lunes 6 de septiembre de 2010

Las batallas en el desierto

José Emilio Pacheco
Túsquets. Novela, 77 páginas. Edición 2010.

¿Existe la novela perfecta? Aquella donde sea exacta la adecuación entre forma y contenido. Aquella donde se perciba cada palabra como justa y valiosa; y se encuentre en cada párrafo la melodía que embelesa sin desmayos hasta el final. Aquella donde la sabiduría expresiva toque todas las fibras íntimas del lector; y la historia individual y el devenir social se combinen de tal forma que se derroche inteligencia. Es posible que no exista tal platonismo. Pero hay algunas obras que rondan la perfección. Como este clásico de México que desde 1981 no sólo ha extasiado a varias generaciones de críticos y público en general. También fue llevada al cine e inspiró una celebrada canción de Café Tacuba. ¡Tres hurras por la reimpresión!

José Emilio Pacheco (1939) es, por encima de todo, un gran poeta. Recibió el Premio Cervantes el año pasado. Se define a sí mismo con estos hermosos versos: “A mí sólo me importa/ el testimonio/ del momento que pasa/ las palabras/ que dicta en su fluir/ el tiempo en vuelo./ La poesía que busco/ es como un diario/ en donde no hay proyecto ni medida“. Todas esas características están presentes en Las batallas en el desierto, modelo de manejo de la nostalgia según Carlos Monsiváis; elogiada también por “sensibilizar contra la violencia, la crueldad y dar una conciencia muy grande de la presencia del otro“ (como toda la obra de Pacheco).

El libro narra una historia de amor en los cuarenta. Carlitos (11 años) se enamora de Mariana, la mamá de Jim, sabiendo que todo está perdido y no hay ninguna esperanza. Una tarde, se escapa de la escuela y le declara su pasión. Y entonces estalla la tormenta. Si eres niño no tienes derecho a que te gusten las mujeres. La familia de Carlitos, burguesía venida a menos, lo declara un perverso. El final resulta estremecedor.

La prosa de Pacheco es coloquial y limpísima. ¡Qué bien escribe, por Dios! Transmite un mensaje: atesora el momento y la escena, cuando el inmenso mundo se dispone como una escenografía para nuestra representación. Guarda intacto el recuerdo de cada instante mágico, porque todo lo que existe ahora mismo nunca volverá a ser igual. Y un día lo verás como la más remota prehistoria.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Excelente

sábado 4 de septiembre de 2010

Mafia blanca

Jens Lapidus
Suma. 655 páginas. Novela policial. Precio aproximado: 95 pesos.

Muge el becerro de oro. Su reclamo es más imperioso que el canto de las sirenas. La Edad Dorada de la novela policial sueca ha atraído al ruedo a diletantes que, quizás, en otra circunstancias ni siquiera se hubiesen arrimado. El abogado Jens Lapidus (1974), con amplia experiencia en los bajos fondos, también decidió tirar los dados, arropado con la capa del magnífico James Ellroy. En efecto, ha copiado el estilo y la estrategia literaria del norteamericano: la Trilogía Negra de Estocolmo es una reacción ante el mainstream (el cliché mankelliano); aspira como su mentor a denunciar las llagas del sistema, la podredumbre de la ciudad natal, con una trama filosa y sin inocentes, y, especialmente, tratando de evitar la corrección política, esa perdición de la obra de arte.

El segundo tomo de la Trilogía combina hábilmente tres historias de vida. Tres rambos en Vikingland, donde el homicidio aún es muy raro y pululan las mafias del Este. Mahmud, un inmigrante árabe, obsesionado con los músculos, ex convicto, típico representante de esa porción de la humanidad que abomina del trabajo honrado. Niklas, ex mercenario en Irak, alucinado por las ratas, los cuchillos y los canallas que maltratan a las mujeres. Thomas, un policía de derechas, no muy corrupto, ni muy racista, pero víctima de una conspiración que conduce -cómo no- al misterio del asesinato de Olof Palme.

La traducción es harto curiosa: mezcla localismos argentinos (cheto, cana, birra, cafisho) con otros foráneos (chiringuito, colocón, canicas, yonqui). Se ha buscado no molestar a nadie. El libro tiene pasajes mal escritos y oscila entre lo atrapante y lo tedioso; da la impresión siempre de que se lo estiró más de la cuenta. La crítica social es lo mejor de todo. Parece que en Suecia, básicamente, es como en la Argentina: con dinero o con contactos con el partido gobernante (socialismo allá; peronismo acá) se arregla cualquier cosa, siempre que no fastidien los periodistas, esa plaga.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Regular

jueves 2 de septiembre de 2010

Pynchon en el Recanto

Moscardón imaginario XXXIV

Llegó, ¡por fin! A fines de agosto, arrellanado en una reposera del Recanto Hotel de Fox de Iguazu, en una tardecita con treinta grados de temperatura y mientras parloteaba en el árbol vecino el magnífico boyero cacique (foto), tropecé con la Gran Novela del Año, esa súbita aparición en el firmamento literario que, desde me dedico a la glosa profesional, nunca falta a la cita y me deslumbra por su originalidad, potencia estética y sabiduría. Estoy leyendo Contraluz del colosal Thomas Pynchon. Lo acompaño con el insuperable café brasileño, leche en xícara (¡qué bonita palabra!), pan de chocolate y queso (no tan delicioso como los quesos argentinos).

Contraluz, en realidad, data de 2006, pero recién este invierno boreal nos la acerca Tusquet. Voy por la página trescientos, por lo que estos garabatos tienen carácter provisional. Estoy fascinado. Si la obra no extravía su camino, deberé definirla como una de los mejores que he leído en mi vida. Es un Pynchon auténtico, es decir el producto de una inteligencia prodigiosa, una curiosidad insaciable y un finísimo sentido del humor. Mientras el sol escarlata (dicen que por la suspensión en el aire de partículas ferrosas) se hunde en la espesura, arribo a una conclusión temeraria: si el Borges más juguetón se hubiese animado a las novelas oceánicas, escribiría como Pynchon. Un alarde de erudición, un estilo sublime y la convicción de que la realidad entera no es otra cosa que una infinita biblioteca.

Contraluz tiene más de mil trescientas páginas. Nos obliga a replantear nuestra relación con la Alta Literatura. Es un texto para ser saboreado, no tragado. Slow reading. Me propuse leer entre cincuenta y ochenta páginas por día, nunca más. Incluso lo alternaré con otras lecturas. Que me esperen en La Prensa. No quiero perderme detalle, amigos, de una empresa con un ambición descomunal que en sus dos primeros capítulos ya ha parodiado, con desopilante eficacia, las novelas de detectives y de aventuras, las tramas del Salvaje Oeste, el folletín, a Poe y a Lovecraft. ¡Este tipo es increíble!, me escucha decir mi mujer a cada rato.

Contraluz desarrolla una trama caótica. Las peripecias de Los Chicos del Azar, una pandilla caricaturesca que se recorre el planeta en un dirigible alimentado con hidrógeno, parece ser el hilo dorado. Pero hay abundantes ramificaciones. Transcurre a fines del siglo XIX y -según he leído- llega hasta la Primera Guerra Mundial. Los personajes son fascinantes (obsérvense los nombres): el fotógrafo Merle Rideout, El profesor Heino Vanderjuice, el magnate Sacarsdale Vibe, el anarquista dinamitero Webb Traverse y sus hijos rebeldes, el investigador Lew Basnight, Pugnax, el perro sabio. Proliferan los puros objetos verbales (la traducción es excelente) y las invectivas anticapitalistas. ¡Se trata de la Gran Parodia Socialista! Pero atención: el pleno goce de la obra de Pynchon -como Borges decía de Kafka- puede anteceder a toda interpretación y no depende de ella.

Contraluz es un libro caro, pero realmente vale la pena. Al fin y al cabo, por qué debemos contentarnos con obras mediocres cuando el Arte más exquisito nos convoca a gritos. Es lo que he aprendido en más de tres décadas de lector voraz y asistemático. A no perder el tiempo. Como dicen por aquí, en esta lengüita del Brasil, “mono viejo no sube a palo podrido”.
Guillermo Belcore

lunes 30 de agosto de 2010

El asedio

Arturo Pérez-Reverte
Alfaguara. Novela histórica, 727 páginas. Edición 2010.

Arturo Pérez-Reverte -el periodista que renovó el género de aventuras y ganó un escaño en la Real Academia de la Lengua- se ha embarcado en otra espléndida travesía: novelar hitos del Bicentenario. Tras la batalla de Trafalgar y el alzamiento de Madrid, le hincó el diente a otro episodio de las guerras napoleónicas. Desmenuzó el sitio de Cádiz en 1811, corazón de la España patriota e insurrecta, campo de batalla entre reformistas y reaccionarios, enclave mercantil especialmente beneficiado por la explotación de América. La reconstrucción histórica y lingüística es magnífica; los personajes, por lo general, son concluyentes, aunque más de uno suene anacrónico (¿un traidor por razones ideológicas?, ¿un Marlowe de los mares?). La trama incluye encontronazos memorables, pero con el correr de las páginas abruma por su pesadez. El gran malabarista arrojó demasiados platos al aire y algunos se le resbalaron y se hicieron añicos en el piso.

Pérez-Reverte, en efecto, peca de ambicioso. Embutió a mazazos un misterio policial en una novela histórica con denuncia social, y le añadió romanticismo ñoño. Imaginó que, mientras llueven las bombas francesas sobre Cádiz, aparecen muchachitas con la espalda abierta a latigazos hasta dejar al aire los huesos. El corrupto y brutal Rogelio Tizón, comisario de Barrios, Vagos y Transeúntes, sale a la caza del homicida serial. Como siempre, la truculencia delata un déficit de invención.

Afanoso por enseñar historia, el detallismo aquí se degrada en verborrea. Tan feo como el didactismo, es la redundancia. Los párrafos suelen están hinchados con aclaraciones que estropean el ritmo de la prosa. Se busca, quizás, ser legible incluso para el más zopenco de los lectores. Demagogia artística es otro enemigo mortal de la calidad. Pero el mamotreto tiene también virtudes que perforan el tedio (puede que el tema sólo resulte interesante a los españoles). Pérez-Reverte, como dijimos, cuenta con un oído extraordinario para captar el habla, y es un gran narrador de acciones bélicas, especialmente las que transcurren sobre un barco. “El mar y la vida son muy perros”, sentencia el corsario Pepe Lobo, el héroe trágico que condensa todas las cualidades de aquello que el autor considera un hombre de verdad: integridad, coraje, cinismo, inteligencia para reconocer a un semejante por “cómo mira y cómo calla, y a un pájaro por la cagada”.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario la Prensa.

Calificación: Regular

La otra campana: Bien, aquí he perdido la virginidad. Primera novela de Pérez-Reverte que, en verdad, me aburrió soberanamente, al punto de saltearme páginas enteras. Los periodistas españoles en cambio se deshicieron en elogios. Prefiero ignorar por una vez a El País que esta en manos del mismo grupo empresario que controla editorial Alfaguara, pero también los comentaristas del ABC y El Periódico de Cataluña se han postrado de hinojos.

miércoles 25 de agosto de 2010

Sherlock (la serie)

Moscardón imaginario XXXIII

Pensar de tarde en tarde en Sherlock Holmes -estableció Borges- es una de las pocas buenas costumbres que nos van quedando. Ese caballero, flaco como una excusa pero con una mente filosa como cimitarra, sigue atrapando la imaginación de las generaciones. La industria del entretenimiento, obviamente, nunca renunciará a explotar el filón. Yo no soy inmune, confieso. Hace unos meses me atreví a esbozar en el blog de Eterna Cadencia algunas apreciaciones sobre la decepcionante versión del detective que interpretó Robert Downey Jr para Hollywood. Pero eso ya es noticia vieja. La BBC ha revivido a nuestro héroe -y a su imprescindible compañero- con una fidelidad asombrosa en los detalles y un enorme ingenio para traer el método deductivo al siglo XXI.

De eso se trata este post, amigos. Quisiera recomendar Sherlock, una miniserie excelente en todo sentido que me ha cautivado hasta el borde del fanatismo. Se la debo al querido Ezequiel, mi compañero de inglés. Por ahora se hicieron sólo tres capítulos, pero leo que el entusiasmo del público y la crítica obliga a prolongarla en 2011. Los episodios duran cerca de noventa minutos y pueden verse en Internet. El protagonista es un tal Benedict Cumberbach, y como en el caso de Hugh Laurie en House (qué tanto le debe a Conan Doyle), el personaje parece un traje hecho a su medida, circunstancia que siempre delata al gran actor.

El Holmes postmoderno es un consultor ad honorem de la policía londinense, adora las nuevas tecnologías y se confiesa asexuado. Se aplica parches de nicotina (no es tan fácil fumar pipa en público) y consume drogas recreativas. Lo secunda un doctor desempleado, que el Ejército se quitó de encima tras ser herido en Afganistán. No es un bobalicón. Es un hueso duro de pelar. Mr. Watson, como cualquier militar, tiene un desaforado sentido del honor y no titubea en meterle una bala al enemigo si la ocasión lo demanda. El Doctor Moriarty y una oscura organización conspiran entre las sombras. Fascinante, ¿verdad?
Guillermo Belcore

domingo 22 de agosto de 2010

Auge y caída del Tercer Reich. Volumen I

William Shirer
Planeta. 924 páginas. Ensayo de historia. Precio aproximado: 130 pesos

La diferencia entre literatura y periodismo -bromeaba Oscar Wilde- radica en que el periodismo es ilegible y la literatura no es leída. Refuta la humorada este manual de historia, épico, ameno y minucioso (demasiado minucioso por momentos), que desde su publicación en 1961 se convirtió en un éxito de ventas a nivel global y en manzana de la discordia entre los académicos. Es la obra magna de un periodista excelente y legendario, que lo escribió cuando el macarthismo lo había dejado sin trabajo. William Shirer (1904-1993) fue corresponsal en Berlín, Viena y otras capitales europeas durante los años de plomo. Felizmente, no se trata de un testigo imparcial: los déspotas como el cabo austríaco o el seminarista georgiano no le suscitan a su alma liberal y cultivada otra cosa que indignación y desprecio.

Puede que algún dato puntual haya sido impugnado por la evidencia descubierta en los últimos cincuenta años, pero el relato pormenorizado de los años entre el nacimiento de Adolf Hitler y el estallido de la II Guerra Mundial es básicamente exacto, con la excepción quizás de cierta indulgencia con los comunistas. Muy discutida es, empero, la especulación de Shirer de que existe una continuidad ideológica entre Lutero, el viejo orden prusiano y el Führer (Uno puede atestiguar a su favor que ya Julio César hablaba del “furor germanicus”). El erudito inglés Hugh Trevor-Roper definió el libro como un “espléndido trabajo de erudición, objetivo en el método, sólido en el juicio e insoslayable en sus conclusiones”.

Shirer, con destreza, combina sus experiencias personales, con los documentos incautados por los aliados y los diarios personales de Goebbels, el general Harder y el conde Cianno, entre otras fuentes escritas. La erótica de la obra, no obstante, estriba más que nada en su contenido periodístico; en la información de primera mano que el autor ha acumulado y registrado, ya sea el latido de la calle, el estado del clima o la fisonomía del estrambótico conjunto de desequilibrados que creó el nacionalsocialismo.

He aquí un párrafo típico, que nos revela a Hitler, el Tepichfresser:

En la mañana del día 22 (septiembre de 1937) estaba yo desayunando en la terraza del hotel Dreesen, cuando vi pasar a Hitler para inspeccionar su yate, que estaba amarrado a orillas del río. Caminaba a grandes zancadas. Me pareció que tenía un tic nervioso. A cada instante, alzaba el hombre derecho en un gesto mecánico, aflojando, al mismo tiempo, la pierna izquierda de un tirón. Tenía unas ojeras espantosas. Tal y como lo señalé por la noche en mi periódico, daba la impresión de estar al borde de una depresión nerviosa: Tepichfresser!, murmuró a mi lado un compañero director de un diario alemán, que detestaba en secreto a los nazis. Y me contó que, desde hacía algunos días, a causa del asunto checo, Hitler vivía en un estado tal de frenesí, que, en más de una ocasión, había perdido el control de sí mismo y se había arrojado al suelo y había mordido el borde de una alfombra. De ahí nació la expresión “devorador de alfombras”. La víspera por la noche, en el hotel Dreesen, en el curso de una conversación con algunos chupatintas a las órdenes del partido, oí llamar de aquel modo al Führer, en voz baja, por supuesto”.

Guillermo Belcore
Publicado en los Suplementos de Cultura de La Prensa y la Capital de Mar del Plata

Calificación: Bueno

miércoles 18 de agosto de 2010

Blanco nocturno

Ricardo Piglia
Anagrama. Novela, 299 páginas. Edición 2010. Precio aproximado: 60 pesos.

En definitiva no hay más que libros de viajes o historias policiales. Se narra un viaje o se narra un crimen. ¿Qué otra cosa se puede narrar”, estableció Ricardo Piglia (Adrogué, 1940) en Crítica y ficción, esa obra insoslayable. Se puede narrar un montón de cosas más, naturalmente, como la desintegración de un carácter, por ejemplo. Pero la sentencia revela -si no la realidad- las coordenadas en las que ha querido encuadrarse la ficción de uno de los escritores fundamentales de la Argentina.

Después de trece años, Piglia publica una novela. Después del escándalo de Plata Quemada, que volvió a sumir en la ignominia a los premios literarios, ofrece un policial heterodoxo, sustentado en una teoría sugerente: los argentinos deberíamos explotar el nuevo subgénero de la ficción paranoica, donde “el criminal ya no es un individuo aislado, sino una gavilla que tiene el poder absoluto”. Es una lastima que tan hermosa teoría se despache en un solo párrafo.

En una entrevista reciente, Piglia propone que su creatura sea asimilada como “novela de personajes”. En efecto, los personajes, aunque convencionales, constituyen el plato fuerte. La obra no seduce por la urdimbre, ni por la poética, ni por la sabiduría en juego, aunque hay destellos de lucidez, como el planteo de que “el conocimiento no es el develamiento de una esencia oculta sino un enlace, una relación, un parecido entre objetos visibles”.

¿Y con que se enlaza Blanco nocturno? Con la ficción de Roberto Arlt. Mejor dicho, con la fecunda lectura pigliana de Arlt. En ambos casos, “estar loco es escapar del infierno de la vida cotidiana; o habría que decir, la locura es la ilusión de salir de la miseria”. En ambos casos, “el que tiene dinero esconde un crimen; el enriquecimiento es siempre ilegal, por principio”. En ambos casos, los personajes son “empecinados” (una palabra que Piglia adora); van de sueño en sueño. Uno y otro“son demasiados excéntricos para el realismo social y demasiados realistas para el esteticismo”. Creen “en la posibilidad que tiene la ficción de transmutar la realidad” y procuran el cross en la mandíbula. En Piglia, los personajes se alinean al servicio de una causa: denunciar las jerarquías podridas, la doble moral, la corrupción rampante de los propietarios rurales y de sus esbirros. Se redondea la tradicional visión pequeñoburguesa y urbana: la escritura está infestada de criollismos, tanto en el léxico como en la anécdota. En un producto de Sara Gallardo o Jorge Torres Zavaleta no se le infligen estas obviedades al lector, por la misma razón que en el Corán no hay palmeras ni camellos.

La potencia dramática y las conmovedores chapuzas de Arlt -claro está- brillan por su ausencia. La prosa pigliana es prolija, transparente y clásica. Pertenece a una estirpe magnífica, la que comprende el valor de la palabra justa. Empero, desconoce una gran máxima de Voltaire: el secreto de ser aburrido es decirlo todo. No se emplean procedimientos indirectos. El narrador es fastidioso, un metiche; a menudo, da ganas de gritarle: ¡Córrase Piglia, deje la trama en paz! A cuento de nada, por caso, más de una vez se obstina en enseñarle al lector que el presidente Ulises Grant fue un gran hijo de puta. Se tiene la impresión que ese afán por explicarlo todo no es otra cosa que una deformación profesional: pedagogo hasta la médula; catedrático de universidad estadounidense haciendo el numerito de severo reprobador del país que le da empleo.

¿De qué va el libro? Se narra un crimen y su pesquisa en una típica ciudad de la pampa bonaerense, la cual -cómo no- bulle de maldad bajo su mortaja de aburrimiento. La historia transcurre en 1972 e involucra a un mulato portorriqueño y a una típica familia patricia: dos típicas hermanas gemelas que se turnan en todas las cosas de la vida, un típico terrateniente sin escrúpulos, y un no tan típico industrial enloquecido. Los buenos son el comisario Croce, un paisano que razona como Bertrand Russell; y el periodista Emilio Renzi, un viejo conocido de Piglia (algunos lo consideran su alter ego). El conjunto está repleto de clichés. No hay alarde de imaginación. Tampoco se leen escenas memorables pero la narración de una cuadrera en el capítulo tres es formidable. El autor no se priva del mal gusto (un japonesito encarcelado se masturba mirándose en un espejo) ni del error del principiante: Renzi se queda callado “toda la noche”, después del amanecer.

El curioso recurso de agregar notas a pie de página es inocuo. Y al parecer se trata de una humorada. Esta bien, los gustos hay que dárselos en vida. El libro, en resumidas cuentas, le permitirá al lector atesorar tres o cuatro ideas inspiradoras, pero el tedio visita demasiadas veces las páginas. ¿Alguien conoce algún catedrático y ensayista que sea un gran escritor de novelas?
Guillermo Belcore

Calificación: regular

PD: Este libro no llegó a La Prensa. Me lo compré. En la página cincuenta ya me había arrepentido.

PD I: Gracias a Omar Genovese, llegué a otra interesante entrevista que le hicieron a Piglia en Uruguay.

PS del 5-09: El País de Madrid dedicó la portada y el artículo principal de su último número Babelia a esta novela. Leila Guerrero trazó un espléndido retrato-entrevista, en el que Piglia se empecina en enseñarle a los lectores como deben interpretarlo ("Pequeñas distorsiones en la percepción. Eso era el nudo secreto de la novela"). Me pregunto si el escritor tiene pánico de ser incomprendido o es una mera técnica de márketing.
Además, el señor Lluís Sartoris se deshace en elogios. Dice en su reseña que Blanco Nocturno es, quizás, "la novela del gaucho que Borges no escribió". ¡Qué blasfemia!

domingo 15 de agosto de 2010

Risas peligrosas

Steven Millhauser
Circe. Colección de cuentos. 286 páginas. Edición 2010

Este peculiar volumen de cuentos confirma la ingeniosa sentencia de un crítico: Steven Millhauser (New York, 1943) parece la versión literaria de La dimensión desconocida (The Twilight Zone). Todo es exótico. Hay una chica a la que le revienta la cabeza de risa; y otra, anodina, que se desvanece en el aire por la indiferencia de sus semejantes. Hay un señor que de pronto se niega a hablar porque “las palabras menoscaban al mundo”. Un pintor mediocre inventa el Teatro Fantóptico, donde las figuras de los cuadros cobran vida. De costa a costa, Estados Unidos queda encerrado bajo una cúpula de Celestilux. Detrás de una tranquila urbe de Nueva Inglaterra, hay una réplica exacta de la ciudad -hasta en las nervaduras de las hojas de los arces- pero sin sus habitantes. El modisto Hisperión logra romper la dictadura de los cuerpos. Una historia de amor evoluciona en la más absoluta negritud.

Millhauser se revela aquí como un escritor de ideas, más que de tramas o de personajes. La parábola, la alegoría, la metáfora son sus instrumentos favoritos. En el primer relato, por ejemplo, revive a los entrañables Tom y Jerry para meditar sobre la atávica enemistad entre el intelectual y el bruto. Usa la fábula entera o algún personaje para expresar a viva voz una teoría, generalmente sobre el arte. La otra ciudad, acaso, simboliza el mundo de la literatura -ese parque de diversiones de calidad- que nos obliga a mirar con detenimiento, a fijarnos en detalles que de otro modo dejarían de existir y nos lleva a una comprensión más completa o verdadera de las cosas.

Los trece cuentos se mueven entre dos coordenadas: la obsesión y el aburrimiento (y sus peligros). La prosa de Millhauser es suave, elegante y extremadamente formal. Véase este párrafo delicado, el comienzo de Risas peligrosas:

“Pocos recordamos ahora ese azaroso verano. Lo que empezó como una broma, un pasatiempo inofensivo, se convirtió rápidamente en algo serio y obsesivo a lo que ninguno intentamos resistirnos. Después de todo, éramos jóvenes. Teníamos entre catorce y quince años, nos mofábamos de la niñez, nos sentíamos lejísimos del mundo de los adultos severos y ridículos. Estábamos aburridos, inquietos, ansiosos por sucumbir a una pasión o un capricho y seguirlo más allá de los confines de nuestra naturaleza. Queríamos vivir, morir, estallar en llamas, transformarlos en ángeles o explosiones. Sólo lo prosaico nos ofendía, como si temiéramos en secreto que fuera nuestro destino...”.

Por momentos, pues, da la sensación de que se trata de un narrador que raya la perfección, pero lamentablemente es un espejismo. El autor tiende a la verborrea y al relleno; todos los textos producen la sensación de hartazgo. La atención decae como decae la bandera cuando el viento deja de soplar. Sin embargo, en conjunto el libro es interesante; vale la pena conocer a una imaginación extraña que algo le debe a Borges.
Guillermo Belcore
Publicado en los Suplementos de Cultura de La Prensa y La Capital de Mar del Plata.

Calificación: Bueno

PD: La otra campana. El Sr. Molina hizo aquí una lectura apasionada de este libro.

jueves 12 de agosto de 2010

Agatha Christie. Los cuadernos secretos

John Curran
565 páginas. Suma. Edición 2010. Ensayo de literatura

Si quisiera, un lector podría alimentarse sólo de Agatha Christie. Podría ingerir cada mes durante siete años seguidos un título distinto de la emperatriz de la Edad Dorada de la ficción detectivesca en Gran Bretaña. Esa dieta tiene miles de fanáticos en todo el mundo; aunque hoy en círculos intelectuales revelar que uno es aficionado a las correrías de Hércules Poirot o de Miss Marple está mal visto. Es una pasión vergonzosa; los engreídos la consideran una escritora a escala industrial de tercera o cuarta categoría. Allá ellos. Se privan de disfrutar lo defectuoso y lo absolutamente chapado a la antigua.

John Curran es un archivista irlandés, que no titubea en cruzar el Atlántico sólo para gozar de una nueva versión de una obra teatral de la Dame Christie. Vale decir, es el más entusiasta de los christófilos. El nieto de la escritora le abrió las puertas de los archivos familiares, donde Curran halló y examinó setenta y tres cuadernos de notas, que abarcan cincuenta y cinco años de trabajo. Encontró también dos relatos inéditos (protagonizados por Poirot) que se incluyen -como yapa- en el volumen. No son gran cosa.

Siempre resulta ameno espiar entre bambalinas al escritor de fértil imaginación. El libro, no obstante, tiene encanto sólo para aquellos que conozcan al dedillo las obras primordiales de Agatha Christie. Curran descorre los velos y nos permite atisbar en los apuntes del proceso creativo de una señora, experta en maldades y venenos, con una habilidad inagotable para reciclar estratagemas y fabricar tramas con variaciones en torno a una idea. Se desmenuzan éxitos rotundos como Los diez negritos o Tragedia en tres actos. Se exhuman anécdotas simpáticas -como el Detection Club- y se revisan virtudes y defectos de una cuantiosa producción. El ensayo, en suma, es valioso pero para la grey.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Bueno

PD: Se puede ampliar la información pinchando aquí. Sugiero también leer un entusiasta artículo de Alicia Plante publicado en el diario Página 12.

sábado 7 de agosto de 2010

Amor, pobreza y guerra

Christopher Hitchens
Debate, 537 páginas. Recopilación de artículos periodísticos. Edición 2010. Precio aproximado: 90 pesos.


Christopher Hitchens, razonador de moda, es un típico producto de la Inglaterra liberal. Lleva en el rostro la añosa máscara del tutor moralista que pregona la necesidad del escepticismo. La sed de aventuras -otra típica pasión británica- lo ha llevado como periodista a Sarajevo, al Kurdistán y al departamento de la calle Maipú de Jorge Luis Borges. La grey progresista lo adora, en especial desde que se abroqueló en el misoteísmo. Hitchens sostiene que la religión es la forma más vil y despreciable que ha asumido el egoísmo y la estupidez humana. Parangona a la madre Teresa con Henry Kissinger. Muerde como una yarará, es decir no carece de filo ni veneno.

El sello Debate ha considerado oportuno traer al castellano un volumen publicado en 2004. ¿Por qué tan tarde?, vale preguntarse. ¿No hay nada más fresco? Se agrupan prólogos de libros y artículos publicados en The Nation, Vanity Fair, The Atlantic y otros medios por el estilo. La traducción, con frecuencia, pide a gritos un corrector de estilo (la sintaxis del inglés es diferente a la del castellano, ¿hace falta decirlo?) e inflige al lector aberraciones como “incapacitante”, “superimposición” y “ensogado”. El título proviene de un antiguo proverbio: la vida de un hombre está incompleta a menos que haya probado el amor, la pobreza y la guerra. Se exploran tres géneros narrativos.

Un tercio del libro incluye magníficas críticas de arte; en su mejor momento Hitchens parece un George Steiner de izquierdas, en sus cotas más bajas es un camorrero ingenioso con una arrogancia que haría pestañar al Rey Sol. Somete a Churchill, Bob Dylan, Kipling, Huxley, Borges, David Irving, Trostky, entre otros, a una prolija vivisección. También se reúnen experiencias de viajes. El pensador recorrió la mítica Ruta 66, el campo de batalla de Gettysburg, la frontera del Apocalipsis en Paquistán, el palacio de Saddam Hussein, La Habana degradada. Finalmente, otro tercio de la obra contiene polémicas intelectuales. Como filósofo puede que no sea brillante, pero Hitchens es un divulgador y ensayista en el sentido más elevado de esos términos. Describe con eficacia la degradación moral e intelectual de Noam Chomsky y advierte a las mentes proclives a la frivolidad que Bin Laden y sus esbirros no son héroes antiimperialistas sino “fascismo con rostro islámico”.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura de La Prensa

Calificación: bueno

martes 3 de agosto de 2010

Que el vasto mundo siga girando

Colum McCann
RBA. Novela, 473 páginas. Edición 2010.

“Lo único que necesitas saber de la guerra, hijo mío, es esto: no vayas”.
McCann

En agosto de 1974, un equilibrista francés recorre sobre una cuerda floja y a ciento diez pisos de altura la distancia entre las dos torres del World Trade Center. La hazaña es el eje de esta novela coral. Va engarzando, como si de perlas se tratase, historias individuales en la Nueva York de los setenta, una urbe degradada a nivel tercermundista. Son historias fascinantes. Hay un cura irlandés, comprometido con la Teología de la Liberación, un ángel loco e increíble que encuentra a Jesucristo entre las prostitutas del Bronx. Están las madres de Vietnam, que se reúnen para mitigar el dolor por la muerte de un vástago en “la menos norteamericana de las guerras”. Hay dos artistas de vanguardia que, como todos los de su ralea, cuanto menos trabajan más valiosos creen ser. Hay hackers en la prehistoria de la informática, hay un juez idealista de Manhattan, hay una influencia notoria del gran Don DeLillo.

Colum McCann (1965) es otro irlandés que ha adoptado Nueva York. E pluribus unum. Después de varios intentos, forjó una obra consagratoria. Este libro recibió el National Book Award de 2009. Despliega una enorme cantidad de recursos narrativos, casi todos bien logrados. El amor por el detalle delata al novelista de fuste. ¿Acaso el buen novelista no es esa persona que se preocupa constantemente por los pormenores más insignificantes? La trama tiene sus tiempos inertes y un grueso error (Studio 54 abrió recién en 1977), pero en conjunto el libro es extraordinario, en particular por la tremenda fuerza emocional, con pasajes que golpean como una maza.

Hay otra cualidad importante. Es un producto very Irish, lo que le permite conectar con la sensibilidad latinoamericana. La irlandidad -si es que existe la palabra- implica dosis de angustia y culpa, la fe que flaquea, la importancia decisiva de la familia, la búsqueda de pureza (aunque sea en una acrobacia), el misterio de la ausencia de Dios, la esperanza. Es decir, una abstracción, una noble intención metafísica, siempre agita la trama.
Guillermo Belcore
Publicado en los suplementos de Cultura de La Prensa y La Capital de Mar del Plata

Calificación: Muy bueno

PD: Creo que la banda sonora de la novela podría ser este tema.

PD II: Me duelen las muelas de repetir que la buena novela exige un trabajo casi inhumano, incluso trabajo de campo. Así lo explica McCann en El País.

domingo 1 de agosto de 2010

Piedra infernal

Malcolm Lowry
Tusquets. Novela de 126 páginas, edición 2010. Precio aproximado: 40 pesos

Se dice que Malcolm Lowry, el pobre niño rico que odiaba a su padre puritano y ferozmente abstemio, es el más grande de los escritores alcohólicos. Nació en Inglaterra en 1909 y murió en Canadá en 1957, ahogado en su propio vómito. Amó la música, el mar y los deportes, pero dilapidó casi todo su tiempo metido en borracheras. Publicó en vida, gracias al amor de sus mujeres y la veneración de un editor loco, dos novelas, una de ellas un texto imprescindible del siglo XX. El resto de su producción es póstuma y en ella relumbra especialmente este librito al que Lowry consideraba como parte de una trilogía. Si Bajo el volcán, su obra maestra, representaba el averno, Piedra infernal simboliza el descenso al purgatorio.

Como todas las demás, la novela es autobiográfica y rezuma angustia espiritual. En 1935, el escritor fue encerrado una temporadita en el Hospital Bellevue de Nueva York con el corazón destrozado y el whisky burbujeando en las venas. La experiencia en el manicomio la condensó en poco más de cien páginas con una poética admirable. Todo el universo luce embadurnado de desastre. Lowry trabajo casi veinte años en el libro, lo colmó de metáforas ingeniosas, personajes interesantes y lúcidas apreciaciones, pero nunca se sintió satisfecho.

Obsérvese la primera frase del libro; es perfecta y combina dos pasiones del autor:

"Un hombre sale a primera hora de la mañana de una taberna del puerto, con el olor del mar en la nariz y una botella de whisky en el bolsillo, y se desliza ligero sobre los adoquines como un barco que se hace a la mar".

El alter de ego de Lowry se hace llamar en el loquero Bill Plantagenet, aunque al principio se había presentado como S.S. Lawhill (el hombre que creía ser un barco). Pianista fracasado, traba amistad con un viejo judío que no tiene un ápice de loco, un niño asesino aficionado a un curioso simbolismo y un negro que no puede quedarse quieto. Sufre hermosos delirios, sufre un miedo peor al que aparece cuando uno debe dejar de beber al acabarse el dinero. ¿Merced a que milagro se dan también el amor y la compasión en la antesala del infierno?, se pregunta. Las historias son de cosas que se hunden, que se desmoronan, que se vienen abajo. La trama es circular. Bill concluye donde empezó, en una taberna, arrumbado en posición fetal. “Nunca iba a intentar algo para que lo que no tenía tiempo: enfrentarse de verdad al mundo”.
Guillermo Belcore
Publicado hoy en lo suplementos de Cultura de La Prensa y La Capital de Mar del Plata

Calificación: Bueno

miércoles 28 de julio de 2010

Colum McCann en Masamadre

Olleros 3900. Martes. 13.00 PM

Cierto espíritu de flaneur (manía ambulatoria, se queja mi compañera) me condujo hasta el barrio de Chacarita en busca de una de la maravillas del universo: panes saborizados. Olleros y Fraga, Masamadre (foto); “la casona del pan y la poesía", alguien no ha vacilado en afirmar. No salí defraudado, aclaro de entrada.

Poca gente (ideal para abandonarse al goce de la lectura), una carta que abomina de la carne, mesas de madera, amplísimos ventanales, paciencia del personal con los tipos extravagantes como yo. Encargo un sánguche de milanesa de avena completa (sin cebolla, no puedo verla ni dibujada). Viene con huevo, rúcula, papas al horno y una ensaladita. “No soy yo si no bebo todos los días un café con leche”, le explico a la cordial mesera que me mira como diciendo: “todos los locos me tocan a mí”.

Primera sorpresa: una panera enorme con distintas variedades y sabores. ¡Guau! Lo acompaña una pasta de porotos negros para untar, riquísima. Me abduce mi último descubrimiento: Colum McCann, un escritor irlandés que revela el lado sórdido, corrupto, tercermundista de Nueva York. Es otro ejemplo cabal de que la novela, tal como la conocemos desde el siglo XIX, -desde que la burguesía se hizo con el control de la historia-, goza de buena salud. Acabo de escribir unas líneas al respecto en Eterna Cadencia.

Estoy leyendo, por encargo del diario La Prensa, Que el vasto mundo siga girando de McCann. Un libro fascinante que pone en juego más de un recurso estilístico. El eje de la trama es una hazaña de 1974: un acróbata francés recorrió la distancia que separa las dos Torres Gemelas sobre una cuerda floja (un cable de acero), ¡a ciento diez pisos de altura! La proeza une distintos destinos individuales, entre ellos el plato fuerte de la novela: un sacerdote irlandés consagrado a la Teología de la Liberación, que misiona entre las prostitutas del Bronx, en el borde del mundo.

McCann se documentó con rigurosidad. Corroboró que el trabajo de campo también es importante para la construcción de una novela que aspira a retratar una porción de la realidad y a denunciar el sistema que obliga a hacer cosas depravadas a la gente. El profesor universitario acompañó a los policías en sus rondas. Recorrió esas viviendas subvencionadas de Nueva York donde Dios suele ausentarse, donde se mata y se golpea por azar, y donde que te atraquen es un ritual. Otro día, otra pena. Pienso en nuestro Fuerte Apache, en los monoblocks de Dock Sud o de Soldati, o en el barrio Carlos Gardel de Palomar donde alguna vez tuve que entrar a entrevistar a una fuente con el corazón en la boca (nadie me tocó un pelo).

El esfuerzo, la seriedad y la dedicación del novelista se perciben en el producto final. También en la gastronomía. Llega mi brunch. Segunda sorpresa: el café con leche viene en un tazón tamaño extra large, que sólo se me ocurre comparar con el que me sirvieron hace tiempo en una pulpería de Lobos. ¡Qué felicidad! Que sirvan estas líneas, entonces, como recomendación de Masamadre y de la novela consagratoria de Colum McCann.
Guillermo Belcore

PD: ¿La cuenta en Masamadre? Treinta pesos. Excelente combinación precio, cantidad, calidad.

sábado 24 de julio de 2010

Thomas Mann. Cuentos completos

"Los artistas me llaman burgués y los burgueses han querido encerrarme en la cárcel"
Thomas Mann

Cualquier canon del siglo XX incluye a Thomas Mann (1875-1955). Cualquier catálogo de novelas oceánicas, es decir de aquellos alardes de ambición e ingenio que fagocitan una era y la convierten en bellas letras, ostenta dos o tres de sus libros. Cualquier descripción del arte en la Edad Burguesa, seleciona como modelo a un intelectual que se inventó a sí mismo como faro de la cultura alemana y que encarnó lo mejor de su estrato social: cortesía, moral del trabajo, escepticismo, decencia, discreción. Y también compromiso con los ideales: "Cada ser humano razonable debería ser un socialista moderado'', sentenció el paladín de la República del Weimar. Siempre es saludable, entonces, que se reimprima la obra narrativa de un escritor sublime que además es considerado paradigma de la modernidad y arquetipo del intelectual que vive de y para la literatura.

El sello Edhasa publica Cuentos completos de Thomas Mann. Sólo el título merece una objeción. Se queda corto. El volumen de casi mil páginas trae no sólo decenas de relatos, sino también el conjunto de novelas breves, algunas íconos contemporáneos como Muerte en Venecia (1912). La crítica coincide que son tan complejas, profundas y rebosantes en símbolos e ideas como esos mamotretos donde el genio de Mann brilla con la potencia del sol del trópico aunque se mueve, a menudo, con desesperante lentitud. Permiten apreciar la evolución de un estilo y recogen, casi todas, algún fragmento autobiográfico, sea el entorno familiar, las vacaciones en Italia o bien las secretas apetencias de un caballero tieso y elegante, "digno hasta un punto menos que la rigidez" (Carlos Fuentes dixit), pero con un costado sórdido, como cualquiera de nosotros.

Harold Bloom y George Steiner coinciden en que Mann fue el único heredero de Goethe en el siglo de las masas. La influencia es notoria. El lector recordará que Mann reescribió el Fausto. Pero no fue la única hazaña. En este volumen, se encuentra el excelente Tonio Krueger (1903), emparentado con Las desventuras del joven Werther. El protagonista es el vástago de una distinguida familia de comerciantes hanseáticos que decide abrazar la carrera literaria. No logra superar la melancolía; piensa y habla como un Nietzsche. Llega a la conclusión de que todo lo que puede expresarse con palabras ya está podrido. El relato condensa, por otro lado, Los Budenbrook, novela con la que el autor saltó a la fama.

Decía Mann que "el novelista debe ser capaz de recoger muchos hilos humanos en la urdimbre de una sola idea". Si de hilos se habla, no resulta difícil encontrar el de color dorado que une cada una de sus composiciones: el pasmo, el temor reverencial y la alegría vergonzosa ante el hecho de que existen fuerzas más poderosas e interesantes que la razón y la virtud. Resistirse es inútil, como salmodian los Borg. Lo que el corazón -o mejor dicho el instinto- ordena es un mandato con la energía suficiente como para destruir la civilización. "No se puede vivir psíquicamente de no querer'', concluye el artista".

En La Ley (1943), nouvelle en la que se examina la creación no digamos del judaísmo sino de toda la conciencia moral de Occidente, una princesa egipcia es la que sucumbe al "instante de placer desenfrenado y homicida". Moisés, páginas adelante, se pierde en una etíope caoba y voluptuosa. En Desorden y dolor precoz (1925), el profesor Cornelius, una eminencia en historia de la España inquisitorial, siente un amor no del todo irreprochable por su hijita Lorchen. Sin embargo, es en Muerte en Venecia donde el desquite de las pasiones reprimidas constituye el eje primordial del relato.

La inmolación del venerable Gustav von Auschenbach, enamorado como una colegiala de un muchachito polaco y degradado a la categoría de petimetre, ha atrapado la imaginación de todas las generaciones. Es un escrito fundamental -como El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, al que tanto se parece- porque desnuda la ambigüedad de la naturaleza humana. Nos coloca ante la terrible evidencia de que hay algo en nuestro interior, siempre al acecho, capaz de derrumbar todo lo que laboriosa y dignamente hemos edificado. "En el mundo -nos avisa el artista- la fidelidad es imposible".

La brillante indagación de las tinieblas de la personalidad no se limita a la psiquis individual. Otra cima del tomo es el cuento de cincuenta páginas Mario y el mago (1930). Se ha querido ver en el temible hipnotizador Cipolla, un caricatura de Mussolini. La voz del autor se alza aquí contra el zafio abuso del poder. Thomas Mann constata que la imposición y la privación de la voluntad por parte de fuerzas oscuras también se da a la escala de un sala de variedades o incluso de un país entero: "Y el pueblo se permite forjarse la bella ilusión de que todo es simplemente teatro", se lamenta un hombre que sufrió en carne propia la maldad de los nazis.

Esa antinomia entre espíritu glacial vs. sensualidad ardiente, e incluso abyecta, el escritor la ramifica en subtemas fascinantes como la relación líder-masa (Moisés frente al pueblo elegido); la literatura como camino a la comprensión ("la nausea del conocimiento") que se opone al arte de vivir; naturalismo vs. arte abstracto; y hasta se plantea el contraste entre pueblos nórdicos y cultura mediterránea. Thomas Mann, a ojos vistas, quiso tener un pie en ambos lados.

Belleza olímpica
La producción de Mann no sólo emana sabiduría y permite respirar una atmósfera cargada de historia; también seduce por la belleza majestuosa del estilo. Se lo suele considerar una bisagra entre dos siglos: el último estertor del realismo decimonónico pero matizado con procedimientos modernos, como el manejo del ritmo: se acelera o ralentiza según los caprichos del creador.

La prosa tiene la hermosura del mármol: es fría, monumental, irónica por momentos, un punto decadente, nunca jocosa, proclive al giro ornamental y a las cláusulas subordinadas como si de un ensayo de filosofía se tratase. El que busque diversión que se vaya con sus petates a otro lado, aunque a menudo el son de mofa suscita alguna que otra media sonrisa. Es, por lo general, una literatura tan seria como su autor. El retrato de las especies humanas delata una inteligencia agudísima nunca corrompida por la corrección política. Obsérvese este párrafo típico:

"La niñera Anna también ha entrado en la habitación y contempla la escena desde el umbral con las manos plegadas: con su delantal blanco, el peinado oleoso, ojos de ganso y una expresión en la que se dibuja la severa dignidad de las mentes limitadas. 'Los niños -declara orgullosa de su buena cuna e instrucción- se están desdoblando estupendamente'. Recientemente se ha hecho sacar diecisiete raigones purulentos de la dentadura, para lo cual ha encargado una dentadura postiza regular de dientes amarillos con un paladar de caucho de color rojo oscuro que ahora embellece su rostro de campesina. Se ha apoderado de su espíritu la singular idea de que su dentadura constituye tema de conversación en toda clase de círculos, de que incluso los gorriones pían este asunto desde los tejados''.

La magnífica combinación entre fórmulas ceremoniales y riqueza expresiva, refinamiento y depravación denotan que el Premio Nobel de Literatura 1929 no fue uno de esos escribidores del montón cuya profesión burguesa son las letras, sino un artista predestinado y condenado a serlo. El abismo entre estas dos estirpes de escritores (la del olvido y la del Parnaso) mantiene aún su vigencia.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Excelente

martes 20 de julio de 2010

Tratado de los excitantes modernos

Honoré de Balzac
Libros del Zorzal. 61 páginas. Edición 2010.

Como este comentario nace y muere en el blog, me tomaré la licencia de abusar de la primera persona con el propósito loable -creo- de transmitir una muy agradable experiencia de lectura. Recomendaré aquí un librito rebosante de cosas necias, curiosas y divertidas. Fue engendrado como un ensayo moral, una advertencia a los gobernantes de la influencia en los destinos humanos de aquello que ingresa por lo boca. Pero hoy no puede ser leído sino como una parodia jocosa. He quedado como un idiota, riendo a carcajadas, ante los parroquianos del bar de mala comida y buena bebida que frecuento para escindir mi tensa jornada laboral.

Honoré de Balzac (1799-1850) sostiene, con rigor científico, que el descubrimiento del chocolate ocasionó la decadencia de España, justo cuando estaba por reinstaurar el Imperio Romano. Holanda será siempre de quien quiera conquistarla por ser un pueblo de fumadores. Cuando Alemania abandonó la moda de la pipa, se convirtió en una nación belicosa. El té es la causa no sólo de la hipocresía británica, sino también de que sus mujeres sean palidas, enfermizas, habladoras, aburridas y sermoneadoras.

Estamos pues ante una obrita deliciosa, que no tiene un gramo de grasa. Es el fruto del novelista por excelencia -Balzac escribía hasta quince horas de una sentada- cuya prosa, en sus mejores momentos, era tan luminosa y vivificante como el sol de octubre en Buenos Aires. Trata sobre las consecuencias que el alcohol, el azúcar, el té, el café y el tabaco tienen sobre el individuo y sobre la Patria. Una generación no tiene derecho a degradar a la siguiente.

Copio un párrafo sublime para que se constate la excelencia del estilo y el sabroso planteo naturalista. Como se recuerda, Balzac se propuso hacer con la gente lo mismo que los biólogos hacen con los animales: estudiar el medio en que viven, clasificarlos en especies y mostrar en que se diferencia una especie de otra:

“Conozco un experimento secreto que haré publico aquí en beneficio de la ciencia y del país. Una mujer muy amable, que quería a su marido lo más lejos posible de ella -caso extremadamente raro y digno de ser mencionado- no sabía cómo alejarlo en el marco del código. El marido en cuestión era un ex marino que fumaba como un piróscafo. Ella observó los movimientos del amor y comprobó que aquellos días en que, por una circunstancia cualquiera, su marido consumía menos cigarros, se mostraba, como dicen los puritanos, más “urgido”. Prosiguió con sus observaciones y descubrió una correlación positiva entre los silencios del amor y el consumo del tabaco. Cincuenta cigarros o cigarrillos (llegaba a ese extremo) fumados, le valían una tranquilidad tanto más codiciada cuanto que el marino pertenecía a la extinta raza de los caballeros del Antiguo Régimen. Entusiasmada con su descubrimiento, le permitió mascar tabaco, hábito que él había sacrificado a pedido de su mujer. Al cabo de tres años de mascar tabaco, fumar pipa, cigarros y cigarrillos, ella se convirtió en una de las mujeres más dichosas del reino. Tenía el marido sin el matrimonio (mascar tabaco acaba con nuestros hombres, me decía un capitán de barco reconocido por su genio de observación”.

Libros del Zorzal se ha especializado en quitarle a las gemas del siglo XIX el polvo del olvido. ¡Tres hurras por la audacia! De La comedia humana han entresacardo unas líneas magníficas que colmaron de felicidad una tarde que pintaba como cualquier otra.
Guillermo Belcore

Calificación: Excelente