viernes, 28 de junio de 2013

El libro del semestre

El moscardón imaginario XXXVIII


De todas las definiciones de novelista, creo que la de George Steiner es la más precisa: novelista es una persona capaz de contar una historia espontánea y mantener la atención de los pasajeros de un vagón de tercera clase en un día caluroso de verano.

El abaratamiento de la impresión, las modas intelectuales, la degradación de la crítica, periodística en especial, han contribuido a que en las últimas décadas se perdiera de vista el concepto primario: un novelista es básicamente un contador de historias. ¿Cuántos de los narradores contemporáneos pueden someterse a esa prueba, la de mantener la atención de su señoría el lector? Ni hablar de los argentinos.

Tengo la certeza de que si hay un literato que cumple con la condición decisiva del relato ese es John Irving. Sus obras desbordan de sucesos extremadamente interesantes; nos mantienen aferrados de las solapas de la primera a la última página. Su última creación lo corrobora. Postulo, entonces, como Novela del Primer Semestre de 2013 a Personas como yo  (Tusquets, 467 páginas).

Publicaré la reseña la semana próxima. Baste anticipar que el magnífico Irving ha explotado de una manera fascinante el delicado tema de la diversidad sexual. El libro es una suerte de memorias de un bisexual, es decir, alguien poco confiable para ambos extremos del arco. Es un libro para ser saboreado, no engullido. Demuestra, por si hiciera falta, que los teóricos del fin de la novela están absolutamente equivocados (y sobre todo, una académica con poses de esnob cuyo nombre prefiero no mencionar). La emperatriz de la literatura -la novela- está vivita y coleando y es una fuente interminable de goces.

Guillermo Belcore



PD: En este blog se han elogiado obras de Irving:
1 - Hasta que te encuentre
2 - La última noche en Twisted River

sábado, 22 de junio de 2013

La trama nupcial

Los que hacen del procedimiento su Dios, los sociólogos devenidos en críticos, los que confunden literatura con historia de la literatura, los perezosos y los esnobs pontifican: ya no puede escribirse como en el siglo XIX. ¿Y por que no?, cabe preguntar. Dickens nunca pasa de moda. Segundo, en el arte de escribir novelas, el único elemento a juzgar es la panoplia de recursos estéticos que se pone en juego. Por esas dos razones, no desentona una narración ambiciosa cuya apuesta es colocar un espejo -como proponía Stendhal- en el camino de tres chicos universitarios.
 
La tercera novela de Jeffrey Eugenides (Detroit 1960) es la mejor de todas, han sentenciado algunos críticos estadounidenses. La trama nupcial (Anagrama, 531 páginas) se inspira, como se dijo, en el pasado. Un argumento victoriano, injertado en la Nueva Inglaterra de fines del siglo XX. La heroína tiene dos pretendientes. Se casa con el tipo equivocado y dos semanas después de la boda se da cuenta del error. Aparece el otro pretendiente de la nada y entonces... bueno, no vamos a revelar aquí el final de esta espléndida novela.

Hanna Enamorada


Estamos en Providence (Rhode Island), la ciudad de Lovecraft. Estamos en la Universidad de Brown. Estamos en los años de enriquecimiento rápido de Ronald Reagan. Como hoy, los jóvenes pueden denunciar todo lo que no les gusta y pueden permitirse cualquier capricho que les venga en gana. La deconstrucción domina los claustros; se mencionan nombres en razón de su oscuridad. Hay profesores que abrazan la semiótica como una forma de afrontar la crisis de la mediana edad. La sensibilidad general de los chicos es nihilista y pospunk. Hemingway naturalmente, pero tambien Cheever y Updike han caído en desgracia. Pese a todo, se lee a Borges.

En ese caldero burbujeante, nada Madeleine Hanna, una WASP (white, anglosaxon and protestant) de pura cepa. Una chica afortunada, familia extensa y distinguida, dinero antiguo; gente ejemplar, al abrigo de las inclemencias. Vemos aquí la encarnación de la magnifica e imperial clase dirigente estadounidense, supersegura de sí misma. Pero Hanna prefiere nadar contra la corriente. Se gradúa en Letras y Literatura Inglesa; desea convertirse en una victorianista, en una época en que Derrida es lo máximo. Uno no puede sino simpatizar con una heroína que “está feliz con la idea del genio” y que “siente debilidad por aquella entidad cada día más eclipsada: el escritor”. La chica está en guerra (mental) contra aquellos petimetres que “quieren degradar al autor, quieren que un gran libro -esa cosa obtenida con tanto esfuerzo, tan trascendente- sea un texto''. ¡Bien por la chica! (Por cierto, la lucha continua).
En segundo lugar, Hanna se enamora del estudiante de biología Leonard Bankhead, un enorme San Bernardo que sufre un trastorno maníaco-depresivo. El gigante rubio nació en Portland. Es el único de los tres que maduró en una casa donde no le querían, o bien lo querían muy mal. Y acá entramos en el núcleo incandescente del libro: el desamor como una pena fisiológica, como si fuera un trastorno de sangre, la angustia romántica, un concepto traído (¿de los pelos?) de dos siglos atrás.

El tercero en discordia se llama Michael Gramaticus, licenciado en Ciencias de la Religión. Proviene de Detroit, es el alter ego de Eugenides, que por cierto estudió en Brown en los años ochenta. Michael está perdidamente enamorado de Hanna. Lo atrae, además, el misticismo cristiano. Las busquedas espirituales -y su mal de amores- lo lleva a un periplo por tres continentes. Lo seguimos a Francia, Marruecos, Grecia y la India donde ejerce el voluntariado en una congregación de las monjas de la Madre Teresa. Ejerce durante no mucho tiempo, pues una de las ideas fuerza del libro sostiene que esta generación (la de los graduados en 1982) es demasiado egoísta como para dedicarse seriamente a cuidar a un semejante.

Tres mosqueteros


La novela seduce por su rodaje minucioso. Eugenides dedica extensos capítulos a cada uno de los tres mosqueteros. Nunca ahorra detalles, trátese de los órgasmos de Hanna, la lucha denodada de Leonard contra una enfermedad maldita o los sufrimientos de los menesterosos que Michael encuentra, y asiste con la punta de los dedos, en los hospicios de Calcuta.

El perspectivismo es otro de los agrados del libro. Un mismo suceso se narra desde la perspectiva de distintos personajes, método que en el siglo XIX Wilkie Collins llevó a la perfección en La piedra lunar, -¡caray, cuántas referencias decimonónicas hay en este libro!-. Nos salen al paso decenas de caracteres interesantes, como el padre de Hanna, Alton, ex rector universitario, que opina que la homosexualidad no existía hasta el siglo XIX, que es un invento de los alemanes. O esa novia de uno de los amigos de Michael, hija de judíos piadosos, que abraza el feminismo radical de una manera absolutamente acrítica, y suelta un lugar común tras otro.

Eugenides no es un gran estilista, no cuenta con fina agudeza de un Tom Wolfe, otro de los grandes narradores estadounidenses que ha desmenuzado la vida universitaria. Pero Jeffrey es un escritor de cuello azul muy competente. Con mano firme, vilipendia las modas intelectuales de sus años mozos, aunque le tiembla al pulso para criticar a los europeos. No obstante, la erótica de su último libro deviene tanto del interés que suscitan las historias individuales como de las observaciones lucidas de los tres rapaces que protagonizan la trama (el mundo observado desde un punto de vista inteligente). El ingreso a la adultez -ese momento terrible en la vida de cualquier persona- resulta a la postre conmovedor. La atención nunca flaquea, y estamos hablando de más de quinientas páginas.
Sostiene un profesor decrépito de Hanna que en el siglo XIX los novelistas tenían un gran tema en el que ocuparse: el matrimonio. “Las grandes epopeyas cantaban la guerra; la novela el casamiento. La generalización del divorcio desbarató el género por completo'', se queja la antigualla. Bien, Eugenides ha intentado complacerlo con una clamorosa trama nupcial.
Guillermo Belcore
Este artículo ocupó la página tres del Suplemento de Cultura del diario La Prensa de este fin de semana.

Cali ficación: Muy Bueno

viernes, 21 de junio de 2013

Tony Soprano, el inmortal

James Gandolfini (1951-2013)


Era un sibarita. La noche en que murió en su habitación de hotel había bebido cuatro vasos de ron, dos piñas coladas y dos cervezas. En la cena, que compartió con su hijo de 13 años, engulló además dos porciones de langostinos fritos y un colosal cantidad de foie gras. Estaba de vacaciones en Italia, pero el corazón no resistió tanto placer. El enorme James Gandolfini falleció el miércoles pasado a los 51 años y cómo lo vamos a extrañar. Le sobrevive su creación perfecta. ¿Quién puede olvidar a Tony Soprano? Es inmortal, como Don Quijote o Sherlock Holmes.

No tengo la menor duda de que Los Soprano es una de las mejores series de televisión de todos los tiempos. Y no lo dice sólo este blog. El Sindicato de Guionistas de Estados Unidos la eligió, no hace mucho, como la Mejor Escrita de la Historia de la TV. Hasta la madrugada me he quedado embrujado mirando dos o tres cap¡tulos, uno tras otro (se alquilan en los buenos videoclubs), siguiendo las peripecias de un grupo de mafiosos de Nueva Jersey, imposibles de amar por su brutalidad y su codicia, pero también imposibles de odiar por sus interminables desdichas familiares y psicológicas, idénticas a la de cualquier mortal. Y comandando la Armada Brancaleone, Tony Soprano, el ícono del ganster del siglo XXI.

Los Soprano, la serie, ganó cinco Globos de Oro, 21 premios Emmy y millones de fanáticos en todo el mundo. Pero quizás ese fabuloso éxito fue la perdición de Tony, perdón de James. Se lo devoró el personaje, como en tantos casos (¿recuerdan al Batman de Adam West?). Uno no puede dejar de verlo siempre como el capo de Nueva Jersey, en cada una de sus apariciones posteriores e incluso las previas (hasta su tardía consagración, Gandolfini era un segundón). Su última aparición en la pantalla grande fue como jefe de la CIA de Obama (Leon Panetta, en la vida real) en el perturbador film Zero Dark Thirty, donde se narra la cacer¡a de Bin Laden. No estuvo mal, pero... Trascendió que planeaba protagonizar otra serie, como abogado de la mafia: Criminal Justice. Qué lástima.

Todos los hombres mueren jóvenes, sentencio Stevenson. Como a todo artista consumado, vamos a extrañar a James Gandolfini. Dicen que cambió la televisión. Rompió reglas. Abrió brechas. A partir de Tony Soprano, fueron posibles los antihéroes. Como Walter White o Dexter Morgan.


Guillermo Belcore

martes, 18 de junio de 2013

Postanarquismo

Diccionario de Asterion VI


Postanarquismo:


S.C. Todo lo que constituye el núcleo vital del anarquismo tradicional y no ha envejecido: el negarse a mandar y guiar, el desprecio por el poder y la gente poderosa, el compromiso junto a las víctimas del capitalismo liberal, la constitución del orden a través del contrato, la defensa de la ilegalidad si y sólo contribuye a mejorar la vida de la gente que sufre, la edificación de comunidades jubilosas indexadas según la pulsión de vida.

Encuentro esta inspiradora definición en un artículo del irreverente y cínico Michel Onfray. En unos días publicaré un comentario (elogioso) sobre Filosofar como un perro, publicado por Capital Intelectual. Me encanta Onfray, a pesar de que discrepo visceralmente con su necio ateísmo. Los iconoclastas siempre resultan interesantes.

Onfray también enumera los principios anarquistas, que ya no significan nada. A saber: el milenarismo, la redención mediante la revolución, la supresión de toda negatividad (no más guerra, no más miseria, no más humedad en Buenos Aires), el esquema judeocristiano (el pecado original de la propiedad privada, por ejemplo). Añade, por último, que el pensamiento de la izquierda libertaria debe ser enriquecido con los aportes de los filósofos críticos del último medio siglo, lo que implicaría -entre otros avances- definir una ética para el trato con los animales. Fascinante.


PD: Esta es la entrada número ochocientos del blog. Es un número impresionante, ¿no? 

domingo, 16 de junio de 2013

Liquidación final

Petro Markaris

Tusquets. Novela policial. Edición 2013


“El Estado griego es la única mafia del mundo que ha ido a la quiebra. Todas las demás evolucionan y prosperan”
P.M.

En un país en llamas, donde jubilados y jóvenes profesionales se suicidan porque la miseria les ha robado las esperanzas, emerge un asesino en serie que se convierte de inmediato en héroe popular. El Recaudador Nacional mata a grandes evasores fiscales y luego a un par de comadrejas que se han enriquecido merced a sus vínculos con las altas esferas políticas (en la Argentina, nada cuesta imaginar, no pocos aplaudirían al homicida). Como la acción transcurre en Grecia, el criminal utiliza cicuta (Conium maculatum) y deja alusiones a la antigüedad clásica. Los ministros están aterrorizados. El entrañable comisario Kostas Jaritos es conminado a detener la ola de homicidios. Su ascenso está en juego.

Nietzsche decía que un filósofo casado es un personaje de opera bufa. Podría pensarse que un paladín de novela negra al que su mujer vive sermoneando, y cuya hija amenaza con destrozarle el corazón partiendo al exilio, entra en la misma categoría. Pero el lúcido Petros Markaris (Estambul, 1937) se las ha ingeniado para componer a un detective ordinario y creíble que es eficaz aplicando “los métodos de la Maricastaña” y que se relaja leyendo el diccionario. Hablar con la gente supera a los prodigios de la informática o del laboratorio forense.

La séptima novela que protagoniza el comisario Jaritos es entretenida desde la primera hasta la última página. Desborda de sucesos. Corre la sangre y las calles hierven. El lector argentino encontrará, con consternación, parangones entre la Grecia al borde de la bancarrota y nuestro país. Donde se hunde un dedo, salta pus. La ramplonería de los ricos resulta ofensiva. Son intensos los vínculos familiares. Duele la deshonestidad del Estado. Y cuando la crisis llega, la clase política no está a la altura de las circunstancias. “Los hombres íntegros -sentencia Adrianí, la esposa del comisario- son siempre los desdichados”. 
Guillermo Belcore

Calificación: Bueno


PD: Es lo mejor que le he leído a Markaris.

domingo, 9 de junio de 2013

La poesía del pensamiento

Afirmaba Montaigne que cada filosofía “no es más que una poesía sofisticada”. La delicada sensibilidad de Borges lo llevó a conjeturar (no puede ser otro el verbo) que todas las proposiciones mentales son soñar despierto. El infame pero colosal Heidegger propuso cultivar “el pensamiento como poesía y la poesía como pensamiento“. Puede aceptarse o no la hipótesis de que no existen diferencias esenciales entre filosofía y poética -al fin y al cabo ambas son las creaciones lingüísticas más valiosas- pero las conexiones sinápticas entre uno y otro campo son innegables. Quién mejor para explorarlas que George Steiner (Viena, 1929), el último de los críticos sublimes.

No hace mucho, Steiner publicó La poesía del pensamiento (Fondo de Cultura Económica, 231 páginas). El ensayo revisa dos mil quinientos años de interacciones y rivalidades entre poeta, novelista o dramaturgo, por una parte, y pensador declarado por la otra.  “Del helenismo a Celan”, reza el subtítulo. El recorrido es fascinante (a Borges le dedica seis carillas). Como todo el mundo sabe, el pensamiento serio, bellamente expresado, es poco frecuente.

Con la gentileza que lo caracteriza, Steiner nos propone meditar sobre un aspecto poco estudiado de los gigantes de la especulación filosófica: su genio literario. El Sócrates de Platón evidencia, por ejemplo, que el autor del Fedón compartió con Cervantes o Conan Doyle “la enigmática capacidad de la literatura de presentar personajes inolvidables”. Marx fue también un gran estilista, “el más eminente virtuoso del oprobio”, comparable al clérigo Swift o a Karl Kraus. Puede que este libro levante ampollas en el barrio de Palermo: postula que el único Freud que ha pervivido es el escritor. La presencia dramática de los pacientes evocados es digna de un Maupassant o un Chéjov, pero no tienen la menor relevancia científica. “Freud ambicionaba el Nobel de Medicina. Recibió el Premio Goethe de literatura. Quien habló en su ochenta cumpleaños no fue ningún psicólogo o psicólogo clínico: fue Thomas Mann. Freud se cuenta entre los maestros de la prosa alemana”.

No se trata, en el fondo, de que “la filosofía labra el surco en el que la poética depositará su semilla”, sino que no habría una sin la otra. Este libro inspirador establece, por caso, que Hegel no habría escrito la Femenología sin Shakespeare, Cervantes y Defoe. Los medios y los límites de una y otra expresión son el estilo. Es decir, el estilo lo es todo, sostiene un maestro de lecturas, cuya prosa elegante trae, como la de Bergson, “un soplo a la vez delicioso y anticuado como de lavanda en el armario de ropa blanca“.

Steiner se detiene, asimismo, en la estética del fragmento. “Ha llamado la atención en los últimos tiempos. No solamente en la literatura. En las artes, el boceto, la maqueta, el borrador, han sido valorados por encima de la obra acabada…” En efecto, mucho de lo que es emblemático en lo moderno queda inconcluso: Proust, Musil, Schömberg, Berg, Gaudí… En filosofía, el aforismo tiene un amplio y virtuoso recorrido. Es todo Heráclito, Nietzsche y Wittgenstein. Su excelencia como escritores se halla en “la exponencial economía”. La técnica del rayo que cae. ¿No es éste otro atributo de la buena poesía?

AMBICION Y TOLERANCIA


Dos conclusiones propician los lúcidos comentarios de Steiner. El primero atañe a la estética y a la pregunta primordial de siempre: ¿Qué leer? Una respuesta posible es que los literatos más interesantes hoy en día son aquéllos que demuestran la misma ambición de los grandes pensadores: definir una visión del mundo (Weltanschauung). No sería descabellado postular, por otro lado, que los mejores novelistas son los que se valen de alguno de los dos hechos excelsos del lenguaje: la poética y la filosofía, ¿Quiere nombres, amable lector? El magnum opus de Thomas Pynchon comparte los mismos afanes enciclopédicos de un Aristóteles o de un Diderot. Los destellos de poesía pura de John Banville, -acaso el mejor estilista de la anglósfera- dejan claro el mysterium tremendum de la metáfora. Con sus epifanías semánticas, la maciza prosa de Juan Benet -y de su mejor discípulo, Javier Marías- refirman la validez de la perspicaz intuición heideggeriana del “lenguaje como casa del ser”. Y la de Wittgenstein sobre “el incomparable ser del lenguaje”.

En segundo lugar, una ética y una praxis ciudadana emergen de la profunda mirada de Steiner. Si todo, en el fondo, son palabras, ninguna proposición -por convincente que nos parezca- puede arrogarse el monopolio definitivo de la verdad. Más aun: cada acto filosófico, cada acto de pensar (con la posible excepción de las matemáticas) es irremediablemente lingüístico. ¿Dónde está la realidad en todo esto? En el Yo, la farsa suprema, diría Cioran. Entonces, el discurso político (el relato, según la áspera nomenklatura argentina) no debe tener más pretensiones que la hegemonía temporal, una precariedad que exige ser cuestionada en todo momento. Es un buen punto de partida para resistir el despotismo político o de mercado.

No obstante el carácter provisional del verbo, el Poder, -político, económico o religioso-, siempre ha considerado a las palabras peligrosas, amenazantes, sean un epigrama de Osip Mandelstam, la homilía de un sacerdote, o el comentario de un periodista opositor. Steiner, sabio humanista por excelencia, lo advierte sin tapujos: se piensa por cuenta y riesgo del sujeto que piensa. “No hay vocación más peligrosa que el ejercicio de la razón, una constante crítica, franca o disimulada de las normas dominantes“. Desde Heráclito a Liu Xiaobo, la cuestión de la intolerancia a la palabra no oficial nos acosa.

Guillermo Belcore
Este artículo ocupó una página del Suplemento de Cultura del diario La Prensa de este fin de semana.

Calificación: Excelente


PD: Confinar el arte a normas específicas, como si de ciencias exactas se tratase, contradice mis creencias más profundas, pero me parece que Steiner está en lo cierto: sólo es magnífica la literatura donde la poética y/o la filosofía dicen presente. No se me ocurre una gran novela que no contenga alguno de estos fulgores.

viernes, 7 de junio de 2013

La gran ventana de los sueños

Fogwill

Alfaguara. Autobiográfico, 135 líneas. Edición 2013.


“Y nunca pude concebir forma alguna del goce que no integre los indispensables ejercicios de imaginar y de pensar”.
 
Fogwill

Pocas cosas son más insustanciales en literatura que la transcripción de un sueño. Aburre tanto el déficit de invención (es dejar que la conciencia haga el trabajo duro) como el realismo inane. Por fortuna, el enorme Fogwill (1941-2010) no se limitó a esa fruslería sino que encadenó en sus registros de sueños una sucesión de pensamientos que corroboran su pasmosa lucidez y el fulgor poético de una prosa gratísima al oído. Puede que el maestro Steiner tenga razón, y el lado musical del estilo sea, tal vez, lo esencial de cualquier escritor.

Es una pésima costumbre hurgar entre los papeles de un muerto. Se nos replicará con un nombre eminente: Max Brod. Un caso entre mil, les responderemos. Aquí se explica que “la edición de este libro responde a la última versión de las varias halladas, con leves variantes, en su computadora y en las de algunas de las personas a quienes se lo envió”. Es una obra inconclusa y, por alguna razón, Fogwill no se sintió obligado a publicarla en vida. Pero, bueno… sirve como complemento a la vasta producción de uno de los pocos artistas imprescindibles de la Argentina decadente.

El volumen atrapa con los datos biográficos y los pronunciamientos sobre la comedia humana. Borges no está lejos de las páginas más inspiradas. Abundan los planteos ingeniosos. Verbigracia: “¿el encierro frente a una pantalla es parte del espacio del sueño…?” Fogwill el filólogo, es uno de los agrados del libro. El capítulo Bajamares, infestado de jerga de marinería, corrobora el placer que sentía el autor (fácil de compartir) por la sonoridad de las palabras. La masturbación era otra de sus aficiones confesas. Hay en las páginas psicoanálisis al uso y pasajes con auténtica poesía. Obsérvese esta linda aliteración: “verdadero verde visto”. Los recursos expresivos de Fogwill son los de un gran estilista, pero uno muy inteligente. Decía que “la ventaja de olvidar los sueños es sustraerlos definitivamente del ridículo de su circulación social”.

Guillermo Belcore
Esta reseña (sin la cita y la PD, por supuesto) se publica en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa de este fin de semana.

Calificación: Bueno


PD: Plantea Fogwill (el fantásticamente incorrecto Fogwill) una perplejidad de los varones. ¿Por qué ciertas mujeres (sino la mayoría, sino todas) asumen la masturbación masculina como una agresión, un desdén, difícil de perdonar? Vaya a saber.

sábado, 1 de junio de 2013

Mi ángel tiene alas negras

Elliot Chaze

La bestia equilátera. Novela policial, 222 páginas. Edición 2013


“Por mucha que vivas, no hay muchos momentos realmente deliciosos en el camino, ya que pasamos la mayor parte de la vida comiendo, durmiendo y esperando algo que nunca ocurre. Puedes calcularlo por tu cuenta, usando tu propia vida como referencia. La mayor parte de la vida consiste en esperar a vivir. Y pasas mucho tiempo preocupándote por cosas sin importancia y gente sin importancia, y todo esto te queda muy claro cuando sabes con precisión el día que morirás”.
Elliot Chaze

Si George Steiner está en lo cierto, y el estilo es todo, la verdadera sustancia del libro, uno puede proclamar que esta novela policial es sublime. El acabado de los personajes, la destreza para componer metáforas exquisitas, la ironía y el cinismo justos (como ordena el género), la belleza de las descripciones, la inteligencia de los comentarios, la intensidad concentrada; en fin, estamos ante un libro extraordinario que, por esas cosas del destino y el despiste de la industria editorial, recién hoy se trae al castellano. El sello La bestia equilátera merece una ovación, porque, además de todo lo dicho, la traducción de Carlos Gardini es placentera.

El narrador se llama Tim Sundable, ex convicto, veterano de guerra, no llega a los treinta años. Proviene del profundo sur; el dato no es menor. Una noche contrata en un hotel de mala muerte a una prostituta. “Quería una mujer corpulenta, estúpida y maciza, no una criatura esbelta y aplomada con una piel que tiene el color de una perla derretida en miel”. Virginia tiene unos pechos y unas piernas espectaculares, pero es peligrosa como una yarará. “Ella besaba tal como una bailarina experta que sigue al compañero, dando y recibiendo en el momento preciso, y transmitiendo la idea de que tenía mucho en reserva”. Así, lo que debía ser no más que una noche intensa de sexo degenera en una relación loca de amor-odio. La pareja va hacia Colorado a robar un camión blindado. Comparten una convicción: todo apesta sin dinero.

¿Quién es este Lewis Elliot Chaze que nos mantiene hipnotizados de la primera a la última página? ¿Cómo alguien puede escribir tan bien sobre los seres que danzan al borde del abismo? El sello editorial nos informa que nació en Louisiana en 1915 y murió en 1990. Mi estilo -sentenció- es producto del egoísmo y el miedo a las matemáticas, con matices de dinero. ¡Ja! Como Rulfo, produjo pocas páginas. Como Rulfo, cada página incluye algo memorable. ¡Qué demonios! Uno está obligado de ahora en más a buscar como un poseso todo lo Chaze haya escrito. Vale la pena

Guillermo Belcore
Una versión más corta se publicó en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa de este fin de semana.

Calificación: Excelente


PD:  Comencé a leer este libro después de mi caminata matinal. Me bañé y me fui a la cama con él. Me llamaron cinco veces a almorzar, la última con ominosas amenazas. La capacidad de abstracción es una de las cualidades de la buena literatura. Nos sitúa en una burbuja fuera del tiempo y de aquello que, por comodidad intelectual, llamamos  'realidad'.

PD II: La banda de sonido la aportan  los Red Hot Chili Pepers: 

http://www.youtube.com/watch?v=Sb5aq5HcS1A 

viernes, 31 de mayo de 2013

Matrimonio

El diccionario de Asterión V

S.C. Práctica antiquísima que surge de la necesidad de llevar una vida ordenada y de integrarse a la sociedad según las normas morales consuetudinarias. La definición pertenece a Thomas Mann, y se halla en Doctor Faustus, una magna novela cuya digestión no es apropiada para lectores con prisas.

II - En una célebre carta que Cicerón escribió desde Roma a su amigo Atico en Grecia, se deja constancia que noventa y nueve de cien matrimonios son infelices, pero “lo malo es que los seres humanos, en nuestra locura, tendemos siempre en convertir en regla la excepción. Cada uno de nosotros se cree excepcional“.
La carta provocó mucho regocijo e hilaridad en la Antigüedad y Edad Media, pero hoy no puede ser divulgada públicamente pues la Modernidad Líquida, tan maravillosamente tolerante en algunos aspectos, en otros parece haber perdido el sentido del humor. Hay no menos de doce versiones de la carta, aunque puede que sea apócrifa. Aquí se toma la que Thornton Wilder reproduce en Los idus de marzo, una de las mejores novelas epistolares de todos los tiempos.

Advierte el elocuente Cicerón de Wilder que “…un hombre puede haber salvado a su país; puede haber dirigido los asuntos de un mundo y adquirido fama inmortal de sabiduría; para su mujer, de todos modos, será sólo un tonto sin cerebro”. Finalmente, el escritor sugiere a su amigo Atico que se consuele con la filosofía y que agradezca a la vejez que nos libra de “la necesidad de los besos, de esos besos que hemos de pagar al elevado precio de todo orden de nuestra vida, y de toda tranquilidad de nuestro espíritu”.

sábado, 25 de mayo de 2013

Sacrificio a Mólek

Asa Larsson

Seix Barral. Novela policial, 414 páginas. Edición 2013


Ojalá un compatriota espabilado invente un día de estos una saga policial en nuestra tierra de frontera. Un investigador de crímenes en la áspera Patagonia (¿por qué no en Comodoro Rivadavia que tiene la tasa de asesinatos más alta de la Argentina?). Hasta que llegue ese momento, disfrutaremos de las ingeniosas creaciones extranjeras, como la de la sueca Asa Larsson. Sus novelas cruzan el Circulo Polar Ártico, nos llevan a Laponia, la tierra del oso, el lobo y el alce. Anochece a las tres de la tarde en invierno; en verano, a la medianoche hay tanta claridad como al mediodía. Hay costumbres exóticas, el clima es rigurosísimo y pululan los hombres y la mujeres duros como el hierro. Como el mineral de hierro que ha enriquecido a la remota ciudad de Kiruna. En más de una oportunidad este blog ha elogiado los libros de la señora Larsson (pinche aquí). Una muy interesante vuelta de tuerca de la infatigable novela negra.

La heroína de la saga se llama Rebecka Martinsson. Trabaja como fiscal del distrito y tiene una notable propensión para atraer golpes, tanto literales como figurados. En esta ocasión resuelve el espantoso homicidio de una abuela, acribillada con una horca de tres puntas, de esas que se usan para levantar el heno. Su nieto de siete años se salva por un pelo. La parca parece haberse ensañado con la familia de la señora muerta. Subyacen cuentas pendientes que se remontan a un siglo atrás.
 

Sacrificio a Mólek evidencia que las composiciones de la señora Larsson han evolucionado. Como novela policial -nada más pero nada menos- es redondita. Los personajes son convincentes, de tres dimensiones, algunos patéticos. Los perros son importantes en la trama, la autora conoce incluso de psicología animal. Hay suspenso, escenas vívidas y crítica social. No comete ese error romántico de idolatrar a la gente del pueblo. Además, maneja bastante bien el procedimiento de los relatos paralelos. Todo ocurre en Suecia, una sociedad organizada de manera antagónica a la Argentina: allí cobrar un subsidio de desempleo del Estado y trabajar en negro al mismo tiempo (o evadir el pago de impuestos) es un grave delito que se paga con años de cárcel.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Bueno

PD: En los agradecimientos se menciona a "mi redactora Rachel Akerstedt". ¿Quién escribió realmente este libro?, me pregunto perplejo.

lunes, 20 de mayo de 2013

Concuspicencia de descubrir

El moscardón imaginario XXXVII


Tengo cuarenta y siete años. Leo desde que tengo memoria (e incluso más allá, me parece) pero aún la Alta Literatura sigue sorprendiéndome, a Dios gracias. En lo que va del año conocí otros dos autores extraordinarios. El primero es el santafesino Carlos Catania. Escribió una de las más extraordinarias novelas oceánicas que ha engendrado la Argentina, tierra muy poco prolífica en esta materia. Se titula Las varonesas y hasta Roberto Bolaño la elogió sin cortapisas. Alguna vez, la errática industria editorial pondrá sus ojos en ella y la reimprimirá. Es una obra maestra, como este blog ha dejado asentado (Pinche aquí y aquí).

Catania no es mi único descubrimiento de 2013. ¡Ah la concupiscencia de descubrir! Saque el lápiz del bolsillo y anote también a Elliot Chaze (1915-1990), otro producto genuino del sur profundo de Estados Unidos, esa cantera de grandes escritores, y una subcultura tremendamente parecida a América latina. La bestia equilátera, uno de mis sellos favoritos, tradujo, sin que se perdiera un gramo de su erótica, Mi ángel tiene alas negras. Es la primera vez que esta obra de Chaze llega al español; perdimos casi sesenta años. Si digo que es una de las mejores novelas policiales que leí en mi vida, creo que no lo hago justicia por completo. Sería conveniente afirmar que es una de las mejores novelas a secas que -loados sean los dioses- me ha tocado en suerte comentar.

La reseña la subiré aquí después de que salga publicada en el diario La Prensa. Hablaré de la excelencia del estilo y de un rasgo distintivo de la prosa de calidad: la intensidad concentrada. Hay en casi todas las páginas de Chaze algo digno de mención. Hay escenas que cortan el aliento. El libro es avaro en páginas, pero rico en belleza, ideas y profundidad psicológica. Las peripecias de una pareja que se asocia para robar un camión blindado son una suerte de reflexión oblicua sobre esos seres que han elegido orientar su vida a la danza al borde de un precipicio. Nosotros -los cobardes, los tranquilos, los irresolutos- observamos a esa raza maldita absolutamente cautivados.

Guillermo Belcore

sábado, 18 de mayo de 2013

Un comunista en calzoncillos

Claudia Piñeiro

Alfaguara. Novela, autobiográfica, 196 páginas. Edición 2010.


La literatura es como el universo: cada elemento tiene un peso específico. Hay páginas con más consistencia y profundidad que un libro entero. Esa es su gloria. Hay novelas, en cambio, que son livianitas como el algodón, superficiales como un charco en la roca, sin filo alguno. Difícilmente, van a trascender. He aquí un caso. Una consagrada escritora de policiales elaboró un cuentito con moraleja, y lo estiró todo lo que pudo. Utilizó como materiales -explica la autora, todo se explica detalladamente como si los lectores fuesen opas- los recuerdos de la infancia y la imaginación. Todo es muy simpático y correcto; nada hay memorable.

Claudia Piñeiro ha tallado un amoroso retrato de su padre, Gumersindo, un idealista gallego que detestaba a los militares. El señor "se creía comunista'', según la palabra autorizada de la esposa. El libro nos lleva a los horribles años setenta, a la infancia y pubertad de la narradora. Estamos en Burzaco, una localidad sureña como cualquier otra del conurbano bonaerense. Las fuerzas vivas -eufemismo para designar lo más rancio de la sociedad- pugnan por el reconocimiento de ser los primeros en haber erigido un monumento a la bandera. Las fuerzan vivas apelan al general Videla. Hay desaparecidos, hay un módico suspenso al final, y un mensaje tipo Paulo Coelho: "la vida es una sucesión de actos miserables interrumpidos por unos pocos y pequeños actos heroicos''.

Seguramente, éste es un libro que la señora Piñeiro se debía a sí misma. Casi todos los narradores que han triunfado tarde o temprano sucumben a la tentación de mirar su propia infancia, que es como mirarse el ombligo. Subyace un problema. Es muy raro que la evocación resulte interesante cuando la familia no es extraordinaria y le pasan las mismas cosas que a cualquier hijo del vecino. Tampoco ayuda la prosa, suave y cordial pero común y silvestre.

Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Regular

martes, 14 de mayo de 2013

Pobre Valerio Catulo

Entre otros efectos nutricios de los libros, hoy quisiera destacar uno que -hasta donde yo sé- no se la ha prestado la debida atención: la Alta Literatura propala la ética cosmopolita que es -a mi juicio- la única que puede defender la persona inteligente y bien intencionada. Todos somos hijos del Caos. Las diferencias de raza, religión, nacionalidad, política y clase social son epidérmicas, detalles que sólo sirven para dividir y sembrar el odio. A todos los seres humanos nos duelen o nos conmueven las mismas cosas. A esa conclusión se arriba con la ingesta de la novela, el cuento o el poema sublime (bien leído). Un creyente podría decir -y yo no voy a desmentirlo- que la conclusión correcta es que la Alta Literatura es esencialmente cristiana: predica, de manera oblicua, que todos somos hijos de Dios. Por eso -a esto quiero llegar- una poesía escrita hace dos milenios puede hoy emocionarnos, como si hubiera sido escrita en la tarde de ayer. Es un monumento imperecedero del intelecto (la metáfora es de Yeats). Su potencia emocional es transhistórica. Dentro de un millón de años seguirá estremeciendo a sus lectores, porque todos somos hijos del Caos.

En esto pensaba después de disfrutar el “refinamiento supremo” del veronés Gayo Valerio Cátulo. Vivió sólo 30 años (¿87-57? antes de Cristo), despreció al dictador Julio César (aunque era amigo de su padre) y produjo una lírica exquisita. Tuvo la mala suerte de enamorarse de una putilla hermosa, casada e infiel a sus amantes. Clodia le entregó sus deleites y luego lo despreció. Le partió el corazón en mil pedazos. Gracias a Dios, porque fruto de ese amor que odia, Catulo escribió un poema magistral. Reproduzco la versión de Ernesto Cardenal, que he encontrado en una recopilación de escritos de Gabriel Zaid (pinche aquí).


Pobre Valerio Cátulo, no te hagas ilusiones
y lo perdido dalo por perdido.
Para ti ya brilló el sol una vez,
cuando corrías detrás de la muchacha
que amé como ninguna otra ha sido amada.
Y hubo entonces, ¿recuerdas? tantos goces
que tu pedías y ella no negaba.
Sí, para ti ya brilló el sol una vez.
Ahora ella no te quiere: tu no quieres tampoco.
Ni sigas a la que te huye, ni estés triste,
sino pórtate valiente, no claudiques.
Adiós muchacha, Cátulo ya no claudica,
ni nunca más te buscará, ni volverá a rogarte.
Pero a ti te pesara cuando nadie te ruege.
¡Me da lástima por ti! Pienso qué días te esperan.
¿Ahora quién te visitará? ¿Para quién serás bella?
¿Ahora a quién amarás? ¿Dirán que eres de quién?
¿A quién vas a besar? ¿A quién le morderás los labios?
Pero tú, ¡valiente! Cátulo. ¡No claudiques!

Cátulo se habla a si mismo. Obsérvese el delicado y eficaz pasaje de la segunda a la primera persona. El desdoblamiento de la conciencia es magnífico. Pero cambié usted, sea hombre o mujer, el nombre Cátulo por el suyo y entenderá porque la Alta Literatura es eterna y cosmopolita.

Guillermo Belcore
 

sábado, 11 de mayo de 2013

Limonov

 Emmanuel Carrère

Anagrama. Biografía novelada. 397 páginas.

Rusia es un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma, decía Sir Winston Churchill. Más que un espacio nacional, se trata de una atrayente y brutal civilización por derecho propio -mitad occidental, mitad oriental- que ha cautivado tanto a eruditos y estadistas, como a literatos. En efecto, desde Norman Mailer a Haruki Murakami son legión los que han aceptado el reto y convirtieron fragmentos de la historia rusa en material literario. En esta venerable tradición se encuadra Limónov, multipremiada obra proveniente de Francia. La más acertada descripción del libro, quizás, la haya acuñado el diario Le Point: Imposible soltarlo.

Cuando el estrépito audiovisual o la falta de compromiso con lo trascendente terminen de ahogar a la ficción literaria, cuando fatalmente se piense que ya no resta nada por inventar, acaso quedarán tallándose sólo joyas como esta: biografías noveladas. Es decir, novelas que reconstruyen la vida de las meteoros -libres y peligrosos- que surcan los cielos de una época y deslumbran a sus semejantes. Existencias novelescas que satisfacen la vieja máxima de Nietzsche: convierte tu vida en una obra de arte. Como la de Roberto Bolaño, Jack Kerouac o Jorge Luis Borges, poemas en sí mismos. Pero también como la de Eduard Limónov, el Johnny Rotten de las letras eslavas.

Emmanuel Carrère (París, 1957) reconstruye las peripecias de un aventurero ruso “magnífico pero capaz de cosas monstruosas“. Un tarambana sexy, astuto, divertido, “que tiene a la vez el aire de un marino de juerga y una estrella de rock”. Un outlaw, un perro rabioso aficionado a la provocación y a la vida heroica, con un aura que se percibe a cien metros de distancia. Limónov, que hoy frisa los setenta años, fue “ vándalo en Ucrania; ídolo del underground soviético; mendigo y después ayuda de cámara de un magnate en Manhattan; escritor de moda en París; soldado perdido en los Balcanes y ahora, en el inmenso desmadre del poscomunismo, viejo jefe carismático de un partido de jóvenes desesperados”. Con esa exorbitante materia prima, trabaja una novela que sigue la estela de A Sangre Fría de Truman Capote.

Nietzscheanos


El gran mérito de la novela documental es que no sólo retrata una personalidad con “el ímpetu vital que solemos encontrar en las obras de Henry Miller”, sino que también explora con relativa sensatez cincuenta años de historia rusa. El anverso y el reverso de la Unión Soviética. La diáspora en Estados Unidos y Europa. Gorbachov y el caos que generó el colapso del imperio comunista. Las matanzas en la antigua Yugoslavia. La democradura de Putin. Un recorrido fascinante (por algo la madre del autor, Hélene Carrère, es académica experta en el país eslavo). Carrère hijo ha alcanzado aquí el estadio más alto de la prosa con ambiciones: la creación oceánica que consigue enlazar un destino individual con el devenir colectivo. Y todo viene, en lo que al estilo se refiere, bastante bien servido. El relato combina retórica elegante, tremendas figuras de la vida real (como Joseph Brodsky o Werner Herzog o Arkán), sintaxis perfecta, erudición, retazos de las propias experiencias de Carrère, profundidad psicológica. Se tiene la impresión, casi siempre, de que hay en el timón de la novela un capitán ingenioso.

Ahora bien, cómo es el Limónov-escritor de culto en París y Moscú. El hombre cuyo principio existencial quema los dedos: “lo único fastidioso es morir siendo un desconocido”. Una curiosidad tronante que aun no ha llegado a la Argentina, capaz de extraer oro de aceptable calidad de sus vivencias en el fango o el palacio. Hacedor de libros “buenos, simples, directos, llenos de vida“, antes de (o durante) sus incursiones en la guerra y la política. Carrere nos obsequia un fragmento, no sin poética, de Diario de un fracasado:

“Vendrán todos. Los vándalos y los tímidos; éstos saben pelear. Los traficantes de drogas y los que reparten los anuncios de burdeles. Los masturbadores, los clientes de las revistas y de los cines pornos. Los solitarios que deambulan por las salas de los museos o consultan en las bibliotecas cristianas y gratuitas. Los que tardan dos horas en tomar a sorbitos sus cafés en McDonald’s y miran tristemente por el ventanal. Los fracasados en el amor, el dinero y el trabajo y los que han tenido la desgracia de nacer en una familia pobre. Los jubilados que hacen cola en el supermercado, en la fila reservada a los que compran menos de cinco artículos. (…) Los homosexuales, unidos de dos en dos. Los adolescentes que se aman. Los pintores, los músicos, los escritores cuyas obras no compra nadie. La grande y aguerrida tribu de los fracasados, losers en inglés, en ruso nieudáchnicki. Vendrán todos, tomarán las armas, ocuparán una ciudad tras otra, destruirán los bancos, las oficinas, las editoriales y yo, Eduard Limonov, iré en la cabeza de la columna, y todos me reconocerían y me amarán“.

Al protofascismo de Limónov, de “la vida tal cual es“, de existencias de primera y de segunda categoría, y de la agitación ultranacionalista, Carrère le opone un sutra de Buda que define como la cumbre de la sabiduría: “el hombre que se considera superior, inferior o igual que otro hombre no comprende la realidad”.

Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Muy Bueno

PD: Quintin, ese crítico formidable, no comparte mi entusiasmo por esta novela. Sus reparos son inteligentes y atinados. Pinche aquí.

domingo, 5 de mayo de 2013

Hacia la boda

John Berger

Alfaguara. Novela, 187 páginas. Edición 2013


Aunque pueden leerse, distraídamente, algunos indicios en el primer capítulo, el lector no se percata hasta la página setenta y tres de qué va realmente el libro: del amor en tiempos del sida. John Berger quiso denunciar décadas atrás (la novela fue publicada por primera vez en 1995) la crueldad y estupidez del hombre de la calle que discrimina a un enfermo; así como la bajeza de quien contagia a sabiendas. El mensaje, como se sabe, es el elemento clave de la vasta producción de Berger, un artista esencial del siglo XX, aunque no de éste; tan discutible como comprometido, casi siempre atrayente.

Un griego invidente, una suerte de Homero, narra el calvario de Ninon, una chica francesa que ha pescado el HIV en un encuentro ocasional en la playa. En una especie de realidad paralela, Gino insiste en casarse con Ninon en un pueblito sobre la desembocadura del Po. El padre de la chica va a la boda desde Francia en motocicleta; su madre, desde Eslovaquia en ómnibus y barco. Son viajes filosóficos. Ambos son el humano ideal de Berger: el Homo Politicus, parco, sabio, militante, uno de esas personas “para quien los gestos manuales merecen más confianza que las palabras“; una especie de fanático bueno, capaz de sacrificarlo todo por la organización de un sindicato o la lucha contra la mentira y la opresión.

No es el mejor libro de Berger, mas se deja leer con placer y provecho. Hay momentos de intensa poética, metáforas vívidas del tipo: “el cielo tiene el color de una venda sobre una herida sangrante”; o “el terreno va perdiendo los repliegues como un mantel alisado por la mano de una anciana”. La prosa, urdida con fragmentos no siempre afortunados, contiene casi todos los tópicos bergerianos: reivindicación del artesanado, saltos temporales, voces del pueblo, naturaleza, pasión por el motociclismo y la danza, exageraciones y moralejas, loas al sexo “tan viejo como el mundo, don de Dios, bálsamo para el dolor, miel para el paladar, promesa eterna, recibimientos suaves como la seda”. Bien dicho. 

Guillermo Belcore

Calificación: Bueno


PD: En este blog, puedes encontrar reseñas entusiastas de otros libros de Berger (pincha aquí y aquí), pero también decepciones (pincha aquí y aquí).

viernes, 3 de mayo de 2013

El libro del primer cuatrimestre

El moscardón imaginario XXXVI

“Construye la estrategia de tu vida, sobre el supuesto de la animosidad del prójimo”.
Eduard Limonov

¿Es muy pronto para elegir el libro del año? Obvio. Este blog quiere señalar entonces la Gran Obra del Primer Cuatrimestre: Limónov de Emmanuel Carrère (editorial Anagrama, 397 páginas) merece largamente la corona de laurel. Nadie que se interese de verdad por la historia contemporánea de la áspera y atrayente Rusia puede ignorarla.

Después de que sea publicada en el diario La Prensa (domingo 11 de mayo), subiré la larga reseña que, gracias a Dios, me han encomendado. Baste por ahora anticipar algunos de los rasgos destacados de este libro cautivante de la primera a la última página. En primer lugar, es un ejemplo palmario de la maravillosa plasticidad de aquella forma literaria, relativamente moderna, que conocemos con el nombre de ‘novela’. Una biografía novelada es también novela. ¿No ficción? Yo creo que no. La imaginación cubre los huecos que deja la falta de información o va seleccionando los datos disponibles, unos en detrimento de otros. La verosimilitud es lo que cuenta en estos casos (¿Qué es la verdad, en todo caso?). Carrère hizo un trabajo formidable para vendernos a Eduard Limónov (foto) un escritor rabioso de segunda línea (y agitador político), cuya vida novelesca -en el sentido nietzscheano- “ha arrostado el riesgo de participar en la historia“. Una existencia aventurera que hace soñar a todos los chicos románticos de veinte años: “Ha querido vivir como un héroe y ha vivido como héroe”. La punkitud en toda su esplendor. Un raro protofascismo (a lo eslavo) que se puso siempre del lado de las minorías, excepto en los Balcanes. Interesante, ¿verdad?

En segundo lugar, el tema de fondo. La Rusia eterna y profunda, latiendo moribunda o vigorosa por debajo del ropaje soviético y postcomunista. Hay decenas de personajes seductores de carne y hueso, protagonistas de la sección Internacionales de los diarios. ¿Quieres nombres? Joseph Brodsky, Radovan Karadzic, Mijail Gorbachev, Vladimir Putin.

Tercero, el estilo. Es un libro bien escrito; la sensatez y perspicacia de Carrère corre pareja a su destreza narrativa. Naturalmente, usa técnicas y triquiñuelas de novelista. Me ha llamado la atención, entre otras cosas, la sintaxis. Hay muchas frases que siento la tentación de definirlas como de "construcción perfectas, si es que la perfección fuese posible en literatura. En resumen, una obra imperdible, si es que te interesan, claro, todas estas cosas fascinantes.

Guillermo Belcore
  

sábado, 27 de abril de 2013

Leer

Gabriel Zaid

Océano. 260 páginas. Ensayo de literatura y arte. Edición 2012


Los aficionados al sitio www.letraslibres.com sabemos del ingenio y belleza expresiva del ingeniero y polígrafo Gabriel Zaid (Monterrey, 1934). Se ha juzgado oportuno recopilar textos publicados durante veinte años por el poeta y ensayista mexicano que corroboran, entre otras destrezas, su tino para elaborar música sintáctica (juego de reiteraciones, concordancias, contrastes, latigazos y gracia sentenciosa) aunque la colección adolezca de excesos de abstracciones. El Zaid que no le pisa un pie a nadie, no es el Zaid que admiramos: el excelso polemista (Véase en la página setenta y nueve como despelleja a un profesor despistado).

El libro, claro está, no carece de interés. Las reflexiones sobre el arte (al que define, sagazmente, como “la plenitud de la eficacia”), el acto de leer, la naturaleza y la técnica de lo poético pueden parecer algo invertebrados, pero siempre dejan algo. La trasmisión de experiencias de lectura que hace Zaid no dejan de conmover, como cuando evoca a Octavio Paz (“Como un enfermo desangrado se levanta/La luna/Sobre las altas azoteas/Como un borracho cae de bruces/Los perros callejeros/Mondan el hueso de la luna…”). O cuando se rinde, absolutamente deslumbrado, ante un verso de Carlos Pellicer en el que necesita ver una alusión a dos estupendos pechos: “Hay azules que se caen de morados”. Muy, pero muy interesante, es la reflexión sobre por qué hay tan pocos buenos poemas comprometidos.

Zaid es un bicho raro: racionalista pero hedónico, sensible ante la magnificencia de la creación estética. Tiene un razonamiento preciso, matemático diríamos, enriquecido por una vasta erudición literaria. En su rol de hermeneuta es casi tan bueno como el de polemista. Se disfruta el libro. Una perla: el capítulo “Organizados para no leer”, escrito en 1999, describe el mundillo literario del Buenos Aires de 2013.

Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Bueno

lunes, 22 de abril de 2013

Planet

Sergio Bizzio

Sudamerica. Novela. Edición 1998


El planeta Planet es ciento cincuenta veces más grande que la Tierra pero es liso como hoja de papel; carece de espesor, como todos sus habitantes. Hace siglos que los planetenses no tienen un Presidente o un Primer Ministro. Odian a los políticos. Sólo dos personas tienen poder real: los dueños de los dos canales de televisión que compiten ferozmente por la audiencia. Cada canal emite su propia telenovela de diez horas de duración. A los zares de la TV se le ocurrió una idea atrevida: formar un elenco con actores de otros mundos. Comandos intergalácticos llegaron así a la Argentina para secuestrar así a dos estrellas de la pantalla chica (Gustavo Denis y Osvaldo Kapor). Si bien el público los adoró desde un principio, las avivadas de los argentinos desencadenaron una serie de acontecimientos colosales que concluyen con la destrucción del idílico planeta. Así somos los argentinos: estragamos casi todo lo que tocamos.

He aquí el simpático argumento que el polígrafo Sergio Bizzio (Villa Ramallo, 1956) escribió hace unos quince años. Es el segundo libro que le leo a Bizzio (pinche aquí) cuyo propósito -bien logrado por momentos- es mofarse del retonto mundillo de la televisión. El tipo conoce el paño. También recibe justos garrotazos el elusivo concepto de la argentinidad, la que en una aproximación de entrecasa podríamos definir como conjunto de taras profundamente arraigados que han convertido a un país sudamericano en un experto en despilfarrar oportunidades ante la mirada azorada del resto del mundo.
 

Planet (la obra, no el planeta) viene esmaltada con algunos giros desopilantes, no muchas en realidad. Puede que la escritura pretenda ser tanto sátira social como parodia de la literatura fantástica, pero me parece que el estante apropiado para ubicarla es el de las novelas de aventuras. Ciertos pasajes inspirados tienen un aire de los artilugios de Jonathan Swift, pero esa sensación se termina desinflando. Existe un arte y una poética, siempre me ha parecido, en la elección que hace el literato de los nombres de sus creaturas. Hay nombres, diría Borges, que son arquetipos de la cosa, (“En las letras de rosa está la rosa/Y todo el Nilo en la palabra Nilo“). Es quizás el caso de Don Quijote. Hay otros que son metáfora; otros rezuman ingenio de alto o escaso vuelo. Delatan, en todo caso, la calidad del escritor. Bizzio llama a un comandante guerrillero de cotillón Marcos Sábato.  Otros personajes son, literalmente, deliciosos: Cabsha, Vauquita, Bisnike, Bubbaloo, Sugus. Naturalmente, el modesto ardid solo puede entenderlo en un compatriota de nuestra era. Es ésta, justamente, una virtud de la trama: funciona como atento registro del habla de los argentinos.
 

Planet se lee de un tirón, con una sonrisa en los labios o con pavor ante un par de tremendas escenas de tortura. Se disfruta el loco mundo de fantasía que Bizzio ha concebido. No es Alta Literatura, pero está bien para matar el tiempo.
Guillermo Belcore

Calificación: Bueno


PD: En un reportaje (pinche aquí), Bizzio revela que varios amigos se le acercaron en su momento para decirle que Planet era una porquería. Cuestión de gustos. A mí me alegró un fatigoso viaje en ómnibus hasta Foz do Iguazu (¡mil trescientos cincuenta kilómetros desde Buenos Aires!).

PD II: Ericz, factótum de uno de los más interesantes y honestos blogs literarios, reprobó sin paliativos la novela. Sugiero dar una mirada a esto: http://ininteresante.blogspot.com.ar/2007/06/sergio-bizzio-planet.html

sábado, 20 de abril de 2013

Hot sur

Laura Restrepo

Planeta. Novela, 555 páginas. Edición 2013


En algún punto entre la literatura de supermercado y el arte se encuentra esta novela de aventuras y de denuncia. No carece de ambición, por supuesto, incluso ambición política y étnica, pero las ñoñerías, el uso recurrente de lo cursi, la obsesión por el mensaje, y el fracaso (o desinterés) por separar a la autora de sus personajes condenan la obra a la mediocridad. No es para paladares exigentes. El gran novelista, se sabe, es también un demiurgo. Sus creaturas tienen vida propia. Don Quijote no es Don Miguel de Cervantes; ni Madame Bovary es Flaubert. Esa distancia nunca se percibe aquí. Los personajes piensan y hablan, como Doña Laura Restrepo (Bogotá 1950), es decir como una intelectual latinoamericana que hace el numerito del catedrático asqueado por el sistema capitalista, la vida moderna y Estados Unidos en general.

La trama usa la historia de una inmigrante colombiana, injustamente encarcelada por el asesinato de su marido policía y corrupto, para abominar de los horrores del sistema carcelario. Todo preso es político. Una buena conciencia indignada también por el racismo y la xenofobia. El sueño americano se convierte muy a menudo en pesadilla, es el sonsonete. En fin. El manuscrito autobiográfico de María Paz, el diario de su profesor de literatura y un reportaje al papá de éste van desarrollando los hechos. Un melting pot de recursos periodísticos, según la definición de la autora. Cuando la sufrida inmigrante sale de la cárcel se enfrenta a su codicioso cuñado. Crímenes espeluznantes, rituales, se suceden. Se hacen concesiones al gusto popular por el ‘gore’ y las conspiraciones. Dicen que así se venden más libros.

La prosa es transparente y facilona, enriquecida de tanto con alguna metáfora deliciosa, como comparar el juguetón spanglish con el encuentro en la cama de dos amantes inexpertos. El problema con la novela comprometida y maniquea es que no consigue superar los tópicos progresistas. Aburre tanta corrección política.
Guillermo Belcore

Calificación: Regular

PD: En El País de Madrid elogiaron la novela: Vía Crucis del sueño americano

sábado, 6 de abril de 2013

Sobre la educación en un mundo líquido

Zygmunt Bauman

Paidós. Ensayo de filosofía, 151 páginas


Nuestra sociedad de consumo está fundada sobre un insaciable apetito por la novedad, que es el aspecto simbólico de los objetos. A causa de este apetito, que está muy profundamente arraigado y para el cual hemos sido adiestrados de forma muy agresiva, nos hallamos en una situación en la que, de manera constante, se nos incentiva y predispone para actuar de una manera egocéntrica y materialista. Se nos aguijonea, se nos fuerza o se nos embauca con zalamerías para que compremos y gastemos. Para que gastemos lo que tenemos y lo que no tenemos. ¿Cómo liberarnos de la dictadura del mercado? Con alguna clase de genuina revolución cultural, que favorezca cambiar el propio estilo de vida, reemplazándolo con otro regido por la templanza, la moderación y el autodominio.

Gente, “comprar o no comprar” ese el nombre del juego. Posiblemente nadie ha desmenuzado de un modo tan penetrante los mecanismos perversos de la postmodernidad como el filósofo Zygmunt Bauman. El profesor de la Universidad de Leeds, creador del concepto de vida líquida, nos ofrece una convincente explicación de las cosas tremendas que bullen a nuestra alrededor, incluso de la orgía delictiva que atormenta a los países latinoamericanos. Al fin de cuentas, tanto los pibes chorros como las elites corruptas (las dos caras de una misma moneda) no son otra cosa que “consumidores imperfectos y frustrados”, salvajes creyentes de la religión de lo superfluo. Los shoppings son sus templos.

Este volumen, que encierra conversaciones de Bauman con el agudo Ricardo Mazzeo sobre la educación y cien temas más, no sólo resulta instructivo sino también inspirador y apremiante. El catedrático nos propone -al igual que el Papa Francisco- revisar nada menos que nuestra normalidad egoísta e irracional, destinada , como cualquier otro campo minado, a estallar en pedazos.

Guillermo Belcore




Calificación: Muy bueno

PD: Medítese sobre la siguiente idea:

 “La cuestión -y es una cuestión para la que aún no tenemos una respuesta convincente ni empíricamente fundada- es si las alegrías de la convivencia son capaces de reemplazar la persecución de riquezas, el placer de los bienes abastecidos por el mercado y la necesidad de aventajar siempre a los demás”.

lunes, 1 de abril de 2013

Después del terremoto

Haruki Murakami

Tusquets. Cuentos, 190 páginas. Edición 2013. Precio aproximado abril 2013: $ 120.


Un nuevo libro de Haruki Murakami ha arribado a la Argentina y esto es siempre motivo de gozo para quienes admiramos al escritor japonés más popular en Occidente, gran renovador de la novela, candidato por méritos artísticos al Premio Nobel. Tusquets trajo ahora una colección de relatos, publicados por primera vez hace trece años. El terremoto que devastó Kobe en 1995 vertebra los seis cuentos, de una manera sutil o lateral.

El volumen va de menos a más. No tiene la calidad de Sauce viejo, mujer dormida, la otra recopilación de breviarios de Haruki que ha llegado al español, pero son textos genuinamente murakanianos, lo cual nunca es poco. Hay un estilo en juego, inconfundible, personalísimo; un collage delicioso entre el pop, el manga, las referencias clásicas, la autoayuda, la búsqueda del sentido de vida, las tribulaciones de los profesionales o empleados normales y corrientes a más no poder, que una noche como cualquier otra pueden ser convocados por una rana gigante para evitar que un gusano de las profundidades mate a ciento cincuenta mil habitantes de Tokio con un sismo tremendo. ¿Cuento fantástico o el producto de una mente afiebrada, desesperada por escapar de la rutina? Murakami no lo aclara. Al fin y al cabo, “nuestro campo de batalla es el terreno de la imaginación”. Ahí ganamos; ahí perdemos. Claro que nuestra existencia es limitada y, al final siempre acabamos siendo derrotados. No obstante, tal cómo comprendió Hemingway, “el valor definitivo de nuestras vidas no lo decide nuestra manera de ganar sino nuestra forma de perder”. ¡Ah, el bueno de Murakami! Siempre quiere dejar mensaje.

El lector encontrará historias de gente vacía, que siente que su existencia es, en el fondo, un asco. Se conecta así con el noventa y nueve por ciento de los mortales. Hay una doctora, especialista en tiroides, que en unas vacaciones en Tailandia descubre la salvación, de manos de una pitonisa. Hay dos suicidas en la playa (¿o no se matan?). Hay un muchacho que busca a su papá desconocido, aunque la madre le jura que es hijo de Dios. Hay también un cuarentón inexplicablemente abandonado por una mujer mediocre. Así de filosa es la vida.

Guillermo Belcore
Publicado este fin de semana en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Bueno