jueves, 23 de enero de 2020

La literatura nazi en América

Aunque nunca hubo tanta gente escolarizada, un síntoma de la ignorancia y la candidez de estos tiempos degradados es la circulación masiva en las redes sociales de las llamadas fake news, es decir las noticias espurias creadas para desacreditar a una figura pública, movimiento político, empresa, etc.
La expresión circula en las anglósfera desde el 1800, según los lexicógrafos. Hoy en día, los rusos, con un ejército de trolls, parecen haberse especializado en estas artimañas, acaso para vengarse de Occidente; al fin y al cabo no carecen de tradición: fue un agente del zar quien escribió los Protocolos de Sion, ese documento inventado que, según los imbéciles, prueba la existencia de una conspiración judía para conquistar el mundo.
En la Alta Literatura, existe un equivalente a las fake news, más amable, interesante y sustancial. Es un juego del intelecto que exige de lectores cómplices. Consiste en (usando palabras de Jorge Luis Borges) "falsear y tergiversar ajenas historias". Llamémosle entonces false book (fake book ya se usa en otra expresión artística: la música).
En la modernidad se han publicado espléndidos ejemplos de esta subespecie: Vidas imaginarias (1896) de Marcel Schwob, que a su vez inspiró la Historia universal de la infamia (1934) de Jorge Luis Borges. Confirmando la certera Teoría de las influencias de Harold Bloom ambos son precedentes del false book que 1996 anunciaba al mundo, como si de un campanazo se tratase, que en Chile había nacido otro narrador sublime: La literatura nazi en América de Roberto Bolaño (1953-2003). Este es el libro que aquí venimos a recomendar, aprovechando que el sello Alfaguara ha reimpreso en el último bienio la obra (imprescindible) del literato santiaguino.
MASCARADAS
El juego es así: La literatura nazi... es una maravillosa enciclopedia fraudulenta de autores, libros (fictitious books, otro concepto anglosajón, como el Necronomicón de Lovecraft) y editoriales, que simpatizaban o militaban entusiastamente en favor del nacionalsocialismo, el fascismo, el franquismo, la superioridad aria o la xenofobia, el racismo y el antisemitismo en general. Es también una prodigiosa exhibición de estilo.
Bolaño -ese genio- se sirve de recursos nobles como la parodia (¿es la parodia del Diccionario de autores latinoamericanos de Aira?), la sátira (sobre todo de la República de las Letras), la ironía, la crítica social y política, y del humor fino y absurdo (a la manera de Woody Allen), para componer personajes fascinantes que nunca existieron, o bien refieren tangencialmente a ciertos plumíferos famosos. Podrá encontrar usted en el Aleph contemporáneo (Internet) conjeturas sobre a quien aludirían en el mundo real las criaturas bolañescas.
Dijimos humor del absurdo, ¿no? Es que el texto se construye con pasajes francamente desopilantes, como aquéllos que describen a los hermanos Schiaffino, capos de La Doce. Bolaño se las ha ingeniado para unir poesía épica con los barrabravas de Boca Juniors. Qué imaginación, la de este tipo. Nos informa que Italo Schiaffino ha publicado Palidezcan los lebreles, "una suerte de Ilíada para la muchachada xeneize". Y que algunos de sus trescientos versos fueron aprendidos de memoria por la soldadesca tribunera. 
Comicidad sí, pero nunca frívola. En el timón de la escritura hay una inteligencia portentosa que desea repudiar alguna de las abominaciones históricas, como el totalitarismo cubano o la guerra sucia de los setenta, todo dicho con una prosa leve que se burla de los tonos y los lugares comunes de la crítica literaria.
Acaso este extracto de la página 179 baste para transmitir el sabor de la obra:
"Amado Couto escribió un libro de cuentos que ninguna editorial aceptó. El libro se perdió. Luego entró a trabajar en los Escuadrones de la Muerte y secuestró y ayudó a torturar y vio como mataban a algunos, pero él seguía pensando en la literatura y más precisamente en lo que necesitaba la literatura brasileña".

El remedo del diccionario -o del comentario diarístico- se abandona en la penúltima entrada, la única compuesta en primera persona. El material autobiográfico es evidente. El carácter que describe es el del infame teniente Carlos Ramírez Hoffman, piloto avezado y oficial de la Inteligencia chilena que se infiltra en un taller literario en Concepción y luego secuestra a las poetisas Venegas. El asesino y torturador deviene en artista de vanguardia y desaparece en Europa. Aquí encontramos la prosa más personal (y seductora) de Bolaño, su tan elogiado flujo continuo. 
MIRADA DE AGUILA 
No puede dejar de mencionarse otro agrado del libro: la exactitud de la mirada. Bolaño arroja una sonda a las profundidades del alma americana. Puede que resulte desagradable el paisaje pero -entre tantas caricaturas- es rigurosamente cierto. Llama la atención que los argentinos sean la primera minoría en la falaz antología.
El primer capítulo se demora en los Mendiluce y es una despiadada vivisección del extravío ideológico, el esnobismo y la superficialidad de cierta clase pudiente de la Patria. Edelmira Thompson, la madre, comparte características con las hermanas Ocampo, "dictadoras de la lírica y del buen gusto en ambas márgenes del Plata en los albores del siglo XX". Juan Mendiluce Thompson, el hijo, lanzaba diatribas, entre otros, "contra Cortázar, a quien acusa de irreal y cruento; contra Borges, a quien acusa de escribir historias que son caricaturas de caricaturas y de crear personajes exhaustos de una literatura, la inglesa y la francesa, ya periclitada, contada mil veces, gastada hasta la náusea". 
Mateo Aguirre Bengochea es el terrateniente de la Patria con ambiciones artísticas, pero sin talento. En Silvio Salvático está el rencor del fracasado pequeñoburgués: quiere dedicarse a escribir pero debe ganarse la vida en trabajos insignificantes (¿Roberto Arlt?). Daniela de Montecristo, la argentinidad aventurera que cautiva allí donde aparece, y sufre de malandrofilia ("en la nalga izquierda llevaba tatuada una esvástica negra").
A los fabulosos hermanos Schiaffino, ya los mencionamos. ¿No está plagado de filonazis el submundo del fútbol? Finalmente, Bolaño describe El Cuarto Reich Argentino, "una de las empresas editoriales más extrañas, bizarras y obstinadas de cuantas se han dado en el continente americano, tierra abonada para empresas al borde de la locura, la legalidad y la simpleza".
La literatura nazi en América esta a punto de cumplir un cuarto de siglo de vida. No ha perdido frescura. No sólo es una obra tan amena como profunda sino que constituye una magnífica puerta de entrada a uno de los mejores palacios verbales de la región, la obra excepcional de Roberto Bolaño (¡ay, su temprana desaparición!). Porque este subcontinente, estimado lector, no sólo ha prodigado extremistas alucinados como el Che Guevara o Mario Firmenich, sino también escritores originalísimos. Indispensables.
Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

miércoles, 8 de enero de 2020

Diez libros indispensables de la década

1) Contraluz, de Thomas Pynchon
(Tusquets, 1.337 páginas, 2010).

Hemos conjeturado en este blog que la producción del mejor literato estadounidense vivo es una suerte de Enciclopedia Británica convertida en Alta Literatura. En esta colosal novela -acaso su magnum opus- el eremita más famoso se concentra en el ocaso de la era decimonónica (o aristocrática), período que va desde la Exposición de Chicago de 1893 hasta la Primera Guerra Mundial. Y se obsesiona con el tiempo, la luz, la resistencia al capitalismo, la guerra, el espionaje y las matemáticas, en una trama con personajes y estilos paródicos que -tal como es costumbre en el universo pynchoniano- se mueven en una protorrealidad. Contraluz es para lectores pacientes y curiosos. No hay página, prácticamente, que no encierre un goce estético o intelectual.

2) Diarios, de Adolfo Bioy Casares
(Planeta, 691 páginas, 2011. Edición minor al cuidado de Daniel Martino).

La sublime joya que la literatura argentina nos ofreció en la segunda década del siglo fue, en realidad, el compendio de una obra anterior de 1.700 páginas. Abarca 40 años de feliz amistad intelectual entre dos genios. Es un resumen pródigo en maravillas, ingenio y caprichos (incluso malévolos) que se concentra en Jorge Luis Borges; en sus anécdotas deliciosas, su inteligencia olímpica, su acomplejada humanidad, su capacidad sin par para destruir una reputación con una frase más venenosa que la mordedura de una cobra. Podría decirse que los diarios abreviados de Bioy Casares son el súmmum tanto de la crítica literaria como del arte de injuriar. Hay personajes cómicos como un vanidoso llamado Ernesto Sábato.

3) 22/11/63, de Stephen King
(Plaza & Janes, 858 páginas, 2012).

El profesor Jack Epping quiere evitarle a su patria el desastre de la Guerra de Vietnam. Viaja en al pasado para cambiar el curso de la Historia, debe impedir que un mequetrefe llamado L. H. Oswald asesine al presidente Kennedy. Sobre este maravilloso supuesto, el rey del terror edificó acaso su obra maestra. 22/11/63 es tanto una magnífica reconstrucción social y cultural de la primera mitad del siglo XX como una muy ingeniosa vuelta de tuerca en la subespecie Viajes en el tiempo. Además, se asoma con cautela e inteligencia al enigma por excelencia de la historia contemporánea de Estados Unidos (al parecer, la aburrida Comisión Warren tenía razón).

4) La poesía del pensamiento. Del helenismo a Celan, de George Steiner
(Fondo de Cultura Económica, 231 páginas, 2012).

No existen diferencias esenciales entre filosofía y poética (al fin y al cabo ambas son las creaciones lingüísticas más valiosas). Sea o no verdad la hipótesis que formularon Montaigne, Borges y Heidegger entre otros, las conexiones sinápticas entre uno y otro campo son innegables. Quién mejor para explorarlas que George Steiner (Viena, 1929). En este ensayo crepuscular el último de los eruditos de la critica literaria revisa 2.500 años de interacciones y rivalidades entre poetas, novelistas o dramaturgos, por una parte, y pensadores declarados por la otra. El recorrido es fascinante (a Borges le dedica seis carillas). Como se sabe, el pensamiento serio, bellamente expresado, es poco frecuente.

5) Antigua luz, de John Banville(Alfaguara, 295 páginas, 2012). 

No hay mejor estilista, hoy, que John Banville. El literato nacido en Wexford, Irlanda (1945), es un demiurgo formidable que describe, retrata, medita y hace poesía con objetos y situaciones corrientes de una manera tan exquisita que, sinceramente, reconforta el alma. Lo corrobora en esta consternada evocación de un amor adolescente. Alex Cleave, un actor de teatro que ya pinta canas, se había enamorado cuando era un muchachito de la madre de su mejor amigo, una matrona de pueblo. No fue un amor platónico. Hay que destacar, por otra lado, que Banville exploró el género policial durante la década bajo la máscara de Jonathan Black. Sus destellos de lirismo puro de John Banville, evidencian el mysterium tremendum de la metáfora.

6) En la orilla, de Rafael Chirbes(Anagrama, 417 páginas, 2013).

He aquí la gran novela de la crisis española. El truco, estupendo, de don Rafael Chirbes (1949-2015) es pintar un fresco mientras hacen correr los más variados asuntos sobre los rieles del escrutinio filosófico y poético. Las pepitas temáticas siempre resultan interesantes. Relaciones familiares, el pasado reciente y remoto de España, la dependencia con el dinero, el barullo contemporáneo, la senectud como degradación, la necesidad del amor (si es que existe) son sopesados por una mirada exigente que considera al ser humano, básicamente, un "malcosido saco de porquería". Escuchamos la voz de un fracasado, el empresario Esteban, en trances de suicidio. La novela envía una sonda a las profundidades del individuo, la comarca, el país y la vida moderna, en general. Juan Benet era la referencia primordial de Chirbes.

7) Las varonesas, de Carlos Catania(Las cuarenta, 504 páginas, 2015)

Santa Fe encierra un secreto. Vive allí el autor de una de las pocas novelas oceánicas imprescindibles de la Argentina. Las varonesas tuvo la mala suerte de tropezar con la censura de la última dictadura militar, pero Roberto Bolaño la elogió en un ensayo y una feliz cadena de coincidencias derivó en su reimpresión hace cuatro años. La primera ficción de Carlos Catania se engarza en el hilo atormentado Celine-Faulker-Onetti-Benet. Gira en torno a una familia santafesina, signada por la demencia y la desmesura. Es posible colegir que la narrativa doméstica nunca ha abordado con tanta lucidez y con semejante panoplia de recursos estéticos y filosóficos los tremendos temas del incesto y la guerra sucia como lo hizo Catania.

8) Perfidia, James Ellroy

(Literatura Random House, 780 páginas, 2015).

El más inquietante escritor estadounidense de novela negra nos lleva a 1941, a los días tumultuosos de Pearl Harbor, en esta monumental precuela de sus obras más celebradas. Hay un agrado en reencontrarse con los personajes de L.A. Confidencial o de la Trilogía Americana, que interactúan con personajes reales como Bette Davis o el alférez JFK. James Ellroy coloca la lupa sobre el Departamento de Policía de Los Angeles, un nido de víboras, gorilas analfabetos en la base y barones feudales en la cima, obsesionados por aprovechar cualquier resquicio para hacer dinero sucio. "Brutal" es, por cierto, la palabra más usada en una trama que desborda de sucesos. No obstante, Perfidia es por encima de todo una gran novela de personajes.

9) 4321, de Paul Auster
(Seix Barral, 957 páginas, 2017).

Olvídese de su inane producción anterior. Si la posteridad juzga a Paul Auster por 4321, llegará a la conclusión de que fue uno de los grandes literatos de su tiempo. Como Tolstoi. En efecto, su mejor novela puede encuadrarse en una tendencia estupenda que ha ganado terreno en Estados Unidos, tanto por razones de estilo como comerciales (un bestseller tiene que ser "una maratoniana orgía lectora"): los literatos consagrados y las nuevas estrellas vuelven la vista hacia los procedimientos del siglo XIX. Aquí lo novedoso es que vemos a un mismo personaje -Archie Ferguson- en cuatro universos paralelos, con sutiles variaciones, por ejemplo la muerte temprana del padre. Las cuatro historias conforman un descomunal fresco de la cultura, la política, los deportes y las costumbres de los años cincuenta y sesenta. 

10) La frontera, de Don Winslow.
(Harper Collins, 967 páginas, 2019).

¿Sabe usted cuál es la contienda bélica más larga que ha librado Estados Unidos en su historia? Respuesta: la guerra contra las drogas. Cincuenta años, más los que resten. Otra pregunta: ¿Quién es el escritor que mejor ha narrado esta tragedia? Respuesta: Don Winslow (Nueva York, 1953). Este año llegó a la Argentina el último tomo de la trilogía de Winslow sobre las guerra contra y entre los carteles mexicanos. La frontera es un cierre magnífico de una de las más ambiciosas aventuras narrativas de nuestro tiempo. La trama es cautivante y aporta una tonelada de datos sobre el fin de la Pax Sinaloense, la matanza de estudiantes de Ayotzinapa, el tren La Bestia, la llegada al poder de Donald Trump y la epidemia de opiáceos en la Unión. Literatura de ideas y literatura didáctica, muy bien documentada.

miércoles, 25 de diciembre de 2019

Naturaleza salvaje

Por Jane Harper
Salamandra. 396 páginas. Edición 2019
Australia es una nación civilizada que vive, por así decirlo, en plena naturaleza. El peligro capital para el ciudadano no proviene del sicario, el político corrompido o el pibe chorro, sino de las serpientes y los arácnidos, los rigores del clima, alguna estupidez o maldad aislada. Hay manzanas podridas como en todos lados, pero no existe un estado de podredumbre generalizada como al sur del Río Bravo. Los agentes de la ley lucen intachables. Al menos, así se desprende de la segunda novela policial de Jane Harper.
Naturaleza salvaje es una agradable lectura de verano. Una manufactura muy bien construida, propia de la era del trabajo editorial en equipo (la figura romántica del escritor que compone en solitario es cada vez más rara).
Nos lleva la novela a un parque nacional llamado Giralang Ranges, que en la vida real, podría ser el de los Montes Grampianos. Allí, concluirá como la mona una "aventura para ejecutivos", esas boberías que empresas presuntuosas contratan para fomentar el espíritu de equipo entre su personal. 
De las cinco mujeres seleccionadas por la firma BaileyTennants de Melbourne para compartir tres días de senderismo y acampada en la foresta, una no regresa y las otras cuatro lo hacen en condiciones deplorables. No es una empleada cualquiera la que ha desaparecido. Secretamente y a regañadientes, Alice Russell había accedido a colaborar con las autoridades para revelar los trapos sucios del estudio contable, es decir, lavado de dinero y tratos con la mafia.
Por eso, investiga la desaparición de la odiosa Alice el detective estrella del universo Harper: Aaron Falk, as del Departamento de Delitos Financieros de la Policía Federal. Joven, taciturno, casi albino, el investigador había presionado hasta doblegarla a la ejecutiva, junto a su compañera Carmen Cooper, cuyo rol en esta historia resulta prácticamente insignificante. Para complicar el asunto, en la zona de operaciones cazaba años atrás un asesino en serie, hoy muerto pero al parecer tenía un hijo.
Se ha urdido el thriller con un procedimiento muy eficaz; hay un vaivén entre presente y pasado. La autora intercala los capítulos de la busqueda contrarreloj de la informante, con la narración de los tres días previos en el bosque, bajo la lluvia, con mucho frío y sin provisiones. Todo les sale mal a los cinco compañeras de trabajo. Se extravían, se abren viejas heridas, se van degradando las relaciones hasta el climax final. El suspenso fue bien dosificado; Harper ha añadido un gancho al final de cada episodio, tal como estipula el manual del best-seller contemporáneo.
La autora profundiza, además, sobre problemas típicos de la clase media: el bullying, las adicciones, el sentido de la existencia, el estrés laboral, las decepciones con nuestros seres queridos, la rabia acumulada. Es una égloga de la mediocracia universal, aquí no encontramos héroes, sino esa gente que fracasa en la crianza de los hijos, tiene un proyecto de vida mediocre y un mal día pierde los estribos. Ni siquiera los detectives muestran cualidades especiales, son burócratas competentes, a lo sumo. Corajudo, empático, buen observador es lo mejor que puede decirse de Falk. No es una criatura que atrape nuestra imaginación.
No obstante, hay un elemento interesante haciendo de las suyas en la trama: el agreste entorno rural, seña de identidad de Australia. Es decir, tenemos aquí personas comunes y corrientes arrojadas a un paisaje excepcional, en este caso el bosque y las correntadas. Naturaleza salvaje, pues, pero además de la espesura hostil, el título podría aludir a las relaciones tóxicas en la familia, el lugar de trabajo y la sociedad en general que abruman al habitante del siglo XXI, incluso en paraísos como la isla continente, con sus envidiables niveles de desarrollo.
Ciertamente, por momentos el libro cae en un andar moroso (sin que esto implique un defecto); se toma su tiempo para las descripciones del lugar y las historias de fondo de los personajes. Cabe suponer que, de todos modos, habrá una adaptación televisiva o cinematográfica. Como la hubo de la primera novela de la señora Harper (Años de sequía), multipremiada y traducida a treinta lenguas. 
La escritora, por cierto, nació en Manchester en 1980 pero a los ocho años se mudó con su familia a Australia. Tiene doble nacionalidad y una carrera promisoria por delante. Su tercera novela se titula The Lost Man y aún no ha sido traducida al español.
Guillermo Belcore
Calificación: Bueno

domingo, 15 de diciembre de 2019

La prueba del ácido

"La belleza es una buena razón, para vivir, ¿no?"
Elmer Mendoza
El 11 de diciembre de 2006, el presidente Felipe Calderón declaró la guerra al narcotráfico. México aún discute aquella decisión dramática que elevó hasta la estratósfera la tasa de homicidios y sólo redundó en la hegemonía del Cartel de Sinaloa (¿era ese el propósito inconfesado?). 
"¿Quién puede hacerle la guerra a los cabrones? Lo tienen todo: armas, relaciones, estrategas, espías, dinero, aliados, etc?. ¿Sabes cuantos policías pueden morir? Todos...", reflexionan los personajes de una novela de don Elmer Filemón Mendoza Valenzuela (Sinaloa, 1949), el as de la narcoliteratura mexicana, que aquí venimos a recomendar.
La prueba del ácido (243 páginas) fue entregada a la imprenta en 2010; gracias a la decisión del Grupo Planeta de liquidar las existencias de Tusquets puede encontrarla hoy en las librerías de saldo de Buenos Aires a un precio irrisorio. Vale la pena el esfuerzo de buscarla, si que es usted comparte el gusto por la buena novela policial con abundante efusión de sangre.
En este blog ya hemos elogiado por partida doble a Elmer Mendoza. Su criatura se llama Edgar El Zurdo Mendieta, de la Policía Ministerial del estado de Sinaloa. El detective viste de punta en negro, y a los 43 años juguetea con la idea del suicidio, abrumado por la soledad y por la degradación de su oficio. Trabajar en los feudos de los brutales carteles de las drogas, en efecto, es como hacerlo en el Tercer Reich.
¿Se puede mantener la decencia en el infierno? El Zurdo acepta un sobre de vez en cuando, consiente las torturas a los detenidos para obtener información (la prueba del ácido) y es un protegido de Samantha Valdez (Sandra Beltrán, en la vida real) la reina del Cartel del Pacífico, pero su riqueza es la austeridad, el coraje y la independencia de criterio. Le agrada incomodar a los poderosos.
En esta ocasión, obrará por venganza, acaso el único estímulo que puede acicatear a un escéptico sin remedio. Mayra Cabral de Melo, meretriz brasileña de las que cuestan un ojo de la cara, fue asesinada. El pinche sabandija, incluso, le cortó un pezón. El Zurdo la amaba, como todos aquellos clientes que la conocieron bien. ¿Un narco la escabechó? ¿O fue uno de los políticos o empresarios influyentes de Culiacán, también mafiosos? Hasta las tres últimas páginas no conoceremos al asesino.
El telón de fondo, como se dijo, es la declaración de guerra de México D.F a esa "minoría ridícula" (Calderon dixit) de los narcos. Y la guerra de los cárteles entre sí. Decenas de cadáveres tapizan Culiacán. El padre del presidente de Estados Unidos llega a la zona a cazar patos. Casi lo matan. Por cierto, don Mendoza no se priva del prejuicio y el estereotipo ante sus poderosos vecinos del Norte. "Los gringos no son felices si no están peleando y ya se aburrieron de Medio Oriente", escribió (¡Ja, ja!, le dice el tamal a la olla).
EL HABLA SABROSA
Ingeniero de profesión (como Pynchon, Dostoieski, Primo Levi o Juan Benet) Mendoza se ufana de "haber logrado dar un lugar al lenguaje del estado de Sinaloa" en su veintena de libros (la saga detective Mendieta suma cinco). Es así. La novela desborda de coloquialismos, recoge esa maravillosa propensión del habla mexicana a acuñar apodos y a crear neologismos -vaya paradoja- usando tradición precolombina. Verbigracia: al esbirro se lo llama achichintle y a los guardaespaldas, guaruras. 
El procedimiento, claro, ha generado críticas académicas. En la magnífica revista Letras libres se ha acusado a Mendoza de cierto vicio que Aira denominó folclorismo programático, es decir colorear el texto con un diccionario en la mano, tan artificioso como esos entretenimientos aborígenes que los mercachifles nos infligen a los turistas cuando viajamos al trópico.
El texto, no obstante, tienen musicalidad y gracia. Ha sido bien trabajado. Es ingenioso -aunque arduo, a menudo, para distinguir una voz de otra- el truco de embutir el diálogo en el párrafo, a lo Saramago. Desborda, además, de sensiblerías, a lo telenovela mexicana. Todos lloran a la hetaira asesinada. Mendieta apela a Sandro de América: "Tus labios de rubí, de rojo carmesí...".
Por otra parte, halcones han acusado a Elmer Mendoza de paloma, de minimizar crímenes narcos, como si fuesen una fuerza de la naturaleza amoral, incluso de darle lustre a los hampones. El debate está abierto y nos interpela a los argentinos. 
¿Cuál es la mejor estrategia para enfrentar a ese cruel poder fáctico que ha regresado al querido México a la edad feudal? ¿Guerra sin cuartel o negociar con los malos una administración del delito que permita reducir los niveles de violencia homicida? ¿Deben los militares salir de los cuarteles para afrontar el reto? Francamente, quién esto escribe no lo tiene claro. Ríos de sangre, siguen corriendo. La tasa de asesinatos en México se ha estabilizado este año en 3.000 al mes. ¡Cien asesinatos por día!
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura de La Prensa.
Calificación: Bueno

miércoles, 4 de diciembre de 2019

Retorno a Brideshead

Amar a un ser humano -aunque sea a uno solo- es la base de toda sabiduría.
 Evelyn Waugh

Podría decirse, amigo lector o amiga lectora, que la gran noticia de la primavera no ha sido el inquietante retorno del peronismo o la fuga de Evo Morales, sino la decisión del sello Tusquets de liquidar inventarios en Buenos Aires. Hoy, uno puede descubrir gemas en las librerías porteñas al precio de un pan de manteca. Hallará, por ejemplo, una de las mejores novelas del siglo XX: Retorno a Brideshead, la obra maestra de Evelyn Waugh (1903-1966), "escritor inglés considerado por muchos como el novelista satírico más brillante de su día" (Enciclopedia Británica dixit).

Hace setenta y cinco años, Waugh concluyó el libro, aprovechando que un indulgente comandante militar prolongó su licencia médica. En 1944, el literato servía en los Royals Marines y se unió a una misión británica para apuntalar a los partisanos yugoslavos, pero -explica en el prólogo- tuvo la buena fortuna de sufrir una herida sin importancia que le proporcionó una temporada de descanso.

Rompió entonces la hucha de sus experiencias personales para componer un sublime ejercicio de nostalgia que retrata un minúsculo sector de la aristocracia británica -los terratenientes católicos, veinte familias apartadas de cualquier ascenso- y que reflexiona sobre el amor, el deseo y las convicciones religiosas (en 1930 Waugh había sido recibido en la Iglesia Católica).

En el prefacio, que no puede ser definido sino como "encantador" (esta es una palabra que aquí usaremos a menudo), Waugh afirma que el tema de la novela es, justamente, "la influencia de la gracia divina en un grupo de personajes muy diferentes entre sí, aunque estrechamente relacionados".


MIRANDO ATRAS


"La memoria, ese anfitrión alado que se cierne a tu alrededor, es la vida, porque no poseemos nada con certeza excepto nuestro pasado", establece Waugh en la página doscientos sesenta y siete. Fiel a la premisa ha escrito una deliciosa y tierna añoranza.

En plena Segunda Guerra Mundial, el capitán de infantería Charles Ryder recuerda con lágrimas en los ojos los lánguidos días de la juventud, cuando conoció en Oxford a Sir Sebastian Flyte, un alma atormentada de la nobleza católica. La movilización de tropas lleva al oficial (temporario) a la mansión de Brideshead, propiedad del barón de Marchmain, el padre de Sebastian. Cientos de días felices había pasado Ryder allí.

El primer tramo del libro nos conduce pues a 1923, la Arcadia del narrador. Irrumpimos en el Hertford College, reducto de una aristocracia universitaria que parece dispuesta a perdonar cualquier cosa excepto la falta de ingenio verbal (los magníficos parlamentos son una de las glorias del libro). Vemos a Sebastian paseando con un oso de peluche por debajo de los castaños en flor. Aparecen personajes encantadores en su anacronismo (el criado Lunt; el tutor Sangrass; lord Brideshead, el hermano mayor de Sebastian) o en su locura, como Anthony Blanche, el esteta por excelencia.

Viajamos después a Londres, Venecia, París y Marruecos. Hay escenas divertidas, como la visita de la pandilla estudiantil a un cabaret de mala muerte, el Old Hundredth. Todos terminan en la cárcel. Sebastian degenera en borracho perdido; odia a su familia, en particular a su madre, Lady Teresa Marchmain, tan fría como clamorosa, y con ese suave e infinitesimal matiz de burla que caracteriza a las clases altas del Reino Unido. Charles se transforma en la parte del mundo que Sebastian quiere abandonar. Por eso, los amigos -¿hay tensión sexual entre ellos o se trata de amor platónico?- se separan para siempre. Ryder se casa, se dedica a la pintura al óleo (como Waugh), juega a ser Gauguin.

En la tercera parte, la historia salta a 1933. Ya es hora de hablar de Julia Flyte, la hermana de Sebastian. Se reencuentra con Charles en un trasatlántico, se enamoran, los dos arrastran matrimonios infelices. La joven se había casado con un sinvergüenza ambicioso llegado del Canadá que se llama Rex Mottram (otro gran carácter), quintaesencia del "mundo adquisitivo" y de la política sin escrúpulos. Su conversión al catolicismo es tan patética como desopilante.

Charles y Julia resuelven divorciarse, planean irse a vivir juntos a House Marchmain ("donde la riqueza ya no tiene esplendor ni el poder posee dignidad"), pero la vuelta para morir en casa del barón, después de veinticinco años de exilio con una amante en Italia, revive "la cuestión religiosa". No es sencillo "vivir (técnicamente) en pecado". La antiquísima lucha entre lo profano y lo sagrado en la vida de un creyente. El final de las memorias del capitán Ryder resulta conmovedor.

UNA VIRTUD ESENCIAL


Decía Stevenson que hay una virtud sin la cual todas las demás son inútiles; esa virtud es el encanto. Retorno a Brideshead es puro encanto. Son encantadores los personajes, en particular los jóvenes de las clases ociosas que pueden vivir cómodamente de una subvención de sus mayores y necesitan escandalizar. Son encantadores también las conversaciones refinadas, las largas y majestuosas comparaciones (indudablemente Waugh tenía talento para la metáfora), los giros de la trama. La crítica social también es exquisita: detrás de un lord suele haber podredumbre, esnobismo y estupidez, como en cualquier otro ser humano.

Pero el autor en la página trescientos veintidós se rebela contra el artificio e incluso contra la intensa necesidad de los ingleses de ser educados. Escribió: 


"El encanto es la gran plaga de los ingleses. No existe fueras de éstas húmedas islas. Corrompe y mata todo lo que toca. Mata el amor, mata el arte".

Y en el prólogo -data de 1959- confieza que, "ahora con el estómago lleno", encuentra de mal gusto "el lenguaje retórico y adornado". No le haga caso, debe haber sido una concesión a una época en la que el socialismo ganaba terreno en forma de esa calamidad llamada corrección política.

Lo cierto es que, aún hoy, la novela atrapa tanto por la potencia estética como por la profundidad del contenido. Es fácil la identificación. ¿Quién no ha perdido algún paraíso en su vida, real o imaginario? ¿Qué persona de fe no sufre alguna vez un problema de conciencia? Por cierto, para el escritor la fe es básicamente dos cosas: aceptar lo sobrenatural como real y abrir a la religión la puerta del espíritu.

Retorno a Brideshead es, en síntesis, uno de esas novelas geniales en la que simplemente uno debe abandonarse al goce de la lectura. Digámoslo con palabras de Evelyn Waugh: la literatura "como mensajera de un instante de dicha, como la que llega en el fondo del corazón en la orilla de un río, cuando, de repente, el martín pescador destella por encima del agua".
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Excelente


lunes, 25 de noviembre de 2019

La cadena

En el aburrimiento y el miedo están las raíces de todo mal.
Kierkegaard

El historiador estadounidense Christopher Browning ha escrito uno de los libros más esclarecedores sobre el Holocausto. En Aquellos hombres grises (Edhasa, edición 2008), coloca bajo el microscopio al Batallón 101 de la Policía del Orden, una infame guadaña nazi que obró en Polonia. Unos 500 reservistas alemanes con sus peculiares uniformes verdes -hombres comunes y corrientes, personas decentes hasta la II Guerra- fusilaron a 38.000 judíos y deportaron hacia la cámara de gas a otros 45.000. El genocidio fue posible -concluye finalmente el catedrático estadounidense- porque debajo de la piel de la mayoría de nosotros hay una bestia ávida. A asesinar, incluso a gran escala, casi cualquier ser humano se acostumbra. Es otro gusto adquirido.

Una trepidante novela policial que el sello Planeta -con una tirada superior a lo normal- trajo a la Argentina se sostiene sobre idéntica hipótesis: "La civilización no es más que un puente de soga suspendido sobre un abismo", se establece citando a los existencialistas. Los humanos podemos cumplir el rol de depredador o de víctima. Sólo se necesita de un poderoso estímulo en la dirección del mal, plantea Adrian McKinty (Belfast, 1968) en La cadena, acaso el bestseller del año, por su originalidad y calidad narrativa.

¿Qué clase de persona es capaz de secuestrar a un niño y someter a sus padres a la más diabólica extorsión? Cualquier persona, que a su vez esté siendo chantajeada por una organización delictiva que había ordenado raptar a su propio vástago. Ingeniosa trama.

¿DONDE ESTA KYLE?


Una helada mañana de invierno, la profesora de filosofía Rachel O"Neill -sobreviviente de un cáncer de mama- recibe un par de llamadas escalofriantes. Su adorada hijita, Kyle, ha sido secuestrada. Para recuperarla sana y salva (es lo único que tiene en el mundo), deberá pagar veinticinco mil dólares en bitcoins y a su vez capturar a un niño o niña, cuyos padres serán sometidos a la misma doble demanda. Rachel se ha convertido en otro eslabón de La cadena.

Cualquier aviso a las autoridades, concluirá con su muerte y la de Kyle, que está en manos de otra familia chantajeada y que, como cualquiera de nosotros, es capaz de cualquier cosa con tal de salvar la vida de su prole. La sofisticada empresa criminal tiene cientos de agentes y parece infalible.

Ayudada por su ex cuñado Pete (un veterano de guerra, aficionado a la heroína mexicana), Rachel debe encontrar un objetivo en Facebook o Instagram, comprar una pistola, encontrar una mazmorra para encerrar a su pequeña víctima y realizar otros hechos aberrantes. Como los reservistas alemanes, la mujer nunca se hubiera creído capaz de perpetrar semejantes barbaridades. En la segunda parte del libro, intentará destruir La cadena, una suerte de Uber del secuestro, la extorsión y el terrorismo en la que los propios clientes realizan la mayor parte del trabajo. No conviene explicar más. 

La trama se desarrolla en Nueva Inglaterra, más precisamente en la parte norte del estado de Massachusetts, el culmine de la civilización occidental, un lugar donde la gente es muy amable y no necesita cerrar con llave sus casas. Es decir, McKinty usufructúa uno de los temores más profundos de la clase media estadounidense: Nadie, en ningún rincón de los cincuenta estados, puede vivir completamente a salvo. Como si se tratara de un cáncer, una entidad maligna puede caer en cualquier momento sobre los buenos ciudadanos. 

EL MOMENTO DE LA VERDAD


Literariamente hablando, lo mejor de la novela es la historia y el ritmo vertiginoso que magnetiza los dedos, uno no puede soltar el libro. McKinty hace alarde de una eficaz economía verbal pero fragmenta la novela en capitulitos (¿quién puede comer un bife apetitoso en pedazos chiquitos? Respuesta: Un niño). 
Como para justificar su paso por Oxford para estudiar filosofía, el autor salpica la trama con citas eruditas (incluso menciona un cuento de Borges) que contribuyen a demostrar una hipótesis: en el momento de la verdad, cuando lo que está en juego es la vida propia o la de un ser querido, ningún pensamiento elevado es capaz de proporcionarnos paz o guía moral.

Hay además otro interesante esbozo de denuncia social. ¿Estamos todos locos? ¿Cómo vamos a revelar en las redes sociales cada uno de los matices de nuestra existencia? Direcciones, teléfonos, trabajo, hijos, colegios, así como las aficiones y las actividades de cada cual. Somos nuestra propia Stasi.

Pero la meditación más poderosa de La cadena -cuyos derechos ya compró Hollywood- discurre sobre el punto que mencionamos al comienzo de este artículo y que, recordemos, también ha desarrollado muy bien Mario Vargas Llosa en Lituma en los Andes. La civilización es un fino y frágil barniz sobre la ley de la jungla, escribió J.G. Ballard.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura de La Prensa.

Calificación: bueno

miércoles, 13 de noviembre de 2019

La muerte nómada

El saber popular repite un cliché: si escupes una semilla en la Pampa Húmeda inexorablemente crecerá un árbol. Es nuestro don del Cielo. Aunque puede que también sea una forma de maldición (hizo a muchos criollos indolentes).
Algo parecido puede decirse de la remota Mongolia. Allí donde usted excave encontrará oro, carbón, uranio, minerales raros, cobre, etc. Es también bendición y gualicho. Con sólo 3,5 millones de habitantes, una clase política corrompida y un pueblo desmoralizado como todos los que perdieron un Imperio, Mongolia es un bocadillo apetitoso para sus colosos vecinos (China y Rusia), así como para las multinacionales.
Ese Gran Juego en Asia Central de la realpolitik y la codicia empresaria agitan el último tomo de la saga Yeruldelgger, sin duda el mejor de los tres. Dígase al principiar y justifíquese después: La muerte nómada (Salamandra, 395 páginas) es una buena novela policial, a pesar de sus defectos de ejecución.
Su autor Ian Manook (Meidon, 1949) empezó tarde en la literatura (a los 65 años) y a instancias de una hija, según ha explicado. Abogado, periodista especializado en turismo, se enamoró de las infinitas estepas y del desierto de Gobi ("una inmensidad tan hermosa que enardece los corazones"), y escribió una trilogía protagonizada por el comisario Yeruldelgger Khaltar Guichyguinnkken, el as de la Brigada Criminal de Ulan Bator.
La crítica francesa ubicó tan noble empresa en el estante del policial étnico. Manook -seudónimo de Patrick Manoukian- recibió varios premios en su patria.
¿Escribe bien? Tiene los defectos del improvisador; se demora en detalles nimios que aburren; quiere decirlo todo. Lo mejor que puede decirse de su prosa es que es competente. Carece Manook de talento para la poética y, como dijimos en otra oportunidad (1), tres harpías desgarran la trama. Se llaman truculencia, cursilería y pintoresquismo.
Borges notaba que en el Corán no hay camellos. Una sutil forma de repudiar el folclorismo programático. Un licenciado de la Sorbona escribiendo sobre una civilización milenaria incurre en el vicio. Yeruldelgger está a punto de morir y su creador lo obliga a recitar el fragmento de una guía de turismo que describe a los burgueses europeos las arenas cantoras del Gobi, con sus tenues diferencias musicales de las dunas de Marruecos y Omán.
A pesar de sus ripios, el libro es en un noventa por ciento entretenido. Si el autor es un fiasco con el pincel de marta, el trazo grueso lo ejecuta bien. Pasan muchas cosas interesantes en la La muerte nómada. 

RETIRO ESPIRITUAL

Retirado en una yurta en el desierto para hallar la paz y la armonía, el ex comisario ve interrumpida su casta reclusión por el empeño de dos mujeres. Una amazona madura le pide ayuda al Pequeño Gran Hombre para encontrar a una hija desaparecida. Horas después, otra mujer a caballo -una joven- le suplica que castigue a los asesinos de su amante, un geólogo francés. Que no, que sí, que por qué no me dejan tranquilo, hasta que empiezan a aparecer cadáveres.
Cuatro hombres han sido ejecutados con el suplicio que Gengis Khan reservaba a los traidores. A esos desdichados los obligaban a tumbarse de espaldas sobre la estepa, los ataban uno al lado del otro y los tapaban con una alfombra gruesa. Y luego el conquistador lanzaba sobre sus cuerpos a sus guerreros a todo galope. Un tumen entero, una unidad del ejército de diez mil caballos. Una y otra vez. Ese era el castigo, ser machacados vivos sufriendo diez mil fracturas antes de morir, pues los jinetes evitaban pisarles la cabeza para alargar el tormento.
Las extrañas muertes ocurren en territorios que explota una poderosa compañía australiana. La Colorado mueve sus tentáculos para que las autoridades mongolas dictaminen que en realidad se ha tratado de un accidente. Así se lo hace saber, con amenazas, a la forense Solongo -novia de Yeruldelgger- la villana de este libro, Chagdarsuren Diugderdemidiin Bilegt, alias Madame Sue, una lobbista despiadada que ostenta "caprichos de millonaria china" y usa el sexo como un arma más.
Así la trama, se despliega en dos prolíficas direcciones. Los asesinatos cometidos de manera ritual nos conducen a una célula de terrorismo ultranacionalista que trata de inflamar a los abatidos mongoles con crímenes rutilantes. El lobby minero implica, como dijimos, los intereses de las grandes potencias que se disputan el derecho a ordeñar Mongolia como haría un viejo campesino rapaz con sus animales. Viajamos a Perth, Nueva York, Quebec y los jardines de Matignon. Por esas cosas de la manipulación política, el bueno de Yeruldelgger se convierte, muy a su pesar, en el Delgger Kahn, el líder improvisado de la resistencia nacional.

LITERATURA Y MENSAJE

No esconde Manook sus propósitos edificantes. Es una literatura con mensaje, ese colmo de horrores, según Oscar Wilde. En primer plano, ubica la denuncia del pillaje que sufre un pueblo y su cultura en manos de "conquistadores invisibles" (los halcones del capitalismo global). Se alza contra la destrucción de "mil años de tradiciones y sabiduría nómada". Una vez más, el mito del buen salvaje.
A tono con la época, reivindica añosas costumbres ecológicas de la atormentada estepa. Expone una hermosa costumbre mongola: el río no se ensucia, nada se tira en él. Si vas a bañarte o lavar la loza, saca el agua con una jarra. Entierra las porquerías. Ya limpio, podrás entrar a las aguas heladas que bajan del Altai. Dice que Gengis Khan ejecutó a generales sólo por orinar en el torrente.
Hay otra curiosidad que atañe a nuestro país. Leemos en la página cincuenta y dos: "...exagerando el gesto como jugador argentino de polo..." 
Guillermo Belcore
Calificación: Bueno

miércoles, 6 de noviembre de 2019

El cartógrafo de Lisboa

"Nada procura más paz que la contemplación de un mapa. Qué sencillo, firme, cierto parece el mundo en él". 
"De tanto aguzar la mirada para caligrafiar, a lo largo de tanta costa, nombres minúsculos de puertos o cabos, los cartógrafos sufren alucinaciones que casi siempre son de mujeres desnudas".
Bartolomé Colón

Capturar un hecho histórico trascendente -el descubrimiento de América, digamos- para convertirlo en una novela, desde una perspectiva singular, con una prosa elegante y erudita es una apuesta literaria que este blog siempre aplaudirá. Uno es capaz de perdonarle al osado -Erik Orsenna, por caso- los defectos de su escritura.

La noticia de la primavera porteña no es la vuelta del peronismo al poder, sino la decisión del Grupo Planeta de liquidar existencias del sello Tusquets. Decenas de buenos libros nos gritan desde las mesas de las librerías de saldo, a precios increíbles. Una buena novela, más barata que un pan de manteca.

Así llegamos a El cartógrafo de Lisboa (Tusquets, edición 2012, 328 páginas). El autor, como se dijo, se llama Erik Orsenna (pseudónimo de Eric Arnoult). Nacido en 1947, economista y escritor de profesión, miembro de la Academia Francesa, consejero de Francois Mitterrand, un cuadro eminente del desaparecido Partido Socialista. ¿Todavía no murió el PS? Bueno, los últimos resultados electorales en el hexágono indican que al dinosaurio rojo pálido le queda pocos años de vida.

Orsenna nos lleva a La Española, en 1511. Al final de su existencia, Bartolomé Colón, hermano menor del Gran Almirante y primer gobernador de la isla, se confiesa ante un cura dominico, que tiene su mismo nombre de pila, y se ha impuesto la misión de relatar en un libro la Historia del Gran Descubrimiento para que sirva de lección a los crueles españoles. El fraile se llama Bartolomé de las Casas, de la bondad extrema con los indios al peor salvajismo con los judíos. Lo acompaña un amanuense que toma notas. Escuchan arrobados el nacimiento de la idea y el crecimiento del afán que condujo a los cuatro viajes de Cristóbal Colón a América. El relato del anciano ancla en Lisboa, donde descollaba como cartógrafo, al servicio del Maese Andrea. Allí comenzó todo.

Es una travesía fantástica. En el siglo XV, la a capital de Portugal, es la capital de los Descubrimientos y los prodigios. En las endebles carabelas, llegan todas las semanas portentos de las costas africanas que necesitan ser renombrados en “idioma cristiano“. Los aborígenes desafían a los teólogos. ¿Qué ve en realidad un negro cuando observa a una mujer blanca desnuda? El asunto demanda una investigación del eminentísimo arzobispo. Los audaces se enriquecen: se puede cambiar en Senegal una pulida palangana de latón por cincuenta gramos de oro o tres esclavos. Pero el afán de lucro no es la motivación más poderosa, nos aclara la novela: Soplan vientos de curiosidad.

Quiera Orsenna transmitir un mensaje: las urbes más indulgentes son las que más progresan, pues atraen talentos de aquellas regiones donde cunde la persecución. La intolerancia es mal negocio.


EL NAUFRAGIO Y LA FIEBRE

El 13 de agosto de 1476, Cristóbal Colón naufraga en aguas de Portugal. Tenía 25 años, espesa cabellera rojiza y fama como marino. Se refugia en el taller donde trabaja su hermano (1). Lo ha conquistado una fiebre: navegar hacia Occidente para encontrar una nueva ruta hacia las Indias, saltando de isla en isla. De eso hablan en su taberna favorita de Lisboa: ‘El Loro Taciturno’. Encomienda a Bartolomé, pues, que investigue posibilidades en los libros maravillosos que desvelan a los hombres de su época. Lo envía a Estrasburgo y Lovaina para encontrar el Imago Mundi, que escribió el ex obispo de Cambrai, Pierre D’Ailly. Profundamente francés, Monsieur Orsenna atribuye a esta obra enciclopédica un papel decisivo en el viaje a América.

Uno de los puntos fuertes de la trama es que ha sido trufada con curiosidades, leyendas (¡ah!, la de San Brandan), textos maravillosos y extravagancias. El dato raro hace a la novela entretenida. Verbigracia: ¿Sabían ustedes que antes de ser elegido papa en 1458 (Pío II) Enea Silvio Piccolomini escribió una novela erótica titulada De duobus amantibus?

Ha logrado Monsieur Orsenna transvasar a los personajes de El cartógrafo de Lisboa su bibliofilia, por lo que aparecen una y otra vez referencias eruditas a textos sublimes de la era del nacimiento de la imprenta. Como el Atlas Catalán del judío mallorquino Abraham Cresques; o El libro de las maravillas del mundo de Marco Polo“¡Tengo que conseguir ese libro!”, exclama el gran marino pelirrojo ante su hermano en la página 175. ¿Quién de nosotros no lo ha dicho alguna vez? Qué somos: “No soy más que dos ojos que siguen apasionadamente los renglones"… “Cuando no se tiene agua que surcar con barcos, el único modo de huir es leer”. Pasión por el mar y pasión por la lectura.

La prosa de Orsenna, como se dijo, es elegante y erudita con un toque -sólo un toque- de mediocre naif europeo. Recuerda al Umberto Ecco de las aventuras medievales como Baudolino. La poética del francés es simplona; su necesidad de transmitir un mensaje, urgente. No pudo resistir la tentación de incluir, al final del libro, el repudio convencional a la maldad del colonizador europeo.


UN NIÑO GRANDE


Hasta aquí, si la memoria no me falla, había leído una sola novela que incluyera a Cristóbal Colón como personaje. El arpa y la sombra de -suenen las trompetas- don Alejo Carpentier. ¿Cómo es el gran Almirante de Orsenna, el de los años previos al viaje? Un marino excelente, versado en matemáticas, para el que sólo existía el Oeste. Sediento de saber, “se había encomendado a la tarea de agrandar el mundo visible”. Se creía designado, anunciado en las escrituras clásicas para llevar a cabo los planes de Dios. Bartolomé lo describe así en la página 158:

“Los que no conocen a Cristóbal no saben que siempre fue un niño que amaba, como aman los niños, lo lejano, lo brillante, los trajes y buscaba, como buscan los niños, el amor de su padre y su madre, no ya de Doménico y de Susana, sino de Fernando e Isabel, el rey y la reina”…

Estamos hechos de agua, conjetura Monsieur Orsenna, inspirado acaso por Nietzsche (Somos fuerzas, decía el alemán). Y, como el agua, seguimos nuestra inclinación más fuerte. Hermoso, ¿no?
Guillermo Belcore


Calificación: Bueno


(1) Bajo el reinado de Alfonso V funcionaban 152 talleres de cartografía. La venta de mapas marítimos a extranjeros estaba penada con la pérdida de una oreja.

viernes, 25 de octubre de 2019

Entierre a sus muertos

La historia es vieja como Occidente: una persona quiere cumplir con un deber moral -enterrar a un muerto, digamos- pero la polis, el poder real, se opone. ¿Dijimos Occidente? Nos quedamos cortos. ""No hay una sola lengua que yo conozca ni un solo país que no haya creado el personaje de Antígona"", ha destacado George Steiner (1), ese crítico sublime. La historia entonces es antigua como el mundo.
En la novela más reciente de Ana Paula Maia (Nova Iguazú, 1977), el papel de Antígona lo interpreta un quía llamado Edgar Wilson, en una remota carretera del Brasil rural. El hombre va de aquí para allá levantando los animales muertos -desde un agutí a un buey- que yacen sobre la ruta y pueden causar accidentes. Ese es su trabajo. Recoge los cuerpos de las bestias y los lleva hasta una colosal trituradora que los convertirá en abono.
Hasta que un día, siguiendo el rastro de las aves de rapiña, Edgar encuentra a una mujer ahorcada en un árbol. Podría ser una de esas prostitutas que trabajan día y noche en la ruta. No hay quien quiera o pueda hacerse cargo (lo explicamos más abajo); los restos se convierten en festín del urubú. El obrero viola las reglas de su empresa, desafía a las autoridades, y se lleva el cadáver. Su código moral le dice que ninguna persona muerta debería quedar sin sepultura. Lo mismo ocurrirá días después con un motociclista muerto.
Entierre a sus muertos (Eterna Cadencia, 127 páginas) es una novela demasiado breve para nuestro gusto (da la impresión por momentos que es un cuento alargado), pero con una saludable y delicada indagación filosófica.
Volviendo al mito clásico, el papel de Creonte lo cumple aquí la sociedad mísera, codiciosa y burocrática en que se desenvuelven los personajes; el sistema diría un izquierdista de salón. La policía no cuenta con los medios para retirar un cadáver. Las morgues desbordan. Es una mala época para morir, establece alguien. Cuerpos desaparecen, son usufructuados por los mercaderes de la Parca, las familias no pueden enterrarlos. "Millones y millones de hombres y mujeres que no conocen una sola palabra de griego y nunca han oído hablar de Sófocles han visto con sus propios ojos y vivido en sus almas el drama de Antígona", notaba el maestro Steiner.
Acompaña al buen Edgar en su cruzada, un compañero de trabajo, un cura excomulgado por ultimar en defensa propia a un matón, antes de entrar al seminario. Tomás también quiere hacer los correcto. Acostumbrados a tratar con el final de las cosas, no toleran que el cuerpo de una persona se pudra a la intemperie, a la vista de todos, para gozo de los animales carroñeros. Quieren sentirse no felices, sino menos miserables.
Y allí van las dos conciencias rectas por las carreteras sertanejas de una ciudad a otra, buscando una tumba digna y lidiando con lluvias bíblicas y hombres malvados que piensan con el bolsillo. Todo narrado con imágenes fuertes y un finísimo humor negro, de tragicomedia. Se esbozan interesantes subhistorias, como la del taxidermista.
Del estilo siempre algo hay que decir. La prosa de la señora Maia es seca, transparente y funcional como la de Graciliano Ramos, aunque más minuciosa en la narración de los hechos. No se omite nada, pero la voluptuosidad brasileña sólo aparece en el disfrute del buen café. No hay lugar para lo real maravilloso. Cunde el realismo sórdido.
EL RIPIO
Un solo ripio hemos encontrado. Ana Paula tiene un problema con la religión organizada; la detesta, deja entrever. En la página 36, injerta esta frase extemporánea:
"El libre comercio religioso, apoyado en ideas de prosperidad no sólo celestial sino también terrenal, logró por medio de los tres pilares que lo sustentan -culpa, miedo, lucro- construir un nuevo sistema en donde el arrepentimiento y la expiación ya no suponen exclusivamente una recompensa de los cielos, sino también una de este mundo, mediante el viejo modelo de el que paga, recibe".
Parece escrito por uno de esos sociólogos progres que detestan a Bolsonaro, ¿no? Nada tiene que ver con los personajes que aparecen en escena o con la voz del narrador, pero por fortuna, es el único exabrupto. 
Más respetable es la decisión artística de convertir la fe de los pobres y de los desesperados en el segundo gran tema de la novela. "Dios y dolor es lo único que se ve las rutas". "La muerte y lo sagrado están siempre juntos", reflexionan los amigos justicieros. 
Nos quejábamos más arriba de la avara cantidad de páginas; uno se queda con ganar de seguir explorando el seductor Brasil de tierra adentro. Pero un amigo nos advierte que Edgar Wilson -siempre ligado a la muerte- y el pauperismo campestre en general han aparecido en obras anteriores de Maia. El periodismo le ha preguntado a la escritora si Entierre a sus muertos debe ser leído como el final de una trilogía (2). O como el tercer volumen de una saga que Dios quiera continúe. 
Nadie nace solo, nadie debería morir solo. La carne no debe quedar expuesta a la vejación. Esos son los poderosos mensajes sofocleanos que nos ofrece una nueva estrella en la constelación literaria brasileña. 
(1) George Steiner en diálogo con Ramin Jahanbegloo, Anaya & Mario Muchnik, edición 1992.
(2) "De ganados y de hombres" (2013) y "Así en la tierra como debajo de la tierra" (2017).

Calificación: Bueno


martes, 22 de octubre de 2019

La chica que vivió dos veces

Por David Lagercrantz

Destino. 581 páginas

Solíamos los muchachos de antaño entretenernos con Bomba, el muchacho de la selva, colección escrita por diferentes plumas y popularizada en la Argentina por el legendario sello Robin Hood. A fines de los años setenta, devoraba las peripecias de un joven Tarzán del Amazonas, luchando contra anacondas, jaguares y exploradores envilecidos. Eran libros divertidos, atrapantes, pero hoy sólo podría recomendarlo a personas de no más de dieciséis años. Bueno, lo mismo ocurre con el latido postrero de la saga Millennium, uno de los más exitosos productos de exportación de Suecia.
En este siglo, se vendieron más de cien millones de copias de las aventuras de Lisbeth Salander. La extraordinaria criatura cultiva el punk y es uno de los hackers más eficaces del planeta. Flaca como un palo, puede, además, partir en dos de una patada a un matón de dos metros de alto.
Lisbeth ha surgido de la imaginación del periodista Stieg Larsson, quien, por culpa de un infarto de miocardio en 2004, no logró ver sus tres novelas publicadas y aclamadas en todo el mundo. Sus herederos (hubo una feroz batalla judicial de por medio) consideraron pertinente continuar con el negocio y contrataron a otro periodista, David Lagercrantz (Solna, Suecia, 1952), para componer otra trilogía (1).
 Acaba de aparecer el último volumen. Jura la contratapa que aquí termina la saga Millennium, pero con la industria editorial nunca se sabe. Ya llevamos, por otra parte, cinco adaptaciones al cine (tres producciones suecas, dos de Hollywood).
En este universo de partículas elementales, el segundo gran personaje es Mikael Blomkvist, alter ego de Larsson. Periodista de investigación de la revista independiente Millennium, amigo para siempre (y con derecho a sexo) de la colérica y anarcoide Lisbeth. 
En su última correría, brega para esclarecer la muerte en Estocolmo de un mendigo con rasgos orientales, que está vinculado -de alguna forma- con el ministro de Defensa sueco, un político en ascenso hasta que osó denunciar la intromisión del Kremlin en el reino.
La segunda línea argumental de La chica que vivió dos veces despliega la batalla final entre Salander -que ahora tiene un aspecto mucho más pulcro, los piercings han desaparecido y usa el pelo corto- y su malvada hermana. Es Camilla-Kira una de esas bellezas que cortan el aliento (¿son gemelas o no?), y está vinculada con agentes de inteligencia y mafiosos rusos. Este es un punto importante de la trama.
Si hay algo que puede elogiarse en el libro, en efecto, es que indaga en uno de los submundos más revulsivos de la política internacional: las fábricas de trolls de la Federación Rusa, el brazo clandestino del GRU que con ataques de hackers y campañas de desinformación siembran el caos y potencian el odio. Se ha denunciado su influencia deletérea en elecciones occidentales, siempre de acuerdo a los intereses del zar Vladimir I. Uno de los beneficiados, al parecer, fue Donald Trump.
Como idea general, podría decirse que para un lector más o menos experimentado resulta difícil llegar hasta el final de una novela cuya potencia estética es de menos diez. He aquí otro caso. El libro carece de densidades estéticas, psicológicas y temáticas (con la excepción de los hackers rusos, como se mencionó). Entretiene, a lo sumo. ¿Ya dijimos que la prosa de Lagercrantz es para adolescentes?
Naturalmente, la historia, con su módico suspenso y su acción trepidante del final, no se mueve un milímetro de los andariveles de la corrección política, lo que siempre contribuye a multiplicar el tedio. Lisbeth, quien en su momento quemó vivo a su padre abusador, es una heroína feminista que aquí no duda en torturar con una plancha a un marido que golpea a su esposa.