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lunes, 8 de junio de 2026

La llama inmortal de Stephen Crane


Hasta fines de la década pasada, la crítica rigurosa podría haber catalogado a
Paul Auster (Newark, 1947 - Nueva York, 2024) como un escritor entretenido del pelotón del medio. Pero en 2017 entregó a la imprenta 4321, una novela sublime de casi mil páginas, compuesta en clave tolstoiana, aunque con una singular arquitectura narrativa que incluye cuatro universos paralelos. Cuatro años más tarde, Auster publicó otra producción oceánica que nos vuelve a dejar con la boca abierta de admiración. Aquí venimos a recomendar La llama inmortal de Stephen Crane (Seix Barral, 1.040 páginas).

Se trata de una minuciosa biografía de un meteoro literario que cruzó los cielos de Estados Unidos a fines del siglo XIX. El fenómeno se apagó muy pronto: Crane murió de tuberculosis y arruinado a los 28 años. El añoso escritor, maravillado por el genio de un autor joven, lo cubre de alabanzas. Lo llama “el primer modernista norteamericano”, creador del “estilo cinemático antes de la invención del cinematógrafo”, autor de “la primera novela posmoderna de la que se tenga registro”, precursor “del mismo efecto distanciador que encontramos en las obras primerizas de Joyce y Hemingway”, e incluso lo eleva al Olimpo: habría sido “la respuesta del Nuevo Continente a Shelley y Keats, a Schubert y Mozart”. A 120 años de su muerte, la llama de Stephen Crane sigue ardiendo, intenta persuadirnos Auster. ¿Exagera? Ya veremos.

Digamos que el libro es extraordinario y seductor no solo por la investigación académica y la crítica literaria, sino porque reconstruye el paisaje de la costa este de Estados Unidos tal como aparecía entre 1871 y 1900. Prácticamente, Auster no ha dejado nada afuera. Hizo un análisis meticuloso de las cartas y de cada uno de los escritos de Crane -hay que ser muy paciente para leerlos todos-, sean novelas, crónicas periodísticas, relatos y poemas, y de los testimonios de terceros. Nos lleva a los arduos escenarios que fatigó un escritor que se ganaba el mendrugo de pan como periodista (vivió endeudado hasta el cuello): los bajos fondos de Nueva York y la Ciudad de México, un naufragio en Florida, la guerra hispanoestadounidense por Cuba, la guerra por la independencia de Grecia, la cofradía de literatos americanos en el Reino Unido (Crane fue amigo de Conrad, Wells y James). Incluso se entromete con esa gran ausente en el fondo de casi toda biografía: la sexualidad.

Una de las conclusiones de Auster debería ser tomada en cuenta por todo aquel que se lanza a comentar un libro (o para hablar del Indio Solari, llegado el caso):

“El hombre y el artista no son la misma persona aun cuando habiten el mismo cuerpo”.

Así pues, estamos aquí ante una experiencia híbrida (mitad ensayo, mitad literatura) de tono torrencial, aunque precisa en los datos. “Solo lo exhaustivo es interesante”, estableció Thomas Mann.

Ahora bien, la pregunta ineludible es: ¿Fue realmente Crane alguien tan importante en términos artísticos como para merecer semejante acto de amor?

Responde, de manera indirecta, el propio Paul Auster:

“...una historia sobre algo insignificante puede estar impulsada por una oleada de frases tan maravillosamente construidas que al leerlas uno se queda estupefacto de placer, lo mismo que al oír a un cantante que a pleno pulmón ejecuta de forma impecable un aria por demás ramplona”.

Es decir, en el universo de la Alta Literatura el factor decisivo no es el qué (el tema), sino el cómo (la manera de escribirlo). Es un ejercicio de estilo más que de sustancia, dicho de otro modo. Concordamos con el dictum.

¿Y qué decir de este otro párrafo indiscutible de Auster?:

“Escribir bien es ser inconfundible. Todo lo relacionado con la literatura representa un gran esfuerzo. En el arte no hay nada que respetar salvo la propia opinión”.

El mensaje de este artículo es que Auster ha dejado a la posteridad, al menos, dos obras imprescindibles para el lector exigente. La llama inmortal de Stephen Crane es una de ellas. Podríamos ubicarla en un estante con muchos lugares vacíos: Mitologías Literarias.

“La biografía se lee, por momentos, como si Crane fuera un personaje nacido de la propia imaginación de Auster”, ha sentenciado con absoluta precisión el avispado autor de la reseña de la contratapa.

Guillermo Belcore

Calificación: Excelente



lunes, 27 de abril de 2026

Hipervínculos


Nacimos en un andurrial del mundo: el Extremo Occidente, según la visión del profesor Samuel Huntington. La Provindencia nos condenó a la frustración económica y la bobería política, estamos tentados de pensar. Pero algunas almas sensibles se han revelado contra la mediocridad provinciana que inevitablemente causa el aislamiento y el subdesarrollo. Su Acto como Proyecto -en el sentido sartreano- es el del titán Atlas: cargar el mundo sobre sus espaldas. Como alguna vez conjeturó Borges, el derecho del intelectual argentino es asimilar y procesar un aluvión de culturas foráneas para crear arte y comentario desde nuestra peculiar cosmovisión, sin la fastidiosa carga del color local. A la estirpe dorada de los universalistas, pertenece el librero y escritor Danilo Albero.

Durante años y con la dedicación amorosa del orfebre, Albero escribió notas semanales en su página web. Las mejores fueron reunidas en un libro que aquí venimos a recomendar. Hipervínculos (Editorial Hugo Benjamín 255 páginas) es una fiesta de erudición y belleza.

El título, desde ya, invoca el nexo -resaltado o subrayado en azul- que en la Internet nos remite a otros datos. Al Señor Albero le encanta unir puntos, cruzar fronteras, explorar tradiciones, deconstruir influencias, saltar de una expresión artística a otra (de la literatura a la fotografía, a la historieta, a la pintura, al cine, a la música...) “de manera azarosa como el fluir de la conciencia de Joyce”, explica en una especie de autopresentación. El procedimiento narrativo tiene esa virtud, como enseñó Stevenson, sin la cual todas las demas son inútiles: el encanto.


La erótica de la obra proviene de cuatro diosas que soplan al oído de Albero:

a) Didáctica: Cada uno de los textos deja algo al lector curioso. El autor es un virtuoso de la cita y de la anécdota; un estudioso del diccionario y la enciclopedia. Obra también como maestro de lecturas y cicerone de museos.

b) Filología: Albero se mueve como pez en el agua en el universo de los significados y la musicalidad de las palabras. Es una de esas personas a las que conmueven los vocablos raros y escogidos; los arcaísmos y los neologismos como “nomofobia”, el miedo irracional a estar sin el teléfono móvil, sin conexión a internet o sin carga de batería. Naturalmente la etimología es otra de sus pasiones.

c) Elegancia: Siempre algo de la prosa hay que decir. La escritura de Alberto combina claridad con finura. La forma está a la altura del contenido.

d) Pertinencia: La temática de libro aborda cuestiones trascendentes como los efectos de la cuarentena interminable por el covid, las fuentes de insipiración del escritor o la posverdad (existen cinco clases de fakes news al parecer: mentira pura, mentira por la estructura, furia selectiva, apelación emotiva, retractación oculta). Pero también se salpimenta con comentarios sobre asuntos de bajo calado como la preparación del Dry Martini en Estados Unidos o las parafilias de grandes escritores, caso el fetichismo de José Mármol con los pies. Muy interesantes, además, son las evocación de diálogos del autor con Fogwill y María Kodama.  
   

EL HILO DORADO


Si hay un hilo dorado que caracteriza al libro es el gusto del autor por los clásicos, un concepto artístico que empuña de una manera muy amplia, desde Homero hasta Ian Fleming. Nos regala, incluso una bellísima definición de Italo Calvino: 

”...clásico es el libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”.

La obra, finalmente, es un bálsamo por dos razones. En primer lugar, por la colosal cantidad de conocimientos que pone en juego, justamente en una era en la que la norma camina por la vereda de enfrente: la de la superficialidad, la ignorancia celebrada y lo inane. En segundo lugar, Albero presenta batalla a ciertas pestes contemporáneas que tantas obras y personalidades valiosas han estragado, como la corrección política o las denuncias alocadas de apropiación cultural.

Volvamos al principio. En el prólogo, Vicente Battista, define a Danilo Albero como una Rara Avis y lo emparenta con Sarmiento, Macedonio, Cortazar, Borges y Bioy. La estirpe, como decíamos, de aquellos creadores argentinos a los que nada de la excelencia occidental les resulta ajeno.

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

viernes, 3 de abril de 2026

El erizo y el zorro



Básicamente, hay dos clases de intelectuales: los erizos y los zorros.
Los primeros son monistas; explican toda la realidad con un único sistema. Los segundos son pluralistas, escépticos, admiten los límites de la comprensión humana. El campeón de los erizos es Karl Marx, pero también Dante, Platón, Lucrecio, Pascal, Hegel, Dostoievski, Nietzsche y Proust pertenecen a esa categoría. Por el contrario, Heródoto, Montaigne, Erasmo, Moliere, Goethe, Balzac son zorros.


El autor de tan elegante y precisa clasificación es un zorro de 50 kilates. Su nombre, Isaiah Berlin (1909–1997), “influyente filósofo británico e historiador de las ideas, reconocido como fundador de la historia intelectual moderna y defensor del liberalismo”, según describe la Enciclopedia Británica.


Berlin incluyó la antinomia en un genial estudio sobre la concepción de la historia de Lev Nikoláievich Tolstoi, publicado por primera vez en 1951 en una oscura revista de estudios eslavos y desde entonces reimpreso como ensayo, admirado por erúditos y público en general, y debatido hasta el tuétano en todos los centros de cultura occidentales. Es el libro que aquí venimos a recomendar.


Hemos tenido la fortuna de leerlo en portugués (O ouriço e a raposa, Editorial Civilización Brasileira, 188 páginas). La cuidada edición brasileña incluye, entre otras gemas, un prólogo de Michael Ignatieff, destacado historiador y expolítico canadiense, reconocido sobre todo por ser el biógrafo autorizado de Berlin. Las versiones en español del encantador ensayo se consiguen fácilmente.


Usted se preguntará de dónde ha sacado Berlín la idea de esos dos animalitos. De un fragmento de un poema del griego Arquíloco (680 aC-645 aC) que dice así: 

“Un zorro sabe muchas cosas, pero el erizo sabe sólo una gran cosa”. 

El verdadero significado del verso ha sido también motivo de intenso debate, incluso -se explica en la edición brasileña- podría tener un matiz sexual (sería la respuesta de una dama que intentaba ser seducida hace unos 2.600 años).

Volviendo al libro, la tesis de Berlin es que el gran Tolstoi fue por temperamento un erizo, pero su razón lo empujaba a escribir y actuar como un zorro. Es decir, tuvo un ardoroso deseo de una visión monista, pero siempre se detuvo, con prudencia, en los lindes de la Tierra Prometida. Como tantos de sus semejantes infelices lo desgarraba un conflicto irreconciliable entre instintos y aspiraciones intelectuales. Su drama, además, fue carecer de una perspectiva positiva.


Esa tempestad interior es la materia prima con que el ilustre pensador británico escribió una de las mejores críticas literarias de todos los tiempos, según han descatado un par de encuestas en la anglósfera. El análisis que hizo de las influencias que modelaron el pensamiento del novelista rusa es sublime. Desmenuzó, además, pasajes y personajes de Guerra y paz y examinó la correspondencia del literato. El estilo de Berlin refulge por su claridad, luminosa como una mañana soleada en Buenos Aires.


Si bien la obra de Berlin es esencialmente literaria, el lector inteligente sacará conclusiones que pueden ser aplicadas a la arena ciudadana de nuestros días. Es otro valor del texto. Concluirá ese lector que, en términos políticos, los erizos son fanáticos cuyas ideas conducen al desastre económico y social. Los zorros son tolerantes, esclarecidos y humanistas en el sentido real del vocablo.


A pesar de la veneración que suscita una mente como la de Isaiah Berlin hay que decir que no inventó nada. Incluso, el mejor de nuestros zorros ya había planteado la disyunción intelectual que describió el inglés.


Jorge Luis Borges, quién si no, rescató la frase "todos los hombres nacen aristotélicos o platónicos" del poeta Samuel Coleridge en varias ocasiones.


“Los últimos intuyen que las ideas son realidades; los primeros, que son generalizaciones; para éstos, el lenguaje no es otra cosa que un sistema de símbolos arbitrarios; para aquéllos, es el mapa del universo. El platónico sabe que el universo es de algún modo un cosmos, un orden; ese orden, para el aristotélico, puede ser un error o una ficción de nuestro conocimiento parcial. A través de las latitudes y de las épocas, los dos antagonistas inmortales cambian de dialecto y de nombre”, escribió el maestro en Otras Inquisiciones.


¡Dios nos libre de los erizos de la política que ven las ideas como realidades!

Guillermo Belcore


Calificación: Excelente 






miércoles, 4 de septiembre de 2024

Borges, una vida

 


Hace unos días elogiábamos en este blog (1) un ejercicio de historia contrafáctica elaborado por Don Rosendo Fraga. En ¿Que hubiera pasado si... (II Parte), el investigador conjeturaba sobre la muerte en la batalla de Curupayty del coronel Francisco Borges. En ese caso, la humanidad sería más pobre, pues la Argentina seguramente nunca hubiera alcanzado la cima de la literatura en español. Era el abuelo de Jorge Luis Borges.


Sigamos jugando a las ucronías. ¿Qué hubiera pasado si la propuesta de matrimonio de nuestro mejor escritor no hubiera sido repudiada en 1927 por el amor de su vida, la leve y fervorosa (“como bandera que se realiza en el viento”) Norah Lange? Un Borges felizmente casado, con -digamos- cinco hijos, aburguesado, es probable que hubiese visto mutilada su sublime capacidad creativa. O, mejor dicho, desviada hacia algún callejón sin salidas magníficas, como cultivando un criollismo novelero. Es la deducción inevitable que se desprende de la colosal biografía Borges, una vida (Seix Barral, 640 páginas) del historiador Edwin Williamson (Edimburgo, 1949), trabajo que hoy venimos a recomendar.


La biografía, que fue entregada a la imprenta en 2004, incurre casi en una herejía. Somete la obra borgeana a un análisis psicosexual, un procedimiento fatigoso que desluce la monumental acumulación de documentos, testimonios y citas. Llega a la conclusión -ay- que el vaivén estilístico y conceptual de sus cuentos y poemas “entre Whitman y Kafka dependía en última instancia de la aceptación o rechazo de las muchas diosas que cortejó” a lo largo de su vida aquel hombre, al que describe como regordete y bastante alto, con rostro pálido y mofletudo, e insalvable complejo de Edipo, al que la fama internacional lo besó en los labios después de los sesenta años. Qué audacia, ¿no?


La novela -perdón, la biografía- de Williamson recibió a principios de siglo unánime aplauso de la crítica extranjera, pero recibió reparos de intelectuales argentinos. Vargas Llosa se deshizo en elogios. Polémicas al margen, digamos al lector de este blog combativo que se trata de un trabajo exhaustivo, fruto de nueve años de minuciosa investigación. Inspira respeto. Contiene cien terabites de información, datos y anécdotas, algunas muy divertidas como la pelea a puñetazos entre Borges y Enrique González Tuñón, porque este plumífero lo había acusado de bujarrón en un epigrama publicado en la revista Martín Fierro.


Aunque interesante, el juego dialéctico entre experiencia y escritura que propone Williamson fracasa en un punto, que se enuncia en el prólogo. No multiplica las posibilidades de lectura de los magníficos textos borgeanos. ‘El jardín de los senderos que se bifurcan’ o ‘El reloj de arena’, por citar dos gemas, son orbes autónomos, como deseaba su autor. Puros objetos de belleza, inmunes al análisis “folclórico, telúrico o vinculado a la historia literaria o a las disciplinas o estadísticas sociológicas”, por usar las propias palabras del literato.


Más fructífero, quizás, es el recuento de operaciones ideológicas de Borges. El biógrafo destroza un mito de los izquierdistas desinformados: nunca se encerró en una torre de marfil. Al contrario, fue un intelectual público durante toda su vida: temprana simpatía por los bolcheviques, militancia yrigoyenista, corajuda lucha antifascista, antiperonismo acérrimo, afiliado al Partido Conservador en los sesenta, apoyo a las dictaduras militares una década después para escandalizar a la progresía (le costó el Premio Nobel), pacifista por desilusión con la espada al final de su vida. Qué hombre.


Hace más de cuarenta años, Emil Cioran le escribió a Fernando Savater una carta famosa titulada El último delicado (2). Así terminaba:


“Borges podría convertirse en el símbolo de una humanidad sin dogmas ni sistemas, y si existe una utopía a la cual yo me adheriría con gusto, sería aquella en la que todo el mundo le imitaría a él, a uno de los espíritus menos graves que han existido, al último delicado”.


Uno se va del libro exhausto, amando aún más al sujeto de estudio y con una conclusión firme. La vida de Jorge Luis Borges escrita por Edwin Williamson es una obra fundamental y clave, a pesar de sus abusos freudianos. "Definitiva" es un adjetivo que, a fin y cabo, no le sienta mal.

Guillermo Belcore


Calificación: Muy bueno

 (1) https://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2024/08/las-ucronias-de-rosendo-fraga-ii-parte.html


(2) https://borgestodoelanio.blogspot.com/2014/02/e-m-cioran-borges-el-ultimo-delicado.html

miércoles, 10 de enero de 2024

La ola que lee


 La compilación de relatos y artículos periodísticos no ha cosechado aún la gratitud que merece
. Es injusto. Hay volúmenes que son auténticas obras de arte. No resulta difícil señalar ejemplos: Textos recobrados, de Jorge Luis Borges; George Steiner en The New Yorker; Mea Cuba, antes y después, de Guillermo Cabrera Infante; Maestro de ceremonias de G.K. Chesterton.


El sello Random House ha publicado otro compendio cuya calidad es pareja a los casos mencionados. Involucra a uno de los mejores escritores argentinos; el único que ha elaborado una teoría de la novela para justificar su caudalosa empresa. La ola que lee se titula el libro que hoy queremos recomendar. Atesora escritos de César Aira (Pringles, 1941) publicados entre 1981 y 2010.


El volumen es el fruto del trabajo muy competente de la socióloga María Belén Riveiro. Le cedemos la palabra: 

"Los textos que se transcriben a continuación nos permiten descubrir autores y libros, releer a aquellos que ya conocemos con el tamiz de la mirada de Aira, explorar los debates de cada época, así como conocer desde otros registros su obra".


MAESTRO DE LECTURAS


La señora Riveiro tiene razón. Aira es un formidable maestro de lecturas. Despierta el apetito. Por leer o releer a Cortazar, a Arlt, a Puig, a Copi, a Laiseca, a Saer, a Kafka, a Gombrowicz (pero no a Katchadjian), a Walter de la Mare, cuya obra Memorias de una enana, empalma con uno de los fetiches de la literatura airana: las miniaturas.


Es menester advertir que, como todo comentarista talentoso, Aira no renuncia a la arbitrariedad e incluso al disparate. Llega a decir que nadie debería considerar a Vargas Llosa o a Alejo Carpentier grandes escritores. O que "la novela larga no es arte, es consumo". Las aporías de Aira son deliciosas; y el resto de su producción crítica a menudo da en el blanco. Hay una poderosa reivindicación de la literatura brasileña; y una demoledora descripción del estado de la novela argentina de 1981, con argumentos sociológicos que aún hoy pueden explicar nuestra indigencia creativa.


Por desgracia, los narradores argentinos se ven obligados a escribir en sus ratos de ocio. Establece Aira que el novelista debe comprometerse en serio, sin cálculos ni ironías, con la literatura. Debe jugarse por un proyecto artístico, por un método, incluso. Que es lo que él hizo; lo prueban sus más de cien libritos regidos por un guante de acero al tungsteno que en sus intervenciones periodísticas se ha empeñado en defender.


Podríamos sostener entonces que las reflexiones metafísicas sobre el arte de narrar son otra de las riquezas del libro. Mostrando (o fingiendo) el fervor de los creyentes, Aira sostiene que lanzarse a la aventura de escribir sólo se justifica por la intención de inventar de nuevo la literatura sobre fórmulas desconocidas. Sin la calidad de nuevo, la obra de arte se queda en artesanía, que puede llegar a ser aceptable pero su propósito último no pasa más que por complacer a un público satisfecho, a un consumidor. El creador de paradigmas no necesita ser bueno, avisa incluso (¿y se justifica?).


El creador "si se limita a usar un lenguaje ya inventado no es arte de verdad o, al menos, no se ajusta a la definición más exigente de arte", dispara en la página doscientos treinta y nueve. El vate de Pringles se ha tomado el trabajo de usar revistas y diarios (extranjeros o del interior de la Argentina) para desarrollar repetida, variada e interminablemente su peculiar teoría que le ha dado prestigio y polémica: 

"La literatura debe ser extremista...;  ...la libertad hace al escritor...;  ...los géneros no tienen más función para el escritor que darle algo para abandonar...;  ...la voluntad de preservar el statu quo resulta esencialmente antiliterario...; ...toda gran obra literaria es un experiencia con el estilo; ...la buena literatura vive al borde del fiasco...". 

Y así hasta el final. Uno termina casi convencido, hasta el momento que recuerda la enorme cantidad de novelas esenciales que no pasarían por el ojo de la aguja airana.


Con humoradas, Aira pide no ser juzgado por La Liebre (su mejor novela), o por La guerra de los gimnasios, o por cualquiera de esas dos o tres nouvelles automáticas que compone año tras año: 

"Me espanta que me juzguen por mis libros. Me siento vagamente insultado, siento el riesgo de una mutilación, cuando alguien se toma en serio algún libro mío. Querría prevenirlo contra ese error, y no encuentro otro modo de hacerlo que publicando un libro más...".


Quiere que lo juzguen por su método. "Preferiría que vieran en mí un procedimiento, como lo veo en mi amado Raymond Roussell". Y aquí llegamos al tema feraz de las influencias. Podría decirse que la literatura airana que tantos fanáticos, discípulos y detractores ha generado es el penúltimo campanazo de la broma surrealista o del dadá. Es "el reblandecimiento daliniano de los relojes".


"He llegado a no corregir nada, a dejar todo tal como sale, a la completa improvisación definitiva", asegura el único escritor argentino que se menciona todos los años para el Nobel. ¿Podemos creerle? Hace unos años, Elvio Gandolfo estableció para siempre esta duda existencial: “El método Aira sería el del viejísimo ¿es o se hace?". Tampoco podemos tomar en serio su profesión de fe marxista de la página ciento ochenta y dos. Es un especulador que cultiva con fruición y destreza la paradoja y la broma. "El escritor debe ser enigmático y abierto a interpretaciones", afirma.


LA FELICIDAD

A esta altura, uno debería preguntarse cuál es la apuesta estética de ese sistema general. Cuál es la felicidad que causa ("felicidad" es una palabra muy usada por Aira cuando opina sobre literatura). La dicha del instante, de la escena, de la pincelada. La literatura debe ser la "eternización de un momento de felicidad". Pero debe ser literatura pequeña, insiste: "...en los géneros breves no se escribe para ocupar el tiempo del lector, como en la novela, sino para ocupar su inteligencia. Y eso puede ser cuestión de un instante, o mejor dicho siempre lo es. Cuanto más breve, más eficaz".


La grey airana quedará absolutamente saciada con esta obra. A quienes nos gustan algunas novelitas de Aira pero la mayoría no, también disfrutamos una inteligencia superior, una prosa refinada, un juego de ideas cautivante.  La ola que lee -como intentamos transmitir- es un libro de muchas felicidades. Como aquel párrafo de la página cincuenta y cuatro que consagra las obras de José Bianco. Es probable que nadie lo haya hecho mejor. El diccionario de autores latinoamericanos, por cierto, sigue siendo la obra maestra de Aira.

Guillermo Belcore

Publicado en el diario La Prensa


Calificación: Excelente

lunes, 15 de agosto de 2022

Madres, padres y demás


Por Siri Hustvedt

Seix Barral. 410 páginas


Un sello editorial ha creído oportuno publicar un cajón de sastre de Siri Hustvedt (Minnesota, 1955). Madres, padres y demás, en efecto, reúne apuntes de las más variadas procedencias, con una calidad muy despareja. Es el precio que suele pagarse cuando se imprime como libro lo que nació para ser otra cosa.


El volumen incluye, básicamente, dos temáticas: recuerdos familiares y comentarios literarios. Los primeros son insulsos (efecto tempestad en tubo de ensayo) y apenas atrapan la inmensidad de las planicies de Minnesota (¡Oh, Fargo!). Los segundos basculan entre lo mediocre y lo interesante. Uno tropieza con sentencias francamente ridículas como ésta: ""El arte es como el sexo. Si no te relajas, no lo disfrutarás" (El futuro de la literatura, conferencia en Oslo, 2017).


Sin embargo, como decían los antiguos, no hay libro tan malo que no incluya algo bueno. El lector podrá disfrutar de dos sagaces críticas. La señora Hustvedt desmenuza Persuasión de Jane Austen (es el prólogo de otro libro) y Cumbres Borrascosas de Emily Brontë. Aunque la deconstrucción es lo suyo, la ensayista hace un valeroso esfuerzo para escapar de una moda estadounidense: la indignación moral ante los clásicos. Dispara (y da en el blanco) en la página 227: 

"Limpiar la literatura de las manchas de la misoginia, el racismo y la xenofobia, por no hablar de otros innumerables delitos horribles contra la especie humana, reduciría en un abrir y cerrar de ojos nuestras bibliotecas a un tamaño alarmante de unos pocos volúmenes bendecidos por aquéllos que han asumido la ardua tarea de la depuración literaria".


Hay que destacar que el volumen será de utilidad para aquéllas personas interesadas en la llamada perspectiva de género. Siri Hustvedt es una de las campeonas del movimiento feminista (en el modo suave), lo que podría haber generado cierta sobrestimación, en ciertos círculos, de su talento literario. No estamos ante una Doris Lessing o una Alice Munro. Estamos uno o dos escalones más abajo y se percibe en los textos. En la página 161, se culpa a Platón por la discriminación hacia los libros escritos por mujeres; supuestamente es el filósofo que ha moldeado el pensamiento de Occidente.


En el último capítulo leímos un brillante artículo periodístico. Hustvedt evoca a Sylvia Marie Lickens, una niña torturada y asesinada por una mujer diabólica y sus hijos, en Indiana, década del sesenta. Para explicar la barbarie, la autora llama al estrado al erudito francés Gustave Le Bon, quien propuso la teoría de la mente grupal: 

"...una fuerza inconsciente creada por contagio de un sentimiento que vibra a través sus múltiples partes individuales hasta convertirse en una realidad mental única. La multitud es crédula y fácilmente influenciable por medio de la sugestión...".


¿No es eso lo que nos ha ocurrido en la maltratada Argentina? Una nación vejada -y acaso asesinada- por la mente grupal populista.

Guillermo Belcore

Calificación: regular

sábado, 12 de febrero de 2022

Signos de civilización. Cómo la puntuación cambió la historia.

 


Es común que, cuando se habla de grandes inventos, se mencione siempre el hardware: la imprenta, la máquina de vapor, la generación de electricidad, la computadora. Pero el software ha sido más importante para que la humanidad, sin él, aquéllo es metal muerto. El lenguaje escrito es pues la tecnología decisiva; nada cambió más profundamente nuestra mente. Y la parte avanzada de ese hito del desarrollo económico, social y moral son los signos de puntuación, acaso una de las claves de la hegemonía occidental.


"La puntuación es una de las cosas más espléndidas que produjo nuestra civilización, y que conoció un desarrollo glorioso que atravesó desde la Antigüedad al Renacimiento'', destaca el señor Bard Borch Michalsen. Acaba de publicarse un ensayo sustancial de este catedrático noruego. Signos de civilización. Cómo la puntuación cambió la historia (Ediciones Godot, 176 páginas, traducción de Christian Kupchik) es una obra tan amena como profunda que revisa 6.000 años de escritura, rescata a héroes olvidados como el bilbliotecario Aristófanes de Bizancio (desarolló el primer sistema de puntuación del mundo), plantea inquietudes sobre el futuro del lenguaje en la era digital y elabora una filosofía de la corrección gramatical y sintáctica. Un libro valioso, en suma.­


Podría decirse que el profesor Michalsen es una macluhiano tardío, en el sentido de que considera la tecnología como el motor de la evolución humana. La palabra impresa cambió la Historia, generó una revolución cognitiva; la libertad de expresión -duramente conquistada- modificó las relaciones de poder; el capital cultural potenció la economía como nunca antes. Y en ese devenir hubo aceleradores de los cambios poco conocidos como el editor Aldus Manutius (introdujo la primera coma moderna en 1494), el Steve Job del Renacimiento. Siguiendo la analogía, Venecia y Florencia fueron el Sillicon Valley de los siglos XV y XVI.­


El libro de Michalsen es un alarde de erudición. Se basa en una copiosa y bien escogida bibliografía. Hermosas citas exornan las páginas. Como ésta de Claudio Magris: "El uso adecuado del lenguaje es un requisito previo para la claridad moral y la honestidad''. Y esta otra de F. S. Fitzgerald: "Elimine todos los signos de exclamación. Un signo de exclamación es como reírse de sí mismo''.­


¡Scott está totalmente equivocado! En esta trinchera preferimos usar todos los signos de civilización. Y amamos ése que Michalsen considera el más hermoso, el único capaz de añadir un toque de distinción al texto: el punto y coma. Es otro invento renacentista y, acaso, también sirve como indicador de nivel intelectual; quienes lo usan bien son personas que gustan de la complejidad y los matices. En el siglo XIX, causó un duelo con esgrima. Hemingway lo desdeñó (al igual que al papel higiénico) pues temía que lo tomaran por afeminado.­


Después de esta maravillosa travesía por la historia de los signos de puntuación, de evocar algunas polémicas recientes en Europa y de proporcionar algunas oportunas normas gramaticales, Michalsen se adentra en un terreno filosófico. Advierte que la era del WhatsApp nos retrotrae, en cierta forma,  al lenguaje oral escrito de los griegos y a los ideogramas de la Antigüedad, vía emojis. ¿Es una moda? ¿Una tendencia irreversible que conduce a una suerte de esquizofrenia permanente, con dos formas de escritura en tensión? Otra grieta, pues.­


Fecundas reflexiones incluye la segunda parte del libro. El profesor Michelsen se pronuncia en favor de seguir enseñando el uso correcto de los signos de puntuación, pues "cuanto más pautas comunes compartamos en el acto de comunicar, mejor nos entenderemos''. 


Estos códigos comunes del lenguaje -insiste- "fueron sin dudas una de las mayores fuerzas impulsoras detrás de los grandes avances que tuvieron lugar en Europa hace quinientos años''. Uno no puede dejar de preguntarse: ¿Qué Argentina saldrá de esa mayoría de jóvenes exasperados que hoy casi no leen y usan para el diablo todas las magnificas herramientas que la escritura ofrece a la razón? Da miedo pensarlo.­

Guillermo Belcore

Publicado en el diario La Prensa


Calificación: Muy bueno

miércoles, 5 de enero de 2022

Las ideas de nuestro tiempo

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En el arte del panfleto nadie ha demostrado mayor vigor y eficacia durante el último tramo del siglo XX que Jean Francois Revel (1924-2006), estableció don Fernando Savater en Sin contemplaciones.


El panfleto no es una especie menor. Es un campo ilustrado donde cabalgan los librepensadores que deciden escribir no sobre un tema, sino contra un adversario (Y a éste no se lo concede nada). Revel lo hizo con vivacidad, mordacidad de estilo y con el apoyo crucial de los datos concretos. Ha brillado así como cruzado de las ideas correctas, en particular de la libertad de espíritu. Ha sido el azote del comunismo, tanto de vieja escuela como el finisecular, camuflado de otra cosa. Ha escrito algunos de los libros políticos más importantes de nuestra era (por lo esclarecedores) como La tentación totalitaria, Cómo acaban las democracias, La obsesión antiamericana y El conocimiento inútil.


Antes de esas obras fundamentales, entre 1966 y 1971, fue editorialista literario de la revista L'Express. Esos artículos semanales, también lúcidos, son piezas de crítica del más alto nivel. Se han atesorado en un volumen maravilloso que encontramos en la Biblioteca del diario La Prensa y que venimos a recomendar con toda convicción: Las ideas de nuestro tiempo (Emecé Editores, 376 páginas, edicion 1973). La traducción es de Ramiro de Casasbellas. Hay que destacar que las ideas revelianas no han perdido un gramo de vigencia.­


La antología examina, con afilada precisión, el pensamiento de Marx, Erasmo, Marcuse, Aron, Chomsky, Mc Luhan, Trotsky, Freud, Montagne entre otros colosos. Revel observaba tanto las mutaciones subterráneas como los epifenómenos de superficie. Opinó sobre el Mayo francés, la Unión Soviética, Franco, la revolución de la costumbres en California, De Gaulle, la guerra de Vietnam, Israel y la idea del sionismo, el impacto de la publicidad, la democracia representativa. Comentó obras de Borges, Edgard Morín, Pirandello, Le Clezio, Malraux, Mauriac, Napoleón, Peyrefitte, Balzac, Vance Packard...­


Casi al pasar, el maestro Revel recomendaba a los comentaristas "mantenerse equidistante de la apología o el anatema, comprender antes que elogiar o condenar''. Por fortuna, casi nunca siguió una sugerencia tan inane. Así, nos regala una definición insuperable del Estado: 

"...institución destinada a promover a los mediocres, cuya esterilidad quedó demostrada de una vez y para siempre en los países del Este''.­


Y a los futboleros nos advierte en un pasaje de amarga ironía que el deporte de masas es una fuente primordial de demencia: 

"...a las enfermedades mentales más conocidas (maníaco-depresión de los atletas, paranoia de los simpatizantes, estado semiesquizoide de los dirigentes) se agrega el trance colectivo del público que llega hasta la locura mortífera...''.­


Un libro extraordinario, en síntesis. Haga el esfuerzo de encontrarlo, amigo lector.­


Guillermo Belcore


Publicado en el diario La Prensa



Calificación: Excelente

lunes, 25 de octubre de 2021

Studiolo




 Por Giorgio Agamben

Adriana Hidalgo editora. 127 páginas

Designa la palabra écfrasis el ejercicio literario de describir una obra de arte. Esa habilidad es vieja como Homero. En efecto, el canto XVIII de la Ilíada inauguró el procedimiento en la literatura occidental. En aquel pasaje, el vate detallaba los relieves que el dios Hefesto había labrado en el escudo de Aquiles.

Pasaron veintisiete siglos y seguimos disfrutando de una especie que el estudioso James Heffernan resumió de manera magistral en un ensayo de 1991 muy visitado: "Ecfrasis es la representación verbal de una representación visual en un modo literario". Acaba de publicarse en la Argentina otro ejemplo destacadísimo: Studiolo. El autor es nada menos que Giorgio Agamben (Roma, 1942).

En el prólogo, el filósofo italiano advierte que su estudio de una veintena de pinturas y esculturas eminentes pertenece "a la tradición del comentario, no de la crítica o de la historia del arte"". No obstante, en el mismo párrafo se contradice y acepta que su mirada incluye los "aspectos críticos", pero entendidos éstos como el arte "de desbrozar el campo de los obstáculos que impiden la visión".

Las cavilaciones de Agamben son un alarde de buen gusto y sabiduría. Confirman el dictum del rabí George Steiner: escribir mal es sólo el producto de una erudición deficiente. Este libro, pues, es excelente porque derrocha erudición. Con delicadeza une puntos. Por ejemplo, cuando reflexiona sobre El cuerpo de Cristo muerto en la tumba de Holbein el Joven, nos trae a Dostoievski, quien confesó a su mujer que podía perder su fe delante de ese conmovedor óleo y témpera sobre madera. El desollamiento de Marsias (pintura en la que Tiziano se autorretrata como el rey Midas) nos conduce a Aristóteles y la importancia de la educación musical. Al parecer, el estagirita consideraba que aprender a tocar la flauta es inmoral -porque impide el uso de la palabra- y tiene cualidades orgiásticas. Todo clásico puede contener alguna sorpresa instructiva, nos advierte Agamben.

Hay un aspecto de fondo que, en esta era tan crudamente materialista, sorprende gratamente y debe destacarse. La mirada del estudioso no parece profana. Dios es una presencia palpitante en el libro. No es que el pensador reflexione sobre las cosas divinas, sino que el análisis de una pintura lo hace "con Dios", incluso cuando el tema del cuadro es banal como Cobertor y cubrecama, de Sonia Alvarez. Una cama somnolienta no sólo es un paisaje también puede ser "un espíritu puramente metafísico". Se percibe en varias entradas que Agamben es un atento lector del panteísta Spinoza.

En otra Argentina -en una nación más próspera- Studiolo se hubiese publicado en papel ilustración y con páginas más grandes que lo habitual, para poder apreciar y disfrutar mejor la destreza de la composición o de la pincelada que se comenta. Pero éste es un país con salarios miserables. Si bien las fotos no son excelentes, atesoramos los textos, la sublime hermenéutica de Agamben. Pintura es poesía que calla, se establece en la página sesenta.

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

domingo, 29 de agosto de 2021

Lem, una vida fuera de este mundo


 


El delegado de Thuban abrió por un sitio previamente marcado un enorme volumen que tenía ante sí sobre el pupitre y se puso a leer: 

"(...) y aquella extraña especie calva en todo el cuerpo, descubierta por Grammplus en el rincón más oscuro de nuestra Galaxia, Monstroteratum Furiosum (Ignomen Furibundeo) que escogió para sí mismo el nombre de Homo Sapiens...".

Hay que reconocerlo. Somos, en la galaxia, una especie anormal. Los astrozoólogos nos han clasificado en el tipo Aberrantia (Viciosa), subtipo antisapientinales (Contrasentidos), grupo Necroludentia (Cadaverófilos), orden Lasciviaceae (Repugnoides), familia Horrorisimae (Hocimonstros).

Por eso, la Organización de Planetas Unidos nos ha rechazado la solicitud de ingreso. Más aun, reveló asqueada el origen de los terrícolas. Dicen que hace millones de años, un par de marineros borrachos de una nave espacial (los infames Ñor y Zioss) vertieron sobre las rocas de nuestro planeta muerto un cubo de impurezas fermentadas. Y uno de ellos, incluso, estornudó varias veces sobre el cultivo plasmático infectándolo con virus peligrosos (1).

De esa sopa primodial provenimos, según la imaginación portentosa de una de las glorias de la ficción científica: Stanislaw Herman Lem (Lvov 1921-Cracovia 2006).

Es lógico que el maestro polaco haya coloreado el Viaje Octavo de Ijon Tichy (1) con semejante pesimismo. "Un hombre que por milagro ha logrado salir de debajo de un montón de cadáveres es un hombre con una profunda decepción con la humanidad tal cual es", escribió Wojciech Orlinski, autor de una biografía que aquí venimos a recomendar: Lem, una vida fuera de este mundo (409 páginas, traducción Bárbara Gill), que el sello Ediciones Godot trajo este año a la Argentina desde la renacida Varsovia. 


INDIVIDUO Y SOCIEDAD


Como regla general, podría afirmarse que una biografía idónea es aquella que une con elegancia e inteligencia una notable vida individual con el devenir de una sociedad. La definición le cabe como anillo al dedo al libro del señor Orlinski, periodista de profesión pero más culto y laborioso que su colega argentino promedio. La atención nunca flaquea. Es que el tema, además, resulta muy interesante. Por un lado, tenemos una genial inventiva que sobrevivió a las dos fuerzas más destructivas e irracionales del siglo XX (bolchevismo y nazismo) y consiguió vencer a fuerza de talento y prudencia a la implacable censura de la República Popular para forjar libros que han pasado la prueba del tiempo; y por el otro, una nación heroica, atormentada por los dos matones del barrio (Alemania y Rusia) que anduvo a la deriva durante cinco décadas pero nunca perdió su alma. Lem es Polonia y Polonia es Lem.


"Decimos 'una pesadilla cuando el hotel confunde nuestra reserva. Decimos un calvario" cuando un trámite se prolonga. Por lo tanto carecemos de un aparato cognitivo capaz de aprehender el horror al que los Lem sobrevivieron", escribió Orlinski. En efecto, el joven Stanislaw y sus padres (burgueses judíos asimilados) sobrevivieron de una manera casi inverosímil a la doble ocupación rusa, al Holocausto y a los pogroms ucranianos en la ciudad de Leópolis (hoy Lvov), capital de la región de Galitzia, en su momento último confín del Imperio Austrohúngaro.


Lem se salvó por su habilidad como maestro soldador, porque sus padres tenían las monedas de oro para el soborno y nunca fueron traicionados por el corrupto o el amigo, y a causa de una increíble buena suerte. No obstante, el "trauma del sobreviviente" lo persiguió toda su vida y se refleja en su obra. Durante toda su vida evitó el literato hablar de sus raíces judías.


EL ALMA DE CRACOVIA


Después de la Segunda Guerra Mundial, los Lem se mudaron a Cracovia. Y en 1956, un Stanislaw, que había estudiado medicina pero su gran pasión era la construcción de máquinas experimentales, alcanzó la fama literaria con la publicación, como cuento, del "Viaje catorce de Ijon Tichy". Era la prueba de una mente excepcional.


Sus libros posteriores -Solaris, Diario de las estrellas, Retorno de las estrellas, Ciberíada, Summa technologiae, entre otros- lo convirtieron en el rey de la ciencia ficción del bloque soviético, pero viviendo siempre de forma decente, por lo menos tanto cuanto era posible bajo el régimen comunista. Lem, con la excepción de un par de textos intrascendentes, nunca adscribió al abominable realismo socialista; y supo describir los desatinos de la utopía bolchevique disfrazándolos de sociedades extraterrestres. Literariamente hablando, su grandeza sin par fue caricaturizar a los grandes problemas humanos con un fondo de escenografía cósmica. Como Borges o como Bolaño, el texto apócrifo fue una de sus herramientas formidables.


Naturalmente, tuvo encontronazos con la censura. ¿Hace falta decirlo? Un sistema totalitario es aquel que busca que todo se subordine a una sola ideología. Los chacales rojos lo acusaron de eludir "la didáctica progresista" y de cultivar el humor del absurdo, ese "fenómeno social peligroso" (la risa era contrarrevolucionaria, ¿leyeron La broma de Milán Kundera?). No obstante, el régimen le permitió publicar y viajar al extranjero. Lo protegía su popularidad dentro y fuera del país, y sobre todo el hecho de que los científicos, intelectuales y astronautas rusos lo adoraran. Cada viaje de Lem a la URSS era comparable a la gira de una estrella de rock y Gorbachev llegó a sostener que Summa technologiae fue uno de los libros más influyentes de su vida. El inquisidor polaco, entonces, fingía que no llegaba a captar las alegorías y los simbolismos lemianos.


EPISTOLAS


El tono general del libro es de ditirambo; es decir, se disimulan defectos y bajezas. El autor abreva en el voluminoso archivo Lem. Centenares de cartas son citadas. El único punto flojo que pudimos encontrar es que Orlinski presta demasiada atención a los asuntos domésticos -caso las vicisitudes de su hombre con los autos- en desmedro de cuestiones más trascendentes. Verbigracia: se menciona al pasar el escepticismo del escritor respecto a Camino de servidumbre de Von Hayek, pero no se transcribe una sola línea de ese texto jugoso. Nunca dejéis con hambre al lector, es el consejo que este articulista deja a los biográfos.


Hay toneladas de información y pasajes muy divertidos como la pelotera de Lem con Tarkovsky por la versión rusa de Solaris, y la larga disputa epistolar con el loco lindo de Philip Dick a raíz de la publicación de Ubik en Polonia.


Y como todo ensayo que aborda la historia del siglo XX en Europa oriental, Una vida fuera de este mundo resulta muy instructivo. Hoy que tantos cenutrios sienten nostalgia por la Unión Soviética y que el neocomunismo se hace carne en Occidente, libros como éste confirman ese dictum memorable de Karina Mariani: Todo socialismo es una cárcel. No sólo se trata de alambre de púa, el sistema inspirado en el marxismo ha demostrado ser terriblemente ineficaz, en su seno la economía, los autos, los ferrocarriles, los teléfonos y hasta los baños de los hospitales no funcionan.


(1) Diario de las estrellas. Stanislaw Lem. Edhasa, edición 2003.

domingo, 4 de julio de 2021

La otra mitad de Dios

 


Hace seis milenios, la humanidad sufrió la peor catástrofe de su existencia. Una invasión de pastores de la estepas, montados en caballos, destruyó en la Antigua Europa y el Asia Menor la civilización matrolineal, en la cual hombres y mujeres vivían juntos, libres y en paz, cultivando la tierra y las artes, sin propiedad privada ni dominio masculino sobre hijos y la esposa. Esa Arcadia, ese Edén -una gran etapa comunista- fue arrasada por varias oleadas de guerreros indoeuropeos que desarrollaron tres herramientas de conquista formidables: el arma, la religión y las escrituras (en especial las Sagradas Escrituras). La ciudad venció a la naturaleza. Nacía el patriarcado; moría el culto a la Gran Diosa. Yahvé y Zeus fueron consecuencias de aquella revolución dogmática.

Hasta aquí la tesis fundamental de La otra mitad de Dios (339 páginas) que Adriana Hidalgo Editorial acaba de traer a la Argentina desde la Italia más refinada. La ensayista Ginevra Bompiani (Milán, 1939) sitúa en el fin del Neolítico la fuente de todos los males de la historia occidental, en el corredor entre la civilización del derecho materno (ctónica, vegetariana, nocturna, mistérica) y el mundo olímpico, solar, soberano, del derecho paterno (¿capitalista?). El triunfante feminismo radical de los albores del siglo XXI encontrará en esta obra una mitología que lo justifique.

Hay que destacar que tan audaz interpretación viene servida en una bandeja de plata. El libro más reciente de la signora Bompiani es un alarde de erudición, buen gusto y cultura libresca. Deconstruye mitos, leyendas e historias del Antiguo Testamento, de la Grecia homérica y de la Alta Literatura. Examina la destrucción de Sodoma y Gomorra y el martirio de Ifigenia y de Antígona; nos habla de Kafka, Freud y Deleuze; nos regala un poema de Symborska y las estatuillas de Hacilar. Idealiza a la Creta anterior a la invasión de los aqueos (¡1.500 años sin guerras!). El análisis de la "palabra mistificadora" -la lengua de los políticos y los profetas inescrupulosos- es impecable e inspirador.

No obstante, la autora -destacada editora y catedrática de lengua inglesa en la Universidad de Siena- se toma su tiempo para plantear la idea esencial del texto; es decir, la nostalgia por la gilania prehistórica.  Recién en la página 191 se anuncia con trompetas:

 "La mistificación más antigua y más duradera, más tenaz y silenciosa es esa que hace miles de años sustituyó el mundo pacífico e igualitario de las sociedades matrifocales por el patriarcado, haciendo de las primeras la gran negación de la historia y de este último nuestra segunda naturaleza...".

Ante la Madre de Todas las Falsificaciones, doña Ginevra siente que tiene una misión: 

"...interrogar sobre el imaginario humano, qué lo nutre y lo mantiene, comprender si podríamos elegir una historia diferente que nos dejase libres. Y recorrer nuestras dos grandes memorias: la Biblia y el mito griego que, como dos ríos cársticos fluyen hacia el mar de nuestra mente...".

EL ODIO A OCCIDENTE

En una de sus mejores novelas, Saúl Bellow notaba que "los peores enemigos de Occidente resultaron ser sus intelectuales favoritos".

La sentencia le calza justo a La otra mitad de Dios. Es que este notable ensayo puede encuadrarse también en esa corriente entre demencial y pueril de insatisfacción -cuando no de odio- con la única civilización que ha logrado extender la esperanza y la calidad de vida de la especie humana, al reducir la pobreza que había heredado. La cultura occidental, además, es la única en haber generado una auténtica conciencia ecológica y en haber emancipado a las mujeres y a las minorías. No parece suficiente para algunos de sus hijos e hijas mejor acomodados que se empeñan en incurrir en el Mito del Buen Salvaje. Bompiani lo ha transformado en el Mito del Antiguo Salvaje.

Nada más inane en la crítica literaria que el psicologismo, pero la propia autora confiesa inesperadamente en la página 151 una de sus motivaciones más profundas. Dice que el padre le causaba terror: "...era una relación que no he logrado superar en ninguno de mis análisis". ¿De ahí el repudio tan intenso al Patriarcado?

No es la primera vez ni será la última que una decepción personal lleva a un pensador relevante a exigir el sacrificio de toda la civilización. No obstante, rebajar tan ingeniosa obra a mero ajuste de cuentas familiar sería una injusticia. Una persona seria y sabia meditando sobre la chifladura del mundo siempre debe ser escuchada con atención.

Solo resta agregar como dato anecdótico que Ginevra Bompiani es esposa del filósofo Giorgio Agamben (a quien menciona en varias oportunidades). Imagínese amable lector la belleza de los diálogos en este matrimonio.

Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Bueno

martes, 17 de noviembre de 2020

Retratos de poetas rusos

 


Podría decirse que, entre los compañeros de ruta del comunismo soviético, Ilyá Ehrenburg fue el equilibrista más afortunado. Nació en Kiev en 1891 y murió en Moscú a los 76 años, de cáncer. Como miembro de la nomenklatura e intelectual orgánico del régimen gozó de privilegios, no obstante hubo períodos en los que sufrió acoso y censura. Se salvó del gulag, acaso, por su talento como cronista durante la Guerra Civil Española y durante la Operación Barbarroja, por ser funcional a los planes de los gerifaltes del Kremlin, y por los caprichos inescrutables de la mente paranoica más perversa de toda la Historia, la de un tal Josef Stalin.

Un centenar de obras llevan su firma. George Orwell, nada menos, tachó al escritor ucraniano y judío de "prostituta literaria", pero Ilyá tuvo algunos gestos de grandeza (conservar la dignidad y la decencia en determinadas épocas es un verdadero milagro) y, en todo caso, se trataba de una de esas meretrices que realizan su trabajo con diligencia. Lo prueba un magnífico ejercicio de crítica literaria que se publicó hace casi cien años. Aquí venimos a recomendar Retratos de poetas rusos de Ehrenburg, reimpreso en Buenos Aires el año de la peste por el sello Añozluz editora. Es una gema rara.

El libro de ciento ochenta y dos páginas y tapa color celeste es, por encima de todo, una brillante exhibición de estilo. Hay un poeta que juzga a sus pares; con gran dominio de la metáfora e intenso lirismo, define "el rostro, la persona y la obra" de catorce escritores: Ajmátova, Baltrushaitis, Balmont, Blok, Briúsov, Bieli, Voloshin, Esenin, Ivánov, Mandelstam, Maikovski, Pasternak, Sologub y Tsvietáieva. Se acompaña la descripción con una selección de poemas y una foto de los artistas. 

Los retratos fueron entregados a la imprenta en 1922; hubo una segunda edición un año más tarde y nunca más se volvió a publicar la Unión Soviética. Lo devaneos de Ehrenburg con el futurismo y el simbolismo, su desinterés por el realismo socialista y las alusiones a la tradición hebrea fueron demasiado para los guardianes del marxismo cuartelero, esa desgracia de media humanidad.

Ehrenburg sabía de que hablaba:

"El poeta no escribe los poemas, sino que los dice. Aunque sea en silencio; sus labios igual se mueven. Las manos vienen después, las manos son prácticamente un tipógrafo... ¿Pero acaso debe el poeta discutir, contar, denunciar?... El poeta debe profetizar... discute frente a frente con el terrible Todopoderoso... Es que del poeta esperamos visiones nuevas y cambiantes, y exigimos que nos asombre, como un peculiar jardín o el baile de una chica morena".

VISION INGENUA

Como se vé, nada más lejos del materialismo dialéctico que este delicado esteticismo, a lo Vladimir Nabokov. Había en el joven Ehrenburg amor al arte, ternura y compasión, respeto por la autonomía del hecho estético. Y, desde el plano político, había en la mente del intelectual oficialista, y de algunos amigos poetas, una visión de la Unión Soviética ingenua, equivocada pero colmada de esperanza. La Santa Rus sería otro Estados Unidos: 

"Rusia no desea ser Europa y desde Asia se lanza hacia América... la gran mecanización de nuestra caótica existencia anterior es una victoria sobre los oscuros elementos del alma... es claro que el ruiseñor tiene un canto bellísimo, pero el futuro le pertenece, parece ser, al gramófono".

A comienzos de los años veinte, el ideal comunista era aún lo nuevo, el repudio asiático a la Vieja Europa, ese concierto infernal de naciones que había engendrado el colonialismo y la hecatombe de la Gran Guerra. Ehrenburg sigue, entre otros, a Alexándr Alexandrovich Blok en el magnífico poema Los escitas. Copiamos algunas estrofas:

"Ustedes son millones, nosotros, como tinieblas y más tinieblas/

¡Prueben combatir con nosotros!/

¡Sí, los escitas somos nosotros! Sí, los asiáticos somos nosotros,/

con oblicuos y voraces ojos/


Para ustedes el siglo, para nosotros, la hora única./

¡Nosotros como siervos sumisos,/

sostuvimos un escudo entre dos razas hostiles,/

la de los mongoles y la de Europa!/


Cientos de años miraron ustedes hacia el Este,/

amontonando y extrayendo nuestras perlas,/

¡Y burlándose, para apuntarnos con las bocas/

de sus cañones, sólo esperaban el momento!/ 


(...) ¡Oh viejo mundo! Aun no has muerto/

y te consumes en dulce tortura./

¡Detente prudente como Edipo/

ante la Esfinge del viejo enigma!/


Rusia es la Esfinge. Regocijándose, afligiéndose/

y bañándose con negra sangre./

Ella observa, observa, te observa a ti,/

con tanto odio como amor".

Los escitas bien pudo haberse escrito ayer a la tarde, bajo el reinado del zar Vladimir Putin. Es que este volumen fascinante trae a la Rusia inmortal con ""el dolor mudo de una tristeza oculta, la angustia sin salida, el silencio, la inmensidad, la fría altura, las lejanías que se van"", como compuso Konstantin Balmont.

Es verdad que siempre algo valioso se pierda en la traducción de un poema, y se pierde mucho cuando el traductor no es un Jorge Luis Borges. Pero también hay algo que nos llega del fulgor original cuando la sensibilidad es socorrida por la inteligencia. Vale esto tanto para la prosa poética de Ilyá Ehrenburg como para su antología. El libro atesora momentos conmovedores (como Canción sobre una perra, de Serguei Esenin).

Al fin y al cabo, "la contrucción de un mundo distinto (artítiscamente hablando), con combinaciones nada comunes de formas comunes, con proporciones desesperadas y escalas insensantas siempre fue una eterna necesidad del hombre". Incluso en épocas infernales como la de la tiranía comunista.

En tren de ser exigentes, lo único que podría reprocharse a esta muy recomendable edición es que le faltarían algunas notas biográficas de los catorce poetas. Los jóvenes y los desinformados deberían conocer los tormentos que el régimen comunista les infligió a Ajmátova, a Pasternak, a Mandelstan. Es decir, necesitan saber los peligros que implica correrse un milímetro -en nombre de la libertad de pensamiento o de lo que sea- de la línea que establecen los catecismos rojos (aún hoy). "Oh pobre Homo Sapiens,/ la existencia es opresión// (...) Todos vívían con hambre y sed,/ bárbaros en la batalla/ y nadie pensaba que la vida/ es un milagro breve.", escribió justamente Pasternak.

Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

domingo, 6 de septiembre de 2020

La muerte de la tragedia

George Steiner (1930-2020), patrono intelectual de este blog, escribió:  

“No creo que la crítica literaria posea rigor o pruebas. Cuando es sincera es una experiencia privada y apasionada que trata de convencer”.

En La muerte de la tragedia, Steiner convence, persuade, orienta. Obra como maestro de lecturas, esa virtud que ha hecho al viejo profesor apreciado y famoso en los principales centros universitarios de Occidente. Uno se va del ensayo -entregado a la imprenta por primera vez en 1961- con la sensación de que si no leemos al menos una obra importante de Shakespeare, Racine, Schiller, Pushkin, Ibsen, Chejov o Brecht, seremos seres humanos incompletos, mutilados incluso.

El libro explora la evolución de la idea de la tragedia en el teatro europeo desde la Edad Media. Las ramificaciones, como suele ocurrir en Steiner, son sabrosas. Un ejemplo: la influencia de la poesía francesa del siglo XVII en los modos de retórica de la vida pública francesa. Vale decir, hay un nexo entre Pierre Corneille y el general De Gaulle.

Aclaremos algo. Cuando decimos “tragedia” nos referimos a una noción artística y a una visión del hombre que son griegas o isabelinas y se expresan en un escenario con la técnica del verso. Tiene rasgos específicos. Las tragedias terminan mal. El protagonista es destruido por fuerzas que no pueden ser entendidas del todo ni derrotadas por la prudencia racional. Como forma de arte, la tragedia exige la presencia de Dios, hoy -por desgracia- una carga intolerable para el público y el artista. Por eso, no va a volver.

Steiner examina movimientos culturales como el neoclasicismo o el romanticismo, teorías literarias y procedimientos (como el alejandrino) y obra maestras del teatro, algunas no tan célebres como el Woyseck de Büchner. Las citas son profusas y son otro agrado del libro. Vea usted. ¿Quién escribió esta estrofa, amigo lector, Heinrich von Kleist o el Dr. Pedro Cahn?

"Con horrendo paso y enorme voracidad
la peste avanza a trancos por nuestras filas vacilantes
y les exhala de sus labios hinchados
los vapores ponzoñosos que bullen en su seno".

Este ensayo, para redondear, resulta imprescindible para quien guste del teatro y la argumentación crítica de excelencia. Hay un pasaje lateral que me gustaría destacar porque no sólo puede sino también debe aplicarse a la degradada Argentina 2020 (acaso el peor año de nuestras vidas).

Establece el rabí Steiner en la página cincuenta y dos que la retórica política es enemiga mortal del libre albedrío y la razón. Oíd, mortales, su razonamiento elocuente:

“El comportamiento político ya no es espontáneo y no responde a la realidad. Se congela alrededor de un núcleo de retórica inerte. En vez de hacer a la política dudosa y provisional a la manera de Montaigne (quien sabía que los principios sólo son soportables cuando tienen carácter de tentativas), el lenguaje aprisiona a los políticos en la ceguera de las certezas o la ilusión de la justicia. La vida del espíritu es menguada o asfixiada por el peso de su elocuencia. En vez de convertirnos en amos del lenguaje, nos tornamos sus siervos. Tal es la condenación de la política”.

Alguien que se lo acerque a los Presidentes que cultivan con fruición la grieta.
Guillermo Belcore


Calificación: Excelente