martes, 8 de diciembre de 2015

Chesterton y la cuestión alemana

Hasta tanto un editor iluminado de la hispanósfera recopile sus obras completas (y ese día los ángeles aplaudirán de pie) habremos de leer a G.K. Chesterton de manera fragmentaria, allí donde encontremos sus gloriosas páginas. Es un escritor prolífico y estimulante, pero sólo para la mente de los inteligentes y para el alma de los católicos. En una excelente librería de viejo (Boyacá 1538, Flores norte) encontré una gema rara: ’El fin del armisticio’ (José Janés, edición 1945). Se trata de una recopilación de artículos que el escritor publicó entre 1933 y 1936, año de su muerte, sobre la cuestión alemana en general y la amenaza de Hitler en particular. Estremece la lucidez y precognición (ya volveré sobre el punto) del texto. Creo no haber leído una reprobación (exante) del nazismo tan bien fundamentada como la que Chesterton elaboró desde la filosofía de la Historia. Un volumen de gratísima lectura, pues.

Desde las páginas de los diarios, Chesterton advertía a sus compatriotas que el norte de Europa hay una manantial de veneno, una herejía, un ideal fuera del ideal europeo. Lo denomina prusianismo y el Partido Nacionalsocialista no era otra cosa que su versión más reciente. “Algo pagano y bárbaro entre las naciones; algo que diríamos inconquistado, sin convertir, y que, de todos modos, ignora el arrepentimiento”, escribió el vate. Puede que Federico II haya sido el primer jefe moderno de una tribu que habría de causar dos guerras mundiales y al que estúpidamente se le permitió en el siglo XIX hacerse cada vez más fuerte. Oigamos la potente interpretación del inglés:

“Un estado pequeño y casi salvaje llamado Prusia, situado en el nordeste te hizo protestante y, mediante el robo y el saqueo, extendió su poder contra Austria con gran disgusto de Alemania. Produjo hábiles aventureros del voraz género prusiano y, por último uno, llamado Bismarck, declaró la guerra a Austria y más tarde a Francia, y en el momento sensacional del éxito obligó o persuadió a sus aliados germanos del norte a que consintiesen en denominar káiser a su insignificante príncipe y a su pandilla de partidarios del ’Imperio alemán’. Nadie había soñado antes semejante cosa; nada por el estilo había ocurrido desde hacía una generación. Era como si a una afortunada rebelión de boers, africanos y extranjeros se la hubiese llamado el ’Imperio británico’. Esa es la verdadera y reciente historia de la palabra ’Alemania’”.

Aclaremos los términos. El prusiano no es exactamente un alemán, sino algo distinto. A fuerza de insolencia (y éxitos militares) logró hacerse con una gran nación y las consecuencias fueron tremendas. Chesterton llamó a Goering “espadachín demente” y se mofaba de la esvástica: “¿De dónde sacó Hitler la cruz gamada? ¿Acaso vivió entre los indios y acaso son éstos arios?”. Las chifladuras de la “religión racial, con su olor a podrido” del nazismo lo sacaban de quicio. El odio feroz y voraz de los teutones semipaganos no sólo apuntaba a barbarizar, y a desbautizar a Alemania, sino también a Austria, advirtió. Los años siguientes demostrarían que lo hubieran hecho en Europa entera si no hubiesen sido aplastados por vía de las armas. Se trata, al fin y al cabo, el mismo problema de siempre: “Algo más salvaje puede dominar al mundo civilizado”. Desde la China arrasada por los mongoles o la Roma saqueada por los vándalos hasta la irrupción en naciones islámicas de los talibanes y el Estado Islámico. 

Como Borges escribió alguna vez: “ante una tesis tan espléndida cualquier falacia cometida por el autor resulta baladí”. Siguiendo la idea, cualquiera puede concluir que la última expresión histórica del prusianismo tribal desapareció recién en 1989: se había atrincherado en la República Democrática Alemana, otro engendro antinatural. Exterminado el cáncer, Alemania dejó de ser un problema para Europa y para el mundo entero. El bárbaro pedante -adorador de sí mismo y de la sangre y el hierro- fue finalmente domesticado.

En este libro notable por sus ideas y por la belleza del estilo, Chesterton también aboga por Polonia y anticipa el final de Checoslovaquia y Yugoslavia sesenta años antes: 

“Creo que era perfectamente acertado restaurar el reino medieval de Bohemia, que fue destruido a consecuencia de una casual victoria de los turcos. Pero lo que nunca he logrado comprender es por qué ha tenido que cambiar su nombre por el de Checoslovaquia, cosa que es algo así como restaurar la antigua nacionalidad de Irlanda añadiéndole una estrecha y arbitraria faja de Escocia, llamándola luego Celtocaledonia. No veo por qué a los serbios no se le has de llamar serbios, bajo cuyo nombre han cantado grandes gestas y librado heroicas batallas, en lugar de denominarlos eslavos del sur (yugoeslavos), lo que es casi tan sensible como llamar a los irlandeses, asirios del Oeste”.   
G.B.

2 comentarios:

Prosanatos dijo...

Suponga que yo quisiera convertirme en editor de libros; fuera de las cuestiones puramente técnicas, ¿Qué necesitaría hacer para poder publicar las obras completas de, por ejemplo, Chesterton?

Sé que usted es lector y no editor, pero en su opinión que pensaría que se debe hacer.

Guiasterion dijo...

Estimado:

Los derechos de autor de los libros de Chesterton ya han cauducado. De las traducciones, supongo que no. Debería realizar una respetable inversión para recopilar toda su obra ensayística y novelesca, contratar a traductores competentes y finalmente publicar en español esas maravillas, de preferencia en una edición comentada. Finalmente, pero no menos importante, me envía los libros por correo certificado para que aparezca una reseña en la Biblioteca de Asterión. Manos a la obra.
G.B.