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lunes, 14 de octubre de 2024

La ciudad


Por Mario Levrero

Caricatura Editora. 

Novela, 198 páginas


Hace 20 años y un mes fallecía en Montevideo una de las glorias de la literatura latinoamericana. Un genio tan singular como poco conocido por entonces; hoy es un autor de culto para los intelectuales. Escribió, entre otras maravillas, una de esas novelas imprescindibles para todo aquel que desee ser llamado lector. Parecía un personaje literario -en camiseta sin mangas- más que un hombre de carne y hueso. Se llamaba Jorge Mario Varletta Levrero; firmó sus obras como Mario Levrero. Gracias a Dios hoy se lo sigue imprimiendo.

Con motivo de los 300 años de la ciudad de Montevideo, el sello Caricatura Editora rescató la primera novela de Levrero. La ciudad fue escrita en 1966, ganó una mención especial en un concurso organizado por el semanario Marcha y se entregó a la imprenta por primera vez en 1970. Fue uno de los más felices estrenos literarios en el Río de la Plata. Para que tenga una idea amigo lector, podría describirse como un Kafka tardío con un dejo de Lewis Carroll y precursor -a su especial manera- de César Aira. Pero es posible que la frase anterior no sea justa: el texto es un auténtico Levrero; un autor originalísimo, incomparable, que ha dejado a la posteridad unos veinte libros.

Vaya historia. El narrador, que se define como pintor de cuadros, se muda a "una casa que no había sido habitada ni abierta sus puertas y ventanas durante muchos años". Llueve a cántaros. El hombre recuerda que cerca de allí hay un almacén. Sale a la intemperie en busca de kerosene y alimentos. Empapado, se pierde en la oscuridad. Hasta que detiene un añoso camión en el camino y le pide al chofer que lo lleve a alguna parte.

El conductor tiene pocas pulgas y viaja acompañado por una mujer joven -Ana, será una actriz importante de la trama- que hostiga con su pico al pintor mientras trata de perturbarlo con las piernas y las manos, pero nuestro chico no se excita: está angustiado. Veremos que el sexo es otro elemento trascendental en este sabroso sinsentido.

Viajan toda la noche. Por la mañana, el tosco camionero los echa con insultos de la cabina, en medio de la nada. Alega "una delicada misión oficial". Ana y el pintor caminan por la ruta. Surgen peleas, hasta que ella lo invita a conocer el pueblucho donde mora, no lejos de allí.

Es un caserío borroso, donde solo se destacan un bar, un almacén, una estación de servicio y una zapatería. Sus habitantes son estrafalarios, naturalmente. Se menciona una omnipotente “Empresa” y un reglamento de acero al tungsteno que deben cumplir los habitantes. En la segunda parte del libro leemos los esfuerzos del protagonista por huir.

Como habrá notado, el conjunto tiene un aire de pesadilla pero no es uno de esos sueños inanes que los literatos sin imaginación añaden a sus novelas para engordarlas. La grotesca farsa es cautivante, ocurren cosas, y varios pasajes pueden leerse como alegorías. "En el mundo hay muchas cosas que no comprendemos", sentencia Levrero cuya prosa es engañosamente simple.

Por ciento, la novela puede leerse de un tirón.

Finalmente, digamos que el objeto libro es hermoso. Incluye ilustraciones del señor Alfredo Soderguit que avivan el clima de ansiedad, miedo y leve suspenso que el autor construyó con maestría. "Aventura onírica", definió con acierto un crítico a este libro. Borges decía que cuando la humanidad olvide los estilos y las capillas literarias sólo nos quedará lo que existía al principio al calor de una lumbre: las historias. Formidables historias seguirán hipnotizando a hombres y mujeres, como la que narra La ciudad de Mario Levrero.

Guillermo Belcore


Calificación: Bueno

Publicado en el Suplemento Cultura de La Prensa.

martes, 12 de diciembre de 2023

La auto-sospecha







El personaje literario es viejo como la máquina de vapor. El hombre del subsuelo (¿por qué no hay mujeres cumpliendo este papel en las novelas?). Un añoso viaje, pues, desde Akaki Akákievich hasta Neftalí de Montevideo, que hoy venimos a presentar.

Ana Grynbaum, una de las voces más interesantes de la narrativa uruguaya actual, ha decidido recorrer en su más reciente nouvelle un sendero trillado pero no por eso menos encantador. Es la clásica historia de un patético cero a la izquierda, sin un cobre en el bolsillo ni razones para vivir, que finalmente encuentra un sentido a la existencia. A pesar de su mezquindad en páginas (ya volveremos sobre el punto), podría decirse que La auto-sospecha (180 páginas, Libros del inquisidor) es una especie de bildungsroman. Una diminuta novela de aprendizaje.

Neftalí vive en la casona de una vieja inválida, medio pariente, bajo un régimen de semiesclavitud. Mal atiende a la despótica mujer a cambio de un altillo mugriento para dormir y las sobras de la comida. Se somete también al escrutinio neurótico. Explica con el símil eficaz por qué ha dejado pudrir su talento en la desidia: 

"Preferí no funcionar, devenir bolsa de nylon enredada en la copa de un árbol; por decisión propia no sirvo para nada... hubiera querido ser optimista, pero naufrago en la mierda".

Un día la señora se muere; más rápidos que un vencejo, familiares lejanos se presentan por la casa. Le dan venticuatro horas al inquilino para abandonarla; Neftalí tiene todo preparado para ahorcarse pero finalmente quien se queda con la propiedad es una sobrina nieta. Rocío, una muchacha tan ingenua como lastimada, planea abrir allí un comedero para pibes de la calle. "Por más indeseable que un hombre sea, siempre se le arrima alguna mujer", se establece. Así pues, la trama evoluciona como suelen hacerlo estas historias menudas.

BLOQUECITOS

La urdimbre se construyó en bloquecitos. Hay una agradable alternancia entre el soliloquio de un Don Nadie y la narración en segunda persona del singular. Muestra la autora, además, una formidable destreza para acuñar sentencias. Cómo ésta de la página cuarenta y siente: 

"la verdad es frágil, exige acolchado... Me parece que todos compartimos la idea de que hay algo nuestro que no debemos revelar nunca, bajo ninguna circunstancia, incluso si desconocemos el contenido...".

En el debe podría mencionarse la escasez de páginas. El lector voraz se queda con hambre. Sería necio acusar a la nouvelle de falta de ambición artística, la señora Grynbaum ha creado, nada menos, su propio sello editorial junto a su marido Ércole Lissardi (¡ah!, esos nombres uruguayos) para componer lo que les plazca, en especial para cultivar la literatura erótica, una apuesta sumamente audaz en estos tiempos de hipersexualidad mediática, que no es arte claro está. Hay un par de páginas eróticas, por cierto, en La auto-sospecha que son poesía pura, y muy buena.

Además, un comentarista nunca debería criticar a un perro porque no es un gato. Pero he aquí un chihuahua que tenía todas las condiciones para ser un gran danés, es decir una novela oceánica, con fascinantes personajes secundarios y un contexto de degradación moral y social que Ana Grynbaum prefirió esbozar al paso en lugar de desarrollarlos. Es una lástima, Onetti y Dostoievski están presentes en su escritura y se la da muy bien el retrato de Montevideo, la fea.

Una última extrañeza. Como si se tratara de burbujas ácidas, consignas de izquierda emergen cada tanto. Habla Neftalí de conciencia de clase y hay un par de menciones despectivas de la meritocracia, del consumismo y del descastamiento de las napas inferiores de la burguesía media "a las que todos suponemos pertenecer". Pero la moraleja del libro no proviene de Marx, sino del Nuevo Testamento. Es Corintios 13, 1 al 7.

Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento Cultura del diario La Prensa.

martes, 14 de noviembre de 2023

La sombra del mamut

Por Fabio Morábito

Cuentos. Edhasa. 235 páginas. Edición 2023




En octubre de 1929, Alberto Einstein declaró a un periodista: 

“La imaginación es más importante que el conocimiento. El conocimiento es limitado pero la imaginación circunda el mundo”.


Si el talento creativo es importante en la ciencia, qué decir del arte. Cuando hay una imaginación poderosa al timón de una obra literaria -y cuando esa imaginación sabe expresarse- los resultados no pueden ser sino magníficos.


Ésta es la impresión que suscita La sombra del mamut un libro con veinte cuentos que acaba de ser impreso en nuestra Patria. Su autor es Fabio Morábito (1955), polígrafo ítalomexicano, aunque nacido en Alejandría, Egipto. Es un escritor que trabaja con una inusual amplitud de estilos y destrezas.


Por ejemplo, cultiva con igual talento tanto los relatos con final abierto como aquéllos con un desenlace redondito que nos deja con la boca abierta. O conmovidos, como Danzón, exquisita reivindicación de las pequeñas comunidades de intereses donde se forjan amistades entrañables; al tiempo que se nos advierte sobre los malos entendidos que envenenan la vida familiar.


La mayoría de los seres humanos lee el diario para informarse, formarse y encontrar argumentos que confirmen su visión del mundo. Morábito se sirve de la realidad en letra impresa para encontrar esos temas que merecen ser amonedados en un relato. Por ejemplo, un accidente de Swiss Air le permite en La hierba de los aeropuertos contar las peripecias de un jardinero obsesionado (podría decirse que éste es el libro de las obsesiones). En La llegada a la Luna se las arregla para unir los primeros pasos de Armstrong con la muerte de la abuela y el debut delictivo de un niño.


EL SEÑOR PENCROFF


La isla misteriosa de Julio Verne fue, al parecer, el libro favorito de la infancia de Morábito. Boris Pencroff aparece varias veces en el volumen. En Dédalo bajo Berlín es un obrero de la construcción enloquecido por los celos en vísperas de la Caída del Muro. En Persecución, una presencia fantasmal que atormenta a un viajante de comercio. Boris, por otra parte, es un músico que interpreta en el flautín o pícolo una sola nota que nos vincula misteriosamente con la Antigua Grecia. También es un marido obsesionado con la supuesta infidelidad de la mujer, aunque el mismo sea el peor de los traidores. En Extras, el apellido Pencroff designa a un comparsa de Hollywood que coloca a los lectores ante la terrible evidencia de que todos nosotros -los hombres a pie, los ciudadanos comunes- somos extras "de innumerables historias que transcurren a nuestro lado sin que seamos conscientes de ello". Somos polvo en el viento, amigos.


Otra clave del libro es la alegoría, es decir la metáfora continuada en la que se representa una cosa para dar a entender otra. El Gran Camino Volado tiene tintes borgeanos. Comienza con una hermosa frase: "No hay nada que no puedan hacer los chinos cuando los manda un rey". Narra la historia de un autócrata que manda construir una obra colosal para no mezclarse con su pueblo harapiento.


Morábito comenzó su carrera profesional como traductor. Esa profesión indispensable colorea varias páginas. En la ciento trece, se establece que "cada idioma, como cualquier ser vivo, tiene su temperamento, sus inclinaciones y sus preferencias". Se reflexiona sobre Ungaretti y las dificultades que presentan los poemas pequeños y transparentes. "Todos los traductores nos preguntamos alguna vez si no somos unos impostores", establece uno de los personajes de un texto quizás con retazos autobiográficos.


También merece ser destacado el cuento que da nombre al volumen. Enlaza dos tiempos remotos. En la era de las cavernas, el antepasado de todos los traductores busca compañía femenina. La tribu sospecha de sus intenciones. En nuestros tiempos, un traductor cuarentón y solitario tiene como distracción el footing y se desespera por vincularse con otros atletas. La sombra del mamut va y viene de la prehistoria al siglo XXI. ¡Vaya imaginación la de este tipo!

Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa


Calificación: Bueno


PD: En este blog se comentaron otras obras de Morábito. Pinche aquí:



domingo, 19 de marzo de 2023

El ápice y otras historias


 POR GUILLERMO BELCORE


En 1965, George Steiner escribió Palabras de la noche, Pornografía sería e intimidad. El pequeño ensayo podría considerarse -hasta el día de hoy- la crítica definitiva a los textos sexuales. Destaca el rabí su ineludible monotonía, pues "la cantidad real de los gestos, de las consumaciones y de las fabulaciones es tremendamente pequeña". Sostiene que la literatura erótica sólo nos ha dado en nuestro tiempo una sola obra memorable: Lolita, donde encuentra "un auténtico enriquecimiento de nuestro habitual bagaje de tentaciones". Y denuncia un paralelismo grave:


"Las novelas producidas con el nuevo código de decirlo todo tratan a gritos a sus personajes: desnúdate, fornica, ejecuta tal cual perversión. Así lo hacían los S.S. con filas de hombres y mujeres de carne y hueso. La actividad no es, creo, enteramente distinta. Es posible que haya afinidades más profundas de las que hayamos percibido entre la libertad total de la imaginación erótica sin trabas y la libertad total de sádico. La aparición de estas dos libertades en momento histórico más o menos idéntico puede no ser coincidencia. Ambas se ejercen a costa de la humanidad de otra persona, del derecho más precioso que tienen los demás; el derecho a una sensibilidad privada".


Para Steiner, pues, la ficción puerca tiene escasísimo mérito literario e interés para una mentalidad adulta. "Tolstoi es infinitamente más libre, incluso más excitante que los nuevos erotólogos", postula en uno de nuestros libros de cabecera (1).


En el Río de la Plata, no obstante, ha surgido un polígrafo que ha decidido desafiar el dictum del mejor crítico del siglo XX. Su nombre es Ercole Lissardi (Montevideo, 1951). Escribió cuentos, ensayos y más de veinte novelas sobre la cuestión de Eros; incluso creó la editorial Los libros del inquisidor, junto a su esposa Ana Grynbaum (2), para que el filisteísmo y la cobardía no interfieran con su libertad creativa, a la que considera básicamente como un asunto de coraje: el creador "debe estar estar dispuesto a perder el Mundo para ganar el Cielo"..., pero con la convicción triste de que "el producto de esa labor secreta a la que llamamos arte sólo puede esperar el fracaso o la estima de audiencias minúsculas".


Ha llegado a nuestras manos un volumen de Los libros del inquisidor, impreso hace unos meses en Buenos Aires. El ápice y otras historias encierra tres escritos de "pornografía seria" que compuso el señor Lissardi. Podría definirse como la puerta de entrada ideal a su propuesta literaria.


AMBICIONES SINCERAS


Antes de comentar las tres nouvelles o cuentos alargados, es menester hacer una aclaración. Lissardi es un escritor de verdad con pretensiones y ambiciones sinceras, que ha buscado cultivar el jardín de la originalidad, experimentando con un género difícil y limitado (Steiner tiene razón), pues una cosa es que el sexo sea una hebra más en la trama -aunque de subidísimo tono-, y otra muy distinta es afrontar cada cinco páginas una detallada descripción de una cópula salvaje, incluso homosexual. No es para todos los estómagos, queremos decir. Como Osvaldo Lamborghini.


En la primera historia (El ápice), un artista evoca las maratones carnales que mantuvo con Martina, estudiante flacucha e intelectualoide; y con Jairo, el chico que atiende el ciber. Dos jovencitos sin prejuicios ni inhibiciones. Acaso discípulo de Wilhem Reich, el sinvergüenza que lleva la batuta dice que encuentra en las esencias del deseo consumado las fuerzas para completar su obra. ¿La famosa energía orgónica?


Encontramos en El bien supremo a un gerente apuesto y con auto de lujo, cazador fantasmal de mujeres proclives a las tiroteos clandestinos, pero en vías de sanación espiritual, aunque ello implique utilizar sin escrúpulos a una auxiliar contable de su empresa (la casquivana Malena). Lissardi despliega aquí un finísimo sentido del humor. Oímos los retorcidos pensamientos de un loco.


La tercera parte se titula El inconveniente. El narrador omnisciente plantea la siguiente antinomia: claustro matrimonial vs. la bestia del deseo. En viaje de negocios, dos prolijos burócratas acuerdan en el hotel donde se alojan una aventura sexual, no sin peripecias, como una "metaerección". Hombre y mujer se mueren de ganas de transgredir, de salirse del redil un poco, de encontrar en un coito diferente al que habitualmente practican con sus cónyuges "la revelación que parte en dos el mundo de la experiencia".


Del estilo, siempre hay algo que decir. Lissardi escribe con facilidad pero sin desaliño. Exhibe riqueza de vocabulario y dominio de la metáfora, sobre todo para describir órganos sexuales. Hay párrafos con fulgor poético, como la oda al pezón de la página once. Entre orgasmo y orgasmo, medita sobre los misterios del tiempo, el sentido de vida, la vida matrimonial, la sensualidad y el morbo.


Plantea la idea de que sólo los artistas pueden intentar "la representación de lo sexual en su verdad". La dorada medianía de la vida burguesa no quiere ver cara a cara esa verdad que, justamente, no se encontraría en el sexo doméstico, "pautado y previsible, rutinario e higiénico, dulzón e inocuo". El señor Lissardi propone actuar como esponjas marinas, convertirnos en seres porosos, abiertos, para dejarnos llevar donde nos lleve el deseo. Gozar como gozan los dioses, sin límites, es la premisa.


Una especie de locura, parece. El problema en literatura no es solamente que los procedimientos oblicuos sean más eficaces (la sentencia es de Borges). Como dicen en Portugal, "las maneras de tener sexo son menos que las de cómo cocinar el bacalao".


(1) "Lenguaje y silencio. Ensayos sobre la literatura, el lenguaje y lo inhumano", Gedisa, edición 1990.

(2) http://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2022/12/tres-novelas-familiares.html


CALIFICACION: BUENO


lunes, 19 de diciembre de 2022

Tres novelas familiares

 


Uruguay no ha perdido la capacidad de sorprender. Es la tierra de narradores raros -aunque escasos-; es la tierra de Felisberto, Onetti y Levrero. Añadimos a nuestra cartografía -siempre provisional e incompleta- a la señora Ana Grynbaum. Se ha publicado en Buenos Aires un volumen que encierra tres de sus novelas. De esta singular y desafiante escritura -no sin belleza e inteligencia- hablaremos a continuación.


Primero, el contexto. Grynbaum fundó en Montevideo el sello editorial Los libros del inquisidor, junto a su marido Ercole Lisardi, también escritor. Explicó la emprendedora a la agencia Telam que su propósito es corregir un defecto de nuestra época: "La literatura erótica de calidad y profunda, sin facilismo ni lugares comunes, no abunda, en la literatura en español... el discurso del sexo se ha pasteurizado".


¿Porno literario a esta altura del partido? Sí. Entiende Grynbaum que se limita el arte (y la vida) por un recalcitrante "maremágnum de tabúes". Sin embargo, la tríada que se imprimió en la Argentina es interesante y recomendable no porque despliega Alto Erotismo, sino por sus ideas (filosóficas, psicológicas e históricas), por los argumentos que desarrolla, y por la potencia estética de su estilo. Aunque de tonos muy intensos, el sexo no es un único color en la trama, como ocurre siempre en la buena literatura. Al fin y al cabo, las tres obras, con sus heroínas resilientes, concluyen redondeando un mensaje bastante convencional. Sólo el amor salvará al mundo.


Tres novelas familiares (469 páginas, edición 2022) incluye pues los siguiente títulos: El hombre que pudo haber sido, La conquista del deseo y Un asiento demasiado confortable.


En la primera nouvelle, un antropólogo israelí (Iaír) llega a Montevideo para estudiar a los judíos nacidos en Europa que todavía viven en la capital uruguaya, pero cae en una casa de pesadilla. La segunda nos lleva de la mano a la iniciación en el placer de una jovencita (Iara) en los opresivos años ochenta. En la última, una mosquita muerta (Leila) se evade del calvario familiar en el sillón que un vejete repulsivo -""verdadero artista de la succión genital femenina""- esconde en la trastienda de su cuchitril.


EL DECALOGO DE G.


El lector encontrará en el volumen diez elementos destacados, por lo menos:


1) En alguna medida, las tres son novelas de formación (bildungsroman), relatos de iniciación, formación o aprendizaje. Narradas en forma de evocación, van desde los deseos insatisfechos hacia la autorrealización. "Uno tiene la obligación de darse las oportunidades de vivir, de hacer las cosas que podrían eventualmente generar la felicidad o algo emparentado con ella...", se establece en la página sesenta y seis.


2) Personajes sin atributos remarcables, sujetos a la maldición de la infelicidad, pero que se las arreglan para salir adelante.


3) Reflexiones sobre los retorcidos senderos del deseo. La dependencia del goce, que incluso engancha a algunas personas libidinalmente a un estilo maldito de hacer las cosas mal, o al ejercicio de la maldad, como la madre de Leila (¿es éste el libro de las madres crueles?).


4) Podredumbre doméstica. La urdimbre describe atmósferas malsanas en el hogar, donde también ocurre la indignidad, la deshumanización del ser humano. Como la que han construido, Bernardo y Clara -anfitriones de Iaír-, "37 años de vida matrimonial: se revolcaban en el goce del mutuo maltrato como los cerdos en el barro". Así, Grynbaum nos advierte que "la novela familiar se ha convertido en una serie criminal con toques de humor sádico".


5) El cultivo del feísmo nacional. Montevideo es gélida, gris, anodina, maloliente. Uruguay, el "País de todos los quietismos". Grynbaum declara su fastidio, su desesperación, por el país que pudo haber sido, las promesa batllista incumplida, el progreso abortado... Y uno que pensaba que los argentinos somos los campeones mundiales de las oportunidades perdidas.


6) El libro cavila sobre la condición judía; especialmente sobre el peso abrumador de ser sobreviviente del horror nazi en un tranquilo arrabal de Sudamérica.


7) Estudio de la mente humana. Grynbaum es psicóloga también y -¡ay!- hace hablar a algunos de sus personajes como si hubieran estudiado durante años a Freud y a Adler. La jerga profesional se convierte en un ripio. Verbigracia: "La fascinación es una forma del deseo congelado".


8) Pornografía. El texto es rico en palabras puercas e incluye escenas revulsivas. Somete a escrutinio neurótico, por caso, la obsesión con una lengua camélida de la pobre Leila, ""una marioneta en disputa por las fuerzas opuestas de la fascinación y la repugnancia"...


9) Denuncia del sistema de salud, sus estrategias comerciales y su deshumanización del paciente. Llega a compararlo la autora con los campos de concentración hitlerianos por reducir a un número a las personas.


10) El mensaje y la ideología. Nuestros vecinos, al parecer, no han podido superar el galeanismo, enfermedad infantil de la literatura hispanoamericana. Grynbaum abomina, una y otra vez, del mundo pequeñísimo burgués,. Vivir acumulando cosas y venerarlas como ídolos es ruin, los shoppings son horribles, fruslerías de ese tipo.


Pero a la autora le interesa, principalmente, brindar otro mensaje existencial: "En la vida lo esencial es realizarse", leemos. Podría suponerse que hay una sentencia de Nietzsche que le gustaría grabar en piedra: "Conviértete en lo que eres". 


Es razonable la consigna de violar las puertas de la ley (que por supuesto están sin llave) para muchachas buenas oprimidas por la rigidez familiar y social, pero a cualquier comunidad le resultaría problemático si todos nuestros semejantes la llevan a la práctica hasta sus últimas consecuencias. 

Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento Cultura de La Prensa.


Calificación: Bueno

jueves, 23 de enero de 2020

La literatura nazi en América

Aunque nunca hubo tanta gente escolarizada, un síntoma de la ignorancia y la candidez de estos tiempos degradados es la circulación masiva en las redes sociales de las llamadas fake news, es decir las noticias espurias creadas para desacreditar a una figura pública, movimiento político, empresa, etc.
La expresión circula en las anglósfera desde el 1800, según los lexicógrafos. Hoy en día, los rusos, con un ejército de trolls, parecen haberse especializado en estas artimañas, acaso para vengarse de Occidente; al fin y al cabo no carecen de tradición: fue un agente del zar quien escribió los Protocolos de Sion, ese documento inventado que, según los imbéciles, prueba la existencia de una conspiración judía para conquistar el mundo.
En la Alta Literatura, existe un equivalente a las fake news, más amable, interesante y sustancial. Es un juego del intelecto que exige de lectores cómplices. Consiste en (usando palabras de Jorge Luis Borges) "falsear y tergiversar ajenas historias". Llamémosle entonces false book (fake book ya se usa en otra expresión artística: la música).
En la modernidad se han publicado espléndidos ejemplos de esta subespecie: Vidas imaginarias (1896) de Marcel Schwob, que a su vez inspiró la Historia universal de la infamia (1934) de Jorge Luis Borges. Confirmando la certera Teoría de las influencias de Harold Bloom ambos son precedentes del false book que 1996 anunciaba al mundo, como si de un campanazo se tratase, que en Chile había nacido otro narrador sublime: La literatura nazi en América de Roberto Bolaño (1953-2003). Este es el libro que aquí venimos a recomendar, aprovechando que el sello Alfaguara ha reimpreso en el último bienio la obra (imprescindible) del literato santiaguino.
MASCARADAS
El juego es así: La literatura nazi... es una maravillosa enciclopedia fraudulenta de autores, libros (fictitious books, otro concepto anglosajón, como el Necronomicón de Lovecraft) y editoriales, que simpatizaban o militaban entusiastamente en favor del nacionalsocialismo, el fascismo, el franquismo, la superioridad aria o la xenofobia, el racismo y el antisemitismo en general. Es también una prodigiosa exhibición de estilo.
Bolaño -ese genio- se sirve de recursos nobles como la parodia (¿es la parodia del Diccionario de autores latinoamericanos de Aira?), la sátira (sobre todo de la República de las Letras), la ironía, la crítica social y política, y del humor fino y absurdo (a la manera de Woody Allen), para componer personajes fascinantes que nunca existieron, o bien refieren tangencialmente a ciertos plumíferos famosos. Podrá encontrar usted en el Aleph contemporáneo (Internet) conjeturas sobre a quien aludirían en el mundo real las criaturas bolañescas.
Dijimos humor del absurdo, ¿no? Es que el texto se construye con pasajes francamente desopilantes, como aquéllos que describen a los hermanos Schiaffino, capos de La Doce. Bolaño se las ha ingeniado para unir poesía épica con los barrabravas de Boca Juniors. Qué imaginación, la de este tipo. Nos informa que Italo Schiaffino ha publicado Palidezcan los lebreles, "una suerte de Ilíada para la muchachada xeneize". Y que algunos de sus trescientos versos fueron aprendidos de memoria por la soldadesca tribunera. 
Comicidad sí, pero nunca frívola. En el timón de la escritura hay una inteligencia portentosa que desea repudiar alguna de las abominaciones históricas, como el totalitarismo cubano o la guerra sucia de los setenta, todo dicho con una prosa leve que se burla de los tonos y los lugares comunes de la crítica literaria.
Acaso este extracto de la página 179 baste para transmitir el sabor de la obra:
"Amado Couto escribió un libro de cuentos que ninguna editorial aceptó. El libro se perdió. Luego entró a trabajar en los Escuadrones de la Muerte y secuestró y ayudó a torturar y vio como mataban a algunos, pero él seguía pensando en la literatura y más precisamente en lo que necesitaba la literatura brasileña".

El remedo del diccionario -o del comentario diarístico- se abandona en la penúltima entrada, la única compuesta en primera persona. El material autobiográfico es evidente. El carácter que describe es el del infame teniente Carlos Ramírez Hoffman, piloto avezado y oficial de la Inteligencia chilena que se infiltra en un taller literario en Concepción y luego secuestra a las poetisas Venegas. El asesino y torturador deviene en artista de vanguardia y desaparece en Europa. Aquí encontramos la prosa más personal (y seductora) de Bolaño, su tan elogiado flujo continuo. 
MIRADA DE AGUILA 
No puede dejar de mencionarse otro agrado del libro: la exactitud de la mirada. Bolaño arroja una sonda a las profundidades del alma americana. Puede que resulte desagradable el paisaje pero -entre tantas caricaturas- es rigurosamente cierto. Llama la atención que los argentinos sean la primera minoría en la falaz antología.
El primer capítulo se demora en los Mendiluce y es una despiadada vivisección del extravío ideológico, el esnobismo y la superficialidad de cierta clase pudiente de la Patria. Edelmira Thompson, la madre, comparte características con las hermanas Ocampo, "dictadoras de la lírica y del buen gusto en ambas márgenes del Plata en los albores del siglo XX". Juan Mendiluce Thompson, el hijo, lanzaba diatribas, entre otros, "contra Cortázar, a quien acusa de irreal y cruento; contra Borges, a quien acusa de escribir historias que son caricaturas de caricaturas y de crear personajes exhaustos de una literatura, la inglesa y la francesa, ya periclitada, contada mil veces, gastada hasta la náusea". 
Mateo Aguirre Bengochea es el terrateniente de la Patria con ambiciones artísticas, pero sin talento. En Silvio Salvático está el rencor del fracasado pequeñoburgués: quiere dedicarse a escribir pero debe ganarse la vida en trabajos insignificantes (¿Roberto Arlt?). Daniela de Montecristo, la argentinidad aventurera que cautiva allí donde aparece, y sufre de malandrofilia ("en la nalga izquierda llevaba tatuada una esvástica negra").
A los fabulosos hermanos Schiaffino, ya los mencionamos. ¿No está plagado de filonazis el submundo del fútbol? Finalmente, Bolaño describe El Cuarto Reich Argentino, "una de las empresas editoriales más extrañas, bizarras y obstinadas de cuantas se han dado en el continente americano, tierra abonada para empresas al borde de la locura, la legalidad y la simpleza".
La literatura nazi en América esta a punto de cumplir un cuarto de siglo de vida. No ha perdido frescura. No sólo es una obra tan amena como profunda sino que constituye una magnífica puerta de entrada a uno de los mejores palacios verbales de la región, la obra excepcional de Roberto Bolaño (¡ay, su temprana desaparición!). Porque este subcontinente, estimado lector, no sólo ha prodigado extremistas alucinados como el Che Guevara o Mario Firmenich, sino también escritores originalísimos. Indispensables.
Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

domingo, 15 de diciembre de 2019

La prueba del ácido

"La belleza es una buena razón, para vivir, ¿no?"
Elmer Mendoza
El 11 de diciembre de 2006, el presidente Felipe Calderón declaró la guerra al narcotráfico. México aún discute aquella decisión dramática que elevó hasta la estratósfera la tasa de homicidios y sólo redundó en la hegemonía del Cartel de Sinaloa (¿era ese el propósito inconfesado?). 
"¿Quién puede hacerle la guerra a los cabrones? Lo tienen todo: armas, relaciones, estrategas, espías, dinero, aliados, etc?. ¿Sabes cuantos policías pueden morir? Todos...", reflexionan los personajes de una novela de don Elmer Filemón Mendoza Valenzuela (Sinaloa, 1949), el as de la narcoliteratura mexicana, que aquí venimos a recomendar.
La prueba del ácido (243 páginas) fue entregada a la imprenta en 2010; gracias a la decisión del Grupo Planeta de liquidar las existencias de Tusquets puede encontrarla hoy en las librerías de saldo de Buenos Aires a un precio irrisorio. Vale la pena el esfuerzo de buscarla, si que es usted comparte el gusto por la buena novela policial con abundante efusión de sangre.
En este blog ya hemos elogiado por partida doble a Elmer Mendoza. Su criatura se llama Edgar El Zurdo Mendieta, de la Policía Ministerial del estado de Sinaloa. El detective viste de punta en negro, y a los 43 años juguetea con la idea del suicidio, abrumado por la soledad y por la degradación de su oficio. Trabajar en los feudos de los brutales carteles de las drogas, en efecto, es como hacerlo en el Tercer Reich.
¿Se puede mantener la decencia en el infierno? El Zurdo acepta un sobre de vez en cuando, consiente las torturas a los detenidos para obtener información (la prueba del ácido) y es un protegido de Samantha Valdez (Sandra Beltrán, en la vida real) la reina del Cartel del Pacífico, pero su riqueza es la austeridad, el coraje y la independencia de criterio. Le agrada incomodar a los poderosos.
En esta ocasión, obrará por venganza, acaso el único estímulo que puede acicatear a un escéptico sin remedio. Mayra Cabral de Melo, meretriz brasileña de las que cuestan un ojo de la cara, fue asesinada. El pinche sabandija, incluso, le cortó un pezón. El Zurdo la amaba, como todos aquellos clientes que la conocieron bien. ¿Un narco la escabechó? ¿O fue uno de los políticos o empresarios influyentes de Culiacán, también mafiosos? Hasta las tres últimas páginas no conoceremos al asesino.
El telón de fondo, como se dijo, es la declaración de guerra de México D.F a esa "minoría ridícula" (Calderon dixit) de los narcos. Y la guerra de los cárteles entre sí. Decenas de cadáveres tapizan Culiacán. El padre del presidente de Estados Unidos llega a la zona a cazar patos. Casi lo matan. Por cierto, don Mendoza no se priva del prejuicio y el estereotipo ante sus poderosos vecinos del Norte. "Los gringos no son felices si no están peleando y ya se aburrieron de Medio Oriente", escribió (¡Ja, ja!, le dice el tamal a la olla).
EL HABLA SABROSA
Ingeniero de profesión (como Pynchon, Dostoieski, Primo Levi o Juan Benet) Mendoza se ufana de "haber logrado dar un lugar al lenguaje del estado de Sinaloa" en su veintena de libros (la saga detective Mendieta suma cinco). Es así. La novela desborda de coloquialismos, recoge esa maravillosa propensión del habla mexicana a acuñar apodos y a crear neologismos -vaya paradoja- usando tradición precolombina. Verbigracia: al esbirro se lo llama achichintle y a los guardaespaldas, guaruras. 
El procedimiento, claro, ha generado críticas académicas. En la magnífica revista Letras libres se ha acusado a Mendoza de cierto vicio que Aira denominó folclorismo programático, es decir colorear el texto con un diccionario en la mano, tan artificioso como esos entretenimientos aborígenes que los mercachifles nos infligen a los turistas cuando viajamos al trópico.
El texto, no obstante, tienen musicalidad y gracia. Ha sido bien trabajado. Es ingenioso -aunque arduo, a menudo, para distinguir una voz de otra- el truco de embutir el diálogo en el párrafo, a lo Saramago. Desborda, además, de sensiblerías, a lo telenovela mexicana. Todos lloran a la hetaira asesinada. Mendieta apela a Sandro de América: "Tus labios de rubí, de rojo carmesí...".
Por otra parte, halcones han acusado a Elmer Mendoza de paloma, de minimizar crímenes narcos, como si fuesen una fuerza de la naturaleza amoral, incluso de darle lustre a los hampones. El debate está abierto y nos interpela a los argentinos. 
¿Cuál es la mejor estrategia para enfrentar a ese cruel poder fáctico que ha regresado al querido México a la edad feudal? ¿Guerra sin cuartel o negociar con los malos una administración del delito que permita reducir los niveles de violencia homicida? ¿Deben los militares salir de los cuarteles para afrontar el reto? Francamente, quién esto escribe no lo tiene claro. Ríos de sangre, siguen corriendo. La tasa de asesinatos en México se ha estabilizado este año en 3.000 al mes. ¡Cien asesinatos por día!
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura de La Prensa.
Calificación: Bueno

domingo, 3 de diciembre de 2017

Bolaño, ese gran cuentista

La lectura de esta obra -entregada por primera vez a la imprenta hace veinte años- permite concluir que el polígrafo Roberto Bolaño (1953-2003) fue también un magnífico narrador de cuentos. Podría decirse que no hay textos flojos en su primer libro de relatos. Se disfruta de cabo a rabo.

Llamadas telefónicas (Alfaguara, 228 páginas) parece compuesto bajo influencia de la literatura bonaerense, "probablemente la mejor en legua española del siglo XX"", como se declara en la página diecisiete. Bajo la espléndida sombra de Borges se escribieron buena parte de los catorce cuentos. Se percibe esto no sólo en el desapego de la prosa, sino también en el respetuoso plagio de Historia universal de la infamia, apuesta narrativa que proviene en primera instancia de Marcel Schwob y que consiste en persuadir al lector de que la existencia de cualquier mísero farandulero resulta tan interesante como la de William Shakespeare.

Hay que decir, no obstante las influencias, que la escritura hace alarde de la sencillez y el encanto dúctil que caracteriza la obra madura de Bolaño. Esa música envolvente, un ronroneo podría decirse, tiene la cualidad del oro. Queda aquí demostrado que el escritor chileno era un gran contador de historias, incluso con un dejo de John Cheever: esa sensación flotando sobre los textos de que un desastre está por ocurrir de un momento a otro, pero nunca acontece nada extraordinario. "Vida de Anne Moore" ilustra tan feliz procedimiento.

UN HOMENAJE


El primer cuento se titula Sensini. Se ha establecido que uno de los personajes principales es nada menos que el enorme Antonio Di Benedetto, camuflado tras el nombre de Luis Antonio Sensini, literato argentino malviviendo en Madrid, el mejor ""en esa generación intermedia de escritores nacidos en los años veinte después de Cortázar, Bioy y Mujica Laínez"", "autor de una de esas novelas que hacen lectores", llenando la olla y pagando el alquiler con el dinero de los concursos literarios, pues al igual que el narrador sus relatos -con distintos títulos- salen a pelear en las provincias. Los cazarrecompensas (Di Benedetto y Bolaño) forjan una amistad epistolar. Es una historia triste, melancólica con brillantes indagaciones artísticas. "El mundo de la literatura es terrible, además de ridículo", se advierte.

El tono borgeano de Henri Simon Leprince, un escritor fracasado en la Francia de la ocupación nazi, es demasiado evidente. Enrique Martín también retrata a un plumífero de bajo estofa, que quería ser poeta y termina escribiendo para una revista de sucesos paranormales. "Para disfrutar del arte no hace falta hacer el ridículo, no hace falta escribir ni arrastrarse", es un consejo de Bolaño que los aspirantes argentinos al Parnaso no deberían pasar por alto. Una aventura literaria redondea una sátira precisa de los celos que cunden entre literatos colegas ("colega, esa palabra atroz").

Afirma Bolaño que la muerte y el amor son las dos únicas cosas verdaderas de la vida. Quizás por eso atesora el volumen un puñado de conmovedoras aventuras del corazón. Llamadas telefónicas describe con la precisión de un láser la psicología de un enamorado. La nieve es la historia de un exiliado chileno en la Unión Soviética que tiene la mala suerte de enamorarse de la querida de un capo de la mafia. Clara y Compañeros de celda son dos ejemplos cabales de la preferencia del vate chileno por los vínculos contrariados, imposibles, que siempre concluyen en una vía muerta.

Otro eje temático es la superstición verbal, la creencia de la magia de las palabras. En 1941, un soldado sevillano salvó su vida en el Frente Ruso porque sus verdugos confunden "coño" con la ululante "kunst" ("arte" en alemán).  

Detectives está urdido sólo con diálogos. Conversan dos policías en la ruta y a la superficie afloran las iniquidades de 1973 y el dulce habla chilena. ¿Cachai? Joanna Silvestri, monólogo interior de una actriz porno postrada en una Clínica de Nimes, no tiene un sólo punto y aparte. Se trata de otra hermosa exhibición técnica de uno de los pocos autores latinoamericanos esenciales de nuestro tiempo.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Economía de La Prensa

Calificación: Muy bueno

miércoles, 14 de diciembre de 2016

El borrador de una obra famosa

Por Guillermo Belcore

La decisión de Carolina López, viuda de Roberto Bolaño, de vender en 2016 los derechos de todo lo que ha escrito el artista -haya sido publicado o no- a un sello editorial distinto al que le había permitido alcanzar la consagración literaria en España generó una modesta polémica, de la que dan cuenta algunos diarios. Revolviendo en el baúl del legado de R.B. aparecieron así algunos inéditos, como esta novela de juventud, que anticipa, en tema y forma, una de las mejores creaciones del vate chileno. En efecto, puede definirse a El espíritu de la ciencia ficción (Alfaguara, 225 páginas) como una suerte de esbozo de Los detectives salvajes. Y como todo borrador es fatalmente defectuoso.

No incurrirá esta columna en la controversia. El punto nunca es si resulta pertinente publicar lo que un autor famoso prefirió dejar para el olvido en vida (para justificarse, la industria siempre saca a colación el caso de Kafka). Nos distrae de lo esencial. La pregunta es, siempre y para cada ocasión, qué hace que este libro merezca ser leído. Lo demás son externalidades, que no tienen más valor que la curiosidad o el chisme, y que nada nos dicen sobre los valores estéticos (o la falta de) en las páginas que llegan a nuestras manos.

El espíritu de la ciencia ficción reúne un puñado de empresas descabelladas. El narrador, Remo Morán, y su amigo José Arco persiguen las huellas de las centenares de revistas de poesía que florecen de milagro en la Ciudad de México. Revistas es un decir; la mayoría no son más que hojitas mimeografiadas. Jan Schrella escribe cartas a los maestros de la ciencia ficción anglosajona. Remo y Jan comparten una buhardilla, ambos nacieron en Chile y son pobres como ratas. Son Bolaño, naturalmente.

Otro hilo narrativo se teje en una fiesta artística (una parranda de borrachos, bah), en la que un escritor habla con una periodista de su novela premiada que incluye la Academia de la Papa, la Universidad Desconocida, una guerra francoalemana. Es un hilo confuso que no conduce a ningún lado (puede que sea el sueño de los dos aspirantes a escritor). Justamente, si algo puede repudiarse de la novela primeriza de Bolaño -fue escrita a principios de los ochenta- es su naturaleza inconexa y desarticulada, lo que la vuelve tediosa. Da la impresión de que es un libro inconcluso, aunque los responsables de la edición juren lo contrario.

MUSICA ENVOLVENTE


No obstante, hay que reconocer que el mejor Bolaño se asoma en algunas páginas. En los retratos (todos sus personajes siempre resultan interesantes), en cierta poética de la nocturnidad del DF (previa a la irrupción de las hordas criminales que se apropiaron de todas las ciudades latinoamericanas), en la reivindicación de la lírica ("el hobby más barato y patético", aunque "motivo de orgullo regional"), en cierta melodía envolvente que exhala una prosa que, sin llegar a ser hermosa, es eficaz.

Christopher Domínguez Michael, apasionado prologuista, ha querido llamar la atención sobre otro rasgo importante: se trata de un relato de aprendizaje masculino en el esquivo mundo del sexo. El volumen añade al final los apuntes manuscritos de una novela que aparentemente nunca satisfizo a su autor, pero, así y todo, ha llegado a la imprenta. Doña Carolina adelantó a los periodistas que en el arcón de los inéditos (Domínguez Michael lo compara con el de Pessoa) hay otras tres novelas, además de poemas y cuentos.

El primer rescate, cabe concluir, es sólo para la grey. La legión de bolañistas y bolañólogos lo disfrutará, como si retornaran a una casa muy querida, hospitalaria a pesar de sus fantasmas y de su decoración inacabada.

Al resto de los mortales se le sugiere que no pierdan tiempo y vayan directamente a Los detectives salvajes o cualquiera de las creaciones imperecederas de uno de los pocos autores imprescindibles que entregó Latinoamérica en los últimos treinta años.

Calificación: Regular

martes, 15 de marzo de 2016

La forma de las ruinas

Juan Gabriel Vásquez
Novela, Alfaguara, 453 páginas.

Aun para los parámetros de América latina, la tierra más desigual y violenta del mundo, la historia de Colombia del siglo XX resulta escalofriante. Como escribió, Juan Gabriel Vásquez (Bogotá 1973), es “un pozo maloliente”-, “un lugar de sombras del cual saltan criaturas horribles no bien nos descuidamos” (sacerdotes incluso). La guerra civil ha diezmado a “un país enfermo de odio“ con “elites despiadadas“.  El exterminio de líderes notables y bienintencionados ha sido una constante. Con admirable fervor cívico y una ambición artística que merece aplausos, la novela más reciente de Vázquez reconstruye dos crímenes trascendentes: el del general Rafael Uribe Uribe (¡el inspirador del coronel Aureliano Buendía!) en 1914; y el del carismático dirigente Jorge Eliécer Gaitán en 1948, ambos del Partido Liberal.

La arquitectura es ingeniosa. El narrador -el propio Vásquez- inventa o rescata a un apasionado militante de las teorías conspirativas que une los dos atentados. Un tal Carlos Carballo los conecta, incluso, con los disparos que reventaron el cráneo de JFK una mañana aciaga de 1963. Hay un patrón (¿modus operandi?) que llama la atención: los procesos judiciales determinaron que en los tres casos actuaron uno o dos asesinos solitarios, pero conforman legión quienes creen que fueron el fruto de una conspiración de vastas proporciones. Los autores intelectuales siguen en las sombras. Las casualidades, y las balas mágicas, no existen. Vázquez se propuso romper la camisa de fuerza de la versión oficial para sacar a la luz a los mandantes colombianos. La labor más noble que puede llevar a cabo una persona -se nos dice- es desbaratar una mentira del tamaño del mundo.

Las influencias literarias de Vázquez son transparentes como las mañanas en Uspallata; da la impresión de que aún no ha conseguido definir una voz característica. De Mario Vargas Llosa ha tomado la noción de que la novela debe ser un gran instrumento de especulación histórica. Como Sebald, practica una ficción híbrida que ubica a la memoria como eje de la trama. En el tono y en ciertas expresiones, se nota que la prosa tiene algo de Gabriel García Márquez, pero por fortuna no condesciende al realismo mágico y permanece en el lecho de la novelística urbana estrictamente realista.

Debió ser ésta una obra sublime pero la falta de digresiones magníficas, el nulo talento para la metáfora y el símil, la incorporación de personajes ñoños (el cirujano Benavides) rebaja la dolorosa reconstrucción. Aunque se lee fácil, es uno de esos mamotretos en los que el lector no siente un gramo de culpa por saltarse páginas enteras. Lo mejor de todo aparece al final: el asesinato de Gaitán, el crimen político más importante de la historia colombiana, anima un capítulo memorable pero breve por demás.

Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Regular

domingo, 10 de mayo de 2015

El metal y la escoria

A diferencia de la Argentina, México ha mantenido una relación errática con la migración de origen hispano. Después de la independencia y como consecuencia del ferviente deseo de construir una identidad nacional, se prohibió el ingreso de los españoles e, incluso, se expulsó a algunos. En 1853 se levantó el veto y comenzaron a llegar los inmigrantes pobres, pero no fue hasta después de la Guerra Civil Española que la legendaria hospitalidad mexicana pudo demostrar a pleno su benevolencia. México, en efecto, se convirtió en el hogar primordial de los republicanos que huyeron para salvar su vida, su libertad o su dignidad de la barbarie franquista. Esa inmigración socialista, agnóstica o atea -anticlerical en todo caso- chocó que la anterior oleada monárquica, conservadora y católica. Ese desencuentro ha sido magníficamente registrado en una novela exótica que acaba de desembarcar en la Argentina. Su autor es un eminente hombre de letras azteca, no muy conocido, ¡ay!, por estos lares, si bien don Gonzalo Celorio (México 1948) tiene una larga trayectoria como catedrático, editor y narrador de depurado estilo, que seduce por sus virtudes clásicas.

Hablemos pues de El metal y la escoria (Tusquets, 315 páginas). El título proviene de un poema de Borges (Everness) que de alguna manera anticipó las nuevas teorías sobre el tiempo del universo atrapado en los agujeros negros:

“Sólo una cosa no hay, es el olvido
Dios, que salva el metal, salva la escoria
y cifra en Su profética memoria
las lunas que serán y las que han sido“.

El metal y la escoria refiere a la familia paterna de Celorio: el padre Miguel, un dechado de virtudes; sus tíos tarambanas que dilapidaron una fortuna y murieron ahogados en alcohol y deudas antes de los cuarenta años. También evoca a los hermanos del autor, los doce peldaños de una esforzada escalera. La siempre complicada fratria, como bien apuntó Noe Jitrik en la presentación de la obra el sábado 2 de mayo en la Feria del Libro. Luisa Valenzuela también vertió elogios sobre Celorio desde el proscenio.

UNA AÑOSA OBSESION

“El libro es una obsesión de cuatro décadas”, explicó el autor mexicano en la bulliciosa Feria del Libro. “Escribí el primer capítulo hace cuarenta años. Lo cual no significa que haya tardado cuatro décadas en terminarla; si así fuera, sería un fracaso como escritor”, bromea. Y reivindica la condición novelesca de su obra más reciente, pues si bien fue edificada sobre hechos reales, la imaginación se encargó de llenar los huecos. “La novela -añade Celorio- es la más sucias de las formas literarias, incorpora toda clase de elementos. Cuando se apega a una forma fija, estricta -caso el naturalismo decimonónico- sufre anorexia, como bien decía Carlos Fuentes“.

Con un procedimiento muy eficaz, Celorio resolvió ese vaivén entre hechos comprobados por un lado, y versiones o mitos familiares o directamente productos de la imaginación, por el otro. Hay una delicada alternancia de las personas verbales. Usa sólo el yo para la propia experiencia y los recuerdos; el cambio la segunda persona la emplea -de manera magistral- para los datos que no ha podido constatar.“Lo que quería saber de mi familia, la novela me lo va revelando; descubro lo que no conocía“, apunta.

La saga comienza con la partida de Emeterio Celorio de una aldea perdida de Vibaño, pequeño caserío de Asturias, trepado en la montaña. En Ciudad de México, labró una pequeña fortuna con la importación y comercio de bebidas alcohólicas después de mil privaciones y trabajo esforzado. Hizo la América, como quien dice. Había llegado, con una mano atrás y otra adelante, como se suele decir también. Pero sus hijos fueron calaveras, estúpidos o alucinados, con la excepción de Miguel, justamente el padre de Gonzalo. Miguel edificó una familia feliz y numerosa, revirtió los daños. Hay un tenue misterio -bien dosificado- sobre la suerte de los tíos del autor. El telón de fondo es, naturalmente, la tumultuosa historia mexicana.

Además de una novela sobre los mayores, estamos pues ante otro caso atractivo de literatura de inmigración, una de las especies más fecundas del continente. Más allá del contenido, la prosa merece elogios. Elegante, clara, con palabras consistentes como las cosas (la frase es de Jitrik) con una cadencia muy seductora y enriquecida con las siempre fragantes voces que vienen del náhuatl: trajineras, escuincle, itacate, sirimique, huacal, merolico, tameme, tezontle, etc. Celorio, por otra parte, es pródigo en listas “para exorcizar la desmemoria, para ejercitar esa especie de erotismo de las neuronas que quieren tocarse, poseerse”.

De lector a lector, un consejo. El metal y la escoria debe ser acompañado por la ingesta con Tres lindas cubanas (Tusquets, 394 páginas, edición 2008, pinche aquí), la novela también autobiográfica en la que discurre la familia materna de Celorio. Una sugerencia al autor. Una sugerencia al autor. Debería completar una trilogía con un texto sobre la tía Luisa, afrancesada, mitómana y caprichosa como toda niña malcriada, gran campeona de las artes en la norteña ciudad de Torreón. ¡Qué personaje tiene allí! No merece lo que Borges dice que no existe, el olvido.
Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.


Calificación: Bueno


sábado, 19 de abril de 2014

Gabriel García Marquez (1927-2014)

Desde que César Aira rebajó su obra en el monumental Diccionario de Autores Latinoamericanos so pretexto de que el Gabo ejercía “latinoamericanismo programático”, se puso de moda en Buenos Aires desdeñar la copiosa producción de Gabriel García Márquez. En ciertos círculos esnobs se lo considera no sólo un folclorista sino también algo así como un narrador para adolescentes. Tremenda injusticia. El colombiano fue un grande verdad y no sólo porque escribió la novela más importante del boom latinoamericano.
En efecto, Cien años de soledad fue traducida a 50 idiomas y vendió más de 50 millones de ejemplares. Naturalmente, el éxito sin parangones y el amor de las multitudes puede explicar también el resentimiento de una parte de la intelectualidad porteña. Se sabe que los elitistas nunca perdonan la popularidad, por eso ni Stephen King ni Haruki Murakami (otros dos grandes novelistas) han sido aceptados plenamente.

Para quien esto escribe y para millones de personas, Cien años de soledad es una de las obras imprescindibles de América latina. Tiene el sabor delicioso de la narrativa oral, de las historias desaforadas que se escuchan al calor de una lumbre o en esos antros de mala comida y buena bebida. Se ha establecido que Macondo proviene de Aracataca, esa aldea perdida en el Caribe colombiano, donde GGM nació «el domingo 6 de marzo de 1927 a las nueve de la mañana», como él mismo detallara en sus memorias incompletas. Fue criado por sus abuelos maternos, un veterano de las guerras civiles, y una mujer supersticiosa, que dejarían una huella enorme en su literatura.

“García Márquez mandó de paseo a cuatro siglos de pudor narrativo“
, celebraba Mario Vargas Llosa a comienzos de los setenta. Las comparaciones con Cervantes, en su calidad de enormes transgresores, es inevitable. Oigamos al entusiasmo del peruano, fervor que no ha pasado de moda, la novela envejeció bien: 


“La imaginación aquí ha roto todas sus amarras y galopa desbocada, febril, vertiginosa, autorizándose todos los excesos, llevándose de encuentro todas las convenciones del realismo naturalista, de la novela psicológica o romántica, hasta delinear en el espacio y en el tiempo, con el fuego de la palabra, la vida de Macondo, desde su nacimiento hasta su muerte, sin omitir ninguno de sus órdenes o niveles de la realidad en que se inscribe: el individual, el legendario y el histórico, el social y el psicológico, el cotidiano y el mítico”. 

Por esta cumbre del realismo mágico que fue Cien años de soledad, GGM será recordado hasta el fin de los tiempos. Y se llevó a la tumba el misterio de su pelea con Vargas Llosa. Fue en 1976, cuando el peruano le dio una trompada que resonó en toda América latina al grito de «¡Cómo te atreves a abrazarme después de lo que le hiciste a Patricia en Barcelona!». Un lío de polleras que involucraba a la esposa del autor de Conversaciones en la catedral. Nunca se reconciliaron completamente, pero con toda justicia, ambos fueron galardonados tiempo después con el Nobel de Literatura: García Márquez, en 1982; Vargas Llosa, en 2010.


Las otras


Crónica de una muerte anunciada (1981) es la segunda novela imperdible del Gabo (por cierto, el apodo se le puso Eduardo Zalamea Borda, subdirector del diario El Espectador, donde a los 20 años publica su primer cuento, ‘La tercera resignación‘). Hasta Aira le reconoce “una muy lograda mecánica”. Es que sólo un maestro relojero puede ir acomodando las piezas con tanta destreza narrativa hasta demostrar una hipótesis constante de la producción garcíamarqueana: el destino es irrevocable. La muerte de Santiago Nasar, por una desfloración que acaso no había perpetrado, estaba escrita en las estrellas.

Otra excusa para despreciar al Gabo es su amistad sin fisuras con Fidel Castro.   Tras el triunfo de la revolución cubana en 1959, GGM se trasladó a La Habana, donde nace una militancia de izquierda y una cercanía con el tirano que perduraron hasta su último aliento. Por muchos años se le prohibió el ingreso a Estados Unidos, finalmente se hizo amigo de los Clinton, gracias a la mediación de Carlos Fuentes. Nadie le ha escrito un ditirambo mejor a Fidel que el autor de ‘Cien años de soledad’ (http://www.cubadebate.cu/opinion/2009/08/13/gabriel-garcia-marquez-el-fidel-castro-que-yo-conozco/#.U1FU4lV5Noo). En su defensa podríamos decir que a Platon también le gustaban los autócratas y ningún tiquismiquis hoy recomendaría dejar de leerlo. ’La cri-ética’, decía Borges, es la ciencia de los canallas. Las obras literarias valen por sí mismas. GGM escribió también una novela de dictadores, su favorita: El otoño del patriarca (1975). El amor en tiempos de cólera (1985), ya sin magia, también merece ser leída pero sólo por aquellas personas que gusten de las parodias sentimentales.

GGM murió creyendo que el periodismo es un género literario por derecho propio. Vale recordar que sus primeras armas las hizo en la redacción de un diario. Allí aprendió el oficio de una contar una buena historia. La imaginación, claro está, rellena los huecos. Nunca lo abandonó esa pasión, incluso la convirtió dos libros: Noticias de un naufrago (1955) y Relato de un secuestro (1996) dan cuenta de su genio para la narrativa veloz.

Hace dos años, Mondadori publicó en la Argentina Todos los cuentos de GGM. El autor de esta nota decía en 2012: “Hay que admitirlo, la composición es muy despareja. Uno puede comenzar la lectura en la página ciento veinticinco (digamos en ‘Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo‘) y no se habrá perdido nada del otro mundo. Parece que El Gabo anduvo ocho años con tanteos de sonámbulo hasta encontrar esa voz tibia y fabulosa que inventó al coronel Aureliano Buendía. Ha esculpido desde entonces al menos diez de los relatos más encantadores que provienen del trópico. Cómo ‘El ahogado más hermoso del mundo‘, poema en prosa que rehace el arte de la parábola“.

Si Roland Barthes tiene razón y una obra literaria remite forzosamente a otra obra literaria y esto es a la sazón lo único importante, debe señalarse que, al igual que Juan Carlos Onetti, GGM eligió escribir bajo la sombra de William Faulkner, no tanto por el estilo, sino en lo que a la metafísica y al proyecto de obra global se refiere. Por si hace falta, aclaremos -como señalaba el crítico Rodríguez Monegal- que el discípulo es también un creador no un mero repetidor. Macondo es, naturalmente, el condado de Yoknapatwapha. Y puede que todo el realismo mágico, hoy tan denostado, se halle contenido y prefigurado en el relato ’Al Jackson’ de Faulkner. Nada más parecido al desmesurado profundo Sur de Estados Unidos que la desmesurada América latina.

Postula este artículo que García Márquez va a quedar, de la misma manera que quedaron Salgari y Julio Verne. El colombiano fue una amalgama originalísima de barroco y surrealismo americano de espaldas a la fría razón narrativa. Con un aire de perplejidad, convirtió en literatura las fuerzas elementales de la naturaleza: el calor y las lluvias desmedidas, la guerra, la pasión que proviene del sexo o del odio. Tuvo un oído finísimo para el ingenio popular y las supersticiones ancestrales. Añadió Macondo a la cartografía universal: hoy lo sentimos más real que cualquiera de las ciudades grises que señalan los mapas. El Caribe colombiano llora al Gabo porque inmortalizó sus tonos, regustos y aromas, sus injusticias, mulatotas y blacabunderías.

Guillermo Belcore
Publicado hoy en el diario La Prensa

martes, 28 de enero de 2014

¿Lo leíste?

Silvia Hopenhayn

Alfaguara. Recopilación de artículos periodísticos, 225 páginas


Un prestigioso sello editorial ha creído oportuno publicar las amables columnas de Silvia Hopenhayn en La Nación. “Cada semana me zambullo en un libro en busca de algún pez dorado”, explica en el prólogo. Esta muy bien para el diario, son hojas de ruta ideales para aquella especie de lector que cada fin de año pregunta, no sin ansiedad, “oiga, qué novela puedo llevarme de vacaciones“. ¿Y para un libro? No, un libro debería ser otra cosa. Nunca me cansare de decirlo: la más sublime creación humana debe apuntar más alto, forjarse con materiales más nobles, más originales.

En lo que al estilo se refiere, hay un saludable intento de la autora de unir experiencias cotidianas del lector distraído con el arte de la palabra escrita, aunque no siempre bien logrado, como cuando compara los procedimientos heterodoxos de César Aira con las banales compras en un supermercado chino (“en la caja no sabemos lo que nos aguarda”, exagera). La prosa es funcional al diarismo, en la era de las masas: hasta el más negado puede entender de qué se está hablando. Es un mérito. No cabe duda de que la señora Hopenhayn es una buena periodista. Su consigna parece ser la que rige el noventa por ciento (y acaso me quedo corto) de los suplementos culturales en la Argentina: hablar bien, o demasiado bien, del objeto de reflexión.

El contenido es tipo cajón de sastre (democrático). Iguala los monólogos de Andrés Neuman con los palacios verbales de Guimaraes Rosa. ¿Hace falta decir algo más? Sí, porque ¿Lo leíste? no carece de virtudes. Sin demasiado vuelo, es verdad, pero la autora ensaya la mejor critica literaria, la que hoy por hoy resulta -para quien esto escribe- más interesante de leer: la escritura se concentra en transmitir experiencias de lectura, aunque aquí, ¡ay!, son toditas sospechosamente gozosas.

Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Regular 


PD: De gustibus non est disputandum, de acuerdo. Pero cómo se puede elogiar de una manera tan entusiasta la novela de Jeanmaire que premió Clarín. Lo siento yo no pude terminarla.