martes, 17 de noviembre de 2020

Retratos de poetas rusos

 


Podría decirse que, entre los compañeros de ruta del comunismo soviético, Ilyá Ehrenburg fue el equilibrista más afortunado. Nació en Kiev en 1891 y murió en Moscú a los 76 años, de cáncer. Como miembro de la nomenklatura e intelectual orgánico del régimen gozó de privilegios, no obstante hubo períodos en los que sufrió acoso y censura. Se salvó del gulag, acaso, por su talento como cronista durante la Guerra Civil Española y durante la Operación Barbarroja, por ser funcional a los planes de los gerifaltes del Kremlin, y por los caprichos inescrutables de la mente paranoica más perversa de toda la Historia, la de un tal Josef Stalin.

Un centenar de obras llevan su firma. George Orwell, nada menos, tachó al escritor ucraniano y judío de "prostituta literaria", pero Ilyá tuvo algunos gestos de grandeza (conservar la dignidad y la decencia en determinadas épocas es un verdadero milagro) y, en todo caso, se trataba de una de esas meretrices que realizan su trabajo con diligencia. Lo prueba un magnífico ejercicio de crítica literaria que se publicó hace casi cien años. Aquí venimos a recomendar Retratos de poetas rusos de Ehrenburg, reimpreso en Buenos Aires el año de la peste por el sello Añozluz editora. Es una gema rara.

El libro de ciento ochenta y dos páginas y tapa color celeste es, por encima de todo, una brillante exhibición de estilo. Hay un poeta que juzga a sus pares; con gran dominio de la metáfora e intenso lirismo, define "el rostro, la persona y la obra" de catorce escritores: Ajmátova, Baltrushaitis, Balmont, Blok, Briúsov, Bieli, Voloshin, Esenin, Ivánov, Mandelstam, Maikovski, Pasternak, Sologub y Tsvietáieva. Se acompaña la descripción con una selección de poemas y una foto de los artistas. 

Los retratos fueron entregados a la imprenta en 1922; hubo una segunda edición un año más tarde y nunca más se volvió a publicar la Unión Soviética. Lo devaneos de Ehrenburg con el futurismo y el simbolismo, su desinterés por el realismo socialista y las alusiones a la tradición hebrea fueron demasiado para los guardianes del marxismo cuartelero, esa desgracia de media humanidad.

Ehrenburg sabía de que hablaba:

"El poeta no escribe los poemas, sino que los dice. Aunque sea en silencio; sus labios igual se mueven. Las manos vienen después, las manos son prácticamente un tipógrafo... ¿Pero acaso debe el poeta discutir, contar, denunciar?... El poeta debe profetizar... discute frente a frente con el terrible Todopoderoso... Es que del poeta esperamos visiones nuevas y cambiantes, y exigimos que nos asombre, como un peculiar jardín o el baile de una chica morena".

VISION INGENUA

Como se vé, nada más lejos del materialismo dialéctico que este delicado esteticismo, a lo Vladimir Nabokov. Había en el joven Ehrenburg amor al arte, ternura y compasión, respeto por la autonomía del hecho estético. Y, desde el plano político, había en la mente del intelectual oficialista, y de algunos amigos poetas, una visión de la Unión Soviética ingenua, equivocada pero colmada de esperanza. La Santa Rus sería otro Estados Unidos: 

"Rusia no desea ser Europa y desde Asia se lanza hacia América... la gran mecanización de nuestra caótica existencia anterior es una victoria sobre los oscuros elementos del alma... es claro que el ruiseñor tiene un canto bellísimo, pero el futuro le pertenece, parece ser, al gramófono".

A comienzos de los años veinte, el ideal comunista era aún lo nuevo, el repudio asiático a la Vieja Europa, ese concierto infernal de naciones que había engendrado el colonialismo y la hecatombe de la Gran Guerra. Ehrenburg sigue, entre otros, a Alexándr Alexandrovich Blok en el magnífico poema Los escitas. Copiamos algunas estrofas:

"Ustedes son millones, nosotros, como tinieblas y más tinieblas/

¡Prueben combatir con nosotros!/

¡Sí, los escitas somos nosotros! Sí, los asiáticos somos nosotros,/

con oblicuos y voraces ojos/


Para ustedes el siglo, para nosotros, la hora única./

¡Nosotros como siervos sumisos,/

sostuvimos un escudo entre dos razas hostiles,/

la de los mongoles y la de Europa!/


Cientos de años miraron ustedes hacia el Este,/

amontonando y extrayendo nuestras perlas,/

¡Y burlándose, para apuntarnos con las bocas/

de sus cañones, sólo esperaban el momento!/ 


(...) ¡Oh viejo mundo! Aun no has muerto/

y te consumes en dulce tortura./

¡Detente prudente como Edipo/

ante la Esfinge del viejo enigma!/


Rusia es la Esfinge. Regocijándose, afligiéndose/

y bañándose con negra sangre./

Ella observa, observa, te observa a ti,/

con tanto odio como amor".

Los escitas bien pudo haberse escrito ayer a la tarde, bajo el reinado del zar Vladimir Putin. Es que este volumen fascinante trae a la Rusia inmortal con ""el dolor mudo de una tristeza oculta, la angustia sin salida, el silencio, la inmensidad, la fría altura, las lejanías que se van"", como compuso Konstantin Balmont.

Es verdad que siempre algo valioso se pierda en la traducción de un poema, y se pierde mucho cuando el traductor no es un Jorge Luis Borges. Pero también hay algo que nos llega del fulgor original cuando la sensibilidad es socorrida por la inteligencia. Vale esto tanto para la prosa poética de Ilyá Ehrenburg como para su antología. El libro atesora momentos conmovedores (como Canción sobre una perra, de Serguei Esenin).

Al fin y al cabo, "la contrucción de un mundo distinto (artítiscamente hablando), con combinaciones nada comunes de formas comunes, con proporciones desesperadas y escalas insensantas siempre fue una eterna necesidad del hombre". Incluso en épocas infernales como la de la tiranía comunista.

En tren de ser exigentes, lo único que podría reprocharse a esta muy recomendable edición es que le faltarían algunas notas biográficas de los catorce poetas. Los jóvenes y los desinformados deberían conocer los tormentos que el régimen comunista les infligió a Ajmátova, a Pasternak, a Mandelstan. Es decir, necesitan saber los peligros que implica correrse un milímetro -en nombre de la libertad de pensamiento o de lo que sea- de la línea que establecen los catecismos rojos (aún hoy). "Oh pobre Homo Sapiens,/ la existencia es opresión// (...) Todos vívían con hambre y sed,/ bárbaros en la batalla/ y nadie pensaba que la vida/ es un milagro breve.", escribió justamente Pasternak.

Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

jueves, 12 de noviembre de 2020

La transmigración de Timothy Archer

 


En Presencias reales, George Steiner medita sobre las dificultades con que se encuentra el artista cuando en su experiencia creativa busca expresar el opus metaphysicus en un momento de la historia en que se ridiculiza sin contemplaciones lo abiertamente religioso. ``Impera -estableció el maestro de la crítica erudita- una racionalidad moldeada de modo ingenuo sobre las ciencias y la tecnología, donde la norma del discurso aprobado es el agnosticismo, cuando no un consiguiente ateísmo''.

 Esa reflexión fue escrita hace cuarenta años y no ha perdido un gramo de frescura. La novela teológica es la más rara de las flores del Parnaso literario. Por eso, el lector con inquietudes espirituales no puede sino sentirse extasiado cuando descubre el postulado de trascedencia en el arte. Es el caso de la última novela que escribió Philip Kindrek Dick (1928-1982), uno de los escritores fundamentales del siglo XXI. Aquí venimos a recomendar La transmigración de Timothy Archer (Minotauro, 220 páginas).

 La trama se basa en un hecho real -la muerte en el desierto del Mar Muerto del obispo James Pike- y depliega esos temas y subtemas tipicamente philipdickianos. Examina aquí el Misterio del Hijo de Dios, las enfermedades mentales, el sentido del mundo, la fuerza de lo inevitable, la cultura libresca en oposición al vitalismo, la búsqueda de la sabiduría, el espiritismo, la cultura de California del norte, el misticismo oriental, la Guerra de los Treinta Años. Esboza una nueva teoría acerca del ascenso y la caída de Satán. Postula que el cristianismo llegó a su culminación en el Renacimiento. Señala textos y composiciones musicales. Bascula entre los chistes políticamente incorrectos (el de los noruegos, según los suecos, es buenísimo) y las pruebas de la existencia de Dios. Se abisma en argumentos ontológicos y epistemológicos. Llega a la conclusión de que ``la facultad del conocimiento es variable y depende, en último análisis, de lo que uno quiere creer, y no de lo que es''.

EL OBISPO

 La historia también es cautivante. Conocemos a Timothy Archer, obispo de California, el más famoso de la Iglesia Episcopal de Estados Unidos, conocido en el mundo entero, amigo de Martin Luther King y Robert Kennedy, enjuiciado por uno de sus pares por herejía, alcohólico redimido, un egoísta inestable. 

"Como los realistas medievales, Tim creía que las palabras son cosas reales. Si se puede poner algo en palabras, es de facto verdad...'', lo describe su nuera, Angel Archer, la narradora. El obispo provoca el suicidio de su hijo Jeff y de su amante Kirsten, paladín de la emancipación femenina. Concentró el religioso toda su candidez en los escritos de una antigua secta hebrea, los malditos documentos zadokitas que, según cree, anticipan en doscientos años las enseñanzas de Jesucristo. Archer viaja a Tierra Santa en busca de un hongo alucinógeno (el anokhi) que otorgaría la conciencia de Dios, la parusía.

 Hay otro juego de ideas interesante, el vaivén entre fe (el obispo) e intelecto (Angela, licenciada en Berkeley). ¿Por cuál de los dos se decanta Philip Dick, el filósofo? Por la compasión o la caridad, no por la sabiduría. Destaca la necesidad de un Segundo Nacimiento, el nacimiento superior en o del espíritu, del que hablaba el Ungido. Moksha, según la tradición hindú, un brusco relámpago de comprensión absoluta venida de ninguna parte. La transmutación del Ser inauténtico al Ser auténtico, el Sein de Martin Heidegger.

La dimensión trascendental, queda demostrado una vez más, eleva cualquier libro.

Guillermo Belcore

Calificación: Excelente


martes, 10 de noviembre de 2020

Homenaje ilustrado al gaucho

 


El gaucho no existe, es un invento de los estancieros para entretener a los caballos, bromeaba Macedonio Fernández , acaso el único auténtico intelectual que ha engendrado la Argentina (vivía para pensar y conversar, según Borges). Pero Macedonio estaba equivocado. El gaucho existe y está en el centro de nuestra nacionalidad. Y el artista virtuoso así lo ha hecho notar; José Hernández, Lugones y Güiraldes, desde ya, pero también escritores ilustradores de la talla de Enrique José Rapela (1911-1978), destacado colaborador de La Prensa en los sesenta y setenta.

Acaba de reimprimir Editoral El Ateneo una obra sublime de Rapela: Conozcamos lo nuestro. Homenaje ilustrado al gaucho (343 páginas). Se trata de una "" enciclopedia singular de terminología campestre "" que había sido publicada por primera vez en 1977. Eran tres fascículos que se ofrecían en los kioscos de diarios y revistas. Uno de sus cometidos era enseñarles a los lectores contemporáneos que "nada hizo el gaucho que no tuviera una finalidad importante". Aquellos "maravillosos antepasados ​" eran hombres y mujeres prácticos; desconocían las fruslerías urbanas como el psicoanálisis.

La de 2020 es una bellísima edición bilingüe, en rústica, que conserva la excelencia de la pluma y el pincel de Rapela. El volumen fue organizado en capítulos y partes temáticas: prendas de vestir, implementos de trabajo y habilidades; hogar y alrededores, costumbres, pasatiempos y supersticiones; el caballo y otros animales. El homenaje no sólo involucra al individualista paisano de las llanuras ("que heredó todo del pueblo español") y su inseparable compañero ungulado. Rapela agregó un pantallazo de los usos y costumbres del indio, "aquel valiente dueño de la tierra que defendió con valor y orgullo luchando contra el gaucho, que fue el primer instrumento que el ilustrado utilizó para liberar esas grandes extensiones de rica tierra".

Una o más ilustraciones engalanan cada página de esta obra esclarecedora. El arte visual de Rapela se construía "con dibujos sobrios, aplomados, clásicos pero con grises que enriquecen no solo la composición, sino que funcionan como ornato", describe la licenciada Pilar Altilio en uno de los dos prólogos. El otro, del periodista Mariano Wullich, proclama que el gaucho, "amalgama de tierra y hombre", no es cosa del pasado.

HOMBRE ORQUESTA

Rapela fue "un apasionado emprendedor, guionista, dibujante, editor, escritor e historiador", destaca también Altilio. La historieta criollista fue la herramienta favorita de un artista autodidacta que empeñó su vida en el rescate de una tradición que juzgaba esencial. ¡Bienaventurados los hombres y mujeres que tienen una causa noble a la que obedecer! Hasta febrero de 1978, Rapela honraba las ediciones dominicales de este diario con la tira Fabián Leyes , justiciero libre como el viento. Cirilo el Audaz, El Huinca y Cirilo el Argentino también llevaban su firma. Hay que destacar que tenía información de primera mano: fue administrador de estancia por los pagos de Roque Pérez.

Hoy, con la Patria degradada por la frustración económica y por la ausencia de un destino, vale la pena, mediante esta joya de El Ateneo, conocer o reencontrarse con Enrique José Rapela, apasionado nacionalista que trabajó para ampliar los conocimientos de sus semejantes . Debe destacarse que en 1967 creó la editorial Cielosur con el fin de potenciar la historieta gauchesca. 

Así razonaba el artista de las cosas nuestras:

"Esos gauchos, forjadores de nuestra grandeza nacional, con la lanza en un principio y con el arado después, son los mismos que hoy trabajan infatigables y anónimos, y que sin dilación empuñarían nuevamente la lanza para defender su tierra, su honor y su soberanía , siempre en peligro por los dones que a manos llenas ha derramado Dios sobre mi patria y que despierta la codicia de las poderosas potencias ".

 Calificación: Muy bueno

lunes, 2 de noviembre de 2020

Matterhorn


 Desde que la musa cantó la cólera funesta del hijo de Peleo, sabemos que la guerra no sólo provoca muerte y destrucción, sino también libros excelentes. Incluso la guerra de desgaste que Estados Unidos perdió en Vietnam. Es el caso de Matterhorn (Océano, 617 páginas, edición 2015), novela extraordinaria que el lector podrá encontrar hoy en las librerías de saldo de la Ciudad de Buenos Aires, a un precio ridículamente bajo para tanta intensidad narrativa.

La obra se encuentra en algún punto entre Tempestades de acero de Ernst Junger (sin sus meditaciones filosóficas) y el film Pelotón de Oliver Stone. Su mayor virtud, después de la atención al detalle, es la dimensión épica. Viajamos a 1969 para conocer el calvario de la Compañía Bravo del Primer Batallón del Vigésimocuarto Regimiento de la Quinta División del Cuerpo de Marines. Viajamos a la selva más inhóspita de la Triple Frontera entre Vietnam del Sur, Vietnam del Norte y Laos.

Una hazaña similar a las que narra la trama encontramos en la factura del libro. El señor Karl Marlantes (Oregón 1944) peleó con honor y bravura en Vietnam. Obtuvo dos corazones púrpuras entre otras condecoraciones. Gastó treinta y tres años para terminar la obra y encontrar un editor. Las mil seiscientas páginas se redujeron a seiscientos y pico en la versión final de Matterhorn, que vio la luz en 2010. La crítica la ovacionó. Fue definida por The New York Times como "una de las más profundas y devastadores novelas que hayan surgido de Vietnam, o de cualquier guerra". Este diario comparte el dictum letra por letra.

Imagínese amable lector una imagen tremenda: Marlantes, exitoso hombre de negocios después de Vietnam, escribe y rescribe febril en el sótano de su casa un domingo a la tarde, exorcizando los demonios del campo de batalla durante tres décadas, acompañado por una veintena de cartas que gritan el rechazo de editoriales, mientras su esposa y sus hijos mueven la cabeza y repiten en las habitaciones de arriba: ¡Oh, papá y su novela!

GUERREROS JUVENILES

El protagonista de la historia se llama Waldo Mellas. Subteniente de la reserva a cargo del Primer Pelotón de la Compañía Bravo. Se trata de Marlantes, por supuesto. Es un estudiante universitario que descendió al infierno en busca de medallas que impulsen su carrera de abogado y sus ambiciones políticas. Tiene veintiún años, todavía es virgen y a su cargo está la vida de cuarenta y tres hombres, la mayoría recién salidos de la adolescencia. Sorprende la juventud de los guerreros del sudeste asiático. El teniente Fitch, comandante de la Compañía Bravo, veintitrés años. El teniente coronel Simpson, jefe del Primer Batallón, treinta y nueve. El mayor Blakely, el responsable de las Operaciones, treinta y dos. Los eficaces soldados de Vietnam del Norte, diecisiete a lo sumo.

El volumen, compuesto según el realismo más convencional, se destaca por su furor didáctico, al punto que las últimas treinta dos páginas encierran un formidable glosario que describe el argot, la organización militar, las armamento y los equipos usados por los Marines. Es evidente que el señor Marlantes sentía vibrar en el pecho la necesidad imperiosa de exponer a sus compatriotas (y al mundo entero) la experiencia límite que el destino le había preparado como individuo y como miembro de esa comunidad organizada llamada Nación. La perspectiva del narrador va cambiando de lentes (es cínica, indignada o comprensiva) y la escritura nos atrapa con un aluvión de datos. El interesado en la Guerra de Vietnam quedará saciado.

Entre tanta información esclarecedora, uno puede, por ejemplo, cribar siete razones que explican la humillante derrota de la superpotencia:

  • 1) Imposibilidad de Estados Unidos de librar una guerra de desgaste más allá de la próxima elección presidencial (los vietnamitas tenían toooodo el tiempo del mundo).
  • 2) Ordenes asnales. Mandos superiores que aplicaban mecánicamente a Vietnam las experiencias de la guerra de Corea.
  • 3) Oficiales ambiciosos que utilizaron a sus tropas para impulsar sus carreras, sin importar los costos en vidas.
  • 4) Inexperiencia de los mandos inferiores. Los pelotones de Marines estaban comandados por reservistas, novatos venidos del Medio Oeste. A los regulares se los tragó enseguida el conflicto.
  • 5) Desmotivación y brutales tensiones raciales entre las tropas. Mellas debía lidiar con ""pequeños Malcom X y blanquitos palurdos de Georgia"".
  • 6) Politización de la guerra. Movimientos absurdos para satisfacer a congresistas y a los corresponsales de guerra.
  • 7) Un enemigo disciplinado, valiente y convencido de que la verdad y la justicia estaba de su lado.


LA MONTAÑA MALDITA

Matterhorn fue un macizo de 2.300 metros de altura, cuya cima se convirtió en un erial seco a fuerza de C4 y desfoliantes, en uno de esos portaaviones que los norteamericanos construyeron en medio de un mar de selva para intentar -con gran sufirmiento de sus tropas- cortar la ruta de suministros de los comunistas de norte a sur. Fue bautizado así por cierta moda del Pentágono de usar nombres suizos.
La urdimbre se teje en torno a esta montaña maldita.

La Compañía Bravo recibe la orden de ocuparla y construir fortificaciones. La Compañía recibe la estúpida orden de abandonarla, marchar ocho días sin alimentos hasta la Cota 1.609 (Operación Sendero de Lágrimas) y limpiar allí el terreno sin herramientas para otra base de ataque. Los nortvienamitas ocupan la fortaleza de Matterhorn. La Compañía Bravo recibe la orden de recuperarla a sangre y fuego. Los bravos muchachos del teniente Fitch lo logran pero sus enemigos se reagrupan y los sitian en el cerro hasta que se les termina el agua y las municiones. Sí, se puede morir de sed en plena temporada monzónica.

La novela hilvana todas los peligros que acechaban (y diezmaban) a la infantería de Marina. Sanguijuelas se lanzan desde los árboles sobre los hombres. Al pobre cabo Fischer se le mete uno de estos bichos asquerosos en la uretra (algunos no usaban calzoncillos por la tiña y las úlceras tropicales). En las tinieblas, un tigre mata al soldado Williams; una rara forma de malaria cerebral liquida a Parker. Una mañana, por error, la Fuerza Aérea baña a la Compañía con el Agente Naranja.

Las raciones son asquerosas y los hombres pasan semanas, meses, sin poder ducharse. Las minas, el fuego de morteros, ametralladoras de grueso calibre y la versión moderna de los órganos de Stalin atacan desde la espesura. Los soldados -sometidos a una versión contemporánea de los trabajos de Hércules- ansían perder la conciencia. Fatiga atrofiante.

Y allí va el subteniente Mellas, que había llegado al "inmundo culo del mundo" por un vericueto administrativo. Que descubre que puede ser tan valiente como en una película: "se entregó de modo absoluto al dios de la guerra que lo habitaba...". Pero no sólo es la ética del soldado, sino también la belleza de la camadería que nace de las experiencias compartidas, cuanto más dolorosas más robusta la amistad, ese misterio del universo.

En esta era oscura de cuarentenas infinitas, afortunadamente tenemos novelas extraordinarias como Matterhorn que nos recuerdan que a casi todas las generaciones les tocan pruebas díficiles de cumplir, y que lo mejor es estar a la altura de la responsabilidad para poder seguir en paz con uno mismo. "Lo que de verdad importa durante el combate -escribió el señor Marlantes- es cómo son las personas cuando están exhaustas".

En la página ciento veintinueve, nos ofrecen otro consejo: "En tiempos de crisis, encuentra el sentido en tareas pequeñitas y prosaicas el sentido de nuestras acciones alejando de las mente las preguntas más profundas que sólo conducen a la desesperación".

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

jueves, 8 de octubre de 2020

El Lugones de César Aira


En el conjunto "muy buenos", Leopoldo Lugones es el gran ausente de las letras argentinas. Por cuestiones ideológicas, por ignorancia, por indiferencia u hostilidad al mérito (escribir bien es escribir a la manera de Lugones, decía Borges) se lo lee casi nada y se lo comenta menos. Por fortuna, este gran escritor no ha sido ignorado por otros grandes literatos de la Patria. Borges, sí. El padre Castellani y el fatuo Gálvez, también. Y ahora nos venimos a enterar que César Aira (Pringles, 1949) lo evocó en una nouvelle espumosa, concluida hace tres décadas. 

Hizo bien el sello Blatt & Ríos en rescatar el texto noventoso. Sostenemos la hipótesis de que es una de las más interesantes creaciones en la prolífica y despareja producción aireana. La conjetura es provisional, proviene de alguien que ha leído sólo una veintena de sus más de cien novelas (y que ha abrevado también su obra magna, El diccionario de autores latinoamericanos).

Una pluma maldita sentenció una vez que quien ha leído una ficción de Aira, las ha leído todas. Pueden resultar enloquecedoras para quien no guste del procedimiento del absurdo; se parecen demasiado entre sí. Pero Lugones es una novela un tanto diferente, dado que es un poco más extensa que la media (179 páginas), con un protagonista de la vida real. Nada menos que el "señor de todas las palabras y de todas las pompas de la palabra" (Borges dixit) en el día de su suicidio con cianuro o con bala en el recreo El Tropezón del Tigre. Uno no puede dejar de preguntarse: ¿Por qué el crédito del sudoeste bonaerense no ha querido entregar antes a la imprenta tan hermosa invención?

PISTOLETAZO DE SALIDA

Viajamos pues al 18 de febrero de 1938. Llega a una isla de recreo del Delta un caballero sesentón de riguroso traje negro. Al bajar de la lancha, pierde pie y el revolver que llevaba en el bolsillo cae al piso y se dispara ("el estallido hizo callar a los pájaros a diez islas a la redonda"). La bala perdida raspa una de las piernas maduras y de dos toneladas de Doña Luisa, la dueña del hostal. 

Así comienza una trama desopilante que, con sus giros surrealistas, fantásticos y tenues pinceladas costumbristas y eróticas, zarandea a la "gloria de las letras latinoamericanas, poeta, helenista, pensador de la nacionalidad, historiador y eximio esgrimista" con un desparpajo nunca antes leído. Don Lugones debe soportar con estoicismo el histerismo de una matrona, la ninfomanía de una criada y la vulgaridad de los otros huéspedes. Se confiesa con un yacaré pigmeo (¡oh, esa obsesión de Aira por las pequeñeces!) y tiene fantasías en la tina con un patito de hule. Hay un modesto suspenso: ¿quién diablos es el narrador? Hay una ramificación policial, pellejerías de contrabandistas y cajetillas.

No pueden dejar de elogiarse los recursos verbales de Aira. Despliegan todo su esplendor como la cola de un pavo real, diría un poeta. La sintaxis es magistral. El manejo de la escena, estupendo (pudo haber sido una obra de teatro). La sátira, la paradoja y la fina ironía están al servicio del humor. El texto desdeña el tecnicismo del punto y aparte, pero la lectura nunca es complicada. Fluye como las corrientes de un río caudaloso. Más aun: es una gratísima lectura. Hay un intento -como en Fogwill- de atrapar el habla de los argentinos. Hay una copiosa circulación de palabrotas y definiciones guarangas ("¿qué es coger sino hacer fuerza para llegar a un momento? Es como una cinchada?") entre poética y pensamientos elevados. Hay frases perfectas como esta: "¿La señora es rousseauniana?, preguntó la gorda".

La yuxtaposición de elementos diferentes, contradictorios incluso, es el procedimiento estrella del libro. El surrealismo proponía un paraguas junto a la máquina de coser. Aquí tenemos dos corazones chorreando sangre junto a patas de rana, bajo la luz de la luna. Y al Prócer de la Literatura Nacional confesando sus cuitas a un reptil parlante. Efecto cómico por contraste es el nombre del juego.

Como en casi todas las novelas de Aira que hemos leído, además del tonito de sorna y la formidable libertad imaginativa, puede encontrarse alguna valiosa pepita conceptual. El pringlense tiene casi siempre algo inteligente que decir sobre los asuntos de la literatura y el arte. Aquí retoma una idea que había desarrollado cinco años antes en su excelso Diccionario de autores latinoamericanos. Postulaba que "pocos libros de L.L. son medianamente legibles" y definía La guerra gaucha como una "cuantiosa acumulación léxica que manifiesta definitiva e irremediablemente la insensibilidad literaria de Lugones".

Duro, ¿no? En esta novela retoma el hilo, le hace decir al huésped del bombín en la página 119:

"Todos los que se reían de mí, Borges, Girondo, Macedonio Fernández, ¡todos tenían razón! Y yo que pensaba que era por envidia... Valgan lo que valgan, y no sé lo que valen porque precisamente yo no puedo saberlo, en lo esencial estaban y están en lo cierto: yo no soy un escritor. No importa que sea el escritor argentino por antonomasia, el más grande, el maestro, el clásico viviente... No soy un escritor. Tan perversa es la literatura, fijate un poco, que se puede ser el más grande escritor argentino y no ser un escritor. Y no lo soy, no hay nada que hacerle...".

El Lugones que imaginó Aira admite pues que ha elegido un oficio que no le convenía. "No tengo la fibra, ¿te das cuenta?", le dice al saurio con su "voz aflautada". 

Pamplinas. Si bien aquel señor petiso y gordito "era una persona no muy admirable ni querible" (Bioy Casares, dixit), fue uno de los Grandes que conviene buscar en sus "altos edificios verbales" no en sus opiniones, como sugieren los mejores críticos. "Tiene el derecho póstumo a que lo juzguen por su obra más alta", escribió Borges. A pesar de sus vaivenes, Lugones debe quedar; Aira también, a despecho de los suyos.

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

jueves, 24 de septiembre de 2020

Crematorio


Una enfermedad aqueja a la narrativa española contemporánea. Se llama opinatis vulgaris. Escritores talentosos o mediocres sienten la compulsión de dar su parecer sobre prácticamente todos los asuntos del universo. La mesa de café volcada a una página. El reino de los batidores de justa.

En esa cinta de Moebius, que puede resultar exasperante, brillan dos estrellas: Javier Marías, en primer lugar. Y Rafael Chirbes (1949-2020), en segundo término, a quien la consagración artística le llego tarde, justamente por sus dos últimas obras. Aquí venimos a elogiar una de ellas (la otra, En la orilla fue cubierta de alabanzas en este blog hace siete años: http://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2013/10/en-la-orilla.html).

Crematorio (Anagrama, 417 páginas) fue entregada a la imprenta por primera vez en 2007. La novela se sostiene sobre una premisa filosófica enunciada, entre otros pesimistas notables, por Almafuerte y Discepolín: "el mundo fue y será una porquería". Viajamos a la costa levantina, no lejos de Valencia. El Yoknapatawpha-Macondo de Chirbes es el balneario de Misent y vive un boom inmobiliario porque los nuevos ricos de España y de media Europa quieren alegrar sus vacaciones o su jubilación frente al azul cobalto del Mediterráneo y bajo un sol de justicia. Circulan a raudales el dinero sucio, las putas y los estupefacientes. El milagro económico es hueco.

El protagonista es Rubén Bertolomeu, el constructor. En la fase primitiva de acumulación de capital, el empresario de 73 años traficó drogas, sobornó funcionarios y tuvo tratos con mafiosos de Europa del Este, entre otras trapacerías. Acaba de fallecer su hermano Matías de cirrosis, el idealista de la familia, a la manera progre, es decir un farisaico, irresponsable y fatuo. Hippie con OSDE, le decimos en la Argentina, a los que esconden su egoísmo y su superficialidad detrás de "la aventura revolucionaria".

La arquitectura de la novela es exigente. Chirbes, discípulo de Juan Benet, desdeña el procedimiento del punto y aparte, cada capítulo es un párrafo. La legibilidad y la comprensión del texto, no obstante, nunca se ven amenazadas, como era el caso del maestro catalán.

En cada capítulo-parráfo oímos el monólogo interior de una persona distinta. De Rubén, por supuesto; de su esposa trofeo casi cincuenta años más joven; de su antiguo jefe de obra a quien casi lo queman vivo por su metejón con una prostituta rusa; de Silvia, la ingrata hija del empresario, restauradora de arte; del escritor Federico Brouard, incapaz de ganarse la vida con su trabajo, con la salud arruinada, gay y maltratador de mancebos. (se ha creído ver a Chirbes en este personaje); de Yuri, un gangster de Leningrado; de Juan, el esposo de Silvia, crítico y profesor de literatura.

El perspectivismo funciona muy bien. No sólo se reconstruye la vida de Matías en sus tres fases existenciales (comunista, posibilista del PSOE y ecologista-nutrólogo) con "su pegajosa cursilería de izquierda", sino que la trama va pintando un fresco de la España contemporánea, con sus abusos urbanísticos, "el infierno de las urbanizaciones hechas al buen tuntún, el final de la ciudad moderna, el comienzo de la intrascendencia". 

Se ha perdido un estilo de vida en España, al parecer. ¿Es el actual peor que el de antaño que arruinaba a las personas en lugar del medio ambiente? Chirbes recuerda a sus quejosos compatriotas:

"La generación feliz es la única en 2.000 años que no ha conocido en España la guerra... pero se siente profundamente oprimida... hemos vivido una etapa inigualable de progreso y, sin embargo, con demasiada frecuencia no sabemos qué hacer con lo que se nos brinda..." 

La voz de Rubén es la del pragmatismo, la conciencia práctica que se inspira en Montagne: la virtud está en conocer lo que la vida, la sociedad, la historia tiene para ofrecernos. Léase este párrafo sabio:

"...la libertad, aunque no lo creas, se acuesta temprano y duerme sus ocho horas de un tirón. La libertad se conquista teniendo un trabajo que te gusta y que te permita vivir como a ti te gusta..."

La novela, como se ve, está esmaltada con pepitas de sabiduría. Va el hueso de la condición humana, muestra la complejidad del mundo de los sentimientos; el egoísmo de los juicios de valor; las hipocresías cotidianas y la necesidad generalizada de subsistir con muletas, como las rayas de cocaína. 

Seduce el libro también por su forma, en particular por su exuberancia verbal y la inteligente polifonía. Para decirlo en una frase: estamos ante uno de los mejores libros que ha dado España en las dos primeras décadas de este siglo. Qué pena que Chirbes se nos haya ido tan pronto, en la plenitud de sus facultades artísticas.

Guillermo Belcore

Calificación: Muy buena

lunes, 14 de septiembre de 2020

La distopía del distanciamiento social

 

Hasta donde uno sabe, no ha aparecido en todo el campo de la filosofía una anatema más convincente contra el aislamiento radical como el que ha elaborado Giorgio Agamben (Roma, 1940). El título lo dice todo: La epidemia como política (Adriana Hidalgo Editora, 117 páginas), una colección de artículos periodísticos, entrevistas e inéditos del profesor heideggeriano en torno a "las gravísimas consecuencias éticas y sociales de la así llamada pandemia". Acaba de salir de imprenta en la Argentina y se trata de una lectura imprescindible. Abre el párpado en la frente, el ojo del cerebro.

En 2020, Agamben vislumbra una convulsión comparable a las del siglo III de nuestra era (Diocleciano y luego Constantino) que desembocaron en el bizantinismo. En la Gran Transformación, la democracia burguesa y liberal -vaticina apesadumbrado- será sustituida por un despotismo tecnológico-sanitario, sostenido por un aparato mediático acorde. Esta forma de barbarie se irá convirtiendo en el más eficaz aparato de control social que Occidente ha conocido, pues las personas voluntariamente acceden a renunciar a libertades que ni siquiera en dictaduras o épocas de guerra habían sido conculcadas.

Lo que un grupo de corajudos intelectuales argentinos bautizó como Infectadura (¿no habría que escribirlo con k?) es para el pensador italiano un experimento social que reduce la vida a una condición puramente biológica, en la que ha perdido no solo toda dimensión social y política, sino hasta humana y afectiva. "Han abolido al prójimo", se lamenta Agamben en uno de sus admirables artículos. Aceptamos hoy de buen grado, "que es necesario suspender la vida, a fin de protegerla". 

Se verifica una creciente tendencia a emplear el estado de excepción como paradigma normal de gobierno, denunciaba Agamben en abril. Y una sociedad que vive en estado de emergencia perpetua no puede ser de ninguna manera una sociedad libre. Vale reflexionar sobre esto.

ANARQUISMO SUAVE

Da la impresión de que Giorgio Agamben, un veneciano de origen armenio, se ha preparado toda su vida para esta momento crucial de la humanidad. Tomó de Michael Foucault el concepto de biopolítica y acuñó la noción de vida desnuda que -según su saber y entender- ahora ha encarnado en la realidad, con una brutalidad y eficacia sin precedentes. No se trataría de una situación transitoria. El distanciamiento social llegó para quedarse, como nuevo principio de organización de la sociedad. Lisa y llanamente vamos a la abolición de todo espacio público en nombre no ya del derecho del ciudadano a la salud, sino de la obligación de no estar enfermo.

Percibe Agamben que los mayores traidores de estos días son los juristas y los obispos. Uno de sus cañonazos impacta en el Vaticano:

"La Iglesia, que haciéndose sierva de la ciencia ya convertida en la verdadera religión de nuestra época, ha abjurado radicalmente de sus principios más esenciales. La Iglesia, bajo un Papa llamado Francisco, ha olvidado que Francisco abrazaba a los leprosos".

En el capítulo Réquiem para estudiantes, el profesor advierte a sus colegas medrosos y cómplices de los Señores de la Política y de Bill Gates:

"Los profesores que aceptan someterse a la nueva dictadura telemática y a impartir sus clases sólo online son el perfecto equivalente de aquellos docentes universitarios que en 1931 juraron fidelidad al régimen fascista".

Un periodista le pregunta a Agamben -"progresista" al fin y al cabo- si no le molesta que sus argumentos sean similares a los de Trump, Bolsonaro y los extremistas alemanes. En primer lugar -responde al insolente- demuestra "hasta qué punto la oposición entre derecha e izquierda se ha vaciado de todo contenido político real". Y en segundo lugar, una "verdad sigue siendo tal, tanto si es dicha por la izquierda como si es enunciada por la derecha. Si un fascista dice que 2 + 2 = 4, esta no es una objeción a la matemática".

Dijimos que Agamben es progresista, ¿verdad? Pero lúcido, alejado del esquema mental de los nac & pop o los neocomunistas argentinos que se postran de hinojos ante dictaduras siniestras como la de Maduro o Castro. El italiano considera que otra de las tragedias intelectuales y morales de Occidente hoy en día es considerar que un Estado totalitario, como China, pueda considerarse como modelo para lidiar con el nuevo corona virus.

En su monumental novela Solenoide, el rumano Mircea Cartarescu establecía que "ningún libro tiene sentido si no es un Evangelio", es decir ""debe ser un mapa, no un paisaje, manantial de agua viva"" que rompa la costra helada del corazón o la mente (¿recuerdan el picahielo de Kafka?). 

La epidemia como política se encuadra en esa categoría volcánica. En nombre de la libertad, el filósofo, el pensador, el hombre de bien debe batallar contra la ciencia, esa nueva religión de nuestro tiempo. Tiene la medicalización de las personas la praxis de un culto, sus Sumos Sacerdotes, sus herejes, su Inquisición, sus trompetas del Apocalipsis y sus pretensiones de infalibilidad. Todos somos pecadores; es decir, contagiados en potencia.

La bioseguridad ("dispositivo de gobierno que resulta de la conjunción entre la nueva religión de la salud y el poder estatal con su estado de excepción") hizo que los enfermos deban morir solos, que Solange Musse no haya podido despedirse de su padre. 

El miedo a perder la vida -insiste Agamben- sólo puede fundar una tiranía, "el monstruoso Leviatán con su espada desenvainada".

Guillermo Belcore

Calificación: Imprescindible

domingo, 6 de septiembre de 2020

La muerte de la tragedia

George Steiner (1930-2020), patrono intelectual de este blog, escribió:  

“No creo que la crítica literaria posea rigor o pruebas. Cuando es sincera es una experiencia privada y apasionada que trata de convencer”.

En La muerte de la tragedia, Steiner convence, persuade, orienta. Obra como maestro de lecturas, esa virtud que ha hecho al viejo profesor apreciado y famoso en los principales centros universitarios de Occidente. Uno se va del ensayo -entregado a la imprenta por primera vez en 1961- con la sensación de que si no leemos al menos una obra importante de Shakespeare, Racine, Schiller, Pushkin, Ibsen, Chejov o Brecht, seremos seres humanos incompletos, mutilados incluso.

El libro explora la evolución de la idea de la tragedia en el teatro europeo desde la Edad Media. Las ramificaciones, como suele ocurrir en Steiner, son sabrosas. Un ejemplo: la influencia de la poesía francesa del siglo XVII en los modos de retórica de la vida pública francesa. Vale decir, hay un nexo entre Pierre Corneille y el general De Gaulle.

Aclaremos algo. Cuando decimos “tragedia” nos referimos a una noción artística y a una visión del hombre que son griegas o isabelinas y se expresan en un escenario con la técnica del verso. Tiene rasgos específicos. Las tragedias terminan mal. El protagonista es destruido por fuerzas que no pueden ser entendidas del todo ni derrotadas por la prudencia racional. Como forma de arte, la tragedia exige la presencia de Dios, hoy -por desgracia- una carga intolerable para el público y el artista. Por eso, no va a volver.

Steiner examina movimientos culturales como el neoclasicismo o el romanticismo, teorías literarias y procedimientos (como el alejandrino) y obra maestras del teatro, algunas no tan célebres como el Woyseck de Büchner. Las citas son profusas y son otro agrado del libro. Vea usted. ¿Quién escribió esta estrofa, amigo lector, Heinrich von Kleist o el Dr. Pedro Cahn?

"Con horrendo paso y enorme voracidad
la peste avanza a trancos por nuestras filas vacilantes
y les exhala de sus labios hinchados
los vapores ponzoñosos que bullen en su seno".

Este ensayo, para redondear, resulta imprescindible para quien guste del teatro y la argumentación crítica de excelencia. Hay un pasaje lateral que me gustaría destacar porque no sólo puede sino también debe aplicarse a la degradada Argentina 2020 (acaso el peor año de nuestras vidas).

Establece el rabí Steiner en la página cincuenta y dos que la retórica política es enemiga mortal del libre albedrío y la razón. Oíd, mortales, su razonamiento elocuente:

“El comportamiento político ya no es espontáneo y no responde a la realidad. Se congela alrededor de un núcleo de retórica inerte. En vez de hacer a la política dudosa y provisional a la manera de Montaigne (quien sabía que los principios sólo son soportables cuando tienen carácter de tentativas), el lenguaje aprisiona a los políticos en la ceguera de las certezas o la ilusión de la justicia. La vida del espíritu es menguada o asfixiada por el peso de su elocuencia. En vez de convertirnos en amos del lenguaje, nos tornamos sus siervos. Tal es la condenación de la política”.

Alguien que se lo acerque a los Presidentes que cultivan con fruición la grieta.
Guillermo Belcore


Calificación: Excelente


domingo, 16 de agosto de 2020

Solenoide

En el Antiguo Testamento, Dios anuncia a Moisés que la ha concedido al artesano Bezaleel, de la tribu de Judá, el don de la invención y la maestría a fin de que pudiera construir el Arca del Pacto, entre otros trabajos. Las novelas sublimes que llegan a nuestras manos confirman que no se trató de un caso aislado. Mircea Cartarescu es otro de los bendecidos. En su obra maestra, Solenoide (Impedimenta, 798 páginas), el escritor de la singular Rumania demuestra que lo ha colmado "el Espíritu de Dios en sabiduría, en inteligencia, en conocimiento y en toda clase de arte" (Exodo 31).

Entregada a la imprenta en 2015, Solenoide es el fruto de un talento maduro (Mircea cumplió 64 años en junio), es la consagración de una larga carrera literaria, y es una obra cuya excelencia por sí sola justifica el Premio Nobel de Literatura. También es una de las mejores novelas oceánicas que leí en mi vida. Conforma un enorme caldero burbujeante donde se cuecen las influencias de Thomas Pynchon (el escritor favorito de Mircea), Jorge Luis Borges y Franz Kafka. Puede hablarse a partir de ahora de un imaginario cartaresquiano. Como elogio, claro.

La novela se articula como el diario de anomalías en la vida de un don nadie. Cada capítulo es un cuaderno que ha escrito, de manera febril, un profesor de rumano en la escuela primaria número 86 de las afueras de Bucarest. Estamos en los tiempos del conducator Nicolae Ceausescu.

El narrador es un escritor frustrado que ha superado la treintena hace mucho y que no ha hecho nada en este mundo. Vive en una casa con forma de barco, en el barrio gitano, asentada sobre un solenoide (hay uno sobre cada nodo de la red de energía magnética de Bucarest) que le permite levitar en la cama. Remata la vivienda un torreón donde se esconde una maquinaria infernal, con la forma de un sillón de dentista. El educador vive encerrado en un ciclo destructivo y siniestro: casa-escuela-casa-escuela-casa. Su matrimonio naufragó por la acelerada degradación mental de su esposa. Pero el hombre quiere comprender su situación con lucidez y cinismo; y busca con desesperación una salida, que estaría -se nos revela a lo largo de cientos de intensas páginas- en una cuarta dimensión.

El manuscrito del docente encadena decenas de extravagancias: el inframundo del parásito, el manuscrito Voynich, la novela El Tábano, la interpretación de los sueños de Nicolae Vaschide, el teseracto de Hinton, los dibujos postahorcamiento de Nicolae Minovichi, la secta de los piquetistas (pinche aquí) horrorizados ante la idea de la muerte, maquinarias irreales, edificios como laberintos kafkianos, situaciones oníricas, un jarrón imposible de otra dimensión que recibió una niña en un páramo a las afueras de Bucarest, criaturas inhumanas,... Y la lista continúa. Pero no quisiera olvidarme del viaje del profesor, en forma de Mesías, al mundo infinitesimal de los sarcoptos de la sarna. Es una de los soberbias parábolas (simboliza nuestra relación con la Divinidad) que ofrece la novela.


Doble registro



Si hay una palabra que adora la gente esnob de Puan es tensión. La usan hasta el cansancio, Es casi su santo y seña, o una forma de reconocimiento masónico. Algún avispado que haya egresado de la Facultad de Letras podría concluir que agita a Solenoide "una formidable tensión entre el registro realista y el fantástico-metafísico". En el primero, aparecen las espantos del comunismo balcánico, que como todo socialismo fue una máquina colosal de producción de miseria. La pintura de Bucarest -la ciudad más triste que se haya eregido sobre la faz de la tierra- tiene un pie en ambos registros. Nos persuaden de que la capital rumana fue, como Brasilia, planeada, pero planeada para ilustrar sobre el destino de ruina que nos aguarda a todas "las mentes vestidas de carne".

Naturalmente, el feísmo no es el único procedimiento filoso que Cartarescu pone sobre la mesa. Destaquemos la hipérbole (medio libro contempla al mundo con ojos de niño); la jerga científica; y el ejercicio metalinguístico: una novela que desdeña las novelas, sentencia que "ningún libro tiene sentido si no es un Evangelio... debe ser un mapa no un paisaje" (extrañanamente en la página 264 reivindica a don Ernesto Sábato; será uno de los salvos el día del Juicio Final).

Pero el truco mejor logrado de este escritor cultísimo es la digresión (y la digresión en la digresión) para introducir una especulación filosófica que nos deja con la boca abierta o cavilando. Lo diré con las mismas palabras de Cartarescu:


"...el cambio de registro es súbito y sorprendente, como si el gato que pide comida en la mesa empezara a hablarte de repente, no sólo en una lengua humana, sino con doctas alusiones al mito de la caverna de Platón..."

Sólo falta decir que Solenoide no es para todos. Aunque suene elitista, estoy convencido de que es así. No es para el consumidor con prisas o para el consumidor que busca un mero entretenimiento. No es una lectura fácil, porque es una obra maestra compleja que va armando su sentido lentamente (atributo pynchoniano) y cuyo principal asunto de reflexión es nada menos que el misterio del sufrimiento humano. Se sugiere no ingerir más de tres capítulos por día, detenerse en los párrafos magníficos y releer. Al final, la recompensa -os aseguro- será comparable al esfuerzo de la magnífica travesía.
Guillermo Belcore


Calificación: Excelente

domingo, 9 de agosto de 2020

El juez

Hay una categoría de escritores que, a pesar de no haber producido una de esas obras maestras que explotan como una Supernova, han mantenido una calidad tan pareja que conviene agotar su producción. Elmore Leonard es uno de ellos. 

El prolífico escritor de novelas y guiones policiales, nacido en Nueva Orleans, ha compuesto, acaso, la mejor galería de perdedores de la literatura estadounidense. Delincuentes y sinvergüenzas de poca monta -por lo general ‘basura blanca’-, gente retorcida y ambiciosa a los que nunca les resultan los planes, pueblan sus dos mejores creaturas: los libros y la serie Justified, que Leonard produjo hasta su muerte en 2013. Puede hablarse sí de un universo moral, estético y sociológico leonardeano.

Ese don maravilloso para crear personajes interesantes relumbra en una novela de Leonard que, entregada a la imprenta en 1991, hoy nos gustaría recomendar: El juez (Vergara, 291 páginas, edición 1993, traducción Aníbal Leal).

El título alude a su señoría Bob ‘Maximum’ Gibbs, del Tribunal de Distrito de Palm Beach, duro entre los magistrados duros, mujeriego, casado con una parapsicóloga chiflada que se cree poseída por el espíritu de una niña negra muerta hace 135 años. Para deshacerse de su joven esposa, el juez sexagenario (en el fondo un campesino sureño) quiere darle un buen susto, algo que la induzca a hacer las valijas y marcharse de la finca rural en la que viven. Promete, así, indulgencia a un palurdo acusado de delitos menores a cambio de que introduzca un caimán en el parque. 

¿Dije que los proyectos de los personajes de Leonard casi siempre concluyen para la mona? Sí, lo dije. Bueno, el aligator debía estar muerto, pero resulta que el monstruo de más 400 kilogramos se despertó y el juez debió llamar a la policía y al sheriff para abatirlo.

Paralelo a la historia de desavenencia conyugal y el saurio, hay un par de ex convictos que traman vengarse del honorable (es una manera de decir) Gibbs. Uno de ellos es un vicioso médico de origen cubano, condenado a prisión domiciliaria por falsificar recetas. El otro, es el carácter que se roba la novela: Elvin Crowe, un tipo rudo, cercano a los cincuenta, que acaba de salir de la cárcel, usa un sombrero pajizo de vaquero y botas de trescientos cincuenta dólares. A su sobrino, Dale, acaban de caerle cinco años de cárcel por golpear a un policía, mientras se encontraba en libertad condicional. Naturalmente, fue sentenciado por el juez Gibbs. 

Del lado de los buenos, se encuentran Kathy Baker, la funcionaria latina encargada de la libertad vigilada de los Crowe y el pulcro detective Gary Hammond. Construirán juntos una hermosa historia de amor, no obstante…


Seguramente, los fanáticos de Justified -como el hacedor de este blog- habrán parado la oreja cuando hablamos de los Crowe. Sí, se trata de esa familia delincuencial de los pantanos de Florida que en la temporada cinco de la serie se mudan a Kentucky para incordiar al marshall Rayland Givens. Magias de la televisión. Elvin tiene para quien esto escribe el rostro, la voz y el acento del mañoso Darryl Crowe Jr. (magníficamente interpretado por Michael Rapoport, foto).

Antes de terminar hay que decir que el libro es muy recomendable no sólo por narrar una historia atrapante con personajes de carne y hueso y por ser una honesta exploración de los bajos fondos de Florida, sino que también fulguran algunos recursos estilísticos. Como las pinceladas de humor y los diálogos a Warp 10. Leonard, por otra parte, es un maestro del discurso indirecto libre. ¿Qué significa esto? Qué se nos permite atisbar, como quien no quiere la cosa, en los pensamientos tortuosos de un criminal, o en los apetitos sexuales de una chica latina.

Este blog ha decidido, pues, agotar la obra de Elmore Leonard uno de los maestros de la novela negra contemporánea.
Guillermo Belcore

Calificación: muy bueno

domingo, 2 de agosto de 2020

Piquetistas, según Mircea Cartarescu

EL DICCIONARIO DE ASTERION XXI:

Piquetista: Sust. Com. Secta severamente perseguida en la Rumania comunista que se rebeló contra la degradación del cuerpo humano. “¡Muerte a la muerte“, fue la consigna fundante, aunque también enarbolaron pancartas con estos mensajes: “¡Abajo los accidentes!, ¡Sin fracturas de columna!, ¡Basta de dolor de trigémino!, ¡No a la desaparición definitiva!, ¡Detened la masacre!” Los piquetistas solían llevar un insecto muerto escondido dentro del puño, vestir con colores oscuros y reunirse para hacer piquetes, al amparo de la noche, en la puerta de la morgue y de los cementerios de Bucarest. 

En su colosal novela Solenoide (Impedimenta, edición 2015), Mircea Cartarescu recoge un poema y un discurso de uno de los líderes piquetistas, el físico oriundo de la ciudad de Magurele Virgil XX, pronunciado la noche de su muerte (al parecer lo aplastó una colosal estatua) en la década del ochenta. Trascribimos un fragmento de la página 363 que resume el manifiesto sectario:

“¿Cómo es posible que existamos? ¿Quién ha permitido este escándalo y esta injusticia? ¿Este horror, esta abominación? ¿Qué imaginación monstruosa envolvió la conciencia en carne? ¿Por qué hemos descendido a este cenagal, a esta jungla, a estas hogueras llenas de odio y furia? ¿Quién nos ha obligado a tener huesos y cartílagos, esfínteres y glándulas, riñones y uñas, pieles e intestinos? ¿Qué hacemos en este mecanismo sucio y blando? ¿Quién ha consentido el dolor, quien ha consentido los sentidos? ¿Qué tenemos que hacer con los racimos de células de nuestro cuerpo? ¿Con la materia que fluye por él como a través de un tubo de carne agónica? ¿Qué estamos haciendo aquí? ¿Qué tomadura de pelo es esta? ¡Protestad, protestad contra la conciencia enterrada en la carne!” .

Los piquetistas fueron arrestados en masa por la Policía y la Securitate, internados en hospitales psiquiátricos como era norma en el mundo comunista, encerrados con los presos políticos en celdas miserables, pero los que quedaban libres podían ser vistos, con sus pancartas, con los ojos siempre bañados en lágrimas, allí donde se abría, como una flor carnívora, el sufrimiento humano en la capital rumana, refiere Cartarescu.

viernes, 17 de julio de 2020

Midway, según Roland Emmerich

­El 4 de junio de 1942, entre las 10.25 y las 10.30 de la mañana, el sueño imperial de Japón quedó hecho cenizas. No existen en los anales de la historia militar cinco minutos tan decisivos. A más 3.000 kilómetros de distancia de cualquier masa continental, cambiaba el curso de la Guerra del Pacífico. Valerosos pilotos estadounidenses hundían tres portaaviones japoneses, sellando el resultado de la batalla de Midway. Nunca más el Imperio del Sol Naciente pudo recuperar la iniciativa; su rendición era cuestión de tiempo, aunque insumió tres años más de hostilidades y dos bombas nucleares. 
Fue Midway una victoria naval digna de figurar junto a Salamina y Lepanto. Por tercera vez, Oriente amenazaba la hegemonía occidental y por tercera vez el poderío asiático era contenido -contra todo pronóstico- con una combinación afortunada de espionaje, perspicacia en el mando, coraje, libre iniciativa y buena suerte. 
Naturalmente, Hollywood ha explotado el acontecimiento. Se dio la casualidad de que en el momento del combate, John Ford se encontraba en el atolón filmando un documental de la pequeña base militar (el director fue alcanzado por la metralla japonesa), por lo que, con valiosas imágenes en vivo, pudo realizar un cortometraje que quedó en la Historia. Con un reparto de estrellas y la dirección de Jack Smight, en 1976 llegó a los cines la superproducción La batalla de MidwayEl año pasado, se presentó una remake que ahora puede verse en Amazon Prime. La película, tan mediocre como interesante, es el motivo de esta nota. 
Midway, batalla en el Pacífico es un ejemplo cabal de las posibilidades enormes de las imágenes generadas por una computadora con un presupuesto generoso (100 millones de dólares). Máxime en manos de un director y productor como el alemán Roland Emmerich, un enamorado de las coloridas explosiones y la ostentación artificiosa. Las escenas bélicas son espectaculares, en particular el ataque a Pearl Harbor y los combates aéreos sobre el mar.
Todo lo demás -con la excepción del contexto histórico- es de medio pelo para abajo. Los personajes son planos, los diálogos previsibles, las sensiblerías rebajan la trama. La película es prima hermana de otras criaturas mediocres y presuntuosas de Emmerich como Día de la Independencia. Formidables efectos visuales más clichés. Hay que destacar que la película no fue un éxito de taquilla, recaudó sólo u$s 125 millones. 
Pero Midway es un asunto fascinante, aunque Hollywood -con la excepción de John Ford- no haya estado a la altura del magno acontecimiento. La pregunta que aún hoy se formulan los historiadores sigue siendo la misma: ¿Cómo fue posible que Estados Unidos obtuviera en junio de 1942, es decir seis meses después del comienzo de las hostilidades, un triunfo tan categórico sobre un enemigo que contaba con una abrumadora superioridad material (seis portaaviones contra tres), el mejor avión caza del momento (el Mitsubishi A6M2 Zero), experimentadas escuadrillas aéreas que funcionaban como un ballet y la iniciativa militar, entre otras ventajas?
 La respuesta es siempre la misma: en cada hito siempre hay hombres en pugna y éstos -como nos ha enseñado Armando Ribas- son el producto de un sistema ético y político. Para bien de la humanidad, el tándem Chester Nimitz-Raymond Spruance doblegó a la pareja Isoroku Yamamoto-Chuichi Nagumo. 
Si los japoneses hubiesen destruido la flota enemiga y tomado Midway, algo absolutamente factible, es razonable suponer que Estados Unidos también hubieran perdido poco después las islas Hawaii, por lo que la estrategia global del presidente Roosevelt (Alemania primero) habría quedado en entredicho, con las consecuencias tremendas que esto habría acarreado a los aliados en el norte de Africa y las estepas rusas. 

EL INCREIBLE DOOLITLE 


La sucesión de acontecimientos que condujeron a Midway está muy bien narrada en la película. Japón era en la década del treinta una teocracia infernal -sacudida por los asesinatos políticos- con sus elites militares obsesionadas por recrear en Extremo Oriente el modelo colonialista que los europeos aplicaban en Asia y Africa. Invadieron China e instauraron el régimen títere de Manchukuo. Los rusos los contuvieron en Mongolia (marzo de 1939, batalla de Nomonham), por lo que la rapiña territorial debió apuntar al sur. Se apoderaron de las Filipinas, Malasia e Indonesia y, en el proceso, lanzaron un ataque preventivo contra Estados Unidos, que les había cortado los suministros de petróleo por las atrocidades cometidas contra el pueblo chino. 

El bombardeo de Pearl Harbor -el filme lo destaca- cometió un grave error. El almirante Nagumo no destruyó los depósitos de combustible, lo que hubiera dejado fuera de combate a la Flota del Pacífico por largos meses. 
Básicamente, después del 7-D, Japón se empeñó en asegurar el perímetro y completar la conquista interna. Después de dos siglos de hegemonía, el poder naval británico fue borrado del Océano Indico en tres meses, para espanto de Sir Winston Churchill. El intento de amenazar a Australia, no obstante, fue frenado por Estados Unidos en la batalla del Mar de Coral, que dejó a dos portaviones nipones averiados y uno norteamericano en llamas, el Yorktown. No obstante, en una increíble proeza logística fue reparado en menos de una semana y logró participar en Midway. Subestimar a los norteamericanos es un error fatal que suelen cometer sus enemigos. 
Y entonces, ocurrió la tan descabellada como valiente incursión sobre Tokio del mejor piloto de entonces el coronel del Ejército James Doolittle (en la película Aaron Eckhart). El ataque, de ínfimo valor militar, tuvo una importancia descomunal como herramienta de propaganda. ¡El divino emperador al alcance de las bombas enemigas en sólo cuatro meses de guerra! Yamamoto fue convocado para que no vuelva ocurrir. Había que darle una lección a los arrogantes norteamericanos. Se decidió entonces un Tokio un ataque por sorpresa al atolón de Midway, con dos propósitos: arrebatarle al enemigo un precioso aeródromo estratégico y una base donde repostaban los submarinos; además, de obligar a la flota estadounidense a salir a combatir, por más debilitada que estuviese, y así aniquilarla. 

ABRAN FUEGO 


La doble misión -obra del comandante Kurushima- incluía una finta hacia las Aleutianas (cadena isleña cerca de Alaska) con algunos barcos con el propósito de confundir a los estadounidenses. No confundió a nadie en Hawaii, donde se había apostado el comandante en jefe de la Flota del Pacífico, Chester Nimitz (Woody Harrelson). Los estadounidenses conocían el plan de batalla del enemigo: sus servicios de Inteligencia había descifrado el libro de claves nipón mediante el análisis del tráfico radial.El papel de los criptógrafos fue, pues, una de las tres claves de la rutilante victoria. Los japoneses -que inexplicablemente habían basado sus planes en el engaño y fatalmente dividieron sus fuerzas- cayeron en una trampa. 

El segundo factor decisivo -ya lo mencionamos- fue la diferencia ente la calidad de los mandos en pugna. Así como la historia militar recuerda al Nelson de Trafalgar hay que hablar hoy del Spruance de Midway. Un frío, sereno, inaccesible contraalmirante que tuvo el mando el 4 de junio de 1942 por casualidad, pues su jefe, el impetuoso vicealmirante William Halsey (Dennis Quaid) pasaba unos días en el hospital por culpa de un herpes. Es una pena que Emmerich nos haya mostrado sólo la epidermis del héroe máximo, como de otros personajes. 
Vale recordar que en aquella guerra de portaaviones de la II Guerra todo dependía de quien veía primero a quien. Spruance, apenas tuvo confirmación de las posiciones enemigas, envió toda la aviación del  Hornet y el Enterprise hasta su máximo alcance para dar el primer golpe. Eran las siete de la mañana y fue una decisión providencial. Aviones torpederos y bombarderos en picada convergieron sobre el corazón de la Armada Imperial en oleadas (las primeras fueron suicidas) que degastaron las defensas y abrieron una ventana de oportunidad a las 10.25 para dos escuadrones del Dauntless dirigidos por los brillantes aviadores Clarence McClusky y Richard Best. Tres portaviones fueron hundidos (el Kaga,el Akagi,y el Soryu) por la mañana y un cuarto por la tarde (el Hiryu), en un segundo ataque. 
La segunda gran decisión de Spruance fue haber evitado una emboscada que Yamamoto intentó tenderle con el resto de su flota combinada en la segunda fase de la batalla, por la noche del 4 al 5 de junio. El comandante californiano hizo todo el daño posible al adversario a un bajísimo costo (Estados Unidos perdió un sólo portaaviones y un destructor) y se retiró hacia el Este, sellando el resultado que tendría alcance mundial. 
El tercer factor que definió Midway fue la cadena de errores de los oficiales japoneses. Desde la dispersión de fuerzas y el exceso de confianza (siempre hay que suponer que tus mensajes pueden ser interceptados), hasta los titubeos de Chuichi Nagumo en esa mañana maldita respecto a qué tipo de bombas debían recargar sus aviones después de la primera ofensiva contra el atolón que había resultado insuficiente. La indecisión del almirante causó pérdidas de tiempo y así quedó desguarnecida desde el aire la Marina Imperial en el momento crucial de la refriega. 
Visto a la distancia, era una batalla imposible de perder para los japoneses. De la noche a la mañana -como han escrito los historiadores- el estado de ánimo del Sol Naciente se desplomó del entusiasmo a la desesperación. Midway aún espera una película de su talla.