martes, 19 de mayo de 2020

Conejo en el recuerdo y otras historias

Conejo en el recuerdo y otras historiasJohn Updike

Tusquets. 316 páginas. Edición 2003.


Este libro, que John Updike (1932-2009) entregó a la imprenta en el año 2000, puede enseñarle al lector inexperto un par de cosas. Primero, que al gran novelista del neorrealismo estadounidense se le daba tan bien los cien metros llanos como la maratón. Quiero decir, también fue un cuentista estupendo. En segundo lugar, podrá inferir que la saga Conejo es uno de los espejos más fidedignos de la burguesía norteamericana. Y por ende, vale la pena agotarla.

Conejo en el recuerdo y otras historias incluye ocho (de un total de doce) cuento muy buenos y una noveleta de 180 páginas, que es una secuela de la vida de Harold Conejo Angstrom, el personaje más famoso del universo updikeano.

Los relatos breves están teñidos de nostalgias, pero no tienen color sepia sino dorado. Aplican la misma fórmula: ‘Por aquel entonces’, 'por aquella época'. Es la América próspera de Eisenhower, cuando la familia tradicional empezaba a disolverse, los divorcios eran raros y los adulterios frecuentes.

Desde la senectud (el libro también redondea una reflexión sobre la adultez postrera) se van hilvanando reminiscencias de orgasmos, criterios de moralidad, costumbres, arquitecturas y paisajes que -¡ay!- nunca más retornarán ante nuestros ojos.

En ’Su Oeuvre’ aparece un viejo tunante, Henry Bech, a quien Updike le dedicó tres libros (este blog elogió uno de ellos: http://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2012/09/un-libro-de-bech.html). El escritor judío ve entre el público de sus conferencias a añosas amantes. Evoca revolcones memorables, como los que ejecutó con una desconocida en otras de las maravillas previas a la dictadura del avión: el tren intercontinental de lujo que unía en tres días Nueva York con Los Angeles.

‘Improvisación de amor en plena guerra fría’ narra las andanzas de Eddie Chester, el banjo que suscita la admiración internacional, embajador cultural en la Unión Soviética porque no pudo rechazar lo que le pedía “algo tan grande y hermoso como era el gobierno estadounidense antes de la Guerra de Vietnam”. 

Muchas historias nos adentran en el territorio favorito de Updike, la laboriosa clase media de origen alemán de Pennsylvannia, precisamente su fatherland. ’Mi padre al borde del descrédito’ es una joya desde el título revelador. También puede recomendarse ’Escenas de los años cincuenta’, que une un ajedrez con Marcel Duchamp en Nueva York, con la delicada salida del armario del narrador del cuento. Con Updike nunca podemos estar seguros donde se ubica el núcleo incandescente del texto.

Conejo satiro


La segunda mitad del volumen -como dijimos- es una noveleta. Harry Angstrom murió hace diez años pero las esquirlas de sus estropicios aún causan daños. Janice, su viuda ahora casada con un viejo enemigo del Conejo, recibe una visita demoledora. Una enfermera de unos 40 años dice ser la hija del sátiro Harry. Se lo confesó su madre en el lecho de muerte.

Bien, he aquí la historia principal: cómo lidian con la novedad Janice, Nelson Angstrom y su padrastro Ronnie Hamilton. 

Estamos de nuevo en la ciudad de Brewer, la Santa María de Updike. Y ahora la que es colocada sobre la mesa de vivisección es la América de Bill Clinton, así como el propio presidente de la Nación, desgastado por el affaire Lewinsky.

El desarrollo de los acontecimientos permite colegir que para el último Updike la familia (en el sentido amplio) es el único refugio posible para los atribulados hombres y mujeres de nuestro tiempo. “Es preciso expresar los lazos de afecto o de lo contrario nada se sostiene”, se establece. Pero en la página 248, advierte el gran escritor:

“…si la sociedad es la prisión, la familia es la celda, sin reducción de la pena por buena conducta. De hecho, la buena conducta tiende a alargar la sentencia”.

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno      

jueves, 14 de mayo de 2020

'NOS4A2', la serie

En el mundo existen personas súpercreativas que rompen las fronteras entre el pensamiento y la realidad. Los hemos denominado artistas, son "las antenas de la especie'', al decir de Marshall McLuhanUno de los buenos escritores de de nuestro tiempo da un paso más allá. Plantea que los súpercreativos tienen facultades sobrenaturales, pueden crear universos paralelos con la mente, desarrollar la precognición o la teletransportación, o pueden encontrar -al final de un portal- objetos perdidos. Necesitan un cuchillo para rasgar las membranas que separan la realidad de la fantasía, que puede ser una motocicleta, una llave o un par de patines, por ejemplo.
Sobre esta esplendida imaginería, Joe Hill escribió en 2013 la que creemos es su mejor novela: NOS4A2, cuya pronunciación aproximada es `Nosferatu'; sí, el monstruo que ha acariciado la vida eterna merced al consumo de sangre humana (fresca, en lo posible). AMC Networks convirtió el libro en una serie bastante competente.Amazon Prime acaba de subir en la Argentina los diez primeros capítulos, con un año de retraso.
Aclaremos, una vez más, que Joe Hill es un seudónimo de Joseph Hillstrom King (Hermon, Maine, 1972), el segundo hijo de Stephen King. De tal palo, tal astilla. En este blog hemos aplaudidos tres de sus cuatro novelas (1). Hill también escribió cuentos e historietas. Recibió varias distinciones literarias. Colecciona tazas de té. Oficia ahora como productor ejecutivo de la miniserie, creada para la televisión por Jami O'Brien.

El otro lado


Viajamos a Haverhill, Massachusetts, enclave de obreros empobrecidos. Victoria McQueen (la australiana Ashleigh Cummings) es la protagonista. Tiene dieciocho años, enorme talento como dibujante y aspiraciones de ir a la universidad. Su sueño americano es romper el ciclo de frustración, escapar de un ambiente gris, y en especial de una familia en acelerado proceso de descomposición. Hija única de un joven matrimonio, estragado por la violencia. Padre, veterano de guerra, borrachín; madre, resentida empleada doméstica. Uno de los hilos narrativos de la serie, no sin interés, es la relación traumática de Vic con sus progenitores y las diferencias de clase en el capitalismo postmoderno (aquí los adinerados son afroamericanos y los pobres, descendientes de irlandeses) con un ligero toque de romanticismo adolescente.
Vic ha recreado con su mente un viejo puente de madera que fue demolido hace años. Del otro lado, encuentra aquello que estaba buscando con ansiedad, sea a su padre en la casa de la nueva novia o bien a una amiga medium en Iowa. Cada viaje en motocicleta a través del portal le cobra un precio a su salud. Los poderes ultracreativos de la señorita McQueen no tardan en llamar la atención del malvado de esta historia. Un personaje fascinante, un psicópata que ha secuestrado a cientos de niños para absorber su energía vital y transformarlos en pequeños caníbales con dientes de piraña. Confina lo que queda de ellos en Christmasland, la tierra de la eterna Navidad, espeluznante producto de su imaginación.
Este villano se llama Charles Manx (Zachary Quinto), viste y habla como un caballero del siglo XIX, detesta la promiscuidad, y recluta como ayudante a Bing Partridge (el islandés Olafur Darri Olafsson), conserje del colegio secundario de Vic, retrasado mental y parricida.

La varita mágica del señor Manx es un automóvil, un Rolls Royce Wraith de 1938, negro obsidiana y con vida propia. Su tarjeta de presentación, una barra de caramelo. Rapta con su esbirro a una nena en Haverhill y a un sheriff del Medio Oeste que le seguía la pista. Se enamora de Vic porque la cree casta y tienen conexión psíquica, hasta que descubre que se acostó con un noviecito de nombre Craig (otro típico producto de la América cuello azul), a quien raptará para usarlo como alimento de sus niños pervertidos. 
La chica va al rescate junto a la mística bibliotecaria Maggie (la youtuber Jahkara Smith), cuyas fichas de Scrabble esclarecen cualquier interrogante, pero la tarea de aniquilar al señor Manx no es sencilla. Aquí no se trata de exponerlo a la luz del sol o a un crucifijo. La clave es destruir el viejo Rolls Royce asesino. Hay un duelo en las montañas de Colorado y un final abierto. El 21 de junio se estrenará en Estados Unidos la segunda temporada.
Es posible que quienes no hayan leído el libro no disfruten la serie con la misma intensidad. Sería conveniente empezar por la novela de Hill, uno de esos libros -como ya escribimos en este blog hace siete añosque difícilmente uno soltaría de las manos aún cuando nuestra cama se estuviese incendiando. Pero la serie se comprende perfectamente. Las actuaciones son convincentes, la trama interesante (puede que algo lenta para el gusto contemporáneo), con un justo equilibrio entre elementos intelectuales y golpes de efecto (escasos) del terror puro y duro.
Es, en síntesis, un giro inteligente de uno de las mitos más explotados por la cultura de masas, el hombre vampiro. El truco es el de siempre: hacernos creer que en nuestro mundo operan fuerzas de las no tenemos ni idea.
En el capítulo ocho, el viejo Charlie va a contar sus cuitas a su amigo Abe al Bar Parnassus, un lugar demoníaco donde se deja ver  Pennywise, el payaso de It. Es una pena que el intercambio entre estos dos vampiros que se conocen desde hace más de medio siglo sea tan breve.
Guillermo Belcore
Calificación: Buena

lunes, 11 de mayo de 2020

Las Geórgicas

Claude Simon

Seix Barral, Edición 1985, 268 páginas. Traducción: J. Escué Porta.

Aquí está de nuevo, delante de nuestros ojos azorados, acaba de despertarse con su tremenda desmesura y su pesado humor. Viene a cobrar a las gentes, como siempre, un tributo de dolor y muerte (desde Wuhan al Chaco). El nombre del monstruo es Historia:

"...tiempo a la vez estático y desbocado, que gira sobre sí mismo, sin adelantar, con bruscos retrocesos, imprevisibles rodeos, errando sin objeto, arrastrando todo cuanto se halle al alcance de esa especie de remolino.'' 

El remolino de la Historia es, justamente, la protagonista de una extraordinaria novela escrita hace cuarenta años, no muy conocida, que hoy deseamos recomendar para aliviar con buena lectura un confinamiento que no debería haberse eternizado. Hablamos de Las Geórgicas, obra maestra del francés Claude Simon (1913-2004), Premio Nobel de Literatura 1985.

La crítica erudita define a Simon como una de las plumas más relevantes de la llamada Nouveau roman (Nueva novela), la última vanguardia provechosa de Francia, en la opinión del crítico Octavi Marti. Un grupo de intrépidos innovadores -capitaneados por Alain Robbe-Grillet- maquinó prescindir del argumento, los personajes, el tiempo lineal, las tradiciones de ese insuperable artefacto artístico llamado novela. El resultado fue desigual y ha dejado discípulos muy menores, pero también engendró una sublime exhibición de estilo con una gran densidad poética, filosófica e histórica. Nos referimos, claro, a Las Geórgicas.

TRES MOMENTOS CLAVE


Basado en su experiencia personal y en la montaña de papeles que encontró de un antepasado, Claude Simon une (¡incluso dentro de un mismo párrafo!) tres momentos históricos trascendentes: la Revolución Francesa, la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial.

Combina el libro pues -con exquisita maestría- la participación del autor en dos conflictos armados con técnicas de diferentes artes. El literato fue uno de esos jóvenes idealistas que viajaron a España para defender a la República de Francisco Franco. No obstante, en 1937 se topó en Barcelona con la naturaleza criminal del estalinismo. Tres años después, integró un regimiento de caballería en el frente del Mosa (¡jinetes vs. Panzers y Stukas!); fue capturado por los alemanes y confinado a un campo de concentración, pero escapó al poco tiempo. Se afincó en el sur de Francia. Se convirtió en vitivinicultor. Antes de dedicarse de lleno a la literatura, se aficionó a la pintura (estudió con André Lhote) y a la fotografía. En la década del ochenta, aunque tenía dieciséis libros publicados, este caballero rural era poco apreciado en su país. Las Geórgicas fue el fruto de un talento maduro y original, con tendencia a lo autobiográfico. La cumbre de un ciclo vital. La consagración llegó con el Nobel cinco años después.

Como Guimaraes Rosa, Benet y Joyce, ha edificado Claude Simon una catedral de palabras. Hay pasajes de intensa belleza, pero la potencia estética opera fundamentalmente por adición, es decir por la exuberancia verbal de la novela (el barroco nunca pasará de moda, porque como ha establecido Heidegger, el lenguaje es la casa del ser).

El autor despliega dos artilugios que rompen el molde. En primer lugar, un descripcionismo desatado. El propio Simon ha explicado que su intención ha sido llevar el extremo uno de los procedimientos emblemáticos de Balzac. La escritura se abisma en mil descripciones líricas, cargadas de colores, tonos, luces, sombras, sonidos, texturas y olores (por lo general desagradables, es una novela de gente roñosa). Todo se describe de modo fragmentario, desde una bandada de estorninos hasta la trincheras republicanas en el Frente de Aragón. Emplea la sinestesia y la écfrasis como herramientas destacadas.

La otra fórmula novedosa que aplica el autor es la yuxtaposición temporal, a lo Faulkner pero mucho más exigente. La primera de las cinco partes del libro plantea un formidable desafío al lector: saltamos, a veces sin siquiera una advertencia tipográfica, de un tiempo a otro, de las conquistas napoleónicas de Italia, a la desbandada del Ejército francés en mayo de 1940 y de ahí a la Barcelona bajo fuego, luego a una sala de ópera, volvemos a los despachos enloquecidos del Comité de Salvación Pública, y así por sesenta páginas. ¿Quiere decirnos monsieur Simon que la guerra es siempre la misma, que lo seres humanos somos meras hojas de árbol, inermes y trágicos, a merced de esa fuerza de la naturaleza llamada Historia?

El segundo capítulo, más normal, nos lleva al norte de Francia, tres meses antes de que los tanques de Schneller Heinz Guderian irrumpieran por las Ardenas. Vemos a un cuerpo de caballería a quince grados bajo cero. Un ejército de aficionados y de esclavos. Las tropas se alimentan con ``cosas increíblemente infectas (los cuartos de buey congelados diez años atrás en Argentina fechados con un sello violeta en su grasa amarilla, al arroz pegajoso)''. Hay cierta poética en la descripción obsesiva de un frío inimaginable para un sudamericano. El escritor, que estuvo allí, quiere ajustar cuentas con el derrotismo de 1940, la inepcia de los militares y los políticos de París que entregaron el país (y a casi toda Europa) a los nazis.

La tercera parte se ocupa de la familia de Simon. La muerte de la abuela y la iniciación cinematográfica del autor. La subasta de los bienes. Son los herederos de ese coloso de la pequeña nobleza rural (un castillejo y pocas hectáreas) que cambió de bando durante la toma de la Bastilla para convertirse en regicida, diputado de la Montaña, general de artillería de Napoleón, embajador en Nápoles, su Excelencia (y cuyas cartas, informes, hojas de ruta, albaranes de aprovisionamientos, facturas de joyeros, movimientos de tropas, discursos, decretos de la Convención, instrucciones a la administradora Batti, informes sobre inspecciones de baterías, de plazas fuertes, de potencia de fuego enemigas, direcciones al Emperador, relaciones de viajes, consejos para el cultivo de la papa, propuestas de ascensos, de condecoraciones, notas personales, etc. se intercalan a lo largo de todo el libro). Se esboza un misterio familiar de casi doscientos años que se dilucidará en el quinto tramo de la novela dedicado justamente al general republicano.

Es posible que la cuarta parte de Las Geórgicas sea una de las más brillantes manifestaciones de intertextualidad del siglo XX. Retornamos a la Barcelona de la guerra civil dentro de la Guerra Civil Española. Los títeres del ex seminarista con rostro de acero se han abocado a exterminar a otras sectas filosóficas, como el anarquismo y el POUM. Claude Simon lo vio con sus propios ojos. Narra las peripecias de un inglés llamado O:

``...arrojado a (sumido en) algo para lo cual no lo habrán preparado ni los libros ni lo que ha podido aprender por su cuenta en el transcurso de sus años de servicio en la policía, en los miserables barrios del East End, ni durante la época en que se gano la vida fregando platos, o sea un mundo en el que están arraigados desde siempre la violencia, la rapiña y el asesinato, y no de modo más o menos esporádico, más o menos hipócrita, relativamente codificados, sino sin tapujos, sin frenos sin siquiera esas convenciones que distinguen los tramposos pugilatos en medio del barro de simples matanzas entre tribus vecinas, o mejor aún del simple aplastamiento del más débil por el más fuerte...''.

Ese inglés cándido era naturalmente George Orwell. Sí señor, Claude Simon tenía algo que decir (unas cincuenta páginas) sobre un libro famoso, Homenaje a Cataluña.

Es preciso el retrato de los verdugos rojos, vampiros en la noche ("bien alimentados, con sus ojos semejantes a agua sucia, pinta taimada y arrogante ignominia'') y de los más educados y discretos agentes de Stalin, los que mueven los hilos tras las bambalinas, como nuestro Victorio Codovilla. En la página 260, establece que el revolucionario es una "una malformación de la Historia, que la Historia misma se encarga de corregir por sí sola''. Y más adelante reivindica elípticamente la democracia liberal (hoy otra vez en riesgo), donde una persona puede "...dormir, hasta en un mero tugurio, sabiendo que sólo lo sacará de la cama el timbre del despertador y no los culatazos de los fusiles o las pistolas aporreando brutalmente la puerta a la madrugada''...

Para redondear, estamos ante de una las mejores novelas del siglo XX. No es, insistimos, para lectores distraídos o con prisas. Es difícil -pero no inaccesible- porque es excelente. Uno llega a la última página, tarde lo que tarde, convencido de que ha gozado de una inusual experiencia de lectura.
Guillermo Belcore

Calificación: Excelente

domingo, 3 de mayo de 2020

Mandrake. La Biblia y el bastón

Rubem Fonseca
Norma, 195 páginas, edición 1995
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“Nunca te avergüences de tu libido, es la energía fisiológica y síquica asociada a toda actividad humana constructiva; se opone a Tanatos, fuente de todos los impulsos destructivos“. 

¿Es esta una definición filosófica? No, es la meditación interior del sinvergüenza del doctor Mandrake tramando una infidelidad. La creatura de don Rubem Fonseca (Q.E.P.D.) protagoniza dos novelas cortas que el gran narrador brasileño entregó a la imprenta en 2005 y el sello colombiano Norma (lo echamos de menos) reunió dos años más tarde en un volumen que hace muy tolerable un encierro que no debería ser tan prolongado.

Para quien no lo conozca, digamos que el doctor Mandrake es un abogado criminalista de Río de Janeiro que gusta jugar al detective privado. Es un hombre con una misión en la vida: llevar a la cama mujeres hermosas tan asiduamente como pueda. En la ética profesional de este libertino empedernido sobresale una concepción robinhoodiana, sacarle dinero a los poderosos es una buena acción, aun cuando su cliente sea un pilantra. Su socio es el doctor Weksler; su amigo de la infancia el comisario Raúl, el as de la división Homicidios. El vino tinto portugués y los libros son otras pasiones del letrado.

En esta ocasión, Mandrake deberá lidiar, en primer lugar, con una serie de homicidios que ha provocado el hurto de libros valiosísimos, como un incunable de Gutenberg. El Club de los Bibliomaníacos -naturalmente todas personas de buen pasar- es como cualquier secta de fanáticos. El abogado se llevará dos tiros en el cuerpo por esta aventura.

En la segunda parte, se lo trata de incriminar en el homicidio de un cultivador de orquídeas. Alguien le robó de su casa un bastón estoque Swaine (con una lámina de acero incrustada) fabricado en Inglaterra hace doscientos años. Con esa arma mortífera le atravesaron el corazón al señor Helder Frota, cuya esposa es amante de Mandrake (¿dijimos que el estado civil de las damas es para el picapleitos un detalle insignificante?).

Si bien estos dos son los casos principales, las nouvelles se enriquecen con subhistorias que corroboran la habilidad de fixer del abogado. La prosa de Fonseca es sencillísima de leer, lo cual no quiere decir que sea simplona. Viene esmaltada con citas eruditas y sentencias.

Para quien esto escribe, Fonseca era el más importante escritor brasileño de los últimos cincuenta años, un auténtico reformador y no sólo de la novela negra. Fue uno de los grandes cuentistas latinoamericanos. Como todo el mundo sabe, falleció hace quince días por un maldito infarto. Tenía 94 años de edad (1). Este blog intentó contactarse con el doctor Mandrake, pero resultó imposible. Chocamos contra el muro de su secretaria Luma. No obstante, ha trascendido que el abogado criminalista sigue devastado por la pérdida, al punto de que no ha vuelto a sus despacho. Ni siquiera sus bellas mujeres han logrado borrarle las lágrimas.
Guillermo Belcore


Calificación: Buena


(1) http://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2020/04/rubem-fonseca-qepd.html

lunes, 20 de abril de 2020

Ozark, la serie. II temporada.

En El péndulo de Foucault, Umberto Ecco inventa un concepto hermoso (y un vocablo para designarlo): pilocatábasis. Es decir, el arte de salvarse por un pelo. Bien pensado, casi todas los filmes de aventuras estadounidenses se rigen por esa idea fundacional, el héroe se salvará siempre por el canto de una uña (nosotros lo sabemos y renunciamos gustosamente a la incredulidad por un par de horas).

Algunas series, con cierta pretensión narrativa, también hacen del desastre inminente el motor de la trama. Por ejemplo,  Sneaky Pete de Amazon. U Ozark de Netflix, cuya segunda temporada venimos aquí a recomendar como alivio para la desgastante cuarentena.

Para quien no vieron la primera temporada (más lenta, menos ambiciosa), digamos que la criatura de los señores Bill Dubuque y Mark Williams gira en torno al narcotráfico y la degradación moral que provoca tanto en las personas como en las comunidades. El financista Marty Byrde (Jason Bateman) mueve fondos en Chicago del segundo cartel de las drogas de México, hasta que su socio y amigo comete la idiotez de traicionar a los mafiosos. Marty salva la vida por un pelo, a cambio del compromiso de abrir en una región de veraneo de Missouri (lejos de las miradas del FBI y la DEA, al menos eso creen) una nueva fuente de lavado de dinero.

Se muda pues Marty junto a Wendy (Laura Linney), su esposa infiel y brillante, y a su prole: Charlotte (Sofía Hublitz) y Jonah (Skylar Gaertner) a la región de los lagos de Ozark con cinco millones de dólares en efectivo. Allí debe lidiar con lo que los norteamericanos llaman basura blanca, sureños en estado de delincuencia, como los Byrde, bah, pero menos educados y corteses.

En la segunda temporada (filmada en Atlanta por cuestiones impositivas), vemos los esfuerzos titánicos de los Byrde para construir un casino flotante, a instancias de sus mandantes mexicanos, cuya intermediaria es una despiadada abogada WASP (Janet McTeer). Se asocian con los dos extremos de la pirámide social de los lagos de Missouri. Una jovencita brillante y malhumorada de una familia de perdedores y criminales llamada Ruth Langmore (Julia Garner), se convierte en la mano derecha de Marty, aunque siempre está a un tris de traicionarlo, por la mala influencia de su padre Cade (Trevor Long). Justamente, la relación de amor-odio entre Ruth y Cade es una de las cimas de tensión dramática.

También se asocian con Jakob (Peter Mullan) y Darlene Snell (Lisa Emery), terratenientes con su propio negocio de narcotráfico: cultivan amapola, producen heroína y llegan a un acuerdo precario con los mexicanos. La locura de Darlene es otro factor poderoso de inestabilidad y muerte. 

Todo sucio


Con sus tonos azulados y fríos, Ozark recrea con destreza un asfixiante mundo de sordidez a lo House of Card, donde la codicia, la estupidez y la demencia son la norma y todos los estamentos del poder democrático se han corrompido. El sheriff está comprado por los Snell. El empresariado y la política son una cloaca. Charles Wilkes (Darren Goldstein), poderoso hombre de negocios conspira con Wendy para modificar leyes y conseguir un permiso especial del Estado para el casino. Sus intrigas causan el suicidio de un senador, decente. Una excepción a la regla.

Los Byrde también son jaqueados por el FBI, mejor dicho por el agente Roy Petty (Jason Butler Harner), al que sólo le interesa su carrera y es capaz de atormentar a una mujer adicta a las drogas (Jordana Spiro) para conseguir pruebas. Y por la mafia de Kansas City, que -como en la Argentina- anida en el sindicalismo duro. El capo Frank Cosgrove (John Bedford Lloyd) quiere una tajada del pastel. Marty y Wendy están siempre en peligro y, sin perder nunca la compostura y los buenos modales ofician como fixers en un mundo hipócrita y sin escrúpulos (¿Vieron Donovan, es el mismo mecanismo de acción). Todo se arregla en Missouri con dinero o una sutil extorsión.

Otro viejo truco que desarrolla la trama es el siguiente: familia tipo en ambiente disfuncional (¿Recuerdan Los Soprano o Perdidos en el espacio?). Como si no le faltaran problemas y con la ayuda de un casero sabio y agonizante (Harris Yulin), Marty y Wendy deben educar y guiar a un par de adolescentes rebeldes como todos y que deciden dar sus primeros pasos en la carrera delictiva. ¿Por qué no? Si es lo que maman en el hogar y en la sociedad. Hija contestaria; hijo nerd. Los tópicos nunca fallan. Los personajes evolucionan, por fortuna. Wendy se roba la serie, mamá va transformándose en ’macho alfa’ y en asesina; siempre, el fin justifica los medios: salvar a la familia de la venganza narco.   

Uno no puede dejar de preguntarse a lo largo de los trepidantes diez capítulos (no hay puntos muertos) dónde está el bien en la sociedad contemporánea que describe Ozark. Aunque los Byrde siempre estén en busca de la redención, nunca la alcanzan. Da la impresión que los justos sufren el destino que Almafuerte describía en sus sonetos imperecederos. Transcribimos un fragmento de nuestro Nietzsche:

“…los que van por el mundo delirantes/
repartiendo el amor a manos llenas,/
caen, bajo el peso de sus obras buenas,/
sucios, enfermos, trágicos, sobrantes/ 

¡Ah! Nunca quieras remediar entuertos;/
nunca sigas impulsos compasivos;/
ten los garfios del Odio siempre activos/
y los ojos del juez siempre despiertos…/ 

Y al echarte en la caja de los muertos,/
menosprecia los llantos de los vivos!/
  
Netflix ya subió la tercera temporada de Ozark, con el casino en funcionamiento, Darlene conspirando y la mafia de Kansas City, furiosa. En unos días, hablaremos de ella.
Guillermo Belcore

Calificación: Muy buena




viernes, 17 de abril de 2020

Rubem Fonseca QEPD

"Lo mejor de la obra de Fonseca es no saber adónde nos va a llevar. Siempre que comienzo un libro suyo es como si sonara el teléfono a medianoche: `Hola, soy yo. No vas a creer lo que está sucediendo'. Su escritura hace milagros, es misteriosa. Cada libro suyo es un viaje que vale la pena: es un viaje de algún modo necesario''.

Esto escribió hace unos años, Thomas Pynchon, el anacoreta más famoso de Estados Unidos y, acaso, el mejor novelista vivo. Que sirva de epitafio para una de las glorias de la literatura latinoamericana. Don Rubem Fonseca ya está en la casa del Señor. Su familia informó que el escritor de 94 años sufrió el miércoles un infarto durante una comida en su departamento de Río Janeiro y alcanzó a ser trasladado por una ambulancia, pero llegó sin vida al hospital Samaritano del barrio de Botafogo.

Se fue uno de los mejores pero nos queda una obra tan copiosa como indispensable. Y, a pesar de su excelencia, marcada por la polémica: el erotismo y la violencia solían colorear sus cuentos, novelas, y guiones cinematográficos (también escribió ensayos breves); al fin y al cabo fue un hijo cabal del Brasil. Hace poco la Gobernación del estado de Rondonia ordenó retirar de las escuelas varios libros de Fonseca -entre otros clásicos de la literatura brasileña- por su "contenido inadecuado'', aunque dio marcha atrás después de la ola de críticas que recibió por so bestias.

Cuentista excepcional


Nacido el 11 de mayo de 1925 en la ciudad de Juiz de Fora, Fonseca ha corrido los cien metros llanos con tanto brío y eficacia como la maratón. En este diario, hemos señalado que debe honrarse al artista mineiro -pero carioca por adopción- como uno de los grandes cuentistas latinoamericanos.

Su prosa tiene el sabor de la experiencia. Antes de dedicarse de lleno a la literatura, se graduó en abogacía, ejerció como penalista, se dedicó a la enseñanza en la Fundación Getúlio Vargas, ingresó a la Policía (llegó a comisario y fue jefe de Relaciones Públicas) y estudió administración de empresas y comunicación en Nueva York y Boston. Tenía aquello que le falta a a los plumíferos de tres al cuarto que vomitan los talleres literarios: calle. Tenía también Fonseca, un finísimo oído para el habla popular, sin concesiones a lo pintoresco. Publicó su primer libro en 1963: Los prisioneros.

Vargas Llosa ha establecido que perteneció a la misma estirpe artística que Manuel Puig o Umberto Eco:

``Es uno de esos escritores contemporáneos que han salido de su biblioteca para hacer literatura de calidad con materiales y recetas hurtados a los géneros de gran consumo popular'', como el cine, la historieta, el folletín o la telenovela".

Es decir, aplicó el pastiche, un procedimiento que la crítica ha rotulado como posmoderno. Nunca ahorró truculencias al lector. Cierto tono naif y el humor inteligente las aliviaron. Practicó la parodia y la aguda crítica social. Fue censurado en los setenta por la dictadura militar.

Se lo considera con justa razón un maestro del realismo sórdido. Narró historias escalofriantes con una pluma seca, a lo Graciliano Ramos. Ese estilo desnudo y objetivo también remite a Hemingway. Inventó al detective privado Paulo Mendes, alias Mandrake, abogado criminalista -promiscuo, crápula y brutal- que protagoniza la novela más aplaudida de Fonseca (A grande arte, 1983). El personaje inspiró la serie Mandrake (2005), producida por HBO y protagonizada por el actor Marcos Palmeira. Agosto, novela histórica que refiere al suicidio de Getulio Vargas, también fue adaptado a la televisión, por la O'Globo en los noventa.

Discreto

Un par de curiosidades: el pudoroso Fonseca odiaba firmar libros y se resistió -a lo César Aira- a concertar entrevistas con la prensa de su país. Salía a caminar con gorra y lentes oscuros por las calles de Leblon. Con buen criterio y voz cavernosa, consideraba que ``se debe leer prescindiendo totalmente del escritor''. No obstante, recibió premios tan importantes como el Juan Rulfo, el Jabuti o el Camoes, considerado el Nobel de la lengua portuguesa.

Don Rubem Fonseca fue lo mejor que puede ser un escritor de talento: un Gran Renovador. Búsquelo, para empezar, en los Cuentos completos que publicó Tusquets hace un par de años, o en Diario de un libertino, o en alguno de los libros que mencionamos más arriba.

Sirvan estas líneas de agradecimiento a Dom Rubem por los buenos momentos que le ha regalado al autor de esta necrológica.
Guillermo Belcore

lunes, 6 de abril de 2020

Quijote

En varias direcciones temporarias de Estados Unidos, cuyos nombres no vale la pena mencionar, no ha mucho tiempo que vivía un caballero de los de saco y corbata, palabras anticuadas, pensamientos místicos y adicciones televisivas. Viajante de comercio de origen indio, retirado a la fuerza por su primo rico, enloqueció por culpa de la televisión y comenzó a desear a la gente de la pantalla. A una en particular, Salma R., belleza considerable, la primera actriz india que triunfó en América. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los setenta años, era de hablar y moverse despacio, seco de carnes, rostro parecido al del actor Frank Langella, apuesto a la manera de viejo chiflado. Quieren decir que tenía el nombre de Ismail Smile o Smile Smile, aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que quiso llamarse Quijote; pero esto importa poco a nuestra reseña; basta que en la narración de sus andanzas no se salga un punto de la verdad.
Uno de los mejores escritores de nuestro tiempo -aunque quizás no tan reconocido- ha inventado un Quijote posmoderno. Así se titula la novela más reciente de Ahmed Salman Rushdie (Mumbai, 1947). El sello Seix Barral la trajo a la Argentina en este fatídico 2020 (527 páginas). Merece largamente leerse, por su ambición, riqueza expresiva, y sentido paródico.
Piense, amable lector, en un caldero en el que burbujean la diáspora india; la cultura baja estadounidense (el motel, el neofascismo, los ricos y famosos, el entretenimiento de masas) y el misticismo oriental (el sufismo y la rara religión del bahaísmo). Más algunas digresiones interesantes, como la deriva de Inglaterra hacia algún lugar no muy amable, la ciberguerra y la epidemia de estupefacientes derivados del opio. 
No sólo Rusdhie es puente entre civilizaciones (entre Occidente y el subcontinente indio y el mundo islámico); sino también es uno de esos artistas que desdibujan las fronteras entre arte y vida. Por momentos, genera incapacidad para distinguir lo inverosímil de lo que no lo es. Fusiona con destreza la visión paranoica y la real. En busca de un concepto conocido, se lo ha catalogado como un adalid del realismo mágico por no haber excluido en su veintena de novelas lo sobrenatural y lo maravilloso. Como el mismo sostiene, el surrealismo o incluso el absurdo constituyen herramientas formidables para describir el presente.
Así, nuestro Ismail Quijote da a luz por partenogénesis a un hijo, con ``la fuerza de su deseo y la amabilidad de las estrellas''. Como Palas Atenea había brotado plenamente formada de la cabeza de Zeus, así nació Sancho del sueño de su padre. Y se lanza a la carretera con el caballero de la triste figura hacia Nueva York en un Chevrolet Cruze; van en busca de una Dulcinea que es estrella de la televisión y adicta a los placeres químicos.
No se topan, claro, con los desalmados yangüeses que molieron a palos a las criaturas de Cervantes, pero también la pasan mal. Algo desagradable les ocurre con una robusta mujer blanca en el lago Capote. Bocas furiosas los persiguen en una cafetería de Oklahoma. A Sancho le dan una paliza tres yuppies en una plaza de Manhattan. Y por un pelo no los matan durante un tiroteo en un pub de Kansas. Es que ambos tienen la piel oscura, pero del tono sospechoso tras el 11-S. La cuestión de la etnicidad en el Estados Unidos de Donald Trump es una de las cuestiones palpitantes de la novela.

La otra epidemia

Otro personaje importante de la trama es el primo R.K. Smile, modelo de médico corrupto, el Reyecito de Atlanta, capital de la próspera América india (75 mil musulmanes indostaníes y 100 mil hindúes). El empresario posa ahora de filántropo, pero ha amasado fortunas fabricando y vendiendo medicamentos adictivos, en particular un spray sublingual de fentanilo (el macho alfa en el país de los opioides) en los límites de la legalidad, atravesando repetidamente las fronteras de la decencia, para, por ejemplo, satisfacer los deseos de la gente muy famosa, subsección muy importante de la economía estadounidense. Hablando sin ambages, es un narcotraficante, pero desde el interior del sistema. Provee, entre otras luminarias, a Salma R., la amada del Quijote.
Rushdie, por cierto, desea que el público conozca las tretas de la industria farmacéutica para multiplicar las ventas. Los corresponsabiliza de las 30.000 muertes anuales en la Unión por adicción a los derivados del opio, otra devastadora epidemia de nuestro tiempo. Es un tema que toca muy de cerca al literato. Su hermana menor murió en 2008 de sobredosis de pastillas, cuando solo tenía 45 años.
El mumbaikar es de los escritores que creen que la buena literatura debe transmitir un mensaje. Así lo establece en la página ciento treinta y nueve: ``¿Cuando invocamos el recuerdo de una obra maestra nos tenemos que preguntar: qué lecciones nos ofrece?''.
El libro, aunque desparejo, es el fruto de un talento maduro. Formas elegantes y conclusiones firmes. ``Quise escribir una novela que sea panorámica y sinóptica al mismo tiempo'', explicó el autor a un periodista del Time of India. Lo ha logrado con creces. Desde la atalaya del progresismo, oteamos buena parte de la sociedad estadounidense y de la cultura contemporánea. "La cultura basura le está estropeando la mente a muchos tontos, tontos viejos como jóvenes, o incluso a la América entera", escribió en la página cuatrocientos setenta y cinco. El siempre ponderable deseo de construir un Aleph.
Estilísticamente hablando, hay párrafos perfectos. Si bien la sátira es el procedimiento dominante, no es el único. Hay un artificio que proviene, acaso, de las Mil y Una Noches. El relato dentro de otro relato. En el capítulo dos se nos presenta a Sam DuChamp, escritor de segunda fila de novelas de espionajes, quien justamente está componiendo la historia del Quijote Smile. También dedica varios capítulos a la hermana de DuChamp, paladín en la defensa de de los derechos de los inmigrantes en Londres. Ingenioso truco.

Gurú pop

Finalmente, algo hay que decir del mensaje primordial del texto. Quizás el propósito del universo sea la creación de un amor perfecto, se conjetura en la página ciento treinta y dos. Sin embargo -se añade más adelante- la cantidad de amor disponible no satisface a todos los buscadores. Millones de solitarios le darían la razón.

El amor como conclusión existencial, como final de todo, pues. Don Quijote Smile se va despojando absolutamente del lastre (conocimiento, escepticismo, la razón, porque el enamoramiento es irracional, antiguas enemistades) en su peregrinar hacia la Amada. Atraviesa los siete valles de la sabiduría.``La vida humana es casi toda infelicidad. El único antídoto a la tristeza humana es el amor'', sentencia Rusdhie, el metafísico pop, en la página doscientos trece. 
La novela nos regala un fragmento hermoso de un poema de Wordswoth:
``ese ánimo

en que la dura y gravosa carga

de este mundo incognoscible

se aligera''.
Amo luego existo, no parece una proposición descabellada, menos en tiempos de virus corona.
Guillermo Belcore

Calificación: Muy buena

PD: En este blog hemos comentado otras buenas novelas de Rushdie. Pinche aquí:

domingo, 22 de marzo de 2020

Narcos México II Temporada

Casi ciego y sordo, a Miguel Angel Félix Gallardo le cuesta caminar. Su hogar es una cárcel en México, desde hace más de tres décadas. Lo han dejado vivir porque no abrió la boca; no ha salido en libertad porque Estados Unidos se la tiene jurada. Resulta imposible compadecernos de este delincuente extraordinario, nacido en Culiacán (Sinaloa) en 1946. Hizo cosas horribles. Fue Herodes y fue Judas. Tiene las manos manchadas de sangre y de cocaína, pero, acaso, cuando Dios llame a su alma estará purificada.
Félix Gallardo, magníficamente interpretado por Diego Luna, es el eje de una de las más esclarecedoras series de nuestro tiempo, otro tanque de Netflix que acaba de subir la II Temporada. Narcos México, en efecto, narra con rigurosa verosimilitud el ascenso y la caída en 1989 del factotum del Cartel de Guadalajara, elevado por un tiempo a la mítica categoría de Capo de Todos los Capos de México.
En la década de los ochenta, Félix Gallardo logró algo que se consideraba imposible: unir bajo su égida a casi todas los grupos mafiosos para constituir una Federación dedicada a transportar en gran escala a Estados Unidos primero marihuana, y luego cocaína proveniente de Colombia, con una muy baja efusión de sangre. Claro, todo en colusión con el Partido Revolucionario Institucional.
Un ex policía sinaloense se puso en el bolsillo a bandidos legendarios, familias de hampones bien asentadas, la Dirección Federal de Seguridad y barones feudales de esa "dictadura perfecta" (la definición es de Vargas Llosa) que era el México del PRI. Incluso en la serie se plantea una hipótesis que no conocía: Felix Gallardo prestó una ayuda decisiva en 1988 para que Carlos Salinas de Gortari le robara las elecciones a Cuáhtemoc Cardenas.
"¿Cuánto exporta Pemex por año?", le espeta sin rodeos Miguel Angel al ministro de Defensa del sexenio de Miguel de Lamadrid. "¿Cuatro mil quinientos millones de dólares? Yo exporto quince mil millones. Y si me llevo los dólares de nuestros bancos, México se derrumba", alardea.

UN EMPRENDEDOR

Es que Félix Gallardo, aunque al servicio del diablo, fue esa clase de emprendedor que crea un imperio desde la nada, tiene un olfato de sabueso para el negocio más lucrativo y abre rutas. Fue el primero en su país en cerrar tratos con los Carteles de Medellín y de Cali, cuando Estados Unidos cierra las rutas del narcotráfico en el Caribe. Los colombianos le pagaban 3.000 dólares -afirma la serie- por cada kilogramo de cocaína colocado en el país más drogadicto del mundo.
Escuchemos a un experto, Don Winslow, escritor estadounidense autor de una trilogía im-pres-cin-di-ble sobre el narco mexicano (1)
..."en algún momento se dieron cuenta de que su producto real no eran las drogas, sino la frontera de tres mil kilómetros que comparten con Estados Unidos y su capacidad de pasar contrabando a través de ella."... 
Vale decir, creó Félix Gallardo el llamado trampolín mexicano.
Las escenas del capo de Guadalajara con Pablo Escobar Gaviria (Wagner Moura), por un lado, y con Miguel Rodríguez Orejuela (Francisco Denis) y Hélmer Pacho Herrera (Alberto Ammann), por el otro, son un punto cenital de los veinte capítulos que distribuye Netflix.
En este punto, vale aclararle al lector que si bien Narcos México se basa en hechos reales, naturalmente, se tergiversan algunos destinos individuales para avivar la tensión dramática o por exigencias del guión. Por ejemplo, el gángster Cochiloco -cuate del joven Chapo Guzmán- no fue asesinado por sus adversarios de Tijuana. A ese bato lo liquidó el Cartel de Cali en las calles de Zapopan como castigo por robarse la mitad de un cargamento de cocaína de un barco. 

LA CAIDA

El hilo conductor de la segunda temporada de Narcos México II lo tejen los esfuerzos desesperados de Félix Gallardo para mantener unida la Federación. Había cometido una chingadera fatal: ordenó el asesinato del agente de la DEA, Kiki Camarena (Michael Peña), quien fue sometido a espantosos tormentos. La agencia federal nunca se lo perdonó. Como escribió Winslow:
 ..."los norteamericanos pueden bombardear, quemar y envenenar a otros pueblos, pero hazle daños a uno de ellos y reaccionarán con farisaico salvajismo..."
De hecho, la serie pone en el banquillo no sólo la corrupción institucional de México lindo y querido sino también la política exterior del reaganismo. Conjetura que Félix Gallardo -en busca de impunidad- acordó con la CIA entregarles armas a las milicias antisandinistas de Honduras con los mismos aviones en que traficaba la cocaína colombiana. El famoso escándalo Irán-Contras. La lucha contra el comunismo justificó, siempre, cualquier tropelía del faro de la libertad.
El relator de la segunda temporada es un tal Walt Breslin (Scoot McNairy), un cowboy de la DEA que lidera una task force clandestina, orquestada para cobrar venganza por el asesinato de Camarena (Operación Leyenda). Es otra suerte de Capitán Ajab y su ballena blanca son los traficantes de drogas mexicanos a los que responsabiliza por la muerte de su hermano en Texas. Su nexo con el Palacio de los Pinos es, acaso, el personaje más fascinante de la trama por su maquiavélica ambigüedad, el comandante de la Policía Judicial Guillermo González Calderoni (Julio Cedillo), agente doble o triple, siempre en delicado equilibrio. En la vida real, a Calderoni lo ejecutaron en Texas de un balazo en la cabeza en 2003 tras haber revelado acciones sucias de los Salinas de Gortari.
Hay que destacar que Narcos México II es una producción con grandes actores. La humanización de los capos mafiosos resulta siempre convincente. El Chapo Guzmán (Alejandro Edda) y el Güero Palma (Gorka Lasaosa) líderes del Cartel de Sinaloa (los narcovaqueros), en brutal competencia con el Cartel Tijuana de los hermanos Rodríguez Arellano (Alfonso Dosal Manuel Masalva). En Baja California había comenzado a despuntar Enedina Rodríguez Arellano (Mayra Hermosillo), considerada hoy como el cerebro de la organización tras la captura de sus carnales por comandos de Estados Unidos. También Jesús Ochoa como Juan Nepomuceno Guerra, histórico contrabandista de Tamaulipas, creador del Cartel del Golfo. Y José María Yazpik como Amado Carrillo Fuentes, el Señor de los Cielos y del Cartel de Juárez.
Nos conmueve la matanza de Santa Elena (episodio basado en el libro El zar de la droga del periodista Terrence Poppa), cuando el establishment mexicano -con la insuperable ayuda del FBI- ajustó cuentas con Pablo Acosta Villarreal, (Gerardo Taracena) el zorro de Ojinaga, un bandidote de Chihuahua de la vieja escuela mafiosa, esa que -sin renunciar al frecuente uso de las pistolas- se imponía ciertos códigos, como la obligación del paternalismo en el lugar natal.
A la excelencia de los interpretes, los aciertos de la trama, el fresco cultural y la denuncia punzante, añádale la música virtuosa. Es la mano de Gustavo Santaolalla. Ingresamos con Sandra Avila Beltrán (Teresa Ruiz), la Reina del Sur, a una discoteca de Tijuana en busca de un camionero para transportar la cocaína del Cartel del Valle Cauca (los enemigos jurados de Cali) y nos sorprende Persiana Americana de Soda Estéreo. O la Cumparsita en la entronización de Salinas de Gortari. Mi favorita: mientras camina un atribulado Félix Gallardo suena De nada sirve de Moris ¡Bravo por la argentinidad!
Una última reflexión. Hay un asunto venenoso que se prolonga hasta el presente. La caída de Félix Arellano abrió de par en par las puertas del infierno. Como le dice el protagonista, ya encerrado, al agente Breslin: "Me van a extrañar, las bestias han salido de sus jaulas". 
Tras la Federación y su paz precaria, en efecto, los distintos cárteles se declararon la guerra entre sí en busca de las mejores rutas a Estados Unidos. Tijuana vs Sinaloa. Juárez vs el Golfo. Los Beltran Leyva vs. todos los demás. Súmele nuevos actores, incluso más sanguinarios que los anteriores como Los Zetas. Así, se ha sumido México en una espiral de violencia sin precedentes, con decenas de miles de civiles muertos y desaparecidos. Las ejecuciones son espantosas. Podría uno preguntarse: es sensato tratar de administrar esa violencia (¿negociar con el cartel dominante?) o es mejor declararle una guerra sin cuartel como hizo el presidente Felipe Calderón hace ocho años y de este modo multiplicar los daños colaterales. Quien esto escribe aún no ha encontrado una respuesta.

Calificación: Muy buena

FICHA TECNICA
Narcos México. Segunda Temporada. País de origen: Estados Unidos y México. Episodios: Diez. Directores: Andrés Baiz, Amat Escalante y Marcela Said. Productores ejecutivos: Carlo Bernard, Doug Miro, Eric Newman, José Padilha. Guionistas: Carlo Bernard, Johnny Newman, Eric Newman, Eva Aridjis, Clayton Trussell, Doug Miro y Alec Ziff. Reparto: Diego Luna, Joaquín Cosío, Fernanda Urrejola, Fermín Martínez, José María Yazpik, como Amado Carrillo Fuentes, Gerardo Taracena, Alfonso Dosal, Manuel Masalva, Teresa Ruiz, Alejandro Edda, Julio Cedillo, Gorka Lasaosa, Scoot McNairy, Mayra Hermosillo.

lunes, 9 de marzo de 2020

Copérnico

En 1976, antes de que la crítica estableciera que John Banville es el mejor estilista de la anglósfera, el literato irlandés publicó una exquisita biografía de Nicolás Copérnico.

Por fortuna, ha sido traducida al español. Ha llegado a nuestras manos, ansiosas de Alta Literatura, la edición de Sudamericana de 1990. Copérnico (262 páginas) encierra casi todas las virtudes de la prosa madura de Banville: fulgor poético, dominio de la metáfora, sublimes retratos, profundidad psicológica, excelente construcción de escenas.

No obstante, el valor cenital de este libro es el juego de ideas que deviene de una magnífica reconstrucción histórica. Es un viaje fascinante a la Europa del Renacimiento y la Reforma. Trabamos relación, de primera mano o de mentas, con personalidades como Savonarola, Rodrigo Borgia, Lutero, el rey Segismundo de Polonia, el Gran Maestre Albrecht von Hohenzollern (sanguinario reyezuelo de los Caballeros Teutónicos), el príncipe-obispo Johannes Dantiscus. La lista sigue. 

Recorremos Cracovia, la Prusia Real, Bolonia, Padua, Roma (en el jubileo del año 1500), Königsberg, Wittemberg. Viajamos al siglo XVI para conocer al frío, remilgado e indiferente prusiano que “dio a conocer la música secreta del universo a un mundo que se revolvía en la ignorancia”. Herr Nicolás Koppernigk, hijo de un mercader de Torum que ascendió a la dignidad de Doctor Copernicus. Canónigo que en Italia estudió medicina, “una especie de escondite desde donde podía dedicarse clandestinamente a sus aficiones” en los enclaves alemanes del Báltico: crear -perfeccionar, mejor dicho- una nueva teoría cosmólogica, el heliocentrismo. Destronó a Tolomeo. “El firmamento cantaba como una sirena”, para Nicolás. 

Vemos también cosas horribles. Enfermedades: Andreas, el hermano amado-odiado de Nicolás fue destrozado por la sífilis. Matanzas: los Caballeros Teutónicos arrasaban ciudades enteras en la Prusia bajo el dominio de la monarquía polaca. Y la monstruosa red de intrigas políticas y religiosas europeas. Además, claro, de la persecución a los “sodomitas“.

LA OBRA MAESTRA


La biografía se articula en cuatro etapas: I) Orbitas Lumenque; II) Magister Ludi; III) Cantus Mundi; IV) Magnum Miraculum, que recorren el ciclo vital del astrónomo entre 1473 y 1543. 

La tercera parte, la mejor de todas, fue escrita supuestamente en 1579 por Georg Joachim von Luachen, apodado Rheticus, discípulo alemán que viajó hasta el obispado de Erland (hoy Warmia, en Polonia) para conseguir la edición de ’De Revolutionibus Orbium Mundi’, la obra maestra de Copérnico, que ocultó a la Humanidad hasta casi el final de sus días por temor a la reacción de los poderosos y del populacho. Convengamos que un universo centrado en el sol no era algo que pluguiere a un mundo saliendo del Medioevo, ansioso de alegría, libertad y salvación.”Yo creo en las matemáticas, en ninguna otra cosa”, decía el enjuto y desgarbado inventor de una teoría del cielo.

Por cierto, Rheticus admite que retocó el original: “Saqué aquella frase absurda en que especulaba sobre la posibilidad de órbitas elípticas, ¡órbitas elípticas, por el amor de Dios!”. Vaya tonto.

“El astrónomo que estudia el movimiento de las estrellas es como un ciego que con ayuda del bastón de las matemáticas debe hacer un enorme, interminable y peligroso viaje, pasando por innumerables parajes desolados. ¿Y cuál será el resultado? Avanzará nervioso un trecho y andará a tientas golpeando el bastón contra el suelo pero llegará un momento en qué se apoyará en él y suplicará al Cielo, a la tierra y a todos los dioses que lo ayuden en su angustioso camino”…

Este hermoso párrafo de la página doscientos uno describe en realidad a la Humanidad. Todos somos ciegos; lo que varía es el bastón que usamos a poder recorrer nuestro camino.
Guillermo Belcore

Calificación: Muy buena

jueves, 27 de febrero de 2020

Justicia

Justicia

Friedrich Durrenmatt

Tusquets. Edición 2013. 215 páginas.


Inversamente proporcional a la opulencia y estabilidad de la admirable Suiza es su producción literaria. Casi nada ha llegado hasta nosotros. Carl Jung y Robert Walser en el siglo XX; y ahora Lukas Bärfuss, a quien le hemos elogiado dos novelas en este blog (1). Compárese esa indigencia creativa con la exuberancia de una Irlanda, muy pobre hasta anteayer.

Por ello, es una gratísima novedad el descubrimiento de un novelista suizo de fuste (al calor de la liquidación de inventarios de Tusquets en Buenos Aires, una de las maravillas del último año). Así pues, aquí venimos a recomendar, con todo entusiasmo, Justicia de Fiedrich Dürrenmatt (Konolfingen, 1921-1990).

El texto fue entregado por primera vez a la imprenta en 1985. El autor explica que le llevó casi treinta años completarlo. La trama es una obra de relojería en tres actos, los tres en rigurosa primera persona.

Los dos primeros redondean la confesión de un intento de asesinato; un abogado defensor, un borrachín especializado en putas y luego en pleitos campesinos, se sincera (¿o no?) con el fiscal. El epílogo es obra del editor de las dos primeras partes; nos revela -en un giro inusitado- las verdaderas motivaciones de otro homicidio, el que enloqueció al abogado dipsómano, el núcleo incandescente de la novela.

El drama se desarrolla en Zurich. De camino al aeropuerto con un ministro inglés que vuelve a casa, el consejero cantonal Isaac Kohler ordena detener su coche frente al restaurante Du Théatre. Irrumpe en la sala repleta de comensales y acribilla a balazos al profesor Adolf Wintler, "uno de esos charlatanes humanistas que pueblan la universidad suiza". El legislador, un hombre rico y culto, sigue su camino y a la noche va a la Opera donde es detenido por la policía sin ofrecer resistencia. La pistola homicida nunca será encontrada.

El acto deja estupefacto a un país entero que, sin embargo, agradece la interrupción de la monotonía cotidiana; todo cambio resulta bienvenido en la república alpina. Kohler es procesado y condenado en primera instancia. Nunca confesó qué lo había impulsado a disparar. Ya en una prisión que es modelo de pulcritud como todo lo helvético, contrata a un abogado novato para que explore la posibilidad de su inocencia. Con tortuosas indagaciones, el doctor Felix Spät logrará que el sibilino consejero salga en libertad. Pero una crisis de conciencia hunde al letrado en la desesperación; sabe que fue usado por un avezado jugador de billar y, para colmo, una cadena de muertes causan sus maniobras. Herr Spät, el narrador de dos tercios del libro, planea ajustar cuentas con Kohler cuando regrese de sus vacaciones en el extranjero, en nombre de un principio no-humano: está ebrio de Justicia.


SUIZA, LA FEA



Además de pretender cautivar al lector con una historia enrevesada, personajes bien tallados y la degradación de una personalidad, la novela tiene una clara finalidad crítica. Allí d
onde nosotros vemos orden, prosperidad y una notable civilización política, el literato denuncia materialismo hueco, hipocresía y un aplastante tedio. En Suiza, se establece, "las máximas pillerías sólo pueden realizarse, y se realizan, legalmente"“.


En efecto, si esta novela pretende ser algo, es una poderosa denuncia social. Durrenmatt arroja una sonda a muchas brazas de profundidad para explorar el alma de su Patria. Le desagrada profundamente lo que ve a su alrededor, como ocurría con Onetti. La reprobación siempre es despiadada. 


El autor se esfuerza por convencernos de que Suiza es un horrible nido de filisteos, que ha prosperado gracias a las miserias del mundo, vendiendo a la Humanidad desde lasquenetes hasta secreto bancario. Traza la genealogía de la mayor fortuna de su país en ese afán de destrucción de ídolos.


En tren de encontrar parecidos, uno podría conjeturar que el estilo con párrafos bien cargados, el clima de farsa, la aparición de personajes deformes, el repudio a la burguesía, emparentan la novela con la producción de Günther Grass.


De todos modos, la especulación metafísica sobre el acto de matar y sus consecuencias sociales y éticas es lo que convierte el texto en una gran novela. Una espléndida sorpresa, con un giro al final que nos obliga a repensar todo el asunto. Vale la pena.

Guillermo Belcore


Calificación: Muy bueno


(1) http://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2018/05/halcon.html

https://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2009/11/cien-dias.html