El moscardón imaginario XXVIII
"Cada uno es dueño de leer lo que quiere en el texto. Ya bastante represión hay en la sociedad"
(Ricardo Piglia en Crítica y ficción, Anagrama)
Este blog ha llegado al comentario (post es una palabra espantosa) número quinientos. Soy periodista de alma y profesión y, por consiguiente, cultivo la superchería de los aniversarios y los números redondos. Pero trataré de evitar cualquier sensiblería.
Anunciaré, en principio, que La Biblioteca de Asterión planea ahora llegar a la entrada número mil. A este paso, calculo que ocurrirá a mediados de 2015. Eso implica leer en el próximo lustro algo así como cuatrocientos libros más. Una agradable perspectiva, pero que depende, claro, de mi situación laboral. Por otro lado, ¿qué será de nosotros en 2015? ¿Volverá a estar de moda escribir bien? ¿Se habrá publicado en el interín una novela argentina que me devuelva la fe en la producción nacional? ¿Recuperarán la decencia los premios literarios? ¿Cuántos nuevos amigos o injurias de escribidores ofuscados habré ganado en los próximos cinco años? ¿A quién habré perdido, Dios mío?
Acabo de leer una reflexión de Zygmunt Bauman que, de alguna manera, ha capturado el espíritu del blog:
“Nuestras vidas -lo sepamos o no, nos entusiasme la idea o abominemos de ella- son obras de arte. Para vivirlas como exige el arte de vivir, debemos fijarnos retos (como debe hacerlo cualquier artista) que sean difíciles de afrontar, objetivos que estén mucho más de nuestro alcance y criterios de excelencia que parezcan hallarse muy por encima de nuestra capacidad para satisfacerlos. Necesitamos intentar lo imposible”.
Para mí, “intentar lo imposible” ha sido, en estos tres años de trabajo en la web, tratar de forjar el mejor blog individual de crítica literaria de habla hispana. Es un ideal, entiéndase bien, una meta que nunca podrá ser alcanzada. La amabilidad de los interlectores (como Gabrielaa que siempre encuentra ese desagradable error que se me desliza en la escritura) me acercaron al objetivo. Las ideas de Patricio Zunini, Omar Genovese, Roberto Giaccaglia, Quintín y otros intelectuales cuyos blogs suelo frecuentar, han servido de inspiración.
En lo íntimo, he reafirmado la convicción de que la única manera de que la glosa sea respetada es que el crítico defienda ferozmente su independencia. No basta con establecer un compromiso con la competencia y la seriedad; la honestidad intelectual resulta imprescindible. Todo lo que vaya en desmedro de la autonomía es mi enemigo, deberíamos plantearnos todos. O por lo menos, no reseñar los productos de los amigotes.
Y, por último, reivindico mi condición de “amateur” pero en el sentido que le dio George Steiner, ese intelectual modélico:
“la crítica entendida como ‘discuso formal de un aficionado‘, donde la palabra ’aficionado’ alude a una persona que está interesada en muchas cosas, habla en su propio nombre y no en el de una escuela o una arraigada posición teórica y no le importa en absoluto reconocer un entusiasmo o una aversión”.
He aquí la clave, me parece. Interpretar un libro es, por encima de todo, testimoniar el jubilo o la decepción, con el mejor vocabulario y sintaxis de que uno sea capaz, es decir con cierto estilo, pues la crítica es ya un género literario por derecho propio. He tratado, en estas quinientas apreciaciones, de desentrañar la forma en que un texto me suscitó un impacto. He perseguido como sabueso enfebrecido la erótica de la escritura. Y esto implica -como Steiner también enseñó- ser abierto y generoso con obras que no son de primer orden. Es decir, “tener una disposición a ser benévolo con casi todo, resistiéndose con fiereza solamente a libros sin altas ambiciones o claramente concebidos para congraciarse con algún electorado o para satisfacer un ansia de fácil consuelo”.
He llegado a la conclusión de que los libros mediocres son peores que los malos. Nos ilusionan, nos defraudan, nos roban ese valioso tiempo que sólo deberíamos consagrarle a la lectura excelente. ¿Qué leer? Esta es hoy la pregunta del millón, en un tiempo de monstruosa hinchazón editorial. Basta asomarse a la Feria del Libro (este año no pienso ir) para sentirse abrumado. No repetiré el famoso dictum de Kafka sobre el picahielos. Está muy gastado. Prefiero cerrar con un par de estrofas esclarecidas del polaco Czeslaw Milosz, robadas del poema Prefacio. Las escribió en 1945 cuando su país estaba en ruinas, ultrajado y escarnecido por las dos grandes calamidades del siglo XX: el bolchevismo y el nazismo.
“Tú, a quien no pude salvar,
escúchame.
Comprende mi hablar sencillo porque me avergonzaría el otro.
No hay en mí, lo juro, la hechicería de las palabras.
Te hablo silencioso, como una nube o un árbol”
“¿Qué es la poesía si no salva
naciones ni hombres?
Complicidad de mentiras oficiales,
canción de los ebrios antes de caer degollados,
lectura de una quinceañera”.
Guillermo Belcore
PD: Misterios de la naturaleza humana. Al parecer, nada atrae más a los lectores de blogs que una polémica maleducada. Cada vez que me insultaron y alguien respondió, subieron bastante las visitas