sábado, 16 de febrero de 2019

La sociedad de los soñadores involuntarios

De Angola sólo tuvimos noticias los argentinos por el delirante viaje de negocios de la anterior presidenta y su agresivo secretario de Comercio. Fue en 2012, otra época. Casi siete años después, llega del país lusófono una novedad agradable: la novela más reciente de una gloria de la llamada nueva literatura africana, José Eduardo Agualusa (Huambo, 1960), gracias al aporte del Instituto Camoes de Cooperación y Lenguaje de Portugal y del buen criterio de un sello argentino.

La sociedad de los soñadores involuntarios (286 páginas, Edhasa) explora y explota uno de los misterios de la humanidad. "¿Sabes que una persona a lo largo de su vida pasa, en promedio, seis años soñando?", nos preguntan en la página ochenta y dos. "Soñar es ensayar la realidad en el confort de nuestra cama", se establece en la ciento veinticuatro.

La urdimbre de la novela se entreteje con cuatro personajes que mantienen una relación inusual con las fantasías que pueblan nuestro estado de reposo. Uno de los narradores es el periodista Daniel Benchemol (alter ego del autor), un miembro de la República de los Intelectuales que tiene sueños muy detallados. Sueña con la vida entera de personas reales, incluso de aquellas que nunca ha visto personalmente como Muamar Kadafi. Y mantiene con ellas conversaciones que no es común que ocurran en sueños.

La otra voz que oímos (en forma de diario) es un hotelero llamado Hossi Kaley, al que un rayo le borró la memoria, lo que fue una bendición pues durante la guerra civil perpetró un montón de atrocidades. Vestido con una chaqueta de seda morada, el señor Kaley se aparece en los sueños de otras personas que duermen cerca de él. Por un tiempo, la inteligencia cubana se interesó en su aptitud, acaso para desarrollar una especie de arma psíquica.

Daniel se enamora de la artista plástica Moira Fernández, quien se ha dedicado a representar sus propios sueños y los sueños de otros en fotografías y telas. El neurocientífico brasileño Helio de Castro es el cuarto en discordia. Ha perfeccionado una máquina para filmar sueños. El artificio, al parecer, funciona.

¿Existe la precognición en el acto de dormir? Es decir, ¿soñamos algo que nos va a ocurrir? En la página ciento ochenta y ocho, Agualusa ofrece una teoría que por ahora llamaremos fantástica:

"El tiempo es una dimensión, como el largo, el ancho o la altura. Así que no tiene sentido decir que el tiempo pasa. No pasa. Está. Sólo podemos viajar a lo largo de él en una única dirección -la dirección de la entropía, de la destrucción- pero no significa que se agote. Significa sólo que estamos avanzando. De este modo, tal vez sea posible que nos acordemos de eventos futuros, muy importantes o muy traumáticos. Puede ser que nos vengan a la mente, a veces, recuerdos rápidos de personas que no conocemos pero que marcarán profundamente nuestra vida".

REALISMO MAGICO

Es notable que si en América latina el realismo mágico, por fortuna, está muerto y enterrado (ya dio lo mejor de sí e Isabel Allende lo convirtió en caricatura) en otras dos regiones del mundo, al menos, le quedan algunas flechas filosas en el carcaj. Una de ellas es Japón con el notable Haruki Murakami; la otra el Africa negra donde literatos como Agualusa nos persuaden de que se puede morir dos veces en la vida o que una noche exaltada todo un pueblo puede soñar con la misma persona (en el fondo es una alegoría política).

Básicamente, Agualusa persigue dos objetivos en su décimoquinta novela: entretener y denunciar. Para cumplir la primera misión narra una historia extraña tras otra, no sin un dejo de poesía (demuestra un hábil dominio de la metáfora, por cierto). Nótese el lirismo de este fragmento paradigmático:

"Pequeñas olas, una después de otra, bordaban finos encajes de espuma. Los acantilados crecían detrás de mí. Encima de los acantilados crecían los cactus como altas catedrales de espinas y, más allá, el rápido incendio del cielo. Entré en el agua y nadé con brazadas lentas. Hay quien nada por puro placer. Hay quien nada para mantener la forma. Yo nado para pensar mejor. Recuerdo un verso de la poetisa mozambiqueña Glória de Sant"Anna: "Dentro del agua yo soy exacta". 


LOS CUBANOS 

Si el escritor hace referencia a la política, el comentario debe hablar de política, sostiene ese crítico excelente llamado Ignacio Echaverría. Agualusa se dirige a la historia de Angola con propósitos esclarecedores. Siente la urgencia de decirle al mundo que la descolonización de ese turbulento dominio de Portugal fue un desastre: desencadenó una guerra civil y arribaron entonces los peones más diligentes de la Unión Soviética en el Tercer Mundo: los cubanos.

Hasta 50 mil soldados envió el desquiciado de Fidel Castro para guerrear contra la facción que apoyaban los sudafricanos, en nombre de un internacionalismo proletario, que fue una farsa como tantas etiquetas del estalinismo del trópico. El marxismo cuartelero dejó un régimen de partido único, policía política y corrupción generalizada. "En Cuba, como en Angola, cualquier excusa es buena para arrestar a una persona", nos advierte Agualusa. Y escuchen esto también:

"Cansado y con hambre, cualquier hombre es peligroso, aún más si es un operador de la inteligencia militar cubana".

Y qué deben hacer pues las conciencias sanas ante una dictadura comunista, que fue mutando en mafia populista, tan indecente como las que arruinaron a Latinoamérica. Resistencia pacífica; no tener miedo al presidente vitalicio que manda a matar a un periodista aquí, un disidente allá con el esfuerzo cansado de quien cumple una obligación. 

En la segunda parte de la novela, la hija de Daniel, junto a otros seis jóvenes corajudos (los siete magníficos), osan protestar frente a las barbas mismas del jefe de Estado. Naturalmente, la humillación no puede ser perdonada: los encarcelan y los enjuician con cargos desmesurados. Karinguiri, la chica, y sus compañeros comienzan una huelga de hambre que galvaniza a los descontentos de Angola y recibe el máximo interés de los medios de comunicación extranjeros.

Llegamos así al núcleo incandescente del libro: La sociedad de los soñadores involuntarios es, al fin y al cabo, un suntuoso manifiesto político.

Por la boca del señor Kaley, el hotelero, se esboza una estrategia alternativa ante la opresión: "El pacifismo, hermano, es como las sirenas: no respira fuera del mar de la fantasía, no se lleva bien con la realidad. Mucho menos con nuestra realidad, tan cruel. Angola no es para los mansos".

Los hechos le darán la razón a... No, no podemos devalar el final trepidante. Descúbralo, usted mismo. La novela vale la pena.
Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

lunes, 4 de febrero de 2019

Black Earth Rising

POR GUILLERMO BELCORE

Entre las cien alianzas que Netflix ha forjado en el mundo, acaso la que produce los mejores frutos es aquella que mantiene con la BBC. Black Earth Rising es otra prueba de ello. Sus ocho capítulos de una hora cada uno combinan, con un virtuosismo inusual para la producción industrial de series, actuaciones magníficas y una trama cautivante que revisa el peor genocidio de nuestro tiempo, el de la minoría tutsi en Ruanda y las consecuencias funestas que ha generado. 

 Como se recordará, el holocausto africano ocurrió en 1994. Fueron cien días infernales. Milicias de la mayoría hutu -azuzadas por el gobierno de entonces- asesinaron a unas 800.000 personas, casi todos a golpes de machete. Aun hoy se está persiguiendo y juzgando a los responsables.

  Actuaciones magníficas, dijimos. El de los protagonistas, sobre todo. Por un lado, el experimentado John Goldman como el abogado Michael Ennis, uno de los arietes de la Corte Penal Internacional, que juzga a los criminales de lesa humanidad. Su interpretación sólo puede ser calificada de majestuosa. No le va a la zaga, Michaela Coel como la irascible Kate Ashby. Su papel es conmovedor, siempre al filo del peligro mortal: una letrada de 28 años, sobreviviente de las matanzas (adoptada de niña por otra abogada prestigiosa de Gran Bretaña), que enfrenta -además de su propio pasado horroroso- a implacables juegos de poder y giros retorcidos. Con balas, armas blancas y veneno, inclusive. 

El talento, enorme, que mueve los hilos del conjunto es el inglés Hugo Blick, productor ejecutivo, autor del guión y director. También actúa. Es Blake Gaines, abogado tipo rottweiler que asume la defensa de Patrice Ganimana, uno de los ideólogos del exterminio tutsi. Algunos comentaristas han conjeturado que Black Earth Rising es la cima en la carrera del prestigioso Blick. 

DOS MITADES

El thriller se desarrolla en dos hemisferios interconectados. En el primero, se enjuicia, por fin, a la Operación Turquesa, es decir la polémica intervención de Francia en Ruanda, intentando tanto rescatar a sus ciudadanos del averno como borrar las huellas de su respaldo al gobierno genocida de Kigali. Esa sí, que no la esperábamos: la pérfida Marianne, escrutada con ojos ingleses. Pero nadie es inocente en el gran juego de poker de las potencias occidentales para acumular fichas de Africa: Tamara Tunie (¿recuerdan a la patóloga de Ley & Orden Víctimas Especiales?) es la apasionada Eunice Clayton, subsecretaria de Asuntos Africanos del Departamento de Estado, que tiene su propia agenda para gobernar el diminuto país de Africa oriental. Una de las preguntas fundamentales que plantea el drama es el siguiente: ¿Dónde están hoy los límites entre la intervención humanitaria y el colonialismo posmoderno?

 La segunda parte se concentra en el intento del gobierno ruandés para conseguir que Gran Bretaña le entregue al criminal Ganimana, que -como Augusto Pinochet en su momento- cometió el error de irse a tratar un cáncer a Londres. El telón de fondo es una suerte de tragedia shakespereana: una hermana de crianza de la presidenta de Ruanda intenta desplazarla. El caso Ganimana es la carta de triunfo que intentan conseguir los dos bandos. Viejos secretos salen a la luz. Todo el mundo tiene bajezas que ocultar, y se juega sucio. El regreso de Kate a su tierra natal, junto a un guardaespaldas que aporta la inevitable historia romántica, deja un nudo en la garganta. 

 Así llegamos al final, mientras el destino nacional se entremezcla con el de los personajes y la trama da un vuelco impresionante. Hay que destacar que la ironía perla los diálogos (muy literarios), lo cual siempre es un valor añadido en una novela o en una serie. Black Earth Rising obtuvo un 79 % de votos positivos en la página web Rotten Tomatoes. Resulta evidente que un argumento tan complejo, tan rico en matices, tan profundo en sus indagaciones geopolíticas, éticas y en sus relaciones interpersonales, puede que no sea para todos. Sólo para los consumidores de excelencia. Afortunadamente, trascendió que el coloso Netflix ha decidido hacer del thriller político británico una de sus especialidades.

FICHA TECNICA

Black Earth Rising (Reino Unido, 2018).

Dirección y guión: Hugo Blick.

Música: Martin Phipps.

Fotografía: Hubert Taczanowski.

Actores: Michaela Coel, John Goodman, Tamara Tunie, Jonathan Burteaux, Aure Atika, Abena Ayivor, Richard Dixon, Emmanuel Berthelot, Martin Bassindale, Corrinne Bougaard, Malou Coindreau, Norma Dumezweni.

Emitida por BBC, Netflix.

domingo, 27 de enero de 2019

El populismo en la Argentina y el mundo

"Hoy, 1 de mayo, quiero anunciarles que el diario La Prensa expropiado por disposición del Congreso Nacional, será entregado a los trabajadores en la forma que ellos indiquen. Este diario, que explotó durante tantos años a sus trabajadores y a los pobres, que fue instrumento refinado al servicio de toda explotación nacional e internacional, que representó la más cruda traición a la patria, deberá purgar sus culpas sirviendo al pueblo trabajador".

Juan Domingo Perón, 1 de mayo de 1950.

Cómo pasa el tiempo, por Dios. Hace casi treinta años, Francis Ford Fukuyama anunciaba el triunfo definitivo de la democracia liberal. Sepultado el odioso comunismo bajo los escombros del Muro de Berlín y desacreditado desde hace décadas el fascismo europeo y sus incompetentes versiones tercermundistas, el modelo que incluye respeto por la propiedad privada, división de poderes y garantías a las libertades individuales estaba destinado a conquistar todo el planeta. Puede que aquí o acullá sobreviviera por un tiempo algún enclave del atraso y el fanatismo como el fundamentalismo islámico pero su atractivo universal era nulo, ese era el punto. La Historia de las ideas (no la de los hechos) había concluido.

Tres décadas después, el paisaje ha cambiado. La triunfante democracia liberal ha incubado en su propio seno un enemigo formidable, al calor del miedo y el resentimiento que han provocado en todo el mundo la globalización (Estados Unidos y Europa), la frustración económica (América latina) y la pérdida de la seguridad personal (en ambos). Hablamos naturalmente del populismo.

Puede compararse a esa corriente política con un virus o con el parásito Alien. "En lugar de un ataque frontal, como el comunismo, opera desde las entrañas de sistema democrático de manera gradual neutralizando sus anticuerpos naturales y, si no es frenado a tiempo, evoluciona gradualmente hacia el autoritarismo", describe el profesor Emilio Ocampo, en un libro que aquí venimos a recomendar a viva voz.

Mire el planisferio nos dice Ocampo. El populismo ya no es un fenómeno típicamente latinoamericano. Se ha globalizado tanto en sus versiones de derecha, izquierda o camaleónica (el peronismo). Es un tsunami. Gobierna en Estados Unidos, Italia, Grecia, la mitad de Europa oriental, Filipinas, Turquía, los dos países más grandes de América latina (y podría retornar en el tercero), además de haber arruinado hasta la hambruna y la peste a Venezuela, el país con las mayores reservas de petróleo del mundo. Además causó el Brexit y casi la secesión de Cataluña. Podemos irrumpió en España. Se trata pues del tema del momento. Y tiene una importancia crucial para la Argentina, pues "ningún otro país abrazó con tanto fervor el populismo en el siglo XX y en lo que va del siglo XXI". Resulta imposible exculparlo de la decadencia nacional.

EL LIBRO


Acaban de cumplirse cuarenta años de la fundación del Centro de Estudios Macroeconómicos de la Argentina (CEMA), usina de las ideas liberales más concienzudas. Para celebrarlo, la Universidad del CEMA publicó un libro que atesora excelentes miniensayos de ciencia política sobre, justamente, el fenómeno del populismo. Fue compilado y editado por Emilio Ocampo y Roque Fernández, el ex ministro de Economía de Carlos Menem (un populista que intuyó la necesidad de abrazar a algunas ideas correctas).

El primer texto de El populismo en la Argentina y el mundo (413 páginas) lo escribió el economista Jorge Avila. Apela a un obra clásica de Samuel Huntington (El orden político en las sociedades en cambio) para renombrar al elusivo sujeto de estudio. Pretorianismo de masas, prefiere designarlo. En el caso de nuestro país ha sido una consecuencia deletérea de la ausencia de un sistema de partidos eficiente, capaz de estructurar la participación de los nuevos grupos sociales en política. Así, mientras la UCR fue alumbrada por el aluvión inmigratorio externo, el peronismo es hijo de la Gran Depresión y de la enorme migración del Interior al Gran Buenos Aires (cerca de un millón de personas entre 1936 y 1945). La Argentina quemó etapas. No hubo tiempo para que desarrollar un "orden político moderno de bajo riesgo país".

Vale decir, el subdesarrollo de un sistema de partidos nos condenó a la intervención militar, el atraso económico y el populismo. "El pretorianismo de masas tiene a manejarse con alto déficit fiscal pues, en virtud de la alta participación ciudadana, debe satisfacer grandes demandas de gasto de su base política y tiene una expectativa política que se reduce a tan sólo años. un alto déficit fiscal genera un tembladeral jurídico del cual la propiedad privada es una víctima de muchas maneras". 

Muy esclarecedor, por cierto, el texto que firman Roque Fernández y Paula Monteserín: Fundamentos atávicos del populismo argentino. Exploran un arco de tiempo que va desde la llegada de los europeos a América hasta la Generación del Ochenta. Hay taras que arrastramos desde el vamos, como la viveza criolla. Hay instituciones nefastas que provienen de la Colonia caso La liga, remates judiciales arreglados a lo largo y ancho del país. Qué decir de ese antiquísimo ingenio porteño de utilizar condiciones de necesidad y urgencia para violar la ley: "Al monarca (hoy el Estado o el cuerpo jurídico) se reverencia pero no se cumple". 

Los autores establecen que tanto la ambición desaforada por establecer un liderazgo hegemónico como el relato épico mediante la construcción de enemigos externos o internos (quintaesencia del populismo) eran también moneda corriente en el siglo XIX. ¿Otros dos atavismos? La creencia de que sólo centralizando y controlando la caja se asegura la gobernabilidad va desde Rivadavia y Rosas hasta Cristina. Además, aun hoy en día una proporción notable de los argentinos comparten la primitiva esperanza en un personalismo carismático con poderes místicos para resolver los problemas.

SOMOS COMO SOMOS


En un texto notable de más de cien páginas, Ocampo advierte encarecidamente sobre la tendencia natural del populismo -esa parte que reclama ser el todo- a socavar las instituciones de la democracia liberal, e intenta responder una duda angustiante que había formulado Juan José Sebreli: ¿Somos un país culturalmente condenado al populismo? ¿Y que implica si así lo fuera?

Tras una fascinante travesía por eminencias de la ciencia política, sociología, antropología, psicología y filosofía (se aplica el modelo teórico del Nobel Douglass North), el compilador concluye que la Argentina es un país especialmente propicio para "la solución facilista, simplista y arbitraria que pretende imponer una mayoría con su voto, cuando es concientizada, estimulada y movilizada por el discurso antagónico de un líder populista que apela al chauvinismo y a ciertas creencias y ansiedades predominantes cuando la sociedad enfrenta problemas estructurales que generan una divergencia creciente entre las expectativas de esa mayoría y la realidad. Es decir, cuando surge una brecha de frustración". 

La hipótesis de Ocampo es que somos campo orégano para el populismo por cuatro rasgos psicológicos-culturales típicamente argentinos:

a) El narcisismo colectivo: la idea de que somos un país excepcional destinado a la grandeza.

b) La indolencia pretenciosa: la idea de que somos un país rico y no es necesario trabajar para vivir bien y/o que vivir bien es un derecho inalienable.

c) La anomia: el desprecio por las normas de convivencia y las leyes.

d) El caudillismo: la idea de que sólo un líder fuerte puede resolver los problemas del país.

¿No tenemos arreglo entonces? Bueno, entre 1853 y 1930 una minoría ilustrada impuso a los argentinos una cultura (como la define Freud) y la Nación se convirtió en una de las más ricas del mundo. Mientras los generosos frutos que de esa cultura resultaban fueron asequibles para la mayoría no hubo dificultades, explica el investigador. Sin embargo cuando sucesivas crisis -1914-1930- pusieron en duda la continuidad de ese círculo virtuoso, las pulsiones primitivas renacieron con fuerza. Lo mismo ha ocurrido entre 2001-2003, uno está tentado de colegir.

El problema serio se suscita cuando sobre esa base cultural filopopulista aparece una opción política atractiva que la refuerza ya en el poder mediante un poderoso aparato de propaganda, como el peronismo de los cincuenta y de esta década. Crear las condiciones que sustentan la demanda electoral de populismo es una diabólica condición que ostentan para su beneficio ciertos líderes de masas. "Perón peronizó la Argentina de la misma manera en que Hitler nazificó a Alemania", nos advierte el libro. 

Y el liderazgo populista ha surgido en nuestro país no sólo cuando hubo una dislocación económica o social como la de los años treinta o la del colapso de la convertibilidad: Ocampo verificó estadísticamente la hipótesis de que en la Argentina los ciclos de populismo se explican por la variación de los precios internacionales de los productos agropecuarios. Da escalofríos pensar que nos hubiéramos ahorrado lo peor del kirchnerato si no hubiera habido un espectacular suba del precio de las materias primas por la demanda china.

Otro punto de interés para entender lo que nos rodea es el rescate de un texto fundamental de Torcuato Di Tella que concluye que el populismo nace siempre del descontento, en particular de una frustración colectiva, del "abismo entre las aspiraciones y las satisfacciones en la esfera ocupacional en particular en las personas educadas". De hecho, los incongruentes, económicos o de estatus parecen ser el sostén principal de Cristina en la clase media y más arriba aún de la pirámide social. 

Finalmente, Ocampo discute con Ernesto Laclau, el filósofo militante que moldeó las mentes de Correa y los Kirchner: "La historia demuestra que el populismo es un cáncer que, si no es neutralizado por los anticuerpos institucionales y culturales de la sociedad, destruye la democracia y revela su verdadero semblante autoritario (a veces totalitario). Es decir termina matando la democracia y, en su mutación final, deja, por definición, de ser populismo -ya que conceptualmente éste no puede existir sin elecciones regulares y libres- y se convierte en una autocracia. No se trata de una hipótesis sino de una realidad comprobable, cada vez hay menos diferencias entre la Cuba de los Castro y la Venezuela de Maduro, y, entre ésta y la Nicaragua de Ortega".

Anticuerpos institucionales y culturales dice el erudito. Funcionaron bien en la Argentina en 2009, 2013 y sobre todo 2015. Veremos que pasa en 2019, la brutal pérdida de bienestar que trajo aparejado el ajuste y la mala praxis de Cambiemos revivió a los zombies
Publicado en el Suplemento de Economía de La Prensa

Calificación: Muy bueno


domingo, 20 de enero de 2019

Historias tardías



"Uno no ha crecido del todo hasta que ha corregido o se ha disculpado por los errores del pasado"...
Stephen Dixon

Hay que celebrar que el sello Eterna Cadencia haya decidido divulgar en este empobrecido arrabal de Occidente al menos conocido (o reconocido) de los literatos estadounidenses de primera línea, a pesar de que en sesenta años escribió más de seiscientos cuentos cortos y veinte novelas. Stephen Dixon (Nueva York, 1936) ha publicado prácticamente un libro por año en las últimas cuatro décadas. Un autor destacado para los happy few, aunque él dice que sus obras son para ser escritas no para ser leídas.

Con Calles y otros relatos y Ventanas y otros relatos, descubrimos que estamos ante un cuentista extraordinario, de esos que gustan de experimentar con el estilo y que, como tiene talento de sobra, el producto suele ser magnífico. Con Interestatal surgió la sospecha de que, acaso, como novelista nunca alcanzó la talla colosal que ha demostrado en el texto breve. Naturalmente, es un juicio provisional.

Llegó ahora una obra de Dixon que vale la pena recomendar. Historias tardías (Eterna Cadencia, 382 páginas) es un libro extraño, un híbrido cubierto de tristeza como si de una pátina de ceniza se tratase. Atesora treinta y un relatos que fueron publicados en distintas revistas estadounidenses pero puede ser leído como una novela, pues hay una unidad de sentido, un hilo conductor de color azabache: el dolor, la confusión de un hombre, ya mayor, que ha perdido a su adorable esposa enferma, después de décadas de feliz convivencia. Es un libro, naturalmente, autobiográfico pero en buena parte se narra en rigurosa tercera persona.

Las biografías recuerdan que Dixon se había retirado en 2007 de la Universidad Johns Hopkins, donde enseñó a los jóvenes a escribir durante veintisiete años. Poco después, perdió a su esposa, Anne Frydman, una erudita en literatura rusa que fue atormentada durante dos décadas por una esclerosis múltiple. En 2013, Dixon narró el impacto de su fallecimiento en la que -según dicen- es una de sus novelas más complejas (Su esposa lo deja).

En Historias tardías Dixon explora las penurias de la viudez, lo que significa para un amante esposo sobrevivir a la pérdida de una compañera como Anne. Añade a las tribulaciones recuerdos imborrables como el debut sexual de la pareja o los viajes a Cape May para avistar aves, con las dificultades que provoca una sociedad poco hospitalaria con las sillas de ruedas. Pero cambia los nombres. El escritor y profesor retirado se llama Philip Seidel y su mujer Abigail o Abby.

LOCO


Hay textos memorables. En "Loco", el viudo Seidel sueña que había perdido a su esposa en el barrio chino de Nueva York o en el lado este, por la calle 40. Cuando se despierta, desesperado, viaja a buscarla. Recorre calles, toca timbres, pregunta en bares y a transeúntes: "¿No ha visto a una mujer en silla de ruedas, hace un segundo estaba al lado mío?". Vocifera en las avenidas: "Abby soy Phil, vuelve al mismo lugar". La gente lo mira como si fuese un demente. Se le acerca un policía a ayudarlo. El profesor huye en taxi. Qué hermoso cuento.

No sólo es un ensayo -por así decirlo- sobre el amor y la pesadumbre cuando el ser querido desaparece. También denuncia la senectud (Dixon cumplirá 83 años en 2019), con toques de humor que alivian el drama de la perdida de facultades físicas ("Sentirse bien") o mentales ("Recuerda"). Qué terrible es salir una y otra vez a la calle con la bragueta abierta, dejar alimentos en el fuego hasta que ardan, apenas si poder caminar hasta la tienda de la esquina.

En "Hablar" hay un llamado de atención: regalarle minutos de charla a los ancianos solitarios es un acto piadoso. Despliega también en el cuento un procedimiento audaz: se intercalan dos puntos de vista; una frase en primera persona del singular, la siguiente en tercera. Qué tipo ocurrente este Dixon.

Viejo zorro de los talleres de escritura creativa, el profesor saca petróleo de asuntos domésticos e, incluso, del juego de posibilidades ("Lo que es" y "Lo que no es") o de meras enumeraciones. En "Una cosa lleva a otra" evoca los diez momentos más felices de su vida. "Lo que van a encontrar" es una lista de lo que sus hijas hallaran en casa después de su muerte. En "Terapia" anticipa los temas conflictivos que hablará con su terapeuta, en caso de que finalmente vaya a la consulta. El truco funciona casi siempre bien. Hay un cuento, incluso, que se sostiene sobre un único principio ("Dos partes"): uno no ha crecido del todo hasta que ha corregido o se ha disculpado por los errores del pasado. 

EROTICA DE LA FORMA


Hay que destacar que la traducción de Ariel Dilon es excelente. La erótica de la forma se ha preservado, lo que resulta crucial porque, como dijimos, para el grafómano Dixon la originalidad es una virtud deseable. Verbigracia: "Esposa en reversa" relata la muerte de su esposa del final hasta el principio de su matrimonio, un procedimiento similar al usado, con mayor riqueza verbal, por Alejo Carpentier en esa joya de la literatura latinoamericana titulada "Viaje a la semilla". Estas tecniquerías son otro valor añadido al volumen, pero exigen una lectura cuidadosa; una segunda lectura es recomendable, incluso. Hay momentos en que no resulta fácil distinguir entre realidad y la imaginación dolida del viudo.

Otra curiosidad: dice el profesor Seidel en la página ciento noventa que tiene una opinión bastante pobre de la ficción de casi todos los escritores vivos que ha leído, excepto por un par de latinoamericanos y alguno de Europa. En un reportaje, Dixon confesó que adora a Bolaño, los textos breves de García Márquez y a Thomas Bernhard. En "El sueño y la fotografía" juega a emular a Sebald, no con mucha fortuna.

Si hay algo que puede reprocharse a estos cuentos muy bien trabajados -urdidos con retazos de memoria y desdichas del presente- es que conforman un universo cerrado, el de las clases cultas de la Costa Este. Mucha música clásica, algo de Alta Literatura, corrección política y una exquisita cortesía. Gente civilizada, bah, habitantes de un suburbio afortunado de Baltimore. Pero las ventanas están tapiadas, no entran la política, la Historia, la filosofía o la religión, el resto de los estamentos sociales, etc. Es decir, fuera del núcleo dramático no hay prácticamente nada. Al fin y al cabo, la pérdida de un ser querido, por devastadora que resulte, es algo muy corriente.

Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

domingo, 13 de enero de 2019

Matar la tierra

Tiene razón Alejandro Olaguer, intelectual mendocino que ha escrito uno de los mejores diarios de nuestro tiempo. Matar la tierra es otra de las novelas sublimes de la Argentina profunda. Es algo así como una tragedia griega -con personajes enloquecidos o atontados por la Diosa Madre- injertada en la periferia de Mendoza a fines del siglo XIX. Departamento de La Paz (Corocorto, entonces), a la vera del brazo viejo del río Tunuyán, unos años después de la Conquista del Desierto, para más señas. Hay un vaivén fatal entre un labriego español que se va hundiendo en la demencia y una familia aborigen embrutecida por una miseria sin paliativos. Y hay una historia de amor que supera los odios y los desencuentros culturales.

Nadie que ame la literatura debería dejar pasar la obra maestra de Alberto Rodríguez hijo (1924-2005), polígrafo y militante de izquierdas, trashumante por culpa de las dictaduras, que la Mendoza progresista adora por razones obvias y la burocracia actual promociona por conveniencia turística.

Matar la tierra fue entregada a la imprenta por primera vez en 1952. La edición que Olaguer me obsequió data de 2005, tiene 108 páginas y un diccionario útil de regionalismos. Pocas páginas, pues, pero muy intensas; la densidad de la prosa de ARH es muy superior al promedio. Densidad de ideas y de imágenes alucinantes. Conviene demorarse en la frase y en el párrafo, como si uno estuviese catando un Malbec.

En el primer capítulo, por ejemplo, una escena poderosísima atrapa nuestra imaginación: La joven y fresca Caridad corre entre las viñas con un lagarto prendido a su pulgar, hasta que cae agonizante. ¡Están Horacio Quiroga y Erskine Cadwell en esas acequias del demonio!

Por lo que he leído, ARH explota un mito cuyano. El maguato es una pequeña iguana cabezuda, cuya mordida, aunque muy dolorosa por los dientes de obsidiana con los que tritura insectos, no es venenosa para un adulto, como la de su primo norteamericano, el monstruo de Gila.


ESTOMAGOS FUERTES


Quien tenga el estómago delicado, que no se acerque a este libro. Está repleto de inmundicias, con dos funciones: por un lado, exponer la pavorosa indigencia en que vivían los indios que sobrevivieron a las campañas del General Roca (hay también incesto y bestialismo en la trama). Por otro lado, la ristra de porquerías forman parte de un estilo literario: el realismo sórdido, en un grado extremo. Aquí y acullá, el novelista lo aligera con la belleza de la expresión (poética criolla) y la del vocablo rescatado del fondo de los tiempos, y con un único desahogo sentimental: el enamoramiento de Juan de Dios -primogénito de Don Justo, el agricultor loco- y de Cuncuna -hija de Nahueiquintún, el anciano mapuche, convertido en piltrafa.

El núcleo argumental, no obstante, es el que designa el título: El español que vino a hacerse la América con su familia y no pudo responsabiliza a la Pacha Mama por su desdicha. Es un maniático impaciente que quiere matar la tierra, hacerla sufrir negándole el riego, herirla con su azadón. A un salivazo de distancia, vive (malvive, mejor dicho) la familia mapuche que, sumida en las más degradante abulia, espera la remesa del Gobierno, es decir el tributo que durante años pagó Buenos Aires a las tolderías para evitar los terribles malones. Algo similar a lo que ocurre ahora con las tribus piqueteras, siempre amenazando con pulverizar la paz social.

Uno puede concluir que ARH admiraba la indómita y ecuestre cultura mapuche que vivía del pillaje y consideraba la agricultura como una suerte de blasfemia. También es dable sospechar que compartía ese desprecio aristocrático del intelectual argentino (eco del hidalgo español venido a menos) hacia el trabajo manual, el esfuerzo que posterga las gratificaciones, el odio pues al colono gringo que crea y atesora riqueza, tan manifiesto hoy en día entre los ideólogos nac&pop. Rodríguez era trotskista, dicen quienes lo conocieron, es decir absolutamente anticapitalista. Como fuese, Matar la tierra es entre otra lindezas, una nouvelle rica en ideas.

Por último, algo hay que decir de la relación de este libro con el más grande de los escritores mendocinos (y uno de los colosos de la literatura latinoamericana): Antonio Di Benedetto. Recomiendo leer aquí lo que Olaguer escribió al respecto: https://aolaguer.wordpress.com/2015/10/08/mlt/

Sólo podemos agregar en el terreno resbaloso de las literaturas comparadas que si Matar la tierra es un poderoso solo de cuerdas, conmovedor, angustioso, memorable; la narrativa de Di Benedetto era una orquesta completa.
Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno


jueves, 10 de enero de 2019

¿Treinta libros en casa?

EL MOSCARDÓN IMAGINARIO XLIX



Marie Kondo, ese fenómeno televisivo que parece tan insustancial como la literatura de Banana Yoshimoto, ha sugerido conservar no más de treinta libros en casa, un consejo deleznable, pero que quizás nos obliga al placer de hacer una lista.
Dicho de otra forma, si tuviera que huir al extranjero porque en el futuro llega a la Casa Rosada una forma de populismo especialmente violento, me pregunto qué treinta libros me llevaría en la valija (me temo que muchos que he elegido son mamotretos):

1 - Contraluz - Thomas Pynchon. 
2 - Mason y Dixon - Thomas Pynchon. 
3 - Vicio propio - Thomas Pynchon. 
4 - La montaña mágica - Thomas Mann. 
5- Diccionario de autores latinoamericanos - Cesar Aira. 
6 - Las varonesas - Catania (la edición con el prólogo que escribí). 
7 - Pretérito perfecto. Hugo Foguet. 
8 - El traductor. Salvador Benesdra. 
9 - Cuentos completos - Fogwill. 
10 - Cuentos completos - Nabokov. 
11 - Cuentos completos - Thomas Mann. 
12 - Cuentos completos - Juan Carlos Onnetti.  
13 - Cuentos completos - Saki. 
14 - Cuentos completos - Primo Levi. 
15 - Cuentos completos - Alice Munro (dos tomos). 
16 - Cuentos completos - Ruben Fonseca (tres tomos). 
17 - Cuentos completos - Jorge Luis Borges (tres tomos, hago trampa, ja,ja,ja).
18 - Sertao - Joao Guimaraes Rosa. 
19  - La guerra del fin del mundo - Mario Vargas Llosa. 
20 - Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. Haruki Murakami.  
21  - Guardianes del tiempo. - Paul Anderson. 
22 - El largo adiós. Raymond Chandler. 
23 -  22/11/63. Stephen King. 
24 - El ruido y la furia. William Faulkner. 
25 - Historia de la guerra. John Keegan. 
26 - Los mitos judíos. Robert Graves. 
27 - Vida de muertos. Ignacio Anzoategui. 
28 - Los mitos griegos. Robert Graves (dos tomos). 
29 - La poesía del pensamiento. George Steiner. 
30  - El intocable. John Banville.

Maldita Kondo, quedan fuera centenares de libros sin los cuales no me gustaría vivir.
Guillermo Belcore

domingo, 30 de diciembre de 2018

Madona con abrigo de piel

Una buena noticia. A pesar de la tremenda crisis, de la deserción en masa de los clientes por culpa de los bolsillos desnutridos, los sellos editoriales siguen apostando a esas obras maestras de la literatura universal que todo lector de fuste debería disfrutar. Como Madona con abrigo de piel, tercera novela de Sabahattin Alí (1907-1948), que apareció a comienzos de los años cuarenta por entregas en un diario y concluyó convirtiéndose en un clásico admirado en varios países de Europa, y ahora en un best-seller.

Si no fuera por el Premio Nobel 2006 (merecido) a Orhan Pamuk, uno debería reconocer que nada sabe de la exótica literatura turca. La ampliación de la cartografía es bienvenida, entonces.

Sabahattin Alí nació en lo que hoy es Bulgaria pero sus piezas literarias y periodísticas se encuadran en una de las dos corrientes espirituales que, desde el desplome del Imperio Otomano, se disputan el alma de Turquía, gran nación puente entre Europa y el mundo islámico. En la meseta de Anatolia también hay una grieta, vagamente similar a la que desgarra a la Argentina: cosmopolitismo vs. tradición nacional & popular.
El literato, asesinado a los 41 años por sus opiniones políticas o por un contrabandista búlgaro (no se sabe dónde fue enterrado), se inscribe en el primer bando, el de Pamuk: el torbellino que mira hacia el Oeste, que quiere engarzarse en aquella marea benéfica que denominamos civilización occidental y que ha elevado a todas las culturas que tocó con el saber y los valores acumulados desde la Antigua Grecia.

No hay pues espacio para el pintoresquismo en Madona con abrigo de piel (Salamandra, 222 páginas); la Historia pasa en puntas de pie. Fue compuesta en un estilo que podría definirse como manifestación tardía del realismo decimonónico. Piénsese en las novelas de los rusos del siglo XIX como Turguéniev, que desarrollan amores malogrados y fracasos existenciales.

 

INOLVIDABLE


La historia resulta imposible de olvidar. Como diría Borges, "conmueve físicamente como la presencia del mar". Conocemos a Raif Efendi, un gris oficinista, traductor de alemán (como el autor del libro), un alma pura, un hombre débil, maltratado por jefes y compañeros, y por su propia familia. Un don nadie, con una rica vida interior y salud de porcelana. Un camarada se encariña con él y en el lecho de muerte del pobre Efendi recibe un cuaderno que explica las razones de su martirio. Mejor dicho, las causas por las que ha consentido que desde años lo martiricen semejantes con una vulgaridad indescriptible.

Primogénito de un magnate de provincias, Efendi había viajado a Alemania en la década del veinte con el fin de aprender tecnologías para fabricar jabones de tocador. Tenía veinticuatro años por entonces, y este soñador de naturaleza tímida jamás había estado con una mujer. No obstante, en la burbujeante Berlín de la República del Weimar, logra romper su aislamiento y su vacío.

Primero, el muchacho triste se obsesiona con la mujer que aparece en un cuadro, justamente, titulado Madona con abrigo de piel. Luego conoce a la autora del lienzo (era un autorretrato) y tropieza, así, con ese misterio del universo llamado amor. Su corazón se aferra, no sin pánico y desesperación, a la artista María Puder, que tiene una personalidad tan peculiar como la de nuestro antihéroe, aunque es todo lo contrario en cuanto a sociabilidad. Raif se convierte en El amenazado del poema borgeano: estar con ella o no, es la medida de su tiempo.

 

LA CONDICION HUMANA


Si la escritura es maravillosamente anacrónica, las ideas de Alí no han perdido un gramo de frescura en la segunda década del siglo XXI. Son profundas e inspiradoras porque se mueven en un plano más elevado que el de la política, la economía o la cultura. Atañen a la condición humana. En primer lugar, se incluye un feminismo suave e inteligente en boca de la muchacha pintora. En segundo término, se realiza una profunda indagación sobre el amor, al que se parangona con una orquídea rara y delicada siempre a merced de los caprichos del destino.

No tiene tanta importancia haber nacido en un sitio u otro, ni ser hijo de éste o aquel hombre. En un mundo en el que es tan difícil que dos almas gemelas se encuentren, lo verdaderamente importante es alcanzar la codiciada felicidad. Lo demás son nimiedades, es el mensaje hermoso que deja esta novela y que explica por qué ha sido adoptada hoy en día por decenas miles de jóvenes turcos como un símbolo de liberación personal frente a la creciente islamización de Turquía y ante el ultranacionalismo rancio de siempre.

Desde Estambul, Sevengül Sonmez, editor e historiador literario, explicaba el fenómeno a The New York Times el año pasado: "Los lectores turcos que amaban Romeo y Julieta están ahora leyendo a María y Raif, como la historia de amor imposible moderna". Y les encanta. En los últimos años, la novela estuvo en el podio de las más vendidas en la Turquía del sultán Recep Erdogan que le ha propinado a algunos intelectuales una dureza similar a la que recibía Alí.

 

DICHA INFINITA


Hay otra sentencia de Sabahattin Alí, quien también en 1925 había viajado a Alemania para instruirse, que obliga a cavilar: Probablemente, a muchos de nosotros, nos baste con una sola persona a la que amar. La dicha infinita sería pues consagrar la vida a esa otra persona.

Cuando de una novela magistral se trata, hay un momento mágico en que uno termina enamorándose del libro. Ese momento tarda en aparecer aquí, pero cuando lo hace uno no puede dejar de leer hasta el final y concluye con la certeza de que ha absorbido una obra extraordinaria. Hemos experimentado lo que Mario Levrero, otro gran perspicaz, llamaba la experiencia luminosa.
Guillermo Belcore



Calificación: Muy bueno


domingo, 23 de diciembre de 2018

Los nombres

"La intención de significado no es algo que viene al caso. Lo que importa es la palabra en sí misma. La mujer hindú procura no pronunciar el nombre de su esposo. Cada vez que lo hace, lo acerca a la muerte".

D.D.

En 1982, gracias a una beca de la Fundación Gunggenheim, Donald Richard DeLillo (Nueva York, 1938) publicó su octava novela, usando como materia prima su visita a Grecia. Comenzaba así un extraordinario período creativo de quince años en los que publicó sus mejores obras: Los nombres, Ruido de fondo, Libra, Mao II, y Submundo. Aquí venimos a recomendar la primera.

Los nombres (Seix Barral, 444 páginas, edición 2011) redondea un ejemplo cabal de una espléndida categoría narrativa: la novela reflexiva. Es la maquinaria del intelecto trabajando a todo vapor. El autor siente la obligación de reflexionar en todo momento y sobre las materias más diversas, como el matrimonio, el cine, Atenas, el mundo de los viajantes de comercio, el turismo. Siempre da impresión de inteligencia; las digresiones merecen un excelente y suelen exhibir un cromado de poesía.

Hay que destacar que en el caso de DeLillo -el más europeo de los grandes escritores estadounidenses- la novela reflexiva asume el peso de la Historia y tiene ambiciones filosóficas; hay una visión metafísica, incluso. Se trata de encontrar la profunda cualidad de las cosas. Un durazno, por ejemplo, no es sólo una fruta sabrosa (¿la más sabrosa del mundo?), es toda una experiencia hedónica:


“…constituían una delicia asombrosa y producían una clase de placer sensorial, tan inesperadamente profundo que parece necesitar de otro contexto. Las cosas ordinarias no suelen ser tan gratificantes. Nada del aspecto exterior del durazno nos permite adivinar que será tan exuberante, húmedo y aromático -sus jugos recorriendo nuestras encías-, ni que poseerá un interior tan sutilmente coloreado, como una floración dorada atravesada por pequeñas venillas rosadas”…

El narrador se llama James Axton, estadounidense, escritor independiente conchabado como director adjunto para análisis de riesgo de Medio Oriente. Las multinacionales, como todos sabemos, detestan las sorpresas. También es un adúltero vergonzante, es decir uno de esos sinvergüenzas que se acuestan con la amiga de la esposa que vive justo al otro lado de la calle (la esposa casi lo destripa con un pelapapas).

Jim viaja a la Hélade por trabajo y para visitar a su ex mujer y a su hijito Tap. Esa relación rota se convierte en uno de los hilos dorados de la urdimbre; otro es el deseo de DeLillo de mostrarnos el lado amable del imperialismo estadounidense: los ejecutivos en tránsito; el tercero es el más importante: la secta de los fanáticos del alfabeto. Estamos a principios de los años ochenta.

El misterio (y el erotismo) de la palabra, los pliegues delicados de la filología y las bellezas de la lingüística son el gran tema de la novela, con una anécdota policial de soslayo. La secta de Los Nombres comete asesinatos con daga o martillo. Las iniciales de sus víctimas coinciden con la del lugar del nacimiento. En Buenos Aires, liquidarían a Benito Arismendi o a Betina Alvarez. No sólo el escritor frustrado se obsesiona con ellos, también el arqueólogo Owen Bradenas y  el cineasta Frank Volterra. Vamos tras sus huellas sutiles o sangrientas a la isla de Kouros,  Amman, Jerusalén y al desierto del Thar, en los confines de la India.

DeLillo es -como Borges- un escritor con fijaciones. Si nuestro sublime poeta persiguió espejos y laberintos, el neoyorquino se ha obsesionado con las personas impulsadas por una emoción común, sean muchedumbres o un puñado de monjes seglares que pretenden lanzarse a la eternidad, como en este libro. Una secta viva que comparte una idea magnífica con su creador: “El lenguaje es el ser más profundo”
Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno


PD: En este blog se comenta la novela más reciente de DeLillo:

martes, 11 de diciembre de 2018

Menotti, el último romántico

Los periodistas Gustavo García y Carlos Viacava (G&V) tienen razón. Don César Luis Menotti (Rosario, 1938) marca un antes y un después del fútbol argentino. El Flaco no sólo construyó, piedra sobre piedra, uno de los mejores equipos de la historia de la Patria (Huracán 1973), también le dio al seleccionado nacional lo que nunca había tenido: organización, identidad y un plan de trabajo; una vertebración nacional. Logró que usar la celeste blanca fuera un privilegio y motivo de orgullo. También nos dio la primera Copa del Mundo (su obra cumbre). Y estableció una escuela de pensamiento que, aún hoy, se disputa el alma de los argentinos -siempre tan afectos a la grieta- con el otro bando más áspero, aunque también plagado de éxitos resonantes y decepciones dolorosas: el bilardismo.

Por eso era menester una biografía del César, que no fuese una hagiografía, sino una minuciosa reconstrucción de su vida y su ideología deportiva, con cientos de datos interesantes. Eso es precisamente lo que G&V compusieron. Venimos a aquí pues a recomendar Menotti, el último romántico, 258 páginas, Libro Fútbol.com, sello editorial con un lema precioso: “al gol se llega leyendo“.

Escribió Sartre que el prójimo guarda un secreto: el secreto de lo que soy. Somos lo que hacemos, lo que los demás ven de nosotros. Fieles a la premisa, G&V entrevistaron a decenas de personajes que mantuvieron trato fluido con el entrenador de los dos paquetes de cigarrillos negros por día. Se trata de un libro coral, con varios agrados.

Verbigracia: Se exhuman textos de Dante Panzeri y Osvaldo Ardizzone que describen al Menotti jugador. No sólo son una delicia de leer sino que nos colocan ante la espantosa evidencia de lo mucho que se ha degradado el periodismo en general. Antes de la PC y de las redes sociales, había que escribir realmente bien.

Otro agrado: el pormenorizado derrotero del César junto a la línea de cal nos permite el reencuentro con esos nombres de las figuritas de la infancia y de los partidos en el tablón o la televisión de la adolescencia o la juventud.

Entre el Barcelona y Los Tecos de Guadalajara, la trayectoria como director técnico de Menotti es realmente impresionante:  Boca (dos veces), Atlético de Madrid, River, Peñarol, seleccionado de México, Boca, Independiente (tres veces), Sampdoria, Rosario Central. No ganó nada de importancia, pero fue fiel a su idea del culto al balón, y generó momentos de fútbol exquisito. “Fracasar es no haberlo intentado nunca”, es una de las frases de cabecera de nuestro personaje de pico de oro (nadie como él para seducir a su auditorio o  justificar derrotar con palabras bellas).

En rigor, parece haber un patrón en sus experiencias como entrenador post Barcelona. Sus equipos tienen picos brillantes que despiertan el entusiasmo de los simpatizantes y periodistas, pero en el momento de la verdad se pinchan y caen en picada como si de un avión averiado se tratase. Puede que se explique por la seducción que el técnico ejerce sobre sus dirigidos y que puede llevarlos a rendir mucho más de sus posibilidades reales. Por un tiempo.

Lo que resulta sorprendente para quien esto escribe -ya en el plano de las ideas- es cómo es posible que un verdadero espíritu libre que concibe el fútbol como actividad creativa, en el que la habilidad del jugador tiene siempre la última palabra, haya sido tan torpe como para aferrarse con uñas y dientes a ideas alocadas, como el famoso “achique de espacios”, al que todo el mundo le había tomado el tiempo.

G&V dejan entrever que esa obsesión podría ser fruto tanto de un ego monstruoso como de un temperamento artístico que lo impulsa a crear. El capricho suele destruir a los Grandes, la historia es pródiga en ejemplos. Convicción es una tenaza que nos aferra del cuello y nos impide pensar, escribió Nietzsche.

Aquí arriesgamos otra hipótesis: Menotti quiso toda su vida ser un “revolucionario”. Como nunca resignó los beneficios materiales que el capitalismo concede a los triunfadores (es claro que le gusta la guita como al que más), intentó revolucionar deportivamente el Atlético Madrid de Gil y Gil, el Boca de “huevo, huevo”, el fútbol italiano desde Genova. Quiso demostrar que es más listo que los demás, que sólo él era capaz de entrever las ventajas de achicar espacios en el campo contrario, tirar hasta lo suicida la ley del offside, y convertir al arquero propio en un líbero. No funcionó. Las revoluciones, cualquiera sea su naturaleza, necesitan tiempo para madurar. Y César nunca lo tuvo. El fútbol de la era de la televisión exige resultados inmediatos.

Añadieron G&V un par de bonus track: un capítulo sobre el duelo eterno Menotti vs. Bilardo; y otro sobre la militancia comunista de El FlacoPara redondear, se trata de un libro que esclarece y ofrece una lectura placentera en los noventa minutos. Como una de las actuaciones soberbias de un equipo concientizado con el buen trato de pelota que predica el señor Menotti; que se yo, el 2 a 0 de Central a Newells en el Coloso Marcelo Bielsa, con goles de Figueroa y Arriola, en septiembre de 2002. 
Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno


martes, 4 de diciembre de 2018

Un polvo en condiciones

Los libros de texto afirman que la picaresca como subgénero literario nació en España en el siglo XVI, alcanzó su gloria con Don Alonso Quijano y de ahí se diseminó por el resto de Europa. Perdió fuerzas, pero cada tanto reaparece bajo la intención satírica y crítica de un escritor de fuste, molesto por la degradación de su época, que narra las andanzas de un pícaro, de muy bajo rango social, con su propia moral envilecida, pero imposible de odiar por sus rasgos cómicos.
En la gélida Escocia ha surgido uno de estos antihéroes memorables. Se llama Terry Dawson, se gana la vida como taxista, actor de cine porno, delivery de drogas, proveedor de prostitutas y otras trasgresiones menores. Le dicen El Jugo pues en su momento vendía zumo de frutas con una camioneta. Es simpatizante del alicaído Hibernian Football Club. Es la criatura más reciente del afamado novelista Irvine Welsh (1958). Es un placer haberlo conocido.
Así, como el capitán Ahab perseguía a su ballena blanca, Terry va surcando Edimburgo en su auto buscando ensartar otra clase de arpón. Tiene una idea fija: el sexo. Es un hombre agraciado con una melena con rulos a lo Alberto Tarantini y un miembro viril de tamaño muy superior al promedio. Además cuenta con una energía prodigiosa y es un caradura de primera categoría. Como todos los pícaros de novela, es un ser ambiguo, tiene conciencia pero su obsesión lo ha llevado a ser mal padre, mal hijo y mal amigo. De todos modos, no es de esos malvados que se ensañan con un semejante en desgracia, virtud que cumple una función importante en la trama.
Un polvo en condiciones (Anagrama, 457 páginas) cumple con creces una de las funciones esenciales de la literatura: entretener. Hay capítulos desopilantes que se leen a mandíbula batiente, pero hay dos o tres nauseabundos. No todos tenemos estómago para el incesto o la necrofilia (no, el sinvergüenza de Terry nunca cae en esos abismos, ya volveremos sobre el tema).
La primera parte del libro superpone las aventuras sexuales de Terry con la llegada del Huracán Hinchapelotas (sic), el primero en la historia escrita de Escocia. Nuestro antihéroe se pone al servicio de Ronald Checker, un magnate estadounidense que llega a la ciudad en busca de cerrar negocios inmobiliarios y comprar un par de legendarias botellas de whisky, de esas que se pagan doscientos mil dólares por corcho. Ron, naturalmente, es una caricatura sureña y punk de Donald Trump. Un escritor comprometido de izquierdas como el Sr. Welsh no iba a dejar pasar la oportunidad de denigrar al pintoresco presidente de Estados Unidos. Terry también da una mano a un viejo conocido, El Marica, un mafioso de poca monta -pero muy peligroso por ello-, para vigilar al sádico cuñado a cargo de uno de sus prostíbulos. 
Hay decenas de peripecias interesantes, que involucran al proletariado más desagradable, carne de pub; y a personajes de clase media que han perdido la brújula. En la segunda parte de la novela, Terry recibe una noticia alarmante de su médico, que se conecta con el título. Preferimos no añadir una palabra más, pues el efecto sorpresa es otra de las gracias del libro. 
En forma paralela a las aventuras del Jugo Lawson, se relata el calvario de Jonty y Jinty. El muchacho es el opa del poblado de Penicuik; ella es prostituta y drogona a sus espaldas. Pasan cosas terribles con esta parejita.

COSTUMBRISMO

El estilo, con sus pinceladas de costumbrismo de barrios bajos, merece elogios. En casi toda la novela, se narra en primera persona: escuchamos la voz de Terry, del pene de Terry (La Amiga Inseparable), del idiota de Jonty y del millonario Ronnie. La sabrosa escritura de Welsh recuerda por momentos al norteamericano Tom Wolfe, pero el uso abundante del argot en la traducción a seis manos de Anagrama deriva en una suerte de caló madrileño que pone a prueba los nervios de un latinoamericano. Qué se pueda hacer ante una frase espantosa como ésta: "¡Si le mola mi taxi, por mí cojonudo!". 
La traducción, entonces, es uno de los desafíos que se le plantea al lector rioplatense, el otro -como se dijo- son algunas escenas inmundas, por fortuna muy aisladas. Decirlo todo no siempre es conveniente en una novela con ciertas pretensiones. De todos modos, la picaresca aliviana siempre el realismo sórdido y la apelación a lo escabroso. Además, hay mofas muy bien elaboradas.

Al parecer Welsh bebe en las aguas del freudianismo más básico, ese que sostiene que el arte, la política y los deportes surgen de la sublimación de lo sexual. La filosofía de andar por casa de Terry establece que todas las frustraciones de la vida provienen del celibato. Pero al margen de esas desmesuras, la obra defiende la idea de que siempre es mejor hacer algo bueno por las personas en situación vulnerable que aprovecharse de ellas. Es un mensaje cristiano: Los que escandalizan a los más pequeños, a los débiles, merecerán un castigo eterno; y los justos, vida eterna (Mateo 25:31-46).
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Economía del diario La Prensa

Calificación: Muy bueno

lunes, 26 de noviembre de 2018

Nada de nada

Si hay algo que deja en claro Hanif Kureishi (Londres, 1954) en su novela más reciente es que se trata de uno de los mejores estilistas de la anglósfera. Tiene, entre otras virtudes, una formidable capacidad para acuñar epigramas, es decir esos pensamientos que merecen ser grabados sobre bronce o granito. Va un ejemplo: "El gran combate de todo hombre es no parecer idiota". Uno más: "Santo es alguien a quien no se ha investigado lo suficiente".

Nada de nada (Anagrama, 179 páginas) asimismo, descuella por su sentido de lo teatral, el cultivo de la paradoja y el tallado de los personajes. Es un texto placentero de cabo a rabo.

A tenor de sus dos últimas obras, se puede concluir que al señor Kureishi le encantan los tríos y las estrellas del arte en decadencia. Si en La última palabra (pincha acá) el protagonista era un escritor consagrado (¿V.S. Naipaul?), ahora escuchamos la voz de un añoso cineasta confinado en su departamento -casi un vegetal en una silla de ruedas-, pero al que la cabeza le funciona demasiado bien. Es ésta una novela sobre la senectud, por cierto.

Después de dos décadas de matrimonio -y con una diferencia de edad de veintidós años- el decrépito Waldo descubre que su devota Zee le es infiel, quizás por primera vez. La señora, de origen paquistaní como Kureishi, encuentra la alegría en Eddie, un gigoló con la reputación de ser un maestro en el arte del sexo oral.

Zee y Eddie, tan brillante como incompetente, se traen entre manos algo más siniestro que una sucesión de ruidosas cópulas, salidas y viajes (despilfarran la plata del viejo). Waldo, no obstante, está dispuesto a frustrar sus planes. Pasen y lean. La cena está servida y es deliciosa.

Por momentos, la novela da la impresión de ser una comedia wildeiana, con diálogos magníficos pero mucho más oscura. La trama viene enriquecida con observaciones inteligentes sobre el sexo ("la líbido, como Elvis o los celos, nunca muere"), el amor ("sólo los idiotas quieren que los amen en exclusiva") y las relaciones sociales ("alaba a alguien alguna vez y será tuyo para siempre"). Otro de los agrados es la deliberada ambigüedad: ¿Waldo es víctima o victimario?

Vale insistir en un punto. La prosa de Kureishi es un verdadero bálsamo, en un época en que se celebra escribir mal. Very british, con toques de las colonias. Definitivamente, el viejo imperio ha enriquecido a la literatura inglesa.
Guillermo Belcore
Publicado ayer en el Suplemento de Cultura de La Prensa.

Calificación: Muy bueno

lunes, 19 de noviembre de 2018

El peso de la prueba

El mismo año convulso en que el mariscal Van Paulus se rindió en Stalingrado y los japoneses, por fin, fueron expulsados de Guadalcanal se publicó por primera vez El peso de la prueba (Emecé, 335 páginas, edición 2016). El dato habla muy bien de Inglaterra. Que en plena II Guerra Mundial pueda darse el lujo de disfrutar una novela policial que trata en forma muy oblicua la amenaza nazi es, de alguna manera, la cima de la civilización.
Para los desmemoriados y para los que no leyeron aquí los elogios que se tributaron a otra obra del autor (pinche aquí) Michael Innes es el nom de guerre que eligió el eminente profesor John Innes Mackintosh Stewart (Edimburgo 1906-1994), un clasicista que saltó a la fama por haber escrito unas 50 novelas policiales. Es el creador del detective John Appleby, también con sólida formación universitaria y cultor del método deductivo, como todos los hijos y nietos de Sherlock Holmes.

El señor Innes fue docente en la Universidad de Leeds. Aquella experiencia nutre El peso de la prueba. Scotland Yard envía al detective Appleby a la ficticia Universidad de Nesfield para esclarecer el asesinato de un catedrático bastante destacado. El bioquímico Henry Albert Pluckrose fue aplastado por un aerolito mientras descansaba cómodamente sobre su silla de tijera en el cuadrilátero estudiantil que llaman Patio de la Fuente. Quién puede resistirse a tan adorable argumento. Una piedra del espacio, con su velado simbolismo, como arma mortal. Un crimen violento, ocurrido entre hombres consagrados a la ciencia y a las artes.

Hay que destacar que la obra relumbra, sobre todo, como sátira. Presenciamos “una orgía de esnobismo”. Nos divertimos con las “antipatías del claustro”. Al parecer, quiere decirnos el autor que no existe nada más fatuo que un profesor de una alta casa de estudios de provincias en la Gran Bretaña. Uno podría decirle al señor Innes que sí existe: un intelectual progresista en una resentida Facultad de Humanidades de la Argentina, pero eso es otro tema.

Hay otro agrado en el libro: el tesoro verbal.
En una era de guarangos e ignorantes, obra como un bálsamo una novela policial que rescata viejas formas de cortesía y una sintaxis compleja. Hablar como un duque -literalmente- también es el culmen de la civilización. Por cierto, el duque de Nesfield, rector de la universidad, es un personaje encantador.  

“Torpe devorador de cardos“, le espeta, furioso, un catedrático al vicerrector por su condición de galés. ¡Eso es un insulto, damas y caballeros! El señor Innes advierte en la página 56 que hay un presunto axioma -proveniente del ámbito educativo- de que el vicerrector ipso facto de ningún modo puede ser una buena persona.

La investigación avanza a fuerza de diálogos ambiguos (teatralerías) que desquician las entrevistas que Appleby y el inevitable Watson mantienen con el profesorado y sus satélites. Los elementos son evasivos, parece que todo el mundo tiene algo feo que ocultar. Las murallas del misterio caen en las páginas postreras, como ordena el canon. El desenlace gusta de emular el modelo Agatha Christie. Un amplio auditorio, el detective ofrece un par de hipótesis falsas para castigar a los pedantes y luego se revela quién es el asesino del profesor Pluckrose. Estupendo entretenimiento.
Guillermo Belcore

Calificación: Buena