaginarias de Marcel Schwob. Hay aquí páginas perfectas. Y nueve retratos cautivantes, caso los de Andy Warhol, Elvis Presley y de un dictador contemporáneo de Turkmenistán, más algunas damas de rompe y raja como Mary Meerson, Galina Brezhneva o la princesa Caraboo. 

f) Algunas librerías.

g) Tablados porteños

h) Trivia porteña. ¿Alguien se acuerda de...?

Volvamos al principio. Puede que don Alberto Tabbia haya carecido de disciplina y obstinación (cualquier asno es porfiado), pero queda en evidencia que no carecía de vastísima cultura e inteligencia. La precisión del estilo, las observaciones agudas, la amplitud de registro (desde Macaulay a Prince) tornan a sus escritos muy recomendables
Guillermo Belcore

Calificación: Excelente

lunes, 13 de agosto de 2018

Churchill, un torbellino humano

POR GUILLERMO BELCORE

No te enamores de tu dolor porque no va a durar, escribió el sublime Marcelo Schwob. Es un buen consejo para soportar los caprichos de la diosa Fortuna. La lectura de la biografía de sir Winston Leonard Spencer-Churchill que compuso François Kersaudy (El Ateneo, setecientas cincuenta páginas, edición 2018) permite extraer la misma conclusión. La existencia es un sube y baja, y, después de tocar fondo, uno puede volver en cualquier momento a las nubes. 

Pero para renacer se necesitan cualidades: capacidad de trabajo ilimitada, resistencia a la adversidad, inventiva, ambición desaforada, talento para conmover -con la palabra o con la pluma- a sus semejantes, memoria fenomenal, valor a prueba de bombas. "El destino se inclina ante una voluntad arisca y una valentía desmesurada. Y el sueño entra en la vida", escribió -no sin poesía- el historiador francés. La cita, por cierto, es un ejemplo perfecto de la calidad de la escritura. Kersaudy es ejemplo vivo de que el rigor del investigador no debería está reñido con la buena prosa.

La biografía del “más prodigioso hombre orquesta de los tiempos modernos”-corregida y aumentada- nos ofrece una fascinante travesía de casi un siglo, lo que duró en este mundo el descendiente de John Churchill, primer duque de Marlborough. Naturalmente, los capítulos de la Primera y la Segunda Guerra Mundial son los más interesantes. 

El lector creyente no podrá dejar de deducir en que la mano de Dios colocó al bulldog pelirrojo en el momento justo y el lugar correcto para que la causa de la libertad y el democracia en el mundo no desfalleciera, cuando las dos peores tiranías de la historia parecían invencibles.  El escéptico se asombrará, en cambio, por su increíble suerte. Las balas o explosivos enemigos no lo mataron en Cuba, Sudán, Sudáfrica o las trincheras de Flandes por milímetros o décimas de segundos. Es que si hay algo que Churchill amaba, además del cigarro cubano y la bebida espirituosa, era mirar a los ojos resplandecientes del peligro, sin pestañear. Y si algo odiaba, era la inacción, tanto propia como ajena.

DILETANTE INSPIRADO


Ahora bien, quién fue este egocéntrico furioso y diletante inspirado que sufrió el desinterés casi completo de sus padres. Tenía talla modesta y pasión por las armas.  Su primer discurso público fue para defender la prostitución en nombre de las libertades fundamentales. En la Academia Militar no lo consideraron los suficientemente inteligente como para estudiar estrategia, pero dominó el mauser con tanta destreza como la pluma. Soñó con la gloria desde los quince años, al menos. Fue un maestro del humor negligente y la elocuencia grandiosa y sarcástica. No podía prescindir de cosas superfluas (sobre todo las embotelladas), por lo que las deudas lo agobiaron, aunque como periodista llegó a cobrar hasta 200 mil pesos de hoy por artículo y se convirtió en un autor célebre de libros de historia. Fue diputado a los veintiseis años pero primer ministro a los sesenta y cinco: sólo en las situaciones urgentes el pueblo y sus pares lo consideraron absolutamente irremplazable. 

Con alevosía, Winston ignoraba la disciplina partidaria: algunos renuncian a sus principios por amor a su partido, el temible tribuno cambió de partido dos veces por amor a sus principios. Tuvo un matrimonio feliz, a pesar de su temperamento dictatorial (sólo respetaba a los que le hacían frente, como Montgomery). A nadie le resulta sencillo entender de dónde sacaba tantas energías. Visionario con la tecnología (impulsó el tanque y el radar) y la ideología: fue uno de los pocos -sino el único- de los grandes políticos en percibir, desde el primer minuto, el peligro fatal que entrañaban el bolchevismo y el hitlerismo. Salvó a Grecia -incluso poniendo en riesgo su vida- de Stalin, pero el carnicero Tito lo embaucó. Describió al comunismo con exactitud: “No es una política, es una enfermedad. No es una fe, es una epidemia”. Nos legó un par de metáforas esenciales: el telón de acero; el equilibrio del terror. 

¿Y entre los defectos? Winston tenía una tendencia enfermiza a transformar los asuntos más insignificantes en cuestiones de Estado y se caracterizó también por una soberana indiferencia por las aspiraciones populares. Era una estratega desordenado que a menudo confundía lo deseable con lo posible por lo que hacía perder tiempo precioso a sus colaboradores, incluso en plena batalla. ¿Dijimos que era un director de orquesta? Sí, pero Keraudy nos muestra que permanentemente bajaba de su podio para tocar la partitura del violinista o del muchacho del timbal y, al mismo tiempo, pretendía seguir manteniendo la batuta en sus manos. Así, resulta inevitable desafinar. Como sea, el libro concluye que el éxito del personaje es atribuible tanto a sus tachas como a sus virtudes.

El historiador exculpa al titán por Gallipoli y Dresde y deja una advertencia a los lectores del pueril siglo XXI: la visión políticamente correcta es un obstáculo insalvable para comprender la grandeza de un hombre con tan profundas contradicciones y tan firmemente arraigado en sus convicciones.

Personalmente, pienso que Churchill fue un hombre providencial que salvó a buena parte de la humanidad del expansionismo alemán y a millones de sus semejantes del expansionismo soviético. Jugando a las ucronías, un mundo en el que una bala lo hubiera alcanzado en, digamos, 1898 o 1914  habría sido un mundo peor. Imaginad una Inglaterra como vasallo del Tercer Reich. Una Europa bajo la bota nazi hasta 1990 (en guerra fría con América, como imagina Robert Harris en Fatherland).  

Uno no puede sino sentir envidia de los británicos. Cuando el cataclismo se abatió sobre las islas, la pérfida Albion encontró a un héroe que realmente cambió el curso de la Historia. Nosotros, los argentinos, vamos de frustración en frustración, gobernados por una lamentables casta de pigmeos.
Guillermo Belcore

Calificación: Excelente 

lunes, 30 de julio de 2018

La mano de Dios

"El fútbol sirve para que la gente esté unida"

 Philip Kerr

Hay un lado del fútbol que es más oscuro y filoso que cuchillo de obsidiana. Es el inframundo de las apuestas. Hoy en día la gente apuesta por cualquier cosa que pueda ocurrir en un partido, no sólo sobre el resultado final. Algo que sucederá en el transcurso de los primeros diez minutos, el minuto en que se lanzará el primer tiro de esquina, quién marcará el primer gol, el primer jugador al que sustituirán, lo que sea. Como los que tientan a la Fortuna no son sólo los pobres diablos, sino que suele haber cifras importantes en juego, se abre la puerta de par en par a la corrupción. Y al crimen.

Esta situación fue aprovechada por el escritor Philip Kerr (Edimburgo 1956-2018) para componer en 2015 la segunda novela de la saga Scott Mason. Segunda y penúltima. Un cáncer mató a Kerr en marzo pasado. Qué pena. La mano de Dios (RBA, 414 páginas) demuestra que estaba en la plenitud de sus facultades intelectuales, es decir, tenía el don de concebir historias seductoras y muy bien documentadas. Todos los hombres mueren jóvenes, decía con razón Stevenson. El prolífico Kerr, por otro lado, había atesorado prestigio y fortuna con otra de sus creaturas, el detective privado Bernie Gunther, un alma decente en el infernal Tercer Reich.

Aclárese de entrada que La mano de Dios nada tiene que ver con el gol deshonesto de Diego Maradona en 1986. El libro consta de dos partes: la didáctica y el caso policial propiamente dicho. Kerr se esfuerza para enseñarle algo al lector de a pie sobre la Premier League y la Copa de Campeones de la UEFA. Se detiene en la prostitución VIP (dos mil euros la noche), el manejo del vestuario, las academias africanas, el mercado de pases, el modelo alemán, las supersticiones, la rivalidad entre el Olympiakos y el Panathinaikos, la táctica darwinista (cebarse con el jugador más débil), que al parecer es la que aplicaron contra Lionel Messi en el Mundial de Rusia.

VIEJO TRUCO

En lo que atañe al argumento policial, viajamos con el London City a Atenas para enfrentar al Olympiakos. Delante de treinta mil energúmenos, cae fulminado una de las estrellas del conjunto inglés, el ruso Bekin Develi. Horas antes se había descubierto el cadáver de la meretriz rusa que lo divirtió la noche anterior al partido. La policía local (y una cadena de huelgas de servidores públicos) impide salir del Atica al plantel visitante. Scott Mason -entrenador del City medio negro con algo de alemán y escocés en las venas- decide investigar por su cuenta, para acelerar un poco las cosas y porque le ha tomado el gusto a eso de actuar como detective privado. Develará una podredumbre más pesada para el ánimo que ese gol tonto que te condena al descenso.

Hay que reconocer que el señor Kerr usaba con elegancia el viejo truco de mezclar personajes de la vida real con los inventados. Por ahí hace un fugaz aparición nuestro Chori Domínguez, goleador del equipo del Pireo. El London City -como el lector entendido sabe- no existe, pero se imagina con el poder y los recursos de los cuatro grandes de la Premier (Arsenal, Chelsea y los dos Manchester). Es propiedad y juguete favorito de un oligarca ucraniano con negocios por doce mil millones de libras. Naturalmente, la relación con el entrenador es tensa, pues Mason es un hombre con escrúpulos.

Otro mérito de la escritura es que ha alcanzado el tono exacto de la novela negra, ese notorio brevaje que incluye ironía, sarcasmos, réplicas agudas (aunque los diálogos no son gran cosa) e hipérboles de este tipo: "tenía una nariz en la que podrías amarrar un barco". Sigue haciendo discípulos el maestro Chandler. 

Hay que decir que el hecho de que Kerr incurriera permanentemente en cursilerías jugó en contra de la excelencia del libro. Pero se toleran. Más difícil de soportar para un lector ríoplatense es la fea traducción española, con su desagradable caló.

En relación a la corrección política, hay que agradecer que el autor no la haya extendido a las relaciones internacionales, lo que hubiera confinado la trama al último infierno de la estupidez. Con los rusos -se nos advierte- "cualquier cosa es posible". Los griegos, por su parte, reciben una merecida tunda. Como los argentinos, han vivido mucho tiempo por encima de sus posibilidades y culpan a los extranjeros por su venalidad e incompetencia. Abundan, al igual que aquí los holgazanes. El telón de fondo de la novela es el Año Siete de la Gran Recesión: la sociedad helena está en carne viva y todo el mundo tiene un código de barras en el pescuezo.

EL PAPEL DEL DT

De todos los tópicos que aborda Kerr, el papel del director técnico en el ultracompetitivo deporte rey es acaso el más cautivante. Preguntad a Jorge Sampaoli lo que significa "intentar controlar a un grupo de jóvenes con una cuenta bancaria tan grande como su ego y su líbido".

Hay una tensión vibrante entre Scott Mason y un joven centrodelantero traído desde Nigeria, un cabeza fresca con un Pagani Zonda en la cochera (la novela obra también como catálogo de marcas).

Mason reflexiona: "Para ser un buen entrenador hay que ser un poco detective, tener la capacidad de mirar a una persona y ser capaz de leer en ella como si fuera un libro abierto para descifrar quién es de verdad y no quien quiere parecer que es". El de investigador de almas no es el único rol que se le demanda al DT: debe ser padre, sacerdote, consejero económico y de normas de urbanidad, psicólogo, analista de videos, etc. ¿El objetivo final? "De eso va ser entrenador de fútbol, de conseguir que los jugadores se sientan tan bien consigo mismos como para que sean capaces de dar todo el fútbol que llevan dentro". Ningún DT argentino lo ha consiguido con el crack del Barcelona. Qué lastima.

Dice Kerr que "los entrenadores son todos iguales, acosados por pensamientos de cómo podrían haber sido las cosas". En las largas noches de julio, Sampaoli debe estar cavilando qué hubiera ocurrido si Messi convertía el penal con Islandia.
Guillermo Belcore

PD: Bueno

viernes, 20 de julio de 2018

Denuncia inmediata

Una vez resueltos los dos problemas básicos de la humanidad (la tiranía y la escasez) los habitantes del Occidente próspero (no somos nosotros, los argentinos) deben afrontar otras preocupaciones: la ancianidad y las enfermedades, el sentido de vida, el contacto con otras culturas, el destino, los retos del matrimonio, la concupiscencia, la carrera laboral, la tentación de infringir la ley, entre otros.

Estos dilemas existenciales son la materia prima que utilizó Jeffrey Eugenides (Detroit 1960) para tejer cuentos durante treinta años. El sello Anagrama acaba de traer a la Argentina Denuncia inmediata (317 páginas), una recopilación de diez textos breves (pero no tan breves) de un novelista que hace cinco años aplaudíamos en este blog por La trama nupcial (pinche aquí).

La mitad de los cuentos han honrado las páginas de The New Yorker, lo que suele ser garantía de calidad. Quien publica en esa prestigiosa publicación arriesga su reputación. La intelectualidad neoyorquina sabe distinguir la buena escritura de la mala y disfrutar una historia. No es complaciente como la porteña que aplaude cualquier bazofia por amiguismo, cobardía o ignorancia.

Los relatos son macizos, de unas treinta páginas promedio; elegantes e ingeniosos en la expresión y el concepto. Hay un manejo hábil del flashback. Eugenides apuesta por el realismo clásico, hace un recorte de la sociedad postmoderna, aunque se limita al estrato social al que pertenece: clase media blanca, educada, bien pensante. El típico votante demócrata. No es la de J.E. una prosa sublime, pero exhala el perfume de la inteligencia.

UNO POR UNO


"Quejas" expone el drama de la demencia senil, "un demonio vaciándote el cerebro a paladas", en la era de los hijos poco afectuosos. Los dos muchachos de Della quieren solucionar el problema de una vez por todas, con rapidez y con el mínimo esfuerzo (como todos, bah). El autor demuestra talento para recrear la voz y la perspectiva de la mujer madura y no se priva de ofrecernos consejos de autoayuda. No desesperes por la madrugada, recomienda en la página treinta y siete, pues "la psique está en su punto más bajo y no puede defenderse. La desolación que te embarga la sientes como cierta, pero no lo es. No es sino fatiga mental enmascarada de penetración psicológica".

En "Correo Aéreo" narra la evolución espiritual de Mitchell, joven vagabundo norteamericano, en un paraíso turístico de Tailandia. Una feroz disentería amébica, con sus consecuentes ayunos gandhianos, le abre la puerta a nuevos estados de autoconciencia, como percibir "los sonidos de la energía universal", entre otras tonterías pseudoorientales.

Asistimos en "Jeringa de Cocina" a una Fiesta de la Fertilidad organizada por una exitosa cuarentona de la televisión, ansiosa por convertirse en mamá sin pasar por el engorro de una convivencia o de una boda. Escuchen esto: 

"De todos es sabido que los hombres cosifican a las mujeres. Pero ninguna de nuestras evaluaciones de pechos y piernas de las féminas pueden compararse con el frío cálculo de una mujer en el mercado del semen".

El problema del dinero es el núcleo incadescente de dos cuentos. En "Música antigua", Roodney no gana lo suficiente para poder conservar un clavicordio que había comprado tres años atrás en Edimburgo. A los que se quejan del invierno, Eugenides les advierte: "El frío es como Bach: te ordena la cabeza". Es probable que "Magno experimento" sea el mejor texto del volumen. Mezcla a Tocqueville con una estafa de tres al cuarto en un rascacielos de Chicago: Kendall, redactor al servicio de un magnate con ínfulas de divulgador cultural entiende que no se le paga por lo que vale y se asocia con un contador pillo para ganar unos miles a costa de su empleador.

Para no abrumar, digamos que el lector que busque una atrapante colección de cuentos, aquí la tiene. El tomo también incluye un emprendedor jubilado que se empeña en arruinarse ("Multipropiedad"), una cultura remota donde los varones piensan que el contacto con las mujeres es altamente contaminante ("Vulva oracular"), una seducción que fracasa por culpa de terceros ("Huertos caprichosos") contada desde cuatro perspectivas, un lacerante fracaso matrimonial ("Buscad al malo") y una trampa que una adolescente india le tiende a un laureado profesor de física ("Denuncia inmediata").
Guillermo Belcore

Calificación: Bueno


sábado, 14 de julio de 2018

La verdadera

¿Recuerdan El amor en los tiempos del cólera? El conmovedor reencuentro entre Florentino Ariza y Fermina Daza, antes de que anochezca. Con sutiles variaciones, una breve pero profunda novela crepuscular de Saúl Bellow (1915-2005) exploró el mismo tópico: el amor en la madurez.

En lugar de la exhuberancia del trópico y del barroco latinoamericano, encontramos en La verdadera (Emecé, 130 páginas, edición 1998) una prosa que, en cierta manera, refleja su lugar de procedencia. Es elegante, fría, eficaz y con pizcas de perversión. La historia transcurre en Chicago.

Bellow escribió la nouvelle a los 82 años de edad. Su estilo estaba intacto, aunque concentrado. Las observaciones exhalan ingenio y los comentarios sobre el orden social o la era moderna son tan inteligentes como siempre, pero quizás el Premio Nobel de Literatura 1976 no tuvo energías para un recorrido más prolongado. Uno se queda con ganas de seguir leyendo.

Habla Harry Trellman, judío estadounidense emancipado de las tradiciones, con un vago aspecto de oriental, los labios gruesos le dan el aire traicionero de Fu Manchú. Se dedica al oscuro tráfico de antigüedades chinas. Posee grandes cantidades de información general en su cabeza y tiene el poder de juzgar a sus semejantes sin equivocarse. Es decir, se trata de un observador de primera clase. Un anciano millonario lo contrata como consejero, por lo general para asuntos de buen gusto.

El núcleo incandescente de la trama es el reecuentro después de cuarenta años de Harry con su novia de la pubertad, Amy Wustrin, quien tuvo la mala idea de casarse con un amigo de ambos. El libro plantea, no sólo el poder de Eros, sino el misterio de los objetos amorosos, que, como enseña la psiquiatría, no se abandonan fácilmente. La distancia es sólo una formalidad. La mente no la registra.

Hay que decir que el encanto de La verdadera proviene también del hecho de que relumbra, al mismo tiempo, tanto por sus ideas como por el acabado de sus personajes. ¿Bellow delata a sus conocidos (todos judíos excéntricos) o bien se ha lanzado a inventar caracteres memorables como Jay Wustrin, un bribón obsesionado con la conquista sexual? El origen, al fin y al cabo, no importa. Lo que cuenta es el resultado. Aquí es magnífico.

El buen lector -que por fortuna todavía existe a tenor de los visitas diarias a este blog- debe conseguir esta novela por tres razones:

  1. Para iniciarse o profundizar en la obra de uno de los mejores escritores de nuestro tiempo.
  2. Se trata de una joya que se disfruta en cada una de las páginas.
  3. Las ideas en juego.

En relación a este último punto, resta decir que la perspectiva de Bellow-Trellman es el de las aristocracia espiritual frente a los filisteos. El amor es preferible a la concupiscencia carnal y económica. Muy saludable. En la página ciento veintiseis hay un planteo que no puedo dejar pasar. La sociedad, para que no naufrague, debe estar ideológicamente equilibrada, es decir derecha e izquierda deberían tener un peso similar

"Todos entendemos en que condiciones estamos. Es una era de liberación. Es como un gran buque, y los pasajeros siempre están tropezando hacia el lado del puerto o cayendo en estampida hacia estribor, y a punto de zozobrar. Nunca están distribuidos en forma pareja. En este preciso momento estamos concentrados a la izquierda, hacia el lado del puerto".

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno


lunes, 2 de julio de 2018

Pequeño país

La región de los Grandes Lagos es la más inestable de Africa, está asentada sobre el eje de la gran falla, justo donde el continente se fractura. Por eso hay uno o varios sismos por día, casi todos imperceptibles. Lo notable es que los lugareños son como esa tierra ondulada.

"Bajo la calma aparente, detrás de una fachada de sonrisas y grandes discursos de optimismo, fuerzas subterráneas, oscuras, trabajaban de continuo, fomentando proyectos de violencia y destrucción que se manifestaban en períodos sucesivos, como las ráfagas de viento: 1965, 1972, 1988. Un espectro lúgubre se cuela con regularidad para recordarle a todos que la paz no es más que un corto intervalo entre dos guerras", escribió un hijo de la región, el artista Gaël Faye (Bujumbura, 1982) en un libro estremecedor, que acaba de llegar a la Argentina.

Pequeño país (Salamandra, 219 páginas) fue publicado en París hace dos años. Evoca la guerra civil en Burundi y el genocidio en Ruanda durante la década del noventa. Es decir, la muerte de más de un millón de personas por bala o arma blanca, no por causa de discrepancias territoriales, idiomáticas o religiosas, sino por "el tamaño de la nariz".

Se trata de una novela de aprendizaje. En la capital burundesa, el narrador va descubriendo de la peor manera posible la realidad profunda de su diminuto país: la grieta demencial entre dos etnias enfrentadas desde el siglo XII de nuestra era (naturalmente, el colonialismo europeo agravó las cosas).

"Descubrí la infranqueable línea de demarcación que obligaba a cada cual a estar en un bando u otro. Uno cargaba con ese bando desde que nacía, igual que recibe un nombre, y eso lo perseguía para siempre. Hutu o tutsi. Se era una cosa u otra. Cara o cruz", se describe en la página ciento treinta y tres.

Hijo de un francesito del Jura que hizo fortuna en Africa y una bella muchacha tutsi nacida en Ruanda, el protagonista decide volver a Bujumbura. Su padre consiguió enviarlo a Francia para salvarle la vida. Antes del retorno, divaga sobre el "principio del fin de la felicidad". Su paraíso personal -hecho de ausencia de sobresaltos económicos e intensas aventuras con los amigotes del callejón- voló en pedazos a la salida de la pubertad. La llegada de la democracia en Burundi degeneró en violencia política. 

Y sobre llovido, empapado. Los tres meses de masacres en Ruanda convirtieron en el peor de los infiernos a la región. Si duda, esos cien días (abril a junio de 1994) se cuentan entre los más aberrantes de la historia de la humanidad.

Faye nos coloca pues en primera fila ante el espectáculo del odio. Uno no puede dejar de preguntarse hoy en día: cómo fue posible aquella carnicería sistemática y metódica en la región más densamente poblada del Africa (es muy probable que aún hoy seamos siervos de las siniestras fuerzas de la demografía). Como sea, asombra la eficacia de los políticos extremistas hutus que exterminaron en un suspiro y en la era de la televisión a casi el 80% de la población tutsi de Ruanda.

Dos datos escalofriantes: del plan de ajuste estructural del FMI y el Banco Mundial desviaron fondos para que cada familia hutu tuviera un machete afilado en casa. Y la radio cumplió un papel crucial en el embrutecimiento de la población. Después del contagioso ritmo de la canción de Papa Wemba, siempre había una referencia a "las cucarachas tutsis" (las inyenzy), cuya hora de morir había llegado. Sólo se puede comparar con demonios nazis a los dirigentes y milicianos del Interahamwe.

MUSICA Y ECONOMIA

Algo hay que decir del autor. Gaël Faye, también de madre ruandesa y padre francés, obtuvo un master en Finanzas, pero dejó su bien pagado empleo en un banco de inversión en Londres para dedicarse a la música en Francia: el rap y el hip-hop son lo suyo. Pequeño país es su primera novela (por encargo de la editora independiente Catherine Nabokov). Asegura que no se trata de su propia historia. Antes de ser tapa, páginas y contratapa fue canción: https://www.youtube.com/watch?v=XTF2pwr8lYk.

La novela fue compuesta en el estilo pueril que tanto daño está causando en la literatura europea (sobre todo en Italia y Francia). Esta saturada de color local -mucha flora, fauna y costumbres exóticas-; folclorismo al gusto del decadente consumidor blanco. Esa superficialidad estilística contrasta con la densidad de la historia y del tema esencial. Hay muchas imágenes poderosas, turbadoras. Pequeño país no es un gran libro; pero es un libro francamente conmovedor, capaz de romper la costra de hielo que a todos se nos ha formado alrededor del corazón (recuérdese lo que decía Kafka al respecto). Y cuando decimos conmovedor, nos referimos a esa tristeza que te arranca lágrimas. El final es, en verdad, uno de los más impresionantes que he leído.
Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

lunes, 18 de junio de 2018

V

"Decadencia es una caída de lo que es humano y cuando más caigamos menos humanos nos haremos. Nos desprendemos de la condición humana que colocamos en objetos inanimados y teorías abstractas".
 Thomas Pynchon 

Hace cincuenta y cinco años, Thomas Pynchon (Nueva York, 1937) publicaba su primera novela. Recibió V (518 páginas en la edición de Tusquets) un premio de la Fundación William Faulkner y el tibio entusiasmo de la crítica. No es un libro fácil, aunque es un libro fundamental. Después de otras siete novelas del eremita más famoso de la Alta Literatura, hoy se considera a V como el mojón que marcó el advenimiento de la literatura posmoderna. En tren de enunciar alguna idea original, este artículo afirma que fue -en forma y contenido- el primer gran campanazo en las bellas letras de la modernidad líquida, tal como Zygmunt Bauman la describe en sus ensayos. Un diletante de 26 años -ex estudiante de Ingeniería, ex marinero, ex alumno de Vladimir Nabokov, ex redactor de folletos en la Boeing- desplegó una sorprendente panoplia de nuevos procedimientos para representar una era física y espiritualmente fragmentada, pesimista e individualista por demás.

McLuhan tenía razón: artistas como Pynchon son las antenas de nuestra especie. El diagnóstico de 1963 -he aquí la razón de evocarlo- no ha perdido un gramo de vigencia, aunque hay que advertir de entrada que las historias de Pynchon carecen de esas conclusiones dogmáticas que provienen de las ideologías del siglo XX. No hay teorías nítidas, pero sí relámpagos de lucidez que deslumbran. Verbigracia: "La gente lee las noticias que prefiere y cada cual lo hace obedeciendo a sus intereses, construyendo su propio nido de ratas en base a periodicuchos y bagatelas históricas", establece en la página 240. Pudo haberlo escrito esta mañana en Buenos Aires.

No resulta sencillo resumir la trama de V, porque la trama para la novela líquida es lo menos importante. Como el capitán Ahab con su ballena blanca, el aventurero inglés Herbert Stencil se empeña en encontrar a V, que puede ser una mujer, un concepto o un lugar: 


"Como los muslos separados para el libertino, el vuelo de las aves migratorias para el ornitólogo, el filo cortante de su herramienta para el mecánico de serie, así era la letra V para el joven Stencil".

La búsqueda frenética lo obliga a reconstruir el pasado y conectarse con su padre Sydney, el diplomático y agente secreto del Foreign Office, muerto en 1919 cuando trataba de aplacar disturbios en Malta. La obsesión por V lleva a Stencil -además de La Valetta- a Nueva York, donde traba ligazón con La Dotación Enferma, una basca de jóvenes descontentos, inconformistas e inútiles. Conoce a Benny Profane, apenas retirado de la Armada, un pobre diablo sin oficio ni futuro, en busca de una identidad (todos nosotros personificamos una identidad, escribió Sartre y repite Pynchon).

Es realmente sorprendente como la composición de V es un reflejo certero de la sociedad baumaniana: se urdió en forma de red, con varios nodos dispersos y brillantes, en contraposición a la estructura firme, pesada, unidireccional de la novela decimonónica (hija de la modernidad sólida). Pynchon, no obstante, objetaría esta definición: "La palabra "es", en triste rigor, carece de sentido ya que se basa en el falso supuesto de que la identidad es única, el alma continua", arriesgó.


Stencil y el desgraciado Profane son pues los dos caracteres principales; interactúan con una copiosa galería de personajes estrafalarios en las situaciones más grotescas (¿Qué esperanzas podemos tener hoy en día de entender una situación en un mundo siempre cambiante?). ¡Bienvenidos, entonces, a la protorrealidad pynchoneana! Una sátira inteligentísima de los desvaríos de la humanidad, una crítica no convencional a la cultura de Occidente.

REFLEJO DEL MUNDO

La tesis de este artículo, como se dijo, es que el joven Pynchon ha logrado redondear en V una forma de expresión literaria que corresponde a la ausencia de certezas (solidez) del mundo contemporáneo. Sobre ese arquetipo construyó toda su magnifica producción novelesca con una magnitud y complejidad que pocos literatos han igualado. Veamos algunas procedimientos:

1 - Progression de'effet: 
El catedrático de Berkeley Frederick Karl ha teorizado sobre la extraordinaria destreza de Pynchon para armar el sentido y los personajes de a poco, por acumulación de detalles, hasta que las piezas encajan. La obra toma forma en la mente del lector. El lector, por así decirlo, hace la novela. Es un desafío formidable para nuestra pasión por comprender; vagamos desesperados y hambrientos por las páginas tratando de encontrar una clave que resignifique lo leído. ¿Acaso no estamos haciendo lo mismo en la vida?

2 - Pasión aristotélica por la pluralidad del Universo
Ese entusiasmo, que Borges y Whitman también experimentaban, es otro rasgo diferencial de Pynchon. Al igual que el autor de El Aleph, cree que lo extraño es el sabor primordial de la existencia. Desde el peculiar grito de la hiena manchada en la costas malditas de Namibia hasta el choque de la existencia humana con los objetos inanimados (las cosas son malas, decía Sartre) sus textos están sobrecargados de conocimientos enciclopédicos, con especial preponderancia de las leyendas, las sociedades secretas, los múltiples escondrijos y resquicios de la Historia (se ha dicho que Pynchon es el campeón de la paranoia contemporánea). El profesor Thomas H. Schaub ha percibido una irónica contradicción en la técnica: "la meticulosa ternura hacia los objetos que llaman su atención se contrapone con el fragmentado mundo que los rodea".

3 - La novela como museo
Pynchon tiene una especial preocupación por la Historia y por el papel que desempeña el hombre en ella. Es, a su modo, un filósofo del fenómeno del tiempo. "No combatas a la Historia, trata de coexistir con ella", nos alecciona. Es decir, los acontecimientos no ocurren, simplemente ya están ahí y nosotros tropezamos con ellos; o no, si logramos imponer nuestra voluntad a lo inanimado. Cabe destacar que en V los capítulos están ordenados en forma discontinua; pasado y presente se yuxtaponen, fluyen como en la vida real. Saltamos de Norfolk en 1956, a El Cairo en 1898. V, la inicial mágica, es el signo de la continuidad temporal. Bajo el rutilante manto de una deliciosa artificiosidad, el autor neoyorquino siente la necesidad de reprobar pretéritas aberraciones como el colonialismo genocida en la Deutsch-Südwestafrika. Le dedica cincuenta páginas al exterminio del pueblo herero; en una granja corrupta escenifica la colisión de ideas de la República de Weimar. Si Alemania encarna en el ideario pynchoniano la depravación política, Inglaterra es la perfidia y Francia la decadencia fetichista. 

4 - Parodias basadas en lo que los otros han inventado anteriormente
Si hay algo que caracteriza a la prosa de Pynchon es que evita la seriedad (¡otro signo de nuestro tiempo!), lo cual no implica que no desarrolle temáticas serias. En su paleta de hipercolores, están presentes las bufonadas, la sátira, el teatro del absurdo, la ironía, el sainete, las escenas de vaudeville, los materiales literarios de distinta procedencia como las canciones, el diario personal o las anécdotas de los marineros. Todo se recicla, como acostumbra a infligirnos el arte de masas posmoderno. El acumulado de incidentes es impresionante. ¿De dónde saca tantas subhistorias?, uno no puede sino preguntarse asombrado. V tiene -las palabras son de George Steiner- esa vitalidad acrecentada que distingue a las obras de arte.

Se ha dicho que, básicamente, existen dos clases de escritores. Algunos, como Paul Auster, son para todos. Otros novelistas, más complejos y ambiciosos, forman su propio grupo de lectores. Es el caso de Pynchon. Cabe preguntarse a esta altura del partido, por qué no se lo ha reconocido como el sublime cartógrafo de nuestros tiempos tumultuosos. ¿Porque es agotador?
Guillermo Belcore

Calificación: Excelente

PD: En este blog elogiamos otras obras de Pynchon:

lunes, 11 de junio de 2018

Los ojos vendados

El sello Seix Barral ha juzgado oportuno reimprimir la primera novela de Siri Hustvedt (1955), prolífica escritora y conferencista estadounidense. Los ojos vendados (237 páginas) fue entregado por primera vez a la imprenta en 1992. Le llevó seis años terminarlo a su autora. Ha recibido buenas críticas y se nos informa que se tradujo a diecisiete idiomas.

Como suele ocurrir con los primerizos, Hustvedt hace uso de lo que tiene más a mano; es decir en la obra incluye un copioso material autobiográfico. La narradora se llama Iris (Siri al revés), quien -como su creadora- es alta, delgada y rubia; proviene de un pueblo de inmigrantes noruegos de Minnesota; estudió letras en la Universidad de Columbia; sufrió períodos de estrechez económica (por no pedirle ayuda a los padres); y pasó una temporada en un hospital por unas migrañas devastadoras.

La novela es tan original como defectuosa. Los primeros tres capítulos fueron compuestos como si de relatos independientes se tratase; el cuarto añade otra historia y da un nuevo sentido a los demás. Piénsese en un palacio de muy ingeniosa arquitectura (recién se entiende el conjunto al finalizar la visita), pero casi todas sus habitaciones son glaciales, desangeladas o demasiado convencionales. No se han utilizado materiales de construcción de primera categoría.

Iris es una heroína tan neurasténica como las protagonistas de las novelas del siglo XIX que ha estudiado en la universidad. Se engancha, primero, con el pelmazo (y buen mozo y amante) de Stephen y luego con Michael, uno de los profesores eminentes de Columbia (casado y con hijos). La primera relación la conduce al infierno de las jaquecas; la segunda a la locura de un hermafroditismo de cotillón, como consecuencia de haber traducido al inglés una obra perdida de un escritorzuelo víctima de los nazis.

También le han causado cicatrices una extraña foto artística que le tomó un amigo de Stephen y un empleo extravagante como ayudante de investigación: para una especie de biografía, un sospechoso plumífero de tres al cuarto le encarga describir con susurros objetos de una mujer asesinada.

El problema con la trama es que más que una desintegración de una psique (lo que siempre resulta interesante en una novela), se trata de una cadena de estupideces de una joven frágil, que pertenece a una aburrida tribu. Acaso, lo mejor del texto sean las referencias cultas. Al apasionado por la literatura no le resultará difícil identificarse con pasajes como éste:

"-Me aliviaría enormemente que por una vez dejara los libros fuera de esto. 
-Puedo intentarlo, pero ellos se entrometen como un tic, uno después de otro, retumbando en mi cabeza, toda esa gente, toda esa charla. Aquí dentro hay un manicomio- Se señaló la cabeza y sonrió".

Con perspicacia, Iris-Siri establece que la bulimia libresca cumple la misma función que el fanatismo religioso o político, las drogas, las conquistas sexuales o la persecución del dinero: llenan un vacío. Falta algo en tu interior y tienes que llenarlo.

La prosa, por último, es tan elegante como fría. Es decir, es correcta, pero nada más que correcta. He aquí una oración idiosincrásica: "Era un amante intenso, y su celo creaba en mí una nueva sensación de mi propia otredad". Difícil conmoverse. Estamos pues ante una de esos fast book que parecen específicamente creados para el Círculo Púrpura, es decir la influyente y estéril comunidad de intelectuales de Occidente que un concepto mantiene aferrada por el cuello y le impide reflexionar: la corrección política. Les encantará también a quienes consideran vital la llamada perspectiva de género.

Hay que decir que Siri Husvedt es la esposa de Paul Auster. El hecho no tiene ninguna importancia para justipreciar la calidad de Los ojos vendados, excepto para mofarnos de la idiotez de cierto crítico alemán que llegó a decir que esta novela había sido escrita, en realidad, por Auster.
Guilllermo Belcore

Calificación: Regular

PD: Aquí se comenta, no sin decepción, otra novela de la señora Hustvedt: http://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2011/12/el-verano-sin-hombres.html

domingo, 27 de mayo de 2018

Noche

Por Bernard MinierSalamandra. 476 páginas. Novela policial


Noche pertenece a una defectuosa estirpe que podría definirse con un anatema: literatura de supermercado. Carece de densidades temáticas, filosóficas o estilísticas pero se vende muy bien porque -precisamente- hay una enorme porción del público que desea consumir libros sin densidades temáticas, filosóficas o estilísticas. Es un artefacto que permite ganar dinero de manera legítima (lo que está muy bien), máxime cuando, como en este caso, se traduce a varios idiomas y el bestseller seduce a un productor televisivo y así muta en miniserie, la joya de nuestro tiempo. Arte -¿hace falta decirlo?- es otra cosa.

La solapa de la tapa nos informa que Bernard Minier (Beziers, 1960) fue aduanero y estudiante de medicina antes de dedicarse de lleno a la literatura. Noche es su quinto libro desde 2011 (Bajo el hielo es la que ha saltado a la televisión). Prolonga la saga del comandante Marín Servaz, el as de la Policía Judicial de Toulouse. Nuestro héroe enfrenta ahora un doble desafío.

Primero, el reto de Florian Jensen, un pervertido que casi mata al detective con un balazo al corazón. En segundo lugar, reapareció en Noruega su archienemigo, Julián Hirtmann, ex fiscal de Ginebra, devenido en asesino en serie de alcance continental. Se trata, por así decirlo, de una versión tardía y degradada del juego del gato y el ratón entre Sherlock Holmes y Moriarty.

Incluye la trama la suficiente cantidad de giros inesperados como para que resulte interesante, hasta cierto punto. Vamos de aquí para allá. El problema con el libro es la forma. La prosa es tan plana que no sería exagerado compararla con el electroencefalograma de un muerto.

Demuestra Minier aquí un nulo dominio de la metáfora. Las observaciones son superficiales. Difícilmente pueda narrarse un acto sexual -ese misterio del universo- de manera más sosa como la que se expone en la página ciento setenta y dos. Con la información se suscita otro asunto desagradable. Alguien debe haberle dicho al autor que un thriller de estas características "siempre tiene que enseñarle algo al lector". Como consecuencia, los personajes se lanzan a soltar parrafadas con datos como si estuviesen leyendo la Wikipedia.

Amable lector, recuerde está máxima: Los libros buenos tienen una gran función social, impiden que perdamos el tiempo con libros malos.
Guillermo Belcore

Calificación: Malo

domingo, 20 de mayo de 2018

Ortodoxia

“El hombre feliz es el que hace mayor número de cosas inútiles”.
Chesterton


Después de finiquitar Ortodoxia (Fondo de Cultura Económica, edición 1987, traducción de Alfonso Reyes), es menester formularse una pregunta: ¿Por qué seguir leyendo hoy a Gilbert Keith Chesterton (1874-1936)?

La primera respuesta es obvia: porque es un placer tan intenso como raro. El pensador inglés fue uno de los campeones universales del ingenio verbal, manejó la paradoja como el florete los Mosqueteros. ¡Y se impuso la misión de que en casi todos los párrafos debía haber una! No importa si sus estocadas eran auténticas; su valor deviene de la belleza de la expresión, de la sorpresa o la sonrisa que promueven. En una época, donde los perjuros de los Suplementos de Cultura prácticamente han consagrado el arte de escribir mal, retornar a una era donde escribir muy bien era la norma -so peligro de ser aplastado con un anatema- causa un regocijo inmenso. No sé si dieron cuenta, pero en este blog defendemos a capa y espada el sentido básicamente hedonista de la lectura.

Punto dos. La ideología. Chesterton era un católico razonable (me gusta pensar que yo también lo soy) en una Inglaterra racionalista y liberal, filosocialista en parte de su comunidad de intelectuales (Bernard Shaw fue uno de sus acérrimos adversarios). Sus sablazos contra lo que hoy llamamos “pensamiento políticamente correcto” no han perdido filo. Por ejemplo, de los abolicionistas penales -los discípulos con toga del nefasto Raúl Zaffaroni- podríamos decir lo mismo que Chesterton dijo de otros de su calaña: 

“A fuerza de querer ser tan humanitarios, acaban por ser realmente enemigos de la especie humana”.  

Hay en Ortodoxia decenas de latigazos similares. Uno está obligado a leer con un lápiz en la mano. Da que pensar, por cierto, que el esnobismo, la idiotez y la inmoralidad progresista que a Chesterton exasperaba a comienzos del siglo de Hitler y Stalin se parece muchísimo a lo que nos exaspera hoy.

En este punto, es necesario explicar de qué va el ensayo, entregado por primera vez a la imprenta en 1909. Chesterton se ufanaba de “estar siempre dispuesto a escribir un libro a la menor provocación“. Alguien le achacó en aquellos años irresponsables “no haber querido definir su teoría cósmica”. Nuestro héroe, “un polemista con el que nadie deseaba encontrarse al doblar la esquina de una idea” (el prologuista dixit), respondió con Ortodoxia que básicamente se trata de una apasionada defensa de su conversión a la fe de Francisco. “La teología cristiana es la mejor fuente de energía y de ética sana”, es el pilar donde se asienta todo su agudo razonamiento.

En el primer tramo de la ruta de su especulación personal, el filósofo al voleo revisa -pulveriza, quise decir- algunas doctrinas de su tiempo. Compara a los materialistas con los chiflados:


“En ambos se encuentra esa combinación de racionalidad expansiva y agotadora con un sentido común contraído y mísero; y sólo son universales por cuanto se apoderan de una minúscula explicación parcial y la llevan demasiado lejos”…

Chesterton tienen razón: “sólo los lunáticos son incapaces de cambiar su punto de vista” (y los intelectuales militantes de nuestro tiempo). Y arriba así a una de sus conclusiones más convincentes: la razón -nunca la fantasía- conduce a la locura y a la desesperación (“la fantasía es un hecho positivo y lo que ha menudo resulta un fraude es la realidad“). Se trata de encontrar la poética del mundo. El misticismo es el secreto de la cordura y de la sabiduría: no oponen obstáculos a la mente las doctrinas espiritualistas (no así el marxismo). Mientras haya misterio habrá salud. Lo destruyes y veras nacer en ti las tendencias morbosas. Locura es la razón que opera en el vacío. El cristianismo entendido como una suerte de segunda infancia y como fórmula de emancipación. “Todo puede entender el hombre pero sólo mediante aquello que no puede entender”, otra espléndida paradoja, ¿no?

Tercera razón para seguir amando a Chesterton: sus obras desbordan de ideas sugerentes. Aún hoy. Escuchen esta última llamarada de inteligencia: 


“Podemos entender el cosmos pero nunca el ego, porque el propio yo está más distante que las estrellas”.

Guillermo Belcore


PD: Muy bueno


PD: En este blog adoramos a Chesterton. Hay más obras comentadas:

1 http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2016/10/el-hombre-comun-y-otros-ensayos-sobre.html
2 http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2015/12/chesterton-y-la-cuestion-alemana.html
3 http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2014/03/la-era-victoriana-en-literatura.html
4 http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2010/10/la-sabiduria-del-padre-brown.html

lunes, 14 de mayo de 2018

Halcón

Lukas Bärfuss

Adriana Hidalgo Editora, 158 páginas.


Observada desde este empobrecido rincón de Occidente, Suiza brilla como un edén. Seria, ordenada, previsible, la nación alpina funciona con la eficacia -justamente- de un reloj suizo o del revés de Roger Federer. No obstante, un libro viene a advertirnos que debajo del pacífico y laborioso cromado no habría otra cosa que hielo y aburrimiento. Escuchemos a uno de sus hijos eminentes, el escritor Lukas Bärfuss (Thun 1971):

“…Si se trazara la curva de la vida un habitante típico como una línea que uniera nacimiento y muerte, el resultado sería una línea llana, sin elevaciones ni hondonadas, un pausado, continuo bregar hacia el propio final, interrumpido aquí y allá por algunas anomalías, temblores por enfermedad o divorcio. Rara vez avanza hacia su fin aquí una existencia después de los cuarenta de otra forma más que apagándose paulatinamente, lo cual quizás sea la expresión equivocada ya que presupone que allí antes ardió un fuego. En la llama de la pasión son pocos los que arden. Más bien es como si un globo medianamente inflado se fuera desinflando lentamente…”

Decía Chesterton que “todo aquel que no deja que se le ablande el corazón, tendrá que sufrir que se le reblandezca el cerebro”. He aquí un caso. Un bien día, Phillip, ciudadano suizo, decide consumirse en una pasión estúpida. La contemplación de unos zapatos chatitos color azul ciruela hace que se ponga en movimiento en dirección a la locura. Con el furor de un barrabrava o de un inquisidor comienza a perseguir a una muchacha joven y quizás hermosa por las calles, un acto que si en la Argentina es más común que el soborno, en Suiza resulta tan raro como un alarido dentro de una Iglesia. Lo irracional irrumpe en el paraíso helvético, ese es el tema de la novela más reciente de Bärfuss, que Adriana Hidalgo Editora -un sello especializado en delicatessen- acaba de traer a la Argentina.

En Halcón, un narrador atribulado relata las treinta y seis horas de un desarrollador inmobiliario, de cuarenta y tantos años, que se mete en dificultades hasta hundirse en la degradación. No se sabe bien porqué; ataque de hastío es el diagnóstico a ojo de buen cubero del supuesto testigo. La travesía es fascinante pues viene salpimentada con inteligentes observaciones (críticas, en realidad) sobre la vida contemporánea. Establece Bärfuss, por ejemplo, que cada época posee una herramienta de la que depende de modo fundamental. La Revolución Industrial es sinónimo de máquina de vapor, la Ilustración necesitó de la imprenta y nuestra era depende de un aparato banal, que no es el teléfono inteligente -como la mayoría cree- sino el cargador. Sin ese adminículo pequeño y ordinario, millones de seres humanos se quedarían sordos y mudos, aislados de los demás y prácticamente desvalidos.

Además de la inteligencia en el timón, otra cualidad del libro es la limpidez de la prosa. Tiene, por así decirlo, la claridad y belleza del lago Bachalpsee. En las mejores páginas, hallamos el espíritu desdeñoso de Celine. Palos a la escoria de la ciudad, con la que va tropezando Phillip en su extraño plan. Ese tono ácido caracteriza -según la crítica diarística- a las obras de teatro de Bärfuss, algunas de las cuales ya se han representado en la Argentina. Si como dramaturgo el autor suizo (escribe en idioma alemán) ya ha encontrado fama y reconocimiento, como novelista también merece aplausos. 

Hace nueve años, recomendábamos en este suplemento Cien días de Bärfuss, pues abordaba con un sutil talento las horrorosas matanzas en Ruanda. Ahora insistimos en que ‘Halcón’ es una lectura muy agradable. A pesar de la exigua cantidad de páginas y de su intención moral, no se trata de un fast book. La densidad de situaciones, personajes e ideas es óptima.
Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

domingo, 29 de abril de 2018

Entrevista con la historia

¿Se ha visto alguna vez un rostro tan triste como el del rey Hussein de Jordania?”Oriana Fallaci 

Doy fe de que el periodismo ha gestado alguna de las mejores páginas de la Alta Literatura. Después de haber leído las columnas de Chesterton, los sueltos de Borges y Fogwill, los reportajes (en el sentido español) de Orwell y los artículos de Steiner he llegado a tal conclusión. Al fin y al cabo -y no me canso de decirlo- no existen los géneros o subgéneros menores; existen buenos o mediocres escritores. Punto. 

Añádase a la colección de gemas del periodismo las radiografías que la señora Oriana Fallaci (Florencia 1929-1986) reunió en Entrevista con la historia, entregado a la imprenta en 1974 y reimpreso luego en decenas de oportunidades (una edición corregida y aumentada de 615 páginas, la de Noguer, es la que llegó a mis manos). Aún hoy es un placer enorme leerlo por varias razones, una de las cuales es que contiene algunos de los mejores retratos de estadistas que se han compuesto desde la invención de la tinta y el papel. 

Cada retrato antecede a una entrevista (veintiséis en total) que Oriana realizó entre 1969 y 1976 a personajes de primera línea de la escena mundial para el periódico L‘Europeo. “Veintiséis monstruos sagrados de espaldas a la pared”, como apuntó el crítico Michele Prisco. 

El valor histórico de cada capítulo es excepcional. Y en conjunto conforman una agudísima reflexión sobre los mecanismos de poder. Pero la erótica literaria se encuentra en los detalles que van apareciendo. Se detiene en los ojos del general Giap, por ejemplo, “los ojos más inteligentes que quizás haya visto jamás”… (los de Yasser Arafat, por cierto, eran hipnóticos cuando no estaban ocultos tras las gafas negras; los de Giulio Andreotti despedían un relámpago de hielo que la dejaba aterrada de sólo recordarlo). Y en la voz monótona, triste, siempre igual de Henry Kissinger que extrañamente no movió la aguja del magnetófono durante toda la entrevista: 


 “¿Conocen el rumor obsesivo, martilleante, de la lluvia que cae sobre el tejado. Pues su voz es así. (…) Todo está calculado en él; como el vuelo de un avión conducido por un piloto automático. Pesa cada frase hasta el miligramo”…

QUE MUJERES


De la atenta lectura del volumen surge que si hay algo que cautivaba al espíritu libre de Oriana son las mujeres poderosas, las que han logrado doblegar al imperio universal del macho. Golda Meir e Indira Gandhi, en particular, recibieron pues un tratamiento favorable a más no poder. La propia periodista, incluso, admite su descarada falta de objetividad: 


“En una época avara en que los líderes que tienen en sus manos el destino del mundo, salvo dos o tres casos, parecen los apóstoles de lo gris y lo mediocre, Indira se destaca como un caballo de raza…” 

Dos datos curiosos. La entrevista con la estadista israelí debió repetirse, porque en Roma le rapiñaron las cintas de su hotel cuando había salido a comprar un bocadillo. Fallaci culpó a Kadafi por el robo. Después del encuentro en Nueva Delhi, por otra parte, el presidente de Pakistán, Ali Bhutto, la invitó de inmediato a Rapalwindi para darle su propia versión de los dramas del subcontinente. El sueño de todo periodista: que sean las propias personalidades del poder las que te busquen para hablar a corazón abierto.     

Decía Chesterton que uno de los juegos favoritos de la humanidad es burlarse de los profetas. Hay un agrado adicional en el volumen: descubrir los pronósticos fallidos. Willy Brandt vaticinaba que la reunificación alemana no se produciría antes de setenta años. El sha de Irán estaba convencido de que su monarquía duraría mucho más tiempo que la democracia occidental. El comunista Santiago Carrillo aseguraba que una huelga general tumbaría al decrépito Franco. ¡Qué iluso! Yo no veo solución alguna al sudesarrollo en el capitalismo, sentenciaba Don Helder Cámara, otra necedad.

La Falaci de este volumen, hay que aclararlo, no tiene la lucidez ideológica de sus obras tardías. La riña exasperada y exasperante con William Colby, ex mandamás de la CIA, delata su ceguera ante el fenómeno del comunismo europeo, títere de la Unión Soviética, a pesar de los esfuerzos por mostrarse independiente. “Debajo de los discursos tácticos, se esconde una declaración estratégica”, le advertía el caballero estadounidense, con razón. Con un toque siniestro y palabras de Jefferson, Colby justificaba en 1976 el asesinato de Salvador Allende: “El árbol de la libertad ha de ser regado cada veinte años con sangre de tiranos”. Amparaba a Pinochet, porque claro, nada podía ser peor que una dictadura comunista, de la que nunca se había vuelto (¡otra predicción equivocada!). El rencor de Oriana, no obstante, no se explica sólo por simpatías izquierdistas. La periodista sospechaba que la inteligencia americana estaba vinculada con la sospechosa muerte de su amado, el dirigente griego Alejandro Panagulis, a quien también había entrevistado años antes.

Corran a comprar el libro, nuevo o usado. Es fascinante.
Guillermo Belcore


Calificación: Excelente