Kurt Vonnegut
Sexto piso. Edición 2011. Cuentos, 255 páginas

Estados Unidos, tierra de libertad y de adoración insensata al dinero, ha creado una nueva especie humana: el hombre unidireccional. Sólo apropiada para trepar, la nueva raza brillante y lustrosa cree que la vida no vale la pena si no consiste en lograr que la familia sea más y más y más rica. Se preguntará usted qué ocurre cuando retornan las vacas flacas y el hombre unidireccional descubre que su patrimonio está bajando. Ocurre una epidemia de suicidios de hombre casados con más de un hijo, con el propósito de hacer efectivo el pago de una póliza de seguros de vida que asegure el futuro de la prole. Epizootia, la práctica epidémica de suicidarse para crear riqueza.
El creador de tan espléndido argumento no es otro que Kurt Vonnegut (1922-2007), uno de los excéntricos más fascinantes de la anglósfera. Escribió catorce novelas, después de haber sido sometido a una de las experiencias más desquiciantes que se pueda imaginar: en la Segunda Guerra Mundial cayó prisionero de los nazis y fue obligado a presenciar los terribles e imperdonables bombardeos aliados a la ciudad de Dresde (300.000 muertos, cuanto menos). De aquel trauma, surgió su obra más popular: Matadero Cinco. El exquisito sello Sextopiso (no es la primera vez que me sorprende) se las ha arreglado para recopilar dieciséis cuentos inéditos de Vonnegut. El volumen es muy recomendable, incluso por sus defectos.
Mientras los mortales duermen parece ser, al arrancar, la obra de un escritor bisoño. Vonnegut, que por alguna razón nunca quiso publicarlo en vida, estaba tanteando en busca de su mejor voz. Después, el estilo se asienta. Son cuentos desparejos en su técnica narrativa (los sucesos resultan, por lo general, interesantes) que suelen tener incrustado un mensaje explícito, lo que siempre -como se sabe- roe la eficacia estética. Pero también es un libro encantador y gracioso, deliciosamente satírico, con personajes soñadores y héroes enfermizos a los que la realidad no le alcanza. Como bonus track el libro viene adornado con dibujos sencillos realizados por el propio autor.
El gran Vonnegut inventa a un científico genial que se enamora de un robot (Jenny). Besos a cien dólares es un drama laboral que se desata por la afición de un oficinistas a las revistas para adultos y que tiene la virtud de dejar al lector meditabundo. Guardian de la persona, es uno de los mejores relatos pues carece de moraleja. Esboza a un personaje memorable, el tío Charley, un aristócrata de la vida caído en desgracia. Debe afrontar, a punto de recaer en el alcoholismo, que el sobrino desamorado que ha criado junto a su esposa muerta se independice. “Hoy, mis fracasos no me van a asaltar en manada, farfullando y graznando”, hermosa frase del tío Charley junto a un bourbon con hielo.
Que Vonnegut haya preferido ocultar a los ojos del público los hermosos cuentos de hadas Mientras los mortales duermen y Fuera, vela efímera da que pensar. En el primero, el ímpetu grosero de un gánster para ganar un concurso de Navidad es derrotado por la piedad sencilla, una forma de resistencia popular ante los dólares brutos. En el segundo, un sepulturero deforme hace soñar, vía epistolar, a mujeres solas, abandonadas, de Norteamérica. Las historias conmueven; la crítica social al alma filistea de la sociedad, esclarece. He encontrado en el cuento que da título al libro un carácter entrañable. Fred Hackleman, director de un periódico, soltero, cínico, un genio de la prensa, absolutamente consagrado a su trabajo, tiránico en pos de una noticia. Conocí a personajes así cuando comencé a trabajar en un diario a mediados de los ochenta (recuerdo que a un genial jefe de redacción la policía en una ocasión lo confundió con un mendigo, nunca le prestaba atención a su vestimenta). Me temo que periodistas de esa estirpe ya no existen.
Por principio, detesto que se hurgue en los cajones del escritorio de un muerto. La industria editorial debería respetar lo que un artista pudoroso ha preferido ocultar en vida. Con Kafka, empero, puede hacerse una excepción. Con Vonnegut, también.
Guillermo Belcore
Calificación: Muy bueno
Proyecto Diez Mil Cuentos
Argumento número treinta y dos
Jenny
Mientras los mortales duermen. Kurt Vonnegut. Sexto piso. Edición 2011.
El doctor George Castrow es una de las grandes mentes técnicas de nuestro tiempo. A los ocho años hablaba cinco idiomas; a los dieciocho ya tenía un doctorado en el MIT. Pero terminó vendiendo electrodomésticos entre Canadá y Florida, haciendo payasadas ante multitudes. Vive en una camioneta y se enamoró de Jenny, una máquina. El doctor Castrow eligió el amor perfecto de un robot, con cuerpo de heladera, y la voz y el rostro de su esposa perdida. Pero un día recibe un mensaje de Nancy, su mujer de carne y hueso. Le escribió desde el lecho de muerte. George va a visitarla, conversa con ella. Luego apaga a Jenny pasa siempre. "Mira al ser humano imperfecto que Dios te ha dado para que lo ames e intenta quererla un poco por que lo realmente es...", escribió Nancy.
PD: Tengo en mis manos, una maravilla. Estoy leyendo cuentos inéditos de Vonnegut, uno de mis raros favoritos. Una joya exótica pero filosa, que descarna como nadie el American Way Life.
Diccionario de Asterión
Entrada Número IIILibro: sust. com. Según Jorge Luis Borges, de los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso. Los demás son extensiones del cuerpo (el microscopio, el telescopio son extensiones de la vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos la espada y el arado, extensiones del brazo), pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y la imaginación.
“Si leemos un libro antiguo -añade J.L.B.- es como si leyéramos todo el tiempo que ha transcurrido desde el día que fue escrito y nosotros. Por eso conviene mantener el culto del libro. El libro puede estar lleno de erratas, podemos no estar de acuerdo con las opiniones del autor, pero todavía conserva algo sagrado, algo divino, no con respeto supersticioso, pero sí con el deseo de encontrar felicidad, de encontrar sabiduría”.
2) Según Carlos Catania (Santa Fe 1931), objeto que usan las personas para darse la sensación de lo que pudo haber sido. “El libro es en el fondo lo menos despreciable del Error; porque si el libro es grande significa que el tipo ha olfateado algo, hasta si agarra para otro lado”, dice un personaje en Las Varonesas. Más adelante se propone una definición antitética: “libro es un opio del que se agarra la gente que no puede vivir la vida sencilla”.
Proyecto Diez Mil Cuentos
Argumento número treinta y uno.Enoch SoamesMax BeerbohmAntología de la literatura fantástica. Compilado por Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares en 1940. El prólogo es de A.B.C. Editorial Sudamericana. Sexta edición. 1989Estamos a fines del siglo XIX. El señor Beerbohm conoce a un literato fracasado, pero el fracaso es total, sin barniz ni atenuantes. Escribió tres libros, el segundo vendió tres ejemplares; el último quizás menos. La única virtud, acaso, del melancólico Enoch Soames es pasar siempre inadvertido, lograr que todos lo ignoren o lo olviden. Dice ser algo tan improbable como un “satanista católico“; presume de desdeñosa esfinge, simula que la indiferencia generalizada no lo afecta. Mentira. Lo afecta a tal punto que se declara dispuesto a vender cuerpo y alma al diablo si le permite viajar al futuro para constatar en la Biblioteca de Londres si la posteridad registró su nombre. Obviamente, Lucifer, un sujeto más bien vulgar y repelente, acepta el trato. Soames va a 1997 y vuelve, naturalmente, derrotado. Encontró una sola huella, en Literatura Britaniqa 1890-1900 de T.K. Nupton, publicado por el Estado en 1992. Menciona la página 274 un cuento de Beerbohm que narra la historia de un tipo ficticio (¡ficticio!) llamado Enoch Soames, “un poeta de tercera categoría que se creía un genio e hizo un pacto con el diablo para saber qué pensaría de él la posteridad”. Tal como se había acordado, Belcebú pasa a buscar al señor Soames a las siete en punto.
PD: Tres razones me han forzado a releer este cuento extraordinario, publicado por primera vez en 1919. Primero: es una sátira magnífica de los esfuerzos de los escribidores mediocres para ganar un espacio bajo el sol. Segundo: rehace el mito de Fausto. Tercero: es very british.
Fabio Morábito
Eterna Cadencia. Cuentos, 154 páginas. Edición 2012

“Y cuando la novela despertó, el cuento todavía estaba ahí“. La humorada es de Roberto Bolaño. Refiere, naturalmente, al cuento más corto del mundo (lo escribió Augusto Monterroso) y establece de manera oblicua una verdad histórica: si la novela es un producto relativamente reciente, el relato breve acompaña al hombre prácticamente desde la aparición del habla. Por eso, el cuentista de fuste esta emparentado con el brujo, con el chamán, con el narrador oral de historias. Es más un embaucador que un literato. Fabio Morábito, mexicano de origen italiano pero nacido en Egipto, pertenece a esa estirpe.
En el pulcro, sugerente y sutil Morábito se perciben influencias de Cortazar y de Carver. Hay un elemento misterioso, oscuro, amenazante sobrevolando la trama. Hay un suave suspenso. Una fuerza profunda, irresistible, tiende a perforar la normalidad burguesa; es el deseo sexual en ‘La renta’, donde una pareja con un nene chiquito que busca un departamento para alquilar es arrastrada a una fiesta swinger; y en ‘Las llaves’, donde el adulterio con cuñadas se percibe como un estimulante para sobrellevar la frustración matrimonial. Es la curiosidad malsana en ‘El arreglo’ y ’Flores y frutos’, donde se incluyen tratos excéntricos entre inquilinos y propietarios. Es la infelicidad de una mujer estragada en ‘La caída del árbol‘. Los personajes, que suelen sufrir de mal de ausencias, pugnan -a veces sin saberlo- por dar un giro brusco a sus vidas. El pasado los abruma. “Un poco de desorden, de vez en cuando, hace milagros”, se define.
No es éste el mejor de los tres volúmenes de cuentos que Eterna Cadencia publicó de Fabio Morábito. A quién no lo conozca, se le sugiere comenzar por otro lado. No obstante, quien se haya enamorado del mexicano considerará ‘La vida ordenada’ absolutamente imprescindible.
Guillermo BelcorePublicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La PrensaCalificación: Bueno
Diario de un lector apasionado XVIII
Advertencia: esta entrada no está dirigida a todos. Es para Pablo Braun de Eterna Cadencia, para Salvador Cristofaro de Fiordo Editorial, para la buena gente de La Bestia Equilatera, Entropía, Beatriz Viterbo, Adriana Hidalgo, del FCE y también, por qué no, para los responsables de Mondadori, Tusquets, Emecé o Alfaguara. Para aquellos que hacen de la divulgación del arte su sustento y su sentido de vida. Hay una joya excepcional de la literatura argentina sumida en el triste olvido. Les suplico que la rescaten. El mundo debe saber que en este arrabal de la civilización también se han escrito novelas a la altura de un Faulkner o un Benet. ¿No será mucho, Belcore? Para nada. Hubo hace unos treinta y cinco años un Celine a orillas del Río Paraná.
Primero es lo primero. ¿Cómo llegue a Las Varonesas de Carlos Catania? Por recomendación de un amigo chileno (es una forma de decir). Leí en la página cincuenta y cuatro de Entre paréntesis de Roberto Bolaño:
“... el narrador argentino Cataño, creo que ése es su nombre aunque no estoy seguro, autor de una novela notable y olvidada: Las Varonesas, editada en Seix Barral a finales de los setenta, se marcho a Costa Rica, en donde estuvo viviendo hasta el triunfo de la revolución sandinista, tras lo cual se fue a Managua… ¿Dónde está Cataño ahora? No tengo ni idea. Sólo leí de él una novela. Espero que siga escribiendo”.
Bolaño, un crítico tan sublime como fiable, aportó ese comentario a fines de los noventa, aunque le pifió con el nombre del autor. Me picó la curiosidad. Acudí a Mercado Libre y conseguí un ejemplar usado en el barrio de Belgrano a ¡cuarenta pesos! Ahora estoy leyendo en estado de fascinación una novela cuyo núcleo incandescente es, en la primera parte, el incesto y la nausea de existir. Y en la segunda, la guerra sucia de los setenta. En unos días, subiré la reseña. Créanme, la obra es excelente.
¿Cómo es posible que a nadie se la haya ocurrido reimprimir Las Varonesas? Los mecanismos de validación literarios en nuestro país, no me cansaré de decirlo, son deleznables, se sustentan en criterios que poco tienen que ver con la jerarquía estética. A veces pienso que se basan no sólo en el esnobismo sino también en la ignorancia. Ignoro si el señor Catania vive aún (nació en 1931). Hace un par de años el diario El Litoral (de allí tomé la foto) lo consultó sobre su amigo Sábato, que acababa de morir. Quizás intente buscarlo si supero esa perniciosa flojera que cada día se me agrava. Quiero decirle que Las Varonesas es una de las mejores novelas argentinas que he leído en mi vida. Quiero estrecharle la mano y darle las gracias. Este caballero se lo merece.
Guillermo Belcore
J. K. Rowling
Salamandra. Novela, 603 páginas. Edición 2012
Imagine que tiene cientos de millones de dólares en el banco; ha inventado algo que le ha asegurado no sólo fortuna, sino también inmortalidad. Su país le ha concedido la máxima condecoración y sus conciudadanos lo adoran. En realidad, millones de personas en todo el mundo le están agradecidos (ha conseguido que sus hijos lean). Con toda prudencia, usted se ha retirado a una edad temprana. O al menos eso pensábamos. ¿Se arriesgaría a salir de su refugio dorado con un producto nuevo para someterse, otra vez, al arbitrio de la veleidosa opinión pública y de los críticos, ese hatajo de lobos hambrientos? ¿Sí? Bueno, la señora Rowling lo ha hecho. ¡Tres hurras por la audacia! Su primera novela para adultos es una lectura amena, conmovedora por momentos, divertida en general, pero, claro, no es nada del otro mundo.
El libro nos lleva a Pagford, típico pueblito inglés, bastión de los conservadores desde la década del cincuenta. La muerte de un concejal revela que detrás del cuadro idílico hierve un caldero de brujas. Estupidez, mezquindad, desamor, egoísmo, infelicidad, hijos contra padres (y viceversa), bullying, esnobismo, ausencia absoluta de compasión. ¿En qué se ha convertido la próspera sociedad contemporánea?, nos plantea Rowling. La lucha por la imprevista vacante política, las disputas familiares y el intento de los tradicionalistas de quitarse de encima tanto un barrio marginal (tipo Fuerte Apache) como la asistencia a los drogadictos son los tres ejes narrativos. Hay escenas con tremenda fuerza dramática, caso una violación, la muerte de un bebé, heridas autoinfligidas, palizas en la santidad del hogar. También hay escenas cómicas.
La prosa no es bella pero es eficaz. Rowling pertenece a la estirpe más simplona de los narradores, a la que no hay que exigirle estilo, preciosismo, forma en general. Ni siquiera pídanle profundidad psicológica. Ella ofrece una teleserie (de hecho la BBC ya compró los derechos), un realismo maniqueo, denuncia social. Ha querido escribir, acaso, bajo la sombra de Dickens. Las seiscientas páginas son placenteras e incluyen pasajes inspiradores. ¿En qué has convertido tu vida?, nos refriega en la cara, con modales ingleses, obvio. Guillermo Belcore
Una versión más corta se publicó en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa de este fin de semana
Calificación: Buena
PD: La novela, por lo que he visto, se ha convertido en una suerte de parteaguas, una divisora de opiniones. Las críticas van desde el entusiasmo más bobo hasta el repudio sin paliativos. ¿Qué esperaban? ¿A Joyce, a Kafka? Hablemos claro: Una vacante imprevista es entretenida y digna pero no ingresará -me parece- en el Parnaso de la Alta Literatura. Por lo demás, creo que a la señora Rowling se la golpea sin piedad por cuestiones que nada tienen que ver con sus méritos o deméritos literarios. Es un blanco fácil. Queda bien repudiarla. ¡Envidia, cuántos crímenes se cometen en tu nombre! Me encantaría que el diarismo mostrara el mismo rigor estético con los amigotes plumíferos, o los amigos de los amigos.
PD II: El País de Madrid ofrece leer el primer capítulo. Pinche aquí: http://cultura.elpais.com/cultura/2012/12/19/actualidad/1355929050_361327.html
John Berger
Alfaguara. Ensayo autobiográfico, 180 páginas. Edición 2012.
En el alba se formula una promesa. El gran John Berger (Londres 1926) amaga con fusionarse con el gran Baruch o Bento o Benedict Spinoza (1632-1677). Sólo el arte -sospecho- permite la transmigración de las almas. Pero la promesa no se cumple, el titulo es engañoso, el lector interesado en el arduo pensador judío hallará poco más que fragmentos de su Etica; eso sí, sutilmente seleccionados. Y el mismo Berger de siempre: el poeta en prosa, el ameno narrador de historias con un imperativo moral, el marxista impenitente pero no tonto, el exégeta del proletariado, el dinosaurio de la Guerra Fría.
Incluye el volumen también bellísimos dibujos. Recordará el lector que Berger -además de novelista, ensayista y dramaturgo- cultiva las artes plásticas. Aquí detalla en qué consiste el acto de dibujar (un lugar oblicuo al lenguaje), añadiendo un procedimiento que se la da muy bien: la interpretación de la pintura famosa. El collage se completa con artículos publicados en su día en la revista Harper.
Berger quiere ser una encarnación de la entereza. Sugiere tratar de escribir a mano, con los nudillos ensangrentados. Añora el tiempo en que era la Historia la se escribía con mayúscula, y no las marcas comerciales. Sostiene que hoy vivimos bajo una tiranía global sin rostro; la democracia y el mercado libre, supuestamente, se han fusionado en un solo organismo depredador. Parangona a los plutócratas con Hitler o Stalin. ¡No diga tonterías, hombre!, debe respóndersele desde el Sur al insigne escritor. Igualar es absolver. Sólo un europeo o un estadounidense de izquierdas, habituado a la comodidad de la libre expresión, puede ser tan necio de igualar la democracia liberal con cualquier dictadura. Berger debería haber vivido en Santiago de Chile o en Varsovia en 1977 (o en La Habana hoy) antes de vomitar soflamas con tanta ligereza.
Guillermo Belcore
Publicada en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.
Calificación: Regular
PD: Me temo que el gran Berger ya ha dado lo mejor de sí. Aquel que desee conocerlo puede comenzar con esta buena novela: http://www.labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2008/04/un-pintor-de-hoy.html
Ian KershawCrítica. Edición 2012, Ensayo de Historia, 376 páginasCasi una década antes de publicar su monumental (e insuperada) biografía de Adolf Hitler, Sir Ian Kershaw escribió este ensayo que ha resistido, incólume y sólo con ligeras variaciones, la prueba de los años. El venerable historiador inglés examina el modo en que el pueblo percibía al dictador del Tercer Reich. Aplica la lupa en las creencias de las elites y especialmente de los ciudadanos comunes y corrientes (la llamada masa no organizada). Sus fuentes son documentos escritos, desde los informes de la siniestra policía secreta hasta los valerosos testimonios de la resistencia izquierdista.
Todos sabemos que Hitler fue uno de los dirigentes políticos del siglo XX con mayor popularidad entre su propia gente. Se calcula que, en la cima de su prestigio, nueve de cada diez alemanes lo adoraban. El mítico liderazgo de Hitler -eficaz contracara del terror puro y duro- se basaba en siete fundamentos falaces que se implantaron desde su llegada al poder el 30 de enero de 1933. Primero, Alemania percibió al cabo austríaco como la personificación de la Nación, un estadista por encima de las rencillas partidarias. Segundo, se aceptaba que Hitler era el factótum del milagro económico pos depresión. En tercer lugar, se lo veía como un hombre del pueblo, el adalid de la moralidad pública. Cuarto, se lo consideraba una persona sincera, un moderado opuesto a los extremistas del movimiento nazi (¡ja!). Quinto, la opinión publica creyó durante algún tiempo que era un genial estadista, capaz de arrancar ventajas a las potencias enemigas sin generar una enfrentamiento armado. Sexto, en la primera mitad de la II Guerra, parecía ser un Napoleón, un incomparable líder militar. Finalmente, su imagen mutó en baluarte nacional contra los dos grandes enemigos ideológicos de la Fatherland: los bolcheviques y, sobre todo, los judíos.
Hay que señalar que el libro no es sólo una esclarecida mirada a veinte años de historia tumultuosa, sino que además redondea una brillante reflexión sobre los peligros de la autoridad carismática, cuya necesidad de éxitos incesantes y constante movilización psicológica suele concluir en tragedia o frustración. La advertencia, obviamente, vale también para nuestro siglo.Guillermo BelcorePublicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa
Calificación: Bueno
Lorenzo Silva
Planeta. Novela policial, 399 páginas. Edición 2012
Puede recomendarse al aficionado a las novelas policiales el último libro de Lorenzo Silva (Madrid, 1966), ganador del Premio Planeta 2012, al que ciertas lenguas viperinas, más que un certamen justo, el mero adelanto de los derechos de autor. Pero ese es otro asunto. Lo cierto es que se trata de otro jalón en la saga de los guardias civiles Bevilacqua y Chamorro, con la feroz crisis económica de España y la tensión entre Madrid y Cataluña como telón de fondo. En esta ocasión, investigan el asesinato de un colega jubilado, que apareció colgado de un puente tras ser sometido a brutales torturas.
Después de publicar unos veinte libros, ninguno consagratorio hasta donde sabemos, el señor Silva decidió incursionar en la literatura de género. Recibió buenas críticas y el favor del público. La marca del meridiano nunca deja de ser una lectura amena, salpimentada con sabrosos y elegantes coloquialismos (aunque todos los personajes hablan igual). Los procedimientos de la policía militar de España, escrupulosamente apegados a la ley y a la buena educación, tienen el suficiente exotismo (lo mismo me ocurre con el policial sueco) como para resultar seductor al lector de un país tan incivilizado y corrupto como la República Argentina.
Silva, que también escribió un ensayo sobre la historia de la Guardia Civil, imagina a sus picoletos como una suerte de monjes estoicos, curtidos, rectos, pacíficos y pensantes (¡el brigada Bevilacqua, nacido en Montevideo, lee a Houellebecq!). Hay manzanas podridas, por supuesto, pero la fuerza cuenta con los anticuerpos necesarios como para sacarlos rápidamente de circulación. El problema es que el autor se desespera por decirlo todo, por ser didáctico (¡ah, esa peste de querer enseñarle siempre algo al lector!), por ser maniqueo y políticamente correcto. Faltan caracteres siniestros o ambiguos. Es imposible hacer arte cuando se aplican a rajatabla premisas filisteas como ésta: “No le pises jamás un callo a nadie”.
Pero la novela trae algunas ocurrencias. Verbigracia, atribuir la decadencia de Occidente a “la desidia que impera por doquier“. Dicho en borgeano tardío, ante una tesis tan espléndida, cualquier falacia cometida por el autor resulta baladí. Guillermo Belcore Calificación: Bueno
PD: A ver, que nadie se confunda: no se trata de Alta Literatura, naturalmente, pero el bestseller de calidad me resultó absolutamente entretenido.
Diario de un lector apasionado XVII
Buenos Aires, Barrio de Belgrano. 09.15. AM
Hoy me ha tocado madrugar. Renuncié a uno de mis hábitos más queridos (no levantarme nunca de la cama antes de las nueve y media) para venir a Belgrano en el ómnibus 151 a buscar un libro casi nuevo. Un señor amabilísimo me lo ha vendido ayer, vía Mercado Libre, a precio de ganga. Cuarenta pesos argentinos (la moneda más devaluada del mundo, después de la Zimbabwe) oblé por Las varonesas de un tal Carlos Catania, una de las mejores novelas argentinas de las últimas décadas, según Roberto Bolaño. En unos días, comprobaré si tenía razón o no el enorme polígrafo chileno. Me meto en un McDonald’s Café de la avenida Cabildo para darle una ojeadita a mi flamante adquisición y calmar los gruñidos desesperados del estómago: ¡Qué es eso de salir de casa sin desayunar! Veintidós pesos un avaro latte con un etéreo croissant. La comida se ha vuelto cara en la Argentina, no los libros.
Sea como sea, estoy pagando una deuda. Me he prometido formalmente que 2013 será el año de Roberto Bolaño. Voy a leer, por lo menos, 2666 y La literatura nazi en América. Voy a releer Los detectives salvajes. Porque como escribió Antonio Muñoz Molina en la edición del 5 de enero de Babelia, “lo asombroso de releer no es la confirmación de lo que ya se sabía, sino el caudal de lo nuevo, la sorpresa de todo lo que quedaba aún por descubrir”.
Como aperitivo, he comenzado con Entre paréntesis, una recopilación de discursos, artículos periodísticos y miniensayos de Bolaño, escritos entre 1988 y 2003, que el gran crítico Ignacio Echeverría enhebró para Anagrama. Tengo en mis manos la sexta edición de julio de 2012. Leo, absolutamente, maravillado, un texto que aglutina calidad de escritura, espíritu libre e inteligencia profunda. Ya subiré la reseña en este blog; quisiera decir por ahora que, entre otras cien virtudes, el volumen opera como maestro de lecturas. Bolaño es un crítico formidable (gran admirador de Borges, por ciento) que sabe cómo despertar el apetito. De hecho, me sometí voluntariamente a las torturas del despertador y la del colectivo lleno para atravesar media ciudad en busca de una novela que él me había señalado con el dedo. También me ha persuadido de que no puedo dejar pasar estos diez libros:
1) Tadeys. Osvaldo Lamborghini.
2) De pesca. Walter Mosley.
3) Las puertas del paraíso. Jerzy Andrzejewski.
4) Ferdydurke. Witold Gombrowicz (qué curioso, es el segundo libro que me recomienda esta novela en los últimos quince días).
5) La sinagoga de los iconoclastas. Rodolfo Wilcock.
6) Meridianos de sangre. Corman McCarthy (sí, lo sé, es imperdonable que aún no lo haya leído).
7) Soldados de Salamina. Javier Cerca (hum…., Bolaño y Cerca eran amigos).
8) El arma en el hombre. Horacio Castellanos Moya.
9) Bariloche. Andrés Neuman.
10) Tríptico del Carnaval. Sergio Pitol.
Y hay más. Recién estoy en la página ciento ochenta y cuatro. ‘Entre paréntesis’ no sólo es una lectura gratísima. Es un libro memorable.
Guillermo Belcore
PD: Me han advertido que comprar libros por Internet provoca una de las peores adicciones. De hecho, tengo un amigo que casi lo echan de su casa por ello.
Diccionario de Asterion II
Escritor latinoamericano:
I) Sust. Com. Profesional que siempre tiene una alabanza para quien se lo pida. La sentencia, inapelable, es de Roberto Bolaño (Entre paréntesis, Anagrama, edición 2004).
II) Añado yo que, en esta especie, la variante argentina (Amiguitis bobalicus) tiene el rasgo de querer agradar extraordinariamente desarrollado. Véanse las reseñas que se publican los fines de semana en los Suplementos de Cultura de los diarios. Respecto a la literatura nacional -e incluso regional- se rigen por una premisa estaliniana: “publicarás lo que desees sobre el libro, siempre que no hablés mal de él”.
Thomas Hardy
Planeta. Novela, 527 páginas. Edición 2011

Un siglo atrás, Thomas Hardy (1840-1928) ganó cierta fama como novelista por su estilo accesible, su nostálgica evocación de la vida rural inglesa y sus tramas fatalistas. No obstante, después de publicar lo que hoy se consideran sus dos mejoras obras, arrojó la toalla. ¿Qué había ocurrido? Reseñas brutales lo intimidaron. Abandonó la narrativa y se volcó a la poesía, sin demasiada suerte. No era lo suyo. En el prólogo de esta reimpresión de Tess se dedica, justamente, a refutar con agudeza a los críticos insidiosos. Es lo mejor del volumen.
Una añosa edición de la Enciclopedia Británica (la encontré en la Biblioteca de La Prensa) describía a Hardy, el hijo de clase trabajadora, como "de naturaleza melancólica, que se complace en cuadros pesimistas''. Hacer hincapié‚ en el infortunio, sin ofrecer a cambio un desahogo, fue lo que lo metió en problemas. La historia de la aldeana Tess -llevada cien veces al cine, teatro o televisión- es arquet¡pica: chica pobre, linda y prometedora termina violada o seducida por el señor de su comarca, a causa de la ambición desenfrenada de sus padres. ¡La desvergonzada naturaleza! No respeta para nada las convenciones sociales. Así, el escarnio y los prejuicos -maldita hipocresía burguesa- perseguirán de por vida a la ya no doncella (mamá soltera, diríamos hoy) estropeando su rehabilitación. El pasado nunca muere. Y se ensaña con los débiles.
Hardy creía que "el arte consiste en describir los hechos comunes de la vida de modo de extraer los rasgos que ilustran el modo idiosicrático del autor''. Fue un cultor del naturalismo más descarnado. Y deprimente. Su prosa plana y sentenciosa tiene la monotonía de un reloj, sólo perturbada por esporádicas pinceladas de belleza. Los fines moralizantes, de tan obvos, terminan pareciendo encantadores. Pero el tono decimonónico nunca seduce. Sabe a rancio. Un clásico tedioso, que también los hay.
Guillermo Belcore
Calificación: regular
Escritor:
s.c. Roberto Bazlen, gran intelectual italiano de una honestidad fulminante, definía al escritor como alguien que tiene algo para decir; lo que tiene para decir lo ha vivido él mismo; lo dice con sus propias palabras, que son claras; con una gran densidad, constante. La producción del escritor está siempre muy bien escrita, y no hay en ella una frase superflua, una repetición gratuita, una ligereza, un descuido, una inconsistencia. Ejemplo: Robert Musil.
II Añado yo: el escritor es una flor rara, no confundir con el escribidor, especie que abunda en todas las épocas y es fácilmente reconocible por ser infinitamente inferior a la fama que le proporcionan los diarios. También puede escribirse, valga la redundancia, Escritor, con mayúsculas. Thomas Pynchon es otro ejemplo de Escritor.
PD: Esta nueva sección pide a gritos ser enriquecida con el aporte de los amigos y amigas del blog. ¿Quién conoce otra definición de escritor?
Roberto Bazlen
La Bestia Equilatera. Ensayo de literatura, 126 páginas. Edición 2012. Precio aproximado: 75 pesos.
"No se trata de combatir contra los idiotas; se trata de crearnos un mundo en el cual los idiotas no entren".
R. B.
El crítico excelente es un ave del paraíso de la que nunca se sabe en qué rama va a posarse. Vale decir, se mueve en extrema libertad para tomar posición (por eso es muy difícil que aparezca en los suplementos culturales de los diarios, pero existen claro está honrosas excepciones) y se distancia totalmente de los compartimentos teóricos y de las modas culturales, las que -como bien afirma el prólogo de este libro- “nuestra época multiplica y reemplaza simultáneamente en su fluir, para luego cristalizarlas, la mayor parte de las veces, en dogmas”. Esas dos virtudes definían a Roberto Bazlen (Trieste, 1902-1965), un sabio que ha dejado un rastro mínimo -nada publicó en vida- y que ha demostrado que ser un lector creativo también es un arte. Y una manera envidiable de ganarse el pan; el intelectual italiano trabajó como asesor literario o consejero editorial. Este volumen reúne los extraordinarios informes de lectura que Bazlen le enviaba al sello Einaudi. ¿Hace falta decirlo? Aun en las cartas privadas puede florecer la mejor literatura, en forma de comentario.
El nihil obstat o las reprobaciones han sido tallados no sólo con ingenio, desenvoltura y erudición, sino también con un punto de capricho (tengo para mí que los mejores críticos también son arbitrarios). Bazlen califica a McLuhan de “pequeño monomaníaco obsesionado con la causalidad”. Rebaja El Gatopardo, una de las mejores novelas de todos los tiempos, a “un buen technicolor hecho por y para gente bien”. Con una lucidez que uno no puede sino ovacionar de pie sentencia que “es hora de introducir una escala de valores basada en una jerarquía de temas”. Estoy seguro de que el estado actual de la novelística argentina lo hubiese indignado, tal como nos irrita a todos aquellos que repudiamos con toda el alma aquél despropósito bautizado fast book. “Es el momento de terminar con los personajes pequeños, con los dramas meramente descriptivos que se desarrollan en un único plano, con el microscopio apuntado solamente hacia el centro de la infección”, sentenciaba a comienzos de la década del sesenta. En mi opinión, el dictum no ha perdido un gramo de actualidad.
Obra también Bazlen como soberbio maestro de lecturas. Comparte con el crítico sublime otra cualidad: sabe despertar el apetito. Cuatro libros, por lo menos, me ha forzado a perseguir: Ferdydurke de Grombrowicz; Misterios de Hamsun; El mariscal y la dama de Edschmid y Confinamiento solitario de C. Burney, a la que define como la mejor novela de la II Guerra Mundial (yo votó por la saga Tormentas de Guerra de Herman Wouk, pero es un juicio provisional).
El volumen se completa con las cartas que el autor le envió al poeta Eugenio Montale entre 1925 y 1930. La traducción de Ernesto Montequín es impecable, excepto en la página dieciocho, donde se comenta El hombre sin atributos de Musil (uno de los textos más hermosos). Se perpetra un error muy común; se confunde Galicia (provincia de España) con la Galitzia, disputadísima región centroeuropea al norte de los Cárpatos.
Guillermo Belcore
Calificación: Excelente
PD: Corro a incluirlo entre los recomendados de 2012.
Fernando Monacelli
Alfaguara. Novela, 275 páginas. Edición 2012
La obra que mereció el Premio Clarín de Novela 2012 evoca una de las tragedias cruciales de la Argentina. Han pasado veinticinco años de la Guerra de Malvinas. Aparece en la Antártida sobre una balsa el cadáver momificado de un milico, otra víctima del infame hundimiento del crucero General Belgrano. La mamá del marinero Del Valle irrumpe en un diario en procura de Celina Figueroa, famosa investigadora. Quiere que le encuentre al nieto; ofrece a cambio el diario personal del conscripto. La periodista, mujer abandonada que a su vez abandonó a su hijo, hace que se resiste durante unas pocas páginas y termina involucrándose hasta el tuétano con Doña Ana. Un módico suspenso nos arrastra hasta el final.
Fernando Monacelli (Bahía Blanca, 1966) es secretario general de redacción del diario La Nueva Provincia. Incluye en su novela inteligentes reflexiones sobre el oficio del periodismo. Chasquean, de tanto en tanto, latigazos certeros sobre la escurridiza noción de argentinidad. Hay también un hábil ensamblaje de diferentes tiempos narrativos. Este hombre, por cierto, sabe cómo tallar un párrafo largo. Pero la novela apenas logra levantar vuelo. La sensación de irrealidad resulta sofocante; la prosa no tiene más atributos que la claridad; y las ñoñerías han infestado el diario del conscripto y los actos de Celina y Doña Ana. Tras el último punto, resuena la pregunta de siempre: ¿qué hace que este libro merezca ser leído?
Pueden plantearse otras dos preguntas más generales, pero igualmente pertinentes: ¿Por qué en los certámenes literarios no suele florecer la Alta Literatura? ¿Se trata ya de un subgénero por derecho propio, manufacturado de tal manera de facilitar al extremo el trabajo de los jurados y el público que se embrome? No cabe duda que el espaldarazo (y la retribución pecunaria) son de utilidad para el neófito. Pero la narrativa para concurso no está pensada para el lector amante de las densidades estilísticas o temáticas.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.
Calificación: Regular
PD: Me han dado para reseñar otras dos novelas premiadas, ¿es que no hay piedad en este mundo?
Antonio Tabucchi
Anagrama. Novela, 182 páginas. Edición 1995

Sostiene este blog que refugiarse en un clásico mientras afuera diluvia mediocridad es la decisión más inteligente. Hasta que el adocenamiento escampe, tenemos los libros usados, las reimpresiones, aquellas novelas que se han ganado un lugar irremplazable en los nobles anaqueles ubicados en el fondo de las librerías comerciales. Sostiene Pereyra es una de esas joyas talismánicas que contrastan con (y nos protegen de) la vulgaridad circundante.
Sostiene Mario Vargas Llosa que Antonio Tabucchi (1943-2012) escribió una “perfecta fábula de la libertad y una de las pocas novelas morales laicas del siglo XX que perdurarán”. Es verdad, el contenido es trascendente, pero la forma no le va a la zaga. La belleza de la prosa (límpida y austera como agua de manantial), la erudición clásica, los recursos retóricos, la acertada composición de los personajes (todos de carne y hueso), la sucesión de intensas escenas dramáticas redondean una obra que nada cuesta definir como perfecta, si la perfección en lugar de un ideal fuese un objetivo al alcance de la mano. En todo caso, se trata de una novela imposible de olvidar, de aquellas que piden a gritos relectura. Y consagratoria para el autor, para el querido profesor de Siena, acaso el italiano que mejor conocía al poeta Pessoa.
Sostiene el gran crítico español Ignacio Echeverría que si el libro habla de política, la crítica debe, indefectiblemente, hablar de política. Recojo el guante; creo haber dejado sentado ya la excelencia estética de la obra (a mí, como ustedes saben, me interesa casi siempre hablar de eficacia estética, cuestión de gustos). La novela nos lleva al Portugal de 1938, gobernado por una brutal dictadura derechista, aliada de Franco y simpatizante de Mussolini y la Alemania nazi. Lisboa apesta a muerte; toda Europa, en rigor, despide ese hedor nauseabundo. Nuestro héroe es el señor Pereira. Obeso, gris, entrado en años, sufre del corazón. Vive solo; le habla al retrato de su esposa muerta. Trabaja como editor de la página de cultura de un diario amigo del Estado corporativista; nunca se metió en política, traduce cuentos franceses del siglo XIX. Contrata a un chico para que haga necrológicas anticipadas, pero son impublicables por el sesgo izquierdista. El muchacho es un disidente, un “pobre romántico sin futuro”, y va convirtiéndose en el hijo que el señor Pereira nunca tuvo. Ante la maldad pura y dura, con el ropaje del terrorismo de Estado, el amable y dulce periodista se ve obligado a comprometerse. Una elección machaza.
Sostenía Sartre que hay un hecho relevante en nuestra vida, uno solo, que nos salva o nos condena. Ante el abismo demostramos de qué madera, en realidad, estamos fabricados. Obramos en condición de libertad, acaso por única vez en lo que nos toca de existencia. Bueno, el señor Pereira enfrenta a la tiranía salazarista con la frente bien alta y los principios firmes. Sostiene la novela de Tabucchi una probabilidad herética (desde el punto de vista del cristianismo) y convincente: hay en nuestro interior una confederación de almas, somos legión de personalidades. Un yo hegemónico las gobierna, pero no siempre es el mismo. Es nuestra obligación ir mutando el yo, conforme a las exigencias de la ética. Interesante. Pero me gustaría plantear una objeción a la moral de los principios.
Sostengo que el amigo o la amiga que aún no haya conocido a esta obra maestra, es mejor que se levante ahora y se vaya. Voy a revelar el desenlace, mejor dicho voy a plantear un final alternativo. Se nos dice que, mediante un ardid, Pereira logra burlar la férrea censura del régimen: publica en el diario donde trabaja la crónica indignada del homicidio de su protegido Monteiro Rossi. Y parte para el exilio. Ha realizado su Gran Acto y todos nos sentimos reconfortados por su coraje cívico. Cumplió con su obligación. El periodista tiene el deber de buscar y divulgar la verdad. Noticia ( es la mejor definición que conozco) consiste en todo aquello que el poder prefiere que se ignore.
Pero Tabucchi pudo haber alargado la resolución de la novela. Pudo haber narrado las consecuencias en Lisboa de la intrepidez del señor Pereira. Furioso, el régimen malvado de Antonio de Oliveira Salazar dispone el cierre del diario. Cien familias se hunden en la indigencia. No es tan grave, dirán algunos, un medio colaboracionista no merece sino fenecer. Está bien. Avancemos un paso más. La policía secreta secuestra al jefe de taller que permitió la publicación del volcánico artículo (engañado por Pereira). Después de torturarlo con saña durante días, el pobre hombre delata a gente vagamente izquierdista que conoce o escucho nombrar. El Gran Acto en Libertad del Periodista que se refugió en Francia se salda con cinco muertos. ¿Obró bien, al fin y al cabo? ¿La resistencia a la opresión política es un deber supremo? Juro que no lo sé, pero me siento tentado de reivindicar lo que Weber llamaba la moral de la responsabilidad. “La historia es una bestia que no se puede domesticar“, sentencia esta novela extraordinaria.
Entre otras maldades, el 2012 se nos ha llevado a Antonio Tabucchi. Nos ha dejado un legado inagotable.
Guillermo Belcore
Calificación: Excelente
PD: La relectura y el comentario de ciertos clásicos ha sido uno de los objetivos que, felizmente, he podido cumplir en 2012. Ultima reseña del año. Que las diosas Dicha y Prosperidad besen los labios de los amigos y amigas de este blog. Que 2013 nos traiga a todos gozosas novelas y sublimes cuentos y poesías.
Javier Marías
Alfaguara. Cuentos. 433 páginas. Edición 2012
Siempre es saludable que se publique la creación secundaria de un autor esencial; en esta ocasión, el más relevante, quizás, de la literatura española de hoy. Javier Marías (Madrid, 1951) ha demostrado ser un gran fondista (su trilogía Tu rostro mañana es magnífica) , pero en las distancias cortas no desentona: sus cuentos, incluso los escritos por encargo, concentran aquellas virtudes que caracterizan las novelas: elegancia en la expresión, maestría en la digresión y el giro argumental, considerable cultura, inteligencia en la construcción de personajes y tramas. Por momentos Marías da la impresión de hacer literatura inglesa en español.
El libro contiene todos los relatos breves del autor. El material se divide en dos categorías: “cuentos aceptados” y “cuentos aceptables“. Se elogiarán sólo los primeros, pues los “aceptables” adolecen de inexperiencia. Como en Faulkner o en Juan Benet (una de sus grandes influencias), en Javier Marías importa más la exquisita voz del narrador -sobre todo en primera persona- que la historia propiamente dicha, aunque no escasean los argumentos francamente atractivos. Es el caso de ‘Sangre de lanza’, un cuento policial de cuarenta y cinco páginas en el que se investiga la muerte de un amigo de la infancia, ensartado con una lanza africana. ‘Mala índole’, que reconstruye la personalidad y el entorno de Elvis Presley, es otra de las cimas.
Hay también aquí dos cuentos de fantasmas (se percibe la autoridad de Henry James), uno futbolero y otro con sexo, un repaso del tema del doble, y la singular confirmación de la tesis que había expuesto Borges en ‘Pierre Menard, autor del Quijote’. Pero por encima de todo, hay una distinguida galería de gente torcida: escritores fracasados, un abogado infame y seboso que filma obsesivamente a su bella y joven enamorada a la que tarde o temprano deberá matar, un guardaespaldas y un médico que degeneran en homicidas, mafiosos y asesinos a sueldo. La erótica del relato suele provenir del contraste entre estos temibles seres excepcionales y un hombre común y corriente, tan civilizado y decente como podemos ser usted o yo.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa
Calificación: Bueno
Carlos Fuentes
Alfaguara. Novela, 304 páginas. Edición 2012
Carlos Fuentes (1928-2012) sostenía que los libros de un autor copioso son como los hijos. Uno los quiere a todos, hombre, pero no todos te salen buenos. Los hay mediocres, bien intencionados pero frustrantes, decididamente malos. Federico en su balcón pertenece a la estirpe de los fallidos. La idea primogenia no era mala: revivirlo a Federico Nietzsche, ese enigma envuelto en un misterio, para que examine lo que irrumpió después de su partida. Pero se sabe que el infierno está empedrado de buenas intenciones.
La arquitectura de la novela es sencilla, teatral incluso. Dos hombres conversan en un balcón y, a medida de que la memoria actúa, van apareciendo los personajes. Una variopinta colección de caricaturas que luchan por el poder político, familiar o sexual. Ocurren asesinatos siniestros. Ocurre una Revolución en un país improbable que tiene tanto de México como de Portugal. Todo es pretexto para que Nietzsche opine, o mejor dicho para que Carlos Fuentes sentencie pues se nos ofrece una versión lavada y posmoderna de aquel filósofo atormentado y vehemente, tan difícil de aprehender incluso hoy. Los diálogos, que al parecer desean obrar por sustracción, resultan en casi todos los casos insustanciales. Hay muchas escenas inverosímiles. Los caracteres fueron inspirados en una rancia ideología.
La novela era uno de los dos libros que el autor tenía en la imprenta cuando lo sorprendió la Parca en mayo de este año. Dice Sergio Ramírez en la contratapa que “es el testamento literario de Carlos Fuentes, una lección definitiva sobre lo que fue y seguirá siendo como escritor”. Es verdad, en un sentido. Se percibe aquí con toda claridad ese desafortunado vaivén entre genialidad y adocenamiento que caracterizó a su vastísima obra (la medianía es consustancial a lo desmesurado). A Fuentes, lo extrañamos por Artemio Cruz, por ciertas páginas ensayísticas, o por Todas las familias felices. Podemos prescindir, pues, del Federico tibio y descafeinado.
Guillermo BelcorePublicado en el Suplemento de Cultura del diario La PrensaCalificación: Regular
John Banville
Alfaguara. Novela, 295 páginas. Edición 2012

Nadie escribe mejor que John Banville. Podría decirse que se trata del Borges de nuestro tiempo. Sí, lo sé. Afirmaciones rotundas como éstas, tan difíciles de refutar como de sostener, son irresponsables. Pero entiéndase bien, acabo de concluir esta novela y aún me encuentro bajo el encanto de un estilo sublime que -como quería De Quincey- representa la encarnación de un espíritu superior. El literato nacido en Wexford, Irlanda (1945), es un demiurgo formidable que describe, retrata, medita y hace poesía con objetos y situaciones corrientes de una manera tan exquisita que, sinceramente, reconforta el alma.
Véase, por ejemplo, los maravillosos circunloquios con que reemplaza a las palabras cochinas. El orgasmo (‘polvo’ según el guarango bonaerense) es para Banville “el conocido grito final de triunfo y salvaje alivio”. Obsérvese su extraordinario dominio de la metáfora y especialmente del símil y la prosopopeya, usando materiales de las Sagradas Escrituras, el arte, las mitologías clásicas o bien la naturaleza. Hay en este libro dos personajes “tan avergonzados como Adán y Eva en el jardín tras comer la manzana”. Otro lanza “miradas de Gorgona” o “tiene un teléfono injertado en la mano como la lira de Orfeo”. Hay un señor construido “según el patrón de un búfalo” y las pestañas de Billy, nítidamente dibujadas, “recuerdan ese pincel especial que utilizan los miniaturistas, ese único filamento de pelo de marta”. El irlandés es un escritor cultísimo capaz de evocar a Rubens, a Ingres o a las delicadas figuritas de Meissen. Y además tiene otra virtud, aunque sospecho que se trata en el fondo de un rasgo típico de la irlandidad: en él la Biblia católica y el Magisterio de la Iglesia es una influencia vivificante (¡qué agradable es leer que alguien sienta culpa por sus actos!).
Uno puede deleitarse, además, con el amor de Banville por el vocablo raro y escogido (cauro, gubia, falordia, obduración, fetor, tumido) que, lejos de sonar como un artificio inepto, da la sensación, siempre, de ser piedras preciosas que van decorando párrafos excelentes. Disfrútese, finalmente (aunque de ninguna manera está todo dicho), con la sabiduría del artista. Banville es uno de esos chicos listos que siempre tiene algo inteligente que decir sobre los asuntos más variados, por ejemplo, el atisbo de la carne en el varón, la otredad (el inconmensurable no-yo), el mito de la ninfomanía o los verdaderos vagabundos.
Algo hay que decir del qué en esta reseña. Antigua luz dibuja una consternada evocación de un amor adolescente. Alex Cleave, un actor de teatro que ya pinta canas, se había enamorado cuando era un muchachito de la madre de su mejor amigo, una matrona de pueblo con un “culo maravillosamente túrgido”. No fue un amor platónico. Es esta la historia de un chico retozón de quince años y su Lady Venus de treinta y cinco que osaron desafiar las iras del Estado, la Iglesia y sus familias. La gran fornicación duró un verano a lo sumo. Finalmente, la señora Gray, su marido y su prole pusieron pies en polvorosa, aunque una de las claves de la trama son las veleidades de Madame Memoria, esa sutil fingidora. Hábilmente el hilo principal se va enredando con las subhistorias, como la trágica muerte de la única hija de Alex Cleave o la película para la que es contratado como partenaire de una estrella de Hollywood que se las trae. El final es conmovedor.
Banville corrobora un dictum que me ha obsesionado toda mi vida: el erotismo es básicamente una cuestión de palabras (por eso la pornografía pura y dura es tan aburrida). He afirmado al comenzar que es el Borges de nuestro tiempo, pero lo corrijo. Ciertos pasajes perfectos de esta novela, con su gran sentido de lo dramático bellamente expresado, permiten inferir que en ese cuerpo de Dublin suele reencarnarse Shakespeare.
Guillermo Belcore
Calificación: Excelente
PD: El líbro del año, sin duda.
PD II: He notado una sola mácula en el texto. No me convenció el personaje Fedrigo Sorrán, un argentino que bebe vino tinto en un hotel de la Liguria a altas horas de la noche. Desde el nombre resulta, sin duda, inverosímil, aunque no sería descabellado interpretarlo como un espectro. Un fantasma shakespeareano que la habla al atribulado protagonista.