domingo, 16 de abril de 2017

Offshore

``Este país es una república bananera. Gobierne quien gobierne es una república bananera''.
P. Márkaris

La vida no examinada no es digna de ser vivida, enseñaba Sócrates a los discípulos. La imagen que nos hacemos de lo ocurrido en Atenas en el año 399 antes de Cristo viene, sobre todo, de la prosa de Platón. Sabemos que su maestro era una conciencia íntegra, apasionada por encontrar a la verdad, en un entorno corrompido. Pasaron más de dos milenios y perviven en Grecia las costumbres hediondas, de acuerdo a una estupenda saga policial creada por Petros Márkaris (Estambul 1937). Ahora es el comisario Kostas Jaritos, quien encarna esa rareza del universo: el individuo que dice `no' a los abusos de poder, aun a costa de su propia salud. Un necio espléndido.

En toda Europa son muy apreciadas las novelas de Márkaris. El retrato social es magnífico. Ofrece información de primera mano sobre un país que cayó en bancarrota, después de vivir largos años por encima de sus posibilidades. El literato desnuda y repudia, sin paliativos, los vicios nacionales.

Se imagina en Offshore (Tusquets, 286 páginas) que, después de seis años de brutal ajuste, la Hélade abandona la recesión. Se habla, incluso, de un milagro griego (en la vida real aún no ocurrió). Llueven los capitales extranjeros, pero de dudosa procedencia. Irrumpen los bancos de las islas Caimán y las empresas que surgen de la nada. Retornan al país las grandes empresas navieras. Como sea, la gente quiere divertirse. Vuelven los viejos hábitos: el despilfarro, la ostentación, la escasa aplicación al trabajo, conductas que han escandalizado a los mandantes alemanes. ``Ay del holgazán si encuentra afán y ay del griego si tiene el bolsillo lleno'', sentencia Adrianí, la esposa del comisario, modelo platónico de la mujer con lengua viperina que expresa su amor mediante la gastronomía. El otro aluvión que inquieta a los helenos es el de los inmigrantes. Se los usa como mano de obra barata y como chivo expiatorio.

El asesinato de un cachafaz que deshonra la Secretaría de Turismo interpela a un Jaritos, tan eficaz como anticuado. Pudo ser un robo que terminó mal o una ejecución. Horas después, confiesa el crimen una pareja de paquistaníes. Caso cerrado, ordenan desde las altas esferas. No obstante, balean a otro pez gordo, y luego a otro. Extranjeros pobres asumen la responsabilidad en cada uno de los sucesos, pero el comisario sospecha que hay gato encerrado. Al igual que Sócrates, Jaritos no tiene miedo y acosa a los superiores más allá del límite de la paciencia. Actúa así por una buena razón: está convencido de que los asesinos no son más que los actores que dan la cara sobre las tablas; entre bambalinas se esconden los que mueven los hilos, los directores. Grecia es víctima de una suerte de experimento económico.

La décima entrega de la serie Kostas Jaritos se sobrepone a las ñoñerías sentimentales, a una pizca de inverosimilitud, a una leve corrección política. La trama es cautivante.

Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Bueno 

viernes, 14 de abril de 2017

La Guerra Civil Española

Una guerra civil no es una guerra, sino una enfermedad.
Antoine de Saint Exupéry

En un artículo firmado en 1937, George Orwell pronosticaba que la Guerra Civil Española acabaría en tablas. Como ocurrió décadas después en Corea o Vietnam, la Madre Patria se encaminaba a partirse en dos pedazos irreconciliables, uno bajo la órbita soviética, el otro del nazi fascismo, con fronteras estables por años. Esa era la visión en caliente de uno de los más lúcidos pensadores del siglo XX, que incluso fue a combatir a Cataluña por la causa de la libertad pero se curó, para siempre, de simpatías comunistas, al comprobar que los esbirros de Stalin eran tan sanguinarios y tan poco proclives a compartir el poder como los militares franquistas. La paridad militar parecía inamovible por entonces. Pero los republicanos decidieron suicidarse… lanzaron una tras otra desastrosas ofensivas frontales -inspiradas en manuales avejentados y algunas por razones propagandísticas- hasta quedarse sin recursos quince meses después: Segovia, Brunete, Belchite, Teruel, Ebro…  

Que el general Francisco Franco y sus valedores alemanes e italianos no ganaron por si sólos la Guerra Civil Española, fueron los jefes militares republicanos quienes la perdieron (sobre todo los comunistas con sus incompetentes asesores rusos), desperdiciando miserablemente el valor y el sacrificio de sus tropas, es una de las conclusiones fundamentales de un ensayo que este blog desea recomendar a viva voz. 

Su autor colgó el uniforme del undécimo regimiento de Husares de la Gran Bretaña, para redactar algunos de los libros esenciales de la Segunda Guerra Mundial, como Stalingrado o Berlín, La Caída. Antes de ellos, Antony Beevor (1946) compuso un monumental estudio sobre el conflicto que desangró a España por cuatro años (y la arruinó por cuatro décadas). La primera edición en inglés data de 1982. Pasó sin pena ni gloria. Beevor la engordó y rehizo a comienzos del siglo XXI, aprovechando el material que encontró en archivos alemanes y rusos, recientemente desclasificados. El sello Crítica la trajo a la Argentina en 2015 y hoy se ofrece en mesas de saldos. Si le interesa el tema y tiene un dinerillo para gastar, deje lo que está haciendo y corra a comprarla. Es un ensayo tan ameno como esclarecedor.

En la opinión de quien esto escribe, Beevor ha cumplido tres condiciones básicas que caben esperar de un libro con tan elogiable ambición: comprende los sentimientos de los dos bandos, salda hipótesis previas y amplía las fronteras de lo que sabíamos sobre la guerra civil. Naturalmente, sus simpatías se inclinan hacia al lado republicano, pero no deja dudas respecto de que la izquierda española fue tan poco respetuosa de la democracia, el imperio de la ley y los derechos humanos como lo fueron los derechistas. No obstante, las diferencias cuantitativas son relevantes. El autor cifra en 38.000 el número de muertos por el terror rojo (entre ellos trece obispos). A la represión nacional le atribuye, entre otras iniquidades, 250.000 vidas.

Confirma Beevor que los mejores panoramas de la guerra civil española lo han esculpido hispanistas ingleses. Es un dignísimo continuador de Hugh Tomas o Paul Preston (aunque algunos descuidos puntuales han encontrado lectores españoles). Su especialidad -la historia militar- permite comprender las miserias y grandezas de las campañas, los combates, las estrategias en juego y en pugna, los ejércitos formales e informales enfrentados. Da la impresión, por otra parte, que comete el mismo error que condenó a enemigos e historiadores adversos de Franco: subestimar al Generalísimo bajito, casi lampiño, regordete, ignorante, con voz de falsete, (‘Paca la culona’, según Queipo del Llano, el virrey de Sevilla). Hay que reconocer que hasta el diablo debe envidiar la astucia política de aquella quintaesencia de lo peor de la galleguidad. Franco, que gustaba firmar las sentencias de muerte después de almorzar tomando café, los venció a todos: a Stalin, Mussolini, Churchill y Hitler, incluso. Perón terminó comiendo de su mano. Estas dotes de estadista maquiavélico -que logró atrasar el reloj de la Historia siglos incluso- no implica que para su pueblo haya sido un benefactor. Represión al margen (que no es un dato menor) es probable que la sólo la Rumania de Ceaucescu haya igualado la corrupción, estupidez y despilfarro de la España franquista.

Fiel a aquella premisa histórica informal pero importante que dice que nada es inevitable excepto lo que uno cavila en su interior, Beevor cierra el libro planteando un contrafactual. ¿Qué habría salido de una victoria republicana? Un gobierno democrático seguramente en 1948 habría recibido la ayuda decisiva del Plan Marshall y hubiera prosperado en el seno de la Unión Europea. Pero una España satélite de Moscú hubiera quedado confinada hasta 1989 en una postración parecida a las de democracias populares de Europa oriental. Coincidimos sin reparos con esta hipótesis. Al fin y al cabo, tanto el bolchevismo como el nazifascismo fueron las lacras del siglo XX. Una maldad sin sentido.
Guillermo Belcore


Calificación: Excelente




viernes, 31 de marzo de 2017

El motel del voyeur

POR GUILLERMO BELCORE

En un país como la Argentina, tan aficionado a la premisa nietzscheana ’verdad es lo que te conviene’ (o lo que le conviene a tu caudillo político), donde una ex presidenta de la Nación afirmó suelta de cuerpo en un foro internacional que Alemania tiene más pobres que nuestro país y consintió que se destruyeran las estadísticas nacionales para ocultar el nivel real de miseria, inflación y desempleo, el último libro de Gay Talese (Nueva Jersey, 1932) no debería moverle un pelo a nadie. En cambio, en el Estados Unidos previo a Donald Trump (otro populista deshonesto) desató un sonado escándalo.

Es que Talese -uno de los padres del Nuevo Periodismo- se ufana de no haberle mentido jamás a sus lectores y de usar solo nombres reales en sus fascinantes indagaciones. A pesar de ello, ahora da por buenas la mayoría de las afirmaciones “de un maestro del engaño”. Y no es la única -ni la más grave- concesión moral (la ‘criética‘ es la ciencia de los canallas, estableció Borges, no obstante).

Vayamos al principio. En enero de 1980, el exquisito artesano de la no ficción recibió una carta manuscrita y excitante de un fulano llamado Gerald Foos. Un hombre casado con dos hijos que a mediados de los sesenta había comprado el motel Manor House de veintiuna habitaciones, cerca de Denver, a fin de convertirse en su “voyeur residente”.

Talese mordió el anzuelo. Viajó a Colorado. Antes de salir del aeropuerto firmó un acuerdo de confidencialidad. Como consecuencia, el señor Foos le abrió su alma y lo autorizó a fisgonear en ‘su plataforma de observación‘, un desván que le permitía observar a los huéspedes, sin que ellos se percaten. El muy sinvergüenza instaló en las habitaciones del hotel unos falsos conductos de ventilación, rejillas de quince por treinta centímetros pintadas del mismo color del techo. Tomaba abundantes notas de lo que veía. Una de las imágenes más poderosas del libro es el elegante Talese, hijo de un sastre orgulloso de su profesión, reptando por el entretecho en busca de presenciar actividad erótica. Casi lo descubren. Su corbata de seda asomó por la rejilla durante unos segundos.

NACE EL LIBRO

De vuelta en Nueva York, el escritor fue recibiendo por entregas el diario del señor Foos. La primera anotación data del 24 de noviembre de 1966. Cuarenta y siete años más tarde, el anciano -ya retirado del voyeurismo- dio, por fin, su consentimiento para que las miles de páginas sean reveladas, quería que la humanidad conociese el trabajo sin precedentes de “un laboratorio único para el estudio del comportamiento humano“. Confiaba en que el estatuto de limitaciones lo pusiera a salvo del largo brazo de la Justicia. Por cierto, el bueno de Gerald siempre quiso ser considerado “un pionero de la investigación sexual”, de ninguna manera un delincuente o un pervertido. Así, las fijaciones onanistas de un hombre cuya felicidad absoluta consistía en invadir la intimidad de los demás sin que lo ellos lo supieran, -salpimentadas con sociología y al voleo y conclusiones banales- se transformaron en un libro.

La industria cultural se frotó las manos. The New Yorker publicó un adelantó y Steven Spielberg se apresuró a comprar los derechos (San Mendes iba a dirigir la película). El libro se publico con pompa, alguien lo definió como “la obra maestra de Talese”… y entonces la prensa comenzó a investigar. Se detectaron inconsistencias. The Washington Post descubrió, por ejemplo, que el señor Foos compró el hotel en 1969... Talese montó en cólera, pero se limitó a vilipendiar a su fuente y añadir una mínimas correcciones en el texto. “No me cabe la menor duda de que Foos es un voyeur épico, pero a veces era un narrador poco inexacto y poco fiable. No puedo responder de todo los detalles que incluye el manuscrito”, escribió en la página noventa y tres. Talese, a los ochenta y pocos años, traiciona sus convicciones literarias y se sofoca en una red de mentiras, dispararon escritores y críticos con el dedo inhiesto.

Aquí estamos pues, con una segunda versión. Nunca sabremos, empero, cuál de las entradas del diario se basan en experiencias reales y cuáles son el producto de una imaginación afiebrada. Más allá de la polémica, cabe preguntarse si tiene esto alguna relevancia artística. Un tercio del libro lo ocupan los textos del hotelero que, además de pornografía -que siempre termina aburriendo- incluye boberías políticamente correctas pero también referencias interesantes sobre los cambios de hábitos (“un voyeur sirve de historiador social“). No hay sorpresas; se concluye que la gente es básicamente deshonesta y sucia (literalmente) y que la mayoría de los seres humanos tiene una pobre vida sexual (si así no fuera no habría arte ni política, conjeturaba Freud). 

Se animó el diletante Foos a elaborar estadísticas sobre las frecuencias íntimas. Dedujo lo siguiente:

* “El doce por ciento de las parejas observables en el hotel son muy sexuales.
* El sesenta y dos por ciento lleva una vida sexual moderadamente activa.
* El veintidós por ciento tiene un apetito sexual bajo.
* El tres por ciento nunca tiene relaciones”.

¿UN HOMICIDIO? 

En fin, lo chocante del libro no es la narración con lujo de detalles de las habilidades de una felatriz experta sino que Foos afirma haber presenciado, además de incesto, robos y abusos, un asesinato. Y dice que él mismo lo provocó, al arrojar por el inodoro las drogas de un traficante. Creyó el delincuente que la novia le había birlado los estupefacientes y, tras una airada discusión, la ahorcó con sus manos. Cuando abandoné la torre de vigilancia la mujer estaba inconciente pero respiraba, alega Foos. A la mañana siguiente, la mucama descubrió el cadáver y Foos hizo la denuncia a la policía, sin revelar que había presenciado el homicidio. Tremendo… si es que es verdad. Décadas más tarde, Talese investigó y no descubrió rastro alguno del supuesto estrangulamiento. Se supo, sí, que hubo un crimen similar a pocos kilómetros del motel Manor House. Por detallitos como éste, la prensa anglosajona hizo pedazos al venerable escritor.

El libro, pese a todo, magnetiza los dedos, se lee casi de un tirón. Al fin y al cabo, puede decirse que todo buen lector es un redomado voyeur; nunca nos cansaremos de observar a la naturaleza humana. Muy placentero, intelectualmente hablando resulta, además, el núcleo literario: Talese tiene un talento descomunal para tornar atractivas a personas comunes y corrientes, y para entremezclar la Alta Literatura con la cultura pedestre.

Concluye El motel del voyeur con una frase redondita, perfecta. Y en las últimas páginas se ofrece una reflexión interesante. Los espiones infames de nuestro tiempo no son los maniáticos como Foos sino los medios de comunicación y los Estados, incluso los democráticos, que controlan nuestras existencias mediante miles de cámaras de seguridad, internet, tarjetas de crédito, escuchas telefónicas y todo lo demás.
Publicado en el Suplemento de Cultura de La Prensa

Calificación: Bueno

jueves, 16 de marzo de 2017

Recuerdos de la vida literaria II

Manuel Gálvez.
Taurus. Edición 2002. Memorias,791 páginas 

Si la vanidad fuese una antena, Manuel Gálvez (1882-1962) hubiese captado Radio Plutón. Es fama que el misterioso don de producir literatura, suele rebajar a los artistas (y a los que aspiran a serlo) a la condición de pedantes insufribles (e inseguros), es una suerte de enfermedad profesional; pero el narcisismo del autor de Nacha Regules superaba el promedio, era monstruoso. Quién sabe. Tal vez haya sido una compensación por su escaso talento; una forma de autoengaño para superar el hecho de que en realidad era un polemista de primera, un periodista de segunda, y un escritor de tercera o cuarta categoría. Esa jactancia con rasgos neuróticos ameniza, sin dudas, las memorias del prolífico Gálvez, sazona las páginas como si fuera una especia deliciosa. 

Los programas de chismes nos han persuadido de que los fatuos suelen ser interesantes; pero lo notable en este caso es que la petulancia también puede convertirse una cualidad literaria. Los cuatros tomos de Recuerdos de la Vida Literaria -dejémoslo claro- son muy divertidos, desopilantes por momentos. No sólo resulta conmovedora su falsa modestia sino también el intento de defender a capa y espada una obra copiosa que -¡ay!- no ha trascendido y una combativa vida pública. Causa ternura ver a un hombre famoso, atesorando y mostrándole a la gente cada una de las lisonjas recibidas en cartas y periódicos (muchas provienen de eminencias), como un chico con sus figuritas.   

Hace quince años, el sello Taurus reimprimió (en dos volúmenes) la minuciosa evocación de Gálvez de cincuenta años de vida cultural de la Argentina. Nos detendremos en el segundo libro, que incluye Entre la novela y la historia, y En el mundo de los seres reales. En el estudio preliminar, destaca Beatriz Sarlo dos dramas del proyecto novelístico de Gálvez: quiso ser nuestro Zola y nuestro Pérez Galdos primero; nuestro Graham Greene y nuestro Muriac después, pero no le dio la talla y fue más romántico que realista. En segundo lugar, fue un resentido, escribió siempre movido por la idea de que su obra no había encontrado el reconocimiento que se le debía (sobre todo entre las elites intelectuales). La prologuista le reconoce, no obstante, ‘conciencia sociológica‘, en el sentido de que se comprometió en cuerpo y alma con la profesionalización de los escritores.

VAYA TIPO

Se jacta Gálvez de haber vendido más de un millón de libros. También de haberse sacrificado de veras y como nadie por el escritor argentino. Se trabajó, no sólo una vez, la candidatura al Premio Nóbel de Literatura (“...si algún escritor hispanoamericano merecía ese premio era yo, sobre todo después de haber publicado las Escenas de la Guerra del Paraguay", escribió). Llega a sugerir que una de sus novelas indujo el suicidio de Alfonsina Storni. Afirma que ninguna obra publicada en el siglo XX ejerció tanta influencia sobre la opinión pública como su biografía de Yrigoyen (“un éxito nunca visto desde el Martín Fierro”). Añadió a las memorias un capítulo sobre las entrevistas que le hicieron (veintisiete hasta 1960); otro explica: “cómo alcancé la celebridad literaria“. No ha deseado ocultar a la posteridad lo que sus coetáneos sabían. Fue un chupacirios ñoño, al punto de modificar o suprimir escenas por los reparos de monseñor Franceschi. Pero no era un fanático; como buen ególatra juzgaba a los hombres no por su adscripción política o religiosa sino por el reconocimiento que le tributaban.

Realmente, hay aspectos muy meritorios en Recuerdos. Tiene páginas encantadoras (es lo mejor que puede decirse de su prosa), casi nunca aburre y trae un impresionante bagaje documental. Son buenos libros de historia, sobre todo de historia de las ideas. El autor narra en detalle, por ejemplo, el surgimiento y auge del fascismo criollo (nacionalismo + catolicismo político) que derivó en el golpe de 1930 y en la irrupción de Juan Perón. Gálvez, con una insoportable pose de superioridad moral (como los progresistas de hoy en día) fue un entusiasta militante de la causa antirrepublicana, antiliberal y antiestadounidense. Causa perplejidad ver como la Argentina va abandonando, paso a paso, el credo de Sarmiento, el de la masonería de los Ochenta, que había colocado a este paupérrimo arrabal del mundo a las puertas del desarrollo. Fue una tragedia. Hoy, con la educación pública destruida por los demagogos y la humillante decadencia económica, creo que no somos pocos lo que nos preguntamos que habría sido de nosotros si a la Edad de Oro no la hubiesen decapitado… 

Volviendo a los recuerdos de Gálvez, hay que resaltar que el lector interesado en el pasado hallará decenas de retratos interesantes, como el de Leopoldo Lugones, adversario encarnizado de nuestro auténtico mediocre (pero entrañable). Hay centenares de anécdotas sabrosas, hay un muestrario muy bien surtido de las mezquindades de los intelectuales. Descubrimos, por citar un caso entre muchos, que Victoria Ocampo era una esnob, que una noche del PEN prefirió al nazi Drieu La Rochelle por sobre los novelistas judíos de Polonia. Tramos muy seductores son, asimismo, las peripecias de Gálvez con los traductores, editores y librerías; el capítulo “Los que no quisieron vivir” (escritores/as suicidas); las luchas políticas-literarias en la SADE izquierdista y en la ADEA de Perón… Es opinión compartida que éste son los mejores libros de Gálvez (le dedicó sus últimos años), los que se leen con mayor placer y provecho. “Incomparable panorama de la vida literaria de la primera mitad del siglo XX”, dictaminó César Aira en su formidable diccionario.

Un último pormenor significativo. Gálvez nombra sólo cuatro veces, y al pasar, a Jorge Luis Borges. Pero lo aguijonea con indirectas venenosas y estúpidas:

"Los libros argentinos no se venden porque existe un divorcio absoluto entre el lector y el público. En su casi totalidad, los libros argentinos son colecciones de versos, o pseudoversos, que nadie entiende; cuentos, género literario que en ninguna parte del mundo tiene público; o ensayos, escritos en prosa difícil, sobre extranjeros que, como Kafka, sólo agradan a una minoría".

 El desdén era mutuo. En los diarios de Bioy Casares, el mejor de nuestros escritores se mofa de la grandilocuencia y de una estrofa desdichada de Gálvez. El miércoles 5 de septiembre de 1979, Borges dijo: 

“No estoy muy inventivo. El nivel de Manuel Gálvez, más o menos”.

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno  

domingo, 12 de marzo de 2017

La Esposa joven

Por Alessandro Baricco

Anagrama, 199 páginas. Novela

Si alguna vez, un crítico decide componer una lista con las mejores veinte novelas eróticas de todos los tiempos haría bien en incluir La Esposa joven, la obra más reciente de Alessandro Baricco (Turín, 1958). El sexo, en efecto, es el hilo de plata que atraviesa la historia de una familia tan burguesa como exótica del norte de Italia. El sexo como obsesión, como el estribillo de una canción, el soniquete de un ave. Pero abordado con una delicadeza y profundidad admirable. Se confirma que cuando las dos Diosas de la Excelencia -Poética y Filosofía- atraviesan la trama no existen los temas gárrulos.

Baricco nos conduce a una fascinante casa de maniáticos, cargada de secretos, que desayuna hasta las tres la tarde y con un tío que duerme todo el tiempo. Es una locura feliz. El sacerdote de ese templo se llama Modesto, que sirve en el caserón desde hace cincuenta nueve años. Hay un Padre, una Madre, una Hija, un Hijo ausente (viajó a Inglaterra por distintos motivos) y una Esposa joven (en realidad futura esposa) que un día aparece en el umbral para cumplir el matrimonio concertado con el Hijo tres años atrás. Vuelve desde la Argentina, donde sus padres y hermanos -toscos ganaderos- emigraron para acumular fortuna. La llegada de la chica va levantando los velos que, como si fuesen pesados cortinados, cubre el pasado de cada de uno de los personajes, cuyo nombre nunca oímos. Sólo el de Modesto, el mayordomo que gobierna a golpes de tos.

La revelación de los enigmas -además del erotismo- es lo que hace avanzar una novela que por momentos provoca la agradable sensación de que va a la deriva en la corriente. El procedimiento detectivesco puede compararse con ir quitando una a una las capas de una cebolla. Algo peregrino se había enroscado en el destino de la Familia. Notable estilista, Baricco parece que no confía en sus lectores. En la página cincuenta y cuatro, ve la necesidad de explicar lo obvio: que el texto va cambiando de manera más o menos abrupta la voz del narrador. Nos lo advierte un escritor que evoca la historia de la Familia extravagante. También ha perdido la cordura.

La escritura es simplemente hermosa de leer. El autor del bestseller Seda es uno de esos narradores que tienen muy poco que decir pero lo hace de una manera bellísima. Su prosa está forjada con mil lecturas fecundas, incluso latinoamericanas. Hay pasajes del más rancio realismo mágico, como las maravillosas páginas que describen los efectos tremebundos de los senos de la Madre entre la población masculina. Es que es ésta, por encima de todo, una novela feminista. Las heroínas son mujeres que se liberan de la opresión patriarcal dando vía libre a la cruda necesidad del deseo. Son los cuerpos los que dictan la vida, todo lo demás es consecuencia, se establece.

Un comentario al margen. Baricco dice, con gran amabilidad, tres o cuatro verdades sobre la Argentina. Sus antenas perciben en nuestro país "una idea misteriosa de la propiedad y un concepto escurridizo de la justicia". También padecemos "una violencia invisible que es fácil de percibir, pero resulta arduo de descifrar". Así nos va.

Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Muy bueno

lunes, 6 de marzo de 2017

Introducción a la antifilosofía

Boris Groys
Eterna Cadencia. Ensayo de filosofía, 282 páginas. Edición 2016

En una muy grosera simplificación, podría decirse que un buen libro de filosofía es aquél que no causa tedio, fuerza a pensar y permite trazar parangones con el mundo que nos rodea. Esta colección de artículos, a pesar de su título engañoso, cumple las tres condiciones. Dije “engañoso” porque el volumen es más un cajón de sastre que un trabajo sistemático (atesora once artículos escritos entre 1994 y 2008). La promesa que se anuncia en la sagaz introducción se cumple parcialmente. El lector se queda con hambre.

Boris Groys (Berlín oriental 1947) estudio filosofía y matemáticas en Leningrado. Enseñó lingüística en Moscú hasta que abandonó el ’Imperio del mal’ en 1981. Se radicó en la República Federal Alemana. Fue profesor en la Universidad de Münster y en la escuela de Karlsruhe que dirigía Peter Sloterdijk. En la alborada de este libro, advierte sobre el surgimiento de una nueva rama de la filosofía a la que, por analogía con el antiarte del Dada y Duchamp, cabe denominar antifilosofía. Su misión primordial es dar órdenes cuya perentoriedad no da tiempo para cultivar una actitud reposada, crítica y consumista. La verdad surge sólo después de cumplido el mandato. Veamos: 


“Este giro que comienza con Marx y Kierkegaard ya no opera por medio de la crítica, sino por medio de órdenes. Se ordena transformar el mundo, en lugar de explicarlo. Se ordena convertirse en animal, en lugar de cavilar. Se ordena prohibir todas las preguntas filosóficas y callar sobre aquello que no se puede decir. Se ordena transformar el propio cuerpo en un cuerpo sin órganos y pensar de un modo rizomático en vez de lógico. Todas estas órdenes fueron impartidas para abolir la filosofía como fuente última de actitud consumista y crítica y liberar de este modo la verdad de su forma de mercancía”.

Fascinante resumen de todas las derivas del pensamiento moderno de la Europa continental, ¿no? Desafortunadamente, Groyss no profundiza tan sublime intuición. Se limita a examinar -de manera “benevolente”- algunos rasgos de Soren Kierkegaard, Lev Shestov, Jacques Derrida, Ernst Jünger y Alexandre Kojeve. Reivindica, además, la reivindicación del arte de Martin Heidegger. Le permite Theodor Lessing abordar la cuestión judía; Walter Benjamin, la teología. Reflexiona también sobre el impacto de Nietzsche en atormentados artistas de la Unión Soviética. Conecta a Richard Wagner con Marshall McLuhan e Internet

Se limita pues Groys aquí a exhibirse como un comentarista talmúdico de unos pocos autores modernos que nos dan órdenes. Su talento da para más. No obstante, logra filtrarse en el comentario (o en el comentario del comentario) pizcas de la propia noción profesional del autor, a la sazón lo más enjundioso del libro. El proyecto filosófico -establece Groys- es esencialmente abierto, infinito, se opone a su realización definitiva. El trabajo filosófico es interrumpido, es el trabajo del conocimiento, la crítica y la deconstrucción (lo mismo podría decirse del periodismo). Filosofía es producción de verdad. Su antítesis es la teología (y hoy en día, añado yo, tiene más que ver con la política que con la religión) supone que la verdad se ha mostrado, que la unión con la verdad ya ha tenido lugar, que la verdad ha sido revelada y proclamada (por un Profeta o un líder político carismático). Uno es subjetivo en tanto que duda. En cuanto renuncia a la duda, pierde su subjetividad, se convierte en objeto de otro, nos advierte. Los intelectuales militantes -esa plaga- deberían escucharlo.

Siguiendo a Husserl, Groys nos deja un buen consejo. Sostiene que antes de pensar hay que llevar a cabo la reducción fenomenológica. ¿En qué consiste? En tomar distancia de los propios intereses vitales, incluidos el interés en la propia supervivencia. Hay que contemplar al mundo sin estar aherrojado por las necesidades imperiosas del yo empírico (burgués es el que piensa con el estómago, decía Flaubert). Piensa el yo fenomenológico, por el contrario, como si no viviera. Es el reino husserliano del “como si”. El acatamiento y la inobservancia de las órdenes que recibimos se disuelven en el juego infinito de las posibilidades de vida.
Guillermo Belcore


Calificación: Bueno



lunes, 27 de febrero de 2017

Muertos en la estepa

El éxito rutilante del policial raro obra hoy como una suerte de una poderosa invocación para los escribidores de todo el planeta. Quien acierte con la creación de un detective que atrape nuestra imaginación en ambientes éxoticos conseguirá que la fama y la fortuna lo besen en los labios. No se trata sólo de vender muchos libros y ganar prestigio. Los hacedores de series corren ansiosos a la caza de ideas frescas. Y por la televisión, como sabemos, circula el dinero de verdad. El periodista, abogado y emprendedor francés Patrick Manoukian (Ian Manook, es su seudónimo) ha sucumbido a la tentación de Creso. Atento a la circunstancia de cuanto más extravante el escenario, mejor; nos lleva a un país tan oculto como fascinante: Mongolia. Investiga el comisario Yeruldelgger Khaltar Guichyguinnkken. ¡Vaya nombrecito!

Muertos en la estepa (Salamandra, 477 páginas) no carece de ambición, eso hay que reconocérselo. Manook ha compuesto una recreación muy competente de una nación remota, atrapada entre dos potencias agresivas como si de un rompenueces se tratase. La sociedad, cultura e historia de Mongolia son fascinantes. Esa entidad platónica engendró un conquistador y asesino de inocentes sin parangones en la historia. Es probable que Genghis Khan, en efecto, haya sido más sanguinario que Hitler y Stalin combinados. En la novela se desliza un error de principiante: Manook le atribuye el sitio de Bagdad (1258) que habría causado, según el francés, un millón de muertos. En realidad, fue una proeza de Hulagu Jan, nieto de Gengis Khan.

Poco sabemos en Occidente de esa legendaria sociedad de guerreros. Acaso lo más parecido que hayamos visto es el Imperio KlingOn, sublime creación de la saga Star Trek. Manook concentró su atención en dos elementos de las cultura mongola: las espléndidas yurtas (carpas tradicionales usadas como viviendas por los nómadas) y la gastronomía. Uno se queda con ganas de probar el boodog, marmotas asadas con piedras gruesas y ardientes en su interior.

EL IRASCIBLE

El comisario Yeruldelgger es tenaz, irascible, violento, atribulado por la destrucción de su familia y porque así lo ordena el tópico. Dos casos espeluznantes caen en sus manazas de herrero. Tres chinos son asesinados y mutilados y horas después las prostitutas mongolas que les proporcionaban solaz. En segundo lugar, el detective encuentra en la ventosa estepa el cadáver de una niñita rubia con los huesos hechos polvo. No hay que ser un as para darse cuenta que los casos terminan convergiendo. La novela es un caldero burbujeando donde se cuecen una célula ultranacionalista y filonazi, policías corruptos, una magnate malo como un terremoto y rufianes bestiales. El telón de fondo es la irrupción de una modernidad que apisona costumbres ancestrales (¡ay!) y los afanes de las grandes potencias para apoderarse de las riquezas naturales de Mongolia.

Debe advertirse que si bien la ambición temática y costumbrista resulta admirable, la ejecución es bastante deficiente. Tres brujas asoman su feo rostro: cursilería, truculencia y pintoresquismo. Los diálogos son sosos; los giros, inverosímiles: una cocinera de campo, por ejemplo, razona en voz alta como una licenciada en psiquatría. La prosa es común y corriente. No obstante, encontramos algunas escenas memorables como la contienda entre el detective y una osa (!). La traducción es al gusto madrileño. Los capítulos cortos son exasperantes. Llegar al final de la novela, así las cosas, exige un gran esfuerzo de voluntad, como meterse entre las olas en Mar del Plata. Pero sólo es una opinión. Hay gente a la que le encanta bañarse con agua fría.
Guillermo Belcore

Calificación: Regular


jueves, 23 de febrero de 2017

La única desnudez

“No hay que tener miedo de hablar 
haciendo el amor, porque la voz 
que tenemos mientras amamos, 
es lo más secreto que hay en 
nosotros, y las palabras de las 
que somos capaces, la única 
desnudez total, escandalosa, 
final, de que disponemos…”

Alessandro Baricco, ‘La Esposa Joven

domingo, 19 de febrero de 2017

El gigante enterrado

La Edad Media, con sus maravillas reales e inventadas, atrae la imaginación de los mejores escritores. Baste recordar a Gore Vidal, Umberto Eco, Saldman Rushdie o Angélica Gorodischer. Ahora es Kazuo Ishiguro (Nagasaki 1954) quien tiene una aventura que narrar con caballeros decrépitos que esconden motivaciones sórdidas, guerreros implacables, monjes alevosos, ogros, duendes de los ríos, perros infernales y dragones. El gigante enterrado (Anagrama, 364 páginas) nos convoca.

Viajamos al siglo VI o VII. Los sajones han invadido lo que hay llamamos Inglaterra. Entre los intrusos paganos y los britanos cristianizados cunde un odio más profundo que las simas marinas. Se perpetraron espantosos crímenes de guerra. En una época en la que florecían civilizaciones esplendorosas en muchas partes del mundo, la desolada isla estaba un poquito más acá de la Edad de Hierro. Axl y Beatriz, una pareja de ancianos, deciden fugarse de la madriguera comunal en la que viven. Buscarán a su hijo en un aldea remota, pero la memoria los traiciona, como a casi todos. El aliento de un dragón hembra llamado Querig envenena el aire, causando una niebla que sustrae los recuerdos tanto los felices como los sombríos. El amoroso matrimonio une sus destinos al de Wistan, un formidable guerrero sajón, y al de Sir Gaiwan, el envejecido y honorable sobrino del rey Arturo. Los peligros -humanos, animales y sobrenaturales- les salen al paso.

Ishiguro insinúa más de lo que muestra, procedimiento no muy recomendable cuando de literatura fantástica se trata. Los consumidores bulímicos de literatura de género ansiamos que las páginas desborden de sucesos y las escenas sean memorables. Es un error de los remilgados creer que el efectismo siempre resulta perjudicial.
 
Si el texto no relumbra como literatura de aventuras, como fábula es perfecta. A menudo, resulta mejor olvidar viejos agravios para permitir que las heridas sanen, quiere decirnos el muy británico Ishiguro. Quizás sea verdad, a veces, a nivel individual, pero la amnesia colectiva suele conducir al suicidio. Nada aprenderíamos de la Historia; incurriríamos en los mismos errores. ¿Qué clase de realpolitk justifica olvidar los crímenes de los nazis? ¿Puede haber una paz duradera sin justicia?

Algo hay que decir sobre el estilo. La prosa de Ishiguro es como un traje de Savile Row. Elegante, clásica, sobria, un pizca aburrida. Hay un juego interesante: los diálogos son ceremoniosos, solemnes, educadísimos. Hay expresiones aisladas con un dejo de Shakespeare; otras, de Borges, pero la clave de la escritura es un rasgo primordial de la literatura inglesa no isabelina: el understatement. La delicadeza del lenguaje, sin duda, es lo mejor del libro. Es un bálsamo para el lector en la Edad de los Guarangos
.
Guillermo Belcore
Publicado en el suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: regular 

PD: Aquí hay una buena crítica: http://revistaotraparte.com/semanal/otras-literaturas/el-gigante-enterrado/ 

domingo, 12 de febrero de 2017

Alejandro Magno

Paul Cartledge
Ariel, 397 páginas. Ensayo de historia. Edición 2007

No ha habido nadie como él. Terribles fueron sus crímenes,
pero si quieren vilipendiar a aquel magno monarca,
piensen en lo insignificantes, anónimos y sosos con son ustedes,
lo humilde que son sus obras y lo ínfimo de sus méritos.

Robert Lowell

Hay personajes de la Historia a los que volvemos una y otra vez. Atraen la atención tanto del erudito como del hombre de la calle. Inspiran toneladas de ficción barata, algunas biografías magníficas (aquí le hablaremos de una), filmes taquilleros que no temen al ridículo, leyendas perdurables. Alejandro Magno es uno de estos semidioses. Pasaron más de dos milenios desde que conquistó la mitad de Asia y -como hace notar el profesor Paul Cartledge- los pescadores griegos sigue encomendándose a él, los iraníes siguen tildándolo de ladrón y los fieles de la Iglesia copta de Egipto siguen rindiéndole culto propio de santo. Por cierto, aparece en la literatura de unos ochenta países.

Alejandro de Macedón (nombre que designa al Estado o reino que heredó) no es una presa fácil para el historiador. Ha realizado hazañas sin parangón, pero carecemos de testimonios fiables sobre su personalidad y sus actos. Ninguna de sus palabras se ha conservado tal cual. Los materiales con que contamos tienen, sobre todo, forma textual y consisten sobre todo en relatos literarios de los hechos de Alejandro elaborados muchos después de su muerte. Se ha dicho, con propiedad, que la búsqueda del personaje histórico es, en cierto sentido, análoga a la del Jesucristo histórico. Así de difícil.

No obstante ello, tras la lectura de este ensayo fascinante entregado a la imprenta en 2004 se puede concluir que Cartledge (formado en Oxford, autor de varios libros sobre la antigüedad clásica, profesor de Historia Griega en Cambridge) ha logrado salir airoso del laberinto. Para usar sus propias palabras, ha logrado hacerle justicia a los extraordinarios logros alejandrinos, sin caer en el ditirambo y respetando los límites de los testimonios disponibles y el oficio del historiador. Juega limpio. Dicho de otro modo, es éste un libro muy recomendable para el interesado en el tema.

El libro nunca aburre; la prosa elegante del historiador es un bálsamo.
El material se organiza tanto de manera temática como cronológica, se dedica la misma amorosa atención al flujo de acontecimientos y a las cuestiones palpitantes de la época, como a los conceptos y a la psiquis del protagonista. Hay un apéndice sobre las fuentes documentales, un índice de personajes, un glosario, mapas, imágenes, planos de las cinco batallas que rehicieron el mundo antiguo (Gránico, Iso, Tiro, Gaugamela, Hidaspes). Por cierto, el héroe macedonio demostró, para siempre, que la concentración de fuerzas en el punto decisivo, la movilidad a la hora de atacar, la moral de los combatientes resulta a la postre más importante que la mera superioridad numérica.

Iskánder (en persa) murió en el 323 antes de Cristo poco antes de cumplir los treinta y tres años, y tras poco más de doce y medio de reinado. En ese corto lapso, destruyó el Imperio Aqueménida, algo así como el Estados Unidos de nuestra era. Quiso ser un Aquiles, un Heracles. Fue un pragmatista con inclinación a la crueldad y también un entusiasta tendiente al romanticismo. Quiso ser adorado como un Dios, crear una nueva elite macedonia-persa, que le sea absolutamente fiel para gobernar un imperio ecuménico que se extendería desde el Danubio hasta el Indo. En el proceso se convirtió en un asesino de inocentes, en uno de los peores.

Cartledge llega, de todos modos, a una conclusión sobre el legado alejandrino que obliga a cavilar al lector creyente: la mitad oriental del poderoso Imperio Romano se asentó sobre el Oriente Próximo helenizado que Alejandro arrebató a los persas. En esa tierra caliente nació, prosperó y se difundió el cristianismo, antes de hacerse universal. Puede que el desaforado y por demás supersticioso conquistador haya cumplido un papel esencial en el Plan de Dios.
Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

domingo, 29 de enero de 2017

El invisible

En Lejano Oriente, como todo el mundo sabe, funciona una de las más eficaces (y odiosas) maquinarias de censura de la Tierra. Debe ser horrible escribir, componer o pintar con miedo a irritar al ubicuo Partido Comunista Chino. Pero la Historia ha demostrado, sobradamente, que el genio artístico siempre se las ingenia para soslayar a la represión política o religiosa. La Inquisición, por citar dos nombres célebres, no pudo callar a Góngora y Quevedo. He aqu¡ otro caso.

La primera novela publicada en español de Ge Fei (nombre art¡stico del profesor Liu Yong) es un producto magn¡fico, en efecto. Hace cr¡tica social, aunque no embiste abiertamente contra el régimen de los mandarines rojos (el mismo truco que Leonardo Padura con el castrismo). Al fin y al cabo, como Borges nos enseñaba, los procedimientos oblicuos son siempre más eficaces.

El invisible (Adriana Hidalgo Editora, 166 páginas) refiere a un audiófilo, a un simple artesano. Un hombre de 48 años sin un cobre en el banco que está punto de quedar en la calle por culpa de su hermana y de su cuñado. Arrastra una decepción amorosa y sufre la traición de un amigo de la infancia. Se dedica a fabricar amplificadores valvulares: "En Pek¡n los que vivimos de este negocio no seremos más de veinte personas. Debe ser una de las profesiones más insignificantes de la China actual'', explica en el cap¡tulo dos.

La novela está narrada en primera persona con pinceladas de lo que los cr¡ticos llaman técnicas de complicidad, como si el autor le contara su historia a un amigo al calor de una lumbre con un vaso de vino en la mano.

ESCEPTICO


La erótica de la obra deviene de su "humilde punto de vista''. Nuestro héroe cansado habla desde las dos atalayas más estimulantes: el escepticismo y el cinismo. Le sobra aquello que los filósofos llaman el sano entendimiento humano. Al parecer en la China actual (como en la Argentina), no resulta sencillo encontrar una persona honesta y de buen corazón. Escuchemos su voz de nuevo:

"Mi experiencia de tratar con profesores universitarios me hab¡a enseñado que todas las personas con cierto saber ten¡an una facilidad incre¡ble para hacerte sentir una basura''.

El pobre diablo no sólo vapulea con su desdén a los intelectuales, sino también a esos tipos forrados de dinero y absolutamente vacíos, as¡ como a los seres humanos que tienen un pésimo gusto musical. El volumen, por lo demás, es una suerte de exquisito catálogo de música clásica.

Los dos núcleos incandescentes del libro, -avaro en páginas pero rico en ideas y acontecimientos- son el inminente desalojo y la venta del "mejor equipo de música del mundo'' a un magnate siniestro. En el medio, nos encontramos con la impotencia del técnico de hi-fi para volver a enamorarse y con "esquirlas preciosas del pasado" que "como un eco de voces apagadas hace mucho, remueven la lenta memoria". Cómo no identificarse, hombres y mujeres maduros de todos los pa¡ses, con esta reflexión que nos llega al alma desde el Imperio Celeste: "Cuando esa sensación de soledad tan peculiar te oprime el corazón, es posible sentir el paso devastador del tiempo y temer que tu momento ya pasó, que has malgastado lo mejor de tu vida''. Ni Graham Greene, pudo decirlo mejor.

Otro agrado es Ge Fei que no hace concesiones al pintoresquismo. La mayor¡a de las referencias culturales son occidentales. La China profunda aparece aquí y allá, pero nunca como una excursión para turistas frívolos, sino como un delicado telón de fondo con tonos suaves. En el primer plano del cuadro está la complejidad de las relaciones humanas, los lazos familiares (esa fina capa de hielo) el sentido de vida, las penurias para ganarse el pan. Es por tanto una muy agradable lectura universal y trascendente.

Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Economía de La Prensa

Calificación: Muy bueno

domingo, 15 de enero de 2017

El bosque infinito

POR GUILLERMO BELCORE

Cumplidos los ochenta años, Annie Proulx (Connecticut, 1935) entregó a la imprenta una obra maestra. Una memorable travesía por cuatro continentes y dos océanos que abarca más de trescientos años. Una denuncia convincente de la codicia, avaricia y gula del capitalismo. Una épica sobre el medioambiente, como elogió la crítica diaril. El bosque infinito (Tusquets, 843 páginas) es otra expresión magnífica de Su Majestad la novela oceánica, desbordante de sucesos e ideas. El árbol más frondoso y nutritivo del Parnaso literario.

 La señora Proulx (pronúnciese `Pru') es un caso raro de la literatura estadounidense. Escribe desde la adolescencia, pero empezó a publicar ficción después del medio siglo de vida. En este blog, ya habíamos elogiado nueve años atrás (cómo pasa el tiempo, ¿no?) la novela Un as en la manga, en la que expresa sus razonables preocupaciones ecológicas por los espantosos criaderos de cerdos en el pandhandle de Texas. Proulx recibió los dos premios más importantes de su país, el Pulitzer y el National Book Award, y saltó a la fama por la adaptación cinematográfica de uno de sus cuentos: Secreto en la montaña. No fue la £nica vez que el séptimo arte se apropió de sus escritos.

 En esta ocasión, Proulx ha inventado dos genealogías que comienzan en 1693 con la llegada de René Sel y Charles Duquet, en calidad de siervos, al Virreinato de la Nueva Francia esa extraña anomalía seteptrional que duró dos siglos y se extendía desde Quebec hasta Nueva Orleans. El contrapunto entre las familias le permite a la autora exponer a la luz de la razón una antinomia histórica, existencial y ética. Los mestizos descendientes de los Sel encarnan la visión ecológica de los pueblos originarios y soportan la explotación y el exterminio de los invasores blancos. La estirpe Duquet (luego Duke, para integrarse en calidad de plutócratas al torrente inmigratorio de Estados Unidos) es la quintaesencia de la rapacidad individual y empresaria que ha prosperado en esa entidad espiritual que llamamos Occidente so pretexto de cumplir un mandato bíblico: ``Están obligados a hacer uso de la Tierra''. Arrojó la artista a una sonda a las profundidades de la mentalidad estadounidense y no le gustó las alimañas que ha encontrado.
 
A LO DICKENS

 Es ésta una obra colosal a lo John Irving y, por consiguiente, a lo Dickens. Tardó Proulx dieciséis años en concluirla. Es una novela de ideas, también de aventuras, asimismo de aprendizaje de los vencedores de la Tierra hasta la eclosión de una conciencia ecológica. A lo largo de tres siglos, los avances tecnológicos están en primer plano pero las figuras históricas sólo son sombras.

 Muy bien documentado, y con una prosa potente y directa (bella por momentos) pero un desigual manejo de la escena, el libro ofrece toneladas de información sobre asuntos muy interesantes como el genocidio del pueblo mi'kmaq, las proezas de los voyageurs franceses, el comercio y la marinería holandesa, la fraternidad del hacha en los campamentos, el negocio maderero, las masacres coloniales de mujeres y niños (­ah, los ingleses!), la indecencia de estadounidenses y anglocanadienses en sus tratos con los aborígenes, el nacimiento de Detroit y Chicago, el ultraje de Nueva Zelandia, entre decenas de subtemas. Hay cierto regodeo con la muerte de los personajes, una mota bastante desagradable. Con el afán de remarcar ciertas ideas, hay también una cuota innecesaria de maniqueísmo y simplificación.

 No obstante, el quid del libro -de ahí el título- es el expolio de la tala en los bosques boreales de América, el demencial derroche de madera, la destrucción de aquella pureza gélida, la erosión, el arrasamiento de la riqueza forestal sin detenerse a pensar en el futuro. Causan tristeza e indignación los arrebatos báquicos de depredación. Al parecer, nunca es suficiente para las aves de rapiña que consideran que el saqueo es lo correcto.

 En una entrevista con ABC de Madrid, la escritora dijo estas sabias palabras: 


"Necesitamos silencio, plantas y árboles, agua que corra en libertad y cambios fuertes de temperatura; necesitamos la vista desde lo alto de una montaña, saber que el deshielo proporciona el agua a las ciudades que estaban abajo, vivir las tormentas para conservar la salud y la cordura y sacar el máximo partido a la vida. Hace poco leí que un estudio ha relacionado el ruido del tráfico y el estrés asociado a él con la enfermedad de Alzheimer. Es algo que da que pensar: ¿puede ser que una vida cruzando calles repletas de tráfico haga que te pongas enfermo?''.

OTRA CULTURA


Al fin y al cabo, la autora quiere hacernos entender que los indígenas gestionaban mejor el bosque que los colonos blancos. Nos lleva incluso a China en los primeros capítulos para mostrarnos antiquísimas formas de veneración del árbol. Tian ren he yi es un concepto inmemorial que refiere el estado de armonía entre el hombre y la naturaleza. Ning£n europeo (o descendiente de ellos) puede sentirlo. También visitamos Oceanía para descubrir lo que nuestra avidez causó en los bosques más antiguos del planeta, nunca profanados por un animal herbívoro.

 El animismo pagano -según este libro- tiene algo que enseñarnos a los cristianos: 


``El bosque es un organismo vivo, dotado de la misma vitalidad que los ríos, rebosante de dones en forma de medicinas, alimentos, cobijo, materias primas para las herramientas. Uno vive en armonía con la foresta y muestra agradecimiento''.

 Es obvio que para nuestra cultura -intoxicada por la tentación del lujo y el deseo inextinguible de mercancías- suena romántica una visión que postule que es mejor cazar y confeccionar las cosas que uno necesite, que trabajar por una paga. Empero, merece respeto la visión holística que entiende que una especie de fuerza invisible aúna las cosas en un todo: animales, espíritus, personas, árboles, mar, clima. Es probable que hoy no estaríamos padeciendo el cambio climático si al menos una parte de las sabidurías no occidentales hubiese sido asimilada en alguna forma de sincretismo que vincule el conservacionismo con el progreso tecnológico.

Aquellos lectores que piensen que se trata de un drama ajeno a los argentinos deberían tomar nota de las protestas de Greenpeace (una de las conciencias de la humanidad) por una nueva ley de Córdoba que abrirá las puertas para el desmonte de los últimos recursos forestales con el fin de destinar esas tierras a la ganadería, como si este país careciera de espacio para criar vacas. El hecho es que a la querida provincia mediterránea le quedan sólo el 4% de los bosques nativos que existían a la llegada de los españoles. De 12 millones a 500 mil hectáreas. Nunca es suficiente para la rapiña.

Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Excelente

miércoles, 11 de enero de 2017

Crossover, las series que nunca nadie verá

Creo que no me equivoco si digo que todos los adictos a las series hemos fantaseado alguna vez con la aparición de alguno de nuestros personajes favoritos en otra saga. Pasa todo el tiempo en el mundo del Comic; claro, ahí no hay personajes de carne y hueso involucrados. Sin embargo, reivindico el derecho de la imaginación a volar y propongo estos magníficos cruces:

1) Los Sopranos + Ray Donaban + Detroit 1-8-7
Mickey Donovan y Paulie Gualtieri maquinan un gran golpe en Detroit. Tony Soprano y Ray Donovan se unen para evitarlo. Fracasan. El robo termina mal, incluso con derramamiento de sangre. Investiga el detective Louis Fitch.

2) Sherlock + House
El embajador estadounidense en Londres sufre una rara y súbita afección que lo ha dejado al borde de la muerte. ¿Es una enfermedad o alguien intentó asesinarlo? La policía pide ayuda a un extravagante consultor llamado Sherlock Holmes. El gobierno de Estados Unidos envía, por su lado, al doctor Gregory House quien no tarda en entrar en conflicto con su colega John Watson.
3) Deep Space Nine + The Expanse
Una rara anomalía temporal envía un crucero de batalla cardasiano, clase Galor, a nuestro sistema solar en el siglo XXIII. Terrícolas y marcianos suspenden su guerra fría y se unen para conjurar la amenaza. La providencial llegada de la ’Defiant’ impide la devastación de la Tierra.

4) The Fall + River + Hinterland + Happy Valley + Paranoide
Manchester se ha convertido en territorio de caza de un depredador sexual y asesino en serie. Los esfuerzos de la policía local son inútiles. Downing Street envía una task force con los mejores detectives del reino: Stella Gibson, Catherine Catwood, John River, Bobby Day y Tom Mafias.
5) Mad Men + Superagente 86
El gobierno de Estados Unidos sospecha que hay un espía extranjero infiltrado en una pujante empresa de publicidad de Nueva York. El jefe de Control pacta con los propietarios de Sterling & Cooper que un agente trabajará de incógnito en la agencia para descubrirlo. Maxwell Smart queda a los órdenes de Don Draper.

6) Justified + The Killing + Walander
La fuga de un pederasta y asesino nacido en Suecia conmueve a la ciudad de Seattle. Al parecer, se esconden en el condado de Harlan, Kentucky, donde recibe ayuda de un viejo amigo, un tal Boyd Crowder. Ordenan a los detectives Sarah Linden y Stephen Holder ir a perseguirlo. Deberán pedir ayuda al marshall Raylan Givens. Estocolmo despacha al detective Kurt Wallander; quiere que el criminal sea juzgado en Suecia por crímenes anteriores.

7) Stranger Thing + XFiles + The Americans
Los agentes del FBI Fox Mulder y Dana Scully desobedecen las órdenes terminantes de sus superiores de no meter las narices en la ciudad de Hawkins, Indiana, donde están ocurriendo cosas muy extrañas. El alguacil Hooper es amigo de la infancia de Mulder. Complica la situación la llegada de dos topos rusos, un matrimonio ficticio. El Kremlin encarga a Phillip y Elizabeth Jennings que investiguen los extraordinarios experimentos que se hacen en una base del Ministerio de Defensa.

8) House of Card + The Good Wife + Boss

Alarma al presidente Frank Urderwood la irrupción de Donald Trump en la arena política. Contrata al genial Eli Gould para revivir su campaña. Mientras tanto, el poderoso alcalde demócrata de Chicago, Tom Kane, negocia en secreto con el magnate republicano. Hay un choque colosal de esposas: Meredith Kane vs. Claire Underwood.




9) True Detective + The Good Wife + L&O Víctimas especiales.
El magnate John Sweeney es acusado de corrupción de menores en Nueva York. Después de una extenuante pesquisa, lo capturan los detectives Marty Hart y Rust Cohle en Nueva Orleans. Lo entregan a sus colegas neoyorquinos Olivia Benson y Elliot Stabler. Una muy competente abogada de Chicago asume la defensa del multimillonario corrupto. Hay un memorable duelo en los tribunales entre el fiscal general Jack McCoy y la letrada Alicia Florick.

martes, 3 de enero de 2017

John Berger (1926-2017)

El escritor, pintor y crítico de arte John Berger murió ayer a los 90 años en Londres, según confirmaron sus allegados y la editorial Alfaguara.
 

Fue una voz esencial del siglo XX, pero del siglo XX corto (el concepto es de Hobsbawn), pues su mentalidad era un producto típico de la época filosa que concluyó en 1991 con la estrepitosa caída del Muro de Berlín. Concibió al arte como una militancia urgente y cáustica, pero al contrario de tantos nac & pop de la Argentina nunca se le ocurrió sacrificar la estética en el altar del compromiso político. Lo corroboran sus mejores ficciones y ensayos.
 

Entre el primer grupo, se ubicaría G, novela picaresca de carácter experimental, con la que ganó el Premio Booker en 1972 (donó la mitad del efectivo a las levantiscas Panteras Negras de Estados Unidos). Ese año fue la apoteosis de Berger: publicó su libro de ensayo más influyente, Los modos de mirar, que inoculó una perspectiva política a la crítica de arte (sin desdeñar la estética) y luego sería convertido en una serie de televisión por la BBC.

Durante los ochenta dio a la imprenta la famosa trilogía De sus fatigas, en la que abordó el cambio social en Europa provocado por el tránsito de lo rural a lo urbano. En 1995 publicó Hacia la boda y regaló los derechos a las organizaciones que asisten a los enfermos de sida.
 
Berger había nacido el 5 de noviembre de 1926 en un hogar próspero de clase media de Highams Park, Londres. Las agencias de noticias recuerdan que si bien estudió arte desde la adolescencia y llegó a ejercer tempranamente como docente, a sus treinta años decidió dedicarse por completo a la escritura, decisión que revería más adelante. En el Ejercito había tenido su primer contacto con la clase obrera (sirvió en Belfast entre 1944 y 1946), choque que moldeó sus convicciones ideológicas para siempre, según The Guardian, que lo considera uno de los intelectuales m s influyentes de su generación.
 
DOS RECOMENDADOS

Su primera novela, Un pintor de hoy, es de 1958. Allí narró la insólita desaparición de Janos Lavin, tras el triunfo de su primera exposición individual en Londres. Con un estilo informativo y atrapante, Berger, que acababa de dejar los pinceles, nos conduce a los anhelos, logros y decepciones de la creación visual. También, expone los fundamentos de una ideología recalcitrante (reivindica a Stalin), augurando que "el socialismo terminaría entrando incluso en el mas pequeño bloc de dibujo''.

La novela es grata, inteligente y lúcida. La propaganda, por cierto, no la arruina. En su momento, no obstante, enervó a la muy liberal Inglaterra. Sólo un mes permaneció en las librerías, después de que un aluvión de críticas indignadas la hiciera picadillo. "Un libro tan perverso sólo podría haber sido escrito por otro hombre: Goebbels de joven'', se escribió.

Otra de sus obras esenciales es un Hombre afortunado que data de 1967 y retrata a un médico amigo de la Inglaterra rural. Con este libro, Berger elevó al Parnaso la biografía, ese género tan fácil de escribir pero tan difícil de hacerlo interesante. La obra contiene momentos de novela, un puñado de historias de vida que se leen como cuentos, meditación filosófica, una aguda exploración de la condición humana.

EN UNA ALDEA

Recluido desde hace casi medio siglo en una aldea de la Alta Saboya, este artista militante no ha desdeñado ningún género, incluso el guión televisivo, el teatro o la crítica de arte. En los últimos años, su prosa jupiterina honró varios diarios del Primer Mundo. Se ensañó con Estados Unidos, la globalización y el capitalismo en general. Sostenía que hoy vivimos bajo una tiranía global sin rostro; la democracia y el mercado libre, supuestamente, se han fusionado en un solo organismo depredador. Parangonó a los plutócratas con Hitler o Stalin.

El de los artículos periodísticos -recogidos siempre en libros- era el Berger de siempre: el poeta en prosa, el ameno narrador de historias con un imperativo moral, el marxista impenitente pero no tonto, el exégeta del proletariado, el dinosaurio de la Guerra Fría.
 

Quiso ser una encarnación de la entereza pero terminó citando a Hugo Chávez. Sugería a los novatos escribir a mano, "con los nudillos ensangrentados''. Añoraba el tiempo en que era la Historia la se escribía con mayúscula, y no las marcas comerciales. Hasta en sus errores resultó interesante.
 

Berger se casó tres veces y tuvo tres hijos: Jacob, director de cine; Katya, escritora y comentarista de cine; e Ives, artista y escritor, también.
Guillermo Belcore

Publicado en la edición de hoy del diario La Prensa. 

domingo, 1 de enero de 2017

Un río llamado tiempo...

Mía Couto
Unsam Editora. Novela, 201 páginas. Edición 2016

En el rincón sudoriental de Africa se encuentra Mozambique. Es un país muy pobre y muy joven (el 45% de los habitantes tiene menos de 15 años y La esperanza de vida es de sólo 53). Se independizó de Portugal en 1975, se desangró durante casi dos décadas en una guerra civil y hoy sólo el 11% de sus gentes habla portugués (más del 40% no sabe leer y escribir en ningún idioma). No obstante, se las ha ingeniado para engendrar un escritor de primera que ganó, incluso, el Premio Camoens. António Emilio Leite Couto, para más señas. Por fortuna, una de sus novelas ha llegado a la Argentina. El mérito es de la Universidad Nacional de San Martín.

Leer Un río llamado tiempo, una casa llamada tierra es para nosotros, los latinoamericanos, pisar terreno conocido: volver a tomar contacto con el realismo mágico y lo real maravilloso que devienen de una naturaleza exuberante y de gentes crédulas con imaginación fertil. El Mozambique de Couto es un Africa abrasilerada. Se perciben influencias literarias. El literato africano produce, como Don Joao Guimaraes Rosa, trocadilhos, esos deliciosos juegos con palabras que los franceses denominan calembour. La prosa es bella, intensamente lírica, con tendencia a amonedar dichos y refranes.

En el libro, llevado al cine por el portugués Jos‚ Oliveira, se narra la muerte del Tal Mariano, patriarca (munumuzana) de una familia, que como todas las bantúes se extienden por la tierra como los túneles del hormiguero. La voz es de su nieto, quien después de haberse mudado a la ciudad retorna a la isla Luar-do-Chao, escenario mítico inventado por Couto. Es una vuelta a los orígenes. El recuentro con abuela, padres, tíos y una cultura tradicional que, con el correr de las páginas, se devela más opresiva para las mujeres que la Corona británica. Aparecen cartas del difunto. Ocurren cosas extrañas y la política genera inmundicias (satanhocos). Como dicen en Africa, los árboles dan sombra y las personas, asombro.

Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Bueno