lunes, 6 de julio de 2015

Perfidia

POR GUILLERMO BELCORE

En diciembre de 1941, Los Ángeles era un torbellino de histeria racial y pecado. Aventuras las veinticuatro horas del día. Un statu quo corrompido. Celebridades viciosas. Redadas como progromos. Comparte el gobierno de la ciudad el Departamento de Policía, un nido de víboras, gorilas analfabetos en la base y barones feudales en la cima, obsesionados por aprovechar cualquier resquicio para hacer dinero sucio. La policicracia venal tiene su propia ética paramilitar, sus códigos sociales informales y una poderosa tendencia a la ilegalidad. Se forjan oscuros lazos personales y profesionales. Sí, amigo lector. Tiene razón lo que está pensando: los parangones con la Argentina de 2015 son evidentes.

Nos lleva pues a los días de Pearl Harbor, la más ambiciosa y mejor lograda novela que ha escrito acaso el más inquietante escritor de novela negra de Estados Unidos. Se trata de la primera parte de una precuela. Perfidia (Random House, 780 páginas) fue pensada como antecesora de El cuarteto de los Ángeles -La dalia negra, El gran desierto, L.A. Confidencial y Jazz blanco- que abarca desde 1956 hasta 1948 También aparecen protagonistas de La trilogía americana -América, Seis de los grandes y Sangre vagabunda- que va desde 1958 y 1972. Reencontrarnos con esos personajes, justamente, es otro de los agrados del libro. ¡Y qué personajes talla James Ellroy (1948, Los Angeles)! La contradicción y la complejidad son sus rasgos destacados. Interactúan con las estrellas de la vida real. Verbigracia: el sargento Dudley Smith es amante de Bette Davis y hace de celestino del hijo playboy de Joe El Gallina Kennedy, es decir el alférez JFK que antes de sumarse a filas se cepilla a actrices de clase B, como Ellen Drew. Por cierto, el detective Smith, un irlandes grandulón y excepcionalmente inteligente se come la novela. Tiene un toque shakespeareano.

Como es tradición en la narrativa de Ellroy, cuya madre fue salvajemente mutilada cuando él tenía diez años, obra como disparador uno o varios asesinatos con abundante efusión de sangre. Aquí, la familia Watanabe es destripada con rituales antiguos, un día antes de que los Zeros arrasarán a la flota estadounidense en Hawaii. Los brutales policías de la División Homicidios (‘brutal’ es, en rigor, la palabra más usada en la novela) reciben la orden de resolver el caso antes de fin de año. La verdad no interesa a los poderes constituidos: se hace necesario encontrar a una escoria de origen japonés para endilgarle los espantosos crímenes, con el fin de distraer a la prensa de la expoliación y confinamiento en masa de los nisei so pretexto de eliminar el quintacolumnismo. Un capítulo malvado de la historia estadounidense. La esclavitud reinstaurada.

Se dispersa la trama en varios sentidos, siguiendo los tentáculos de Sin City. El jefe Jack Horrall saca una tajada del siete por ciento de una red de prostitución cara. El fiscal Bill McPherson es un dipsómano aficionado a las prostitutas negras de corta edad. El sheriff del condado, Eugene Biscailuz (personaje de la vida real) cobra trescientos dólares la noche al capo de la mafia judía, Bugsy Siegel, para concederle un alojamiento de marajá. Su ayudante regentea un antro de esclavas lesbianas y tiene un hijo idiota y asesino, otro protegido del temible sargento Dudley. El capitán William Parker quiere depurar la ciudad de comunistas para redimir sus propias vilezas. Recluta como informante a la promiscua Kay Lake, una arribista de gran talento que traiciona sus principios izquierdistas por el mero placer de la aventura. Kay es la chica del agente Lee Blanchard (aunque sin sexo), quien había organizado el robo a un banco… Y así, de canallada en canallada, con trapacerías de toda índole, y paladas y paladas de sordidez, pero también de arte detectivesco, llegamos al final. La lectura siempre es atrapante. Perfidia (el título alude también al bolero del mexicano Alberto Domínguez) es oceánica, una obra ansiosa por incluirlo todo.


Rafagas de Uzi



Del estilo sólo pueden decirse cosas buenas. Ellroy escribe como si esgrimiera una Uzi. Frases cortas, casi sin subordinadas. Ráfagas de ametralladora. Hay escenas memorables, tremendas. Hay diálogos que cortan como una navaja. La voz sedosa del sargento Dudley es fascinante. La erótica de la obra se manifiesta, además, en el acabado y la psicología de los personajes, la reconstrucción histórica, la crítica social al fascismo y a la izquierda caviar, el sentido épico. Una novela excelente que ha conquistado a la crítica estadounidense y que eleva a su autor al Panteón de los Grandes Novelistas. Decir, incluso, que es "una gran novela policial" es rebajarla; Perfidia pertenece a la Alta Literatura pues conforma un fresco impresionante (como el de los muralistas mexicanos) de la policicracia angelina y ofrece un relato alternativo de la historia estadounidense (la eugenesia era una idea fuerza poderosa que cruzaba las fronteras). Respecto a la corrupción sistémica, es curioso como un retrato minucioso de los años cuarenta del Oeste de Estados Unidos ayuda a comprender a lo peor de la Argentina de los albores del siglo XXI.

Aquí tenemos, por encima de todo, una novela de personajes. Merece un párrafo el personaje de Hideo Ashida, el mejor criminalista de laboratorio de la Costa Oeste y por consiguiente el único japoamericano al servicio del Departamento de Policía de Los Angeles. Hideo va hundiéndose en un abismo de degradación moral para salvar el propio pellejo y el de su familia. Sucumbe, en otras palabras, a las intrigas de los hombres lobo. Su drama es el de la conciencia que intenta mantenerse íntegra en un ambiente nauseabundo pero fracasa. En el universo Ellroy no existe la bondad desinteresada. Todo es quid pro quo y todo queda saldado. Se parece muchísimo al mundo en que vivimos los lectores. Uno concluye que el infierno, al fin de cuentas, está aquí, en la Tierra, pues los motores de millones de conductas serán eternamente la codicia y la degeneración. 

No obstante, vamos a cerrar con una buena nueva. Perfidia es el primer volumen de un nuevo cuarteto creativo, anunció su autor. A los 66 años, afortunadamente, James Ellroy se mantiene en forma para que nosotros, sus fans, podamos darnos el gusto de abandonarnos al gozo de la lectura.
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Excelente


PD: He aquí la banda sonora de la novela: https://www.youtube.com/watch?v=suwZviL8ivc 

miércoles, 1 de julio de 2015

Una hermosa noticia: reimprimieron 'Las varonesas'

Estoy feliz. El sello ‘Las cuarenta’ acaba de enriquecer nuestro mapa cultural. Reimprimió una de las mejores novelas argentinas, una joya olvidada que tuvo la mala suerte de tropezar con la censura de la última dictadura militar pero que, a Dios gracias, le encantó en España a Roberto Bolaño a principios de los años ochenta.

Algo tuvo que ver este blog con la reaparición de Las varonesas (pinche aquí), un acto de estricta justicia artística. Hay un gran narrador en la ciudad de Santa Fe que se llama Carlos Catania. Su don merece un amplio reconocimiento y su obra maestra, por cierto, merece miles de lectores. En la Argentina también se han escrito (no muchas) magníficas novelas oceánicas.

Me gustaría compartir con los lectores del blog una parte del prólogo que escribí para la nueva edición de Las varonesas. El propósito es, naturalmente, despertar curiosidad y recomendar una de las lecturas que más he gozado en los últimos años:

El encanto de las quimeras

Por Guillermo Belcore

Cada principio de año me fijo ambiciosas metas como lector. En enero de 2013, una de esas promesas imposibles de cumplir fue “agotar la obra de Roberto Bolaño“. De inmediato, puse manos a la obra; compré ‘Entre paréntesis’, una recopilación de discursos, artículos periodísticos y miniensayos, recuperados por el gran crítico español Ignacio Echeverría. En la página cincuenta y cuatro, tropecé con un párrafo llamativo:

“... el narrador argentino Cataño, creo que ése es su nombre aunque no estoy seguro, autor de una novela notable y olvidada: ‘Las Varonesas‘, editada en Seix Barral a finales de los setenta, se marcho a Costa Rica, en donde estuvo viviendo hasta el triunfo de la revolución sandinista, tras lo cual se fue a Managua… ¿Dónde está Cataño ahora? No tengo ni idea. Sólo leí de él una novela. Espero que siga escribiendo”.

Bolaño, un crítico fiable, redactó el comentario a fines de los noventa en Barcelona, aunque le pifió con el nombre del autor (más adelante comprobé que algunos datos biográficos también eran apócrifos). Me picó la curiosidad. Acudí a Mercado Libre y conseguí un ejemplar usado de ‘Las Varonesas’ en el barrio de Belgrano, a la sazón el último disponible en la Argentina. Vaya suerte. Recuerdo perfectamente esa mañana luminosa. Recuerdo la emoción del descubrimiento, leyendo a Carlos Catania en estado de fascinación, en un café horrible de la zona. Debí postergar a Bolaño.

La pregunta era inevitable. ¿Quién es éste compatriota que ha urdido una de las mejores novelas de todos los tiempos, qué desmiente la sospecha de que los argentinos -con honrosas excepciones- son incapaces de labrar una novela oceánica; es decir, aquella que aspira a encerrar una porción sustancial del universo? Google y un amable colega del diario ‘El Litoral’ me ayudaron a encontrar al autor. La obra de Carlos Catania es el secreto mejor guardado de la ciudad de Santa Fe. No ha tenido la suerte de Juan José Saer. La dictadura militar prohibió la obra maestra de Catania en 1978 y hasta ahora no hubo reimpresiones.

Quise remediar la injusticia, desde una módica trinchera. Publiqué un largo artículo en el diario ‘La Prensa’, entremezclando la reseña con una entrevista al autor. Albino Diéguez Videla, el editor del Suplemento de Cultura, lo tituló: "Las Varonesas, la joya perdida de la literatura argentina“. ‘El Litoral’ tomó nota y conversó de nuevo con Catania. Añadí en mi blog una serie de intervenciones contra el olvido. Por fortuna. Matías Raia, un intelectual con una fina sensibilidad, visita a menudo ’La biblioteca de Asterión’. Así llegamos a la presente edición, una hermosa noticia para nuestro acervo cultural y para los lectores de fuste“…

lunes, 22 de junio de 2015

Waterloo

El ocaso definitivo de Napoleón

POR GUILLERMO BELCORE

Existe, al parecer, una manera occidental de hacer la guerra. Cinco rasgos la caracterizan según el historiador estadounidense, Víctor David Hanson: individualismo, militarismo cívico, tecnología, disensión pública y batalla decisiva y de choque. Detengamos en el último paradigma.
“Los occidentales consideran la guerra como un método para llevar a cabo lo que a la política le resulta imposible y, por lo tanto, cuando recurren a ella se decantan por aniquilar mas que por frenar o humillar a cualquiera que se interponga en su camino'', escribió Hanson en su monumental ensayo Matanza y cultura (Turner, 2001).

Heredamos la idea de los antiguos griegos. Hay que zanjar definitivamente cualquier disputa de un golpe, un asalto frontal definitivo que pulverice la capacidad de resistencia del adversario. El choque frontal a cargo de falanges compuestas por soldados profesionales muy bien entrenados conduce siempre a una orgía de sangre, sobre todo cuando se enfrentan dos ejércitos occidentales, como en Verdún y Normandía. O como en Waterloo, donde en tres días hubo casi 50 mil bajas. Hace exactamente doscientos años la vieja pulsión helénica de librar un combate directo, abierto y mortífero como instrumento de una ambición política resurgió cerca de Bruselas. A partir de 1815, ese sugestivo nombre será empleado por la cultura occidental para referir all ocaso definitivo de una estrella.

PUGNA FATAL


Waterloo fue pues el modo de resolver un conflicto insoluble. Napoleón Bonaparte, el terror de Europa, había escapado de la isla de Elba y regresado a Francia, donde en tres semanas recuperó el poder. El pueblo lo había recibido con los brazos abiertos, dando comienzo “a los cien días mas famosos de la historia de Francia“. El violeta -símbolo de los bonapartistas- volvía a ponerse de moda en las solapas de las caballeros y los peinados de las damas. ¿Pero por cuanto tiempo? El 25 de marzo de 1815, los aliados que un año atrás lo habían confinado al destierro le declaran la guerra. Desde Viena, proclamaron que el retorno de Bonaparte “era un acto sin precedentes en los anales de la ambición“. Más aun, era “una ofensa criminal al orden social''. Austria, Rusia, Prusia e Inglaterra se comprometieron a aportar 150 mil hombres cada uno y a mantenerlos bajo las armas “hasta que Bonaparte sea absolutamente incapaz de provocar nuevas dificultades“. Después de una década de guerra total (el ardor libertario de la Revolución Francesa había degenerado en un imperialismo puro y duro), de sociedades militarizadas hasta un nivel desconocido en la edad moderna, la mesa estaba servida para una nueva guerra continental.
Hanson compara a Napoleón con Alejandro, Aníbal o Julio Cesar por la voluntad de hierro, el genio militar innato y el deseo de construir un imperio más poderoso de lo que los recursos naturales de su tierra le hubieran permitido. En ese sentido, también puede ser parangonado con Hitler. Vivieron del pillaje mientras duró su fortuna; nunca aprendieron a detenerse; sus ejércitos fueron destruidos en la interminable Rusia.  

En 1815, Bonaparte recibió una fuerza militar de 200 mil hombres de Luis XVIII y los elevo a 300 mil. Todos eran franceses y su moral era elevada. Pero al perder Bélgica, Francia había perdido su frontera renana en el norte y la secular ruta de invasión nuevamente quedaba abierta. En los Países Bajos, ingleses y prusianos comenzaron a concentrarse de inmediato; los austriacos y rusos todavía no estaban listos. Como de costumbre, Napoleón decidió atacar primero. Su apuesta era arrastrar a otras naciones -sus aliados de antaño- al gran conflicto en ciernes.

Alejandro Dumas escribió: 
“Entonces se pronunciará Bruselas; las orillas del Rin tomarán las armas; Italia, Polonia y Sajonia se sublevarán: y de este modo, aplicando bien el primer golpe, puede quedar disuelta la coalición''.

No obstante, Napoleón, a los 46 años, no era el mismo. “Si bien en 1815 aún no había perdido realmente una batalla cuando estaba presente en el campo, tampoco había ganado una campaña con rotundidad desde 1809. A diferencia del Napoleón de Austerlitz, que acudía de inmediato allí donde acechaba la crisis y corría al centro o a los flancos a reforzar la moral de sus soldados, nos encontramos ante un comandante cada vez más dispuesto a entregar el control táctico a sus subordinados, y en Waterloo, la elección del mariscal Michel Ney demostró tener unas consecuencias de gran alcance”, escribió Geoffrey Wooten (Waterloo, El nacimiento del mundo moderno, Osprey, 1991).

Enfrente, estaba el mariscal de campo Arthur Wellesley, primer duque de Wellington (1769-1852), jefe de las fuerzas angloholandesas, una fría y hábil competencia, invicto como general, que había cimentado su fama en España y Portugal, derrotando al invasor francés. El otro comandante aliado era el indomable príncipe Wahlstadt Gebhard van Blücher (1742-1819), jefe del ejército prusiano.

¡APUNTEN, FUEGO!


Ahora los números. El emperador Napoleón había logrado reunir para la batalla decisiva un total de aproximadamente 128 mil hombres con 366 piezas de artillería. Pero la calidad del Ejército francés dejaba que desear. La Guardia Imperial de Waterloo, por ejemplo, habría de conformarse con 25 mil hombres, en lugar de los 112.480 que había contado durante la campaña de 1814 ese mítico cuerpo de elite.

Por su parte, el mariscal de campo Duque de Wellington comandaba una fuerza de 106 mil hombre y 216 piezas de artillería. El Príncipe Blücher contaba con 128 mil efectivas y 312 piezas artilleras. A simple vista, la ventaja aliada era impresionante, pero para Napoleón -como para Alejandro Magno- el tamaño del ejercito enemigo importaba poco: su táctica consistía en concentrase en un pequeño segmento de la línea enemiga mientras los viejos mariscales mantenían  ocupado al enemigo en otras partes.

Oigamos de nuevo al inglés Wootten: “Aunque para el 15 de junio, Napoleón no había decidido a cual de ambos enemigos atacar primero, su plan consistía en derrotar a ambos ejércitos a conciencia y por separado, utilizando la estrategia de la posición central y abriéndose paso entre los dos ejércitos para evitar que se reunieran y gozarán de superioridad numérica en ningún batalla”.

Con ese objetivo, los franceses invadieron Bélgica. Napoleón hace incluir en la orden del día 14 una proclama con denuestos para el adversario angloalemán: 
“Hoy es el aniversario de Marengo y de Friedland... Insensatos, un momento de prosperidad los ciega. La opresión y la humillación del pueblo francés están fuera de su poder. Si entran en Francia allí encontraran su tumba''.

El 15 de junio a las tres de la mañana, la Armee du Nord  comienza el paso del río Sambre. Veinticuatro horas después libran furiosos combates en Lagny y Quatre Bras. La batalla de Waterloo, en rigor, no ofrece grandes misterios al historiador militar. Puede resumirse así: el día 16 Francia ataca a los prusianos y los derrota pero no decisivamente. Napoleón envía al mariscal Emmanuel Grouchy con 30.000 hombres en su persecución. El 18 Napoleón ataca a los ingleses con demora. La batalla estuvo indecisa todo el día y los franceses ya estaban en una mala posición, después de una serie de desgastantes asaltos frontales, cuando los prusianos vuelven inesperadamente mientras Napoleón esperaba los socorros de Grouchy. El Ejército francés es aplastado y perseguido por aquéllos.

“Tras iniciar la campaña con ventaja estratégica, los franceses habían desperdiciado prácticamente todas las ventajas de su sorpresa e iniciativa al comienzo de la misma y Wellington había llevado la lucha a un terreno preparado y elegido libremente”, detalla Wootten.

TRIPLE ERROR

¿Dos siglos después, la pregunta del millón sigue siendo por qué fue derrotado el general más brillante de su tiempo y, acaso, de todos los tiempos? Vincent Cronin (Napoleón, Javier Vergara, 1971) arriesga tres razones que demostrarían que Napoleón había perdido en 1815 su toque mágico:

a) Dejó pasar “ese momento favorable en que la guerra lo decide todo'':
 La mañana del 17, Bonaparte  tuvo una oportunidad única de aplastar a Wellington con una superioridad abrumadora, mientras los prusianos estaban en franca retirada. En lugar de impartir a Ney la orden de ataque, malgastó la mañana visitando a los heridos. Esa mañana -escribió Cronin- Napoleón se comportó, no como un gran general, sino como un soldado retirado  que acaba de ser convocado de nuevo a servicio  y aún está adaptándose'.

b) Subestimó a los ingleses: 
No sólo a los soldados de línea que -para sorpresa de Napoleón- no sólo mantuvieron la calma y la capacidad de reacción bajo el fuego, sino también a Wellington, que había aprendido a resguardar sus tropas de la devastadora artillería francesa mediante el uso de los sectores protegidos del terreno.

c) Exceso de confianza: 
En la mañana del 18 tendría que haber oído las recomendaciones de sus subordinados acerca de los prusianos. Tendría que haber postergado la batalla o bien ordenado a Grouchy que maniobrara para que a los sumo un solo cuerpo del ejército de Blücher hubiera podido intervenir en Waterloo. Pero Napoleón creyó que Ligny había quitado a los prusianos hasta el más mínimo deseo de combatir. “Esa confianza -que cuando tiene éxito se llama audacia y cuando fracasa, exceso de confianza- había sido siempre una característica de nuestro hombre''.

La batalla decisiva derramó mucha sangre, se libró según los cánones malditos de la cultura bélica occidental. Francia perdió 25 mil hombres entre muertos y heridos, además de 16 mil prisioneros. Wellington sufrió 15 mil bajas y los prusianos 7.000.

El 21 de junio, Napoleón dimite. Y veinte días después se entrega a los ingleses que lo confinan en una boya perdida del Atlántico sur a 7.000 kilómetros de distancia de su querida Francia. En la isla de Santa Elena, el Gran Bonaparte pasó, amargado, los últimos cinco años y medio de su vida. En sus Memorias, hizo un mea culpa de Waterloo:
 “Hubiera exterminado su Ejército (prusiano), si los hubiera perseguido durante la noche, según hicieron conmigo el 18. Les di muchas lecciones; pero ellos me han enseñado a su vez que una persecución nocturna tiene bastantes ventajas, por peligrosa que parezca para el vencedor”.
Publicado en la edición de hoy del diario La Prensa.

domingo, 21 de junio de 2015

Tal vez Esther

Katja Petrowskaja

Adriana Hidalgo. Novela, 286 páginas.

Si hay un rasgo magnífico que caracteriza a la literatura centroeuropea es esa ambición de meterse en el bolsillo la Historia del siglo XX. El afán es comprensible; la Historia se ha ensañado con los pueblos al este del Rin; sufrieron en carne propia dos de las peores tiran¡as de todos los tiempos, la del cabo austríaco y la del georgiano picado de viruela. He aqu¡ otro intento encomiable, si es que se admite estirar el concepto de Centroeuropa hasta Ucrania.

Katja Petrowskaja nació en Kiev en 1970, estudio en Estonia, se doctoró en Moscú y aprendió alemán casi a los treinta para dedicarse a las Bellas Letras. El gesto fue bien recibido. Alemania la considera hoy una de sus promesas literarias. El sello Adriana Hidalgo trajo su primera obra al castellano. Una buena parte de los aplausos que ha recibido en Berl¡n son merecidos.

La novela fue urdida a fogonazos. Su juego es remover las cenizas, hacer salir los espíritus del pasado para establecer lazos. Katya remonta su árbol genealógico, evoca a una familia que fue durante siglos una abnegada fábrica de maestros de sordomudos. La evocación resulta interesante. Se enriquece con una muy meritoria reflexión sobre la condición jud¡a. El viaje no sólo es el tiempo sino también en el espacio: Varsovia, Berl¡n, Moscú, Babi Yar, Mauthausen y otros campos de la muerte. Katya, no obstante, tuvo miedo de explorar los archivos bolcheviques de la calle Lubianka.

Se trata, como se dijo, de un libro primerizo y por lo tanto con marcados altibajos. No hay en Petrowskaja aún un estilo en juego; la poética y la filosof¡a fracasan por completo o brillan por su ausencia, pero entonces la épica llega al rescate. Se leen casos de supervivencia jud¡a y eslava conmovedores. O de dignidad frente al tribunal farsesco del estalinismo o la furia homicida del conquistador nazi. Katya ha querido dar palabras a lo intolerable.

Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del Diario La Prensa.

Calificación: Bueno

martes, 9 de junio de 2015

Historia de Roca

Leopoldo Lugones

Ediciones Biblioteca Nacional. Ensayo de historia, 301 páginas. Edición 2012.


Poco tiempo antes de beber whisky con cianuro, Leopoldo Lugones había sido conchabado para escribir una apología de Julio Argentino Roca. Le vino bien esos pesos fuertes al gran poeta nacional, vivía casi en la pobreza, como nos anotició Ezequiel Martínez Estrada. La apología, empero, no fue concluida. El texto, que se había propuesto confinar al dos veces presidente de la Nación en el lecho de Procusto de las ideas descarriadas que el transfuga y confuso Lugones defendía por entonces, llegó hasta la Campaña del Desierto. La biografía está incompleta, pues. Le falta, incluso, una buena corrección; el peine fino, como se dice. Eso no significa que sea una idea loca reimprimirla. La lectura es placentera -rica en ideas incluso- de la primera a la última página. Un aplauso para la iniciativa de la Biblioteca Nacional.

El volumen, para mejor, viene profusamente comentado. En un concienzudo pero por momentos interminable estudio preliminar que incurre en el vicio de la citería (1), el profesor Juan Pablo Canala hace una suerte de deconstrucción política del “señor de todas las palabras y de todas las pompas de las palabras” (Borges dixit). Establece que HdeR iba a ser la obra política máxima de Lugones pero en la línea de un relato literario. Su maniobra era trasvestir a Roca en José Felix Uriburu, ese cretino protofacista que derrocó a Yrigoyen y estragó la democracia argentina, acaso por un siglo.

Vayamos a Lugones. La eficacia del texto consiste en su hermosura. Refulge por esa dialéctica beligerante aunque sabrosa que lo destacó siempre en el pelotón de escribidores comprometidos. La prédica infamante, una cuota adicional de agresividad, la concepción esencialista de la Patria, el dominio extraordinario de la lengua, la poesía aquí y allá son ingredientes destacados de una escritura que nos pasea por la invención decimonónica de la Argentina. Tremendas barbaridades se cometieron durante la guerra finisecular al indio, es verdad; pero Lugones nos ofrece razones que explican por qué la campaña de ocupación territorial de medio país era inevitable. Y señala con el dedo a los capitalistas del otro lado de la cordillera de los Andes. Mujeres, niños (además del ganado) que se secuestraban en Río Cuarto, por caso, terminaban como esclavos en haciendas chilenas.

Naturalmente, no se necesita compartir el ideario militarista de Lugones de 1938 (tuvo muchas identidades en su vida, algunas nobles, muchas resentidas) para disfrutar su prosa. Si discriminamos por extravíos ideológicos, uno debería renunciar definitivamente a Celine y Trotsky, a Platón y Cortazar. Sólo un imbécil -de los que nunca faltan- lo haría. No puedo dejar de admirar la fineza de algunas reflexiones lugoneanas: el gobierno es función aristocrática (Pagina 60); la impropiedad de la Constitución de 1853 (Pag. 197); el repudio al personalismo y al caudillo subtirano (una especialidad de la casa) que se apoya en “romanticismo inocente de los inexpertos y en la necedad egoísta de los logreros” (Pags 260 a 262).

Obsérvese este párrafo visionario y elitista que repudia a los Murdoch y a los Casalongue de todos los tiempos:

“Es propio de la civilización maquinal, o mejor dicho maquinista, que nos arrastra, el exceso de publicidad y la consiguiente importancia que atribuye a los detalles de rebusca, con presumible complacencia del tinterillo zurcidor. Viruta noticiera o secreto de trasalcoba, claro está que no he de reducirme a ese chismoso regodeo. Baste pues saber que Roca fue de genio vivo y de temperamento amoroso sin demasía; quedándolo quede esto pueda sobrar, a beneficio del supradicho buscón”.

Además del estupendo trabajo del prologuista Canala, la edición bibliotecaria añade apéndices valiosos como una conferencia perversa de Lugones que halagó los oídos castrenses, y las reseñas de HdeR de hace setenta años cuando los diarios no se habían contaminado con ese principio nefasto del progresismo cobarde que cree que todo libro debe ser elogiado independientemente de sus méritos. 
Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

PD: “Sensualismo de pulpería”, sentenció Lugones. A quién le cabe hoy en día la descalificación, me pregunto. ¿A Tinelli?

(1) Citería: abuso de la cita textual por razones tácticas, para gritarle al mundo que uno es un erudito o bien para ganar la buena voluntad del citado.

domingo, 7 de junio de 2015

Ventanas y otros relatos

Stephen Dixon


Eterna Cadencia, 156 páginas. Edición 2015.

Ha definido Stephen Dixon (Nueva York, 1936) la originalidad como el hecho de plasmar algo de una manera que no se haya hecho antes y que esté tan bien hecho que no haya que volver a hacerlo. Hay una definición criolla más bonita. Para el padre Leonardo Castellani, la virtud de la innovación es la del escritor que machetea su picada brava, explorando lo oscuro, siguiendo pistas falsas, volviendo atrás numerosas veces. La originalidad es, por lo demás, una de las cinco variables que define la potencia estética de una obra, de acuerdo a la autorizada opinión de Harold Bloom. Si está presente en el texto, tanto mejor. Queda claro en la segunda recopilación de cuentos de Dixon que el sello Eterna Cadencia acaba de lanzar en la Argentina.

Nos informa Eduardo Berti en el prólogo que Dixon, escritor “falsamente simple”, ha publicado unos quinientos cuentos. Vaya creatividad. La selección de Ventanas es magnífica. El volumen incluye doce relatos que seducen tanto por la experimentación con la forma como por el contenido que puede resumirse en cinco palabras: la poética de los sentimientos. Puede que alguien piense que discurrir sobre la complejidad del amor filial o la amargura de la separación es andar sobre un sendero trillado. No es así. Es ir al fondo de la condición humana. La política es lo superficial, en todo caso.

Entre otras maravillas, Ventanas incluye un cuento hecho de meras posibilidades; otro de puros pensamientos. ‘Cuervos’ testimonia una característica singular de la producción dixoniana: el lector no puede estar seguro de nada. ‘El pintor’ deja en evidencia la ridiculez del mercado de las artes visuales. ‘Una historia pasada por agua’ tiene un dejo garciamarqueano, en el sentido de advertirnos sobre los inexorables bandazos del destino. ‘Dijo' es otros prodigio: prescinde de lo dicho en un diálogo pero no de la acción de dialogar. Es como una película sin sonido, ha notado Berti. La cordura y la felicidad son una pompa de jabón, nos alecciona ‘Luna’.

El prólogo obsequia al lector otra gema. ‘Wife in Reverse‘ narra una existencia hacia atrás. Es, por así decirlo, el hermanito menor de ‘Viaje a la semilla’, la sublime creatura de Alejo Carpentier.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Muy bueno


domingo, 31 de mayo de 2015

El gusano de seda

Robert Galbraith

Salamandra. Novela policial, 542 páginas.

La escritura de J.K. Rowling (Robert Galbraith es su seudónimo) tiene un problema: quiere decirlo todo, procedimiento que -como advirtió Voltaire- es el secreto de ser aburrido. Cada giro, incluso el más intrascendente, de su segunda novela policial es minuciosamente explicado, como si la autora volviera a hablarle a esos lectores primerizos que han consagrado a Harry Potter. El problema radica en que ahora esta multimillonaria dama inglesa pretende dirigirse a los adultos (pinche aquí).

Por desgracia, no es la única maca evidente. Déficit de invención, situaciones obvias o grotescas, personajes planos, ausencia de critica social y una prosa sin gracia (las metáforas de Rowling son lamentables; las descripciones, horribles) lastran una novela larga en la que lo único rescatable es la truculenta historia. Uno llega al final gracias al suspenso; a quien no le interesa saber lo que en realidad ha ocurrido.

Investiga Cormoran Strike, 36 años, corpulento ex policía militar que perdió media pierna en Afganistán, hijo no querido de un rockero y una drogadicta, detestado por la policía de Londres. Vive en un cuchitril del tamaño de un armario, se ha aficionado a la comida grasienta y está endeudado hasta las cejas. Pero le resulta atractivo a muchas mujeres. Hace de Watson su secretaria Robin Ellacot.

Cormoran es contratado por la esposa de un escritor de cuarta categoría, un ególatra que se cree lumbrera (parece argentino). Owen Quine se ha marchado con un portazo y nadie sabe dónde está. Se piensa en una desaparición planificada por fines propagandísticos pero pronto aparece su cadáver eviscerado. El asesinato fue un acto extraño, sádico, de inspiración literaria y ejecución despiadada. El suspenso gira en torno al último manuscrito de Quine, titulado Bombyx mori (gusano de seda), producto de una mente enferma y resentida que busca causar estragos para saciar su sed de venganza.

Se atasca el mamotreto en detalles nimios, como los sentimientos confusos de la secretaria o el dolor en la rodilla del investigador que le impide usar la prótesis. Esta es otra tara del libro que, sin aportar alguna originalidad, ni siquiera tiene el tino de apegarse al canon. La anécdota policial viene sazonada con pueriles reflexiones sobre literatura y la industria editorial. La melodía se interpreta siempre en un tono menor, por decirlo con palabras de Rowling.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura de La Prensa.

Calificación: Regular

PD: Incluye esta novela los peores símiles que he leído en mi vida, incluso peores que los esperpentos de Roberto Arlt. Dice Rowling de un fulano: "tenía la cara de un zorro ártico disoluto" (???)

jueves, 21 de mayo de 2015

Lugones

Leonardo Castellani

Ediciones de la Biblioteca Nacional (2012), ensayo de literatura, 176 páginas.

Atareados con esas nimiedades que año tras año degradan el mercado editorial (casi todas nouvelles, no sea cosa de fatigar a los perezosos), la crítica argentina -hasta dónde yo sé- ha pasado por alto la magnífica Colección Los Raros de la Biblioteca Nacional. De cada una destas joyas de la abuela se han impreso ochocientos ejemplares. Muy poco. En la última Feria del Libro los remataban al precio de costo (¡ochenta pesos!) por lo que uno puede suponer que no cumplieron cabalmente el propósito noble de rescatar del olvido a esos autores y textos que ensancharon el acervo cultural. Una lástima. No merece la omisión, el padre Leonardo Castellani (1899-1981) “la más lúcida y crispada de las plumas de la intelectualidad católica argentina del siglo XX”, según Diego Bentivegna, autor del minucioso estudio preliminar de la edición que aquí se recomendará.

Para quien no lo conozca, digamos que Castellani fue un jesuita enorme de ojos saltones que repudió a la Iglesia Católica Argentina por promocionar escritores melifluos y superficiales como Constancio Vigil (la orden lo expulsó y el Vaticano le impidió por décadas celebrar misa). Su ethos era predominantemente bélico; fue un antimodernista estridente. Abominó del sistema político liberal instaurado por la Constitución de 1953. Abominó de Urquiza, Samiento y Roca. Hay algo conmovedor en su prédica bien razonada a favor de la monarquía cristiana. Es como defender hoy la tracción a sangre. Bentivegna tiene razón: la voz de Castellani nos sigue convocando, sobre todo a aquél que no le interese el “plebeyismo, el floripondio y la cursilería“ (son palabras del sacerdote).

Se rescató pues una obra felicísima del padre Castellani de 1964, a la que se ha enriquecido con el mencionado prólogo (esclarecedor) y dos artículos publicados por el escritor católico en La Nación después del suicidio. El librito se devora, tanto por la forma como por el contenido. Porque Lugones -es momento de decirlo- también resulta sumamente interesante y tampoco merece la amnesia nacional a causa de sus ideas políticas extraviadas del último tramo existencial. Le cedo la palabra a Jorge Luis Borges:

“Entonces aquel hombre, señor de todas las palabras y de todas las pompas de la palabra, sintió en la entraña que la realidad no es verbal y puede ser incomunicable y atroz, y fue callado y solo a buscar, en el crepúsculo de una isla, la muerte” 
Leopoldo Lugones, 1955

La crítica castellaniana a las obras poéticas y en prosa del “señor de todas las palabras y de todas las pompas de la palabra” es -salvando el abismo descomunal- hermana de la que este blog propone, dirán ustedes con qué suerte: la crítica como práctica lectora. Es decir, el cura transmite, básicamente, experiencias de lectura que examinan tanto la destreza técnica de las expresiones poéticas como las ideas (descabelladas) de la prosa del vate. “Sus versos me convencen más que sus ensayos”, sentencia. Borges, a quien Castellani tacha de “blasfemo oficial de la República”, había escrito algo simular de Lugones:

“…sus razones casi nunca tenían razón, sus epítetos, casi siempre…“. 

El sacerdote es -como Lugones, como casi todos nosotros, los que integramos la despareja fauna de las redes sociales- intensamente argentino en su carácter de curioso insaciable, gran lector improvisador e improvisado, autodidacta en materia literaria, aunque posee una muy sólida formación tomista. Sus juicios son valiosos -destaca Bentivegna- porque se “abstiene de la apología hueca y del rechazo infundado”. Tomen nota los comentaristas dominicales, paradigmas contemporáneos del intelectual esnob (Castellani, por cierto, fue cualquier cosa menos un esnob).

Otra digresión. En 1964, Castellani, azote del fariseísmo, denuncia una ambición de los intelectuales cartabiertistas de su tiempo que ha perdurado incólume medio siglo:

“Hoy día la desdicha del poeta es grande si no consigue un puesto en Teléfonos del Estado, desde el cual se puede tratar a ladridos a todo el mundo”.

Uno no puede dejar de mencionar una ocurrencia gramatical de Castellani, acaso inspirada por el portugués o por el castellano antiquísimo. Ojalá hubiera llegado a prosperar. El jesuita fue un inventor de contracciones: desos, dellas, deste, anoser, apesar. ¿Piensan que es snob apoderase desta lindeza?
Guillermo Belcore

Calificación: Excelente


PD: La próxima reeimpresión de Leonardo Castellani debe ser Critica literaria.  

miércoles, 13 de mayo de 2015

Pájaro del celda

Kurt Vonnegut

La bestia equilátera. Novela, 253 páginas, edición 2015.


Toda felicidad es religiosa
K. Vonnegut

Lee tus libros tal como un guerrero azteca devoraría el corazón de los enemigos valientes, trata de adueñarte de su magia, sugiere uno de los personajes de esta novela memorable. La magia de Pájaro de celda proviene del formidable sentido crítico del autor (que lo convirtió en su momento en ícono de la contracultura), de las reflexiones metafísicas y de la capacidad para inventar o reproducir historias. Añádase que estamos ante un narrador que siempre intenta ser didáctico, ya sea sobre las reinitas protonotarias (Protonotaria citrea), el idioma urdú (lengua austera y fea inventada en la corte de Gengis Kahn) o la infame ejecución de Sacco y Vanzetti. ¡Vive para aprender!, es uno de sus latiguillos. Y como si no fuese suficiente, el prólogo -escrito también por Kurt Vonnegut- tiene la excelencia de la novela misma.

La obra fue escrita en forma de autobiografía. Oímos a Walter Sturbuck, un pobre diablo, entenado de un millonario, graduado universitario, ex funcionario de F.D. Roosevelt que cayó en picada después de haber acusado de comunista a un amigo que le había robado a su novia. Décadas después, Richard Nixon se apiadó de él y le inventó un trabajo en la Casa Blanca. Fue a prisión, por causa del Watergate. Salió a los pocos años, pobre como una rata y un golpe de suerte lo convirtió en vicepresidente del conglomerado más poderoso de su país. Pero la mala estrella de Walter (la mala estrella de cualquier Don Nadie, mejor dicho) no le permitió triunfar fuera de la cárcel. No es ninguna vergüenza. Hay mucha gente buena que fracasa en el sistema de libre empresa.

Si la trayectoria vital de Sturbuck arma el esqueleto de la trama; la carne -es decir, lo más sabroso- consiste en la denuncia de la plutocracia americana, de una nación donde hacer dinero es la prioridad absoluta para todo el mundo. Vonnegut, un opinador compulsivo, reprueba la ética basada en la películas de vaqueros y se horroriza por los trágicos subproductos del capitalismo (los indigentes). Habla siempre en nombre de la clase trabajadora. Quiere demostrar un punto: los egresados de Harvard -quintaesencia del establishment- son la verdadera hez de la sociedad.

Jailbird fue publicado en 1979. Cinco años después, Vonnegut intentó suicidarse. Estaba deprimido y temía que los críticos “lo aplastaran como a un mosquito”.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Muy bueno

PD: Vonnegut es otro de esos autores que despiertan el apetito, es decir uno se siente obligado a agotar su obra. Un narrador tan exótico como fascinante.

domingo, 10 de mayo de 2015

El metal y la escoria

A diferencia de la Argentina, México ha mantenido una relación errática con la migración de origen hispano. Después de la independencia y como consecuencia del ferviente deseo de construir una identidad nacional, se prohibió el ingreso de los españoles e, incluso, se expulsó a algunos. En 1853 se levantó el veto y comenzaron a llegar los inmigrantes pobres, pero no fue hasta después de la Guerra Civil Española que la legendaria hospitalidad mexicana pudo demostrar a pleno su benevolencia. México, en efecto, se convirtió en el hogar primordial de los republicanos que huyeron para salvar su vida, su libertad o su dignidad de la barbarie franquista. Esa inmigración socialista, agnóstica o atea -anticlerical en todo caso- chocó que la anterior oleada monárquica, conservadora y católica. Ese desencuentro ha sido magníficamente registrado en una novela exótica que acaba de desembarcar en la Argentina. Su autor es un eminente hombre de letras azteca, no muy conocido, ¡ay!, por estos lares, si bien don Gonzalo Celorio (México 1948) tiene una larga trayectoria como catedrático, editor y narrador de depurado estilo, que seduce por sus virtudes clásicas.

Hablemos pues de El metal y la escoria (Tusquets, 315 páginas). El título proviene de un poema de Borges (Everness) que de alguna manera anticipó las nuevas teorías sobre el tiempo del universo atrapado en los agujeros negros:

“Sólo una cosa no hay, es el olvido
Dios, que salva el metal, salva la escoria
y cifra en Su profética memoria
las lunas que serán y las que han sido“.

El metal y la escoria refiere a la familia paterna de Celorio: el padre Miguel, un dechado de virtudes; sus tíos tarambanas que dilapidaron una fortuna y murieron ahogados en alcohol y deudas antes de los cuarenta años. También evoca a los hermanos del autor, los doce peldaños de una esforzada escalera. La siempre complicada fratria, como bien apuntó Noe Jitrik en la presentación de la obra el sábado 2 de mayo en la Feria del Libro. Luisa Valenzuela también vertió elogios sobre Celorio desde el proscenio.

UNA AÑOSA OBSESION

“El libro es una obsesión de cuatro décadas”, explicó el autor mexicano en la bulliciosa Feria del Libro. “Escribí el primer capítulo hace cuarenta años. Lo cual no significa que haya tardado cuatro décadas en terminarla; si así fuera, sería un fracaso como escritor”, bromea. Y reivindica la condición novelesca de su obra más reciente, pues si bien fue edificada sobre hechos reales, la imaginación se encargó de llenar los huecos. “La novela -añade Celorio- es la más sucias de las formas literarias, incorpora toda clase de elementos. Cuando se apega a una forma fija, estricta -caso el naturalismo decimonónico- sufre anorexia, como bien decía Carlos Fuentes“.

Con un procedimiento muy eficaz, Celorio resolvió ese vaivén entre hechos comprobados por un lado, y versiones o mitos familiares o directamente productos de la imaginación, por el otro. Hay una delicada alternancia de las personas verbales. Usa sólo el yo para la propia experiencia y los recuerdos; el cambio la segunda persona la emplea -de manera magistral- para los datos que no ha podido constatar.“Lo que quería saber de mi familia, la novela me lo va revelando; descubro lo que no conocía“, apunta.

La saga comienza con la partida de Emeterio Celorio de una aldea perdida de Vibaño, pequeño caserío de Asturias, trepado en la montaña. En Ciudad de México, labró una pequeña fortuna con la importación y comercio de bebidas alcohólicas después de mil privaciones y trabajo esforzado. Hizo la América, como quien dice. Había llegado, con una mano atrás y otra adelante, como se suele decir también. Pero sus hijos fueron calaveras, estúpidos o alucinados, con la excepción de Miguel, justamente el padre de Gonzalo. Miguel edificó una familia feliz y numerosa, revirtió los daños. Hay un tenue misterio -bien dosificado- sobre la suerte de los tíos del autor. El telón de fondo es, naturalmente, la tumultuosa historia mexicana.

Además de una novela sobre los mayores, estamos pues ante otro caso atractivo de literatura de inmigración, una de las especies más fecundas del continente. Más allá del contenido, la prosa merece elogios. Elegante, clara, con palabras consistentes como las cosas (la frase es de Jitrik) con una cadencia muy seductora y enriquecida con las siempre fragantes voces que vienen del náhuatl: trajineras, escuincle, itacate, sirimique, huacal, merolico, tameme, tezontle, etc. Celorio, por otra parte, es pródigo en listas “para exorcizar la desmemoria, para ejercitar esa especie de erotismo de las neuronas que quieren tocarse, poseerse”.

De lector a lector, un consejo. El metal y la escoria debe ser acompañado por la ingesta con Tres lindas cubanas (Tusquets, 394 páginas, edición 2008, pinche aquí), la novela también autobiográfica en la que discurre la familia materna de Celorio. Una sugerencia al autor. Una sugerencia al autor. Debería completar una trilogía con un texto sobre la tía Luisa, afrancesada, mitómana y caprichosa como toda niña malcriada, gran campeona de las artes en la norteña ciudad de Torreón. ¡Qué personaje tiene allí! No merece lo que Borges dice que no existe, el olvido.
Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.


Calificación: Bueno