domingo, 2 de agosto de 2020

Piquetistas, según Mircea Cartarescu

EL DICCIONARIO DE ASTERION XXI:

Piquetista: Sust. Com. Secta severamente perseguida en la Rumania comunista que se rebeló contra la degradación del cuerpo humano. “¡Muerte a la muerte“, fue la consigna fundante, aunque también enarbolaron pancartas con estos mensajes: “¡Abajo los accidentes!, ¡Sin fracturas de columna!, ¡Basta de dolor de trigémino!, ¡No a la desaparición definitiva!, ¡Detened la masacre!” Los piquetistas solían llevar un insecto muerto escondido dentro del puño, vestir con colores oscuros y reunirse para hacer piquetes, al amparo de la noche, en la puerta de la morgue y de los cementerios de Bucarest. 

En su colosal novela Solenoide (Impedimenta, edición 2015), Mircea Cartarescu recoge un poema y un discurso de uno de los líderes piquetistas, el físico oriundo de la ciudad de Magurele Virgil XX, pronunciado la noche de su muerte (al parecer lo aplastó una colosal estatua) en la década del ochenta. Trascribimos un fragmento de la página 363 que resume el manifiesto sectario:

“¿Cómo es posible que existamos? ¿Quién ha permitido este escándalo y esta injusticia? ¿Este horror, esta abominación? ¿Qué imaginación monstruosa envolvió la conciencia en carne? ¿Por qué hemos descendido a este cenagal, a esta jungla, a estas hogueras llenas de odio y furia? ¿Quién nos ha obligado a tener huesos y cartílagos, esfínteres y glándulas, riñones y uñas, pieles e intestinos? ¿Qué hacemos en este mecanismo sucio y blando? ¿Quién ha consentido el dolor, quien ha consentido los sentidos? ¿Qué tenemos que hacer con los racimos de células de nuestro cuerpo? ¿Con la materia que fluye por él como a través de un tubo de carne agónica? ¿Qué estamos haciendo aquí? ¿Qué tomadura de pelo es esta? ¡Protestad, protestad contra la conciencia enterrada en la carne!” .

Los piquetistas fueron arrestados en masa por la Policía y la Securitate, internados en hospitales psiquiátricos como era norma en el mundo comunista, encerrados con los presos políticos en celdas miserables, pero los que quedaban libres podían ser vistos, con sus pancartas, con los ojos siempre bañados en lágrimas, allí donde se abría, como una flor carnívora, el sufrimiento humano en la capital rumana, refiere Cartarescu.

viernes, 17 de julio de 2020

Midway, según Roland Emmerich

­El 4 de junio de 1942, entre las 10.25 y las 10.30 de la mañana, el sueño imperial de Japón quedó hecho cenizas. No existen en los anales de la historia militar cinco minutos tan decisivos. A más 3.000 kilómetros de distancia de cualquier masa continental, cambiaba el curso de la Guerra del Pacífico. Valerosos pilotos estadounidenses hundían tres portaaviones japoneses, sellando el resultado de la batalla de Midway. Nunca más el Imperio del Sol Naciente pudo recuperar la iniciativa; su rendición era cuestión de tiempo, aunque insumió tres años más de hostilidades y dos bombas nucleares. 
Fue Midway una victoria naval digna de figurar junto a Salamina y Lepanto. Por tercera vez, Oriente amenazaba la hegemonía occidental y por tercera vez el poderío asiático era contenido -contra todo pronóstico- con una combinación afortunada de espionaje, perspicacia en el mando, coraje, libre iniciativa y buena suerte. 
Naturalmente, Hollywood ha explotado el acontecimiento. Se dio la casualidad de que en el momento del combate, John Ford se encontraba en el atolón filmando un documental de la pequeña base militar (el director fue alcanzado por la metralla japonesa), por lo que, con valiosas imágenes en vivo, pudo realizar un cortometraje que quedó en la Historia. Con un reparto de estrellas y la dirección de Jack Smight, en 1976 llegó a los cines la superproducción La batalla de MidwayEl año pasado, se presentó una remake que ahora puede verse en Amazon Prime. La película, tan mediocre como interesante, es el motivo de esta nota. 
Midway, batalla en el Pacífico es un ejemplo cabal de las posibilidades enormes de las imágenes generadas por una computadora con un presupuesto generoso (100 millones de dólares). Máxime en manos de un director y productor como el alemán Roland Emmerich, un enamorado de las coloridas explosiones y la ostentación artificiosa. Las escenas bélicas son espectaculares, en particular el ataque a Pearl Harbor y los combates aéreos sobre el mar.
Todo lo demás -con la excepción del contexto histórico- es de medio pelo para abajo. Los personajes son planos, los diálogos previsibles, las sensiblerías rebajan la trama. La película es prima hermana de otras criaturas mediocres y presuntuosas de Emmerich como Día de la Independencia. Formidables efectos visuales más clichés. Hay que destacar que la película no fue un éxito de taquilla, recaudó sólo u$s 125 millones. 
Pero Midway es un asunto fascinante, aunque Hollywood -con la excepción de John Ford- no haya estado a la altura del magno acontecimiento. La pregunta que aún hoy se formulan los historiadores sigue siendo la misma: ¿Cómo fue posible que Estados Unidos obtuviera en junio de 1942, es decir seis meses después del comienzo de las hostilidades, un triunfo tan categórico sobre un enemigo que contaba con una abrumadora superioridad material (seis portaaviones contra tres), el mejor avión caza del momento (el Mitsubishi A6M2 Zero), experimentadas escuadrillas aéreas que funcionaban como un ballet y la iniciativa militar, entre otras ventajas?
 La respuesta es siempre la misma: en cada hito siempre hay hombres en pugna y éstos -como nos ha enseñado Armando Ribas- son el producto de un sistema ético y político. Para bien de la humanidad, el tándem Chester Nimitz-Raymond Spruance doblegó a la pareja Isoroku Yamamoto-Chuichi Nagumo. 
Si los japoneses hubiesen destruido la flota enemiga y tomado Midway, algo absolutamente factible, es razonable suponer que Estados Unidos también hubieran perdido poco después las islas Hawaii, por lo que la estrategia global del presidente Roosevelt (Alemania primero) habría quedado en entredicho, con las consecuencias tremendas que esto habría acarreado a los aliados en el norte de Africa y las estepas rusas. 

EL INCREIBLE DOOLITLE 


La sucesión de acontecimientos que condujeron a Midway está muy bien narrada en la película. Japón era en la década del treinta una teocracia infernal -sacudida por los asesinatos políticos- con sus elites militares obsesionadas por recrear en Extremo Oriente el modelo colonialista que los europeos aplicaban en Asia y Africa. Invadieron China e instauraron el régimen títere de Manchukuo. Los rusos los contuvieron en Mongolia (marzo de 1939, batalla de Nomonham), por lo que la rapiña territorial debió apuntar al sur. Se apoderaron de las Filipinas, Malasia e Indonesia y, en el proceso, lanzaron un ataque preventivo contra Estados Unidos, que les había cortado los suministros de petróleo por las atrocidades cometidas contra el pueblo chino. 

El bombardeo de Pearl Harbor -el filme lo destaca- cometió un grave error. El almirante Nagumo no destruyó los depósitos de combustible, lo que hubiera dejado fuera de combate a la Flota del Pacífico por largos meses. 
Básicamente, después del 7-D, Japón se empeñó en asegurar el perímetro y completar la conquista interna. Después de dos siglos de hegemonía, el poder naval británico fue borrado del Océano Indico en tres meses, para espanto de Sir Winston Churchill. El intento de amenazar a Australia, no obstante, fue frenado por Estados Unidos en la batalla del Mar de Coral, que dejó a dos portaviones nipones averiados y uno norteamericano en llamas, el Yorktown. No obstante, en una increíble proeza logística fue reparado en menos de una semana y logró participar en Midway. Subestimar a los norteamericanos es un error fatal que suelen cometer sus enemigos. 
Y entonces, ocurrió la tan descabellada como valiente incursión sobre Tokio del mejor piloto de entonces el coronel del Ejército James Doolittle (en la película Aaron Eckhart). El ataque, de ínfimo valor militar, tuvo una importancia descomunal como herramienta de propaganda. ¡El divino emperador al alcance de las bombas enemigas en sólo cuatro meses de guerra! Yamamoto fue convocado para que no vuelva ocurrir. Había que darle una lección a los arrogantes norteamericanos. Se decidió entonces un Tokio un ataque por sorpresa al atolón de Midway, con dos propósitos: arrebatarle al enemigo un precioso aeródromo estratégico y una base donde repostaban los submarinos; además, de obligar a la flota estadounidense a salir a combatir, por más debilitada que estuviese, y así aniquilarla. 

ABRAN FUEGO 


La doble misión -obra del comandante Kurushima- incluía una finta hacia las Aleutianas (cadena isleña cerca de Alaska) con algunos barcos con el propósito de confundir a los estadounidenses. No confundió a nadie en Hawaii, donde se había apostado el comandante en jefe de la Flota del Pacífico, Chester Nimitz (Woody Harrelson). Los estadounidenses conocían el plan de batalla del enemigo: sus servicios de Inteligencia había descifrado el libro de claves nipón mediante el análisis del tráfico radial.El papel de los criptógrafos fue, pues, una de las tres claves de la rutilante victoria. Los japoneses -que inexplicablemente habían basado sus planes en el engaño y fatalmente dividieron sus fuerzas- cayeron en una trampa. 

El segundo factor decisivo -ya lo mencionamos- fue la diferencia ente la calidad de los mandos en pugna. Así como la historia militar recuerda al Nelson de Trafalgar hay que hablar hoy del Spruance de Midway. Un frío, sereno, inaccesible contraalmirante que tuvo el mando el 4 de junio de 1942 por casualidad, pues su jefe, el impetuoso vicealmirante William Halsey (Dennis Quaid) pasaba unos días en el hospital por culpa de un herpes. Es una pena que Emmerich nos haya mostrado sólo la epidermis del héroe máximo, como de otros personajes. 
Vale recordar que en aquella guerra de portaaviones de la II Guerra todo dependía de quien veía primero a quien. Spruance, apenas tuvo confirmación de las posiciones enemigas, envió toda la aviación del  Hornet y el Enterprise hasta su máximo alcance para dar el primer golpe. Eran las siete de la mañana y fue una decisión providencial. Aviones torpederos y bombarderos en picada convergieron sobre el corazón de la Armada Imperial en oleadas (las primeras fueron suicidas) que degastaron las defensas y abrieron una ventana de oportunidad a las 10.25 para dos escuadrones del Dauntless dirigidos por los brillantes aviadores Clarence McClusky y Richard Best. Tres portaviones fueron hundidos (el Kaga,el Akagi,y el Soryu) por la mañana y un cuarto por la tarde (el Hiryu), en un segundo ataque. 
La segunda gran decisión de Spruance fue haber evitado una emboscada que Yamamoto intentó tenderle con el resto de su flota combinada en la segunda fase de la batalla, por la noche del 4 al 5 de junio. El comandante californiano hizo todo el daño posible al adversario a un bajísimo costo (Estados Unidos perdió un sólo portaaviones y un destructor) y se retiró hacia el Este, sellando el resultado que tendría alcance mundial. 
El tercer factor que definió Midway fue la cadena de errores de los oficiales japoneses. Desde la dispersión de fuerzas y el exceso de confianza (siempre hay que suponer que tus mensajes pueden ser interceptados), hasta los titubeos de Chuichi Nagumo en esa mañana maldita respecto a qué tipo de bombas debían recargar sus aviones después de la primera ofensiva contra el atolón que había resultado insuficiente. La indecisión del almirante causó pérdidas de tiempo y así quedó desguarnecida desde el aire la Marina Imperial en el momento crucial de la refriega. 
Visto a la distancia, era una batalla imposible de perder para los japoneses. De la noche a la mañana -como han escrito los historiadores- el estado de ánimo del Sol Naciente se desplomó del entusiasmo a la desesperación. Midway aún espera una película de su talla.

miércoles, 15 de julio de 2020

Mañana no estás

Jack Reacher es un hombre rico no en el sentido vulgar del término, sino porque tiene todo lo que necesita para ser feliz, que es la definición de ‘afluencia‘. Desde que abandonó el Ejército hace diez años, se ha librado de todas las cadenas que lastran la libertad (trabajo, familia, amigos, bienes, egotismo) y va por la vida sin saber a ciencia cierta donde dormirá la próxima noche. Lleva en los bolsillos un puñado de dólares, la tarjeta de débito, el pasaporte y un cepillo de dientes. Viaja sin siquiera una muda de ropa.

Vaya tipo este Reacher. Policía Militar, que ha recibido las máximas condecoraciones de Estados Unidos. Pesa unos ciento quince kilos y mide cerca de dos metros. Es un vagabundo orgulloso al que se trata con respeto -incluso los poderosos- si no te arrepentirás de haberlo conocido. Tiene la inteligencia de Sherlock Holmes (aplica el método deductivo) con el aplomo y el porte de Philip Marlowe. Su mente inquisitiva busca un enigma por resolver como un sabueso a su presa.

Por desgracia, Hollywood le ha dado el rostro agraciado de Tom Cruise (fueron afortunadamente sólo dos películas; la segunda, espantosa). Conviene entonces buscar a Jack en los libros de su demiurgo, el inglés Lee Child (seudónimo de James Dover Grant). Aquí venimos a recomendar la novela número trece de la saga Reacher: Gone Tomorrow, entregada a la imprenta por primera vez en 2009 y ahora publicada en español por dos buenos sellos argentinos (Eterna Cadencia y Blatt & Ríos) con el título Mañana no estás (485 páginas).

La trama es realmente adictiva. Jack. R. viaja a los dos de la mañana en la línea 6, ramal de la Avenida Lexington, del subterráneo de Nueva York. En el mismo vagón, se encuentra una mujer vestida de negro que emite todas las señales delatoras del terrorista suicida (hay un manual israelí que detalla los once puntos que deben ser tenidos en cuenta por el observador). El lobo solitario se acerca a la dama y le habla. Quiere evitar un atentado, pero Susan Mark no es una kamikaze… Es una persona de interés para el Pentágono, para el FBI, para el Departamento de Policía de NY, para un ascendente legislador de Carolina del Norte que integró las Fuerzas Especiales Delta y para el terrorismo internacional. 

No podemos decir una palabra más sin arruinar uno de los muchos efectos sorpresa de un ’thriller’ de espionaje -narrado en primera personal- que magnetiza los dedos y al que sólo podemos reprochar haberse rendido a la moda industrial de trozar una historia en capitulitos.

Jack deberá resolver un peligroso misterio, sepultado bajo capas y capas de incógnitas. Estamos en plena guerra caliente entre Al Qaeda y la administración Bush. Los derechos individuales -incluso los de un héroe norteamericano- han sido relegados a esa oficina destartalada del subsuelo en la que nadie atiende. La acción es trepidante. “El mundo es la misma jungla en todas partes, pero Nueva York es su destilado más puro“, se nos advierte. Child sabe narrar una pelea (con una frialdad pasmosa). Y se ha documentado muy bien.

Otro de los agrados del libro es que cumple, cabalmente, con este férreo mandato editorial: siempre le enseñarás algo a tu lector. Aquí, por ejemplo, se nos revela pormenores de los cartuchos de la 357 Magnum y del subfusil Heckler & Koch MP5SD, de los hoteles de Nueva York (hay un truco en los de una o dos estrellas para conseguir habitaciones a mitad de precio) y del arte de la vigilancia en la vía pública, entre tantas ramificaciones interesantes.  

Se plantea básicamente una antinomia entre los tiempos postmodernos y la era que concluyó bajo los escombros del 11-S. Es decir entre Jack Reacher y sus enemigos, que están -por cierto- en los dos esquinas del cuadrilátero. El de hoy, se nos dice, es un mundo de locos. Resulta sorprendente que pueda sobrevivir un viejo lobo solitario que ni siquiera sabe usar un smartphone o una computadora, aficionado a la cafeína y a las comidas pesadas. Pero lo hace. Tiene una inteligencia, un puño y una puntería infalibles.  

La prosa es absolutamente funcional a una historia que lo devora todo. La traducción de Aldo Giacometti, impecable. Debo decir, por último, que en todas las novelas policiales o de espionaje que he leído no he encontrado un capítulo tan escalofriante como el número 63 de Gone tomorrow. El más diabólico acto de tortura en Afganistán.

Child han vendido más de cien millones de copias. Colegas eminentes, como Stephen King, adoran sus productos. Hombre supersticioso, todos los años comienza una novela el 1 de setiembre. Para quien esto escribe, es un espléndido descubrimiento.
Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno


martes, 7 de julio de 2020

Secretos oficiales

A comienzos de 2003, Estados Unidos necesitaba del taparrabos de  Naciones Unidas para justificar la invasión a Irak. La administración Bush aseguraba al mundo que Saddam Hussein era una amenaza a la paz mundial por haber acumulado armas de destrucción masiva (una rotunda mentira, se probaría después). El Consejo de Seguridad de la ONU era remiso, por eso la National Security Agency (también conocida como NSA) encargó a su contraparte británica que la ayudara a espiar a los diplomáticos extranjeros en procura de trapitos sucios que permitiera a los halcones de Washington extorsionar a chilenos, búlgaros y cameruneses, entre otros, para conseguir la ansiada resolución exculpatoria.

El escandaloso memorándum cae en manos de Katherine Gun, traductora del Government Communications Headquarters (GCHQ) en Yorkshire. Indignada, lo filtra al diario The Observer. Quiere detener la inminente guerra, mayoritariamente impopular en el Reino Unido. Tony Blair había elegido secundar la aventura deshonesta de George Bush por atendibles razones de Estado (ya volveremos sobre el punto). 

Como era de esperar, la administración laborista le declara la guerra a Katherine, que había terminando confesado su traición a uno de los bulldogs del servicio de inteligencia. Todo el peso del Estado se abate entonces sobre una muchacha idealista, cuya defensa asume la OnG Liberty. Basan los funcionarios su ofensiva legal en el Acta de Secretos Oficiales, ley mordaza que data la época de Margaret Thatcher, cuando un valiente reveló los pormenores del ataque inescrupuloso de la Royal Navy a nuestro Crucero General Belgrano.

Tan fascinante caso es evocado por un filme que Amazon Prime ofrece a sus suscriptores. Secretos de Estado, dirigida por el sudafricano Gavin Hood, tuvo su estreno mundial en el Festival de Cine de Sundance, en enero de 2019. Se basa en el libro The Spy Who Tried to Stop a War de Marcia y Thomas Mitchell.

El thriller de espionaje está magníficamente actuado. Keira Christina Knightley (Piratas del Caribe) nos emociona en su papel de Katherine Guy. El acoso del Estado llega al punto, incluso, de intentar deportar a su esposo kurdo. Le hicieron pasar a la chica un año de pesadilla. También descuellan actores experimentados como Matt Smith (The Crown), Ralph Fiennes (El paciente inglés) y Matthew Goode (Watchman).

El gran crítico literario Ignacio Echavarría sostiene que cuando el artista habla de política en su obra, el comentarista tiene la obligación de decir algo sobre política. El film, tan interesante, me suscita pues dos reflexiones.

En primer lugar, Secretos de Estado permite extraer inferencias valiosas para nuestra oscura actualidad. Katherine encarna ese misterio del universo: una conciencia libre que dice al poder político ”no, eso esta mal”, aun cuando pone en riesgo su bienestar, e incluso su vida. Hoy, cuando el Poder Ejecutivo nos exige la delación y la obediencia ciega con discutibles premisas científicas, los librepensadores resultan más admirables (y necesarios).

En segundo lugar, lo que la película no plantea son las razones de Tony Blair para obrar como perrito faldero de George Bush. Hay que recordar que la alianza diplomática más duradera y exitosa de los tiempos modernos ha sido la que edificaron Estados Unidos y el Reino Unido desde el Tratado de Gante en 1814. Eso permitió la supervivencia de la democracia en las islas británicas en los momentos más oscuros y la victoria en las Malvinas en 1982, entre mil beneficios para la menguante Pérfida Albión. Resguardar la cohesión angloamericana al precio de perpetrar crímenes de guerra y llevar la muerte y la destrucción a miles de familias iraquíes fue la decisión que tomó hace diecisiete años el carismático líder laborista. ¿Fue una decisión inmoral? Por supuesto. ¿Fue un apuesta lógica? También. Se llama realpolitik.
Guillermo Belcore

Calificación: Muy buena


domingo, 28 de junio de 2020

It

Los indios de las grandes llanuras de América del Norte lo llamaban manitú. En el Himalaya se lo conoce como tallus. En Europa del Este, Eylak, donde juran que es el hermano del conde Drácula. Los franceses lo bautizaron loup-garou y los antiguos celtas, glamour. Se trata de una criatura maligna que puede adoptar cualquier forma, incluso de aquello que más temesEn la pequeña ciudad de Derry fue un payaso caníbal, un leproso pervertido, un ave colosal, la momia, el lobizón, sangre en los desagües, unos niños ahogados en la Torre Depósito, una araña monstruosa. Un millón de años atrás llegó a lo que es hoy el estado de Maine, desde un lugar más allá del tiempo y del espacio, y dejó un cráter en la espesura. Puede comer cualquier cosa pero se aficionó, finalmente, a la carne de niños. Adora propiciar matanzas entre los hombres. Cada veintisiete años, manitú sale a almorzar pero tropezó a fines de los años cincuenta con el Club de Los Perdedores, que consiguió pararle los pies, con una voluntad inquebrantable y palabras talismán. En los ochenta, el demonio tramó su venganza.
Bienvenidos a la gran novela estadounidense de terror. Hace treinta y cinco años -cuando tenía problemas con la cocaína y el alcohol- Stephen King escribió It (Eso). El Rey había recibido un adelanto editorial de tres millones de dólares; el sello editorial lo recuperó con creces. El libro envejeció muy bien y ahora Hollywood lo ha transformado en dos películas bastante fieles al original, que en estos tiempos de cuarentena interminable podrá encontrar el lector en el universo streaming. Aquí recomendamos leer el texto primero; así el film se disfruta más y se comprende mejor.
La edición de Emecé de 1987 (traducción de Edith Zillyocupa 957 páginas. Pura narratividad con denuncia social, una profunda exploración del alma y una ambiciosa cosmogoníaLa carpintería es excelente, va y viene en el tiempo, de 1958 a 1985 y viceversa, es decir desde el primer combate al segundo contra Eso y sus esbirros humanos, con los respectivos prolegómenos, más los fragmentos del diario de Mike Hanlon, a guisa de interludio, que le permiten al Rey cumplir dos propósitos: romper una lanza contra el racismo larvado en Nueva Inglaterra (maldita Liga de la Decencia Blanca) y justificar una espléndida hipótesis. Se nos plantea que una ciudad entera puede estar embrujada, como podrían estarlo algunas casasLa hipótesis es verosímil para un argentino. ¿Acaso no tenemos la sospecha de que nuestra Patria está -como la Derry de King- presa de una maldición? ¿Cómo puede ser que tengamos tantos pésimos gobiernos empeñados en aniquilarnos?­

LA PANDILLA­

El arte de la primera frase: 
"El terror, que no terminaría por otros veintiocho años (si acaso terminó alguna vez) comenzó, hasta donde yo sé y puedo decirlo, con un barco hecho de una simple hoja de papel, que flotaba por una alcantarilla henchida por la lluvia''.­
Se ha leído a It en clave metafórica, la trama simbolizaría la lucha de todos los seres humanos para superar las pesadillas infantiles, traumas reales o imaginarios. El Payaso Centavito -como dijimos- extrae de la mente de sus víctimas la forma de sus miedos primordiales (el pánico, verá usted, tiene "el sabor de la aspirina derretida''). La vida, al fin y al cabo, se trataría de "enfrentarse a la cosa escondida en la oscuridad'', sin perder la pureza del corazón de un niño.
Además de una indagación inteligente -y por momentos conmovedora- del misterio de la infancia, It es una novela de personajes. Se demora gozosamente en la presentación de los siete paladines en pantaloncitos cortos: Bill Denbrough, el tartamudo; Richard "Mil Voces" Tozier; el fornido Ben Hanscom; Eddie Kaspbrak, víctima del Síndrome de Munchausen de su madre; Beverly Rogan, maltratada por su padre; Stanley Uris, el pulcro niño judío; y Michael Hanlon, hostigado por el color de su piel. Han formado el Club de los Fracasados. Libran un doble combate a fines de los años cincuenta, contra la criatura sobrenatural de los albañales; y contra una basca de abusones del Colegio Municipal de Derry, capitaneada por Henry Bowles, un chiflado peligroso.­
El Club consigue evitar el terrorífico sacrificio que clausura cada ciclo alimenticio de Eso. Jura, con la solemnidad que tienen los niños a los once años, que si el monstruo aparece alguna vez se volverá a unir la pandilla para concluir su trabajo ("la fuente del poder es la fe''). Por eso, Mike los convoca en 1985. El Rey dedica unas cincuenta páginas al reencuentro; uno de los puntos más altos del libro. Late el ``sordo dolor de la nostalgia''. ¿Caray, quién no se emociona pensando en los amigos de la infancia, esos chicos que nunca volvimos a ver?­
Escribió en la página 615: 
``La energía que uno derrocha siendo niño, se escapa entre los 18 y los 22 años, reemplazada por algo menos brillante, tan falso como la exaltación de la cocaína: decisión, metas, cualquiera de los términos que propone la Cámara de Comercio''.­
A favor del Rey hay que señalar otros dos procedimientos. Primero, la minuciosa reconstrucción histórica, es decir, las costumbres, paisajes, consumos domésticos de los Estados Unidos de Ike Eisenhower. Era otra mundo, estaba naciendo el rock and roll. La madre de Beverly reflexionaba en 1958:  
"Se puede ser pobre, pero por debajo de todo, aún por debajo de las alcantarillas, está el momento en que uno tiene que vivir del gobierno, y comer con el sudor de los otros como limosna...'' (!!!)­
En segundo lugar, así como la prosa de un John Banville deslumbra por sus recursos eruditos, la del Rey se destaca por la retórica plebeya ("más loco que rata de letrina'') que exorna una narrativa torrencial, absolutamente desmesurada que no excluye paladas de truculencias y mal gusto. Más aun. Stephen King es el campeón de lo que nos gustaría llamar metáforas siniestrasque van creando una envolvente atmósfera de terror con la mera descripción de un árbol, el viento o cualquier otro elemento.
En la página 387, el autor desliza un juicio estético, a modo de defensa de lo suyo y como réplica, quizás, a los ilustres críticos que han minimizado su universo literario, caso Harold Bloom:  
"...un relato lleva al siguiente, y a otro, y a otro; tal vez van en la dirección que uno deseaba, pero tal vez no. Quizás, al fin de cuentas, lo que importa es la voz que narra y no la narración en sí...'' ­
Es verdad. Para quien esto escribe, It ha sido una experiencia de lectura fascinante, de esas que magnetizan los dedos, con muchos pasajes de Alta Literatura, potentes escenas como "la apocalíptica pelea a pedradas'', subtemas interesantes como la idiotez de los seminarios de lectura creativa de orientación marxista. Hay que destacar que el conjunto -como ocurre siempre con las grandes novelas- es superior a cada una de las partes.
Una reflexión final acerca de uno de los planteos primordiales que subyace en la vastísima creación de Stephen King. Se nos advierte que "los monstruos son cosa de todos los días''Es decir, tropezamos habitualmente con seres humanos -por las razones que fueran- que son más perversos y dañinos que las criaturas fantásticas que reptan en la oscuridad. Los matones, los sociópatas de colegio secundario, los ultrajadores de mujeres y niños, los homofóbicos, aquellos que odian a un semejante por su raza o por la práctica de una religión diferente a la mayoritaria. Estos son los peores depredadores del universo.­
Guillermo Belcore
Calificación: Excelente
PD: Aquí recomendamos otras obras de Stephen King: 

domingo, 21 de junio de 2020

Lo bello y lo triste

Por Yasunari Kawabata

Emecé. 237 páginas. Edición 1976. Traducción: Nélida M. de Machain


Oki Toshio, escritor afamado, viajó a la ciudad de Kyoto un 29 de diciembre con la intención de escuchar las campanas de Chionin que señalan el Año Nuevo. Al menos, eso le dijo a su esposa Fumiko. La verdadera razón era ver a Ueno Otoko, su amante hace dos décadas, ahora una pintora talentosa. Vivieron un romance tempestuoso cuando Otoko tenía quince años y Toshio veintiséis, ya casado y con un hijo. La adolescente quedó embarazada, perdió a su bebé, intentó suicidarse, estuvo internada en un manicomio, se curó pero nunca más quiso relacionarse seriamente con un hombre. La novela más vendida de Toshio fue “Una chica de dieciséis”, basada justamente en su amor adultero y trágico. Fumiko la pasó en limpio.

Otoko y Toshio se encuentran en Kyoto, pero no a solas. Comparten una cena con dos geishas y con Keiko, discípula de “una belleza aterradora”. Para vengar a su maestra del hombre que la hizo desdichada, la muchacha trama uno los planes más atroces que se puedan concebir. Naturalmente, Otoko y Keiko son amantes. Pobre Fumiko.

Esta es la historia tremenda que anima la última novela de Yasunari Kawabata (1899-1972), premio Nobel de Literatura 1968. Sobre un mar de tristeza e inmoralidad, vamos recorriendo, fascinados, islotes de erotismo, refinamiento sensorial, estética zen, entendido este concepto -tan manoseado en Occidente- como una meditación filosófica que permite encontrar belleza y paz en las pequeñas cosas, como un jardín atravesado por un curso de agua.

El peso de la tradición -como en toda la obra de Kawabata que he leído (1)- es crucial. Además, se difuman las fronteras entre dos artes. La escritura, siempre refinada, se detiene en la descripción de los cuadros abstractos de Keiko; nos animan a buscar siempre “el corazón de la pintura” que contemplamos; y nos señalan obras plásticas eminentes del Sol Naciente, como los retratos de Reiko, la hija del pintor Kishida Ryusei; las imágenes de Kobayashi Kokei; y la obra póstuma de Nakamura Tsumé, ’Retrato de mi anciana madre’.

Los diálogos son vivaces; la psicología de los personajes, profunda; hay escenas conmovedoras, el final deja un nudo en la garganta. Y, como dijimos más arriba, el texto tiene un cromado de erotismo, con matices delicados. Véase, a título de ejemplo, el estudio de un pezón de las páginas 167 y 168 que no logra estropear el nacionalismo sexual:

“Primero vio uno de sus pezones. Eran un botón rosado, de un rosado casi transparente. Algunas mujeres japoneses tienen una piel muy clara y radiante de femenidad, una piel quizás más bella y tersa que esa piel con un leve resplandor rosado, que tienen las jóvenes de Occidente. Y los pezones de algunas muchachas japonesas tienen un matiz de rosa incomparablemente delicado. El cutis de Keiko no era tan claro, pero sus pezones parecías recién lavados y húmedos. Eran como un pimpollo sobre su pecho de marfil. No se advertían en ellos pequeños pliegues ni texturas granuladas y sus dimensiones invitaban a apoyar tiernamente los labios sobre ellos”.

Vamos a concluir con una curiosidad que revela la sutileza del idioma japonés. El ideograma que designa el acto de pensar también se usa para “estar triste”.
Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno


(1) a) http://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2009/08/en-el-lago.html?m=1
b) http://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2014/11/un-brazo-y-otros-cuentos.html
c) https://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2008/05/el-sonido-de-la-montaa.html
d) https://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2009/07/el-maestro-de-go.html


miércoles, 17 de junio de 2020

Multiverso, según Stephen King

El diccionario de Asterión XX


Multiverso, según Stephen King (‘It‘)


Sust. Com:  

Región de lo real, fuera del tiempo y del espacio, habitada por seres de luz, algunos con capacidad de crear universos, como el que habitamos los seres humanos, otros malignos. Del multiverso proviene la Destructora de Mundos que hace un millón de años llegó al Estado de Maine, pero fue liquidada por un grupo de humanos especialmente creativos en 1985, debajo de la ciudad de Derry. La Destructora se había aficionado a la carne de niños, tensadas por terrores exóticos y miedos voluptuosos. Tenía la capacidad de asumir la forma de los temores más íntimos de sus víctimas, pero la mayoría de las veces fue avistada como un payaso-vampiro (foto).

En 1958, siete mentes extraordinariamente imaginativas (el Club de los Fracasados) lograron romper el ciclo de alimentación y sueño de 27 años de Eso. Y en un segundo combate, ya en el década del ochenta, el Club confirma que los seres del multiverso son vulnerables en el mundo físico. La Destructora había asumido la forma de una araña de pesadilla y estaba a punto de desovar cuando fue aniquilada.

El multiverso fue descrito por el novelista estadounidense Stephen King en varias de sus obras, especialmente en It, considerada por la crítica especializada como la gran novela de terror estadounidense, basada en los papeles de Mike Hanlon, justamente uno de los integrantes del Club de los Fracasados.


martes, 19 de mayo de 2020

Conejo en el recuerdo y otras historias

Conejo en el recuerdo y otras historiasJohn Updike

Tusquets. 316 páginas. Edición 2003.


Este libro, que John Updike (1932-2009) entregó a la imprenta en el año 2000, puede enseñarle al lector inexperto un par de cosas. Primero, que al gran novelista del neorrealismo estadounidense se le daba tan bien los cien metros llanos como la maratón. Quiero decir, también fue un cuentista estupendo. En segundo lugar, podrá inferir que la saga Conejo es uno de los espejos más fidedignos de la burguesía norteamericana. Y por ende, vale la pena agotarla.

Conejo en el recuerdo y otras historias incluye ocho (de un total de doce) cuento muy buenos y una noveleta de 180 páginas, que es una secuela de la vida de Harold Conejo Angstrom, el personaje más famoso del universo updikeano.

Los relatos breves están teñidos de nostalgias, pero no tienen color sepia sino dorado. Aplican la misma fórmula: ‘Por aquel entonces’, 'por aquella época'. Es la América próspera de Eisenhower, cuando la familia tradicional empezaba a disolverse, los divorcios eran raros y los adulterios frecuentes.

Desde la senectud (el libro también redondea una reflexión sobre la adultez postrera) se van hilvanando reminiscencias de orgasmos, criterios de moralidad, costumbres, arquitecturas y paisajes que -¡ay!- nunca más retornarán ante nuestros ojos.

En ’Su Oeuvre’ aparece un viejo tunante, Henry Bech, a quien Updike le dedicó tres libros (este blog elogió uno de ellos: http://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2012/09/un-libro-de-bech.html). El escritor judío ve entre el público de sus conferencias a añosas amantes. Evoca revolcones memorables, como los que ejecutó con una desconocida en otras de las maravillas previas a la dictadura del avión: el tren intercontinental de lujo que unía en tres días Nueva York con Los Angeles.

‘Improvisación de amor en plena guerra fría’ narra las andanzas de Eddie Chester, el banjo que suscita la admiración internacional, embajador cultural en la Unión Soviética porque no pudo rechazar lo que le pedía “algo tan grande y hermoso como era el gobierno estadounidense antes de la Guerra de Vietnam”. 

Muchas historias nos adentran en el territorio favorito de Updike, la laboriosa clase media de origen alemán de Pennsylvannia, precisamente su fatherland. ’Mi padre al borde del descrédito’ es una joya desde el título revelador. También puede recomendarse ’Escenas de los años cincuenta’, que une un ajedrez con Marcel Duchamp en Nueva York, con la delicada salida del armario del narrador del cuento. Con Updike nunca podemos estar seguros donde se ubica el núcleo incandescente del texto.

Conejo satiro


La segunda mitad del volumen -como dijimos- es una noveleta. Harry Angstrom murió hace diez años pero las esquirlas de sus estropicios aún causan daños. Janice, su viuda ahora casada con un viejo enemigo del Conejo, recibe una visita demoledora. Una enfermera de unos 40 años dice ser la hija del sátiro Harry. Se lo confesó su madre en el lecho de muerte.

Bien, he aquí la historia principal: cómo lidian con la novedad Janice, Nelson Angstrom y su padrastro Ronnie Hamilton. 

Estamos de nuevo en la ciudad de Brewer, la Santa María de Updike. Y ahora la que es colocada sobre la mesa de vivisección es la América de Bill Clinton, así como el propio presidente de la Nación, desgastado por el affaire Lewinsky.

El desarrollo de los acontecimientos permite colegir que para el último Updike la familia (en el sentido amplio) es el único refugio posible para los atribulados hombres y mujeres de nuestro tiempo. “Es preciso expresar los lazos de afecto o de lo contrario nada se sostiene”, se establece. Pero en la página 248, advierte el gran escritor:

“…si la sociedad es la prisión, la familia es la celda, sin reducción de la pena por buena conducta. De hecho, la buena conducta tiende a alargar la sentencia”.

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno      

jueves, 14 de mayo de 2020

'NOS4A2', la serie

En el mundo existen personas súpercreativas que rompen las fronteras entre el pensamiento y la realidad. Los hemos denominado artistas, son "las antenas de la especie'', al decir de Marshall McLuhanUno de los buenos escritores de de nuestro tiempo da un paso más allá. Plantea que los súpercreativos tienen facultades sobrenaturales, pueden crear universos paralelos con la mente, desarrollar la precognición o la teletransportación, o pueden encontrar -al final de un portal- objetos perdidos. Necesitan un cuchillo para rasgar las membranas que separan la realidad de la fantasía, que puede ser una motocicleta, una llave o un par de patines, por ejemplo.
Sobre esta esplendida imaginería, Joe Hill escribió en 2013 la que creemos es su mejor novela: NOS4A2, cuya pronunciación aproximada es `Nosferatu'; sí, el monstruo que ha acariciado la vida eterna merced al consumo de sangre humana (fresca, en lo posible). AMC Networks convirtió el libro en una serie bastante competente.Amazon Prime acaba de subir en la Argentina los diez primeros capítulos, con un año de retraso.
Aclaremos, una vez más, que Joe Hill es un seudónimo de Joseph Hillstrom King (Hermon, Maine, 1972), el segundo hijo de Stephen King. De tal palo, tal astilla. En este blog hemos aplaudidos tres de sus cuatro novelas (1). Hill también escribió cuentos e historietas. Recibió varias distinciones literarias. Colecciona tazas de té. Oficia ahora como productor ejecutivo de la miniserie, creada para la televisión por Jami O'Brien.

El otro lado


Viajamos a Haverhill, Massachusetts, enclave de obreros empobrecidos. Victoria McQueen (la australiana Ashleigh Cummings) es la protagonista. Tiene dieciocho años, enorme talento como dibujante y aspiraciones de ir a la universidad. Su sueño americano es romper el ciclo de frustración, escapar de un ambiente gris, y en especial de una familia en acelerado proceso de descomposición. Hija única de un joven matrimonio, estragado por la violencia. Padre, veterano de guerra, borrachín; madre, resentida empleada doméstica. Uno de los hilos narrativos de la serie, no sin interés, es la relación traumática de Vic con sus progenitores y las diferencias de clase en el capitalismo postmoderno (aquí los adinerados son afroamericanos y los pobres, descendientes de irlandeses) con un ligero toque de romanticismo adolescente.
Vic ha recreado con su mente un viejo puente de madera que fue demolido hace años. Del otro lado, encuentra aquello que estaba buscando con ansiedad, sea a su padre en la casa de la nueva novia o bien a una amiga medium en Iowa. Cada viaje en motocicleta a través del portal le cobra un precio a su salud. Los poderes ultracreativos de la señorita McQueen no tardan en llamar la atención del malvado de esta historia. Un personaje fascinante, un psicópata que ha secuestrado a cientos de niños para absorber su energía vital y transformarlos en pequeños caníbales con dientes de piraña. Confina lo que queda de ellos en Christmasland, la tierra de la eterna Navidad, espeluznante producto de su imaginación.
Este villano se llama Charles Manx (Zachary Quinto), viste y habla como un caballero del siglo XIX, detesta la promiscuidad, y recluta como ayudante a Bing Partridge (el islandés Olafur Darri Olafsson), conserje del colegio secundario de Vic, retrasado mental y parricida.

La varita mágica del señor Manx es un automóvil, un Rolls Royce Wraith de 1938, negro obsidiana y con vida propia. Su tarjeta de presentación, una barra de caramelo. Rapta con su esbirro a una nena en Haverhill y a un sheriff del Medio Oeste que le seguía la pista. Se enamora de Vic porque la cree casta y tienen conexión psíquica, hasta que descubre que se acostó con un noviecito de nombre Craig (otro típico producto de la América cuello azul), a quien raptará para usarlo como alimento de sus niños pervertidos. 
La chica va al rescate junto a la mística bibliotecaria Maggie (la youtuber Jahkara Smith), cuyas fichas de Scrabble esclarecen cualquier interrogante, pero la tarea de aniquilar al señor Manx no es sencilla. Aquí no se trata de exponerlo a la luz del sol o a un crucifijo. La clave es destruir el viejo Rolls Royce asesino. Hay un duelo en las montañas de Colorado y un final abierto. El 21 de junio se estrenará en Estados Unidos la segunda temporada.
Es posible que quienes no hayan leído el libro no disfruten la serie con la misma intensidad. Sería conveniente empezar por la novela de Hill, uno de esos libros -como ya escribimos en este blog hace siete añosque difícilmente uno soltaría de las manos aún cuando nuestra cama se estuviese incendiando. Pero la serie se comprende perfectamente. Las actuaciones son convincentes, la trama interesante (puede que algo lenta para el gusto contemporáneo), con un justo equilibrio entre elementos intelectuales y golpes de efecto (escasos) del terror puro y duro.
Es, en síntesis, un giro inteligente de uno de las mitos más explotados por la cultura de masas, el hombre vampiro. El truco es el de siempre: hacernos creer que en nuestro mundo operan fuerzas de las no tenemos ni idea.
En el capítulo ocho, el viejo Charlie va a contar sus cuitas a su amigo Abe al Bar Parnassus, un lugar demoníaco donde se deja ver  Pennywise, el payaso de It. Es una pena que el intercambio entre estos dos vampiros que se conocen desde hace más de medio siglo sea tan breve.
Guillermo Belcore
Calificación: Buena

lunes, 11 de mayo de 2020

Las Geórgicas

Claude Simon

Seix Barral, Edición 1985, 268 páginas. Traducción: J. Escué Porta.

Aquí está de nuevo, delante de nuestros ojos azorados, acaba de despertarse con su tremenda desmesura y su pesado humor. Viene a cobrar a las gentes, como siempre, un tributo de dolor y muerte (desde Wuhan al Chaco). El nombre del monstruo es Historia:

"...tiempo a la vez estático y desbocado, que gira sobre sí mismo, sin adelantar, con bruscos retrocesos, imprevisibles rodeos, errando sin objeto, arrastrando todo cuanto se halle al alcance de esa especie de remolino.'' 

El remolino de la Historia es, justamente, la protagonista de una extraordinaria novela escrita hace cuarenta años, no muy conocida, que hoy deseamos recomendar para aliviar con buena lectura un confinamiento que no debería haberse eternizado. Hablamos de Las Geórgicas, obra maestra del francés Claude Simon (1913-2004), Premio Nobel de Literatura 1985.

La crítica erudita define a Simon como una de las plumas más relevantes de la llamada Nouveau roman (Nueva novela), la última vanguardia provechosa de Francia, en la opinión del crítico Octavi Marti. Un grupo de intrépidos innovadores -capitaneados por Alain Robbe-Grillet- maquinó prescindir del argumento, los personajes, el tiempo lineal, las tradiciones de ese insuperable artefacto artístico llamado novela. El resultado fue desigual y ha dejado discípulos muy menores, pero también engendró una sublime exhibición de estilo con una gran densidad poética, filosófica e histórica. Nos referimos, claro, a Las Geórgicas.

TRES MOMENTOS CLAVE


Basado en su experiencia personal y en la montaña de papeles que encontró de un antepasado, Claude Simon une (¡incluso dentro de un mismo párrafo!) tres momentos históricos trascendentes: la Revolución Francesa, la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial.

Combina el libro pues -con exquisita maestría- la participación del autor en dos conflictos armados con técnicas de diferentes artes. El literato fue uno de esos jóvenes idealistas que viajaron a España para defender a la República de Francisco Franco. No obstante, en 1937 se topó en Barcelona con la naturaleza criminal del estalinismo. Tres años después, integró un regimiento de caballería en el frente del Mosa (¡jinetes vs. Panzers y Stukas!); fue capturado por los alemanes y confinado a un campo de concentración, pero escapó al poco tiempo. Se afincó en el sur de Francia. Se convirtió en vitivinicultor. Antes de dedicarse de lleno a la literatura, se aficionó a la pintura (estudió con André Lhote) y a la fotografía. En la década del ochenta, aunque tenía dieciséis libros publicados, este caballero rural era poco apreciado en su país. Las Geórgicas fue el fruto de un talento maduro y original, con tendencia a lo autobiográfico. La cumbre de un ciclo vital. La consagración llegó con el Nobel cinco años después.

Como Guimaraes Rosa, Benet y Joyce, ha edificado Claude Simon una catedral de palabras. Hay pasajes de intensa belleza, pero la potencia estética opera fundamentalmente por adición, es decir por la exuberancia verbal de la novela (el barroco nunca pasará de moda, porque como ha establecido Heidegger, el lenguaje es la casa del ser).

El autor despliega dos artilugios que rompen el molde. En primer lugar, un descripcionismo desatado. El propio Simon ha explicado que su intención ha sido llevar el extremo uno de los procedimientos emblemáticos de Balzac. La escritura se abisma en mil descripciones líricas, cargadas de colores, tonos, luces, sombras, sonidos, texturas y olores (por lo general desagradables, es una novela de gente roñosa). Todo se describe de modo fragmentario, desde una bandada de estorninos hasta la trincheras republicanas en el Frente de Aragón. Emplea la sinestesia y la écfrasis como herramientas destacadas.

La otra fórmula novedosa que aplica el autor es la yuxtaposición temporal, a lo Faulkner pero mucho más exigente. La primera de las cinco partes del libro plantea un formidable desafío al lector: saltamos, a veces sin siquiera una advertencia tipográfica, de un tiempo a otro, de las conquistas napoleónicas de Italia, a la desbandada del Ejército francés en mayo de 1940 y de ahí a la Barcelona bajo fuego, luego a una sala de ópera, volvemos a los despachos enloquecidos del Comité de Salvación Pública, y así por sesenta páginas. ¿Quiere decirnos monsieur Simon que la guerra es siempre la misma, que lo seres humanos somos meras hojas de árbol, inermes y trágicos, a merced de esa fuerza de la naturaleza llamada Historia?

El segundo capítulo, más normal, nos lleva al norte de Francia, tres meses antes de que los tanques de Schneller Heinz Guderian irrumpieran por las Ardenas. Vemos a un cuerpo de caballería a quince grados bajo cero. Un ejército de aficionados y de esclavos. Las tropas se alimentan con ``cosas increíblemente infectas (los cuartos de buey congelados diez años atrás en Argentina fechados con un sello violeta en su grasa amarilla, al arroz pegajoso)''. Hay cierta poética en la descripción obsesiva de un frío inimaginable para un sudamericano. El escritor, que estuvo allí, quiere ajustar cuentas con el derrotismo de 1940, la inepcia de los militares y los políticos de París que entregaron el país (y a casi toda Europa) a los nazis.

La tercera parte se ocupa de la familia de Simon. La muerte de la abuela y la iniciación cinematográfica del autor. La subasta de los bienes. Son los herederos de ese coloso de la pequeña nobleza rural (un castillejo y pocas hectáreas) que cambió de bando durante la toma de la Bastilla para convertirse en regicida, diputado de la Montaña, general de artillería de Napoleón, embajador en Nápoles, su Excelencia (y cuyas cartas, informes, hojas de ruta, albaranes de aprovisionamientos, facturas de joyeros, movimientos de tropas, discursos, decretos de la Convención, instrucciones a la administradora Batti, informes sobre inspecciones de baterías, de plazas fuertes, de potencia de fuego enemigas, direcciones al Emperador, relaciones de viajes, consejos para el cultivo de la papa, propuestas de ascensos, de condecoraciones, notas personales, etc. se intercalan a lo largo de todo el libro). Se esboza un misterio familiar de casi doscientos años que se dilucidará en el quinto tramo de la novela dedicado justamente al general republicano.

Es posible que la cuarta parte de Las Geórgicas sea una de las más brillantes manifestaciones de intertextualidad del siglo XX. Retornamos a la Barcelona de la guerra civil dentro de la Guerra Civil Española. Los títeres del ex seminarista con rostro de acero se han abocado a exterminar a otras sectas filosóficas, como el anarquismo y el POUM. Claude Simon lo vio con sus propios ojos. Narra las peripecias de un inglés llamado O:

``...arrojado a (sumido en) algo para lo cual no lo habrán preparado ni los libros ni lo que ha podido aprender por su cuenta en el transcurso de sus años de servicio en la policía, en los miserables barrios del East End, ni durante la época en que se gano la vida fregando platos, o sea un mundo en el que están arraigados desde siempre la violencia, la rapiña y el asesinato, y no de modo más o menos esporádico, más o menos hipócrita, relativamente codificados, sino sin tapujos, sin frenos sin siquiera esas convenciones que distinguen los tramposos pugilatos en medio del barro de simples matanzas entre tribus vecinas, o mejor aún del simple aplastamiento del más débil por el más fuerte...''.

Ese inglés cándido era naturalmente George Orwell. Sí señor, Claude Simon tenía algo que decir (unas cincuenta páginas) sobre un libro famoso, Homenaje a Cataluña.

Es preciso el retrato de los verdugos rojos, vampiros en la noche ("bien alimentados, con sus ojos semejantes a agua sucia, pinta taimada y arrogante ignominia'') y de los más educados y discretos agentes de Stalin, los que mueven los hilos tras las bambalinas, como nuestro Victorio Codovilla. En la página 260, establece que el revolucionario es una "una malformación de la Historia, que la Historia misma se encarga de corregir por sí sola''. Y más adelante reivindica elípticamente la democracia liberal (hoy otra vez en riesgo), donde una persona puede "...dormir, hasta en un mero tugurio, sabiendo que sólo lo sacará de la cama el timbre del despertador y no los culatazos de los fusiles o las pistolas aporreando brutalmente la puerta a la madrugada''...

Para redondear, estamos ante de una las mejores novelas del siglo XX. No es, insistimos, para lectores distraídos o con prisas. Es difícil -pero no inaccesible- porque es excelente. Uno llega a la última página, tarde lo que tarde, convencido de que ha gozado de una inusual experiencia de lectura.
Guillermo Belcore

Calificación: Excelente