jueves, 5 de septiembre de 2019

Pinceladas musicales

Macondo y el condado de condado de Yoknapatawpha. Santa María y la comarca de Región. La buena literatura es pródiga en lugares míticos. En su novela breve número mil, César Aira propone sumar Coronel Pringles a tan eminente cartografía. Hay algo secreto y fantástico, al parecer, en sus cambios de luz, en la metafísica de sus habitantes y en las criaturas que merodean el arroyo Pillahuincó, se nos advierte en Pinceladas musicales (132 páginas, Blatt & Ríos).
Como el lector sabe, Pringles tiene encarnadura real. Es una pequeña y laboriosa ciudad sobre la llanura bonaerense, igual a cualquier otra. Quien vio una, las ha visto todas, podría decirse. Sólo es digno de mención el espectacular Palacio Municipal, fruto del genio loco de Francisco Salamone en la década del treinta; y acaso la cercanía con las Sierras de la Ventana. Si yo fuera el intendente, ya estaría invirtiendo en un Museo César Aira.
No sin poesía, Aira eleva al Palacio a "pistilo, titánico, triunfante"...; "maravilla arquitectónica de extravagancia sin par..."; "gigantesco piano desarmado de cemento que debería haber sido el orgullo del pueblo..."; fruto de "una estética improbable".
El eje argumental de la nouvelle se articula en torno a unos murales para el Palacio que le encargan, en pleno apogeo del primer peronismo, a un artista dudoso, un vecino antiguo con ínfulas de pintor, retirado del comercio, viudo, con hijos grandes. El narrador evoca sus dudas artísticas, su deslizamiento hacia la locura del anacoreta, su presencia ante un episodio legendario de la Revolución Libertadora. El narrador no es otro que Aira.
LOS TRUCOS DEL MAGO
Como en tantas de sus obras, las anécdotas -regidas por el disparate- sirven de pretexto para que el literato defienda una peculiar teoría literaria, que le ha dado prestigio y polémica. Cuando el arte se degrada a testimonio -establece en la página cincuenta y siete- pierde su condición alada, se hace pesado como un día laborable.
Las facultades del artista -propone más adelante- no son el entendimiento común, la memoria, la comprensión, la agilidad o la flexibilidad mental. Residen en otro lado. Son "raras, oblicuas y hasta pueden parecerse al desvarío o, por qué no, a la estupidez".
Al mago de Pringles le encanta revelar sus trucos. Literatura de autojustificación, que llega a denunciar "el demonio de la Perfecta Comprensión", una sentencia antigua pues ya Borges había notado que lo más conveniente para el relato es que se narre como si no comprendiera del todo lo que ocurre.
Se trata -añade el vate pringlense- de "abrir la mente, no de cerrarla, y servirse de las aberturas para ver el mundo y leer la poesía del mundo, o al menos sus rimas". 
Y concluye que "una obra inconclusa no es un error estético, como lo cree la gente sin sentido artístico. Eso debe venir de la pulsión burguesa de obtener satisfacción por lo que se paga". Entonces, la obra de arte sin terminar siempre será mejor que la terminada,sentencia un literato que ha sido parejamente admirado y repudiado por sus finales absurdos, repentinos, desaforados como si se hubiera hastiado de la novela que está escribiendo y ya estuviera pensando en la siguiente (Aira publica unos tres libros por año).
REALISMO LUDICO
El realismo lúdico de Aira -en perpetua lucha contra el verosímil literario- no es para todas las sensibilidades, volvemos a repetir en este suplemento. Se lo menciona para el Premio Nobel, pero puede que a algunos lectores lo canse, aburra, provoque la desagradable sensación de tiempo dilapidado (¡hay tantos tesoros literarios esperándonos!).
Seguramente, hay algo profundo en el atildado procedimiento, pero bien puede parangonarse con las monótonas ciudades rurales que mencionábamos al principio. Quien leyó una de estas nouvelles, podría sentir las ha leído todas, con algunas excepciones contadas con los dedos de la mano, como La liebre (1) o El santo (2). Aira, todo hay que decirlo, ha renunciado a sorprender. Abrió una grieta en el público especializado, además.
La intrascendencia, eso sí, se disipa en los comentarios inteligentes que esmaltan todo texto aireano. Son como flores hermosas en una jungla descabellada. Verbigracia: ¿Cómo procurarse optimismo en la edad de la melancolía?, reflexiona un literato que ha llegado a los setenta años de vida. "El envejecimiento es una decadencia", admite luego.
A favor de Pinceladas musicales, agréguese una sintaxis perfecta; el cultivo de la paradoja y el humor (hay un tête à tête de una señora con un árbol, ¡ja, ja, ja!) y el objeto libro. La edición de Blatt & Ríos es simplemente hermosa.
Guillermo Belcore
Calificación: Regular

domingo, 25 de agosto de 2019

Infraestructura de la política y escritos anexos


El profesor Miguel Angel Iribarne es un columnista destacado de La Prensa. He tenido la fortuna de editar en el diario en el que trabajo desde 1989 los miniensayos del ex decano de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Católica de La Plata. Se destacan -os aseguro- no sólo por defender las ideas correctas, sino también por esclarecer los pliegues de la política, tanto la doméstica como la internacional. La suya es la mirada del erudito. Bien, el señor Iribarne acaba de publicar un libro con idéntica excelencia: Infraestructura de la política y escritos anexos (Editorial Dunken, 102 páginas).
Siguiendo la estela de Gianfranco Miglio y de Vicente Massot, la obra persigue (y encuentra) las "realidades invariantes de la naturaleza política", es decir "las regularidades" (es un error de hablar de leyes), que a su juicio son "el objeto propio de la Politología, cuyo método es inductivo y, más específicamente, histórico-comparativo".
En el marco de esas regularidades se desenvuelve el drama político, con "su sonido y su furia", que tanto daño nos están causando hoy a los argentinos. Justamente, el ensayo nos permite entender taras de nuestro sistema institucional.
Por ejemplo, la ausencia de un centro firme siempre es garantía de turbulencias. "Es fundamental considerar la distancia ideológica entre los actores", destaca Iribarne en la página veinte. "Si la distancia es excesiva, si cada actor se hace portador de una weltanshaung incompatible con las restantes, es grave el riesgo de colapso del sistema... se reduce dramáticamente la posibilidad de que la alternancia sea respetada. Es el caso de Alemania en 1933, España en 1936 y Chile en 1973, entre tantos ejemplos".
¿Qué significa esto? Que si Alberto Fernández gobierna según los dictados de La Cámpora o el filochavismo nuevoencuentrista, en lugar de apoyarse en el peronismo racional, los gobernadores o el massismo, nos esperan años muy peligrosos a los argentinos.
REVELACIONES
El libro va desgranando conceptos: Constitución, oligarquía, monocracia, aparatos, representación, extrapoderes, etc. Fiel a un oficio que ama, el profesor emérito de la Universidad Católica Argentina se impuso una misión pedagógica: develar a sus lectores que hay debajo de las máscaras de aquéllos que nos interpelan por un voto o una simpatía. Lo que hay es una clase política (CP) que, en el fondo, no se identifica más que con sí misma.
"El poder político, estructuralmente oligárquico y tendencialmente monocrático (recurrencia cíclica al hombre fuerte) necesita conversar con la sociedad", señala Iribarne. Y nosotros, en tanto, interlocutores debemos siempre recordar que la casta dirigencial posee autoconciencia y "la expresa en primer lugar negándose a aceptar su catalogación como clase, que pondría en riesgo la ideología de la representación que invoca para legitimarse. Y por el otro lado, denunciando permanentemente las interferencias de raíz corporativa o tecnocrática que limitarían su gestión".
Es decir, hay un ellos y un nosotros en este asunto de la democracia representativa. Nuestra autoconciencia como pueblo es tenerlo presente. "La soberanía popular se ejerce optando entre oligarquías", establece un ensayo, virtuoso de la cita.
Iribarne, por otra parte, rechaza firmemente la interpretación marxiana de la Historia, basada en el determinismo económico que rebaja todo a mero subproducto de los afanes de las clases sociales. La acción política tiene su propia esfera de autonomía. Y, contra todos los maestros de la sospecha entiende que los fenómenos políticos deben ser explicados por causas también políticas.
¿EXCEPCIONALES?
Otra idea formidable que se desprende del pensamiento de Iribarne es que debemos ser muy cautos en atribuir ciertas patologías a la excepcionalidad argentina. La minuciosa descripción de invariables a lo largo de la Historia universal nos advierte, por ejemplo; que el clientelismo es tan viejo como Occidente. El ciudadano carente de protección política ha sido en todas las eras un hombre o mujer a la intemperie. Se establece en la página cincuenta y nueve:
"Patronos romanos, señores feudales y hoy bosses, punteros o sindicalistas desempeñan análogo rol estructural. Las eventuales diferencias de calidad en los lazos que anudan con sus seguidores tienen que ver con un problema civilizatorio, es decir, cultural y en última instancia religioso".
También es universal -y al parecer eterno- el ansia del ser humano por un semejante providencial, un líder carismático. Se explica:
"Genéticamente, el vínculo político -es decir, la relación entre el mando y la obediencia- tiene naturaleza carismática y, por ello, no puede prescindir de la personalización del poder".
Vale decir, el peronismo no es un fenómeno exótico. "La recurrencia cíclica del poder personal fuerte, por un lado, y las oligarquías expansivas que tienden a reducirlo a símbolo, por otro, permanece como una invariante de la infraestructura política", insiste el profesor. Y en esta tumultuosa y desconcertante alborada del siglo XXI la tendencia parece colorear casi todo el planisferio. Los nombres de Trump, Putin, Xi Jinping, Abe, Erdogan, Orban, López Obrador, entre tantos, resultan muestras elocuentes del espíritu de la época.
Un libro escrito, por así decirlo, con la Historia en el regazo resulta imprescindible. Hay otra muy buena razón para su consumo: al final se añaden los artículos de Iribarne que este año honraron a La Prensa.
Guillermo Belcore
Calificación: Muy bueno

jueves, 22 de agosto de 2019

Olga

Los frutos de la ambición desaforada son letales. Para una persona o para un país. Arruinaron, por ejemplo, a Alemania; y también condujeron a la muerte al joven terrateniente Herbert Schröeder, gran amor de la maestra Olga Rinke, protagonista de la novela más reciente del juez Bernhard Schlink (Bielefeld, 1944).

Está mal, se nos dice, que una gran nación o un individuo no sepan medir sus fuerzas. Pero en el caso de la literatura, la ambición sigue siendo un factor decisivo. Un Thomas Mann o un Günther Grass creaban extensas, pesadas, magníficas maquinarias narrativas, que aspiraban a retratar buena parte de su época.

Hoy en día, un Thomas Pynchon o John Irving -por citar dos casos ilustres- mantienen la llama sagrada de su majestad la Novela Oceánica. El señor Schlink, por el contrario, ha preferido tratar en Olga (Anagrama, 254 páginas) la dramática historia alemana a vuelo de pájaro, lo que resulta decepcionante.

En la página sesenta, por ejemplo, Herbert viaja a la Argentina a principios del siglo XX en busca de aventuras. El lector se frota las manos, pero el autor despacha el asunto en... ¡cinco párrafos! (una página y media). Y lo mismo con la Segunda Guerra Mundial. Uno se siente tentado a pensar que Schlink es algo así como el Pablo Ramos de la literatura alemana: un escritor absolutamente sobrevaluado.

¿Qué tenemos aquí? Una historia de amor imposible y el ciclo existencial de una mujer valerosa que desafió las convenciones de su tiempo. También, el mensaje que mencionábamos en el primer párrafo. Demasiado explícito. Esta columna coincide con Jorge Luis Borges en que los procedimientos oblicuos suelen ser los más eficaces.

Olga nació en la pobreza de Breslau. Su abuela la lleva a Pomerania donde asalta, con éxito, las gruesas murallas del machismo y logra recibirse en el seminario nacional para maestros de Posen. Descubre, intuitivamente, el valor del aprendizaje y el saber. 

También se enamora de un amigo de la infancia, el hijo del hombre más rico de la ciudad. Naturalmente, los aristócratas Schroëder impiden que el primogénito se case con una obrera intelectual. Deben limitarse entonces a una relación de amantes en Prusia Oriental (territorio hoy dividido entre Rusia y Lituania), pero lo peor de todo es que Herbert tiene pájaros en la cabeza como tantos de sus compatriotas. Sueña con la grandeza y el destino manifiesto de Alemania. Se la pasa viajando. Hasta que desaparece en una mal concebida expedición al Artico. Olga nunca podrá olvidarlo. Tienen un hijo, pero él nunca lo sabrá.

ARQUITECTURA INGENIOSA


Lo mejor del libro es su ingeniosa arquitectura. Un ensamblaje perfecto de puntos de vista que va revelando hitos de la existencia de nuestra heroína socialdemócrata. Llegados a este punto debemos destacar que Olga comulga con la visión política del autor de la novela, un juez constitucional que gusta de hacer profesión de fe igualitaria: en el amor y en el cementerio somos todos iguales; no hay diferencias sociales y económicas que valgan ante la muerte.

La novela consta de tres etapas. En la primera se narra la vida de Olga en tercera persona. Es la voz de Ferdinand. De niño, había trabado una intensa relación afectiva con la señorita Rinke, modista de la familia, ya en la posguerra, en una apacible ciudad de Alemania Occidental.

La segunda parte fue compuesta en primera persona. Ferdinand quiere reconstruir la existencia de su vieja amiga (murió nonagenaria por culpa de un atentado con bomba), hasta que consigue, de manos de un anticuario de Noruega, las cartas que regularmente le había enviado Olga a Herbert a la remota y gélida Tromsö, incluso cuando el sentido común indicaba que el muchacho estaba muerto. Esas cartas conforman y embellecen la tercera parte.

Por encima de todo, Olga es una novela de ideas. Al prolífico doctor Schlink le interesa denunciar la vacía y peligrosa codicia de su Patria:

"...la perdición había comenzado con Bismarck: éste había puesto a Alemania a lomos de un caballo demasiado grande, que de todos modos no podía montar, y desde entonces a los alemanes los podía una ambición exagerada...".

Esta bien, cuestionar el Deutschland, Deutschland über alles, que tanta devastación ha causado en el planeta, pero se cuelan algunas hipérboles: llega a decirse que el milagro económico tras la desaparición del nazismo también "fue una exageración". 

Ese candoroso egoísmo nacional se manifiesta a través de los delirios coloniales y árticos de Herbert (quería ser Amundsen) y de su hijo Eik que participó en el saqueo nazi de Rusia. ¿Por cierto, qué tipo de madre decide abandonar a su retoño porque sus ideas políticas son radicales e inmundas? Es que la señorita Rinke es un personaje plano (como todos los de la novela), que se rige por imperativos categóricos y ñoñerías. Aquí no existen moralidades grises.

La obra satisface, no obstante, las demandas posmodernas. Tiene perspectiva de género. Plantea antinomias fáciles: sabiduría femenina vs. arrogancia machirula. Realismo con faldas vs. fantasías testiculares. La intrepidez varonil es ridícula, sobre todo cuando se viste con pomposos discursos.

Finalmente, algo de la prosa hay que decir. La ausencia de poética y su filosofía elemental tornan monótono al texto. Los capítulos son breves como meada de sapo. Lástima. Con trescientas o cuatrocientas páginas más hubiese sido una gran novela. Pero esto es sólo una opinión. Olga ha recibido desaforados elogios de los críticos de los diarios, incluso en la Argentina.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Regular

martes, 13 de agosto de 2019

The Boys, la serie

Los superhéroes no son como usted pensaba. Superman fue creado en un laboratorio por Vought American, poderoso grupo empresarial. El hombre de acero es un resentido, cínico, una verdadera basura y una real amenaza para la humanidad. Aquamán es un abusador sexual. La Mujer Maravilla, depresiva y alcohólica, está moralmente quebrada. Flash, un adicto al suero que incrementó sus poderes. ¡Cuidado, señora, cuando vaya al baño! El Hombre Invisible se ha aficionado al vouyerismo. Todos son unos redomados mentirosos y corruptos, pero las masas los veneran gracias al excelente trabajo de prensa y promoción de Vought.
Bienvenidos al universo loco de The Boys, acaso la sátira más corrosiva que ha creado Amazon Prime Video, división streaming de la empresa con mayor capitalización bursátil del planeta.
La serie de sólo ocho capítulos (acaba de estrenarse) imagina que una célula de humanos decide vengarse de los superhéroes. Dos de ellos han perdido al amor de su vida por culpa de los efectos colaterales de la comunidad heroica. Otros dos son ex mercenarios de la CIA (Leche Materna y el Francés) que acceden a dar una mano a su antiguo camarada Billy Butcher (Karl Urban, el doctor McCoy en Star Trek), el jefe de la pandilla. El quinto elemento de The Boys es Kimiko (Karen Fukuhara), una chica asiática a quien los malos pretendían convertir en una ultraterrorista con el propósito de justificar cuantiosos contratos con el Pentágono.
En el primer capítulo conocemos a una parejita de tortolitos: Hughie y Robin. Van a besarse en la acera, ella pone un pie en la calle y entonces. Audaz (el Flash de esta versión) la atraviesa como si se tratara de aire. El súperhumano se disculpa con Hughie (Jack Quaid, el hijo de los actores Dennis Quaid y Meg Ryan): ``Lo siento, viejo, no puedo detenerme''.
Hughie se queda con las dos manos de Ronda y una masa sanguinolenta sobre la calzada (la serie cultiva el gore, es decir hay muchas muertes asquerosas). Tiene el corazón destrozado. Butcher lo recluta poco después para su Club de la Venganza, pero el chico es decente y dulce, se resiste a convertirse en un asesino serial y termina enamorando y enamorándose de la cándida Starlight, uno de Los Siete(copia de La Liga de la Justicia de DC). Será un contrapeso a la ira demencial de Billy Butcher.

EL MUNDO DE GARTH
Hay que decir que la serie es una adaptación del cómic homónimo. Hay que destacar, entonces, la imagineria del señor Garth Ennis (Hollywood, Irlanda del Norte, 1970). Es lo que se llama un autor de culto, aunque muy controvertido por la gran efusión de sangre en sus guiones y la furiosa iconoclastia. Su criatura más reconocida es Predicador (también reciclada en serie televisiva), pero se ha elogiado, asimismo, el giro oscuro que le ha dado tanto a The Punisher como a John Constantine.
Ha demostrado Ennis su desdén hacia los superhéroes en dos historietas: The Autority y, justamente,The Boys (72 ediciones entre 2006 y 2012), donde los prodigios no sólo sufren el complejo de Edipo sino que también están dispuestos a matar a decenas de civiles con tal de mantener su estatus de celebridades. Ennis es uno de los productores ejecutivos de la serie.

SATIRA IMPIADOSA
En el plano artístico, el guion descuella como sátira impiadosa, a lo Jonathan Swift. No sólo se ridiculiza a los superhéroes (en realidad nos muestran sus dificultades en el mundo real) sino que hay un alegato contra dos pilares de la cultura estadounidense, la codicia empresarial y la derecha religiosa (en el magnífico capítulo V, `Bueno para el alma'), al tiempo que se nos recuerda la pavorosa facilidad con que las personas comunes pueden ser manipuladas por el marketing.
Asimismo, se aborda de manera lateral una cuestión política trascendente: quién vigila a los vigilantes. Es decir, se plantea la urgencia de supervisar a aquellos a los que la sociedad les confía el derecho a portar armas y el trabajo de combatir la delincuencia y el terrorismo.
Hay una escena memorable en la que Vengador (el análogo de Superman con colores y los rasgos políticos del Capitán América) arenga a una legión de rescatistas en una playa salpicada con los restos de un vuelo de pasajeros que habían secuestrado extremistas islámicos. El discurso, la pose, la filosofía es de George Bush en la Zona Cero días después del 11-S. Por aquí van los tiros.
Súmele a la parodia, algunos chistes buenos (siempre el humor es negro), las buenas actuaciones, diálogos con ironía y los sólidos efectos especiales. El combo es atractivo.
En el último capítulo, el texto se aparta del original. En la historieta, Vengador había violado a la esposa de Billy Butcher y el bebé monstruoso, producto de esa aberración, mató a su madre desde el vientre. En la serie, no. Un sutil cambio nos permite confirmar la absoluta depravación del superhéroe y abre la puerta para una promisoria segunda temporada, que ya estamos ansiando.
A ver. Si Stranger Things fueran los Beatles, The Boys no sería los Rollings Stone sino The Clash o los Ramones. Es el punk del universo series.

Calificación: Muy bueno

FICHA TECNICA
The Boys
Año: 2019. Duración: Ocho capítulos de 60 minutos. País:Estados Unidos. Dirección: Evan Goldberg (creador), Seth Rogen (creador), Eric Kripke (creador), Dan Trachtenberg, Jennifer Phang, Philip Sgriccia, Daniel Attias, Stefan Schwartz, Fred Toye. Guion: Eric Kripke, Anne Cofell Saunders, Ellie Monahan, Evan Goldberg, Phil Hay, Matt Manfredi, Garth Ennis, Seth Rogen, Craig Rosenberg, Rebecca Sonnenshine, George Mastras (Cómic: Garth Ennis, Darick Robertson). Música: Christopher Lennertz.Reparto: Karl Urban, Jennifer Esposito, Jack Quaid, Elisabeth Shue, Laz Alonso, Colby Minifie, Jess Salgueiro, Brittany Allen, Bruce Novakowski, Sarah Camacho y otros.Productora: Amazon Studios.

miércoles, 7 de agosto de 2019

La frontera

El auge de los carteles de las droga implica -además de todo lo demás- el fracaso de la Modernidad. Es la vuelta a la Edad Media. Como en el siglo XIII, los señores de la guerra tienen un vasto dominio territorial, ejércitos de matones y funcionarios a su servicio, cierto prestigio entre el campesinado, voluntad de exterminio de sus rivales. Las matanzas forman parte del negocio (también la aplicación de tormentos). Incluso hay matrimonios de conveniencia para forjar alianzas. Ante este desafío formidable a la República, el Poder Central -cuando no está comprado- es impotente, tanto como lo eran los reyes europeos durante el feudalismo. Qué hacer.
Eso en el plano político; en el económico, todo lo contrario. Las mafias del narcotráfico tienen un costado ultramoderno: son los más eficientes conglomerados de negocios. Observe lo que está padeciendo hoy Estados Unidos. Hay un frenesí de consumo de heroína y fentanilo; gente joven cayendo como moscas; consumen amas de casa y trabajadores rurales; pequeños municipios se convierten en cementerios. No es otra cosa que el resultado de una diabólica estrategia comercial del Cartel de Sinaloa: para paliar la caída en las ganancias por la legalización de la marihuana volvió a cultivar amapolas y le ha robado los clientes a la industria farmacéutica y a la corporación médica con un producto novedoso y barato (10 dólares la dosis de canela en el callejón).
Decenas de miles de desesperados que consumían Vicodin u Oxycodona hoy se inyectan heroína. Dolor físico, espiritual o económico + proveedores mexicanos = epidemia de opiáceos.
LITERATURA BELICA
Pregunta: ¿Cuál es la contienda más larga que ha librado Estados Unidos en su historia? Respuesta: Contra las drogas. Cincuenta años más los que resten. Pregunta II: ¿Quién es el escritor que mejor ha narrado esta tragedia? Respuesta: Don Winslow (Nueva York, 1953).
Acaba de llegar a la Argentina el último tomo de la trilogía de Winslow sobre las guerra contra el narcotráfico: La frontera (Harper Collins, 967 páginas). Es un cierre magnífico de una de las más ambiciosas aventuras narrativas de nuestro tiempo.
Puede decirse, incluso, que el mamotreto está mejor escrito que sus predecesores (El poder del perro y El cartel); la trama es cautivante y aporta una tonelada de datos. Literatura de ideas y literatura didáctica, muy bien documentada. Imprescindible para quien se interese en el tema. Y hay que ser un idiota -en el sentido que le daban al término los antiguos griegos- para no interesarse en un flagelo que desquicia nuestras sociedades. Desde el Gran Rosario hasta el tercer cordón del conurbano, pasando por Puerto Madero y Palermo Bobo.
El señor Winslow ha venido cultivado un procedimiento muy eficaz en sus novelas documentales: la semirrealidad. Cambia nombres, mezcla y fusiona personalidades, inventa otros caracteres, pero la urdimbre de la trilogía se inspira rigurosamente en hechos. Como él mismo dice: "Hay muy poco que no haya realmente sucedido".
Y en La frontera, además de la epidemia de heroína y fentanilo en Estados Unidos, se incluye la desaparición del capo del Cartel de Sinaloa, la matanza de estudiantes de Ayotzinapa, el tren La Bestia y la llegada al poder de Donald Trump. Es una escritura con bulimia, con urgencia por transmitir un mensaje, por denunciar, por ejemplo, los vínculos de Wall Street y los bancos con los negocios sucios del narcotráfico, el fracaso absoluto de la política antidrogas del gobierno estadounidense, o bien la complicidad de las autoridades mexicanas con los hampones: "...la Policía Federal es, a efectos prácticos, casi una filial del Cartel de Sinaloa"..., se establece en la página cincuenta y ocho.
No obstante, no es un libro de brocha gruesa. Los matices son importantes. Y de ninguna manera se postula la superioridad de una cultura (la anglosajona) sobre la que rige al sur del río Bravo. Se trata de situaciones de poder. Si en la página doscientos cuatro se nos dice que "el último caso en que hubo un detective corrupto en Nueva York fue en los años ochenta..." (¿Cuándo fue en América latina el último caso de detective incorruptible?, piensa uno), de inmediato se aclara que en México la oferta narco al policía no es tómalo o déjalo, sinotómalo o te matamos a ti y a toda tu familia. Plata o plomo. También hay héroes que hablan en español.
El protagonista del libro se llama Arturo Keller. Es un auténtico cowboy, que trabajó encubierto en México, con fama, bien ganada, de hombre duro e implacable y con el alma hecha jirones. Ha hecho el mal en nombre del bien común o por un ser amado. Ahora, con el padrinazgo de un senador texano, el bueno de Art es nombrado director de la DEA. Trae algunas ideas innovadoras en el morral, pues la estrategia del bolo central (detener o matar a los capos) no ha dado resultado para, al menos, atenuar la entrada de estupefacientes a territorio estadounidense. Los carteles son auténticas corporaciones de negocios, donde el nombre del CEO no es lo decisivo. ¿Por qué no probar una nueva táctica, tratar de cortar el flujo de dinero norte a sur? Para ello, hay que encontrar un financista corrupto, dar un escarmiento a Wall Street. Página quinientos cuarenta y tres: "¿Sabes cuál es la diferencia entre un cártel y un sindicato de bancos? Prácticamente ninguna".
MAR DE FONDO
El mar de fondo es la agonía de la Pax Sinaloense, tras la desaparición de su capo máximo Adam Barrera (que es y no es el Chapo Guzmán). Los gobiernos de Estados Unidos y México habían descubierto que una mafia hegemónica es preferible a que treinta carteles luchen entre sí por el control de territorio (los Zetas, ex comandos que cambiaron de bando, son los peores). Es que la guerra contra el narco no se puede ganar; se puede conseguir a lo sumo una disminución lenta y dolorosa de la violencia. ¿Se puede hacer retroceder al océano?, se preguntan, desesperanzados, los agentes de la ley y el orden que aún no han sido corrompidos.
Si Barrera era el indiscutido Rey León, ahora varias hienas buscar engullir pedazos de la mayor red de narcotráfico del mundo. Se lanzan a degüello unos clanes contra otros. Entra en escena la tercera generación mafiosa -Los Hijos-, ataviados con Armani y Hugo Boss y al volante de una Ferrari o un Lamborghini. ¿Podrán desplazar a la vieja guardia?
La trama, que magnetiza los dedos, nos lleva de Culiacán o Tijuana a Nueva York, que al parecer se ha convertido en el centro neurálgico de la heroína en la Costa Este. Hacemos una visita a las cárceles de Florence en las Rocallosas (ahí encerrarán al Chapo en la vida real) y la californiana Victorville, manejada por la M, la mafia mexicana. Tras atisbar en las prisiones una enseñanza se impone: el odio racial y las diferencias sectarias siguen siendo las pulsiones más poderosas del ser humano en condiciones extremas. 
Vamos también a Guatemala para observar el calvario de los pibes inmigrantes que sueñan con entrar a Estados Unidos; y a un paraíso en las costas de Costa Rica para permitirle a la trama recuperar un matón irlandés (redimido) del primer tomo de la trilogía. Recorremos los bajos fondos de Nueva York y Jersey para aprender sobre el trabajo del policía infiltrado en las entrañas de la carrera armamentista que se traen entre manos los traficantes (el fentanilo es cincuenta veces más poderoso que la heroína). Nos sentamos luego con magnates inmobiliarios de Manhattan, desesperados por el dinero sucio de las drogas. 
Son todos viajes de descubrimiento para el lector de a pie. Y lo que vemos hiela la sangre, sacude la conciencia: penas durísimas por posesión de marihuana y casi 30 mil muertos en las calles por sobredosis; una cena en la Casa Blanca para los lavadores de fondos.¡Siglo XXI! 
UNA BUENA CAUSA
Con La frontera, el caballero Winslow ha concluido, pues, una faena de veinte años. Un tercio de la vida dedicada a una buena causa.
La trilogía es Alta Literatura, a pesar de sus redundancias, hipérboles, ñoñerías. Por cierto, la prosa es directa, nunca nos ahorran inmundicias. Contiene, eso sí, una legión de personajes memorables y una visión verosímil del inframundo. Inframundo de nuestro valle de lágrimas; en relación al del más allá, uno concluye que en el infierno debe existir un círculo especial reservado para los que trafican con drogas o sólo son fieles al dinero.
Guillermo Belcore
Calificación: Excelente

sábado, 27 de julio de 2019

Caballos lentos

En la jerga de los servicios de inteligencia británicos, se denominan "caballos lentos" a los agentes caídos en desgracia. A los que metieron la pata hasta el cuadril. Como el caballero Min Harper, que extravió un sobre con información confidencial en la estación del ferrocarril y ese material fue entregado por una ciudadana indignada a la BBC.
Con el propósito de que esos los pesos muertos se aburran y abandonen el barco sin escándalo, el MI5 los confina a una mazmorra administrativa conocida como la Casa de la Ciénaga. Quien entra allí no pierde la esperanza de volver a la acción, pero eso nunca ha ocurrido.
Al frente de las oficinas de castigo se encuentra el legendario Jackson Lamb, una bala perdida que soltó amarras por su propia voluntad después de un largo servicio tras la Cortina de Hierro.
Obeso, desalineado, desagradable en todo sentido (incluso el olfativo), Lamb tiene, no obstante, una mente filosa como el bat"leth klingon. Es el antihéroe de las novelas del prolífico escritor Mick Herron (Newcastle, 1968), quien describe a su criatura como "la viva imagen de Falstaff". Aquí venimos a recomendar la opera prima de la saga Lamb. Caballos lentos (Salamandra, 380 páginas) fue entregada a la imprenta por primera vez en 2010. Acaba de llegar a la Argentina.
EL SECUESTRO
El libro es una agradable sorpresa, dado que resulta muy difícil encontrar una novela de espionaje competente, fuera de los clásicos del subgénero. Es decir, una novela con personajes rotundos, que atrape hasta la última página, tenga un mínimo de verosimilitud y que corra, en parte, los cortinados que nos ocultan un submundo sórdido y clandestino.
Olvídese del agente 007, aquí no encontrará nada con glamour o encanto, ni siquiera un pub que sirva una comida decente. Los escenarios son banales y nauseabundos, como corresponde a una burocracia envenenada por las rivalidades que debe luchar contra los enemigos de la democracia y la paz, y contra toda la ingratitud del hombre de la calle.
El tono de la prosa es de novela policial, con humor negro y dosis de ironía. Con muy buen tino, Herron se demora en plantear el núcleo incandescente del libro. En las primeras cien páginas, describe una galería de espías fracasados, condenados a un miserable trabajo de oficina. En esa tropilla, se destaca River Cartwright, nieto de una gloria del servicio secreto. La caída en el abismo de River es uno de los enigmas del libro.
El entuerto principal es el secuestro en Leeds de un joven de origen paquistaní. Tres chiflados prometen decapitarlo en publico, es decir, vía Internet en el horario de mayor audiencia. Los desesperados de la Casa de la Ciénaga tienen la posibilidad de redimirse resolviendo el caso, pues se vincula con un periodista venido a menos que estaban investigando (otro perdedor). La acción, en el último tramo del libro, no da respiro. No puede decirse una palabra más sin arruinar el efecto sorpresa.
Lo que sí puede revelarse es que Herron plantea a sus lectores que la guerra contra el terror islámico -una necesidad de nuestro tiempo con mala reputación (a menudo injusta)- suele derivar en círculos viciosos, pues las líneas del frente son sinuosas y los agentes, meras piezas en un tablero. Para colmo, los jefes del MI5 -esa bola de culebras- pueden volverse locos y después necesitan "taparse el culo": ..."las normas de Londres proceden de Westminster y en su versión resumida rezan así: "Siempre paga alguien; asegúrate de no ser tu".
La trama -cómo no- tiene algo (malo) que decir de la derecha británica, no sólo de esos energúmenos neofascistas que se la pasan soltando espuma por la boca, sino también del soporte intelectual del Brexit. En 2010 ya se veía venir el torbellino: 
"...la corriente está cambiando de sentido. Las personas decentes están hartas de que los zumbados izquierdosos de Bruselas las usen como rehenes, y cuando antes tomemos el control sobre nuestro futuro, de nuestras fronteras...", declama un político muy parecido a Boris Johnson.
Sin embargo, la corrección política nunca llega a estropear una trama, perlada de diálogos acerados (casi lo logra el calé madrileño de la traducción). Esperamos con ansiedad los otros cuatro libros de la saga Jackson Lamb. Tiene Herron el don de la originalidad. ¡Ah!, y al parecer, la Casa de la Ciénaga ya no es una vía muerta.
Guillermo Belcore

Calificaciön: Bueno

sábado, 20 de julio de 2019

Dark, la serie

En su séptimo viaje interestelar, el inolvidable Ijon Tichy se ve atrapado en un lazo temporal. Es decir, "la inflexión de la dirección del fluir del tiempo dentro del área de los campos gravitatorios de tremenda fuerza, que pueden provocar incluso un cambio de la dirección tan radical que ocurre lo que se llama duplicación del presente". Como consecuencia, la nave del cosmonauta se abarrota de otras versiones temporales de su yo: el de ayer, el de mañana, el del jueves, el del mes próximo y hasta hay uno del año que viene. Se desata una lucha asesina por los escasos recursos  hasta que dos niños (los Tichy de la infancia) logran reparar el cohete.

Esa maravillosa y divertida imaginería de Stanislaw Lem (1) aparece en una de las series del momento que ha producido la industriosa Netflix: la adictiva Dark, tiene la precisión de una maquinaria alemana y la espléndida pesadez de la filosofía germana. Cuatro familias (los Nielsen, Kahnwald, Tiedemann y Doppler) en tres generaciones deben lidiar con viajeros en el tiempo, desaparición de niños y adultos y las versiones del futuro de alguno de sus integrantes.

La primera temporada se emitió en 2017; la segunda este año. Nos llevan al boscoso caserío de Winden, acaso en Baviera. En una planta nuclear han descubierto una sustancia elemental (el éter, la materia negra o el bosón de Higgs) que abre un agujero de gusano que permite viajar a en el tiempo; en un principio, respetando los límites de los treinta y tres años cuando el sol y la luna se alinean y se produce un cambio de ciclo. Es decir, desde 2019 a 1986, 1953, 1920 o 2052.

Hay dos bandos en pugna: la secta Sic Mundis Creatus Est intenta provocar (o confirmar) el Apocalipsis que ocurrirá -agéndelo- el 27 de junio en 2020. El falso sacerdote Noah y el desfigurado Adam (a primera vista parece Cara Roja del Capitán América) ofician de villanos y asesinos de estos Illuminati.

El otro equipo, el de los benignos viajeros en el tiempo, trata de evitar el Armagedón rastreando el hecho primordial que desata un bucle fatal. Pero en Dark no podemos estar seguros de nada; el guión se destaca por su magnífica y oscura complejidad (con muchas pistas falsas). Como bien estableció Kipling, la mejor manera de narrar una historia es como si no se entendiera del todo.

LAS PARADOJAS

Nos deslumbra la serie, además, con sus paradojas. Por ejemplo, Claudia Tiedemann viaja al pasado con una máquina del tiempo (de estética vintage) para enseñarle al inventor del artefacto a concluirla. Se entera en el futuro de la muerte de un familiar cercano; tratar de impedirla en el presente pero termina provocándola. ¿Es que el tiempo y el destino tienen rigor de acero? La ambiciosa trama, como se ve, reflexiona sobre uno de los enigmas de la existencia.

Otro de los agrados del guión son las distintas versiones del yo. Hay cuatro Jonas Kahnwald, por ejemplo. Tres tienen buen corazón, sufren por amor y las inclemencias del tiempo. Es lógico. Al comentar a Heráclito de Efeso, Borges ha establecido que, en realidad, nosotros somos el río, que nunca es el mismo:

"...el hombre de ayer no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana. Cambiamos incesantemente..."

Habrá tercera temporada de Dark, que -por otra parte- algo debe en sus exasperados planos-pecho al expresionismo alemán (los sentimientos son el principal motor de los personajes bondadosos, por cierto). Para justificar la prolongación de la serie, en el último capítulo dejan entrar a Blanqui, La trama celeste de Bioy y la serie Fringe. Puede que sea un déficit de invención.
Guillermo Belcore

Calificación: Buena

(1) Diario de las estrellas, Stanislaw Lem, Edhasa Nebulae, edición 2003.

domingo, 14 de julio de 2019

Manhattan Beach

Un comentarista de la revista Time sentenció: "Jennifer Egan es la mejor novelista norteamericana actual". Quien aquí escribe opina que si alguien merece ese cetro, ese alguien es la señora Joyce Carol Oates. No obstante, la más reciente novela de Egan confirma que se trata de una artista del pelotón de elite.
En efecto, Manhattan Beach (Salamandra, 477 páginas) combina claridad en la forma, elegancia en las palabras y una historia muy interesante con giros que causan pasmo. Se nota que es el fruto de más de una década de reflexión y trabajo. Para hilvanar una excelente reconstrucción histórica, Jennifer Egan (Chicago, 1962) entrevistó y recibió consejo de decenas de personas, leyó muchos libros y publicaciones de época; contó incluso con la asistencia de tres becarios. Que aprendan los plumíferos argentinos que piensan que la literatura es noventa por ciento inspiración y diez por ciento esfuerzo (si no tienes el don, es exactamente lo contrario).
El libro nos lleva, primero, a la década del treinta, en plena Gran Depresión. Viajamos a la Nueva York costera. La protagonista se llama Anne Kerrigan. Nos la presentan a los once años de edad, acompaña a su padre Eddie en sus tareas como lacayo de John Dunellen, un líder sindical, amigo de la infancia, el corrupto Rey de los muelles. Anne tiene una hermana minusválida. No demora la trama en saltar a la Segunda Guerra Mundial.
La señorita Kerrigan trabaja en los astilleros de Brooklyn, los más grandes de Estados Unidos, por entonces. Mide piezas pequeñas que luego irán en los buques de guerra. Tiene un vacío en el alma: su padre abandonó a la familia cuando ella tenía catorce años (es el misterio del libro, nunca dejará de buscarlo). Por una milagrosa coincidencia, la heroína se relaciona con el gangster Dexter Styles, que regentea clubes nocturnos y está emparentado matrimonialmente con una familia con pedigrí, lo que le ha conseguido cierta honorabilidad, a pesar de su mandíbula a lo Dick Tracy y sus mafiosos italianos. Lo más importante de todo -en términos literarios- es que el príncipe del mundo de los sombras había conocido a Anne cuando era pequeña. Tenía tratos con su padre.
HILOS NARRATIVOS
Hay otros tres hilos narrativos. Anne quiere ser la primera buceadora en las aguas marrón verdosas de la bahía de Wallabout, lo que la enfrenta a los prejuicios de la Armada y de su época, y a un traje de inmersión que pesa más de noventa kilos. El segundo, son los negocios -siempre en ambos lados de la ley- del señor Styles; sus intereses basculan entre los dos núcleos de poder de la novela: su suegro, el banquero WASP y almirante retirado Arthur Berringer; y el misterioso señor Q, nonagenario capo de la mafia neoyorquina. Las dos caras de una misma moneda: el establishment.
En 1942, Berringer pronostica:
"Veo este país alcanzando cotas a la que ningún país ha llegado jamás; ni los romanos, ni Carlomagno, ni Gengis Khan, ni los Tártaros, ni la Francia napoleónica. Nuestro dominio no será fruto de subyugar a los pueblos: saldremos de esta guerra victoriosos e indemnes y nos convertiremos en los banqueros del mundo. Exportaremos nuestros sueños, nuestro idioma, nuestra cultura, nuestra forma de vida. Y todo esto resultará irresistible". 
El tercer hilo es el destino de Eddie Kerrigan, del que no puede decirse una palabra más sin estropear el efecto sorpresa. 
¿Quién es el mar?... Quien lo mira lo ve por vez primera, siempre. Con el asombro que las cosas elementales dejan..., escribió Borges en un poema sublime. La misma fascinación inspira el fulgor poético de Manhattan Beach. El mar, ""tan extraño y tan violento y hermoso"", es una presencia constante en un texto que nunca se va a pique.
En la página 247 leemos:
"Cuando finalmente sus ojos se acostumbraron, había levantado la vista y contemplado el mar como si fuera algo nuevo por completo: una extensión infinita e hipnótica que podía parecer que estaba cubierta de escamas, de cera, de plata repujada o de piel arrugada. Tenía una estructura y unas capas que no se distinguían desde tierra".
Pero no se trata solo de lirismo, de metáforas, del deleite por las expresiones que proceden de la marinería. Las olas mecen el argumento. Después de fatigar la costa marítima de Nueva York, Egan nos lleva a San Francisco para narrarnos una travesía tan fascinante como peligrosa por dos océanos. El Elizabeth Seaman lleva armas a los rusos. En las profundidades acechan los submarinos alemanes, pero la estrafalaria tripulación -como lo son todas- no se queja. "Nada contenta a los hombres excepto el límite extremo de la tierra", escribió Melville.
Hay que destacar que, quizás, ni siquera Conrad hubiera sido capaz de narrar un naufragio de un gran carguero en alta mar con la precisión de la señora Egan. Pero las aventuras por la costa, sobre el lecho del mar y en el Océano Indico no son el único punto sobresaliente del libro. Los abismos de los sentimientos -en particular, la siempre intensa relación padre-hija- son explorados, con una destreza admirable, por la capitana Egan.
Hija de un policía irlandés borrachín que también abandonó a su familia, la autora indaga, además, esa peculiar subcultura de Estados Unidos forjada por los inmigrantes de la tercera isla más grande de Europa. El hampón Dexter Styles concluye que los irlandeses no son de fiar:
"...no se trataba tanto de hipocresía como de una debilidad innata cuyo origen estaba en el alcohol o en lo que los empujaba a beber. Valía la pena contar con un irlandés para fabular o hacer planes, pero al final se necesitaba un espagueti, un judío o un polaco para hacerse realidad...".
Justamente, otra colmena humana que la escritora describe con buena pluma es la del hampa neoyorquina. Un submundo con sus propias reglas, tan rígidas como la del viejo Catecismo. Verbigracia: Un hombre firma su sentencia de muerte si se atreve a incordiar -sin aviso previo- a un capo en su hogar un domingo a la tarde. "Se lo lleva a dar una vuelta", según el eufemismo al uso.
Por cierto, la Cosa Nostra del Nuevo Mundo sólo le teme a una sola cosa: al arácnido apetito del fisco, "la mafia a la que ninguna mafia puede derrotar".
LA QUINTA
Manhattan Beach es la quinta novela de Egan y la primera desde que ganara el Pulitzer de ficción en 2011 con la postmoderna El tiempo es un canalla.
Lo que deja en claro es que la dama conserva su plenitud artística. La crítica ha destacado el giro estilístico desde lo experimental hacia una estructura narrativa clásica. En los dos terrenos brilla Egan, se ha dicho. El The New York Times, incluso, pidió incorporar la obra que aquí elogiamos al "canon de las historias de Nueva York". Será justicia. Es una magnífica novela oceánica.
Guillermo Belcore
Calificación: Muy bueno

miércoles, 26 de junio de 2019

El horrible zarismo del siglo XXI

En abril pasado, fatigó nuevamente la Argentina el filósofo ruso Alexander Duguin. Visitó la Universidad de Lomas de Zamora y la CGT, se reunió, al menos en público, sólo con sectores marginales del pensamiento justicialista. En tiempos de campaña electoral no conviene posar junto a un ideólogo tan excéntrico que en su momento fundó el Partido Nacional Bolchevique y el Movimiento Euroasianista. 
Al parecer, Duguin está fascinado ahora con algunas nebulosas ideas de Juan Domingo Perón, como la comunidad organizada o la Tercera Posición (abomina tanto de la tradición liberal como del marxismo clásico). No obstante, es uno de los villanos que retrata un ensayo imprescindible para todo aquel que se interese por una gran potencia: El futuro es historia. Rusia y el regreso del totalitarismo (Turner, 589 páginas, edición 2018).
La autora se llama Masha Gessen (Moscú, 1967) y lo compuso en Occidente tras una minuciosa investigación. Periodista, escritora, adalid de la democracia y de los derechos de las minorías sexuales en Rusia, aunque inmunizada -esto es lo más interesante- de ese izquierdismo pueril que hace que un gran acto en Buenos Aires en contra de la violencia de género concluya en un mitin troskokirchnerista.
En la exploración sociológica de su patria, la señora Gessen aliviana la aridez del naturalista con un recurso del periodismo: utiliza siete historias individuales para ilustrar la deriva de una Nación. Se ha interesado así en cuatro jóvenes profesionales "cuya vidas cambiaron drásticamente como consecuencia de la represión iniciada en 2012 (la contrarrevolución preventiva, anticromática)". Liosha, Masha, Seriocha y Zhamma, "oriundos de diferentes ciudades, familias y en realidad de diferentes mundos sociales". Todos los protagonistas están vinculados a las ciencias sociales.
Es que al igual que el bolchevismo, el régimen de Putin le ha declarado la guerra a las ciencias sociales. Las ha sometido y degradado con métodos nuevos. Vive Rusia en una era -como aquella del "ateísmo científico"- basada en la primacía de las cosas materiales. Bienvenidos al pseudototalitarismo (el concepto lo acuñó el sociólogo Lev Gudkov, otro de los personajes principales): se permite al pueblo enriquecerse, el Estado le garantiza estabilidad (lo opuesto al miedo y la ansiedad) y lo deja tranquilo, siempre y cuando no se inmiscuya en política, no interfiera con los oscuros negocios de la Nomenklatura y no pertenezca a una de esas minorías de proscriptos que cada tanto hay que apalear para complacer los bajos instintos de las masas y desviar la atención de los vicios del régimen.
Le calza bien la definición de pseudototalitarismo también a la ascendente China confuciana y a la ineficaz Venezuela de la mafia chavista (Cuba y Corea del Norte son totalitarismos clásicos). Quedan pequeños márgenes de negociación entre una elite, con todos los privilegios, y la sociedad aplastada. Si estallan encendidas protestas por corrupción o incompetencia, se destituyen funcionarios. Se cuidan las formas con grandes movilizaciones callejeras, elecciones amañadas y reglas tramposas; se busca no atraer la atención de los medios internacionales. Pero los mecanismos de represión sobre aquellos que piensan distinto son crueles e implacables. Si el Estado lo quiere, la sociedad será semicivil o un mero rebaño. Sólo un intelectual francés o argentino puede llamar "democracia" al pseudototalitarismo ruso, sostenido por las extraordinarias rentas de los hidrocarburos.
Por cierto, el sociólogo húngaro Bálint Magyar desarrolló su propio concepto para entender al autócrata Vladimir I: "Estado mafioso postcomunista", un régimen que utiliza las ideologías disponibles en lugar de estar regido por algunas de ellas como en el caso del comunismo.

EL HOMO SOVIETICUS

Hay otro juego de ideas interesante en el libro. Si cada sistema político crea (y es consecuencia de) un tipo de ser humano sobre el cual descansa su estabilidad, resultan sorprendentes los parangones que pueden descubrirse entre el Homus Sovieticus y el Homus Peronius: resistencia al cambio, creencia en el Estado paternalista, obediencia y amor irracional al líder carismático, odio a Estados Unidos como tradición política y social, resentimiento nacional, circulación de juegos del doblepensar, y, sobre todo, miedo a la libertad, tal como lo entendía Eric Fromm ("libertad de" más que "libertad para").
Así, la señora Gessen rastrea también el camino existencial del neoperonista Alexander Gulievich Duguin, a quien de muchacho sólo le bastaban dos semanas para dominar un idioma occidental (hoy habla muy bien español, como saben sus amigos argentinos) y quien gozó durante esta década de "un cierto período de fama internacional como el hombre que susurraba al oído de Putín". Hoy ha refinado su negación total y radical del individuo y la modernidad, y nadie lo tiene por Rasputín, excepto ciertos locos racistas de Estados Unidos, Julio Piumato y la Universidad Nacional de La Plata.

Otros personajes históricos muy interesantes retratados en el ensayo son Alexander Yakovlev, el ideólogo de la perestroika; el sociólogo Yuri Levada; y el político reformista Boris Nemtsov, asesinado a balazos en las calles de Moscú en 2015, un día antes de una gran protesta contra Putin, por un oportuno comando checheno (!?). 
La señora Gessen no sólo revela los perversos engranajes de poder del zarismo del siglo XXI, también nos describe cacerías de brujas inspiradas en las ideas (algunas demenciales) que circulan por la gran nación eslava. Nos pasea por claustros degradados, y comisarías y juzgados que huelen a maldad e injusticia. Nos conmueve con las intrépidas manifestaciones de los demócratas y el infortunio de los presos políticos.
El libro, finalmente, también es valioso por la capacidad de la autora de ofrecer hipótesis sobre hechos históricos trascendentes en el mundo eslavo, caso el Terror Rojo y la naturaleza del totalitarismo; la caída de la Unión Soviética y el fracaso del yeltsinismo; las guerras en Chechenia, Georgia y Kosovo; la Revolución Naranja y el maidán en Ucrania; la anexión rusa de Crimea. 
Como se dijo, para los argentinos contiene el texto un interés añadido: es una formidable advertencia del infierno al que conducen las "situaciones autoritarias" que, aunque parezcan transitorias, a menudo logran consolidarse encaramadas sobre las desdichas de un pueblo. Politizar cada aspecto de la vida -recuérdelo lector- es una rasgo de las mentalidades y los regímenes autoritarios. Tenía razón el viejo Fukuyama en 1989: nada mejor hemos inventado que el capitalismo con democracia liberal.
Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

martes, 11 de junio de 2019

Hocus Pocus

"Hay una regla superior a cualquier ley científica: la honestidad es siempre la mejor política". K.V.
Memorias de un lúcido crítico del sistema. Autobiografía, es decir narrativa retrospectiva en primera persona y en clave satírica. Este era el procedimiento favorito de Kurt Vonnegut (1922-2007) para transmitir su panoplia de ideas.
El sabio de Indiana era pacifista sin exagerar, vagamente socialista, algo misántropo, muy pesimista, comprometido con las causas de la ecología, defensor de la estabilidad matrimonial. Un adversario formidable de la plutocracia y el racismo. La conciencia corrosiva de Estados Unidos, aunque el país que denunciaba era bastante peor al de la realidad, y mucho mejor que el de sus adversarios totalitarios.
Rescató el sello La Bestia Equilatera, especializado en delicatessen, otra autobiografía imaginaria de Vonnegut. Hocus Pocus (349 páginas) fue entregado a la imprenta por primera vez en 1990. Es una distopía. Puede que alguien la considere su obra maestra. Lo que es seguro es que una de sus criaturas más oscuras. Una frase del final pinta el tono general del lienzo: "Qué vergüenza es ser un ser humano".
Imagina el literato que en 2001 Estados Unidos se encuentra en franca decadencia: "Una nación saqueada y totalmente en bancarrota agobiada por plagas desenfrenadas, por la superstición, el analfabetismo y la televisión hipnótica, virtualmente sin servicios de salud para los pobres".
El New York Times fue comprado por los coreanos. Un Ejército de Ocupación japonés en traje de negocios administra hospitales, escuelas y prisiones de alta seguridad. La Corte Suprema consagró la separación racial.
Oímos la voz de Eugene Debs Hartke, teniente coronel retirado, que cayó en desgracia. Lo expulsaron por una falsa imputación del colegio Tarkington, donde enseñaba física a chicos ricos con problemas de aprendizaje. Luego, alfabetizó a convictos. Ahora enfrenta un serio proceso judicial: lo acusan de ser el cerebro detrás de una fuga sanguinaria en masa de los más peligrosos presos afroamericanos del Estado de Nueva York. Los cargos también son fraudulentos. Gene se contagio tuberculosis y su esposa, suegra e hijos tienen un poderosa veta de demencia. El calvario de Job.
La vida es un mal sueño, establece Hartke. En Vietnam, había perdido todo respeto por sí mismo y por aquellos que conducen el país. Sugería a sus alumnos prepararse para la inevitable decepción: "Leer sobre los grandes éxitos induce a la gente a error, pues incluso para los blancos de clase media y alta, en mi experiencia, el fracaso es la norma".
La acción transcurre en el caserío de Scipio (condado de Cayuga, Nueva York), menos de dos mil habitantes en la actualidad. En ese valle de Mohiga, la industria principal es la del castigo. Al otro lado del lago, en efecto, se encuentra la horrible cárcel de Athena, administrada por la Sony. Los reos fugados devastarán el colegio Tarkington, son peores que la horrible Clase Gobernante, establece Debs. La represión será feroz; durará cinco días la Batalla de Scipio. Es el núcleo incandescente del libro.

EL TITULO


El diccionario Collins ofrece la siguiente definición: "Si usted describe algo como Hocus-Pocus, lo desaprueba porque cree que es falso y que pretende engañar a la gente".
El Cambridge Dictionary añade: "1 - Trucos utilizados para engañar, o palabras utilizadas para ocultar lo que está sucediendo o para no dejarlo claro. Ej: "Gran parte de lo que dicen los políticos es solo un hocus-pocus". 2 - Palabras dichas por un mago (o un artista que finge hacer cosas mágicas) cuando hacen un truco". Añadimos nosotros: sinónimo de Abracadabra.
Un diccionario de etimología explica: "Antiguamente las misas sólo se celebraran en Latín. Cuando los paganos, que no entendían el latín ni la religión, veían la ceremonia, pensaban que durante la comunión sucedía algo mágico. Entonces relacionaron Hoc est corpus meum (Este es mi cuerpo) con palabras mágicas. De ahí se fue simplificando hasta Hocus-Pocus.
No es la única versión sobre el oscuro origen del vocablo (Véase la Wikipedia).
Lo usa Vonnegut por primera vez en la página ciento setenta. Allí, el protagonista se lamenta por haber usado en el sudeste asiático el lenguaje para inventar justificaciones que impresionarán a los jóvenes que enviaba a matar o morir: ""¡Era un genio del galimatías, del abracadabra, del hocus pocus letal!".

LAS CLAVES


Llegamos entonces a una de las claves de un libro crepuscular. El viejo Kurt quiso ajustar cuentas con la Guerra de Vietnam, a la que define como "no otra cosa que un negocio de municiones". Compara esa carnicería alucinante, esa desgracia sin sentido, con la lucha heroica contra los nazis y los imperialistas japoneses:
"Leo acerca de la Segunda Guerra Mundial. Civiles y soldados por igual, y hasta niños pequeños, estaban orgullosos de haber tomado parte en ella. Al parecer era imposible, para una persona de la clase que fuere, no sentirse parte de la guerra si él o ella vivieron durante el período que tuvo lugar. Sí, y el sufrimiento o la muerte de los soldados, marineros e Infantes de Marina eran sentidos por todos, al menos un poco. Pero la Guerra de Vietnam pertenece exclusivamente a aquellos que combatieron en allá. Nadie más tiene que algo que ver con ella, supuestamente. Todos los demás son puros como la nieve. Sólo nosotros somos sucios y estúpidos, por haber peleado esa guerra. Cuando perdimos, nos lo teníamos merecido por haberla iniciado (...)".
Duro, ¿no? Así es todo el libro. Compuesto en forma de fragmentos so pretexto de que el pobre Debs lo escribió en prisión a lápiz sobre los soportes más diversos, desde papel marrón de envolver hasta el reverso de las tarjetas de visita. Y cada fracción de escritura esta cargadísima de ideas, denuncias, soflamas y, todo hay que decirlo, simplificaciones y clichés. La trama, que no es lineal, se subordina al mensaje. Así es el soberbio Vonnegut. Tómalo o déjalo. Con todo, el procedimiento no carece de eficacia, las palabras son sencillas y rotundas y la traducción de Ariel Dilon, impecable.

DIDACTISMO


El tono paródico, por otro lado, favorece esa reconocida pasión del autor por el didactismo. Se esfuerza en cada página por enseñarle algo al lector, ya sea el fraude de Los protocolos de los Sabios de Sion o el modo en que insensibiliza tener mucho dinero -"¡más ricos de lo que la avaricia misma puede soñar!"- al igual que lo hace la guerra moderna al piloto de un B-52. Un buen maestro -establece el bueno de Kurt- es aquel que le puede ofrecer un juguete distinto a las mentes de sus discípulos, matemática, astronomía, historia, lo que sea. 
Cunde el pesimismo en el libro, como dijimos. Vonnegut es un desencantado: "El Problema con la Clase Gobernante es que demasiados miembros son imbéciles". Pero tampoco confía en el pueblo llano: "La información es inútil para la mayoría de la gente, excepto como entretenimiento. Si los hechos no te causan gracia ni miedo, ni pueden hacerte rico, al diablo con ellos"... Su nación es una cloaca: "¿Qué podría ser más antiestadounidense que sonar parecido al Sermón de la Montaña".
Pero ofrece un desahogo al atribulado habitante de este planeta arruinado por el plástico y otras formas de contaminación: el arte o el artesanado. Tienen algo en común: ambos fabrican cosas hermosas e imprácticas.
"Este deseo por la vida estética en lugar del capitalismo o el militarismo es el hilo redentor que impulsa la contracultura de Vonnegut", escribió el críticoMatthew Gannon. 
En Hocus Pocus, desliza el novelista su devoción por la secta de Los Librepensadores, una buena gente que "duró muy poco, principalmente de ascendencia alemana que creían que a todas las personas no las espera en la ultratumba otra cosa que dormir" y "que el mejor uso que una persona podía hacer del tiempo que le tocara vivir era mejorar la calidad de vida para todos los miembros de la comunidad".
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Bueno