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martes, 30 de julio de 2024

Serotonina

 


Escribió Jorge Luis Borges esta magnífica estrofa:


"A veces en la tarde una cara

nos mira desde el fondo de un espejo;

el arte debe ser como ese espejo

que nos revela nuestra propia cara".


No sólo eso, podríamos agregar con agradecida humildad. El arte elevado también nos muestra la cara de la sociedad que lo fecunda. Las ideas, las obsesiones, los miedos, los deseos de su tiempo.


He aquí un caso notable. Todos aquellos que crean que es posible concluir, después de décadas de dilaciones y escaramuzas, un acuerdo de libre comercio entre el Mercosur y la Unión Europa deberían leer la séptima novela de Michel Houellebecq (1958), el más sustancioso escritor contemporáneo de Francia, una especie de Dostoievski con un punto de depravación.


Entregada a la imprenta en 2019, Serotonina (Anagrama, doscientas ochenta y dos páginas) es, entre otras cosas, un afilado manifiesto en favor del proteccionismo agrícola. El mismo amor intenso que Proust manifestaba por sus condesas, Houellebeq lo expresa por los ganaderos normandos y sus animales: 

"...amplias y majestuosas las vacas normandas eran y la existencia parecía bastarles con creces; fue al descubrir estas vacas cuando comprendí por qué los hindúes consideraban a este animal sagrado"...


La Francia profunda, esa que vota a la Agrupación Nacional de Marine Le Pen y sufre por las desdichas de sus ruralistas que salen a las rutas a protestar con chalecos amarillos, nos dice que para ellos el librecambismo es una peste. El libro, incluso, nos señala con el dedo dos veces a nosotros, los argentinos, como su gran amenaza mortal. Primero, en relación a los cultivadores de damascos del Rosellón que pronto serían barridos por los de Mendoza y San Juan; luego con la carne vacuna (aunque Houellebecq reconoce que la nuestra es deliciosa). Se lee en la página cincuenta:

 "...los expertos estimaban que la Argentina con una población de cuarenta y cuatro millones de habitantes, podría eventualmente alimentar a seiscientos millones de personas, y el nuevo gobierno, con su política de devaluación del peso, lo había comprendido muy bien, esos cabrones iban a inundar literalmente Europa con sus productos, además no tenían ninguna legislación restrictiva respecto a los transgénicos, lo cual significaba que estamos jodidos...".


No es muy difícil colegir que los franceses siempre encontrarán la forma de demorar o, llegado el momento, de incumplir o tergiversar cualquier acuerdo de libre comercio con el Mercosur. Es lógico, además. ¿Por qué bien superior van a sacrificar lo que consideran uno de sus tesoros nacionales, su ineficiente sector agrícola artesanal?

CRISIS DE LOS 40

El protagonista de la novela se llama Florent-Claude Labrouste, un ingeniero agrónomo cuarentón sumido en una crisis de identidad. Trabaja en el Ministerio de Agricultura redactando notas e informes destinados a negociadores del Gobierno. Sus textos "definen, defienden y representan las posiciones de la agricultura francesa". Sus días transcurren "cada más vez más dolorosos a falta de acontecimientos tangibles y simplemente de razones para vivir".


La novela, que nunca deja de ser interesante, es algo así como las memorias de un fracasado, aunque lúcido. ¿Mencionamos ya la similitud con Dostoievski? Florent se ha convertido en un adicto a un antidepresivo de nueva generación. El Captorix favorece la liberación de la serotonina (de ahí, el título) producida en la mucosa gastrointestinal lo que permite a los pacientes una vida normal dentro de una sociedad evolucionada (higiene, vida social reducida a la buena vecindad, trámites administrativos sencillos). Tiene efectos secundarios, claro. Impotencia, por ejemplo.


Así las cosas, llegamos al núcleo incandescente del libro. Un buen día, Florent se decanta por "un proyecto de desaparición voluntaria". Es decir, abandona a su novia japonesa (una degenerada y una esnob), al bien pago empleo público, a su departamento cinco estrellas... y se convierte en un vagabundo (a lo Jack Reacher), pero al abrigo de la necesidad. Tiene 700 mil euros en la cuenta bancaria. En la página cuarenta y ocho, Houellebcq nos informa (es uno de esos sabelotodos que siempre quieren enseñarle algo lector) que cada año en Francia unas doce mil personas optaban por desaparecer, dejar a su familia y rehacer la vida, a veces en la otra punto del mundo, a veces sin cambiar de ciudad.


La trashumancia nihilista lleva a Florent al castillo de Olonde (Normandía), propiedad de un amigo de la universidad. Aymeric d'Harcourt es el señor local, último representante de una aristocracia terrateniente empobrecida ¿Hay un personaje más encantador en una novela europea que un noble decadente? La esposa de Aymeric lo ha abandonado, casi no ve a sus hijas; es un idealista, productor rural de la vieja escuela, comprometido con la causa de los ganaderos normandos. La región está en llamas por el descenso del precio de la leche. Las bancarrotas, a la orden de día. Hay piquetes con campesinos armados y lockout patronal. A las multinacionales no les importa: traen la leche de Irlanda o Polonia. La resistencia concluye con derramamiento de sangre


Houllebecq une puntos. Francia está condenada "en la batalla de la producción mundial". El cordón ideológico es demasiado fuerte y el número de agricultores aún demasiado alto para la Unión Europea por lo que el declive está asegurado. Como dijimos más arriba, para el prolífico literato francés el librecambismo es devastador como una enfermedad letal.


Página doscientos dos: 

"...Reflexionando sobre mi pasado profesional, sobre mis años de vida laboral, me daba cuenta que, en efecto, había tropezado con muchas y extrañas supersticiones de casta. Mis interlocutores no luchaban por sus intereses, ni supuestamente por los intereses que defendían, habría sido un error creerlo: luchaban por unas ideas; durante años me había enfrentado a personas dispuestas a morir por la libertad de comercio".


¿OCCIDENTE CONDENADO?

Como en otras de sus novelas (1), Houllebecq expresa su pesar por el suicidio de Occidente. Es el horror de un mundo sin Dios, sin amor conyugal, sin familia, sin esas estructuras económicas y sociales que permitían en la Patria de antaño "el ascensor social". Ciertos hechos recientes, parecen darle la razón a este gran azote de la corrección política cuando establece que el siglo XXI "es el siglo de más de Occidente".


En la página 130, establece el vate: 

"...una civilización muere simplemente por hastío, por asco de sí misma, que podía proponerme la socialdemocracia, es evidente que nada, solo una perpetuación de la carencia, una invitación al olvido".


Pero hay una salida, aunque individual. "El mundo exterior es duro, implacable con los débiles, no cumple nunca con sus promesas y el amor sigue siendo en lo único que, quizás, todavía se puede tener fe".


El tercer gran tema del libro, en efecto, es el amor frustrado entre Florent y Camille. Por una estúpida infidelidad, el hombre perdió a la mujer de su vida y nunca tuvo la valentía de, al menos, intentar recuperarla. Debió arrastrarse de rodillas hasta que lo perdonara. Nunca volvió a ser feliz y la ruina fue la consecuencia de aquella decepción.


El mensaje axiológico de la novela es conmovedor: el amor (ese que nos oprime el pecho) es un mensaje de Dios, que siempre piensa en nosotros. El libre albedrío determina si aprovechamos o no esa oportunidad (a veces única) que se nos concede para hacer tolerable el paso por el valle de lágrimas.


Como se ve, el gran encanto de las novelas de Houllebecq es el mismo de los textos de Chesterton. Hay un bombardeo incesante de ideas originales, provocativas, contraculturales... (¡llega a reivindicar a Francisco Franco como el inventor del turismo de calidad!) Hemos sostenido más de una vez en este blog que se trata de un pensador imprescindible (2). Los mejores literatos, al fin y al cabo, son los que no temen ser odiados.

Guillermo Belcore


Clasificación: Bueno



domingo, 24 de septiembre de 2023

Un canon de la Sci-Fi


Las mudanzas, esa experiencia tan desquiciante, obligan a ordenar (o, ¡ay!, a reducir) las bibliotecas personales. Y uno se demora, inevitablemente, con los recuerdos de los libros que nos han hecho felices. Algunos de ellos se incluyen en esa categoría, algo desdeñada por los eruditos, llamada ciencia ficción, aunque sería más correcto decir ficción científica. Viajes en el tiempo y en el espacio, civilizaciones alienígenas, ucronías y distopías conforman una urdimbre maravillosa. Ratifican que no hay géneros literarios mayores o menores, sino buenos o malos escritores. Aquí seleccionamos diez obras de Sci-Fi que corroboran la sentencia.


1) Pavana. Keith Roberts. 1966. Editorial Minotauro.

Quizás sea la mejor ucronía que se ha escrito. El siglo XX vive como en el Medioevo, porque en 1588 un papista fanático asesinó a la reina Isabel I en el palacio real de Greenwich. España invadió, con éxito, las islas británicas, sumidas en la anarquía. La Iglesia militante se hizo con el poder en toda Europa. No hubo Revolución Industrial, pero todo comienza a cambiar de prisa.


2) Hacedor de estrellas. Olaf Stapledon. 1937 Editorial Minotauro.

A Borges, ese crítico infalible, le encantaba esta espléndida novela. Consideraba que la mayoría de las ideas fundamentales de la fantasía moderna proceden de aquí: razas simbióticas, imperios galácticos, nebulosas y estrellas inteligentes. Stapledon, el socialista libertario, relata toda la historia del universo, desde la creación a su fin. Deja una impresión de sinceridad, notaba nuestro querido Borges.


3) El libro del día del juicio final. Connie Willis. 1992. Ediciones B

En 2054 es una práctica común que las universidades de renombre viajen al pasado para investigarlo. Ahora bien, el tiempo se protege a sí mismo: impide acciones, encuentros o colisiones que puedan modificar la Historia. Oxford envía a una estudiante al siglo XIV para estudiar sus hábitos, pero el operador de la máquina comete un tremendo error y la chica cae en plena epidemia de peste bubónica. He aquí una magnífica escenificación de la oscura Edad Media, es decir una gran novela histórica.


4) Diario de las estrellas. Stanislaw Lem. 1971. Edhasa.

La más divertida comedia cósmica y obra maestra de un polaco genial que escribió sobre mundos alienígenas por la misma razón que Góngora eligió el culteranismo: para no tener problemas con la Inquisición. La obra tiene una primera parte de viajes y una segunda de diarios de un tal Ijon Tichy. El humor mana a raudales. La buena filosofía, también.


 5) Dune. Frank Herbert. 1967. Random Mondadori.

Es una de las obras de ficción científica más vendidas. Inspiró una saga, dos películas (la primera versión de David Lynch es casi cómica), videojuegos, canciones, historietas, otras escrituras. Se la considera “la primera gran novela ecológica a escala planetaria de la historia". Viajamos al futuro, al planeta Arrakis, todo desierto, donde el agua es sagrada y se explota una especia crucial para los viajes interestelares. El emperador le regala el dominio de ese mundo a la Casa de Atreides, pero es un regalo envenenado.

Pinche aquí: https://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2023/06/dune.html


6) Cell. Stephen King. 2006. Plaza & Janes

Obvio. Algo del rey de lo espeluznante debe incluir este canon provisional. Imagínese que llega a través de los teléfonos celulares un pulso electromagnético (o lo que fuera) que nos resetea y nos transforma en bestias. Esos subhumanos evolucionan en una forma de inteligencia colectiva que intenta captar al resto de la humanidad que no usa móvil. ¡Cómo sobrevivir en tan terrible Apocalípsis! King lo narra con sus frases sencillas y sus agradables expresiones populares.

Pinche aquí: https://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2008/04/cell.html


7) El hombre demolido. 1954. Alfred Bester. Minotauro.

Cuando los géneros se besan amorosamente, el resultado no puede ser sino excelente. Bester nos lleva a una Nueva York donde los detectives tienen capacidades telepáticas. Y hay magnates tan siniestros como hoy en día. Es decir, se trata de un policial del siglo XXIV.


8) La mano izquierda de la oscuridad. 1969. Ursula Le Guin. Minotauro.

En el linde del universo habitado, se encuentra el planeta Gueden. Tiene dos características únicas. Primero, las personas son hermafroditas neutros. Durante el ciclo lunar llamado kémmer (26 días al año), los guedenianos desarrollan algunos de los dos sexos y se aparean. Segundo, al planeta se lo conoce también como Invierno pues la humanidad ha tenido que evolucionar bajo un continua Edad de Hielo. Este mundo fascinante es obra una de las imaginaciones más prodigiosas, la de la californiana Ursula Le Guin.

Pinche aquí: http://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2021/08/la-mano-izquierda-de-la-oscuridad.html


 9) El hombre en el castillo. 1962. Philip Dick. Hyspamérica.

Entre tantas gemas de Dick, el más gnóstico de los escritores de Sci-Fi, elegimos ésta. Se trata de otra ucronía. Estados Unidos capituló en 1947 y ha sido ocupado por el Eje. Los nazis aplican toda su brutalidad calculada en la costa Este y en el sur profundo (Hay campos de concentración en Nueva York). Los japoneses dominan los estados del Pacífico. En California está de moda el uso del I Ching. Hay tensión entre alemanes y asiáticos. Un escritor rebelde imagina un mundo en que los Aliados… ¡ganaron la Segunda Guerra Mundial! Los opresores intentan aplastar a la resistencia. Digamos que tanto o más valiosas que su imaginería, son las disquisiciones filosóficas de Philip Dick.


10) Los guardianes del tiempo. Poul Anderson. 1962. Hyspamérica

¡Ah, los viajes en el tiempo! En el año 19.352 después de Jesucristo (7841 del triunfo Morenniano) los humanos hallan el modo de viajar en el tiempo. Y algunos sinvergüenzas intentan modificar el pasado para alterar la Historia en su beneficio. Se vuelve imprescindible crear una agencia especial con agentes implacables que detecten anomalías y viajen al año que fuese necesario para corregirlas. ¿Por qué debe leerse este libro? Para conocer cómo sería un mundo en que la cultura dominante fuese la celta, gracias a que Aníbal ocupó e incendió Roma. O para ilustrarnos sobre los persas. O para reflexionar sobre la llegada de los mongoles a América antes que Colón.

Guillermo Belcore

viernes, 8 de octubre de 2021

Louvre


Por
Joselin Guillois

Edhasa. 207 páginas

Entre los héroes franceses que resistieron al nazismo, bien merece un homenaje en letra impresa Jacques Jaujard, director de los museos nacionales. Con ingenio y tesón, dispersó por la Francia remota miles de tesoros del Louvre, entre ellos La Gioconda. Impidió así que, después de la derrota, el Gran Arte cayera en las manos ávidas y brutales del enemigo. Una novela escrita en 2020 por el debutante Josselin Guillois (1986) evoca aquella sombra corajuda "que arriesgó su vida por una sonrisa pintada hace cuatrocientos años".

Louvre hilvana los diarios de tres mujeres vinculadas a Jaujard: Marcelle Jaujard, la esposa (París 1939); Carmen Leloup, la sobrina (Castillo de Chambord, 1940); Jeanne Boitel, la amante y agente de la Resistencia (París, 1942). Hay un déficit de invención en el autor: las voces son muy parecidas; la adolescente Carmen reflexiona y escribe como una persona madura. Otro vicio es que el autor sucumbe a la tentación de las listas, le inflige al lector catálogos de obras salvadas o arrebatadas, pero como entremezcla ficción con realidad, uno descubre que una joya atribuida a Matisse en realidad fue compuesta por Picasso (no obstante, hay un agrado en buscar y observar en Internet esos cuadros y esculturas eminentes).
Básicamente, Guillois, profesor de escuela secundaria, ha querido unir la fenomenal Operación Masa Crítica, fuga del patrimonio del Louvre, con las zozobras de tres mujeres. Vale decir, la deriva de La victoria de Samotracia más la angustia por buscar sin suerte el embarazo, por la primera menstruación, por un aborto y el adulterio. El conjunto es desparejo; son las reglas del inexperto.

La prensa francesa ha elogiado la minuciosa documentación, la elegancia y nitidez de la prosa, el delicado erotismo (¡oh!, las modelos de Boucher!). Esta columna cree que Guillois no muestra talento para la écfrasis y reprueba la falta de ambición del autor para edificar una colosal novela histórica (el tema es fascinante), pero aplaude, entre otros aciertos, la reconstrucción de los pérfidos Alfred Rosenberg y Herman Göering como personajes. Definitivamente, el último tercio del libro es el más sabroso.

En la página sesenta y nueve, Guillois aporta una reflexión histórica digna de mención. La Francia que se alzó contra la depredación del invasor teutón es bisnieta de la Francia del pillaje napoleónico. El Emperador saqueó toda Europa (especialmente Italia); como Hitler, deliraba con crear el Museo Más Grande del Mundo. Lo logró. Esa maravilla se llama Louvre. Notable frase: "Puesto que es el vencedor el que mejor sabe gozar de la belleza".

 Guillermo Belcore

Calificación: Regular

domingo, 25 de julio de 2021

La apariencia de las cosas



En esta era pandémica, en la que la obra maestra brilla por su ausencia, nos conformamos con pedirle a la Alta Literatura una historia interesante, narrada de manera competente, con personajes bien tallados y algunos destellos de inteligencia y singularidad. Todas estas virtudes mínimas están presentes en La apariencia de las cosas (Duomo, 499 páginas).

En Estados Unidos, la novela fue entregada a la imprenta en 2016; es decir, tardó un lustro en llegar a las librerías argentinas. Es inevitable; somos un país periférico, empobrecido. Este año, Netflix ha transformado el libro en una película, pero bastante mala y que no respeta el espíritu original.

Elizabeth Brundage, la autora, ha publicado cinco novelas y trabajó como docente y guionista. Capturó en La apariencia de las cosas (va por su edición número 26 en Estado Unidos) elementos que conoce de primera mano: la cultura rural y pueblerina del norte del Estado de Nueva York; las miserias de la vida universitaria.

La crítica diarística ha definido como thriller literario a la novela que hoy nos convoca, pero es un flaco favor. Es un texto más ambicioso que narra la degradación de un carácter y la destrucción de una familia de apariencia perfecta, con los efectos devastadores que esto provoca en la vida de las personas y de una pequeña comunidad en el valle del Río Hudson. 

Incluye una investigación policial y elementos sobrenaturales (una casa maldita, un fantasma y la capacidad de ciertas personas de poder percibirlos), pero no podría definirse estrictamente como literatura fantástica. Es una novela realista. Abelardo Castillo dijo una vez con una lógica impecable: 

"Si el solo hecho de que en una obra aparezcan espectros la convierte en literatura fantástica, también tendríamos que poner en esa categoría al teatro de Shakespeare".

HACHA ENSANGRENTADA

En el primer capítulo, vemos al profesor de Historia del Arte George Clare llegar desencajado, con su hija Franny en brazos, a la granja de los Pratt, sus vecinos. Estamos 250 kilómetros al norte de la ciudad de Nueva York. Es el 23 de febrero de 1979, cinco y media de la tarde. Cae copiosa nieve. Les explica el hombre, con palabras ambiguas, que alguien ha asesinado a su esposa Catherine. Media hora después, el sheriff Travis Lawton descubrirá que a la bella y joven mujer le destrozaron el cráneo con un hacha.

No conduce a ningún lado la investigación detectivesca, aunque el taimado George es el sospechoso número uno. El libro salta al pasado. Evoca los terribles acontecimientos que, un año atrás, le habían ocurrido a los tres hermanos Hale en la misma casa; y luego nos lleva a los seis meses previos al asesinato de Catherine, una mujer sufrida (es éste también un libro de mujeres desdichadas, que padecen pésimos matrimonios y no tienen la fuerza para romper las convenciones sociales del siglo XX). Flota un agradable suspenso.

Viajamos a 2004 en la Quinta Parte. Franny es una doctora con especialización en cirugía. Recibe un llamado perturbador de una agente inmobiliaria. Al fin, ha podido vender la propiedad de Chosen, es decir, el lugar encantado donde habían asesinado a su madre. Hay un reencuentro conmovedor y la verdad se va abriendo paso hasta la superficie. Tres generaciones de mujeres han aparecido en escena.

La escritura de la señora Brundage tiene algo de Stephen King y mucho de Joyce Carol Oates. Escribe con oraciones simples, pero muy eficaces. También los diálogos. Es pura narratividad y el retrato del sociópata que ha esculpido bien puede ser definido de perfecto. No muestra un especial talento para la metáfora, aunque introduce con delicadeza y erudición el elemento paranormal. Acude al teólogo Emanuel Swedenborg -canonizado, como se recordará, por Borges- y al pintor George Inness, de la Escuela del Río Hudson, que se inspiró en el místico sueco.

La trama se sostiene en antinomias. Urbanitas vs. campesinos. Egoísmo vs. abnegación. Educación tradicional vs. libertad de pensamiento. Hipocresía vs. rectitud. Escepticismo vs. creencias religiosas. Brundage eleva la voz en favor de los pequeños propietarios rurales; y le interesa, sobre todo, reivindicar el amor conyugal. Está muy bien. La vida es demasiado difícil para que llevemos solos esa cruz que a todos los seres humanos nos toca en suerte.

Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

PD: Aquí el trailer de una película cuyo único mérito, creo, es ponerle un rostro a los personajes del libro: 

https://www.youtube.com/watch?v=TmcGxl_gIrs

domingo, 27 de diciembre de 2020

Oxen

 


El thriller nórdico es una moda que se ha estirado demasiado. Más estirada que cuerda de guitarra, dirían en el campo. En este blog hemos elogiado algo de Henning Mankell y casi todo de Asa Larsson. Y advertimos sobre los fiascos de David Lagercrantz y de Hjorth & Rosenfeld, entre otros. Como toda moda, la Escandinaviatitis ostenta sus pioneros, sus ápices y sus oportunistas. En esta última sección, nos tienta ubicar a Jens Henrik Jensen, periodista de la próspera Dinamarca metido a escritor de novela negra.

El sello Duomo Ediciones ha traído a la Argentina la saga Oxen que -según nos informa la solapa- consagró a Jensen en su tierra natal y luego en el resto de Europa desde 2012.

El tomo inicial de Oxen (La primera víctima, 534 páginas) podría encuadrarse perfectamente en esa categoría elemental que el colega Sergio Crivelli ha definido como literatura de supermercado. Es decir, un texto que aspira a vender mucho y para ello renuncia a densidades temáticas, psicológicas y estilísticas. Incurre en obviedades, clichés y senderos trillados. Ofrece un módico suspenso, algunas buenas escenas de acción y cucharaditas de denuncia sociopolítica. Los personajes son planos; lo mejor que puede decirse de la prosa es que es transparente y funcional a una trama que suele fragmentarse en capítulos diminutos. Es uno de los escalones más bajos de la literatura, postula este blog. Sólo nos podría atrapar si la historia es interesante.

Vayamos a la historia, pues. Niels Oxen es el soldado más condecorado de la historia de Dinamarca, pero cayó en desgracia. Lo persiguen fantasmas de Bosnia-Herzegovina y de Afganistán; sufre de terribles pesadillas. Ha roto todos los lazos con la sociedad; apesta como dicen que apestan los tapires en celo; come lo que encuentra en la basura. Va de aquí para allá con su perro samoyedo blanco.

A comienzos de primavera, el veterano de guerra viaja a Jutlandia del Norte. Planea vivir de la caza de venados y de la pesca de truchas en el bosque del Rold, el segundo más grande del reino, ocho hectáreas según la traducción de Beatriz Galán Echevarría (ochenta kilómetros cuadrados en realidad). Pero el hosco Oxen es un tipo curioso que no puede resistir la tentación de irrumpir en el histórico castillo de Norlund para echar un vistazo.

Bajo la luz de la luna, elude guardias de seguridad vestidos de negro y cámaras de vigilancia hasta que tropieza con una imagen escalofriante: el perro de la casa (un braco alemán) fue ahorcado en un árbol. El ex cazador de elite del Ejército pone pies en polvorosa.

A los pocos días, liquidan al propietario del castillo, el decano de la diplomacia danesa, nada menos. Oxen, que acampa en los alrededores, es un sospechoso cómodo para la policía. También se convierte en un sujeto de interés para el director del Centro de Inteligencia Nacional. Pero no se trata del único asesinato de un pez gordo de Copenhagüe. Hay un plan de venganza en marcha y Oxen debe desbaratarlo para así poder salir de la trampa en que lo han metido. Su única aliada es una perspicaz agente de inteligencia a quien le falta una pierna.­

¿Hay tensión sexual entre ellos? Por supuesto, Jensen no desdeña ninguna de las convenciones del infragénero. Otro ejemplo: justo cuando un mayordomo estaba a punto de confesarle secretos bajo tortura a Oxen, un francotirador le vuela la tapa de los sesos. En rigor, el llamado verosímil literario nunca ha sido importante para la literatura adocenada. Aquí vemos que en pocas páginas un personaje pasa de haber perdido la facultad de hablar en sociedad a deslumbrar a sus interrogadores con su elocuencia.

A favor de la urdimbre, no obstante, hay que decir que maneja correctamente el suspenso y que cumple con el mandato editorial de enseñarle algo al lector. Jens logra, además, que nuestra sed de libertad se identifique con el vagabundo Oxen. Quién no ha soñado alguna vez con mandar todas las obligaciones al diablo.

También se agradece que el autor haya eludido esa versión ñoña -pasteurizada en tinajas de corrección política- de la Dinamarca socialdemócrata que la popular serie Borgen le ha infligido al público de Netflix. Los políticos son mostrados aquí como un hato de tunantes que trae prostitutas de la antigua Unión Soviética y se llena la boca con loas a la educación y salud pública, al tiempo que envía a sus hijos a carísimas escuelas privadas y se hace curar en sanatorios y clínicas para evitar las largas esperas que el pueblo sufre para atenderse en hospitales (parece que los progresistas son igual de hipócritas en el mundo entero). ¿Dónde están los héroes de la clase trabajadora?, se pregunta, por otro lado, Jensen-Oxen ante unos excursionistas con "dedos grasientos sujetando cerveza tibia, mejillas regordetas y culos anchos embutidos en vaqueros''.

Una última curiosidad. El sello editorial se jacta de que esta novela fue impresa con paneles solares. "Gráfica Veneta' es la primera imprenta en el mundo que no utiliza carbón'', destacan. Esta bien. Pero tememos que, a este paso, en un futuro cercano sea más importante el imprimatur ecológico que la calidad literaria.­

Guillermo Belcore

Calificación: Regular

lunes, 27 de enero de 2020

Drácula, de Netflix y la BBC

Una grieta explica fenómenos trascendentes de la política como la llegada de Donald Trump, el auge populista, o el brexit. La grieta entre las élites y el pueblo llano. Muchas personas decentes, trabajadoras, con ideas tradicionales, están ofuscadas en Europa y Estados Unidos. Votan con el ceño fruncido. Sienten que sus desdichas provienen del egoísmo, la codicia y la insensibilidad de la casta dirigente, la aristocracia de Davos.
Culto, sofisticado, sin apremios económicos, con aspiraciones globales,  acostumbrado al lujo y a la servidumbre, el aristócrata de la política, la economía o la cultura es un chupasangre de las masas. Como el Drácula de Netflix, el primer lanzamiento destacado del 2020 en Serieslandia.
 
Para ser precisos, la versión más fresca del vampiro es un producto del talento de una pareja especializada en adoptar clásicos, las dos mentes brillantes detrás de Sherlock y algunos buenos capítulos de Dr. Who. Hablamos de Steven Moffat y Mark Gattis (también actor, ¿recuerda a Mycroft Holmes?).
 
Drácula es siempre una apuesta segura para ganar dinero. No hay criatura literaria que haya sido explotada con más ahínco por el cine y la televisión. Ahora es el rey del streaming -con su mejor socio, la BBC- quien abre el ataúd para ofrecer una miniserie tan inquietante como dispareja, con tres capítulos (muy distintos entre sí) de noventa minutos cada uno.
 
Estéticamente el producto bascula entre el gótico siniestro de la Hammer Productions y las esgrimas vertiginosas, que derrochan ingenio, del tándem Moffat-Gattis. Está muy bien que se rescate la noble tradición del terror britanico. De hecho el nuevo conde -magníficamente interpretado por el danés Claes Bang- con sus colmillos al aire resulta muy parecido a Christopher Lee.

REGLAS DE LA BESTIA

El primer capítulo transcurre en Transilvania y Budapest. El segundo, a bordo de un barco claustrofobico, en ruta hacia Gran Bretaña. El tercero, en Londres, donde el conde encontrará la novia ideal, después de quinientos años. ¿Ve?, nunca hay que perder las esperanzas.
 
Al convento Santa María de la capital húngara llega el abogado Jonathan Harper (John Heffernan), o lo que queda de él, se está convirtiendo en una entidad maligna. Dos monjas lo interrogan. Relata el letrado inglés su horripilante experiencia en el laberintico castillo de Drácula.
 
Frente a Harper se planta Agatha Van Helsing (Dolly Wells), un canto al racionalismo científico, desesperada por entender. Es un tópico, la tipíca monja del entretenimiento de masas que ha perdido su fe en el Señor: ``Como muchas mujeres de mi edad estoy atrapada en un matrimonio sin amor, manteniendo las apariencias por un techo sobre mi cabeza''.
 
Sin embargo, la hermana Agatha se convierte un formidable adversario para el príncipe de la oscuridad. Es tan poderosa y cautivante su interacción que opaca a los restantes personajes. 
 
A esta altura, usted se preguntará sobre son los rasgos del vampiro Claes Bang. Un psicópata adorable, a lo Hannibal Lecter. Locuaz, físicamente extrovertido, manipulador como el demonio que es. Elige cuidadosamente a sus víctimas pues absorbe recuerdos y habilidades (como el Sylar de Héroes). De ahí que haya decidido mudarse a Londres, el centro del mundo a fines del siglo XIX, con tanta gente instruida y clamorosa. ``Somos lo que comemos'', bromea el noble ante el aterrado Harker.
 
Tiene, además, el poder de crear brumas para ocultar la luz del sol y puede asumir formas de animales. En una de las escenas más repugnantes, emerge del cadáver de un lobo ante la mirada atónita del convento, pero nunca pierde la elocuencia. ``No sé sobre ustedes, chicas, pero me encanta un poco de pelo'', dice. Poco después, una manada de lobos destroza a las monjas. ``¡Oh! Eso debe haber dolido'', apunta Drácula.
 
Puede que sea el rey de la labia, pero también es un inmoral, un vicioso con una adicción incontrolable que se aprovecha del esfuerzo, las ilusiones y la credulidad de las gentes sencillas, campesinos, marineros, urbanitas de clase media. ¿Ya dijimos que representa a la perfección a la flor y nata del siglo XXI? Una feroz fuerza nihilista. ``La democracia es un abuso de los desinformados; todo está en la sangre'', sentencia nuestro antihéroe.

GOZOSO AÑADIDO

Quizás lo mejor de la serie sea el ingenio verbal, sello de Gatiss & Moffat. ¡Qué diálogos tenemos aquí! Hay frases memorables, réplicas encantadoras, uso y abuso del sarcasmo y la ironía. Es el valor literario añadido. Una deliciosa artificiosidad.
 
El suspenso del segundo capítulo también merece elogios. Estamos a bordo del navío Demeter, sobre el Mediterráneo, camino a las islas británicas. Eligió Drácula uno a uno a los pasajeros como quien escoge los platillos de la cena en una larga travesía. Pero a bordo viaja su némesis.
 
Un giro sopresivo al comienzo del tercer capítulo -el más flojo- nos impide describirlo sin corromper el efecto sorpresa.
 
Es probable que lo peor sea el desenlace. Gatiss & Moffat tiene un problema con los finales como hemos comprobado en Sherlock. Aquí nos venían prometiendo una respuesta lógica a los misterios existenciales del conde: ¿por qué teme a la cruz y a la luz solar; por qué no puede ingresar a una morada sin ser invitado? La resolución es tan pueril que da risa, incluso queda la puerta abierta para una segunda temporada.

Calificación: Buena
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Ficha técnica: Año: 2020. País: Reino Unido. Dirección: Paul McGuigan, Jonny Campbell, Damon Thomas. Creadores y guion: Mark Gatiss, Steven Moffat (basado en la novela de Bram Stoker). Música: David Arnold, Michael Price. Fotografía: Tony Slater Ling. Actores: Claes Bang, Dolly Wells, John Heffernan, Morfydd Clark, Joanna Scanlan, Jonathan Aris, Sacha Dhawan, Nathan Stewart-Jarrett. Clive Russell, Catherine Schell. Patrick Walshe McBride, Youssef Kerkour, Lydia West, Matthew Beard, Mark Gatiss. Duración: 270 min. Productora: Hartswood Films/British Broadcasting Corporation (BBC)/Netflix.

martes, 2 de mayo de 2017

El candelabro de plata y otros cuentos

Abelardo Castillo­

Editorial Alfaguara. Cuentos, 166 páginas, edición 2007.
En un prefacio escrito hace una década, Abelardo Castillo (1935-2017) estableció lo siguiente: “Algo esencialmente argentino exige ser expresado en cuento, el género más estricto y lacónico; género que cuando se lo mira de cerca, aparece muy emparentado con otras dos de nuestras formas expresivas esenciales: la mejor poesía del tango y el teatro breve, en cuyos orígenes están el sainete y el grotesco”. 
La sentencia proviene de quien, acaso, puede definirse como el último gran cuentista nacional. Esta antología, avara en páginas, es una aproximación perfecta para conocerlo.
 
Castillo, quintaesencia del espíritu de los sesenta, ha cultivado la novela, el teatro, el ensayo y la polémica, pero conviene buscarlo en el relato breve. Algunos de sus textos son ya considerados clásicos del género. Es el caso de La madre de Ernesto, Hernán, El marica o El candelabro de plata. Los cuatro están incluidos en este volumen, en los cuatro hay cosas que causan repulsión, canalladas brutales, lamparones de crueldad, poderosos que nacieron para dañar a otros. 
La reescritura de autores canónicos -tan descarada como eficaz- es otro rasgo que define a Castillo. Triste le ville narra en borgeano tardío la pesadilla de un fulano que sin querer se mete en la muerte de otro. Historia para un tal Gaido también toma de las solapas a Borges, pero su delicioso y sorprendente final puede que sea cortazariano. Se percibe, asimismo, un regusto a Poe, Arlt, Walsh, Jack London y Quiroga, como sabiamente observa el prólogo y el análisis final de la obra.
 
La recopilación incluye en total trece cuentos. Resulta casi impúdico elogiarlos como la mayoría de ellos merece. Agreguemos como referencia que ante gemas como El asesino intachable uno no puede hacer otra cosa que abandonarse al puro goce de la lectura.­
Guillermo Belcore
Calificación: Muy bueno

miércoles, 12 de agosto de 2015

Un mapa de la literatura argentina

El Moscardón Imaginario XLV
 

Estoy leyendo por estas horas una magnífica colección de cuentos que Matías Raia, un editor con una finísima sensibilidad, rescató para el sello Las Cuarenta. Se trata de La muerte y su traje de Santiago Dabove, escritor de una sola obra a quien podría definírsele como uno de esos espléndidos planetoides que orbitaban en torno a la estrella Jorge Luis Borges. Ya hablaré aquí del libro, esta noche quisiera referirme a un asunto lateral, una curiosidad que me ha dejado cavilando. Dabove es paisano mío. Hasta donde yo sé es el único escritor perdurable que ha generado la ciudad de Morón. ¡Uno solo en más de doscientos años! Qué pobreza intelectual la de mi querida Capital del Oeste.

Sucumbí mas tarde al inútil placer de confeccionar una lista. Es una actividad ideal para los días de lluvia, sobre todo cuando persisten durante más de una semana como en los textos de García Márquez o en la Buenos Aires de agosto de 2015. Anoté pues a los escritores argentinos que me han llamado la atención por buenas razones (no están todos, sólo cientocinco) y busqué su lugar de nacimiento. Además del dato -más obvio que previsible- de que la ciudad de Buenos Aires es el faro cultural de la Patria, saltaron a los ojos algunas extravagancias. Por ejemplo, desde Domingo Faustino Sarmiento, la provincia de San Juan no ha engendrado un escritor de primera línea. Corrientes, Misiones, Neuquén, Santiago de Estero y Chubut, entre otros páramos del pensamiento, nunca. La producción literaria de Córdoba y Mendoza, asimismo, no ha estado a la altura de su potencialidad cultural (la de Santa Fe, sí lo estuvo). Motas de polvo perdidas en el campo han engendrado nuestros mejores poetas, como el caserío Juan A. Peña en el partido de Pergamino (aún hoy tiene doscientos y pico de habitantes) o la diminuta localidad de Gobernador Mansilla en el Entre Ríos profundo. En un rincón de la isla Choele-Choel nació nada menos que Rodolfo Walsh; y en un lugar que parece cuento llamado Serodino, Juan José Saer. Fuimos y somos una nación de inmigrantes: el extranjero nos regalo desde Paul Groussac a Copi, y desde Alfonsina Storni a Julio Cortázar. A continuación, un mapa casero (y provisional) de la literatura argentina:



* Ciudad de Buenos Aires: 36 
Roberto Arlt
Enrique Banch
Leónidas Barletta
José Bianco
Marcelo Birmajer
Sergio Bizzio
Jorge Luis Borges
Silvina Bullrich
Felix Bruzzone
Artura Cancela
Adolfo Bioy Casares
Marcelo Cohen
Humberto Constantini
Hugo Correa Luna
Roberto Cossa
Sergio De Cecco
Macedonio Fernández
Baldomero Fernández Moreno
Sara Gallardo
Griselda Gambaro
Juan Gelman
Alberto Girri
Oliverio Girondo
Raúl González Tuñón
Angélica Gorodischer
Iosi Havilio
Osvaldo y Leónidas Lamborghini
Gregorio de Laferrere
Leopoldo Marechal
Manuel Bernabé Mujica Láinez
Conrado Nale Roxlo
Silvina Ocampo
Victoria Ocampo
Andres Rivera
Samantha Schweblin
María Esther Vázquez
David Viñas
Enrique Wernicke


Conurbano bonarense: 12
* Adrogué: Ricardo Piglia.
* Avellaneda: Alejandra Pizarnik, Néstor Perlongher.
* Burzaco: Claudia Piñeiro.
* Castelar: Eduardo Sacheri
* Morón: Santiago Dabove
* Moreno: Hebe Uhart
* Quilmes: Fogwill.
* Ramos Mejía: María Elena Walsh.
* Saenz Peña: Marco Denevi
* San Justo: Pedro Palacios (Almafuerte)
* San Martín: José Hernández


Provincia de Buenos Aires: 17
* Bahía Blanca: Eduardo Mallea, Guillermo Martínez
* Chacabuco: Haroldo Conti
* General Villegas: Manuel Puig
* La Plata: Alvaro Yunque, Jorge Avalos, Aurora Venturini.
* Lincoln: Arturo Jauretche
* Mar del Plata: Osvaldo Soriano.
* Mercedes: Roberto Jorge Payró.
* Morse: Alejandro Dolina
* Ramallo: Sergio Bizzio
* Juan A. de la Peña: Atahualpa Yupanqui
* Pringles: Cesar Aira
* Rojas: Ernesto Sábato.
* San Antonio de Areco: Ricardo Güiraldes
* San Nicolás de los Arroyos: Manuel Peyrou.
* San Pedro: Abelardo Castillo.


Provincia de Córdoba: 3
* Córdoba: Arturo Capdevila, Juan Filloy
* Villa de María del Río Seco: Leopoldo Lugones.


Provincia del Chaco: 1
* Resistencia: Mempo Giardinelli.


Provincia de Entre Ríos: 7
* Concordia: Isidoro Blastein
* Gualeguay: Juan José Manauta
* Gualeguaychu: Fray Mocho.
* Gobernador Mansilla (2.300 hab): Arnaldo Calveyra
* Paraná: Evaristo Carriego, Manuel Gálvez.
* Puerto Ruiz: Juan Laurentino Ortiz.


Provincia de Jujuy: 1
* Yala: Héctor Tizón.


Provincia de La Pampa 1
* Toay: Olga Orozco


Provincia de Mendoza: 2
* Mendoza: Antonio Di Benedetto y Armando Tejada Gómez.


Provincia de Río Negro: 1
* Lamarque (8.200, isla Choele-Choel): Rodolfo Walsh


Provincia de Salta: 1
* Salta: Juan Carlos Dávalos


Provincia de San Juan: 1
* San Juan: Domingo Faustino Sarmiento


Provincia de Santa Fe: 10
* Reconquista: Leonardo Castellani
* Rosario: Roberto Fontanarrosa, Estanislao Zeballos, Alberto Laiseca. C.S. Feiling.
* San José de la Esquina: Ezequiel Martínez Estrada.
* Santa Fe: Carlos Catania y Paco Urondo.
* Serodino: Juan José Saer.
* Vera: Bernardo Jobson
* Zavalía: Diana Bellesi.


Provincia de Tucumán: 2
* Tucumán: Ricardo Rojas y Elvirá Orpheé.


Extranjero: 9 
Julio Cortazar, Eduardo Wilde, César Tiempo, Alberto Gerchunoff, Paul Groussac, Horacio Quiroga, Alfonsina Storni, Jacobo Fijman, Copi.

G.B.

PD: Se aceptan aportes para enriquecer esta cartografía trazada con brocha gruesa.