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jueves, 10 de enero de 2019

¿Treinta libros en casa?

EL MOSCARDÓN IMAGINARIO XLIX



Marie Kondo, ese fenómeno televisivo que parece tan insustancial como la literatura de Banana Yoshimoto, ha sugerido conservar no más de treinta libros en casa, un consejo deleznable, pero que quizás nos obliga al placer de hacer una lista.
Dicho de otra forma, si tuviera que huir al extranjero porque en el futuro llega a la Casa Rosada una forma de populismo especialmente violento, me pregunto qué treinta libros me llevaría en la valija (me temo que muchos que he elegido son mamotretos):

1 - Contraluz - Thomas Pynchon. 
2 - Mason y Dixon - Thomas Pynchon. 
3 - Vicio propio - Thomas Pynchon. 
4 - La montaña mágica - Thomas Mann. 
5- Diccionario de autores latinoamericanos - Cesar Aira. 
6 - Las varonesas - Catania (la edición con el prólogo que escribí). 
7 - Pretérito perfecto. Hugo Foguet. 
8 - El traductor. Salvador Benesdra. 
9 - Cuentos completos - Fogwill. 
10 - Cuentos completos - Nabokov. 
11 - Cuentos completos - Thomas Mann. 
12 - Cuentos completos - Juan Carlos Onnetti.  
13 - Cuentos completos - Saki. 
14 - Cuentos completos - Primo Levi. 
15 - Cuentos completos - Alice Munro (dos tomos). 
16 - Cuentos completos - Ruben Fonseca (tres tomos). 
17 - Cuentos completos - Jorge Luis Borges (tres tomos, hago trampa, ja,ja,ja).
18 - Sertao - Joao Guimaraes Rosa. 
19  - La guerra del fin del mundo - Mario Vargas Llosa. 
20 - Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. Haruki Murakami.  
21  - Guardianes del tiempo. - Paul Anderson. 
22 - El largo adiós. Raymond Chandler. 
23 -  22/11/63. Stephen King. 
24 - El ruido y la furia. William Faulkner. 
25 - Historia de la guerra. John Keegan. 
26 - Los mitos judíos. Robert Graves. 
27 - Vida de muertos. Ignacio Anzoategui. 
28 - Los mitos griegos. Robert Graves (dos tomos). 
29 - La poesía del pensamiento. George Steiner. 
30  - El intocable. John Banville.

Maldita Kondo, quedan fuera centenares de libros sin los cuales no me gustaría vivir.
Guillermo Belcore

domingo, 20 de agosto de 2017

La máscara del mando

POR GUILLERMO BELCORE

Por alguna oscura razón, muchas personas incapaces de empuñar un arma y que vemos la guerra como una práctica infame, consideramos, en cambio, a la historia militar, como una lectura fascinante. Máxime cuando el narrador es una reconocida autoridad en la materia que demuestra que una sólida erudición no necesariamente está reñida con la elegancia en la expresión y el pormenor sabroso. El inglés John Keegan (1934-2012) reúne -sobradamente- esas tres condiciones.

La solapa del ensayo nos recuerda que el autor es un Tucídides contemporáneo: escribió una veintena de libros, entre ellos dos historias fundamentales de las guerras mundiales del siglo XX. Fue profesor en la famosa academia militar de Sandhurst. También impartió clases en Harvard, Oxford y Cambridge, entre otros centros de excelencia. Este blog ha prestado testimonio sobre la valía de dos de sus obras: Secesión e Historia de la Guerra (pinche aquí y aquí).

El sello Turner ha reimpreso, por fortuna, otro ensayo magistral de Keegan: La máscara del mando (438 páginas), un estudio cautivante, del primero al último párrafo, sobre la transformación de la conducción militar a lo largo de dos milenios de historia occidental. Un intento formidable, a través del tiempo y del espacio, de penetrar en las peculiaridades del liderazgo.

El historiador abordó así el problema de la técnica y la filosofía del mando en cuatro sociedades distintas:
  • El ethos heroico y hegeliano (narcisista, en última instancia) del mundo de Alejandro.
  • La creación de una clase militar encarnado por la sociedad que tenía al duque de Wellington (el antihéroe) como modelo.
  • El mando no heroico de Ulises Simpson Grant, demócrata y populista de los pies a la cabeza, el primer general “moderno“.
  • El falso heroísmo: Hitler como extravagante jefe supremo obsesionado por restaurar la grandeza de Alemania.

Uno de los interrogantes fundamentales que el libro encara es dónde debe colocarse el jefe militar en el momento del combate. ¿En la primera línea? ¿Siempre? ¿Debe ser Hércules, el que resuelve en los trabajos? ¿Qué ha significado ser un héroe a lo largo de la historia? En las conclusiones, se añade un punteo que agradecerá todo aquella persona a la que la vida la haya situado al frente de un grupo de personas: describe los cinco imperativos del arte de mandar, que son afinidad, prescripción, sanción, ejemplo y acción.

Hay que destacar una cualidad de Keegan, tiene una mente extraordinariamente incisiva en el juicio estratégico y en su comprensión de la naturaleza de la guerra, que mucho ha tenido de “religiosa“ incluso en los tiempos modernos para desgracia de los pueblos. El ensayista demuestra habilidad, además, para resumir acontecimientos e integrarlos -sin forzar el relato- en la narración general. No obstante, puede que su virtud más preciosa sea la capacidad de hacer docencia. El ensayo resulta esclarecedor; instruye al lego. Acaso no exista algo intelectualmente más placentero que aprehender lo complejo. Debo confesar que hasta ahora nunca había entendido del todo cómo Alejandro consiguió todo lo que consiguió . También desconocía que la mayor parte de las obsesiones políticas y militares del cabo Hitler provenían de sus experiencias como mensajero en las mortíferas trincheras de Flandes entre 1914 y 1918. Las páginas sobre la I y la II Guerra Mundial, en verdad, son magníficas.

Algo hay que decir sobre la ideología del autor. Es un aristotélico. Lo bien que hace Keegan al desdeñar el materialismo histórico y otras ficciones basadas en las leyes de hierro de la causalidad: considera un disparate pensar que las cualidades del  individuo no tienen ninguna incidencia en el curso del mundo. La superioridad del liderazgo -insiste- es el factor clave de la guerra. Y la cultura ha sido “un elemento determinante en la configuración de un estilo de mando”. Asimismo, el historiador inglés puede ser considerado un macluhiano, por cuanto atribuye al cambio tecnológico un papel decisivo en la marcha de los acontecimientos. Verbigracia: llega a decir que “el Renacimiento y la Reforma resultan inconcebibles sin la pólvora”.

El libro nos pasea de la mano por Gaugamela, Waterloo, Vicksburg, Stalingrado y otros campos de batalla que además de atrapar poderosamente nuestra imaginación, hielan la sangre. Pero no se agota allí, también es una suerte de resumen fascinante de la evolución de la humanidad. De ahí su grandeza. Un viaje espeluznante, ¿pero qué otra cosa es la historia militar?

Calificación: Excelente

PD: La traducción de José Antonio Montano incurre dos veces en el anacronismo. Nos dice que Alejandro cazaba “pumas” allí donde los encontraba y que eligió “un maizal tupido” para desembarcar en un punto de los Balcanes. Como el lector de este blog sabe, el puma y el maíz son originarios de América.

sábado, 9 de enero de 2016

Ven desde los campos, padre

Es verdad que sobre los labrados muebles de las torres de marfil -pienso en Borges- se ha escrito magnífica poesía. Pero tengo la impresión de que la lírica desgarradora se fragua sólo en el fango de la vida, es decir que proviene de la sangre, el sudor o las lágrimas. Walt Whitman es un caso rotundo. Este hombre sencillo, de origen humilde y enorme corazón, escribió muchísimo mientras asistía -como voluntario- a los heridos de la Guerra de Secesión en los hospitales yankees. Vio en qué puede convertir a un ser humano la metralla y la pólvora y sintió la necesidad, visceral, de dejar testimonio. Entre ellos, el poema ‘Ven desde los campos padre’ (publicado en la colección Redobles de tambor) uno de los textos más conmovedores sobre los efectos prácticos de la guerra que he me ha tocado en suerte leer. Tropecé con él en un ensayo de John Keegan (pinche aquí) y se me ocurrió que no puedo dejar de compartirlo con los amigos de este blog.   


Ven desde los campos, padre


Por Walt Whitman

Ven desde los campos, padre; ha llegado una carta de nuestro hijo Pete;
Y ven hasta la puerta, madre -llego una carta de tu hijo querido.

He aquí que es otoño;
He aquí que los árboles, más hondamente verdes, más amarillos y rojos,
Orean y embellecen las aldeas de Ohio, agitando sus hojas al viento moderado;
Donde cuelgan en los huertos las manzanas maduras y las uvas en los viñedos emparrados;
(¿Puedes sentir el olor de las uvas en las viñas?
¿Puedes oler el trigo sarraceno, donde zumbaban hace poco las abejas?).

Sobre todo, he aquí el cielo, tan calmo, tan transparente tras la lluvia y con nubes maravillosas;
Debajo, también, todo en calma, todo vital y hermoso -y la granja prospera.

Allá en los campos todo va prosperando;
Pero ahora desde los campos ven, padre -acude a la llamada de la hija;
Y ven hasta la entrada, madre -hasta la puerta ven enseguida.
Tan rápido como puede, viene -un mal presagio- con pasos temblorosos;
No se detiene a alisarse el pelo, ni a ajustarse la cofia.

Ahora deprisa el sobre,
Oh está no es la letra de nuestro hijo, sin embargo su nombre aquí aparece;
Oh una mano extraña escribe por nuestro hijo querido -¡oh el alma asolada de la madre!
Todo flota delante de sus ojos -entre relámpagos negros- sólo acierta a oír las palabras esenciales;
Oraciones truncas -herida de bala en el pecho, escaramuza de caballería, llevado al hospital,
De momento débil, pero pronto estará mejor.

Ah, ahora, la única figura para mí,
En todo el populoso y rico Ohío, con todas sus ciudades y granjas,
Con rostro enfermizamente pálido, y la cabeza torpe, muy mareada,
Se apoya en la jamba de una puerta.

No te aflijas, madre querida, (dice entre sollozos la hija recién crecida;
Las hermanitas se abrazan en torno, mudas y consternadas;)
Mira, madre muy querida, la carta dice que Pete pronto estará mejor.

Ay, pobre muchacho, nunca estará mejor (y acaso tampoco necesitará estar mejor, alma valiente y sencilla)
Mientras ellos están parados ante la puerta, él ya está muerto;
El único hijo está muerto.

Pero la madre necesita estar mejor;
Con extrema delgadez, vestida ahora de negro;
No prueba por el día bocado -y por la noche duerme entre sobresaltos, despertándose a menudo,
Despertándose a medianoche, llorando, anhelando con un único y hondo anhelo,
Oh poder retirarse sin que nadie lo note -escaparse silenciosa y retirarse de la vida,
Para seguir, para buscar, para estar con su querido hijo muerto.

........


Come Up from the Fields Father


Come up from the fields father, here’s a letter from our Pete,
And come to the front door mother, here’s a letter from thy dear son.

Lo, ’tis autumn,
Lo, where the trees, deeper green, yellower and redder,
Cool and sweeten Ohio’s villages with leaves fluttering in the moderate wind,
Where apples ripe in the orchards hang and grapes on the trellis’d vines,   
(Smell you the smell of the grapes on the vines?
Smell you the buckwheat where the bees were lately buzzing?)

Above all, lo, the sky so calm, so transparent after the rain, and with wondrous clouds,   
Below too, all calm, all vital and beautiful, and the farm prospers well.

Down in the fields all prospers well,
But now from the fields come father, come at the daughter’s call,
And come to the entry mother, to the front door come right away.

Fast as she can she hurries, something ominous, her steps trembling,
She does not tarry to smooth her hair nor adjust her cap.

Open the envelope quickly,   
O this is not our son’s writing, yet his name is sign’d,
O a strange hand writes for our dear son, O stricken mother’s soul!
All swims before her eyes, flashes with black, she catches the main words only,
Sentences broken, gunshot wound in the breast, cavalry skirmish, taken to hospital,
At present low, but will soon be better.

Ah now the single figure to me,
Amid all teeming and wealthy Ohio with all its cities and farms,
Sickly white in the face and dull in the head, very faint,
By the jamb of a door leans.

Grieve not so, dear mother, (the just-grown daughter speaks through her sobs,
The little sisters huddle around speechless and dismay’d,)
See, dearest mother, the letter says Pete will soon be better.
Alas poor boy, he will never be better, (nor may-be needs to be better, that brave and simple soul,)
While they stand at home at the door he is dead already,
The only son is dead.

But the mother needs to be better,
She with thin form presently drest in black,
By day her meals untouch’d, then at night fitfully sleeping, often waking,
In the midnight waking, weeping, longing with one deep longing,   
O that she might withdraw unnoticed, silent from life escape and withdraw,

To follow, to seek, to be with her dear dead son.


domingo, 12 de julio de 2015

La guerra civil estadounidense

Uno de los pilares de la ideología hollywoodeana es el igualitarismo democrático. Cualquier hijo de vecino, llegado el momento, puede convertirse en superhéroe (o en supervillano, lo mismo da). Un obrero, una maestra, un taxista son capaces de hazañas que deslumbrarán a sus vecinos. Concluidos esos trabajos extraordinarios -faenas que opacan, incluso, las doce de Hércules para el rey Euristeo- volverán los civiles a su tediosa cotidianeidad. Happy end.

Siempre pensé que, además de producto de una cultura populista, ese igualitarismo era un ardid de la industria del entretenimiento para potenciar el interés del público. Lo creía hasta que este minucioso libro de historia llegó a mis manos. Y descubrí que, hace ciento cincuenta años, un pacífico profesor de música de Ohío llamado Benjamín Grierson se convirtió de la noche de la mañana en un coronel de caballería terrible que devastó las campiñas de varios estados sureños. Personas común y corrientes han perpetrado matanzas y destrucciones sin precedentes en el siglo XIX. El entonces diminuto Ejército profesional en los Estados Unidos convirtió a la Guerra de Secesión, uno de los más feroces enfrentamientos de la humanidad, en una contienda de aficionados, empezando por el presidente Abraham Lincoln, absoluto diletante en cuestiones militares aunque un hijo inquebrantable de la clase trabajadora con una notable intuición estratégica del valor de la oratoria en tiempos difíciles.

Un competente historiador militar de la Gran Bretaña (ya elogiado en este blog) ha publicado también una obra monumental sobre el “más extenso conflicto ideológico de la historia“. Imprescindible para quien le interese el tema, aunque fue escrito no sin demagogia. Una delicadeza de John Keegan (1934-2012) para no herir las susceptibilidades sureñas. La prosa es clara y accesible; la lectura, nunca deja de ser amena. Es raro que lleguen al español ensayos sobre este asunto.

Algunos datos que llamaron mi atención:

* En 1861, Dixieland, con su credo nacionalista, se había convertido en una entidad bien diferenciada en Estados Unidos. Fue una guerra entre pueblos.

* De cinco millones de blancos del Sur sólo 48 mil eran hacendados (con mas de 20 esclavos), pero constituían su clase gobernante: dominaban la economía y la política. La mayoría de los sureños estaba apegado a la peculiar institución de la esclavitud. Hasta la rata más pobre aspiraba a tener esclavos, era un símbolo de éxito social. Todo el excedente financiero del Sur se destinaba a comprar más esclavos y tierras. En el Norte, a la industria.

* Carolina del Sur fue el corazón de una secesión regional, que fue tanto un interés económico como un estado mental. Por eso el sur rebosaba de entusiasmo bélico y luchó con fanatismo hasta el final.

* En cuatro años se libraron doscientos treinta y siete batallas con nombres y muchas otras acciones menores y escaramuzas. Hubo más de un millón de bajas. Fue una terrible demostración de lo que un hombre decidido con su rifle es capaz de hacer contra un enemigo.

* La batalla típica fue aquella signada por la ambigüedad de su desenlace, no obstante el gran número de bajas en ambos bandos. Un anticipo de la I Guerra Mundial.

* La mayoría de los soldados eran campesinos veintiañeros.

* Fue básicamente una sangrienta guerra de desgaste en la que las bajas estuvieron equitativamente distribuidas y cuyo desenlace favoreció al ejército que mejor soportó la agonía.

* Unidad por unidad, y tal vez hombre por hombre, el ejército confederado superaba en calidad al de la Unión, de modo que el Norte triunfó al final gracias a su mayor número de soldados y sus recursos superiores.

* Desde las victorias de julio de 1863 en Gettysburg y Vicksburg la derrota del Sur era inevitable.

* Un siglo le costó, en términos de prosperidad económica, al Sur reponerse de la guerra.

* El conflicto puso fin, definitivamente, a la construcción de barcos de guerra de madera.  Comenzaba la era de los acorazados.

* Marx, que tenía un ojo excelente para la geografía estratégica, escribió profusamente sobre la guerra civil. Llamaba Secesia a la Confederación.

* El general William T. Sherman anticipó en su feroz campaña de dos meses en Georgia y las Carolinas la técnica de guerra psicológica empleada por Hitler en Rusia y por las potencias occidentales en el Tercer Mundo. La idea diabólica establece que el enemigo puede ser derrotado haciendo sufrir a su pueblo en cuerpo y alma.

* Walt Whitman fue el gran poeta de la Guerra de Secesión. Redobles de tambor es uno de los más espléndidos poemas de guerra jamás escritos.
Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

domingo, 18 de enero de 2015

Historia de la guerra

POR GUILLERMO BELCORE

La historia del hombre (no de la mujer) es la historia de la guerra.  Al fin de cuentas, la casi totalidad de los ciento noventa y tres estados registrados en Naciones Unidas se crearon por derecho de conquista, contienda civil o lucha por la independencia. Desde esa perspectiva, la marcha de la humanidad podría dividirse según el instrumento primordial que se ha usado para el combate. No habría entonces más que cuatro eras desde que se llevan registros escritos: la Edad de Piedra, la Edad del Bronce, la Edad del Hierro, la Edad de la Pólvora. Puede que el siglo XXI esté ingresando en la Edad Electrónica (armas láser, pulsos electromagnéticos, virus informáticos). Agradezcamos a Dios que Hiroshima y Nagasaki no se hayan repetido y por ende no hubo Edad del Átomo. Hubiera sido nuestro final.


Un minucioso ensayo -publicado en España- sobre tan fascinante tema ha llegado a la Argentina. Historia de la guerra (Turner Noema, 534 páginas, edición 2014) fue entregado a la imprenta por primera vez hace veinte años pero no perdió un gramo de frescura. Su autor es considerado como el más preeminente historiador militar de su era. El inglés John Keegan (1934-2012) reflexiona desde una base sólida, y muy difícil de refutar: los factores culturales son absolutamente esenciales en las relaciones humanas. Y la guerra podría definirse, básicamente, como la perpetuación de la cultura por sus propios medios. Entendida la cultura como vasto contingente de creencias compartidas, valores, asociaciones, mitos, tabúes, oratoria y expresión artística que lastran a una sociedad. Sí, lastran. Obstruyen la evolución de la sociedad global hacia formas más avanzadas de convivencia.

Sin una teoría, los hechos no afirman nada, escribió F.A. Hayek. Keegan la tiene. Para él, la guerra es siempre una manifestación de la cultura y en algunas sociedades la cultura en sí misma. La cultura es una fuerza tan poderosa como la política en la elección de los medios bélicos y en muchas ocasiones más predominante que la lógica militar, como en el caso de los aztecas o los chinos antiguos.

Antes de explorar tan magnífica tesis es necesario destacar que el texto redondea un alarde impresionante de erudición y que revisa más de cuatro mil años. Desde el primer asalto bárbaro a la Mesopotamia asiática hasta la guerra civil en Yugoslavia. Se detiene incluso en la forma en que combatían los yanomanis, los maoríes, los mamelucos y los samuráis. Keegan es un maestro en el trazado de largas e inspiradas cadenas causales. Ejemplos: en la implacable eficacia de Hernán Cortes está presente  Genghis Kan; en la ferocidad de las Waffen-SS, el batallón suizo de Neufchatel, reclutado por Napoleón. Keegan se inspira en Giambatistta Vico, el padre de la historia comparada. En el arte de encontrar patrones constantes, el profesor de Sandhurst y Princeton nos advierte que a lo largo de la historia ha existido una tensión fundamental entre los poseedores de las tierras de cultivo y los desposeídos habitantes de tierras demasiados frías, finas o secas para lo mismo. Areas con déficit alimentario, generan guerreros, hombre violentos que son una amenaza para la sociedad abierta. ¿No es eso lo que vemos con Al Qaeda o con las legiones de pibes chorros que han desquiciado nuestras ciudades?

LA HERENCIA GRIEGA

Las respuestas no son sencillas. ¿Qué es lo que hace que los hombres se maten entre sí? ¿Han existido sociedades sin guerra? ¿La agresividad forma parte de nuestra propia naturaleza? Sí, es nuestro costado oscuro, primitivo, responde el especialista en historia militar. La vida guerrera ejerce una poderosa atracción sobre la imaginación del varón. Es verdad que el hombre es potencialmente violento (y vivimos en una cultura que la que existen muchas probabilidades de que esa potencialidad aflore), pero el espíritu de cooperación, y no el de confrontación, es el que conseguido que el mundo siga andando y prospere. Además, los violentos siempre han sido minoría. El problema son las culturas (o subculturas, como lo demuestra la inseguridad que padecen los argentinos) construidas sobre esta propiedad del ser humano. En el pasado remoto y en muchas de regiones de Oriente -nos instruye el libro- se han establecido restricciones para moderarla, tipo los rituales, la negociación, la diplomacia, la contención filosófica. El buen vencedor evita la batalla, recomendaba Lao Tse. El drama ha sido cierto modo occidental de hacer la guerra, que desembocó, finalmente, en un derramamiento de sangre sin precedentes en el siglo XX.

Identifia Keegan tres elementos primordiales de la cultura militar de Occidente. Uno endógeno y moral (derrota absoluta del enemigo en una batalla decisiva); el otro ideológico, copiado de Oriente (el concepto de guerra santa); el tercero adquirido, por la capacidad histórica de adaptación y experimentación (la tecnología armamentística).

Al parecer, todo comenzó en la antigua Grecia. A partir de allí, Occidente descarto definitivamente la táctica elusiva y fría de la guerra primitiva u oriental. Fueron los pequeños terratenientes de las ciudades Estado griegas quienes inventaron el concepto de batalla decisiva, y lucha a muerte, cuerpo a cuerpo. La guerra fue una calamidad para la civilización helena, las glorias intelectuales y artísticas quedaron definitivamente apagadas.

De Grecia, esa cultura militar saltó a Roma, cuya principal contribución a que el ser humano comprendiese como se lleva una vida civilizada -escribió Keegan- fue “su institución de un ejército profesional y disciplinado“. Desaparecido el Imperio, el método bélico occidental pervivió en el Medioevo en la caballería feudal y se potenció -para desgracia de todos- en la Edad Moderna.

BESTIA NEGRA

El culturalista Keegan atribuye a un libro decenas de millones de muertos. De la guerra de Karl Van Clausewitz produjo una teoría sobre la guerra con resultados catastróficos, que prendió en todos los gobiernos de Europa. El ensayo puede parangonarse con otra obra nefasta también proveniente de Alemania: El Capital de Karl Marx. Ambos son “obstinados tratados de ideología en los que se expone una visión del mundo no como es sino como debería ser“.

Pero, en rigor, la militarización de Europa según el modelo prusiano comenzó con la Revolución Francesa. Ninguna sociedad anterior a la de 1789 consideraba el servicio militar más que como una profesión para unos pocos.  El lema "de cada hombre un soldado" -consecuencia del frenesí igualitario de los jacobinos- se basa en una incomprensión palmaria de lo que es capaz la naturaleza humana, destaca Keegan. La locura del servicio militar obligatorio (lo vimos en la Argentina, con la aventura de Malvinas) forma parte del mismo ideario occidental de la conveniencia de hacer la guerra al extremo de exigir una derrota total.

¿A qué apuntaba pues la noción fatal de que la guerra es la continuación de la política? A replicar el éxito napoleónico, que la guerra se convirtiese en popular en un estado oligárquico. La sencilla y poderosa pulsión del honor de las armas fue una idea subversiva en Europa que hervía como magma volcánico bajo la superficie de progreso y prosperidad en el siglo XIX. Keegan lo dice sin ambages: puede considerarse a Clausewitz como padre ideológico de la Primera Guerra Mundial, el acontecimiento decisivo de nuestro tiempo, pues corrompió lo mejor de nuestra civilización -el liberalismo y la esperanza- dando a los militaristas y a los totalitarios un papel en las apelaciones al futuro. Es decir, sin Verdún, el fascismo, el nazismo y el bolchevismo -dos aberraciones contemporáneas- no hubiesen conquistado el poder ni las mentes.

Para Keegan, Hitler no es otra cosa que Clausewitz llevado hasta sus últimas consecuencias, la restauración de una cultura guerrera. Pero, atención. La militarización desde arriba de los europeos fue tan nefasta como la militarización desde abajo, tercermundista. La épica partisana ha generado sus propios holocaustos. Véanse los casos de Mao, Tito y los argelinos. Por cierto, la bomba atómica fue la culminación lógica de ese principio de la cultura occidental de adoración del artefacto moderno y la batalla decisiva.

SE PUEDE

En su experiencia de campo, Keegan descubrió que los militares no son como los demás hombres. Es decir, sus valores son distintos,  muy antiguos, existen en sintonía con el mundo cotidiano pero no forman parte de él. Se rigen por el tribalismo. “La cultura del guerrero nunca puede ser nunca parte de la civilización“, es otra de las conclusiones admirables de este libro inspirador. Ni hablar de dejarlos gobernar. La decadencia argentina es suficientemente elocuente.

Keegan, por cierto, se pronuncia a favor de la abolición de la beligerancia. Ya a fines del año pasado creía que, al cabo de cinco mil años de guerras, hay motivos para creer que los cambios culturales y materiales conducen a inhibir la tendencia humana a empuñar las armas. ¿Un mundo sin guerra? Algún día, por ahora nos conformamos con que la sociedad global mantenga a raya ese azote -tan destructivo como las enfermedades- con limitaciones racionales. Occidente, recomienda el pensador occidental, debería aprender de Oriente y de algunas sociedades primitivas en lo tecnológico pero más avanzadas en el arte de la convivencia, sin que esto implique -naturalmente- caer en el relativismo cultural  esa tonta refutación académica de los valores universales. La guerra es por ende un hábito que, como todos, se puede modificar.

Es que, al fin y al cabo, la guerra nunca ha sido la continuación de la política. De hecho, antecede a los Estados, a la diplomacia y a la estrategia en varios milenios. La guerra es casi tan antigua como el humano mismo y está arraigada en lo más profundo del corazón humano, un reducto en el que se diluyen los propósitos racionales del yo, reina el orgullo, predomina lo emocional e impera el instinto. Guerrero, miliciano, conscripto, mercenario, esclavo, tropa regular son los nombres del hombre primitivo. Contra las culturas que glorifican la lucha hay que luchar, intelectualmente hablando.
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Excelente

sábado, 10 de enero de 2015

El ensayo del año (2014)


En la última semana de diciembre -después de haber elaborado las 25 lecturas más placenteras de 2014- llegó a mis manos un ensayo esclarecedor y minucioso que, sin duda, merece haber en encabezado el ranking del año. Historia de la guerra de John Keegan logró sortear el cepo a las importaciones que han impuesto las autoridades económicas, so pretexto de que CFK no desea un dólor de cabeza en el último año de su mandato. Hasta un negado para la economía puede darse cuenta que traer libros de España, México o Chile haría saltar por los aires la esforzada ‘pax cambiaria’.

¡Je! Pero ese es otro asunto. Volvamos a la obra magna del más preeminente historiador militar de su época, publicada por primera vez en 1993 y el año pasado reimpresa en España. La tesis del inglés Keegan es que la guerra no es otra cosa que la perpetuación de la cultura por sus propios medios. Un recorrido fascinante y erudito por cinco mil años de Historia, que no deja fuera ni siquiera a los yanomanis de la Amazonia (un formidable mazazo al relativismo cultural y al mito del buen salvaje) pero que denuncia con toda convicción el método occidental de hacer la guerra y la cultura del servicio militar obligatorio, producto de una combinación explosiva: Revolución Francesa + Karl Von Clausewitz, cuyo libro ‘De la guerra‘ es culpable de un derramamiento de sangre sin precedentes. Giambattista Vico es, por cierto, la influencia primordial del autor.

Después de que se publique en La Prensa -acaso el domingo 18 del corriente- subiré aquí un extenso artículo sobre ’Historia de la guerra’. Baste adelantar que se trata de una obra imprescindible para todo aquel que desee comprender el hábito más extendido (y perverso) de la mitad de la humanidad, aquella que nace con un par de testículos en el cuerpo.

miércoles, 6 de agosto de 2014

Un túnel lleno de sangre y oscuridad

En nuestro siglo XXI -postuló el historiador Max Hasting- la estampa popular de la Primera Guerra Mundial está dominada por imágenes de trincheras, barro, alambradas y poetas. Cierto. Pero es en las novelas donde debe bucear el lector al que le intrigue ese “largo túnel lleno de sangre y oscuridad” (la metáfora es de André Gidé). ¿Qué le ocurrió a Europa entre 1914 y 1918? Las antenas de nuestra especie, los artistas, ofrecen respuestas.

Si hay un libro que ha captado tanto el horror de aquella contienda insaciable como el espíritu cuasi deportivo con que las elites y las masas de una decena de países marcharon al matadero es Tempestades de acero (Tusquets, 1987) de Ernst Jünger (1895-1898). El gentilhombre de Hannover se alistó como voluntario a los diecinueve años y partió a matar con sus libretas de apuntes y el espíritu de su época:

“Crecidos en una era de seguridad, sentíamos todos un anhelo de cosas insólitas, de peligro grande. Y entonces la guerra nos había arrebatado como una borrachera. (…) Ella, la guerra, era la que había de aportarnos aquello, las cosas grandes, fuertes, espléndidas. La guerra nos parecía un lance viril, un alegre concurso de tiro celebrado entre floridas praderas, en la que la sangre era el rocío”.

La I Guerra Mundial, se sabe, fue básicamente una guerra rural de posiciones (ninguna ciudad importante de Europa fue destruida). Jünger amalgamó la ética clásica del guerrero con algo tan improbable como la estética de las trincheras, esas zanjas picadoras de carne que se extendieron desde el Mar del Norte hasta Suiza. Existen seis versiones distintas de Tempestades de acero, la de 1934 fue expurgada de las soflamas nacionalistas que pudieran ser aprovechadas por los nazis. Es tanto un producto de la imaginación como una novela documental que nos trae los hedores de los nubarrones de gas mostaza, las visiones de pesadilla, los sonidos de la metralla, los sabores aguados del rancho durante las grandes batalles en Flandes y en Francia, como el Somme o el canto del cisne del Ejército alemán: Kaiserschlacht.

Hay otras dos obras imprescindibles de Jünger sobre un conflicto donde lo decisivo para sobrevivir era el azar (“ese movimiento vacilante a través del tiempo y del espacio que en cualquier momento puede hundirte en la nada“) la nouvelle El teniente Sturm (Tusquets, 2014) y el sobrio y honesto Diario de Guerra (Tusquets, 2013), que contiene incluso escenas surrealistas: el en julio de 1917, entre el humo de la pólvora, nuestro héroe se distrae en un profundo cráter de granada con su pipa y leyendo Casars Denksaule (la columna conmemorativa de César) de Ignatius Donnelly. A su alrededor, corren soldados despavoridos.

Cómo resistieron aquello sin volverse locos, le pregunta a Jünger el cómodo lector de nuestra era:

“Si no dirigían su trayectoria las estrellas fijas del honor y de la patria, o si su cuerpo no estaba endurecido por el ansia de combatir como por una coraza de escamas, entonces iba a la deriva, como un molusco, como un temblosoro manojo de nervios, en medio de la lluvia de fuego y acero”.

BACANAL DE LA MUERTE


Lluvia de fuego y acero, escribió Jünger. Justamente, la I Guerra fue una contienda básicamente de artillería. Oigamos otra voz eminente:

“Ha caído. No; se ha lanzado cuerpo a tierra porque lo acechaba un perro infernal, un inmenso obús, un repugnante chorro de fuego salido del abismo. Está boca abajo, con la cara en el barro fresco y las piernas abiertas. El producto de una ciencia enloquecida, cargado del peor de los horrores, penetra oblicuamente en el suelo a treinta pasos de él, como el diablo en persona, y estalla con un espantoso alarde de fuerza, levantando una fuente de la altura de una casa… una fuente de tierra, fuego, hierro, plomo y humanidad en pedazos. Porque ahí había dos hombres, dos amigos que se habían arrojado al suelo juntos en el momento crucial y cuyos cuerpos ahora se habían mezclado para siempre y desaparecido para siempre”.

¡Es la voz de Thomas Mann! La montaña mágica (Edhasa 2005), otra novela capital del siglo XX, dedica sólo las últimas diez páginas (de un total de novecientos treinta) a esa “bacanal de la muerte”, pero aborda en clave de metáfora un quiebre trascendente: la I Guerra,  “abominable fiebre sin medida”, marcó el final de una era, el comienzo de un nuevo siglo, como luego teorizaría Eric Hobsbwam en Historia del siglo XX (Crítica 1999). Una civilización entera se hundió: el aristocrático orden liberal, surgido de la Ilustración y cuyo símbolo perfecto fue el sanatorio para tuberculosos ricos en medio de los Alpes que imaginó Mann. El cataclismo abrió paso a la democracia de masas. El futuro sería de los que los pueblos quisieran o de quienes tuviesen la habilidad de manipularlos. Y también del totalitarismo rojo o pardo, la continuación política de la I Guerra por otros medios, según la acertadísima definición del gran historiador John Keegan (The First World War, Pimlico, edición 1999). 

El mismo juego literario encontramos en el último tramo de la inmortal novela de Italo Svevo La conciencia de Zeno. Viajamos a otro frente de batalla, a la ciudad de Trieste, en manos del Imperio Austrohúngaro, tierra irredenta de los italianos. La ruptura de la civilización se encarna en un enloquecido cabo austríaco. La guerra separa a Zeno Cossini de los suyos, le cura las neurosis burguesas y lo sume en un profundo pesimismo:

“Acaso a través de una catástrofe inaudita producida por los artefactos recuperemos la salud. Cuando ya no sean suficientes los gases venenosos, un hombre como todos los demás, en la soledad de su habitación de este mundo, inventará un explosivo incomparable, frente al cual los explosivos actualmente inexistentes parecerán juguetes inocuos. Y otro hombre, también igual a todos los demás, aunque algo más enfermo, robará ese explosivo y lo llevará hasta el centro de la Tierra, para ponerlo en el sitio donde su efecto sea el máximo. Se producirá una enorme explosión que nadie oirá, la Tierra regresará a su forma nebulosa y deambulará por los cielos, carente de parásitos y enfermedades”.

DESASTRE EN CAPORETTO


El frente austroitaliano, esa llaga gangrenosa según Svevo, está retratado y explicado por otra novela inmortal del siglo XX, de corte autobiográfico como las de Jünger: Adios a las armas de Ernest Hemingway. ¡Qué historia tenemos aquí, qué final tremendo que marca para siempre a todos los que debimos pasar, con un nudo en la garganta, por el trance de un parto! El núcleo incandescente es el idilio entre el voluntario estadounidense Frederick Henry, chofer de ambulancias, con la enfermera inglesa Catherine Barkley. Pero la obra pretende además representar la muerte del idealismo, la desilusión con una guerra que a cien años de distancia nos sigue pareciendo absurda. Y el telón de fondo es una de las batallas más importantes, un desastre sin paliativos para los italianos acaecido en 1917: Caporetto.

Es probable, finalmente, que ningún texto haya podido expresar con tanta contundencia el repudio a la locura bélica que las primeras cincuentas páginas de Viaje al final de la noche, la monumental novela de Celine (Edhasa, 2005). Observe el lirismo descarnado, nervioso, de este párrafo:

“Pensé -¡presa del espanto!-: ¿seré pues el único cobarde de la tierra?… ¿Perdido entre dos millones de locos heroicos, furiosos y armados hasta los dientes? Con cascos, sin cascos, sin caballos, en motos, dando alaridos, en autos, pitando, tirando, conspirando, volando, de rodillas, cavando, escabulléndose, caracoleando por los senderos, lanzando detonaciones, ocultos en la tierra como en una celda del manicomio, para destruirlo todo, Alemania, Francia y los continentes, todo lo que respira, destruir, más rabiosos que los perros, adorando su rabia (cosa que no hacen los perros), cien, mil veces más rabiosos que mil perros, ¡y mucho más perversos! ¡Estábamos frescos! La verdad era, ahora me daba cuenta, que me había metido en una cruzada apocalíptica!”

Si la experiencia humana es lo que atrae con mayor fuerza la imaginación del lector del siglo XXI, como sostiene el historiador Hasting, quien quiera aproximarse de cerca a aquella catástrofe inútil -empero, sin la cual seguramente no hubiésemos tenido a Kafka- debe leer novelas.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa del domingo pasado.

sábado, 28 de junio de 2014

1914, una tragedia europea

“El pequeño y estrafalario melodrama que se desarrolló en Bosnia el 28 de junio de 1914 tuvo un efecto similar al que podría tener una avispa al picar a un enfermo crónico que, como resultado de ello, enloqueciese y abandonando el lecho, consagrase sus últimos días a destruir el avispero”.
Max Hasting (1) 

Hace cien años, en las calles de Sarajevo, un terrorista adolescente descerrajó dos balazos al archiduque Francisco Fernando, heredero al trono austrohúngaro y el único influyente en ese imperio decrépito que no soñaba con hacer la guerra  a sus vecinos. A la historia le encantan las paradojas. De esta manera, Gavrilo Princip, un pelele serbobosnio que ni siquiera tenía la talla para ser llamado a filas, proporcionó el detonante (de ninguna manera la causa) del hecho capital del siglo XX, la Primera Guerra Mundial, también conocida como Gran Guerra.

Aquella carnicería diseminó semillas malignas que aún dan frutos envenenados. En Medio Oriente, por ejemplo, con sus mapas contra la naturaleza de los pueblos. O en las vocinglerías de los bolcheviques nostálgicos o de los neonazis. El totalitarismo -como ha sentenciado el gran historiador John Keegan (2)- fue la continuación de la I Guerra por otros medios.

Mirado desde el cómodo siglo XXI, el primer conflicto global causa una sensación de tragedia, futilidad, de matanza de los inocentes. Entre el 28 de julio de 1914 y el 11 de noviembre de 1918 murieron en el campo de batalla casi diez millones de personas. Se usaron, por primera vez, armas diabólicas como el gas mostaza. Ninguna de las grandes ciudades europeas fue destruida, básicamente se trató de una guerra rural. No obstante, millones de civiles sufrieron daños físicos y psicológicos irreparables. Cuatro imperios (el alemán, el austrohúngaro, el turco y el ruso) colapsaron; otros dos se arruinaron moral y económicamente (el inglés y el francés). Una civilización entera se estragó: el aristocrático orden liberal, surgido de la Ilustración europea, dio paso a la democracia de masas, el futuro sería de los que los pueblos quisieran o de quienes tuviesen la habilidad de manipularlos. Hasta el arte cambió por completo. La devastación de la Gran Guerra sentó las bases de una epidemia de gripe aún más letal (18 millones de muertos en todo el mundo) y generó una paz tan precaria que al cabo de escasos veintiun años el mundo estaría otra vez con las armas en la mano. Y el horror sería aun mayor: cinco veces más destructivo en vidas humanas e incalculablemente más costoso en términos materiales. Quizás los historiadores del mañana consideren la I y II Guerra Mundial como el mismo enfrentamiento con un débil armisticio en el medio.

Las causas

¿Pero cómo fue posible semejante suicidio? ¿Se trata de un caso de locura colectiva? En cierto sentido, sí. Pero en tren de buscar explicaciones racionales, puede concluirse que la Guerra Guerra fue la consecuencia lógica de un par de factores:
1) un orden internacional apocalíptico en el que competían dos bloques armados de proporciones colosales; 
2) el choque de dos ideas tan atávicas como desestabilizadoras: el imperialismo germano vs. el paneslavismo.

 En su monumental ensayo Diplomacy (3), Henry Kissinger compara el mundo bipolar de 1914 con la guerra fría, con la salvedad de que aquel escenario era mucho más volátil que el que protagonizaron Estados Unidos y la Unión Soviética. Cualesquiera de los cinco o seis jugadores europeos de primer nivel tenía el potencial para arrastrar a los demás a la perdición como consecuencia de un rígido sistema de alianzas que, en apenas dos décadas, sepultó el Concierto de las Naciones que había mantenido la paz continental (sólo hubo guerras regionales breves y profesionales) desde los tiempos napoleónicos.

Dos bloques antagónicos se habían enquistado en el Viejo Continente, uniendo antiguos adversarios y competidores territoriales: la Triple Entente (¡Gran Bretaña, Francia y Rusia en un mismo bando!) vs. las Potencias Centrales (Alemania, Austria Hungría e Italia, aunque está última en el momento de la verdad cambiaría de bando). Era un juego de suma cero. La confrontación era el método estándar de la diplomacia y cada crisis se volvían más difícil de resolver que la anterior, pues se convertían en una suerte de test de virilidad. Se creía (hoy también) que una política exterior firme y expansionista era la mejor cura para las enfermedades nacionales, y en especial para contener al ascendente socialismo. Así las cosas, ni siquiera los estadistas más cultos e inteligentes llegaron a percibir la gravedad del rumbo de los acontecimientos a comienzos del siglo XX. Cualquier cosa provocaba un alboroto (el papel de los diarios sedientos de sangre no puede ser subestimado). Sin embargo, lo que hoy resulta evidente es que el fatídico desenlace no se precipitó por el fervor nacionalista de las masas, sino por las decisiones de grupos de poder muy reducidos en el seno de siete países.

Es que por debajo de un establishment cosmopolita que compartía una religión y una cultura común existía un submundo siniestro: la Europa de los soldados. Millones de personas habían aprendido a usar un rifle o a marcar el paso. Las potencias se habían embarcado en una febril carrera armamentista (más y mejores armas, movilización total de los hombres y recursos) que incluía minuciosos planes de guerra, con cronogramas de hierro, sin control alguno de los gobernantes. El Ejército alemán -la más eficaz máquina de guerra que se había visto desde los romanos- era un Estado dentro del Estado. John Fitzgerald Kennedy pudo en 1962 frenar los bombardeos a Cuba durante la crisis de los misiles y así salvo al mundo de una hecatombe nuclear; el Kaiser, ese trastornado, no hubiera podido hacer lo mismo. El casus belli había escapado del control civil. Por eso, después de 1918 acuñaría el premier francés George Clemenceau su famosa frase: “la guerra es una asunto demasiado serio como para dejárselo a los militares”.

Sarajevo, sangrienta

Y los Balcanes eran un polvorín. En el vientre de Europa (el Cercano Oriente, según la visión de Londres) hubo dos guerras a principios de siglo XX. Sobre los restos del Imperio Otomano, emergió la belicosa Serbia que ambicionaba crear un gran Estado paneslavo que integraría a varios millones de súbditos de los Habsburgos. A la postre, los serbios lo lograrían (Yugoslavia duró setenta años) pero a un altísimo precio: Serbia perdió el 15% de la población en la Gran Guerra, una tragedia atroz comparada con el 2 al 3% de Alemania, Francia o Gran Bretaña.

Vale decir, Serbia era el enemigo mortal del políglota y decadente Imperio Austrohúngaro, que en 1908 le había infligido otra humillación: anexó la actual Bosnia-Herzegovina. Rusia era el gran protector de Belgrado. Y Alemania el de una Viena que sólo necesitaba (y buscaba) un pretexto para ajustar cuentas por vía de las armas con los serbios.

En la era previa de 1914, el terrorismo era, como hoy, endémico, aunque su matriz era básicamente anarquista o ultranacionalista. Uno de sus patrocinadores fue la Mano Negra, organización secreta serbia copiada de sectas similares de Alemania o Italia del siglo XIX. La Al Qaeda de entonces puso la Browning en las manos inexpertas del alfeñique Princip y bombas en la de sus seis secuaces, apenas trascendió que el heredero al trono austrohúngaro visitaría Sarajevo a fines de junio. Una visita imprudente, una provocación casi. Pero fue un conjura tan chapucera -hasta el punto de lo ridículo- que sólo tuvo éxito por dos factores inexorables:
a) El azar (tras salir ilesos de otro atentado, el archiduque y su esposa aparecieron por casualidad la esquina donde aguardaba Gavrilo).
b) La negligencia austríaca. Se dijo que los funcionarios imperiales de Sarajevo habían dedicado más energía a discutir los menúes y los temperaturas de los vinos que a la seguridad de su huésped de honor.






Reguero de pólvora

El asesinato del archiduque y su consorte plebeya conmovió al mundo civilizado. Fue un asunto de honor nacional y prestigio, no sólo había intereses en juego como en las disputas por el norte de Africa o las guerras balcánicas de 1912. No obstante, en las primeras semanas de crisis se creyó que el conflicto estaba focalizado. ¿Ir a la guerra por Serbia?, impensado en Londres y París. Pocos percibieron que Viena tenía en sus manos un cheque en blanco librado por los alemanes para la destrucción de Serbia; y San Petersburgo lo mismo, para impedirlo, pero entregado por los franceses. El fatal juego de alianzas convirtió un asunto local en una tragedia sin precedentes. Hoy se considera que la movilización rusa del 25 de julio fue el hecho decisivo del comienzo de las hostilidades, ya no podría haber marcha atrás, pero está claro que si alguien deseaba un enfrentamiento continental en 1914 era Berlín.

En efecto, cuando se presentó la oportunidad de empezar la guerra, Alemania se aferró a ella como el náufrago a su tabla. La poderosa nación germana tenía las mejores barajas en la mano. Aunque no era un estado absolutista a la manera de Rusia, conservaba el carácter de autocracia militarizada, paranoica y temerosa del avance socialdemócrata en su seno. El jefe del Estado Mayor, Helmut von Moltke (el joven) tenía un apetito insaciable por una confrontación europea. Predominaban las fantasías wagnerianas. Si hay guerra, es mejor que sea ahora antes de que los rusos y franceses completen su rearme, pensaba el generalato alemán en junio de 1914. Sus garantías de seguridad a los aventureros de Viena -desesperados por conservar sus provincias eslavas de la agitación serbia- fueron la causa primordial del estallido.

Con la invasión austrohúngara a Serbia y la de Alemania a Bélgica (otro enorme gaffe diplomático que confirmó la entrada en guerra de Gran Bretaña) comenzó la producción en masa de la muerte. Al comienzo, hubo celebraciones frívolas en todas las grandes ciudades, sin embargo la idea de que Europa recibió la catástrofe con los brazos abiertos está hoy muy matizada, sino desacreditada. Muchísima gente reflexiva estaba horrorizada. Y seis meses después ya se asumía que era una verdadera tragedia.

Muchas figuras extrañas, de corta inteligencia, se disputaban el escenario político en 1914. La paz requería de un estadista de talla y en ninguna potencia los había. Todos los planes de Alemania se basaban en noquear a Francia en cuatro semanas a lo sumo, para después volverse contra Rusia. El Imperio Austrohúngaro fue con la convicción de arrasar a su pequeño y revoltoso vecino antes de la Navidad. Rusia desenvainó la espada en defensa de Serbia, y Francia honró sus absurdos compromisos con el odioso zar. Las matanzas comenzaron de inmediato: en la era de las ametralladoras había una fe exagerada en el coraje humano y la carga con bayoneta. Simplemente la clase gobernante no tenía idea del poderío bélico que tenía entre manos. Fueron cuatro años de picadora de carne en las trincheras occidentales (símbolo perfecto del empate militar) y en los escenarios bélicos globales, también nuestras islas Malvinas. Gavrilo Princip no vería el final. Murió de tuberculosis en la cárcel de Terezin, en la actual República Checa.
El mundo entero, y sobre todo los jefes militares, esperaban una guerra corta y brutal que resolviera de una vez por todas las cuestiones internacionales del momento, incluso las tensiones internas.

Guillermo Belcore

  • Fuentes: 
  • (1) - 1914, el año de la catástrofe. Max Hasting. Crítica. Edición 2014
  • (2) - The First World War. John Keegan. Pimlico. Edición 1998.
  • (3) - Diplomacy. Henry Kissinger. Simon & Schuster. 1994.
  • (4) - La Gran Guerra. Peter Hart. Crítica. Edición 2014.

Publicado hoy en la página central del diario La Prensa.

lunes, 2 de junio de 2014

La última batalla estratégica de Occidente

Por Guillermo Belcore

La última gran batalla estratégica de Occidente se libró hace setenta años. Fue la mayor invasión anfibia de la Historia. Y acaso la última vez que un general inglés comandó una alianza. Normandía definió la Segunda Guerra Mundial. Si hubiese fracasado, toda la historia del siglo XX pudo haber sido distinta.

Alemania hubiera ganado al menos un año para contener a los rusos en el Frente Oriental y quizás -tras deshacerse de los nazis, esa excepcionalidad- lograr un armisticio similar al de 1918. La mitad de Europa se habría ahorrado la experiencia abominable del bolchevismo. Pero son meras conjeturas. Lo cierto es que hubo, por un lado, una brillante operación logística sin parangones y por el otro una pirámide de errores que definieron el resultado en un tiempo relativamente breve. El 6 de junio de 1944 a las 6.30 los primeros soldados estadounidenses desembarcaron en Francia. El 25 de agosto liberaron París. Overlord fue un completo éxito.


1) ¿Por qué la invasión a Francia?


Después de que Rusia frenase a los mastines de Hitler y de que Estados Unidos se involucrara en Europa era sólo cuestión de tiempo que los aliados intentasen liberar a Francia y quedar así a tiro de piedra del Ruhr, el corazón industrial de Alemania. Desde hace tiempo, Stalin presionaba por la apertura de un segundo frente que aliviara al Ejército Rojo (para 1944, más de siete millones de soldados soviéticos habían perecido en la guerra). En palabras de sir Winston Churchill, ese Pericles contemporáneo, con semejantes aliados la derrota del hitlerismo no consistía sino "en la adecuada aplicación de una fuerza militar irresistible".
En la conferencia Trident, celebrada en Washington en mayo de 1943, se fijo una fecha provisional de un año para la invasión de Francia. La operación recibió el nombre clave de Overlord. Los planificadores se sentaron a trabajar. Seis meses después, en la conferencia Sextant que hospedó El Cairo, los aliados designaron a Dwigh W. Eisenhower, el general estadounidense más prestigioso, como Comandante en Jefe Supremo de la Fuerza Expedicionaria. Fue una decisión acertadísima. Eisenhower demostró poseer un buen criterio en todas las decisiones claves relacionadas con el desembarco y sus habilidades diplomáticas lograron mantener unida una frágil coalición y una comandancia militar disparatada. En Teherán (conferencia Eureka, diciembre de 1943) Stalin y Roosevelt ignoraron la prudencia de Churchill -temía que la empresa fuese prematura- y se fijó mayo de 1944 como fecha definitiva.


2) ¿Por qué Normandía?


Según la lógica militar, el lugar más apropiado para el desembarco era el Paso de Calais, frente a Dover. Es el punto más estrecho del Canal de la Mancha. Pero los aliados apelaron al factor sorpresa. El general Frederick Morgan, el principal organizador británico, ha escrito: "Uno organiza las cosas de tal modo que la batalla tenga lugar lo más lejos posible de la playa, porque si la batalla se entabla en la playa, uno ya está derrotado".

Se eligió entonces la Bahía del Sena, un lugar menos fortificado que el Paso de Calais, con playas accesibles y protegido de los vientos por la península de Cotentin. La decisión final, en cuanto al lugar, se tomó en la conferencia Quadrant en Quebec por Roosevelt y Churchill, en persona. Normandía a 150 kilómetros de la costa inglesa era el lugar apropiado, pero había que confundir a los alemanes.


3 - ¿Cómo se engañó a Hitler?


Fortitude fue el nombre en código de la operación que montaron los Aliados para enmascarar la fecha y, sobre todo, el lugar del desembarco. Lograron hacer creer a los nazis que un ficticio Primer Grupo de Ejército de Estados Unidos -al mando del brioso general George Patton- estaba presente en Kent, frente a Calais. Así consiguieron inmovilizar al 15º Ejército alemán con sus 17 divisiones. Las aguas fueron sembradas con falsas lanchas de desembarco. Cerca de Dover se instaló una gigantesca boca de bombeo de petróleo construida con papel maché, a la vez que en la campiña se desplegaron gran cantidad de tanques de hule. De noche, convoyes de camiones -siempre los mismos- iban y venían. El éter se intoxicó con fantasmales mensaje de radio.

4 - ¿Cómo eran los planes de los aliados?


La victoria dependía del éxito de desembarcar tropas y suministros antes de que los alemanes reforzaran sus frentes. Desde el 1º de abril se arrojaron 195.000 toneladas de bombas sobre ferrocarriles, nudos de comunicaciones y la infraestructura alemana en Francia.

El plan de batalla fue ideado por el fatuo general Sir Bernard L. Montgomery, en su carácter de comandante en jefe del Ejército de tierra. La invasión implicaría a cinco divisiones de infantería (dos estadounidenses, dos británicas, una canadiense), mientras otras divisiones americanas y una inglesa se arrojaban en paracaídas sobre los extremos. El desembarco se produciría en cinco puntos bautizados en código Utah, Omaha, Gold, Juno y Sword, en un arco de noventa kilómetros. Los ingleses arremeterían en dirección a la llanura de Caen-Falaise, con los estadounidenses cubriendo los flancos y la retaguardia. Esa punta de lanza apuntaría a París, amenazando con desgarrar el frente. Pero era un ardid. Los norteamericanos rebasarían Normandía y se desviarían hacia el Oeste para asegurar los puertos de Bretaña, los que -junto a Cherburgo- permitirían una base logística para acometer la segunda etapa: cuatro Ejércitos aliados avanzarían en un amplio frente hacia el Este, evitando un contraataque alemán contra el flanco. Los optimistas confiaban en alcanzar el Sena en noventa días después del Día D y que la guerra concluiría a más tardar en octubre. Alemania resistió hasta mayo de 1945.


5 - ¿Cómo eran los planes alemanes?


Tres preguntas elementales definían el destino de Alemania. I) ¿Dónde desembarcarán? II) ¿Cuándo desembarcarán? III) ¿Dónde entablar la lucha? Los nazis se equivocaron rotundamente en las dos primeras y muchos expertos creen que en la tercera también.

Las extraordinarias tácticas de engaño de los aliados indujeron a los alemanes a esperar el ataque en Calais. Se tragaron un secreto que involucraba a dos millones de personas.

Los defensores contaban -al menos en el papel- con 60 divisiones de infantería (en Rusia agonizaban 200) y 10 acorazadas para repeler una invasión en algún punto de los 900 kilómetros de costa entre España y Holanda. Dos concepciones se batían a duelo. El aristocrático general Gerd Von Rundstedt, comandante en jefe de las fuerzas del Oeste, consideró que la mejor estrategia era concentrar los tanques tierra adentro para después lanzarlos como un puño de acero cuando los aliados avanzarán hacia el interior.

Era la doctrina de la defensa móvil que había probado su eficacia en el frente ruso. El generalfeld-marshall Erwin Rommel, supervisor de todas las defensas costeras y jefe del Grupo de Ejércitos B, pensaba que era un plan suicida, dado la aplastante superioridad aérea de los adversarios. Este maestro de la guerra de maniobras y ex comandante del Africa Korps fue quien en la práctica dirigió la resistencia. Había bregado por desplegar los tanques en las proximidades de la costa para rechazar al enemigo en las mismas playas y durante las primeras 24 horas.

Vacilando entre ambos conceptos tácticos, Hitler no se decidió por ninguno y ató las manos de Rommel cuando todo dependía de una rápida acometida. Las obsesiones del Führer eran contrarias a un principio tradicional del Estado Mayor del Ejército alemán: la flexibilidad. Desde el desastre de Stalingrado, ese "cabo bohemio" (como lo llamaban en privado sus aristócratas generales) abominaba de la defensa flexible. Había que retener cada palmo de terreno.


6 - ¿Por qué el 6 de junio?


El Día D debía ser un día con muchas horas de luz y fuerte marea para que, cuando bajaran las aguas, los obstáculos de la playa estuvieran al descubierto. Era preferible que la luna guiara a los paracaidistas. Finalmente, debía ser elegido de acuerdo a la Hora H, es decir el instante maldito en que ultrajara la arena la primera oleada de desembarco. Se necesitaba que antes de la Hora H hubiese unos 60 minutos de luz para que los bombardeos navales y aéreos fueses precisos. El 21, 22 y 23 de mayo reunían esas condiciones, pero era demasiado pronto. La restante ventana de oportunidad se abrió entre el 5 y el 7 de junio. Eisenhower eligió el 5, pero hubo mal tiempo. Los meteorólogos sentenciaron tres días de tormenta y Rommel se fue fatalmente a visitar a su esposa en Alemania, confirmando un raro defecto: nunca estaba en el lugar correcto en el momento clave. Pero el día 6 se abrieron las nubes y el comandante supremo dio la orden esperada: "Okey, vamos".

7 - ¿Cómo se desarrolló el Día D?


La Batalla de Normandía comenzó pocos minutos después de las 0.00 del día 6 con la primera y última gran invasión paracaidista nocturna de la historia. Las Divisiones Aerotransportadas norteamericanas 82ª y 101ª cayeron en un área deliberadamente inundada en Cotentin. Perdieron muchos hombres ahogados y se trabaron en fiera lucha pero aseguraron el terreno.

"Aquella noche -escribió Anthony Beever- fue testigo de los combates probablemente más atroces de toda la guerra en el frente occidental". La 6ª División Aerotransportada británica capturó con más facilidad sus objetivos en el extremo oriental y sus comandos también conquistaron puentes clave sobre el canal de Caen y el río Ome.

A las tres de la madrugada una lluvia de bombas empezó a atormentar el suelo. Al rayar el alba, seis acorazados, 23 cruceros, 104 destructores y dos cañoneras, que habían llegado a Normandía con las 3.000 lanchas de desembarco y 2.500 embarcaciones de transporte, abrieron fuego.

A las 6.30, entre una bruma gris, los primeros soldados norteamericanos pisaron la arena. Los británicos y canadienses en las playas Gold, Juno y Sword encontraron una tenue resistencia. Lo mismo, los norteamericanos en Utah. En cambio, la 1era división estadounidense en Omaha se enfrentó a la mejor de las divisiones alemanas, las 352ª que casualmente estaba allí. El desembarco pareció fracasar durante la mañana. Sólo la tiranía de los oficiales hizo avanzar a la soldadesca. Cuando concluyó el Día D, los invasores de Omaha sólo habían penetrado dos kilómetros tierra adentro.

El alto mando alemán no estuvo a la altura de las circunstancias. Se dilapidó tiempo precioso. Al principio, Hitler era reacio a liberar las divisiones acorazadas. Cuando accedió a hacerlo, a primera hora de la tarde, elementos de la 21ª División Panzer penetraron como una tromba en la brecha entre la 3ª División británica y la 3ª canadiense y casi llegaron al mar. Si lo hubiesen alcanzado, las bajas podrían haber sido intolerables. La feroz resistencia de los artilleros antitanque en Périers-sur-le-Dan revirtió la contraofensiva por la noche.

Al final del día, Rommel llegó a su cuartel general y puso en marcha una defensa estática, cuya intención era ceder la menor cantidad posible de terreno. Hitler, cuándo no, sabotearía sus planes. Eisenhower, en su puesto de mando de Portsmouth, recibió el balance. De los 156.000 hombres desembarcados, hubo 11.000 bajas lo que constituyó una cifra excepcionalmente exigua para una operación tan ambiciosa. El día 7, al amanecer, desembarcó Montgomery y ya saboreaba la victoria. Los aliados tomaron Cherburgo el 27 de junio, Caen (la capital regional) el 9 de julio y París, el 25 de agosto.



8 - ¿Era la victoria aliada inevitable?


Ha sido la pregunta favorita de los historiadores. ¿Qué hubiese ocurrido si Hitler se retiraba de Italia y desplegaba otras 20 divisiones en Francia. ¿O si hubiese contado con un espionaje eficaz para desbaratar la operación Fortitude? Hay muchas cosas que los alemanes podrían haber hecho los meses previos, pero tal como se desarrolló la batalla no hay nada que hubieran podido hacer para ganarla, aunque debe reconocer que mantuvieron una capacidad extraordinaria para hacer frente a sus enemigos y causar un buen número de bajas entre sus filas. La cornucopia industrial estadounidense se encaró de suplir largamente las deficiencias circunstanciales como la inferioridad de sus armas, la inexperiencia de las tropas o la ineptitud de los comandantes.

La superioridad aérea fue un factor decisivo. Más de 13.000 cazas, bombardeos y aviones de transporte se enfrentaron a las 400 aeronaves que Berlín fue capaz de disponer. Wo ist die Luftwaffe (¿Dónde está la aviación?) fue el lamento constante de la experiencia del ejército alemán en Normandía.

La campaña concluyó pues en agosto con la sangrienta batalla de la Bolsa de Falaise, un Stalingrado en menor escala. El Grupo de Ejércitos B alemán intentaba retirarse hacia el este entre la tenaza del 2º Ejército canadiense al norte y las columnas estadounidenses que giraban hacia el sur. "La 1ª División Blindada polaca -que estaba integrada con los canadienses- puso heroicamente el corcho a la botella. Algunos alemanes escaparon pero la mayoría quedaron atrapados. Los bombardearon desde el aire o los pulverizaron con la artillería. Murieron unos 10 mil y otros 50 mil se rindieron", relata el historiador Norman Davies.


Publicado en el diario La Prensa el domingo pasado.

Bibliografía:
1) El Día D. Anthony Beever. Editorial Crítica.
2) Tormentas de guerra. German Wouk. Grijalbo.
3) Europa en guerra. Norman Davies. Planeta.
4) Normandía 1944. Osprey Military. Colección Ejércitos y Batallas. Autores varios.
5) La Segunda Guerra Mundial. John Keegan. Pimlico.