domingo, 12 de febrero de 2017

Alejandro Magno

Paul Cartledge
Ariel, 397 páginas. Ensayo de historia. Edición 2007

No ha habido nadie como él. Terribles fueron sus crímenes,
pero si quieren vilipendiar a aquel magno monarca,
piensen en lo insignificantes, anónimos y sosos con son ustedes,
lo humilde que son sus obras y lo ínfimo de sus méritos.

Robert Lowell

Hay personajes de la Historia a los que volvemos una y otra vez. Atraen la atención tanto del erudito como del hombre de la calle. Inspiran toneladas de ficción barata, algunas biografías magníficas (aquí le hablaremos de una), filmes taquilleros que no temen al ridículo, leyendas perdurables. Alejandro Magno es uno de estos semidioses. Pasaron más de dos milenios desde que conquistó la mitad de Asia y -como hace notar el profesor Paul Cartledge- los pescadores griegos sigue encomendándose a él, los iraníes siguen tildándolo de ladrón y los fieles de la Iglesia copta de Egipto siguen rindiéndole culto propio de santo. Por cierto, aparece en la literatura de unos ochenta países.

Alejandro de Macedón (nombre que designa al Estado o reino que heredó) no es una presa fácil para el historiador. Ha realizado hazañas sin parangón, pero carecemos de testimonios fiables sobre su personalidad y sus actos. Ninguna de sus palabras se ha conservado tal cual. Los materiales con que contamos tienen, sobre todo, forma textual y consisten sobre todo en relatos literarios de los hechos de Alejandro elaborados muchos después de su muerte. Se ha dicho, con propiedad, que la búsqueda del personaje histórico es, en cierto sentido, análoga a la del Jesucristo histórico. Así de difícil.

No obstante ello, tras la lectura de este ensayo fascinante entregado a la imprenta en 2004 se puede concluir que Cartledge (formado en Oxford, autor de varios libros sobre la antigüedad clásica, profesor de Historia Griega en Cambridge) ha logrado salir airoso del laberinto. Para usar sus propias palabras, ha logrado hacerle justicia a los extraordinarios logros alejandrinos, sin caer en el ditirambo y respetando los límites de los testimonios disponibles y el oficio del historiador. Juega limpio. Dicho de otro modo, es éste un libro muy recomendable para el interesado en el tema.

El libro nunca aburre; la prosa elegante del historiador es un bálsamo.
El material se organiza tanto de manera temática como cronológica, se dedica la misma amorosa atención al flujo de acontecimientos y a las cuestiones palpitantes de la época, como a los conceptos y a la psiquis del protagonista. Hay un apéndice sobre las fuentes documentales, un índice de personajes, un glosario, mapas, imágenes, planos de las cinco batallas que rehicieron el mundo antiguo (Gránico, Iso, Tiro, Gaugamela, Hidaspes). Por cierto, el héroe macedonio demostró, para siempre, que la concentración de fuerzas en el punto decisivo, la movilidad a la hora de atacar, la moral de los combatientes resulta a la postre más importante que la mera superioridad numérica.

Iskánder (en persa) murió en el 323 antes de Cristo poco antes de cumplir los treinta y tres años, y tras poco más de doce y medio de reinado. En ese corto lapso, destruyó el Imperio Aqueménida, algo así como el Estados Unidos de nuestra era. Quiso ser un Aquiles, un Heracles. Fue un pragmatista con inclinación a la crueldad y también un entusiasta tendiente al romanticismo. Quiso ser adorado como un Dios, crear una nueva elite macedonia-persa, que le sea absolutamente fiel para gobernar un imperio ecuménico que se extendería desde el Danubio hasta el Indo. En el proceso se convirtió en un asesino de inocentes, en uno de los peores.

Cartledge llega, de todos modos, a una conclusión sobre el legado alejandrino que obliga a cavilar al lector creyente: la mitad oriental del poderoso Imperio Romano se asentó sobre el Oriente Próximo helenizado que Alejandro arrebató a los persas. En esa tierra caliente nació, prosperó y se difundió el cristianismo, antes de hacerse universal. Puede que el desaforado y por demás supersticioso conquistador haya cumplido un papel esencial en el Plan de Dios.
Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno