lunes, 18 de junio de 2018

V

"Decadencia es una caída de lo que es humano y cuando más caigamos menos humanos nos haremos. Nos desprendemos de la condición humana que colocamos en objetos inanimados y teorías abstractas".
 Thomas Pynchon 

Hace cincuenta y cinco años, Thomas Pynchon (Nueva York, 1937) publicaba su primera novela. Recibió V (518 páginas en la edición de Tusquets) un premio de la Fundación William Faulkner y el tibio entusiasmo de la crítica. No es un libro fácil, aunque es un libro fundamental. Después de otras siete novelas del eremita más famoso de la Alta Literatura, hoy se considera a V como el mojón que marcó el advenimiento de la literatura posmoderna. En tren de enunciar alguna idea original, este artículo afirma que fue -en forma y contenido- el primer gran campanazo en las bellas letras de la modernidad líquida, tal como Zygmunt Bauman la describe en sus ensayos. Un diletante de 26 años -ex estudiante de Ingeniería, ex marinero, ex alumno de Vladimir Nabokov, ex redactor de folletos en la Boeing- desplegó una sorprendente panoplia de nuevos procedimientos para representar una era física y espiritualmente fragmentada, pesimista e individualista por demás.

McLuhan tenía razón: artistas como Pynchon son las antenas de nuestra especie. El diagnóstico de 1963 -he aquí la razón de evocarlo- no ha perdido un gramo de vigencia, aunque hay que advertir de entrada que las historias de Pynchon carecen de esas conclusiones dogmáticas que provienen de las ideologías del siglo XX. No hay teorías nítidas, pero sí relámpagos de lucidez que deslumbran. Verbigracia: "La gente lee las noticias que prefiere y cada cual lo hace obedeciendo a sus intereses, construyendo su propio nido de ratas en base a periodicuchos y bagatelas históricas", establece en la página 240. Pudo haberlo escrito esta mañana en Buenos Aires.

No resulta sencillo resumir la trama de V, porque la trama para la novela líquida es lo menos importante. Como el capitán Ahab con su ballena blanca, el aventurero inglés Herbert Stencil se empeña en encontrar a V, que puede ser una mujer, un concepto o un lugar: 


"Como los muslos separados para el libertino, el vuelo de las aves migratorias para el ornitólogo, el filo cortante de su herramienta para el mecánico de serie, así era la letra V para el joven Stencil".

La búsqueda frenética lo obliga a reconstruir el pasado y conectarse con su padre Sydney, el diplomático y agente secreto del Foreign Office, muerto en 1919 cuando trataba de aplacar disturbios en Malta. La obsesión por V lleva a Stencil -además de La Valetta- a Nueva York, donde traba ligazón con La Dotación Enferma, una basca de jóvenes descontentos, inconformistas e inútiles. Conoce a Benny Profane, apenas retirado de la Armada, un pobre diablo sin oficio ni futuro, en busca de una identidad (todos nosotros personificamos una identidad, escribió Sartre y repite Pynchon).

Es realmente sorprendente como la composición de V es un reflejo certero de la sociedad baumaniana: se urdió en forma de red, con varios nodos dispersos y brillantes, en contraposición a la estructura firme, pesada, unidireccional de la novela decimonónica (hija de la modernidad sólida). Pynchon, no obstante, objetaría esta definición: "La palabra "es", en triste rigor, carece de sentido ya que se basa en el falso supuesto de que la identidad es única, el alma continua", arriesgó.


Stencil y el desgraciado Profane son pues los dos caracteres principales; interactúan con una copiosa galería de personajes estrafalarios en las situaciones más grotescas (¿Qué esperanzas podemos tener hoy en día de entender una situación en un mundo siempre cambiante?). ¡Bienvenidos, entonces, a la protorrealidad pynchoneana! Una sátira inteligentísima de los desvaríos de la humanidad, una crítica no convencional a la cultura de Occidente.

REFLEJO DEL MUNDO

La tesis de este artículo, como se dijo, es que el joven Pynchon ha logrado redondear en V una forma de expresión literaria que corresponde a la ausencia de certezas (solidez) del mundo contemporáneo. Sobre ese arquetipo construyó toda su magnifica producción novelesca con una magnitud y complejidad que pocos literatos han igualado. Veamos algunas procedimientos:

1 - Progression de'effet: 
El catedrático de Berkeley Frederick Karl ha teorizado sobre la extraordinaria destreza de Pynchon para armar el sentido y los personajes de a poco, por acumulación de detalles, hasta que las piezas encajan. La obra toma forma en la mente del lector. El lector, por así decirlo, hace la novela. Es un desafío formidable para nuestra pasión por comprender; vagamos desesperados y hambrientos por las páginas tratando de encontrar una clave que resignifique lo leído. ¿Acaso no estamos haciendo lo mismo en la vida?

2 - Pasión aristotélica por la pluralidad del Universo
Ese entusiasmo, que Borges y Whitman también experimentaban, es otro rasgo diferencial de Pynchon. Al igual que el autor de El Aleph, cree que lo extraño es el sabor primordial de la existencia. Desde el peculiar grito de la hiena manchada en la costas malditas de Namibia hasta el choque de la existencia humana con los objetos inanimados (las cosas son malas, decía Sartre) sus textos están sobrecargados de conocimientos enciclopédicos, con especial preponderancia de las leyendas, las sociedades secretas, los múltiples escondrijos y resquicios de la Historia (se ha dicho que Pynchon es el campeón de la paranoia contemporánea). El profesor Thomas H. Schaub ha percibido una irónica contradicción en la técnica: "la meticulosa ternura hacia los objetos que llaman su atención se contrapone con el fragmentado mundo que los rodea".

3 - La novela como museo
Pynchon tiene una especial preocupación por la Historia y por el papel que desempeña el hombre en ella. Es, a su modo, un filósofo del fenómeno del tiempo. "No combatas a la Historia, trata de coexistir con ella", nos alecciona. Es decir, los acontecimientos no ocurren, simplemente ya están ahí y nosotros tropezamos con ellos; o no, si logramos imponer nuestra voluntad a lo inanimado. Cabe destacar que en V los capítulos están ordenados en forma discontinua; pasado y presente se yuxtaponen, fluyen como en la vida real. Saltamos de Norfolk en 1956, a El Cairo en 1898. V, la inicial mágica, es el signo de la continuidad temporal. Bajo el rutilante manto de una deliciosa artificiosidad, el autor neoyorquino siente la necesidad de reprobar pretéritas aberraciones como el colonialismo genocida en la Deutsch-Südwestafrika. Le dedica cincuenta páginas al exterminio del pueblo herero; en una granja corrupta escenifica la colisión de ideas de la República de Weimar. Si Alemania encarna en el ideario pynchoniano la depravación política, Inglaterra es la perfidia y Francia la decadencia fetichista. 

4 - Parodias basadas en lo que los otros han inventado anteriormente
Si hay algo que caracteriza a la prosa de Pynchon es que evita la seriedad (¡otro signo de nuestro tiempo!), lo cual no implica que no desarrolle temáticas serias. En su paleta de hipercolores, están presentes las bufonadas, la sátira, el teatro del absurdo, la ironía, el sainete, las escenas de vaudeville, los materiales literarios de distinta procedencia como las canciones, el diario personal o las anécdotas de los marineros. Todo se recicla, como acostumbra a infligirnos el arte de masas posmoderno. El acumulado de incidentes es impresionante. ¿De dónde saca tantas subhistorias?, uno no puede sino preguntarse asombrado. V tiene -las palabras son de George Steiner- esa vitalidad acrecentada que distingue a las obras de arte.

Se ha dicho que, básicamente, existen dos clases de escritores. Algunos, como Paul Auster, son para todos. Otros novelistas, más complejos y ambiciosos, forman su propio grupo de lectores. Es el caso de Pynchon. Cabe preguntarse a esta altura del partido, por qué no se lo ha reconocido como el sublime cartógrafo de nuestros tiempos tumultuosos. ¿Porque es agotador?
Guillermo Belcore

Calificación: Excelente

PD: En este blog elogiamos otras obras de Pynchon:

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