lunes, 6 de marzo de 2017

Introducción a la antifilosofía

Boris Groys
Eterna Cadencia. Ensayo de filosofía, 282 páginas. Edición 2016

En una muy grosera simplificación, podría decirse que un buen libro de filosofía es aquél que no causa tedio, fuerza a pensar y permite trazar parangones con el mundo que nos rodea. Esta colección de artículos, a pesar de su título engañoso, cumple las tres condiciones. Dije “engañoso” porque el volumen es más un cajón de sastre que un trabajo sistemático (atesora once artículos escritos entre 1994 y 2008). La promesa que se anuncia en la sagaz introducción se cumple parcialmente. El lector se queda con hambre.

Boris Groys (Berlín oriental 1947) estudio filosofía y matemáticas en Leningrado. Enseñó lingüística en Moscú hasta que abandonó el ’Imperio del mal’ en 1981. Se radicó en la República Federal Alemana. Fue profesor en la Universidad de Münster y en la escuela de Karlsruhe que dirigía Peter Sloterdijk. En la alborada de este libro, advierte sobre el surgimiento de una nueva rama de la filosofía a la que, por analogía con el antiarte del Dada y Duchamp, cabe denominar antifilosofía. Su misión primordial es dar órdenes cuya perentoriedad no da tiempo para cultivar una actitud reposada, crítica y consumista. La verdad surge sólo después de cumplido el mandato. Veamos: 


“Este giro que comienza con Marx y Kierkegaard ya no opera por medio de la crítica, sino por medio de órdenes. Se ordena transformar el mundo, en lugar de explicarlo. Se ordena convertirse en animal, en lugar de cavilar. Se ordena prohibir todas las preguntas filosóficas y callar sobre aquello que no se puede decir. Se ordena transformar el propio cuerpo en un cuerpo sin órganos y pensar de un modo rizomático en vez de lógico. Todas estas órdenes fueron impartidas para abolir la filosofía como fuente última de actitud consumista y crítica y liberar de este modo la verdad de su forma de mercancía”.

Fascinante resumen de todas las derivas del pensamiento moderno de la Europa continental, ¿no? Desafortunadamente, Groyss no profundiza tan sublime intuición. Se limita a examinar -de manera “benevolente”- algunos rasgos de Soren Kierkegaard, Lev Shestov, Jacques Derrida, Ernst Jünger y Alexandre Kojeve. Reivindica, además, la reivindicación del arte de Martin Heidegger. Le permite Theodor Lessing abordar la cuestión judía; Walter Benjamin, la teología. Reflexiona también sobre el impacto de Nietzsche en atormentados artistas de la Unión Soviética. Conecta a Richard Wagner con Marshall McLuhan e Internet

Se limita pues Groys aquí a exhibirse como un comentarista talmúdico de unos pocos autores modernos que nos dan órdenes. Su talento da para más. No obstante, logra filtrarse en el comentario (o en el comentario del comentario) pizcas de la propia noción profesional del autor, a la sazón lo más enjundioso del libro. El proyecto filosófico -establece Groys- es esencialmente abierto, infinito, se opone a su realización definitiva. El trabajo filosófico es interrumpido, es el trabajo del conocimiento, la crítica y la deconstrucción (lo mismo podría decirse del periodismo). Filosofía es producción de verdad. Su antítesis es la teología (y hoy en día, añado yo, tiene más que ver con la política que con la religión) supone que la verdad se ha mostrado, que la unión con la verdad ya ha tenido lugar, que la verdad ha sido revelada y proclamada (por un Profeta o un líder político carismático). Uno es subjetivo en tanto que duda. En cuanto renuncia a la duda, pierde su subjetividad, se convierte en objeto de otro, nos advierte. Los intelectuales militantes -esa plaga- deberían escucharlo.

Siguiendo a Husserl, Groys nos deja un buen consejo. Sostiene que antes de pensar hay que llevar a cabo la reducción fenomenológica. ¿En qué consiste? En tomar distancia de los propios intereses vitales, incluidos el interés en la propia supervivencia. Hay que contemplar al mundo sin estar aherrojado por las necesidades imperiosas del yo empírico (burgués es el que piensa con el estómago, decía Flaubert). Piensa el yo fenomenológico, por el contrario, como si no viviera. Es el reino husserliano del “como si”. El acatamiento y la inobservancia de las órdenes que recibimos se disuelven en el juego infinito de las posibilidades de vida.
Guillermo Belcore


Calificación: Bueno