miércoles, 14 de diciembre de 2016

El borrador de una obra famosa

Por Guillermo Belcore

La decisión de Carolina López, viuda de Roberto Bolaño, de vender en 2016 los derechos de todo lo que ha escrito el artista -haya sido publicado o no- a un sello editorial distinto al que le había permitido alcanzar la consagración literaria en España generó una modesta polémica, de la que dan cuenta algunos diarios. Revolviendo en el baúl del legado de R.B. aparecieron así algunos inéditos, como esta novela de juventud, que anticipa, en tema y forma, una de las mejores creaciones del vate chileno. En efecto, puede definirse a El espíritu de la ciencia ficción (Alfaguara, 225 páginas) como una suerte de esbozo de Los detectives salvajes. Y como todo borrador es fatalmente defectuoso.

No incurrirá esta columna en la controversia. El punto nunca es si resulta pertinente publicar lo que un autor famoso prefirió dejar para el olvido en vida (para justificarse, la industria siempre saca a colación el caso de Kafka). Nos distrae de lo esencial. La pregunta es, siempre y para cada ocasión, qué hace que este libro merezca ser leído. Lo demás son externalidades, que no tienen más valor que la curiosidad o el chisme, y que nada nos dicen sobre los valores estéticos (o la falta de) en las páginas que llegan a nuestras manos.

El espíritu de la ciencia ficción reúne un puñado de empresas descabelladas. El narrador, Remo Morán, y su amigo José Arco persiguen las huellas de las centenares de revistas de poesía que florecen de milagro en la Ciudad de México. Revistas es un decir; la mayoría no son más que hojitas mimeografiadas. Jan Schrella escribe cartas a los maestros de la ciencia ficción anglosajona. Remo y Jan comparten una buhardilla, ambos nacieron en Chile y son pobres como ratas. Son Bolaño, naturalmente.

Otro hilo narrativo se teje en una fiesta artística (una parranda de borrachos, bah), en la que un escritor habla con una periodista de su novela premiada que incluye la Academia de la Papa, la Universidad Desconocida, una guerra francoalemana. Es un hilo confuso que no conduce a ningún lado (puede que sea el sueño de los dos aspirantes a escritor). Justamente, si algo puede repudiarse de la novela primeriza de Bolaño -fue escrita a principios de los ochenta- es su naturaleza inconexa y desarticulada, lo que la vuelve tediosa. Da la impresión de que es un libro inconcluso, aunque los responsables de la edición juren lo contrario.

MUSICA ENVOLVENTE


No obstante, hay que reconocer que el mejor Bolaño se asoma en algunas páginas. En los retratos (todos sus personajes siempre resultan interesantes), en cierta poética de la nocturnidad del DF (previa a la irrupción de las hordas criminales que se apropiaron de todas las ciudades latinoamericanas), en la reivindicación de la lírica ("el hobby más barato y patético", aunque "motivo de orgullo regional"), en cierta melodía envolvente que exhala una prosa que, sin llegar a ser hermosa, es eficaz.

Christopher Domínguez Michael, apasionado prologuista, ha querido llamar la atención sobre otro rasgo importante: se trata de un relato de aprendizaje masculino en el esquivo mundo del sexo. El volumen añade al final los apuntes manuscritos de una novela que aparentemente nunca satisfizo a su autor, pero, así y todo, ha llegado a la imprenta. Doña Carolina adelantó a los periodistas que en el arcón de los inéditos (Domínguez Michael lo compara con el de Pessoa) hay otras tres novelas, además de poemas y cuentos.

El primer rescate, cabe concluir, es sólo para la grey. La legión de bolañistas y bolañólogos lo disfrutará, como si retornaran a una casa muy querida, hospitalaria a pesar de sus fantasmas y de su decoración inacabada.

Al resto de los mortales se le sugiere que no pierdan tiempo y vayan directamente a Los detectives salvajes o cualquiera de las creaciones imperecederas de uno de los pocos autores imprescindibles que entregó Latinoamérica en los últimos treinta años.

Calificación: Regular