lunes, 24 de septiembre de 2018

Rubem Fonseca. Cuentos Completos I

"Me gustaría poder decir que la literatura es inútil, pero no lo es en un mundo en el que pululan cada vez más los técnicos."
 Rubem Fonseca

POR GUILLERMO BELCORE

El encanto de la totalidad, de lo acabado, del círculo. Hoy en día, uno de los productos más sustanciosos de la industria editorial es el volumen que reúne todos los cuentos de un artista trascendente. Alfaguara recopiló a Onetti, Nabokov, Fogwill y Faulkner. Sudamericana a Borges, Zeta a Asimov y Edhasa a Thomas Mann. Ahora Tusquets nos acerca el maravilloso universo breve de Rubem Fonseca (Juiz de Forá, 1925), una de las glorias del Brasil contemporáneo.

Se revisará aquí al primer tomo (Cuentos Completos I, 577 páginas, edición 2018). Incluye cinco libros: Los prisioneros (1963), El collar del perro (1965), Lucía McCartney (1967), Feliz Año Nuevo (1975, prohibido por la dictadura militar) y El cobrador (1979). En total, atesora 62 relatos y dos poemas de un escritor esencial y con registro amplio que publicó por primera vez a los treinta y ocho años de edad y fue reconocido por la academia después de la edad de jubilarse. Qué maravilla.

Primera conclusión: Fonseca ha corrido los cien metros llanos con tanto brío y eficacia como la maratón. La tesis de este artículo es que debe honrarse al artista mineiro -pero carioca por adopción- como uno de los grandes cuentistas latinoamericanos. Su prosa tiene el sabor de lo vivido. Antes de dedicarse de lleno a la literatura, se graduó en abogacía, ejerció como penalista, se dedicó a la enseñanza en la Fundación Getúlio Vargas, ingresó a la Policía (llegó a comisario y fue jefe de Relaciones Públicas) y estudió administración de empresas y comunicación en Nueva York y Boston. Tiene aquello que le falta a los cachorros de Puan y a los plumíferos de tres al cuarto que vomitan los talleres literarios: calle. Tiene Fonseca, también, un fino oído para el habla popular, sin concesiones a lo pintoresco.

Sin dudas, Fonseca encarna a Brasil, ese coloso de cultura tropical que intriga, atrae-repele y enamora-asusta a los argentinos. En la temática, surge imperiosa la brasilidad; dos de cada tres cuentos rondan el erotismo, esa pasión fulminante, que si ha nacido carnal de tan intensa termina convirtiéndose en una llama espiritual que calcina todo a su paso. Hombres maduros obsesionados con prostitutas (y viceversa) son moneda corriente en el volumen. La pasión rompe en pedazos la diferencia de edad y de clases, lo que cual no siempre es bueno, pues el hombre suele actuar como depredador. No obstante, en El grande y el pequeño, Zé el Mayor, alma simple enamorada, se rebela contra su familia de inmigrantes portugueses (como la de Fonseca) para escaparse con su mulata. 

ECONOMIA VERBAL


Si prescindimos de ciertas bellezas formales, como un par de soliloquios (el de un pederasta y el de un luchador del vale todo), la incorporación de cuadros sinópticos, epístolas o estructuras teatrales, la prosa de Fonseca opera siempre por economía verbal, accesible incluso para o mais babaca dos leitores. Es todo lo contrario de Guimaraes Rosa, (Zeus en el Olimpo de la novelística latinoamericana). Es Graciliano Ramos, más bien. Ese estilo desnudo y objetivo también remite a Hemingway. Debe destacarse, que el literato se ganó la vida, además, como guionista (y crítico) cinematográfico, de ahí -se ha dicho- su propensión a ahorrar palabras, de ceñirse al diálogo y a la acción. Verbigracia: El encuentro y el enfrentamiento, urdido sólo con las conversaciones entre un par de pueriles garotas de programa y sus clientes burgueses y cultos durante un apurado round sexual en un bulín. O El cuarto sello (fragmento), recorte de una sociedad futurista y distópica, en la que una guerrilla tremendamente eficaz mantiene en jaque a las brutales autoridades. "Todo lo que sé lo he aprendido en los libros", dice un Exterminador.

Por otra parte, Zé Rubem es un maestro del realismo sucio. No ahorra miserias tercermundistas. Yo escribo sobre las personas apiñadas en las ciudades, se explica en la página cuatrocientos cincuenta y ocho. Te diviertes en una fiesta con familia y amigos y de pronto irrumpen en la casa acomodada una pandilla de marginales rencorosos y brutales, sedientos de dinero, comida y sexo. Feliz Año Nuevo es otro cuento impresionante, memorable. Cómo Día de los enamorados, peripecias de redactores (machos) empeñados en hacer un periodicucho para mujeres clase C. O el perturbador Pierrot de la caverna, confesión de un literato cínico (en un solo párrafo que se extiende por trece páginas) que cometió la infamia de haber dejado embarazada a su vecina de doce años.

Tercera deducción: el cuento alargado y con vetas policiales (el género que lo ha hecho famoso) es el mejor producto fonsequeano. En El collar del perro aparece el comisario Vilela (¿alter ego del autor?) tratando de leer poesía y mantener la integridad en un ambiente podrido. "Con más de trescientos mil personas de las favelas sueltas en los montes no podemos jugar a la policía inglesa", le advierten sus subordinados. También le avisan: "El día en que los maleantes no le teman a la policía todo estará perdido". Ese día, al parecer, ya ha llegado al Cono Sur.

En El caso F.A debuta Paulo Mendes alias Mandrake, abogado criminalista jugando al detective privado. Este personaje -promiscuo, inescrupuloso y violento- protagoniza la novela más aplaudida de Fonseca (A grande arte, 1983). Son treinta páginas que se devoran con fruición. En realidad, el lector no deja de interesarse nunca en las aventuras sórdidas que narra Fonseca, afortunadamente suavizadas aquí y allá con pinceladas de humor negro como en El enemigo que narra la decepcionante búsqueda de un afiebrado de sus amigos del colegio. El narrador comprende, por las malas, que la juventud es una ilusión. Comicidad, enriquecida con una sutil hondura psicológica y social, es otra seña de identidad del cuentista brasileño.

Tampoco se le da mal la parodia. En El cobrador compone con trazos caricaturescos a un asesino en serie por resentimiento, esa pulsión que explica tantas conductas humanas, pero por alguna razón -Nietzsche dixit- nunca ha sido convenientemente estudiada. Fonseca se ríe de la pintura moderna en Naturaleza podrida, mientras que en ***Asterisco se mofa del teatro experimental: imagina a un inquieto director que pone en escena la guía telefónica. 

ELOGIOS DE PYNCHON


Es justo decir que la dosis de crítica social que incluye el realismo sórdido fonsequeano es siempre la apropiada. Si los ricos de Fitzgerald son imperturbables, desinteresados, corteses y distantes, los que aparecen en estos cuentos (al fin y al cabo provienen de una sociedad de castas) son egoístas, acaparadores y codiciosos. Bien ahí. Otro procedimiento refinado es la aparición de los mismos personajes en más de un libro (el fisiculturista, Mandrake, el escritor amoral), lo que nos permite seguir el hilo vital de estos pilantras como si de una novela se tratase, otra lindeza que trae la recopilación de cuentos.

Un par de curiosidades: el pudoroso Fonseca odia firmar libros y se ha resistido -a lo Aira- a concertar entrevistas con la prensa de su país. Con buen criterio, considera que "se debe leer prescindiendo totalmente del escritor". No obstante, en Intestino grueso nos ofrece una suerte de manifiesto literario, cuya piedra basal es el repudio a la censura (era otra época). 

Un dato no menor: Thomas Pynchon, acaso el mejor escritor vivo, adora a Don Rubem. Esto escribió el ermitaño estadounidense: 

"Lo mejor de la obra de Fonseca es no saber adónde nos va a llevar. Siempre que comienzo un libro suyo es como si sonara el teléfono a medianoche: "Hola, soy yo. No vas a creer lo que está sucediendo". Su escritura hace milagros, es misteriosa. Cada libro suyo es un viaje que vale la pena: es un viaje de algún modo necesario."

Calificación: Excelente

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