Kurt Vonnegut
La bestia equilátera, Novela, 220 páginas.
Kurt Vonnegut no tenía en alta estima a esta novela. En el ránking de sus obras publicado en 1981, le otorgó un vergonzante 'D' (Matadero cinco recibió un ‘A +’). Disentimos con el maestro. Payasadas incluye las partículas de excelencia razonada que han convertido a Vonnegut en unas voces más originales y sensatas de la literatura estadounidense. Contiene, por ejemplo, una de esas propuestas utópicas con que pretendía regenerar a Estados Unidos. Si básicamente todas las sociedades son tribales y la soledad es una carga para tantas personas, por qué no crear familias artificiales ampliadas. El Estado debería atribuir a cada ciudadano un nombre adicional y un número. Por ejemplo, mi documento nacional de identidad podría decir Guillermo Azul LXIII Belcore. Todos los argentinos que tuvieran el nombre intermedio Azul pasarían a ser mis parientes, con la responsabilidad que ello implica. ¡Je, je!
La novela pues comercia con la ciencia ficción, la sátira social, la poesía grotesca y la filosofía. Fue publicada por primera vez en 1976 y trae, como bonus track, una apretada autobiografía de Vonnegut, el descendiente de inmigrantes alemanes librepensadores. La ficción narra el Apocalípsis de Estados Unidos. Leemos las memorias del último presidente, un neandertaloide con seis dedos en cada mano y un par de tetillas adicionales en el torso, médico pediatra de profesión. La civilización occidental yace en ruinas, ha dilapidado los recursos naturales; millones de personas fueron exterminadas por la gripe albana y la Muerte Verde. Los chinos prosperan: convirtieron a las personas en miniaturas para ahorrar alimentos y descubrieron la forma de viajar por el Sistema Solar sin necesidad de naves espaciales (como los iconianos, ver TNG, II temporada, Contagion). La gravedad -tal como ocurrió en la época de los antiguos egipcios- se comporta de manera irregular; cuando está en leve se pueden levantar piedras como si tratara de juguetes.
Como se ve hay una prodigiosa imaginación en el timón de este libro. La prosa es correcta, avara, opera por restricción. Tiene un sabor único pero lo mejor de todo es la profundidad del escrutinio de la condición humana. Kurt Vonnegut (1992-2007) era un especie de sabio.Guillermo BelcorePublicado el domingo en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.
Calificación: Muy bueno

Desde que César Aira rebajó su obra en el monumental Diccionario de Autores Latinoamericanos so pretexto de que el Gabo ejercía “latinoamericanismo programático”, se puso de moda en Buenos Aires desdeñar la copiosa producción de Gabriel García Márquez. En ciertos círculos esnobs se lo considera no sólo un folclorista sino también algo así como un narrador para adolescentes. Tremenda injusticia. El colombiano fue un grande verdad y no sólo porque escribió la novela más importante del boom latinoamericano.
En efecto, Cien años de soledad fue traducida a 50 idiomas y vendió más de 50 millones de ejemplares. Naturalmente, el éxito sin parangones y el amor de las multitudes puede explicar también el resentimiento de una parte de la intelectualidad porteña. Se sabe que los elitistas nunca perdonan la popularidad, por eso ni Stephen King ni Haruki Murakami (otros dos grandes novelistas) han sido aceptados plenamente.
Para quien esto escribe y para millones de personas, Cien años de soledad es una de las obras imprescindibles de América latina. Tiene el sabor delicioso de la narrativa oral, de las historias desaforadas que se escuchan al calor de una lumbre o en esos antros de mala comida y buena bebida. Se ha establecido que Macondo proviene de Aracataca, esa aldea perdida en el Caribe colombiano, donde GGM nació «el domingo 6 de marzo de 1927 a las nueve de la mañana», como él mismo detallara en sus memorias incompletas. Fue criado por sus abuelos maternos, un veterano de las guerras civiles, y una mujer supersticiosa, que dejarían una huella enorme en su literatura.
“García Márquez mandó de paseo a cuatro siglos de pudor narrativo“, celebraba Mario Vargas Llosa a comienzos de los setenta. Las comparaciones con Cervantes, en su calidad de enormes transgresores, es inevitable. Oigamos al entusiasmo del peruano, fervor que no ha pasado de moda, la novela envejeció bien:
“La imaginación aquí ha roto todas sus amarras y galopa desbocada, febril, vertiginosa, autorizándose todos los excesos, llevándose de encuentro todas las convenciones del realismo naturalista, de la novela psicológica o romántica, hasta delinear en el espacio y en el tiempo, con el fuego de la palabra, la vida de Macondo, desde su nacimiento hasta su muerte, sin omitir ninguno de sus órdenes o niveles de la realidad en que se inscribe: el individual, el legendario y el histórico, el social y el psicológico, el cotidiano y el mítico”.
Por esta cumbre del realismo mágico que fue Cien años de soledad, GGM será recordado hasta el fin de los tiempos. Y se llevó a la tumba el misterio de su pelea con Vargas Llosa. Fue en 1976, cuando el peruano le dio una trompada que resonó en toda América latina al grito de «¡Cómo te atreves a abrazarme después de lo que le hiciste a Patricia en Barcelona!». Un lío de polleras que involucraba a la esposa del autor de Conversaciones en la catedral. Nunca se reconciliaron completamente, pero con toda justicia, ambos fueron galardonados tiempo después con el Nobel de Literatura: García Márquez, en 1982; Vargas Llosa, en 2010.
Las otras
Crónica de una muerte anunciada (1981) es la segunda novela imperdible del Gabo (por cierto, el apodo se le puso Eduardo Zalamea Borda, subdirector del diario El Espectador, donde a los 20 años publica su primer cuento, ‘La tercera resignación‘). Hasta Aira le reconoce “una muy lograda mecánica”. Es que sólo un maestro relojero puede ir acomodando las piezas con tanta destreza narrativa hasta demostrar una hipótesis constante de la producción garcíamarqueana: el destino es irrevocable. La muerte de Santiago Nasar, por una desfloración que acaso no había perpetrado, estaba escrita en las estrellas.
Otra excusa para despreciar al Gabo es su amistad sin fisuras con Fidel Castro. Tras el triunfo de la revolución cubana en 1959, GGM se trasladó a La Habana, donde nace una militancia de izquierda y una cercanía con el tirano que perduraron hasta su último aliento. Por muchos años se le prohibió el ingreso a Estados Unidos, finalmente se hizo amigo de los Clinton, gracias a la mediación de Carlos Fuentes. Nadie le ha escrito un ditirambo mejor a Fidel que el autor de ‘Cien años de soledad’ (http://www.cubadebate.cu/opinion/2009/08/13/gabriel-garcia-marquez-el-fidel-castro-que-yo-conozco/#.U1FU4lV5Noo). En su defensa podríamos decir que a Platon también le gustaban los autócratas y ningún tiquismiquis hoy recomendaría dejar de leerlo. ’La cri-ética’, decía Borges, es la ciencia de los canallas. Las obras literarias valen por sí mismas. GGM escribió también una novela de dictadores, su favorita: El otoño del patriarca (1975). El amor en tiempos de cólera (1985), ya sin magia, también merece ser leída pero sólo por aquellas personas que gusten de las parodias sentimentales.
GGM murió creyendo que el periodismo es un género literario por derecho propio. Vale recordar que sus primeras armas las hizo en la redacción de un diario. Allí aprendió el oficio de una contar una buena historia. La imaginación, claro está, rellena los huecos. Nunca lo abandonó esa pasión, incluso la convirtió dos libros: Noticias de un naufrago (1955) y Relato de un secuestro (1996) dan cuenta de su genio para la narrativa veloz.
Hace dos años, Mondadori publicó en la Argentina Todos los cuentos de GGM. El autor de esta nota decía en 2012: “Hay que admitirlo, la composición es muy despareja. Uno puede comenzar la lectura en la página ciento veinticinco (digamos en ‘Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo‘) y no se habrá perdido nada del otro mundo. Parece que El Gabo anduvo ocho años con tanteos de sonámbulo hasta encontrar esa voz tibia y fabulosa que inventó al coronel Aureliano Buendía. Ha esculpido desde entonces al menos diez de los relatos más encantadores que provienen del trópico. Cómo ‘El ahogado más hermoso del mundo‘, poema en prosa que rehace el arte de la parábola“.
Si Roland Barthes tiene razón y una obra literaria remite forzosamente a otra obra literaria y esto es a la sazón lo único importante, debe señalarse que, al igual que Juan Carlos Onetti, GGM eligió escribir bajo la sombra de William Faulkner, no tanto por el estilo, sino en lo que a la metafísica y al proyecto de obra global se refiere. Por si hace falta, aclaremos -como señalaba el crítico Rodríguez Monegal- que el discípulo es también un creador no un mero repetidor. Macondo es, naturalmente, el condado de Yoknapatwapha. Y puede que todo el realismo mágico, hoy tan denostado, se halle contenido y prefigurado en el relato ’Al Jackson’ de Faulkner. Nada más parecido al desmesurado profundo Sur de Estados Unidos que la desmesurada América latina.
Postula este artículo que García Márquez va a quedar, de la misma manera que quedaron Salgari y Julio Verne. El colombiano fue una amalgama originalísima de barroco y surrealismo americano de espaldas a la fría razón narrativa. Con un aire de perplejidad, convirtió en literatura las fuerzas elementales de la naturaleza: el calor y las lluvias desmedidas, la guerra, la pasión que proviene del sexo o del odio. Tuvo un oído finísimo para el ingenio popular y las supersticiones ancestrales. Añadió Macondo a la cartografía universal: hoy lo sentimos más real que cualquiera de las ciudades grises que señalan los mapas. El Caribe colombiano llora al Gabo porque inmortalizó sus tonos, regustos y aromas, sus injusticias, mulatotas y blacabunderías.
Guillermo Belcore
Publicado hoy en el diario La Prensa
V Ley de la Literatura: La capacidad de delirar es una potencia estética.
Harold Bloom, ese genio incomprendido, estableció que la calidad de la novela deriva de la combinación de cinco fuerzas: originalidad, sabiduría, exuberancia en la dicción, poder cognitivo y dominio de la metáfora. George Steiner, en una simplificación brillante, redujo las potencias a sólo dos: poética y filosofía; si tienes ambos talentos, o al menos uno, todas las otras virtudes -incluso la originalidad- vendrán por añadidura. La buena crítica literaria, pues, aquélla que persigue la dimensión estética irreductible ,y no quiere ser confundida con sociología o denuncia ideológica, se apoyará en estas premisas para desentrañar la forma en que un texto suscita un impacto. Este es mi credo, amigos.
Credo que me gustaría ampliar. Leyendo a Alberto Laiseca -el escritor argentino número uno según la autorizada opinión de Omar Genovese- conclui que hay otra energía creadora que delata al artista de fuste: la capacidad de delirar. Tienen ese genio Philip Dick y Stanislaw Lem, César Aira y Sergio Bizzio, por citar cuatro casos conocidos y desmenuzados en este blog. Laiseca, el campeón del realismo delirante, lo despliega con maestría en El jardín de las máquinas parlantes (próximamente la reseña), donde recrea un copioso mundo regido por la magia, en su variante esotérica.
Capacidad de delirar implica, naturalmente, una imaginación prodigiosa. El escritor, como si de un dios gnóstico se tratase, recrea una universo estrafalario, con sus propias leyes (la clave es que sea coherente en el disparate), que atrapa nuestra imaginación. Lo hizo Aira en La Liebre, por ejemplo, con su alocada civilización de indios pampas. Concebir un mundo incluso más absurdo que el nuestro no es moco de pavo. No se trata sólo de exagerar. Los delirantes, magníficos creadores de civilizaciones alternativas, moran en los círculos superiores del Parnaso literario.Guillermo Belcore
V.S. Pritchett
La bestia equilátera. Cuentos, 283 páginas. Edición: febrero de 2014.
La literatura del Reino Unido del siglo pasado es una verdadera cornucopia. Meten mano las editoriales argentinas y entresacan siempre alguna pieza rara, fragante y seductora. Como en este caso. El sello La bestia equilátera rescató una recopilación de cuentos de sir Víctor Sawdon Pritchett (1900-1997), sofisticado hombre de letras cuyas narraciones breves desbordan de esa virtud tan indescriptible como esencial que Chesterton denominaba glamour y Stevenson, encanto.
El irónico estilo y los vívidos retratos de la clase media, son los rasgos más destacados de V.S. Pritchett, según la Encyclopaedia Británnica. La erótica de este volumen incluye también una divertida aproximación a la ’guerra de los sexos’, la sátira social (en especial del inglés flemático que no puede expresar sentimientos o entregarse a la pasión), la acumulación de caracteres estrafalarios, el sentido teatral, el humor fino, y una prosa clara y elegante (los retorcidos son los personajes). No faltan las metáforas agradables, como el notar que otros dos ojos grandes y marrones nos miran desde el torso de una mujer desnuda para nuestra satisfacción y extravío.
Se encontrará el lector con historias divertidas como la que involucra al prestigioso editor Julian Drood. Una fan llegada desde Guatemala, cuadrada como una caja, lo persigue por media Europa. Aparece en cada una de sus conferencias y hasta tiene el tupé de hacerse pasar por su amiguita o por su esposa. El legendario periodista la rechaza, le habla paternalmente, consigue alejarla. Entonces descubre dos cosas terribles: en realidad deseaba a la chica fea y nunca en su vida había gozado de una aventura sexual. ¿Histerismo masculino? No es el único bobo pedante del libro, hombres que ignoran cómo lidiar con el sexo opuesto, si es que alguien lo sabe.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.
Calificación: Muy bueno
Richard Ford
Anagrama, 515 páginas. Novela. Edición 2014Provocan las obras de Richard Ford una agradable sensación, la sensación de que se está en presencia de un auténtico novelista. A diferencia de esos plumíferos haraganes que nos roban el valioso tiempo, el escritor de Mississippi sólo trabaja con cuestiones trascendentes. En esta ocasión, aborda un misterio: por qué adultos medianamente inteligentes son capaces de convertir su existencia (y la de sus hijos, incluso) en un desastre. Por alguna razón, hay mucha gente que ansía hacer algo impresionante, sin medir las consecuencias. Ford también esboza una teoría sobre el destino y el carácter que refuta el espíritu de nuestra época cándida, en la que los conductistas van ganando la batalla cultural. Aunque nos duela pensarlo, existen los criminales natos.
Se narra en primera persona. Es la evocación melancólica de alguien que ha sufrido. Esa voz conmovedora ha sido comparada con la de Huckleberry Finn, nada menos. Dell Parsons tenía quince años cuando sus padres decidieron robar un banco. Pocos días después, la patética pareja de atracadores fue arrestada (la escena es tremenda) y al niño y a su hermana gemela se les cae el mundo encima. Dell se ve forzado a cruzar la frontera para no caer en las garras del Estado de Montana. En Canadá lo acoge un hombre siniestro. Debe presenciar asesinatos.
La lectura resulta francamente adictiva. Vuelan las páginas y uno pierde la noción del tiempo. Pertenece Ford a la formidable raza de escritores que sabe cómo cautivar al auditorio con una historia atractiva, dosificando la fuerza dramática, la información y el suspenso. Dejémonos de tonterías, ¿a quién no le gusta oír una buena historia? La prosa, con sus tersos y armoniosos párrafos, tiene un cadencia fascinante, una especie de música interna, diríamos. He aquí la única virtud primordial de la literatura, se ha sentenciado. Ford es un excelente hacedor de retratos y un artista de la palabra exacta. La traducción no obstruye, en ningún momento, la erótica de una obra magistral que corrobora que la novela oceánica, según el patrón decimonónico europeo, sigue viva y causando un intenso placer.Guillermo BelcorePublicada hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa
Calificación: Excelente
El moscardón imaginario XLIII
Hasta dónde yo sé, que Alberto Laiseca es uno de los más escritores más importantes de la Argentina lo ha proclamado
sólo Omar Genovese, lo cual demuestra tanto la perspicacia del autor de Norep como la ignorancia que define no sólo a la Academía sino también a la intelectualidad argentina en su conjunto. Cunde la pereza. Hablemos en serio, ¿cuántos críticos domingueros o revisteriles, cuántos blogueros de pacotilla, están dispuestos al esfuerzo de leer las setecientas ochenta y ocho páginas de El jardín de las máquinas parlantes, extraordinaria novela del bigotón rosarino? Es ésta una evaluación parcial, pues a la fecha he leído sólo cien páginas de una libro reimpreso el año pasado por el sello Gárgola Ediciones que, de alguna u otra manera, incluye a Lezama Lima, Arlt y Pynchon en su catedralicia factura, enorme erudición y barroquismo tardío. ¿Se trata acaso de la obra cumbre del realismo delirante, versión criolla? Arriesgaré una conjetura más adelante, cuando concluya la novela.
En los primeros seis capítulos, he encontrado -entre otras maravillas- una teoría literaria que no puedo sino aprovechar para mis fines de crítica estética. Laiseca advierte que el “arte modernoso” (fast book argentino, prefiero el concepto de Becerra) está sufriendo un proceso de implosión. Copio de la página 73 y añado comentarios entre paréntesis:
“Cada fragmento de arte modernoso, es una partícula de esa estrella neutrónica, devoradora de luz, que terminará por tragarse al planeta“… (¿el planeta literario?, pregunto yo)… Implosión sí, con reducción de masa (novelitas intrascendentes de menos de 200 pág.) y una fabulosa liberación de energía (en las redes sociales). La palabra ’liberación’, por supuesto, debe entenderse en el sentido entrópico de la palabra; vale decir: es energía que se pierde irreversiblemente, que jamás será recuperada por ningún sistema, ya, aunque las cosas cambiaran. Tal arte neutrónico posee una terrible y perversa gravedad, que curva el espacio-tiempo en sus proximidades y, también, por supuesto, desvía de sus trayectorias a todo rayo de luz que cometiese el error de aproximársele demasiado. Ahora bien, ¿cómo no aproximarse si vivimos en el mismo Universo? ¿Cómo evitarlo? A estas cosas no las digo jamás. Una polémica en el arte genera tanto odio -parece mentira pero igual se puede entender por qué- como una polémica política“.
Literatura de implosión, arte neutrónico, son hermosas metáforas para describir la esterilidad de buena parte de la producción novelística argentina, condenada por una suerte de pacto tácito (o explícito) entre escribidores haraganes y convencionales, editores mezquinos, y críticos medrosos que aplauden cualquier porquería, sin pensar en la trascendencia del arte. Sociedad de socorros mutuos, la llamaba Fogwill. Yo soy de la vieja escuela. Las novelas que ovaciono son las ambiciosas, las de Aira, Correa Luna, Saer, Catania, o Laiseca.
Guillermo Belcore
Irene Nemirovsky
Salamandra, Novela 158 páginas. Edición 2014.
A los 23 años, Irene Nemirovsky (1903-1942) publicó esta novela en la revista Les Oeuvres Libres. Es decir, no es el fruto de un talento maduro, sino las primeras armas de una narradora muy talentosa que su país de adopción ha redescubierto por casualidad seis décadas más tarde, después de haberla entregado en vida al matadero nazi. Esa mácula infame jamás será borrada del rostro de una Francia que ahora elogia hasta la ñoñería a Nemirovsky, e incluso le entrega premios a título póstumo. Eso se llama “cargo de conciencia“.
El malentendido alude al cúmulo de desencuentros, mezquindades y confusiones que suelen estragar las relaciones de pareja no demasiado firmes. En este caso, un amorío clandestino. Yves Harteloup nació en cuna de oro, pero la Gran Guerra devoró su fortuna. Se gana la vida en una oficina que detesta. Nunca llega a fin de mes, pues dilapida su salario en fruslerías de aristócrata. Conoce durante unas vacaciones en Hendaya, a Denise, esposa joven y aburrida de otro ex veterano de guerra, ahora riquísimo industrial. No tardan Yves y Denise en enamorarse. Tampoco en convertir el vínculo en una pesada carga para uno y otro, por una sarta de equívocos.
Resulta imposible ubicar esta novela en el anaquel de la Alta Literatura, aunque no deja de ser gozosa la lectura si es que uno es de esas personas que puede soportar a pie firme el romanticismo fácil, una tempestad en un tubo de ensayo. Hay algo de Chejov o de Thomas Mann en esta precoz Nemirovsky. Hay un mundo burgués, con su clase ociosa, que se está yendo a pique en el tumultuoso comienzo del siglo XX. Hay un intento de forjar una poética del adulterio, y de explorar la psiquis de una persona neurótica, e incluso de esclarecer la complejidad de los sentimientos. El libro tiene encanto, el encanto de las fotografías color sepia, de la ropa blanca con olor a lavanda, de esa venerable institución francesa conocida como amante.
Guillermo Belcore
Calificación: Buena
PD: He terminado aficionándome a los libros de Nemirovsky. No exigen gran concentración y la prosa no carece de belleza. Es como tomarse un helado. En este blog se comentan cuatro obras de Irene:
- http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2012/07/el-vino-de-la-soledad.html
- http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2011/09/los-perros-y-los-lobos.html
- http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2009/08/un-nino-prodigio.html
- http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2010/06/el-caso-kurilov.html
Sarah Cohen-Scali
Seix Barral. Novela, 421 páginas
¿Puede un adulto justipreciar una obra dirigida a los jóvenes? Quizás no. La ingesta de este libro provoca cierto malestar; desagrado ante un fenómeno típico de nuestra época: el rebajamiento. ¿En qué consiste? En el esfuerzo por rebajar los temas arduos y complejos para que lleguen a ser comprendidos hasta por el más zoquete militante de la masa. La tendencia proviene del marketing y fue gozosamente asimilada por los grandes medios de comunicación. Ha terminado por contaminar a la literatura. En el fondo es un asunto de filisteísmo.
La francesa Sarah Cohen-Scali, autora de una veintena de libros infantiles, propone una novela de aventuras sobre el nacionalsocialismo. Oímos la voz de un niño, Konrad von Kebsernol, apodado Max, “el espécimen más perfecto que existe, creado según los deseos del Reichfuhrer Heinrich Himmler“. Sus peripecias se basan en hechos reales: aluden al programa Lebensborn, diseñado por los nazis para poblar con súbditos ciento por ciento de raza aria los territorios alemanes y aquellos otros conquistados en Europa oriental. Casi 20 mil bebes fueron concebidos para ese infame objetivo. La novela también relata, y con lujo de detalles, el rapto de chicos polacos para ser “germanizados” (fueron miles), entre otros episodios de la Segunda Guerra Mundial.
Puede que lo más valioso del libro sea lo que se mencionaba en el párrafo anterior: la minuciosa y fidedigna información que trasmite. Hay un juego repetido: la tensión entre la obsesión nazi (¿prusiana?) de medir, controlar y encausarlo todo, y el desorden de la vida humana. La prosa es plana y sin belleza como una meseta desértica. Todo se ha sacrificado a la legibilidad. Vale aclarar que la señora Cohen-Scali de ninguna manera ha intentado minimizar los aberrantes crímenes perpetrados por el Tercer Reich, pero su público -como se dijo- es el conjunto que engloba a los más inexpertos lectores. Sólo a ellos se le puede recomendar esta novela.Guillermo Belcore
Calificación: Regular
G.K. Chesterton
Prometeo Libros. Ensayo sobre literatura y arte. Edición 2012.

Hace poco más de un siglo, la Home University Library encargó este libro bellísimo a uno de los intelectuales más sofisticados y excéntricos de su época. Hace un par de años, el sello argentino Prometeo (una de mis librerías de referencia) lo rescató del olvido. Lo bien que hicieron.
Decía G. K. Chesterton que “lo más cerca que un hombre honesto puede estar de eso llamado ‘imparcialidad’ es confesar que es parcial“. Por eso, debo aclarar que quien esto escribe no es neutral. Para mí, Chesterton lo hizo todo bien. Es una pena que se recuerde al sabio en tanto personaje y se lo lea poco. Fue un polemista formidable, un crítico de arte sagaz, un hacedor de parábolas (Pinche aquí), un teólogo al voleo, un decidor de verdades pero fue -por encima de cualquier otra denominación- un extraordinario poeta. Aquí queda absolutamente demostrado. Su capacidad para forjar una metáfora sorprendente, su espléndida dicción y la destreza con que hace girar un párrafo para que el remate sea una paradoja que por un par de segundos nos deja con la boca abierta no tiene parangones. Así como la sorna es la seña de identidad que caracteriza a la mayoría de los comentaristas dominicales de la Argentina (¿no se dan cuenta que escriben todos igual?), la paradoja es el ornamento por excelencia de la prosa chestertoniana y de la de tantos otros nombres eminentes de su época. La cultivaron con el mismo fervor con los ingleses se entretienen en su jardín.
Censura Chesterton a esa “escuela de críticos que sostiene que cada artista debe ser tratado como un artesano solitario, indiferente a la comunidad y despreocupado de los asuntos morales”. Antes bien, a nuestro hombre le preocupan la ética, las mentalidades (doctrinas más sentimientos morales) y las concepciones religiosas de los escritores del período victoriano, que iría desde Maucalay hasta Kipling, a quien vislumbra como una lamentable clausura “imperialista” (ya volveré sobre el punto). No significa esto que el creador del Padre Brown desdeñe las apreciaciones estéticas. Lo que ocurre es que donde más se siente a gusto es en el análisis del tono moral de una era. Obviamente, despelleja a sus adversarios intelectuales. Oscar Wilde y los estetas son “una masa de desatino cuajado”, por ejemplo. Y utiliza el nombre de los grandes escritores como si fuese trompetas: Dickens, Carlyle, Ruskin, Arnold, Thackeray, George Elliot, las hermanas Bronte, Jane Austen, Tennyson, Swinburne, Henry James, Bernard Shaw, H.G. Wells, entre otros. El recorrido es magnífico. ¿Hace falta recordarlo? La crítica así plasmada es literatura en su sentido más elevado.
Hay otro agrado. El libro está repleto de ideas sugerentes. Chesterton no pierde oportunidad de provocar una polémica. Su distinción entre progreso y perfeccionamiento del hombre no ha perdido un gramo de vigencia (Pinche aquí). Sostiene que, a diferencia de Francia, el espíritu de rebelión en Inglaterra adoptó una forma completamente literaria. Define a la novela “como el arte de la comprensión de las diferencias humanas”. Establece que la historia de Europa occidental sólo contó con dos grandes entusiasmos positivos: el cristianismo y la Revolución Francesa. Y vaticina (¡en 1912!) que la civilización se encamina hacia una catástrofe y acaso las obras de Wilde (excepto ’La balada de la cárcel de Reading‘) y de Kipling sean sus heraldos. Cifra en 1870 (el año de la victoria alemana en Sedán y de la muerte de Dickens) el comienzo del debilitamiento de las ideas liberales. Percibe un cambio de rumbo terrible y abrupto de la mente racionalista en la dirección del poder arbitrario. Aún estamos en ese trance, querido Gilbert Keith.Guillermo Belcore
Calificación: Excelente
Max Hastings
Crítica. Ensayo de historia, 691 páginas. Edición 2014
No es cierto que la Primera Guerra Mundial se precipitó por efecto del fervor nacionalista de las masas. Antes bien, fue por las decisiones de grupos muy reducidos en el seno de siete gobiernos, entre ellos el Estado Mayor del Ejército alemán. Es un mito que todas las potencias sean igualmente responsables. Los principales agentes del Apocalipsis fueron Viena y Berlín. Tampoco es verdad que Europa haya recibido la catástrofe con los brazos abiertos. La gente reflexiva estaba horrorizada.
Conclusiones como las del primer párrafo ofrece Max Hastings en una obra monumental, de amena y adictiva lectura, rebosante de datos, anécdotas y testimonios provenientes de todas las clases sociales. El ensayo revisa un año de historia europea. Hace cien años se desarrollaba la fase inicial del conflicto crucial del siglo XX. Crucial porque sin la I Guerra Mundial seguramente no hubieran llegado nunca al poder los bolcheviques y Adolf Hitler, entre otras calamidades que ha sufrido la humanidad.
Sir Hastings juega limpio. Su punto de vista es el del escepticismo crítico, uno de los más sanos para un erudito. No oculta la incompetencia, irresponsabilidad, engreimiento, corrupción provocada por el poder de todos los protagonistas del drama, incluso de sus compatriotas. La vileza del jefe de la Fuerza Expedicionaria Británica, por ejemplo, resulta asombrosa.
Junto a la vasta estupidez de las castas gobernantes, el historiador otorga una importancia decisiva a las ideas que moldeaban la época. Ideas demenciales. Se creía que la guerra de razas era inevitable (germanidad vs. eslavidad). O que el conflicto armado es una salida aceptable para las tensiones políticas o sociales. Dicho de otra manera, estaba ampliamente aceptado que una política externa firme y expansionista era la cura para las enfermedades nacionales, como el socialismo. Y qué decir del hecho de que los estadistas permitieron en 1914 que los generales se abrieran paso hasta el centro del escenario. Resultado: Diez millones de muertos y el Gotterdamerung del viejo orden burgués. Guillermo BelcorePublicado este fin de semana en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.
Calificación: Muy bueno
En el universo de las series, brilla un estrella del sur. Justified se titula y relata las andanzas del marshall Rayland Givens (Timothy Olyphant), otro personaje memorable de la televisión. Usa sombrero de cowboy y es el más rápido y mejor tirador del Servicio de Aguaciles de Estados Unidos. Tiene algo de los personajes de John Wayne en su andar y coraje; y de Philip Marlowe en su enorme sentido del honor y su vida austera. Es un hombre decente, pero si lo provocas deberás atenerte a las consecuencias. Su ira es terrible y su puntería infalible. La conciencia no lo atormenta. Sufre mal de amores y su único lujo es el bourbon y un automóvil caro. No lee pero disfruta de la música country. Siempre tiene una respuesta inteligente o divertida en los labios. Trabaja en el tercer mundo de Norteamérica, es decir en el interior del estado de Kentucky. Fue minero en sus años mozos y ahora el Tío Sam le paga por buscar fugitivos pero razones de índole personal lo han forzado a desbaratar otras actividades delictivas, sobre en todo su condado natal, Harlan (menos de 2.000 habitantes) a un salivazo de distancia de Virginia. Es un hoyo de atraso, racismo y desesperación, infestado de nazis obesos, campesinos palurdos y funcionarios corruptos. El propio padre de Raylan -Arlo Givens- es un matón de poca monta, golpeador de mujeres y niños.
Justified va por su quinta temporada, con gran éxito del público y la crítica (9.1 puntos en el Metacritic). Y me he estado preguntando qué diablos la hace irresistible. Encontré ocho razones cuanto menos para quedarme hasta a la madrugada engullendo tres o cuatro capítulos a la vez (¡Oh Netflix, extraordinario invento!):
1) El factor E.L.
El personaje Rayland Givens, por cierto, aparece en tres obras de uno de los mejores escritores de Estados Unidos: Elmore Leonard (1925-2013). El marshall, no obstante, se independizó y levantó vuelo en la televisión, pero el autor de Rum Punch era uno de los productores ejecutivos de ‘Justified’ hasta su muerte. La serie están infestada de maravillosos personajes leonardianos: hombres débiles o enloquecidos, que van demasiado lejos empujados por una debilidad o por las circunstancias. Pocas veces se ha pintado en la televisión semejante galería de perdedores, miembros de lo que los estadounidenses acomodados llaman white trash.
2) Dixieland:
Recomiendo con toda convicción ver la serie en idioma original con subtítulos. El acento hillbilly, las sílabas alargadas, los modismos forman parte del encanto. Uno de los aspectos más fascinantes de Estados Unidos, como se sabe, son la vívidas subculturas, cada una con su idiosincracia bien definida. Aquí estamos en Dixieland, es decir en el sur blanco y pobre de la región de los Apalaches, con su bluegrass, los mineros, el culto a las armas, el whisky destilado en el fondo de la casa, el odio al yankee, y los clanes familiares que van legando de generación en generación los negocios turbios y las enemistades.
3) Los villanos:
Bo Crowler (Mike Gainey), patriarca de uno de los clanes dominantes de Harlan, sale de la cárcel para rehacer su miserable imperio criminal. Mags Bennett (Margo Martindale recibió un Emmy por este papel), domina junto a sus tres hijos (¡uno de ellos es el sheriff!) la producción y tráfico de marihuana en el condado. Robert Quarles (Neal McDonough), exiliado por la mafia de Detroit al fin del mundo, es decir, a Kentucky. Ellstin Limehouse (Mykelti Williamson), capo de la comunidad negra del valle de Noble's Holler. Los cuatro (la lista continúa) atrapan nuestra imaginación, como en su momento lo hicieron el Guason, el Pingüino y el Acertijo.
4) Las motivaciones:
La codicia es el principal motor de la conducta de los descarriados que se cruzan en el camino de Rayland, cuyo desdén por el dinero contrasta con la actitud generalizada de su comunidad, sin excluir al viejo Arlo Givens. Hay sheriffs, guardiacárceles y policías corruptos. Hay prostitutas en el colmo de su desgradación, que son usadas en una elección para ofrecer una mamada a cambio de un voto. Hay delincuentes de cuarta, con el cerebro quemado por las drogas, bestias rubias peligrosísimas, que se parecen a los malvivientes de nuestro conurbano bonaerense que día tras día asesinan en ocasión en robo. Rayland considera que el mundo estaría mucho mejor si cada uno de estos depredadores recibe una bala en la cabeza.
5) El héroe:
Obviamente, el atormentado Rayland Givens es el plato principal de la serie. Quién no se siente interpelado por un Angel vengador que, a su manera terrible, restablezca los equilibrios en este valle de lágrimas. La tensa relación con la bellísima Winona (Natalie Zea), la ex esposa, es un atractivo adicional. Por cierto, la actuación de Tim Olyphant es perfecta, un papel a su medida. ¿Qué pulsión primitiva y nefasta de nuestra personalidad satisface Rayland cada vez que apreta el gatillo?
6) El género:
Justified, justificado, la violencia justificada, es un Western en pleno siglo XXI, con trazos de policial negro, muy negro.
7) El antagonista (pero no tanto):
Boyd Crowler (Walton Goggins), amigo-enemigo de Rayland desde la infancia, va evolucionando, otro gran acierto del guión. De pirómano supremacista blanco, a predicador religioso y luego delincuente en procura de rehacer el imperio de su padre, Boyd es una presencia formidable. Su riqueza verbal es muy placentera. Los diálogos de 'Justified', insisto, son sublimes.
8) Realismo:
Todas las tramas resultan interesantes y verosímiles. Todos los personajes son de carne y hueso.
Diccionario de Asterion XIV:
Progreso (según Chesterton):
Conducta equivocada que significa dejar cosas atrás, como en un camino. Por el contrario, el verdadero desarrollo implica en extraer vida de esas cosas de modo intenso, como si fuesen una raíz. Una persona o un pueblo puede estar progresando sin estar perfeccionándose en lo más mínimo, advierte G. K. Chesterton. El admirable pensador inglés amplía la metáfora del camino: “el progreso implica que un hombre abandone a su casa dejándola atrás; pero perfeccionarse significa que un hombre hace más alta la torre o ensancha los jardines de su casa”.
Este concepto, luminoso como el sol de marzo, proviene de una joya de Chesterton que ha editado Prometeo Libros: La era victoriana en literatura. Cada párrafo, adelanto, refulge como si lo hubiese cromado, pulido y lustrado un orfebre del metal.
Tom Morris - Matt Morris
Biblioteca Blackie Books. Ensayo de filosofía, 427 páginas

Siempre fue así. El miedo, el deseo de que los malos sean castigados, la necesidad de preservar un parte de la infancia, cien razones han determinado que la humanidad tenga una imperiosa necesidad de héroes fantásticos, llámense Sansón o Peter Parker, Afrodita o Barbara Gordon. Este libro confirma la intuición de millones de aficionados al universo Marvel o DC (el Boca-River de las historietas). Los superhéroes son mucho más que una mera distracción. Portan, incluso, mensajes filosóficos. Representan el ser ético en el mundo.
En la introducción se anticipa que el volumen reúne "ensayos provocativos de algunos de los mejores aficionados al comic del mundo académico'' de Estados Unidos. La empresa es muy meritoria. Iconos de la cultura popular nos fuerzan a que meditemos sobre cuestiones trascendales que atañen tanto a la teoría política como a la religion, o bien a la moral en la toma de decisiones.
Se ufanaba Chesterton de ser capaz de demostrar la existencia de Dios a partir de una calabaza o un tranvía. Esa elasticidad del pensamiento elevado (similar a las células del doctor Reed Richards) se encuentra presente aquí. Veamos tres ejemplos. Daredavil le permite a un catedrático reflexionar sobre el papel que puede jugar la fe en la vida de una persona. La lucha de los Cuatro Fantásticos contra Galactus enseña a otro las ventajas de la etica personalista sobre el utilitarismo (por cierto el superhéroe se debe centrar siempre en el valor intríseco de la persona). La historia de Batichica ilustra una importante noción filosófica conocida como "perfeccionismo moral". Fascinante, ¿verdad?
Así pues, este libro nos persuade de que incorporar a nuestra existencia algo de "la mentalidad superheroica" es un objetivo deseable. En rigor, un mito moderno puede ser tan entretenido como iluminador.Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.
Calificación: Bueno
El moscardón imaginario XLIITengo para mí que una de las ramas más fascinantes de la literatura fantástica es la que explora los viajes en el tiempo. Ya ha escrito en el blog sobre esas proezas que las leyes de la física no excluyen (Pinche aquí), y tampoco la filosofía ha podido demostrar que es imposible. Sigo pensando, por cierto, que Guardianes en el tiempo de Paul Anderson y El libro del día del juicio final de Connie Willis eran las mejores aproximaciones literarias al tema, al menos hasta que el enorme Stephen King publicase hace dos años su monumental 11/22/1963 (Pinche aquí). Hasta donde yo sé, además, nadie ha ideado un viaje en el tiempo más desopilante que Stanislaw Lem.
En un ensayo recomendable -Los superhéroes y la filosofía (Biblioteca Blackie Books)- tropecé días atrás con una teoría que explica de manera coherente y verosímil no sólo los viajes temporales sino también la capacidad de modificar al pasado sin que la razón de saltos insoportables. Intentaré compartirla con los amigos de este blog. Me baso en los análisis que Richard Hanley, catedrático de la Universidad de Delaware, hizo de los multiversos (universos paralelos) de DC, es decir, los campos de batalla de Superman, Batman y la Mujer Maravilla, entre otros.
Sostiene Handley, en principio, que la noción de los multiversos no está limitada a la ficción científica y los comics. Hay varios argumentos a favor de la hipótesis de que el espacio-tiempo que ocupamos no es el único que existe. Si usted acepta esto, puede seguir adelante. Si no, respetuosamente, le pido que se vaya a otro lado. Bien, en el cosmos existen tres dimensiones espaciales y dos o tres temporales. La primera dimensión temporal es el tiempo en que vivimos; la segunda es el hipertiempo que vincula a los multiversos, el segundo concepto clave del asunto.
Dentro de la mecánica cuántica, se ha propuesto seriamente la posibilidad de universos múltiples y ramificados. Cuando se realiza una elección cuántica personal o colectiva (por ejemplo, la batalla de Waterloo), un mundo se divide en dos, cada uno con su línea temporal. Es decir, si la elección cuántica afecta a los hechos A y B, entonces A ocurre en una rama (Napoleón es derrotado) y B en la otra (Napoleón es el vencedor). Un viaje hacia atrás es, en realidad, un viaje en el hipertiempo (de una línea temporal a otra). En otro universo, podría evitar entonces que mis padres se casasen en 1961, por ejemplo, sin que se produzca una paradoja temporal. No es el universo en que he nacido al fin y al cabo.
Resumiendo, el cosmos -según la hipótesis que recoge Handley- es pentadimensional. Hay universos paralelos-ramificados, cada uno con su línea temporal. El hipertiempo las conecta a todas. No se puede, estrictamente hablando, cambiarse el presente viajando al pasado en mi universo, pero si es posible saltar de una línea temporal a otra. Fascinante conjetura, ¿no? Todo encaja. Ahora bien si hay hipertiempo, debe existir una hiperhistoria e incluso -algo terrible- un hiperbelcore, o sea el elemento perdurable y histórico del Belcore del universo I, el Belcore del universo II, el Belcore del universo III y así hasta el infinito. Una única cosa en proceso, o distintos individuos con la misma alma, o acaso, el misterio de la Infinita Identidad del Ser. Quién sabe.
Guillermo Belcore
Mariano Dupont
Seix Barral. Novela, 269 páginas.
Parafraseando mal a Gustavo Cordera, he aquí una novela que cultiva la porteñidad al palo tanto en su estilo zumbón e iconoclasta como en el contenido. Curioso. El novelista, poeta y traductor Mariano DuPont (1965) ha optado por no tomarse en serio a la literatura. La mayoría de los personajes son escritores pero no hay una sola opinión lúcida (bueno, puede que haya una sola) o un diálogo profundo sobre las bellas letras. Hay sí pensamientos envidiosos o resentidos, pero eso es otro asunto. ¿Para qué el esfuerzo de ofrecer al universo algo tan serio como un libro?, cabe preguntarse.
El título también es engañoso. A la Arno Schmidt Experimental Writer’s Residencia, enclavada en la Antártida, llega un argentino. Pasará un mes en lujoso aislamiento -junto a escritores de todo el mundo- hasta concluir una obra heterodoxa, de vanguardia, que satisfaga los caprichos del mecenas alemán que lo ha becado. El argentino se llama Mariano DuPont e intenta rescribir el Popol-Vuh, en clave bonaerense, obviamente. La contratapa nos jura que la sátira es humorística, pero no a todos dan risa las fruslerías o las bromas escatológicas. Se abusa de los signos de admiración y todos hablan en porteño básico. Aparecen osos polares y pelícanos. Aparece un secreto y un literato muere en el inodoro (!?). La trama deriva, finalmente, hacia la ciencia ficción más irrelevante.
El don poético de Dupont se evidencia en un párrafo magnífico: “La mañana de hoy no tiene sol. Y el desierto blanco no tiene contrastes. El cielo no está. O mejor dicho: es una inmensa nube lechosa, sin forma, sin matices, que se confunde con la nieve. No hay arriba ni abajo. Algo de viento”. Es lo mejor de un libro leve y juguetón por demás, pero casi nunca ingenioso. Nietszche proponía danzar sobre la superficie del mundo. En la Buenos Aires postmoderna se lo toma al pie de la letra.
Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.
Calificación: Regular
PD: El destino de este blog, al parecer, es disentir con los juicios de los críticos de Página 12. Sugiero, como siempre, complementar la lectura de mi reseña con otras opiniones. Aquí se propone a Arno Schmidt como uno de los libros de 2014: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/4-31364-2014-02-17.html
PD del 1 de marzo: Quintín ha querido refutar los elogios "desaforados" que un comentarista del Suplemento Cultural del diario La Nación vertió sobre la novela: http://lalectoraprovisoria.wordpress.com/2014/02/28/intrascendencias-75/#more-23358
Simón Leys
Acantilado. Ensayo de Literatura y Arte. Edición 2011, 141 páginas.

Las enormes virtudes que hacen placentera y provechosa la lectura de este libro pueden condensarse en una sola frase: no hay tema que Simon Leys (Bruselas, 1935) no ilumine con su sensatez y erudición. Pero antes de justificar la hipótesis y exponer el contenido, se me permitirá una íntima confesión. Estaba equivocado. Durante años, despotriqué contra esa costumbre de la industrial editorial de rebajar el objeto libro a mero rejunte de artículos periodísticos. De Vargas Llosa y Javier Cercas a Silvia Hopenhayn hay cientos de ejemplos fastidiosos del intento de acuñar en piedra lo que nació para ser fugaz y perecedero. El libro, como ente platónico, debe aspirar a lo perdurable. Mi vanidoso lamento no sirve, me temo, como ley universal. He aquí una brillante refutación.
En efecto, el sello el Acantilado reunió todas las crónicas que publicó durante dos años (2005-2006) el sinólogo y pensador Leys (seudónimo de Pierre Ryckmans) en Le Magazine Littéraire y otras revistas. El texto más elevado -queda demostrado- es imposible de anticipar mediante la simple observación de sus causas. Lo sublime nos aguarda incluso en el papel de diario.
Se trata, pues, de breves e intensos ensayos en torno, básicamente, de la literatura y el arte en general, y la cultura de China en particular, que en Twitter se me ocurrió comparar con el vino excelente. Uno los lee uno a uno, demorándolos en el paladar como si se tratase de una copa exquisita. Conviene no ingerir demasiados textos por día; como tampoco es aconsejable liquidarse de un saque ese Cabernet-Sauvignon polvoriento que guardamos para la ocasión propicia. Uno se va de Simon Leys, otro virtuoso de la cita, como embriagado de felicidad. En un mundo atroz, la belleza es posible.
El volumen contiene, entre otras maravillas, una reflexión impecable sobre el gusto. Con pasajes tan hermosos como estos se deleitará el lector:
“Algunos juicios no condenan más que a su autor. Cuando Wagner reprocha a Mozart su ‘falta de seriedad’ no nos dice nada esclarecedor sobre Mozart, sino que, por el contrario, hace que descubramos de pronto de que pie cojea Wagner (…) ’El mal gusto lleva al crimen’, decía Stendhal. No es falso, pero a esto habría que añadir que el buen gusto no lleva a menudo más que al salón de madame Verdurin. El buen gusto tiene esto en común con la humor y la santidad, que no es posible alcanzarlo por medio de un esfuerzo de la voluntad: a partir que toma conciencia de sí mismo se acabó...”.
Semejante lucidez inspirada se aplica también a defenestrar a Sartre, repensar la relación entre el escritor y el dinero o a explicar la necesidad de vida imaginativa (la lista sigue). A mi me encantó, además, la reivindicación del saber desde lo alto de un puente (de ahí viene el título, de una parábola china) pues “cómo se podría estudiar la literatura y las artes sin referirse a la noción de calidad literaria y artística“. Brillante.
Leer a Leys es oír a Chesterton, a Borges, a Jaime Rest, al mejor Bloom y al menos caprichoso Nabokov. Incluso al Lukacs que pugna por quitarse de encima el chaleco de fuerza del marxismo. Es concluir que sólo los críticos conservadores apuntan de manera precisa y aciertan en el blanco.
Guillermo Belcore
Calificación: Excelente
PD: Nobleza obliga. Llegué a Leys gracias a Quintin, otro crítico formidable: http://lalectoraprovisoria.wordpress.com/2014/01/05/intrascendencias-5/
Dave Eggers
Literatura Random House. Novela. Edición 2013. 287 páginas.
Dave Eggers ha creado un personaje de la misma estirpe que Bartleby el escribiente o Akaki Akákievich. ¿Será un exceso de entusiasmo sostener que esta novela es El capote de nuestro tiempo? Alan Clay es un hombre que se ha tornado insignificante, un perdedor impasible. Una hoja seca maltratada por las fuerzas de su época. Un fracasado, con un matrimonio hecho trizas, que ya no puede pagarle la universidad a su hija, despreciado por su padre. Vendía bicicletas cara a cara, objetos reales a gente real. La fábrica de Chicago trasladó la producción a Oriente y luego quebró. Alan tiene cincuenta y cuatro años “y para la América empresarial es tan fascinante como un avión de barro”. Un malentendido lo lleva a Arabia Saudita, a intentar venderle al Rey Abdalá equipos holográficos. Naturalmente, las decepciones le salen al paso (aunque también una salida). En la interminable espera (es imposible no pensar en Kafka), Alan se entrega a rememorar hechos imposibles de cambiar no sólo de su pasado, sino de Estados Unidos. El malestar con la globalización. La presunción de la decadencia.
Eggers, escritor y editor de culto de Boston, ha logrado esa proeza literaria de unir el destino individual con el devenir de la sociedad en su conjunto, pero de la mejor manera, sin alardes ni soflamas. Los procedimientos oblicuos -como decía Borges- son los mejores . La escritura de Eggers es precisa, clara e ingeniosa. Se añaden, incluso, algunos chistes desopilantes que uno no puede dejar de contarlos a los amigos. Se añade información: sobre Schwinn, una empresa real de fabricación de bicicletas que dominó el mercado estadounidense durante ochenta años (hasta que un día despertó China), y sobre las costumbres y miserias de Arabia Saudita, el reino conservador donde campean a sus anchas el despilfarro económico y la hipocresía moral.
A pesar de todo, el amor se le aparece a Alan en la forma de una doctora árabe como antídoto para las desdichas laborales. Hay una tabla sólida a disposición del náufrago: construye algo con alguien y te salvarás, es la moraleja del libro. Pero son tiempos duros (¿cómo todos?) para los hombres y las mujeres sensibles.
¡Debería importar donde se fabrican las cosas!, clama Alan Clay. Uno no puede dejar de coincidir con él. El drama de su dolor existencial nos toca íntimamente. Este es el misterio, la enorme grandeza, de la Alta Literatura.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.
Calificación: Muy bueno
El moscardon imaginario XLI
A los tradicionales propósitos de asimilar, entre otras maravillas, no menos de veinte novelas oceánicas y diez novelas de género a lo largo de un año solar, asi como evitar cualquier texto intrascendente que roba el valioso tiempo que se escurre como arena entre los dedos, añado este puñado de buenas intenciones:
- 1) Leer cinco clásicos, por lo menos.
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- 2) Conseguir una versión abreviada de Historia natural de Plinio el Viejo.
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- 3) Rezar para que llegue al español la última novela de Thomas Pynchon.
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- 4) Comprar las dos obras que Stephen King prometió entregar a la imprenta: Mr Mercedes (thriller con un detective duro) y Revival (Terror).
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- 5) Conocer a Selva Almada y Pablo Farrés.
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- 6) Ampliar mi cartografía de Rafael Chirbes y Simon Leys.
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- 7) Intentar Sagarana en idioma original.
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- 8) Darle la ultima oportunidad a Las islas de Carlos Gamerro.
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- 9) Acabo de comprarme El jardín de las máquinas parlantes de Alberto Laiseca. Estoy seguro que me alegrará marzo y abril.
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- 10) Releer Borges, Steiner, Nabokov, Faulker y Koestler.
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- 11) Algo de Domingo F. Sarmiento. Me tienta Campaña del Ejército Grande.
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- 12) Empezar las memorias literarias de Manuel Galvez.
Daniel Sorín
Edhasa. Novela. Edición 2013. 160 páginas
Básicamente, el problema de nuestra literatura es la falta de ambición. Muy pocos autores hacen el esfuerzo de poner en juego un estilo o de intentar encerrar el universo en una novela oceánica. Rige la ley del mínimo esfuerzo. La originalidad brilla por su ausencia. Abundan las nouvelles de bajo vuelo, con una prosa uniforme, cuya trama -en la que ocurre muy poco- se fragmenta en capítulos infinitesimales. También se suelen desperdiciar personajes. El autor de este libro decidió abordar de manera tangencial, casi desganada, a una figura histórica de carácter mítico: John William Cooke. Una lástima.
En efecto, Cooke aparece tarde, habla como busto parlante y se lo despacha enseguida. El argumento se centra en el testamento del dirigente izquierdista, la última carta que supuestamente le escribió a Juan Perón, en la que proclama la necesidad inevitable del socialismo. Esa epístola se ha perdido. Mejor dicho la oculta el narrador, José, militante de joven, padre de familia aburguesado desde la muerte de Cooke, pero que teme que las últimas palabras del testador caigan en malas manos o “sean tomadas con el mismo ardor con que un católico obediente acoge la última encíclica papal“ (?). En el último tramo de su vida, José revela al nieto aquel mundo de modesta épica, pues una y otra vez se nos aclara que se trata de un “hombrecito gris” del quien no cabe esperar hazañas. Los recuerdos son apenas “misceláneas desgajadas” que apelan al tópico (reivindicación del conventillo, enamoramiento de la maestra, personajes raros y buenazos) pero, al fin y al cabo, el procedimiento resulta muy eficaz pues le permite al protagonista opinar sobre todo y a cuenta de nada. Las ideas de la nouvelle, por cierto, se corresponden a las hegemónicas de nuestra época como un guante a la mano, -mejor dicho- al relato del Poder Ejecutivo Nacional. Los diarios, cómo no, son “los que deciden qué ilusión es la realidad”.
Concluyendo, John William Cooke (el peronismo revolucionario, ese oximorón) aguarda aun su Gran Novela. Con una prosa que va de lo afectado a las combinaciones imposibles (“homeopático anhelo”, “suburbana inhabilidad“, “el cosmos renacía en pistilos y estambres“), avara en hechos pero pródiga en sensiblerías, La última carta se deshace.
Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura de La Prensa
Calificación: regular
PD: Hace falta recordar que este blog no pretende enunciar verdades sino algo más modesto: transmitir experiencias de lecturas, basadas en un gusto personal. Por eso sugiero complementar esta reseña con una más extensa publicada en el diario Página 12 (pinche aquí). El crítico Alejandro Tejada Gómez ha señalado virtudes de la novela que a mí se me escaparon.
Tom Wolfe
Anagrama. 617 páginas. Edición diciembre 2013.
Las ideologías, por fortuna, se han evaporado. La fe, lamentablemente, casi no cuenta en el Occidente próspero. “Ni en el Este, ni en la Costa Oeste de Estados Unidos nadie que aspirase siquiera a un mínimo de refinamiento profesaba ya religión alguna, y desde luego nadie que se hubiera licenciado en Yale”, nos señala el autor de este libro. Las familias siguen disgregándose. ¿Qué queda para aglutinar en el cuerpo social esas células que no toleran afrontar la vida como individuos aislados? El clan, la tribu, la identidad cultural. En ningún lugar de Norteamérica, se percibe este fenómeno de una manera tan patente como en la prospera y envidiosa Miami. El melting pot es imposible, plantea esta colosal novela. La tensión entre las comunidades es una realidad bruta que coloca a la gran urbe al borde del estallido de manera permanente. Afroamericanos y cubanos se odian entre sí; los haitianos y rusos son una nueva inmigración explosiva; los WASP (blancos, anglosajones y protestantes), aunque minoría en vías de extinción, se sienten superiores a los demás. Todos se desprecian entre sí. Sólo un gran escritor como Tom Wolfe -y un extraordinario antropólogo al voleo- podría aprehender semejante menjunje inflamable. Tituló su cautivante creatura Back to Blood, porque detrás de todo estaría hoy la sangre, es decir la raza. Pero la traducción al castellano la degradó a Bloody Miami, acaso por ignorancia o quizás con el propósito filisteo de vendernos gato por liebre.
¿Es esto lo mejor que ha escrito Tom Wolfe? No puedo afirmarlo, porque no he leído TODO lo que ha entregado a la imprenta el excéntrico caballero de Virginia. Sólo puedo decir que de lo que he leído (La hoguera de las vanidades, Todo un hombre, Soy Charlotte Simmons y Emboscada en Fort Bragg) el último libro está en la cima de su producción narrativa. A los ochenta y dos años, el dandy mantiene la vista para los detalles, el oído para los diálogos y los ruidos modernos, y la lucidez para la sátira social.
Piénsese en el libro como en un fresco. Wolfe va dibujando personajes con el pincel de marta que usaban los miniaturistas persas. La trama gira en torno a Néstor Camacho, policía de origen cubano, todo músculos, que rescata de la punta del mástil a un fugado de la isla de Fidel, pobre diablo que como no llegó a tocar tierra no podrá gozar de asilo automático. Fue una verdadera hazaña de fortaleza física y un acto de valentía singular, pero la recalcitrante comunidad anticastrista -y hasta la propia familia de Camacho- se apresurará a repudiar al policía, forzándolo incluso a abandonar su casa. Así de cerril es esa subcultura atrasada. Camacho tiene talento para meterse en dificultades. Vuelve a encender pasiones raciales, al moler a golpes a un narcotraficante afro de ciento cincuenta kilos, una verdadera bestia que casi ahorca a otro policía. Pero claro, lo hizo delante de un teléfono celular con cámara de video y la operación antidrogas saltó a Youtube, arteramente editado. El propio alcalde de Miami pide la cabeza de Camacho, pero nuestro héroe terminará reivindicado al esclarecer un caso de violencia escolar (donde los malos son unos pandilleros haitianos adolescentes) y al ayudar a un periodista WASP -el gran héroe wolfferiano- a desenmascarar a un oligarca ruso que le había hecho creer a los poderosos de la ciudad que donaba carísimas obras de Kandinsky y Malevich para un nuevo museo. Las pinturas eran un fraude. Magdalena, una belleza cubana y ex novia de Camacho, es el otro gran personaje de la trama.
Pocos veces habrá visto el lector una colección de esnobs, grandes nulidades, frívolos, insensatos y resentidos como en este libro. ¿Exagera Tom Wolfe? No mucho. La obsesión por la figuración social y el derroche más obsceno son destrozados por una mente conservadora (paranoica dicen sus críticos) que no deja pez gordo sin cabeza, incluso crucifica a esa onerosa aberración a la que llamamos arte moderno, como el famoso tiburón pudriéndose en un cubo de formol. El mensaje del autor es trasparente: ¿es ésta civilización de consumo un logro del que podamos sentirnos orgullosos? No, claro que no. Hemos ido demasiados lejos, en algunos aspectos. Nos obliga a reflexionar, por ejemplo, sobre la pornografía, omnipresente en nuestra vida cotidiana. Ya no se trata de esa pulsión fáunica -tan vivificante- que describe muy bien Ercole Lissardi. Para millones de personas es como una droga que embota la inteligencia, por caso el más distinguido magnate de Florida, que se masturba hasta quince veces por día, convirtiendo sus ingles en una llaga viva y asquerosa. ¡Qué cosa necia, enferma, es el ser humano!
Orgías sobre los yates, tugurios de strip tease, los más caros restaurantes de la ciudad, un reality show con un millonario ruso caído en desgracia, el consultorio de un psiquiatra inescrupuloso especializado en obsesiones sexuales, la redacción del Miami Herald, barrios negros cubiertos de basura y desesperación, el Súper Bowl del mercado artístico donde se retuercen como gusanos vejetes millonarios, vestidos como colegiales y ávidos por comprar fruslerías… Tom Wolfe nos lleva de la mano por escenarios que atrapan nuestra atención de vouyers. Molesta un tanto la proliferación de onomatopeyas, pero el estilo es rápido y entretenido. No en vano tenemos aquí al maestro del Nuevo Periodismo que aspira a ser recordado como Balzac (¡je!, véase el primer capítulo). En su desmesura, la novela se disfruta de la primera a la última página. Como hizo en su momento con Nueva York o Atlanta, el Gran Escritor estaqueó a Miami y la desolló viva.
Guillermo Belcore
Calificación: Muy buena
PD: La novela recibió muchas críticas adversas en Estados Unidos, en especial desde el progresismo. Lógico.