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viernes, 21 de agosto de 2026

Variaciones Turner

 


Desde los textos fundadores de la primera mitad del siglo XIX, el conflicto principal de la literatura argentina se ha dado entre un nacionalismo excesivo de tipo reactivo y el deslumbramiento -secreto o confesado- por el arte europeo. La descripción, impecable, es de Juan José Saer.

Advierte también el magnífico novelista que esa adhesión a todo lo que proviene de Europa ha sido, felizmente, de naturaleza crítica. Así de peleones somos los argentinos.

Añade, en tercer lugar, que los criollos han demostrado que podemos manejar todos los temas universales sin sus supersticiones, “con una irreverencia que ha tenido consecuencias afortunadas”.

En la trinchera de la intelligentsia europeizante debe ubicarse una novela que el polígrafo Danilo Albero (Mendoza, 1947) compuso hace más de una década.

Variaciones Turner (Editorial Bajo la Luna, 290 páginas, edición 2013) es una de esas joyas poco conocidas de una literatura argentina cuyos mecanismos de promoción, por desgracia para el buen lector, dependen del esnobismo de la academia, los intereses comerciales, el amiguismo de la tribu y la ignorancia diarística. Tenemos aquí un caso similar al de Las Varonesas, de Carlos Catania, o Pretérito perfecto, de Hugo Foguet. Son tres ejemplos de Alta Literatura criolla que urge rescatar.


NOVELA HÍBRIDA


Se trata, pues, de una novela híbrida, posmoderna en su insistencia estética en combinar materiales de diferentes procedencias. Albero ha edificado una catedral de palabras para reflexionar sobre el siglo XIX, una modernidad en que “las líneas maestras eran espléndidas y los detalles sórdidos”. El libro es un alarde de filología, erudición, espíritu curioso y amor al arte.

La trama gira en torno a dos hitos de Gran Bretaña en el cénit de la era imperial. Primero, una obra de Joseph Mallord William Turner, firmada en 1838 (El Combatiente Temerario remolcado a su último fondeadero para ser desguazado); segundo, un transatlántico prodigioso que batió récords (el SS Great Eastern) y condensó su época, aunque fue un pésimo negocio.

En la primera parte, el autor explica su progresivo contacto con esas dos obsesiones; en la segunda, narra el nacimiento, obra y muerte del Gran Oriental, considerado en su momento como la octava maravilla del mundo.

No obstante, reducir la obra a esos dos únicos movimientos sería pecar de reduccionista: todos los capítulos se van ramificando en hermosas direcciones. Da la impresión de que la pintura y el barco son solo el pretexto del autor para expresar su asombro, su perplejidad, ante el encanto de las historias decimonónicas y de su propia experiencia libresca. Siempre tiene algo sensato que decir sobre decenas de temas relevantes, desde el ecosistema de las palabras hasta la desdichada Carga de la Brigada Ligera.

Como César Aira -otro notable estilista-, Albero prefiere exponer sus cartas ante el lector, es decir, detallar sus herramientas de trabajo. Página 51:

 "Resolví refugiarme en una figura retórica, la amplificatio, a la cual Curtius define como el desarrollo de un tema exponiéndolo desde diferentes aspectos y puntos de vista, recurriendo a diversos procedimientos, entre ellos la digresión y la acumulación".


DOS TURBINAS


Así las cosas, hay dos turbinas que elevan el texto al Parnaso: un yo ubicuo (el libro, en parte, son unas supuestas memorias) y la narración histórica a lo Hobsbawm (Danilo admite que un amigo editor le ha reprochado esa influencia demasiado notoria).

Todo esto, bruñido con un virtuosismo de la cita y en la elección de personajes excepcionales y datos sugerentes. El conjunto no carece de poética.

Albero es, además, un fino humorista, al que le gusta juguetear con palabras y conceptos. Un irreverente que llega a comparar la literatura con las prostitutas. Dice, en la página 25, que todo relato es una burda imitación de la mal llamada "profesión más antigua del mundo", pues si no seduce con sus insinuaciones y movimientos procaces, de entrada no hay trato con el cliente, es decir, con el lector.

La técnica de combinar memoria personal e investigación del pasado recuerda, por supuesto, a Emmanuel Carrère, aunque en el caso del argentino el mapa de conexiones es más denso.

De todos modos, la novela entera bien podría ser una broma fenomenal. El autor nos lo advierte parafraseando a un colega estadounidense que algo de camino en las bellas letras ha recorrido: “Si para Mark Twain existen tres clases de mentiras -las mentiras, las mentiras abominables y las estadísticas-, bien se puede inferir que también existen otras tres: las mentiras, las mentiras abominables y las mentiras sustentadas en fuentes documentales”.

Si así fuera, sería la clásica chanza borgeana.

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno






lunes, 27 de abril de 2026

Hipervínculos


Nacimos en un andurrial del mundo: el Extremo Occidente, según la visión del profesor Samuel Huntington. La Provindencia nos condenó a la frustración económica y la bobería política, estamos tentados de pensar. Pero algunas almas sensibles se han revelado contra la mediocridad provinciana que inevitablemente causa el aislamiento y el subdesarrollo. Su Acto como Proyecto -en el sentido sartreano- es el del titán Atlas: cargar el mundo sobre sus espaldas. Como alguna vez conjeturó Borges, el derecho del intelectual argentino es asimilar y procesar un aluvión de culturas foráneas para crear arte y comentario desde nuestra peculiar cosmovisión, sin la fastidiosa carga del color local. A la estirpe dorada de los universalistas, pertenece el librero y escritor Danilo Albero.

Durante años y con la dedicación amorosa del orfebre, Albero escribió notas semanales en su página web. Las mejores fueron reunidas en un libro que aquí venimos a recomendar. Hipervínculos (Editorial Hugo Benjamín 255 páginas) es una fiesta de erudición y belleza.

El título, desde ya, invoca el nexo -resaltado o subrayado en azul- que en la Internet nos remite a otros datos. Al Señor Albero le encanta unir puntos, cruzar fronteras, explorar tradiciones, deconstruir influencias, saltar de una expresión artística a otra (de la literatura a la fotografía, a la historieta, a la pintura, al cine, a la música...) “de manera azarosa como el fluir de la conciencia de Joyce”, explica en una especie de autopresentación. El procedimiento narrativo tiene esa virtud, como enseñó Stevenson, sin la cual todas las demas son inútiles: el encanto.


La erótica de la obra proviene de cuatro diosas que soplan al oído de Albero:

a) Didáctica: Cada uno de los textos deja algo al lector curioso. El autor es un virtuoso de la cita y de la anécdota; un estudioso del diccionario y la enciclopedia. Obra también como maestro de lecturas y cicerone de museos.

b) Filología: Albero se mueve como pez en el agua en el universo de los significados y la musicalidad de las palabras. Es una de esas personas a las que conmueven los vocablos raros y escogidos; los arcaísmos y los neologismos como “nomofobia”, el miedo irracional a estar sin el teléfono móvil, sin conexión a internet o sin carga de batería. Naturalmente la etimología es otra de sus pasiones.

c) Elegancia: Siempre algo de la prosa hay que decir. La escritura de Alberto combina claridad con finura. La forma está a la altura del contenido.

d) Pertinencia: La temática de libro aborda cuestiones trascendentes como los efectos de la cuarentena interminable por el covid, las fuentes de insipiración del escritor o la posverdad (existen cinco clases de fakes news al parecer: mentira pura, mentira por la estructura, furia selectiva, apelación emotiva, retractación oculta). Pero también se salpimenta con comentarios sobre asuntos de bajo calado como la preparación del Dry Martini en Estados Unidos o las parafilias de grandes escritores, caso el fetichismo de José Mármol con los pies. Muy interesantes, además, son las evocación de diálogos del autor con Fogwill y María Kodama.  
   

EL HILO DORADO


Si hay un hilo dorado que caracteriza al libro es el gusto del autor por los clásicos, un concepto artístico que empuña de una manera muy amplia, desde Homero hasta Ian Fleming. Nos regala, incluso una bellísima definición de Italo Calvino: 

”...clásico es el libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”.

La obra, finalmente, es un bálsamo por dos razones. En primer lugar, por la colosal cantidad de conocimientos que pone en juego, justamente en una era en la que la norma camina por la vereda de enfrente: la de la superficialidad, la ignorancia celebrada y lo inane. En segundo lugar, Albero presenta batalla a ciertas pestes contemporáneas que tantas obras y personalidades valiosas han estragado, como la corrección política o las denuncias alocadas de apropiación cultural.

Volvamos al principio. En el prólogo, Vicente Battista, define a Danilo Albero como una Rara Avis y lo emparenta con Sarmiento, Macedonio, Cortazar, Borges y Bioy. La estirpe, como decíamos, de aquellos creadores argentinos a los que nada de la excelencia occidental les resulta ajeno.

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

sábado, 13 de diciembre de 2025

Con premeditación y alevosía


Si no conectas con los cuentos es que no estás leyendo los apropiados
, sentenció Samanta Schweblin días atrás en una entrevista con la agencia EFE. La frase de esa gran cuentista argentina, radicada en Berlín desde hace 13 años, no sólo es bella también es precisa. El cuento es una forma consustancial a la naturaleza humana (la novela siempre será el divertimento de una élite); nos conecta con las narraciones escuchadas con deleite o con pavor al calor de una lumbre en una cueva. La brevedad torna esencial a la historia (¿a quién no le gusta que le relaten una buena historia?) y magnifica la belleza -o la flaqueza- de una prosa. Aquí venimos, pues a elogiar una recopilación de cuentos.

Con premeditación y alevosía (Editorial Luvina, 249 páginas) es el fruto de una vida dedicada a las letras. El lector del diario La Prensa conoce a Fernando Sorrentino (Buenos Aires, 1942). Su talento ennoblece dos columnas: Acuarelas porteñas” y “La belleza de los libros”. Ambos títulos resumen rasgos primordiales de su obra de ficción.

El profesor Sorrentino reunió veintidós cuentos publicados aquí y allá. El hilo dorado de la composición -advierte al principio- es "el placer de fabular". Así se explica: 

"Confieso mi aversión hacia los relatos ‘filosóficos’ y o 'psicológicos', y mi devoción por los hechos curiosos, extraños, insólitos, fantásticos..., y por toda combinación que pueda hacerse de estas características. Desde mi más tierna edad me ha encantado que me cuenten historias con peripecias y pormenores, y que esas historias sean interesantes en el sentido más cabal de la palabra: que interesen, que no aburran".

El volumen, aunque desparejo, alcanza cimas luminosas, en especial en los textos más largos. Es el caso de Cuaderno del ingeniero Sismondi. La influencia de Kafka es notoria. El autor concibe una pesadilla de seis kilómetros cuadrados llamada República Autónoma. Ni se le ocurra visitarla.

RIQUEZA CREATIVA

Sorrentino, destacado polígrafo, exhibe riqueza creativa. En general, demuestra una gran ductilidad, como esos mediocampistas que le encantan a Lionel Scaloni. Sabe darle voz a un loco (Carta a Graciela Conforte de Sicardi, En espera de una definición) y a una mujer pedante (El poder de la palabra). Sabe introducir con delicadeza el elemento fantástico (Cosas de vieja, La biblioteca de Mabel). Sabe retratar la fauna arquetípica de la oficina (Crimen y castigo).

Otro punto alto del libro es la evocación de un pasado feliz, casi idílico, cuando el hoy presumido Palermo Hollywood era un barrio "grisáceo y pobre" y los pibes jugaban a la pelota en los lindes de Colegiales (Con la de palo, El conde, Panceta, Homo Fabulator). Debería el autor emprender lo que promete en la página 215: escribir una mitología de la calle Costa Rica.

Otro rasgo de plasticidad que debe mencionarse es el manejo del absurdo. En algún punto, Sorrentino parece ser un continuador de Macedonio Fernández. Inventó lagartijas que juegan al fútbol, corderos vengadores, escorpiones pensantes, ranforrincos que evolucionan desde el caucho. Imaginó que un canalla adinerado es devorado por gatos; imaginó la obsesión fatal de un comerciante español de la avenida Cabildo. Los reyes de la fiesta es el único cuento desagradable: debió ser sutil, pero erró el camino y se degradó en grotesco repugnante.

Del estilo siempre hay algo que decir. Elegancia es un sustantivo que le sienta muy bien a Sorrentino. Es un artesano de la palabra justa, un rescatista del vocablo que no debería haber caído en desuso. Nos persuade de que los arcaísmos ceremoniosos suenan bien en el siglo XXI. Las frases, por cierto, fluyen sin esfuerzo.

El escritor advierte al final sobre la futilidad de buscar simbolismos en sus fábulas más raras. Coincidimos en este punto. He aquí uno de esos libros en los que conviene abandonarse al goce de la lectura.

 Guillermo Belcore

Calificación: Bueno


jueves, 11 de septiembre de 2025

El arqueólogo


Por César Aira

Blatt & Ríos. Novela. 104 páginas


César Aira ha publicado su novela número diez a la décimo quinta potencia. Usamos una cifra aproximada porque nadie conoce en realidad cuántas obras ha entregado a la imprenta durante el último medio siglo el vate de Pringles. Ni siquiera la Inteligencia Artificial, nuestros próximos amos. Como el fiel lector de este blog sabe, Aira es el escritor más prolífico, desafiante y discutido de América Latina. ¿Genial? Bueno, talento artístico le sobra, de hecho se lo menciona todos los años para el Nobel de Literatura, pero definitivamente sus criaturas infinitesimales no son para toda clase de público.

El arqueólogo se ciñe, con voluntad de hierro, al procedimiento que ha hecho famoso al literato. Es una nouvelle chispeante, cómica por momentos, dispatarada en su rumbo, que carece de aquello que llamamos trama. La sintaxis es perfecta y el vocabulario tiene la precisión de una academia prusiana.

El protagonista es el arqueólogo más famoso de Moldavia. Le ha llegado del momento de la jubilación, y como a tantos hombres valiosos, se le han fundido la inspiración, las ganas y el temple para seguir desenterrando el pasado.


REFLEXIONES

Desde ese punto de partida, el texto va hilvanando reflexiones sabrosas sobre el arte de la arqueología, la senectud (Aira cumplió 76 años), las mujeres, la sociedad en general y las fronteras permeables entre sueño y realidad. Los cazadores de citas no se verán decepcionados. Mire qué bonita ésta: 

"... creer siempre enriquece la vida, así fuere con mentiras..."

Naturalmente, la historia puede ser leída, en parte, como una alegoría. El arqueólogo es Aira: "...gratuito, frívolo, elitista...". Moldavia es la Argentina;: "... inclemente, que con su voracidad fiscal y su administración desmemoriada impide el progreso colectivo tanto como la realización personal.". Y la Ciocana, su barrio de Flores: "... no le llega nunca al turno, condenado a perpetuidad al gris de clase media colectivista, que es la peor especie de clase media, no ofrece ocasiones de gasto para un hombre con gusto".

Tal como acostumbra, el autor no deja pasar ocasión para reivindicar sus tretas literarias. En la página 53 pone en boca de una salamandra parlante (Aira es una gran cultor de la escena inverosímil) una reinvindicación de esa premisa que Nietzsche acuñó para los artistas: Hay que danzar sobre la superficie de las cosas.

Sentencia el bicho: 

"...muchos humanos han hecho de la palabra ‘superficial’ un sinónimo de poco valor. Yo prefiero mil veces el encanto ligero de un hombre superficial a la pedantería insoportable de los profundos. ¿Además es tan difícil ver que en la superficie es donde está toda la belleza del mundo, donde se asientan los bosques y los lagos, las montañas y las ciudades...".

Como todo hay que decirlo, Aira confunde en este pasaje una salamandra (anfibio), con una lagartija (reptil); usa ambos vocablos como sinónimos y llega a decir que las salamandras provienen del desierto. Más adelante, ubica tigres en Zanzíbar. Definitivamente, la zoología no es lo suyo.

Minucias al margen, el libro es ameno (lo que nunca es poco) y uno se lleva un puñado de nociones valiosas para el carcaj intelectual, pero queda el regusto a poco que provoca casi toda la producción aireana. Es un libro ideal para la grey y para aquél neófito que desee empezar a incursionar en la obra de unos pocos escritores esenciales de la Patria.

A lo largo de su carrera, Aira ha evitado las entrevistas, las definiciones ideológicas, las poses políticas, las exhibiciones mundanas, la promoción de mediocres; es decir, renunció a toda esa panoplia de baratijas a las que son tan afectos colegas que no le llegan ni a los talones. Una decisión inteligentísima, basada en la "elegancia moral".

Al final del libro, Aira rescata el consejo de Epicuro: "Vive oculto". Como el arqueólogo de la ficción, al escritor la celebridad le ha venido por añadidura, por la calidad de su trabajo.

Guillermo Belcore

miércoles, 4 de septiembre de 2024

Borges, una vida

 


Hace unos días elogiábamos en este blog (1) un ejercicio de historia contrafáctica elaborado por Don Rosendo Fraga. En ¿Que hubiera pasado si... (II Parte), el investigador conjeturaba sobre la muerte en la batalla de Curupayty del coronel Francisco Borges. En ese caso, la humanidad sería más pobre, pues la Argentina seguramente nunca hubiera alcanzado la cima de la literatura en español. Era el abuelo de Jorge Luis Borges.


Sigamos jugando a las ucronías. ¿Qué hubiera pasado si la propuesta de matrimonio de nuestro mejor escritor no hubiera sido repudiada en 1927 por el amor de su vida, la leve y fervorosa (“como bandera que se realiza en el viento”) Norah Lange? Un Borges felizmente casado, con -digamos- cinco hijos, aburguesado, es probable que hubiese visto mutilada su sublime capacidad creativa. O, mejor dicho, desviada hacia algún callejón sin salidas magníficas, como cultivando un criollismo novelero. Es la deducción inevitable que se desprende de la colosal biografía Borges, una vida (Seix Barral, 640 páginas) del historiador Edwin Williamson (Edimburgo, 1949), trabajo que hoy venimos a recomendar.


La biografía, que fue entregada a la imprenta en 2004, incurre casi en una herejía. Somete la obra borgeana a un análisis psicosexual, un procedimiento fatigoso que desluce la monumental acumulación de documentos, testimonios y citas. Llega a la conclusión -ay- que el vaivén estilístico y conceptual de sus cuentos y poemas “entre Whitman y Kafka dependía en última instancia de la aceptación o rechazo de las muchas diosas que cortejó” a lo largo de su vida aquel hombre, al que describe como regordete y bastante alto, con rostro pálido y mofletudo, e insalvable complejo de Edipo, al que la fama internacional lo besó en los labios después de los sesenta años. Qué audacia, ¿no?


La novela -perdón, la biografía- de Williamson recibió a principios de siglo unánime aplauso de la crítica extranjera, pero recibió reparos de intelectuales argentinos. Vargas Llosa se deshizo en elogios. Polémicas al margen, digamos al lector de este blog combativo que se trata de un trabajo exhaustivo, fruto de nueve años de minuciosa investigación. Inspira respeto. Contiene cien terabites de información, datos y anécdotas, algunas muy divertidas como la pelea a puñetazos entre Borges y Enrique González Tuñón, porque este plumífero lo había acusado de bujarrón en un epigrama publicado en la revista Martín Fierro.


Aunque interesante, el juego dialéctico entre experiencia y escritura que propone Williamson fracasa en un punto, que se enuncia en el prólogo. No multiplica las posibilidades de lectura de los magníficos textos borgeanos. ‘El jardín de los senderos que se bifurcan’ o ‘El reloj de arena’, por citar dos gemas, son orbes autónomos, como deseaba su autor. Puros objetos de belleza, inmunes al análisis “folclórico, telúrico o vinculado a la historia literaria o a las disciplinas o estadísticas sociológicas”, por usar las propias palabras del literato.


Más fructífero, quizás, es el recuento de operaciones ideológicas de Borges. El biógrafo destroza un mito de los izquierdistas desinformados: nunca se encerró en una torre de marfil. Al contrario, fue un intelectual público durante toda su vida: temprana simpatía por los bolcheviques, militancia yrigoyenista, corajuda lucha antifascista, antiperonismo acérrimo, afiliado al Partido Conservador en los sesenta, apoyo a las dictaduras militares una década después para escandalizar a la progresía (le costó el Premio Nobel), pacifista por desilusión con la espada al final de su vida. Qué hombre.


Hace más de cuarenta años, Emil Cioran le escribió a Fernando Savater una carta famosa titulada El último delicado (2). Así terminaba:


“Borges podría convertirse en el símbolo de una humanidad sin dogmas ni sistemas, y si existe una utopía a la cual yo me adheriría con gusto, sería aquella en la que todo el mundo le imitaría a él, a uno de los espíritus menos graves que han existido, al último delicado”.


Uno se va del libro exhausto, amando aún más al sujeto de estudio y con una conclusión firme. La vida de Jorge Luis Borges escrita por Edwin Williamson es una obra fundamental y clave, a pesar de sus abusos freudianos. "Definitiva" es un adjetivo que, a fin y cabo, no le sienta mal.

Guillermo Belcore


Calificación: Muy bueno

 (1) https://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2024/08/las-ucronias-de-rosendo-fraga-ii-parte.html


(2) https://borgestodoelanio.blogspot.com/2014/02/e-m-cioran-borges-el-ultimo-delicado.html

domingo, 25 de febrero de 2024

El mamífero que ríe


El mamífero que ríe

Gustavo Ferreyra

215 páginas. Ediciones Godot


Desde que la humanidad leyó arrobada las andanzas de un hildalgo de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor, quedó establecido que en una novela deben “pasar cosas”. Claro, esta magnífica especie literaria ha ido mutado y hoy puede que nos atrape el acabado de los personajes, la profundidad de la mirada, la belleza del estilo o cierta originalidad… Pero cuando estos vectores de la potencia estética brillan por su ausencia y al mismo tiempo no pasa prácticamente nada, la novela se instala definitivamente en un lecho de tedio e insustancialidad.


Es una conclusión que deriva de la lectura de la obra más reciente de Gustavo Ferreyra, autor de vasta y reconocida trayectoria, de hecho se trata de su novela número once. El mamífero que ríe desarrolla un procedimiento que parece ser la seña de identidad del autor: el soliloquio de un chiflado.


En este caso, leemos los razonamientos desquiciados de Ricardo, psicólogo de profesión, anarquista borgeano, antikirchnerista recalcitrante (este rasgo es importante), separado con dos hijos pequeños, de claras ideas racistas, con cierta tendencia asesina y pederasta en potencia, enfermo de deseo por su empleada doméstica, Ceferina, la Paraguaya.


Ricardo quiere ser un Zarathustra, la bestia rubia nietzscheana, pero no es más que un pobre tipo, con panza y 42 años que malvive con la consulta en su casa. Al principio, nos enteramos que el pelafustán ha encontrado su epifanía en Puerto Madryn, con la observación de una colonia de lobos marinos. Ve en los machos una suerte de pináculo, “la masculinidad con un vigor esplendente”, en contraste con una represión moderna que siente que lo ha castrado a él y a sus pares. “La civilización es femenina, toda la maldita cultura es femenina”, razona ofuscado. Nada del otro mundo. Es sólo otro auténtico reaccionario por sublimación de sus problemas con las mujeres.


A MEDIAS

La sublime mamifidad es el eje del relato. Pero es un eje que viene y va y se termina difumando. He aquí uno de los inconvenientes del libro. Todo se hizo a medias, como si el autor hubiera temido dar un pasó más allá para adentrarse en lo singular. Por ejemplo, Ricardo decide conocer al marido de Ceferina, un carnicero medio ciego que trabaja en un supermercado chino de Villa Urquiza. Le compra unos bifes de costilla, no pasa nada. Puede que la anécdota sirva para ilustrar el carácter irresoluto del protagonista, pero un narrador experimentado y competente como Ferreyra debe saber que al lector no se lo deja con hambre.


Da la impresión que las peripecias del psicólogo para no perder clientes, para lidiar con su malvada hermana, con su esposa tipo matrona y con sus vecinos que ocultan algo y para llevarse a la cama a su mucama son asuntos secundarios. Es posible que lo que Ferreyra haya querido construir -sobre cualquier otro deseo- sea una formidable máquina de opinar. Sobre todo para dejar establecido su ideario político en el que puede que se entremezclen las convicciones propias como las concesiones al público progresista, seguramente el grueso de sus lectores.


Relucen aquí y allá algunas ideas inteligentes. Como ésta: “No existen hijos rebeldes, sido modos distintos de hacer las mismas cosas”. Pero las consignas políticas no van más allá del cliché. Macri y Trump son “estúpidos”. Carrió es “una protuberancia de Clarín”. Los intelectuales ‘progres’ son un hato de bienhechores. Cristina se ha empeñado en “que los perdedores no pierdan tanto”. La clase media argentina es una calamidad. Página 84: “A diferencia de la moral media del norteamericano: duro con los demás y consigo mismo, el clasemediero argentino es de moralidad completamente señoral: duro con los demás, blando y autoindulgente al extremo consigo mismo”.


La historia que, ¡ay!, nunca llega a ningún lado -el final es tan decepcionante como el resto- se articula en capítulos mensuales de más o menos diez páginas entre enero de 2018 y julio de 2019. Sostiene Ferreyra que el macrismo fue un desastre. Al mismo tiempo, hilvana una de las más desembozadas y entusiastas reivindicaciones de Cristina Kirchner que se puedan encontrar en la literatura argentinaLos que odian son locos malévolos como Ricardo, incluso perversos sexuales. Aquellos que la incomodaron, como Stornelli o el difunto Bonadío, son canallas de primera categoría. Hasta el Plan Qunita ensalza Ferreyra.


El batidor de justa -esa institución porteña- nunca se detiene. Entregada a la imprenta en 2022, Ferreyra también tiene algo que decir sobre la guerra en Medio Oriente, aunque no venga a cuento en la trama. En la página 20, conjetura que los soldados israelíes no parecen humanos, “a lo sumo una combinación de carnes con maquinarias”, como Robocop. Y los parangona con las hordas de Hitler, un lugar común atroz de nuestros intelectuales: ...”buscan transmitir con sus uniformes lo mismo que los nazis: ¡atenti!, que no somos humanos”.

Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento Cultura de La Prensa


Calificación: Regular

PD: Aquí comentamos otras dos obras del Sr. Ferreyra:


miércoles, 10 de enero de 2024

La ola que lee


 La compilación de relatos y artículos periodísticos no ha cosechado aún la gratitud que merece
. Es injusto. Hay volúmenes que son auténticas obras de arte. No resulta difícil señalar ejemplos: Textos recobrados, de Jorge Luis Borges; George Steiner en The New Yorker; Mea Cuba, antes y después, de Guillermo Cabrera Infante; Maestro de ceremonias de G.K. Chesterton.


El sello Random House ha publicado otro compendio cuya calidad es pareja a los casos mencionados. Involucra a uno de los mejores escritores argentinos; el único que ha elaborado una teoría de la novela para justificar su caudalosa empresa. La ola que lee se titula el libro que hoy queremos recomendar. Atesora escritos de César Aira (Pringles, 1941) publicados entre 1981 y 2010.


El volumen es el fruto del trabajo muy competente de la socióloga María Belén Riveiro. Le cedemos la palabra: 

"Los textos que se transcriben a continuación nos permiten descubrir autores y libros, releer a aquellos que ya conocemos con el tamiz de la mirada de Aira, explorar los debates de cada época, así como conocer desde otros registros su obra".


MAESTRO DE LECTURAS


La señora Riveiro tiene razón. Aira es un formidable maestro de lecturas. Despierta el apetito. Por leer o releer a Cortazar, a Arlt, a Puig, a Copi, a Laiseca, a Saer, a Kafka, a Gombrowicz (pero no a Katchadjian), a Walter de la Mare, cuya obra Memorias de una enana, empalma con uno de los fetiches de la literatura airana: las miniaturas.


Es menester advertir que, como todo comentarista talentoso, Aira no renuncia a la arbitrariedad e incluso al disparate. Llega a decir que nadie debería considerar a Vargas Llosa o a Alejo Carpentier grandes escritores. O que "la novela larga no es arte, es consumo". Las aporías de Aira son deliciosas; y el resto de su producción crítica a menudo da en el blanco. Hay una poderosa reivindicación de la literatura brasileña; y una demoledora descripción del estado de la novela argentina de 1981, con argumentos sociológicos que aún hoy pueden explicar nuestra indigencia creativa.


Por desgracia, los narradores argentinos se ven obligados a escribir en sus ratos de ocio. Establece Aira que el novelista debe comprometerse en serio, sin cálculos ni ironías, con la literatura. Debe jugarse por un proyecto artístico, por un método, incluso. Que es lo que él hizo; lo prueban sus más de cien libritos regidos por un guante de acero al tungsteno que en sus intervenciones periodísticas se ha empeñado en defender.


Podríamos sostener entonces que las reflexiones metafísicas sobre el arte de narrar son otra de las riquezas del libro. Mostrando (o fingiendo) el fervor de los creyentes, Aira sostiene que lanzarse a la aventura de escribir sólo se justifica por la intención de inventar de nuevo la literatura sobre fórmulas desconocidas. Sin la calidad de nuevo, la obra de arte se queda en artesanía, que puede llegar a ser aceptable pero su propósito último no pasa más que por complacer a un público satisfecho, a un consumidor. El creador de paradigmas no necesita ser bueno, avisa incluso (¿y se justifica?).


El creador "si se limita a usar un lenguaje ya inventado no es arte de verdad o, al menos, no se ajusta a la definición más exigente de arte", dispara en la página doscientos treinta y nueve. El vate de Pringles se ha tomado el trabajo de usar revistas y diarios (extranjeros o del interior de la Argentina) para desarrollar repetida, variada e interminablemente su peculiar teoría que le ha dado prestigio y polémica: 

"La literatura debe ser extremista...;  ...la libertad hace al escritor...;  ...los géneros no tienen más función para el escritor que darle algo para abandonar...;  ...la voluntad de preservar el statu quo resulta esencialmente antiliterario...; ...toda gran obra literaria es un experiencia con el estilo; ...la buena literatura vive al borde del fiasco...". 

Y así hasta el final. Uno termina casi convencido, hasta el momento que recuerda la enorme cantidad de novelas esenciales que no pasarían por el ojo de la aguja airana.


Con humoradas, Aira pide no ser juzgado por La Liebre (su mejor novela), o por La guerra de los gimnasios, o por cualquiera de esas dos o tres nouvelles automáticas que compone año tras año: 

"Me espanta que me juzguen por mis libros. Me siento vagamente insultado, siento el riesgo de una mutilación, cuando alguien se toma en serio algún libro mío. Querría prevenirlo contra ese error, y no encuentro otro modo de hacerlo que publicando un libro más...".


Quiere que lo juzguen por su método. "Preferiría que vieran en mí un procedimiento, como lo veo en mi amado Raymond Roussell". Y aquí llegamos al tema feraz de las influencias. Podría decirse que la literatura airana que tantos fanáticos, discípulos y detractores ha generado es el penúltimo campanazo de la broma surrealista o del dadá. Es "el reblandecimiento daliniano de los relojes".


"He llegado a no corregir nada, a dejar todo tal como sale, a la completa improvisación definitiva", asegura el único escritor argentino que se menciona todos los años para el Nobel. ¿Podemos creerle? Hace unos años, Elvio Gandolfo estableció para siempre esta duda existencial: “El método Aira sería el del viejísimo ¿es o se hace?". Tampoco podemos tomar en serio su profesión de fe marxista de la página ciento ochenta y dos. Es un especulador que cultiva con fruición y destreza la paradoja y la broma. "El escritor debe ser enigmático y abierto a interpretaciones", afirma.


LA FELICIDAD

A esta altura, uno debería preguntarse cuál es la apuesta estética de ese sistema general. Cuál es la felicidad que causa ("felicidad" es una palabra muy usada por Aira cuando opina sobre literatura). La dicha del instante, de la escena, de la pincelada. La literatura debe ser la "eternización de un momento de felicidad". Pero debe ser literatura pequeña, insiste: "...en los géneros breves no se escribe para ocupar el tiempo del lector, como en la novela, sino para ocupar su inteligencia. Y eso puede ser cuestión de un instante, o mejor dicho siempre lo es. Cuanto más breve, más eficaz".


La grey airana quedará absolutamente saciada con esta obra. A quienes nos gustan algunas novelitas de Aira pero la mayoría no, también disfrutamos una inteligencia superior, una prosa refinada, un juego de ideas cautivante.  La ola que lee -como intentamos transmitir- es un libro de muchas felicidades. Como aquel párrafo de la página cincuenta y cuatro que consagra las obras de José Bianco. Es probable que nadie lo haya hecho mejor. El diccionario de autores latinoamericanos, por cierto, sigue siendo la obra maestra de Aira.

Guillermo Belcore

Publicado en el diario La Prensa


Calificación: Excelente

domingo, 20 de agosto de 2023

Todo es soneto


De entre toda la diversidad de la poesía en verso cabe destacar una forma, una especie única, por su solidez y belleza. Si hubiera que destacar una sola forma poética de la literatura occidental, elegiríamos el soneto, escribió el estudioso
Eduardo Madrid Cobos. Su origen es italiano. La especie, que consta de catorce líneas, parece haberse originado en el siglo XIII entre la escuela siciliana de poetas de la corte, que fueron influenciados por la poesía amorosa de los trovadores provenzales, arriesga la Enciclopedia Británica.


Otras fuentes atribuyen la invención a Giacomo Da Lentini, también llamado Jacopo Da Lentini, notario en la corte del emperador Federico II del Sacro Imperio Romano Germánico. Festejado en vida, fue aclamado como maestro por los poetas de la siguiente generación, incluido Dante, quien lo recordó en el Purgatorio (XXIV, 55–57).


El crítico y matemático Carlo Frabetti ha conjeturado:

 "El extraordinario éxito del soneto se debe, en buena medida, a su estructura dramática, que lo hace especialmente idóneo para expresar, de forma tan intensa como sucinta, el eterno drama de la pasión, tanto de la espiritual como de la carnal".


En España, los dos cuartetos seguidos de dos tercetos se aclimataron firmemente en el siglo XV y alcanzaron su máximo esplendor en el Siglo de Oro (a Lope de Vega se le atribuyen 3.000 piezas). En nuestras tierras aparecieron dos siglos después y se multiplicaron como el ganado en la "pánica llanura interminable". El poeta colombiano José María Rojas Garrido (1824-1883) ha sentenciado que "la vida es soneto". Lo dijo en un soneto, claro está:


"Hizo Lope de Vega un buen soneto

sin decir nada, de orden Violante;

y así es la vida: en el primero cuarteto

canta la juventud saliendo avante.


En la edad varonil, el hombre inquieto

que lucha en pos del bien, rima incesante

pensando, iluso, conseguir su objeto

y es una octava el porvenir brillante.


Llega la ancianidad y el gran sujeto

de tanta inspiración surge triunfante:

¡es la muerte que asoma en el terceto!

 

Da la vida el reflejo agonizante

y el final de la estrofa es un secreto...

De la cuna al sepulcro es consonante".


El soneto no sólo ha conservado su encanto para los mejores poetas del español durante cinco siglos. También atrajo a los eruditos. En un momento de su vida, Fernando Sorrentino concibió una tarea colosal y quijotesca que merecería ser elogiada en un cuento de Borges: "Compilar una especie de repertorio total de sonetos argentinos". Pronto se dio cuenta que era imposible, pero por varias razones.


Con el fervor de un coleccionista reunió 800 de estas piezas, casi todas magníficas. Llegan hasta 1952 por la delicada cuestión de los derechos de autor. Y -según su propia confesión- gran parte del tiempo invertido en su trabajo fue para averiguar las fechas de nacimiento y de muerte de sus autores.


De aquel total, 300 fueron atesorados en un libro que aquí queremos recomendar: 300 Sonetos por 70 poetas argentinos. De Luis de Tejeda a Ana María Choouhy Aguirre (Losada, 319 páginas, edición 2022). Aquel que se interesa en la poesía y en nuestro acervo cultural no debería ignorar este volumen. Sorrentino -cuentista, ensayista, entrevistador y destacadísimo columnista del diario La Prensa- ha realizado un trabajo formidable.


El repertorio es muy valioso. Arranca en tiempos de la colonia. Ya por entonces, al parecer, había intelectuales lamebotas del poder, una plaga que tendemos a pensar como característica de nuestros tiempos degradados. Juan Baltazar Maciel (1727-1809) llama a Pedro de Ceballos "hijo de Minerva, que la egida (NR: sin acento) blandió mejor que Ulises y Teseo". El soneto al virrey fue motivado por haber frustrado los planes de los arteros portugueses de apoderarse de Colonia de Sacramento.


Entre los prohombres de Mayo, el laborioso Sorrentino ha encontrado una gema. Domingo de Azcuénaga (1758-1821), hermano del vocal de la Primera Junta y primer fabulista de la Patria, atiza al censor de Buenos Aires. Es probable que el remate del poema nunca pierda vigencia por estos lares:


"porque todos sabemos que hay criollos

que se ponen a hacer papel de gallos

sin que puedan hacer papel de criollos".


El último terceto de “A la Ciudad de Buenos Aires” de Fray Cayetano José Rodríguez (1761-1823) también parece haberse escrito hoy a la mañana:


"Los viles sobre ti cantan victorias

y por despojos sólo te han quedado

de tu antiguo esplendor tristes memorias".


Naturalmente, los próceres, los símbolos patrios, los valientes como Quiroga, ciertas almas modélicas de la Iglesia y la Literatura han sido celebrados por la pluma entintada "con vático furor". Vicente López y Planes (1785-1856) compuso el “Soneto elegíaco a la muerte del general Manuel Belgrano”, quien "formó el universo de la nada". Dígame, con una mano en el corazón, si la última invocación del autor del Himno Nacional no es aún relevante:


"¡Compatriotas! ¿Oísteis? ¿Qué dudamos?:

imitando a Belgrano nos salvamos.


DOBLE JUEGO


Hay un par de juegos muy interesantes en el libro. El primero es el vaivén entre el clasicismo y la poesía atorrante que propone el lunfardo. Por ejemplo, entre Gabriel Alejandro Real de Azúa (1803-1889) que venera la dulzura de Petrarca, la constancia de Epitecto, la bondad de Antonino... y Yacaré (1889-1929) que le canta al curdelón de fonda "rey de los grapines", al pechador "tigre viejo en la manga", y a un par de "rechiflaos por una mina... que buscaron verse frente a frente pa' arreglar el asunto en una esquina".


Como siempre ocurre, la variedad temática y la calidad del volumen delatan las cualidades del seleccionador. El lector de La Prensa ya conoce el ingenio, el amor al detalle y la seriedad de Sorrentino que honra ese diario con las columnas “Acuarelas porteñas” y “La belleza de los libros”. Aquí dedica idéntica atención amorosa al consagrado y al poeta ignoto. Están Lugones, Almafuerte, Storni, Carriego y Leopoldo Díaz. Pero también los poco conocidos. Como Claudio Mamerto Cuenca (1812-1852), doctor y poeta que un mercenario español, al servicio de Urquiza, lo mató a sablazos durante la batalla de Caseros por querer proteger a los heridos de un hospital de campaña.


Cuenca nos hace reír a carcajadas con “Inés”. Resulta que Favonio descubre, en el "lecho apetecido", que no sólo todas las redondeces de su amada son falsas sino que también usa dentadura postiza y peluca. ¡Pobre Favonio!


También nos causan gracia los torpes intentos de una de las glorias de nuestra literatura para componer literatura erótica. Qué puede decirse de esta estrofa, además de que causa ternura por ser lamentable:


"Abrióse con erótica eficacia

tu enagua de surá, y el viejo banco

sintió gemir sobre tu altivo flanco

el vigor de mi torva aristocracia".


El peor Leopoldo Lugones tenía otro vicio que a Borges irritaba. El berretín de querer escribir con todo el diccionario por culpa de su empeño en querer ser original. ¿A quién se le ocurre usar "crisoberilo" y "plinto" en un poema sentimental? Son menudencias, claro está. Creemos que nadie puede discutir, seriamente, que Lugones sea un gran poeta.


Una última curiosidad. En “A la América”, Don Bartolomé Mitre comparó las gestas de nuestra independencia con los trajines de Iván Stepánovich Mazepa, un noble cosaco que en el siglo XVIII luchó por restablecer la independencia de Ucrania frente al dominio de Rusia. Vea usted que la gesta de Volodomir Zelensky, ese conmovedor héroe de nuestro tiempo, viene de muy lejos.


Al final de este libro maravilloso, uno no puede dejar de preguntarse: ¿Siguen escribiendo sonetos los líricos de nuestro tiempo? A priori, podemos suponer que los espléndidos rigores de la rima y de la métrica no se llevan bien con la flojera de la Generación del Milenio.

Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento Cultura del diario La Prensa.


Calificación: Muy bueno

sábado, 3 de diciembre de 2022

El pintadedos


Santa Fe de la Vera Cruz encierra un secreto. Un secreto que, afortunadamente, está saliendo a la luz. Es el hogar de uno de los mejores escritores vivos; Carlos Catania (1932) se llama. Este blog algo contribuyó para que se reimprimiera en 2013 Las Varonesas, su primera novela (1). Ahora, la Universidad del Litoral y el sello Serapis -con el mecenazgo del gobierno provincial- rescatan la segunda novela de Catania. Bien, por ellos. El pintadedos (404 páginas) es otra obra extraordinaria, ubérrima en forma y contenido; ambiciosa y desmesurada en el mejor sentido de ambos términos, en el sentido que quiere, desde lo particular, abarcar toda la condición humana.


El pintadedos, entregada a la imprenta por primera vez en 1984, va a quedar si es que aún quedan buenos lectores en la Argentina, y en la hispanósfera en general. No nos hacemos muchas ilusiones con los críticos, con los diaristas, en especial. La mayoría no está dispuesta al esfuerzo de la Alta Literatura; son contados con los dedos de la mano los que no fueron cooptados por el esnobismo, la cobardía o el amiguismo. Pero eso es otro asunto.


La trama nos lleva a fines de los setenta. Viajamos a un pueblo de Santa Fe, un enclave de inmigrantes prósperos que el excelente posfacio de Rafael Arce identifica como San Carlos (Departamento Las Colonias). Después de tres décadas, vuelve a su lugar natal Carlitos, el Bizco. Es un técnico de la Policía de Santa Fe, el dactilóscopo, es decir "el pintadedos", el identificador de cadáveres, le pinta los dedos a los muertos. La colonia está alborotada por un maníaco, necesitan ayuda de la Capital.


Carlitos ilumina el pasado con una linterna magma. Andanadas de nostalgia en bruto lo asaltan ("...lo más parecido a un vínculo humano es el lugar de nacimiento..."); posterga la visita a los padres pero se reencuentra con sus amigos de la infancia, el Chilín (ahora comisario), el gordo René (ahora industrial), el Bonzo (ahora...). Mientras tanto, desde Tucumán, una columna del Ejército marcha hacia San Carlos para cazar al último líder de la guerrilla, el Indio.


El sentido del libro se arma de a poco; es uno de sus agrados pero conviene la relectura. Catania reconstruye toda la mísera existencia de Carlitos, incluso su concepción y el parto. "Los Inseparables" se autodefinía la barra de sus años púberes; atesoran un secreto tremendo que deja como alfeñiques a la pandilla de It. El misterio se vincula con Moira, una forastera resentida pero con ancas perfectas que inició a los cuatro chicos en el sexo con orgías memorables. También se retrata al pueblo, sobre el que pesa una maldición aborigen. Todos los personajes son interesantes. El elemento fantástico irrumpe con elegancia encarnado en dos retrasados mentales, el Palomino y la Delfita, Los mogolitos.


AÑOS DE PLOMO


La urdimbre añade otros dos hilos narrativos, con el que Catania quiere aportar una explicación oblicua sobre la guerra sucia y sobre la locura de esos dos demonios que atormentaban a la Argentina en los años de plomo. Por un lado, añade la Interpolación de los Perseguidores, puros diálogos entre un Cabo Mayor y un soldado que integran la Brigada Antisubversiva. Por el otro, las cartas de una Madre de Plaza de Mayo, que nos hunden en los laberintos kafkianos e infernales de la represión ilegal. Si en Las Varonesas teníamos el duelo centroamericano entre El Castor y El Flaco Mendieta, aquí la contienda fundamental la libran un general-filósofo (El Camello) y un Guevara santafesino (el Indio). Dios nos libre de aquellos que vomitan discursos humanistas pero obran como el Maligno, parece ser el mensaje.



Al final del libro, uno llega a otra conclusión: Carlitos, el Pintadedos, es uno de los inolvidables personajes de la novelística argentina. Es el hombre gris que carece de ambiciones y no quiere que le concedan atributos. Un viudo con una hija pequeña que vive para su monótono trabajo. Dice que "aguarda, sin tristeza, el soplo que lo conduzca a la diestra de la nada"... La maestría del escritor hace que nuestro Bartebly, nuestro Akaki Akákievich, sea arrastrado a extremos desconocidos "durante los cuales cree tener en sus manos poderes incontenibles de esperanza y destrucción".


Es enorme la caja de herramientas con la que trabajó Catania. Tejió una trama fascinante en la que ocurren hechos espantosos, incluso repugnantes. Los organizó en una compleja arquitectura narrativa que exornan distintas perspectivas y procedimientos, como el diálogo filoso, el párrafo de varias páginas, la digresión interesante, la indagación psicológica, el informe técnico, el barroquismo, la analepsis, la disquisición filosófica, la sentencia grave, la escena conmovedora y algún otro que se nos escapa.


El profesor Arce define a la literatura oceánica de Catania como un "nihilismo lúcido", o "realismo pesadillesco". Es correcta la descripción. El santafesino es nuestro Celine, sin su ideología demencial. O nuestro Onetti. Sentencia su Pintadedos que "el mundo es un barómetro oscilante, entre la inmundicia y la fe...", en el que tenemos "una ínfima oportunidad de ser dignos, en una existencia que será, en su mayor parte, corrompida por el vacío y la imbecilidad".


Arce tiene razón en otra cosa. Las dos novelas tremendas de Catania -Las varonesas y El pintadedos- no tienen parangón en nuestra literatura nacional. Tiene que quedar, diría Borges.

Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento Cultura de La Prensa


Calificación: Excelente


1) https://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2013/03/las-varonesas.html

domingo, 17 de julio de 2022

El agua electrizada

 


Como una estrella fugaz, Carlos Eduardo Feiling (Rosario, 1961-1997) cruzó el universo literario argentino. La metáfora no es antojadiza. Bien puede ser comparado el literato con un meteoroide, esos pedacitos de roca del espacio que arden en cuestión de segundos cuando ingresan a la atmósfera. La escueta obra de Feiling, en efecto, tuvo un brillo singular; deslumbró a los entendidos. Una maldita leucemia se llevó al hombre demasiado pronto. Pero nos quedan sus artículos periodísticos y sus pocos libros. Hace treinta años publicaba la mejor novela policial de su generación y una de las más exquisitas de toda la literatura en español.


Aquí, pues, el rescate del El agua electrizada (169 páginas). Puede conseguirse; no hace mucho fue reimpresa por un sello local. Es una obra extraordinaria. Plantea Feiling un misterio policial que involucra a la represión ilegal de los setenta. Crea un antihéroe fascinante, pura intelectualidad que va por la vida pensando en latín e inglés pero honra tradiciones porteñas como el culto a la amistad. Cada frase refulge; la influencia de Borges es poderosa y decisiva en el estilo minucioso de Feiling.­


El protagonista-narrador se llama Anthony Edward Hope, guardiamarina de la reserva que se gana la vida enseñando lenguas muertas a adolescentes renuentes. Un alfeñique de cuarenta y cuatro kilogramos con bigote militar, color de rata con tiña; canas incongruentes con su edad y dientes podridos. El alcohol y las citas clásicas son su refugio.


Tony se lanza a investigar el improbable suicidio de un viejo compañero del Liceo Naval: Juan Carlos Lousteau, el Indio. No lo mueve sólo la curiosidad (el deseo de saber) y el afecto, sueña con seducir a Irene, la hermana del amigo muerto. El Indio dejó una nota intrigante, alude a la muerte de dos mujeres en la bañera ("el agua electrizada''), una era hija de un capitán de corbeta que dirigía la pesada del Servicio de Inteligencia Naval; la otra, una de esas montoneras quebradas por la tortura.


Aparecen personajes fascinantes. Horacio Acosta, el poeta "pulastrón''. Nahum, periodista escriba de asuntos policiales. Los amigos de Tony. El siniestro Doctor Lagormasino de la Policía Federal que ordena moler a golpes al detective aficionado (¡Qué buen capítulo, por Dios!). La resolución del caso es perfecta. Nunca hay que subestimar al azar.


La novela deja testimonio de algo que hoy no podría desmentir ni el más obtuso de los ciudadanos: la pauperización de Buenos Aires. Está repleta de ideas ingeniosas; sólo las declamaciones contra la clase media son un cliché. De todos modos, lo que hace a El agua electrizada una gema rarísima es la prosa de Feiling, esmaltada con "pedantescas menciones'', en palabras del propio autor. No obstante, la elegante erudición nunca es ostentosa. Copiamos un párrafo magnífico de la página setenta:­


"Desde la atmósfera diáfana y rumorosa del bar, cobraba vigor la idea de una armonía preestablecida. Good old Gottfried Wilhem. El mundo real era el mejor de los mundos posibles, y no había mal que no contuviese. Tony terminó su medialuna, tragó el café oleoso mientras examinaba de nuevo a los ocupantes de las mesas, quizá ajenos -quizás no- a cualquier intento de Teodicea. Ninguno parecía ser Nahum: la impuntualidad hubiera merecido el último círculo, ya que después de todo era una forma de traición''.­


¿Se escribe como se vive? Uno mira la foto de C.E. Feiling en la solapa de tapa de la añosa edición de Sudamericana y descubre que la barba bien cuidada, la corbata, el pantalón de vestir, los zapatos impecables se corresponden a un escritura atildada; siempre la palabra justa, el vocablo raro y escogido como exorno. Piénsese en su opuesto, un Horacio González digamos.


Dicen que Feiling, el formidable crítico que abominaba de Jauretche y Osvaldo Soriano (le costó el trabajo en un diario), quiso demostrar a sus amigos que era capaz de fabricar novelas de género, como el que más. Lo logró con creces. Pero tenía una mirada melancólica con respecto al oficio de literato. Página ciento sesenta y seis: 


"...lo verdaderamente patético es ser escritor, perder la vida por completo en la transmutación dolorosa en unas pocas sensaciones  y sentimientos. Que en el mejor de los casos, el hipotético caso de estar bien realizada, sólo proporciona placer a los otros''.­

Guillermo Belcore

Calificación: Excelente

jueves, 16 de junio de 2022

Piquito en las sombras



 

 De cara al milagro estamos todos, inmóviles en la espera.

Leonardo


­Muchos elogios de la crítica especializada ha recibido durante las últimas tres décadas la producción literaria del señor Gustavo Ferreyra, sociólogo y profesor universitario, nacido en 1963. Alguien podrá decir: ¡Eso no significa nada en la Argentina!, teniendo en cuenta el estado zombi del comentario literario regido -salvo honrosas excepciones- por la cobardía, el amiguismo y la falta de erudición e imaginación del conjunto. Pero cuando el río suena, a veces agua lleva, aunque sea un hilito. Ferreyra compuso doce novelas y un libro de relatos, entre los que se destaca la saga de Piquito de oro.


Acaba de publicarse la cuarta entrega de la serie: Piquito en las sombras (Alfaguara, 619 páginas). El antihéroe es un sociólogo chiflado, condenado a prisión por haber hundido un pico en el cráneo del doctor Cianquaglini. Tiene delirios mesiánicos, quiere encarnar a Simón el Mago; tiene dos fieles amigos de tela, los muñecos Cachimbo y Maloy. Lo visitan dos mujeres incondicionales: Josefina, su pareja, veinte años más grande; su discípula, Bruna Yapolsky, veinte años más joven. El charlatán está obsesionado con los excrementos y con el pueblo calmuco.


La cuidada arquitectura narrativa se divide en dos partes. En la primera (``Que lo que sea, continúe'') se alternan las cartas que Piquito le envía a su amigo Daniel (mejor dicho su ex amigo pues lo ha traicionado) con la propia vida de Daniel Guterman, un hombre neurótico y holgazán, que vive de rentas, muestra veleidades de poeta y tiene un hijo (no reconocido) con su mucama. Desliza Ferreyra que su perfil es ideal para convertirse en dirigente fanático de izquierda, del Partido Obrero digamos. La segunda parte (``Sin espalda'') transcurre tres años más tarde: encontramos a Piquito (se llama Leonardo) confinado en un manicomio tras escaparse de la cárcel; sus peripecias con médicos y mujeres se ensamblan con tediosos ditirambos del `huroncito' Yaposlky. La trama da siempre impresión de tempestad en un tubo de ensayo, excepto cuando aparece la muerte.


Podría decirse que la antinomia primordial que plantea la duodécima novela de Ferreyra está algo gastada: intelectualidad vs. vida auténtica, ``el brillo fugaz de las verdades de la gente que viene de los suburbios''. Hipocresía discursiva vs. pragmatismo del cuerpo. Es el añoso mito del buen salvaje: nos fuimos de Africa demasiado pronto y en las tundras gélidas de Eurasia nos pudrimos por la cabeza, establece el asesino epistolero. El texto se mofa pues de los cultores del ``marco teórico'', de los que tributan a un sistema de ideas; el lector encontrará críticas tan inteligentes como cordiales al mundillo progre en que suponemos se mueve el propio Ferreyra, aquél en que se emanan ``los efluvios marxistas que borbotean como un reflujo ácido''.


Una par de curiosidades. En la página doscientos nueve se lisonjea a Horacio González (``ese hombre fluye como un manantial'') y aparece Néstor Kirchner en una asamblea de Carta Abierta. Naturalmente, tiene la talla del hombre providencial (estamos en 2008). Daniel lo ama ``porque todo lo que detesta de la sociedad se enfrenta a cara de perro con ese hombre''. Es decir, kirchnerismo por odio al antikirchnerismo.


En este punto, debemos aclarar que quien esto escribe no ha leído las tres entregas anteriores de Piquito, por lo tanto de seguro se nos escapan algunos juegos, si bien el autor es un literato amable que permite ser comprendido sin conocimientos previos. Habíamos elogiado hace once años otra novela de Ferreyra, Doberman (1), basada también en los delirios de un psicótico, procedimiento siempre riesgoso.


He aquí el problema de la duodécima novela de Ferreyra: los monólogos de Piquito abruman, degeneran en cacofonía insoportable. Pura verborrea, que no debe confundirse con exuberancia verbal, el barroquismo que relumbra por su poética o su filosofía. Es indudable que Ferreyra es un escritor de fuste que se toma su trabajo en serio y le encanta lo que hace. Compuso aquí capítulos de dimensiones similares: los del profeta Leonardo, diez páginas; los de Daniel, trece. Ese afán por darnos un latido, una especie de musicalidad, se malogra por la catarata de bobadas que escupe el personaje principal. Aburre Piquito. Quizás porque solamente nos resultan interesantes los locos que a su vez son geniales. Relámpagos de lucidez hay; pero no son tantos. Una obra recomendable, por lo tanto, para la grey ferreyreana.

Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.


Calificación: Regular


(1) http://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2010/11/doberman.html

domingo, 5 de diciembre de 2021

Notas al pie




En la página veintiséis de su última novela, Alejandro Dolina (Morse, 1944) medita sobre el primer principio de Hipócrates (Ars longa, vita brevis):

"¿Cuánto se tarda en leer un libro? ¿Cuánto esfuerzo demanda hacer un trabajo de crítica acerca de algo que no forma parte de nuestros intereses? Leer un libro es no leer otro. Los lectores no inmortales podrán acceder al cabo de su vida a un número limitado de obras. Eso debería ser una advertencia para que uno elija bien. Leer El caso nueve dedos de la colección Rastros es -tal vez- no leer El retrato de Dorian Grey".

Un párrafo impecable, ¿no? Pero nos fuerza a preguntarnos: ¿Para quién es Notas al pie (Planeta, 468 páginas)? ¿Por qué deberíamos leer o pasar por alto la novela más reciente del señor Dolina?

Por supuesto, es un producto absolutamente recomendable para la legión de admiradores del demiurgo del Angel Gris. Desde los adorables cuentos que publicaba en la revista Humor allá por los ochenta, el señor Dolina no se ha movido un centímetro hacia arriba o hacia abajo. A los setenta y siete años, ofrece la misma singular ensalada de erudición bien y mal digerida, filosofía en clave atorrante, cierto tono engolado, coloquialismo, humor del absurdo, prodigios al por mayor, guiños a sus amistades. ¿Es esto Alta Literatura? Lo cierto es que uno lo lee y no puede quitarse de la cabeza la voz del showman de La venganza será terrible, su legendario programa de radio.

Es posible que el Dolina literato se autodescriba en la página dieciseis:

"...Morozov tenía dificultades para escribir y sólo podía construir fragmentos. Alrededor de esa imposibilidad fue desarrollando una ética y una estética de la sinécdoque y por cierto que los resultados fueron muy superiores a los que cabría esperar de sus obras terminadas... Morozov nunca escribió una obra extensa. Sus libros tienden más bien a reunir textos provenientes de momentos y propósitos distintos. Cada tanto, con la inspiración jadeante llegaba al final de un cuento. Sus obras de teatro, que nunca fracasaban, contaban siempre con un coautor, visible u oculto..."

Los que no pertenecen a la extensa feligresía doliniana encontrarán básicamente un libro que se torna tedioso, aunque con algunos fragmentos muy buenos. El autor juega a ser el Borges de Historia universal de la infamia, pero no le da la talla. Abundan las cacofonías y se inflige al lector de fuste una interminable retahíla de anécdotas extravagantes, la mayoría flojas.

La carpintería no es complicada. Se trata de la reproducción de los textos póstumos del escritor Vidal Morozov, comentados por su discípulo Franco De Robertis, quien, precisamente, no muestra la minuciosa devoción que James Boswell tributaba al doctor Samuel Johnson.

A los cuentos de Morozov y los comentarios al pie de De Robertis se añaden "Papeles Sueltos" y trozos de "la película de Laslo Martok con textos de Morozov", en la que intervienen alumnos de la escuela San Ginés (¿el compañero ex ministro?). Nada especial.

La clave artística del señor Dolina es la llamada fe poética (quizás también de sus convicciones ideológicas). Recorren el libros íncubos, magos, alfombras voladores, sillas del olvido, sabios chinos, ciudades semovientes como La Plata que casi choca con Buenos Aires y termina perdiéndose en el océano. La acumulación caótica busca, naturalmente, provocar asombro. Comparte escenario con amores contrariados, otra especialidad de la casa.

VIRTUD SUPREMA

La voluntad de creer es, en efecto, la virtud suprema para el señor Dolina. Podría decirse que la suspensión de la incredulidad (dentro de ciertos límites de la verosimilitud) es pertinente en el terreno de la literatura, pero en la vida real -sobre todo en el ámbito de la política- creer contra toda evidencia ha llevado a la Argentina al fondo de la abyección.

Volvamos a Hipócrates. Notas al pie también podría recomendarse al lector primerizo, adolescente incluso. El lector experimentado, el buscador de densidades formales y temáticas, se verá defraudado, le resultará arduo llegar al punto final. Y como dice el maestro Dolina, leer un libro mediocre es no leer una novela excelente.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento Cultura de La Prensa

Calificación: Regular