miércoles, 18 de agosto de 2010

Blanco nocturno

Ricardo Piglia
Anagrama. Novela, 299 páginas. Edición 2010. Precio aproximado: 60 pesos.

En definitiva no hay más que libros de viajes o historias policiales. Se narra un viaje o se narra un crimen. ¿Qué otra cosa se puede narrar”, estableció Ricardo Piglia (Adrogué, 1940) en Crítica y ficción, esa obra insoslayable. Se puede narrar un montón de cosas más, naturalmente, como la desintegración de un carácter, por ejemplo. Pero la sentencia revela -si no la realidad- las coordenadas en las que ha querido encuadrarse la ficción de uno de los escritores fundamentales de la Argentina.

Después de trece años, Piglia publica una novela. Después del escándalo de Plata Quemada, que volvió a sumir en la ignominia a los premios literarios, ofrece un policial heterodoxo, sustentado en una teoría sugerente: los argentinos deberíamos explotar el nuevo subgénero de la ficción paranoica, donde “el criminal ya no es un individuo aislado, sino una gavilla que tiene el poder absoluto”. Es una lastima que tan hermosa teoría se despache en un solo párrafo.

En una entrevista reciente, Piglia propone que su creatura sea asimilada como “novela de personajes”. En efecto, los personajes, aunque convencionales, constituyen el plato fuerte. La obra no seduce por la urdimbre, ni por la poética, ni por la sabiduría en juego, aunque hay destellos de lucidez, como el planteo de que “el conocimiento no es el develamiento de una esencia oculta sino un enlace, una relación, un parecido entre objetos visibles”.

¿Y con que se enlaza Blanco nocturno? Con la ficción de Roberto Arlt. Mejor dicho, con la fecunda lectura pigliana de Arlt. En ambos casos, “estar loco es escapar del infierno de la vida cotidiana; o habría que decir, la locura es la ilusión de salir de la miseria”. En ambos casos, “el que tiene dinero esconde un crimen; el enriquecimiento es siempre ilegal, por principio”. En ambos casos, los personajes son “empecinados” (una palabra que Piglia adora); van de sueño en sueño. Uno y otro“son demasiados excéntricos para el realismo social y demasiados realistas para el esteticismo”. Creen “en la posibilidad que tiene la ficción de transmutar la realidad” y procuran el cross en la mandíbula. En Piglia, los personajes se alinean al servicio de una causa: denunciar las jerarquías podridas, la doble moral, la corrupción rampante de los propietarios rurales y de sus esbirros. Se redondea la tradicional visión pequeñoburguesa y urbana: la escritura está infestada de criollismos, tanto en el léxico como en la anécdota. En un producto de Sara Gallardo o Jorge Torres Zavaleta no se le infligen estas obviedades al lector, por la misma razón que en el Corán no hay palmeras ni camellos.

La potencia dramática y las conmovedores chapuzas de Arlt -claro está- brillan por su ausencia. La prosa pigliana es prolija, transparente y clásica. Pertenece a una estirpe magnífica, la que comprende el valor de la palabra justa. Empero, desconoce una gran máxima de Voltaire: el secreto de ser aburrido es decirlo todo. No se emplean procedimientos indirectos. El narrador es fastidioso, un metiche; a menudo, da ganas de gritarle: ¡Córrase Piglia, deje la trama en paz! A cuento de nada, por caso, más de una vez se obstina en enseñarle al lector que el presidente Ulises Grant fue un gran hijo de puta. Se tiene la impresión que ese afán por explicarlo todo no es otra cosa que una deformación profesional: pedagogo hasta la médula; catedrático de universidad estadounidense haciendo el numerito de severo reprobador del país que le da empleo.

¿De qué va el libro? Se narra un crimen y su pesquisa en una típica ciudad de la pampa bonaerense, la cual -cómo no- bulle de maldad bajo su mortaja de aburrimiento. La historia transcurre en 1972 e involucra a un mulato portorriqueño y a una típica familia patricia: dos típicas hermanas gemelas que se turnan en todas las cosas de la vida, un típico terrateniente sin escrúpulos, y un no tan típico industrial enloquecido. Los buenos son el comisario Croce, un paisano que razona como Bertrand Russell; y el periodista Emilio Renzi, un viejo conocido de Piglia (algunos lo consideran su alter ego). El conjunto está repleto de clichés. No hay alarde de imaginación. Tampoco se leen escenas memorables pero la narración de una cuadrera en el capítulo tres es formidable. El autor no se priva del mal gusto (un japonesito encarcelado se masturba mirándose en un espejo) ni del error del principiante: Renzi se queda callado “toda la noche”, después del amanecer.

El curioso recurso de agregar notas a pie de página es inocuo. Y al parecer se trata de una humorada. Esta bien, los gustos hay que dárselos en vida. El libro, en resumidas cuentas, le permitirá al lector atesorar tres o cuatro ideas inspiradoras, pero el tedio visita demasiadas veces las páginas. ¿Alguien conoce algún catedrático y ensayista que sea un gran escritor de novelas?
Guillermo Belcore

Calificación: regular

PD: Este libro no llegó a La Prensa. Me lo compré. En la página cincuenta ya me había arrepentido.

PD I: Gracias a Omar Genovese, llegué a otra interesante entrevista que le hicieron a Piglia en Uruguay.

PS del 5-09: El País de Madrid dedicó la portada y el artículo principal de su último número Babelia a esta novela. Leila Guerrero trazó un espléndido retrato-entrevista, en el que Piglia se empecina en enseñarle a los lectores como deben interpretarlo ("Pequeñas distorsiones en la percepción. Eso era el nudo secreto de la novela"). Me pregunto si el escritor tiene pánico de ser incomprendido o es una mera técnica de márketing.
Además, el señor Lluís Sartoris se deshace en elogios. Dice en su reseña que Blanco Nocturno es, quizás, "la novela del gaucho que Borges no escribió". ¡Qué blasfemia!

domingo, 15 de agosto de 2010

Risas peligrosas

Steven Millhauser
Circe. Colección de cuentos. 286 páginas. Edición 2010

Este peculiar volumen de cuentos confirma la ingeniosa sentencia de un crítico: Steven Millhauser (New York, 1943) parece la versión literaria de La dimensión desconocida (The Twilight Zone). Todo es exótico. Hay una chica a la que le revienta la cabeza de risa; y otra, anodina, que se desvanece en el aire por la indiferencia de sus semejantes. Hay un señor que de pronto se niega a hablar porque “las palabras menoscaban al mundo”. Un pintor mediocre inventa el Teatro Fantóptico, donde las figuras de los cuadros cobran vida. De costa a costa, Estados Unidos queda encerrado bajo una cúpula de Celestilux. Detrás de una tranquila urbe de Nueva Inglaterra, hay una réplica exacta de la ciudad -hasta en las nervaduras de las hojas de los arces- pero sin sus habitantes. El modisto Hisperión logra romper la dictadura de los cuerpos. Una historia de amor evoluciona en la más absoluta negritud.

Millhauser se revela aquí como un escritor de ideas, más que de tramas o de personajes. La parábola, la alegoría, la metáfora son sus instrumentos favoritos. En el primer relato, por ejemplo, revive a los entrañables Tom y Jerry para meditar sobre la atávica enemistad entre el intelectual y el bruto. Usa la fábula entera o algún personaje para expresar a viva voz una teoría, generalmente sobre el arte. La otra ciudad, acaso, simboliza el mundo de la literatura -ese parque de diversiones de calidad- que nos obliga a mirar con detenimiento, a fijarnos en detalles que de otro modo dejarían de existir y nos lleva a una comprensión más completa o verdadera de las cosas.

Los trece cuentos se mueven entre dos coordenadas: la obsesión y el aburrimiento (y sus peligros). La prosa de Millhauser es suave, elegante y extremadamente formal. Véase este párrafo delicado, el comienzo de Risas peligrosas:

“Pocos recordamos ahora ese azaroso verano. Lo que empezó como una broma, un pasatiempo inofensivo, se convirtió rápidamente en algo serio y obsesivo a lo que ninguno intentamos resistirnos. Después de todo, éramos jóvenes. Teníamos entre catorce y quince años, nos mofábamos de la niñez, nos sentíamos lejísimos del mundo de los adultos severos y ridículos. Estábamos aburridos, inquietos, ansiosos por sucumbir a una pasión o un capricho y seguirlo más allá de los confines de nuestra naturaleza. Queríamos vivir, morir, estallar en llamas, transformarlos en ángeles o explosiones. Sólo lo prosaico nos ofendía, como si temiéramos en secreto que fuera nuestro destino...”.

Por momentos, pues, da la sensación de que se trata de un narrador que raya la perfección, pero lamentablemente es un espejismo. El autor tiende a la verborrea y al relleno; todos los textos producen la sensación de hartazgo. La atención decae como decae la bandera cuando el viento deja de soplar. Sin embargo, en conjunto el libro es interesante; vale la pena conocer a una imaginación extraña que algo le debe a Borges.
Guillermo Belcore
Publicado en los Suplementos de Cultura de La Prensa y La Capital de Mar del Plata.

Calificación: Bueno

PD: La otra campana. El Sr. Molina hizo aquí una lectura apasionada de este libro.

jueves, 12 de agosto de 2010

Agatha Christie. Los cuadernos secretos

John Curran
565 páginas. Suma. Edición 2010. Ensayo de literatura

Si quisiera, un lector podría alimentarse sólo de Agatha Christie. Podría ingerir cada mes durante siete años seguidos un título distinto de la emperatriz de la Edad Dorada de la ficción detectivesca en Gran Bretaña. Esa dieta tiene miles de fanáticos en todo el mundo; aunque hoy en círculos intelectuales revelar que uno es aficionado a las correrías de Hércules Poirot o de Miss Marple está mal visto. Es una pasión vergonzosa; los engreídos la consideran una escritora a escala industrial de tercera o cuarta categoría. Allá ellos. Se privan de disfrutar lo defectuoso y lo absolutamente chapado a la antigua.

John Curran es un archivista irlandés, que no titubea en cruzar el Atlántico sólo para gozar de una nueva versión de una obra teatral de la Dame Christie. Vale decir, es el más entusiasta de los christófilos. El nieto de la escritora le abrió las puertas de los archivos familiares, donde Curran halló y examinó setenta y tres cuadernos de notas, que abarcan cincuenta y cinco años de trabajo. Encontró también dos relatos inéditos (protagonizados por Poirot) que se incluyen -como yapa- en el volumen. No son gran cosa.

Siempre resulta ameno espiar entre bambalinas al escritor de fértil imaginación. El libro, no obstante, tiene encanto sólo para aquellos que conozcan al dedillo las obras primordiales de Agatha Christie. Curran descorre los velos y nos permite atisbar en los apuntes del proceso creativo de una señora, experta en maldades y venenos, con una habilidad inagotable para reciclar estratagemas y fabricar tramas con variaciones en torno a una idea. Se desmenuzan éxitos rotundos como Los diez negritos o Tragedia en tres actos. Se exhuman anécdotas simpáticas -como el Detection Club- y se revisan virtudes y defectos de una cuantiosa producción. El ensayo, en suma, es valioso pero para la grey.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Bueno

PD: Se puede ampliar la información pinchando aquí. Sugiero también leer un entusiasta artículo de Alicia Plante publicado en el diario Página 12.

sábado, 7 de agosto de 2010

Amor, pobreza y guerra

Christopher Hitchens
Debate, 537 páginas. Recopilación de artículos periodísticos. Edición 2010. Precio aproximado: 90 pesos.


Christopher Hitchens, razonador de moda, es un típico producto de la Inglaterra liberal. Lleva en el rostro la añosa máscara del tutor moralista que pregona la necesidad del escepticismo. La sed de aventuras -otra típica pasión británica- lo ha llevado como periodista a Sarajevo, al Kurdistán y al departamento de la calle Maipú de Jorge Luis Borges. La grey progresista lo adora, en especial desde que se abroqueló en el misoteísmo. Hitchens sostiene que la religión es la forma más vil y despreciable que ha asumido el egoísmo y la estupidez humana. Parangona a la madre Teresa con Henry Kissinger. Muerde como una yarará, es decir no carece de filo ni veneno.

El sello Debate ha considerado oportuno traer al castellano un volumen publicado en 2004. ¿Por qué tan tarde?, vale preguntarse. ¿No hay nada más fresco? Se agrupan prólogos de libros y artículos publicados en The Nation, Vanity Fair, The Atlantic y otros medios por el estilo. La traducción, con frecuencia, pide a gritos un corrector de estilo (la sintaxis del inglés es diferente a la del castellano, ¿hace falta decirlo?) e inflige al lector aberraciones como “incapacitante”, “superimposición” y “ensogado”. El título proviene de un antiguo proverbio: la vida de un hombre está incompleta a menos que haya probado el amor, la pobreza y la guerra. Se exploran tres géneros narrativos.

Un tercio del libro incluye magníficas críticas de arte; en su mejor momento Hitchens parece un George Steiner de izquierdas, en sus cotas más bajas es un camorrero ingenioso con una arrogancia que haría pestañar al Rey Sol. Somete a Churchill, Bob Dylan, Kipling, Huxley, Borges, David Irving, Trostky, entre otros, a una prolija vivisección. También se reúnen experiencias de viajes. El pensador recorrió la mítica Ruta 66, el campo de batalla de Gettysburg, la frontera del Apocalipsis en Paquistán, el palacio de Saddam Hussein, La Habana degradada. Finalmente, otro tercio de la obra contiene polémicas intelectuales. Como filósofo puede que no sea brillante, pero Hitchens es un divulgador y ensayista en el sentido más elevado de esos términos. Describe con eficacia la degradación moral e intelectual de Noam Chomsky y advierte a las mentes proclives a la frivolidad que Bin Laden y sus esbirros no son héroes antiimperialistas sino “fascismo con rostro islámico”.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura de La Prensa

Calificación: bueno

martes, 3 de agosto de 2010

Que el vasto mundo siga girando

Colum McCann
RBA. Novela, 473 páginas. Edición 2010.

“Lo único que necesitas saber de la guerra, hijo mío, es esto: no vayas”.
McCann

En agosto de 1974, un equilibrista francés recorre sobre una cuerda floja y a ciento diez pisos de altura la distancia entre las dos torres del World Trade Center. La hazaña es el eje de esta novela coral. Va engarzando, como si de perlas se tratase, historias individuales en la Nueva York de los setenta, una urbe degradada a nivel tercermundista. Son historias fascinantes. Hay un cura irlandés, comprometido con la Teología de la Liberación, un ángel loco e increíble que encuentra a Jesucristo entre las prostitutas del Bronx. Están las madres de Vietnam, que se reúnen para mitigar el dolor por la muerte de un vástago en “la menos norteamericana de las guerras”. Hay dos artistas de vanguardia que, como todos los de su ralea, cuanto menos trabajan más valiosos creen ser. Hay hackers en la prehistoria de la informática, hay un juez idealista de Manhattan, hay una influencia notoria del gran Don DeLillo.

Colum McCann (1965) es otro irlandés que ha adoptado Nueva York. E pluribus unum. Después de varios intentos, forjó una obra consagratoria. Este libro recibió el National Book Award de 2009. Despliega una enorme cantidad de recursos narrativos, casi todos bien logrados. El amor por el detalle delata al novelista de fuste. ¿Acaso el buen novelista no es esa persona que se preocupa constantemente por los pormenores más insignificantes? La trama tiene sus tiempos inertes y un grueso error (Studio 54 abrió recién en 1977), pero en conjunto el libro es extraordinario, en particular por la tremenda fuerza emocional, con pasajes que golpean como una maza.

Hay otra cualidad importante. Es un producto very Irish, lo que le permite conectar con la sensibilidad latinoamericana. La irlandidad -si es que existe la palabra- implica dosis de angustia y culpa, la fe que flaquea, la importancia decisiva de la familia, la búsqueda de pureza (aunque sea en una acrobacia), el misterio de la ausencia de Dios, la esperanza. Es decir, una abstracción, una noble intención metafísica, siempre agita la trama.
Guillermo Belcore
Publicado en los suplementos de Cultura de La Prensa y La Capital de Mar del Plata

Calificación: Muy bueno

PD: Creo que la banda sonora de la novela podría ser este tema.

PD II: Me duelen las muelas de repetir que la buena novela exige un trabajo casi inhumano, incluso trabajo de campo. Así lo explica McCann en El País.

domingo, 1 de agosto de 2010

Piedra infernal

Malcolm Lowry
Tusquets. Novela de 126 páginas, edición 2010. Precio aproximado: 40 pesos

Se dice que Malcolm Lowry, el pobre niño rico que odiaba a su padre puritano y ferozmente abstemio, es el más grande de los escritores alcohólicos. Nació en Inglaterra en 1909 y murió en Canadá en 1957, ahogado en su propio vómito. Amó la música, el mar y los deportes, pero dilapidó casi todo su tiempo metido en borracheras. Publicó en vida, gracias al amor de sus mujeres y la veneración de un editor loco, dos novelas, una de ellas un texto imprescindible del siglo XX. El resto de su producción es póstuma y en ella relumbra especialmente este librito al que Lowry consideraba como parte de una trilogía. Si Bajo el volcán, su obra maestra, representaba el averno, Piedra infernal simboliza el descenso al purgatorio.

Como todas las demás, la novela es autobiográfica y rezuma angustia espiritual. En 1935, el escritor fue encerrado una temporadita en el Hospital Bellevue de Nueva York con el corazón destrozado y el whisky burbujeando en las venas. La experiencia en el manicomio la condensó en poco más de cien páginas con una poética admirable. Todo el universo luce embadurnado de desastre. Lowry trabajo casi veinte años en el libro, lo colmó de metáforas ingeniosas, personajes interesantes y lúcidas apreciaciones, pero nunca se sintió satisfecho.

Obsérvese la primera frase del libro; es perfecta y combina dos pasiones del autor:

"Un hombre sale a primera hora de la mañana de una taberna del puerto, con el olor del mar en la nariz y una botella de whisky en el bolsillo, y se desliza ligero sobre los adoquines como un barco que se hace a la mar".

El alter de ego de Lowry se hace llamar en el loquero Bill Plantagenet, aunque al principio se había presentado como S.S. Lawhill (el hombre que creía ser un barco). Pianista fracasado, traba amistad con un viejo judío que no tiene un ápice de loco, un niño asesino aficionado a un curioso simbolismo y un negro que no puede quedarse quieto. Sufre hermosos delirios, sufre un miedo peor al que aparece cuando uno debe dejar de beber al acabarse el dinero. ¿Merced a que milagro se dan también el amor y la compasión en la antesala del infierno?, se pregunta. Las historias son de cosas que se hunden, que se desmoronan, que se vienen abajo. La trama es circular. Bill concluye donde empezó, en una taberna, arrumbado en posición fetal. “Nunca iba a intentar algo para que lo que no tenía tiempo: enfrentarse de verdad al mundo”.
Guillermo Belcore
Publicado hoy en lo suplementos de Cultura de La Prensa y La Capital de Mar del Plata

Calificación: Bueno

miércoles, 28 de julio de 2010

Colum McCann en Masamadre

Diario de un lector apasionado XV

Olleros 3900. Martes. 13.00 PM

Cierto espíritu de flaneur (manía ambulatoria, se queja mi compañera) me condujo hasta el barrio de Chacarita en busca de una de la maravillas del universo: panes saborizados. Olleros y Fraga, Masamadre (foto); “la casona del pan y la poesía", alguien no ha vacilado en afirmar. No salí defraudado, aclaro de entrada.

Poca gente (ideal para abandonarse al goce de la lectura), una carta que abomina de la carne, mesas de madera, amplísimos ventanales, paciencia del personal con los tipos extravagantes como yo. Encargo un sánguche de milanesa de avena completa (sin cebolla, no puedo verla ni dibujada). Viene con huevo, rúcula, papas al horno y una ensaladita. “No soy yo si no bebo todos los días un café con leche”, le explico a la cordial mesera que me mira como diciendo: “todos los locos me tocan a mí”.

Primera sorpresa: una panera enorme con distintas variedades y sabores. ¡Guau! Lo acompaña una pasta de porotos negros para untar, riquísima. Me abduce mi último descubrimiento: Colum McCann, un escritor irlandés que revela el lado sórdido, corrupto, tercermundista de Nueva York. Es otro ejemplo cabal de que la novela, tal como la conocemos desde el siglo XIX, -desde que la burguesía se hizo con el control de la historia-, goza de buena salud. Acabo de escribir unas líneas al respecto en Eterna Cadencia.

Estoy leyendo, por encargo del diario La Prensa, Que el vasto mundo siga girando de McCann. Un libro fascinante que pone en juego más de un recurso estilístico. El eje de la trama es una hazaña de 1974: un acróbata francés recorrió la distancia que separa las dos Torres Gemelas sobre una cuerda floja (un cable de acero), ¡a ciento diez pisos de altura! La proeza une distintos destinos individuales, entre ellos el plato fuerte de la novela: un sacerdote irlandés consagrado a la Teología de la Liberación, que misiona entre las prostitutas del Bronx, en el borde del mundo.

McCann se documentó con rigurosidad. Corroboró que el trabajo de campo también es importante para la construcción de una novela que aspira a retratar una porción de la realidad y a denunciar el sistema que obliga a hacer cosas depravadas a la gente. El profesor universitario acompañó a los policías en sus rondas. Recorrió esas viviendas subvencionadas de Nueva York donde Dios suele ausentarse, donde se mata y se golpea por azar, y donde que te atraquen es un ritual. Otro día, otra pena. Pienso en nuestro Fuerte Apache, en los monoblocks de Dock Sud o de Soldati, o en el barrio Carlos Gardel de Palomar donde alguna vez tuve que entrar a entrevistar a una fuente con el corazón en la boca (nadie me tocó un pelo).

El esfuerzo, la seriedad y la dedicación del novelista se perciben en el producto final. También en la gastronomía. Llega mi brunch. Segunda sorpresa: el café con leche viene en un tazón tamaño extra large, que sólo se me ocurre comparar con el que me sirvieron hace tiempo en una pulpería de Lobos. ¡Qué felicidad! Que sirvan estas líneas, entonces, como recomendación de Masamadre y de la novela consagratoria de Colum McCann.
Guillermo Belcore

PD: ¿La cuenta en Masamadre? Treinta pesos. Excelente combinación precio, cantidad, calidad.

sábado, 24 de julio de 2010

Thomas Mann. Cuentos completos

"Los artistas me llaman burgués y los burgueses han querido encerrarme en la cárcel"
Thomas Mann

Cualquier canon del siglo XX incluye a Thomas Mann (1875-1955). Cualquier catálogo de novelas oceánicas, es decir de aquellos alardes de ambición e ingenio que fagocitan una era y la convierten en bellas letras, ostenta dos o tres de sus libros. Cualquier descripción del arte en la Edad Burguesa, seleciona como modelo a un intelectual que se inventó a sí mismo como faro de la cultura alemana y que encarnó lo mejor de su estrato social: cortesía, moral del trabajo, escepticismo, decencia, discreción. Y también compromiso con los ideales: "Cada ser humano razonable debería ser un socialista moderado'', sentenció el paladín de la República del Weimar. Siempre es saludable, entonces, que se reimprima la obra narrativa de un escritor sublime que además es considerado paradigma de la modernidad y arquetipo del intelectual que vive de y para la literatura.

El sello Edhasa publica Cuentos completos de Thomas Mann. Sólo el título merece una objeción. Se queda corto. El volumen de casi mil páginas trae no sólo decenas de relatos, sino también el conjunto de novelas breves, algunas íconos contemporáneos como Muerte en Venecia (1912). La crítica coincide que son tan complejas, profundas y rebosantes en símbolos e ideas como esos mamotretos donde el genio de Mann brilla con la potencia del sol del trópico aunque se mueve, a menudo, con desesperante lentitud. Permiten apreciar la evolución de un estilo y recogen, casi todas, algún fragmento autobiográfico, sea el entorno familiar, las vacaciones en Italia o bien las secretas apetencias de un caballero tieso y elegante, "digno hasta un punto menos que la rigidez" (Carlos Fuentes dixit), pero con un costado sórdido, como cualquiera de nosotros.

Harold Bloom y George Steiner coinciden en que Mann fue el único heredero de Goethe en el siglo de las masas. La influencia es notoria. El lector recordará que Mann reescribió el Fausto. Pero no fue la única hazaña. En este volumen, se encuentra el excelente Tonio Krueger (1903), emparentado con Las desventuras del joven Werther. El protagonista es el vástago de una distinguida familia de comerciantes hanseáticos que decide abrazar la carrera literaria. No logra superar la melancolía; piensa y habla como un Nietzsche. Llega a la conclusión de que todo lo que puede expresarse con palabras ya está podrido. El relato condensa, por otro lado, Los Budenbrook, novela con la que el autor saltó a la fama.

Decía Mann que "el novelista debe ser capaz de recoger muchos hilos humanos en la urdimbre de una sola idea". Si de hilos se habla, no resulta difícil encontrar el de color dorado que une cada una de sus composiciones: el pasmo, el temor reverencial y la alegría vergonzosa ante el hecho de que existen fuerzas más poderosas e interesantes que la razón y la virtud. Resistirse es inútil, como salmodian los Borg. Lo que el corazón -o mejor dicho el instinto- ordena es un mandato con la energía suficiente como para destruir la civilización. "No se puede vivir psíquicamente de no querer'', concluye el artista".

En La Ley (1943), nouvelle en la que se examina la creación no digamos del judaísmo sino de toda la conciencia moral de Occidente, una princesa egipcia es la que sucumbe al "instante de placer desenfrenado y homicida". Moisés, páginas adelante, se pierde en una etíope caoba y voluptuosa. En Desorden y dolor precoz (1925), el profesor Cornelius, una eminencia en historia de la España inquisitorial, siente un amor no del todo irreprochable por su hijita Lorchen. Sin embargo, es en Muerte en Venecia donde el desquite de las pasiones reprimidas constituye el eje primordial del relato.

La inmolación del venerable Gustav von Auschenbach, enamorado como una colegiala de un muchachito polaco y degradado a la categoría de petimetre, ha atrapado la imaginación de todas las generaciones. Es un escrito fundamental -como El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, al que tanto se parece- porque desnuda la ambigüedad de la naturaleza humana. Nos coloca ante la terrible evidencia de que hay algo en nuestro interior, siempre al acecho, capaz de derrumbar todo lo que laboriosa y dignamente hemos edificado. "En el mundo -nos avisa el artista- la fidelidad es imposible".

La brillante indagación de las tinieblas de la personalidad no se limita a la psiquis individual. Otra cima del tomo es el cuento de cincuenta páginas Mario y el mago (1930). Se ha querido ver en el temible hipnotizador Cipolla, un caricatura de Mussolini. La voz del autor se alza aquí contra el zafio abuso del poder. Thomas Mann constata que la imposición y la privación de la voluntad por parte de fuerzas oscuras también se da a la escala de un sala de variedades o incluso de un país entero: "Y el pueblo se permite forjarse la bella ilusión de que todo es simplemente teatro", se lamenta un hombre que sufrió en carne propia la maldad de los nazis.

Esa antinomia entre espíritu glacial vs. sensualidad ardiente, e incluso abyecta, el escritor la ramifica en subtemas fascinantes como la relación líder-masa (Moisés frente al pueblo elegido); la literatura como camino a la comprensión ("la nausea del conocimiento") que se opone al arte de vivir; naturalismo vs. arte abstracto; y hasta se plantea el contraste entre pueblos nórdicos y cultura mediterránea. Thomas Mann, a ojos vistas, quiso tener un pie en ambos lados.

Belleza olímpica
La producción de Mann no sólo emana sabiduría y permite respirar una atmósfera cargada de historia; también seduce por la belleza majestuosa del estilo. Se lo suele considerar una bisagra entre dos siglos: el último estertor del realismo decimonónico pero matizado con procedimientos modernos, como el manejo del ritmo: se acelera o ralentiza según los caprichos del creador.

La prosa tiene la hermosura del mármol: es fría, monumental, irónica por momentos, un punto decadente, nunca jocosa, proclive al giro ornamental y a las cláusulas subordinadas como si de un ensayo de filosofía se tratase. El que busque diversión que se vaya con sus petates a otro lado, aunque a menudo el son de mofa suscita alguna que otra media sonrisa. Es, por lo general, una literatura tan seria como su autor. El retrato de las especies humanas delata una inteligencia agudísima nunca corrompida por la corrección política. Obsérvese este párrafo típico:

"La niñera Anna también ha entrado en la habitación y contempla la escena desde el umbral con las manos plegadas: con su delantal blanco, el peinado oleoso, ojos de ganso y una expresión en la que se dibuja la severa dignidad de las mentes limitadas. 'Los niños -declara orgullosa de su buena cuna e instrucción- se están desdoblando estupendamente'. Recientemente se ha hecho sacar diecisiete raigones purulentos de la dentadura, para lo cual ha encargado una dentadura postiza regular de dientes amarillos con un paladar de caucho de color rojo oscuro que ahora embellece su rostro de campesina. Se ha apoderado de su espíritu la singular idea de que su dentadura constituye tema de conversación en toda clase de círculos, de que incluso los gorriones pían este asunto desde los tejados''.

La magnífica combinación entre fórmulas ceremoniales y riqueza expresiva, refinamiento y depravación denotan que el Premio Nobel de Literatura 1929 no fue uno de esos escribidores del montón cuya profesión burguesa son las letras, sino un artista predestinado y condenado a serlo. El abismo entre estas dos estirpes de escritores (la del olvido y la del Parnaso) mantiene aún su vigencia.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Excelente

martes, 20 de julio de 2010

Tratado de los excitantes modernos

Honoré de Balzac
Libros del Zorzal. 61 páginas. Edición 2010.

Como este comentario nace y muere en el blog, me tomaré la licencia de abusar de la primera persona con el propósito loable -creo- de transmitir una muy agradable experiencia de lectura. Recomendaré aquí un librito rebosante de cosas necias, curiosas y divertidas. Fue engendrado como un ensayo moral, una advertencia a los gobernantes de la influencia en los destinos humanos de aquello que ingresa por lo boca. Pero hoy no puede ser leído sino como una parodia jocosa. He quedado como un idiota, riendo a carcajadas, ante los parroquianos del bar de mala comida y buena bebida que frecuento para escindir mi tensa jornada laboral.

Honoré de Balzac (1799-1850) sostiene, con rigor científico, que el descubrimiento del chocolate ocasionó la decadencia de España, justo cuando estaba por reinstaurar el Imperio Romano. Holanda será siempre de quien quiera conquistarla por ser un pueblo de fumadores. Cuando Alemania abandonó la moda de la pipa, se convirtió en una nación belicosa. El té es la causa no sólo de la hipocresía británica, sino también de que sus mujeres sean palidas, enfermizas, habladoras, aburridas y sermoneadoras.

Estamos pues ante una obrita deliciosa, que no tiene un gramo de grasa. Es el fruto del novelista por excelencia -Balzac escribía hasta quince horas de una sentada- cuya prosa, en sus mejores momentos, era tan luminosa y vivificante como el sol de octubre en Buenos Aires. Trata sobre las consecuencias que el alcohol, el azúcar, el té, el café y el tabaco tienen sobre el individuo y sobre la Patria. Una generación no tiene derecho a degradar a la siguiente.

Copio un párrafo sublime para que se constate la excelencia del estilo y el sabroso planteo naturalista. Como se recuerda, Balzac se propuso hacer con la gente lo mismo que los biólogos hacen con los animales: estudiar el medio en que viven, clasificarlos en especies y mostrar en que se diferencia una especie de otra:

“Conozco un experimento secreto que haré publico aquí en beneficio de la ciencia y del país. Una mujer muy amable, que quería a su marido lo más lejos posible de ella -caso extremadamente raro y digno de ser mencionado- no sabía cómo alejarlo en el marco del código. El marido en cuestión era un ex marino que fumaba como un piróscafo. Ella observó los movimientos del amor y comprobó que aquellos días en que, por una circunstancia cualquiera, su marido consumía menos cigarros, se mostraba, como dicen los puritanos, más “urgido”. Prosiguió con sus observaciones y descubrió una correlación positiva entre los silencios del amor y el consumo del tabaco. Cincuenta cigarros o cigarrillos (llegaba a ese extremo) fumados, le valían una tranquilidad tanto más codiciada cuanto que el marino pertenecía a la extinta raza de los caballeros del Antiguo Régimen. Entusiasmada con su descubrimiento, le permitió mascar tabaco, hábito que él había sacrificado a pedido de su mujer. Al cabo de tres años de mascar tabaco, fumar pipa, cigarros y cigarrillos, ella se convirtió en una de las mujeres más dichosas del reino. Tenía el marido sin el matrimonio (mascar tabaco acaba con nuestros hombres, me decía un capitán de barco reconocido por su genio de observación”.

Libros del Zorzal se ha especializado en quitarle a las gemas del siglo XIX el polvo del olvido. ¡Tres hurras por la audacia! De La comedia humana han entresacardo unas líneas magníficas que colmaron de felicidad una tarde que pintaba como cualquier otra.
Guillermo Belcore

Calificación: Excelente

sábado, 17 de julio de 2010

Sangre derramada

Asa Larsson
Seix Barral. Novela policial, 462 páginas. Edición 2010. Precio aproximado: 80 pesos

La teoría ricardiana de las ventajas comparativas sugiere que cada nación debe especializarse en aquello que produce con absoluta eficiencia y seriedad. Los estadounidenses deben hacer películas; los argentinos, cuentos; y los suecos, novelas policiales. Asa Larsson (Kiruna 1966) es la nueva estrella escandinava. Sus libros tienen el encanto de lo ordinario; sus detectives son, por así decirlo, anti Marlowe. No tienen siempre en los labios una respuesta ingeniosa ni son caballeros andantes: se trata de personas común y silvestres que deben lidiar, por ejemplo, con el hecho de que al marido no le place cooperar con la limpieza de la casa. He aquí, pues, una seductora vuelta de tuerca en el género. Bienvenidos, al policial pedestre, donde los sentimientos y la indagación psicológica de la gente como usted y como yo son más importantes que la acción y el suspenso.

Llega ahora al castellano la segunda novela negra de Larsson, que data de 2004 y también rebosa de heroínas. Se recomienda al público leer antes la primera (Aurora boreal), pues los personajes aún sangran por las viejas heridas. La abogada Rebecka Martinsson regresa a Kiruna, en la Laponia, donde nació y dos años atrás había liquidado a balazos a tres peligrosos malandrines. Sin quererlo, se involucra con otro homicidio ritual: una belicosa pastora feminista apareció colgada y desangrada en una parroquia. La policía está desconcertada, hasta que Rebecka tropieza con una pista prometedora. En forma paralela, se narra otra historia cautivante: Larsson revela la dura vida de los lobos del Artico. El viejo truco de enseñarle algo al lector.

Definitivamente, la autora detesta a los clérigos. Se lanza aquí al asalto de uno de los últimos bastiones del machismo sueco: una exclusiva asociación de cazadores. A eso se limita la crítica social que, como se sabe, es un elemento crucial en la novela negra. Pero en rigor, el libro nunca deja de ser atractivo; la intriga está muy bien dosificada, la prosa es ágil y correcta (pero sin vuelo), y el exotismo nos atrae como ciertos vicios espléndidos. La historia se desarrolla en una sociedad civilizada y respetuosa de la ley donde el frío es como el puño de Dios. Implacable.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Bueno

PD: Este blog incluye la reseña de la primera obra de la señora Larsson. Pinche aquí.

miércoles, 14 de julio de 2010

Modos del ensayo. De Borges a Piglia

Alberto Giordano
Beatriz Viterbo. Ensayo de literatura y arte. 287 páginas. Edición 2005

En Otro poema de los dones, Borges agradece a Dios por Schopenhauer, que acaso descifró el universo. Del profesor Alberto Giordano (Rufino, 1959) podría decirse lo mismo que del uruguayo Emir Rodríguez Monegal: acaso su voz sensata haya descifrado a Borges.

El sello Beatriz Viterbo corrigió y enriqueció una obra de 1991. La reimpresión es oportuna, las mejores páginas son las más recientes. Con prosa algo recargada pero henchida de sabiduría, Giordano examina el arte del ensayismo en escritores trascendentes. Salen a la luz métodos de composición, artimañas disimuladas y experiencias de lectura. También se hace psicoanálisis de algunas figuraciones intelectuales.

Los primeros capítulos desmenuzan al autor de El Aleph. Giordano venera dos hazañas del mejor escritor que dio el idioma español: la lectura asombrada de una obra desde el detalle curioso, y la ética del lector inocente. Destruye una rara interpretación de Beatriz Sarlo, quien identifica a Borges con el formalismo. Revela una sutil traición a la amistad en el prólogo de La invención de Morel.

Sigue en el tomo la presencia discreta de Bioy Casares, prudencia hecha tanto de reserva como de identidad. Por sus digresiones irrumpe la vida. Espeja luego a José Bianco con Sainte-Beuve. Del autor de Las ratas, sopesa los fragmentos teóricos y el amor incondicional a Proust.

Por incompletas, las vivisecciones de David Viñas y de Ricardo Piglia quizás no estén a la altura del resto del libro (no estoy en condiciones de evaluar el abordaje de Oscar Masotta). Pero los dos trabajos sobre Julio Cortázar merecen el rótulo de excelentes. El narcisismo solapado y autoritario recibe una paliza. Al parecer, Cortázar era de esos sujetos que cuanto más reconocimiento tienen, más lo necesitan; o peor, menos toleran su falta. Es decir, la afinadísima táctica de mostrarse como sea.
Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

PD: Dice la gente de Beatriz Viterbo que sus libros son para "lectores de lujo". Este libro, esclarecedor, justifica la propaganda.

sábado, 10 de julio de 2010

Los años

Virginia Woolf
Lumen. Novela. 491 páginas. Edición 2010. Precio aproximado: 65 pesos.

El tiempo no para y ello comporta una tragedia para las personas; la vida cambia sin cesar; la degradación es irrevocable, los rostros más hermosos se marchitan. Este es el tema del libro más vendido de Virginia Woolf. Se enriqueció con un largo tiempo de maduración (iba a ser un ensayo en un primer momento) y fue publicado en 1937, cuatro años antes de que la escritora inglesa -una mente originalísima- se arrojara en las fauses del río Ouse con los bolsillos del abrigo rebosantes de piedras. Los años es una novela convencional, aunque muy bien construida, acaso la más alejada de los polémicos experimentos literarios de Virginia. Aun hoy sigue proporcionando una gozosa experiencia de lectura.

Se narra la historia de una familia de clase media alta: los Pargiter. Cada capítulo (excepto el primero) ocurre en un día de un año determinado: 1880, 1891, 1907, 1908, 1910, 1911, 1914, 1917, 1918 y “Los días presentes”. Comienza con una bellísima descripción de la estación del año (el procedimiento poético también se usa como separador) y luego se van engarzando una suerte de escenas teatrales. No se apela al tono épico, son episodios corrientes y banales, como una fiesta, un velorio o un viaje al campo. Los personajes son como gente disfrazada que representa un papel, todos parecen frotados con una gamuza, relumbran, “cruzan la estancia con el aire de un buque que entra en puerto“. Los diálogos se ciñen a la convicción de que generalmente sólo hablamos tonterías. Las reflexiones son fragmentarias, porque "no pueden ser de otra forma". En ese ambiente de cuadro, circulan en puntas de pie las ideas, los ideales, las modas que astillaron a la ceremonial y pomposa Inglaterra y permitieron, entre otros progresos, la dignificación progresiva de la mujer.

Virginia Woolf ama a los personajes “humanos”, los que rompen las ataduras y no viven “como tullidos encerrados en una caverna“, especialmente las mujeres. Hay en su escritura la típica fascinación anglosajona por las emociones. Se dice que los ingleses recién descubrieron en 1997, con la muerte de la princesa Diana, que expresar los sentimientos es algo bueno y saludable.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Muy bueno

PD: Cuando tengo en mente el concepto platónico de “novela”, pienso en libros como éste. La Universidad de Adelaida (Australia) permite leerlo entero en inglés.

PD I: He estado hablando sobre esta gran obra en un programa de radio. Quien desee escuchar el comentario puede pinchar aquí.

martes, 6 de julio de 2010

¿Un compadrón es un barrabrava?

Es posible que Jorge Luis Borges haya depurado a la literatura argentina de fealdad y torpeza, al menos hasta el día de hoy, cuando su poderosa sombra casi se ha desvanecido y se puso de moda nuevamente el vicio de escribir mal. Digo esto en relación a una novela del Centenario que me ha cautivado, incluso por sus disparates que son legión y evidentes. Manuel Gálvez publicó Nacha Regules años antes de Borges. Por ello, pudo infligirle a sus lectores expresiones arltianas como “las lágrimas hacinábanse en sus ojos” o “el dolor desenclaustró (!!!) del alma de Monsalvat palabras consoladoras que él mismo no sabía de donde las sacaba”…

Establece Abelardo Castillo -un crítico excelente- en su último libro que no se trata de una tara argentina: en esa época el novelista en español promedio escribía de manera afectada y defectuosa. Existía, además, cierto gusto enloquecido por la sinonimia que llevaba a emplear, por ejemplo, vocablos espantosos como “soliloquiar”. Pecados venales. Sirva esta entrada, en todo caso, como segunda recomendación de la novela de Gálvez. El lector tropieza también con pasajes de ruda belleza y de esclarecedor valor sociológico, como el que quisiera compartir con los amigos del blog.

En la página veintiséis, hay un párrafo fascinante de Gálvez que demuestra que el barrabrava (compadrón o rastacueros, lo llamaban por entonces) es una institución nacional, un producto típico de la Argentina, como el dulce de leche o los políticos ineptos:

“Individuo de esos que abundan entre la gente porteña. Rastacueros, exhiben sus pesos y sus mujeres. Viven maritalmente con una muchacha bonita, pues si así no lo hicieran, si no tuvieran “hembra” se sentirían sin prestigio. Pasan las noches en los teatros y cabarets con otros amigos y sus queridas. Beben champaña, hacen ruido, molestan, hablan a gritos, “titean” a algún “candidato” ocasional. Son rumbosos, agresivos, audaces. ¡Cuidado del que mire a sus mujeres! El revólver les abulta el muslo derecho y es habitual apéndice de su mano. A las mujeres las tratan sin delicadeza, ni ternura, ni simpatía humana. Y sin embargo, las mujeres se ligan fuertemente a ellos, tal vez porque los consideran “muy machos”, porque saben lucirlas y porque la violencia del instinto es tan grande en ellos que les hacen inagotables en el amor. Algunos de estos patoteros tienen un título de abogado, o llevan un apellido notorio. Son todos carreristas y jugadores. Viajaron por Europa, injuriando, con su arrogancia y su rastacuerismo, a las gentes civilizadas. En París, iban siempre acompañados de prostitutas, y escandalizaban en tabernas y cabarets para mostrar su gracia y su coraje criollo. Mezcla de bárbaros y civilizados, de compadritos y personas decentes, constituyen la descendencia urbana de Juan Moreira. Seres sin escrúpulos, ni moral, ni disciplina, no tienen otra ley que la de su capricho”.

PD: Quien desee ampliar la información puede pinchar aquí.

sábado, 3 de julio de 2010

Nacha Regules


Manuel Gálvez

Eterna Cadencia. Novela, 283 páginas. Edición 2010.

Son realmente deliciosas las excusas que Manuel Gálvez (Paraná 1882-1962) garabateó en sus memorias para justificar la temática y el mensaje de esta gran novela. Se esfuerza en aclararle a la posteridad que él no es ningún maximalista y que no hay atisbo de rojerías en el imperioso llamado que había formulado medio siglo atrás: “la única ocupación de un hombre digno y bueno es luchar por los oprimidos”. Dice que se inspiró en la doctrina cristiana. ¡Pues claro! Si con alguien se emparenta Fernando Monsalvat, el protagonista del libro, en su cruzada para redimir a una mujer pecaminosa es con el pedagogo Naphta de Tomas Mann. No es casualidad; Gálvez fue educado por los jesuitas. “Hay que imponer a la fuerza, aunque fuese a sangre y fuego, el mutuo amor de los hombres, enseñar a esos que se dicen cristianos, cómo debemos amarnos los unos a los otros”, brama Monsalvat, el bastardo antiliberal.

Un sello editorial ha recuperado el libro más exitoso de un prolífico artesano del naturalismo criollo. La historia de amor y redención transcurre en los años del Centenario, por lo que los parangones son inevitables. Hoy y entonces, “Buenos Aires es un vasto mercado de carne humana”, los sueldos bajos provocan penurias, y el liberalismo económico “es ese inicuo sistema que parece inventado por los ricos para seguir explotando a los pobres”. Nacha Regules es un muchacha hermosa obligada a prostituirse por el Destino y la Injusticia Social (sí, siempre Gálvez los evoca con mayúsculas).

Trae el volumen un buen prólogo de Aníbal Jarkowski. Nos recuerda que Gálvez pretendió remedar, tardíamente, la representación entera de una sociedad a través del realismo. Es decir, quiso emular a Zolá. Empero, sus ñoñerías, su lirismo ingenuo (con algunas metáforas ingeniosas), su espantosa sensiblería lo condenaron a ser un romántico. Por momentos, da la impresión que la novela fue concebida para el melifluo cine argentino. En otros capítulos, en cambio, deslumbra. Hay incluso una extraordinaria galería de personajes secundarios como el Pampa Arnedo, un compadrón. Gálvez fue uno de esos narradores enfáticos y obsesionados por la moraleja que hasta en sus errores resulta encantador. Un Arlt para señoras.
Guillermo Belcore

Una versión más corta se publica en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Bueno

PD: Otro valor añadido de este libro muy interesante es que nos permite atisbar los pliegues más sucios del milagro argentino. Cien años atrás la explotación laboral era pavorosa. Galvez, el ídolo del patriciado nacionalista, denuncia en la página doscientos seis:
… “La poderosa institución para cuya grandeza trabajaba arrojábale por mes treinta pesos. ¿Es preciso que aquella muchacha desgraciada, aquella hija de la tierra argentina, sufriese para que los accionistas de Londres recibieran magníficos dividendos... El ídolo Dividendo exige un monstruoso altar construido por el dolor y la humillación. Para formar un buen tanto por ciento se necesitan océanos de lágrimas”...

jueves, 1 de julio de 2010

De qué hablo cuando hablo de correr

Haruki Murakami
Tusquets. Autobiografía, 230 páginas.

A la una y media de la tarde del 15 de abril de 1978, un japonés de treinta y un años, dueño de un bar pero sin profesión definida, miraba tumbado en la hierba del estado Jingu un partido de béisbol mientras tomaba una cerveza. Desde un cielo despejado algo descendió suave y silenciosamente sobre el solitario observador. En ese preciso instante se dijo: "Ya está, voy a probar a escribir una novela".

Así comenzó la carrera literaria del cautivante Haruki Murakami. Narra su epifanía en este modesto texto, una especie de memorias que gira en torno al hecho de correr, incluso hasta cien kilómetros por día. Con el talante de un Camus, Murakami confiesa: "la mayoría de lo que sé sobre la escritura lo he ido aprendiendo corriendo por la calle cada mañana de un modo natural y práctico''.

La legión de admiradores del discreto Murakami (es el escritor más vendido en Occidente pero concede poquísimas entrevistas) recibirán con expectación el volumen, pues es lo más parecido a una autobiografía que ha publicado. No se priva incluso de revelar manías. Los amantes del footing, esa pasión inhumana, se sentirán seguramente interpelados. Y el resto de los lectores podrá disfrutar no mucho: alguna poética, el vaivén entre sabiduría y perogrullada y las espléndidas metáforas. Como siempre, todo viene servido con una prosa natural, fresca y con tendencia a buscar el fundamento de las cosas.

El libro eleva el acto de correr a un ámbito que roza casi lo metafísico. Describe un doble aprendizaje, que se confunde. Establece el autor que escribir novelas largas es básicamente una labor física. Se segrega una toxina que, a la larga, termina estropeando el equilibrio entre imaginación y vitalidad. Para tratar con cosas insanas (como el arte) las personas tienen que estar lo más sanas posibles. Una frase poderosa me ha dejado cavilando: "Cabría preguntarse si es teóricamente posible que un novelista sea objeto de aprecio por parte de alguien".
Guillermo Belcore

Calificación: Regular

PD: Soy murakamiano de corazón. Pienso que merece el Premio Nobel y me he trenzado en una cordial polémica con P.Z. en defensa de su honor. Pero admito que éste no es el libro ideal para abordarlo por primera vez, a menos claro que el lector sea un apasionado del correr como mi amigo A.C.