jueves, 16 de marzo de 2017

Recuerdos de la vida literaria II

Manuel Gálvez.
Taurus. Edición 2002. Memorias,791 páginas 

Si la vanidad fuese una antena, Manuel Gálvez (1882-1962) hubiese captado Radio Plutón. Es fama que el misterioso don de producir literatura, suele rebajar a los artistas (y a los que aspiran a serlo) a la condición de pedantes insufribles (e inseguros), es una suerte de enfermedad profesional; pero el narcisismo del autor de Nacha Regules superaba el promedio, era monstruoso. Quién sabe. Tal vez haya sido una compensación por su escaso talento; una forma de autoengaño para superar el hecho de que en realidad era un polemista de primera, un periodista de segunda, y un escritor de tercera o cuarta categoría. Esa jactancia con rasgos neuróticos ameniza, sin dudas, las memorias del prolífico Gálvez, sazona las páginas como si fuera una especia deliciosa. 

Los programas de chismes nos han persuadido de que los fatuos suelen ser interesantes; pero lo notable en este caso es que la petulancia también puede convertirse una cualidad literaria. Los cuatros tomos de Recuerdos de la Vida Literaria -dejémoslo claro- son muy divertidos, desopilantes por momentos. No sólo resulta conmovedora su falsa modestia sino también el intento de defender a capa y espada una obra copiosa que -¡ay!- no ha trascendido y una combativa vida pública. Causa ternura ver a un hombre famoso, atesorando y mostrándole a la gente cada una de las lisonjas recibidas en cartas y periódicos (muchas provienen de eminencias), como un chico con sus figuritas.   

Hace quince años, el sello Taurus reimprimió (en dos volúmenes) la minuciosa evocación de Gálvez de cincuenta años de vida cultural de la Argentina. Nos detendremos en el segundo libro, que incluye Entre la novela y la historia, y En el mundo de los seres reales. En el estudio preliminar, destaca Beatriz Sarlo dos dramas del proyecto novelístico de Gálvez: quiso ser nuestro Zola y nuestro Pérez Galdos primero; nuestro Graham Greene y nuestro Muriac después, pero no le dio la talla y fue más romántico que realista. En segundo lugar, fue un resentido, escribió siempre movido por la idea de que su obra no había encontrado el reconocimiento que se le debía (sobre todo entre las elites intelectuales). La prologuista le reconoce, no obstante, ‘conciencia sociológica‘, en el sentido de que se comprometió en cuerpo y alma con la profesionalización de los escritores.

VAYA TIPO

Se jacta Gálvez de haber vendido más de un millón de libros. También de haberse sacrificado de veras y como nadie por el escritor argentino. Se trabajó, no sólo una vez, la candidatura al Premio Nóbel de Literatura (“...si algún escritor hispanoamericano merecía ese premio era yo, sobre todo después de haber publicado las Escenas de la Guerra del Paraguay", escribió). Llega a sugerir que una de sus novelas indujo el suicidio de Alfonsina Storni. Afirma que ninguna obra publicada en el siglo XX ejerció tanta influencia sobre la opinión pública como su biografía de Yrigoyen (“un éxito nunca visto desde el Martín Fierro”). Añadió a las memorias un capítulo sobre las entrevistas que le hicieron (veintisiete hasta 1960); otro explica: “cómo alcancé la celebridad literaria“. No ha deseado ocultar a la posteridad lo que sus coetáneos sabían. Fue un chupacirios ñoño, al punto de modificar o suprimir escenas por los reparos de monseñor Franceschi. Pero no era un fanático; como buen ególatra juzgaba a los hombres no por su adscripción política o religiosa sino por el reconocimiento que le tributaban.

Realmente, hay aspectos muy meritorios en Recuerdos. Tiene páginas encantadoras (es lo mejor que puede decirse de su prosa), casi nunca aburre y trae un impresionante bagaje documental. Son buenos libros de historia, sobre todo de historia de las ideas. El autor narra en detalle, por ejemplo, el surgimiento y auge del fascismo criollo (nacionalismo + catolicismo político) que derivó en el golpe de 1930 y en la irrupción de Juan Perón. Gálvez, con una insoportable pose de superioridad moral (como los progresistas de hoy en día) fue un entusiasta militante de la causa antirrepublicana, antiliberal y antiestadounidense. Causa perplejidad ver como la Argentina va abandonando, paso a paso, el credo de Sarmiento, el de la masonería de los Ochenta, que había colocado a este paupérrimo arrabal del mundo a las puertas del desarrollo. Fue una tragedia. Hoy, con la educación pública destruida por los demagogos y la humillante decadencia económica, creo que no somos pocos lo que nos preguntamos que habría sido de nosotros si a la Edad de Oro no la hubiesen decapitado… 

Volviendo a los recuerdos de Gálvez, hay que resaltar que el lector interesado en el pasado hallará decenas de retratos interesantes, como el de Leopoldo Lugones, adversario encarnizado de nuestro auténtico mediocre (pero entrañable). Hay centenares de anécdotas sabrosas, hay un muestrario muy bien surtido de las mezquindades de los intelectuales. Descubrimos, por citar un caso entre muchos, que Victoria Ocampo era una esnob, que una noche del PEN prefirió al nazi Drieu La Rochelle por sobre los novelistas judíos de Polonia. Tramos muy seductores son, asimismo, las peripecias de Gálvez con los traductores, editores y librerías; el capítulo “Los que no quisieron vivir” (escritores/as suicidas); las luchas políticas-literarias en la SADE izquierdista y en la ADEA de Perón… Es opinión compartida que éste son los mejores libros de Gálvez (le dedicó sus últimos años), los que se leen con mayor placer y provecho. “Incomparable panorama de la vida literaria de la primera mitad del siglo XX”, dictaminó César Aira en su formidable diccionario.

Un último pormenor significativo. Gálvez nombra sólo cuatro veces, y al pasar, a Jorge Luis Borges. Pero lo aguijonea con indirectas venenosas y estúpidas:

"Los libros argentinos no se venden porque existe un divorcio absoluto entre el lector y el público. En su casi totalidad, los libros argentinos son colecciones de versos, o pseudoversos, que nadie entiende; cuentos, género literario que en ninguna parte del mundo tiene público; o ensayos, escritos en prosa difícil, sobre extranjeros que, como Kafka, sólo agradan a una minoría".

 El desdén era mutuo. En los diarios de Bioy Casares, el mejor de nuestros escritores se mofa de la grandilocuencia y de una estrofa desdichada de Gálvez. El miércoles 5 de septiembre de 1979, Borges dijo: 

“No estoy muy inventivo. El nivel de Manuel Gálvez, más o menos”.

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno  

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