miércoles, 29 de julio de 2026

Mitos y leyendas de Japón


En un desfiladero próximo al monte Hiba, una piedra colosal sella la gruta que conduce al inframundo. Se la conoce como la Puerta del Yomi. Por allí, enloquecido de dolor, irrumpió el dios Izanagi en busca de su esposa. Había muerto Izanami al dar a luz al dios del fuego, Kagutsuchi.

El monte Hiba y sus alrededores son un escenario crucial del sintoísmo: uno de esos sitios sagrados que conviene visitar, en silencio, alguna vez en la vida.

Gracias a Dios se inventaron los libros. En la Argentina los bolsillos son flacos para cruzar el globo. “No hay fragata como un libro / para llevarnos a tierras lejanas”, escribió Emily Dickinson (el rescate de los versos es del escritor Danilo Albero).

El sello RBA acaba de lanzar en el país la colección Mitos y Leyendas de Japón, en tapa blanda, con periodicidad quincenal en sus primeras entregas (70 en total). Devoramos el primer tomo: Izanami e Izanagi: la creación del mundo (117 páginas), traducido por Cecilia Palau.

Trae un mapa de La tierra de las ocho islas, notas al pie, ilustraciones con oportunas aclaraciones y un apéndice que resume la historia y la cultura del Japón tradicional.

El texto es una delicia. Un poema en prosa que sacia esa sed de conocimiento que algunos occidentales sentimos hacia el exótico Lejano Oriente. ¿Acaso hay algo más ajeno a la idiosincrasia argentina que esa obsesión nipona por que la armonía y el equilibrio se impongan al desorden? Es difícil de entender por qué en este lado del mundo solemos preferir el caos.

LA LUZ Y LA VIDA

"Hubo un tiempo antes del propio tiempo en que no había nada". Así arranca la epopeya. Luego surgió, de "un susurro de vida", el Señor del Centro Sagrado del Cielo (Ame no Minaka-nushi). De aquella gran mañana inaugural nació la Pradera Celestial, cuya armonía y hermosura son perfectas. Entre las divinidades engendradas por el Señor del Centro se cuentan Izanagi e Izanami, pertenecientes a la generación de eternos destinados a emparejarse. El matrimonio cargó con una misión insoslayable y trascendental: descender a las regiones inferiores, todavía sumidas en el desorden primigenio, para crear el universo que nos rodea. Fue un viaje sin retorno.

Izanagi e Izanami hicieron aflorar así una sucesión de islas, hasta el número de ocho. Hoy las llamamos Japón. Las poblaron con los kami, espíritus sobrenaturales que habitan toda la naturaleza, y con unos seres perecederos que debieron procurar el favor de todas las deidades. Se los conoce como "Raza de los Hombres".

Entre los humanos, tendrán especial relevancia los descendientes directos de la diosa Amaterasu -una de las hijas de Izanagi e Izanami-, es decir, la Casa Real del Sol Naciente. Sobre esa ficción -el origen divino del emperador- se edificó una pirámide de atrocidades en Asia. No está de más recordarlo, aunque hoy Japón sea uno de los pueblos más pacíficos del planeta.

Desde el punto de vista literario, el relato japonés de la creación del mundo es fascinante, en especial las peripecias del dios Izanagi en la Tierra de la Oscuridad, en procura de rescatar a su amada, como Orfeo con Eurídice.

Es la narración de una pesadilla subterránea, en el hogar de los muertos: según cuenta la tradición, la roca que Izanagi arrojó para sellar para siempre la entrada al Yomi se conoce como chigaeshi no ōkami, "la gran roca que hace retroceder", y hasta hoy Izanami es venerada como la divinidad sepultada en el propio monte Hiba.

El atractivo de todo el texto -hay que subrayarlo- es tanto estético como filosófico. Pueden destilarse mandatos muy precisos para los mortales. Por ejemplo, estos tres:

* Es el equilibrio, y no la fuerza, lo que vertebra la existencia.

* Cada acto debe obrar en el momento preciso.

* Observa escrupulosamente las reglas que te han sido inculcadas.

Ni los dioses ni los seres perecederos pueden quebrar impunemente el orden establecido. Los castigos son terribles. Casi, como perder el Paraíso Terrenal.

Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

jueves, 23 de julio de 2026

Amigos absolutos


 La amistad como tema literario ha recorrido un ilustre camino desde que el vate cantó la cólera de Aquiles por el camarada muerto. Es inevitable recordar al Caballero de la Triste Figura y a su escudero, al sanatorio para tuberculosos de Berghof y a un gaucho que no consintió que se perpetrara una injusticia contra un valiente. Pero el canto a la amistad que aquí venimos a recomendar es menos conocido: la decimonovena novela publicada por John le Carré (Cornwell, 1931-2020).


Absolute Friends (Amigos absolutos), vio la luz por primera vez en diciembre de 2003. Es el fruto de un talento maduro, en su plenitud artística. Tarda en revelar su verdadera naturaleza: otra espléndida novela de espionaje del maestro del género. Toda la trama gira en torno a la amistad del inglés Ted Mundy y el alemán Sasha.


Hijo de un comandante del ejército inglés en Pakistán, Edward Arthur Mundy fue rebotando por la vida -en busca de una especie de familia- hasta que encontró, ya adulto, su “forma natural de arte”: ser espía doble. Tenía un talento innato para la simulación.


La primera parte del libro nos muestra a Ted como “un colegial rebelde, un izquierdista convertido en anarquista que no acabó los estudios en Oxford; un alborotador en Berlín que, después de una merecida paliza, fue obligado a abandonar la ciudad al filo del amanecer; un profesor de secundaria sin titulación expulsado por conducta licenciosa que cayó en desgracia en un periódico de provincias antes de establecerse como escritor fracasado en Nuevo México, para volver a Inglaterra con el rabo entre las piernas y perderse en los sótanos sin futuro de la burocracia cultural, una vieja gloria de la cabeza a los roñosos pies”.


Pero en un viaje al otro lado de la Cortina de Hierro como embajador cultural del British Council, el larguirucho antihéroe es contactado por Sasha, su amigo de los buenos tiempos de la comuna revolucionaria berlinesa de los años setenta. Habían pasado diez años desde la última vez que se vieron. Su mentor ideológico había cruzado el Muro hacia el Este, había ascendido en la Stasi y ahora quiere traicionar al Paraíso de los Trabajadores. Ted será su buzón, mientras Sasha finge haberlo reclutado para los servicios de inteligencia comunista, con el fin de robar secretos de la Pérfida Albión. El eterno aprendiz de la vida se convierte así en agente doble al servicio del MI6. Edward y Sasha -esos Judas profesionales- prestaron por largo tiempo un valioso servicio a la Corona británica. Pagarán un alto precio por ello. Pero, «¿quién quiere una vida normal?», diría el bueno de Ted.


El último tramo narra el reencuentro de los amigos una década después de la caída del Muro de Berlín. Ha ocurrido el 11-S y corren tiempos implacables: comenzó la guerra contra el terrorismo de George Bush. Sasha -eterno buscador de absolutos, que nos recuerda al Leo Naphta de La montaña mágica- quiere reclutar al viejo espía para que lo ayude a montar en Alemania una especie de Contrauniversidad antiestadounidense financiada por un turbio magnate ruso. Quizás cometamos una indiscreción si revelamos que el villano del vibrante desenlace es un agente de la CIA llamado Orville Rourke, otro de los rotundos personajes del libro.


ATRAPANTE


La novela puede recomendarse por varias razones. La trama recorre cincuenta y seis años de historia contemporánea y resulta cautivante. Nunca decae la atención. La caracterización de los personajes también es excelente.


Le Carré, además, muestra al lector ingenuo y desinformado del siglo XXI lo que fue el comunismo real, el de la República Democrática Alemana, una aberración política y social que nada tiene que ver con los cantos de sirena que promete hoy la ultraizquierda recalcitrante, los lobos con piel de oveja como Myriam Bregman.


Le Carré, finalmente, insiste con una idea magnífica que aparece en casi todas sus obras: la fe total y absoluta no hay que depositarla en la ideología, ni siquiera en el patriotismo, sino en el amor a una persona, a dos, a tres, a cinco, no muchas más.


El amor incondicional añade en Amigos absolutos debe entenderse como instinto de protección. «La responsabilidad lo es todo. Sé responsable y Dios te recompensará», hace decir a un líder espiritual del islam, uno de los personajes positivos de la novela.

Guillermo Belcore


Calificación: Muy bueno



sábado, 11 de julio de 2026

Pioneros de la industria argentina

 


Durante décadas, el gremio historiográfico -intoxicado de marxismo, Braudel y estructuralismos varios- miró con desdén a los biógrafos. "Los consideran aficionados que captan la historia a saltos, o los acusan de ignorar la sociedad y centrarse demasiado en los individuos, asumiendo erróneamente que los grandes hombres hacen la historia", ha denuncidoa la erudita canadiense Margaret MacMillan (1).

La bestia negra del gremio, naturalmente, ha sido Thomas Carlyle, el filósofo escocés del siglo XIX.

"Aunque a Carlyle se lo recuerda por sus trabajos sobre los héroes, él no los veía tanto como artífices de la historia, sino más bien como personas excepcionales que condensaban el sentimiento de una época particular o que fueron capaces de vislumbrar con mayor claridad hacia dónde se dirigía la sociedad o qué necesitaba", añade la señora MacMillan.

Afortunadamente, esa visión desdeñosa -un prejuicio, en rigor- de cierta franja de las ciencias sociales resulta anacrónica y hasta ridícula en el siglo XXI. La puerta se ha abierto a la composición de trabajos magníficos que ponen de relieve el papel crucial del individuo en el progreso de una comunidad. La pasión por crear es uno de los motores de la historia. Dicho con palabras de Hegel: 

"Nada se hizo en la Historia sin pasión".

Aquí, precisamente, venimos a recomendar uno de esos libros que señalan a aquellos excepcionales que se destacaron respecto del fondo, "como una madonna en un cuadro renacentista, como ese rostro particular en el que se fija la cámara de cine cuando recorre una multitud", según escribió MacMillan.

Acaba de imprimirse en Buenos Aires la segunda edición de Pioneros de la industria argentina (Editorial Libella, 404 páginas), obra iluminadora de la antropóloga cultural María Susana Azzi y el historiador Ricardo De Titto.

La primera edición data de 2008. Se agotó en el circuito comercial al convertirse "en un texto de referencia en el mundo económico, comercial y académico", como se destaca en la introducción.

Los retratos de aquellos audaces emprendedores que forjaron la vida económica de la Argentina y permitieron prosperar a millones de personas "se han trazado con agudeza y elegancia", destaca en el prólogo el doctor Eduardo Zimmermann, rector de la Universidad de San Andrés.

Los autores satisfacen con creces, además, una de las máximas profesionales de Carlyle: 

"El secreto de la buena biografía -y de hecho de la buena historia en general- radica en comprender esa particularísima relación entre los individuos y sus sociedades".


DE ROSAS A LOS KIRCHNER

El ensayo recorre ciento cincuenta años de historia nacional con una prosa que nunca pierde amenidad. Hay capítulos gratísimos, incluso. Reúne las biografías compendiadas de catorce emprendedores genuinos y eminentes, y de sus sucesores al frente de la empresa o el imperio que supieron construir (en beneficio del desarrollo nacional, ése es el leitmotiv). Desde el guipuzcoano Carlos Noel hasta el italiano Paolo Rocca, injustamente apodado "Don Chatarrín" por el actual Presidente de la Nación. Un fresco vigoroso de las irrupciones disruptivas en el tejido de la Patria.

El estudio fue concebido en forma reticular. Es decir, los autores ofrecen una visión holística que, si bien ubica al factor humano en el centro, no descuida su conexión con lo político, lo social y lo cultural. Así, la historia de Luis Magnasco es también el relato de las epopeyas de los inmigrantes genoveses y vascos, y la descripción de las etapas de la lechería argentina (curiosamente, en el campo del siglo XIX no se consumía leche). Una vasta bibliografía, artículos periodísticos y una veintena de entrevistas proporcionaron la materia prima del volumen. En sus páginas resuena la voz de Octavio Caraballo, Torcuato Di Tella, Luis Alejandro Pagani y Jacques Louis de Montalembert, entre otros ilustres.

Hay una nota de melancolía en el texto. El lector no puede evitar entristecerse ante la decadencia de algunas empresas y marcas célebres, aquellas que alegraron nuestra infancia. Destrucción creativa, diría un discípulo de Joseph Schumpeter (2).

El pensador austríaco explicó que el capitalismo no avanza de forma estática ni mediante cambios graduales. El verdadero motor es el emprendedor innovador que quiebra el statu quo, como el grupo de figuras rescatadas del olvido por Azzi y De Titto.

Sin embargo, la desaparición de poderosos grupos económicos en la Argentina no obedece únicamente a la irrupción de competidores más hábiles (internos o externos) o de tecnologías revolucionarias, o a una sucesión desafortunada (las cuestiones familiares son importantes). Con excepciones como la de Arturo Frondizi, la incompetencia y la corrupción de la casta política argentina en el siglo XX fueron un lastre para los creadores de riqueza, cuando no un adversario declarado, como le ocurrió a los Bemberg, perseguidos por la dictadura militar de 1943. Los bandazos, la perversión de la moneda y la asfixia burocrática resultaron fatales. Destrucción no creativa, cabría denominar a este fenómeno vernáculo.


NUEVO PARADIGMA

Los autores dejan una advertencia inquietante: en el siglo XXI ha mutado el paradigma económico-cultural.

Aquella modernidad que hizo posible el surgimiento de titanes empresariales, sustentada en una fe casi religiosa en el porvenir, ya no existe. Fue suplantada por una posmodernidad degradada, con relaciones laborales precarizadas y empleos flexibles. Brilla por su ausencia el rol paternalista que asumían muchos de esos pioneros, quienes consideraban a su personal una extensión de la familia. El avance de la empresa era sinónimo del progreso de toda una comunidad. Y los sindicatos no habían alcanzado su actual estado de putrefacción.

Sin embargo, aunque la noción universal de optimismo se haya desvanecido, también hay en la Argentina razones para recuperar la esperanza. Acaso el populismo de izquierda -que concibe al empresario como una vaca lechera para ordeñar o como un "enemigo del pueblo"- no vuelva jamás al poder. Y pioneros siguen surgiendo en la Patria. Quizás el próximo libro de María Susana Azzi y Ricardo De Titto devele los secretos del éxito de un Marcos Galperín, un Miguel Galuccio o un Marcelo Mindlin.

Guillermo Belcore


(1) 'Las personas de la historia', Turner Noema, 2017.

(2) 'Capitalismo, socialismo y democracia', 1942.


Calificación: Muy Bueno

lunes, 6 de julio de 2026

Borges, el mejor del Mundial


A esta altura del Mundial, un asunto quedó claro: 
Jorge Luis Borges sigue siendo el mejor. Su genialidad no tiene parangón. Es un creador absolutamente impredecible. Le ha cerrado el hocico a los tiquismiquis que ven en su elegancia demodé una falta de instinto asesino, como el que caracteriza a la estrella francesa Michel Houellebecq o al eficaz artillero inglés G.K. Chesterton.

Todo hay que decirlo: prácticamente ningún argentino ha estado a su altura. Puede que los artificios de Julio Cortázar les encanten a los jóvenes, pero sólo en espacios cortos refulge. César Aira peca por repetición. Leopoldo Lugones alterna buenas con malas. Roberto Arlt es un rústico. Ricardo Piglia está sobrevalorado. Solo Fogwill y Schweblin nos han sorprendido gratamente. Bioy Casares, naturalmente, es una joya de otra época.

Digan lo que digan los comentaristas extranjeros, el camino hacia la final no será fácil para la Argentina. ¿Hay que recordar que Colombia tiene en sus filas a Gabriel García Márquez? Brasil siempre es interesante, aunque no cuenta con colosos como los de antaño (siguen suspirando de nostalgia por Guimarães Rosa y Machado de Assis). Duele ver en el banco de suplentes a Rubem Fonseca.

¿Y si el rival en semifinales es Inglaterra? Como otras potencias europeas, revitalizó su equipo con la inmigración. De ahí que sus principales figuras (además de Shakespeare y Chesterton, claro) sean V.S. Naipaul, Joseph Conrad, Oscar Wilde y Kazuo Ishiguro. La mejor defensa del torneo, ¿no? A priori, los Three Lions no tendrían problemas para batir a los mexicanos, a pesar del peso ofensivo de un Juan Rulfo o un Octavio Paz. En la cancha se ven los pingos, no obstante.

Ya habíamos lamentado en esta columna el despropósito de que Italia esté ausente. Con una mano en el corazón, ¿a quién no le gustaría reencontrarse con Italo Svevo, Carlo Emilio Gadda o Leonardo Sciascia, incluso con el sinvergüenza de Curzio Malaparte? Ahora nos causa pena la temprana eliminación de Uruguay, por tres nombres: Onetti, Felisberto y Levrero. Lo mismo con Alemania: ya sentimos saudades de Thomas Mann, Heinrich Böll y Günter Grass. Por cierto, cómo nos hizo transpirar Joseph Roth cuando jugamos contra Austria.

España podría ser la próxima baja entre los eminentes. En primer lugar, porque nunca ha logrado igualar el nivel de un Cervantes, un Lope o un Quevedo. Más acá en el tiempo, ni siquiera el de Francisco Ayala, Juan Benet o Juan Marsé. Se le acaban de ir Rafael Chirbes y Javier Marías. Le quedan en la chistera solo algunas cositas de Javier Cercas, Eduardo Mendoza y Enrique Vila-Matas.

En cuanto a las revelaciones del torneo, qué decir de Haruki Murakami, el más occidentalizado de los bravos japoneses. Ha logrado la proeza de superar al armonioso Yasunari Kawabata. Del sublime Yukio Mishima solo podemos decir que tiene tendencias suicidas.

Es probable que, en conjunto, la mejor obra del Mundial la hayan producido los estadounidenses. Cuentan en sus filas con un gigante que los mandarines de Estocolmo se rehúsan a consagrar. Nos referimos, por supuesto, a Thomas Pynchon. Nunca dejarán de agradarnos, además, las sutilezas de un Kurt Vonnegut o un J.D. Salinger. El mediocampo judío es excelente: Saul Bellow, Norman Mailer y Philip Roth, una maravilla de ver. Stephen King aviva nuestra imaginación con sus fantasías. De ninguna manera Irving, Oates o Ellroy resultan anacrónicos. Don Winslow es la gran aparición de los últimos tiempos, si es que dejamos de lado a Jonathan Franzen.


Pensando en la final, la Argentina debería respetar también a los franceses. Ya mencionamos a Houellebecq. No le van a la zaga Flaubert, Camus o Claude Simon. Y entre la nueva generación, Modiano y Carrère brillan. Es un equipo que se ha despojado de la pesada artificiosidad de tiempos atrás y va al hueso de la condición humana, como los ingleses o los norteamericanos.

Pero nosotros tenemos al mejor de todos: Jorge Luis Borges.


Guillermo Belcore