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domingo, 18 de enero de 2015

Historia de la guerra

POR GUILLERMO BELCORE

La historia del hombre (no de la mujer) es la historia de la guerra.  Al fin de cuentas, la casi totalidad de los ciento noventa y tres estados registrados en Naciones Unidas se crearon por derecho de conquista, contienda civil o lucha por la independencia. Desde esa perspectiva, la marcha de la humanidad podría dividirse según el instrumento primordial que se ha usado para el combate. No habría entonces más que cuatro eras desde que se llevan registros escritos: la Edad de Piedra, la Edad del Bronce, la Edad del Hierro, la Edad de la Pólvora. Puede que el siglo XXI esté ingresando en la Edad Electrónica (armas láser, pulsos electromagnéticos, virus informáticos). Agradezcamos a Dios que Hiroshima y Nagasaki no se hayan repetido y por ende no hubo Edad del Átomo. Hubiera sido nuestro final.


Un minucioso ensayo -publicado en España- sobre tan fascinante tema ha llegado a la Argentina. Historia de la guerra (Turner Noema, 534 páginas, edición 2014) fue entregado a la imprenta por primera vez hace veinte años pero no perdió un gramo de frescura. Su autor es considerado como el más preeminente historiador militar de su era. El inglés John Keegan (1934-2012) reflexiona desde una base sólida, y muy difícil de refutar: los factores culturales son absolutamente esenciales en las relaciones humanas. Y la guerra podría definirse, básicamente, como la perpetuación de la cultura por sus propios medios. Entendida la cultura como vasto contingente de creencias compartidas, valores, asociaciones, mitos, tabúes, oratoria y expresión artística que lastran a una sociedad. Sí, lastran. Obstruyen la evolución de la sociedad global hacia formas más avanzadas de convivencia.

Sin una teoría, los hechos no afirman nada, escribió F.A. Hayek. Keegan la tiene. Para él, la guerra es siempre una manifestación de la cultura y en algunas sociedades la cultura en sí misma. La cultura es una fuerza tan poderosa como la política en la elección de los medios bélicos y en muchas ocasiones más predominante que la lógica militar, como en el caso de los aztecas o los chinos antiguos.

Antes de explorar tan magnífica tesis es necesario destacar que el texto redondea un alarde impresionante de erudición y que revisa más de cuatro mil años. Desde el primer asalto bárbaro a la Mesopotamia asiática hasta la guerra civil en Yugoslavia. Se detiene incluso en la forma en que combatían los yanomanis, los maoríes, los mamelucos y los samuráis. Keegan es un maestro en el trazado de largas e inspiradas cadenas causales. Ejemplos: en la implacable eficacia de Hernán Cortes está presente  Genghis Kan; en la ferocidad de las Waffen-SS, el batallón suizo de Neufchatel, reclutado por Napoleón. Keegan se inspira en Giambatistta Vico, el padre de la historia comparada. En el arte de encontrar patrones constantes, el profesor de Sandhurst y Princeton nos advierte que a lo largo de la historia ha existido una tensión fundamental entre los poseedores de las tierras de cultivo y los desposeídos habitantes de tierras demasiados frías, finas o secas para lo mismo. Areas con déficit alimentario, generan guerreros, hombre violentos que son una amenaza para la sociedad abierta. ¿No es eso lo que vemos con Al Qaeda o con las legiones de pibes chorros que han desquiciado nuestras ciudades?

LA HERENCIA GRIEGA

Las respuestas no son sencillas. ¿Qué es lo que hace que los hombres se maten entre sí? ¿Han existido sociedades sin guerra? ¿La agresividad forma parte de nuestra propia naturaleza? Sí, es nuestro costado oscuro, primitivo, responde el especialista en historia militar. La vida guerrera ejerce una poderosa atracción sobre la imaginación del varón. Es verdad que el hombre es potencialmente violento (y vivimos en una cultura que la que existen muchas probabilidades de que esa potencialidad aflore), pero el espíritu de cooperación, y no el de confrontación, es el que conseguido que el mundo siga andando y prospere. Además, los violentos siempre han sido minoría. El problema son las culturas (o subculturas, como lo demuestra la inseguridad que padecen los argentinos) construidas sobre esta propiedad del ser humano. En el pasado remoto y en muchas de regiones de Oriente -nos instruye el libro- se han establecido restricciones para moderarla, tipo los rituales, la negociación, la diplomacia, la contención filosófica. El buen vencedor evita la batalla, recomendaba Lao Tse. El drama ha sido cierto modo occidental de hacer la guerra, que desembocó, finalmente, en un derramamiento de sangre sin precedentes en el siglo XX.

Identifia Keegan tres elementos primordiales de la cultura militar de Occidente. Uno endógeno y moral (derrota absoluta del enemigo en una batalla decisiva); el otro ideológico, copiado de Oriente (el concepto de guerra santa); el tercero adquirido, por la capacidad histórica de adaptación y experimentación (la tecnología armamentística).

Al parecer, todo comenzó en la antigua Grecia. A partir de allí, Occidente descarto definitivamente la táctica elusiva y fría de la guerra primitiva u oriental. Fueron los pequeños terratenientes de las ciudades Estado griegas quienes inventaron el concepto de batalla decisiva, y lucha a muerte, cuerpo a cuerpo. La guerra fue una calamidad para la civilización helena, las glorias intelectuales y artísticas quedaron definitivamente apagadas.

De Grecia, esa cultura militar saltó a Roma, cuya principal contribución a que el ser humano comprendiese como se lleva una vida civilizada -escribió Keegan- fue “su institución de un ejército profesional y disciplinado“. Desaparecido el Imperio, el método bélico occidental pervivió en el Medioevo en la caballería feudal y se potenció -para desgracia de todos- en la Edad Moderna.

BESTIA NEGRA

El culturalista Keegan atribuye a un libro decenas de millones de muertos. De la guerra de Karl Van Clausewitz produjo una teoría sobre la guerra con resultados catastróficos, que prendió en todos los gobiernos de Europa. El ensayo puede parangonarse con otra obra nefasta también proveniente de Alemania: El Capital de Karl Marx. Ambos son “obstinados tratados de ideología en los que se expone una visión del mundo no como es sino como debería ser“.

Pero, en rigor, la militarización de Europa según el modelo prusiano comenzó con la Revolución Francesa. Ninguna sociedad anterior a la de 1789 consideraba el servicio militar más que como una profesión para unos pocos.  El lema "de cada hombre un soldado" -consecuencia del frenesí igualitario de los jacobinos- se basa en una incomprensión palmaria de lo que es capaz la naturaleza humana, destaca Keegan. La locura del servicio militar obligatorio (lo vimos en la Argentina, con la aventura de Malvinas) forma parte del mismo ideario occidental de la conveniencia de hacer la guerra al extremo de exigir una derrota total.

¿A qué apuntaba pues la noción fatal de que la guerra es la continuación de la política? A replicar el éxito napoleónico, que la guerra se convirtiese en popular en un estado oligárquico. La sencilla y poderosa pulsión del honor de las armas fue una idea subversiva en Europa que hervía como magma volcánico bajo la superficie de progreso y prosperidad en el siglo XIX. Keegan lo dice sin ambages: puede considerarse a Clausewitz como padre ideológico de la Primera Guerra Mundial, el acontecimiento decisivo de nuestro tiempo, pues corrompió lo mejor de nuestra civilización -el liberalismo y la esperanza- dando a los militaristas y a los totalitarios un papel en las apelaciones al futuro. Es decir, sin Verdún, el fascismo, el nazismo y el bolchevismo -dos aberraciones contemporáneas- no hubiesen conquistado el poder ni las mentes.

Para Keegan, Hitler no es otra cosa que Clausewitz llevado hasta sus últimas consecuencias, la restauración de una cultura guerrera. Pero, atención. La militarización desde arriba de los europeos fue tan nefasta como la militarización desde abajo, tercermundista. La épica partisana ha generado sus propios holocaustos. Véanse los casos de Mao, Tito y los argelinos. Por cierto, la bomba atómica fue la culminación lógica de ese principio de la cultura occidental de adoración del artefacto moderno y la batalla decisiva.

SE PUEDE

En su experiencia de campo, Keegan descubrió que los militares no son como los demás hombres. Es decir, sus valores son distintos,  muy antiguos, existen en sintonía con el mundo cotidiano pero no forman parte de él. Se rigen por el tribalismo. “La cultura del guerrero nunca puede ser nunca parte de la civilización“, es otra de las conclusiones admirables de este libro inspirador. Ni hablar de dejarlos gobernar. La decadencia argentina es suficientemente elocuente.

Keegan, por cierto, se pronuncia a favor de la abolición de la beligerancia. Ya a fines del año pasado creía que, al cabo de cinco mil años de guerras, hay motivos para creer que los cambios culturales y materiales conducen a inhibir la tendencia humana a empuñar las armas. ¿Un mundo sin guerra? Algún día, por ahora nos conformamos con que la sociedad global mantenga a raya ese azote -tan destructivo como las enfermedades- con limitaciones racionales. Occidente, recomienda el pensador occidental, debería aprender de Oriente y de algunas sociedades primitivas en lo tecnológico pero más avanzadas en el arte de la convivencia, sin que esto implique -naturalmente- caer en el relativismo cultural  esa tonta refutación académica de los valores universales. La guerra es por ende un hábito que, como todos, se puede modificar.

Es que, al fin y al cabo, la guerra nunca ha sido la continuación de la política. De hecho, antecede a los Estados, a la diplomacia y a la estrategia en varios milenios. La guerra es casi tan antigua como el humano mismo y está arraigada en lo más profundo del corazón humano, un reducto en el que se diluyen los propósitos racionales del yo, reina el orgullo, predomina lo emocional e impera el instinto. Guerrero, miliciano, conscripto, mercenario, esclavo, tropa regular son los nombres del hombre primitivo. Contra las culturas que glorifican la lucha hay que luchar, intelectualmente hablando.
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Excelente

viernes, 1 de enero de 2010

Antártida

Claire Keegan
Editorial Eterna Cadencia. Cuentos, en 201 páginas. Edición 2009.

Esta reseña no ha sido encomendada por ningún diario, por consiguiente me daré el gusto de escribirla en rigurosa primera persona. Tengo para mí, que el blog es uno de los pocos géneros (¿literario?) donde el narcisismo no resulta desagradable. Empero, las escrituras del yo no son todas iguales. Básicamente hay dos: la vanidad creativa e inteligente, que induce a pensar; y la mera ostentación hueca del pavo real. Quisiera confesar que siento aún una inmensa
oleada de felicidad cuando tropiezo con un magnífico escritor o escritora que desconocía. Como Claire Keegan (1968, County Wicklow). En 2008, me había maravillado con un volumen de cuentos que confirma la vitalidad de la narrativa irlandesa. Ahora, cayó en mis manos la primera obra publicada por esta dama rubicunda y perspicaz. En 1999, Antártida fue elegido libro del año por Los Angeles Times. Confirmo que fue un acto de justicia: contiene no menos de diez relatos estupendos que -como ha escrito Keegan- agitan algo antiguo e imperioso en el corazón del lector.

El volumen se ambienta en dos continentes: la Irlanda estoica o resentida; y el interior profundo de Estados Unidos, donde también vivió Keegan. ¡Qué notable! Una europea demuestra talento para narrar con amenidad y soltura historias de Louisiana o Colorado, e incluso para emular el latido de Carver. “Donde el agua es más profunda” o “Quemaduras” logra producir esa peculiar atmósfera de tragedia inminente que caracterizan a los cuentos del autor de “Tres rosas amarillas“.

Como todo artista que se precie, Keegan tiene sus caballitos de batalla: el frío, la soledad, la perspectiva de una niña, los méritos del trabajo duro, el adulterio, el alcohol, los hombres que maltratan a sus mujeres, las mujeres que rompen las reglas, la desdicha. Los sentimientos son su materia prima favorita. La prosa es elegante y melancólica; profunda y palpable. Me ha encantado cierta poética de la caricia labial: “la besó como si en la boca de ella hubiese algo que quería”; “me besaban como si tuvieran sed y yo fuera el agua”. Otro punto alto del libro es la definición y el acabado de los personajes. La crítica ha elogiado también la ausencia de ironía.

Ya he escrito sobre el admirable primer párrafo de la composición que da nombre al volumen. Relata la aventura sexual de una respetable señora que concluye esposada a la cama y sin perspectivas de salvación. Igualmente conmovedor es “Suba si se anima”, donde una cita a ciegas nos instruye sobre la necesidad de arriesgarnos en pos de una ilusión. Qué terrible es ser una tonta a los cuarenta, es la frase primordial de “Amor en el pasto alto”. Luego hay una escritora que declara al padre del niño por venir que no piensa abortar. “Siempre hay que tener mucho cuidado” es el monólogo de un pescador que ha sido engañado por Butch, el cantante que asesinó a su chica infiel. En “Hombres y mujeres” y “Tormentas” las señoras de la casa son víctimas de maridos necios; el drama, en ambos casos, pasa por el tamiz de los ojos de una niña. “Hermanas” es mi favorito. ¡Qué encantadora venganza!
Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

viernes, 21 de noviembre de 2008

Recorre los campos azules

Claire Keegan­
Eterna Cadencia. Cuentos, 206 páginas

¿Qué tiene Irlanda que nos fascina tanto? ¿El resentimiento que deviene de la pobreza? ¿El catolicismo, tan integrador como asfixiante? ¿Por qué la sentimos tan cerca? Algo es seguro, la isla esmeralda ha generado, en proporción, más escritores de primera que casi todas las naciones del globo. Por fortuna, este año leímos a Banville, McGahern y Connolly. Ahora descubrimos a una narradora sublime, que acaba de participar en el Festival de Literatura de Buenos Aires.
Con esta obra, Claire
Keegan (1968) ganó el Edge Hill Prize 2007 que premia al mejor libro de relatos breves de las islas británicas. Su prosa es armoniosa, por momentos lírica, siempre hermosa de leer. La tristeza abruma a los personajes. Provienen de las zonas rurales, son hombres que están convencidos de que la posesión de la tierra o de una cabra genera más satisfacciones que las que alguna vez les darán su esposa y sus hijos. Mujeres sufridas osan rebelarse. Keegan logra redondear algo tan raro y tan espléndido como una ‘poética de las situaciones incómodas'.

Todos los cuentos de este volumen son exquisitos, pero hay dos memorables. Parecen novelas en miniatura. Recorre los campos azules narra la calamidad de un sacerdote que celebra la boda de su enamorada, una adorable pelirroja por quien quebró los votos de celibato. No tuvo el valor y la decencia, empero, de dejar los hábitos para vivir con ella. La hija del guardabosque encierra el dolor de un mujer inquieta que se casó con un patán a quien no ama. Su venganza es terrible. La trama incluye hasta el delicado punto de vista de un perro.

Leer a Keegan induce también a meditar sobre un rasgo magnífico de la literatura moderna. Una y otra vez, las musas reescriben a Chejov. Cambian los escenarios y la gente, pero la pulsión continúa. He aquí, en la dura campiña de Irlanda, una de las versiones mejor logradas.
Guillermo Belcore­
­Publicado en el suplemento cultural del diario La Prensa.

Calificación: Excelente

PD: Uno de los dos o tres mejores libros de cuentos que leí este año. Buenos Aires tiene cosas maravillosas. Una editorial recién nacida se ha preocupado por acercar a la tribu de los lectores apasionados una autora formidable, que sólo con un Nobel hubiéramos llegado a descubrir.

PD II: La foto es del diario Página 12, que realizó una entrevista a la autora www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/2-11962-2008-11-15.html

domingo, 20 de agosto de 2017

La máscara del mando

POR GUILLERMO BELCORE

Por alguna oscura razón, muchas personas incapaces de empuñar un arma y que vemos la guerra como una práctica infame, consideramos, en cambio, a la historia militar, como una lectura fascinante. Máxime cuando el narrador es una reconocida autoridad en la materia que demuestra que una sólida erudición no necesariamente está reñida con la elegancia en la expresión y el pormenor sabroso. El inglés John Keegan (1934-2012) reúne -sobradamente- esas tres condiciones.

La solapa del ensayo nos recuerda que el autor es un Tucídides contemporáneo: escribió una veintena de libros, entre ellos dos historias fundamentales de las guerras mundiales del siglo XX. Fue profesor en la famosa academia militar de Sandhurst. También impartió clases en Harvard, Oxford y Cambridge, entre otros centros de excelencia. Este blog ha prestado testimonio sobre la valía de dos de sus obras: Secesión e Historia de la Guerra (pinche aquí y aquí).

El sello Turner ha reimpreso, por fortuna, otro ensayo magistral de Keegan: La máscara del mando (438 páginas), un estudio cautivante, del primero al último párrafo, sobre la transformación de la conducción militar a lo largo de dos milenios de historia occidental. Un intento formidable, a través del tiempo y del espacio, de penetrar en las peculiaridades del liderazgo.

El historiador abordó así el problema de la técnica y la filosofía del mando en cuatro sociedades distintas:
  • El ethos heroico y hegeliano (narcisista, en última instancia) del mundo de Alejandro.
  • La creación de una clase militar encarnado por la sociedad que tenía al duque de Wellington (el antihéroe) como modelo.
  • El mando no heroico de Ulises Simpson Grant, demócrata y populista de los pies a la cabeza, el primer general “moderno“.
  • El falso heroísmo: Hitler como extravagante jefe supremo obsesionado por restaurar la grandeza de Alemania.

Uno de los interrogantes fundamentales que el libro encara es dónde debe colocarse el jefe militar en el momento del combate. ¿En la primera línea? ¿Siempre? ¿Debe ser Hércules, el que resuelve en los trabajos? ¿Qué ha significado ser un héroe a lo largo de la historia? En las conclusiones, se añade un punteo que agradecerá todo aquella persona a la que la vida la haya situado al frente de un grupo de personas: describe los cinco imperativos del arte de mandar, que son afinidad, prescripción, sanción, ejemplo y acción.

Hay que destacar una cualidad de Keegan, tiene una mente extraordinariamente incisiva en el juicio estratégico y en su comprensión de la naturaleza de la guerra, que mucho ha tenido de “religiosa“ incluso en los tiempos modernos para desgracia de los pueblos. El ensayista demuestra habilidad, además, para resumir acontecimientos e integrarlos -sin forzar el relato- en la narración general. No obstante, puede que su virtud más preciosa sea la capacidad de hacer docencia. El ensayo resulta esclarecedor; instruye al lego. Acaso no exista algo intelectualmente más placentero que aprehender lo complejo. Debo confesar que hasta ahora nunca había entendido del todo cómo Alejandro consiguió todo lo que consiguió . También desconocía que la mayor parte de las obsesiones políticas y militares del cabo Hitler provenían de sus experiencias como mensajero en las mortíferas trincheras de Flandes entre 1914 y 1918. Las páginas sobre la I y la II Guerra Mundial, en verdad, son magníficas.

Algo hay que decir sobre la ideología del autor. Es un aristotélico. Lo bien que hace Keegan al desdeñar el materialismo histórico y otras ficciones basadas en las leyes de hierro de la causalidad: considera un disparate pensar que las cualidades del  individuo no tienen ninguna incidencia en el curso del mundo. La superioridad del liderazgo -insiste- es el factor clave de la guerra. Y la cultura ha sido “un elemento determinante en la configuración de un estilo de mando”. Asimismo, el historiador inglés puede ser considerado un macluhiano, por cuanto atribuye al cambio tecnológico un papel decisivo en la marcha de los acontecimientos. Verbigracia: llega a decir que “el Renacimiento y la Reforma resultan inconcebibles sin la pólvora”.

El libro nos pasea de la mano por Gaugamela, Waterloo, Vicksburg, Stalingrado y otros campos de batalla que además de atrapar poderosamente nuestra imaginación, hielan la sangre. Pero no se agota allí, también es una suerte de resumen fascinante de la evolución de la humanidad. De ahí su grandeza. Un viaje espeluznante, ¿pero qué otra cosa es la historia militar?

Calificación: Excelente

PD: La traducción de José Antonio Montano incurre dos veces en el anacronismo. Nos dice que Alejandro cazaba “pumas” allí donde los encontraba y que eligió “un maizal tupido” para desembarcar en un punto de los Balcanes. Como el lector de este blog sabe, el puma y el maíz son originarios de América.

sábado, 25 de junio de 2011

Tres luces

Claire Keegan
Eterna Cadencia editora, nouvelle, precio aproximado: 60 pesos. Edición 2011

"Una buena mujer puede ver más allá de lo que pasa y oler lo que se viene antes de que un hombre siquiera lo perciba''.
Claire Keegan

En el principio, fue un relato publicado por la revista The New Yorker. El texto prosperó hasta transformarse en un libro (Foster en inglés) que ahora un sello de la Argentina acierta al traerlo al castellano. La nouvelle había sido elogiada por la crítica británica. No disentirá este blog con el Daily Telegraph o The Guardian. Ha quedado confirmado que Claire Keegan (1968) es otra estrella luminosa en el firmamento de Irlanda, la isla de los grandes escritores. Va en camino, quizá, de convertirse en la heredera de John McGahern (1934-2006), pero con un cariz más delicado, hábil para definir a un ser humano con un solo trazo, lo que siempre es indicio de excelencia literaria. Por ejemplo: ¿Qué clase de hombre es aquél que jamas tomó a su hija de la mano? ¿O aquel otro que se juega a las cartas una ternera Shorton de la familia?

El libro se lee de un tirón, con placer y, finalmente, con un nudo en la garganta. Nos enfrenta a una situación común y desgarradora por lo injusta: Dios da hijos, a menudo, a quienes no lo merecen y, también con frecuencia, se los quita a un papá y a una mamá admirables. Se llama la vida; nada se puede hacer.

La historia transcurre en una Irlanda que -Unión Europea mediante- comienza a dejar atrás la pobreza campesina y católica, pero que aún vibra por las huelgas de hambre de los extremistas (y patriotas) del IRA contra Margaret Thatcher. Se narra en primera persona. Oímos la voz de una niña que va a pasar unos meses con un matrimonio que, al parecer, son sus tíos. Así describe al padre: "Esa manera que tiene los hombres de no hablar es algo a lo que estoy acostumbrada: les gusta patear el pasto con el taco de la bota para arrancar un terrón de turba, golpear el techo del auto antes de que arranque, escupir, sentarse con las piernas bien abiertas, como si no les importase". Así, resume su satisfacción con el cambio: "Sus manos son como las manos de mi madre, pero hay algo más en ellas, algo que nunca antes sentí y que no sé como llamar. Me siento sin palabras, pero esta es una casa nueva y necesito palabras nuevas''.

Lo que Keegan ha forjado podría definirse como poética de los momentos cotidianos. Su prosa es elegante, gentil, bella y suave. Carece de estridencias. Virtuosa, es un calificativo que le conviene. Se ha comparado a la irlandesa con Chejov y Maupassant, sobre todo por una cualidad que se mencionó más arriba: puede detectar (y transmitir) la miseria y la grandeza humana en lo ínfimo y en lo pedestre.

Guillermo Belcore

Calificación: Excelente

sábado, 10 de enero de 2015

El ensayo del año (2014)


En la última semana de diciembre -después de haber elaborado las 25 lecturas más placenteras de 2014- llegó a mis manos un ensayo esclarecedor y minucioso que, sin duda, merece haber en encabezado el ranking del año. Historia de la guerra de John Keegan logró sortear el cepo a las importaciones que han impuesto las autoridades económicas, so pretexto de que CFK no desea un dólor de cabeza en el último año de su mandato. Hasta un negado para la economía puede darse cuenta que traer libros de España, México o Chile haría saltar por los aires la esforzada ‘pax cambiaria’.

¡Je! Pero ese es otro asunto. Volvamos a la obra magna del más preeminente historiador militar de su época, publicada por primera vez en 1993 y el año pasado reimpresa en España. La tesis del inglés Keegan es que la guerra no es otra cosa que la perpetuación de la cultura por sus propios medios. Un recorrido fascinante y erudito por cinco mil años de Historia, que no deja fuera ni siquiera a los yanomanis de la Amazonia (un formidable mazazo al relativismo cultural y al mito del buen salvaje) pero que denuncia con toda convicción el método occidental de hacer la guerra y la cultura del servicio militar obligatorio, producto de una combinación explosiva: Revolución Francesa + Karl Von Clausewitz, cuyo libro ‘De la guerra‘ es culpable de un derramamiento de sangre sin precedentes. Giambattista Vico es, por cierto, la influencia primordial del autor.

Después de que se publique en La Prensa -acaso el domingo 18 del corriente- subiré aquí un extenso artículo sobre ’Historia de la guerra’. Baste adelantar que se trata de una obra imprescindible para todo aquel que desee comprender el hábito más extendido (y perverso) de la mitad de la humanidad, aquella que nace con un par de testículos en el cuerpo.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Antartida

Proyecto Diez Mil Cuentos

Argumento número veintidós

Antártida (1999)
Claire Keegan. Eterna Cadencia. Edición 2009

Una mujer felizmente casada (y que cree que el infierno es un lugar insoportablemente frío donde el diablo sólo te mira) decide un buen día comprobar cómo es dormir con otro hombre. Aprovecha un viaje a Londres, poco antes de la Navidad. Conoce un sujeto en un pub, se emborrachan, yacen en el abandonado departamento de él, frente a un gato con algo escalofriante. La mujer se va sin despedirse. Pero el amante casual la descubre en el hotel; almuerzan, él la besa con pasión, le suplica una última vez. Ella acepta a regañadientes; su tren sale por la tarde. Hacen el amor de nuevo en el departamento. El desliza un narcotico en la bebida, la esposa a la cama, la amordaza y se va. La mujer trata de liberarse, pero sólo consigue que el acolchado caiga al piso. Está desnuda, su rabia se transforma en terror. Un frío glacial irrumpe por la ventana abierta de la habitación de al lado.

PD: Este relato suave demuestra que la irlandesa Claire Keegan (1968) es otro nombre para tener en cuenta. Puede que se inspire en Carver, maneja con eficacia la premonición. Uno siente siempre que un desastre está punto de ocurrir.

domingo, 26 de julio de 2009

Una pequeña isla con grandes escritores

Los lugares comunes, “esas acequias sonoras que nuestros caminos no olvidarán” (Borges dixit), encierran casi siempre una gran verdad. “Los mejores escritores ingleses son irlandeses”, se ha repetido hasta el hartazgo. Cuatro Nobel de Literatura honran a la pequeña isla esmeralda: Seamus Heaney, Samuel Beckett, George Bernard Shaw, William Butler Yeats. De allí provienen también Jonathan Swift, Edmund Burke, Oscar Wilde y Bram Stoker. Nació en un suburbio de Dublin, el artista que elevó la novela a esas crestas donde moran los dioses: James Augustine Aloysius Joyce (foto). La flama de la gran literatura -esa es la tesis de este artículo- sigue hoy encendida en la isla. Y gracias a Dios, esa pasión sigue llegando a Buenos Aires.

¿De dónde proviene la fortaleza cultural de la pequeña isla? La respuesta inmediata es geopolítica: de la tenaz decisión de los irlandeses de no dejarse absorber por un Imperio vecino que los ha ultrajado durante siglos. La marea inglesa prácticamente borró al gaélico primordial (hoy, Unión Europea mediante, se ha recuperado un tanto), pero la memoria histórica y la identidad nacional siguieron firmes como peñascos, refirmadas en la creación de sus escritores, tal como ha ocurrido en Europa del Este, donde la supervivencia de las pequeñas naciones también corrió peligro. Seguramente, la influencia libresca de la Iglesia Católica -tan denostada por los intelectuales en nombre de libertad- contribuyó a generar un ambiente propicio para la literatura. Hasta el ácrata de Joyce reconocía la importancia de su formación con los jesuitas. Además, la cercanía de Inglaterra, con un mercado de lectores de buen poder adquisitivo y ávido de novedades y ocurrencias, favoreció el desarrollo de carreras literarias, como un atajo para ganar prestigio social y mejorar las condiciones de vida. Al fin y al cabo, el Premio Booker -el más importante en novela inglesa- asegura desde 1969 el reconocimiento definitivo de los autores irlandeses.

Para los argentinos hay algo familiar -y al mismo tiempo ajeno- en la cultura irlandesa. Nos reconocemos en la pesada influencia del catolicismo, el resentimiento nacional, el valor de la comunidad y las relaciones familiares. Pubs, souvenirs, la música celta y hasta el verde trébol están de moda en Buenos Aires. Más profundo es el proverbial buen gusto de los lectores argentinos que animó a algunos sellos editoriales a publicar algunas glorias de la isla y a la embajada de la República de Irlanda a realizar este año un programa de divulgación literaria. El último encuentro, se realizó hace unos quince días en la espléndida librería Eterna Cadencia (http://blog.eternacadencia.com.ar/?p=2940).


En esa amable tertulia, Mike Geraghty –miembro de la James Joyce’s Society– sentenció: “Si bien hay tres grandes faros en la literatura inglesa, Chaucer por haber sido el primero, Shakespeare por haber sido Shakespeare y James Joyce por haber sido un autor experimental, calculo que Joyce ha sido mejor porque no se sabe a ciencia cierta si Shakespeare existió, pero de James Joyce estamos seguros que existió, por más que la familia haya dicho ‘no lo conozco ni no lo quiero conocer".
El experto recomendó a los argentinos empezar por Dublineses y el Retrato de un artista adolescente, antes de encarar el Ulises, obra monumental que “para su mejor comprensión y disfrute debe ser abordada en grupos de lectura”. Aquéllos a los que la magnificencia de Joyce no haya agotado, podrán entonces probar fuerzas con Finnegan’s Wake.


Los herederos
La sombra poderosa de Joyce no ha opacado a la literatura irlandesa contemporánea. A la cabeza de cualquier lista, relumbra John Banville (Wexford 1945). George Steiner, ese crítico genial, afirma que es hoy el mejor estilista de la anglósfera. Noveló a Kepler, Newton y Copérnico (Editorial Edhasa); arrojó una sonda a las profundidades de la nostalgia y la identidad personal en El mar (Anagrama); y prestigió el género policial -usa el seudónimo Benjamin Black- en El secreto de Christine, El otro nombre de Laura y El lemur (Alfaguara). También se han volcado al castellano Imágenes de Praga (Herce Editores); El Intocable; El libro de las pruebas; Imposturas y Eclipse (Anagrama).


Por fortuna, el sello Adriana Hidalgo ha reimpreso otro de los portentos de la isla: John McGahern (Dublin 1934-2006). Su gran novela se titula La oscuridad. Es un conmovedor retrato de una familia campesina. La prosa, esculpida con ambigüedad y una delicada alternancia entre las personas verbales, quizás esté a un paso de la perfección. Parece mentira que en los años sesenta la censura dublinesa haya prohibido el texto. Bueno, no es tan insólito. El provincianismo jamás tolera que se ventilen los trapos sucios. Similar excelencia, demuestran los Cuentos Completos de McGahern. Cultivan el realismo sórdido, pero con hondas connotaciones. También captan las transformaciones que trajo la prosperidad.


Eterna Cadencia trajo a la Argentina un exquisito volumen de cuentos: Recorre los campos azules de Claire Keegan (1968), ganadora del Edge Hill Prize 2007 que premia al mejor libro de relatos breves de las islas. Su prosa es armoniosa, por momentos lírica, siempre hermosa de leer. Keegan logra redondear algo tan raro y tan espléndido como una ‘poética de las situaciones incómodas'.


Cerremos esta lista provisional y notoriamente incompleta de la excelencia irlandesa con John Connolly (Dublín, 1968) uno de los mejores autores de novela negra. La calidad de sus descripciones, el encanto de una prosa fiel al tópico, la invención de villanos espeluznantes, la pizca de elementos sobrenaturales, la vivisección de lo peor de Estados Unidos lo emparentan con los mejores escritores del género. Tiene otro rasgo memorable. Su obra nos coloca cara a cara con la maldad pura, con forajidos capaces de torturar a un niño para calmar sus apetitos. Induce a meditar sobre el mundo horripilante en que nacimos. Uno ruega al Cielo que nunca nuestros seres queridos tropiecen con un depredador. Connolly nació en Irlanda pero ha logrado -como Joyce o Wilde- insertarse con gran éxito en la caudalosa corriente de literatura en inglés. Tusquets tradujo varios libros de la saga del detective Charlie Parker. Los atormentados (2007) es una obra altamente recomendable.
Guillermo Belcore

Publicado en el suplemento de Cultura del diario La Prensa el domingo 26 de julio de 2009.

PD: Debería haber incluido en este artículo los nombres de Liam O’Flaherty, Flann O’Brien, William Trevor y Colm Toibín, pero me temo que no los he leído aún. Días atrás, me enteré de la muerte de Francis McCourt, otra buena pluma irlandesa. Ojalá, alguna editorial argentina reimprima Las cenizas de Angela. Me hablaron maravillas de esa novela.
Si alguien quiere aportar algún otro genio irlandés traducido al castellano, ¡pues adelante!

PD II: John Banville, nada menos, ha explicado a El País de Madrid las causas de la excelencia literaria de su patria (
http://www.elpais.com/articulo/semana/Dublin/negro/elpepuculbab/20080503elpbabese_3/Tes)

Transcribo dos párrafos:
“Yo soy irlandés, y los escritores irlandeses escribimos en inglés, una lengua extranjera. No nos sentimos cómodos, miramos el lenguaje desde fuera. Cuando leo a Nabokov [de origen ruso] le entiendo perfectamente, porque también escribe inglés desde fuera. Un autor inglés intenta que su prosa sea fácil y transparente, siguiendo el consejo de George Orwell: el texto debe ser como una hoja de cristal. Para mí, para los irlandeses, no debe ser un cristal, sino una lente capaz de aproximar, alejar o distorsionar. Mire, venimos del gaélico, una lengua extraordinariamente evasiva en la que no es posible decir cosas directas. No se puede decir, por ejemplo, “soy un hombre”. Habría que decir algo así como “estoy en mi hombría”. El gaélico es oblicuo y se aleja continuamente de lo esencial, mientras el inglés es lo contrario, va directo al grano. “Esa tensión, nacida a mediados del siglo XIX, cuando dejamos de hablar gaélico y adoptamos el inglés del imperio, generó un lenguaje nuevo y potente. El lenguaje de Wilde, Keats, Shaw, Joyce, Beckett, distinto del inglés de Inglaterra, Estados Unidos o Australia”.


“Irlanda es un país de contadores de historias. Imagine que uno de nuestros políticos o uno de nuestros obispos comete algo terrible. Bien. A usted le interesaría saber exactamente cómo han sucedido las cosas. Para nosotros, eso es secundario. Lo que nos importa es cómo van a explicarse. Si el político o el obispo son capaces de justificarse con gracia, es decir, con un relato humano y apasionante, pueden salir del apuro sin grandes problemas”.

sábado, 28 de junio de 2014

1914, una tragedia europea

“El pequeño y estrafalario melodrama que se desarrolló en Bosnia el 28 de junio de 1914 tuvo un efecto similar al que podría tener una avispa al picar a un enfermo crónico que, como resultado de ello, enloqueciese y abandonando el lecho, consagrase sus últimos días a destruir el avispero”.
Max Hasting (1) 

Hace cien años, en las calles de Sarajevo, un terrorista adolescente descerrajó dos balazos al archiduque Francisco Fernando, heredero al trono austrohúngaro y el único influyente en ese imperio decrépito que no soñaba con hacer la guerra  a sus vecinos. A la historia le encantan las paradojas. De esta manera, Gavrilo Princip, un pelele serbobosnio que ni siquiera tenía la talla para ser llamado a filas, proporcionó el detonante (de ninguna manera la causa) del hecho capital del siglo XX, la Primera Guerra Mundial, también conocida como Gran Guerra.

Aquella carnicería diseminó semillas malignas que aún dan frutos envenenados. En Medio Oriente, por ejemplo, con sus mapas contra la naturaleza de los pueblos. O en las vocinglerías de los bolcheviques nostálgicos o de los neonazis. El totalitarismo -como ha sentenciado el gran historiador John Keegan (2)- fue la continuación de la I Guerra por otros medios.

Mirado desde el cómodo siglo XXI, el primer conflicto global causa una sensación de tragedia, futilidad, de matanza de los inocentes. Entre el 28 de julio de 1914 y el 11 de noviembre de 1918 murieron en el campo de batalla casi diez millones de personas. Se usaron, por primera vez, armas diabólicas como el gas mostaza. Ninguna de las grandes ciudades europeas fue destruida, básicamente se trató de una guerra rural. No obstante, millones de civiles sufrieron daños físicos y psicológicos irreparables. Cuatro imperios (el alemán, el austrohúngaro, el turco y el ruso) colapsaron; otros dos se arruinaron moral y económicamente (el inglés y el francés). Una civilización entera se estragó: el aristocrático orden liberal, surgido de la Ilustración europea, dio paso a la democracia de masas, el futuro sería de los que los pueblos quisieran o de quienes tuviesen la habilidad de manipularlos. Hasta el arte cambió por completo. La devastación de la Gran Guerra sentó las bases de una epidemia de gripe aún más letal (18 millones de muertos en todo el mundo) y generó una paz tan precaria que al cabo de escasos veintiun años el mundo estaría otra vez con las armas en la mano. Y el horror sería aun mayor: cinco veces más destructivo en vidas humanas e incalculablemente más costoso en términos materiales. Quizás los historiadores del mañana consideren la I y II Guerra Mundial como el mismo enfrentamiento con un débil armisticio en el medio.

Las causas

¿Pero cómo fue posible semejante suicidio? ¿Se trata de un caso de locura colectiva? En cierto sentido, sí. Pero en tren de buscar explicaciones racionales, puede concluirse que la Guerra Guerra fue la consecuencia lógica de un par de factores:
1) un orden internacional apocalíptico en el que competían dos bloques armados de proporciones colosales; 
2) el choque de dos ideas tan atávicas como desestabilizadoras: el imperialismo germano vs. el paneslavismo.

 En su monumental ensayo Diplomacy (3), Henry Kissinger compara el mundo bipolar de 1914 con la guerra fría, con la salvedad de que aquel escenario era mucho más volátil que el que protagonizaron Estados Unidos y la Unión Soviética. Cualesquiera de los cinco o seis jugadores europeos de primer nivel tenía el potencial para arrastrar a los demás a la perdición como consecuencia de un rígido sistema de alianzas que, en apenas dos décadas, sepultó el Concierto de las Naciones que había mantenido la paz continental (sólo hubo guerras regionales breves y profesionales) desde los tiempos napoleónicos.

Dos bloques antagónicos se habían enquistado en el Viejo Continente, uniendo antiguos adversarios y competidores territoriales: la Triple Entente (¡Gran Bretaña, Francia y Rusia en un mismo bando!) vs. las Potencias Centrales (Alemania, Austria Hungría e Italia, aunque está última en el momento de la verdad cambiaría de bando). Era un juego de suma cero. La confrontación era el método estándar de la diplomacia y cada crisis se volvían más difícil de resolver que la anterior, pues se convertían en una suerte de test de virilidad. Se creía (hoy también) que una política exterior firme y expansionista era la mejor cura para las enfermedades nacionales, y en especial para contener al ascendente socialismo. Así las cosas, ni siquiera los estadistas más cultos e inteligentes llegaron a percibir la gravedad del rumbo de los acontecimientos a comienzos del siglo XX. Cualquier cosa provocaba un alboroto (el papel de los diarios sedientos de sangre no puede ser subestimado). Sin embargo, lo que hoy resulta evidente es que el fatídico desenlace no se precipitó por el fervor nacionalista de las masas, sino por las decisiones de grupos de poder muy reducidos en el seno de siete países.

Es que por debajo de un establishment cosmopolita que compartía una religión y una cultura común existía un submundo siniestro: la Europa de los soldados. Millones de personas habían aprendido a usar un rifle o a marcar el paso. Las potencias se habían embarcado en una febril carrera armamentista (más y mejores armas, movilización total de los hombres y recursos) que incluía minuciosos planes de guerra, con cronogramas de hierro, sin control alguno de los gobernantes. El Ejército alemán -la más eficaz máquina de guerra que se había visto desde los romanos- era un Estado dentro del Estado. John Fitzgerald Kennedy pudo en 1962 frenar los bombardeos a Cuba durante la crisis de los misiles y así salvo al mundo de una hecatombe nuclear; el Kaiser, ese trastornado, no hubiera podido hacer lo mismo. El casus belli había escapado del control civil. Por eso, después de 1918 acuñaría el premier francés George Clemenceau su famosa frase: “la guerra es una asunto demasiado serio como para dejárselo a los militares”.

Sarajevo, sangrienta

Y los Balcanes eran un polvorín. En el vientre de Europa (el Cercano Oriente, según la visión de Londres) hubo dos guerras a principios de siglo XX. Sobre los restos del Imperio Otomano, emergió la belicosa Serbia que ambicionaba crear un gran Estado paneslavo que integraría a varios millones de súbditos de los Habsburgos. A la postre, los serbios lo lograrían (Yugoslavia duró setenta años) pero a un altísimo precio: Serbia perdió el 15% de la población en la Gran Guerra, una tragedia atroz comparada con el 2 al 3% de Alemania, Francia o Gran Bretaña.

Vale decir, Serbia era el enemigo mortal del políglota y decadente Imperio Austrohúngaro, que en 1908 le había infligido otra humillación: anexó la actual Bosnia-Herzegovina. Rusia era el gran protector de Belgrado. Y Alemania el de una Viena que sólo necesitaba (y buscaba) un pretexto para ajustar cuentas por vía de las armas con los serbios.

En la era previa de 1914, el terrorismo era, como hoy, endémico, aunque su matriz era básicamente anarquista o ultranacionalista. Uno de sus patrocinadores fue la Mano Negra, organización secreta serbia copiada de sectas similares de Alemania o Italia del siglo XIX. La Al Qaeda de entonces puso la Browning en las manos inexpertas del alfeñique Princip y bombas en la de sus seis secuaces, apenas trascendió que el heredero al trono austrohúngaro visitaría Sarajevo a fines de junio. Una visita imprudente, una provocación casi. Pero fue un conjura tan chapucera -hasta el punto de lo ridículo- que sólo tuvo éxito por dos factores inexorables:
a) El azar (tras salir ilesos de otro atentado, el archiduque y su esposa aparecieron por casualidad la esquina donde aguardaba Gavrilo).
b) La negligencia austríaca. Se dijo que los funcionarios imperiales de Sarajevo habían dedicado más energía a discutir los menúes y los temperaturas de los vinos que a la seguridad de su huésped de honor.






Reguero de pólvora

El asesinato del archiduque y su consorte plebeya conmovió al mundo civilizado. Fue un asunto de honor nacional y prestigio, no sólo había intereses en juego como en las disputas por el norte de Africa o las guerras balcánicas de 1912. No obstante, en las primeras semanas de crisis se creyó que el conflicto estaba focalizado. ¿Ir a la guerra por Serbia?, impensado en Londres y París. Pocos percibieron que Viena tenía en sus manos un cheque en blanco librado por los alemanes para la destrucción de Serbia; y San Petersburgo lo mismo, para impedirlo, pero entregado por los franceses. El fatal juego de alianzas convirtió un asunto local en una tragedia sin precedentes. Hoy se considera que la movilización rusa del 25 de julio fue el hecho decisivo del comienzo de las hostilidades, ya no podría haber marcha atrás, pero está claro que si alguien deseaba un enfrentamiento continental en 1914 era Berlín.

En efecto, cuando se presentó la oportunidad de empezar la guerra, Alemania se aferró a ella como el náufrago a su tabla. La poderosa nación germana tenía las mejores barajas en la mano. Aunque no era un estado absolutista a la manera de Rusia, conservaba el carácter de autocracia militarizada, paranoica y temerosa del avance socialdemócrata en su seno. El jefe del Estado Mayor, Helmut von Moltke (el joven) tenía un apetito insaciable por una confrontación europea. Predominaban las fantasías wagnerianas. Si hay guerra, es mejor que sea ahora antes de que los rusos y franceses completen su rearme, pensaba el generalato alemán en junio de 1914. Sus garantías de seguridad a los aventureros de Viena -desesperados por conservar sus provincias eslavas de la agitación serbia- fueron la causa primordial del estallido.

Con la invasión austrohúngara a Serbia y la de Alemania a Bélgica (otro enorme gaffe diplomático que confirmó la entrada en guerra de Gran Bretaña) comenzó la producción en masa de la muerte. Al comienzo, hubo celebraciones frívolas en todas las grandes ciudades, sin embargo la idea de que Europa recibió la catástrofe con los brazos abiertos está hoy muy matizada, sino desacreditada. Muchísima gente reflexiva estaba horrorizada. Y seis meses después ya se asumía que era una verdadera tragedia.

Muchas figuras extrañas, de corta inteligencia, se disputaban el escenario político en 1914. La paz requería de un estadista de talla y en ninguna potencia los había. Todos los planes de Alemania se basaban en noquear a Francia en cuatro semanas a lo sumo, para después volverse contra Rusia. El Imperio Austrohúngaro fue con la convicción de arrasar a su pequeño y revoltoso vecino antes de la Navidad. Rusia desenvainó la espada en defensa de Serbia, y Francia honró sus absurdos compromisos con el odioso zar. Las matanzas comenzaron de inmediato: en la era de las ametralladoras había una fe exagerada en el coraje humano y la carga con bayoneta. Simplemente la clase gobernante no tenía idea del poderío bélico que tenía entre manos. Fueron cuatro años de picadora de carne en las trincheras occidentales (símbolo perfecto del empate militar) y en los escenarios bélicos globales, también nuestras islas Malvinas. Gavrilo Princip no vería el final. Murió de tuberculosis en la cárcel de Terezin, en la actual República Checa.
El mundo entero, y sobre todo los jefes militares, esperaban una guerra corta y brutal que resolviera de una vez por todas las cuestiones internacionales del momento, incluso las tensiones internas.

Guillermo Belcore

  • Fuentes: 
  • (1) - 1914, el año de la catástrofe. Max Hasting. Crítica. Edición 2014
  • (2) - The First World War. John Keegan. Pimlico. Edición 1998.
  • (3) - Diplomacy. Henry Kissinger. Simon & Schuster. 1994.
  • (4) - La Gran Guerra. Peter Hart. Crítica. Edición 2014.

Publicado hoy en la página central del diario La Prensa.

viernes, 4 de diciembre de 2009

Los diez libros que no he leído

Moscardón imaginario XXII

Diciembre. ¿Qué rápido paso el año, no? Los suplementos culturales ya publican los consabidos balances. Indican los mejores libros del año. Voy a ir contra la corriente una vez más y -en mi carácter de amante fiel de las listas- enumeraré los libros que me hubiera gustado leer en 2009. Quizás inspire a algún escritor o editorial de la Patria. Quién sabe.

1) Una novela realista de César Aira.

2) Una novela oceánica de un escritor argentino.

3) Una antología de cuentos de ciencia ficción publicados en la última década. ¿Por qué a nuestros sellos editoriales no les interesa la ciencia ficción? ¿Es un prejuicio?

4) El auge y la decadencia del conurbano bonaerense (mi fatherland) novelados, digamos ochenta años en Lanús o San Martín. Me imagino la historia de cuatro generaciones. Abuelo inmigrante llega en los años treinta de Italia, el padre vive y próspera con el primer, segundo y tercer peronismo, el nieto sufre con la feroz dictadura, el bisnieto padece la degradación económica y moral del suburbio. Podría haber una fábrica familiar involucrada. Podría tomarse a Joyce Carol Oates como modelo narrativo. ¿Podría escribirla Pablo Ramos o Félix Bruzzone? No acepto menos de setecientas páginas.

5) Las últimas dos novelas de Thomas Pynchon. ¿Qué esperan para traducirlas y enviarlas a La Biblioteca de Asterión?

6) Una buena novela histórica sobre los primeros años de esa calamidad histórica conocida como Argentina. Podría ser la epopeya sanguinaria de Ulrico Schmidt en el Río de la Plata. Un escritor argentino (¿Terranova o Enriquez?) toma las crónicas del conquistador germano y las rellena con su imaginación. Exijo un trabajo minucioso y paciente, con muy buena documentación sobre las costumbres de la época y sin rastro alguno de maniqueísmo. El mundo como es. No menos de seiscientas páginas.

7) Un ensayo sobre la híper delincuencia en la Argentina. Con toneladas de cifras e historias de vida. Que no desdeñe la influencia del medio ambiente, pero tampoco nos empache con clichés progresistas. Desde Sarmiento a Feinmann -pasado por Martínez Estrada y Murena- el pensamiento nacional ha despreciado la investigación científica, el trabajo de campo. ¿Qué clase de sociología de pacotilla es esa que no aporta ni un dato?

8) Cuentos de vampiros, demonios, muertos vivientes, lobizones, mundos paralelos en las barriadas de Buenos Aires. Podría compilarlo Grillo Trubba. No vale imitar a Aira. Deberá respetarse el verosímil literario. Stephen King es el punto de partida.

9) Una edición comentada y no tan onerosa de la Naturalis Historia de Plinio el Viejo. Los precios de Gredos son imposibles para mi flaco bolsillo.

10) Las cincuenta batallas decisivas de la historia narradas por los mejores historiadores de la actualidad (Beevor, Keegan, Norman Davis). Dos o tres tomos, con muchos mapas.
Guillermo Belcore

sábado, 9 de enero de 2016

Ven desde los campos, padre

Es verdad que sobre los labrados muebles de las torres de marfil -pienso en Borges- se ha escrito magnífica poesía. Pero tengo la impresión de que la lírica desgarradora se fragua sólo en el fango de la vida, es decir que proviene de la sangre, el sudor o las lágrimas. Walt Whitman es un caso rotundo. Este hombre sencillo, de origen humilde y enorme corazón, escribió muchísimo mientras asistía -como voluntario- a los heridos de la Guerra de Secesión en los hospitales yankees. Vio en qué puede convertir a un ser humano la metralla y la pólvora y sintió la necesidad, visceral, de dejar testimonio. Entre ellos, el poema ‘Ven desde los campos padre’ (publicado en la colección Redobles de tambor) uno de los textos más conmovedores sobre los efectos prácticos de la guerra que he me ha tocado en suerte leer. Tropecé con él en un ensayo de John Keegan (pinche aquí) y se me ocurrió que no puedo dejar de compartirlo con los amigos de este blog.   


Ven desde los campos, padre


Por Walt Whitman

Ven desde los campos, padre; ha llegado una carta de nuestro hijo Pete;
Y ven hasta la puerta, madre -llego una carta de tu hijo querido.

He aquí que es otoño;
He aquí que los árboles, más hondamente verdes, más amarillos y rojos,
Orean y embellecen las aldeas de Ohio, agitando sus hojas al viento moderado;
Donde cuelgan en los huertos las manzanas maduras y las uvas en los viñedos emparrados;
(¿Puedes sentir el olor de las uvas en las viñas?
¿Puedes oler el trigo sarraceno, donde zumbaban hace poco las abejas?).

Sobre todo, he aquí el cielo, tan calmo, tan transparente tras la lluvia y con nubes maravillosas;
Debajo, también, todo en calma, todo vital y hermoso -y la granja prospera.

Allá en los campos todo va prosperando;
Pero ahora desde los campos ven, padre -acude a la llamada de la hija;
Y ven hasta la entrada, madre -hasta la puerta ven enseguida.
Tan rápido como puede, viene -un mal presagio- con pasos temblorosos;
No se detiene a alisarse el pelo, ni a ajustarse la cofia.

Ahora deprisa el sobre,
Oh está no es la letra de nuestro hijo, sin embargo su nombre aquí aparece;
Oh una mano extraña escribe por nuestro hijo querido -¡oh el alma asolada de la madre!
Todo flota delante de sus ojos -entre relámpagos negros- sólo acierta a oír las palabras esenciales;
Oraciones truncas -herida de bala en el pecho, escaramuza de caballería, llevado al hospital,
De momento débil, pero pronto estará mejor.

Ah, ahora, la única figura para mí,
En todo el populoso y rico Ohío, con todas sus ciudades y granjas,
Con rostro enfermizamente pálido, y la cabeza torpe, muy mareada,
Se apoya en la jamba de una puerta.

No te aflijas, madre querida, (dice entre sollozos la hija recién crecida;
Las hermanitas se abrazan en torno, mudas y consternadas;)
Mira, madre muy querida, la carta dice que Pete pronto estará mejor.

Ay, pobre muchacho, nunca estará mejor (y acaso tampoco necesitará estar mejor, alma valiente y sencilla)
Mientras ellos están parados ante la puerta, él ya está muerto;
El único hijo está muerto.

Pero la madre necesita estar mejor;
Con extrema delgadez, vestida ahora de negro;
No prueba por el día bocado -y por la noche duerme entre sobresaltos, despertándose a menudo,
Despertándose a medianoche, llorando, anhelando con un único y hondo anhelo,
Oh poder retirarse sin que nadie lo note -escaparse silenciosa y retirarse de la vida,
Para seguir, para buscar, para estar con su querido hijo muerto.

........


Come Up from the Fields Father


Come up from the fields father, here’s a letter from our Pete,
And come to the front door mother, here’s a letter from thy dear son.

Lo, ’tis autumn,
Lo, where the trees, deeper green, yellower and redder,
Cool and sweeten Ohio’s villages with leaves fluttering in the moderate wind,
Where apples ripe in the orchards hang and grapes on the trellis’d vines,   
(Smell you the smell of the grapes on the vines?
Smell you the buckwheat where the bees were lately buzzing?)

Above all, lo, the sky so calm, so transparent after the rain, and with wondrous clouds,   
Below too, all calm, all vital and beautiful, and the farm prospers well.

Down in the fields all prospers well,
But now from the fields come father, come at the daughter’s call,
And come to the entry mother, to the front door come right away.

Fast as she can she hurries, something ominous, her steps trembling,
She does not tarry to smooth her hair nor adjust her cap.

Open the envelope quickly,   
O this is not our son’s writing, yet his name is sign’d,
O a strange hand writes for our dear son, O stricken mother’s soul!
All swims before her eyes, flashes with black, she catches the main words only,
Sentences broken, gunshot wound in the breast, cavalry skirmish, taken to hospital,
At present low, but will soon be better.

Ah now the single figure to me,
Amid all teeming and wealthy Ohio with all its cities and farms,
Sickly white in the face and dull in the head, very faint,
By the jamb of a door leans.

Grieve not so, dear mother, (the just-grown daughter speaks through her sobs,
The little sisters huddle around speechless and dismay’d,)
See, dearest mother, the letter says Pete will soon be better.
Alas poor boy, he will never be better, (nor may-be needs to be better, that brave and simple soul,)
While they stand at home at the door he is dead already,
The only son is dead.

But the mother needs to be better,
She with thin form presently drest in black,
By day her meals untouch’d, then at night fitfully sleeping, often waking,
In the midnight waking, weeping, longing with one deep longing,   
O that she might withdraw unnoticed, silent from life escape and withdraw,

To follow, to seek, to be with her dear dead son.