martes, 19 de septiembre de 2017

El aliento del cielo

Carson McCullers­

Editorial Seix Barral. Colección de cuentos y tres novelas cortas en 540 páginas. Edición 2007


Un hilo secreto vincula a nuestra América latina con el sur profundo de Estados Unidos. La buena literatura se ha encargado de revelar los vínculos íntimos entre esas dos masas de tierra signadas por la injusticia, la belleza y la desmesura. Puede afirmarse sin temor a exagerar, que todo Gabriel García Márquez se encuentra prefigurado en un cuento de William Faulkner. El mismo aire de familia se percibe en La balada del café triste, forjado por Carson McCullers (Georgia 1917-1967) en 1943, acaso el mejor escrito de esta narradora imprescindible. El primo Lymon es seguramente un duende de pantano. Bien pudo nacer en México o Colombia, Amelia Evans, una marimacho temible pero vulnerable.
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Un sello español ha rescatado del injusto olvido a una voz sureña que, según la autorizada definición de Harold Bloom, recreó como pocos “un universo desesperado por amar y ser amado”. Graham Greene también se vio seducido por la sensibilidad poética de esa dama que pasó la mitad de su vida atormentada en una silla de ruedas. Su época la discutió, no faltó quien la tachara de autora menor. Es posible que no esté a la altura de un Hemingway (ella creía que sí), pero aún hoy sigue generando una fascinante e intensa experiencia estética y pasional.
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El volumen incluye todos los cuentos y tres novelas cortas de McCullers. El realismo mágico -en su mejor versión, por cierto- es sólo un fragmento del total. Rodrigo Fresán, un crítico formidable, escribió el prólogo y la cronología minuciosa de la autora. También incluyó una introducción a cada relato, con las claves del proceso creativo. Ojalá todas las reimpresiones fueran tan minuciosas.­

Entre tantas gemas, señalamos una: 'Un árbol, un roca, una nube'. En esas páginas memorables un anciano revela el secreto de la vida al muchachito que vende diarios: "Ama a todas las cosas de este mundo en lugar de desear a una sola mujer".

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

domingo, 10 de septiembre de 2017

Un vaquero corrupto en Ciudad Gótica

“Ultimamente, cualquier policía lleva una diana en la espalda. Corren tiempos difíciles…”
D.W.

POR GUILLERMO BELCORE

En una sociedad gobernada por mafias, donde todo el mundo tiene un precio, ¿puede prosperar una conciencia integra? ¿Por qué sólo pueden enriquecerse los hampones, los traficantes de drogas, los políticos, los tiburones y mojarritas de Wall Street? ¿Por qué un servidor de la ley, que arriesga el pellejo cada turno, no tiene lo suficiente para enviar a sus hijos a una buena universidad? Una profunda reflexión ética da esplendor al último libro de Don Winslow (Nueva York, 1953) en torno a una cuestión urgente: qué significa ser corrupto en el turbocapitalismo del siglo XXI.

Uno esta tentado a concluir -a principios de septiembre- que Corrupción policial (RBA, 574 páginas) será la novela policial del año. Veremos. Sea como sea, se puede afirmar que estamos ante una de las novelas, a secas, más cautivantes que ha engendrado en 2017 la literatura estadounidense, la más dinámica del globo. Sumamente ambiciosa, con escenas en los bajos fondos que cortan el aliento, personajes memorables de carne y hueso, una trama desaforada pero bien construida (el núcleo incandescente se plantea al principio y reaparece en la mitad del libro) y una colosal cantidad de información. Se trata de uno de esos libros dickensianos que, basados en una minuciosa investigación, aspiran a revelarle al lector como-funcionan-realmente-las-cosas. El gran tema figura en el título de la edición en español: la deshonestidad de la policía de Nueva York, un ejército tribal de casi 40 mil hombres que después de Sérpico, Giuliani, el 11-S y un sonoro escándalo cada veinte años, vuelve una y otra vez a las andadas. La mirada de Winslow es benévola. Todos somos pecadores.


EN LA SELVA


El protagonista se llama Danny Malone. Lidera de facto una unidad especial contra el crimen en Manhattan Norte, cuya función básica es, por así decirlo, paisajista: ""Nuestro trabajo es impedir que la jungla vuelva a crecer. La antigua selva urbana que era el norte de Manhattan ha sido podada por completo para hacer hueco a un Jardín del Edén cultivado y comercial. Pero todavía quedan restos de la jungla: las viviendas sociales. Nuestra labor consiste en impedir que la jungla devore el Paraíso"", explica este irlandés envilecido, con el alma cansada. El sargento Malone ha visto de todo. Es un cruzado contra el maltrato infantil pero hace tratos con la mafia italiana, roba a los malvados, presta servicios sucios al poderoso, se ha convertido en un aficionado al psicofármaco.

El otro gran personaje es la propia ciudad de Nueva York. Una Babilonia pecaminosa, fascinante y que ha perdido la razón, pero con una dulce y fétida riqueza: "En una misma calle oyes cinco idiomas diferentes, hueles seis culturas, escuchas siete tipos de música, ves centenares de tipos de personas y conoces mil historias. Nueva York es el mundo". Se la ama "como un marido a una mujer infiel, como un padre a un hijo descarriado".

En esa Ciudad Gótica, desquiciada por la tensión racial y una epidemia de heroína (el único problema, al parecer, es que cada día hay más adictos de raza blanca), los guardianes -fiscales y policías- no pueden jugar limpio. Esta es la moraleja primordial de la novela. La segunda, ya la mencionamos: todos somos corruptos, cada uno a su manera. La tercera conclusión, tiene que ver con que las armas y la droga son el quid de la criminalidad de Estados Unidos. ¿No autoriza este hecho a probar otros remedios?


MACHO ALFA


La trama comienza con Danny Malone, el macho alfa de una elite de guerreros, en la cárcel y la ignominia. Retrocedemos la cinta y lo vemos en acción, en tratos con un soplón que se ha ganado el mote de Culo apestoso, matones todo músculo y maldad, abogados y colegas depravados, prostitutas de tres mil dólares la noche, un periodista mentiroso de The New York Times (¿Dijimos que el texto está muy bien documentado?). Organiza el sargento el asalto al bunker de un capo de las drogas de República Dominicana, pero termina mal. Nuestro héroe se despeña. Los cimientos de su deleznable reino son arrasados.

Termina enfrentado con todo el mundo: delincuentes, fiscales, agentes del FBI y de la Oficina de Asuntos Internos, sus propio compañeros, la esposa. La ética del cowboy seduce a Winslow, a tenor de sus mejores libros. El lobo solitario -con un personalísimo código moral- es la respuesta a la podredumbre generalizada. Al fin y al cabo, existen muchos tipos de justicia en una época en la que hasta los códigos de honor de la Mafia siciliana se han ido por el desagüe de la postmodernidad. Hay que destacar que Corrupción policial es una novela antisistema.

La prosa, que es clarísima, pinta un cuadro realista, pero en clave del realismo sórdido. La verdad hiede, es nauseabunda. El narrador (en tercera persona) se superpone perfectamente con la voz del protagonista, es decir habla un tipo tan duro como cínico. Winslow ha logrado el tono exacto de la novela negra, ese género más bien conservador en el que los lugares comunes siempre lucen bien. No faltan las réplicas filosas como el sable de un samurai. El escritor abusa, no obstante, de un procedimiento desagradable: el goteo de frases. La traducción peninsular inflige al lector hispanoamericano todos los vocablos espantosos del calé madrileño. Definitivamente, es preferible "cafishio" (o incluso "chulo") que "macarra".

Es muy probable que después de El poder del perro, grandiosa descripción de los carteles de la droga mexicanos (pinche acá), esta sea la mejor obra de Winslow. Por cierto, la ha dedicado a los agentes de la ley y el orden asesinados en acto de servicio durante los cinco años de trabajo esforzado que le llevó concluirla. Esta muy bien. La cultura dominante en Occidente -hegemonizada por un izquierdismo infantil que admira al criminal- nunca le dedica ni siquiera una oración a los que se juegan la vida para que la jungla no nos devore.

domingo, 3 de septiembre de 2017

El acto sexual mejor contado

EL MOSCARDÓN IMAGINARIO XLVIII



Si como Jorge Luis Borges afirma, los procedimientos oblicuos son los más eficaces (y estoy muy tentado a creerle) y el secreto de ser aburrido es decirlo todo (como sostenía Voltaire y la pornografía ha venido a corroborar), nadie ha narrado mejor una relación sexual que el inglés Anthony Powell (1905-2000) en Hombres del ocaso (pinche aquí).

Copio y pegó el magnífico párrafo de la página 105 de la muy recomendable reimpresión del sello Fiordo:

“Lenta, pero de forma muy deliberada, el siniestro edificio de la seducción, chirriante e incongruente, surgió como un vasto mecanismo de Heath Robinson controlado a dúo y tristemente torpe bajo el horizonte del convencionalismo. Obedeciendo a una suerte de agresiva destreza, sus emociones mutuamente adaptadas se sincronizaron hasta que el inevitable anticlimax estuvo al alcance de la mano. Más tarde cenaron en un restaurante muy cerca del departamento”.

Very british, por lo demás. Un hallazgo es la comparación de los engranajes del sexo, no siempre bien lubricados, con el arte del caricaturista, ilustrador de libros y escenógrafo Heath Robinson (1872-1944), famoso por sus dibujos de maquinarias, ridículas por lo complejo, como el del cuerpo de bomberos de Londres que se reproduce aquí. El novelista Powell y el dibujante Robinson, dos poetas a su manera.
G.B.

lunes, 28 de agosto de 2017

Milena

¿Por qué no puede uno conformarse con el hecho de que lo correcto es vivir con esta tensión tan especial, de suicidio demorado? 
F. Kafka

La buena novela documental -como la que aquí venimos a recomendar- es una ofrenda fabulosa para el lector que se apasiona por la Historia. En Milena (Tusquets, 225 páginas) se examinan dos maldiciones del siglo XX (el bolchevismo y el nacionalsocialismo), la Viena y la Praga de entreguerras, los círculos intelectuales de una Centroeuropa que fue devastada, el martirio del pueblo judío, el calvario de Checoslovaquia, el infierno de Ravensbrück. La autora también arroja una sonda a los abismos de la personalidad de Franz Kafka, ese genio de las letras, bueno y clarividente.

Milena Jesenská es la protagonista del libro. Frank Kafka la amó y le escribió unas magníficas cartas que han llegado hasta nosotros. Pero la animosa periodista de Praga “merece atención no sólo como amante de Kafka, sino porque ella misma era una personalidad fascinante, alguien que en su juventud no hizo caso de los convencionalismos burgueses, y que a lo largo de su dura vida, en vez de optar por el individualismo extremo, se decantó por la responsabilidad social y política. (…) Cuando Hitler ocupó Checoslovaquia, Milena empezó a salvar, arriesgando a su propia vida, a los más amenazados”, escribió en el prólogo Margarete Buber-Neumann (1901-1989), otra mujer extraordinaria que padeció los campos de concentración de las dos dictaduras más infames de la historia, la que esclaviza en nombre del socialismo y la otra, que lo hace para el bienestar y la prosperidad de la Raza Superior. 

En octubre de 1940, Margarete conoció a Milena a ochenta kilómetros al norte de Berlín, en un agujero de pesadilla denominado Ravensbrück. Forjaron una amistad íntima ante los ojos implacables de los carceleros SS, que perseguían con una saña especial las relaciones amorosas. En 1944, la valerosa checa, una auténtica luchadora contra la tiranía, murió extenuada. Sobrevivió la activista alemana para remembrar la trayectoria vital de su compañera de infortunio en un libro -concluido en 1977- que acaba de ser reimpreso en español.

Buber Neumann, esposa de un famoso agente del Komitern, se convirtió con los años en una pluma formidable contra las maldades tanto de la Alemania nazi como de la Rusia soviética. Una arrepentida al estilo Arthur Koestler. Queda patente en Milena esa correcta percepción del pasado. El libro no ahorra detalles de los sufrimientos que ambos totalitarismos infligieron a la humanidad, ya sea desde el Estado como desde la militancia o el cautiverio, incluso. El infame papel de las reclusas comunistas -la elite de los campos alemanes- es una aberración no bien conocida.

La prosa de MBN no carece de un punto de romanticismo. Se confirma que aún en la llamada literatura factográfica, las personalidades adquieren vida propia, superan la mera evocación histórica. La Milena-personaje es encantadora, como seguramente lo fue la chica de carne y hueso, un cometa que llegó a convertirse “en el polo magnético de toda una generación literaria de checos y alemanes“ (aunque nunca tuvo suerte con el amor) y cuyo fulgor inquebrantable incluso alivió los más sórdidos barracones de prisioneras. Hay un procedimiento muy bien trabajado por Buber-Neumann: el montaje. Las páginas yuxtaponen testimonios, cartas, artículos periodísticos a la narración propiamente dicha. Cierta tendencia al estereotipo sólo puede achacarse a la escritura.

Junto a las conmovedoras páginas que testimonian la lucha por la vida y la dignidad en Ravensbruck, el capítulo ‘Franz Kafka y Milena’ puede que sea la cúspide del libro. El amor empezó en 1920 en Merano, pero fracasó irremediablemente en poco tiempo (nunca fue pleno en lo físico, sólo relumbró en lo epistolar) y no por culpa de ella. El atormentado literato era “demasiado bueno para este mundo”. Su autodiagnóstico fue lapidario: "el miedo es la infelicidad“. Todas las cosas le parecías ajenas. Pánicos incubados en la infancia; una salud frágil como la porcelana de la dinastía Ming. Qué belleza es el obituario que Jesenská escribió a la muerte de Kafka.

Si una enseñanza deja la novela es que -por desgracia- algunos vicios de las personas instruidas nunca serán desterrados: hace exactamente ochenta años la mayoría de los intelectuales de Praga, marcadamente antifascistas, cerraban los ojos ante la barbarie soviética. ¿No ocurre ahora lo mismo con la brutalidad chavista o caribeña? Milena Jesenská, que gozaba del don del pronóstico político, ha dejado pues un mandamiento a la posteridad: Reconoce las amenazas a la libertad, vengan del lado que vengan. Ten el suficiente valor de la juzgar con la misma firmeza tanto la dictadura de Stroessner como la de Fidel Castro.
Guillermo Belcore

domingo, 20 de agosto de 2017

La máscara del mando

POR GUILLERMO BELCORE

Por alguna oscura razón, muchas personas incapaces de empuñar un arma y que vemos la guerra como una práctica infame, consideramos, en cambio, a la historia militar, como una lectura fascinante. Máxime cuando el narrador es una reconocida autoridad en la materia que demuestra que una sólida erudición no necesariamente está reñida con la elegancia en la expresión y el pormenor sabroso. El inglés John Keegan (1934-2012) reúne -sobradamente- esas tres condiciones.

La solapa del ensayo nos recuerda que el autor es un Tucídides contemporáneo: escribió una veintena de libros, entre ellos dos historias fundamentales de las guerras mundiales del siglo XX. Fue profesor en la famosa academia militar de Sandhurst. También impartió clases en Harvard, Oxford y Cambridge, entre otros centros de excelencia. Este blog ha prestado testimonio sobre la valía de dos de sus obras: Secesión e Historia de la Guerra (pinche aquí y aquí).

El sello Turner ha reimpreso, por fortuna, otro ensayo magistral de Keegan: La máscara del mando (438 páginas), un estudio cautivante, del primero al último párrafo, sobre la transformación de la conducción militar a lo largo de dos milenios de historia occidental. Un intento formidable, a través del tiempo y del espacio, de penetrar en las peculiaridades del liderazgo.

El historiador abordó así el problema de la técnica y la filosofía del mando en cuatro sociedades distintas:
  • El ethos heroico y hegeliano (narcisista, en última instancia) del mundo de Alejandro.
  • La creación de una clase militar encarnado por la sociedad que tenía al duque de Wellington (el antihéroe) como modelo.
  • El mando no heroico de Ulises Simpson Grant, demócrata y populista de los pies a la cabeza, el primer general “moderno“.
  • El falso heroísmo: Hitler como extravagante jefe supremo obsesionado por restaurar la grandeza de Alemania.

Uno de los interrogantes fundamentales que el libro encara es dónde debe colocarse el jefe militar en el momento del combate. ¿En la primera línea? ¿Siempre? ¿Debe ser Hércules, el que resuelve en los trabajos? ¿Qué ha significado ser un héroe a lo largo de la historia? En las conclusiones, se añade un punteo que agradecerá todo aquella persona a la que la vida la haya situado al frente de un grupo de personas: describe los cinco imperativos del arte de mandar, que son afinidad, prescripción, sanción, ejemplo y acción.

Hay que destacar una cualidad de Keegan, tiene una mente extraordinariamente incisiva en el juicio estratégico y en su comprensión de la naturaleza de la guerra, que mucho ha tenido de “religiosa“ incluso en los tiempos modernos para desgracia de los pueblos. El ensayista demuestra habilidad, además, para resumir acontecimientos e integrarlos -sin forzar el relato- en la narración general. No obstante, puede que su virtud más preciosa sea la capacidad de hacer docencia. El ensayo resulta esclarecedor; instruye al lego. Acaso no exista algo intelectualmente más placentero que aprehender lo complejo. Debo confesar que hasta ahora nunca había entendido del todo cómo Alejandro consiguió todo lo que consiguió . También desconocía que la mayor parte de las obsesiones políticas y militares del cabo Hitler provenían de sus experiencias como mensajero en las mortíferas trincheras de Flandes entre 1914 y 1918. Las páginas sobre la I y la II Guerra Mundial, en verdad, son magníficas.

Algo hay que decir sobre la ideología del autor. Es un aristotélico. Lo bien que hace Keegan al desdeñar el materialismo histórico y otras ficciones basadas en las leyes de hierro de la causalidad: considera un disparate pensar que las cualidades del  individuo no tienen ninguna incidencia en el curso del mundo. La superioridad del liderazgo -insiste- es el factor clave de la guerra. Y la cultura ha sido “un elemento determinante en la configuración de un estilo de mando”. Asimismo, el historiador inglés puede ser considerado un macluhiano, por cuanto atribuye al cambio tecnológico un papel decisivo en la marcha de los acontecimientos. Verbigracia: llega a decir que “el Renacimiento y la Reforma resultan inconcebibles sin la pólvora”.

El libro nos pasea de la mano por Gaugamela, Waterloo, Vicksburg, Stalingrado y otros campos de batalla que además de atrapar poderosamente nuestra imaginación, hielan la sangre. Pero no se agota allí, también es una suerte de resumen fascinante de la evolución de la humanidad. De ahí su grandeza. Un viaje espeluznante, ¿pero qué otra cosa es la historia militar?

Calificación: Excelente

PD: La traducción de José Antonio Montano incurre dos veces en el anacronismo. Nos dice que Alejandro cazaba “pumas” allí donde los encontraba y que eligió “un maizal tupido” para desembarcar en un punto de los Balcanes. Como el lector de este blog sabe, el puma y el maíz son originarios de América.

domingo, 6 de agosto de 2017

Rey de Picas

La mitad siniestra, versión II


La escritora más prolífica del mundo ha publicado una novela rara, con tintes de policial negro pero también de terror gótico, cuya espina dorsal es la desintegración de un carácter, salpimentada con un par de elementos fantásticos. Joyce Carol Oates (Lockport, 1938) juega en Rey de Picas (Alfaguara, 229 páginas) a emular a Stephen King. Como el maestro de Bangor, la amable señora neoyorquina ha querido manipular algunos de los temores más recónditos del buen burgués: el miedo a la locura propia o la ajena, el miedo a queden culo al aire nuestras debilidades o vicios ocultos, el miedo a ser arruinado en los tribunales por una de esas personas que aman litigar.

Oímos la voz atormentada de un escritor de segunda categoría y mediana edad llamado Andrew Rush, autor de bést-sellers de misterio, casi buenos, que nunca gozaron de una reseña en New York Times Books pero que lo han convertido en multimillonario. Vive con esposa e hija en una mansión, sobre las afueras de una apacible localidad de la Nueva Jersey rural. Como Oates, a Rush le encanta escribir: “…estoy a disgusto si no consigo trabajar al menos diez horas diarias”. 

El literato, ya consolidado, es un ciudadano ejemplar y meticuloso, la quintaesencia del padre y esposo modélico, sin embargo esconde un secreto incómodo (no es el peor): como consecuencia de la desazón artística por el éxito de sus mediocres novelas de intriga, publica a escondidas otras más vulgares, francamente asquerosas, políticamente incorrectas, bajo el seudónimo de Rey de Picas. Las escribe de madrugada “durante periodos de rabiosa actividad descontrolada”. Su familia no conoce tal esquizofrenia. Nadie lo sabe, en realidad. 

Así transcurre su doble vida hasta que recibe una extraña citación judicial. Una dama patricia, algo estrafalaria, lo acusa de plagio. A partir de entonces, nuestro hombre se hunde en un torbellino, primero de angustia luego de degradación física y moral. Hace cosas terribles. El taimado Rey de Picas (“La mitad oscura“) pasa a empuñar el timón de la personalidad. Suena conocido, ¿no?


FECUNDA


Nos dice la solapa de tapa, que, a lo largo de cuatro décadas, la señora Oates ha compuesto más de cincuenta novelas, más de cuatrocientos relatos breves, más de una docena de libros de no ficción, ocho de poesía y otras tantas obras de teatro. Una verdadera escritora de cuello azul. Su vastísima producción realista, no obstante, no ha sido debidamente reconocida por la crítica especializada. Es posible colegir que esta frustración con los comentaristas esnobs, intelectuales de izquierda, se deslice en algunas de las quejas de Andy Rush: “Después de haber aprendido a ’deconstruir’  la literatura, en lugar de disfrutar con ella, o en lugar de reaccionar ante ella de manera emocional… (consideran que) las novelas de suspense, de acuerdo con los criterios de la teoría literaria, son totalmente anticuadas en argumento, estructura, lenguaje y ’perspectivas…” 

Creadora y creatura participan también en el desdén por el acabado del párrafo: “No es necesario sacar brillo a cada condenada frase; basta con que digas lo quieres decir”, sentencia Rush-Oates. Por el dominio de la metáfora, precisamente, no será recordado este libro. Comparar el olor del fracaso con el húmero aroma de las setas venenosas, por ejemplo, no atrapa la imaginación.

De todos modos, hay que decir que la novela siempre resulta cautivante. Es una lectura fácil, de capítulos cortos, amena. Con su audaz desviación estilística respecto a sus trabajos previos y sus inteligentes alusiones metaliterarias, el último texto de Oates que llega al español se devora con fruición.
Guillermo Belcore


Calificación: Bueno

PD: Este blog recomienda la lectura de estos otros tres libros de la señora J.C. Oates:


martes, 1 de agosto de 2017

Dunkerque 1940

La película de Christopher Nolan revive uno de los episodios clave de la II Guerra Mundial. Corría mayo de 1940. En un maltrecho puerto de Francia, a los alemanes se les escapó una oportunidad de oro para alcanzar una victoria fulminante en el frente occidental. Churchill no hubiese sobrevivido a la perdida de la Fuerza Expedicionaria Británica.


POR GUILLERMO BELCORE

Dunkirk, la clamorosa película de Christopher Nolan que se estrenó la semana pasada en Buenos Aires, ha atraído la atención sobre un episodio crucial de la Segunda Guerra Mundial: la Operación Dínamo, es decir la evacuación de unos 350 mil soldados anglofranceses desde el último puerto del Canal de la Mancha en caer en manos de los alemanes durante la espectacular ofensiva de 1940. La fuga por un pelo hacia Inglaterra ocurrió a fines de mayo de ese año. Tuvo un valor estratégico sin par, sostienen los eruditos. Si hubiese concluido en catástrofe el resultado de la contienda global podría haber sido distinto.

Antes de esclarecer las circunstancias, es menestar formular una advertencia. El milagro de Dunkerque conforma lo que el historiador Pierre Nora llama un lieux de mémoire, vale decir uno de esos acontecimientos que apelan tan poderosamente a la memoria colectiva que excluyen o minimizan a los demás. Se transformó en un mito, por lo que el nacionalismo lo ha explotado en términos de propaganda y orgullo nacional. Dunkerque tiene para los ingleses el mismo valor que Stalingrado para los rusos. Es el pilar del relato churchilliano que considera a la supervivencia del Reino Unido como el factor clave en la derrota de las bestias hitlerianas.

CAE FRANCIA


A los hechos. En septiembre de 1939, Alemania y la Unión Soviética habían invadido Polonia. Londres y París le declararon la guerra a Berlín. Un par de semanas le bastaron a nazis y bolcheviques para aplastar la resistencia polaca, pero pasaron meses hasta que el Tercer Reich se sintiera con la suficiente confianza como para golpear en Occidente.

El período conocido como pseudoguerra concluyó el 9 de abril de 1940 cuando las fuerzas alemanas irrumpieron en Dinamarca y Noruega. También Holanda fue invadida. El 10 de mayo fue violada la soberanía de Bélgica por segunda vez en un siglo. Los aliados esperaban que se repitiese la historia de la Primera Guerra Mundial, que el grueso de la invasión bajase a través de los Países Bajos, por eso establecieron 35 divisiones aliadas en Flandes, incluyendo a la Fuerza Expedicionaria Británica (BEF) y la reserva móvil de Francia, pero el Alto Mando Alemán había preparado una sorpresa: el Plan Sichelschnitt (hoja de hoz) del brillante mariscal Erich Von Manstein. Funcionó a la perfección.

Alemania dispuso para la Batalla de Francia tres formidables arietes. El Grupo de Ejércitos del Centro golpeó donde nadie lo esperaba. Atravesó los mal defendidos bosques de las Ardenas (en teoría infranqueables) con 44 divisiones, entre ellas diez poderosas divisiones acorazadas. Los panzers de Heinz Guderian descendieron del macizo, cruzaron el Mosa, capturaron Sedán y el 16 de mayo cubrieron como un relámpago unos 95 kilómetros hasta llegar al Canal de la Mancha, a la altura de Abbeville. La Wermacht rodeó así el flanco izquierdo de la Linea Maginot, capturando por la puerta de atrás sus inútiles fortalezas. 

Fue la consagración de la blitzkrieg (guerra relámpago); retornaban al campo de batalla dos elementos decisivos que la guerra del 14 había desterrado: velocidad y movimiento. La acción coordinada de tanques y aviación fue demasiado para un Ejército francés que parecía haber perdido las ganas de luchar. El mundo quedó asombrado. Ni siquiera Adolf Hitler esperaba tan fulgurante éxito. Sir Winston Churchill, que había recuperado el poder justo cuando comenzaba el asalto alemán en el Oeste, golpeó la mesa indignado: "¡No se puede conquistar Francia con ciento veinte tanques!"

SE CIERRA LA TRAMPA



Así las cosas, los casi 400 mil hombres del frente belga quedaron cercados. Al norte se esforzaban por detener a 22 divisiones alemanas, ahora su retaguardia se veía amenazada. Su destino parecía sellado. El Ministerio de Guerra británico ordenó abrirse paso hasta el mar y evacuar a la mayor cantidad de almas. Comenzaba la dramática Operación Dinamo. Sus expectativas eran modestas, a lo sumo repatriar unos 25 mil soldados. Fue providencial que Hitler se decantase por una de las más polémicas decisiones de toda la guerra. El 24 de mayo a las 11.42 de la mañana ordenó a la punta de lanza de Guderián detenerse a 25 kilómetros de Dunkerque. Fue un parate de sólo 48 horas pero el respiro permitió organizar la evacuación en masa que comenzó el domingo 26 e involucró a 40 destructores de cuatro países y 900 buque privados, entre ellos yates de recreo, barcos de pesca y gabarras del Támesis (se ha exagerado mucho la ayuda de los domingueros). El 4 de junio, unos 350 mil efectivos (un tercio de los cuales eran franceses) habían sido rescatados, dejando en las playas lo esencial de su equipamiento. Churchill supervisó la fuga, hora por hora. "Como quería evitar recriminaciones entre franceses e ingleses insistió en que la evacuación se hiciera tomados del brazo"", evoca el biógrafo Francois Kersaudy.

El costo fue alto. Joanna Bourke escribió en Una historia de las víctimas este párrafo estremecedor: 

"Los hombres de Dunkerque clamaban al cielo y gemían. En cuanto el tiempo clareaba, los cazabombarderos alemanes atacaban a los soldados indefensos. Muchos se volvieron locos de puro pánico. Otros se amotinaron, llegando a hacer volcar varias embarcaciones y a provocar que muchos de sus compatriotas heridos muriesen ahogados. El pánico resquebrajo la disciplina".

Casi ochenta años después la pregunta sigue siendo por qué el Führer, ese lunático implacable, salvó a la bien adiestrada BEF. La primera respuesta es obvia: en toda guerra se cometen errores. Norman Davis (Europa en guerra) arriesga que fue "una decisión mayormente política, inspirada en la extraña creencia de que el Reino Unido pediría la paz". Este blog prefiere el razonamiento de Ian Kershow, principal biógrafo del dictador alemán.

La propuesta de frenar la marcha de las unidades motorizadas provino del general Gerd von Rundstedt, comandante del grupo A del Ejército de Tierra que había liderado el notable corte de hoz a lo largo del flanco sur. Hitler aceptó la propuesta, añadiendo que había que conservar los blindados para el avance hacia París. La experiencia de la I Guerra también influyó: se temía que los numerosos canales que cruzan Flandes paralizaran la caballería de hierro. Además no podía descartarse un contraataque...

No hubo, pues, acto de generosidad. La decisión se tomó por razones militares. Al fin y al cabo, Hitler no deseaba que Inglaterra concurriera a la mesa de negociaciones con su ejército intacto. Quería propinarle un golpe decisivo, para obligarla a aceptar condiciones de paz leoninas. Herman Göring lo había convencido de que dejara a la Luftwaffe terminar con el trabajo, pero no sería la última vez que el mariscal mantecoso no cumpliese con su palabra. A Hitler nunca se le ocurrió que los ingleses pudiesen escapar del cerco. Al cabo de dos días, comprendió su error y revocó la orden. Pero era tarde. "El retraso fue vital y permitió a los ingleses organizar la extraordinaria retirada, una obra maestra de improvisación que estuvo acompañada de mucha buena suerte", establece Kershow.

GALVANIZADOS

En términos militares, Dunkerque fue una derrota táctica en toda la regla para los aliados. Los alemanes hundieron ocho destructores. No obstante, a la postre se convirtió en un capital político para el Reino Unido, dado que proporcionó un formidable estímulo moral durante uno de los puntos anímicos más bajos de su historia. El espíritu de Dukerque -como paradigma de la superación en condiciones adversas- fue invocado reiteradamente hasta 1945.

Churchill, ese tribuno sin par, aprovechó la oportunidad. El 4 de junio, al anunciar en el Parlamento el éxito de la evacuación, pronunció algunas frases inmortales:

"...Lucharemos en Francia, lucharemos en los mares y océanos, lucharemos por los aires con una confianza y medios que crecerán sin cesar. Defenderemos nuestra isla a cualquier precio. Lucharemos en las pistas de aterrizaje, lucharemos en los campos y en las calles, lucharemos en las colinas. ¡No nos rendiremos nunca! Y si nuestra isla o una gran parte de ella, tuviese que verse conquistada o hambreada (lo que no creo ni por un instante) entonces nuestro Imperio de ultramar, armado y protegido por la flota, seguirá la lucha hasta que el Nuevo Mundo, con todos sus recursos y su poder, se adelante para socorrer y liberar al Antiguo".

Dunkerque apuntaló a Churchill. El historiador Kershow conjetura que si se hubiese perdido la BEF habría sido prácticamente imposible que el primer ministro sobreviviese a la creciente presión de las fuerzas que en Londres estaban dispuestas a llegar a un entendimiento con Hitler.

No fue el único en concluir que en ese maltrecho puerto francés a Alemania se le escapó de las manos una oportunidad de oro para alcanzar una victoria fulminante en el frente occidental. En cuestión de días, la Wermacht había aplastado a su viejo enemigo trastornando el orden mundial (Francia descendió definitivamente del pedestal de las grandes potencias), pero el error táctico de Hitler y sus generales tendría consecuencias estratégicas. "¿En tanto Gran Bretaña permaneciera en guerra no era inevitable que Estados Unidos se uniera a ella en su lucha para liberarse del puño de acero alemán que atenazaba a Europa?", concluyó Alan Shepperd en Francia 1940. Para la causa de la libertad y el progreso en el mundo fue una gran cosa que la BEF escapara intacta de la ratonera.
Publicado el domingo pasado en el diario La Prensa.

domingo, 30 de julio de 2017

Bettý

Hace unos años, Arnaldur Indridason (Reikiavik, 1961) decidió hacer un alto en su reconocida saga del inspector Sveinsson. Tenía en mente cultivar otra especie, un injerto en realidad. Plantar en su gélida Islandia un tópico de la literatura estadounidense: la mujer fatal, es decir la chica bella, mala y traicionera que induce a su amante a cometer un crimen miserable. La apuesta fue coronada por el éxito: Bettý (RBA. 231 páginas) es una novela con una historia (y una protagonista) muy seductora, fiel al género, que se deja leer muy bien. Un entretenimiento de primera, pues.

La trama tiene además una cesura argumental que deja al lector boquiabierto y obliga a repensar todo lo absorbido en el primer hemistiquio. Es un espléndido alarde de originalidad. Por consiguiente, esta reseña deberá ser tan incompleta como cuidadosa para no arruinar el efecto sorpresa.

Bettý es una joven majestuosa casada con Tómas Ottóson, el rey de la pesca de Akureyri, un magnate, un patán, un puñado de hormonas masculinas, agresivas. La vampiresa seduce a un alma solitaria pero desdichada para deshacerse del marido y heredar una de las fortunas más cuantiosas de Islandia. "Excitación, deseo, Betty. Una tríada peligrosa y al mismo tiempo irresistible". Ese es el juego, nada del otro mundo como se ve, una anécdota repetida pero el exotismo nórdico, la indagación psicológica, los buenos diálogos y -como se dijo- el impensado giro a la mitad del recorrido potencian al artefacto literario.

Oímos una voz desesperada; escuchamos a la víctima de la tarántula Betty. Narra desde la cárcel. Entre interrogatorios de la policía e indagaciones de los psiquiatras (una suerte de escenas teatrales), evoca su amor y su lujuria sin freno que concluyeron en tragedia y traición. Qué fácil es cometer errores cuando se vive en la ignorancia, ¿no es cierto?. Pero, ¿hay alguien capaz de examinar su vida bajo el microscopio? ¿Quién tiene el valor?, nos interpela.

Indridason, autor multipremiado en Europa, ha conseguido dos proezas. En primer lugar, reprodujo el tono exacto de la novela negra estadounidense. En segundo lugar, nos persuadió de que en un país diminuto de 350 mil habitantes con un promedio de dos asesinatos anuales (¡sí, por año!) ocurren las mismas aberraciones que envilecen la periferia de Buenos Aires hora tras hora. Esto se llama destreza artística.
Guillermo Belcore
Publicada en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Buena

PD: En este blog se elogia otra novela de Indridason: https://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2010/09/la-voz.html?m=0

domingo, 16 de julio de 2017

El exótico 007 que volvió del frío

Muchos escritores de fuste han embellecido páginas de diarios y revistas; por el contrario, pocos periodistas de raza han logrado escalar al Parnaso. Una de estas rara avis llamada George Orwell lo explicaba así: para poder dedicarse de cuerpo y alma a la literatura, uno necesita ganarse la vida con una profesión que no te absorba todas tus energías creativas. Vale decir, es mejor vender boletos en el subterráneo que fatigarse en una redacción o ser docente de tiempo completo. El inglés Lionel Davidson (1922-2009) también puede considerarse una excepción. Su talento le permitió dar el gran salto.

Hijo de inmigrantes judíos de Europa oriental fue un hombre de acción. A los quince años, ya era cadete en un periódico. Sirvió durante la II Guerra Mundial como telegrafista en la división de submarinos de la Royal Navy. Luego se unió a una agencia de noticias como fotorreportero, y se las ingenió para infiltrarse en la Praga comunista. En la capital checa, justamente, ambientó su primera y exitosa novela (La noche de Wenceslao, 1960). Vivió diez años en Israel, incluso en un kibbutz. Se recuerda hoy a Davidson como uno de los mejores escritores del género de espionaje (Graham Greene lo adoraba). En 1994, rompió un silencio de dieciséis años al publicar Bajo los montes de Kolima. La crítica lo aplaudió de pie. Afortunadamente, el sello Salamandra acaba de rescatarla. Aquí, se intentará explicar por qué es una novela extraordinaria.

El texto nos lleva a los primeros años de la Rusia postsoviética, ese gigante empobrecido. Un agente (freelance) de la CIA debe infiltrarse en una base del extremo norte de Siberia, el lugar más secreto de la URSS, el menos accesible del mundo, acaso. Allí, en Aguas Negras (Tchorni Vodi), se fabrica algo sacrílego. Por un sendero tortuoso había llegado a Occidente desde la remota región de Kolina el llamado de auxilio de un científico ruso, un biólogo que clama por la presencia de un colega canadiense a quien conoció una noche de alcoholes en Oxford. Naturalmente, la inteligencia británica y la estadounidense no dejaron pasar tan promisoria oportunidad de otear en los secretos del adversario, a pesar de que a priori luce como una misión suicida.

Como cualquier otro producto de un género que siempre linda con lo inverosímil, el lector debe tragarse algunos sapos. El más grande todos, digamos un batracio de dimensiones antediluvianas, es aceptar el hecho de que un profesor canadiense -indomable antropólogo y lingüista de la etnia gitksan- puede convertirse en un eficaz 007, con la habilidad de engatusar a media Rusia, hablar quince idiomas y armar él solito pieza por pieza un vehículo todoterreno en una cueva inhóspita mientras en el exterior la temperatura se desploma hasta los sesenta grados bajo cero.

El protagonista de este libro, en efecto, es un James Bond de origen indioamericano. Johnny Porter, el incansable. Si acepta esta premisa, la trama lo mantendrá aferrado de las solapas hasta la última página. La acción es vertiginosa, en especial en las últimas doscientas páginas cuando la KGB lanza la cacería de nuestro héroe.

El simple arte de narrar (de manera oral o escrita) es una cualidad milenaria que la crítica esnob suele desdeñar (a estos plumillas, al parecer, sólo les mueve el sismógrafo la experimentación de la forma). No obstante, es un hecho estético. Sólo los buenos novelistas tienen el don. ¿Cómo detectarlo? George Steiner sugería leer de pie, en un vagón de ferrocarril de tercera categoría, un día caluroso. Si el tiempo vuela, ese escritor ha sido dotado con la gracia. Como Davidson. Uno engulle treinta, cincuenta páginas del thriller casi sin pestañar.

Se trata de una obra de imaginación razonada, ese procedimiento típicamente anglosajón que Borges amaba y que resulta rarísimo en español. Las descripciones de las colmenas y las acciones humanas son minuciosas, riquísimas en detalles, muy bien documentadas. La trama se demora en la explicación de las lenguas aborígenes del Canadá, el funcionamiento de las líneas marítimas y los puertos, la orografía, sociedad y economía en la taiga, etc.. Queda demostrado que Davidson era un escritor concienzudo, es decir un demiurgo que hacía su faena con mucha atención, esmero y detenimiento. Thomas Mann estaba en lo cierto cuando notó que sólo lo exhaustivo resulta interesante.

En total, Davidson escribió ocho novelas para adultos y otras tantas para jóvenes, algunas con seudónimo. Bajo los montes de Kolina se considera su obra maestra. "Como relato puro de aventuras, esta novela tiene muy pocos rivales", establece en el prólogo Philip Pullman. Tiene toda la razón. Además, hay una hermosa historia de amor.
Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno


lunes, 10 de julio de 2017

Los libros de la guerra

Escribir me parece más fácil que evitar la sensación de sinsentido de no hacerlo.
Roberto Fogwill

El periodismo no es para los escritores. La afinidad entre ambas actividades no va más allá del acto mecánico de escribir. Son semejanzas de superficie. Mientras en una profesión -por ejemplo el periodismo- se recompensa con salarios y rangos el buen comportamiento de la función de maximizar la satisfacción de los jefes, lectores y anunciantes, en literatura se recompensa con la gloria la tarea de minimizar cualquier demanda ajena al rigor lógico y estético de la obra. Por eso, el periodismo no es para los escritores. 

Rodolfo Enrique Fogwill (1941-2010) incluyó estas frases en un artículo publicado por El Observador en enero de 1984. Por amor a la paradoja (fue un Chesterton ateo) y por necesidad de dinero y de espacio (quiso armar un sistema de gustos, con la creación de un canon que incluyera a Laiseca y Perlongher, Bizzio y Viel Temperley), Fogwill hizo caso omiso a su propio dictum y escribió duro y parejo, y concedió largas entrevistas, en una veintena de publicaciones durante tres décadas. La mayoría de esos textos no merecían el olvido. 

El editor Francisco Garamona merece un aplauso. Publicó cerca de la mitad de las intervenciones de prensa de Fogwill bajo el título Los libros de la guerra, cuya segunda edición, corregida y aumentada (Mansalva, 414 páginas, 2010), venimos a recomendar aquí con todo el entusiasmo que genera el hecho de haber gozado de una buena lectura. 

Del publicista ya sabíamos que era loco o se hacía, que era un polemista feroz con una cultura inmensa y un toque de bufón, un extraordinario narrador (pinche aquí o aquí), un filólogo, y presidiendo todas estas virtudes, un espíritu independiente, es decir un intelectual que optó por distanciarse de la manada para poder pensar. Enseña el volumen que además fue un formidable crítico literario y un egregio artífice de miniensayos, esos relámpagos de lucidez que de tanto en tanto aparecen en el diario o la revista, artefactos modernos que -como dijo Fogwill- no son más que “un papel que hoy transporta opiniones y que mañana envolverá las cáscaras sobrantes de la cocina”.

La calidad de la verba, no obstante, es harto despareja. Como escribió Alejandro Margulis en 1998, el hilo del discurso de Fogwill es tan cambiante que hace falta mucha concentración para seguirlo. ¿Efecto cocaína? El libro incluye cuarenta minutos de una entrevista de ocho horas que Horacio González y otros le hicieron a F. para El Ojo Mocho (1997). El polígrafo salta de un tema a otro a velocidad de Warp 8, escupiendo un magma verbal envolvente, aunque la secuencia lógica se pierda una y otra vez como un hilito de agua sobre el Sahara.

Hay unas diez entrevistas al maestro, casi todas legibles. Hay una vasta conversación con Gustavo Nielsen para mejorarle un cuento, que revela el talento lingüístico de Fogwill, quien debe haber nacido en el Año del Búho, pues tenía uno de los oídos más finos del reino cultural para la poesía y el habla popular. Hay, además, denuestos a la política cultural de Raúl Alfonsín. El libro cierra con atractivas evocaciones de colegas en la sociología o las Bellas Letras.

Insisto. Quizás, lo más original y profundo del tomo sean las comentarios literarios, aunque uno descubre la amarga verdad de que el libre pensador que trituró el sistema mediático de la crítica (una “sociedad de socorros mutuos”, hoy por mí, mañana por ti) no pudo dejar de incurrir en el vicio del amiguismo. Sólo así se entiende que eleve una novela intrascendente -Derrumbe, de Daniel Guebel- a la categoría de mejor libro de 2007. El panegírico sobre la obra de Sergio Bizzio, asimismo, suena exagerado. En cambio, la entronización del colosal Alberto Laiseca es un acto de estricta justicia. Acaso también la defensa de Jorge Asís. Fogwill demuestra, por otra parte, que no carecía de una cualidad borgeana: era capaz de fulminar a un colega con una sola bala. De Ricardo Piglia dijo que era “un absoluto bluff“. A José Pablo Feinmann lo despachó con el doble calificativo de “megalómano ridículo“.

El coleccionista de frases memorables se irá saciado. Fogwill era una máquina de acuñar sentencias. Léase a título de ejemplo:

  •  “Si algo queda por decir, más vale que se lo diga con obra”.
  •  "No hay nada en la vida algo más bello que tropezar contra una serie ordenada de buenas ideas, aunque sean de otro”. 
  •  “La crueldad se convierte en virtud si es ejercida para desnudar los valores y reordenar los apetitos. No es cuestión ética, es cosa estética”.
  •  “La gente de letras no está habituada a críticas que lisa y llanamente expresen lo que el autor opina de los libros”.
  •  “Hace poco dividíamos a los escritores argentinos entre quienes prefieren parecerse a Aira y quienes  no.”
  •  “La paradoja de León Gieco: solo un tonto le pide a Dios que la guerra no le sea indiferente, por cuanto el trabajo de molestar a Dios es una prueba que no le es indiferente".
  •  “Promuevo la apuesta de que para pensar, hay que dejar en el placard las ideas de Hollywood, las frases de la Fede y las instrucción de la orga”.

Para concluir, una curiosidad. Los aguijonazos de Fogwill a la orga montonera le caben como anillo al dedo a los Jem‘Hadar de Cristina Fernández, lo que permite intuir que el kirchnerismo es una versión tardía y degradada de aquella “picaresca-populista”. “Esa gente era pragmatista al mango. Y taimada en sus procedimientos, característica fuerte de los montoneros, esa cosa entre comillas “maquiavélica”, usadora“, declaró el literato. Puede colegirse que ambos fracasos pertenecen a la misma familia de pensamiento: “un modelo político de milicia de elite“, que en 1973 o 2011, “construyeron un modelo ficcional de la realidad argentina para consumo, justamente, de esa elite“. Entonces, “elitismo, patoterismo, egolatría, eficientismo militar o militante y desprecio por las rutinas populares” (y las formas republicanas) son las características que los han definido.
Guillermo Belcore

Calificación: Excelente


PD: Era o se hacía. Fogwill admite en la página ciento ocho que “polémicas, exabruptos y consabidos ajustes de cuentas forman parte de nuestras respectivas estrategias de promoción”.

domingo, 9 de julio de 2017

Volver a casa

"Ser débil es tratar a los demás como si te pertenecieran."

 Maame

Los asantes son orgullosos, un pueblo de guerreros, gente que no se doblega. Forman parte del grupo étnico Akan y hoy colman el sur de Ghana, el este de Costa de Marfil y rodajas de Togo. Se asociaron con los ingleses en el tráfico de esclavos, no obstante, al extinguirse tan infame institución -construida a golpes de maldad- ofrecieron enconada resistencia a los apetitos coloniales. Ghana, por cierto, fue el primer país del Africa negra en conseguir la independencia en 1957.

Una hija de la nación asante forjó (¡a los 26 años!) una novela épica que ha conquistado Estados Unidos. Se dice que un coloso editorial obló un número con siete cifras por el manuscrito de Volver a casa (Salamandra, 379 páginas), después de una subasta con diez oferentes. La crítica se enamoró de Yaa Gyasi (Mampong, Ghana, 1989), graduada del célebre MFA de Escritura Creativa de la Universidad de Iowa.

Llovieron los galardones para una autora que reconoce a Gabriel García Márquez como una influencia capital. Por supuesto, la hija de inmigrantes africanos es un modelo de corrección política. Ha ensamblado una ambiciosa reconstrucción de la esclavitud y el colonialismo, y de sus efectos en dos continentes que abarca casi trescientos años de historia. Digámoslo claro: no se trata de una obra maestra. Es probable que la señorita Gyasi tenga un toque de genialidad, pero virtudes y defectos marchan parejos en su debut artístico. El crédito sigue abierto.


DOS GENEALOGIAS


Volver a casa relata dos genealogías provenientes de la actual Ghana. Arranca en el siglo XVIII, la noche en que nació Effia Otcher -La Bella-, ""rodeada del calor almizclado de la tierra de los fante"", pueblo vecino a los belicosos asantes. Los capítulos saltan de generación en generación (treinta años de separación entre uno y otro aproximadamente) y basculan de Africa a Estados Unidos. Cada capítulo narra una historia de amor o desamor.

Las miserias del tráfico de carne humana y de la segregación racial son el hilo maldito que va engarzando las cuentas. Un colgante con una reluciente piedra azabache es el otro elemento que repite. Se nos permite descender a los infiernos para atisbar en las mazmorras nauseabundas de la Costa de Oro, las plantaciones de algodón en Dixieland, las minas de carbón de Alabama, o en los tugurios de Harlem, donde millones de personas con piel oscura han entregado sus vidas para satisfacer la codicia de semejantes con rostro pálido.

Hay que destacar que la novela no carece de virtudes. El exotismo es igual de seductor (lo real maravilloso) como esas mujeres con el pecho suave como pulpa de mango y generoso balanceo de las anchas caderas que van coloreando las páginas. Hay historias filiales o maritales francamente conmovedoras. Y en el plano de las ideas, nunca deja de ser estimulante, más allá del uso de estereotipos (naturalmente, el misionero cristiano debía ser un pervertido). 

Como se mencionó, el imperialismo occidental es confinado al banquillo de los acusados. Los asantes llaman al hombre blanco abro ni, el malvado, por todos los problemas que ha causado buscando oro y esclavos a cualquier precio. Los ewe lo denominaban perro astuto, pues finge ser bueno pero muerde. Lo singular es que Gyasi no oculta, al menos en la primera parte del libro, las injusticias de las civilizaciones nativas, aficionadas a la guerra tribal y a la explotación de la mujer. Una chica podía ser vendida en Ghana como esclava por un desliz tan significativo como ocultar la menstruación o acostarse con su enamorado antes del matrimonio. La fornicación no puede quedar impune, sentencian los hombres viejos de la aldea, hipócritas de primera.

La autora tiene algo que decir sobre lo que en Argentina tachamos de relato, no sin desdén. Plantea el profesor Yaw Agyekum a sus alumnos el problema de las versiones contradictorias: 


"Creemos al que tiene el poder. El es quien consigue escribir su historia. Por eso cuando estudian historia, siempre deben preguntarse: "¿Cuál es la versión que no me han contado? ¿Qué voz se ha silenciado para que ésta se oyese?". 
Guillermo Belcore

Calificación: Bueno


viernes, 23 de junio de 2017

Bolas

Flor Canosa
Novela, Zona borde, 106 páginas.

La figura del oficinista mediocre es un tópico universal. Quizás, la primera manifestación artística del hombre castrado y gris haya sido un memorable cuento largo de Nikolai Gogol. “Todos crecimos bajo el capote de Gogol”, sentenció alguna vez Dostoievski, en alusión a ese texto canónico de 1842. Desde entonces, Akakiy Akakiyevich Bashmachkin, con ligeras o profundas variaciones, ha poblado todas las literaturas nacionales. En la Argentina del siglo XXI, inspiró dos novelas de desigual ejecución: El encierro de Ojeda de Martín Murphy (pinche aquí), muy bien escrita, armada y resuelta. Y la monocorde y tediosa El oficinista de Guillermo Saccomano (pinche aquí), que ganó en 2010 el premio Seix Barral, lo que corrobora que este tipo de galardones no vale un comino. Bien, el hecho es que en 2017 una escritora de la Patria ha decidido refrescar tan manido personaje.

Flor Canosa (Buenos Aires, 1978) trabajó bajo la sombra de Kafka, nada menos. La teoría de las influencias del indispensable Harold Bloom quedó, una vez más, reivindicada. ¿Qué es esto? Básicamente, que cualquier obra literaria trascendente lee de manera creativa -pero errónea- un texto o textos precursores. Poesías, relatos, novelas, obras de teatro nacen como respuesta a anteriores poesías, relatos, novelas u obras de teatro y esa respuesta no es sólo un amable proceso de transmisión sino también una tremenda lucha entre el genio anterior y el nuevo aspirante al Parnaso. Bolas, digámoslo de entrada, sale airosa del desigual combate.

Imagina Canosa que un oficinista misógino, pelado y de mediana edad se levanta una mañana y descubre que ha perdido sus testículos. La lisura absoluta desde el pene hasta el ojo del culo. No hay nada oculto en la ingle y el abdomen. Ni un rastro. Increíble. Naturalmente, el pobre diablo se sume en la desesperación y el pánico: “El miedo es la sensación de que a partir de ahora algo se terminó para siempre y nada será igual. (…) Miedo es despertarse y no tener pelotas”, clama Federico.

La metáfora esencial del libro es sencilla. Federico nunca tuvo “las pelotas bien puestas”, no es extraño que una mañana de cristal que se hizo añicos las haya perdido. No abundaremos en el punto. La autora -que aún no ha podido desprenderse del vicio de decirlo todo, ni de bajar línea- se encarga de entregarle al lector el paquetito bien atado. Hasta el mas distraído entenderá los simbolismos. No es Kafka. 

Malditos machos


“Toda mi formación como guionista me preparó para poder construir personajes totalmente alejados a lo que soy yo”, ha explicado Canosa en un reportaje. Es cierto, en un aspecto no menor. Evidencia la autora en su segundo libro una destreza admirable para exponer los pliegues de la psicología masculina, esas pequeñas miserias que conforman el universo del hombre mezquino. Desde su relación con el trabajo no creativo hasta el odio amoroso que le suscitan las mujeres dominantes y avinagradas, esa categoría que con fino oído para lo popular Canosa designa como “las conchudas”.

El lenguaje, en efecto, se nutre de las calles, del habla plebeya. Es la porteñidad al palo. He ahí la grandeza y la limitación de una prosa que se enriquece con dos elementos picantes: el humor y la pornografía boca sucia. 

Hay un elemento cuestionable en la parodia. Si por un lado, Canosa construye los personajes masculinos de manera magistral -fruto de la intuición o la observación-, por el otro coloca en boca de Federico sus propias opiniones políticas. Es ridículo que un eunuco de mente obtusa tenga semejante nivel de lucidez (de lo que Canosa considera lucidez, en todo caso). Es un ripio, un injerto al que se le notan las costuras. Manchitas en el papel que desnudan una compulsión, acaso sea la necesidad de complacer al Círculo Púrpura de la comunidad intelectual (¡Ey, amigos, soy uno de ustedes, odio a Clarín y a Macri, hablen bien de mí!). Surgirán alguna vez escritores argentinos que se atrevan a ir -aunque sea un solo paso- más allá de la corrección política. 

Estableció Borges que la indiscutible virtud de Kafka es la invención de situaciones intolerables. La señora Canosa no carece de esa cualidad. El hombre malvado, abusador, sexópata es el infierno de millones de mujeres.
Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

lunes, 12 de junio de 2017

Vidas de hotel

Eduardo Berti (compilador)346 páginas. Adriana Hidalgo editora. Cuentos


En los hoteles -es de público conocimiento- ocurren cosas maravillosas. El arte tomó nota y así se han compuesto magníficos relatos breves en torno a las peripecias de viajeros, turistas y amantes. Algunos se incluyeron en una antología que acaba de lanzar al ruedo un sello nacional. En verdad, Eduardo Berti, el compilador, ha realizado un trabajo muy competente, en cuanto a la variedad y excelencia de los casi cuarenta textos que reúne Vidas de Hotel . Uno puede abandonarse sin reservas al goce de la lectura.

A gusto de este consumidor, las gemas más preciadas que atesora el volumen son aquellas que narran tribulaciones burguesas, como las de la desmemoriada señora Stroope que retrata el ingenioso Saki; o el conmovedor juego de apariencias en una arcadia oculta de Broadway que imaginó O. Henry; o las fobias del señor Panard, hombre prudente que le temía a todo a sus alrededor (la invención es de Guy de Maupassant). Hay que destacar también en esa línea "Indecisión" de Francis Scott Fitzgerald, basado en una premisa que sólo un bribón no consideraría escandalosa: "Peor que no tener mujer es tener una sola". El intento de suicidio que perpetra el desdichado Gene (artificio del innovador Stephen Dixon) es otro punto alto del libro.

La destreza de los literatos argentinos, en cambio, muestra altibajos. Ricardo Piglia tuvo una ocurrencia genial pero da la impresión en "Hotel Almagro" que no supo cómo desarrollarla. Tampoco llega a algún lado "En un cuarto de hotel" de Juan José Saer. Realismo soso el del santafesino con una idea tremenda, una sola: a una determinada edad, digamos después de los cincuenta, los hombres nos volvemos transparentes para las mujeres. "La puerta condenada" de Julio Cortázar es todo lo contrario de esos dos productos fallidos. Una ficción memorable y bien escrita, ambientada en Montevideo. También se deja leer la pieza de Pablo De Santis. Trae, incluso, una advertencia de suma utilidad: los edificios con demasiado cinc atraen los recuerdos.

Todo hay que decirlo. La compilación hace trampa tres veces. Dos son atendibles. Considerar a una dacha una variante de hotel para poder incorporar a Antón Chéjov es una licencia insignificante. "El número 13"" de M. R. James había aparecido hace siete años en Fantasmas otra estupenda antología que preparó Berti también para Adriana Hidalgo. Es un pecado menor; al fin y al cabo, la historia del catedrático inglés es placentera y mucha gente seguramente no lo conoce. Ahora bien, transcribir el apunte de una idea de William Somerset Maugham, un párrafo apenas, no es lo que uno espera de una recopilación de alta categoría.

Hay que destacar, no obstante, otro agrado del libro. Cada relato viene precedido por una minibiografía del autor. Es una delicadeza de Berti que el lector curioso no dejará de aprovechar, pues esos tres párrafos dan apetito, obran como un maestro de lectura. Por ejemplo, después de saborear "Hotel de la luna holgazana" uno se siente impelido a salir corriendo a comprar Leyendo a Turgueniev y Mi casa en Umbría las dos nouvelles de William Trevor que Berti recomienda. Exactamente lo mismo pasa con "El tumultoscopio" de Alphonse Allais. Es un cuento desopilante que obliga a seguirle la pista a este francés no muy conocido, ilustre forjador de máximas.
Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

domingo, 28 de mayo de 2017

Crímenes duplicados

M. Hjorth y H. Rosenfeldt

Planeta. 619 páginas


Alguna vez, Jorge Luis Borges reflexionó sobre el extraño y vano destino de Escandinavia. Llegó a la conclusión de que desde las tropelías de los vikingos por media Europa o la llegada a Norteamérica de Leif Eiriksson cuatro siglos antes de Colón, hasta la invención de la novela en Islandia o la irrupción en Rusia de Carlos XII, las dilatadas empresas de las gentes nórdicas fueron individuales y surcaron como un cometa fugaz por la memoria de la Humanidad. "Para la historia universal, las guerras y los libros escandinavos son como si no hubieran sido, todo queda aislado y sin rastro, como si pasara en un sueño o en esas bolas de cristal que miran los videntes", estableció en la revista Sur nuestro mejor literato. 

Puede que con la novela negra escandinava ocurra lo mismo. Pasará, acaso, sin dejar huella ni abrir nuevos senderos en la jungla editorial y sólo los especialistas del futuro acudirán al subgénero. Es probable que esta burbuja que se infló a principios del siglo XXI -gracias a la divulgación global de notables narradores como Henning Mankell- ya haya reventado. Resulta inevitable pensar esto después de leer el segundo tomo de la Saga Bergman de Michael Hjorth & Hans Rosenfeldt, los creadores de la exitosa miniserie The bridge.

Crímenes duplicados es mejor que la primera entrega, lo cual no significa que la novela sea buena. Es casi buena, en realidad. Sus autores son guionistas televisivos, por lo que manejan bastante bien la intriga, los giros imprevistos, las conexiones entre los personajes, pero nada más. El texto carece de virtudes literarias, no hay profundidad psicológica, ni belleza en la expresión, ni recursos retóricos; la prosa es plana como el encefalograma de un muerto. Sobran capítulos o están mal cortados. La crítica social brilla por su ausencia (una traición al género). El libro termina aburriendo, con ese afán ridículo por querer explicarlo todo y sus redundancias. Como se dijo, uno termina conjeturando que la novela negra escandinava es ya una fórmula gastada.

Queda la historia. Los autores quieren enseñarnos algo sobre los imitadores de los asesinos en serie. En efecto, aparecen en Estocolmo cadáveres de mujeres con el cuello prácticamente seccionado (como cuando abrimos una lata de conservas y dejamos un pequeño trozo sin cortar para poder doblar la tapa hacia atrás) y los mismos rituales en la escena del crimen que dejaba el reo Edward Hinde, encarcelado desde la década del noventa. Investiga la Unidad de Homicidios, el equipo especial de Torkel Hölgrund, pero el héroe se llama Sebastian Bergman, un psicólogo con mañas, un canalla egoísta, bah, que usa el cuerpo de las señoras para calmar, por un rato, su angustia existencial. El desagradable doctor se convirtió en una pieza clave para atrapar a Hinde, por lo que se suma a la cacería. Es el padre de una detective de la task force de Hölgrund pero ella no lo sabe. Hay un núcleo incandescente allí. Bergman defecciona, demuestra en su segunda aparición que en el fondo es un tierno. La maldita corrección política y social, otro punto flojo del libro.
Guillermo Belcore

Calificación: Regular