Este es un blog sobre libros para amantes de los libros y las series. Se rige sólo por el hedonismo de un tal Guillermo Belcore.
domingo, 18 de enero de 2015
Historia de la guerra
viernes, 1 de enero de 2010
Antártida

viernes, 21 de noviembre de 2008
Recorre los campos azules
Claire KeeganEterna Cadencia. Cuentos, 206 páginas
¿Qué tiene Irlanda que nos fascina tanto? ¿El resentimiento que deviene de la pobreza? ¿El catolicismo, tan integrador como asfixiante? ¿Por qué la sentimos tan cerca? Algo es seguro, la isla esmeralda ha generado, en proporción, más escritores de primera que casi todas las naciones del globo. Por fortuna, este año leímos a Banville, McGahern y Connolly. Ahora descubrimos a una narradora sublime, que acaba de participar en el Festival de Literatura de Buenos Aires.
Con esta obra, Claire Keegan (1968) ganó el Edge Hill Prize 2007 que premia al mejor libro de relatos breves de las islas británicas. Su prosa es armoniosa, por momentos lírica, siempre hermosa de leer. La tristeza abruma a los personajes. Provienen de las zonas rurales, son hombres que están convencidos de que
la posesión de la tierra o de una cabra genera más satisfacciones que las que alguna vez les darán su esposa y sus hijos. Mujeres sufridas osan rebelarse. Keegan logra redondear algo tan raro y tan espléndido como una ‘poética de las situaciones incómodas'.
Todos los cuentos de este volumen son exquisitos, pero hay dos memorables. Parecen novelas en miniatura. Recorre los campos azules narra la calamidad de un sacerdote que celebra la boda de su enamorada, una adorable pelirroja por quien quebró los votos de celibato. No tuvo el valor y la decencia, empero, de dejar los hábitos para vivir con ella. La hija del guardabosque encierra el dolor de un mujer inquieta que se casó con un patán a quien no ama. Su venganza es terrible. La trama incluye hasta el delicado punto de vista de un perro.
Leer a Keegan induce también a meditar sobre un rasgo magnífico de la literatura moderna. Una y otra vez, las musas reescriben a Chejov. Cambian los escenarios y la gente, pero la pulsión continúa. He aquí, en la dura campiña de Irlanda, una de las versiones mejor logradas.
Guillermo Belcore
Publicado en el suplemento cultural del diario La Prensa.
Calificación: Excelente
PD: Uno de los dos o tres mejores libros de cuentos que leí este año. Buenos Aires tiene cosas maravillosas. Una editorial recién nacida se ha preocupado por acercar a la tribu de los lectores apasionados una autora formidable, que sólo con un Nobel hubiéramos llegado a descubrir.
PD II: La foto es del diario Página 12, que realizó una entrevista a la autora www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/2-11962-2008-11-15.html
domingo, 20 de agosto de 2017
La máscara del mando
Por alguna oscura razón, muchas personas incapaces de empuñar un arma y que vemos la guerra como una práctica infame, consideramos, en cambio, a la historia militar, como una lectura fascinante. Máxime cuando el narrador es una reconocida autoridad en la materia que demuestra que una sólida erudición no necesariamente está reñida con la elegancia en la expresión y el pormenor sabroso. El inglés John Keegan (1934-2012) reúne -sobradamente- esas tres condiciones.
La solapa del ensayo nos recuerda que el autor es un Tucídides contemporáneo: escribió una veintena de libros, entre ellos dos historias fundamentales de las guerras mundiales del siglo XX. Fue profesor en la famosa academia militar de Sandhurst. También impartió clases en Harvard, Oxford y Cambridge, entre otros centros de excelencia. Este blog ha prestado testimonio sobre la valía de dos de sus obras: Secesión e Historia de la Guerra (pinche aquí y aquí).
El sello Turner ha reimpreso, por fortuna, otro ensayo magistral de Keegan: La máscara del mando (438 páginas), un estudio cautivante, del primero al último párrafo, sobre la transformación de la conducción militar a lo largo de dos milenios de historia occidental. Un intento formidable, a través del tiempo y del espacio, de penetrar en las peculiaridades del liderazgo.
El historiador abordó así el problema de la técnica y la filosofía del mando en cuatro sociedades distintas:
- El ethos heroico y hegeliano (narcisista, en última instancia) del mundo de Alejandro.
- La creación de una clase militar encarnado por la sociedad que tenía al duque de Wellington (el antihéroe) como modelo.
- El mando no heroico de Ulises Simpson Grant, demócrata y populista de los pies a la cabeza, el primer general “moderno“.
- El falso heroísmo: Hitler como extravagante jefe supremo obsesionado por restaurar la grandeza de Alemania.

Uno de los interrogantes fundamentales que el libro encara es dónde debe colocarse el jefe militar en el momento del combate. ¿En la primera línea? ¿Siempre? ¿Debe ser Hércules, el que resuelve en los trabajos? ¿Qué ha significado ser un héroe a lo largo de la historia? En las conclusiones, se añade un punteo que agradecerá todo aquella persona a la que la vida la haya situado al frente de un grupo de personas: describe los cinco imperativos del arte de mandar, que son afinidad, prescripción, sanción, ejemplo y acción.
Hay que destacar una cualidad de Keegan, tiene una mente extraordinariamente incisiva en el juicio estratégico y en su comprensión de la naturaleza de la guerra, que mucho ha tenido de “religiosa“ incluso en los tiempos modernos para desgracia de los pueblos. El ensayista demuestra habilidad, además, para resumir acontecimientos e integrarlos -sin forzar el relato- en la narración general. No obstante, puede que su virtud más preciosa sea la capacidad de hacer docencia. El ensayo resulta esclarecedor; instruye al lego. Acaso no exista algo intelectualmente más placentero que aprehender lo complejo. Debo confesar que hasta ahora nunca había entendido del todo cómo Alejandro consiguió todo lo que consiguió . También desconocía que la mayor parte de las obsesiones políticas y militares del cabo Hitler provenían de sus experiencias como mensajero en las mortíferas trincheras de Flandes entre 1914 y 1918. Las páginas sobre la I y la II Guerra Mundial, en verdad, son magníficas.
Algo hay que decir sobre la ideología del autor. Es un aristotélico. Lo bien que hace Keegan al desdeñar el materialismo histórico y otras ficciones basadas en las leyes de hierro de la causalidad: considera un disparate pensar que las cualidades del individuo no tienen ninguna incidencia en el curso del mundo. La superioridad del liderazgo -insiste- es el factor clave de la guerra. Y la cultura ha sido “un elemento determinante en la configuración de un estilo de mando”. Asimismo, el historiador inglés puede ser considerado un macluhiano, por cuanto atribuye al cambio tecnológico un papel decisivo en la marcha de los acontecimientos. Verbigracia: llega a decir que “el Renacimiento y la Reforma resultan inconcebibles sin la pólvora”.
El libro nos pasea de la mano por Gaugamela, Waterloo, Vicksburg, Stalingrado y otros campos de batalla que además de atrapar poderosamente nuestra imaginación, hielan la sangre. Pero no se agota allí, también es una suerte de resumen fascinante de la evolución de la humanidad. De ahí su grandeza. Un viaje espeluznante, ¿pero qué otra cosa es la historia militar?
Calificación: Excelente
PD: La traducción de José Antonio Montano incurre dos veces en el anacronismo. Nos dice que Alejandro cazaba “pumas” allí donde los encontraba y que eligió “un maizal tupido” para desembarcar en un punto de los Balcanes. Como el lector de este blog sabe, el puma y el maíz son originarios de América.
sábado, 25 de junio de 2011
Tres luces
Claire KeeganEterna Cadencia editora, nouvelle, precio aproximado: 60 pesos. Edición 2011
"Una buena mujer puede ver más allá de lo que pasa y oler lo que se viene antes de que un hombre siquiera lo perciba''.
En el principio, fue un relato publicado por la revista The New Yorker. El texto prosperó hasta transformarse en un libro (Foster en inglés) que ahora un sello de la Argentina acierta al traerlo al castellano. La nouvelle había sido elogiada por la crítica británica. No disentirá este blog con el Daily Telegraph o The Guardian. Ha quedado confirmado que Claire Keegan (1968) es otra estrella luminosa en el firmamento de Irlanda, la isla de los grandes escritores. Va en camino, quizá, de convertirse en la heredera de John McGahern (1934-2006), pero con un cariz más delicado, hábil para definir a un ser humano con un solo trazo, lo que siempre es indicio de excelencia literaria. Por ejemplo: ¿Qué clase de hombre es aquél que jamas tomó a su hija de la mano? ¿O aquel otro que se juega a las cartas una ternera Shorton de la familia?
El libro se lee de un tirón, con placer y, finalmente, con un nudo en la garganta. Nos enfrenta a una situación común y desgarradora por lo injusta: Dios da hijos, a menudo, a quienes no lo merecen y, también con frecuencia, se los quita a un papá y a una mamá admirables. Se llama la vida; nada se puede hacer.
La historia transcurre en una Irlanda que -Unión Europea mediante- comienza a dejar atrás la pobreza campesina y católica, pero que aún vibra por las huelgas de hambre de los extremistas (y patriotas) del IRA contra Margaret Thatcher. Se narra en primera persona. Oímos la voz de una niña que va a pasar unos meses con un matrimonio que, al parecer, son sus tíos. Así describe al padre: "Esa manera que tiene los hombres de no hablar es algo a lo que estoy acostumbrada: les gusta patear el pasto con el taco de la bota para arrancar un terrón de turba, golpear el techo del auto antes de que arranque, escupir, sentarse con las piernas bien abiertas, como si no les importase". Así, resume su satisfacción con el cambio: "Sus manos son como las manos de mi madre, pero hay algo más en ellas, algo que nunca antes sentí y que no sé como llamar. Me siento sin palabras, pero esta es una casa nueva y necesito palabras nuevas''.
Lo que Keegan ha forjado podría definirse como poética de los momentos cotidianos. Su prosa es elegante, gentil, bella y suave. Carece de estridencias. Virtuosa, es un calificativo que le conviene. Se ha comparado a la irlandesa con Chejov y Maupassant, sobre todo por una cualidad que se mencionó más arriba: puede detectar (y transmitir) la miseria y la grandeza humana en lo ínfimo y en lo pedestre.
Guillermo Belcore
Calificación: Excelente
sábado, 10 de enero de 2015
El ensayo del año (2014)
En la última semana de diciembre -después de haber elaborado las 25 lecturas más placenteras de 2014- llegó a mis manos un ensayo esclarecedor y minucioso que, sin duda, merece haber en encabezado el ranking del año. Historia de la guerra de John Keegan logró sortear el cepo a las importaciones que han impuesto las autoridades económicas, so pretexto de que CFK no desea un dólor de cabeza en el último año de su mandato. Hasta un negado para la economía puede darse cuenta que traer libros de España, México o Chile haría saltar por los aires la esforzada ‘pax cambiaria’.
¡Je! Pero ese es otro asunto. Volvamos a la obra magna del más preeminente historiador militar de su época, publicada por primera vez en 1993 y el año pasado reimpresa en España. La tesis del inglés Keegan es que la guerra no es otra cosa que la perpetuación de la cultura por sus propios medios. Un recorrido fascinante y erudito por cinco mil años de Historia, que no deja fuera ni siquiera a los yanomanis de la Amazonia (un formidable mazazo al relativismo cultural y al mito del buen salvaje) pero que denuncia con toda convicción el método occidental de hacer la guerra y la cultura del servicio militar obligatorio, producto de una combinación explosiva: Revolución Francesa + Karl Von Clausewitz, cuyo libro ‘De la guerra‘ es culpable de un derramamiento de sangre sin precedentes. Giambattista Vico es, por cierto, la influencia primordial del autor.
Después de que se publique en La Prensa -acaso el domingo 18 del corriente- subiré aquí un extenso artículo sobre ’Historia de la guerra’. Baste adelantar que se trata de una obra imprescindible para todo aquel que desee comprender el hábito más extendido (y perverso) de la mitad de la humanidad, aquella que nace con un par de testículos en el cuerpo.
miércoles, 2 de noviembre de 2011
Antartida
Proyecto Diez Mil CuentosArgumento número veintidós
Antártida (1999)
Claire Keegan. Eterna Cadencia. Edición 2009
Una mujer felizmente casada (y que cree que el infierno es un lugar insoportablemente frío donde el diablo sólo te mira) decide un buen día comprobar cómo es dormir con otro hombre. Aprovecha un viaje a Londres, poco antes de la Navidad. Conoce un sujeto en un pub, se emborrachan, yacen en el abandonado departamento de él, frente a un gato con algo escalofriante. La mujer se va sin despedirse. Pero el amante casual la descubre en el hotel; almuerzan, él la besa con pasión, le suplica una última vez. Ella acepta a regañadientes; su tren sale por la tarde. Hacen el amor de nuevo en el departamento. El desliza un narcotico en la bebida, la esposa a la cama, la amordaza y se va. La mujer trata de liberarse, pero sólo consigue que el acolchado caiga al piso. Está desnuda, su rabia se transforma en terror. Un frío glacial irrumpe por la ventana abierta de la habitación de al lado.
PD: Este relato suave demuestra que la irlandesa Claire Keegan (1968) es otro nombre para tener en cuenta. Puede que se inspire en Carver, maneja con eficacia la premonición. Uno siente siempre que un desastre está punto de ocurrir.
domingo, 26 de julio de 2009
Una pequeña isla con grandes escritores
oy encendida en la isla. Y gracias a Dios, esa pasión sigue llegando a Buenos Aires.En esa amable tertulia, Mike Geraghty –miembro de la James Joyce’s Society– sentenció: “Si bien hay tres grandes faros en la literatura inglesa, Chaucer por haber sido el primero, Shakespeare por haber sido Shakespeare y James Joyce por haber sido un autor experimental, calculo que Joyce ha sido mejor porque no se sabe a ciencia cierta si Shakespeare existió, pero de James Joyce estamos seguros que existió, por más que la familia haya dicho ‘no lo conozco ni no lo quiero conocer".
El experto recomendó a los argentinos empezar por Dublineses y el Retrato de un artista adolescente, antes de encarar el Ulises, obra monumental que “para su mejor comprensión y disfrute debe ser abordada en grupos de lectura”. Aquéllos a los que la magnificencia de Joyce no haya agotado, podrán entonces probar fuerzas con Finnegan’s Wake.
Los herederos
La sombra poderosa de Joyce no ha opacado a la literatura irlandesa contemporánea. A la cabeza de cualquier lista, relumbra John Banville (Wexford 1945). George Steiner, ese crítico genial, afirma que es hoy el mejor estilista de la anglósfera. Noveló a Kepler, Newton y Copérnico (Editorial Edhasa); arrojó una sonda a las profundidades de la nostalgia y la identidad personal en El mar (Anagrama); y prestigió el género policial -usa el seudónimo Benjamin Black- en El secreto de Christine, El otro nombre de Laura y El lemur (Alfaguara). También se han volcado al castellano Imágenes de Praga (Herce Editores); El Intocable; El libro de las pruebas; Imposturas y Eclipse (Anagrama).
Por fortuna, el sello Adriana Hidalgo ha reimpreso otro de los portentos de la isla: John McGahern (Dublin 1934-2006). Su gran novela se titula La oscuridad. Es un conmovedor retrato de una familia campesina. La prosa, esculpida con ambigüedad y una delicada alternancia entre las personas verbales, quizás esté a un paso de la perfección. Parece mentira que en los años sesenta la censura dublinesa haya prohibido el texto. Bueno, no es tan insólito. El provincianismo jamás tolera que se ventilen los trapos sucios. Similar excelencia, demuestran los Cuentos Completos de McGahern. Cultivan el realismo sórdido, pero con hondas connotaciones. También captan las transformaciones que trajo la prosperidad.
Eterna Cadencia trajo a la Argentina un exquisito volumen de cuentos: Recorre los campos azules de Claire Keegan (1968), ganadora del Edge Hill Prize 2007 que premia al mejor libro de relatos breves de las islas. Su prosa es armoniosa, por momentos lírica, siempre hermosa de leer. Keegan logra redondear algo tan raro y tan espléndido como una ‘poética de las situaciones incómodas'.
Cerremos esta lista provisional y notoriamente incompleta de la excelencia irlandesa con John Connolly (Dublín, 1968) uno de los mejores autores de novela negra. La calidad de sus descripciones, el encanto de una prosa fiel al tópico, la invención de villanos espeluznantes, la pizca de elementos sobrenaturales, la vivisección de lo peor de Estados Unidos lo emparentan con los mejores escritores del género. Tiene otro rasgo memorable. Su obra nos coloca cara a cara con la maldad pura, con forajidos capaces de torturar a un niño para calmar sus apetitos. Induce a meditar sobre el mundo horripilante en que nacimos. Uno ruega al Cielo que nunca nuestros seres queridos tropiecen con un depredador. Connolly nació en Irlanda pero ha logrado -como Joyce o Wilde- insertarse con gran éxito en la caudalosa corriente de literatura en inglés. Tusquets tradujo varios libros de la saga del detective Charlie Parker. Los atormentados (2007) es una obra altamente recomendable.
Guillermo Belcore
Si alguien quiere aportar algún otro genio irlandés traducido al castellano, ¡pues adelante!
“Yo soy irlandés, y los escritores irlandeses escribimos en inglés, una lengua extranjera. No nos sentimos cómodos, miramos el lenguaje desde fuera. Cuando leo a Nabokov [de origen ruso] le entiendo perfectamente, porque también escribe inglés desde fuera. Un autor inglés intenta que su prosa sea fácil y transparente, siguiendo el consejo de George Orwell: el texto debe ser como una hoja de cristal. Para mí, para los irlandeses, no debe ser un cristal, sino una lente capaz de aproximar, alejar o distorsionar. Mire, venimos del gaélico, una lengua extraordinariamente evasiva en la que no es posible decir cosas directas. No se puede decir, por ejemplo, “soy un hombre”. Habría que decir algo así como “estoy en mi hombría”. El gaélico es oblicuo y se aleja continuamente de lo esencial, mientras el inglés es lo contrario, va directo al grano. “Esa tensión, nacida a mediados del siglo XIX, cuando dejamos de hablar gaélico y adoptamos el inglés del imperio, generó un lenguaje nuevo y potente. El lenguaje de Wilde, Keats, Shaw, Joyce, Beckett, distinto del inglés de Inglaterra, Estados Unidos o Australia”.
“Irlanda es un país de contadores de historias. Imagine que uno de nuestros políticos o uno de nuestros obispos comete algo terrible. Bien. A usted le interesaría saber exactamente cómo han sucedido las cosas. Para nosotros, eso es secundario. Lo que nos importa es cómo van a explicarse. Si el político o el obispo son capaces de justificarse con gracia, es decir, con un relato humano y apasionante, pueden salir del apuro sin grandes problemas”.
sábado, 28 de junio de 2014
1914, una tragedia europea
“El pequeño y estrafalario melodrama que se desarrolló en Bosnia el 28 de junio de 1914 tuvo un efecto similar al que podría tener una avispa al picar a un enfermo crónico que, como resultado de ello, enloqueciese y abandonando el lecho, consagrase sus últimos días a destruir el avispero”.
Max Hasting (1)

Hace cien años, en las calles de Sarajevo, un terrorista adolescente descerrajó dos balazos al archiduque Francisco Fernando, heredero al trono austrohúngaro y el único influyente en ese imperio decrépito que no soñaba con hacer la guerra a sus vecinos. A la historia le encantan las paradojas. De esta manera, Gavrilo Princip, un pelele serbobosnio que ni siquiera tenía la talla para ser llamado a filas, proporcionó el detonante (de ninguna manera la causa) del hecho capital del siglo XX, la Primera Guerra Mundial, también conocida como Gran Guerra.
Aquella carnicería diseminó semillas malignas que aún dan frutos envenenados. En Medio Oriente, por ejemplo, con sus mapas contra la naturaleza de los pueblos. O en las vocinglerías de los bolcheviques nostálgicos o de los neonazis. El totalitarismo -como ha sentenciado el gran historiador John Keegan (2)- fue la continuación de la I Guerra por otros medios.
Mirado desde el cómodo siglo XXI, el primer conflicto global causa una sensación de tragedia, futilidad, de matanza de los inocentes. Entre el 28 de julio de 1914 y el 11 de noviembre de 1918 murieron en el campo de batalla casi diez millones de personas. Se usaron, por primera vez, armas diabólicas como el gas mostaza. Ninguna de las grandes ciudades europeas fue destruida, básicamente se trató de una guerra rural. No obstante, millones de civiles sufrieron daños físicos y psicológicos irreparables. Cuatro imperios (el alemán, el austrohúngaro, el turco y el ruso) colapsaron; otros dos se arruinaron moral y económicamente (el inglés y el francés). Una civilización entera se estragó: el aristocrático orden liberal, surgido de la Ilustración europea, dio paso a la democracia de masas, el futuro sería de los que los pueblos quisieran o de quienes tuviesen la habilidad de manipularlos. Hasta el arte cambió por completo. La devastación de la Gran Guerra sentó las bases de una epidemia de gripe aún más letal (18 millones de muertos en todo el mundo) y generó una paz tan precaria que al cabo de escasos veintiun años el mundo estaría otra vez con las armas en la mano. Y el horror sería aun mayor: cinco veces más destructivo en vidas humanas e incalculablemente más costoso en términos materiales. Quizás los historiadores del mañana consideren la I y II Guerra Mundial como el mismo enfrentamiento con un débil armisticio en el medio.
Las causas
¿Pero cómo fue posible semejante suicidio? ¿Se trata de un caso de locura colectiva? En cierto sentido, sí. Pero en tren de buscar explicaciones racionales, puede concluirse que la Guerra Guerra fue la consecuencia lógica de un par de factores:
1) un orden internacional apocalíptico en el que competían dos bloques armados de proporciones colosales;
2) el choque de dos ideas tan atávicas como desestabilizadoras: el imperialismo germano vs. el paneslavismo.
En su monumental ensayo Diplomacy (3), Henry Kissinger compara el mundo bipolar de 1914 con la guerra fría, con la salvedad de que aquel escenario era mucho más volátil que el que protagonizaron Estados Unidos y la Unión Soviética. Cualesquiera de los cinco o seis jugadores europeos de primer nivel tenía el potencial para arrastrar a los demás a la perdición como consecuencia de un rígido sistema de alianzas que, en apenas dos décadas, sepultó el Concierto de las Naciones que había mantenido la paz continental (sólo hubo guerras regionales breves y profesionales) desde los tiempos napoleónicos.
Dos bloques antagónicos se habían enquistado en el Viejo Continente, uniendo antiguos adversarios y competidores territoriales: la Triple Entente (¡Gran Bretaña, Francia y Rusia en un mismo bando!) vs. las Potencias Centrales (Alemania, Austria Hungría e Italia, aunque está última en el momento de la verdad cambiaría de bando). Era un juego de suma cero. La confrontación era el método estándar de la diplomacia y cada crisis se volvían más difícil de resolver que la anterior, pues se convertían en una suerte de test de virilidad. Se creía (hoy también) que una política exterior firme y expansionista era la mejor cura para las enfermedades nacionales, y en especial para contener al ascendente socialismo. Así las cosas, ni siquiera los estadistas más cultos e inteligentes llegaron a percibir la gravedad del rumbo de los acontecimientos a comienzos del siglo XX. Cualquier cosa provocaba un alboroto (el papel de los diarios sedientos de sangre no puede ser subestimado). Sin embargo, lo que hoy resulta evidente es que el fatídico desenlace no se precipitó por el fervor nacionalista de las masas, sino por las decisiones de grupos de poder muy reducidos en el seno de siete países.
Es que por debajo de un establishment cosmopolita que compartía una religión y una cultura común existía un submundo siniestro: la Europa de los soldados. Millones de personas habían aprendido a usar un rifle o a marcar el paso. Las potencias se habían embarcado en una febril carrera armamentista (más y mejores armas, movilización total de los hombres y recursos) que incluía minuciosos planes de guerra, con cronogramas de hierro, sin control alguno de los gobernantes. El Ejército alemán -la más eficaz máquina de guerra que se había visto desde los romanos- era un Estado dentro del Estado. John Fitzgerald Kennedy pudo en 1962 frenar los bombardeos a Cuba durante la crisis de los misiles y así salvo al mundo de una hecatombe nuclear; el Kaiser, ese trastornado, no hubiera podido hacer lo mismo. El casus belli había escapado del control civil. Por eso, después de 1918 acuñaría el premier francés George Clemenceau su famosa frase: “la guerra es una asunto demasiado serio como para dejárselo a los militares”.
Sarajevo, sangrienta
Y los Balcanes eran un polvorín. En el vientre de Europa (el Cercano Oriente, según la visión de Londres) hubo dos guerras a principios de siglo XX. Sobre los restos del Imperio Otomano, emergió la belicosa Serbia que ambicionaba crear un gran Estado paneslavo que integraría a varios millones de súbditos de los Habsburgos. A la postre, los serbios lo lograrían (Yugoslavia duró setenta años) pero a un altísimo precio: Serbia perdió el 15% de la población en la Gran Guerra, una tragedia atroz comparada con el 2 al 3% de Alemania, Francia o Gran Bretaña.
Vale decir, Serbia era el enemigo mortal del políglota y decadente Imperio Austrohúngaro, que en 1908 le había infligido otra humillación: anexó la actual Bosnia-Herzegovina. Rusia era el gran protector de Belgrado. Y Alemania el de una Viena que sólo necesitaba (y buscaba) un pretexto para ajustar cuentas por vía de las armas con los serbios.
En la era previa de 1914, el terrorismo era, como hoy, endémico, aunque su matriz era básicamente anarquista o ultranacionalista. Uno de sus patrocinadores fue la Mano Negra, organización secreta serbia copiada de sectas similares de Alemania o Italia del siglo XIX. La Al Qaeda de entonces puso la Browning en las manos inexpertas del alfeñique Princip y bombas en la de sus seis secuaces, apenas trascendió que el heredero al trono austrohúngaro visitaría Sarajevo a fines de junio. Una visita imprudente, una provocación casi. Pero fue un conjura tan chapucera -hasta el punto de lo ridículo- que sólo tuvo éxito por dos factores inexorables:
a) El azar (tras salir ilesos de otro atentado, el archiduque y su esposa aparecieron por casualidad la esquina donde aguardaba Gavrilo).
b) La negligencia austríaca. Se dijo que los funcionarios imperiales de Sarajevo habían dedicado más energía a discutir los menúes y los temperaturas de los vinos que a la seguridad de su huésped de honor.
Reguero de pólvora
El asesinato del archiduque y su consorte plebeya conmovió al mundo civilizado. Fue un asunto de honor nacional y prestigio, no sólo había intereses en juego como en las disputas por el norte de Africa o las guerras balcánicas de 1912. No obstante, en las primeras semanas de crisis se creyó que el conflicto estaba focalizado. ¿Ir a la guerra por Serbia?, impensado en Londres y París. Pocos percibieron que Viena tenía en sus manos un cheque en blanco librado por los alemanes para la destrucción de Serbia; y San Petersburgo lo mismo, para impedirlo, pero entregado por los franceses. El fatal juego de alianzas convirtió un asunto local en una tragedia sin precedentes. Hoy se considera que la movilización rusa del 25 de julio fue el hecho decisivo del comienzo de las hostilidades, ya no podría haber marcha atrás, pero está claro que si alguien deseaba un enfrentamiento continental en 1914 era Berlín.
En efecto, cuando se presentó la oportunidad de empezar la guerra, Alemania se aferró a ella como el náufrago a su tabla. La poderosa nación germana tenía las mejores barajas en la mano. Aunque no era un estado absolutista a la manera de Rusia, conservaba el carácter de autocracia militarizada, paranoica y temerosa del avance socialdemócrata en su seno. El jefe del Estado Mayor, Helmut von Moltke (el joven) tenía un apetito insaciable por una confrontación europea. Predominaban las fantasías wagnerianas. Si hay guerra, es mejor que sea ahora antes de que los rusos y franceses completen su rearme, pensaba el generalato alemán en junio de 1914. Sus garantías de seguridad a los aventureros de Viena -desesperados por conservar sus provincias eslavas de la agitación serbia- fueron la causa primordial del estallido.
Con la invasión austrohúngara a Serbia y la de Alemania a Bélgica (otro enorme gaffe diplomático que confirmó la entrada en guerra de Gran Bretaña) comenzó la producción en masa de la muerte. Al comienzo, hubo celebraciones frívolas en todas las grandes ciudades, sin embargo la idea de que Europa recibió la catástrofe con los brazos abiertos está hoy muy matizada, sino desacreditada. Muchísima gente reflexiva estaba horrorizada. Y seis meses después ya se asumía que era una verdadera tragedia.
Muchas figuras extrañas, de corta inteligencia, se disputaban el escenario político en 1914. La paz requería de un estadista de talla y en ninguna potencia los había. Todos los planes de Alemania se basaban en noquear a Francia en cuatro semanas a lo sumo, para después volverse contra Rusia. El Imperio Austrohúngaro fue con la convicción de arrasar a su pequeño y revoltoso vecino antes de la Navidad. Rusia desenvainó la espada en defensa de Serbia, y Francia honró sus absurdos compromisos con el odioso zar. Las matanzas comenzaron de inmediato: en la era de las ametralladoras había una fe exagerada en el coraje humano y la carga con bayoneta. Simplemente la clase gobernante no tenía idea del poderío bélico que tenía entre manos. Fueron cuatro años de picadora de carne en las trincheras occidentales (símbolo perfecto del empate militar) y en los escenarios bélicos globales, también nuestras islas Malvinas. Gavrilo Princip no vería el final. Murió de tuberculosis en la cárcel de Terezin, en la actual República Checa.
El mundo entero, y sobre todo los jefes militares, esperaban una guerra corta y brutal que resolviera de una vez por todas las cuestiones internacionales del momento, incluso las tensiones internas.
Guillermo Belcore
- Fuentes:
- (1) - 1914, el año de la catástrofe. Max Hasting. Crítica. Edición 2014
- (2) - The First World War. John Keegan. Pimlico. Edición 1998.
- (3) - Diplomacy. Henry Kissinger. Simon & Schuster. 1994.
- (4) - La Gran Guerra. Peter Hart. Crítica. Edición 2014.
Publicado hoy en la página central del diario La Prensa.
viernes, 4 de diciembre de 2009
Los diez libros que no he leído
sábado, 9 de enero de 2016
Ven desde los campos, padre
Ven desde los campos, padre
Por Walt Whitman
Ven desde los campos, padre; ha llegado una carta de nuestro hijo Pete;
Y ven hasta la puerta, madre -llego una carta de tu hijo querido.
He aquí que es otoño;
He aquí que los árboles, más hondamente verdes, más amarillos y rojos,
Orean y embellecen las aldeas de Ohio, agitando sus hojas al viento moderado;
Donde cuelgan en los huertos las manzanas maduras y las uvas en los viñedos emparrados;
(¿Puedes sentir el olor de las uvas en las viñas?
¿Puedes oler el trigo sarraceno, donde zumbaban hace poco las abejas?).
Sobre todo, he aquí el cielo, tan calmo, tan transparente tras la lluvia y con nubes maravillosas;
Debajo, también, todo en calma, todo vital y hermoso -y la granja prospera.
Allá en los campos todo va prosperando;
Pero ahora desde los campos ven, padre -acude a la llamada de la hija;
Y ven hasta la entrada, madre -hasta la puerta ven enseguida.
Tan rápido como puede, viene -un mal presagio- con pasos temblorosos;
No se detiene a alisarse el pelo, ni a ajustarse la cofia.
Ahora deprisa el sobre,
Oh está no es la letra de nuestro hijo, sin embargo su nombre aquí aparece;
Oh una mano extraña escribe por nuestro hijo querido -¡oh el alma asolada de la madre!
Todo flota delante de sus ojos -entre relámpagos negros- sólo acierta a oír las palabras esenciales;
Oraciones truncas -herida de bala en el pecho, escaramuza de caballería, llevado al hospital,
De momento débil, pero pronto estará mejor.
Ah, ahora, la única figura para mí,
En todo el populoso y rico Ohío, con todas sus ciudades y granjas,
Con rostro enfermizamente pálido, y la cabeza torpe, muy mareada,
Se apoya en la jamba de una puerta.
No te aflijas, madre querida, (dice entre sollozos la hija recién crecida;
Las hermanitas se abrazan en torno, mudas y consternadas;)
Mira, madre muy querida, la carta dice que Pete pronto estará mejor.
Ay, pobre muchacho, nunca estará mejor (y acaso tampoco necesitará estar mejor, alma valiente y sencilla)
Mientras ellos están parados ante la puerta, él ya está muerto;
El único hijo está muerto.
Pero la madre necesita estar mejor;
Con extrema delgadez, vestida ahora de negro;
No prueba por el día bocado -y por la noche duerme entre sobresaltos, despertándose a menudo,
Despertándose a medianoche, llorando, anhelando con un único y hondo anhelo,
Oh poder retirarse sin que nadie lo note -escaparse silenciosa y retirarse de la vida,
Para seguir, para buscar, para estar con su querido hijo muerto.
........
Come Up from the Fields Father
Come up from the fields father, here’s a letter from our Pete,
And come to the front door mother, here’s a letter from thy dear son.
Lo, ’tis autumn,
Lo, where the trees, deeper green, yellower and redder,
Cool and sweeten Ohio’s villages with leaves fluttering in the moderate wind,
Where apples ripe in the orchards hang and grapes on the trellis’d vines,
(Smell you the smell of the grapes on the vines?
Smell you the buckwheat where the bees were lately buzzing?)
Above all, lo, the sky so calm, so transparent after the rain, and with wondrous clouds,
Below too, all calm, all vital and beautiful, and the farm prospers well.
Down in the fields all prospers well,
But now from the fields come father, come at the daughter’s call,
And come to the entry mother, to the front door come right away.
Fast as she can she hurries, something ominous, her steps trembling,
She does not tarry to smooth her hair nor adjust her cap.
Open the envelope quickly,
O this is not our son’s writing, yet his name is sign’d,
O a strange hand writes for our dear son, O stricken mother’s soul!
All swims before her eyes, flashes with black, she catches the main words only,
Sentences broken, gunshot wound in the breast, cavalry skirmish, taken to hospital,
At present low, but will soon be better.
Ah now the single figure to me,
Amid all teeming and wealthy Ohio with all its cities and farms,
Sickly white in the face and dull in the head, very faint,
By the jamb of a door leans.
Grieve not so, dear mother, (the just-grown daughter speaks through her sobs,
The little sisters huddle around speechless and dismay’d,)
See, dearest mother, the letter says Pete will soon be better.
Alas poor boy, he will never be better, (nor may-be needs to be better, that brave and simple soul,)
While they stand at home at the door he is dead already,
The only son is dead.
But the mother needs to be better,
She with thin form presently drest in black,
By day her meals untouch’d, then at night fitfully sleeping, often waking,
In the midnight waking, weeping, longing with one deep longing,
O that she might withdraw unnoticed, silent from life escape and withdraw,
To follow, to seek, to be with her dear dead son.




