jueves, 11 de octubre de 2012

Ida

Damián Huergo

Parque Moebius. Cuentos. 85 páginas


Suele afirmarse en Estados Unidos que desde Moby Dick en adelante nadie fue capaz de componer la Gran Novela Americana (yo tengo mis dudas al respecto, Subsuelo de Don DeLillo y Contraluz de Thomas Pynchon son serias aspirantes al cetro). De la misma forma, podría establecerse que en la Argentina ningún escribidor de fuste ha logrado engendrar la Gran Novela del Conurbano Bonaerense.

A los amigos y amigas de otros países (este blog se lee hasta en Rusia) diré que los veinte municipios que rodean y asedian a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires -con sus ocho millones de habitantes, su miseria aluvional, su desindustrialización pavorosa y su violencia sin cuento- son algo así como el hígado argentino: allí se procesa lo peor. Hasta donde sé, nadie ha logrado captar en más de trescientas páginas la desmesura histórica y social de esa peculiar geografía. Estoy pensando en un novelón oceánico -de ejecución clásica o vanguardista, me da igual- que narre, por ejemplo, la depravación moral y material de las últimas cuatro décadas. Que, a la usanza centroeuropea, combine destino individual y devenir colectivo. Que capte los estertores, las subculturas, los sueños rotos y realizados, las tremendas injusticias, los paisajes apocalípticos o de esperanza; algo así como hizo con el DF Carlos Fuentes en 
Todas las familias felices.

Hasta que llegue pues la GNdCB me entretengo con lo mejorcito del rock barrial (y de La Bersuit) y con los cuentos de delicada factura costumbrista. Como los que incluye este volumen. Es el caso de El amor breve, una hermosa joyita. Se trata una aproximación romántica que se trunca; un intenso cruce de miradas sobre el vagón de un tren. Hay vendedores de mantecol y el vaho de las salchichas que emanan las ollas del anden. Hay una definición encantadora: “en el Ferrocarril Roca las chicas prefieren acostarse con Hemingway”.

El tren degradado que une el sur del conurbano con la gran ciudad es, justamente, uno de los dos escenarios favoritos de Damián Huergo (Longchamps, 1983). El otro son las librerías. Se nota una enorme dosis de contenido autobiográfico en estos relatos que van de menos a más. Leemos con agrado las peripecias de dos amigos entrañables llevando a Barracas el sofá de la abuela. O ese singular pacto entre compinches: cincuenta euros a cambios de manosearle las nalgas a una turista italiana (Roca Tour). En Plaza Constitución irrumpe en escena el infame egoísmo colectivo, rasgo típico de aquella abstracción que llamamos “pueblo”. Este buen cuento, acaso, no merecerá elogios por su desenlace. Todo hay que decirlo: uno de los puntos flojos del libro son los remates, parece que el señor Huergo aún no ha desarrollado el ingenio del último párrafo, tan relevante en el texto breve cuando no hay una prodigiosa exhibición de estilo o una temática escalofriante. En El olor de los tilos, por ejemplo, el quía que espera durante hora y media a Carmela no debería haber ido a paso lento hasta el portero eléctrico a abrirle la puerta de abajo. Si se quedaba de brazos cruzados, el personaje hubiese sido más rico en inferencias, creo yo. En fin, cuestión de gustos.

La recopilación, a ratos, cae en el error de hacer un drama en base a lo insustancial. La tempestad en un vaso de agua también delata un déficit de invención. Se constata en Ida a Constitución. Que un joven universitario se salte un desayuno por perezoso y después sufra terribles punzadas en la panza mientras viaja en tren es un argumento de pacotilla. El estómago vacío es un asunto serio. La misma superficialidad inane se desprende de aquella épica de los fatuos que es la compulsión de los chicos y chicas burgueses de robarse libros para después tratar de disfrazar como principio lo que en realidad es otra manifestación de la perversa y atrabiliaria viveza criolla. Hay varios cuentos aquí con ladrones de libros, absueltos.

En la página veinte se cita a Flaubert: “si miras cualquier cosa más de diez minutos resulta interesante”.  Es lo que ocurre con esta obra. Uno termina encariñándose con las historias del tren (al fin y al cabo yo padezco las tribulaciones del maldito Ferrocarril Sarmiento) y con la destreza del autor para transmitir su amor por la lectura (hay un excelente homenaje a Juan Gelman). El trabajo además es rico en ideas, si no fuera así no podría haber escrito tanto sobre sus más y sobre sus menos. Tengo el pálpito que Huergo me sorprenderá en el futuro con una buena novela del conurbano.

Guillermo Belcore


Calificación: Bueno

2 comentarios:

Celina Cappello dijo...

Tuve el agrado de leer tanto Ida como esta reseña. Soy de provincia, pero del lado cheto, tal vez sea por eso que a mi gusto la mirada de Huergo no es costumbrista. Me enseño una zona sur que desconocía, porque el sur del rock chabón donde las punzadas en la panza son cosa seria, es el que nos mostraron mil veces. Pero el sur de la clase media empobrecida, que no deja de ser clase media (con todo lo criticable que tiene, como machaca Bourdieu en La Distinción), no se encuentra muy fácil.
No espero de este autor la GNdCB al estilo chabón -tal vez por seguir siendo recortada de esta realidad por la tijera cheta del norte- pero sí espero una gran novela que se aleje de la ciudad de Buenos Aires.

Ana Caldeiro dijo...

Hice una reseña del libro de Damián Huergo y ahora leo la tuya. No te había leído antes (y si lo hice no me acuerdo), y debo decirte que me encanta el desparpajo con que escupís lo bueno y lo malo. Yo no puedo. Resabios de mi condición de hermana mayor, supongo (un atroz sentido de la responsabilidad y el pánico de ser políticamente incorrecta o de ofender). Aunque tengo que admitir que tus palabras sobre Perec me rompieron el corazón, un placer leerte.