domingo, 16 de julio de 2017

El exótico 007 que volvió del frío

Muchos escritores de fuste han embellecido páginas de diarios y revistas; por el contrario, pocos periodistas de raza han logrado escalar al Parnaso. Una de estas rara avis llamada George Orwell lo explicaba así: para poder dedicarse de cuerpo y alma a la literatura, uno necesita ganarse la vida con una profesión que no te absorba todas tus energías creativas. Vale decir, es mejor vender boletos en el subterráneo que fatigarse en una redacción o ser docente de tiempo completo. El inglés Lionel Davidson (1922-2009) también puede considerarse una excepción. Su talento le permitió dar el gran salto.

Hijo de inmigrantes judíos de Europa oriental fue un hombre de acción. A los quince años, ya era cadete en un periódico. Sirvió durante la II Guerra Mundial como telegrafista en la división de submarinos de la Royal Navy. Luego se unió a una agencia de noticias como fotorreportero, y se las ingenió para infiltrarse en la Praga comunista. En la capital checa, justamente, ambientó su primera y exitosa novela (La noche de Wenceslao, 1960). Vivió diez años en Israel, incluso en un kibbutz. Se recuerda hoy a Davidson como uno de los mejores escritores del género de espionaje (Graham Greene lo adoraba). En 1994, rompió un silencio de dieciséis años al publicar Bajo los montes de Kolima. La crítica lo aplaudió de pie. Afortunadamente, el sello Salamandra acaba de rescatarla. Aquí, se intentará explicar por qué es una novela extraordinaria.

El texto nos lleva a los primeros años de la Rusia postsoviética, ese gigante empobrecido. Un agente (freelance) de la CIA debe infiltrarse en una base del extremo norte de Siberia, el lugar más secreto de la URSS, el menos accesible del mundo, acaso. Allí, en Aguas Negras (Tchorni Vodi), se fabrica algo sacrílego. Por un sendero tortuoso había llegado a Occidente desde la remota región de Kolina el llamado de auxilio de un científico ruso, un biólogo que clama por la presencia de un colega canadiense a quien conoció una noche de alcoholes en Oxford. Naturalmente, la inteligencia británica y la estadounidense no dejaron pasar tan promisoria oportunidad de otear en los secretos del adversario, a pesar de que a priori luce como una misión suicida.

Como cualquier otro producto de un género que siempre linda con lo inverosímil, el lector debe tragarse algunos sapos. El más grande todos, digamos un batracio de dimensiones antediluvianas, es aceptar el hecho de que un profesor canadiense -indomable antropólogo y lingüista de la etnia gitksan- puede convertirse en un eficaz 007, con la habilidad de engatusar a media Rusia, hablar quince idiomas y armar él solito pieza por pieza un vehículo todoterreno en una cueva inhóspita mientras en el exterior la temperatura se desploma hasta los sesenta grados bajo cero.

El protagonista de este libro, en efecto, es un James Bond de origen indioamericano. Johnny Porter, el incansable. Si acepta esta premisa, la trama lo mantendrá aferrado de las solapas hasta la última página. La acción es vertiginosa, en especial en las últimas doscientas páginas cuando la KGB lanza la cacería de nuestro héroe.

El simple arte de narrar (de manera oral o escrita) es una cualidad milenaria que la crítica esnob suele desdeñar (a estos plumillas, al parecer, sólo les mueve el sismógrafo la experimentación de la forma). No obstante, es un hecho estético. Sólo los buenos novelistas tienen el don. ¿Cómo detectarlo? George Steiner sugería leer de pie, en un vagón de ferrocarril de tercera categoría, un día caluroso. Si el tiempo vuela, ese escritor ha sido dotado con la gracia. Como Davidson. Uno engulle treinta, cincuenta páginas del thriller casi sin pestañar.

Se trata de una obra de imaginación razonada, ese procedimiento típicamente anglosajón que Borges amaba y que resulta rarísimo en español. Las descripciones de las colmenas y las acciones humanas son minuciosas, riquísimas en detalles, muy bien documentadas. La trama se demora en la explicación de las lenguas aborígenes del Canadá, el funcionamiento de las líneas marítimas y los puertos, la orografía, sociedad y economía en la taiga, etc.. Queda demostrado que Davidson era un escritor concienzudo, es decir un demiurgo que hacía su faena con mucha atención, esmero y detenimiento. Thomas Mann estaba en lo cierto cuando notó que sólo lo exhaustivo resulta interesante.

En total, Davidson escribió ocho novelas para adultos y otras tantas para jóvenes, algunas con seudónimo. Bajo los montes de Kolina se considera su obra maestra. "Como relato puro de aventuras, esta novela tiene muy pocos rivales", establece en el prólogo Philip Pullman. Tiene toda la razón. Además, hay una hermosa historia de amor.
Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno


lunes, 10 de julio de 2017

Los libros de la guerra

Escribir me parece más fácil que evitar la sensación de sinsentido de no hacerlo.
Roberto Fogwill

El periodismo no es para los escritores. La afinidad entre ambas actividades no va más allá del acto mecánico de escribir. Son semejanzas de superficie. Mientras en una profesión -por ejemplo el periodismo- se recompensa con salarios y rangos el buen comportamiento de la función de maximizar la satisfacción de los jefes, lectores y anunciantes, en literatura se recompensa con la gloria la tarea de minimizar cualquier demanda ajena al rigor lógico y estético de la obra. Por eso, el periodismo no es para los escritores. 

Rodolfo Enrique Fogwill (1941-2010) incluyó estas frases en un artículo publicado por El Observador en enero de 1984. Por amor a la paradoja (fue un Chesterton ateo) y por necesidad de dinero y de espacio (quiso armar un sistema de gustos, con la creación de un canon que incluyera a Laiseca y Perlongher, Bizzio y Viel Temperley), Fogwill hizo caso omiso a su propio dictum y escribió duro y parejo, y concedió largas entrevistas, en una veintena de publicaciones durante tres décadas. La mayoría de esos textos no merecían el olvido. 

El editor Francisco Garamona merece un aplauso. Publicó cerca de la mitad de las intervenciones de prensa de Fogwill bajo el título Los libros de la guerra, cuya segunda edición, corregida y aumentada (Mansalva, 414 páginas, 2010), venimos a recomendar aquí con todo el entusiasmo que genera el hecho de haber gozado de una buena lectura. 

Del publicista ya sabíamos que era loco o se hacía, que era un polemista feroz con una cultura inmensa y un toque de bufón, un extraordinario narrador (pinche aquí o aquí), un filólogo, y presidiendo todas estas virtudes, un espíritu independiente, es decir un intelectual que optó por distanciarse de la manada para poder pensar. Enseña el volumen que además fue un formidable crítico literario y un egregio artífice de miniensayos, esos relámpagos de lucidez que de tanto en tanto aparecen en el diario o la revista, artefactos modernos que -como dijo Fogwill- no son más que “un papel que hoy transporta opiniones y que mañana envolverá las cáscaras sobrantes de la cocina”.

La calidad de la verba, no obstante, es harto despareja. Como escribió Alejandro Margulis en 1998, el hilo del discurso de Fogwill es tan cambiante que hace falta mucha concentración para seguirlo. ¿Efecto cocaína? El libro incluye cuarenta minutos de una entrevista de ocho horas que Horacio González y otros le hicieron a F. para El Ojo Mocho (1997). El polígrafo salta de un tema a otro a velocidad de Warp 8, escupiendo un magma verbal envolvente, aunque la secuencia lógica se pierda una y otra vez como un hilito de agua sobre el Sahara.

Hay unas diez entrevistas al maestro, casi todas legibles. Hay una vasta conversación con Gustavo Nielsen para mejorarle un cuento, que revela el talento lingüístico de Fogwill, quien debe haber nacido en el Año del Búho, pues tenía uno de los oídos más finos del reino cultural para la poesía y el habla popular. Hay, además, denuestos a la política cultural de Raúl Alfonsín. El libro cierra con atractivas evocaciones de colegas en la sociología o las Bellas Letras.

Insisto. Quizás, lo más original y profundo del tomo sean las comentarios literarios, aunque uno descubre la amarga verdad de que el libre pensador que trituró el sistema mediático de la crítica (una “sociedad de socorros mutuos”, hoy por mí, mañana por ti) no pudo dejar de incurrir en el vicio del amiguismo. Sólo así se entiende que eleve una novela intrascendente -Derrumbe, de Daniel Guebel- a la categoría de mejor libro de 2007. El panegírico sobre la obra de Sergio Bizzio, asimismo, suena exagerado. En cambio, la entronización del colosal Alberto Laiseca es un acto de estricta justicia. Acaso también la defensa de Jorge Asís. Fogwill demuestra, por otra parte, que no carecía de una cualidad borgeana: era capaz de fulminar a un colega con una sola bala. De Ricardo Piglia dijo que era “un absoluto bluff“. A José Pablo Feinmann lo despachó con el doble calificativo de “megalómano ridículo“.

El coleccionista de frases memorables se irá saciado. Fogwill era una máquina de acuñar sentencias. Léase a título de ejemplo:

  •  “Si algo queda por decir, más vale que se lo diga con obra”.
  •  "No hay nada en la vida algo más bello que tropezar contra una serie ordenada de buenas ideas, aunque sean de otro”. 
  •  “La crueldad se convierte en virtud si es ejercida para desnudar los valores y reordenar los apetitos. No es cuestión ética, es cosa estética”.
  •  “La gente de letras no está habituada a críticas que lisa y llanamente expresen lo que el autor opina de los libros”.
  •  “Hace poco dividíamos a los escritores argentinos entre quienes prefieren parecerse a Aira y quienes  no.”
  •  “La paradoja de León Gieco: solo un tonto le pide a Dios que la guerra no le sea indiferente, por cuanto el trabajo de molestar a Dios es una prueba que no le es indiferente".
  •  “Promuevo la apuesta de que para pensar, hay que dejar en el placard las ideas de Hollywood, las frases de la Fede y las instrucción de la orga”.

Para concluir, una curiosidad. Los aguijonazos de Fogwill a la orga montonera le caben como anillo al dedo a los Jem‘Hadar de Cristina Fernández, lo que permite intuir que el kirchnerismo es una versión tardía y degradada de aquella “picaresca-populista”. “Esa gente era pragmatista al mango. Y taimada en sus procedimientos, característica fuerte de los montoneros, esa cosa entre comillas “maquiavélica”, usadora“, declaró el literato. Puede colegirse que ambos fracasos pertenecen a la misma familia de pensamiento: “un modelo político de milicia de elite“, que en 1973 o 2011, “construyeron un modelo ficcional de la realidad argentina para consumo, justamente, de esa elite“. Entonces, “elitismo, patoterismo, egolatría, eficientismo militar o militante y desprecio por las rutinas populares” (y las formas republicanas) son las características que los han definido.
Guillermo Belcore

Calificación: Excelente


PD: Era o se hacía. Fogwill admite en la página ciento ocho que “polémicas, exabruptos y consabidos ajustes de cuentas forman parte de nuestras respectivas estrategias de promoción”.

domingo, 9 de julio de 2017

Volver a casa

"Ser débil es tratar a los demás como si te pertenecieran."

 Maame

Los asantes son orgullosos, un pueblo de guerreros, gente que no se doblega. Forman parte del grupo étnico Akan y hoy colman el sur de Ghana, el este de Costa de Marfil y rodajas de Togo. Se asociaron con los ingleses en el tráfico de esclavos, no obstante, al extinguirse tan infame institución -construida a golpes de maldad- ofrecieron enconada resistencia a los apetitos coloniales. Ghana, por cierto, fue el primer país del Africa negra en conseguir la independencia en 1957.

Una hija de la nación asante forjó (¡a los 26 años!) una novela épica que ha conquistado Estados Unidos. Se dice que un coloso editorial obló un número con siete cifras por el manuscrito de Volver a casa (Salamandra, 379 páginas), después de una subasta con diez oferentes. La crítica se enamoró de Yaa Gyasi (Mampong, Ghana, 1989), graduada del célebre MFA de Escritura Creativa de la Universidad de Iowa.

Llovieron los galardones para una autora que reconoce a Gabriel García Márquez como una influencia capital. Por supuesto, la hija de inmigrantes africanos es un modelo de corrección política. Ha ensamblado una ambiciosa reconstrucción de la esclavitud y el colonialismo, y de sus efectos en dos continentes que abarca casi trescientos años de historia. Digámoslo claro: no se trata de una obra maestra. Es probable que la señorita Gyasi tenga un toque de genialidad, pero virtudes y defectos marchan parejos en su debut artístico. El crédito sigue abierto.


DOS GENEALOGIAS


Volver a casa relata dos genealogías provenientes de la actual Ghana. Arranca en el siglo XVIII, la noche en que nació Effia Otcher -La Bella-, ""rodeada del calor almizclado de la tierra de los fante"", pueblo vecino a los belicosos asantes. Los capítulos saltan de generación en generación (treinta años de separación entre uno y otro aproximadamente) y basculan de Africa a Estados Unidos. Cada capítulo narra una historia de amor o desamor.

Las miserias del tráfico de carne humana y de la segregación racial son el hilo maldito que va engarzando las cuentas. Un colgante con una reluciente piedra azabache es el otro elemento que repite. Se nos permite descender a los infiernos para atisbar en las mazmorras nauseabundas de la Costa de Oro, las plantaciones de algodón en Dixieland, las minas de carbón de Alabama, o en los tugurios de Harlem, donde millones de personas con piel oscura han entregado sus vidas para satisfacer la codicia de semejantes con rostro pálido.

Hay que destacar que la novela no carece de virtudes. El exotismo es igual de seductor (lo real maravilloso) como esas mujeres con el pecho suave como pulpa de mango y generoso balanceo de las anchas caderas que van coloreando las páginas. Hay historias filiales o maritales francamente conmovedoras. Y en el plano de las ideas, nunca deja de ser estimulante, más allá del uso de estereotipos (naturalmente, el misionero cristiano debía ser un pervertido). 

Como se mencionó, el imperialismo occidental es confinado al banquillo de los acusados. Los asantes llaman al hombre blanco abro ni, el malvado, por todos los problemas que ha causado buscando oro y esclavos a cualquier precio. Los ewe lo denominaban perro astuto, pues finge ser bueno pero muerde. Lo singular es que Gyasi no oculta, al menos en la primera parte del libro, las injusticias de las civilizaciones nativas, aficionadas a la guerra tribal y a la explotación de la mujer. Una chica podía ser vendida en Ghana como esclava por un desliz tan significativo como ocultar la menstruación o acostarse con su enamorado antes del matrimonio. La fornicación no puede quedar impune, sentencian los hombres viejos de la aldea, hipócritas de primera.

La autora tiene algo que decir sobre lo que en Argentina tachamos de relato, no sin desdén. Plantea el profesor Yaw Agyekum a sus alumnos el problema de las versiones contradictorias: 


"Creemos al que tiene el poder. El es quien consigue escribir su historia. Por eso cuando estudian historia, siempre deben preguntarse: "¿Cuál es la versión que no me han contado? ¿Qué voz se ha silenciado para que ésta se oyese?". 
Guillermo Belcore

Calificación: Bueno


viernes, 23 de junio de 2017

Bolas

Flor Canosa
Novela, Zona borde, 106 páginas.

La figura del oficinista mediocre es un tópico universal. Quizás, la primera manifestación artística del hombre castrado y gris haya sido un memorable cuento largo de Nikolai Gogol. “Todos crecimos bajo el capote de Gogol”, sentenció alguna vez Dostoievski, en alusión a ese texto canónico de 1842. Desde entonces, Akakiy Akakiyevich Bashmachkin, con ligeras o profundas variaciones, ha poblado todas las literaturas nacionales. En la Argentina del siglo XXI, inspiró dos novelas de desigual ejecución: El encierro de Ojeda de Martín Murphy (pinche aquí), muy bien escrita, armada y resuelta. Y la monocorde y tediosa El oficinista de Guillermo Saccomano (pinche aquí), que ganó en 2010 el premio Seix Barral, lo que corrobora que este tipo de galardones no vale un comino. Bien, el hecho es que en 2017 una escritora de la Patria ha decidido refrescar tan manido personaje.

Flor Canosa (Buenos Aires, 1978) trabajó bajo la sombra de Kafka, nada menos. La teoría de las influencias del indispensable Harold Bloom quedó, una vez más, reivindicada. ¿Qué es esto? Básicamente, que cualquier obra literaria trascendente lee de manera creativa -pero errónea- un texto o textos precursores. Poesías, relatos, novelas, obras de teatro nacen como respuesta a anteriores poesías, relatos, novelas u obras de teatro y esa respuesta no es sólo un amable proceso de transmisión sino también una tremenda lucha entre el genio anterior y el nuevo aspirante al Parnaso. Bolas, digámoslo de entrada, sale airosa del desigual combate.

Imagina Canosa que un oficinista misógino, pelado y de mediana edad se levanta una mañana y descubre que ha perdido sus testículos. La lisura absoluta desde el pene hasta el ojo del culo. No hay nada oculto en la ingle y el abdomen. Ni un rastro. Increíble. Naturalmente, el pobre diablo se sume en la desesperación y el pánico: “El miedo es la sensación de que a partir de ahora algo se terminó para siempre y nada será igual. (…) Miedo es despertarse y no tener pelotas”, clama Federico.

La metáfora esencial del libro es sencilla. Federico nunca tuvo “las pelotas bien puestas”, no es extraño que una mañana de cristal que se hizo añicos las haya perdido. No abundaremos en el punto. La autora -que aún no ha podido desprenderse del vicio de decirlo todo, ni de bajar línea- se encarga de entregarle al lector el paquetito bien atado. Hasta el mas distraído entenderá los simbolismos. No es Kafka. 

Malditos machos


“Toda mi formación como guionista me preparó para poder construir personajes totalmente alejados a lo que soy yo”, ha explicado Canosa en un reportaje. Es cierto, en un aspecto no menor. Evidencia la autora en su segundo libro una destreza admirable para exponer los pliegues de la psicología masculina, esas pequeñas miserias que conforman el universo del hombre mezquino. Desde su relación con el trabajo no creativo hasta el odio amoroso que le suscitan las mujeres dominantes y avinagradas, esa categoría que con fino oído para lo popular Canosa designa como “las conchudas”.

El lenguaje, en efecto, se nutre de las calles, del habla plebeya. Es la porteñidad al palo. He ahí la grandeza y la limitación de una prosa que se enriquece con dos elementos picantes: el humor y la pornografía boca sucia. 

Hay un elemento cuestionable en la parodia. Si por un lado, Canosa construye los personajes masculinos de manera magistral -fruto de la intuición o la observación-, por el otro coloca en boca de Federico sus propias opiniones políticas. Es ridículo que un eunuco de mente obtusa tenga semejante nivel de lucidez (de lo que Canosa considera lucidez, en todo caso). Es un ripio, un injerto al que se le notan las costuras. Manchitas en el papel que desnudan una compulsión, acaso sea la necesidad de complacer al Círculo Púrpura de la comunidad intelectual (¡Ey, amigos, soy uno de ustedes, odio a Clarín y a Macri, hablen bien de mí!). Surgirán alguna vez escritores argentinos que se atrevan a ir -aunque sea un solo paso- más allá de la corrección política. 

Estableció Borges que la indiscutible virtud de Kafka es la invención de situaciones intolerables. La señora Canosa no carece de esa cualidad. El hombre malvado, abusador, sexópata es el infierno de millones de mujeres.
Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

lunes, 12 de junio de 2017

Vidas de hotel

Eduardo Berti (compilador)346 páginas. Adriana Hidalgo editora. Cuentos


En los hoteles -es de público conocimiento- ocurren cosas maravillosas. El arte tomó nota y así se han compuesto magníficos relatos breves en torno a las peripecias de viajeros, turistas y amantes. Algunos se incluyeron en una antología que acaba de lanzar al ruedo un sello nacional. En verdad, Eduardo Berti, el compilador, ha realizado un trabajo muy competente, en cuanto a la variedad y excelencia de los casi cuarenta textos que reúne Vidas de Hotel . Uno puede abandonarse sin reservas al goce de la lectura.

A gusto de este consumidor, las gemas más preciadas que atesora el volumen son aquellas que narran tribulaciones burguesas, como las de la desmemoriada señora Stroope que retrata el ingenioso Saki; o el conmovedor juego de apariencias en una arcadia oculta de Broadway que imaginó O. Henry; o las fobias del señor Panard, hombre prudente que le temía a todo a sus alrededor (la invención es de Guy de Maupassant). Hay que destacar también en esa línea "Indecisión" de Francis Scott Fitzgerald, basado en una premisa que sólo un bribón no consideraría escandalosa: "Peor que no tener mujer es tener una sola". El intento de suicidio que perpetra el desdichado Gene (artificio del innovador Stephen Dixon) es otro punto alto del libro.

La destreza de los literatos argentinos, en cambio, muestra altibajos. Ricardo Piglia tuvo una ocurrencia genial pero da la impresión en "Hotel Almagro" que no supo cómo desarrollarla. Tampoco llega a algún lado "En un cuarto de hotel" de Juan José Saer. Realismo soso el del santafesino con una idea tremenda, una sola: a una determinada edad, digamos después de los cincuenta, los hombres nos volvemos transparentes para las mujeres. "La puerta condenada" de Julio Cortázar es todo lo contrario de esos dos productos fallidos. Una ficción memorable y bien escrita, ambientada en Montevideo. También se deja leer la pieza de Pablo De Santis. Trae, incluso, una advertencia de suma utilidad: los edificios con demasiado cinc atraen los recuerdos.

Todo hay que decirlo. La compilación hace trampa tres veces. Dos son atendibles. Considerar a una dacha una variante de hotel para poder incorporar a Antón Chéjov es una licencia insignificante. "El número 13"" de M. R. James había aparecido hace siete años en Fantasmas otra estupenda antología que preparó Berti también para Adriana Hidalgo. Es un pecado menor; al fin y al cabo, la historia del catedrático inglés es placentera y mucha gente seguramente no lo conoce. Ahora bien, transcribir el apunte de una idea de William Somerset Maugham, un párrafo apenas, no es lo que uno espera de una recopilación de alta categoría.

Hay que destacar, no obstante, otro agrado del libro. Cada relato viene precedido por una minibiografía del autor. Es una delicadeza de Berti que el lector curioso no dejará de aprovechar, pues esos tres párrafos dan apetito, obran como un maestro de lectura. Por ejemplo, después de saborear "Hotel de la luna holgazana" uno se siente impelido a salir corriendo a comprar Leyendo a Turgueniev y Mi casa en Umbría las dos nouvelles de William Trevor que Berti recomienda. Exactamente lo mismo pasa con "El tumultoscopio" de Alphonse Allais. Es un cuento desopilante que obliga a seguirle la pista a este francés no muy conocido, ilustre forjador de máximas.
Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

domingo, 28 de mayo de 2017

Crímenes duplicados

M. Hjorth y H. Rosenfeldt

Planeta. 619 páginas


Alguna vez, Jorge Luis Borges reflexionó sobre el extraño y vano destino de Escandinavia. Llegó a la conclusión de que desde las tropelías de los vikingos por media Europa o la llegada a Norteamérica de Leif Eiriksson cuatro siglos antes de Colón, hasta la invención de la novela en Islandia o la irrupción en Rusia de Carlos XII, las dilatadas empresas de las gentes nórdicas fueron individuales y surcaron como un cometa fugaz por la memoria de la Humanidad. "Para la historia universal, las guerras y los libros escandinavos son como si no hubieran sido, todo queda aislado y sin rastro, como si pasara en un sueño o en esas bolas de cristal que miran los videntes", estableció en la revista Sur nuestro mejor literato. 

Puede que con la novela negra escandinava ocurra lo mismo. Pasará, acaso, sin dejar huella ni abrir nuevos senderos en la jungla editorial y sólo los especialistas del futuro acudirán al subgénero. Es probable que esta burbuja que se infló a principios del siglo XXI -gracias a la divulgación global de notables narradores como Henning Mankell- ya haya reventado. Resulta inevitable pensar esto después de leer el segundo tomo de la Saga Bergman de Michael Hjorth & Hans Rosenfeldt, los creadores de la exitosa miniserie The bridge.

Crímenes duplicados es mejor que la primera entrega, lo cual no significa que la novela sea buena. Es casi buena, en realidad. Sus autores son guionistas televisivos, por lo que manejan bastante bien la intriga, los giros imprevistos, las conexiones entre los personajes, pero nada más. El texto carece de virtudes literarias, no hay profundidad psicológica, ni belleza en la expresión, ni recursos retóricos; la prosa es plana como el encefalograma de un muerto. Sobran capítulos o están mal cortados. La crítica social brilla por su ausencia (una traición al género). El libro termina aburriendo, con ese afán ridículo por querer explicarlo todo y sus redundancias. Como se dijo, uno termina conjeturando que la novela negra escandinava es ya una fórmula gastada.

Queda la historia. Los autores quieren enseñarnos algo sobre los imitadores de los asesinos en serie. En efecto, aparecen en Estocolmo cadáveres de mujeres con el cuello prácticamente seccionado (como cuando abrimos una lata de conservas y dejamos un pequeño trozo sin cortar para poder doblar la tapa hacia atrás) y los mismos rituales en la escena del crimen que dejaba el reo Edward Hinde, encarcelado desde la década del noventa. Investiga la Unidad de Homicidios, el equipo especial de Torkel Hölgrund, pero el héroe se llama Sebastian Bergman, un psicólogo con mañas, un canalla egoísta, bah, que usa el cuerpo de las señoras para calmar, por un rato, su angustia existencial. El desagradable doctor se convirtió en una pieza clave para atrapar a Hinde, por lo que se suma a la cacería. Es el padre de una detective de la task force de Hölgrund pero ella no lo sabe. Hay un núcleo incandescente allí. Bergman defecciona, demuestra en su segunda aparición que en el fondo es un tierno. La maldita corrección política y social, otro punto flojo del libro.
Guillermo Belcore

Calificación: Regular

martes, 16 de mayo de 2017

Dios lo bendiga, señor Rosewater

El único mandamiento que conozco es éste: Sé bondadoso.
K.V.

Sacrificar la trama en beneficio de un manojo de ideas es un procedimiento gastado como la literatura misma. Esa urgencia por transmitir un mensaje ha producido obras de calidad muy desigual. Las novelas comprometidas de Paulo Coelho y José Pablo Feinmann merecen, en promedio, un aplazo; las de John Berger, un aprobado; las de Kurt Vonnegut (1922-2007), un sobresaliente. Es que las ideas del sabio de Indiana son persuasivas y elegantes y vienen servidas con una saludable pizca de humor.

La Bestia Equilatera trajo a la Argentina Dios lo bendiga señor Rosewater (198 páginas), otro espléndido sermón de Vonnegut, el sexto que el sello local ha publicado durante este siglo. Fue entregado a la imprenta por primera vez en 1965, pero pudo haber sido escrito ayer por la mañana. La plutocracia estadounidense sigue siendo lo que es (el dinero manda, amigos) y la estupidez del ser humano no ha retrocedido ni siquiera un milímetro. Pobre iluso, era nuestro héroe. Como los iluministas, creía que si denunciaba a voz de cuello las miserias de su sociedad la situación iba a cambiar.

Tenemos aquí pues otra magnífica sátira de lo que el autor define como "el salvaje, estúpido, inepto y huraño sistema clasista de Estados Unidos". La voz irreverente relata las peripecias de Elliot R., heredero de una gran fortuna que se subleva (como el mismo Vonnegut) y tuerce los designios de la Fundación benéfica y cultural que había creado su familia para protegerse de los zarpazos de los recaudadores de impuestos y de otros depredadores que no se apellidaran Rosewater.

Veterano de guerra aficionado al alcohol, Elliot es más que un filántropo excéntrico, es un buen samaritano profesional. Apadrina a los cuerpos de bomberos voluntarios, alimenta a los hambrientos, y consuela a los afligidos. Vive casi en la miseria. Dedica su energía sexual a la utopía. Un abogado sin escrúpulos (parece casi una redundancia) intenta hacer pasar por loco a Elliot para arrebatarle media fortuna. Su padre, el senador Rosewater -quintaesencia de la clase dirigente estadounidense-, se empeña en evitarlo.

RICA EN CONCEPTOS

Muchas estrellas de la galaxia K.V. titilan en la novela, tan avara en páginas como rica en conceptos. Aparece en escena Kilgore Trout, escritor de ciencia ficción inventado por Vonnegut. Y es nada menos el personaje fugaz que enuncia el tema principal, cuestión clave de nuestro tiempo por culpa de la sofisticación de las maquinas: ¿Cómo rescatar al creciente número de personas que no tienen utilidad social?. "Con el tiempo, casi todos los hombres y mujeres perderán valor como productores de bienes, alimentos, servicios y más máquinas, como fuentes de ideas prácticas en los campos de la economía, la ingeniería y tal vez la medicina. Por lo tanto, si no encontramos razones y métodos para valorar a los seres humanos por el hecho de ser seres humanos, bien podríamos, como a menudo se ha sugerido, liquidarlos", plantea Trout en los albores de la era de las desindustrialización.

Su demiurgo acuña un nuevo término para denunciar una enfermedad que sufre, seguramente, el noventa y nueve por ciento de la humanidad. Ese vocablo es samaritrofia. Designa la indiferencia histérica por la suerte de los menos afortunados. Ingenioso, ¿no?

Al pasar, el literato evoca la experiencia más espantosa que sufrió en su juventud, cuando era prisionero de guerra de los nazis: el huracán de fuego que los aliados desataron sobre Dresde en 1945 (y que motivo una de sus más celebradas novelas). Ha empotrado en la trama, además, decenas de microhistorias, tan sugestivas como encantadoras. Hay un catálogo apabullante de la ruindad de las personas mediocres. Hay diálogos ingeniosos, sentencias que merecen ser acuñadas en piedra y potencia dramática. Hay también exageraciones, acaso el único punto flojo del texto. El moralista sostiene que la vida en Nueva York es una farsa superficial y ridícula y que sólo una de cada siete personas prosperan en el sistema de libre empresa. Un socialista utópico, sin duda. Un romántico amargado, incluso. Creía que el arte le ha fallado a la humanidad.

Vonnegut estudió bioquímica y obtuvo un master en Antropología por la Universidad de Chicago. Luchó toda su vida contra la depresión y en 1984 intentó suicidarse. En un ensayo publicado por esos años, se animó a puntuar sus novelas. 'Dios lo bendiga señor Rosewater' recibió una 'A' junto a 'Pájaro de celda', 'Madre Noche' y 'Las sirenas de Titán'.

Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

lunes, 8 de mayo de 2017

Las sombras de Quirke

Por John Banville

Alfaguara. Novela policial, 304 páginas. Edición 2017

El retiro de Quirke en el desierto ha terminado. El patólogo vuelve al trabajo, atraído por el asesinato de un funcionario prometedor. Lo que queda del cadáver de Sam Corless, el hijo del veterano luchador trotskista, había sido encontrado en un auto carbonizado que se estrelló contra un árbol en Phoenix Park. Un golpe en el cráneo, justo sobre la oreja izquierda, delata el homicidio. Mataron al chico y simularon un accidente. Quirke, ese oso bueno aficionado a los alcoholes y atormentado por el pasado, sale en busca de los culpables. Su verdadero oficio es la curiosidad y la resolución de entuertos. Sir Galahad contra los dragones. Su escudero es el buen inspector Hackett. Estamos a fines de los cincuenta, en Dublin, ciudad mezquina y mendaz, un pueblo grande donde todos se conocen.
La séptima entrega de los casos del forense Quirke posiblemente no sea la mejor. Tampoco, la peor. John Banville (Wexford, Irlanda, 1945) ha forjado, de cualquier manera, otra sublime pieza de estilo, no sin fulgor poético como sus hermanas mayores. Se ha dicho que Banville -Benjamin Black es el seudónimo que eligió para probar suerte en la novela negra- es la mejor pluma de la anglósfera. Acuña párrafos perfectos y frases reveladoras con una ductilidad asombrosa. Los retratos son magníficos; el manejo de la escena, formidable. La prosa es un objeto precioso, un reloj suizo, una escultura de cristal, una daga de empuñadura enjoyada, algo frío y bello en todo caso. Sí, es muy probable que Banville sea el mejor estilista del idioma inglés. ¿Cómo decirlo sin ofender? Sólo los esnob y los críticos con una sensibilidad defectuosa no alcanzan a apreciarlo.

En Las sombras de Quirke el doctor se enamora de una psicóloga y lucha para superar el torpor que le provoca una mente con demasiados agujeros. Se queda observando su vaso de whisky con el aspecto de un hombre al borde de un acantilado que intenta calcular cuán larga será la caída. Además de resolver el crimen, ayuda a su hija Phoebe a salvar a una muchacha que ofendió las creencias tradicionales de una nación tenaz pero controlada por la Iglesia Católica (las casas son transparentes, por así decirlo) y sus representantes, como los caballeros de Saint Patrick. Son un hatajo de hipócritas que creen que tienen instrucciones directas del santo Dios. La Irlanda de seis décadas atrás parece una de esas distopías grises y sin escapatorias que los literatos de ciencia ficción suelen pergeñar.

El thriller no da nada por supuesto. Es decir, no hace falta leer las seis entregas anteriores para entender a Quirke. Pero, naturalmente, la constancia ayuda. Y gratifica. La irrupción de Banville en el género policial es una de las maravillas de nuestro tiempo.

Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

martes, 2 de mayo de 2017

El candelabro de plata y otros cuentos

Abelardo Castillo­

Editorial Alfaguara. Cuentos, 166 páginas, edición 2007.
En un prefacio escrito hace una década, Abelardo Castillo (1935-2017) estableció lo siguiente: “Algo esencialmente argentino exige ser expresado en cuento, el género más estricto y lacónico; género que cuando se lo mira de cerca, aparece muy emparentado con otras dos de nuestras formas expresivas esenciales: la mejor poesía del tango y el teatro breve, en cuyos orígenes están el sainete y el grotesco”. 
La sentencia proviene de quien, acaso, puede definirse como el último gran cuentista nacional. Esta antología, avara en páginas, es una aproximación perfecta para conocerlo.
 
Castillo, quintaesencia del espíritu de los sesenta, ha cultivado la novela, el teatro, el ensayo y la polémica, pero conviene buscarlo en el relato breve. Algunos de sus textos son ya considerados clásicos del género. Es el caso de La madre de Ernesto, Hernán, El marica o El candelabro de plata. Los cuatro están incluidos en este volumen, en los cuatro hay cosas que causan repulsión, canalladas brutales, lamparones de crueldad, poderosos que nacieron para dañar a otros. 
La reescritura de autores canónicos -tan descarada como eficaz- es otro rasgo que define a Castillo. Triste le ville narra en borgeano tardío la pesadilla de un fulano que sin querer se mete en la muerte de otro. Historia para un tal Gaido también toma de las solapas a Borges, pero su delicioso y sorprendente final puede que sea cortazariano. Se percibe, asimismo, un regusto a Poe, Arlt, Walsh, Jack London y Quiroga, como sabiamente observa el prólogo y el análisis final de la obra.
 
La recopilación incluye en total trece cuentos. Resulta casi impúdico elogiarlos como la mayoría de ellos merece. Agreguemos como referencia que ante gemas como El asesino intachable uno no puede hacer otra cosa que abandonarse al puro goce de la lectura.­
Guillermo Belcore
Calificación: Muy bueno

martes, 25 de abril de 2017

Vida de muertos

En el siglo pasado se escribían libros y artículos periodísticos para demoler reputaciones. Hoy se usan las redes sociales, aprovechando por lo general el cobarde anonimato. En 1938, el niño terrible de la derecha argentina asesinó con letra impresa a glorias de la literatura latinoamericana. Por fortuna, la Biblioteca Nacional -en tiempos de Horacio González- decidió reimprimir el sublime opúsculo. ¿Cómo van a divulgar a un nazi confeso, a un antisemita?, parece que preguntó un tiquismiquis. La respuesta debió haber sido: Porque el libro es excelente, porque los adultos que compramos estas obras somos seres racionales, porque sólo los imbéciles y los ñoños se privan de los literatos brillantes cuyas preferencias son monstruosas. Prescindir de los escritores fascistas y/o estalinistas no nos hará mejores; de seguro, seremos intelectualmente más pobres.

Ignacio Braulio Anzoátegui (1905-1978) fue poeta, activista intelectual del nacionalismo católico, juez, ensayista, biógrafo burlón y aforista vitriólico, quizás en ese orden, escribió Christian Ferrer en un prólogo que no le va a la zaga en excelencia al resto del libro. Vida de muertos (Ediciones Colihue, 122 páginas) reúne doce minibiografías envenenadas. Piénsese en un vándalo, en un anarquista que dinamita estatuas, en un iconoclasta talibán pero con un alarde de ingenio que corta la respiración, fuerza a meditar o desata una carcajada. Esta muy bien incluirlo en la colección Los Raros. Es éste un volumen extrañísimo, compuesto para hacer picadillo a eminencias como Rubén Darío o Domingo Faustino Sarmiento.

En lo que al arte se refiere, resulta evidente la influencia de Chesterton en Anzoátegui. Tienen el mismo tono y el mismo gusto por las paradojas. La malicia inteligente del Borges-crítico-literario y la rabia de Celine también dicen presente en las luminosas páginas de un juez que, como Zeus, se complacía en fulminar con rayos a sus adversarios. Es verdad que Anzoátegui reflexionaba como un energúmeno, pero como estilista fue un genio, a la altura de sus maestros. Demostró que incluso la injuria y el insulto pueden detentar fulgor poético. Manejó con mucha destreza la primera frase. Verbigracia: “Se parecía a Sarmiento, pero no tenía jeta de mulato” (Almafuerte). “Dijo ‘gobernar es poblar’ y se quedó soltero” (Juan Bautista Alberdi).

Hay que aclarar que no todas las ideas de Anzoátegui eran disparatadas. Su condena de la elite argentina que cuajó de las guerras de la independencia son justísimas. Es éste también un catálogo de la estupidez humana. “El hombre bueno es aquél que es consecuente con sus ideas secundarias”, estableció Don Ignacio siguiendo la estela de Zarathustra (Nietzsche es otra influencia fácilmente perceptible).  Como crítico literario, insistimos, expone una perspicacia admirable, aunque no parece razonable que se ensañe con las peores páginas de un autor, pues todos las tienen.

Borges y Bioy Casares se extrañaban de que cara a cara Anzoátegui era un encanto de persona. Esas contradicciones de la personalidad, aunque curiosas, no tienen el menor valor literario. Mucho menos sus adhesiones políticas. El juicio estético -el único que importa en lo que a la crítica literaria se refiere, mal que le pese a los sociólogos y marxistas- lo absuelve (lo consagra, mejor dicho). Vida de muertos tiene que quedar.
Guillermo Belcore

Calificación: Excelente


PD: Este blog quiere agradecer a los colegas de Twitter @AiresyBenson y @genowitzky por presentarle a Ignacio Braulio Anzoátegui.

domingo, 23 de abril de 2017

Material sensible

¿Sabe usted que existen unas criaturas nauseabundas, que se disfrazan de muchachas o de niños, y convierten a sus víctimas en un sonajero de huesos? ¿Se enteró de que Sherlock Holmes descubrió el secreto de la inmortalidad o de que el Doctor Who evitó por un pelo que los Kim, solitaria entidad múltiple escindida de la creación, controlaran el universo? ¿Le advirtieron sobre el síndrome de Jerusalén? ¿Oyó de los efectos tremendos de una tintura naranja llegada desde la India? ¿Conoce el conjuro contra la curiosidad? ¿Alguien le explicó por qué se retiraron de circulación los automóviles voladores? Si la respuesta a cada una de estas cuestiones palpitantes es "no", debería leer un fascinante libro de cuentos de Neil Gaiman (Porchester, 1960) que acaba de llegar a la Argentina.
Para quien no lo conozca, digamos que Gaiman es un autor de culto, con una extraordinaria versatilidad y una imaginación a la que ya es un lugar común calificar de "portentosa". Ha hecho una distinguida -y multipremiada- contribución a la literatura infantil y al mundo de las historietas. Se considera a The Sandman -su creación más alabada- como un cómic extraordinario. Sus novelas encabezan listas de bestsellers y han llegado a Hollywood. Tiene su propio personaje en Los Simpson. Vive en Minneapolis con la cantante Amanda Palmer, su segunda esposa.
La ingesta de Material sensible (Salamandra, 396 páginas) demuestra que Gaiman, sin ser un gran estilista, considera que la manera de contar una historia es tan importante como la historia en sí misma. Encontramos aquí, por ejemplo, una eficaz composición relatada en forma de respuestas a un cuestionario periodístico. "Un calendario de cuentos" integra doce escritos, uno para cada día del año, algunos muy bellos. Encontramos por doquier sutilezas, referencias cultas y un delicioso toque de humor negro. Del tercer libro de narraciones breves de Gaiman (casi todas publicadas en otro lado) se desprende también que es un prologuista regular y, ¡ay!, un poeta de cuarta.
"Hay cuentos que desarrollas y hay cuentos que construyes, y luego hay cuentos que esculpes en una roca de la que vas descartando todas las cosas que no forman parte de la historia", conjetura Gaiman en la introducción. De la primera especie, hay que destacar dos: "La verdad es una cueva en una montaña negra" (33 páginas), fascinante travesía en busca de una gruta en la que, si eres valiente, puedes entrar y apoderarte del oro, pero tras cada una de las visitas la cueva te hará más malvado, te devorará el alma. "Black dog" es otra joya, que incluye fantasmas, la tradición de emparedar personas para proteger templos y viviendas, la religión primordial, la que se practicaba incluso antes de los druidas y los menhires.
Observa el inglés, no sin razón, que los escritores viven en moradas que han levantado los colegas que le precedieron. "Los hombres y mujeres que construyeron las casas en las que habitamos eran gigantes. Empezaron con un espacio árido y construyeron la ficción especulativa, pero siempre dejaban el edificio inacabado para que las personas que llegaran al marcharse ellos pudieran añadirle otra habitación, u otro piso", señala. Gaiman se siente cómodo en los domicilios de Gene Wolfe (lo homenajea con un laberinto lunar), de Arthur Conan Doyle (explica la afición tardía de Holmes con las abejas), de Jack Vance (y sus planetas moribundos) y de Arthur C. Clarke (¡ah, el desinventor Obediah Polkinghorn!). Pero es probable que la principal influencia de su magnífica literatura sea el gran Ray Bradbury. A Gaiman también le interesa más las personas que la ciencia, y que el cuento te hable de una atmósfera, de un lenguaje, de una magia que se va colando en el mundo. Lo confiesa en la introducción, donde detalla la génesis de cada uno de los textos del volumen.
Ha percibido un crítico estadounidense que Gaiman sueña historias como respira. Su producción es, por encima de todo, una encantadora forma de imaginar. Regala al lector el placer de seguir siendo un niño. No carece, además de utilidad práctica; da consejos valiosos. Por ejemplo, nos avisa que las cosas que anhelamos, que deseamos con intensidad, pueden cobrar vida. Otra advertencia: cuidado con esas estatuas humanas que en las calles populosas ofrecen, a cambios de unas monedas, su curioso arte inmóvil a turistas y transeúntes. Algunas, efectivamente, no son humanas.
Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

domingo, 16 de abril de 2017

Offshore

``Este país es una república bananera. Gobierne quien gobierne es una república bananera''.
P. Márkaris

La vida no examinada no es digna de ser vivida, enseñaba Sócrates a los discípulos. La imagen que nos hacemos de lo ocurrido en Atenas en el año 399 antes de Cristo viene, sobre todo, de la prosa de Platón. Sabemos que su maestro era una conciencia íntegra, apasionada por encontrar a la verdad, en un entorno corrompido. Pasaron más de dos milenios y perviven en Grecia las costumbres hediondas, de acuerdo a una estupenda saga policial creada por Petros Márkaris (Estambul 1937). Ahora es el comisario Kostas Jaritos, quien encarna esa rareza del universo: el individuo que dice `no' a los abusos de poder, aun a costa de su propia salud. Un necio espléndido.

En toda Europa son muy apreciadas las novelas de Márkaris. El retrato social es magnífico. Ofrece información de primera mano sobre un país que cayó en bancarrota, después de vivir largos años por encima de sus posibilidades. El literato desnuda y repudia, sin paliativos, los vicios nacionales.

Se imagina en Offshore (Tusquets, 286 páginas) que, después de seis años de brutal ajuste, la Hélade abandona la recesión. Se habla, incluso, de un milagro griego (en la vida real aún no ocurrió). Llueven los capitales extranjeros, pero de dudosa procedencia. Irrumpen los bancos de las islas Caimán y las empresas que surgen de la nada. Retornan al país las grandes empresas navieras. Como sea, la gente quiere divertirse. Vuelven los viejos hábitos: el despilfarro, la ostentación, la escasa aplicación al trabajo, conductas que han escandalizado a los mandantes alemanes. ``Ay del holgazán si encuentra afán y ay del griego si tiene el bolsillo lleno'', sentencia Adrianí, la esposa del comisario, modelo platónico de la mujer con lengua viperina que expresa su amor mediante la gastronomía. El otro aluvión que inquieta a los helenos es el de los inmigrantes. Se los usa como mano de obra barata y como chivo expiatorio.

El asesinato de un cachafaz que deshonra la Secretaría de Turismo interpela a un Jaritos, tan eficaz como anticuado. Pudo ser un robo que terminó mal o una ejecución. Horas después, confiesa el crimen una pareja de paquistaníes. Caso cerrado, ordenan desde las altas esferas. No obstante, balean a otro pez gordo, y luego a otro. Extranjeros pobres asumen la responsabilidad en cada uno de los sucesos, pero el comisario sospecha que hay gato encerrado. Al igual que Sócrates, Jaritos no tiene miedo y acosa a los superiores más allá del límite de la paciencia. Actúa así por una buena razón: está convencido de que los asesinos no son más que los actores que dan la cara sobre las tablas; entre bambalinas se esconden los que mueven los hilos, los directores. Grecia es víctima de una suerte de experimento económico.

La décima entrega de la serie Kostas Jaritos se sobrepone a las ñoñerías sentimentales, a una pizca de inverosimilitud, a una leve corrección política. La trama es cautivante.

Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Bueno 

viernes, 14 de abril de 2017

La Guerra Civil Española

Una guerra civil no es una guerra, sino una enfermedad.
Antoine de Saint Exupéry

En un artículo firmado en 1937, George Orwell pronosticaba que la Guerra Civil Española acabaría en tablas. Como ocurrió décadas después en Corea o Vietnam, la Madre Patria se encaminaba a partirse en dos pedazos irreconciliables, uno bajo la órbita soviética, el otro del nazi fascismo, con fronteras estables por años. Esa era la visión en caliente de uno de los más lúcidos pensadores del siglo XX, que incluso fue a combatir a Cataluña por la causa de la libertad pero se curó, para siempre, de simpatías comunistas, al comprobar que los esbirros de Stalin eran tan sanguinarios y tan poco proclives a compartir el poder como los militares franquistas. La paridad militar parecía inamovible por entonces. Pero los republicanos decidieron suicidarse… lanzaron una tras otra desastrosas ofensivas frontales -inspiradas en manuales avejentados y algunas por razones propagandísticas- hasta quedarse sin recursos quince meses después: Segovia, Brunete, Belchite, Teruel, Ebro…  

Que el general Francisco Franco y sus valedores alemanes e italianos no ganaron por si sólos la Guerra Civil Española, fueron los jefes militares republicanos quienes la perdieron (sobre todo los comunistas con sus incompetentes asesores rusos), desperdiciando miserablemente el valor y el sacrificio de sus tropas, es una de las conclusiones fundamentales de un ensayo que este blog desea recomendar a viva voz. 

Su autor colgó el uniforme del undécimo regimiento de Husares de la Gran Bretaña, para redactar algunos de los libros esenciales de la Segunda Guerra Mundial, como Stalingrado o Berlín, La Caída. Antes de ellos, Antony Beevor (1946) compuso un monumental estudio sobre el conflicto que desangró a España por cuatro años (y la arruinó por cuatro décadas). La primera edición en inglés data de 1982. Pasó sin pena ni gloria. Beevor la engordó y rehizo a comienzos del siglo XXI, aprovechando el material que encontró en archivos alemanes y rusos, recientemente desclasificados. El sello Crítica la trajo a la Argentina en 2015 y hoy se ofrece en mesas de saldos. Si le interesa el tema y tiene un dinerillo para gastar, deje lo que está haciendo y corra a comprarla. Es un ensayo tan ameno como esclarecedor.

En la opinión de quien esto escribe, Beevor ha cumplido tres condiciones básicas que caben esperar de un libro con tan elogiable ambición: comprende los sentimientos de los dos bandos, salda hipótesis previas y amplía las fronteras de lo que sabíamos sobre la guerra civil. Naturalmente, sus simpatías se inclinan hacia al lado republicano, pero no deja dudas respecto de que la izquierda española fue tan poco respetuosa de la democracia, el imperio de la ley y los derechos humanos como lo fueron los derechistas. No obstante, las diferencias cuantitativas son relevantes. El autor cifra en 38.000 el número de muertos por el terror rojo (entre ellos trece obispos). A la represión nacional le atribuye, entre otras iniquidades, 250.000 vidas.

Confirma Beevor que los mejores panoramas de la guerra civil española lo han esculpido hispanistas ingleses. Es un dignísimo continuador de Hugh Tomas o Paul Preston (aunque algunos descuidos puntuales han encontrado lectores españoles). Su especialidad -la historia militar- permite comprender las miserias y grandezas de las campañas, los combates, las estrategias en juego y en pugna, los ejércitos formales e informales enfrentados. Da la impresión, por otra parte, que comete el mismo error que condenó a enemigos e historiadores adversos de Franco: subestimar al Generalísimo bajito, casi lampiño, regordete, ignorante, con voz de falsete, (‘Paca la culona’, según Queipo del Llano, el virrey de Sevilla). Hay que reconocer que hasta el diablo debe envidiar la astucia política de aquella quintaesencia de lo peor de la galleguidad. Franco, que gustaba firmar las sentencias de muerte después de almorzar tomando café, los venció a todos: a Stalin, Mussolini, Churchill y Hitler, incluso. Perón terminó comiendo de su mano. Estas dotes de estadista maquiavélico -que logró atrasar el reloj de la Historia siglos incluso- no implica que para su pueblo haya sido un benefactor. Represión al margen (que no es un dato menor) es probable que la sólo la Rumania de Ceaucescu haya igualado la corrupción, estupidez y despilfarro de la España franquista.

Fiel a aquella premisa histórica informal pero importante que dice que nada es inevitable excepto lo que uno cavila en su interior, Beevor cierra el libro planteando un contrafactual. ¿Qué habría salido de una victoria republicana? Un gobierno democrático seguramente en 1948 habría recibido la ayuda decisiva del Plan Marshall y hubiera prosperado en el seno de la Unión Europea. Pero una España satélite de Moscú hubiera quedado confinada hasta 1989 en una postración parecida a las de democracias populares de Europa oriental. Coincidimos sin reparos con esta hipótesis. Al fin y al cabo, tanto el bolchevismo como el nazifascismo fueron las lacras del siglo XX. Una maldad sin sentido.
Guillermo Belcore


Calificación: Excelente




viernes, 31 de marzo de 2017

El motel del voyeur

POR GUILLERMO BELCORE

En un país como la Argentina, tan aficionado a la premisa nietzscheana ’verdad es lo que te conviene’ (o lo que le conviene a tu caudillo político), donde una ex presidenta de la Nación afirmó suelta de cuerpo en un foro internacional que Alemania tiene más pobres que nuestro país y consintió que se destruyeran las estadísticas nacionales para ocultar el nivel real de miseria, inflación y desempleo, el último libro de Gay Talese (Nueva Jersey, 1932) no debería moverle un pelo a nadie. En cambio, en el Estados Unidos previo a Donald Trump (otro populista deshonesto) desató un sonado escándalo.

Es que Talese -uno de los padres del Nuevo Periodismo- se ufana de no haberle mentido jamás a sus lectores y de usar solo nombres reales en sus fascinantes indagaciones. A pesar de ello, ahora da por buenas la mayoría de las afirmaciones “de un maestro del engaño”. Y no es la única -ni la más grave- concesión moral (la ‘criética‘ es la ciencia de los canallas, estableció Borges, no obstante).

Vayamos al principio. En enero de 1980, el exquisito artesano de la no ficción recibió una carta manuscrita y excitante de un fulano llamado Gerald Foos. Un hombre casado con dos hijos que a mediados de los sesenta había comprado el motel Manor House de veintiuna habitaciones, cerca de Denver, a fin de convertirse en su “voyeur residente”.

Talese mordió el anzuelo. Viajó a Colorado. Antes de salir del aeropuerto firmó un acuerdo de confidencialidad. Como consecuencia, el señor Foos le abrió su alma y lo autorizó a fisgonear en ‘su plataforma de observación‘, un desván que le permitía observar a los huéspedes, sin que ellos se percaten. El muy sinvergüenza instaló en las habitaciones del hotel unos falsos conductos de ventilación, rejillas de quince por treinta centímetros pintadas del mismo color del techo. Tomaba abundantes notas de lo que veía. Una de las imágenes más poderosas del libro es el elegante Talese, hijo de un sastre orgulloso de su profesión, reptando por el entretecho en busca de presenciar actividad erótica. Casi lo descubren. Su corbata de seda asomó por la rejilla durante unos segundos.

NACE EL LIBRO

De vuelta en Nueva York, el escritor fue recibiendo por entregas el diario del señor Foos. La primera anotación data del 24 de noviembre de 1966. Cuarenta y siete años más tarde, el anciano -ya retirado del voyeurismo- dio, por fin, su consentimiento para que las miles de páginas sean reveladas, quería que la humanidad conociese el trabajo sin precedentes de “un laboratorio único para el estudio del comportamiento humano“. Confiaba en que el estatuto de limitaciones lo pusiera a salvo del largo brazo de la Justicia. Por cierto, el bueno de Gerald siempre quiso ser considerado “un pionero de la investigación sexual”, de ninguna manera un delincuente o un pervertido. Así, las fijaciones onanistas de un hombre cuya felicidad absoluta consistía en invadir la intimidad de los demás sin que lo ellos lo supieran, -salpimentadas con sociología y al voleo y conclusiones banales- se transformaron en un libro.

La industria cultural se frotó las manos. The New Yorker publicó un adelantó y Steven Spielberg se apresuró a comprar los derechos (San Mendes iba a dirigir la película). El libro se publico con pompa, alguien lo definió como “la obra maestra de Talese”… y entonces la prensa comenzó a investigar. Se detectaron inconsistencias. The Washington Post descubrió, por ejemplo, que el señor Foos compró el hotel en 1969... Talese montó en cólera, pero se limitó a vilipendiar a su fuente y añadir una mínimas correcciones en el texto. “No me cabe la menor duda de que Foos es un voyeur épico, pero a veces era un narrador poco inexacto y poco fiable. No puedo responder de todo los detalles que incluye el manuscrito”, escribió en la página noventa y tres. Talese, a los ochenta y pocos años, traiciona sus convicciones literarias y se sofoca en una red de mentiras, dispararon escritores y críticos con el dedo inhiesto.

Aquí estamos pues, con una segunda versión. Nunca sabremos, empero, cuál de las entradas del diario se basan en experiencias reales y cuáles son el producto de una imaginación afiebrada. Más allá de la polémica, cabe preguntarse si tiene esto alguna relevancia artística. Un tercio del libro lo ocupan los textos del hotelero que, además de pornografía -que siempre termina aburriendo- incluye boberías políticamente correctas pero también referencias interesantes sobre los cambios de hábitos (“un voyeur sirve de historiador social“). No hay sorpresas; se concluye que la gente es básicamente deshonesta y sucia (literalmente) y que la mayoría de los seres humanos tiene una pobre vida sexual (si así no fuera no habría arte ni política, conjeturaba Freud). 

Se animó el diletante Foos a elaborar estadísticas sobre las frecuencias íntimas. Dedujo lo siguiente:

* “El doce por ciento de las parejas observables en el hotel son muy sexuales.
* El sesenta y dos por ciento lleva una vida sexual moderadamente activa.
* El veintidós por ciento tiene un apetito sexual bajo.
* El tres por ciento nunca tiene relaciones”.

¿UN HOMICIDIO? 

En fin, lo chocante del libro no es la narración con lujo de detalles de las habilidades de una felatriz experta sino que Foos afirma haber presenciado, además de incesto, robos y abusos, un asesinato. Y dice que él mismo lo provocó, al arrojar por el inodoro las drogas de un traficante. Creyó el delincuente que la novia le había birlado los estupefacientes y, tras una airada discusión, la ahorcó con sus manos. Cuando abandoné la torre de vigilancia la mujer estaba inconciente pero respiraba, alega Foos. A la mañana siguiente, la mucama descubrió el cadáver y Foos hizo la denuncia a la policía, sin revelar que había presenciado el homicidio. Tremendo… si es que es verdad. Décadas más tarde, Talese investigó y no descubrió rastro alguno del supuesto estrangulamiento. Se supo, sí, que hubo un crimen similar a pocos kilómetros del motel Manor House. Por detallitos como éste, la prensa anglosajona hizo pedazos al venerable escritor.

El libro, pese a todo, magnetiza los dedos, se lee casi de un tirón. Al fin y al cabo, puede decirse que todo buen lector es un redomado voyeur; nunca nos cansaremos de observar a la naturaleza humana. Muy placentero, intelectualmente hablando resulta, además, el núcleo literario: Talese tiene un talento descomunal para tornar atractivas a personas comunes y corrientes, y para entremezclar la Alta Literatura con la cultura pedestre.

Concluye El motel del voyeur con una frase redondita, perfecta. Y en las últimas páginas se ofrece una reflexión interesante. Los espiones infames de nuestro tiempo no son los maniáticos como Foos sino los medios de comunicación y los Estados, incluso los democráticos, que controlan nuestras existencias mediante miles de cámaras de seguridad, internet, tarjetas de crédito, escuchas telefónicas y todo lo demás.
Publicado en el Suplemento de Cultura de La Prensa

Calificación: Bueno

jueves, 16 de marzo de 2017

Recuerdos de la vida literaria II

Manuel Gálvez.
Taurus. Edición 2002. Memorias,791 páginas 

Si la vanidad fuese una antena, Manuel Gálvez (1882-1962) hubiese captado Radio Plutón. Es fama que el misterioso don de producir literatura, suele rebajar a los artistas (y a los que aspiran a serlo) a la condición de pedantes insufribles (e inseguros), es una suerte de enfermedad profesional; pero el narcisismo del autor de Nacha Regules superaba el promedio, era monstruoso. Quién sabe. Tal vez haya sido una compensación por su escaso talento; una forma de autoengaño para superar el hecho de que en realidad era un polemista de primera, un periodista de segunda, y un escritor de tercera o cuarta categoría. Esa jactancia con rasgos neuróticos ameniza, sin dudas, las memorias del prolífico Gálvez, sazona las páginas como si fuera una especia deliciosa. 

Los programas de chismes nos han persuadido de que los fatuos suelen ser interesantes; pero lo notable en este caso es que la petulancia también puede convertirse una cualidad literaria. Los cuatros tomos de Recuerdos de la Vida Literaria -dejémoslo claro- son muy divertidos, desopilantes por momentos. No sólo resulta conmovedora su falsa modestia sino también el intento de defender a capa y espada una obra copiosa que -¡ay!- no ha trascendido y una combativa vida pública. Causa ternura ver a un hombre famoso, atesorando y mostrándole a la gente cada una de las lisonjas recibidas en cartas y periódicos (muchas provienen de eminencias), como un chico con sus figuritas.   

Hace quince años, el sello Taurus reimprimió (en dos volúmenes) la minuciosa evocación de Gálvez de cincuenta años de vida cultural de la Argentina. Nos detendremos en el segundo libro, que incluye Entre la novela y la historia, y En el mundo de los seres reales. En el estudio preliminar, destaca Beatriz Sarlo dos dramas del proyecto novelístico de Gálvez: quiso ser nuestro Zola y nuestro Pérez Galdos primero; nuestro Graham Greene y nuestro Muriac después, pero no le dio la talla y fue más romántico que realista. En segundo lugar, fue un resentido, escribió siempre movido por la idea de que su obra no había encontrado el reconocimiento que se le debía (sobre todo entre las elites intelectuales). La prologuista le reconoce, no obstante, ‘conciencia sociológica‘, en el sentido de que se comprometió en cuerpo y alma con la profesionalización de los escritores.

VAYA TIPO

Se jacta Gálvez de haber vendido más de un millón de libros. También de haberse sacrificado de veras y como nadie por el escritor argentino. Se trabajó, no sólo una vez, la candidatura al Premio Nóbel de Literatura (“...si algún escritor hispanoamericano merecía ese premio era yo, sobre todo después de haber publicado las Escenas de la Guerra del Paraguay", escribió). Llega a sugerir que una de sus novelas indujo el suicidio de Alfonsina Storni. Afirma que ninguna obra publicada en el siglo XX ejerció tanta influencia sobre la opinión pública como su biografía de Yrigoyen (“un éxito nunca visto desde el Martín Fierro”). Añadió a las memorias un capítulo sobre las entrevistas que le hicieron (veintisiete hasta 1960); otro explica: “cómo alcancé la celebridad literaria“. No ha deseado ocultar a la posteridad lo que sus coetáneos sabían. Fue un chupacirios ñoño, al punto de modificar o suprimir escenas por los reparos de monseñor Franceschi. Pero no era un fanático; como buen ególatra juzgaba a los hombres no por su adscripción política o religiosa sino por el reconocimiento que le tributaban.

Realmente, hay aspectos muy meritorios en Recuerdos. Tiene páginas encantadoras (es lo mejor que puede decirse de su prosa), casi nunca aburre y trae un impresionante bagaje documental. Son buenos libros de historia, sobre todo de historia de las ideas. El autor narra en detalle, por ejemplo, el surgimiento y auge del fascismo criollo (nacionalismo + catolicismo político) que derivó en el golpe de 1930 y en la irrupción de Juan Perón. Gálvez, con una insoportable pose de superioridad moral (como los progresistas de hoy en día) fue un entusiasta militante de la causa antirrepublicana, antiliberal y antiestadounidense. Causa perplejidad ver como la Argentina va abandonando, paso a paso, el credo de Sarmiento, el de la masonería de los Ochenta, que había colocado a este paupérrimo arrabal del mundo a las puertas del desarrollo. Fue una tragedia. Hoy, con la educación pública destruida por los demagogos y la humillante decadencia económica, creo que no somos pocos lo que nos preguntamos que habría sido de nosotros si a la Edad de Oro no la hubiesen decapitado… 

Volviendo a los recuerdos de Gálvez, hay que resaltar que el lector interesado en el pasado hallará decenas de retratos interesantes, como el de Leopoldo Lugones, adversario encarnizado de nuestro auténtico mediocre (pero entrañable). Hay centenares de anécdotas sabrosas, hay un muestrario muy bien surtido de las mezquindades de los intelectuales. Descubrimos, por citar un caso entre muchos, que Victoria Ocampo era una esnob, que una noche del PEN prefirió al nazi Drieu La Rochelle por sobre los novelistas judíos de Polonia. Tramos muy seductores son, asimismo, las peripecias de Gálvez con los traductores, editores y librerías; el capítulo “Los que no quisieron vivir” (escritores/as suicidas); las luchas políticas-literarias en la SADE izquierdista y en la ADEA de Perón… Es opinión compartida que éste son los mejores libros de Gálvez (le dedicó sus últimos años), los que se leen con mayor placer y provecho. “Incomparable panorama de la vida literaria de la primera mitad del siglo XX”, dictaminó César Aira en su formidable diccionario.

Un último pormenor significativo. Gálvez nombra sólo cuatro veces, y al pasar, a Jorge Luis Borges. Pero lo aguijonea con indirectas venenosas y estúpidas:

"Los libros argentinos no se venden porque existe un divorcio absoluto entre el lector y el público. En su casi totalidad, los libros argentinos son colecciones de versos, o pseudoversos, que nadie entiende; cuentos, género literario que en ninguna parte del mundo tiene público; o ensayos, escritos en prosa difícil, sobre extranjeros que, como Kafka, sólo agradan a una minoría".

 El desdén era mutuo. En los diarios de Bioy Casares, el mejor de nuestros escritores se mofa de la grandilocuencia y de una estrofa desdichada de Gálvez. El miércoles 5 de septiembre de 1979, Borges dijo: 

“No estoy muy inventivo. El nivel de Manuel Gálvez, más o menos”.

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno