sábado, 26 de junio de 2010

Infancia

Graciliano Ramos
Beatriz Viterbo Editora. Autobiografía, 246 páginas

Graciliano Ramos (1892-1953), el hijo dilecto de Alagoas y el militante comunista, escribió uno de los libros imprescindibles de Sudamérica: Vidas secas (1938). Su prosa magra como el mandacarú pero de enorme eficacia, y su gran capacidad para explorar la condición humana elevaron el regionalismo brasileño a cotas que sólo un Guimaraes Rosa a la postre lograría superar. En sus páginas, palpita la tremenda dureza del Sertón y del Nordeste. César Aira establece en su Diccionario de autores latinoamericano -esa maravilla olvidada- que los dos libros autobiográficos de Ramos (Infancia es uno de ellos) están a la altura de sus novelas. Este blog ha constatado que la sentencia es irrefutable.

Tenía Ramos una singular manera de componer. Escribía largo y tendido, y luego quitaba, borraba, sustraía todo aquello que no fuese esencial. Economía de medios, llaman al procedimiento. Era una obseso de la concisión y la palabra justa. Esto no significa que el estilo enjuto sea pobre como moleque sertanero. Todo lo contrario. Hay descripciones minuciosas, vocablos vistosos y fragantes y una galería riquísima de personajes. Como dice la página veintiuno, uno debe perseverar en el medio de expresión que le parezca más razonable.

Transcribo un párrafo estremecedor:

“El viejo Frade, influyente en un municipio vecino, decía que nunca había matado a un hombre. Mataba bestias malvadas, muchas bestias malas. En mi municipio también asesinaban a hombres, aunque se prefirieran las bestias malas. Cuando un propietario partidario del gobierno quería molestar a un adversario mandaba a suprimirle algunos habitantes, y la persona amenazada le venía la tierra por menor valor. Si no vendía enseguida, nuevos habitantes iban desapareciendo, hasta que la transacción se efectuaba. Sólo raramente, en casos de ofensas personales, cuestiones de familia, se mataba gente de la clase alta. A esos se les tomaban los bienes, por medios más o menos legales. Pero la canalla era diezmada, las bestias malas del viejo Frade morían en abundancia, nos habituábamos a los cadáveres que manchaban la ciudad”.

El libro va engarzando así anécdotas deliciosas o crueles de los primeros años de Ramos. Lo real es maravilloso porque lo vemos a través de los ojos de una crianza. Hechos vulgares se convierten en cuentos de hadas. Se ambientan en un mundo en transición, el nacimiento del siglo XX, cuando todo el mundo, o casi, no sólo estaba convencido de que la letra con sangre entra, sino que los padres usaban el cuero o las orejas de sus hijos para desahogarse de las desdichas cotidianas. “Lo único que no se ahorraban eran retos y golpes”, relata Ramos, no con resentimiento y con un punto de humor que descalabra cualquier tristeza. Nunca deja de ser una lectura gratísima.
Guillermo Belcore
Este comentario, expurgado de primera persona, se publicó en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Muy bueno

PS del 30 de junio:
Quien desee más información puede pinchar aquí.

lunes, 21 de junio de 2010

El barítono del diablo


"La propaganda en política sólo tiene un objetivo: la conquista de las masas. Cualquier medio que sirva a este propósito es bueno. La propaganda depende fundamentalmente de la palabra hablada. Los movimientos revolucionarios son obra de grandes oradores''.
Joseph Goebbels



Hay en Der untergang -la inolvidable pel¡cula de Oliver Hirschbiegel- una escena que corta el aliento. En las catacumbas de Berl¡n, un jefe del Partido Nazi y su esposa deciden que sus seis hijos deben morir con ellos, en lugar de huir o caer en manos del Ejército Rojo. Joseph y Magda Goebbels introducen en las boquitas adormecidas una pastilla de cianuro. Luego se matan. As¡ concluyó en 1945 la vida del más celebre demagogo del siglo XX, una fuerza crucial en el desarrollo de ese tumor bávaro que hizo metástasis por toda Alemania y asesinó a millones de europeos. Al "pequeño lisiado'" debe el hitlerismo también buena parte de su satánica eficacia. El personaje ha encontrado ahora otro avezado investigador. El sello Ariel acaba de lanzar en la Argentina Joseph Goebbels, vida y muerte, de Toby Thacker, catedrático de Historia de la Universidad de Cardiff.


Un hallazgo justifica la biografía. En los últimos años, cuanto sabíamos del esbirro de Hitler se vio alterado por la publicación completa de los diarios que llevó entre 1923 y 1945. Son 29 volúmenes que queman los dedos. El superministro de Propaganda del Tercer Reich, un individuo excepcionalmente activo, nunca perdió la costumbre de plasmar sus emociones junto a la observación de sucesos públicos. Si bien Goebbels fue un mentiroso de primera, los diarios son sorprendentemente fiables, asegura Thacker. Le importaba el juicio de la posteridad y "sabía más de los acontecimientos nacionales e internacionales que se produjeron entre 1933 y 1945 que cualquier otro alemán'', insiste el profesor. Con la nueva información, ha tallado un retrato que desaf¡a algunas certezas. Impugna incluso, voces tan distinguidas como la de su colega Hugh Trevor-Roper.


Naturalmente, Thacker comete el típico desliz de todo biógrafo entusiasta: atribuye a la figura de análisis una importancia desmesurada. Goebbels no fue un jerarca común y silvestre ni uno más de la pandilla, es el leimotiv. Más revolucionario que Hitler, impulsó siempre el péndulo hacia los extremos. Al comienzo de su carrera, incitaba a sus camaradas a la violencia callejera o a los arrebatos socialistas; al final, lideró la inmolación heroica frente a las hordas del Ejército rojo. Si bien, queda probado que en 1939 no deseaba ir a la guerra de conquista (temía que la reacción anglofrancesa echara todo a perder), siempre pensó y actuó como el más infame antisemita. Era un hombre bien educado y aficionado al arte y a las mujeres hermosas, pero compartía con su jefe la creencia demencial de que la fuente de las desgracias alemanas era el Pueblo Judío. No fue un oportunista ni un cínico, sino un intelectual y un político de convicciones tan firmes como desequilibradas. Thacker redondea la siguiente conclusión: debemos achacarle a Goebbels una responsabilidad mucho mayor en el proceso homicida del nazismo de lo que se creía, aunque descarta la noción de que la propaganda lavara el cerebro de toda una nación.


El renano
El ensayo es minucioso e instructivo porque satisface una triple condición: retrata la vida de un individuo notable, detalla la historia de una secta (el Partido Nacionalsocialista) y evoca el devenir de una nación envilecida. Los destinos se confunden. Gobbels saltó de intelectual resentido y provinciano a hombre clave de una revolución maldita en un tiempo asombrosamente corto. El 9 de noviembre de 1926, cuando tenía sólo veintinueve años, llegó a Berl¡n para hacerse cargo del Partido Nazi en una ciudad que era aún un feudo de socialdemócratas y comunistas.


Nadie más diferente de la bestia rubia, del vikingo de la raza superior: "Era un hombre menudo que pesaba sólo 50 kilogramos y med¡a poco más de un metro y medio. Su cabeza, con sus grandes ojos marrones, parecía demasiado grande para aquel cuerpo'', describe Thacker. Sufría de parálisis infantil en el pie derecho. Pero era enérgico, astuto y diligente. Siempre mostró un gran coraje. Abrigaba, además, una fe incondicional en el triunfo de la causa nazi. Un Savonarola, pues.


La biograf¡a de Thacker confirma que ganó su lugar en la historia como el gran manipulador de la cultura y de los medios de comunicación. Tenía una notable habilidad para explotar las nuevas tecnologías, como el cine o la radio, pero también descolló como tribuno de la plebe, a la antigua. Fue un maestro del sarcasmo cáustico, un orador extraordinario, un barítono rico y sonoro, inusualmente potente para un alfeñique. Antes de la era de la televisión, ofrecía al público una vertiginosa mezcla de entretenimiento, emoción y riñas. Detestaba a los ricos, ten¡a gran facilidad para congeniar con el hombre que está solo y espera, incluso en el infierno de 1945.


Sin un gramo de bondad
Antes de la II Guerra, Goebbels fascinó al mundo con el abuso de la histeria de masas. Organizaba las impresionantes manifestaciones, controlaba a miles de artistas y periodistas, y, al mismo tiempo, se hacía tiempo para escribir de puño y letra un alud de panfletos, libros y artículos. Era un maniático de la puntualidad y los detalles. Resulta deprimente pensar que tamaña resoluci¢n y energía se hayan consagrado al exterminio del prójimo. Los diarios confirman que Goebbels ni siquiera sintió una pizca de compasión hacia sus v¡ctimas. Se convirtió en una influencia delet‚rea. Sus discursos, proclamas y patrañas fomentaron la insensibilidad, la crueldad y el sadismo en miles de almas sencillas. Encarnó la combinación más mortífera del siglo XX: inteligencia y extremismo.


¿De dónde provenía tanto odio? De la ideología, claro. Thacker demuestra que Goebbels fue un místico de la idea volkisch, es decir, de la construcción de una comunidad nacional racialmente pura, cuyo destino manifiesto era esclavizar al débil. Concluye que el Partido Nazi supuso para el ministro de Propaganda un sustituto de la religión católica, heredada de sus severos padres de Renania. Espiritualmente, Harry Haller -el personaje de El lobo estepario de Herman Hesse- guardaba ciertas similitudes con el Goebbels de los primeros años. Cuando perdió la fe cristiana se entregó al demonio. No se puede servir a dos Señores, advierte la Biblia. Como activista y luego dirigente político eligió "la voluptuosa pasividad de la obediencia total'" al Fuhrer, a quien comparaba con el Ungido. Es lógico. Chesterton advirtió que, al fin y al cabo, el drama de quien no cree en Dios no es que no crea en nada, sino de que es capaz de creer en cualquier cosa. En la superioridad aria, por ejemplo.
Guillermo Belcore
Este artículo se publicó el domingo pasado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.


Calificación: Muy bueno

PS del 24 de junio: Sugiero enriquecer la lectura de este comentario con la brillante reflexión de O.G. sobre la responsabilidad y los riesgos de los biógrafos.

sábado, 19 de junio de 2010

José Saramago

Pequeño obituario

José Saramago (Azinhaga 1922-18 de junio 2010) fue un gran narrador, un artista de verdad, de esos capaces de transmitir sus ideas con una voz original e inconfundible. Como ocurre a menudo con los heterodoxos, el conjunto de su obra fue superior a cada una de las partes. La izquierda lo idolatró por encarnar la dudosa figura del “intelectual comprometido” o “con sensibilidad social“, ese figurón que pone su firma al frente de toda clase de solicitadas y no le teme a las declaraciones pueriles. Típico intelectual de Europa respaldó desde una lujosa vivienda en Lanzarote a déspotas como Fidel Castro hasta casi el último aliento, mientras abominaba de la democracia occidental, la globalización y la Iglesia Católica. Si por algo merece ser reverenciado, pues, es por su vasta obra literaria, la que -con sus más y sus menos- nunca renunció a labrar una poética personalísima, es decir a construir su propio palacio literario.

El único escritor de Portugal en ganar el Nobel (foto) hizo de la novela un arma de combate, pero sin falsas expectativas. “Si la literatura pudiera cambiar el mundo, ya lo habría hecho", reconoció en 1999. Puso su ácido mordisco al servicio de una causa, al tiempo que descollaba como estilista de prosa exuberante y barroca, como forjador de exquisitas metáforas y contundentes parábolas, y como romántico que se alza contra la modernidad que atropella lo pintoresco. Su moralismo intransigente demostró que el odio y el amor tienen elocuencia propia, como sostenía Conrad. Esa intransigencia, empero, lo alejó de muchos lectores. Otros se espantaron por la dificultad de una escritura capaz de embutir diálogos en párrafos pesados como ladrillos, algo aliviados por su intromisión irónica. No era un escritor simple. Por cierto, nadie tiene la obligación de serlo.

Saramago conoció la pobreza y fue un ejemplo de autodidactismo. Se rebeló contra el destino: no quiso ser obrero ni labriego. Como periodista y escritor ha demostrado la veracidad del dictum wildeano: la creación es noventa por ciento trabajo y diez por ciento inspiración. El reconocimiento le llegó tarde y después de décadas de un raro silencio. Una vez dijo que si hubiera muerto a los sesenta años la gente lo tendría por un hombrecillo que escribió prácticamente nada de valor. Explotó una fórmula novelesca hasta sacarle brillo: que pasaría si (What if?). Consiste en arrojar un hecho inaudito sobre una comunidad desprevenida, ya sea una ceguera fulminante y masiva, el voto unánime en blanco, un territorio que se desprende del continente y navega a la deriva, o bien una huelga de la Parca por tiempo indeterminado. Tras la ruptura, ocurre en la ficción lo mismo que en la vida: el poder establecido reacciona con crueldad; la gente muestra, en general, lo peor de s¡ misma; y unos pocos, plenos de lucidez, dan ejemplo de amor y compasión. Puede que la obsesiva repetición del método haya terminado erosionando su eficacia estética.

Dante había llegado a la conclusión de que la edad ideal para morirse es a los ochenta y un años. Saramago lo refutó con una inusual creatividad durante el último tramo de su vida. Quizás su mejor obra de este siglo sea la autobiográfica Pequeñas memorias, donde evoca su niñez. El texto rebosa de imágenes bucólicas como los cuadros de Millet.

Hoy cuando, al decir de Vattimo, ya no existen razones filosóficas fuertes y plausibles para rechazar la religión, Saramago eligió ser ferozmente ateo. De toda su producción, acaso la novela más perturbadora haya sido El evangelio según Jesucristo, pues aborda el mayor misterio de todos los tiempos desde la cruda óptica de un comunista. El Vaticano, claro está, reaccionó con indignación. No es una mirada piadosa, justamente, pero hay cierto juego gnóstico en el libro que resulta cautivante. Todo en Saramago se subordinaba al mensaje, pero con una calidad y ambición artística inusual entre quienes se erigen como agente moral del cambio. ¡Qué lastima! Dejó inacabada una novela sobre el tráfico de armas.
Guillermo Belcore
Este artículo se publicó hoy en la página central del diario La Prensa.

viernes, 18 de junio de 2010

Alquilando amigos

Moscardón imaginario XXXI

Oscar Wilde, si no me equivoco, estableció que la naturaleza suele copiar al arte. Y T. S. Elliot sentenció (y Mac Luhan repitió varias décadas después) que los artistas son las antenas de nuestra especie, es decir los únicos humanos capaces de captar no sólo la verdadera naturaleza de las cosas, sino también lo que trae el porvenir. Recuerdo mi pasión a los dieciocho años por Crónicas del Angel Gris, entusiasmo que lamentablemente se ha ido deshilachando. No es culpa del bueno de Alejandro Dolina; quizás yo haya crecido mal, creo que he perdido la inocencia, me he vuelto un cínico, que es el otro nombre del hombre con experiencia. Recuerdo haber leído un relato delicioso titulado “La decadencia de la amistad”. Quiero ahora rescatarlo, a raíz de una noticia increíble que publicamos hoy en el diario La Prensa, y Dolina, con gran perspicacia, anticipó hace casi treinta años. Titulé el artículo así: “Ofrecen en Internet amigos de ocasión”.

Copio un pasaje del cuento de Dolina:

“Algunos empecinados insisten en cultivar amistades nuevas. Los matrimonios maduros se visitan mutuamente y desarrollan pálidas parodias de la amistad verdadera: se cuentan una y otra vez episodios antiguos, vividos con los amigos viejos, los que ya no están. Cuando uno es joven no cuenta historia a sus amigos: las vive con ellos. A pesar de estas sabias reflexiones de Mandeb, existió en Flores una agencia destinada a ofrecer amistad a los solitarios. Fue la célebre Proveeduría de Amigos de Ocasión. Sus fines de lucro eran innegables. Todavía hoy se recuerda su eslogán publicitario: “Tenga un amigo desinteresado. Páguelo en cuotas”.

Con sólo acercarse al mostrador, el cliente ya notaba un clima amistoso y amplio. Los empleados sabían como atacar.
-Buenas tardes. No sabés lo que me hizo esta mañana la bruja de mi mujer.
Y a los treinta segundos uno se sentía entre amigos. Después entre palmadas, guiños, pellizcotes y confidencias, los comerciantes iban mostrando el amplio catálogo de la proveeduría.

Tenían amigos silenciosos, dispuestos a escuchar cincuenta veces la historia de una operación. Amigos complacientes, siempre amables y elogiosos. Amigos efusivos que saludaban con abrazos y se despedían a los gritos. Amigos divertidos, eruditos en cuentos picantes y expertos en bromas pesadas”.

Bien, parece que la Proveeduría de Flores ya existe en Internet. Se llama Rentafriend.com. Dice la agencia AP: “El sitio, inspirado en una idea desarrollada en Japón, tiene cien mil visitantes únicos por mes y cerca de dos mil afiliados que pagan 24,95 dólares mensuales o 69,95 anuales para poder ver los perfiles y fotos de unos 167 mil amigos potenciales”.

Las tarifas no son amigables. Treinta dólares por hora para conseguir una compañía con quien ir al cine, a pasear o a charlar un rato. ¡Qué triste, verdad! Alquilar amigos. Supongo que los clientes de Rentafriend deben lidiar con la misma crudeza que describía Dolina:

“Un asunto que molestaba a los clientes era el rigor de los Amigos de Ocasión en sus horarios. Cuando vencía el plazo estipulado, se terminaba la amistad. Sin saludar, los contratados daban media vuelta y se iban, muchas veces interrumpiendo una carcajada o librándose bruscamente de un abrazo fraternal”.

Qué bárbaro. ¿Todo puede comprarse? Me pregunto qué dirán de esto mis queridos amigos Alejandro y Javier.
G.B.

miércoles, 16 de junio de 2010

El caso Kurílov

Iréne Némirovsky
Salamandra. 155 páginas. Novela. Edición 2010.

La literatura es cosa rara. El recurso que en algunos escritores resulta insoportable, en otros sabe delicioso. A priori, el estereotipo debe ser severamente condenado por la crítica, pero de pronto uno tropieza con gemas como ésta y tambalean los prejuicios: aquí los clichés se van engarzando como si de perlas se tratase. Será la claridad de la expresión, será la justeza de los conceptos, será el buen uso de los procedimientos teatrales o incluso la conmovedora urgencia de la autora por advertirnos algo importante. Sea por lo que fuere, esta nouvelle es preciosa. Desde 2004, Iréne Némirovsky (Kiev 1903-Auschwitz 1942) se puso de moda en Francia y luego en el habla hispana. Por fortuna.

La autora opone e iguala dos calamidades: el zarismo, un régimen podrido hasta el tuétano, y el bolchevismo que vino a reemplazarlo, con los años un matadero sin precedentes. La antinomia surge de la evocación de un revolucionario. Al final de su vida, León M. recuerda aquella orden terrible que recibió del comité rojo: asesinar, con una bomba escandalosa, al ministro de Educación del zar, Valerian Alejandróvich Kurílov. Por el bien de las mayorías, exterminar a los injustos (a los subversivos, maquinaban en la otra trinchera), era la consigna del momento. El muchacho logra, no sin esfuerzo, ganarse la confianza de su Excelencia, un burócrata despreciable. Pero descubre que para un temperamento como el suyo no es tan sencillo matar a sangre fría. Como homicida resulta un fiasco; es un comunista que carece de pasión.

El libro fue publicado en 1933. Irene quiso advertirle a Francia, a su querida patria adoptiva que terminó entregándola a los nazis, que tanto los hombres de Estado como los militantes revolucionarios, temidos y odiados, con sus errores, sus incongruencias y sus sueños, son seres humanos limitados y miserables como cualquier otro. En este mundo, todo es ceniza y vanidad. Quizás, nada valga la pena.
Guillermo Belcore
Publicado en el suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Bueno

PD: Hay en este blog otro comentario sobre un libro de Némirovsky. Hasta ahora, todo lo que he leído de este espíritu delicado me gustó.

PD II : Quien desee ampliar la información, puede pinchar aquí. He estado hablando por radio sobre la enjuta novela y las mieles del invierno.

viernes, 11 de junio de 2010

Arlt fundamental

Selección: Analía Capdevila. Prólogo y notas: Ana Silvia Galán
Alfaguara. 522 páginas. Edición 2010. Precio aproximado: 70 pesos

Arlt (1900-1942), uno de los pocos escritores fundamentales, pertenece a una estirpe misteriosa: la de los feos hermosos, es decir, los artífices de una literatura claramente defectuosa pero de gran eficacia. Exornan la colosal obra arltiana descripciones abominables, expresiones que de tan atroces parecen imposibles, pasajes colmados de cursilería y patetismo, de palabras altisonantes y de modernismo bobo, y una psicología de pacotilla. No hay párrafo, casi, que no pida a gritos ser corregido. Fue, por así decirlo, el perfecto antiborges. Si hoy alguien escribiera tan mal, la crítica honesta y los blogs lo harían picadillo. Sin embargo, la lectura de sus poderosas novelas, de sus penetrantes artículos y de alguno de sus extraordinarios cuentos provoca, incluso ahora, un placer intenso. Es posible que el secreto de su gracia radique, justamente, en ese vaivén continuo entre genialidad y torpeza conmovedora.

Un sello editorial publicó un volumen-homenaje, ideal para quien no conoce o conoce poco al insigne porteño. Descuartizaron las cuatro novelas arltianas, pero quizás la salvajada se justifique al encender en alguna alma sensible el deseo imperioso de leer entero El juguete rabioso o Los siete locos. Se incluyeron también textos autobiográficos, ocho cuentos, más de veinte aguafuertes, y la comedia dramática Saverio cruel. El prólogo y las notas son inteligentes. Es decir, el platillo está bien servido.

Reencontrarse o descubrir algunos personajes tremendos, como el Astrólogo o el Negro Cipriano, resulta una experiencia gratísima. Arlt es, sin duda, nuestro Dostoievski. Una forma de energía en estado puro, o -mejor aún- un mundo con sus propias leyes, tan imperfecto como encantador. Su afán desmesurado por retratar al hombre humillado, en el colmo de la degradación, o por presentar "las verdades sagradas a la gente que no tiene fe", superan con creces a un estilo de morondanga, como diría él.
Guillermo Belcore
Este comentario aparece en el suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Muy bueno

PD: La espléndida imagen de la tapa del libro es del artista Eduardo Iglesias Brickles

martes, 8 de junio de 2010

Desconsideraciones

Abelardo Castillo
Seix Barral. Ensayos de arte y literatura. 254 páginas. Edición 2010. Precio aproximado: 72 pesos

Esta colección de ensayos demuestra, por lo menos, cinco hipótesis. Que la mejor crítica literaria es básicamente la transmisión de una gozosa o decepcionante experiencia de lectura; que el estilo es la única herramienta de que dispone un crítico para persuadir; que el autodidactismo es consustancial a la literatura argentina; que la Argentina tiene un riquísimo acervo cultural; y que Abelardo Castillo es uno de los pocos críticos necesarios.

El título del volumen, no obstante, es falaz. Admiraciones, hubiese sido más justo. El último gran cuentista de la Argentina expresa aquí el deleite y el pasmo que le han provocado Arlt, Gombrowicz, Camus, Poe, Sartre, Mujica Lainez, Hemingway, Echeverría, Freud, Barret, London y Quiroga. Se reproducen también dos discursos: uno sobre el arte y la locura, y el otro sobre el estado de las bellas letras en 2004. Hay un mini artículo cautivante que postula que Jesucristo es esencialmente una figura literaria. El único texto flojo -muy malo en realidad- es el titulado “Los intelectuales y el poder".

Es verdad que Abelardo Castillo no aporta nada que no conozca el lector culto. Pero escribe tan bien que parece que las verdades son inéditas. Es un maestro de la sintaxis y de la velada socarronería. Conoce la vida espiritual de la lengua, el poder sugestivo y la belleza de las palabras y de las ideas. Conoce la eficacia de los procedimientos indirectos, es decir usa circunloquios para que el panegírico y el ditirambo resulten más convincentes. Por su elocuencia y su ingenio, el libro corrobora una sexta hipótesis: la crítica inteligente y hermosa, incluso (o sobre todo) aquella ajena a las teorías en boga, ha ganado un lugar en la morada de la Alta Literatura.
Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

La otra campana: Este libro me encantó, pero ha cosechado el desprecio lúcido de Juan Terranova, a quien respeto como crítico literario. En realidad, es el comentario de un comentario errático, no estoy seguro de que haya leído Desconsideraciones. Afirmar que los ensayos de Castillo “carecen de retórica“, es decir del arte de expresarse con corrección y eficacia, es injusto, me parece.

sábado, 5 de junio de 2010

Milenio

Tom Holland
Planeta. Ensayo de historia, 548 páginas. Edición 2010. Precio aproximado: 95 pesos

La obsesión por el parteaguas es uno de los rasgos más desagradables de los historiadores que persiguen la fama. Cualquier figurín cree haber inventado la pólvora. Tom Holland (Oxford, 1968) plantea en este ensayo ambicioso y entretenido que Occidente es Occidente gracias a un hecho marginal y olvidado de la Edad Media: la cumbre en enero de 1077 entre San Gregorio VII y el rey alemán Enrique IV. El libro atribuye a la Humillación de Canossa, a sus antecedentes y consecuencias, una importancia similar a la Reforma y la Toma de la Bastilla. ¿Pero qué ocurrió en el nido de águilas de Reggio Emilia? El Papa, “un revolucionario a la altura de un Lenin o un Lutero“, instauró “el orden correcto en este mundo”. Toda la cristiandad se dividió en dos: un reino espiritual y otro secular. Se estableció para siempre algo que no tenía antecedentes en el catolicismo ni en ninguna otra cultura: la escisión de la Iglesia y del Estado, dos reinos gemelos que deberían existir por separado. Sin Canossa, sostiene muy serio Holland, no hubiera existido Voltaire ni hoy podría hacerse justicia con las personas que prefieren la homosexualidad.

Si el lector obvia la tesis disparatada de que Canossa fue el hecho más relevante de la historia occidental, absuelve cierta tendencia a la exageración y soporta a pie firme la pobreza de la expresión y el tonito populachero típico de los canales de cable, se quedará con un libro de historia bastante ameno. Holland se concentra en los hechos tremendos y los personajes espeluznantes. La época del Primer Milenio se caracterizó por su elevadísimo grado de crueldad, con matanzas por doquier, mutilaciones y torturas pedagógicas, pueblos arrasados, secuestros en masa para alimentar el infame tráfico de esclavos y la explotación más satánica de los pobres. Se sorprenderá usted con el origen de ese mito que sostiene que las herraduras traen buena suerte. El libro retrata, entre otros, a Carlomagno, Otón el Grande, Papas buenos y otros deleznables, los gerifaltes vikingos, los basileus del Imperio Bizantino, los califas y los guerreros sarracenos. El marco político está bien pintado; con menos destreza, quizás, se desmenuzan las ideas en juego, con la excepción de una vibrante denuncia de la yijad islámica. El ensayo retoma una tradición clásica: analiza el gran escenario del mundo, desde arriba hacia abajo.

Uno puede denunciar largamente y con justicia el injusto hoy, pero libros como éste nos obligan a observar toda la película y regocijarnos con la evolución material y espiritual de la raza humana. Ser pobre o empobrecido en el siglo XXI es infinitamente mejor que en el siglo X. Al menos, existen algunas probabilidades de salir a flote y la democracia garantiza derechos elementales. Imagínese vivir en una aldea de Northumbria o Anjou, durante el reinado de Edmundo o de Hugo Capeto, desangrado por las arbitrariedades de los poderosos, arañando a la tierra helada una cosecha miserable, un día tras otro sin descanso, hasta que un mañana cualquiera, enormes guerreros de barba rubia y nombres impronunciables, venidos desde el otro lado del mar, irrumpen con una ferocidad inconcebible y arrasan hasta la última choza y esclavizan o bien matan hasta el último niño. En cambio, en 2010 los pueblos escandinavos son admirables.
Guillermo Belcore
Una versión más corta de este comentario fue publicada en el suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Regular

PD: No me ha parecido que Holland sea un historiador de primera categoría.

viernes, 4 de junio de 2010

Blues

Edgardo Cozarinsky
Adriana Hidalgo editora. Autobiografía, 135 páginas

El Islam sostiene que el Corán es eterno y no fue creado. Sin llegar a tanto, casi todas las culturas antiguas han imaginado que un libro también puede ser un objeto sagrado. Algo de la veneración se filtró a los tiempos modernos y hoy millones de personas en todo el mundo sentimos una piedad reverencial hacia ese invento maravilloso. Por tal motivo, hay que ser muy prudentes con lo que se encierra entre las tapas y el lomo, no sea cosa de defraudar al lector apasionado. Textos que han nacido para la apresurada y distendida lectura de un blog o de un diario de la mañana no deberían, salvo casos excepcionales, convertirse en libro. Pierden así toda su gracia, tergiversan su razón de existir, urden un tapiz invertebrado. He aquí un caso.

Eduardo Cozarinsky ha considerado necesario recopilar una serie de artículos periodísticos y textos menudos que había acumulado durante años. Lo mejor que puede decirse de ellos es que están muy bien escritos. Algunos se rigen por el método de la libre digresión, otros son meras evocaciones. El autor da pruebas de ser un hombre muy culto, pero sus ideas no van más allá del tópico progresista, con la excepción de ciertas pinceladas de saludable antiperonismo (lo hay deletéreo también). Propone, en tren de broma supongo, convertir en comida para perros a los periodistas del Opus Dei que se oponen a las bodas entre homosexuales.

El volumen incluye una ristra de homenajes, que flaquea un poco por el enorme narcisismo de la prosa. Cozarinsky rememora sus impresiones de Silvina Ocampo, Pepe Bianco, Susan Sontag y Enrique Pezzoni, entre otros. Hay alguna anécdota divertida, algún dato no muy divulgado, la denuncia de famosas canalladas, loas a la virtud, nada del otro mundo. Es decir, son temas y enfoques que si bien suelen enaltecer el diarismo, no tienen mayor relevancia en el formato libro.
Guillermo Belcore

Calificación: Regular

La otra campana: Quisiera insistir en un punto: la autobiografía es interesante cuando al narrador le han ocurrido cosas interesantes en su vida. No es este el caso, creo. Empero el libro le ha resultado encantador a lectores eminentes. El profesor Daniel Link sostiene que Cozarinsky "siempre modifica la manera en que pensamos nuestra relación con el mundo". En un blog muy respetable también se han vertido elogios. Revista Ñ, incluso, pensó que merecía una entrevista.

domingo, 30 de mayo de 2010

Caída libre II

El moscardón imaginario XXXI

He vuelto a la radio. Tengo una columna semanal sobre libros en uno de los mejores programas de la mañana:
Fuera de agenda. Hablo mal y bien los martes a las 9.45 en FM Palermo (93.9). Jairo y Alejandro me fuerzan a lo que mis costumbres disipadas entienden por madrugar. Por eso, la voz aguardentosa. Quién desee escuchar el comentario del ultimo ensayo de Joseph Stiglitz, puede pinchar aquí.

G.B.

sábado, 29 de mayo de 2010

Caída libre

Joseph E. Stiglitz
Taurus, 423 páginas. Ensayo de Economía.

Con ceño adusto, este libro convincente examina la crisis que desde hace dos años tiene en vilo al Primer Mundo, y extrae valiosas enseñanzas. Sostiene que en 2008, la economía global -o al menos sus sofisticados mercados financieros- estuvo al borde de la muerte. El gran culpable fue el neoliberalismo (un catecismo desregulador), la avaricia de los banqueros y la decisión de Estados Unidos de vivir por largo tiempo en una nube de fantasías. Se repudia, sin medias tintas, el salvataje de Wall Street que inició George Bush y Barack Obama, confundido, elevó a cotas siderales. Empero, Joseph Stiglitz -premio Nobel de Econom¡a 2001- no predica el socialismo. Es un moralista, un nostálgico y un neokeynesiano que desea regenerar el capitalismo y la ciencia económica, lo que permitirá que todos vivamos un poquito mejor. Afirma que el papel del Estado es el gran tema económico del siglo XXI, pero avisa a su legión de admiradores en la Argentina que una intervención excesiva resulta a la postre nefasta.

Stiglitz pela una cebolla. Va quitando capas de lo que se hizo mal desde la caída del Muro del Berlín con la subsecuente ola boba de triunfalismo americano. En última instancia, el ensayo pretende ser un llamado a la acción y una minucioso cañonazo en cierta batalla de ideas que aún no ha concluido. Como el lector sabe, el economista norteamericano fue uno de los pocos pensadores de fuste que vio venir el tsunami. Con el pecho inflado, intenta ahora martillar los últimos clavos en el ataúd de la creencia reaganiana y fondomonetarista de que los mercados se autorregulan y son ciento por ciento eficientes. Explica de manera muy amena que la clave, siempre, son los incentivos y la asimetría en la información. E insiste en que haber reemplazado el culto a Karl Marx por el de Milton Friedman fue tanto una gran estupidez como una sinvergüenzada que estuvo a punto de hundir a la humanidad en otra era de Depresión Global.
Guillermo Belcore
Publicado en el suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Bueno

PD: Quien desee ampliar el tema puede pinchar aquí.

jueves, 27 de mayo de 2010

Los pichiciegos

Fogwill
Editorial El Ateneo. 253 páginas. Edición 2010. Precio aproximado: 55 pesos.

En caso de duda, opte por los clásicos. El consejo nunca falla. Cada vez que alguien le pregunte “qué puedo leer“, repita la sugerencia como si de una letanía se tratase (siempre y cuando el otro no sea un tarado). Los pichiciegos es ya un clásico de la literatura nacional. Su ingesta en 2010 resulta igual de placentera y reveladora que en los tremendos días de 1982. No ha perdido un gramo de calidad literaria. Hay consenso en que es una de las mejores novelas sobre la Guerra de Malvinas que ha parido la Argentina (1).

Tanto se ha escrito sobre la obra maestra de Fogwill que otra lectura parece, a priori, temeraria y vanidosa. Pero este libro cayó en mis manos y este blog no pretende más que la transmisión de experiencias de lectura, en este caso, muy gozosa. Los pichiciegos son una tribu de colimbas avispados que en plena guerra contra el inglés crearon en las islas una comunidad aislada. El mítico pichi “guarda, aguarda, aguanta“. Sobrevive bajo tierra como el mamífero edentado del que tomó su nombre. Despide olor a vaho de socavón y olor fuerte a ceniza. Roba y almacena, comercia con todos, traiciona a esa entidad platónica y malvada conocida como la Patria, y ajusticia a los miserables de uniforme que condenaron a morir (o a cosas peores) a pibes de 18 años. Una fábula de primera clase.

Alguna gente sostiene que la enorme popularidad de Fogwill deviene sólo de su talento para atrapar la imaginación y satisfacer las demandas simbólicas de una o dos generaciones que se hastiaron de la Argentina. Esto, en un doble sentido: en su carácter de artista maldito, Fogwill desolló lo peor de la Patria, denunció todo lo que debía ser severamente condenado; y en su carácter de artista ’cool’ escribió los cuentos y novelas que todo rebeldejo de Caballito o San Isidro sueña publicar. No es la opinión de este blog. Más importante que la forma en qué se lee un libro, es el libro en sí mismo como fenómeno estético y asocial. Dicho en términos kantianos, aprehender el noúmeno de la obra es una percepción más sofisticada y trascendente, que la mera lectura de los fenómenos que provoca. Un lector no es un sociólogo.

Y el noúmeno estético de Los pichiciegos (de toda la obra de Fogwill, en realidad) es, quizás, la construcción lingüística, empezando claro por su inigualable capacidad para apresar “lo que se habla”, es decir, las maneras de conversar.

Voy a trascribir un párrafo rendondito para que se aprecie la sabrosa claridad del estilo. Obsérvese la última frase tan deliciosamente argentina:

“Pero pelear, pelear, en realidad nadie sabía. El Ejército toma soldados buenos, les enseña más o menos a tirar, a correr, a limpiar el equipo, y con suerte les enseña a clavar bien la bayoneta, y viene la guerra y te enteras de qué se pelea de noche, con radios, radar, miras infrarrojas y en el oscuro y que lo único que vos saber hacer bien, que es correr, no se puede llevar a la práctica porque atrás tuyo, los de tu propio regimiento habían estado colocando minas a medida que avanzabas. Y las minas son lo peor que hay”.

La novela va encadenando, pues, con pericia una retahíla de espléndidos objetos verbales. De esa red obtiene toda su potencia. Lo explica el propio Fogwill en uno de sus mejores cuentos: “enchufar palabras de un léxico legítimo, pero inesperado en el contexto del relato. Ese uso eruptivo y exagerado del giro coloquial distorsiona toda alusión realista, creando un clima de alteración mayor…” Los pichiciegos explota los bolazos de la guerra, el poder hipnótico de una buena historia, la belleza de la oralidad y de las descripciones expertas (vb., la oveja carneada en seco por una mina), la construcción del mito oral, los discursos del poder. Resalta la fascinación de escribir y saber (“nada se puede saber bien“), la importancia de hallar la palabra correcta en cada circunstancia. Demuestra un gran dominio de la metáfora y la adjetivación (“la luna finita“). Se detiene en la magia de la palabra “mamá”. Aplica la técnica hemigwayana del iceberg en los diálogos, filosos como una cimitarra. La idea de fondo -me parece- es que, al fin y cabo, somos lo que decimos, como sostienen los lacanianos y Wittgenstein teorizó. Lo que es mucho decir.

Se incluyó también una buena ración de cosas inexplicables, aunque no creo que el libro pueda ubicarse en el estante del realismo mágico. Cruza, de tanto en tanto, alguna intuición genial, como la de la página ciento sesenta y seis. No somos nosotros los que actuamos en una situación límite, sino nuestro pánico: “es el miedo el que está atrás mandándote, cambiándote”. La definición, obviamente, puede aplicarse también para la sociedad en su conjunto. Ericz, un amigo de este blog, ha notado otra virtud literaria de Fogwill: tiene un extraordinario conocimiento de sus personajes. Detrás de todos estos procedimientos hay, obviamente, una formidable inteligencia y un espíritu libre, dos de los materiales que exige la elaboración de todo gran libro, de un clásico, bah.

Fogwill avisa en el prólogo que, por cuestiones biológicas, ésta debe considerarse la versión definitiva de la obra. La de El Ateneo es, por ende, la versión más recomendable.
Guillermo Belcore

Calificación: Excelente

PD: Hace una semana escribí otro ditirambo a Fogwill en Eterna Cadencia. La tesis es la misma: el esplendor lingüístico es lo que hace grande al autor de Vivir afuera. Sugiero prestar atención a la demoledora réplica de Omar Genovese. Cuando uno se encuentra con tamaño nivel argumentativo, tanta amabilidad en el tono y semejante riqueza en la expresión, no puede concluirse otra cosa que el que ha errado el camino es uno. Ojalá, me refutarán aquí con tanta altura. Por lo general, tontos escudados tras el anonimato me han tachado de de gil, puto, cacofónico, viejo gagá. especulador, sinvergüenza, lector de pacotilla, e incluso cosas peores.

(1) Para mí, la otra gran obra argentina sobre Malvinas es Partes de Guerra de Graciela Speranza y Fernando Cittadini. En cambio, nunca pude terminar "Las islas" de Carlos Gamerro.

martes, 25 de mayo de 2010

Carta de Macedonio

En el día de la Patria, recibí una hermosa sorpresa. Me escribió Macedonio Fernández. Fue un email, en realidad. El ya no escribe cartas manuscritas pues, como le explicó una vez a Jorge Luis, muchas no llegan, porque omite el sobre o las señas o el texto. “Esto me trae tan fastidiado que rogaría que se viniera a leer mi correspondencia en casa”, confesó al amigo.

Macedonio quiere pedirme que demande a los editores rescatar su obra del injusto olvido. Y que lo hagan con amor. Gasten unos mangos, che, e incluyan en el volumen un prólogo erudito y los debidos comentarios. Qué mejor homenaje para el Bicentenario, que honrar lo más exquisito de nuestro acervo cultural. De paso, Macedonio, genio y figura, aprovecha y me adjunta su Carta a los críticos, una noble bofetada que hace unos cuantas décadas infligió a la estirpe más arrogante de los escribidores. Me ha autorizado a divulgarla:

Soy el uno que los comprendió, el primero que aferró vuestra definición esencial: son los eternos esperadores de la Perfección y los cotidianamente reducidos a elogiadores de la encuadernación, obligados por el frustrarse uno tras otro, día a día, del poema, la novela, el libro; son los únicos que aman y conciben la Perfección; los escritores nada de esto, publicadores de borradores, libros de apuro, de oportunidad, de rumbeo; la Perfección vendrá algún día en un libro, tal como con razón la esperaban y concebían; hasta ahora no se ha visto Perfección sino en la gracia y poder moral de algunos hombres y mujeres que todos llegamos a conocer alguna vez y que nunca arribarán a la publicidad histórica ni cotidiana”.

“Pero está bien en esperar y estoy seguro de que en el día en que aparezca en Libro la aplaudirán todos unánimes, inmensamente agradecidos”.

“Los escritores, los que no acabamos de entender que hace tiempo debiéramos habernos atenido a la actitud de críticos sabiendo qué terrible fatiga es construir un libro en estrictez de arte y qué mínima la posibilidad de acertar, no sólo sufrimos sino que nos marchitamos pues no hacemos el Libro y en espera de hacerlo perdemos la simpatía de esperar encontrarla en las tentativos de otros”.

“Yo no encontré una ejecución hábil de mi propia teoría artística. Mi novela es fallida pero quisiera se me reconociera ser el primero que ha tentado usar el prodigioso instrumento de conmoción conciencial que es el personaje de novela en su verdadera eficiencia y virtud: la de conmoción total de la conciencia del lector, y no la de ocupación trivial de la conciencia en un tópico particular, efímero, precario, de ella, y que con esto y algunos otros pensamientos que van formulados en el conjunto del libro en camino, hago más llegadora esa Perfección que ustedes esperan, y, ejemplificando algo también, una severa doctrina del arte literario”.
“Si me equivoco, no seré el primero ni el último. Pueden sentenciarlo con todo rigor”.

“Yo bien comprendo que mi obra los dejará esperando la Perfección, quizá más agudamente. Si más agudamente, mi libro sirvió”.

“Soy el alguno que adivino que saben lo que no es la Perfección”.
M.F.

sábado, 22 de mayo de 2010

La belleza inútil

Guy de Maupassant
Ediorial Diada, 188 páginas. Cuentos. Edición 2010

En 1880, el grupo Medán, liderado por el brioso Emile Zola, organizó una velada para reflexionar sobre la infame guerra franco prusiana. Se estableció que el último en leer su trabajo fuese un tal René Albert Guy de Maupassant, discípulo de Flaubert, que hasta allí no había publicado nada especial. Pero el relato Bola de sebo causó una conmoción. El joven normando fue ovacionado y ungido como maestro. Maupassant empezaba a transformarse en el narrador de moda en Francia, la más literaria de las naciones.

Un siglo después, la lectura de ese cuento realista sigue provocando un placer sublime. Es una obra maestra en su género y, acaso, la más eficaz reprobación que se haya escrito sobre aquella figura platónica llamada burgués, que designa a "los representantes de la sociedad serena y fuerte, personas distinguidas y sensatas, que veneran la religión y los principios''. La hipocresía, como se sabe, es una de sus señas de identidad. Es gente que piensa con el estómago, diría el buen Flaubert. Vaya, por ejemplo, a las confiterías más caretas de Alto Palermo y los verá a raudales.

Siempre es ocasión propicia para retornar a los clásicos. Esta oportuna reimpresión incluye Bola de sebo y otros nueve cuentos que le van a la zaga, pero no tan lejos. La prosa es precisa, tan sobria como exagerada, depende del momento. Hay un mequetrefe que comete la imprudencia de llevar a casa una mano disecada. Hay un niño robado por saltimbanquis. Hay un hombre que enloquece tras leer a Montesquieu. Hay tres o cuatros relatos sombríos que anticipan la prematura muerte de Maupassant. Los textos delatan, en efecto, que había perdido la fe en Dios y en el mundo y que tenía pánico a envejecer. A los 42 años, el exitoso hombre de letras y gran seductor intentó tres veces cortarse la garganta con una navaja. Murió dieciocho meses después en un manicomio. Decía Quiroga que en los cuentos de Kipling, Poe, Chejov y Maupassant debemos confiar como en Dios.
Guillermo Belcore
Una versión más corta de este comentario fue publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Muy bueno

PD: Ser lector y no haber leído Bola de sebo es una contradicción grave.

La otra campana: En la primera mitad del siglo XX, un estudioso compiló opiniones notables sobre Maupassant. Louis-Ferdinand Celine, ese genial canalla, hizo picadillo al autor de Bola de sebo. Copio y pego:

"Las letras americanas tienen un retraso aproximado de 50 años con respecto a las letras europeas, que han padecido, desde hace medio siglo, su enfermedad naturalista. Maupassant no ofrece para nosotros, actualmente, ningún interés. Todo ha sido dicho, hasta la saciedad, en tesis, cursos o controversias, sobre el vivaracho novelista. Creo, evidentemente, que los novelistas americanos, están aún a la cola de Maupassant. Eso les pasará. Maupassant ha sido el inspirador «refinado», «sensible», «peripuesto», del que usan y abusan todos los periodistas actuales del mundo entero. En cuanto al fondo, es nulo, como todo lo que es sistemáticamente «objetivo». Todo nos debe alejar de Maupassant. El camino que seguía, como todos los naturalistas, conduce a la mecánica, a las fábricas Ford, al cine - ¡Falsa Ruta!"