sábado, 24 de octubre de 2009

Broken

House, primer capítulo de la sexta temporada

Antes de que el tema caiga en manos de esos intelectuales snobs que sienten pánico de admitir en público que disfrutan de un entretenimiento plebeyo, quisiera aportar unas líneas sobre un suceso que fue compartido por millones de personas. Me refiero al capítulo doble con que se abrió la sexta temporada de Doctor House. Mi intención es abrir una discusión con los amigos que frecuentan este blog. ¿Qué les ha parecido el giro dramático de la serie?

Creo que Gregory House se ha transformado en uno de esos personajes de la ficción -como Sherlock Holmes o Aquiles, el de los pies ligeros- que a duras penas comprendemos que no existen en la realidad (¿pero que diablos es la realidad?). Me temo que el actor y músico británico James Hugh Calum Laurie ha muerto. Lo sobrevive su creatura. Conozco gente que ahora usa Nike para ir a trabajar cómodo, “como House”. El misántropo se ha convertido en parte de nuestra existencia. En mi condición de viejo sibarita literario, me deleito -como en los detectives Philip Marlowe o Lennie Briscoe- con la deliciosa artificiosidad de su habla. Siempre una ironía, una aguda observación sociológica o una estocada mortal al prójimo. Nadie habla así, pero debería hacerlo.

El capítulo doble del jueves transcurre por entero en el hospicio donde Greg había sido internado para curarse de las alucinaciones y la depresión que lo arrojaron al borde de la locura. Al principio, cómo no, se convierte en un elemento conflictivo. Está furioso por el encierro. Amotina o maltrata a los otros enfermos. Se traba en un combate cuerpo a cuerpo con el doctor Nolan, el director del neuropsiquiátrico, magníficamente interpretado por André Braugher, el negro calvo como un guijarro que encarnaba al detective Frank Pembleton en Homicide: life on the street, una buena serie policial de los noventa, ambientada en Baltimore, en donde surgió otro maravilloso carácter del universo de las series: el sargento John Munch. Bien, House roba un coche y sale de paseo con un interno que se cree un superhéroe. Quiere demostrar que los médicos están equivocados. Pero la travesura concluye en tragedia. Nuestro héroe admite al fin que necesita ayuda, se amiga con Nolan, hace terapia, se enamora de la cuñada de una paciente pero es defraudado, golpe emocional que finalmente lo cura.

Lo notable es que se ha decidido quebrar el esqueleto primordial del guión. Esta vez no hubo un dilema médico que House o su equipo deba resolver. El único de los antiguos que aparece -y sólo por unos pocos segundos- es el bueno del doctor Wilson. La trama se concentra en la desesperación medrosa del protagonista por ser un ser humano. ¿Seguirá la serie por este interesante derrotero, solo perturbado por los destellos de melodrama? Hago votos por la reaparición del doctor Nolan, un personaje muy interesante. He leído por allí que la hermosa Cameron se despide en esta temporada. ¿Acaso se nos obligará a presenciar la desintegración de su matrimonio con Chase? ¿House será el culpable? En fin, ardo de deseos para que llegue el próximo jueves.
Guillermo Belcore

Calificación: bueno
PD: El marketing es un virus terrible. He jurado comprarme la remera de House que se ve en este post, apenas llegue a la Argentina. Mi mujer promete no salir a la calle conmigo.

viernes, 23 de octubre de 2009

Un puñado de polvo

Evelyn Waugh
RBA. Novela, 271 páginas. Edición 2009. Precio aproximado: 80 pesos.

Considerado por muchos como el mejor escritor satírico de su tiempo, Evelyn Waugh (1903-1966) ha demostrado que detrás de la solemnidad de Inglaterra, del orden ceremonioso y las fórmulas pomposas, no hay absolutamente nada. Las clases dominantes, el clero, los prejuicios y el resentimiento del pueblo (la estupidez de todos) fueron las víctimas favoritas de su humor perverso y de su penetrante percepción de las relaciones humanas. Este libro, publicado en 1934, revela a Waugh en su plenitud novelesca. Se trata, por encima de todo, de una lectura placentera, a pesar de que la traducción se esfuerza por estropearla. Alguien puede imaginarse a una aristócrata de Londres respondiendo al teléfono “¡qué hay!”.

El tema principal es la degradación de un matrimonio que, a simple vista, funcionaba razonablemente bien. Anthony Last sólo aspira a representar el papel de perfecto señor feudal de Hotton, pero su adorable esposa -Lady Brenda Rex, hija de lord Saint Cloud- se encaprichó con un arribista de veinticinco años a quien nadie había podido encontrar algo para hacer. El adulterio tiene tintes cómicos y un giro dramático cuando un caballo desbocado mata al hijo de la pareja. El divorcio es lacerante. Un mundo gótico se desploma sobre la cabeza de Tony. Se convierte en explorador de tribus amazónicas para huir de la estridencia del caos.

La crítica piensa que Waugh labró esta hermosa novela para ajustar cuentas con un matrimonio fallido. Se nota que usa materiales derivados de experiencias de primera mano. Los diálogos son vivos y se tiene la impresión, siempre, de que los personajes son de carne y hueso. Las frases fluyen sin esfuerzo. Redondean una critica devastadora a esa obsesión inglesa por convertir la vida en una puesta en escena, donde nadie puede innovar y cada hombre y mujer debe conocer al dedillo el repertorio clásico. Medrosas pompas de jabón.
Guillermo Belcore
Esta reseña se publica en los suplementos de Cultura de La Prensa y La Capital de Mar del Plata el domingo 25 de octubre

Calificación: Bueno

miércoles, 21 de octubre de 2009

Delicias turcas

Jan Wolkers
Libros del Zorzal. Novela, 221 páginas. Edición 2009. Precio aproximado: 40 pesos.

Admirado por muchos pero aborrecido por otros, el escritor y escultor Jan Wolkers (1925-2007) fue uno de los iconoclastas que agitó la Holanda de posguerra. Un sello argentino publica ahora su novela más famosa, que Paul Verhoeven llevó al cine en 1973. Delicias turcas es un producto típico de los sesenta, cuando se creía que la dicha proviene exclusivamente del frenesí sexual y del desenfreno en general. Hoy, aún bajo la resaca de aquella fiesta, comprendimos que violar todos los tabúes es tan estúpido como respetarlos a rajatabla.

El libro narra una bella historia de amor. Un joven escultor se enamora de una voluptuosa muchacha de provincias; se enamora de sus nalgas pesadas, sus cabellos de fuego y su frescura. El matrimonio fracasa, empero, por las intrigas de la pérfida madre de la chica. El narrador evoca a su amada tristeza sin omitir detalle de las proezas sexuales. Puede que Wolkers haya querido vengarse de su severa familia calvinista. Cuando los editores le suplicaron en 1967 que reemplazara las palabrotas por latinismos, el escritor respondió así: “Incluso la Biblia tiene referencias sexuales”. La traducción actual es al bien gusto de los argentinos: el lector hallará los exabruptos frecuentes de nuestra mesas de café. Pero hay también geolectos adorables como piquito.

La prosa encadena, no sin destreza, giros dramáticos, golpes de efecto y crítica social. Salta de una imagen sensorial a otra con un vértigo muy estimulante. El desenlace resulta conmovedor. El único problema del libro es cada capítulo viene embadurnado con la descripción de alguna inmundicia, tipo el vómito de un perrazo durante una boda. Provocar sistemáticamente el asco nunca será un recurso estético encomiable. El recurso fatiga, cansa, coloca al lector a la defensiva: uno sabe que tarde o temprano llegará la patada en el estómago. El secreto de ser aburrido, escribió Voltaire, es decirlo todo.
Guillermo Belcore
Una versión más breve de esta reseña se publicará en el suplemento de Cultura de La Prensa el próximo domingo.

Calificación: Regular


PD: No es éste un libro que recomendaría a mis amigos con los ojos cerrados, aunque su precio es muy accesible. Me parece que confunde erotismo con exhibicionismo guarango, si bien el drama del final redime en parte los defectos. A esta altura, creo que la artimaña de epate le burgeois es tan anacrónica y ridícula como usar tiradores. No obstante, sugiero leer esta crítica entusiasta que se publicó en Página 12 para tener otro punto de vista:

lunes, 19 de octubre de 2009

Barbarie en la autopista

El moscardón imaginario XIX

El texto que leerás a continuación nada tiene que ver con la literatura, aunque se trata de un relato basado en hechos reales con ciertas pretensiones de estilo y un propósito de denuncia. Lo publicó el diario La Prensa en la sección Deportes el domingo pasado. El tema es el fútbol.

"No hubo un muerto por mala puntería. O porque no era el momento de nadie de morir. La Subsecretaría de Seguridad en Espectáculos Deportivos y la Policía Federal permitieron el viernes pasado a las 19.30 sobre la Autopista 25 de Mayo, de la mano que va hacia el centro, que se cruzaran las hinchadas de Vélez Sársfield y de Rosario Central. Una cabal muestra de ineptitud que casi concluye en tragedia, cuando aún está fresco en la memoria el asesinato de Emanuel Alvarez.

Los canallas llegaban tarde al estadio de San Lorenzo; los fortineros íbamos hacia Lanús just in time. Inexplicablemente, las dos caravanas convergieron en la autopista a la altura de Villa Luro, en medio del pesado tránsito de la tarde. Yo viajaba en un micro pacífico con mi hijo de dieciséis años. Había mujeres y niños. Escuchamos tiros y olimos pólvora. Mis vecinos vieron como una mano se asomaba en un colectivo de Central (de larga distancia, más alto) y disparaba hacia abajo casi a quemarropa. Dicen que la bala pegó en el vidrio trasero de un patrullero a nuestro lado. Nos arrojamos al piso; yo encima de Ramiro. La gente gritaba, todo fue un pandemonium y una gran indignación con los policías que no fueron capaces de prevenir un encuentro indeseable. Por cierto, los clubes pagan una buena cantidad por el servicio de seguridad. Y los funcionarios públicos cobran un sueldo.

Después -tarde y mal- la caravana fue detenida en Autopista 25 de Mayo y Richieri. La tarde-noche se había hecho añicos, teníamos la certeza de que la sacamos barata. Llegamos a Lanús con el partido empezado. A la salida, descubrimos con horror que de los veinte micros que nos llevaron, sólo habían quedado la mitad. Viajamos como ganado, con chicos vociferantes colgados del estribo. Otro colectivo se rompió y la materia demostró que no es impenetrable. Arribamos a Liniers al filo de la una de la mañana, totalmente entumecidos e irritados. Con mi hijo, nos prometimos que nunca más iremos a ver a Vélez de visitante. La estupidez de las autoridades y la demencia de los forajidos nos disuadieron.
Guillermo Belcore

PD: Un conocido escuchó ayer que hubo una confusión. Un señor con autoridad creyó que Rosario Central jugaba en la cancha de Vélez. Me cuesta muchísimo creer la versión. ¿Se puede ser tan idiota? Esto es la Argentina, alguien me dirá. ¿Qué funciona bien en este país? No sé que pensar.

domingo, 18 de octubre de 2009

El Día D

Antony Beever
Crítica. 762 páginas, Ensayo de Historia. Edición 2009.

Lugones sugería dejar a los suizos la fabricación de relojes; a los ingleses, la confección de trajes; y a los estadounidenses, el cine. La lectura de este monumental ensayo permite colegir que también debería ser exclusividad británica la historia militar. Antony Beevor es uno de los dos Tucídides de nuestro tiempo (el otro es John Keegan). Ha narrado con pericia la batalla de Stalingrado, la caída de Berlín, la guerra civil española. Combina amenidad con erudición, en dosis exactas. Publica ahora el relato, seguramente definitivo, de la invasión a Normandía.
Beevor se caracteriza por su dedicación a la microhistoria. Emplea técnicas del periodismo. Es un genio para captar el pormenor significativo. Las cartas del soldado raso son una de sus mil fuentes; las páginas están repletas de testimonios. Nos enteramos aquí qué comieron los ciento setenta y cinco mil soldados aliados la noche del desembarco; oímos los chistes que circulaban en la Wermach; nos mofamos del egocentrismo de los generales aliados y de Hemingway, el fatuo; conocemos las mil formas de matar a un ser humano que tiene la guerra. La reconstrucción de las ofensivas es minuciosa, lo que puede resultar algo aburrido para el lector corriente. Pero el libro, en general, se devora con fruición.

El erudito revela una carnicería ignorada durante la batalla que definió la Segunda Guerra. Decenas de miles de civiles murieron en bombardeos angloestadounideses, de escaso valor militar. Ciudades enteras fueron arrasadas. Normandía se convirtió en el cordero pascual que Francia aceptó sacrificar para apurar su liberación. Sorprende, además, la ferocidad de los combates. La tasa de mortalidad superó con largueza la del frente oriental. Fue tal la superioridad aliada (sobre todo en el aire) y la incompetencia del espionaje alemán que el resultado estaba cantado, a pesar de que las armas alemanas eran mejores y que el fanático nazi luchó más disciplinado que el recluta de las democracias. Se concluye que el martirio de los normandos no fue en vano: si el Día D fracasaba, la historia de Europa occidental hubiera sido diferente, hubiera sido funesta.
Guillermo Belcore
Publicado hoy en los suplementos de Cultura de La Prensa y La Capital de Mar del Plata

Calificación: Excelente

miércoles, 14 de octubre de 2009

Ciencia fringe

El moscardón imaginario XVIII

Una nueva serie de tevé me ha conquistado. Su nombre es Fringe y es la última creatura de J.J. Abrams, el factotum de Lost. Viene a completar ese incómodo vacío que nos había dejado a los ingenuos amantes del género fantástico la extinción de los Expedientes X y el fracaso de Millenium. La descubrí por casualidad en mis vacaciones en Puerto Madryn (no tengo cable en casa) y ahora disfruto de su llegada a Master Videoclub (Rivadavia 4654), ese templo del buen cine y la cordialidad. Cada CD trae tres o cuatros capítulos. Un buen programa para el sábado a la noche. A mi mujer también le encanta; se ha enamorado de los ojos, la voz y los pectorales del agente Charlie Francis. Pasó un mal momento en el episodio número diecisiete cuando una quimera transgénica atacó a Charlie. El bicho tenía garras de águila, cuerpo de tigre, cola de escorpión, colmillos de serpiente y piel de rinoceronte. Lo abatieron con balas explosivas calibre cincuenta.

Fringe arrastra la ciencia hasta el límite de lo grotesco. Plantea un caso inconcebible (por ej: personas sufren una muerte espantosa al cerrársele en minutos todos los orificios del cuerpo) y después nos ofrece una explicación racional (una toxina estimula el elemento de nuestro cuerpo que causa la cicatrización). Al igual que en X Files, los protagonistas son bienintencionados investigadores del FBI con mente abierta, aunque también hay de los otros. Existe otra similitud: los episodios siguen un esquema binario. La mitad refiere a espeluznantes casos independientes (por ej: un pulso enviado por Internet licua literalmente los cerebros) o narran una gran conspiración que involucra al Estado, el mayor contratista del Pentágono y a alienígenas.

En el capítulo catorce, nos enteramos por un manuscrito maldito de que existen universos paralelos. Los seres de otra dimensión conocen la forma de visitarnos. Los intercambios generaron un patrón de tragedias devastadoras e inexplicables, como el gran tsunami de 2004. Alguien parece estar usando la Tierra como laboratorio. Sólo uno de los dos universos podrá sobrevivir. Hay humanos que se han alistado en secretísimas organizaciones para combatir a los alienígenas, pero nunca uno puede estar seguro (he aquí uno de los aciertos de la serie) de qué lado está quién. Massive Dynamic un poderosísimo conglomerado militar-industrial es la clave del asunto. Se nos dice al pasar que su director, William Bell, es el Anticristo. Siempre que ocurre alguna catástrofe aparece un hombrecito sin un pelo en el cuerpo y vestido con severo traje, garabateando notas en un alfabeto desconocido. Se lo conoce como El Observador. Fascinante, ¿verdad?

La heroína se llama Olivia Dunham, agente especial del FBI con vínculos con otras organizaciones blindadas como la Dirección Nacional de Seguridad. Es una rubia dura de pelar, ex marine y ex sujeto de prueba con una droga (Cortexiphan) que limita las limitaciones de la mente. Se enamoró de John Scott, un recio compañero que, al parecer, traicionó a la Patria y murió en el primer capítulo, pero ella absorbió sus recuerdos y es capaz de seguir encontrándolo en un plano mental alternativo. Olivia lidera un equipo científico cuya estrella es el doctor loco Walter Bishop, cuyo coeficiente intelectual es comparable al de Einstein. Lo rescatan de un manicomio donde Washington lo mantuvo encerrado diecisiete años por un accidente mortal en su laboratorio y porque sabía demasiado. Es decir, sabe más de lo que recuerda. Ha hecho cosas monstruosas en el pasado, al servicio de generales y burócratas. Cada gramo de memoria que recupera, la serie da un brinco inesperado. Walter con sus manías, sus inmensos conocimientos, su inmoralidad científica y su sonrisa de idiota es el carácter inolvidable de Fringe. Lo asiste su hijo Peter, un rebelde con causa y sólidos vínculos con los bajos fondos. También tiene un CI superior a 190 y es un hombre de acción.

Fringe transcurre casi enteramente en Boston y Nueva York (está es una de sus debilidades). Adolece de los clásicos defectos del cine de acción de Hollywood: un malvado con una súper ametralladora puede reventar un pelotón entero, pero a la heroína las balas nunca le pegan. Hay episodios magníficamente filmados, con el vértigo de la trilogía Bourne. Como Ford esponsorea la serie, los chivos son descarados. El truco narrativo básicamente es el mismo que en Expedientes X: lo que conocemos como realidad no es, en realidad, la realidad. A mí, con eso y con un poquito más me basta para entretenerme.
Guillermo Belcore

Calificación: Buena

PD: Leo en la Wikipedia: “La investigación científica en un campo de estudio específico que se aparta significativamente de las principales teorías y ortodoxia y está clasificado en el "límite" (en inglés "fringe") de una disciplina académica digna de crédito. (…) Los conceptos fringe se consideran altamente especulativos o débilmente confirmados por la ciencia vigente. (…) Aunque existen ejemplos de apoyo de los principales científicos a ideas limítrofes dentro de su propia disciplina de especialización, muchas ideas fringe avanzan gracias a personas sin una formación científica académica tradicional, o por científicos que están fuera de la corriente principal de sus propias disciplinas”.

PD II: Aún no he llegado a ese capítulo, pero me enteré que Leonard Nimoy (¡El Señor Spock!) protagoniza el papel de William Bell. 

domingo, 11 de octubre de 2009

El otro lado

Jorge Consiglio
Edhasa. Cuentos, 171 páginas. Edición 2009. Precio aproximado: 40 pesos.


Tropezamos con ellos en el diario de la mañana o la televisión vespertina. Un gordo holgazán lastima a una mujer para robarle. Un barman acribilla a balazos a ex convictos. Un muchachón acuchilla al maleante amigo en una esquina de Villa Lugano. Dos ex boxeadores resuelven un pleito con efusión de sangre. O quizás el drama no llega a volverse público: una solterona decide deshacerse, sin decir agua va, de su madre postrada. Los cuentos del señor Jorge Consiglio (Buenos Aires, 1962) recrean esos sueltos de la sección Policiales.

He aquí pues una lúcida colección de perdedores. Fauna de tugurios o de hoteles de paso; carne de la mustia soledad; gente a la que le pesa el tedio del día. La clave del volumen es la entropía; es decir, la degradación que concluye mal. Los relatos -amasados a lo largo de diez años, según el autor- se organizan en dos hemisferios: La posibilidad de la derrota; La verdad de los otros. La segunda mitad es más ambiciosa (pero no más eficaz), cada uno de sus cuatro textos son el esqueleto de una novela o de una obra de teatro. El sagaz procedimiento de vincular un cuento con otro potencia el conjunto. La mayoría fueron escritos en rigurosa primera persona.


Consiglio, por fortuna, ha desdeñado el mal consejo de los snobs o de los mediocres: entiende que la literatura es el arte de escribir bien, a menos que uno tenga la potencia de un Roberto Arlt. No se trata de un gran estilista, pero urde su prosa con decoro e inteligencia. Es un narrador preciso, que seduce por sus virtudes clásicas. Lo mejor del volumen, empero, es el esculpido de los personajes, tienen la hondura y la ambigüedad necesaria como para resultar interesantes. Los diálogos nunca desentonan. El libro sitúa en primer plano, además, la espantosa banalidad del homicidio. Hundir el filo de un cuchillo en el pecho de un semejante es un juego de niños.
Guillermo Belcore
Publicado hoy en los suplementos de Cultura de La Prensa y La Capital de Mar del Plata.

Calificación: Bueno

viernes, 9 de octubre de 2009

Descenso al caos

Ahmed Rashid
Península. Ensayo de política internacional, 655 páginas

Entre el Mar Aral y el Océano Indico -entre la India e Irán- se extiende lo que el autor de este libro denomina La Región. Desde allí proviene casi la totalidad de la heroína que extermina a miles de desesperados. Allá, sigue oculto el enemigo número uno de Estados Unidos. Contiene un Estado crispado que ha desarrollado armas atómicas y cuyo complejo de inferioridad avivó hasta lo impensado el terrorismo internacional. Hospeda sectas del Islam que han ultrajado a Nueva York, Londres, Madrid, Bali y Bombay (la lista sigue) y que, con la entusiasta colaboración de una secta del Partido Republicano, convirtieron al mundo en un lugar cada vez más terrible.

Ahmed Rachid es un estudioso pakistaní que combina una penetrante capacidad de análisis con la más rigurosa investigación en el lugar de los hechos. Ha intercambiado ideas con decenas de personalidades clave de nuestra era, tanto en los salones influyentes de Washington como los refugios más tenebrosos del valle del Pansjhir. Nos revela en esta obra interesantísima, entre miles de datos, que Tony Blair es un fatuo y que Pervez Musharrad puso a Asia al borde de una guerra nuclear. Hay un capítulo estremecedor que narra el asesinato de Benazir Bhutto. Rachid ha fraguado un ensayo fundamental para esclarecer el fracaso de Estados Unidos en Afganistán, país desdichado que invadió en 2001 pero desdeñó reconstruir por culpa de la imperdonable aventura de Bush en Irak. Hoy, uno podría mantener cierto optimismo. Estados Unidos hace siempre lo correcto después de haber probado todo lo demás, sentenció Churchill hace setenta años.

La Región encierra a Afganistán, Pakistán y cinco ex repúblicas soviéticas. La degradación social y el fracaso estatal son el común denominador. La democracia tal como la conocemos es un lujo aún remoto para ese caldero de pueblos resentidos con justísima razón. No sólo la seguridad de Occidente depende de salvaguardar Asia Central; sus espasmos tienen el potencial para desestabilizar India, Rusia y China, vía Cachimira, el Cáucaso y el Turkestán. Este es el mensaje de este libro, imprescindible para el interesado en los dilemas de la geopolítica.
Guillermo Belcore
Una versión algo más corta se publicará el domingo próximo en los suplementos de Cultura de La Prensa y La Capital de Mar del Plata.

Calificación: Bueno

miércoles, 7 de octubre de 2009

Cuentos reunidos

Felisberto Hernández
Eterna Cadencia. Edición 2009

Este año será recordado por las reimpresiones. A Murakami, Guimaraes Rosa, Arlt y Lovecraft se suma ahora un cuentista extraordinario. El sello editorial demostró buen criterio al conservar el vocabulario, la sintaxis y la puntuación original de diez espléndidos relatos de Felisberto Hernández (Montevideo 1902-1964), uno de esos heterodoxos que confieren a la escritura una dimensión extraña y en el cual hasta los descuidos resultan encantadores. El volumen, lleno de ternura, trae un prólogo excelente de Elvio Gandolfo. Uno debería reproducirlo completo e irse a desayunar silbando bajito con la satisfacción del deber cumplido. Pero algo hay que decir. Siempre hay que decir algo, ese es nuestro drama. Se describirán entonces algunos textos representativos. Seres “locamente interesantes” pueblan las páginas.

Por los tiempos de Clemente Colling (1942)
El primer relato es extraordinario. Establece Gandolfo que “el modo en que Felisberto se mete con la memoria no se parece al de nadie“. A lo largo de casi ochenta páginas (¡aprendan, vagos!), el uruguayo revuelve los arcanos de un profesor de música ciego que cada vez que se bañaba era un acontecimiento público. En efecto, grandes virtudes y poca higiene definían al patético señor Colling. La evocación es melancólica, pero la sutil irrupción del humor alivia el conjunto. El punto de vista es nostálgico; el recurso de la prosopopeya (palabra fea si las hay) una de las gracias del texto. Leo en la página sesenta y siete está estupenda personificación: “el conventillo apretaba su boca negra, sucia y deshecha en el zaguán y el zaguán respondía al foco que se balanceaba en la mitad de la calle mascullando sombras contra la luz”.

El caballo perdido (1943)
Aquí también la apuesta narrativa es -en términos felisberteanos- una escrupúlosa búsqueda de los últimos filamentos del tejido del recuerdo. El pretexto es el amor frustrado del evocador con Celina, su profesora de piano cuando era un chico de diez años. Hay una morosa acumulación de metáforas y símiles sobre el íntimo acto de rememorar, una prosa impresionista y una audaz especulación filosófica: “los objetos tienen más vida que nosotros”. La azorada mirada infantil ante el femicuerpo (ese prodigio del universo) es una de las cimas de la escritura, a la que -quizás- le sobran algunas páginas.
El acomodador (1947)
Una noche, al despertar, un acomodador roñoso descubre en la oscuridad que una luz sale de sus ojos, una luz de infierno que brilla “como el triunfo de una enfermedad desconocida”. En el prólogo, Gandolfo resalta las semejanzas entre Felisberto y Kafka. Aquí se evidencian. El cuento marcha por el sendero del realismo sórdido y de pronto, con un chasquido de dedos, nos hunde en los abismos simbólicos del surrealismo. Un sabroso disparate que se comenta unas páginas más adelante. En Explicación falsa de mis cuentos (1955), el uruguayo dice: “mis cuentos no tienen estructuras lógicas”; traen “algo que se transforma en poesía si la miran ciertos ojos”; cada cuento “vive peleando con la conciencia para evitar los extranjeros que ella les recomienda”.

El cocodrilo
Este cuento (también Nadie encendía las lámparas) pertenece a la estirpe de los perfectos. El tono naif resulta encantador; la simpleza es sólo aparente. Testimonia las penurias del pianista Felisberto para ganarse la vida en pueblos de provincia. Imagina a un vendedor de medias -músico de profesión- que ha desarrollado el arte de llorar a voluntad. La intención de este hombre triste y pobre es tantear al mundo con cosas desacostumbradas. Hay una vaguedad eficacísima en todos los cuentos del volumen. Como escribió Guillermo Piro en su última novela, “sin imprecisión no hay poesía”.

Me despido del libro preguntándome qué tiene el diminuto Uruguay. No ha surgido en toda América latina un novelista como Onetti, un ideólogo como Galeano, un excéntrico como Mario Levrero, críticos como Rodríguez Monegal o Ángel Rama, un cuentista como Felisberto, confirmamos ahora. ¿Meditar sobre la uruguayidad es platonismo trasnochado? ¿Hay algún procedimiento que una a Onetti, Levrero y Hernández? Voy a arriesgar una hipótesis: el hilo dorado es la reflexión sensata, triste y modesta sobre lo incognoscible, sobre el ser inacabado, sobre el misterio que hay en cada persona puesta en el mundo. Nada menos.
Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

PD: Julio Cortazar también fue conquistado por Felisberto. Corroboralo en http://www.felisberto.org.uy/prolog_cortazar.html

domingo, 4 de octubre de 2009

Ubik

Philip K. Dick
La factoría de ideas. Novela de ciencia ficción, 253 páginas. Edición 2009.

Con Philip Dick (1928-1982), la filosofía bajó a las calles, escribió admirado Stanislav Lem. Esta novela, publicada, en 1969, lo evidencia. Con el formato del relato fantástico, redondea una visión metafísica, teológica incluso. Fue forjada por una espiritualidad que sondeó los abismos de las creencias gnósticas. El profesor Pablo Capanna, acaso el hombre que mas sabe sobre ciencia ficción en la Argentina, ha detallado en su biografía de Dick (Idios Kosmos, Cantaro, 2006) la extraña composición del libro: “Toda la primera parte de Ubik es convencional, y se parece a muchas novelas anteriores: probablemente cuando Dick comenzó a escribirla no tenía ningún plan. Pero de pronto nos precipitamos en un gran sueño despierto, con una carga simbólica tremenda, impresionante”.

La obra imagina que en el futuro los humanos desarrollan facultades psíquicas: hay telépatas, paraquinéticos, precongs y sanadores. Se pueden cambiar los cursos temporales. El capitalismo coloniza lugares insospechados. Dos enormes multinacionales se traban en una lucha mortal. La organización Ruciman procura bloquear los afanes de Psicofacultades Hollis. Con la ayuda de dos traidores, la primera cae en una celada en la Luna. Hay una explosión y Ruciman queda devastada. Joe Chip, un pobre técnico de mediciones que ni siquiera es capaz de juntar las monedas para que la puerta lo deje salir de su casa, descubre que está clínicamente muerto. Junto a sus compañeros entra en esa semivida, con la que se suele prolongar en los Moratorios la existencia mental de los humanos.

En ese limbo, irrumpen los mitos gnósticos. Joe ve actuar a dos potencias. Un ente nos ataca para destruirnos y otro intenta salvarnos. Cae en la Des Moines (capital de Iowa) de 1939, creación de un demiurgo inmaduro y particularmente cruel. Las personas y las cosas sufren un proceso de entropía, se degradan hacia formas primitivas. Pero el Ubik nos salva del tiempo. En la última página, ese supuesto producto comercial revela su verdadera naturaleza.
Guillermo Belcore
Publicado hoy en los suplementos de Cultura de La Prensa y La Capital de Mar del Plata.

Calificación: Muy bueno

PD: La generosidad de Eterna Cadencia me permitió explayarme sobre este libro en http://blog.eternacadencia.com.ar/?cat=1435

PD II: Hay un comentario mejor sobre este libro en uno de mis blogs favoritos:

viernes, 2 de octubre de 2009

Cuentos completos

Fogwill
Alfaguara. Cuentos, 458 páginas. Edición 2009. Precio aproximado: 70 pesos.

Si Wittgenstein tiene razón y la inteligencia de un ser humano puede medirse por la cantidad de palabras que maneja, este libro magnífico fue tallado por una sabiduría prodigiosa. Rodolfo Fogwill ha seleccionado los que considera sus mejores relatos breves. El hilo dorado que atraviesa un repertorio variadísimo es la ambición lingüística, el rigor etimológico, la captura de un habla. Ha confinado al papel la jerga de la marinería, los clichés de una generación, las alucinaciones del intoxicado con drogas o con lujuria, las sinestesias del sueño, la singularidad del hampa o del snob. Un caudal impresionante.


He aquí pues -como anticipa el prólogo de Elvio Gandolfo- algunos de los mejores cuentos que engendró la Argentina. En algunos, la política se sitúa en primer plano: la literatura testimonia la muerte de Perón o los desvaríos de la guerrilla. En otros, la política se dosifica de una manera harto ingeniosa. Hay textos espectrales: un avezado piloto aparece y desaparece en alta mar; vuelven y no vuelven de la guerra todos los soldados de un poblado. El sexo es uno de las ingredientes favoritos de Fogwill: nos deleita con sus cacerías de carne fresca por Londres (una viuda y una punk aristocrática) o con la depravación de una familia (¿de una clase social?) patricia. Hay un homenaje excelente al industrialismo de posguerra. Hay un espléndido remix de Virginia Woolf.

Fogwill no desconoce el arte de injuriar. Como Borges (bien mirado, no es la única similitud) miran a sus semejantes desde el Olimpo con un sano escepticismo. Es un maestro, además, en técnicas de complicidad. Satura sus escrituras con guiños para entendidos. Y aplica el mismo truco que César Aira y los surrealistas: describe subrepticiamente sus procedimientos, instruye a sus lectores, explica cómo debe ser leído. Un artista de primer orden, en síntesis. Un artista que nos persuade de que sus ocurrencias son la mejor combinación.
Guillermo Belcore
Esta reseña se publicara en los suplementos de Cultura de La Prensa y La Capital de Mar del Plata el domingo 4 de octubre,
Calificación: Excelente

PS: Durante años, he vivido en una esteril necedad. Traicioné lo que he predicado con toda convicción: la autonomía del hecho estético. Me automutilé por culpa de una impresión superficial. Me privé de Fogwill, disgustado por ese personaje que construye para las entrevistas, una mezcla por momentos desagradable de genio maldito y bufón, que hasta se ha atrevido a poner en tela de juicio los números del Holocausto.
Quiero admitir públicamente que estaba completamente equivocado. Se trata -como acabo de escribir- de un artista de primer orden, que me ha seducido por su manejo cultísimo de la lengua. Le he encontrado, incluso, parangones con Borges: ambos son brillantes entomólogos (miran a los humanos como insectos, nunca como iguales) y etimólogos. Saben de la fuerza seductora de una palabra, de una expresión. Este mea culpa no persigue otro propósito que evitar que algún amigo-amiga caiga en el mismo error. A Fogwill hay que buscarlo en sus escrituras y abandonarse al goce de la lectura.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Celeste y Blanca

Guillermo Piro
Eterna Cadencia. Novela de 138 páginas. Edición 2009.

En los setenta se decía que los escritores latinoamericanos quieren escribir como Hemingway o como Faulkner (suele atribuirse el diagnóstico a Onetti). Hoy las ambiciones son más modestas. Da la impresión de que los modelos de buena parte de los narradores argentinos se limitan a Aira y Fogwill, aunque nunca faltará quien intente esculpir un Puig tardío y degradado. Este libro ingenioso transita el sendero que el prolífico genio de Pringles abrió en la espesura. La trama es irrelevante, la verosimilitud es lo de menos, el capricho rige el conjunto. Una novelita (o cómo se llame) infinitesimal, un alarde de extravagancia. La sintaxis -como en Aira- roza la perfección.

Guillermo Piro (Avellaneda, 1960) se desmarca de su mentor en los acentos. Trabaja con esmero la digresión, en lugar de la escena. No desdeña el aforismo y el adagio. “Quiera Dios que mi hijo carezca de miedos. Que la diversión sea su destino”, dice una de los cincuenta sentencias sobre la condición humana. “Tener la esperanza de que a uno no le afecte la locura es una forma de locura”, remata otra. Esas listezas enriquecen una urdimbre pueril y desflecada: dos princesas (Celeste y Blanca) son seducidas y traicionadas por un príncipe tarambana. El truco de los veinte capitulitos es casi siempre el mismo: el narrador suelta una parrafada sobre sus hermosas majestades e inmediatamente se va por las ramas.

No es descabellado postular que las pequeñas variaciones sobre una fórmula probada no enaltecen a la Gran Literatura. Sirven, a lo sumo, para entretenerse un rato. Hay mucha gente que se conforma con esto. El verdadero protagonista de Celeste y Blanca -apunta con acierto la contratapa- es el propio arte de narrar. Fogwill crucificó hace veinte años esa apuesta lúdica: “El arte debe testimoniar la realidad, para no convertirse en una torpe forma de onanismo, ya que las hay mejores”.
Guillermo Belcore

Calificación: Regular

PD: Patricio Zunini, ese gran entrevistador, indagó en las razones de esta novela. He aquí un excelente reportaje a Piro: http://blog.eternacadencia.com.ar/?p=4246

lunes, 28 de septiembre de 2009

La conspiración

Huéspedes I

He recibido una cordial misiva del profesor Hernán Bergara de la Universidad Nacional de la Patagonia. Ofrece a los lectores de este blog una reseña sobre un ensayo muy interesante que acaba de ser publicado. Tras constatar que el texto tiene el nivel de rigurosidad que me exijo diariamente, he decidido abrir una nueva sección: Huéspedes.

Entiendo que sumar en este espacio otras perspectivas es un paso de siete leguas. Me angustia no contar con más tiempo para leer (dos o tres libros por semana es mi techo, a veces menos). Necesito pues ayuda para seguir enriqueciendo un blog que me ha permitido atesorar –y soy muy feliz por ello- nuevos amigos.

Me he planteado muchas veces la fantasía de convertir La Biblioteca de Asterión en una revista online. Revista literaria a secas o cultural en el sentido más amplio de término, comprometida con la calidad, de esas que brillan por su ausencia en la Argentina y no abundan en el mundo hispano. Intuyo que la generosa colaboración del profesor Bergara es el segundo paso hacia ese sueño.
G.B.

La conspiración: ensayos sobre el complot en la literatura argentina
Pablo Besarón
Editorial Simurg. Ensayo sobre literatura. Edición 2009.

Una ontología conspirativa parece haberse alojado, como una comunidad de hormigas, bajo el suelo de toda la ficción en la Argentina. Desde la Generación del 37 hasta las maquinaciones de Roberto Arlt y la irónica piedad borgiana que simula hablar seriamente de fenómenos, las líneas echadas por los dos siglos de una relación entre literatura y Estado son cicatrices, heridas disimuladas en la superficie, de una conspiración crónica. Esta imagen constituye acaso la apuesta más desafiante del ensayo de Pablo Besarón. Y, en efecto, no es él el dueño de esta hipótesis: la escritura, en Occidente, comienza con un mito análogo e incluso más radical: el de Thorum y Thot en el Fedro de Platón. En él, el primero juzga de “sospechosa” la propia invención de la escritura por parte del dios Thot. A partir de este episodio mítico, que Besarón utiliza como tácitamente estructurante, comienza a fundarse un recorrido que arriesga la existencia de una “gramática” general de la conspiración en la literatura argentina.

Una gramática de la conspiración. El Facundo, entonces, es, aquí, elemento insoslayable de un proyecto político de representación del régimen de Juan Manuel de Rosas como intrínsecamente conspirador. La poética de Sarmiento, pero también la de Mármol y la de Esteban Echeverría, responden, para Besarón, a la categoría de “lector paranoico”. Un lector que persigue, en todo momento, signos de una gramática política del complot en la que las pruebas contra el Estado conspirador se rigen, en ocasiones, por una lógica maniquea (es el caso de Echeverría), o bien perseguidora e inquisidora (es el caso de Mármol) o bien en formas de analogías, sinécdoques y metonimias (es el caso de Sarmiento) que desembocan en una forma de contrapoder a través de la representación de Rosas como la figura política y social del retraso, de la barbarie. Por supuesto: como en el cuadro de Escher de 1948, Manos dibujando, los planes de Sarmiento, Mármol o Echeverría acusan conspiración trabajando precisamente en complot. El Plan de operaciones, de Mariano Moreno, sin embargo, posiciona a Besarón cerca de Ricardo Piglia en una hipótesis según la cual es ante todo el Estado la primera ficción en complot: “…los pueblos nunca saben, ni ven, sino lo que se les enseña y muestra, ni oyen más que lo que se les dice.” (Moreno, citado en Besarón, “Mariano Moreno, el primer conspirador”).

Pero un elemento sin dudas hábil del libro consiste en hacer el seguimiento de la literatura argentina en dos siglos sin dejar de ver las distintas formas de la conspiración, en lo que subyace una pregunta por demás atractiva: ¿de qué modos se reubican las formas del complot y de lo conspirador en la literatura argentina? Inevitable, entonces, captar cómo de esta primera pregunta surge otra, de igual importancia: ¿qué modificaciones se han producido, en las formas sociales y políticas del siglo XX, para que las formas de concebir la conspiración en la literatura, por ejemplo las de Arlt o incluso las de Macedonio Fernández, sean diferentes respecto de las del siglo XIX?

El contrapoder
Las preguntas, al mismo tiempo, marcan una insistencia: no existe literatura argentina (en última instancia) canónica que no sea una forma de contrapoder. Un contracomplot al complot que intrínsecamente constituye al Estado. De este modo, y por primera vez, aparece una suerte de desmantelamiento de oposiciones tradicionales como Florida/Boedo, Borges/Walsh, Contorno/Sur, etc. Y de esta manera, también, es precisamente el siglo XX el que marca, en el ensayo, esta provocadora insistencia. En él, la literatura argentina practica en efecto de otros modos, pero nunca postergándolos, la problemática de la conspiración y del complot. Desde la forma clásica en Arlt, mediante la cual se opta por “construir una sociedad secreta para tomar el poder” (en Besarón, en “Arlt: Ficción, política y conspiración”) hasta la idea de la conspiración para la destitución de ciertas formas. Vanguardia y complot, entonces, será una de las preocupaciones más enfáticamente subrayadas en lo que a la obra de Macedonio Fernández concierna.
La búsqueda política de una estética en la que el lector se desembarace del concepto de linealidad y de obediencia debida al libro-tótem es trabajada, aunque muy en otros términos, en la obra de Borges, en la que se postula a la realidad como “…el producto de una ficción construida por conjurados.” (En Besarón, “La conspiración, o cómo se construye una ficción”).

Asoma, finalmente, un gesto crítico final: se pone entre signos de interrogación la afirmación de Piglia según la cual la ficción verdaderamente crítica está “…un paso delante de los delirios y las maquinaciones siniestras del Estado” (Piglia, en Las aventuras del profesor Eusebio Filigranati, de Alberto Laiseca), y ambos delirios y maquinaciones no pueden pensarse por separado. Besarón sabe, en definitiva, que restar contundencia a las hipótesis de Ricardo Piglia es, las más de las veces, encontrarse con un problema de envergadura. Ante uno de ellos estamos en este ensayo, y por esta vía.
Hernán Bergara

sábado, 26 de septiembre de 2009

El último Dickens

Matthew Pearl
Alfaguara. Novela, 500 páginas. Edición 2009

Matthew Pearl (Nueva York 1975) ha encontrado un filón interesante. Cultiva con éxito de ventas y dudoso valor artístico el llamado thriller literario. Compuso tres novelas, todas ambientadas en el siglo XIX y con grandes escritores como protagonistas. La primera (El club Dante) fue bien recibida por la crítica estadounidense, pero a la segunda la hicieron pedazos. Llega ahora al castellano su última obra que explora los misterios el más popular escritor de su época.


Pearl nos pasea por tres escenarios: Boston, Londres y Calcuta. Acaba de concluir la Guerra de Secesión. Charles Dickens es una figura legendaria. Se lo conoce como El Gran Hechicero, El Jefe, El Inimitable. Sus libros se convierten en realidad para cualquiera que los lea, desde Su Serena Majestad hasta el último palurdo del East End. Asistimos a la histórica gira por Estados Unidos. Pero una mañana de 1870 asalta a sus editores de Nueva Inglaterra la terrible noticia de su muerte. Ha dejado inconclusa una novela por entregas (El misterio de Edwind Drood). La supervivencia de la casa editora Fields, Osgood & Asociados depende de hallar ese manuscrito perdido donde, supuestamente, Dickens bosquejó el final del folletín. El problema es que una mano oscura está dispuesta a todo para rapiñarlo. Aparece un asesino de bigote poblado y turbante marrón. Paralelamente, se narran las peripecias en India de uno de los hijos del escritor.

El libro seduce por su excelente reconstrucción histórica. Pearl tiene talento para el pormenor significativo. El machismo de la sociedad decimonónica, la despiadada competencia editorial en la era previa al copyright (¡cuidado con los bookaners!), el repugnante consumo de opio son algunos de los cautivantes subtemas. En lo que al estilo se refiere, el autor ha buscado emular los defectos de Dickens, no sin encanto. Da la impresión, empero, de que no se tomó el tiempo necesario para pulir el texto. La adjetivación es deficiente y la construcción de las escenas de acción, francamente deplorable. Pese a ello, la trama nunca aburre y se llega al final con placer y provecho.
Guillermo Belcore
Publicado en los suplementos de Cultura de La Prensa y La Capital de Mar del Plata del 27/09/09

Calificación: Bueno

domingo, 20 de septiembre de 2009

Editores en guerra

Diario de un lector exaltado IX
Barrio de San Telmo (Defensa y Pasaje San Lorenzo), 10.30 PM

Hace frío. Estoy calado hasta los huesos. Pido un sándwich de pollo grille con queso y un café con leche. Pido que me traigan todo junto, “así puedo mojar el sándwich en el café con leche“. La mesera me mira con una mezcla de sorpresa, espanto y asco. Hoy tendrá algo que contar cuando llegue a casa. Estoy en Señor Telmo, un confipubtaurante que sirve una de mis pizzas favoritas (la de salmón rosado con queso de cabra y rúcula) en la variante masa bien pero bien finita.

Pasa un Falcon rojo con tres muchachones. Escuchan cumbia villera. Tacatac, tacatac, tacatac, tacatac. Como el punk rock, o el reggae, el sonido (no me atrevo a llamarlo música) tiene una sola base rítmica. Un espanto. No estoy de ánimo para ser condescendiente con el mal gusto, me acaban de anunciar que murió un ex compañero de trabajo, que por esas cosas del destino se había mudado a dos puertas de mi edificio. Siempre nos cruzábamos. En la panadería, la dietética o por las noches al regresar al hogar. Siempre de buen humor, feliz en apariencia, con una ocurrencia a flor de labios. Yo andaba con ganas de encontrarlo para enrostrarle la paliza que Vélez le dio a Boca días pasados. Marcelo era fanático de Boca. Tenía 45 años, lo mató un cáncer fulminante. Deja un hijo de seis años. ¿Hay acaso un destino más perverso en la vida que agonizar sabiendo que se abandona a un niño? El cáncer, qué maldición implacable… “Somos como ovejas que brincan en el campo mientras el carnicero afila la cuchilla y las observa y elige una, y luego otra; pues en los días venturosos ignoramos las calamidades que el destino guarda para nosotros: enfermedades, persecución, pobreza, mutilación, ceguera, locura, muerte”, escribió el buen Schopenhauer, un filósofo que consagró su existencia a reflexionar sobre el hecho de que la vida suele ser deprimente.

Estoy ahora con El último Dickens de Matthew Pearl (Nueva York, 1975). Le había leído su primera obra (El Club Dante) y me gustó bastante. A su segunda novela (La sombra de Poe) la dejé pasar, aunque ya está en las mesas de saldo. La crítica la había destrozado; la estadounidense, digo. La crítica argentina infestada de cobardes, ignorantes y snobs no es capaz de hacer trizas a ningún libro, por más que se merezca una lluvia de garrotazos.

Pearl ha encontrado lo que todos los escritores que no han sido tocados por el genio procuran con desesperación y buenas o malas artes: un filón redituable. Escribe thrillers literarios, es decir, en sus novelas los protagonistas son famosos escritores. Está bien, es un procedimiento tan legítimo como cualquier otro. Sin ser Alta Literatura, las dos obras que le conozco tienen una excelente reconstrucción histórica (están ambientados en el siglo XIX) y una intriga agradable. Me percato ahora que Pearl ¡intentó emular la forma de escribir de Dickens, incluso con sus defectos! Como todo el mundo sabe, el autor de Oliver Twist fue un gran narrador y un pésimo estilista. Un pintor de brocha gorda.

La novela nos lleva a una época previa a los derechos de autor. La competencia es absolutamente despiadada. Me resulta muy interesante la antinomia que plantea definiendo dos prototipos de editores. Harpers & Brothers de Nueva York vs. Fields, Osgood & Company de Boston. Los primeros son los malos: Poderosos filisteos que matan de hambre a sus escritores (al pobre Melville, por ejemplo) y entienden la publicación de libros como una actividad industrial común y silvestre. Incluso contratan bucaneros (bookaners) para robar en el puerto textos que provienen de Europa. Los segundos, sin caer en la estupidez de creer que se trata de una actividad filantrópica, aman a los libros y miman a sus autores. Me pregunto si hoy subsiste en el mundo real esta diferenciación, basada en los escrúpulos y en ciertos principios. Sospecho que sí. ¿Ustedes que piensan?

El último Dickens, pues, me envuelve en un misterio: ¿Qué ocurrió con la novela inconclusa del escritor más popular de su tiempo? Me faltan unas cien páginas para concluirla. La verdad es que se trata de un relato entretenido. Llega mi orden a la mesa y aprovecho para aclararle a la bella camarera que en realidad no pienso mojar la pechuga de pollo asada en el café con leche. Es feo que a uno lo miren como a un loco.
Guillermo Belcore

PD: Podes leer la crítica de la primera novela de Matthew Pearl en http://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2008/01/el-club-dante.html

sábado, 19 de septiembre de 2009

Vivir afuera

Rodolfo Fogwill
El Ateneo. Novela, 397 páginas. Edición 2009. Precio aproximado: 67 pesos.

Sexo, drogas y corrupción. En dosis enormes; revulsivas a menudo. Esa es la carnada para la gilada de las oficinas o de las aulas de Filosofía y Letras. Para los lectores más exigentes, un océano lingüistico: el habla de las minorías, la vehemencia de una palabra, el poder hipnótico de una buena historia, los mitos urbanos, frases perfectas que suelen durar un párrafo, diálogos sucios, espiritualidad a su manera, relatos paralelos. Esa potencia estética es lo que convirtió en obra de arte a Vivir afuera, publicada por primera vez en 1998.

En estos días, el periodismo casi endiosó a Rodolfo Enrique Fogwill (1941) so pretexto de la reimpresión de sus obras. Fogwill, el personaje mediático -ese simulacro de la personalidad como decía Baudrillard- es especialmente propicio para la hipérbole. Este blog no quisiera aburrir con otro ditirambo, sino dejar testimonio de la excelencia de una novela.

Se narran las historias convergentes de un narco perturbado que combatió en Malvinas, su novia del suburbio bravo, una prostituta viciosa, un lobbysta perspicaz y un virólogo judío obsesionado con el sida. Son apenas seis horas de acción, pero la delicada alternancia entre sueño, memoria y realidad dilata el tiempo.

El progresismo sentenció que nadie ha desollado a la Argentina menemista como este texto. Los personajes, en efecto, nadan en un caldero sórdido donde se cuecen políticos, empresarios, policías y evangelistas. ¡Cuanta degradación! Pero confinar a Fogwill al papel de sociólogo panfletario es hacerle un flaco favor. Moralista no convencional, se luce aquí, sobre todo, como un entomólogo implacable que nos deleita con precisas descripciones de las cucarachas que viven para fingir o para hacer dinero. Y también como un habilísimo orfebre que ha comprendido que la forma (Hegel dixit) tiene una eficacia y una autonomía propia.
Guillermo Belcore
Esta reseña se publica en los suplementos de Cultura de La Prensa y La Capital de Mar del Plata, el domingo 20 de septiembre.

Calificación: Muy bueno

lunes, 14 de septiembre de 2009

La huella del crimen

Raúl Waleis
Adriana Hidalgo. Novela policial, 316 páginas. Edición 2009.

El tiempo obra milagros. No sólo cura las heridas o aterciopela los vinos, también vuelve interesantes los libros malos. Es el caso de la novela que estrenó el genero policial en castellano. Si en los libros de hoy juzgamos intolerables el tratamiento melodramático, la intención edificante, la psicología de pacotilla o la candidez; en La huella del crimen esas lacras resultan encantadoras. En efecto, el tiempo obra milagros.

Un diario de Buenos Aires publicó La huella del crimen por entregas en 1877, según el modelo del folletín francés. Ahora, para júbilo de nuestro acerbo cultural, el sello Adriana Hidalgo la rescata del olvido. Su autor es Luis V. Varela (Raúl Waleis es un anagrama), típico hombre orquesta de la Generación del Ochenta. La edición viene enriquecida con notas y postfacio de Román Setton y dos ditirambos de amigos de Varela. El propósito del autor, según se explica, fue “coadyuvar a la educación moral de las mujeres y dilucidar algunos puntos de la ciencia jurídica”.


El libro narra el crimen de una joven y hermosa baronesa en los bosques de Boulogne. Varela, que en se declara discípulo de Emile Gaboriau, ha querido forjar una novela parisina. Investiga el crimen un podenco de buena casta, el comisario Andrés L’Archiduc, El Lince. Su admirable perspicacia, su lógica de acero prefiguran a Sherlock Holmes. Combina el método deductivo con la acción directa. La suave intriga se va transformando en denuncia social. Varela tenía una sana vocación reformista.

Como pintura de época, la novela también es atractiva. Descubrimos que hay nobles que participaron en la insurrección comunista, que el tétano se prevenía arrojando agua helada sobre una herida y que los porteños de fines del siglo XIX usaban una deliciosa muletilla del habla caribeña actual: “¿Cómo así?”.
Guillermo Belcore


Calificación: Bueno

sábado, 12 de septiembre de 2009

Gran Sertón: Veredas

Joao Guimaraes Rosa
Adriana Hidalgo. Novela, 555 páginas. Edición 2009. Precio aproximado: 90 pesos
Ubiquen esta novela, queridos amigos, en el mismo estante que El Quijote, el Ulises o los Cuentos de Canterbury. La obra maestra del Brasil recoge la tradición de esas sublimes exploraciones. Un sello argentino ha decidido reimprimirla, con ayuda de la embajada del país vecino. Es una gran noticia. Los traductores han redondeado un trabajo magnífico. Uno se deja arrastrar, maravillado, por una prosa sabia, caudalosa y suculenta que confirma que el lenguaje -como postulaba Heidegger- puede convertirse en la casa del ser.
El libro encierra un monólogo ininterrumpido del yagunzo Riobaldo. Ya anciano, narra sus peripecias a un médico forastero. Nunca causa sopor. Pero como el Cabernet Sauvignon, exige ser saboreado sorbo a sorbo. Veinte o treinta páginas a la vez, se recomienda. Un yagunzo es un matón rural, chusma a sueldo para el crimen o al servicio de los jefes políticos. Riobaldo descolló en la rapiña y la guerra por dos razones: era letrado y hábil para el gatillo. Va razonando el tiempo entero. Se enamoró de su compañero Diadorim, como si fuese mal de ojo. Hace un pacto con Mandinga para exterminar a un demonio de nombre Hermógenes. El final es conmovedor.
Joao Guimaraes Rosa (1908-1967) inventó ocho mil vocablos en esta novela, publicada en 1956. ¿Qué es lo que hay en un nombre?, se pregunta el escritor. A muchas cosas importantes les falta el nombre, se responde. Su esplendor, no obstante, no se agota en la exuberancia verbal. Ha creado un universo, usando como materia prima las eternas dudas del ser humano y un territorio pobre y cimarrón, “del tamaño del mundo entero”. El Sertón feudal es un escenario tremendo, con sus bellezas sin dueño, su flora y fauna, sus hábitos y mitologías, sus gentes ásperas y peleonas. Vivir allí es negocio peligroso. Deleuze sostenía que la única misión del artista es crear agregados sensibles. He aquí, pues, uno imprescindible.
Guillermo Belcore
Este comentario se publica en el suplemento de Cultura de La Prensa el 13 de setiembre.

Calificación: EXCELENTE

PD: Sí, lo calificó con un EXCELENTE, en mayúsculas. Pido ayuda al diccionario. Este libro es magnífico, sobresaliente, superior, extraordinario.

martes, 8 de septiembre de 2009

Dejemos hablar al viento

Juan Carlos Onetti
Punto de lectura. Novela, 286 páginas. Edición 2009. Precio aproximado: 35 pesos

Hace un siglo nacía en Montevideo el mejor novelista que ha engendrado el Río de la Plata. La afición de los medios masivos por los aniversarios redondos permite que Juan Carlos Onetti (1909-1994) vuelva a estar de moda. Menudean las reimpresiones y Mario Vargas Llosa acaba de publicar un homenaje donde sentencia que el genial uruguayo fue el primer novelista moderno de nuestra lengua. También postula que su universo opresivo, amargo y pesimista simboliza -como ningún otro- el fracaso histórico de América latina.

Dejemos hablar al viento data de 1979. Transcurre parte en Santa María, la patria metafísica de Onetti, y parte en Lavanda, otra gran ciudad recostada sobre un río al que llamaban mar. Aparecen muchos personajes de libros anteriores. El comisario Medina, pintor vocacional, es el protagonista. En la primera mitad del libro (tallado en primera persona) sobrevive agarrado a las polleras de una prostituta bisexual. En la segunda parte (escrito en tercera persona), juega a ser Dios; intenta salvar a un hijo abyecto y borracho de esa meretriz canalla. El final es impresionante.

El libro contiene todos los ingredientes que han tornado imprescindible a Onetti. Fiel representante de la escuela de Faulkner y de Celine, narró con la convicción casi nihilista de que no puede tomarse en serio el sinsentido del mundo. Luchar por un fracaso es la gloria del ser humano. El labrado de los personajes es perfecto. La prosa dice cosas mil veces dichas con una originalidad deslumbrante. El adjetivo se transforma en un arma formidable en manos de Onetti, tiene el filo y la eficacia de un gladio. Y si la forma es excelente, el fondo no le va a la zaga. La sabiduría y la perspicacia visitan las páginas. En la número diecisiete, se nos advierte que el hombre con fe es más peligroso que una bestia con hambre. Se esboza en pocas líneas una filosofía para la supervivencia que hasta Borges suscribiría con gusto.
Guillermo Belcore
Publicado en los Suplementos de Cultura de La Prensa y La Capital de Mar del Plata.

Calificación: Muy bueno
PD: Este libro magnífico a 35 pesos es un regalo. Recomiendo con toda firmeza su compra.

sábado, 5 de septiembre de 2009

La reina en el palacio de las corrientes de aire

Stieg Larsson­
Destino. Novela de aventuras, 854 páginas. Edición 2009­
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El último tomo de la trilogía Millenium aborda un asunto crucial para las democracias modernas: la tensión entre el país constitucional y los oscuros servicios de inteligencia, cuya misión es velar, supuestamente, por la seguridad nacional. Mikael Blomkvist (alter ego del autor) ahora no combate contra una pandilla de delincuentes; su enemigo es una inescrupulosa autoridad del Estado. El as del periodismo de investigación intenta frustrar una conspiración maldita contra su amiga Lisbeth Salander, esa hacker anarcoide que se había convertido en una amenaza para los fríos guerreros que apañaban a un ruso traidor.

Es evidente que quien haya leído las dos entregas anteriores disfrutará más este libro. No obstante, como Stieg Larsson (Suecia, 1954-2004) tenía -entre otras taras bestselleristas- el hábito de explicarlo todo, podrá ser entendido por cualquier hijo de vecino. La prosa es simplísima; la trama engancha de cabo a rabo pues la intriga nunca decae y se narra con eficacia varias historias paralelas.

Larsson, un moralista inflexible como Blomkvist, falleció antes de ver a su creatura convertirse en un fenómeno de ventas. Incluso en la Argentina, Millenium ha triunfado. ¿Cuál es el secreto? Tiene el mérito, de haber refrescado la novela de aventuras y espionaje con personajes atractivos y verosímiles que emplean las maravillosas nuevas tecnologías. Para los que tenemos más años y exigencias, los planteos de fondo sobre los dilemas de la realpolitik, la avaricia empresaria, los cambios en el periodismo no dejan de ser interesantes. Incluso se arriesga una hipótesis sobre el asesinato de Olof Palme. Es decir, este librote maniqueo y detallista cumple cabalmente la misión de entretener y de enseñarle algo al lector, pero sin pisar nunca las cimas de la alta literatura.

Guillermo Belcore

Esta reseña se publica en el Suplemento de Cultura de La Prensa del 6 de septiembre.

Calificación: Bueno­

PD: Este blog contiene una crítica del segundo tomo de la trilogía de Larsson:

http://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2009/04/la-chica-que-sonaba-con-una-cerilla-y.html

PD II: Propongo este tema de la banda paulistana Luxúria para la banda sonora de este libro:

http://www.youtube.com/watch?v=z9xB5Muew3o

PS del 5 de diciembre de 2009: Mi admirado Vargas Llosa hizo una defensa muy bien razonada en El País de Madrid de la trilogía. Me gustaría compartirla con ustedes.