domingo, 20 de noviembre de 2016

Aquí estoy

Por Guillermo Belcore

"La población de judíos en el mundo es comparable al margen de error del censo chino y todo el mundo nos odia".
 Irv Bloch

Con la ambición no basta. Jonathan Safran Foer (Washington D.C., 1977) ha querido añadir al universo una novela oceánica, memorable y reflexiva sobre la condición judía y la naturaleza del amor matrimonial. Se acercó bastante al objetivo sólo en el último punto. Al escritor de moda le salió una novela hinchada, difícil de concluir, cuyo telón de fondo resulta más interesante que la historia principal.

Aquí estoy (Seix Barral, 717 páginas), dijo Abraham al Señor cuando se disponía a sacrificar a su primogénito. El título alude a la disposición del creyente judío a estar totalmente presente, sin condiciones, ni reservas, ni necesidad de explicaciones ante las demandas de la religión. La misma actitud espiritual es la del padre o la madre amantísimos. Estar totalmente presentes para los hijos. Sobre esa roca firme, el celebrado y exitoso Foer (sus dos novelas anteriores llegaron a Hollywood; su ensayo a favor del veganismo fue un best seller) edifica su esperado retorno a la ficción (tardó diez años).

El curso principal de la narración es la descomposición del matrimonio entre Jacob y Julia Bloch, la quintaesencia de la burguesía judía de Estados Unidos. El es guionista de una serie de entretenimiento que detesta; ella, arquitecta frustrada. Tienen tres maravillosos hijos que se pasan el día pegados a una pantalla y un perro viejo con incontinencia. Viven en Washington D.C. con todo lo que la prosperidad moderna puede ofrecerles al alcance de la mano, terapeuta incluido, pero -como se sabe- tener más de lo que uno necesita puede resultar confuso.

El abuelo de Jacob -Isaac- es sobreviviente del Holocausto, su padre -Irv- un activista de las redes sociales que vocifera verdades sobre los enemigos de Israel, no sin un punto de racismo antiárabe ("Una opinión no puede estar equivocada"). La madre -Deborah- teje y desteje en silencio. Una familia común y silvestre, bah. Con la obstinación de un talmudista que persigue la voluntad de Dios, Foer somete a escrutinio el proceso de vivir con sus negociaciones interminables y sus pequeños ajustes. El decaimiento de todo lo que ha sido firme. El fin de los simulacros en una relación basada en el amor.

GUSTO A POCO

En los mejores momentos, la trama ofrece una poética del matrimonio y va al hueso del asunto ("¿Cuántas parejas son capaces de ver un progreso en el simple hecho de seguir como siempre?"), pero el lector no puede desprenderse de ese regusto a poco, a tormenta en un tubo de ensayo, con sus diálogos enervantes en fondo y forma (estilo ametralladora, al que no le cabe la teoría del iceberg de Hemingway). Que hoy en día una pareja se separe después de dieciséis años de convivencia sin grandes desdichas no es cosa de otro mundo. Pasa todo el tiempo. Como se admite en la página doscientos sesenta y tres, "la vida es lenta y en absoluto dramática y estimulante, a excepción de los momentos que la mayoría de nosotros haría cualquier cosa por evitar". ¿Por qué amonedar algo tan pedestre en novela?, cabe preguntarse.
La trama se hunde, además, en una psicología de aficionados, centrada en la neurosis de la vida actual. La verdad es que la sonda nunca llega al fondo del alma humana. Foer no es Updike ni Roth. Los personajes judíos nunca consiguen ser tan fascinantes como los de Isaac B. Singer.

El segundo núcleo incandescente aparece demasiado tarde, después de la página trescientos. Un sismo devasta Tierra Santa y anima a los países islámicos a atacar a Israel. Se forma una gran coalición que pone en peligro la existencia del Estado hebreo. Los judíos de la diáspora son interpelados, sobre todo los estadounidenses "que, excepto practicar el judaísmo, harían cualquier cosa para instilar un cierto sentido de la identidad judía a sus hijos". Jacob presta atención al toque de shofar y decide partir hacia Medio Oriente, aunque sabe que a un mequetrefe como él lo enviarán a hacer bocadillos para los guerreros.

Semejante calamidad global cumple un papel secundario, como dijimos, de telón de fondo del divorcio de los Bloch. El lector curioso se queda con hambre de ahondar en la distopía. No obstante, la guerra de Israel contra el mundo islámico sirve como acicate para la reflexión sobre uno de los temas centrales de la existencia judía desde sus orígenes y no porque lo hayan querido así: la supervivencia. Digámoslo sin ambages, si hay algo que reivindica el libro es su excelencia como novela de ideas.

Todo lo que ha pasado puede volver a pasar, es probable que pase, tiene que volver a pasar, pasará, escribió Foer. Para los hijos de Sion, hoy es más importante ser fuerte que tener razón. O que ser bueno. "No necesito ser luz y guía para el resto de las naciones del mundo, lo que necesito es no arder en llamas", postula en defensa de un país con el tamaño de una uña, rodeado por enemigos psicópatas y donde hace un calor asfixiante.





INFLUENCIAS

Se ha escrito mucho sobre la influencia literaria en el apogeo de las series. Aquí hablaremos del camino inverso. Se perciben ecos molestos de la televisión en la prosa de Foer. Hay un intento por ser siempre chistoso, ocurrente y brillante en los diálogos que evoca a los guionistas no al literato. Tal afán no siempre es tocado por el éxito. Cansa, como cualquier persona obsesionada con hacerse el listo. Hasta los niños hablan como cómicos del stand up. Se abusa de otro tópico, el humor judío que consiste en mofarse de uno mismo.

La escritura viene salpimentada con datos curiosos, como que existen más partidas de ajedrez posibles que átomos en el universo o qué maravilla semántica son los autoautónimos (palabras que son sus propios antónimos) como conjurar (invocar a los espíritus, pero también alejar un peligro) o alquilar (poner o tomar una casa en alquilar) o sancionar (una ley o a quien no la cumple).


El viejo truco posmoderno de la yuxtaposición también hace chirriar los dientes. En un mismo capítulo, Foer salta como acróbata enloquecido de la masturbación compulsiva de un adolescente al Holocausto. Es una argucia desagradable. Mejor empleados son los recursos del flashbacks, las historias tangenciales y la información añadida que, si bien no hacen avanzar el argumento, permiten entender las motivaciones. Redondeando, Foer no descuella aquí como estilista. Quiere desesperadamente ser moderno.

Esto no significa que Aquí estoy no merezca ser leída. La confrontación de ideas se impone con holgura a los ripios narrativos. Hay discursos excelentes, como el del rabino joven en el funeral de Isaac. Si alguien le enrostra al bueno de Jacob que no cree en nada, que es incapaz de morir por algo, las respuesta es inspiradora. La compartimos:

"¿Qué tiene de malo ganarse la vida más o menos bien, alimentarse con comida más o menos buena y aspirar a llevar una existencia tan ética y ambiciosa como permitían las circunstancias? Jacob lo había intentado y se había quedado corto en todos los sentidos, pero ¿según que tablas? (...) No hay menos devoción en el agnosticismo que en el fundamentalismo, y a lo mejor había destruido lo que amaba por no haber sabido ver la perfección de lo que era más o menos bueno".
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: regular