martes, 28 de enero de 2014

¿Lo leíste?

Silvia Hopenhayn

Alfaguara. Recopilación de artículos periodísticos, 225 páginas


Un prestigioso sello editorial ha creído oportuno publicar las amables columnas de Silvia Hopenhayn en La Nación. “Cada semana me zambullo en un libro en busca de algún pez dorado”, explica en el prólogo. Esta muy bien para el diario, son hojas de ruta ideales para aquella especie de lector que cada fin de año pregunta, no sin ansiedad, “oiga, qué novela puedo llevarme de vacaciones“. ¿Y para un libro? No, un libro debería ser otra cosa. Nunca me cansare de decirlo: la más sublime creación humana debe apuntar más alto, forjarse con materiales más nobles, más originales.

En lo que al estilo se refiere, hay un saludable intento de la autora de unir experiencias cotidianas del lector distraído con el arte de la palabra escrita, aunque no siempre bien logrado, como cuando compara los procedimientos heterodoxos de César Aira con las banales compras en un supermercado chino (“en la caja no sabemos lo que nos aguarda”, exagera). La prosa es funcional al diarismo, en la era de las masas: hasta el más negado puede entender de qué se está hablando. Es un mérito. No cabe duda de que la señora Hopenhayn es una buena periodista. Su consigna parece ser la que rige el noventa por ciento (y acaso me quedo corto) de los suplementos culturales en la Argentina: hablar bien, o demasiado bien, del objeto de reflexión.

El contenido es tipo cajón de sastre (democrático). Iguala los monólogos de Andrés Neuman con los palacios verbales de Guimaraes Rosa. ¿Hace falta decir algo más? Sí, porque ¿Lo leíste? no carece de virtudes. Sin demasiado vuelo, es verdad, pero la autora ensaya la mejor critica literaria, la que hoy por hoy resulta -para quien esto escribe- más interesante de leer: la escritura se concentra en transmitir experiencias de lectura, aunque aquí, ¡ay!, son toditas sospechosamente gozosas.

Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Regular 


PD: De gustibus non est disputandum, de acuerdo. Pero cómo se puede elogiar de una manera tan entusiasta la novela de Jeanmaire que premió Clarín. Lo siento yo no pude terminarla.

miércoles, 22 de enero de 2014

Anuncio una casa donde ya no quiero vivi

Bohumil Hrabal

El Aleph. 127 páginas. Cuentos. Edición 2006.


La insoportable levedad del ser comienza con una persuasiva interpretación del mito del eterno retorno. Milan Kundera entiende que Nietszche ha querido decirnos “per negatio-nem, que una vida que desaparece de una vez para siempre, que no retorna, es como una sombra, carece de peso, está muerta de antemano y, si ha sido horrorosa, bella, elevada, ese horror, esa elevación o esa belleza nada significan. No es necesario que los tengamos en cuenta, igual que una guerra entre dos Estados africanos en el siglo catorce que no cambió en nada la faz de la tierra, aunque en ella murieran, en medio de indecibles padecimientos, trescientos mil negros. ¿Cambia en algo la guerra entre dos Estados africanos si se repite incontables veces en un eterno retorno? Cambia: se convierte en un bloque que sobresale y perdura, y su estupidez será irreparable“.

Estupidez irreparable, aquí me quiero detener. Es lo que primero que me vino a la mente leyendo este puñado de historias defectuosas ambientadas en el llamado socialismo real que el Ejército Rojo le infligió a punta de bayoneta a la amable Checoslovaquia después de la II Guerra. Kundera añade en la primera página de su hermosa novela:

“Si la Revolución francesa tuviera que repetirse eternamente, la historiografía francesa estaría menos orgullosa de Robespierre. Pero dado que habla de algo que ya no volverá a ocurrir, los años sangrientos se convierten en meras palabras, en teorías, en discusiones, se vuelven más ligeros que una pluma, no dan miedo. Hay una diferencia infinita entre el Robespierre que apareció sólo una vez en la historia y un Robespierre que volviera eternamente a cortarle la cabeza a los franceses“.

Es verdad, la idea de fugacidad -incluso hoy en día- absuelve. En cambio, la pesada perspectiva nietzscheana obliga a condenar sin paliativos, por ejemplo, la encarnación del marxismo en la Historia, con su concomitante aplicación de trabajos forzados para reeducar a la burguesía. ¡Qué payasada cruel! Imagínense si estuviera sellado su regreso. “Si cada uno de los instantes de nuestra vida se va a repetir infinitas veces, estamos clavados a la eternidad como Jesucristo a la cruz. La imagen es terrible. En el mundo del eterno retorno descansa sobre cada gesto el peso de una insoportable responsabilidad. Ese es el motivo por el cual Nietzsche
llamó a la idea del eterno retorno la carga más pesada (das schwerste Gewicht)”, redondea Kundera. 

Picada mi curiosidad por un libro excéntrico de Mario Bellatin (pinche aquí) y aconsejado de la conveniencia de explorar su obra por la Guía de las letras y autores contemporáneos de Oxford, llegue a Bohumil Hrabal (Brno 1914-1977), a quien la contratapa de este libro define como “el más importante escritor checo de la posguerra”. Tengo mis dudas, no obstante. Muy poco llegó de él a nuestro idioma; su obra más conocida es Trenes rigurosamente vigilados porque saltó al cine y obtuvo un Oscar. El doctor en derecho Hrabal, aunque se ganaba la vida como obrero en la siderúrgica de Kladno, comenzó a publicar después de los cincuenta y fue otra de las víctimas ilustres del estalinismo centroeuropeo.

 El volumen que aquí se comenta se obtuvo en Mercado Libre (90 pesos, nuevo) y encierra siete cuentos de despareja ejecución. Dan la impresión de ser el producto malogrado de un autor que aún no encontró su mejor voz, pero que tiene el don. Queda claro, además, que Hrabal también tanteaba el terreno, en lo que a los temas se refiere. No estaba seguro de qué podía criticar y qué no del paraíso de los trabajadores. Tres años después de la publicación de este libro, los tanques rusos -esos puntuales inquisidores de heterodoxias- cortaban de cuajo la discusión artística. Era el fin de la Primavera de Praga (Hrabal fua acallado durante siete años). Puede que el valor literario de los relatos sea discutible, pero me parece indudable su importancia histórica.

Abre la recopilación un rotundo escupitajo al rostro del realismo socialista. Como su nombre lo indica, Kafkianas es homenaje al escritor canónico, tallado en clave de disparate. El hilo del sentido se nos pierde, pero se escucha una música. Vienen luego una serie de textos que narran la experiencia del autor en una empresa siderúrgica. La figura de los obreros voluntarios, de la reeducación política por medio del trabajo forzado, de las mujeres recluidas contra su voluntad resultan conmovedoras. Con torpeza, Hrabal ensaya una quimera: la poética de los hornos de fundición y de los parques de chatarra. En la página setenta, tropezamos con el título: la casa donde ya no quiere vivir es, obviamente, el régimen comunista. Aparecen esperpentos. Se satiriza a esas completas nulidades que cualquier despotismo aúpa para cubrir el cargo de, por ejemplo, Voluntario Civil para el Orden Público (jefes de manzana, los llamo el peronismo) o para escribir poemas de semejante ralea: “Olvidó la hija del minero su origen proletario y se dejó vencer por las tentaciones de Eros”.

A pesar de que el estilo del checo (o la ausencia de) me ha hecho rechinar los dientes, el balance es positivo. Escritores como éste nos ponen en guardia: esta estupidez irreparable es lo que les espera con el retorno de Marx. Tomara lleguen al castellano las mejores novelas de Bohumil Hrabal.
Guillermo Belcore


Calificación: Bueno


martes, 21 de enero de 2014

Gallinas de madera

Mario Bellatin
Narrativa Sexto Piso. 147 páginas. Edición 2013

"Un escritor debe ir tan lejos como su locura le permita".
M. Bellatin

Salvo honrosas excepciones (como César Aira), la literatura argentina del siglo XXI se ha degradado hasta el punto de prescindir de esa impronta universalista que caracterizó a los mejores narradores de los últimos cien años y que Borges había elevado al Parnaso. Una lástima. Las influencias ahora son mucho más modestas. Por fortuna, los mexicanos parece que han tomado la posta. Mario Bellatin, por ejemplo.
 

Gallinas de madera se organiza en dos partes que rinden tributo, en forma y fondo, a eminentes escritores europeos. Se trata de autobiografía ficticia, o parcial al menos. En el primer texto, el alter ego de Bellatin se sienta en una banca de la berlinesa Alexanderplatz con una dosis de LSD en la lengua y se entrega a reflexionar sobre vida y obra del checo Bohumil Hrabal, la nueva relación que debemos establecer con los animales, la relación hegeliana entre el amo y el esclavo, su propia locura. Es un flujo de conciencia circular, maniático, divertido. El segundo texto narra una relación de amistad entre un Bellatin improbable y Alain Robbe-Grillete (aunque ambos se frecuentaron en la vida real). Lúcidas reflexiones sobre el arte de escribir enriquecen un relato que no tiene ni un solo punto y aparte, en contraste con el primero donde cada párrafo consiste en una única oración.

La experimentación es, en rigor, la virtud primordial de una obra que podría definirse como novela si es que se entiende a ésta como el supremo espíritu de cambio. La lectura nunca deja de ser placentera e inspiradora, tanto por la inteligencia que rige el conjunto como por la música que se desprende de una prosa, tan pulcra como original. Mario Bellatin, por cierto, no hace ninguna concesión al volkisch de moda. Incluso, usando palabras de Robbe-Grillet, denuncia un rasgo suicida de los jóvenes artistas: pretenden ganarse el sustento con la literatura. ¡Ah!, y se trata siempre de escribir en contra de los padres.

Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Muy bueno


PD: Este sello me encanta. Sólo le he leído obras magníficas.

sábado, 18 de enero de 2014

El francotirador paciente

Arturo Pérez Reverte

Novela. Alfaguara, 303 páginas. Edición 2013.

En esta novela se plantea una hipótesis seductora. Quizás el arte por excelencia de la modernidad licuada sea el grafiti. Fugaz, tribal y ácrata, esta suerte de actuación callejera con alardes de autenticidad expresa, de manera exacerbada, el espíritu de una época donde todos los antiguos valores burgueses se han derretido. Como cualquier otro producto postmoderno, el grafiti hoy está ahí y mañana no; y añade un grito solipsista a lo ya creado, con un punto de violencia, incluso. Los grafiteros más radicales dicen que en realidad lo que ellos hacen es guerrilla urbana.

Arturo Pérez Reverte (Cartagena, 1951) imagina un legendario grafitero llamado Sniper, cuya verdadera identidad nadie conoce pero que tiene legiones de discípulos (fanáticos) por toda Europa. Tan ilustre vándalo nació en España (Pérez Reverte es un patriota); el establishment cultural sueña con domesticarlo para subastar sus obras por un dineral. Nadie sabe donde se oculta. Contratada por una poderosa editorial, sale a cazarlo por Madrid, Lisboa, Verona y Nápoles una chica dura, capaz de moler a golpes a una asesina profesional que un magnate español había enviado para liquidar a Sniper, a quien culpa por la muerte de su hijo. Resumiendo, tenemos aquí una novela que hace guiños a la tradición antisistema pero cuyos personajes son figurines absolutamente convencionales. No es el único defecto, por desgracia.


Recordando la magnífica saga del Capitán Alatriste y las trepidantes novelas de guerra (como Trafalgar), uno esta tentado a pensar que la producción de Pérez Reverte viene en caída libre. Está perfecto que apueste a retratar una sección excéntrica de la colmena humana, pero la tendencia al estereotipo, la corrección política, la obsesión por decirlo todo y la prosa árida o grandilocuente terminan ajando una excelente idea. Al libro le faltó audacia; al menos le podría haber añadido giros argumentales (a lo John Irving) que nos mantenga tensos hasta la última página. Sólo el final es interesante. El tedio, pecado imperdonable en literatura, asoma su feo hocico más de una vez.

Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Regular

domingo, 12 de enero de 2014

Figuraciones mías

Fernando Savater

Ariel. Recopilación de artículos periódicos, 143 páginas


Tiene una obsesión la industria cultural. Convertir lo que ha nacido para ser breve y fugaz en libro, que, por definición y naturaleza, tiende a ser un objeto perdurable. Por eso, el noventa y cinco por ciento -y puede que nos quedemos cortos- de las recopilaciones de artículos periodísticos es deleznable. Por fortuna, en el fragmento restante se encuentra este volumen que atesora reflexiones de Fernando Savater, uno de los pensadores más lúcidos, astutos e estimulantes. 

¿Qué hace que esta obra sea digna de ser leída?, se preguntará usted. Obvie unos poquísimos calditos de pollo, las histéricas diatribas contra la piratería cultural y las fotografías de Savater (quemadas o ridículas) y se encontrará con una formidable herramienta pedagógica para enriquecer su perspectiva. La ética de una ciudadanía caopolita que propone el español refresca y sacia como un vaso de agua helada en el verano porteño. La patria de un hombre razonable, se dice, es el mundo. 

Con modestia y responsabilidad (virtudes primordiales del articulista), Savater brilla también como maestro de lecturas. Traza un itinerario. El alemán Odo Marquard es su filósofo favorito. Invita a seguir a Cioran, Diderot, Pío Baroja y Virginia Woolf. Bradbury y Gidé son otros dos mojones en una vasta formación que no desdeña el género fantástico, pues “que sería de nosotros sin el auxilio de lo que no existe”, como decía Valery. Por cierto, el filósofo es -como Steiner- otro virtuoso de la cita. 

El libro incluye textos esclarecedores acerca de la educación, el trato con los jóvenes y la memoria colectiva, ese combustible tan peligroso que manipulan los nac & pop de todo el planeta. Justísima es la definición savateriana de libertad: 

“Facultad social del ciudadano para hacer lo que le parezca más conveniente por las razones subjetivas que sean: interés, placer, devoción, vanidad, etc. Naturalmente la sociedad tiene el derecho y el deber de poner límites a esa libertad cuando su ejercicio comporta daños o peligros objetivos para otros (inseguridad, lesiones, difamación, destrucción de bienes, expolio laboral, etc”). 

 Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Bueno

martes, 7 de enero de 2014

El oficio del editor

“El libro es la fuente que alimenta tu sensibilidad, hace que descubras a ti mismo y que descubras mundos”.
J. Salinas

Por Guillermo Belcore

Había una época en que el editor tenía básicamente una motivación más desinteresada, mezcla de responsabilidad social, cultural y política. Se preocupaba, claro está, de no perder dinero pero no pensaba tanto en amasar fortunas vendiendo libros. Mostraba el coraje suficiente para publicar obras que uno sabe que van a vender poco. Eso se terminó, según la palabra autorizada de un paladín del oficio. Ahora la edición es una empresa como cualquier otra. El factor dominante es el económico.

Es obvio que la prioridad de lo comercial sobre lo cultural tiene consecuencias. Condiciona, en primer lugar, el tipo de escritura. Cunde una especie de mediocridad vendible, un tono monocorde de la literatura en general. Es muy probable que hoy Joyce y Proust se vieran en figurillas para encontrar editores (bueno, en todo caso necesitarían un agente literario muy insistente). “Un libro que tiene un gran valor artístico y no se presta a la mercadotecnia puede pasar absolutamente inadvertido”, sentencia el gran editor Jaime Salinas (1925-2011).

Lo dijo en 1996, pero la sentencia pudo haberse escuchado esta semana y quién se animaría a refutarla. Forma parte de una fascinante conversación que el hijo del poeta Pedro Salinas mantuvo con el periodista Juan Cruz y que Alfaguara, “para empezar a festejar” sus cincuenta años ha decidido publicar ahora. Por primera vez. Es que el objeto libro tiene una historia que contar. ¡Se había extraviado el original! El oficio de editor se titula, pues, un volumen que apela al sobrio diseño morado y gris que imaginó hace décadas Enric Satué para una fructífera colección.

El libro ubica a Jaime Salinas, el de la limpísima calva y nariz un poco ganchuda, a una altura apenas inferior a Antoine Gallimard. Un editor comparable a Jorge Herralde o Beatriz de Moura. Un maestro de editores, incluso. “Uno de esos hombres que se dan poco en España y si se dan son malgastados”, explica Javier Marías en la semblanza que cierra la obra. Además de su labor fundamental junto a Carlos Barral, Salinas estuvo al frente de la primera colección de bolsillo influyente de España, la de Alianza. Luego saltó a Alfaguara. La elevó a los primeros planos y la puso al borde de la quiebra (Salinas perdió todo su dinero), hasta que fue comprada por el Grupo Santillana. Con Felipe González en la Moncloa fue Director General de Bibliotecas. Amigo de Juan Benet y Juan García Hortelano, conoció a casi todos los grandes escritores del siglo. Su pareja por cincuenta años, Gudbergur Bergsson (quien autorizó finalmente la publicación de este volumen) fue quien organizó el ansiado viaje de Jorge Luis Borges a Islandia.

Noble oficio


La entrevista -no podía ser de otra forma- fue magníficamente editada. Juan Cruz sabe preguntar, hay que reconocerlo. En la primera parte (la más interesante), Salinas habla de su noble oficio y detalla una transformación histórica: “Desde el momento en que debe ser algo para las masas, la cultura cambia, no digo que degenere, pero cambia“, sostiene. El editor unipersonal se ha convertido en un ejecutivo de gran, mediana o pequeña empresa. Gobierna la diosa Fortuna. Se pretende ganar dinero con TODOS los libros que se publican. “El escritor ya no tiene nada que ver con los que yo conocí en mi tierna infancia, los amigos de mi padre, ni los que fui conociendo después como editor. Uno de los temas de conversación favoritos del escritor de hoy es hablar de sus computadoras, de sus tiradas, de cuántos ejemplares ha vendido, de si esta o no en la lista de los más vendidos, de si ha sido traducido y a cuántas lenguas. Antes hablaban de tonterías o de política o de mujeres o de hombres o de literatura”, evoca.

El enfoque mercantilista y financiero en las editoriales y el rebajamiento del libro a producto de consumo y como tal a producto de moda, trae -según Salinas- consecuencias catastróficas (palabra tremenda que usa con demasiada ligereza). Como se dijo al comienzo de esta nota, el estatus quo cultural, una suerte de censura indirecta, podría estar bloqueando la irrupción del genio y la experimentación. ¿En verdad, los lectores de raza no estamos perdiendo a los Faulkner o los Musil del siglo XXI? ¿Con las novelas ocurre lo mismo que con el rock, lo nuevo es de segunda categoría, sólo siguen brillando los nombres consagrados? Si uno mira hoy la paupérrima producción literaria argentina, no cabe sino darle la razón a Salinas. Se publica demasiado pronto, hay una altísima cantidad de libros a los que, claramente, les falta horas de horno (y esfuerzo). Apelando a la famosa humorada de Aira (o de Lamborghini), los escritores de la Patria prefieren primero publicar para después dedicarse a escribir.

Por fortuna, podría respondérsele a Salinas en 2013, los Estados vienen trabajando activamente para promocionar su producción literaria (con fines de propaganda nacional), financiando traducciones, becando a escritores, creando mercado para libros difíciles. Y está también el fenómeno de las pequeñas editoriales boutique (el caso argentino es paradigmático) que satisfacen a esa minoría civilizada que es la que siempre ha impulsado el progreso artístico. Pero la mecánica de la cultura dominante sigue siendo la misma que denunciaba el sagaz maestro de editores.


La crítica


De ahí que uno pueda colegir que el papel formativo y orientativo de la crítica literaria resulta hoy más indispensable que nunca. “Si se postula como política, la crítica tiene como función esencial defender el arte verdadero frente a la industria cultural”, postulaba hace unos años el escritor cordobés Roberto Giaccaglia en su notable Crítica creación. A Salinas lo asustaba “el tono triunfalista de la crítica literaria actual”. El amiguismo y la cobardía han sofocado el “análisis de estilos, de influencias y referencias“. Nadie quiere hacerse enemigos.

“La crítica honesta suele ser terriblemente cruel y puede acabar con un libro con una frase“, decía Salinas. “No obstante, es prácticamente imposible leer hoy en un diario una crítica negativa. Hay muy pocos críticos que tengan el valor de escribir una crítica demoledora; si no les gusta el libro se limitan a contar el argumento“. Esto no hace sino que reforzar un estado de las cosas que se caracteriza por la endogamia, la cultura convertida en espectáculo, y la sumisión de los autores a moldes preestablecidos para hacer la manufactura vendible, como por ejemplo ‘conviene que un libro tenga tal número de páginas en función de equis pliegos‘. “Existe aquí sólo la alegría del dinero“, se quejaba el maestro Salinas con toda la lucidez que sólo puede proporcionar el pesimismo.

Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

sábado, 4 de enero de 2014

El lago

Banana Yoshimoto

Tusquets. Novela, 182 páginas. Edición 2013



“…unicamente el vuelo de un pequeño corazón puede colorear el mundo”…

En algún punto entre la ficción de calidad y la literatura de supermercado se encuentra la producción de Banana Yoshimoto (Tokio, 1964). Ubíquela usted donde le plazca. En esta novela, publicada en 2005, se percibe con toda nitidez ese desalentador vaivén entre, por ejemplo, la profundad psicológica de los personajes y la pulsión de fastidiar al lector con sabiduría de pacotilla. Abundan -¡oh Dios!- las máximas de sobrecito de azúcar, tipo “en nuestra vida cotidiana vemos sólo lo que queremos ver”. Y las pseudorientales: “Un te bueno posee el suficiente poder de persuasión para cambiar a las personas”.

No obstante las ñoñerías y la prosa plana y casi desértica, el libro se va tornando entretenido con el correr de las páginas porque narra una historia de amor interesante. Vemos el proceso de enamoramiento entre dos personas excéntricas. La joven muralista Chihiro y el estudiante de genética, Nakajima. Se conocieron mirando por la ventana. Un universo entró en contacto con otro universo, puede que eso sea el amor.

Ella es la hija natural de la propietaria de lo que en mi barrio llamamos piringundín, en una pequeña urbe provinciana “donde cualquier bobada desata un río de habladurías”. El fue secuestrado de niño por una secta (problema urgente en el Japón de hoy) y, aunque logró escaparse después de unos años, le han quedado cicatrices muy dolorosas en el alma. Lo aterran las multitudes, la desnudez aunque inocente, el deleite del sexo. Su mundo siempre está teñido de negro. Con la ayuda de una pitonisa, Chihiro le enseñará a curar las heridas. Son concientes de que “forman una pareja tan débil que se diría que estábamos andando por encima de una capa de hielo y que, en cualquier momento, uno de los dos caería y arrastraría al otro”.

Contiene la novela otro agrado: atmósferas bien retratadas: “…en el aire flotaba la dulce languidez que sigue el sexo. Y esa languidez les confería a ambos un aire tierno y cansado. Yo, como niña, contemplaba esa atmósfera desde la cama y la encontraba maravillosa…”.

Guillermo Belcore

Calificación: Regular


PD: Los japoneses son un pueblo increíble. Celebran la ingesta de tofu hervido en caldo de algas konbu. ¡Puaj!


PD II: En este blog se comentan otras obras de Banana:
  1. http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2011/11/recuerdos-de-un-callejon-sin-salida.html
  2. http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2008/06/tsugumi.html

domingo, 29 de diciembre de 2013

Nocturnos

John Connolly

Tusquets. Cuentos de terror, 362 páginas.


Depredadores, el gran reto de la humanidad civilizada. Cómo lidiar con la maldad pura, con los semejantes que gozan con el sufrimiento ajeno; que matan por dinero, torturan a un indefenso, ultrajan a un niño incluso. ¿Una inyección letal como en Texas? ¿Encerrarlos por décadas, con la certeza de que cuando salgan todo será igual? ¿Rezar para que nunca se crucen en nuestro camino, cómo hoy en la Argentina? Me temo que no puedo arriesgar una respuesta. En sus novelas, John Connolly (Dublin, 1968) ha creado alguno de los depredadores más espeluznantes de la escritura moderna, pero en este ocasión ofrece una galería de seres con apetitos monstruosos que no son humanos. La vieja y querida literatura fantástica.

El volumen data de 2004. Su columna vertebral son los relatos que Connolly escribió para la BBC, para ser emitidos preferentemente en esas noches de tormenta en las que tenemos la impresión que cualquier cosa sobrenatural puede suceder. Connolly nació en Irlanda pero ha demostrado en estos años una exquisita plasticidad. Ha cultivado el género negro igual o mejor que un nacido en California. Aquí se luce tanto en el pop estadounidense a lo Stephen King  o a lo X-Files, como en el más rancio terror gótico inglés. Son en total diecinueve cuentos de agradable lectura. Algunos tienen un dejo borgeano; otros recuerdan a Lovecraft (existen dioses más viejos que el judeocristiano).
 

'El vaquero del cáncer’ (setenta páginas) narra las cacerías de un simbionte de origen extraterrestre o bien el siguiente paso en la evolución humana: un ser cuya forma física se ha convertido en reflejo de su degradación moral. Contagia tumores fulminantes. La señorita Froon, jardinera de mérito, es también un vampiro de letal eficacia. Hay brujas en Underbury. Entes terroríficos aguardan bajo la parroquia de Chetwyn-Dark, en la residencia campestre de Norton Hall y en el abismo de Wakeford. Cuide a sus hijos. Protéjalos del rey de los elfos y de los payasos de circo. Nunca se reía de un payaso, detestan a los niños y siempre andan al acecho.
Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Muy bueno


martes, 24 de diciembre de 2013

Regalo de Navidad

Sin incurrir en absurdos sentimentalismos, quisiera compartir con los amigos de este blog un magnífico poema de Wislawa Szymborska (Kornik, Polonia, 1923-2012), justísimo premio Nobel de Literatura 1996, que corrobora el dictum de MacLuhan de que "los artistas son las antenas de nuestra especie". Título: Contribución a la estadística.




De cada cien personas,
las que todo los saben mejor:
cincuenta y dos,

las inseguras de cada paso:
casi todo el resto,

las prontas a ayudar,
siempre que no dure mucho:
hasta cuarenta y nueve,

las buenas siempre,
porque no pueden de otra forma:
cuatro, o quizá cinco,

las dispuestas a admirar sin envidia:
dieciocho,

las que viven continuamente angustiadas
por algo o por alguien:
setenta y siete,

las capaces de ser felices:
como mucho, veintitantas,

las inofensivas de una en una,
pero salvajes en grupo:
más de la mitad seguro,

las crueles
cuando las circunstancias obligan:
eso mejor no saberlo
ni siquiera aproximadamente,

las sabias a posteriori:
no muchas más
que las sabias a priori,

las que de la vida no quieren nada más que cosas:
cuarenta,
aunque quisiera equivocarme,

las encorvadas, doloridas
y sin linterna en lo oscuro:
ochenta y tres,
tarde o temprano,

las dignas de compasión:
noventa y nueve,

las mortales:
cien de cien.
Cifra que por ahora no sufre ningún cambio.



Wislawa Szymborska

domingo, 22 de diciembre de 2013

Tres historias pringlenses

César Aira

Ediciones Biblioteca Nacional, Cuentos, 68 páginas


Cuando se afirma que el Estado debe promocionar la cultura, no se trata, naturalmente, de financiar la mediocridad con las escasos recursos públicos, sino precisamente de hacer lo que hizo ahora la Biblioteca Nacional. Recobrar algunos de los mejores textos que ha engendrado la Argentina y ofrecerlos a los ciudadanos a un precio accesible. ¡­Tres hurras para la colección Jorge Alvarez! Vuelven del olvido maravillas que había divulgado décadas atrás el mítico editor porteño.

Tres historias pringlenses contiene cuatro relatos (este Aira es un bromista) que nada cuesta definirlos como excelentes y que hacen suponer que el cuento es el terreno más propicio para que se despliegue el talento de uno de los pocos escritores vivos de la Argentina que resulta imprescindibles. Puede que nueve de cada diez novelitas airanas no sean otra cosa que cuentos caprichosamente alargados en función de una discutible aunque eficaz teoría literaria. Pero eso es otro asunto.

Refieren todos los relatos a Pringles, ``ciudad masónica'' de la pampa bonaerense donde la Iglesia `"además de fea y contrahecha, es un trasto inútil'' y que "se ha ganado la fama de `pueblo maldito para la empresa' ya que ningún negocio ha prosperado en él, ni lo hará nunca''. Es una Pringles mítica como la Santa María de Onetti; por lo tanto, Aira nos deleita con una serie de leyendas, parábolas y alegorías, todas delicadas, sutiles y agradables de leer.

Hay una sombra que se apodera del cuerpo de un pobre gaucho. Hay un duelo fascinantes entre cuatreros en medio de la nada. También, una gallina que da huevos de oro y un curita que estafa al obispo para establecer los fundamentos del capitalismo agrario. Toda la enorme producción airana está esbozada en estos cuatro cuentos magnificos. Conclusión: el rescate que dispuso el señor Horacio González es una de las mejores noticias literarias del año.

Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificacion: Excelente

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Crítica literaria

El diccionario de Asterión XIII


Análisis de estilos, de influencias y referencias. La crítica literaria honesta suele ser terriblemente cruel y debe ser capaz de acabar con un libro con una frase (el setenta por ciento de lo publicado es basura). No obstante, es prácticamente imposible leer hoy en un diario una crítica negativa. Hay muy pocos críticos que tengan el valor de escribir una crítica demoledora; si no les gusta el libro se limitan a contar el argumento. A esto se considera “políticamente correcto”. Nadie quiere hacerse enemigos.

Esta definición lapidaria pero certera como dardo de ballesta es del gran editor Jaime Salinas (foto). Data de 1998 y refiere a España, pero si se hubiese proferido ayer en la Argentina nadie podría, seriamente, cuestionar su veracidad. "Me inquieta el tono triunfalista de la crítica actual", decía Salinas al periodista Juan Cruz en una charla memorable que acaba de publicar el sello Alfaguara (El oficio de editor, doscientas setenta y ocho páginas). Estoy escribiendo un artículo sobre este libro muy recomendable.

martes, 10 de diciembre de 2013

Una pálida historia de amor

Fogwill

Alfaguara. Novela, 170 páginas


Convertir la Historia en material literario y salir airoso del trance es una condición que delata a los grandes escritores. Tenía ese don Fogwill, el más entrañable integrante de la Tríada de Oro (Aira y Saer son los otros dos). Y lo demostró con esta novela fascinante de 1991 que interpreta uno de los grandes misterios setentistas: ¿Quién es, en realidad, María Estela Martínez de Perón? ¿Cómo fue posible que un formidable conductor de hombres como Juan Perón la haya elegido como compañera sentimental y, finalmente, en la fórmula presidencial? En Argentina -alguien estará pensando no sin razón- ocurren siempre las cosas más inverosímiles.

Con una prosa minuciosa, el libro nos lleva al cabaret más transitado de Panamá. Allí baila una deslumbrante veintiañera. La muchacha argentina casi nunca hace sala, pero no suele rechazar los convites de hombres de billetera abultada, aunque siniestros, como un militar en raudo ascenso, un decrépito hombre de negocios y un aventurero estadounidense. Un compatriota vincula a Estela con el espiritismo. Se llama Sarmiento. Es el cajero del tugurio y nada cuesta identificarlo con otro misterio rioplatense: José López Rega, el brujo infame.

Borges tiene espejos y laberintos, Aira sus miniaturas. Fogwill es otro genio que no dejaba pasar oportunidad para desplegar obsesiones: la navegación, las drogas, el sexo crudo y duro, adornado con parafilias. Su Estela mantiene una relación amorosa con la hija adolescente de Sarmiento y le corta el cuello a un mulato que la había ultrajado, para después sorber el alma del difunto. La trama parece girar hacia lo fantástico, pero el autor es lo suficientemente sofisticado como para ofrecer al lector también una explicación convencional. Aunque quién sabe. Que en 1974 haya llegado a la pesidencia de los argentinos quien llegó, parece obra de un conjuro maligno.

Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Bueno

domingo, 1 de diciembre de 2013

Solo

William Boyd

Alfaguara. Novela de aventuras, 333 páginas. Edición 2013



Fue Borges quien notó que dos pasiones antagónicas agitan el alma del ingles: la pasión por la legalidad y la pasión por las aventuras. Naturalmente, ambas se ha manifiestado en la buena literatura de la Gran Bretaña, aunque ahora la primera habría mutado en “pasión por violar la legalidad“. Veamos un caso. Con el beneplácito de los herederos de Sir Ian Fleming, se ha lanzado William Boyd, caballero del Imperio Británico, a correr el albur de revivir al agente secreto 007. Y ha demostrado con la primera entrega de lo que se perfila como una larga saga, que existe todavía espacio para la novela de aventuras en el confuso siglo XXI.

Boyd apostó a una amorosa fidelidad con el original, al punto de que desdeña explorar prometedoras líneas argumentales (¿Por qué no plantear que la CIA trafica con heroína, teme perder lectores estadounidenses?). Su James Bond es un sofisticado sibarita, rompedor de reglas, irresistible para las mujeres hermosas, aficionado a los alcoholes, atormentado con pesadillas, que lee a Graham Greene pero con sentido práctico. Un Phillip Marlowe del espionaje. Más parecido a Roger Moore que a la actual versión psicópata de Dan Craig. Por fortuna, la novela no abruma al lector con mil escenas de acción inverosímiles, el típico vicio hollywoodense. Boyd ejecuta una narración límpida, sin aspavientos ni groserías.


En esta ocasión, M encarga a 007 que ponga fin a una guerra civil en un país del Africa occidental, asentado sobre un lago de petróleo. Si es necesario deber  asesinar a una suerte de Napoleón negro. Bond lo consigue sin esa enormidad, pero al precio de ser cosido a balazos. Se cree traicionado, por lo que en la segunda parte de la novela nuestro héroe viaja a Estados Unidos a cobrar su venganza. Solo. Contra un espantoso villano desfigurado. Llegar al final del libro a nadie le resultará difícil. Se cumplen satisfactoriamente las reglas del entretenimiento.

Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Bueno

sábado, 30 de noviembre de 2013

Leopoldo Lugones

Jorge Luis Borges con Berta Guillermina Edelberg


Alianza. Edición 1998. Ensayo de Literatura, 99 páginas.


Tienen las redes sociales una utilidad que suele pasar inadvertida. Sirven también para mostrar la alcance, la variedad y la invulnerable persistencia de la estupidez humana, en su carácter de hija dilecta de la ignorancia. Un caso. Es frecuente leer comentaristas que sostienen que el Borges ensayista es una creatura deleznable. Un fulano, incluso, ha llegado a compararlo con Marcos Aguinis. Obviamente, esa persona confundida incurre en herejías porque nunca ha leído bien (también se puede leer mal) este enorme librito, al que nada cuesta postular como modelo de crítica estética (a vuelo de pájaro) de una vasta obra. Como introducción, como acicate de la curiosidad del lector, como principio de orientación es perfecto. Uno sale de aquí con el firme propósito de ponerse de una buena vez a explorar las páginas de Leopoldo Lugones (1878-1934), ese gran escritor argentino cuyos desvaríos políticos e ideológicos -¡ay!- han estragado su reputación artística. Nuestro Celine, acaso. Ambos, como propone Borges, tienen el derecho póstumo a que los juzguen por su obra más alta.

Parejo al placer que provoca cualquier escrito de Jorge Luis Borges corre el placer de descubrir o redescubrir los “altos e ilustres edificios verbales” de Lugones, el barroco o el modernista. Daré un solo ejemplo de su genio, un fragmento de La blanca soledad

“La luna cava un blanco abismo
De quietud, en cuya cuenca
Las cosas son cadáveres
Y las sombras viven como ideas.
Y uno se pasma de lo próxima
Que esta la muerte de la blancura aquella,
De lo bello que es el mundo
Poseído por la antigüedad de la luna llena
Y el ansia tristísimo de ser amado
En el corazón doloroso tiembla.”

Entre las cien maneras que ha encontrado la poesía para conmover se encuentra el hecho de que misteriosamente da forma material, con las mejores de combinaciones de palabras, a nuestras sensaciones más íntimas. Es decir, el poeta logra escribrir bellamente que lo nos sacude las entrañas y no alcanzamos a nombrar, por cobardía o incapacidad verbal. ¿Han estado solos una noche en un jardín, una playa, un campo a la luz de la luna llena? Caray, qué certero era Lugones.
Guillermo Belcore


Calificación: Excelente


PD: Inmediatamente después de leer este ensayo sali corriendo a comprar Historia de Sarmiento de Lugones.


PD II: Hace cuatro años, en este blog se recomendaba la lectura de una colección de cuentos de Lugones: http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2009/07/las-fuerzas-extranas.html

lunes, 25 de noviembre de 2013

American Sarmiento

Hernán Iglesias Illa

Sudamericana. Ensayo, 286 páginas. Edición 2013.

En las redes sociales, en artículos periodísticos, en un ensayo elogiado en este blog (pinche aquí), Hernán Iglesias Illa ha demostrado perspicacia, curiosidad intelectual, delicadeza, vasta cultura y una impecable sensatez. Es un polígrafo que pone lo mejor de sí en cada intervención. Puede que esa admirable seriedad sea consecuencia de su formación católica (nada supera a la Madre Iglesia para desarrollar en una persona el Superyo), por ende hace un poco de ruido la condescendencia con que mira al hombre o la mujer de fe que quiere gozar de la liturgia (página 86). Pero no exageremos. Es una mácula insignificante, una de las pocas de un ensayo informal y seductor, que aquí tratamos de recomendar.

Iglesias Illa vive desde casi una década en Nueva York. Pero es más intensamente argentino que los miles que apuñalan a la Patria, día tras día, fronteras adentro. En esta ocasión, ensaya el rescate de una figura esencial de la argentinidad (si es que ese ente platónico existe). Domingo Faustino Sarmiento es, sin dudas, una de las cinco personalidades más fascinantes de la Historia nacional. Puede que San Martín, Perón, Belgrano y Borges sean las otras cuatro. Ofrece HII al esperanzado lector argentino: “una investigación vagamente política y vagamente literaria, personal y general, plebeya y ambiciosa sobre Sarmiento y sobre Viajes, texto esencial del ilustre sanjuanino, “sin plan ni unidad pero llena de peripecias…, el primer libro de un latinoamericano sobre Estados Unidos“.

Recorre entonces el autor escenarios en Norteamericana que habían deslumbrado al prócer. Reconstruye la personalidad de un “hombre-isla desesperado por un puente“; explora “la esencia recóndita“ tanto de su personaje como de su legado escrito. Opina sobre las opiniones, en especial revisa las soluciones norteamericanas que DFS impulsó para superar el atraso argentino. Somete a crítica inteligente las ideologías y a los críticos malintencionados de DFS, incluso abre fuego contra esa esfinge roja y a menudo ilegible llamada David Viñas. ¡Bravo, Hernán! El volumen, en conjunto, nunca deja de ser estimulante, fuerza a pensar, muerde con bastante fuerza. Incluye pepitas originales, además. Comparar a Sarmiento con Marx es otro hallazgo.

Ahora, el cómo. Para emular a Sarmiento, HII decidió injertar la primera persona fastidiosa a su escritura. De hecho le habla “a sus Valentines Alsina”. Pretende que creamos -como Aira- que el capricho y la levedad rigen el todo. Nos obliga a espiar sus cuitas (¿efecto Facebook?). Como siempre ocurre en estos casos, el estilo oscila entre la frescura más agradable hasta el giro demagógico que hace chirriar los dientes y si a algo recuerda es a los programas de televisión de Jorge Lanata (“te copio esta frase de un folleto que agarré en la playa de estacionamiento“). Iglesias Illia es un ensayista formidable, ha quedado confirmado, pero las metáforas parece que no son (aún) lo suyo. Resulta curioso que un tipo espabilado como él postule esta hipótesis loca (¿hay algo más anacrónico que querer ser vanguardia literaria?):

“… Estuvo (Sarmiento) tapado durante siglo y medio de hegemonía crítica y comercial de la novela, pero ahora está listo para ser descubierto por una generación de escritores podridos de las coreografías exhaustas de la ficción realista y podridos, al mismo tiempo, de las coreografías exhaustas de la ficción experimental… …seamos ambiciosos y libres, inventemos las reglas que usaremos hoy y que destruiremos mañana, apuntemos a la luna mientras creamos, casi sin darnos cuenta, literatura en el camino…”

Dicho todo esto, aclárese que la lectura de American Sarmiento siempre es gratísima. Tiene el don HII de atrapar al lector.

En esta era del apogeo populista en la que el gesto canalla e irresponsable se combina con la compasión social, hay un escritor argentino, radicado en Estados Unidos, que decidió reivindicar a Domingo Faustino Sarmiento y al capitalismo democrático. Añade al universo un libro peleón, riquísimo en comentarios, enemigo del “partido retrógrado“. Un libro necesario, pues. Las ideas mueven al mundo.

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

PD: Iglesias Illa deja flotando en el aire la sensación de que ser sarmientino hoy es una pasión muy noble.

domingo, 24 de noviembre de 2013

El testamento del Mago Tenor

César Aira


Emecé. Novela, 149 páginas. Edición 2013


Es muy posible que la esencia literaria sea como el ser de Parménides. Inmutable, las transformaciones son ilusiones de nuestros sentidos. Básicamente, desde Homero hasta César Aira, la Alta Literatura ha seducido por alguno de estos cuatro elementos: la poética, la filosofía, la anécdota y el personaje. Cómo se ensamblan en una novela (la carpintería) es lo de menos. Las generales de la ley se aplican, naturalmente, a las raras creaturas del genio de Pringles. La última es muy recomendable por su riqueza expresiva (sobre todo en el reluciente primer capítulo) y por sus epifanías semánticas. Poética y filosofía, es decir nada nuevo bajo el sol.

A esta altura del partido, hablar de la trama de una novela de Aira puede resultar tan útil como describir el diseño de la tapa. Hay aquí un presdigitador que agoniza en Suiza. In extremis, el Mago Tenor lega gratuitamente su último truco al Buda Eterno. Viaja entonces hasta el Punjab un joven abogado helvético en busca de esa caricatura de la religiosidad popular. En el barco traba ligazón con la hermosa Palmyra.

La historia, se comprenderá, es lo de menos. Sirve sólo como pretexto para que Aira añada al universo parangones entre magia y literatura, brillantes observaciones sobre el subcontinente indio, donde “lo exótico se exhibe con un desparpajo heroico'', y una definición insuperable sobre el acto de lectura. Pululan, como es tradición en la demasiada copiosa producción airana, los giros disparatados o desopilantes, obsesiones personalísimas caso las miniaturas, todo presentado con una prosa límpida que sólo puede ser comparada con un diamante finamente tallado. Los libros de Aira se olvidan rápido como los sueños, pero valen la pena. El virtuosismo de la ejecución es su secreto y su gloria.

Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa
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Calificación: Bueno

 


viernes, 22 de noviembre de 2013

Las antenas de nuestra especie

Si Marshall MacLuhan tenía razón y los artistas son “las antenas de nuestra especie”, uno debería concluir que fue Lee Harvey Oswald quien le voló la tapa de los sesos a JFK. Así lo han concluido en sus respectivas novelas tres de los mejores escritores que Estados Unidos dio al mundo: Stephen King, Don Delillo (con matices) y Norman Mailer. Es propósito de este artículo sugerir la ingesta de 22/11/63 de King (Plaza & Janes, 859 páginas), Libra de Delillo (Ediciones B, 397 páginas) y Oswald. Un misterio americano de Mailer (Emece, 900 páginas).

El año pasado, Stephen King imaginaba que Jack Epping, íntegro profesor de Lengua en un secundario de Lisbon Fall (Maine, por supuesto), viajaba al pasado mediante una fisura temporal para impedir el asesinato de Kennedy. Mejor hubiera sido que se quedara en casa. El resultado de su hazaña fueron convulsiones históricas e incluso, cataclismos naturales. Pero no es el punto. Más allá de la extraordinaria fantasía, el literato se sintió obligado a añadir un epílogo que respalda las aburridas conclusiones de la Comisión Warren.

En la página 855, el rey del terror estadounidense escribió: “… después de leer una pila de libros y artículos sobre el tema casi tan alta como yo, la situaría en un noventa y ocho por ciento (la posibilidad de que Oswald fuera el único tirador), quizá incluso en un noventa y nueve. Porque todas las crónicas, incluso las escritas por los teóricos de la conspiración, cuentan la misma historia americana básica: he aquí a un peligroso canijo sediento de fama que se encontró en el lugar adecuado para tener suerte. ¿Qué había muy pocas probabilidades de que pasara tal como sucedió? Sí. También las hay de ganar la lotería, pero alguien la gana todos los días”.

En 1995, Mailer arribó en su mamotreto de no ficción a una idéntica conclusión. Dice que comenzó la minuciosa biografía creyendo que Oswald era la víctima de una gran conjura, pero al final llegó a convencerse -a regañadientes- que ese confuso mequetrefe de veinticuatro años apretó el gatillo por razones de megalomanía. Incluso demuestra que la teoría de la bala mágica es posible, aunque su índice de probabilidad es de uno a quinientos.

¡Qué enormidad! Un don nadie vagamente marxista, maltratador de mujeres, abusado psicológicamente por su madre, desesperado por hacerse notar fue capaz de cambiar en seis segundos el curso de la Historia. Le bastó con apretar el gatillo tres veces desde el quinto piso de un almacén de libros en un soleado mediodía de noviembre. La razón se resiste a aceptar algo tan simple, mucho menos el orgullo nacional. Es el fin del sueño americano; nadie está a salvo del loco solitario. Por eso, proliferan las teorías conspirativas que, por así decirlo, tienden a restaurar la armonía del cosmos, disipando el absurdo. Son como los hongos después de un día de lluvia. Aprovechan el terreno nutricio. Es decir, el misterio persistente se aprovecha del pánico del ciudadano común al zarpazo de un insignificante enemigo interior. La conclusión es de Mailer.

Delillo publicó Libra en 1988, a sólo veinticinco años del magnicidio. Aun hoy se considera la novela como una obra maestra, aunque su lectura no es fácil. En una nota al final, el escritor advierte que sólo aspira a “llenar alguno de los vacíos de la versión conocida”. Así, cultiva la línea del complot pero desde una perspectiva fresca: no estuvieron detrás del ataque poderosas instituciones ni Lyndon Jonhson, sino tres agentes renegados de la CIA (“la iglesia mejor organizada del mundo”) que soñaban desatar una invasión a Cuba con toda la regla. Tenían la sangre en el ojo desde Bahía de los Cochinos. En rigor, los anticastristas pensaban en un primer momento fraguar un intento de atentado y que la opinión pública vinculara al francotirador con La Habana, pero el asunto crece, se les escapa de las manos, impone su propia lógica. Lee Harvey Oswald, un chico pobre y confundido, fácil de manipular como todos los idealistas, dispara contra el presidente de la nación más poderosa del planeta. ¿Fue el único tirador? La polémica, al parecer, no morirá en el siglo XXI.

Guillermo Belcore
Publicado hoy en la sección Internacionales del diario La Prensa.

sábado, 16 de noviembre de 2013

Mujer de barro

Joyce Carol Oates

Alfaguara. Novela, 497 páginas. Edición 2013.


Por la estúpida costumbre de la rotación geográfica y por su abierto desprecio a Estados Unidos, los mandarines suecos quizás nunca concedan el Nobel a Joyce Carol Oates (Nueva York, 1938). Es una pena. Su vasta producción literaria merece un reconocimiento global. La escritora ha demostrado que la novela de estilo decimonónico aún puede conmover, -estética y emocionalmente- a cualquier lector no intoxicado con esa superstición postmoderna que postula que sólo la innovación formal resulta interesante. Necios, Balzac nunca pasará de moda.

Mujer de barro añade al cosmos un personaje memorable, está enriquecida con ideas sensatas y toma partido en alguna de las polémicas mas urticantes, sin rebajar ni un gramo la eficacia narrativa. La carpinter¡a es ingeniosa: por un lado se narra la formación de una personalidad; por el otro la degradación de la misma. La protagonista se llama Meredith Ruth Neutkirchen. De niña, su madre biológica intentó ahogarla en un pantano. Fue rescatada por un trampero, fue adoptada por una pareja amantísima y llegó a convertirse en la primera mujer rectora de una gran universidad de la Ive League. No obstante, esta doctora en filosofía de Harvard sin una pizca de malicia, quintaesencia del progresismo compasivo, se balancea al borde de la locura. Sin amor, sin un hogar, todo en la vida son "pequeños triunfos y pequeños desastres'', nos recuerda la señora Oates.

¿Literatura de género? Puede ser que ningún novelista varón haya sido capaz de explorar la compleja profundidad de los sentimientos femeninos como esta dama neoyorquina. En tren de buscar parangones, resulta inevitable pensar en Alice Munro. ¿Literatura nacional? Con delicadeza, Oates transforma en arte la religiosidad (profunda) del alma estadounidense y la pulsión maniquea, además de abordar problemas de su tiempo como la depresión de las zonas rurales de Nueva York o los combates ideológicos en el claustro. Le alarma, en especial, la irrupción de la vocinglería neoconservadora. Muy reconfortante, por lo demas, es el goteo en la novela de maximas de la Sociedad Religiosa de Amigos, cuyos seguidores se conocen popularmente como cuáqueros. Lo único que importa en la vida -nos recuerdan los cuáqueros-  es hacer el bien al prójimo. O por lo menos, no hacerle daño.

Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Bueno

PD: En este blog, cuatro años atrás, se elogiaba otra novela de la señora Oates. Pinche aquí: http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2009/04/la-hija-del-sepulturero.html
 

viernes, 15 de noviembre de 2013

La lectura, segun César Aira

El Diccionario de Asterión XII





Lectura:


Prestigiosa actividad a la que la civilización le debe todo o casi todo. Placentero pasatiempo que favorece sentir pensamiento, pero no pensamiento propio. Es decir, saca al lector de esa maquinaria infernal que es su propia persona o personaje protagonista de su actuación. Acción que permite tomar distancia y ver, en una danza de perspectivas cambiantes, cuántas cosas contiene la distancia. Esta actividad intima y silenciosa reclama una deuda al mundo, el mismo mundo que ella ha creado. Cualquier cosa sirve para la lectura, basta con que esté escrita. Y todo está escrito.

Tan hermosa reflexión aparece en la página 101 de la última novela de César Aira (El testamento de Mago Tenor, Emecé, 2013). Por sí sola, la cita justifica la compra del libro. Qué verdad es la que enuncia: además de la satisfacción hedónica, el acto de leer nos permite escaparnos un rato de nosotros mismos. No se ha inventado nada más útil.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Los años de peregrinación del chico sin color

Haruki Murakami

Tusquets. Novela, 314 páginas. Edición 2013


Después de la magnífica trilogía 1Q84, Haruki Murakami se ha tomado un respiro. Su última novela mantiene esa belleza (sobre todo, la claridad de la prosa) que lo ha elevado a la categoría de estrella mundial pero carece de ambición. Empieza floja, en el medio da un giro fascinante hacia el género policial, pero el desenlace deja al lector con apetito. Incluso queda flotando la impresión de que Murakami no supo como rematar la obra.

La trama se sostiene sobre un dedal. Un buen día, Tsukuru Tazaki, un chico impecable pero anodino, es repudiado por sus cuatro amigos, con quienes formaba una pandilla inseparable. Le comunican que no quieren volver a verlo y tampoco hablar con él. La armonía del universo se rompe. El muchacho deambula por el umbral del suicidio, pero luego sale adelante. Se recibe de ingeniero, especializado en la construcción de estaciones de trenes. Pero no puede forjar relaciones duraderas; algo podrido yace en su interior, como una comida maldigerida. Dieciseis años después de haber sido despreciado, Tazaki parte a buscar respuestas. Visita a sus ex amigos, por sorpresa, incluso viaja a Finlandia. Secretos terribles salen a la luz.


Lo mejor del libro -además de los minuciosos retratos- es una virtud que ha tornado imprescindible a Murakami: el vaivén entre realidad y fantasía. El lector nunca puede estar seguro de los que es sueño, delirio o vida cotidiana. Realismo mágico en versión oriental, con ese anhelo por matarse tan propio de los japoneses errando por la trama como los fantasmas en una casa embrujada. Se añaden, además, un par de fascinantes subhistorias coloreando la corriente principal. Hay un pianista que dice haber adquirido poderes especiales después de pactar su muerte. Y se establece -tal como hizo Bioy Casares o la serie Fringe- la posibilidad de los universos paralelos. Pero por desgracia estas alusiones fantasticas son como las lluvias estivales, llegan y se van con demasiada premura.
Guillermo Belcore

Publicado el domingo pasado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.


 
Calificación: Regular

PD: He leído siete novelas de Murakami. Esta es una de las más flojas, en la modesta opinión de un fan del narrador japonés.