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lunes, 19 de febrero de 2024

Si te dicen que caí


Antes de que un hatajo de franceses ingeniosos y sin talento rebajaran el texto hasta lo insustancial, la novela de la Europa continental era una formidable maquinaria poética y filosófica que aspiraba a explorar el alma del mundo, de una época o de una comunidad, y los pliegues del alma individual. Ambición no faltaba. Incluso se experimentaba con la forma, en una especie literaria que se ha caracterizado, justamente, por su constante mutación, desde que un caballero de triste figura saliera a fatigar los caminos de La Mancha.

Buenas novelas oceánicas se siguen escribiendo, claro está. Allí están Michel Houllebecq y Mircea Cartarescu para atestiguarlo. Pero son cada vez más raras en el Viejo Continente. Ni hablar en la Argentina, donde el compromiso por un proyecto artístico brilla por su ausencia y donde un literato eminente, incluso, ha desarrollado una teoría ad hoc para justificar la novelita infinitesimal -liviana como una pluma- en nombre de "la dicha de la pincelada y de la escena", "de la felicidad del instante". El realismo pesado (en el buen sentido del término), la arquitectura compleja, la profundidad psicológica, la exuberancia verbal parecen fósiles, como el sombrero con plumas de avestruz de la tía Olga o el silencio de esa habitación en que una persona se sienta en su sillón favorito para leer un libro de más quinientas páginas.

Aquellos que aborrecemos la moda de lo fútil y nos gustan los escritores que se toman su papel en serio tenemos todo el pasado por delante, a Dios gracias. Se cumplieron en 2023 cincuenta años desde que Juan Marsé (Barcelona 1933-2020) presentará en un concurso literario de México un manuscrito que a la sazón se convertiría en una obra maestra de la literatura española contemporánea. Leer hoy Si te dicen que caí (Club Bruguera, 290 páginas) es una experiencia extraordinaria y muy placentera, claro, si usted no es un lector con prisas.

AÑOS TREMEBUNDOS


Marsé nos lleva a la Barcelona de 1944 ("el año del trigo argentino"). A una sociedad oprimida por la miseria moral y material, por la arrogancia y la brutalidad de los triunfadores de la guerra civil, y por el rencor de los vencidos. Es un ajuste de cuentas con su infancia; una colección de historias en primera persona, pero desde un yo plural (va alternado las tramas, pero sin aviso tipográfico). El núcleo incandescente es el asesinato de una prostituta rubia, un hecho que lo conmovió de pequeño y que aparece de manera recurrente en su vasta obra.

Los protagonistas son niños y adolescentes. Granujas que sobreviven aprovechando hasta la última migaja. Hace ochenta años, en El Guinardó (barrio desaparecido de Barcelona) se comían gatos y se reciclaban los condones usados, pero -al decir del autor- "nunca volvió a reír la primavera como entonces, nunca". La pandilla se reúne en la trapería de Daniel Javaloyes, Java para los amigotes. Cuentan historias, buscan tesoros entre los escombros y juegan al doctor con huerfanitas.

Java remueve cielo y tierra para encontrar a una furcia roja, Ramona o Aurora Nin, con quien había tenido sexo para complacer a Conrado, un alférez paralítico y mirón. Tiene sus razones secretas para hallarla, además del dinero que le promete una mujer rica deseosa de venganza.

Otro hilo narrativo lo transita la diezmada resistencia anarco-comunista. Son un puñado de perdedores, forjados en cien batallas, viviendo en una clandestinidad sin fin, devenidos en terroristas, atracadores y estafadores. Acecha entre las sombras un peligro para los chicos, el tuerto 'Flecha Negra', "sirviente de la Patria amanecida", con la excusa que recluta voluntarios para los campamentos juveniles de la Falange.

En rigor, todo el libro es una colosal rememoración a partir de la llegada de un cadáver a una sala de autopsias del Hospital. El ayudante de una monja conoce al muerto. O lo conoció hace treinta años, mejor dicho.

LOS AVENTIS


Para tejer los laberintos de la memoria, el novelista catalán emplea un procedimiento muy eficaz: "los aventis" de Sarnita, uno de los perdularios de la barra del Java. Son relatos construidos con desechos por un niño, supuestamente testigo pero que mayormente habla de oídas. Incluye rumores, confidencias, confesiones y ficciones. Hay saltos temporales y el sentido se va armando de a poco. Es una lectura exigente en forma y contenido porque se trata de una obra magnífica. Una segunda lectura de algunos pasajes, incluso, podría ser recomendable. En verdad, al final de la novela el lector se sentirá exhausto pero recompensado. Todos los puntos se unen.

Si te dicen que caí ha envejecido muy bien. Qué envidia. Por cierto, hay una versión cinematográfica de la obra más rica de Juan Marsé. Dicen que la empobrece.
Guillermo Belcore

Calificacion: Excelente

lunes, 11 de mayo de 2020

Las Geórgicas

Claude Simon

Seix Barral, Edición 1985, 268 páginas. Traducción: J. Escué Porta.

Aquí está de nuevo, delante de nuestros ojos azorados, acaba de despertarse con su tremenda desmesura y su pesado humor. Viene a cobrar a las gentes, como siempre, un tributo de dolor y muerte (desde Wuhan al Chaco). El nombre del monstruo es Historia:

"...tiempo a la vez estático y desbocado, que gira sobre sí mismo, sin adelantar, con bruscos retrocesos, imprevisibles rodeos, errando sin objeto, arrastrando todo cuanto se halle al alcance de esa especie de remolino.'' 

El remolino de la Historia es, justamente, la protagonista de una extraordinaria novela escrita hace cuarenta años, no muy conocida, que hoy deseamos recomendar para aliviar con buena lectura un confinamiento que no debería haberse eternizado. Hablamos de Las Geórgicas, obra maestra del francés Claude Simon (1913-2004), Premio Nobel de Literatura 1985.

La crítica erudita define a Simon como una de las plumas más relevantes de la llamada Nouveau roman (Nueva novela), la última vanguardia provechosa de Francia, en la opinión del crítico Octavi Marti. Un grupo de intrépidos innovadores -capitaneados por Alain Robbe-Grillet- maquinó prescindir del argumento, los personajes, el tiempo lineal, las tradiciones de ese insuperable artefacto artístico llamado novela. El resultado fue desigual y ha dejado discípulos muy menores, pero también engendró una sublime exhibición de estilo con una gran densidad poética, filosófica e histórica. Nos referimos, claro, a Las Geórgicas.

TRES MOMENTOS CLAVE


Basado en su experiencia personal y en la montaña de papeles que encontró de un antepasado, Claude Simon une (¡incluso dentro de un mismo párrafo!) tres momentos históricos trascendentes: la Revolución Francesa, la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial.

Combina el libro pues -con exquisita maestría- la participación del autor en dos conflictos armados con técnicas de diferentes artes. El literato fue uno de esos jóvenes idealistas que viajaron a España para defender a la República de Francisco Franco. No obstante, en 1937 se topó en Barcelona con la naturaleza criminal del estalinismo. Tres años después, integró un regimiento de caballería en el frente del Mosa (¡jinetes vs. Panzers y Stukas!); fue capturado por los alemanes y confinado a un campo de concentración, pero escapó al poco tiempo. Se afincó en el sur de Francia. Se convirtió en vitivinicultor. Antes de dedicarse de lleno a la literatura, se aficionó a la pintura (estudió con André Lhote) y a la fotografía. En la década del ochenta, aunque tenía dieciséis libros publicados, este caballero rural era poco apreciado en su país. Las Geórgicas fue el fruto de un talento maduro y original, con tendencia a lo autobiográfico. La cumbre de un ciclo vital. La consagración llegó con el Nobel cinco años después.

Como Guimaraes Rosa, Benet y Joyce, ha edificado Claude Simon una catedral de palabras. Hay pasajes de intensa belleza, pero la potencia estética opera fundamentalmente por adición, es decir por la exuberancia verbal de la novela (el barroco nunca pasará de moda, porque como ha establecido Heidegger, el lenguaje es la casa del ser).

El autor despliega dos artilugios que rompen el molde. En primer lugar, un descripcionismo desatado. El propio Simon ha explicado que su intención ha sido llevar el extremo uno de los procedimientos emblemáticos de Balzac. La escritura se abisma en mil descripciones líricas, cargadas de colores, tonos, luces, sombras, sonidos, texturas y olores (por lo general desagradables, es una novela de gente roñosa). Todo se describe de modo fragmentario, desde una bandada de estorninos hasta la trincheras republicanas en el Frente de Aragón. Emplea la sinestesia y la écfrasis como herramientas destacadas.

La otra fórmula novedosa que aplica el autor es la yuxtaposición temporal, a lo Faulkner pero mucho más exigente. La primera de las cinco partes del libro plantea un formidable desafío al lector: saltamos, a veces sin siquiera una advertencia tipográfica, de un tiempo a otro, de las conquistas napoleónicas de Italia, a la desbandada del Ejército francés en mayo de 1940 y de ahí a la Barcelona bajo fuego, luego a una sala de ópera, volvemos a los despachos enloquecidos del Comité de Salvación Pública, y así por sesenta páginas. ¿Quiere decirnos monsieur Simon que la guerra es siempre la misma, que lo seres humanos somos meras hojas de árbol, inermes y trágicos, a merced de esa fuerza de la naturaleza llamada Historia?

El segundo capítulo, más normal, nos lleva al norte de Francia, tres meses antes de que los tanques de Schneller Heinz Guderian irrumpieran por las Ardenas. Vemos a un cuerpo de caballería a quince grados bajo cero. Un ejército de aficionados y de esclavos. Las tropas se alimentan con ``cosas increíblemente infectas (los cuartos de buey congelados diez años atrás en Argentina fechados con un sello violeta en su grasa amarilla, al arroz pegajoso)''. Hay cierta poética en la descripción obsesiva de un frío inimaginable para un sudamericano. El escritor, que estuvo allí, quiere ajustar cuentas con el derrotismo de 1940, la inepcia de los militares y los políticos de París que entregaron el país (y a casi toda Europa) a los nazis.

La tercera parte se ocupa de la familia de Simon. La muerte de la abuela y la iniciación cinematográfica del autor. La subasta de los bienes. Son los herederos de ese coloso de la pequeña nobleza rural (un castillejo y pocas hectáreas) que cambió de bando durante la toma de la Bastilla para convertirse en regicida, diputado de la Montaña, general de artillería de Napoleón, embajador en Nápoles, su Excelencia (y cuyas cartas, informes, hojas de ruta, albaranes de aprovisionamientos, facturas de joyeros, movimientos de tropas, discursos, decretos de la Convención, instrucciones a la administradora Batti, informes sobre inspecciones de baterías, de plazas fuertes, de potencia de fuego enemigas, direcciones al Emperador, relaciones de viajes, consejos para el cultivo de la papa, propuestas de ascensos, de condecoraciones, notas personales, etc. se intercalan a lo largo de todo el libro). Se esboza un misterio familiar de casi doscientos años que se dilucidará en el quinto tramo de la novela dedicado justamente al general republicano.

Es posible que la cuarta parte de Las Geórgicas sea una de las más brillantes manifestaciones de intertextualidad del siglo XX. Retornamos a la Barcelona de la guerra civil dentro de la Guerra Civil Española. Los títeres del ex seminarista con rostro de acero se han abocado a exterminar a otras sectas filosóficas, como el anarquismo y el POUM. Claude Simon lo vio con sus propios ojos. Narra las peripecias de un inglés llamado O:

``...arrojado a (sumido en) algo para lo cual no lo habrán preparado ni los libros ni lo que ha podido aprender por su cuenta en el transcurso de sus años de servicio en la policía, en los miserables barrios del East End, ni durante la época en que se gano la vida fregando platos, o sea un mundo en el que están arraigados desde siempre la violencia, la rapiña y el asesinato, y no de modo más o menos esporádico, más o menos hipócrita, relativamente codificados, sino sin tapujos, sin frenos sin siquiera esas convenciones que distinguen los tramposos pugilatos en medio del barro de simples matanzas entre tribus vecinas, o mejor aún del simple aplastamiento del más débil por el más fuerte...''.

Ese inglés cándido era naturalmente George Orwell. Sí señor, Claude Simon tenía algo que decir (unas cincuenta páginas) sobre un libro famoso, Homenaje a Cataluña.

Es preciso el retrato de los verdugos rojos, vampiros en la noche ("bien alimentados, con sus ojos semejantes a agua sucia, pinta taimada y arrogante ignominia'') y de los más educados y discretos agentes de Stalin, los que mueven los hilos tras las bambalinas, como nuestro Victorio Codovilla. En la página 260, establece que el revolucionario es una "una malformación de la Historia, que la Historia misma se encarga de corregir por sí sola''. Y más adelante reivindica elípticamente la democracia liberal (hoy otra vez en riesgo), donde una persona puede "...dormir, hasta en un mero tugurio, sabiendo que sólo lo sacará de la cama el timbre del despertador y no los culatazos de los fusiles o las pistolas aporreando brutalmente la puerta a la madrugada''...

Para redondear, estamos ante de una las mejores novelas del siglo XX. No es, insistimos, para lectores distraídos o con prisas. Es difícil -pero no inaccesible- porque es excelente. Uno llega a la última página, tarde lo que tarde, convencido de que ha gozado de una inusual experiencia de lectura.
Guillermo Belcore

Calificación: Excelente

viernes, 14 de abril de 2017

La Guerra Civil Española

Una guerra civil no es una guerra, sino una enfermedad.
Antoine de Saint Exupéry

En un artículo firmado en 1937, George Orwell pronosticaba que la Guerra Civil Española acabaría en tablas. Como ocurrió décadas después en Corea o Vietnam, la Madre Patria se encaminaba a partirse en dos pedazos irreconciliables, uno bajo la órbita soviética, el otro del nazi fascismo, con fronteras estables por años. Esa era la visión en caliente de uno de los más lúcidos pensadores del siglo XX, que incluso fue a combatir a Cataluña por la causa de la libertad pero se curó, para siempre, de simpatías comunistas, al comprobar que los esbirros de Stalin eran tan sanguinarios y tan poco proclives a compartir el poder como los militares franquistas. La paridad militar parecía inamovible por entonces. Pero los republicanos decidieron suicidarse… lanzaron una tras otra desastrosas ofensivas frontales -inspiradas en manuales avejentados y algunas por razones propagandísticas- hasta quedarse sin recursos quince meses después: Segovia, Brunete, Belchite, Teruel, Ebro…  

Que el general Francisco Franco y sus valedores alemanes e italianos no ganaron por si sólos la Guerra Civil Española, fueron los jefes militares republicanos quienes la perdieron (sobre todo los comunistas con sus incompetentes asesores rusos), desperdiciando miserablemente el valor y el sacrificio de sus tropas, es una de las conclusiones fundamentales de un ensayo que este blog desea recomendar a viva voz. 

Su autor colgó el uniforme del undécimo regimiento de Husares de la Gran Bretaña, para redactar algunos de los libros esenciales de la Segunda Guerra Mundial, como Stalingrado o Berlín, La Caída. Antes de ellos, Antony Beevor (1946) compuso un monumental estudio sobre el conflicto que desangró a España por cuatro años (y la arruinó por cuatro décadas). La primera edición en inglés data de 1982. Pasó sin pena ni gloria. Beevor la engordó y rehizo a comienzos del siglo XXI, aprovechando el material que encontró en archivos alemanes y rusos, recientemente desclasificados. El sello Crítica la trajo a la Argentina en 2015 y hoy se ofrece en mesas de saldos. Si le interesa el tema y tiene un dinerillo para gastar, deje lo que está haciendo y corra a comprarla. Es un ensayo tan ameno como esclarecedor.

En la opinión de quien esto escribe, Beevor ha cumplido tres condiciones básicas que caben esperar de un libro con tan elogiable ambición: comprende los sentimientos de los dos bandos, salda hipótesis previas y amplía las fronteras de lo que sabíamos sobre la guerra civil. Naturalmente, sus simpatías se inclinan hacia al lado republicano, pero no deja dudas respecto de que la izquierda española fue tan poco respetuosa de la democracia, el imperio de la ley y los derechos humanos como lo fueron los derechistas. No obstante, las diferencias cuantitativas son relevantes. El autor cifra en 38.000 el número de muertos por el terror rojo (entre ellos trece obispos). A la represión nacional le atribuye, entre otras iniquidades, 250.000 vidas.

Confirma Beevor que los mejores panoramas de la guerra civil española lo han esculpido hispanistas ingleses. Es un dignísimo continuador de Hugh Tomas o Paul Preston (aunque algunos descuidos puntuales han encontrado lectores españoles). Su especialidad -la historia militar- permite comprender las miserias y grandezas de las campañas, los combates, las estrategias en juego y en pugna, los ejércitos formales e informales enfrentados. Da la impresión, por otra parte, que comete el mismo error que condenó a enemigos e historiadores adversos de Franco: subestimar al Generalísimo bajito, casi lampiño, regordete, ignorante, con voz de falsete, (‘Paca la culona’, según Queipo del Llano, el virrey de Sevilla). Hay que reconocer que hasta el diablo debe envidiar la astucia política de aquella quintaesencia de lo peor de la galleguidad. Franco, que gustaba firmar las sentencias de muerte después de almorzar tomando café, los venció a todos: a Stalin, Mussolini, Churchill y Hitler, incluso. Perón terminó comiendo de su mano. Estas dotes de estadista maquiavélico -que logró atrasar el reloj de la Historia siglos incluso- no implica que para su pueblo haya sido un benefactor. Represión al margen (que no es un dato menor) es probable que la sólo la Rumania de Ceaucescu haya igualado la corrupción, estupidez y despilfarro de la España franquista.

Fiel a aquella premisa histórica informal pero importante que dice que nada es inevitable excepto lo que uno cavila en su interior, Beevor cierra el libro planteando un contrafactual. ¿Qué habría salido de una victoria republicana? Un gobierno democrático seguramente en 1948 habría recibido la ayuda decisiva del Plan Marshall y hubiera prosperado en el seno de la Unión Europea. Pero una España satélite de Moscú hubiera quedado confinada hasta 1989 en una postración parecida a las de democracias populares de Europa oriental. Coincidimos sin reparos con esta hipótesis. Al fin y al cabo, tanto el bolchevismo como el nazifascismo fueron las lacras del siglo XX. Una maldad sin sentido.
Guillermo Belcore


Calificación: Excelente




miércoles, 14 de septiembre de 2011

El antimonio

Proyecto Diez Mil Cuentos

Argumento número catorce

El antimonio
Leonardo Sciascia. Los tíos de Sicilia, Bruguera, edición 1983.

Para huir del infierno de las minas de azufre y la pobreza, un joven se enroló en el Corpo Truppe Volontaire. Peleó en Málaga, Cadiz, Guadalajara, Santander, Belchite y Teruel. Alegró sus días un amigo, Ventura, que había ido la guerra con el propósito de buscar a los estadounidenses de las Brigadas Internacionales y así poder retornar a Nueva York a trabajar como ganster. El muchacho descubrió que no era un caso aislado, con la excepción de un puñado de fascistas incondicionales, la mayoría de los italianos fue a España por la paga; peor que la bala es el desempleo. Le causaron asco los crímenes de La Falange y de los moros, pero admiró a los valientes (el pueblo español es el que tiene más dignidad en el mundo frente a la muerte). El generalísimo Franco, siempre con ese aspecto del hombre que acaba de rezar en un reclinatorio de terciopelo, no le causó buena impresión, tampoco los anarquistas. Se volvió sabio. Tuvo la espantosa revelación de haber ido a España a luchar contra su esperanza, contra la esperanza de millones como él. La guerra civil, que nunca es tan estupida como una guerra entre naciones, se libraba entre los señoritos, los curas y los esbirros, por un lado, y los campesinos, mineros y desperados por el otro. En Teruel perdió un mano y, por fin, lo enviaron a casa. Era un héroe de guerra, con una buena pensión. En Sicilia no le creyeron que los italianos luchaban a favor de los ricos. El régimen lo premió con un empleo como preceptor de escuela. El pidió irse a una gran ciudad. "Para ver cosas nuevas", dijo al soprendido secretario del fascio de su pueblo.

PD: Los amigos y las amigas de este blog, que por cierto son muchos, saben que soy un lector ferviente de Leonardo Sciascia. Esa urgencia por opinar sobre todo, por reinterpretar la Historia nunca deja de ser esclarecedora. El cuento que aquí resumo ocupa unas ochenta páginas, nada menos. Quiso darle una voz, una cara, una conciencia al italiano pobre que Mussolini envió a luchar contra el español menesteroso. Semejante ambición, me resulta admirable. Senti al reelerlo el mismo intenso placer que la primera vez.

domingo, 9 de enero de 2011

Mussolini secreto

Los diarios de Claretta Petacci, 1932-1938
Editorial Crítica. 478 páginas. Edición 2010.

``Todos los hombres engañan a sus mujeres, hasta los mancebos de barbería. Todos, y sin motivo, sin justificación. Yo por lo menos tengo una justificación''.

``La guerra es horrible, pero hay que hacerla... el hombre nació para la guerra como la mujer nació para la maternidad''.


``Los ingleses son un pueblo que piensa con el culo, no admiten una supremacía''.


``Los grandes hombres son más odiados que amados, porque nadie quiere reconocer que es inferior a ellos''.
Benito Mussolini

En 2015 será esclarecido otro enigma de la Segunda Guerra Mundial. ¿Claretta Petacci fue reclutada por el servicio de inteligencia británico? ¿Usó Benito Mussolini a su amante favorita para mantener un canal abierto con Churchill hasta último momento? En cuatro años, se levantará por completo la férrea y sugestiva censura de siete décadas que impuso el estado italiano a los diarios de Claretta. Hasta entonces podremos disfrutar sólo de la primera parte de los mismos. Abarcan desde 1932 hasta 1938 y ofrecen un retrato minucioso del apogeo del fascismo y de El Duce en pantuflas, por así decirlo.

Los diarios tienen pasajes francamente cómicos. Que un autócrata de 53 años -uno de los hombres más poderosos del mundo- se hinque de rodillas ante su querida para suplicarle perdón tras haberlo sorprendido in fraganti con una de sus mil amantes ocasionales no puede sino provocar risa. Claretta satisfizo tanto las desaforadas apetencias carnales de Mussolini como su necesidad de amor romántico y evasión trivial. La chica, de veintipocos años, enfermaba de celos. Obligaba a su Benito a llamarla por teléfono hasta doce veces por día.


El aficionado a la Historia sabrá apreciar el volumen del sello Crítica. Revela el fastidio de Mussolini con Franco, su odio al pueblo francés y su visceral antisemitismo. La crónica íntima no sólo está repleta de escenitas grotescas, también esboza una coherente y malvada visión del mundo. Es rico, además, en pormenores de episodios tan trascendentales como el Anschluss o la Conferencia de Munich. Claretta era una grafómana, o una bien espía concienzuda. Si por un lado se humaniza al dictador (como cuando se queja de la esposa o come mandarinas o mira dibujitos animados) por otro lado se nos recuerda página tras página que una dictadura es fuente inagotable de muerte, destrucción y arbitrariedad. Aun en la dulce Italia.
Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Muy bueno

PD: La democracia, tan denostada siempre, es una magnífica convención inventada por los griegos para resolver uno de los principales problemas que aquejan a las sociedades, el problema de la tiranía. Todos los otros entuertos se van solucionando, en democracia, con distintas herramientas políticas o económicas. Una dictadura implica, por ejemplo, que si al dictador no le gusta, digamos, una obra de teatro, esa obra desaparece de cartelera. Si un día el tirano decide que la Nación necesita un Imperio -como Mussolini en los treinta- entonces miles de jóvenes morirán impunemente en los páramos de Etiopía o de Libia. O en las Malvinas, por caso.

miércoles, 20 de febrero de 2008

Orwell en España


George Orwell­
Tusquets - Autobiografía, 460 páginas

Se ha sentenciado que George Orwell (Eric Arthur Blair 1903-1950) encarnó la conciencia moral del siglo XX. No sólo conjugó como nadie literatura y política, el imperativo de entreguerras, sino que profetizó con pasmosa clarividencia lo que los regímenes totalitarios son capaces de hacer a la persona. No por nada, MacLuhan llamaba a los artistas “las antenas de nuestra especie”.
Tres son los títulos fundamentales de Orwell: Rebelión en la Granja, 1984, y Homenaje a Cataluña. El sello Tusquets ofrece a los lectores este último, en un volumen que es una verdadera joya, pues incluye también otros escritos vinculados con la guerra civil española, seleccionados de los veinte tomos de la obra completa del escritor inglés. Un prólogo excelente situará al lector en esa época tumultuosa en la cual tantos intelectuales sintieron -como en el verso de Auden- que “la acción era urgente y clara su naturaleza”.
El propio Orwell es el protagonista primordial de Homenaje a Cataluña, una delicada alquimia entre la autobiografía, el relato bélico y la literatura de viajes. Es también una travesía desde la inocencia libertaria a la desilusión ideológica. Nuestro héroe llegó a Barcelona el día después de Navidad de 1936. Partió al frente de batalla de Aragón y malvivió en repugnantes trincheras, desafiando las balas franquistas. Tres meses después recibió un merecido descanso, pero no encontró la paz en la Ciudad Condal. Allí descubrió cómo se resuelven entre los comunistas una diferencia de opinión. Esa epifanía marcó a sangre y fuego sus posteriores escritos.
La prosa de Orwell es tan certera y transparente como las ideas que defiende. ¿Qué más puede pedirse a un libro?­

Guillermo Belcore­

­CALIFICACION: Muy bueno
PD: Podés leer una crítica excelente en http://librosylecturas.blogspot.com/2007/01/george-orwell.html