martes, 24 de febrero de 2015

Hombres del ocaso

Anthony Powell
Fiordo. Edición 2015. Novela, 259 páginas.

Después de la Primera Guerra Mundial una idea se hizo carne: Occidente se encuentra viviendo su fase crepuscular. Intoxicado con pseudobiología darwinista, el alemán Oswald Spengler establecía a principios de los años veinte que las civilizaciones son similares a los seres vivos. Su ciclo de existencia atraviesa cuatro etapas: juventud, crecimiento, florecimiento y decadencia. La democracia liberal -hija de la Ilustración dieciochesca- agoniza, se pensaba. ¿Evidencias? La carnicería sin precedentes en Europa, el surgimiento de vociferantes alternativas ideológicas (el futuro parecía destinado a las tiranías rojas o pardas). El arte tomó nota. El surrealismo y dada consagraron el sinsentido (¿acaso el mundo no es así?). La pesada novela decimonónica, preñada de optimismo, quedó atrás y florecieron, entre otras nuevas variantes, espumosas obras decadentistas (la contracara, acaso, de la siniestra visión kafkiana). Acabo de leer una de las más divertidas.

Con el rigor y el buen gusto que caracteriza a cada una de sus reimpresiones (¡ah, las editoriales boutique de la Argentina!), el sello Fiordo volvió a meter mano en esa cornucopia inagotable que es la literatura inglesa del siglo XX (ver la entrada anterior). Rescató la primera novela de Anthony Dymoke Powell (Westminster, 1905-2000), hombre de letras admirado por autores de la talla de Anthony Burgess y William Trevor. ¡Bien hecho, muchachos!

Hombres del ocaso se titula esta gema rara y perfumada. El truco que aplica no tiene misterios. Powell hace actuar e interactuar a una magnífica colección de mequetrefes en escenarios convencionales: el club, la fiesta, el lugar de trabajo, la galería de arte, el restaurante,  el boxeo, la casa de campo. El efecto siempre es suave, cómico. Gozamos del encanto de la cháchara intrascendente. Pero algunos diálogos son engañosamente sencillos, responden a la premisa hemingwayana del iceberg,  es decir lo que está en la superficie no es lo sustancial. Por debajo de las peripecias y los balbuceos idiotas de esos buenos para nada (malos hasta para el amor o el suicidio) circula la idea de la decadencia de Occidente. La novela fue publicada por primera vez en 1931.

El lector encontrará algunos de los mejores retratos satíricos de la época, de cualquier época, bah. Jóvenes que desperdician su vida, magníficas nulidades, chicas promiscuas, pintores “malos por naturaleza pero un deplorable barniz de destreza recogida en París hacía que la gente comprara sus obras de tanto en tanto”. La erótica de la prosa estriba tanto en sus divertidas situaciones (el humor es finísimo) como en la elegancia de las expresiones. Puede que nadie haya narrado una escena de sexo con la sofisticación que se exhibe en la página ciento cinco. ¡Qué delicia este Powell! Usa la frase corta con la misma habilidad con la que un pescador veterano destripa a sus piezas.

En síntesis, una novela altamente recomendable. El sello Fiordo nos ha dejado con hambre. Aquí se aplaudirá de pie -cabe suponer- cada una de las obras que logren reponer de Anthony Powell, como nuestro Bioy Casares un sublime aristócrata de la literatura.
Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno.


PD: Hay un buen reportaje a los responsables del sello editorial aquí: http://golosinacanibal.blogspot.com.ar/2014/02/las-huellas-de-la-imaginacion.html

domingo, 22 de febrero de 2015

El pueblo en la guerra

Sofía Fedórchenko

Hermida Editores. 127 páginas

Este libro fascinante es el reverso exacto de las obras de Ernst Jünger sobre la Primera Guerra Mundial (muy celebradas en este blog, por cierto). En lugar del regocijo por matar, de cierta poética de las trincheras, el lector encontrará aquí dolor, angustia, pánico y desidia. La guerra es al mundo lo que un borracho furibundo a la casa, todo lo devasta, reflexiona uno de los tantos campesinos que el Imperio Zarista movilizó en 2014 “para que el pueblo entendiera que no vale nada y no anduviera reclamando tonterías”.

¡Por fin llegó a la Argentina! Se trata de un relato breve pero con una riqueza inaudita en su carácter coral, como destaca Elías Canetti en una nota introductoria. Sofía Fedórchenko, una mujer culta educada en París, recopiló comentarios, opiniones, anécdotas, lamentos de la soldadesca en el hospital. Los heridos no se percataban de que la enfermera tomaba notas. Los testimonios son estremecedores, tienen el sabor amargo de lo vivido. Y, al mismo tiempo, una gran valor literario. Cada entrada -estenograma, los llama la autora- es un bosquejo de un cuento o un microcuento en sí mismo. Nuestra imaginación llena los huecos. Basta una sola frase para llevarnos a ese escenario de pesadilla que fue el frente oriental entre 1914 y 1917. Oímos frases tremendas: "Los austriacos habían matado a su hermano delante de el". O bien: "Si hubieras mirado a los ojos de un moribundo, verías esos ojos por la noche".

El material se organiza por temas. El capítulo III (Cómo eran los jefes) demuestra porqué triunfó la revolución bolchevique. El descontento social era intenso durante el zarismo. Los reyezuelos de pocilga (oficiales y suboficiales) trataban peor que a perros a la masa de campesinos. El capítulo V (Cómo llevaban las enfermedades y heridas) es uno de los manifiestos pacifistas más convincentes que se han escrito en el siglo XX. “El dolor físico llega al límite mismo, un poco más y las fuerzas humanas no alcanzan para asimilarlo. Sólo nos salvamos gracias al desmayo", musita un pobre diablo.

Canetti y Thomas Mann creían que este libro (primera parte de una trilogía) conforman la imagen más fiel de la Gran Guerra. No se ahorran atrocidades, no se oculta la voz ruda, simplona, incluso antisemita de la Rusia profunda. Una obra memorable, para quien le interese el tema y su estómago no flaquee. 
 
Verás que el hambre es el mejor maestro, te enseña cosas. Conocerás a un soldado que le roba el pan a un niño que duerme al costado del camino.  Y a otro que estrangula a un alemán enorme para quedarse con su cafetera humeante. Odiarás a esos tres oficiales que abusan hasta la medianoche de la lavandera del Estado Mayor y le contagian enfermedades. Mientras tanto, Mishka y Osthaskov desobedecen las ordenes y se llevan al gaznate una botella verde que encontraron en  el suelo mientras marchaban a la batalla: cayeron redondos, muertos.
Guillermo Belcore
Una versión algo más breve (el espacio es un tirano en los diarios) se publicó hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Muy bueno


miércoles, 18 de febrero de 2015

Literatura diapasón

Diario de un lector apasionado

Hay una demostración de estilo de la que sólo pueden decirse cosas buenas. Los franceses la llaman la mot just, yo quisiera inventar la subespecie literatura diapasón, es decir aquella en la que cada palabra da la nota exacta, es perfecta, si es que esto fuera posible en el arte. Obviamente, el mejor Jorge Luis Borges está allí; hay quien dice que Ernest Hemingway también. Yo postulo que buena parte de la literatura británica del siglo XX, con su sabrosa claridad y su manejo de la ironía, merece la etiqueta. Por ello, uno de los acontecimientos culturales de estos años en la Argentina ha sido el rescate por parte de editoriales locales (generalmente pymes) de aquellas joyas de la anglosfera que habían quedado fuera del alcance de los lectores curiosos y hedonistas (que no somos pocos) en este arrabal del mundo. Justo es decir que esa noble empresa de reimprimir buenos libros ingleses para su venta ha sido orientada o inspirada en buena medida por Don Luis Chitarroni.

La reflexión fue gatillada por la ingesta de otra joya de la corona británica. A los anaqueles de la Patria, el sello Fiordo trajo Hombres del ocaso, la primera novela de Anthony Powell (Westminster, 1935-2000). La lectura de unas pocas páginas me han convencido de que la obra, finamente editada, derrocha una virtud sin la cual -Stevenson estableció- todas las demás son inútiles: el encanto. Verbigracia, el encanto de la cháchara intrascendente. Tropecé también con algunos de los más adorables retratos que he leído en mucho tiempo. Véase esta descripción: “…era un pintor malo por naturaleza pero un deplorable barniz de destreza recogida en París hacía que la gente comprara de tanto en tanto sus obras”… Cambie usted “pintor” por “literato” y la frase le cabe como anillo al dedo a más de uno de esos escribidores argentinos que reptan por los suplementos culturales.

Para justificar el segundo dictum del primer párrafo (“el rescate de las gemas británicas del siglo XX ha sido uno de los acontecimientos culturales de estos años“) elaboré una lista obras altamente recommended de esa cornucopia, al parecer inagotable. Que la aproveches (por cierto, cada uno de los libros han sido comentado en este blog):

1) La mujer de Guatemala. V.S. Pritchett. La bestia equilátera. Cuentos.

2)  La era victoriana en literatura. G.K. Chesterton. Prometeo Libros. Ensayo sobre literatura y arte.

3)  Robinson.
Muriel Spark. La bestia equilátera. Novela.

4)  Ultima resaca. Patrick Hamilton. Manantial. Novela.

5)  Mi perra Tulip. Joe R. Ackerley. Beatriz Viterbo Editora. Novela

6)  El diván victoriano. Marghanita Laski. Fiordo. Novela

7)  Tostadas de jabón y otros cuentos. Julian Maclaren-Ross­
La Bestia Equilátera. Cuentos.

8)  Memento Mori. Muriel Spark. La Bestia Equilatera.

9)  Cuentos escogidos. Saki. Editorial Claridad.

10)  Los años. Virginia Woolf. Novela. Lumen.

11)  Un puñado de polvo. Evelyn Waugh. RBA.

12)  La buena terrorista. Doris Lessing. Punto de Lectura. Novela.

G.B.

jueves, 12 de febrero de 2015

Los libros que no hay que leer nunca


El moscardón imaginario XLIV




Internet y los suplementos culturales están infestados de enumeraciones superficiales, del tipo las “Veinte mejores novelas de este siglo“ o bien “Las cincuenta obras de ciencia ficción que no podes dejar de leer“. Son inútiles o perjudiciales, estableció hace más cien años Oscar Wilde. “La apreciación de la literatura es cuestión de temperamento no de enseñanza”, sostenía el genial irlandés en la deliciosa reflexión titulada Hay que leer o no leer. “No existe manual del aprendiz del Parnaso y nada de lo que se puede aprender por medio de la enseñanza vale la pena de aprenderse”, añadía. Pero recomendaba, en cambio, elaborar listas de los libros que no hay que leer nunca, entre ellos todo el teatro de Voltaire y todos los volúmenes de argumentación y aquellos en que se intenta probar algo.

La recomendación de Wilde no ha perdido sustancia pues hoy -al igual que a fines del siglo XIX- “se lee tanto que ya no tiene uno tiempo de admirar”. Por eso, después de una larga meditación que ha pasado revista a más de cuarenta años de lecturas, me animo a proponer un catálogo con 50 especies de libros que no vale la pena tocar ni con un palo a tres metros de distancia. A menos claro, que usted pertenezca a esa singular categoría humana que se solaza despilfarrando el tiempo. A saber:

1) Los libros que han recibido en este blog la calificación de “regular”.

2) Las novelas de Ricardo Piglia, excepto quizás Respiración artificial.

3) Las recopilaciones de artículos periodísticos que hayan sido publicados después de 1980, con la única excepción de La felicidad de los pececillos de Simon Ley.

4) Las obras menores de los grandes escritores como El sueño del celta de Vargas Llosa, o Los años de peregrinación del chico sin color de Haruki Murakami.

5) Las novelas en español que hayan ganado algún premio literario organizado por una editorial o un diario en los últimos treinta años (*).

6) Las novelas de Paulo Coelho y de Federico Andahazi.

7) Las novelas argentinas con menos de doscientas páginas donde no haya un estilo en juego.

8) Las biografías escritas por periodistas argentinos.

9) Las novelas escritas por periodistas argentinos.

10) Los libros de investigación periodística que se consiguen a los pocos meses en las mesas de saldo.

11) Los libros doctrinarios, siempre y cuando la doctrina no diga cosas necias, divertidas.

12) Las antologías de cuentos de escritores principiantes. Son fáciles de identificar, suelen denominarse la ‘Nueva Guardia’.

13) Los diarios de Abelardo Castillo y de Paul Auster.

14) Los diarios de aquellas personas sin malicia o a las que nunca le han ocurrido cosas interesantes.

15) La literatura de supermercado.

16) Las novelas de José Pablo Feinmann y de Alberto Manguel.

17) Los libros de autoayuda.

18) La literatura naif europea.

19) Los cuentos simplones de Banana Yoshimoto.

20) Las novelas de amor de Sandor Marai.

21) Los ensayos con ínfulas filosóficas de George Soros.

22) Todos los libros en general que no demanden una relectura.

23) Las novelas de Dan Brown, salvo El código Da Vinci, pero ésta abordada con intenciones sociológicas no artísticas.

24) Las novelas de los imitadores de Aira.

25) Las novelas de dos Premios Nobel: Herta Müller y J.M.G. Le Clezio.

26) Los libros de historia de Pacho O’Donnell y Felipe Pigna.

27) Las obras explícitas, aquellas donde los narradores se entrometen una y otra vez para pregonar un mensaje o para decirlo todo ("Solo los mediocres desarrollan cuanto tocan", sentenció Oscar Wilde).

28) Los ensayos a vuelo de pájaro, que no estén muy bien escritos.

29) Todo lo de Isabel Allende.

30) El 80% de lo que escribió Carlos Fuentes y Andrés Rivera.

31) Los libros de economía destinados a la gente que nada sabe de economía.

32) Las colecciones temáticas de cuentos (tipo “Cuentos de fantasmas”), a menos que uno sea un lector inexperto en busca de autores para seguir.

33) Las versiones abreviadas de los clásicos.

34) En general, aquellas novelas sin poética o filosofía o una historia cautivante.

35) Los libros puercos, con nada más que pornografía, entendida ésta en un concepto amplia que abarca la violencia y la codicia, además de las relaciones sexuales.

36) El género chick lit.

37) La literatura del yo contemporánea en idioma español, con la excepción de las obras de Enrique Vilas-Matas.

38) Todo lo de Jorge Bucay.

39) Los libros para adolescentes.

40) Aquella ciencia ficción que provenga de una imaginación pobre.

41) Las novelas cuya erótica sea incapaz de sobreponerse a una mala traducción.

42) Los libros para padres.

43) Los textos parásitos que, como si se tratasen de una hiedra venenosa, se enroscan en torno a un tronco noble. Por ejemplo, las obritas, más o menos amables, sobre Borges.

44) Las tesis o tesinas universitarias en formato libro.

45) El equivalente literario al rock chabón.

46) Las obras pueriles de Julio Cortázar como Último Round.

47) La poesía de Mario Benedetti.

48) Todo lo de Eduardo Galeano, a menos que hayas nacido después de 1990.

49) La poesía española del siglo XIX.

50) Las páginas que narren sueños.


PD: Obviamente, la lista está incompleta, por lo que la iré engordando conforme se me ocurran otros caprichos. Mucho agradeceré al lector del blog, su consejo y participación en el juego.

PD II: El señor Carlos E. Fernández me advierte en Twitter una excepción notable al punto cinco: Los detectives salvajes de Bolaño ganó el Premio Herralde en 1998. Tiene razón, Carlos. Es una de las mejores novelas que ha engrendrado América latina. Por otro lado, queda demostrado la inutilidad de establecer reglas sobre la creación literaria. Siempre habrá una excepción que nos escupa el asado. 

domingo, 1 de febrero de 2015

El libro de mi destino

Parinoush Saniee
Salamandra. Novela, 443 páginas.

Los textos de Almafuerte, Sarmiento y Cervantes tienen -según Borges- algo en común. Una íntima virtud que se abre camino a través de una forma a veces vulgar. La primera obra de ficción de la socióloga y psicóloga Parinoush Saniee (Teherán, 1949) también muestra esa eficacia, aunque sin misterios: si la prosa es plana y simplísima, la historia resulta fascinante. También, el retrato social. Y la ambición literaria no merece otra cosa que elogios: ‘El libro de mi destino’ quiere denunciar la opresión que sufren las mujeres de Irán, tanto por las tradiciones como por la maldad de una teocracia islámica que, en los sustancial, no difiere de la dictadura del shá.

En algún punto entre Thomas Hardy y Emile Zola se ubica el libro. También puede pensarse en Isabel Allende. No es Alta Literatura, pero el melodrama engancha, tiene encanto y tensión dramática, como las telenovelas brasileñas. Se narra la vida de una mujer admirable. El destino de Masumeh es sufrir; sacrifica su felicidad primero por el honor hipócrita de sus padres y hermanos, luego por los ideales del marido, finalmente por los gestos heroicos, deberes patrióticos y egoísmo de los hijos. “Es como si yo nunca hubiera existido, como si no tuviera ningún derecho”, se lamenta nuestra heroína al final de la jornada.

Al parecer, la lectura de la novela se ha convertido en un acto de resistencia y libertad intelectual en Irán. Se editaron veinticuatro ediciones, muchas clandestinas, ya que se prohibió su circulación durante el mandato del filonazi Ajmadineyad. Ahora llega a Occidente y deberían darle aunque sea una mirada aquellos que profesen esa tontería académica conocida como relativismo cultural. Hay otro juego sagaz en el libro: se establece una antinomia (“tensión” dirían los loros de Puan) entre política, ideología y militancia (una especie de teatro que en la tierra de Jomeini suele ser letal) y el amor entendido como valor universal. Muchos pasajes aburren pero otros se leen con un nudo en la garganta. 
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.
 
Calificación: regular
 
PD: El País de Madrid entrevistó a la autora y ofrece la lectura de algunas páginas de la novela. Pincha acá: http://cultura.elpais.com/cultura/2014/07/29/babelia/1406640227_448053.html  

martes, 27 de enero de 2015

La conjura contra América

Philip Roth
Mondadori. 428 páginas. Novela. Edición 2005

En junio de 1940, la Convención Republicana de Filadelfia nominó a Charles A. Lindbergh como candidato a la presidencia. Con buen tino, los popes de la oposición olfatearon que sólo el héroe norteamericano de la aviación y una de las voces más populares del sentimiento aislacionista era el único que podría arrebatarle a Franklin D. Roosevelt su tercer mandato en la Casa Blanca. Y así fue. Lindbergh se convirtió en el presidente número treinta y dos de Estados Unidos. La llegada al poder de un antisemita de salón o de un fascista redomado (aún se discute el punto) trajo consecuencias terribles para los cuatro millones de judíos de la Unión. Primero fue el Acuerdo de Islandia que, después de dos días de conversaciones cordiales con Adolf Hitler, selló la neutralidad estadounidense en la Segunda Guerra Mundial. Le siguió la Oficina de Absorción Americana y el programa Colonia 42 para diseminar a las familias judías en lugares tan inverosímiles como Danville, Kentucky. Y luego el asesinato político y los peores pogroms en Occidente tras los de Alemania en 1938.

El autor de tan cautivante ucronía es Philip Roth, uno de los mejores narradores estadounidenses de todos los tiempos, a quien se le niega el Premio Nobel (entendido éste como consagración global de una obra trascendente) sólo por necedad o ignorancia de los mandarines de Estocolmo. La obra se nutre de dos vertientes: la prodigiosa imaginación del escritor y su experiencia en los barriadas obreras de Newark. En efecto, como todos los libros de Roth, La conjura contra América trae abundante material autobiográfico.

Leemos las memorias de Philip Roth. Van de junio de 1940 a fines de 1942. Por entonces, era un niño feliz, coleccionista de estampillas, en el seno de una laboriosa y sana familia judía de Nueva Jersey, primera y segunda generación nacidas en América. Pero la política se inmiscuyó en su vida y la desquició como nunca hubiera imaginado. El terror de lo imprevisto y la abominación de la violencia. Ya sabemos que “la calamidad cuando llega lo hace a toda prisa”. Desfilan personajes entrañables como Herman, el propio padre de Philip un vendedor de seguros, con una rectitud cívica que sería admirable sino bordeara el comportamiento suicida. El primo Alvin que se escapa a Canadá para pelear contra Hitler y pierde una pierna en Francia. Matones de tres al cuarto, un rabino colaboracionista, la pulposa tía Evelyn, “moldeada según un modelo de colinas y manzanas”, pero viviendo “en estado de perpetua intensidad”. Y personalidades de la vida real como el periodista sensacionalista Walter Winchell y el alcalde Fiorello La Guardia.

No sólo la historia y los personajes son atractivos, sino también la maciza prosa, casi sin ornamentos pero rica en detalles. Hay un juego interesante entre la morosidad de las primeras doscientas cincuenta páginas y la aceleración final. Y, claro, también relumbran las ideas, porque Phillip Roth es también un novelista de ideas como Vargas Llosa o John Updike.

Tres puntos, creo, han quedado asentados aquí:
* El liderazgo político es crucial en democracia. Un dirigente corrompido puede hacer que aflore los peores sentimientos y prejuicios de la gente, como el antisemitismo que es la pasión primordial de tantísimos idiotas morales, incluso genios en lo suyo como Henry Ford (1).
* La civilización es una película demasiado delgada. Hay muchísimas personas viviendo entre nosotros que tienen la capacidad para realizar esa transformación rápida de la cordura a la locura, que es indispensable para llevar a la práctica el desenfrenado impulso de destruir.
* Las masas son muy fáciles de manipular. Acaso los alemanes no sean tan excepcionales. La credulidad del populacho puede transformar cualquier país en un manicomio.

En estos días, además de noticias escalofriantes provenientes de la Argentina, anda circulando un ranking de las mejores novelas del siglo XXI publicadas en inglés (Pincha acá).  La compulsa de opinión fue realizada por la BBC. Yo hubiera añadido entre las doce mejores a La conjura contra América.
Guillermo Belcore

Calificación: Muy buena



(1) O la xenofobia, o la islamofobia. The Washington Post ha leído esta novela como unca crítica sutil al liderazgo perverso de G. W. Bush.

domingo, 18 de enero de 2015

Historia de la guerra

POR GUILLERMO BELCORE

La historia del hombre (no de la mujer) es la historia de la guerra.  Al fin de cuentas, la casi totalidad de los ciento noventa y tres estados registrados en Naciones Unidas se crearon por derecho de conquista, contienda civil o lucha por la independencia. Desde esa perspectiva, la marcha de la humanidad podría dividirse según el instrumento primordial que se ha usado para el combate. No habría entonces más que cuatro eras desde que se llevan registros escritos: la Edad de Piedra, la Edad del Bronce, la Edad del Hierro, la Edad de la Pólvora. Puede que el siglo XXI esté ingresando en la Edad Electrónica (armas láser, pulsos electromagnéticos, virus informáticos). Agradezcamos a Dios que Hiroshima y Nagasaki no se hayan repetido y por ende no hubo Edad del Átomo. Hubiera sido nuestro final.


Un minucioso ensayo -publicado en España- sobre tan fascinante tema ha llegado a la Argentina. Historia de la guerra (Turner Noema, 534 páginas, edición 2014) fue entregado a la imprenta por primera vez hace veinte años pero no perdió un gramo de frescura. Su autor es considerado como el más preeminente historiador militar de su era. El inglés John Keegan (1934-2012) reflexiona desde una base sólida, y muy difícil de refutar: los factores culturales son absolutamente esenciales en las relaciones humanas. Y la guerra podría definirse, básicamente, como la perpetuación de la cultura por sus propios medios. Entendida la cultura como vasto contingente de creencias compartidas, valores, asociaciones, mitos, tabúes, oratoria y expresión artística que lastran a una sociedad. Sí, lastran. Obstruyen la evolución de la sociedad global hacia formas más avanzadas de convivencia.

Sin una teoría, los hechos no afirman nada, escribió F.A. Hayek. Keegan la tiene. Para él, la guerra es siempre una manifestación de la cultura y en algunas sociedades la cultura en sí misma. La cultura es una fuerza tan poderosa como la política en la elección de los medios bélicos y en muchas ocasiones más predominante que la lógica militar, como en el caso de los aztecas o los chinos antiguos.

Antes de explorar tan magnífica tesis es necesario destacar que el texto redondea un alarde impresionante de erudición y que revisa más de cuatro mil años. Desde el primer asalto bárbaro a la Mesopotamia asiática hasta la guerra civil en Yugoslavia. Se detiene incluso en la forma en que combatían los yanomanis, los maoríes, los mamelucos y los samuráis. Keegan es un maestro en el trazado de largas e inspiradas cadenas causales. Ejemplos: en la implacable eficacia de Hernán Cortes está presente  Genghis Kan; en la ferocidad de las Waffen-SS, el batallón suizo de Neufchatel, reclutado por Napoleón. Keegan se inspira en Giambatistta Vico, el padre de la historia comparada. En el arte de encontrar patrones constantes, el profesor de Sandhurst y Princeton nos advierte que a lo largo de la historia ha existido una tensión fundamental entre los poseedores de las tierras de cultivo y los desposeídos habitantes de tierras demasiados frías, finas o secas para lo mismo. Areas con déficit alimentario, generan guerreros, hombre violentos que son una amenaza para la sociedad abierta. ¿No es eso lo que vemos con Al Qaeda o con las legiones de pibes chorros que han desquiciado nuestras ciudades?

LA HERENCIA GRIEGA

Las respuestas no son sencillas. ¿Qué es lo que hace que los hombres se maten entre sí? ¿Han existido sociedades sin guerra? ¿La agresividad forma parte de nuestra propia naturaleza? Sí, es nuestro costado oscuro, primitivo, responde el especialista en historia militar. La vida guerrera ejerce una poderosa atracción sobre la imaginación del varón. Es verdad que el hombre es potencialmente violento (y vivimos en una cultura que la que existen muchas probabilidades de que esa potencialidad aflore), pero el espíritu de cooperación, y no el de confrontación, es el que conseguido que el mundo siga andando y prospere. Además, los violentos siempre han sido minoría. El problema son las culturas (o subculturas, como lo demuestra la inseguridad que padecen los argentinos) construidas sobre esta propiedad del ser humano. En el pasado remoto y en muchas de regiones de Oriente -nos instruye el libro- se han establecido restricciones para moderarla, tipo los rituales, la negociación, la diplomacia, la contención filosófica. El buen vencedor evita la batalla, recomendaba Lao Tse. El drama ha sido cierto modo occidental de hacer la guerra, que desembocó, finalmente, en un derramamiento de sangre sin precedentes en el siglo XX.

Identifia Keegan tres elementos primordiales de la cultura militar de Occidente. Uno endógeno y moral (derrota absoluta del enemigo en una batalla decisiva); el otro ideológico, copiado de Oriente (el concepto de guerra santa); el tercero adquirido, por la capacidad histórica de adaptación y experimentación (la tecnología armamentística).

Al parecer, todo comenzó en la antigua Grecia. A partir de allí, Occidente descarto definitivamente la táctica elusiva y fría de la guerra primitiva u oriental. Fueron los pequeños terratenientes de las ciudades Estado griegas quienes inventaron el concepto de batalla decisiva, y lucha a muerte, cuerpo a cuerpo. La guerra fue una calamidad para la civilización helena, las glorias intelectuales y artísticas quedaron definitivamente apagadas.

De Grecia, esa cultura militar saltó a Roma, cuya principal contribución a que el ser humano comprendiese como se lleva una vida civilizada -escribió Keegan- fue “su institución de un ejército profesional y disciplinado“. Desaparecido el Imperio, el método bélico occidental pervivió en el Medioevo en la caballería feudal y se potenció -para desgracia de todos- en la Edad Moderna.

BESTIA NEGRA

El culturalista Keegan atribuye a un libro decenas de millones de muertos. De la guerra de Karl Van Clausewitz produjo una teoría sobre la guerra con resultados catastróficos, que prendió en todos los gobiernos de Europa. El ensayo puede parangonarse con otra obra nefasta también proveniente de Alemania: El Capital de Karl Marx. Ambos son “obstinados tratados de ideología en los que se expone una visión del mundo no como es sino como debería ser“.

Pero, en rigor, la militarización de Europa según el modelo prusiano comenzó con la Revolución Francesa. Ninguna sociedad anterior a la de 1789 consideraba el servicio militar más que como una profesión para unos pocos.  El lema "de cada hombre un soldado" -consecuencia del frenesí igualitario de los jacobinos- se basa en una incomprensión palmaria de lo que es capaz la naturaleza humana, destaca Keegan. La locura del servicio militar obligatorio (lo vimos en la Argentina, con la aventura de Malvinas) forma parte del mismo ideario occidental de la conveniencia de hacer la guerra al extremo de exigir una derrota total.

¿A qué apuntaba pues la noción fatal de que la guerra es la continuación de la política? A replicar el éxito napoleónico, que la guerra se convirtiese en popular en un estado oligárquico. La sencilla y poderosa pulsión del honor de las armas fue una idea subversiva en Europa que hervía como magma volcánico bajo la superficie de progreso y prosperidad en el siglo XIX. Keegan lo dice sin ambages: puede considerarse a Clausewitz como padre ideológico de la Primera Guerra Mundial, el acontecimiento decisivo de nuestro tiempo, pues corrompió lo mejor de nuestra civilización -el liberalismo y la esperanza- dando a los militaristas y a los totalitarios un papel en las apelaciones al futuro. Es decir, sin Verdún, el fascismo, el nazismo y el bolchevismo -dos aberraciones contemporáneas- no hubiesen conquistado el poder ni las mentes.

Para Keegan, Hitler no es otra cosa que Clausewitz llevado hasta sus últimas consecuencias, la restauración de una cultura guerrera. Pero, atención. La militarización desde arriba de los europeos fue tan nefasta como la militarización desde abajo, tercermundista. La épica partisana ha generado sus propios holocaustos. Véanse los casos de Mao, Tito y los argelinos. Por cierto, la bomba atómica fue la culminación lógica de ese principio de la cultura occidental de adoración del artefacto moderno y la batalla decisiva.

SE PUEDE

En su experiencia de campo, Keegan descubrió que los militares no son como los demás hombres. Es decir, sus valores son distintos,  muy antiguos, existen en sintonía con el mundo cotidiano pero no forman parte de él. Se rigen por el tribalismo. “La cultura del guerrero nunca puede ser nunca parte de la civilización“, es otra de las conclusiones admirables de este libro inspirador. Ni hablar de dejarlos gobernar. La decadencia argentina es suficientemente elocuente.

Keegan, por cierto, se pronuncia a favor de la abolición de la beligerancia. Ya a fines del año pasado creía que, al cabo de cinco mil años de guerras, hay motivos para creer que los cambios culturales y materiales conducen a inhibir la tendencia humana a empuñar las armas. ¿Un mundo sin guerra? Algún día, por ahora nos conformamos con que la sociedad global mantenga a raya ese azote -tan destructivo como las enfermedades- con limitaciones racionales. Occidente, recomienda el pensador occidental, debería aprender de Oriente y de algunas sociedades primitivas en lo tecnológico pero más avanzadas en el arte de la convivencia, sin que esto implique -naturalmente- caer en el relativismo cultural  esa tonta refutación académica de los valores universales. La guerra es por ende un hábito que, como todos, se puede modificar.

Es que, al fin y al cabo, la guerra nunca ha sido la continuación de la política. De hecho, antecede a los Estados, a la diplomacia y a la estrategia en varios milenios. La guerra es casi tan antigua como el humano mismo y está arraigada en lo más profundo del corazón humano, un reducto en el que se diluyen los propósitos racionales del yo, reina el orgullo, predomina lo emocional e impera el instinto. Guerrero, miliciano, conscripto, mercenario, esclavo, tropa regular son los nombres del hombre primitivo. Contra las culturas que glorifican la lucha hay que luchar, intelectualmente hablando.
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Excelente

lunes, 12 de enero de 2015

El libro de las pruebas

John Banville

Alfaguara. Novela, 232 páginas. Edición 2015

Cuando Freddie Charles St. John Vanderveld Montgomery -un bueno para nada- cometió su acto inexcusable pasaba por el peor momento de su vida. Había abandonado una carrera como profesor en Estados Unidos y durante diez años recorrió el mundo como buscavidas, sin mover jamás un dedo, viviendo de las pocas libras de su difunto padre y esquilmando la finca familiar. En una isla española contrajo una deuda. Volvió a Irlanda a buscar dinero; su esposa y su hijo quedaron como rehenes del prestamista. No consiguió un centavo, su madre los desheredó. Maquinó robar un cuadro antiguo, pero el destino le sembró el camino de obstáculos. Una criada lo descubrió; Freddie le aplastó el cráneo con un martillo. No mucho tardó la policía en atraparlo.

Freddie, el asesino banal, es el protagonista de una obra que el ilustre John Banville entregó a la imprenta en 1989. No se trata de uno de los grandes libros del insigne irlandés, pero -como todos- redondea una brillante exhibición de estilo. Aquí las palabras son el instrumento del lujo, de la sensualidad. Verbigracia: las metáforas que aluden a lo clásico o la artístico, como ésta: “…tenía el florido aspecto de unas de las putas reventadas de Lautrec…”  El texto, narrado en gloriosa primera persona, tiene un dejo inconfundible de Vladimir Nabokov. ¿Influencia o reencarnación?

Cada homicidio -nos dice el testimonio escrito de un psicótico- es un fracaso de la imaginación. El asesino no logra imaginar vivamente a la víctima, nunca la hace estar suficientemente presente. Puede matarla porque no está viva. ¿Por qué mató Freddie? En un rapto nietzscheano, sugiere a los atribulados hacer lo peor que exista. Es el modo de ser libre. “Nunca más necesitarás fingir ante ti lo que no eres”, añade. Pero, pensándolo mejor, concluye que su acto sartreano no se trató de una decisión, ni siquiera de una cuestión de pensamiento. El monstruo gordo que hay dentro de cada uno vio su oportunidad y salió dando espumarajos y golpes. Tenía cuentas que ajustar con el mundo y en aquel momento la mucama fue suficiente mundo para él. Nada puede impedírselo al monstruo. Ese es tu drama, ser humano.
Guillermo Belcore
Publicado el domingo pasado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Bueno

sábado, 10 de enero de 2015

El ensayo del año (2014)


En la última semana de diciembre -después de haber elaborado las 25 lecturas más placenteras de 2014- llegó a mis manos un ensayo esclarecedor y minucioso que, sin duda, merece haber en encabezado el ranking del año. Historia de la guerra de John Keegan logró sortear el cepo a las importaciones que han impuesto las autoridades económicas, so pretexto de que CFK no desea un dólor de cabeza en el último año de su mandato. Hasta un negado para la economía puede darse cuenta que traer libros de España, México o Chile haría saltar por los aires la esforzada ‘pax cambiaria’.

¡Je! Pero ese es otro asunto. Volvamos a la obra magna del más preeminente historiador militar de su época, publicada por primera vez en 1993 y el año pasado reimpresa en España. La tesis del inglés Keegan es que la guerra no es otra cosa que la perpetuación de la cultura por sus propios medios. Un recorrido fascinante y erudito por cinco mil años de Historia, que no deja fuera ni siquiera a los yanomanis de la Amazonia (un formidable mazazo al relativismo cultural y al mito del buen salvaje) pero que denuncia con toda convicción el método occidental de hacer la guerra y la cultura del servicio militar obligatorio, producto de una combinación explosiva: Revolución Francesa + Karl Von Clausewitz, cuyo libro ‘De la guerra‘ es culpable de un derramamiento de sangre sin precedentes. Giambattista Vico es, por cierto, la influencia primordial del autor.

Después de que se publique en La Prensa -acaso el domingo 18 del corriente- subiré aquí un extenso artículo sobre ’Historia de la guerra’. Baste adelantar que se trata de una obra imprescindible para todo aquel que desee comprender el hábito más extendido (y perverso) de la mitad de la humanidad, aquella que nace con un par de testículos en el cuerpo.

domingo, 28 de diciembre de 2014

Al límite

POR GUILLERMO BELCORE

A principios de septiembre de 2001, hubo en la Bolsa de Chicago un repentino y anormal aumento de opciones de venta de United Airlines y American Airlines. Miles de opciones de venta pero muy pocas de compra. El volumen negociado sextuplicó el tráfico normal. ¿Información privilegiada? ¿Alguien, de muy arriba, sabía lo que se le venía encima a Estados Unidos?

Planteado de otra forma, ¿el 11-S fue Pearl Harbor o el incendio del Reichstag? ¿Otro fracaso monumental de prevención o una conspiración para que Los Administradores “tuvieran su Guerra contra el Terror, un conflicto sin fin y empleos en seguridad hasta que les reviente el culo”? La pregunta no sólo la han formulado anarquistas de la Web o intelectuales de izquierda a lo Michael Moore sino el más inteligente y culto de los escritores de Estados Unidos. Suenen las trompetas. Ha llegado al español la octava novela de Thomas Pynchon (Nueva York, 1937). Sus materias primas son la destrucción del Word Trade Center, el estallido de la burbuja puntocom, la estupidez de la vida cotidiana, la maldad de la economía de mercado libre de ataduras. La lista continúa, pues, en “la pantalla de inicio del tardocapitalismo triunfal, Pynchon es un solitario píxel de insatisfacción", podría decirse, modificando, ligeramente, una metáfora usada por el eremita más famoso del mundo, ahora que Salinger está muerto. La novela se rige por una premisa genial: la paranoia es el ajo de la cocina de la vida. Nunca está de más.

Para quien esto escribe, Al límite (Tusquets, 491 páginas) merece el galardón ‘Mejor Novela 2014‘. Por los recursos en juego, la abrumadora cantidad de ideas que ponen a prueba nuestra comprensión y bagaje cultural, la seriedad de los asuntos abordados, el magistral uso de la ironía, los diálogos vibrantes, el tono cómico. Tiene la trama un punto de contacto con la anterior novela de Pynchon (Vicio propio, Tusquets, 2009): la estructura pseudopolicial. Pero aquí el motor de la acción no es un detective fumeta sino una investigadora privada de fraudes y delitos económicos. Se llama Maxine Tarnow, es judía y vive en Nueva York. Mencionamos su religión porque el judaísmo es otro nudo importante del libro.

El documentalista Reg Despart y su amigo Eric, un genio de la informática que es el doble de suspicaz, descubren algo raro en la contabilidad de un magnate de la tecnología de la información. Algo que tiene que ver con Medio Oriente. Le piden a Maxine que investigue a Gabriel Ice, señor del Universo Web 1.0. Como Alicia en el País de las Maravillas, entramos entonces en una protorrealidad, a un cosmos paralelo, donde cada personaje materializa un arquetipo. Paisajes de porquería empresarial y gubernamental nos salen al paso. Pynchon, el último de los enciclopedistas iluminados, ha querido registrar todos los chanchullos de la alborada del siglo XXI. Un espeso hilo paranoide une decenas de historias opacas, encriptadas y sibilinas. Una advertencia, amigos. Leer a Pynchon exige máxima atención: más allá de la exactitud de la traducción (¡puaj, caló madrileño!), si te distraés, no atraparás el chiste. También hay páginas desopilantes y una pizca de ciencia ficción (Montauk Project).

EXPEDICION ANTROPOLOGICA

Leer a Pynchon, asimismo, es lanzarse de cabeza a la piscina de la antropología urbana. Uno se encuentra en la superficie con esos seres elementales que describen las novelas del montón, pero también con las criaturas extraordinarias que moran en las profundidades, en las zonas mas oscuras de la sociedad, y que siempre atrapan nuestra imaginación. En Al límite nadan especímenes de la ‘nerdistocracia’ (estamos en plena resaca de Silicon Alley), y de la estructura de poder de Estados Unidos, uno de los cuales es el agente Nicholas Windust, quien ha torturado personas y realizado negocios turbios en la Argentina. Una digresión. Es notable el conocimiento que tiene Pynchon de nuestro país. Sabe de Villa Freud y opina que la obediente sumisión de Menem-Cavallo al Fondo Monetario Internacional fue “una suerte de ley lacaniana del Padre fuera de control“.

En rigor, nada de lo humano le es ajeno a este extraordinario narrador. El momento cultural pop al completo. Toneladas de curiosidades, desde el inframundo maya o la colonia que usaba Hitler a las carteras de Mónica Lewinsky y un Second Life, mejorado, deteniéndose con amorosa atención en la degradación mercantilista de la ciudad de Nueva York (Giuliani bailaba al son de los más infames promotores inmobiliarios). La denuncia (convincente) de cierta imposición filistea de un consenso embrutecido y romo acerca de lo que tiene que ser la vida urbana, es otro de los puntos altos del libro.

El autor de Contraluz, por cierto, puede compararse con Jorge Luis Borges. Con los conceptos que pueblan la obra de ambos podría escribirse una especie de Encyclopedia Britannica apócrifa. Verbigracia: Pynchon inventa aquí a uno de los primeros psicoanalistas, un tal Otto Kugelblitz, expulsado por Freud de su círculo íntimo (le arrojó la colilla del puro a la cara) por haber concebido la ’teoría de la recapitulación‘: “la vida humana no es otra cosa que una sucesión trastornos mentales: el solipsismo de la más tierna infancia, las histerias sexuales de la adolescencia y la primera madurez,  la paranoia de la madurez, la demencia de la última fase de la vida. Todo conduce a la muerte, que al final es la cordura“. ¿Ingenioso, verdad?

El sesentismo, con un dejo inconfundible de socialismo moderado, versus los yuppies, los desmanes neoliberales y Bush y sus esbirros (Cheney, Rumsfeld, Wolfowitz, Feith) es la antinomia fundamental de un libro, al que uno abandona en la última página con melancolía, si no tristeza.
¡Qué lastima que no durara unas doscientas páginas más! Pynchon proporciona argumentos a favor de la teoría de la conspiración. Los republicanos sabían lo del 11-S (el escritor lo denomina “la atrocidad”) y no hicieron nada al respecto. “Fue otro ejercicio para volver loca a la gente corriente para que siga balando y suplique protección“, reflexiona un personaje. ¿Exagerado? Escuchen éstas sentencias:
  • * El postcapitalismo tardío ha enloquecido. Va de frenesí en frenesí de mercado. Es un fraude piramidal a escala planetaria.
  • * Los magnates de la información encarnan una reposición neoestalinista.
  • * Las torres del WTC también eran símbolos religiosos. Representaban lo que Estados Unidos adora por encima de todo: el mercado... “Los estadounidenses creen que la Mano Invisible del Mercado lo rige todo. Libran guerras santas contra religiones rivales como el marxismo.  Frente a todas las pruebas que demuestran que el mundo es finito, ésta es una fe ciega en que los recursos naturales nunca se agotarán, en que los beneficios seguirán aumentando eternamente,  igual que la población mundial: más mano de obra barata, más consumidores adictos“.
  • * Internet no es inocente,  devora nuestro tiempo, fortalece el control de Los Administradores.
  • * ¿Cuánto se ha alejado la vida moderna de las realidades básicas? Estar al tanto de todo lo que se cuece es la cima de la sandez del urbanita. El invierno de lo contingente.
  • * ¿Cuan de derecha debe ser una persona para considerar a ‘The New York Times’ un diario de izquierda?

Si hay una obra que merece el Premio Nobel, en el sentido de máximo reconocimiento universal al talento literario, es la de Thomas Pynchon. Pero la Academia Sueca, acaso por temor a que el anacoreta no vaya a buscarlo, ha decidido ignorarlo (como a Borges, Proust, Nabokov, Roth, etc). Uno debe concluir que no existe nada más parecido a los tecnócratas del FMI que los mandarines de Estocolmo.

Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.



Calificación: Excelente


domingo, 21 de diciembre de 2014

Las 25 mejores lecturas de 2014

(una lista provisoria y caprichosa)


POR GUILLERMO BELCORE

Definir los “25 mejores libros del 2014” es una tarea imposible. Nadie puede haber leído tanto para comparar; por ende, cualquier enumeración por el estilo peca de arbitraria y fatalmente incompleta. Prefiero hablar de "mis 25 mejores lecturas de 2014”, las que más placer y conocimiento me han entregado. Sí, todo en primera persona, la seña de identidad de un blog que pretende ser la mera transmisión de experiencias lecturas, sean gozosas o frustrantes, que también las hay. Una aclaración, es menester. Nunca antes había leído tan poca literatura nacional. De lo publicado en el corriente año, sólo pude concluir (por trabajo) una sátira que no era para mí. Es una limitación, lo sé, pero con franqueza no he avizorado nada de la Patria que me entusiasmara, al punto de salir corriendo a comprarla, ni siquera arrastrando los pies, bah. Creo que hoy la narrativa argentina está en una fase de luna nueva y sólo las estrellas consagradas -como Alberto Laiseca- refulgen en la oscuridad y el frío. Con el rock nacional pasa lo mismo, por cierto.

1) Al límite.
Thomas Pynchon. Tusquets. Edición 2014.
La novela del año, sin duda. Un fresco impresionante de la Nueva York y el tardocapitalismo de principios de siglo. Una brillante exhibición de enciclopedismo. Además, ¿el 11-S fue Pearl Harbor o el incendio del Reichstag?

2)  El jardín de las máquinas parlantes.

Alberto Laiseca. Gárgola. Edición 2013.
Casi 800 páginas de realismo delirante, la especialidad de la casa. Duelos esotéricos narrados con un barroquismo tan erudito como atorrante.

3) La rubia de ojos negros
Benjamin Black. Alfaguara. Edición 2014.
John Banville (Black es su seudónimo para el género policial) lo hizo de nuevo. La mejor pluma de la anglósfera revivió a Philip Marlowe y salió airosa del trance.

4) Mr. Mercedes
Stephen King. Plaza Janes. Edición 2014
El rey del terror decidió honrar el género policial con una novela sin aditamentos paranormales. Un banal asesino en serie oficia de protagonista. La vena sociológica resulta tan interesante como el duelo entre bien y mal.

5) NOS4A2
Joe Hill. Suma de Letras. Edición 2014.
El hijo de Stephen King mantiene viva la llama. Ha creado un vampiro que caza niños y atrapa nuestra imaginación. Hay resonancias borgeanas en la novela.

6) Calles y otros relatos
Stephen Dixon. Eterna Cadencia. Edición 2014.
Un sello boutique amplió nuestra cartografía literaria. Hay aquí frases, párrafos, cuentos enteros incluso (‘La firma’ o ‘Calles‘, por ejemplo) que podrían definirse como “perfectos”, si es que esa meta pudiese ser alcanzada en arte.

7) Diario nocturno. Cuadernos 1946-1956.
Ennio Flaiano. Fiordo. Edición 2014.
Otro sublime rescate de una PYME argentina en ascenso. La felicidad de la sabiduría y de la dicción exquisita colorean impresiones, recuerdos y relatos de un intelectual italiano que, además, era brillante como crítico de arte.

8) Canadá
Richard Ford. Anagrama. Edición 2014
Narrativa pura y dura. Una historia fascinante, conmovedora por ratos, de un chico cuyos padres asaltan un banco. El patrón decimonónico de novela sigo vivito y coleando.

9) 1914
Max Hastings. Crítica. Edición 2014
En el año del centenario de la Primera Guerra Mundial, un ensayo monumental, de amena y adictiva lectura, rebosante de datos, anécdotas y testimonios provenientes de todas las clases sociales.

10) Carthage
Joyce Carol Oates. Alfaguara. Edición 2014.
Al fin, la Alta Literatura registra las guerras de Bush, aquí en uno de sus costados más infames, el drama de los ex combatientes. Digo yo, ¿no es hora que la Academia Sueca consagre la obra de la más prolífica escritora de la Unión?

11) Los hijos
Gay Talese. Alfaguara. Edición 2014.
Calabria tiene quien la escriba. La obra maestra de uno de los titanes del Nuevo Periodismo redondea una genealogía minuciosa. Intima para nuestra tribu, los descendientes de italianos del sur.

12) Acerca de Ernst Jünger
Martin Heidegger. El hilo de Ariadna. Edición 2014
Una bonita sorpresa. El más opaco de los Grandes Pensadores del siglo XX se muestra aforístico, fragmentario, accesible sin apartarse un palmo de lo metafísico. Incluso se esboza un método heideggeriano de crítica literaria.

13) Seis propuestas para el próximo milenio
Italo Calvino. Siruela. Edición 2014.
Alarde de erudición y lucidez, guía de lecturas, convincente ejercicio de crítica literaria; incluso una reivindicación amorosa de Borges. El volumen rescata las conferencias que Calvino no pudo dictar en Harvard. La muerte lo sorprendió.

14) Underground

Haruki Murakami. Tusquets. Edición 2014
Bajo la égida de Truman Capote, escribió Murakami (mi escritor japonés favorito) esta vibrante recopilación de historias del 20-M de 1995, cuando Tokio sufrió un ataque con gas sarín, el peor atentado de su historia.

15) Bloody Miami.
Tom Wolfe. Anagrama. Edición 2013
Un fresco descomunal y sombrío de la más latinoamericana de las urbes de Estados Unidos; es decir, Miami. A mí juicio, lo mejor de Wolfe desde ’La hoguera de las vanidades’. La raza como factor primordial del siglo XXI.

16)  La felicidad de los pececillos

Simón Leys. Acantilado. Edición 2011.
Reconozco que estaba equivocado. En la recopilación de artículos periodísticos también puede emerger lo sublime. No existe tema artístico o social que el comentario del sinólogo belga Leys no sea capaz de elevar hasta el Parnaso de la excelencia.

17) La era victoriana en literatura
G.K. Chesterton. Prometeo Libros. Edición 2012.
Un libro, plagado de ideas sugerentes, en el que el más avezado polemista de las letras contemporáneas desmenuza grandes nombres. A Chesterton, que siempre tiene razón, le interesan la ética, las concepciones morales y las mentalidades.
18)  La mujer de Guatemala
V.S. Pritchett. La bestia equilátera. Edición 2014.
Cuentos que desbordan de esa virtud tan difícil de describir como esencial que Chesterton denominaba “glamour” y Stevenson, “encanto“.

19) Payasadas
Kurt Vonnegut. La bestia equilátera. Edición 2014.
Algo de ciencia ficción, pero con sátira social, poesía grotesca y filosofía. Estamos hablando de Vonnegut, que era una especie de sabio. El Apocalipsis de Estados Unidos, narrado por su último presidente, neandertaloide con seis dedos en cada mano.

20) Estuve allá afuera
Ronaldo Correia de Brito. Adriana Hidalgo. Edición 2014.
Una de perdedores, a lo Onetti. Recife, en tiempos de dictadura militar. La novela, que tiene mucho de autobiográfica, es protagonizada por un estudiante de medicina y por el Nordeste brasileño. La prosa fluye con naturalidad.

21) Kassel no invita a la lógica
Enrique Vila-Matas. Seix Barral. Edición 2014
El viejo y eficaz truco del soliloquio del neurótico. Vila-Matas narra su experiencia en la Documenta de Kassel, una feria de vanidades, la penúltima estación de la vanguardia.

22) Viajes y otros viajes
Antonio Tabucchi. Anagrama. Edición 2012.
Es sorprendente que en plena era de la televisión del cable, un libro de viajes pueda conmovernos. Antes de morir, Tabucchi recopiló una serie de artículos que había publicado en revistas, diarios y libros. De Camberra a Buenos Aires.

23) Curzio Malaparte
Maurizio Serra. Tusquets. Edición 2013
Monumental biografía de un sinvergüenza muy querible e inteligente. El fascinante ensayo deja incluso un mensaje doble para Carta Abierta: antes de militante se es intelectual; todo pasa menos la misión de testimoniar.


24) Sólo en Berlín
Hans Fallada. Océano. Edición 2013.
Primo Levi dijo de este libro que es “el más importante jamás escrito sobre la resistencia alemana”. Suscribo el dictum. Y añado que el anclaje con la Historia en ningún momento rebaja la calidad artística. Enorme intensidad dramática.

25) Un holograma para el rey
Dave Eggers. Random House. Edición 2013
Eggers ha creado un personaje de la misma estirpe que Bartleby el escribiente o Akaki Akákievich. ¿Será un exceso de entusiasmo sostener que esta novela es El capote de nuestro tiempo?