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sábado, 3 de diciembre de 2022

El pintadedos


Santa Fe de la Vera Cruz encierra un secreto. Un secreto que, afortunadamente, está saliendo a la luz. Es el hogar de uno de los mejores escritores vivos; Carlos Catania (1932) se llama. Este blog algo contribuyó para que se reimprimiera en 2013 Las Varonesas, su primera novela (1). Ahora, la Universidad del Litoral y el sello Serapis -con el mecenazgo del gobierno provincial- rescatan la segunda novela de Catania. Bien, por ellos. El pintadedos (404 páginas) es otra obra extraordinaria, ubérrima en forma y contenido; ambiciosa y desmesurada en el mejor sentido de ambos términos, en el sentido que quiere, desde lo particular, abarcar toda la condición humana.


El pintadedos, entregada a la imprenta por primera vez en 1984, va a quedar si es que aún quedan buenos lectores en la Argentina, y en la hispanósfera en general. No nos hacemos muchas ilusiones con los críticos, con los diaristas, en especial. La mayoría no está dispuesta al esfuerzo de la Alta Literatura; son contados con los dedos de la mano los que no fueron cooptados por el esnobismo, la cobardía o el amiguismo. Pero eso es otro asunto.


La trama nos lleva a fines de los setenta. Viajamos a un pueblo de Santa Fe, un enclave de inmigrantes prósperos que el excelente posfacio de Rafael Arce identifica como San Carlos (Departamento Las Colonias). Después de tres décadas, vuelve a su lugar natal Carlitos, el Bizco. Es un técnico de la Policía de Santa Fe, el dactilóscopo, es decir "el pintadedos", el identificador de cadáveres, le pinta los dedos a los muertos. La colonia está alborotada por un maníaco, necesitan ayuda de la Capital.


Carlitos ilumina el pasado con una linterna magma. Andanadas de nostalgia en bruto lo asaltan ("...lo más parecido a un vínculo humano es el lugar de nacimiento..."); posterga la visita a los padres pero se reencuentra con sus amigos de la infancia, el Chilín (ahora comisario), el gordo René (ahora industrial), el Bonzo (ahora...). Mientras tanto, desde Tucumán, una columna del Ejército marcha hacia San Carlos para cazar al último líder de la guerrilla, el Indio.


El sentido del libro se arma de a poco; es uno de sus agrados pero conviene la relectura. Catania reconstruye toda la mísera existencia de Carlitos, incluso su concepción y el parto. "Los Inseparables" se autodefinía la barra de sus años púberes; atesoran un secreto tremendo que deja como alfeñiques a la pandilla de It. El misterio se vincula con Moira, una forastera resentida pero con ancas perfectas que inició a los cuatro chicos en el sexo con orgías memorables. También se retrata al pueblo, sobre el que pesa una maldición aborigen. Todos los personajes son interesantes. El elemento fantástico irrumpe con elegancia encarnado en dos retrasados mentales, el Palomino y la Delfita, Los mogolitos.


AÑOS DE PLOMO


La urdimbre añade otros dos hilos narrativos, con el que Catania quiere aportar una explicación oblicua sobre la guerra sucia y sobre la locura de esos dos demonios que atormentaban a la Argentina en los años de plomo. Por un lado, añade la Interpolación de los Perseguidores, puros diálogos entre un Cabo Mayor y un soldado que integran la Brigada Antisubversiva. Por el otro, las cartas de una Madre de Plaza de Mayo, que nos hunden en los laberintos kafkianos e infernales de la represión ilegal. Si en Las Varonesas teníamos el duelo centroamericano entre El Castor y El Flaco Mendieta, aquí la contienda fundamental la libran un general-filósofo (El Camello) y un Guevara santafesino (el Indio). Dios nos libre de aquellos que vomitan discursos humanistas pero obran como el Maligno, parece ser el mensaje.



Al final del libro, uno llega a otra conclusión: Carlitos, el Pintadedos, es uno de los inolvidables personajes de la novelística argentina. Es el hombre gris que carece de ambiciones y no quiere que le concedan atributos. Un viudo con una hija pequeña que vive para su monótono trabajo. Dice que "aguarda, sin tristeza, el soplo que lo conduzca a la diestra de la nada"... La maestría del escritor hace que nuestro Bartebly, nuestro Akaki Akákievich, sea arrastrado a extremos desconocidos "durante los cuales cree tener en sus manos poderes incontenibles de esperanza y destrucción".


Es enorme la caja de herramientas con la que trabajó Catania. Tejió una trama fascinante en la que ocurren hechos espantosos, incluso repugnantes. Los organizó en una compleja arquitectura narrativa que exornan distintas perspectivas y procedimientos, como el diálogo filoso, el párrafo de varias páginas, la digresión interesante, la indagación psicológica, el informe técnico, el barroquismo, la analepsis, la disquisición filosófica, la sentencia grave, la escena conmovedora y algún otro que se nos escapa.


El profesor Arce define a la literatura oceánica de Catania como un "nihilismo lúcido", o "realismo pesadillesco". Es correcta la descripción. El santafesino es nuestro Celine, sin su ideología demencial. O nuestro Onetti. Sentencia su Pintadedos que "el mundo es un barómetro oscilante, entre la inmundicia y la fe...", en el que tenemos "una ínfima oportunidad de ser dignos, en una existencia que será, en su mayor parte, corrompida por el vacío y la imbecilidad".


Arce tiene razón en otra cosa. Las dos novelas tremendas de Catania -Las varonesas y El pintadedos- no tienen parangón en nuestra literatura nacional. Tiene que quedar, diría Borges.

Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento Cultura de La Prensa


Calificación: Excelente


1) https://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2013/03/las-varonesas.html

viernes, 11 de noviembre de 2022

Raúl Alfonsín. El planisferio invertido



P. Gerchunoff


Un libro para ser memorable debe dar con un símbolo que se apodere de la imaginación de la gente, escribió Borges en su prólogo a Francisco de Quevedo. Homero tiene a Príamo que besa las homicidas manos de Aquiles; Dante, los nueve ciclos del infierno y la Rosa; Kafka, sus crecientes y sórdidos laberintos, ilustró el maestro. El último libro del historiador Pablo Gerchunoff (Buenos Aires, 1944) trae una imagen que se apropia de nuestra mente y aguijonea nuestra memoria: en la Pascua de 1987, Raúl Alfonsín reza en la capilla de la Quinta de Olivos (¿arrodillado?) antes de volar hacia Campo de Mayo para negociar con los sediciosos carapintadas. El Presidente de la Nación pidiéndole al Omnipotente fortaleza y sabiduría para que la sangre no vuelva a correr en la Argentina.


Cuando en unas semanas, los críticos elijan los libros del año es muy probable que incluyan Raúl Alfonsín. El planisferio invertido (Edhasa, 460 páginas), biografía del primer presidente de la democracia, recuperada en 1983 y consolidada gracias a su acción en el poder y en el llano, según propone Gerchunoff. "La de 1976 fue la última dictadura de la historia argentina y fue la última, en buena medida, gracias a Raúl Alfonsín", es, en efecto, una de las conclusiones de este ensayo esclarecedor, polémico e interesante. ¡Ah!, y bien escrito.


Este es, pues, el rasgo feliz de Don Raúl Alfonsín que Gerchunoff ofrece a la posteridad: El arquitecto institucional. El caudillo demócrata que soñó con ambiciosos programas reformistas con base obrera y republicana y sabor socialdemócrata. El político de raza, apasionado (nada se hace en la Historia sin pasión, escribió Hegel), quien, aunque conservador de costumbres, desafió y dio vuelta algunos aspectos de la Argentina tradicional. Su inspiración política alcanzó dos cimas: 1983, cuando alcanzó el poder tras derrotar al peronismo; y 1994, cuando gobernó la Convención Constituyente. La obra de un orfebre.


Digamos que el autor, además de culto y experimentado, es un hombre honesto. Luces y sombras son parejamente señaladas en el libro, con la apropiada distancia afectiva, pues Gerchunoff fue funcionario del Ministerio de Economía con Alfonsín y De la Rúa. Al fin y al cabo, el sujeto de estudio llevó a la venerable Unión Cívica Radical a uno de sus momentos más gloriosos de su Historia, y poco después casi selló su extinción.


AL LIMITE DE LO IMPOSIBLE


La biografía se organiza en cuatro partes: "La muerte de Alfonsín (31 de marzo de 2009)"; "La construcción de una personalidad política (marzo de 1927-octubre de 1983)"; "¿Qué podía salir bien? (10 de diciembre de 1983-8 de julio de 1989)"; Gobernar desde el llano" (9 de julio de 1989-28 de octubre de 2007). 


Naturalmente, la tercera parte constituye el núcleo incadescente del texto. Las otras tres van con prisa; da la impresión de que al libro le faltan unas doscientas páginas; pasa el investigador por el año crucial de 1983 y por este siglo con botas de siete leguas.


El título alude a un regalo encantador que recibió el Presidente de manos de su edecán naval. Era un planisferio en que el norte estaba el sur; es decir, la Argentina era el centro del mapa. "Yo lo que puedo decir es que ese planisferio invertido suscitaba en Alfonsín, un efecto extraordinario", explicó Gerchunoff en un reportaje reciente. Era un símbolo de su voluntad política, infatigable, quue se sentía capaz de transformar el estado de las cosas, conmovedora incluso, pero peligrosa -a la sazón- para sus conciudadanos.


"El suyo fue un gobierno al límite de lo imposible", escribió Susana Lumi en el prólogo. El poder persuasivo de la épica quiso predominar a menudo sobre los grises del realismo político, con penosos resultados. Como si fuese un tahur de pulpería de Chascomus, Don Raúl cultivó, por ejemplo, "el juego de la imaginación, jugando sin dinero, apostando sólo capital político". El libro concluye así aceptando el dictum de Tulio Halperín Donghi: La imaginación de Alfonsín lo llevó demasiado lejos.


Veamos, entonces, los momentos en que la realidad testaruda se impuso durante su paso por la Casa Rosada. Gerchunoff, profesor emérito de la Universidad Di Tella, describe "el triángulo móvil de las corporaciones" que mantuvo en jaque al Presidente del primero al último día de su mandato: la cuestión militar, la cuestión sindical y la cuestión económica ("...fatigantes partidas simultáneas de ajedrez..."). Sólo la primera fue resuelta con eficacia.


Sorprende al historiador "el contraste entre el diseño meditado y complejo -aunque enormemente difícil- de la política militar y la improvisación de la política sindical".


Pero fue la cuestión económica el asunto que venció y humilló al líder radical y lo rebajó al nivel de personaje discutido (y hasta detestado) de la Historia. Es que, estrictamente hablando, las agendas modernizantes del líder radical nunca habían entrado en este campo minado y no sólo por la herencia maldita (crisis de la deuda, régimen de alta inflación), sino también por su defectuoso y decrépito sentido común.


El Alfonsín animal político adoraba a los intelectuales y siempre se empeñó en encontrar una teoría para explicar los hechos. No obstante, desde que llegó a la Casa Rosada nunca contempló como opción el reformismo económico. Entre la Declaración de Avellaneda y el final de su mandato parece no haber aprendido nada en esta asignatura compleja. Fue incapaz de percibir lo que el erudito llama las causas últimas estructurales, es decir "el agotamiento del modelo populista, con su patrón productivo mercado internista y su crisis fiscal estructural".


EL PLAN AUSTRAL


El profesor Gerchunoff explica que, en realidad, el Plan Austral nunca fue plan de estabilización y transformación económica, por eso en nueve meses estuvo liquidado (fue un mero punto de partida). Conjetura que si Cafiero hubiese ganado la interna peronista de 1988, la Patria se hubiera ahorrado la experiencia traumática de la hiperinflación. La inescrupulosidad del tándem Menem-Cavallo resultó letal para una economía agonizante y desequilibrada, pero matengamos a raya nuestra indignación. Al fin y al cabo, hicieron lo mismo que Alfonsín hizo con Frondizi.


Nos revela una ucronía: ¿qué hubiera pasado si Alfonsín hubiera aceptado que el prestigioso Roberto Alemann se hiciera cargo del Ministerio de Economía en abril de 1989 cuando se vio obligado a despedir al fracasado de Juan Sourrouille? El baluarte del liberalismo ya había aceptado, pero el prócer republicano dio marcha atrás. Si hay algo que su ego temió, siempre, fue ser considerado de derecha, un traidor al ideario progresista, un patrocinador de la marea neoconservadora que venía del Norte.


Hasta el último de los días, el caudillo radical quiso que lo encuadraran en las filas de "la socialdemocracia tradicional, enfrentando la agenda de la dependencia, una agenda alejada del reformista (económico), no muy distinta a la de los comienzos de su carrera política". Alfonsín llevó a la UCR al regazo de la Internacional Socialista, pero con una visión anticuada. Admiraba al Laborismo inglés de posguerra; nunca quiso identificarse con Tony Blair.


Entre decenas de anécdotas sabrosas y muchísimas aportaciones intelectuales, el profesor Gerchunoff nos deja en su octavo libro una justísima definición de la historia:


"Es el balance entre monedas en el aire y corrientes profundas, entre azar, voluntad y determinismo. El resultado, como se sabe, es imprevisible".


Nuestra historia de los ochenta tuvo la voluntad titánica de Raúl Alfonsín, el azar de un contexto internacional desfavorable, las corrientes profundas del populismo peronista, el determinismo de la monstruosa deuda externa. Las monedas en el aire fueron el hostigamiento corporativo y los planes económicos. Algunas chirolas salieron cara, otras seca.


Una conclusión tremenda del muy recomendable libro de Gerchunoff es que el Presidente que asuma en diciembre de 2023 (¡falta tanto!) enfrentará el mismo dilema de hierro que encontró Alfonsín en 1983: cómo salir de un maldito régimen de alta inflación, que tanto empobrece a los argentinos, sin hundir al salario real, tan deteriorado en los últimos años. Esta historia circular está matando a la Patria.

Guillermo Belcore


Calificación: Muy bueno

domingo, 27 de enero de 2019

El populismo en la Argentina y el mundo

"Hoy, 1 de mayo, quiero anunciarles que el diario La Prensa expropiado por disposición del Congreso Nacional, será entregado a los trabajadores en la forma que ellos indiquen. Este diario, que explotó durante tantos años a sus trabajadores y a los pobres, que fue instrumento refinado al servicio de toda explotación nacional e internacional, que representó la más cruda traición a la patria, deberá purgar sus culpas sirviendo al pueblo trabajador".

Juan Domingo Perón, 1 de mayo de 1950.

Cómo pasa el tiempo, por Dios. Hace casi treinta años, Francis Ford Fukuyama anunciaba el triunfo definitivo de la democracia liberal. Sepultado el odioso comunismo bajo los escombros del Muro de Berlín y desacreditado desde hace décadas el fascismo europeo y sus incompetentes versiones tercermundistas, el modelo que incluye respeto por la propiedad privada, división de poderes y garantías a las libertades individuales estaba destinado a conquistar todo el planeta. Puede que aquí o acullá sobreviviera por un tiempo algún enclave del atraso y el fanatismo como el fundamentalismo islámico pero su atractivo universal era nulo, ese era el punto. La Historia de las ideas (no la de los hechos) había concluido.

Tres décadas después, el paisaje ha cambiado. La triunfante democracia liberal ha incubado en su propio seno un enemigo formidable, al calor del miedo y el resentimiento que han provocado en todo el mundo la globalización (Estados Unidos y Europa), la frustración económica (América latina) y la pérdida de la seguridad personal (en ambos). Hablamos naturalmente del populismo.

Puede compararse a esa corriente política con un virus o con el parásito Alien. "En lugar de un ataque frontal, como el comunismo, opera desde las entrañas de sistema democrático de manera gradual neutralizando sus anticuerpos naturales y, si no es frenado a tiempo, evoluciona gradualmente hacia el autoritarismo", describe el profesor Emilio Ocampo, en un libro que aquí venimos a recomendar a viva voz.

Mire el planisferio nos dice Ocampo. El populismo ya no es un fenómeno típicamente latinoamericano. Se ha globalizado tanto en sus versiones de derecha, izquierda o camaleónica (el peronismo). Es un tsunami. Gobierna en Estados Unidos, Italia, Grecia, la mitad de Europa oriental, Filipinas, Turquía, los dos países más grandes de América latina (y podría retornar en el tercero), además de haber arruinado hasta la hambruna y la peste a Venezuela, el país con las mayores reservas de petróleo del mundo. Además causó el Brexit y casi la secesión de Cataluña. Podemos irrumpió en España. Se trata pues del tema del momento. Y tiene una importancia crucial para la Argentina, pues "ningún otro país abrazó con tanto fervor el populismo en el siglo XX y en lo que va del siglo XXI". Resulta imposible exculparlo de la decadencia nacional.

EL LIBRO


Acaban de cumplirse cuarenta años de la fundación del Centro de Estudios Macroeconómicos de la Argentina (CEMA), usina de las ideas liberales más concienzudas. Para celebrarlo, la Universidad del CEMA publicó un libro que atesora excelentes miniensayos de ciencia política sobre, justamente, el fenómeno del populismo. Fue compilado y editado por Emilio Ocampo y Roque Fernández, el ex ministro de Economía de Carlos Menem (un populista que intuyó la necesidad de abrazar a algunas ideas correctas).

El primer texto de El populismo en la Argentina y el mundo (413 páginas) lo escribió el economista Jorge Avila. Apela a un obra clásica de Samuel Huntington (El orden político en las sociedades en cambio) para renombrar al elusivo sujeto de estudio. Pretorianismo de masas, prefiere designarlo. En el caso de nuestro país ha sido una consecuencia deletérea de la ausencia de un sistema de partidos eficiente, capaz de estructurar la participación de los nuevos grupos sociales en política. Así, mientras la UCR fue alumbrada por el aluvión inmigratorio externo, el peronismo es hijo de la Gran Depresión y de la enorme migración del Interior al Gran Buenos Aires (cerca de un millón de personas entre 1936 y 1945). La Argentina quemó etapas. No hubo tiempo para que desarrollar un "orden político moderno de bajo riesgo país".

Vale decir, el subdesarrollo de un sistema de partidos nos condenó a la intervención militar, el atraso económico y el populismo. "El pretorianismo de masas tiene a manejarse con alto déficit fiscal pues, en virtud de la alta participación ciudadana, debe satisfacer grandes demandas de gasto de su base política y tiene una expectativa política que se reduce a tan sólo años. un alto déficit fiscal genera un tembladeral jurídico del cual la propiedad privada es una víctima de muchas maneras". 

Muy esclarecedor, por cierto, el texto que firman Roque Fernández y Paula Monteserín: Fundamentos atávicos del populismo argentino. Exploran un arco de tiempo que va desde la llegada de los europeos a América hasta la Generación del Ochenta. Hay taras que arrastramos desde el vamos, como la viveza criolla. Hay instituciones nefastas que provienen de la Colonia caso La liga, remates judiciales arreglados a lo largo y ancho del país. Qué decir de ese antiquísimo ingenio porteño de utilizar condiciones de necesidad y urgencia para violar la ley: "Al monarca (hoy el Estado o el cuerpo jurídico) se reverencia pero no se cumple". 

Los autores establecen que tanto la ambición desaforada por establecer un liderazgo hegemónico como el relato épico mediante la construcción de enemigos externos o internos (quintaesencia del populismo) eran también moneda corriente en el siglo XIX. ¿Otros dos atavismos? La creencia de que sólo centralizando y controlando la caja se asegura la gobernabilidad va desde Rivadavia y Rosas hasta Cristina. Además, aun hoy en día una proporción notable de los argentinos comparten la primitiva esperanza en un personalismo carismático con poderes místicos para resolver los problemas.

SOMOS COMO SOMOS


En un texto notable de más de cien páginas, Ocampo advierte encarecidamente sobre la tendencia natural del populismo -esa parte que reclama ser el todo- a socavar las instituciones de la democracia liberal, e intenta responder una duda angustiante que había formulado Juan José Sebreli: ¿Somos un país culturalmente condenado al populismo? ¿Y que implica si así lo fuera?

Tras una fascinante travesía por eminencias de la ciencia política, sociología, antropología, psicología y filosofía (se aplica el modelo teórico del Nobel Douglass North), el compilador concluye que la Argentina es un país especialmente propicio para "la solución facilista, simplista y arbitraria que pretende imponer una mayoría con su voto, cuando es concientizada, estimulada y movilizada por el discurso antagónico de un líder populista que apela al chauvinismo y a ciertas creencias y ansiedades predominantes cuando la sociedad enfrenta problemas estructurales que generan una divergencia creciente entre las expectativas de esa mayoría y la realidad. Es decir, cuando surge una brecha de frustración". 

La hipótesis de Ocampo es que somos campo orégano para el populismo por cuatro rasgos psicológicos-culturales típicamente argentinos:

a) El narcisismo colectivo: la idea de que somos un país excepcional destinado a la grandeza.

b) La indolencia pretenciosa: la idea de que somos un país rico y no es necesario trabajar para vivir bien y/o que vivir bien es un derecho inalienable.

c) La anomia: el desprecio por las normas de convivencia y las leyes.

d) El caudillismo: la idea de que sólo un líder fuerte puede resolver los problemas del país.

¿No tenemos arreglo entonces? Bueno, entre 1853 y 1930 una minoría ilustrada impuso a los argentinos una cultura (como la define Freud) y la Nación se convirtió en una de las más ricas del mundo. Mientras los generosos frutos que de esa cultura resultaban fueron asequibles para la mayoría no hubo dificultades, explica el investigador. Sin embargo cuando sucesivas crisis -1914-1930- pusieron en duda la continuidad de ese círculo virtuoso, las pulsiones primitivas renacieron con fuerza. Lo mismo ha ocurrido entre 2001-2003, uno está tentado de colegir.

El problema serio se suscita cuando sobre esa base cultural filopopulista aparece una opción política atractiva que la refuerza ya en el poder mediante un poderoso aparato de propaganda, como el peronismo de los cincuenta y de esta década. Crear las condiciones que sustentan la demanda electoral de populismo es una diabólica condición que ostentan para su beneficio ciertos líderes de masas. "Perón peronizó la Argentina de la misma manera en que Hitler nazificó a Alemania", nos advierte el libro. 

Y el liderazgo populista ha surgido en nuestro país no sólo cuando hubo una dislocación económica o social como la de los años treinta o la del colapso de la convertibilidad: Ocampo verificó estadísticamente la hipótesis de que en la Argentina los ciclos de populismo se explican por la variación de los precios internacionales de los productos agropecuarios. Da escalofríos pensar que nos hubiéramos ahorrado lo peor del kirchnerato si no hubiera habido un espectacular suba del precio de las materias primas por la demanda china.

Otro punto de interés para entender lo que nos rodea es el rescate de un texto fundamental de Torcuato Di Tella que concluye que el populismo nace siempre del descontento, en particular de una frustración colectiva, del "abismo entre las aspiraciones y las satisfacciones en la esfera ocupacional en particular en las personas educadas". De hecho, los incongruentes, económicos o de estatus parecen ser el sostén principal de Cristina en la clase media y más arriba aún de la pirámide social. 

Finalmente, Ocampo discute con Ernesto Laclau, el filósofo militante que moldeó las mentes de Correa y los Kirchner: "La historia demuestra que el populismo es un cáncer que, si no es neutralizado por los anticuerpos institucionales y culturales de la sociedad, destruye la democracia y revela su verdadero semblante autoritario (a veces totalitario). Es decir termina matando la democracia y, en su mutación final, deja, por definición, de ser populismo -ya que conceptualmente éste no puede existir sin elecciones regulares y libres- y se convierte en una autocracia. No se trata de una hipótesis sino de una realidad comprobable, cada vez hay menos diferencias entre la Cuba de los Castro y la Venezuela de Maduro, y, entre ésta y la Nicaragua de Ortega".

Anticuerpos institucionales y culturales dice el erudito. Funcionaron bien en la Argentina en 2009, 2013 y sobre todo 2015. Veremos que pasa en 2019, la brutal pérdida de bienestar que trajo aparejado el ajuste y la mala praxis de Cambiemos revivió a los zombies
Publicado en el Suplemento de Economía de La Prensa

Calificación: Muy bueno


miércoles, 27 de agosto de 2014

Crónica de la noche

Colm Tóibín

Emecé, 299 páginas. Novela, edición 1998.

La buena crítica literaria -al menos la que a mí me interesa- es aquella que persigue con rigor, tesón y amenidad la esencia estética irreductible de una obra; es decir, identifica los elementos que definen el valor artístico y que suscitan un impacto perdurable en el lector. Las apreciaciones pueden hacerse de manera improvisada o aplicando algunos parámetros objetivos. Italo Calvino estableció tres (1):

1) un diseño de la obra bien definido y calculado.
2) la evocación de imágenes nítidas, incisivas, memorables. Icástico, es el adjetivo.
3) un lenguaje lo más preciso como léxico y como expresión de los matices del pensamiento y la expresión.

Crónica de la noche cumple las tres condiciones. Su eficacia estética es formidable, por ende. Veamos. La arquitectura (punto 1) es perspicaz, se demora la presentación del núcleo incandescente del libro: una historia de amor homosexual. Las imágenes (punto 2) son poderosas: el debut sexual en un galpón del campo, un muchacho confesando a la madre chapada a la antigua su condición gay; la cacería de placeres en una sauna para hombres; un enfermo de sida en deprimente soledad internado en un hospital público. Finalmente, el virtuosismo del lenguaje corre parejo a las otras destrezas; es una prosa very british (Colm Tóibín, no obstante, nació en Irlanda), muy claro, directo, sin ornamento alguno, pero con una precisión pasmosa tanto en el vocablo como en el concepto. Obsérvese esta definición: 

“Amor, sentido tanto en el cuerpo como en la mente, es una calma extraña, una felicidad, la idea de que no se necesita nada más que eso, que alcanza para el resto de la vida".

Como si esto fuera poco, la novela -publicada por primera vez en 1996- tiene un interés adicional para los argentinos. ¡Transcurre en la Argentina! El telón de fondo, en efecto, es la era desdichada y turbulenta que va desde la dictadura militar hasta Carlos Menem, indagada, sin pasión alguna pero con extrema lucidez, por un escritor extranjero. El protagonista se llama Richard Garay, argentino de madre inglesa deaamorada que se gana la vida, con desgano, como profesor de inglés y traductor. Traba relación con un político y empresario peronista que tiene ambiciones presidenciales. Se conecta por su intermedio con un matrimonio estadounidense -agentes de la CIA- cuya misión es asegurar que la transición democrática en la Argentina se afiance pero de acuerdo a los intereses de Washington. La intromisión es descarada. La guerra sucia, Malvinas, la asqueante corrupción, el caudillismo riojano aparecen en el tapiz. “Todo es jactancia y retórica de alto vuelo y nada quiere decir nada”, apunta Garay-Toíbín. Algunas cosas, por desgracia, nunca cambian en la Argentina. 

La delicada alternancia entre historia individual y colectiva es otra de los agrados del libro. Pero básicamente, como se dijo, estamos ante una conmovedora historia de amor (clandestina, era otra época) entre Richard Garay y uno de los hijos del dirigente peronista. Y entre ellos intenta interponerse no sólo las convenciones sociales sino una de las enfermedades más terribles de nuestro tiempo. Puede definirse también a Crónica de la noche como una de las mejores novelas sobre el sida. La ubico entonces en el mismo anaquel que Antes de que anochezca de Reinaldo Arenas y Personas como yo de John Irving.
Guillermo Belcore

Calificación: Muy buena


PD: Quién dijo que las redes sociales son inútiles. Llegue a este libro por recomendación de un amigo del Twitter (@AiresyBenson). Por cierto, da ganas de agotar la obra de Toíbín, este irlandés tan elogiado.

domingo, 18 de mayo de 2014

Nuestro modo de vida

Fogwill

Alfaguara. Novela postuma, 221 páginas. Edición 2014. Precio aproximado: 160 pesos.


Como el sol avaro que asoma entre las nubes en un otoño frío y ventoso, así aparece el mejor Fogwill (1941-2010) en Nuestro modo de vida. De tanto en tanto, brilla el entomólogo que disecciona, implacable pero sin crueldad, a su objeto de estudio, otros seres humanos. El sabio retratista de la estupidez y la mediocridad de la alta burguesía argentina. El libro no tiene más que eso. Por alguna razón (poderosa), el artista no quiso publicarlo en vida. Lo había concluido en 1980. No se trata, como clama la faja publicitaria, de una obra maestra. Morirse tiene otro inconveniente: uno no puede defenderse de la impertinencia de sus deudos.

Amigos chilenos de Fogwill atesoraban el manuscrito. En 2008 le recordaron esa circunstancia; el escritor dijo que andaba en otra cosa. En 2013 fue donado al archivo Fogwill. Se ha decidido ahora rescatarlo del depósito de cadáveres y compartirlo con el mundo. En el prólogo, explica el propio autor que su intención fue plagiar La luz argentina, “bella novela” de César Aira. “Producir ese corte mítico entre la vida familiar y la vida social es el problema de método” de la obra, añade la introducción.

Etica y estética de un gerente de una multinacional extranjera, podría ser una frase explicativa para el título. Fernando Romero vive con su mujer y su perro. Duerme hasta tarde, va poco a la oficina. Desespera porque su auto es de color blanco, mientras que es azul el de sus congéneres. Se esforzará por remediarlo. La empresa le encarga sellar un acuerdo con japoneses, para lo cual negociará un soborno y les proporcionará modelos (falsas gitanas) para su deleite. Le gusta la música clásica; juzga a Ginastera como una versión degradada del primer Stravinsky. El telón de fondo es la dictadura militar. Muy interesante es la crítica sesgada a la civilización del comprar y tener cosas. Señala Fogwill que esa cultura se ha especializado en generar “ventanas al cielo”, que cualquier poligrillo puede abrir “mediante un cambio de automóvil, una promoción en su trabajo o un evento que por un instante quiebre el anonimato y la grisura entre los que se desenvuelven los días del hombre”.

Guillermo Belcore

domingo, 9 de octubre de 2011

Nueva historia de la Guerra Fría

John Lewis Gaddis
Fondo de Cultura Económica. Ensayo de historia, 355 páginas.


“Ser un comunista es inseparable de ser un estalinista”
Nikita Jruschov

La Segunda Guerra Mundial provocó una serie de ajustes temporarios en la geopolítica global que se convirtieron en muy poco tiempo en dislocaciones permanentes, de esas que parecen formar parte del estado natural de las cosas. El mundo se dividió y el temor a las bombas nucleares cambió el arte de la guerra. Las economías planificadas fracasaron en elevar el nivel de vida y se produjo, en todos lados, un lento declive del poder de los dirigentes en beneficio de los dirigidos. De pronto, la moralidad pública se convirtió en un asunto importante. Sensibles a estas tendencias, un puñado de estadistas aceleró las cosas en los años ochenta y estalló la primera revolución trascendente de las Historia casi sin derramamiento de sangre. La Guerra Fría había concluido. Las estatuas de Lenin se pudren hoy en los basureros.

El período tumultuoso de la política internacional que va de 1945 a 1991 fue desmenuzado en este ensayo sintético, esclarecedor y ameno. La única advertencia que debe hacerse al lector es que preste muchísima atención pues la traducción es horrible, descuidada y cacofónica. No obstante, el calidad del relato se impone, sobre todo porque el profesor John Lewis Gaddis (Texas, 1941) sortea con elegancia ciertas taras contemporáneas como el determinismo, o como confundir ambivalencia moral con equivalencia. El libro prueba cómo las ideas pueden mover a las naciones y esboza la tesis de que las corrientes subterráneas de la Historia muy rara vez convergen de manera automática. Se necesitan líderes para que lo hagan (ya lo decía Shakespeare: Dios corta el mazo y reparte las cartas pero es el hombre el que las juega). Gaddis también señala datos cruciales no del todo conocidos. Por ejemplo, que el Gran Salto Adelante de Mao fue la máxima calamidad del siglo XX, en términos de vidas sacrificadas.

A pesar de todo el enorme dolor y destrucción que causó la Guerra Fría (los latinoamericanos, campo de batalla de las superpotencias, lo sabemos de sobra), el historiador Gaddis está seguro que el mundo es un lugar mejor gracias a aquel conflicto fuese combatido del modo como lo fue y ganado por el bando que lo ganó. Si el Holocausto nuclear se hubiese consumado, quien sabe si hoy alguien podría leer y comentar libros.
Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Muy bueno

PD: Nos explica el profesor Gaddis que la política exterior de Estados Unidos durante cincuenta años se rigió por dos coordenadas de acero: impedir la revolución en todos lados y evitar una guerra nuclear con la Unión Soviética. Aquellos estadistas que supieron leer a la potencia hegemónica del siglo XX, añado yo, generaron menos dolor a sus pueblos; los que no, como Salvador Allende, crearon condiciones para la aparición de fenómenos aberrantes, como Pinochet. Moral de la responsabilidad vs. moral de los principios. Quiénes son los políticos realmente irresponsables, me pregunto siempre.

viernes, 27 de mayo de 2011

La crítica de las armas




Por José Pablo Feinmann
 
Grupo Norma. Novela, 367 páginas. Edición 2011 

Afirmar que estamos ante una novela de ideas es quedarse corto. Es algo más retorcido y ambicioso. Todo se subordina al mensaje, a la bajada de línea, a la compulsión por opinar, adoctrinar, denunciar. El libro, por cierto, es absolutamente consustancial con el espíritu de la época, pero este blog siempre ha preferido no evaluar las creencias de cada uno, en este caso del polígrafo José Pablo Feinmann sobre el "poder exterminador" en los horribles años setenta. Esta trinchera prefiere aportar juicios estéticos. Y es en el terreno de la estética donde La crítica a las armas (publicada por primera vez en 2003) hace agua por los cuatro costados. 

Feinmann se ufana de no corregir sus textos, pero aquí pretende atajar a los críticos. En la página ciento treinta seis, establece que no le preocupan "el ritmo del relato, la línea de la exposición ensayística, la repetición de ideas o frases ya explicitadas, la maldita estética en todas sus formas''. Recurre a Adorno: "Imposible escribir bien, literariamente hablando sobre Auschwitz; debemos renunciar al refinamiento si queremos permaner fieles a nuestros instintos". ¿Por qué entonces proponer una novela? ¿Y el lector qué? Esa sufrida entidad platónica debe soportar redundancias, la trama agujereada con soflamas, párrafos hinchados con palabras feísimas (celebremente, ajenidad, tragicidad), cacofonías, metáforas pueriles, la manía de ser didáctico y de amonedar conceptos filosóficos. Los personajes estereotipados y las combinaciones imposibles ("culpabilidad irrestañable", "pajero proscripto y gozoso", "universo licitacional", "chupón inobjetable") recuerdan al peor Arlt. Como no ofrece sorpresas ni belleza, el libro suele hundirse en el tedio. Abruma. 

Todo es política. Someto a consideración de los amigos de este blog el primer párrafo: 

"Hoy, 21 de octubre de 2002, Día de la Madre, para festejarlo con rigor, para festejarlo como años debí haberlo festejado, para festejarlo como nunca me atreví a festejarlo, para terminar con en esta relación ni abominable ni demoníaca sino estúpida, agobiante, estúpida que nos une desde siempre, para que nunca más haya para vos ni para mí otro Dia de la Madre, para todo esto, hoy, voy a matarte, mamá".
 

Al diario Página 12, Feinmann explicó (¡cuídate de las novelas que necesitan explicaciones!) que como la neurosis del protagonista es una compulsión repetitiva, tomó la decisión de "repetir, hasta volver loco al lector, palabras y oraciones". El único efecto que provoca el artificio a quien esto escribe es el de un texto mediocre. El procedimiento se usa hasta el hartazgo. 

El frágil soporte del andamiaje ideológico de Feinmann es la historia de Pablo Epstein, montonero arrepentido, filósofo y ensayista. Pablo es el alter ego del autor que -según su propias palabras- ha querido ajustar cuentas no sólo con la monada social (el pueblo cómplice de los militares; el loco de Santucho) sino también con su familia. Se lo considera el libro más autobiográfico de Feinmann. 

Epstein llega al asilo para asesinar a la mamá nonagenaria. Evoca su travesía intelectual, económica y militante. Juzga a los años de plomo desde el púlpito de la superioridad moral. Como se dijo, los hechos son de lo menos. La máquina de opinar, con una potencia admirable, devora la historia. 
Guillermo Belcore 

Calificación: MALA 

PD: Nadie debería infligirle a una novela una frase como ésta: "Si la condición de posibilidad de relato sobre la madre es la muerte de la susodicha, yo, al matarte, soy el creador del relato y su condición de posibilidad" (pag. 69). 

PD II: Hoy sólo quisiera refutar una de las conjeturas de Epstein-Feinmann: "el sexo es insustancial".

lunes, 1 de junio de 2009

Todos los hombres son mentirosos

Alberto Manguel
RBA. Novela de 204 páginas. Edición de 2008.

Un siglo y medio atrás, Wilkie Collins narró magistralmente un crimen desde diferentes puntos de vista. La piedra lunar es uno de los hitos de la literatura universal. Con menor encanto y ambición, pero con una prosa que a menudo deleita el intelecto, Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948) emula la fórmula. Su última novela denuncia la barbarie militar de los setenta y medita sobre la imposibilidad (inconveniencia) humana de encontrar la verdad.

Leer a Manguel -como a Ecco o a Steiner- es ingresar en una elocuente biblioteca. Cultísimo trotamundos, tiene un prestigio muy bien ganado como erudito en la historia de la lectura. Al ensayo pertenecen sus mejores obras. Pero como novelista desnuda aquí sus limitaciones. Como él mismo dice, carece de ese impulso de inventiva que la narrativa de ficción exige. Es un gran lector puesto a literato que trata con torpeza el sexo y el amor. Ubica a un alma condenada en un infierno que abruma con inmundicias (los modos oblicuos siempre son más eficaces). No hunde la sonda psicológica a la profundidad necesaria. Arma un rompecabezas cuyas piezas encajan sin gracia. Parece escribir para sus amigos. Sin embargo, el libro tiene pasajes impresionantes. El tono kafkiano con que tiñe al terrorismo de Estado resulta escalofriante. El tormento y el exterminio han creado -nos explica- su propio vocabulario. Es el lenguaje del Diablo.


La novela reconstruye la dolida sombra de Alejandro Bevilacqua, módico intelectual salvajemente torturado por los militares, refugiado en Madrid, autor apócrifo, suicida accidental. Treinta años después, un periodista francés desea develar al enigmático escritor que ha dejado una obra memorable, ‘Elogio de la mentira’. Describen al pobre Bevilacqua un camarada de letras (Alberto Manguel se llama), una española que se encaprichó con él, un cubano con quien compartió cautiverio, el fantasma de un viscoso delator. La vida, concluimos, es una cruel sucesión de equívocos, un mar de confusiones. La verdad, como decían los sofistas, no puede ser conocida. O si es conocida no puede ser comprendida. O si es comprendida no debe ser comunicada.
Guillermo Belcore
Una versión más corta de esta reseña fue publicada ayer en los suplementos de Cultura de La Prensa y La Capital de Mar del Plata.

Calificación: Regular


PD:
Definitivamente, prefiero los magníficos ensayos a las tibias novelas de Manguel. He leído sólo dos, no obstante, es decir no puedo tener un juicio definitivo sobre el asunto. Pero me da la impresión de que carece del fuego sagrado del novelista.

lunes, 8 de septiembre de 2008

76

Félix Bruzzone­

Editorial Tamarisco. Libros de Cuentos, 140 páginas, edición 2008.­

­Este blog refirma que Félix Bruzzone (Buenos Aires, 1976) es una de las plumas más prometedoras de la Patria. Talento ya había demostrado en las colecciones monotemáticas que Diego Grillo Trubba organiza para editorial Sudamericana. Esperábamos ansiosos, pues, su primer libro. El narrador decidió salir al ruedo, ¡ay!, explorando la literatura del yo, una verdadera plaga nacional. El noventa por ciento de lo que he leído en esa caudalosa corriente no me pareció más que un vano alarde de narcisismo. No es el caso de este libro, aunque me queda cierto regusto a desencanto.­

­El volumen va engarzando relatos que se influyen entre sí, por lo tanto debe ser leído como novela. Protonovela, acota con listeza la contratapa. En forma aislada, los textos puede que flaqueen, con honrosas excepciones como 2073, una ingeniosa distopía ubicada en una Argentina inundada y hostil. Pero en bloque conforman un mosaico que termina cautivando. Hijo de desaparecidos y nacido el mismo año de la irrupción del más siniestro Partido Militar, Bruzzone reflexiona sobre su identidad, su condición y su destino. La obra -según he leído- corre el riesgo de ser adoptada como "emblema de una generación".­­

En cuanto al estilo, el autor ensaya diversas técnicas y sale airoso. En una casa de playa, habla un niño y se deslizan términos que un niño nunca usaría (“¿Quién destendió la cama?”). La anécdota del texto es baladí: la compra vergonzosa de una revista porno. En Unimog, Bruzzone toma distancia al emplear la tercera persona. Mota adquiere, con los bonos que le dio el Gobierno, a un truhán un camión del Ejército, porque su padre, cuando era conscripto y miembro de una célula del ERP, había robado uno de esos mastodontes de chapa. El final es previsible. Es más sugestivo y por consiguiente más profundo, el efecto logrado con Susana está en el Uruguay. El relato fue armado enteramente con diálogos.­

El tono general de la obra es melancólico. Nunca la tristeza embarga al lector, a pesar de que las páginas provienen de una tragedia personal. Bruzzone invita a compartir su búsqueda febril, sus frustraciones, su catarsis... también sus experiencias sexuales. Aquí, como generalmente ocurre, no hay nada del otro mundo. Si no lo vence la molicie, es posible que concrete una brillante carrera como escritor. Y acaso, al final del sendero, verá a 76 como una obra indispensable y querida pero menor.­

Guillermo Belcore­

Calificación: Bueno­

PD: Me fatigué tratando de conseguir el libro. En el blog de la editorial se detallan los puntos de venta (en Eterna Cadencia a mediados de agosto no estaba). Hay algo conmovedor en los afanes de Tamarisco. Sus esfuerzos por ganarse un lugar bajo el sol merecen la mejor recompensa. ¡Qué vendan muchos libros y qué no pierdan el espíritu amateur (en el mejor sentido del término) en el camino!

viernes, 1 de agosto de 2008

La muerte y los desencuentros

Elvira Orphée­
Ediciones Fundación Victoria Ocampo. Novela de 180 páginas. Edición 2008.

Está bien que esta nouvelle publicada en 1989 vuelva a ver la luz. En verdad, no merecía el injusto olvido. Elvira Orphée (San Miguel de Tucumán, 1930) cautiva por su talento para el vocablo raro y escogido, el fulgor poético y una delicada habilidad para hincar en la trama los colmillos de la realidad nacional.

Se narra la historia de una familia maldita en los cerros tucumanos, los hijos del médico Sarmiento y de una señora, muy enferma. Una de las chicas, la narradora, vuelve al hogar, ya casada, después de años en Europa. Dureza y dulzura, eso tiene. Intenta averiguar cómo murieron sus padres, mientras rehace la relación con sus exóticos hermanos y tropieza con otro amor. El pueblo los detesta o les teme. Crímenes políticos urden el telón de fondo. “El odio va de aquí para allá, devolviendo acrecentadas las ofensas”, nos advierten.

El libro esboza un contraste muy agradable entre el país del frío, donde opera la geometría y la contención; y el nuestro, en el que suceden cosas del fin del mundo y los paisajes son tremendos. Lo real maravilloso es la clave: hay serpientes diabólicas, cazadores de guanacos, perfumes de azahar, tormentas pavorosas, el magnífico desatino de los nuestros, el calorcito y el desgano. Sólo puede reprochársele a la autora el escaso desarrollo de algunos personajes muy interesantes. Las páginas también exhalan magia y mitos ancestrales.

Lo que eleva esta obra al nivel de una gran novela es la esplendidez del lenguaje. Al atardecer se lo llama “la hora en que la luz se acuesta”. La prosa combina el deje sentencioso del Noroeste con cierta morosidad francesa. El efecto es muy estimulante y alarga la novela, pues obliga a una lectura lenta y concentrada para el disfrute de frases que han sido templadas y repujadas con esmero.­

Guillermo Belcore­

­Publicado en el suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Bueno

PD: Hay vida fuera del circuito comercial. Orphee es una gran estilista. Podes leer otra reseña en www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/las12/13-4221-2008-06-28.html

sábado, 12 de julio de 2008

Pagaría por no verte

Juan Sasturain
Sudamericana. Novela policial. Edición 2008. Precio aproximado: 40 pesos.

En un back central, un parrillero o un escritor de novela negra el oficio resulta una virtud fundamental. El agrado está en el tópico. El relato policial debe incluir un detective íntegro y proclive a ser apaleado, vampiresas, un suspenso agradable, algunos cadáveres misteriosos, poderes corrompidos. Juan Sasturain (González Chávez, 1945) combina con gran solvencia estos ingredientes. Al igual que su detective veterano, Juan Argentino Etchenique, lo suyo es no buscar novedades. Hace repertorio como Edmundo Rivero.

Pagaría por no verte se ambienta a principios de los ochenta. Tres brujas urden el telón de fondo: paranoia, arbitrariedad y demencia homicida. Etchenique se reencuentra con el pasado, con El Pájaro Saldívar, una vieja y sórdida relación. El tipo es hoy un próspero empresario bien conectado con la Curia y las Fuerzas Armadas. Un cáncer lo está matando. Su yerno, un pelafustán con diploma universitario, contrata al investigador privado para confirmar que el socio de Saldívar maquina vaciar la fábrica de pinturas. Asesinatos no tardan en aparecer. Algo oscuro, excesivo y penoso corroe el sentido de los hechos, la lógica de las relaciones. Por fortuna, Etchenique tiene un amigo fiel en la Policía Federal. Por fortuna, el curso principal de la trama no se aparta del ámbito privado.

En lo que al estilo se refiere, el autor abreva en fuentes arltianas. Emplea palabras sencillas y claras; el tono es coloquial, el habla porteñísima. Se trata de realismo atorrante y boquisucia. La prosa es funcional y su lectura, adictiva. El enigma policial está bien forjado, por ende satisfará a los amantes del género. Sasturain es uno de esos escritores que nunca apartan su cuerpo de la historia. Uno oye a sus personajes, a sus ideas y a sus modismos y está escuchando al conductor del programa televisivo Ver para leer, que acaba de ganar un Martín Fierro.
Guillermo Belcore­

­Publicado en el suplemento cultural del diario La Prensa.

Calificación: Bueno

Post Scriptum: Podés encontrar más información sobre el libro en http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-3122-2008-07-27.html

jueves, 12 de junio de 2008

Partes de guerra, Malvinas 1982

Graciela Speranza y Fernando Cittadini­
Edhasa, 237 páginas. Edición 2005. Precio: 40
pesos.

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Juan José Gómez Centurión, brillante subteniente en 1982, tiene razón: los argentinos somos -para bien y para mal- un pueblo reñido con lo épico. Por ello, agoniza en el olvido la gesta de un puñado de compatriotas que entre mil desdichas mantuvo a raya al mejor ejército del mundo. Por ello, escaparon libres del apropiado castigo los responsables del hambre, las amputaciones y la locura de miles de combatientes.
Este libro fue escrito en 1997; hilvana testimonios de veteranos de la Guerra de Malvinas. Es magnifica la tarea de montaje; la mano invisible de los autores produjo una suerte de novela de no ficción, con elevado dramatismo. Voces, sólo voces, como ecos, como atroces chistes sin gracia, parafraseando a la canción callejera.
Los relatos van desde la movilización hasta el reencuentro de los leones de la batalla de Ganso Verde. Sorprende su incómoda sensación de apoderarse, no de una tierra irredenta, sino de un trocito de Escocia. Vemos las peores miserias humanas, pero también a oficiales que protegían como hermanos a las tropas bisoñas. Meditamos sobre las razones sensatas del teniente coronel Italo Piaggi (se lo pretendió convertir en chivo expiatorio) para rendir la plaza. Cómo no conmoverse con recuerdos así: "El canto de guerra de la provincia de Corrientes nos hacía hervir la sangre". O con la carta que el teniente Estévez, un verdadero místico, le dejó al padre.
Queda claro que -excepto la recuperación de las islas- todo lo demas fue la más pavorosa improvisación. Chicos obligados a malvivir setenta y cinco días a la intemperie, a montar una línea de defensa con palitas, a alimentarse con lo que pudieran cazar. Es indignante. Pero uno, desde la más injusta comodidad (por un par de años no fui llamado a armas), no puede sino admirar a los otros, a los héroes de Malvinas.
Guillermo Belcore­

­Calificación: Muy bueno

­PD: Voy a arriesgar una opinión fuerte. Lo mejor que se ha escrito sobre la Guerra de las Malvinas. Te lo recomiendo.

PD II: Hay un buen reportaje a los autores en http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-2166-2005-04-17.html


lunes, 9 de junio de 2008

77

Guillermo Saccomanno­
Editorial Planeta. Novela de 273 páginas­

­A la estirpe de los intelectuales nac & pop, pertenece el autor de esta novela. Son gente que concibe la literatura como una tribuna, o bien como un atril, que ahora está de moda. El escritor se entromete una y otra vez en la trama para recalcar un mensaje. Se trabaja en blanco y negro, no hay matices. ¡Todo es tan previsible en el universo del peronismo de izquierda! Alguien debe afirmar que Sarmiento fue un cipayo; el Che Guevara, un héroe idealista; el comunismo criollo traicionó a los descamisados, y la Sociedad Rural es una gran calamidad.


El lector encontrará acá una denuncia airada y un poco rocambolesca del año más sangriento de la dictadura. El protagonista se llama Gómez. Es profesor de literatura, cabecita negra (sic) y gay promiscuo. También es -como el autor- nacional y popular. Saccomanno buscó, según ha explicado, darle la voz de Briante o de Viñas, es decir, la de un ser culto y plebeyo al mismo tiempo. Honesto a su manera, el cincuentón vive aterrado: los militares obran con el salvajismo de la Santa Inquisición. Presencia como secuestran a jóvenes; los Falcon verdes son legión y lo acosan. Piel y hueso va quedando por la pavura, pero las apetencias -notaba Nietszche- son monstruos espléndidos. Gómez se vuelve amante de un policía homicida y traba relación íntima con una parejita de guerrilleros. Qué nadie demonice a esos chicos apasionados, nos advierte Guillermo Saccomanno.

La construcción de personajes es, quizás, lo mejor logrado de una novela que cierra la trilogía con la que Saccomanno enjuicia la historia reciente de la Patria. Tiene el encanto de lo kitsch y de las cosas imperfectas. Combina cliché, melodrama, absurdo y compulsión por pontificar. Se ha deslizado, ¡ay!, un error propio de un chambón o de un elitista. Se escribió que el Ferrocarril Urquiza sale de Retiro y lleva a Villa Ballester.­
Guillermo Belcore­

Publicado en el suplemento cultural del diario La Prensa.

Calificación: Regular

PD: Si pensás como Kirchner, te va a encantar.

PS: El 17 de julio de 2009 esta novela recibió en Gijón el Premio Dashiell Hammett a la mejor novela policial publicada en lengua española, según el fallo del jurado integrado por Juan Bas, Paco Ignacio Taibo II, Carlos Salem, Bruno Arpaia y Ricardo Menéndez Salmón. El veredicto destaca la "extraordinaria fuerza narrativa" y "el profundo calado histórico" de 77

viernes, 23 de mayo de 2008

La sombra del púgil

Eduardo Berti­

Editorial Norma. Novela en 181 páginas. Edición 2008. Precio aproximado: ­40 pesos.

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La figura del boxeador buenazo, que pelea cuerpo a cuerpo con la vida, tiene el éxito asegurado. Aún hoy, nos conmueve Rocky Balboa, incluso a quienes presumimos de sofisticados. Eduardo Berti (Buenos Aires, 1964, foto) inventa aquí a Justino -ojos mansos, sonrisa sin sesgos de maledicencia- para protagonizar dos historias, una deportiva, la otra sentimental. La trama involucra a tres hermanos, el mayor profesor de historia, el del medio biólogo, el menor periodista. En la adultez se empecinan en llenar los huecos de un par de relatos que, de chicos, los había cautivado en labios de su padre. Rememoran al púgil Justino, correcto o mediocre profesional retirado, y a sus entrañables y retorcidas tías Berta y Aurelia, marchitas de amargura hasta el cajón. Hay un campeón que demanda una revancha siempre postergada. Hay enemistades oscuras y de por vida. Hay enfermedades malditas y un reloj catedral que cumple un papel decisivo. El Congreso es oscuro; el club barrial, gris; y el hogar, blanco y luminoso.

El autor ha querido retratar la actitud complaciente y timorata de la clase media porteña ante la última dictadura militar. Las opiniones de Berti no van más allá del tópico progresista. No obstante, debe dejarse constancia que sus delicados procedimientos para introducir la política en la urdimbre jamás estropean la eficacia narrativa. Con una frase de oro salva el verosímil literario: “una obsesión no debe medirse con criterios normales”.
Por lo demás, Berti exhibe una de las prosas más fluidas y armónicas de la narrativa argentina actual. No ocurren grandes cosas en su última novela, pero siempre resulta interesante pues el autor no comete el pecado de explicarlo todo que, como Voltaire sostenía, es el secreto de ser aburrido. ­
Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento Cultural del diario La Prensa

Calificación: Buena­

­PD: Tengo a Berti como uno de los mejores prologuistas de la Argentina. Esta es la primera novela que le he leído, me siento impulsado a buscar las anteriores.

jueves, 14 de febrero de 2008

Centro Editor de América latina. Capítulos para una historia


Mónica Bueno y Miguel Angel Taroncher (coords.)­
Siglo XXI Editores. Ensayo de 328 páginas, publicado en 2007.

¿Quién no atesora en casa un fascículo o un librito polvoriento del Centro Editor de América Latina? Este volumen rinde homenaje a esa empresa (en el sentido más rico del término) que emergió como consecuencia de la brutalidad del régimen que defenestró a Arturo Illia, el presidente bueno. Los bastones largos forzaron a Boris Spivacow y a un puñado de notables a abandonar en 1966 la Editorial de la Universidad de Buenos Aires. Fundaron entonces un sello que -fiel al mandato de los pensadores de Boedo- se propuso ampliar el público lector. Buscaron al hombre que nunca pisa una librería pero fatiga los quioscos. Quisieron formarlo, encaminarlo en cierto sentido, ampliar su mente y su sensibilidad. El lema era “más libros para más”. La reacción del Estado fue feroz. Cierta tarde de agosto de 1980, la policía incineró en un baldío de Sarandí un millón y medio de ejemplares que un juez había sentenciado por subversivos. Heirinch Heine notó que en el país donde se queman libros al final también se queman hombres.
Esta obra coral fue forjada en la Universidad de Mar del Plata. Quince catedráticos desmenuzan la gesta de una editorial “de mercado, pero no capitalista”. Los investigadores no se limitan a la descripción árida. El libro se ramifica y aborda, por ejemplo, la poética antipoética de Macedonio Fernández o el folletín de Eduardo Gutiérrez, parangonado con los fascículos del CEAL. Cierra el juego una conversación retrospectiva con protagonistas, con Carlos Altamirano o Beatriz Sarlo, por ejemplo.
¿Dónde están hoy los Spivacow que acerquen al pueblo poesía medieval italiana? ¿Dónde encontrar joyas de colección? Acérquese amigo, amiga, al quiosco de la esquina. Dé un vistazo a las revistas y verá cuanto se ha envilecido la Argentina.­
Guillermo Belcore­

Publicado en el suplemento cultural del diario La Prensa.

CALIFICACION: Bueno