domingo, 20 de octubre de 2013

La cultura en el mundo de la modernidad líquida

Zygmunt Bauman

Fondo de Cultura Económica. Ensayo de filosofía, 101 páginas


Si se apartan las hebras de europeísmo rancio, se descubrirá en cada libro de Zygmunt Bauman (Poznan, 1925) una cartografía certera del raro mundo que fluye ante nuestro ojos. El gran teórico de la modernidad líquida (o posmodernidad o hipermodernidad) reflexiona aquí sobre la cultura en la era de la globalización sin ataduras.

“La cultura se asemeja hoy a una sección más de la gigantesca tienda de departamentos en que se ha convertido el mundo“, advierte el pensador de origen polaco. Es decir, la cultura se ha dejado subyugar por la lógica de la moda. Los consumidores más ilustrados son ahora omnívoros: en su repertorio hay espacio para todo. Formas populares, así como cultas. Un mordisquito de esto, un bocado de aquello. La elite cultural está tan ocupada siguiendo hits que no tiene tiempo para formular cánones de fe o convertir a otros. Libros, melodías o artesanías compiten por la atención insoportablemente fugaz y distraída de los potenciales clientes. La atención dura un pestañeo. Sostenemos que la modernidad es líquida porque ningún elemento social puede mantener su forma por demasiado tiempo. Las redes reemplazaron a las estructuras sólidas de nuestra infancia. Por cierto, la moda es, por así decirlo, trotskista: sumerge cualquier estilo de vida en un estado de revolución permanente e interminable.

El ensayo, denso pero de grata lectura, aborda también el desafío de las diásporas (todos los citadinos debemos acostumbrarnos a vivir entre extranjeros), del multiculturalismo, y de la áspera relación entre Estado y artista. Pero, quizás, lo más profundo y esclarecedor de Bauman es su convincente crítica a un modelo de existencia basado en el hiperconsumismo (sus ideas son similares a las del papa Francisco o las del Pepe Mujica). La sociedad, se nos dice, es hoy como el Dios del Medioevo: caprichosa, temible, incognoscible, impredecible, libre por naturaleza, indiferente al bien o al mal. La dominación es ahora mucho más sutil, se ejerce mediante la inducción de la apatía ciudadana y la regulación impuesta con tentaciones.

Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Bueno

PD: Aquí el comentario de otra obra del sagaz Bauman: http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2010/04/mundo-consumo.html

domingo, 13 de octubre de 2013

Herejes

Leonardo Padura


Tusquets. Novela, 516 páginas, edición 2013.


Medio siglo de castrismo, una revolución de intelectuales, no ha sido propicio para el arte (por no decir nefasto). La Cuba oficial no generó en ese tiempo un narrador decente, con la excepción quizás de Leonardo Padura (La Habana 1955), autor de una novela histórica magnífica (El hombre que amaba los perros) y de la despareja saga policial protagonizada por el detective Mario Conde. Su nueva obra, en lo que a la calidad literaria se refiere, ha retrocedido algunos casilleros.
 

Herejes, eso sí, no carece de ambición, una virtud que siempre es admirable. Reconstruye, el terrible y bochornoso episodio del SS Saint Louis de 1939. Injerta, como si de otra novela se tratase, un fragmento de la vida de Rembrandt. Aborda la grandeza y el martirio del pueblo judío. Revela el fructífero éxodo a Miami de la comunidad hebrea de Cuba... y por razones de espacio, no seguimos mencionando los núcleos narrativos. Todo esto, enriquece una trama policial: el quejumbroso Conde es reclutado por el hijo de un emigrado judío para investigar el pasado y seguirle la pista a un pintura antigua que vale un par de millones de dólares.

Si el tema del libro es magnífico, la ejecución no está a su altura. El estilo vargallosiano de Padura (peor aun, decimonónico) termina siendo tedioso a causa de su manía por explicarlo todo. Sobran párrafos, muchísimos. Hay una vaivén harto frecuente entre genialidad y ñoñería que deteriora el conjunto. La escritura propende al esencialismo (“los cubanos somos…"), la superficialidad y el melodrama. Los diálogos suelen ser mediocres.

No puede dejar de aplaudirse, por otra parte, la valentía de Padura para retratar la miseria de la Cuba actual. La degradación de la vida cotidiana, después de medio siglo de comunismo puro y duro, es pavorosa, me recuerda lo más brutal del conurbano bonaerense. La censura, al parecer, sólo le ha exigido al literato que no señale con el dedo a los hermanos Castro.

Guillermo Belcore
Publicada hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Regular

viernes, 11 de octubre de 2013

El armonioso estilo de relatar


Me siento identificado con una frase que dijo ayer el novelista Antonio Muñoz Molina: “No me cansaría nunca de hablar de Alice Munro ni de leerla”. Por eso, comparto con los amigos de este blog las líneas apresuradas que escribí ayer en La Prensa:


En el Parnaso de la Alta Literatura, sólo existe hoy una persona que puede parangonarse con Jorge Luis Borges: Alice Munro. No incumbe el parecido, aclaremos, al estilo ni la temática, sino a la excelencia. Tanto nuestra gloria nacional como la narradora canadiense han elevado el relato breve a obra de arte. Esta muy bien, entonces, la elección 2013 de la Academia Sueca, tan desprestigiada por anteponer la política a cualquier consideración estética. Se hizo justicia, por una vez.

Hace dos años, el autor de estas líneas escribía en el Suplemento de Cultura de La Prensa:  “¿De dónde obtiene la escritura de Munro su singular eficacia? Del oído, en primer lugar. La gran narradora canadiense tiene un oído excelente para el diálogo vivaz. De la vista, también. Las descripciones son espléndidas; los retratos, perfectos; y los detalles, conmovedores. Los personajes son típicos, en el sentido de que sus preocupaciones siempre nos resultan familiares; pero al mismo tiempo son extraordinarios en mente y alma. Cualquier persona -ésta es la clave- puede ocultar una tragedia o una aventura. Nunca falta la tensión dramática. Munro tiene también buen gusto. Hay abundancia de historias sabrosas; sazonadas con ricas observaciones. ¿Y el olfato? Los relatos de Munro huelen a madera, a nieve, a ropa vieja, a ese mundo más tierno, más estable y más hipócrita que nos causa nostalgia pero que nunca jamás volverá“.

En efecto, la señora Munro tiene una habilidad casi única para envolver al lector dentro de una trama. Puede que su prosa no sea exquisita como la de Borges, pero es trasparente como el agua. Economía de medios e intensidad, la caracterizan. Hay un truco espléndido que usa con frecuencia: el núcleo incandescente del relato se nos presenta por sorpresa, nos asalta con la guardia baja. Ha esculpido relatos de cuarenta o cincuenta páginas que abarcan, incluso, varias generaciones y que nos llevan de uno a otro escenario. Pocos literatos han enviado una sonda tan profunda a las inmensidades del alma humana.

La Academia Sueca saludo ayer el "armonioso estilo de relatar, que se caracteriza por su claridad y realismo psicológico". Suele comparársela a Munro con Chejov. Ella dice, no obstante, que sus influencias son Eudora Welty, Flannery O'Connor y Carson McCullers en los años mozos; y señala a William Maxwell como su gran amor literario.

Alice, de ochenta y dos años, ha confirmado ayer su retiro profesional, después de medio siglo de trabajo fructífero. Deja catorce libros, que -merced al acicate del Nobel- seguramente se van a reimprimir para gozo de los lectores de todo el mundo. Sus textos son clásicos, como los Evangelios están hechos para todos y para cada uno.

Guillermo Belcore


PD: En este blog hasta varias notas sobre la querida Alice. En 2011 pedía a gritos que le concedan el Nóbel (un click aquí). Como dijo el amigo Lucas, puedo morir en paz.

sábado, 5 de octubre de 2013

Pan, educación y libertad

Petros Márkaris

 

Tusquets. Novela policial, 253 páginas.


Dentro de cien años, cuando el noventa por ciento de lo publicado hoy sean cenizas y nadie derrame una lágrima por ello, los libros de Petros Márkaris van a quedar. No sólo porque la saga del comisario Kostas Jaritos -el crack de la Jefatura de Seguridad del Ática- honra el género policial, sino porque conforma también un impresionante fresco de la bancarrota nacional, del calvario de una sociedad irresponsable. Grecia entera es un despojo de viejas glorias, nos advierten. Cunde la desesperación. Se ha llegado a un punto en que cualquiera puede matarte, porque cree que así comenzará la revolución o se anticipará el putsch de la cervecería. Lo único que sobrevive sin odio es la familia. La indiferencia y la desidia parecen haber vencido a casi todos.

A Márkaris le duele en el alma su país. Nos lleva ahora a enero de 2014. Grecia (como España e Italia) ha abandonado el euro. Volvieron las dracmas. El Estado entró en cesación de pagos y los servidores públicos -los policías también- pasan meses sin cobrar su salario. Jaurías extremistas salen a cazar inmigrantes, arden los comercios que contratan a los extranjeros. Hay espacio, no obstante, para la esperanza. 

Entre las ruinas de lo que fueron las instalaciones olímpicas, Jaritos debe investigar una serie de asesinatos que, a primera vista, involucran a un maníaco o a un terrorista. Alguien está liquidando a miembros prominentes de la generación que luchó contra la dictadura, más precisamente a los que se revelaron en la Facultad Politécnica de Atenas en 1973 y abrieron la primera grieta en la tiranía militar. Claro que ahora son prominentes miembros del establishment, enriquecidos con malas artes, mamando de la teta del Estado. Suena familiar, ¿verdad? El caso policial alterna con las desdichas familiares del comisario. ¿Cómo se sobrevive sin una moneda en el bolsillo? El trabajo es la mejor terapia. Para los afortunados, claro; el desempleo en Grecia -acaba de informarse en el mundo real- roza el veintiocho por ciento, récord histórico en tiempos de paz.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa
 
Calificación: Bueno 
 
PD: El primer libro que leí de Márkaris no me había gustado. Pero los demás me conquistaron. Es un buen ensayista, además. En este blog podes encontrar otras reseñas de sus obras.

martes, 1 de octubre de 2013

Maquiavelo para todos

El crítico invitado IV

Hace quinientos años, el escritor florentino terminaba la redacción de El príncipe, uno de los libros más influyentes en la historia del pensamiento occidental. Hoy diríamos que la obra es el manual por excelencia del político ambicioso y pragmático.


Por Jorge Martínez *

Reprobado con justa razón por la Iglesia, comentado por Bacon, Rousseau, Macaulay y Vico entre muchos otros, leído con fervor por Cromwell y Napoleón (todavía circulan ediciones anotadas por el emperador caído en desgracia), elogiado por liberales y reinterpretado por marxistas como Gramsci, El príncipe cimentó la fama de su autor y convirtió a su apellido en una pareja de adjetivos-sustantivos que se entienden en todos los idiomas de Occidente: maquiavélico, maquiavelismo.

Su tema es el poder: cómo conquistarlo y cómo retenerlo, de qué medios valerse, qué importancia conceder a los principios y a la "fortuna". Un cinismo escandaloso para su época impregna los consejos que Maquiavelo dirige a los príncipes de la Italia del siglo XVI y de todos los siglos posteriores. En sus máximas la moral cristiana cede terreno a la eficacia más cruda. Hoy diríamos que El príncipe es el manual por excelencia del político ambicioso y pragmático.

Puede afirmarse entonces que la obra que Maquiavelo escribió hace quinientos años para Lorenzo de Médicis no ha perdido ni perderá vigencia. Repasar algunos de sus párrafos salientes en la traducción de Roberto Raschella (Losada, 2008) tal vez permita comprobar hasta qué punto los políticos argentinos recientes también lo han tenido como libro de cabecera. La década kirchnerista sin dudas le debe mucho. En las líneas que siguen se incluyen ejemplos ilustrativos.

  • La quintaesencia del método K. "(...) a los hombres hay que tratarlos bien o aplastarlos, porque ellos se vengan de las pequeñas ofensas, pero de las grandes no pueden vengarse. Por lo tanto, la ofensa que se les haga debe ser tan grande que no permita ninguna venganza". Y su continuación: "(...) al conquistar un Estado, el que lo ocupa debe pensar en todas las ofensas que necesita hacer, y hacerlas todas de golpe, para no tener que renovarlas cada día".
  • Maquiavelo anticipa el concepto de "elección del enemigo". "Así, muchos consideran que un príncipe sabio debe procurarse con astucia alguna enemistad cuando se le presente la oportunidad para que, después de reprimirla, por ello mismo se acreciente su grandeza".
  • ¿Es mejor ser amado que temido, o viceversa? Maquiavelo explica que como es difícil combinar ambas cosas, "es mucho más seguro ser temido que amado cuando una de las dos cualidades falta". Los hombres, agrega, "vacilan menos en cometer ofensa al que se hace amar que al que se hace temer".
  • La famosa construcción de poder. "Debe comprenderse bien que un príncipe, y especialmente un príncipe nuevo, no puede observar todas aquellas cosas por las cuales los hombres son considerados buenos, porque a menudo, para mantener el estado, se ve obligado a actuar contra la fe, la humanidad, la caridad, la religión. Por eso necesita poseer un estado de ánimo dispuesto a moverse según los vientos de la fortuna y las variaciones de las cosas y, como ya dije antes, no alejarse del bien mientras pueda y, en cambio, saber introducirse en el mal si estuviera necesitado de hacerlo".
  • Una máxima universal del pragmatismo político. "Un señor prudente...no puede ni debe guardar fidelidad a sus palabras cuando tal fidelidad se vuelve contra sus intereses".
  •  Por último, el consejo que casi todos los políticos desoyen. El príncipe, advierte Maquiavelo, debe abstenerse de robar bienes "porque los hombres olvidan más rápido la muerte del padre que la pérdida del patrimonio".

* Jorge Martínez es, sin duda, la mejor pluma del diario La Prensa.

domingo, 29 de septiembre de 2013

Venganza

Benjamin Black

Alfaguara. Novela policial, 297 páginas


La venganza -el placer de los dioses, según los antiguos griegos- provoca dos muertes resonantes en la fea Dublin de mediados de los cincuenta. Fiel a su naturaleza, Garret Quirke, el as del Departamento de Patología Forense del Hospital de la Sagrada Familia, se mete hasta el cuello en la ciénaga humana de codicia y engaños. El buen doctor, un oso apacible y borrachín que resulta irresistible a las mujeres, no descansa hasta esclarecer los secretos más perversos. Hay algo podrido en la alta burguesía de Irlanda, más precisamente en el grupo empresarial Delahaye & Clancy. “Mía es la venganza, dice el Señor”, según las Sagradas Escrituras. El Altísimo tiene imitadores en esa isla civilizada y primitiva a la vez, donde los católicos temen a los curas y veneran a los protestantes.

El último volumen de la saga policial de John Banville (Benjamin Black es su seudónimo) es tan bueno como los anteriores, puede que mejor aun. Se trata de Alta Literatura incursionando en el género policial, con asombroso éxito. No sólo seduce la trama, el enigma planteado, la suave pesquisa en procura de la verdad. El libro relumbra por los recursos estéticos que el autor pone en juego. La poética, por ejemplo. ¿Cuántos escritores de fuste son capaces de describir con tanta delicadeza los matices de la luz? ¿O de elaborar metáforas sobre las personas que involucren a animales? Banville, además, es una habilísimo constructor de escenas y personajes. Vale decir, la novela comercia con la pintura, la naturaleza y el teatro.  

El primer capítulo es conmovedor, acaso perfecto. El arrogante Víctor Delahaye sale a navegar con David Clancy, el hijo de su socio. Los dos solos. El velero se aleja de la costa; David se marea, odia y teme el mar. La charla es insustancial. El hombre de negocios menciona algo referido a la lealtad, evoca una historia triste de su infancia. Luego permanece en silencio largo rato, hasta que saca del arcón de madera un bulto envuelto en un trapo. Es un Webley Mark IV. Con el revolver, se pega un tiro en el corazón. 
Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Excelente

PD: De la traducción, lo peor que puede decirse es que incurre en leísmos.

PD II: “Estúpidos y cómicos. Todos somos así“. (Banville, página 255).

viernes, 27 de septiembre de 2013

Canónico II

El Diccionario de Asterión XI


Canónico II:

La mejor definición de libro canónico, o al menos la más bellamente expresada, es de Jorge Luis Borges:

"Obra que perdura siempre, capaz de una infinita y plástica ambigüedad. Es todo para todos, como el Apóstol; es un espejo que declara los rasgos del lector y es también un mapa del mundo. Ello debe ocurrir, además, de un modo evanescente y modesto casi a despecho del autor; éste debe aparecer ignorante de todo simbolismo".

Vale decir, el Maestro sostiene que la obra canónica es universalista en su impacto y ambición, permite al lector identificarse, ofrece una visión totalizadora de la realidad y se aleja del panfleto o la soflama (se me ocurre alguna que otra excepción en este punto, algún libro de John Berger, por ejemplo).

Otra definición borgeana interesante es la de clásico:

"Clásico es aquel libro que una nación o un grupo de naciones o el largo tiempo han decidido leer como si en sus páginas todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término".

Un canón del siglo XXI (libros publicados después de 2000):

Estados Unidos:

Junot Díaz: La maravillosa vida breve de Oscar Wao 

Jonathan Franzen: Las correcciones.

John Hill: El traje del muerto, Cuernos.

John Irving: Hasta que te encuentre, Personas como yo.

Stephen King: 22/11/63. 

Jhumpa Lahiri: Tierra desacostumbrada

Eugene Martin: Desperdicios.

Corman McCarthy: No es país para los viejos.

Thomas Pynchon: Contraluz.

Philips Roth: Némesis

Don Winslow: El poder del perro.

Tobías Wolf: Aquí comienza nuestra historia. Vieja escuela

Obviamente, la lista puede y debe ser enriquecida por los amigos de este blog. Nadie puede leer todo lo excelente que se publica. Para mí, las obras aquí mencionadas cumplen el principal requisito de lo canónico: piden a gritos una relectura.

martes, 24 de septiembre de 2013

Un hombre piensa en Dios frente al horno del crematorio en un campo de concentración nazi

Una cita:

El esloveno Boris Pahor escribió en Necrópolis (#unlibroimprescindible):

“Y si es que he tenido alguna revelación ha sido que no puede existir una divinidad buena y omnipresente que a la vez sea un testigo mudo de esta chimenea. Y de la cámara de gas. No, si existe alguna divinidad entonces está unida a las cosas, a la tierra, al mar y al hombre y no conoce ni puede distinguir entre el bien y el mal. No obstante, esto de nuevo significa que sólo el hombre puede ordenar el mundo en el que vive, cambiarlo de tal manera que dentro de él puedan realizarse más cosas buenas que malvadas. Entonces, el mundo, al menos en la medida humana, sería más aceptable. Entonces el hombre se acercaría a la idea de bondad con la que sueña desde que es conciente de sus facultades. Entonces se acercaría a la imagen de una divinidad bondadosa que ha engendrado su propio corazón”.

La idea de que Dios necesita al hombre para manifestarse en la Tierra no es nueva, pero en Necrópolis se expresa de una manera conmovedora. Graham Greene se preguntaba en una novela -El revés de la trama si la memoria no me engaña- cuántas clases de divinidad existen en el corazón de un hombre. ¿Es el mismo Dios el de un hombre asustado que el de la persona satisfecha? ¿Es el hombre la medida de todas las cosas?
G.B.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Esto no es una novela

David Markson

La bestia equilatera. 214 páginas. Edición 2013


En el último ensayo de George Steiner -en el que estudia la simbiosis entre filosofía y Alta Literatura- se rinde homenaje a la estética del fragmento, que es mucho más antigua de lo que suele pensarse. Desde Heráclito hasta Wittgenstein y Bioy Casares, son legión los artistas que han cultivado lo aforístico. Puede, incluso, que Twitter no sea otra cosa que la versión plebeya de esta noble tradición. Lo que parece seguro es que el libro inclasificable que hoy nos convoca debe incluirse en el estante que cobija a los maestros de la “técnica del rayo que cae”.

Recordará el lector los elogios aquí vertidos sobre La soledad del lector, otro libro del norteamericano David Markson. Justamente, Esto no es una novela añade una segunda parte. Idéntica apuesta literaria. Se dejan caer -como si de un goteo de oro líquido se tratase- citas, ocurrencias, datos raros sobre personalidades, puras y bellas expresiones verbales, misceláneas, todo entremezclado con una meditación sobre el mismo texto: el Escritor ha querido una novela sin ningún indicio de argumento, ni personajes, sin trama, sin escenario, sin conflictos y/o contradicciones, sin temas sociales, enteramente sin símbolos, que sin embargo induzca al lector a seguir pasando las páginas. ¿Un poema épico? ¿Una especie de mural? ¿Una secuencia de cantos? Una disquisición sobre las enfermedades de la vida del arte con autobiografía, arriesga el Escritor.

El réquiem, por cierto, ha logrado su propósito. Se lee con avidez, con deleite, con curiosidad, con tristeza al final. La mente se esfuerza por encontrar un hilo conductor y lo encuentra en el desasosiego ante la muerte. Con toda nitidez, nos llega un ritmo, una melodía (fúnebre) que seduce hasta la última página. Markson falleció, víctima de un cáncer, hace tres años. Qué lástima. No habrá una tercera parte.  Esto no es una novela, es la sublime despedida de un artista.

Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.
Calificación: Excelente

PD: Forma y fondo, #unlibroimprescindible. En Twitter: @Guiasterion

martes, 17 de septiembre de 2013

Canónico

Diccionario de Asterión X


CANONICO

Adjetivo. Dícese del libro sin fecha de caducidad, creado por un escritor de peso que aplica en su composición alguno de estos cinco valores: originalidad, sabiduría, dominio de la metáfora (poética), exuberancia en la dicción y poder cognitivo. El canon se trata de una selección estética (una elegía), forjado por el único método valido: el yo.

Harold Bloom, creador de un canon magnífico que se suele reprobar sin siquiera haberlo leído, sostiene que cuando se lee una obra canónica por primera vez se experimenta un extraño y misterioso asombro, y casi nunca es lo que esperábamos.

Es posible que la mejor manera de reconocer el carácter canónico de una obra surja de la siguiente pregunta: ¿Exige una relectura? La analogía erótica es evidente.

Obviamente, todos los cánones son incompletos. Ninguno de nosotros (sea quien sea) tiene tiempo de leerlo todo. El libro canónico goza de otra virtud: evita que el lector despilfarre su tiempo con obras intrascendentes.



PD: Estoy preparando el Canon de Asterión. Partirá del punto exacto en que concluyó el Canon occidental de Bloom.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Rosa candida

Audur Ava Ólafsdóttir


Alfaguara. Novela, 271 páginas. Edición 2013


El amante de los libros de autoayuda (sobre todo el fan de Paulo Coelho) apreciará esta novela multipremiada, encomiada hasta el panegírico en diarios y blogs de Europa, éxito de ventas, de lectura fácil y agradable. Proviene de la remota Islandia, pero carece de exotismo, con la salvedad de unas pinceladas aisladas de paisaje y hábitos culinarios. Se ha destacado la habilidad de la autora para definir lo que sería “un nuevo paradigma masculino”. Para Audur Ólafsdóttir (Reikiavik 1958) el varón del siglo XXI es un buenazo, maduro pero de una forma aniñada, que mantiene a raya las exigencias del cuerpo, no establece ninguna forma de dominio o violencia hacia el otro sexo, busca su sentido de vida a contracorriente de las tendencias dominantes, de preferencia en un proyecto que combine la preservación cultural y ecológica (o bien, como padre). La virilidad ya no se mide por la capacidad de arreglar una avería en la casa o por cualquier otra expresión de machismo rancio.

El libro narra la historia de un muchacho de veintidós años que deja su isla helada para restaurar en un monasterio perdido de Europa central (no se dan precisiones geográficas) un jardín legendario. Trabajando con rosas, desinteresadamente, se encuentra a sí mismo. Deja atrás un padre amantísimo ya anciano, un hermano gemelo autista, el recuerdo de la madre muerta hace poco en un accidente carretero. También abandona a una hija de siete meses, fruto de la inconciencia de una noche, pero no se trata de una canallada pues la madre -con la que no mantiene relación alguna- prefiere estar sola. Arnljotur -así se llama nuestro héroe- traba ligazón con el superior del convento, el padre Tomás, una especie de sabio que descerraja máximas del siguiente calibre: “Hay que mirar a los ojos del sufrimiento para poder sentir empatía con los que sufren”.

Parece que en la atribulada Europa la literatura naif se ha puesto de moda. No, no es una buena noticia. “Es curiosa esa exigencia de que el arte tenga que mostrar la realidad. A mi me parece que ya tenemos suficiente vida cotidiana”, sentencia la señora Ólafsdóttir por boca de unos de sus personajes de plástico. ¡Ah!, es una forma pueril de evasión.

Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Regular


PD: El lector podrá encontrar en Internet decenas de comentarios favorables sobre esta novela. Por ejemplo: http://elblogdejaviersanchez.blogspot.com.ar/2012/11/audur-ava-olafsdottir-rosa-candida.html

martes, 10 de septiembre de 2013

Robinson

Muriel Spark
La bestia equilátera. Novela, 221 páginas. Edición 2013.

Un avión se estrella en una isla volcánica que ni siquiera figura en los mapas. Sobreviven algunos pasajeros. Traban ligazón con lugareños de curiosas costumbres. Escasean las provisiones. El día del rescate es incierto; la situación se vuelve tensa. Ocurren hechos de sangre; suceden cosas asombrosas, acaso sobrenaturales. Nadie puede estar seguro de nada, incluso de dónde termina aquello que conocemos como realidad.

No, no estamos hablando de la serie Lost, esa fruslería de J.J. Abrams cuyo final dejó a todo el mundo insatisfecho. Se trata del argumento resumido de una novela espumosa y divertida que Muriel Spark (Edimburgo 1918-2006) escribió hace más de medio siglo. No ha perdido un gramo de frescura. El goce está intacto.

De la señora Spark puede decirse lo mismo que de Aira, de Simenon o de Sciascia. Estrictamente hablando, no han logrado producir lo que se denomina una obra maestra pero la Alta Literatura sería un paraíso imperfecto sin el aporte del conjunto de su obra. Además, ¡qué bien escribía la señora Spark! Las mejores palabras en el orden correcto, una sabrosa claridad, brillante como porcelana danesa. Para quien conozca a la autora, Robinson  se torna en un libro imprescindible. Al principiante, le aseguramos que Robinson es la mejor manera de empezar. El clima de farsa, el roce con el absurdo, la punzante crítica social -sobre todo, la mofa de las convenciones típicamente inglesas y de la religión malentendida- el acabado de los personajes son algunas de las virtudes del libro. Hay otra que merece ser subrayada con lápiz rojo: Muriel Spark hace de la maledicencia una forma de arte.

Antes de concluir, algo bueno debe añadirse sobre el sello editorial. La bestia equilátera se ha especializado en delicatessen británicas que no merecían el olvido, lo cual es digno de aplauso, mejor dicho de ovación de pie durante largos minutos. No podría asegurarlo, pero me parece que la mano experta de Luis Chitarroni tiene mucho que ver en esto.

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno. 

domingo, 8 de septiembre de 2013

El vizconde demediado

Italo Calvino

Siruela, Nouvelle fantástica, 92 páginas, Edición 2013.


Somos Jano. La mitad de nuestra naturaleza está abocada a una irreparable e insana crueldad. Es decir, a hacer el mal sin ninguna razón plausible. No todo es color negro, sin embargo. También tenemos un costado benévolo, con una ilógica preocupación por la felicidad ajena. Esas dos pulsiones conviven en la Historia y en el alma, pero la maldad absoluta y la virtud suprema resultan inhumanas por igual.

He aquí la enseñanza de una nouvelle que el enorme Italo Calvino (1923-1985) escribió hace cincuenta y ocho años. Constituye la primera parte de la popular trilogía Nuestros antepasados. Se emplea un truco volteriano: el autor cultiva la fábula fantástica para filosofar sobre el ser humano. La indagación, tan profunda como lúcida, se aligera por el inevitable fondo de picaresca que caracteriza a buena parte de la literatura italiana. Es una historia divertida. Así se explica Calvino: “Yo creo que divertir es una función social; encaja en mi moral… uno (el lector) compra el libro, le cuesta dinero, invierte su tiempo, se tiene que divertir”…

El libro narra pues las peripecias del vizconde Medardo de Terralba, una de las más nobles familias del Genovesado. En la guerra contra el infiel, un cañonazo turco lo partió en dos, de arriba a abajo. La mitad malévola, rugosa y fea como maracuyá de gaveta, vuelve a tomar posesión de su castillo. Perpetra todas las iniquidades posibles: condena a la horca a muchos, incendia propiedades y personas, recluye en un leprosario a su nodriza y vicemadre (sana), planea exterminar a los hugonotes, e intenta asesinar a su sobrino, justamente el narrador de la historia. Así las cosas, hasta que aparece la mitad buena del vizconde, que también termina repudiada por el pueblo sencillo. Se disputan una mujer; se baten a duelo.
 
Somos buenos y malos, concluye Calvino. Actuar solamente como un santo nos hace incompletos, deformes. Vagamos atormentados entre ansias opuestas. Así transcurre nuestra vida, entre caridad y terror.

Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Bueno

Calificación II: Dos amigos de este blog, Marcos y Santi, consideran que este libro merece un Excelente.


miércoles, 4 de septiembre de 2013

Un tiempo de rupturas

Eric Hobsbawm 

Crítica. Ensayo de arte, 306 páginas.

Este volumen incluye artículos, conferencias, reseñas y hasta el prólogo de un libro de Karl Kraus que Eric Hobsbawm (1917-2012) escribió en el último tramo de su vida, con la salvedad de un texto de 1964. Llama la atención el saludable giro hacia la sensatez de un historiador tan eminente como polémico. En lugar de la justificación en nombre del progreso de los crímenes de Stalin, se oye ahora una voz delicadamente conservadora, rebelándose contra la desintegración de la modernidad, en nombre de los viejos valores universalistas. En el terreno artístico, las objeciones resultan absolutamente persuasivas. Quién sino un necio no se indigna con toda su alma ante la ausencia de profesionalidad -el talento parece que ya no es relevante- con que se fabrican en serie esas mercancías con las que nos apabulla la industria editorial. Quién no puede compartir la sentencia de que el arte conceptual es el refugio por excelencia de los charlatanes. El viejo gladiador marxista nos advierte también de que el Estado -el poder político, en realidad- puede ser tan nefasto para la cultura como el mercado o los imperativos morales. Tómese nota en la Argentina.

El lector será invitado a reflexionar, entre otros temas, sobre el aporte del judaísmo al pensamiento universal, el elusivo concepto del patrimonio cultural, el destino trágico de la Mitteleuropa, el presente y el futuro del mecenazgo, el papel del intelectual, el fracaso de las vanguardias del siglo XX. La insaciable curiosidad y la asombrosa erudición de Hobsbawm tornan fascinante la travesía. Un espléndido legado.

Guillermo Belcore
Publicado el domingo pasado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Bueno


lunes, 2 de septiembre de 2013

Crímenes y jardines

Pablo De Santis

Planeta. Novela policial, 295 páginas. Edición 2013.


En la jungla editorial, conviven hoy dos especies literarias: la producción seriada y la artesanal. A la primera se le notan las marcas industriales: capítulos diminutos que siempre deben concluir con un gancho, personajes planos que hablan de la misma forma, desdén por las densidades temáticas y estilísticas para garantizar una absoluta legibilidad, ausencia de digresiones, didactismo tenue, apego a las modas. La novela policial que ahora nos ocupa pertenece al grupo de la escritura estandarizada. No se trata, aclaremos, de un juicio peyorativo. El thriller satisface cabalmente la necesidad de entretenimiento liviano de una vasta porción del público. Es una manufactura digna.

Pablo De Santis repite los personajes de El enigma de París, Premio Planeta 2007 y éxito de ventas. Estamos en 1894. En una Buenos Aires que está mutando con rapidez, un detective privado investiga una serie de crímenes con alusiones clásicas. Hay una sectas de paisajistas, una especie de grupo filosófico que intenta desplazar a Carlos Thays para manejar a su antojo los jardines porteños. Los crímenes, a primera vista, tienen que ver con los jardines o con los misterios de la Atlántida (sí, la novela sigue la estela de Dan Brown, algo de esoterismo parece que hoy es indispensable). Puede que se haya deslizado algún anacronismo: ¿cuándo fueron introducidos los jabalíes en la Argentina para complacer a los bárbaros amantes de la caza? ¿Antes del siglo XX? No lo tengo claro.
 

Crímenes y jardines apenas araña la superficie de su época. Se disfrutan las curiosidades que el prolijo De Santis ha recopilado, pero se echa de menos la crítica social. Una novela policial sin denuncia (si es oblicua, mejor,) es como un galgo al que le falta una pata: siempre se le escapa la liebre. No obstante, el libro también tiene virtudes: giros imprevistos, expresiones elegantes, un cándido estilo tardorromántico que evoca al siglo XIX. El final es delicioso; todas las piezas encajan.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa el último domingo.

Calificación: Regular

PD: Considero un error quedarse con una sola opinión. El diario Página 12 elogia esta novela. Pinche aquí: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-5116-2013-09-03.html

viernes, 30 de agosto de 2013

Necrópolis

Boris Pahor

Anagrama, autobiográfico, 259 páginas. Edición 2010.


Las dudas son inevitables. ¿Qué importancia tiene hablar sobre los recursos retóricos de un texto que nos enrostra el mal absoluto como si de un escupitajo se tratase? ¿Puede elogiarse la calidad de una prosa cuando el tema es la destrucción sistemática de miles de semejantes? ¿No es frívolo pensar en figuras de ficción cuando la perversión nazi se arroja sobre la mesa? Y sin embargo… El genio de un gran escritor siempre se las compone para alzarse por encima de la realidad por más siniestra que ésta sea; sobrevuela y eleva su trabajo hacia los cielos trasparentes dejando atrás la superficie de un pantano putrefacto poblado por criaturas infernales. Quiero decir: aun en la evocación del campo de concentración de Natzweiler-Struthof puede encontrarse una intención estética. En forma y fondo, entonces, he aquí una obra extraordinaria. 

La autobiografía novelada puede compararse con la mejor creación de Primo Levi. También Boris Pahor ha encontrado el tono justo para narrar su calvario en manos de los esbirros de Adolf Hitler. Volvió del Averno -”donde la maldad del hombre triunfaba sobre dolor humano”- y quiso contarlo sin estridencias, pero hilvanando una serie de escenas en el Läger que causan escalofríos. Oigamos su voz tranquila:

“Ningún panal podrá jamás ilustrar el estado de ánimo de un hombre que tiene la sensación de que el tazón de hierro de su vecino contiene medio dedo de líquido amarillo más que el suyo. Está claro que podría reproducirse la expresión de los ojos con esa mirada especial que crea el hambre; pero jamás podría captarse el desconsuelo de la cavidad bucal, ni siquiera los movimientos automáticos del esófago. Como podría, entonces, una fotografía mostrar los matices últimos de la lucha interior invisible, en la cual los principios de la buena conducta en la que habíamos sido educados ya hacía mucho que habían sido derrocados por la ilimitada tiranía del epitelio estomacal”.

Sí, la terrible “ilimitada tiranía del epitelio estomacal”. A un montón de células famélicas rebajaron los nazis a los hombres, a personas que se sentían racionales y normales como usted y como yo. No hace tanto. Fue después de la aparición del cristianismo, el derecho romano y la Ilustración. Transcurrieron sólo setenta años. Pero incluso en ese escenario inconcebible, hubo espacio para los actos heroicos. Pahor lo atestigua.

El esloveno

Necrópolis fue concluido en 1966, pero llegó al idioma español treinta y cuatro años más tarde. “Es un retrato completo y al mismo tiempo conciso -nunca patético- de la vida (de la no vida, de la muerte) en el campo de concentración”, resume Claudio Magris en el prólogo. Su autor proviene de la valerosa Eslovenia, nación alpina y eslava que en 1991 rompió las cadenas de Yugoslavia. “Nos parecemos a los judíos y a los gitanos, porque, al igual que estas dos estirpes, también la nuestra a lo largo de su historia se ha resistido a la asimilación”, escribió Pahor. Con sus jóvenes cien años (!!!), el artista vive aún en Trieste, ciudad donde nació en 1913 y donde debió ver cosas que un niño nunca debería ver. Transcribo de la página 42:

“A quien en edad escolar haya conocido el pánico de una comunidad aniquilada a la que se obliga a mirar impotente cómo las llamas consumen su teatro en el centro de Trieste, a éste le han mutilado la visión del futuro para siempre. El cielo sangriento sobre el puerto, los fascistas enfurecidos, derramando nafta por el edificio orgulloso y luego bailando al lado de la hoguera impetuosa, todo ello se graba en el interior de un niño y lo traumatiza”.

El procedimiento narrativo es de notable eficacia en su sencillez. El narrador vuelve a visitar el campo de la muerte en Alsacia, convertido ahora en una atracción para turistas. Se indigna ante los respetables paseantes dominicales, por la mezquindad de su imaginación. Lo que ve y lo que oye Pahor va gatillando su memoria. Viajamos a 1944. La sucesión de escenas -aliviadas con reflexiones filosóficas de primera categoría- nos cortan el aliento. El crepitar del horno alimentado con carne humana, por ejemplo. “No estaría mal que alguien investigara el perfil psicológico del que inventó las tenazas que servían para arrastrar un cadáver hasta el montón de otros cadáveres, y desde allí a un ascensor de hierro ubicado debajo del horno”, apunta Pahor. La sucesión de recuerdos es impresionante. No se escatiman detalles: el sonido de la botas de los oficiales de las SS (la hez de la humanidad) bajando por las escaleras por la derecha y por la izquierda, por ejemplo. Con esas texturas gemebundas sin par se ha construido la obra. Los extensos párrafos son algo así como cuadros ampliados de Pieter Brueghel.

Pahor, el partisano, cumplió el papel de enfermero en una fábrica de la muerte. Sobrevivió -explica- porque “en la relación de los oficiales de las SS con los enfermeros siempre había un poco de respeto, como si no pudiesen creer que nos dediquemos a pacientes que creaba el mundo del crematorio”. Sobrevivió por su función añadida de sepulturero, que le permitía aprovechar pequeñas ventajas como una prenda de vestir o un mendrugo de pan que dejaban los muertos. Sobrevivió por “la fe inamovible, sorda y ciega en la posibilidad de sobrevivir”. Se concentró en ayudar a los otros y también tuvo mucha suerte: llegó al matadero al final de la guerra y la enfermedad apenas lo rozó con sus alas de cuervo. Permaneció “indiferente y romo” mientras lo arreaban de un campo a otro, al compás de la retirada alemana. El miedo le había paralizado el sistema nervioso, toda la red de nervios más finos, pero el miedo también lo protegió de un mal mayor: la desesperación

Con su cuidada atención para que las palabras se correspondan exactamente con las imágenes, este texto es como una suerte de monumento triste a los millones de víctimas del fascismo europeo. Es un libro imprescindible (y muy bien escrito, aunque suene insustancial decirlo). Si la literatura cuenta con algún valor social, Necrópolis lo tiene. Proteger a la especie “del olvido humano“, de “la inconstancia de la conciencia fluida”. Establecer que el placer de la destrucción es una de las fuerzas más poderosas del universo.

Guillermo Belcore 


Calificación: Excelente


martes, 27 de agosto de 2013

Adios a Bech

John Updike

Tusquets. Novela, 300 páginas. Edición 2013.

Después de leer el último volumen de la trilogía de Bech se tiende a pensar que el enorme John Updike (1932-2009) inventó al adorable escritor judío que la protagoniza para vengarse de sus enemigos. “Hay alguien al que quieres ajustarle las cuentas o algún rival al que quieres superar. La ficción se convierte entonces lo que los psiquiatras denominan una elaboración. ¿O lo llaman acto de exteriorización, establece Bech ante un adversario (Goethe decía algo parecido: los escritores están condenados a odiarse).

Y a quién apunta esta vez el diestro explorador del alma estadounidense: a los refutadores de su maestría. Ya setentón, el fervoroso literato y relativamente fracasado Henry Bech, se dedica a asesinar críticos, como si de alimañas se tratase y con el propósito (¿noble?) de que la fealdad de este mundo sea erradicada. En plena faena creativa, lo otorgan el Premio Nobel Literatura no por sus méritos artísticos y entonces espeta a esa pandilla de esnobs de la Academia Sueca el discurso que al propio Updike, seguramente, le hubiese encantado pronunciar en Estocolmo. Por cierto, su prolífica obra, casi imposible de agotar, merecía ese galardón.

La erótica de Adiós a Bech se encuentra tanto en sus metáforas contundentes como en las observaciones penetrantes sobre aquel engorro que solemos denominar realidad (el libro fue escrito en 1998). El alter ego de Updike -con algo de Roth, Bellow y Malamud- descuartiza al socialismo real (la Checoslovaquia previa a la Revolución de Terciopelo), el desalmado y corrupto mundillo artístico de Nueva York, la vana producción de entretenimientos de Los Ángeles, la irrupción de Internet. La mirada es la de Fogwill o la de Nabokov, el semidios, el entomólogo, el cínico sin remedio que observa la comedia humana y menea la cabeza desesperanzado. El libro debe leerse entonces como una sátira. Demoledora y divertida en casi toda su extensión.

Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Bueno

PD: Aquí la reseña del primer volumen de la trilogía: http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2012/09/un-libro-de-bech.html




domingo, 25 de agosto de 2013

The Fall, la serie

Belfast es una ciudad de tamaño mediano, decadente por el éxodo de la industria pesada, húmeda como un pantano, latinoamericana en su desaforada polarización, por aquello de que mi Dios es mejor que el tuyo. Es la capital del IRA dinamitero y de los extremistas protestantes que defienden a balazos la voluntad de seguir siendo súbditos de su Serena Majestad Isabel II. Pero no todo es política. El asesinato de la nuera de un influyente convoca a Irlanda del Norte a la detective superintendente Stella Gibson, gélida como las tetas de una bruja, eficiente como un bisturí. Descubre que no se trata de un crimen aislado: repta por las calles de Belfast un asesino y violador en serie que va creando su propia pornografía. Estrangula con sus propias manos a sus víctimas, todas jóvenes, bonitas, morenas y exitosas en lo suyo. Días después, se masturba mirando las fotos del cadáver prolijamente arreglado.

He aquí el argumento de otra maravillosa serie de la BBC, que no puedo dejar de recomendar con toda convicción
. El anzuelo y la carnada obviamente es el retorno de Gilliam Anderson, en su papel de oficial a cargo de la investigación. Ahora rubia fatal, con suave acento londinense, licenciada en antropología, brillante policía, aunque incapaz de comprender el impacto devastador que causa entre los hombres. Aquellos exaltados que durante años clamaban por ver en los Expedientes X a la agente Scully sumida en el frenesí sexual, ahora se verán recompensados. El adversario de Stella se llama Paul Spector (Jamie Dornan) un consejero matrimonial desquiciado. Todos somos Jekyll y todos somos Hide (por eso Stevenson es inmortal). Paul es un padre de familia amoroso, protector de mujeres ultrajadas durante el día; homicida múltiple durante las noches.

Fiel a la premisa de que siempre es preferible calidad a cantidad, la BBC sólo elaboró cinco capítulos de The Fall, pero el final abierto hace presumir que habrá una segunda temporada. La espléndida detective  (foto) no puede no quedar. Es un personaje que atrapa nuestra imaginación. La intención artística se percibe también en el trabajo del director Jakob Verbruggen (recuerdo en particular ciertos planos cenitales), las sólidas interpretaciones, la tensión dramática, y, especialmente, el moroso ritmo narrativo, acaso más propio de los libros que de la televisión, pero en cualquier caso una virtud que separa a los productos británicos del alocado mainstream estadounidense, tan apegado a la acción violenta. Y como si todo esto fuera poco, está el contexto. Belfast es una sociedad en carne viva, sanando día a día las heridas infligidas por el imperialismo británico.

Guillermo Belcore

Calificación: Muy buena.

miércoles, 21 de agosto de 2013

Sensibilidad

El diccionario de Asterión IX


SENSIBILIDAD:


Sust. Común: Mecanismo interno que reacciona a lo que está frente a él: una buena (o mala) frase, una escena vívida y emocionante (o borrosa y plana) Es una cualidad absolutamente esencial. Sin ella, el lector (profesional o no) es similar a un burro con una flauta. Una sólida cultura literaria no implica una gran sensibilidad. Obsérvese el caso de Nabokov, incapaz de disfrutar (o al menos reconocer) a Thomas Mann o a Faulkner. Un caso de sensibilidad imperfecta.

Hasta aquí, la reflexión de Thomas McCormack en su esclarecedor ensayo La novela, el novelista y su editor (Pinche aquí). Añado que probablemente no exista una sola clase de sensibilidad. Hay un punto de capricho tanto en la admiración como en el rechazo honesto; es el capricho derivado del gusto, que se forja tanto con las predisposiciones de nuestra psiquis como de la experiencias y el aprendizaje. No todo es para todos, convengamos. Borges sostenía que Goethe es la forma más famosa del tedio, otras personas inteligentes juran que es la cima de la literatura (lo mismo se aplica a Joyce). Nada tiene que ver la sensibilidad, naturalmente, con la aprobación generalizada y acrítica del diarismo ante, por ejemplo, las mercancías defectuosas de la literatura argentina. Aquí opera el amiguismo, la cobardía y el cálculo económico.

lunes, 19 de agosto de 2013

Derrida

Benoit Peeters

Fondo de Cultura Económica. Biografía, 681 páginas. Edición 2013


¿Quedará Jacques Derrida? ¿Fue un pensador serio y original o un metáfisico inútil y oscuro? No parece razonable hoy evocarlo como un maestro del pensamiento aunque nadie puede ignorar que el hermético Derrida ha producido conceptos muy potentes. Un ocurrente definió a la deconstrucción como "el producto más rentable que se haya lanzado jamás al mercado de los discursos universitarios''. Sobre todo en Estados Unidos, donde llegó a contaminar la crítica literaria, la política educativa y hasta el derecho.

Más allá del oportunismo y del entusiasmo pueril de los estadounidenses por las modas culturales, detrás de todo este movimiento educativo hay un hombre con un talento extraordinario. Le hace justicia, por fin, una minuciosa y apasionante biografía, aunque basada, como es tradición, en un exceso de simpatía.

Benoit Peeters realizó un trabajo soberbio. Abarca desde la Argelia colonial hasta el Par¡s del siglo XXI. Recopiló bellísimas cartas y testimonios de amigos y parientes. Exhumó polémicas asesinas con colosos de la talla de Foucault o Levy-Strauss. Derrida, el enorme pedagogo, el filósofo iconoclasta, el "talmudista enloquecido", el seductor empedernido, el fino estratega que va conquistando plazas como si estuviese jugando al TEG. También, el intelectual comprometido encarcelado por los comunistas checos (Mitterrand lo salvó) y el padre que abandonó a su hijo. El paseo junto al Gran Personaje resulta absolutamente placentero.

Derrida volvió enigmático mucho de lo que creemos entender (la biografía esclarece algunos puntos). Seguramente va a quedar. Primero porque se trató de un escritor de primera categoría; segundo porque al final del camino siempre tropezamos con Hegel: el sofisticado creador de neologismos será vislumbrado como un síntoma de su época, de la obsesión de los años sesenta por repudiar todo lo heredado.

Guillermo Belcore
Publicado el fin de semana pasado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Muy bueno


PD: En la excelente reseña publicada en The Guardian (pinche aquí), Terry Eagleton llama la atención sobre una irritante modalidad de la escritura derridiana: el abuso de la pregunta retórica. 

martes, 13 de agosto de 2013

Desperdicios

Eugene Marten

Fiordo. Novela, 91 páginas. Edición 2008


Zygmunt Bauman sostiene que uno de los rasgos decisivos de la modernidad líquida (esa confusión que fluye ante nuestros ojos) es la producción de desechos a niveles demenciales y con un ritmo de vértigo, incluso de vidas desechables. No sólo existen millones de desempleados -un ejército de mano de obra disponible- como en la era de la modernidad sólida, sino que hay millones de inempleables, una legión de parias (la llamada underclass) sin posibilidad alguna de insertarse en el mercado de trabajo. En este orden social -donde la inseguridad se encuentra a la orden del día- la basura prácticamente nunca se libra de sentido humano. Millones viven de ella, de lo que desechan los afortunados.

Sloper es uno de los perdedores. Está dentro del sistema aun, pero colgado con la punta de los dedos. Trabaja en una empresa de limpieza de grandes edificios, esa que recluta inmigrantes no calificados o a aquella escoria dispuesta a realizar los trabajos más arduos y repulsivos por un salario mínimo (o incluso menos, la explotación es la norma). El hombre es retrasado mental: “su vida es un silencio embarazoso”. Come lo que desperdician los demás. No sólo eso. Un día tropieza con un cadáver en el contenedor. ¡Es la chica del piso 24, siempre tan amable! Sloper la convierte en su amante. Sí, esta novela, de intensidad concentrada, nos ofrece no sólo un personaje inolvidable sino también escenas de necrofilia.

El norteamericano Eugene Martin (1959) ha deseado que su tercera novela muestre el revés de la trama. Lo que se esconde detrás de la brillante fachada de los rascacielos de vidrio y acero cromado. Soledad, desesperación, embrutecimiento, nostalgias. Se nos advierte sobre el final de la era sindical; quizás estemos ante un terrible cambio histórico. “El reflejo desmenuzado de la ciudad lucha por recomponerse, pero la corriente no se lo permite”, se lee en la página treinta y uno. Parece ser una metáfora.

La traducción de Martín Schifino revela que el autor no es un gran estilista, incluso algunos diálogos suenan desarticulados. Pero la novela nunca deja de conmover. Sloper, el retardado, atrapa nuestra imaginación, como el Benji de William Faulkner. Anote: Eugene Martin. La habilidad para inventar personajes que no se borren de la memoria delata al escritor de primera categoría. Pocos, muy pocos, tienen el don.

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

sábado, 10 de agosto de 2013

Nombre de perro

Élmer Mendoza

Tusquets. Novela policial, 209 páginas. Edición 2013.


Estableció Thomas Mann que la novela debe recoger muchos hilos humanos en la urdimbre de una sola idea. Fiel a la sentencia, Elmer Mendoza (Culiacán, 1949) narra en su último thriller -engañosamente corto y muy bien escrito- varias historias paralelas que convergen, como corresponde, en un final a todo trapo. La idea subyacente atañe al México que hoy se desangra ante la mirada horrorizada de los que amamos a esa nación imprescindible: “cuando hay tanta violencia como ahora no hay gente normal, siempre aflora lo peor de cada uno”. Podría decirse lo mismo de Siria o Afganistán, pero no nos engañemos: también de los barrios más calientes del conurbano bonaerense.

El detective Édgar El Zurdo Mendieta es reclutado por Samantha Valdez, jefa del Cartel del Pacífico, para investigar el misterioso asesinato de su amada novia. Mientras, un pinche mafioso de cuarta categoría va liquidando dentistas porque se la da la regalada gana. En tanto, el presidente Calderón hace la guerra al narcotráfico como atroz política, y un eficiente comando del Ejército ejecuta una venganza por amor, masticada con rencor durante décadas. ¿Falta algo? Ah sí, El Zurdo descubre que tiene un hijo de dieciocho años y policías de la ciudad de Mazatlan torturan a un vanidoso sólo para hacerse respetar. Fuerte, ¿no?

Sorprende la intensa escritura de Elmer Mendoza. Hay una saludable intención artística en el procedimiento de empotrar los diálogos en el párrafo, a lo Saramago. Hay un finísimo oído para captar el habla popular. No obstante, lo mejor de la novela es la intriga que nos mantiene aferrados de las solapas hasta el final y el retrato fiel de la aldea. Tiempos crueles -como todos, bah,- nos han tocado. Qué hacer con el narcocáncer y con la hipercorrupción. El hombre es demasiado (cita de Borges que abre este thriller tan atractivo).

Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Bueno

PD: Fíjese usted, Samantha Valdez existe en la vida real: 

http://www.bbc.co.uk/mundo/ultimas_noticias/2013/07/130725_ultnot_eeuu_mexico_condena_sandra_avila_reina_jrg.shtml

domingo, 4 de agosto de 2013

Marxismo y crítica literaria

Terry Eagleton

Paidós. 163 páginas, Edición 2013. Ensayo sobre literatura y arte.

Olvídese por un segundo de los millones de muertos y otras aberraciones que la idea ha provocado en la Historia. Vayamos a la teoría. El marxismo adolece de una falla primordial: la pretensión científica. Verbigracia, la premisa “la transformación de la forma refleja un cambio ideológico” tiene para el dogmatismo colorado el mismo valor de verdad que el teorema de Tales. Esto, a pesar de que sus conclusiones aceradas no provienen de una base tan estable como las matemáticas sino de un elemento mucho más precario, provisional y engañoso: el lenguaje. Así todo, marxistas como el riguroso Terry Eagleton (Gran Bretaña, 1943) sostienen que se puede y se debe emprender un “método científico de crítica literaria”: explicar la obra en términos de la estructura ideológica de la que forma parte, que a su vez se transforma por el tratamiento artístico que la obra hace sobre ella.

Sofisticado y atrayente, ¿verdad? Útil, también, para que las antiguallas y esos chicos que pugnan por un lugar bajo el sol se destaquen en la manada. Es como la cresta que ostentaban ciertos dinosaurios. Pero hay un problema. Cuando relumbra, el análisis marxista nunca lo hace por la idea en sí sino por el genio individual del comentarista, un concepto aborrecido por rojos y deconstructivistas. El resto es de una desesperante monotonía.

Volvamos al libro. Se ha creído oportuno exhumar un ensayo publicado en 1976 que el prólogo enmarca en la tradición de “la crítica de la crítica”. En verdad, el señor Eagleton, polígrafo de las más exclusivas universidades británicas, se esfuerza para explicar lo que no debería ser considerado como “crítica literaria marxista”. Glosador de escaso vuelo teórico, revisa, a vuelo de pájaro, hipótesis de Marx, Engels, Trotsky (el más lúcido de todos), Plejánov, Lenin, Althusser, Lukács (injustamente maltratado), Brech y Benjamin, entre otros. La travesía no carece de interés, pero nada puede decirnos sobre el hoy. Tampoco logra responder el único interrogante que importa en este asunto: qué hace que ese texto seductor sea percibido como obra de arte. Es la estética, gente.  

Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Regular


PD: Me parece absolutamente ridículo que el prologuista, Fermín Rodríguez, plantee la necesidad histórica de que “el marxismo vuelva a ser verdad”, en un libro financiado por el Grupo Planeta. Como todos sabemos, si hay algo que una multinacional no persigue es la Revolución Mundial. ¿No hubiera sido más lógico buscar una PYME o una editorial alternativa para divulgar sus ideas y reimprimir una obra que abomina del capitalismo global? La misma perplejidad me había provocado el sociólogo Cristián Castillo, del Frente de Izquierda, cuando eligió al grupo extranjero para publicar su colección de ensayos "La izquierda frente a la argentina kirchnerista". Imagínese a un movimiento en defensa de la cocina artesanal que atendiera en un local que le cede McDonald’s.

PD II: Sugiero al interesado en el tema leer los siete artículos sobre “Marxismo y literatura” que George Steiner incluyó en Lenguaje y silencio (Gedisa). Datan de la década del sesenta pero resultan más esclarecedores y placenteros que el competente y superficial Eagleton

viernes, 2 de agosto de 2013

Una cita de Derrida

“Vivimos una época extraña: de una gran inquietud y de igual esterilidad. Clamores de todos lados, ante el desmoronamiento actual, gritos y crujidos locos, pero también un silencio profundo de muerte, para quien sabe oírlo. Allí dentro, a pesar de la desesperanza, intento conservar una especie de calma que no sea -o no demasiado- de ceguera y de sordera, intento brindar un trabajo artesanal a la propia época, para no perder completamente la cabeza”.

Este párrafo luminoso, honra una carta que Jacques Derrida, el gran filósofo, envió al escritor Gabriel Bounoure. Fue escrito el 12 de enero de 1967, pero lo podría haber firmado esta mañana. Es fácil identificarse con el texto.

jueves, 1 de agosto de 2013

Filosofar como un perro

Michel Onfray

Capital Intelectual. Ensayo de filosofía, 365 páginas.


Filosofar como un perro. Ajá, ¿pero cómo es eso? Mordiendo los tobillos de los distraídos, incluso de los amigos, pero para salvarlos. Orinando en los muros de las iglesias, defecando en los palacios, montando en público a la mujer deseada, ladrando a los ídolos que la mayoría adula. El modelo es Diógenes, el griego que vivía en una ánfora. ¿Llevar una vida filosófica? “Se trata de inventar modalidades existenciales cínicas en un mundo en el que la forma ha cambiado pero que en el fondo sigue siendo siempre el mismo“. La ira, la exasperación, la irritación dirige la pluma. “Desnudar nuestras quimeras“, debe ser la faena primordial del pensador.

Ejercicios de inquietud, denomina Michel Onfray (Argentan, 1959) a los artículos periodísticos incluidos aquí. Un año de crónicas semanales en Siné Hebdo. La finalidad era inquietar. Es placentera la lectura por varias razones. Primero, el estilo (volcánico). Ya sabemos que los franceses perdonan cualquier cosa menos escribir mal. Segundo, la lucidez. Onfray, filósofo de moda que cree en la función del tribuno de la plebe, es absolutamente convincente, excepto en sus diatribas antirreligiosas. Nadie que compare a Jesucristo con Papa Noel merece ser tomado en serio.



Onfray irrumpe en el campo mediático como el potro entre la hacienda. La denuncia indignada del zigzag de los intelectuales franceses es formidable. ¡Qué falta nos hace alguien así en la Argentina! Propone el filósofo normando una izquierda libertaria aunque antiliberal, que no esté obsesionada con la toma de poder (postmarxista). Reivindica a Camus y a Proudhon. Abomina de Platón. Tacha a Sartre de cretino, a Freud de embustero y al domingo de día siniestro. Considera al trabajo como una maldición. A pesar de su declamado ateísmo, adopta el método de…. el Ungido y sus apóstoles: la palabra, la expansión del discurso, la convicción exaltada de las epístolas, la militancia evangélica, la Buena Nueva. Sólo los contradictorios resultan interesantes.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Muy bueno





PD: Los insensibles y egoístas dirigentes sindicales del Subterráneo de Buenos Aires deberían leer el artículo titulado ‘Del bueno uso del sabotaje’. Siguiendo a un tal Emile Pouget, Onfray llama ‘sabotaje negativo’ a toda aquella medida de protesta que termina siendo perjudicial para los usuarios y los consumidores y no para la patronal (dejar a los otros trabajadores a pie). Sabotaje positivo, en cambio, es el que apunta a la caja de la patronal, como no cobrar boletos.