domingo, 31 de agosto de 2014

Cixí, la emperatriz

Jung Chang


Taurus. 594 páginas. Ensayo de historia. Edición 2014


En su monumental examen de la historia china, Henry Kissinger menciona una sola vez a Cixí. Lo hace para ubicarla a la cabeza de las fuerzas reaccionarias del siglo XIX. Curiosamente, este libro propone una hipótesis diametralmente opuesta. Quiere persuadirnos de que la emperatriz viuda fue algo así como un Deng con polleras, una gran modernizadora, una asombrosa mujer de Estado que sacó al dragón asiático del Medioevo. 

La señora Jung Chang, catedrática nacida en Yibin y radicada en Gran Bretaña, escribió una biografía a contrapelo de la sabiduría convencional y los manuales de historia de su país natal. Su tono apologético -más propio de la religión o de la política- le resta credibilidad al ensayo, obliga a cotejarlo con otras fuentes. Se narra la vida de una cortesana semianalfabeta, cuyo hijo llegó a convertirse a los cinco años en emperador de la dinastía Qing. Corría el año 1861. Cixí consiguió entonces, vía un golpe de Estado, controlar los resortes claves del Imperio del Reino Medio. Durante décadas fue la personalidad más influyente de la corte manchú, hasta su muerte en 1908; una influencia benéfica, la idea central de un texto que alterna pasajes aburridos con otros interesantes, más que nada porque China, el país mas ceremonioso del mundo, es fascinante.

De la prosa sólo puede decirse que es correcta y clara. Del texto pueden extraerse cuando menos cuatro conclusiones: 1) tradición y apertura al mundo son dos fuerzas virulentas que han desgarrado desde siempre al Celeste Imperio; 2) el haber atravesado el período del imperialismo europeo sin una fuerza militar considerable fue una maldición para los chinos; 3) la codicia y crueldad de los japoneses tienen muy pocos parangones históricos; 4) la superioridad de la civilización occidental (tanto en los sistemas políticos como en las tecnologías) sobre las restantes culturas siempre fue aplastante. Qué puede pensarse de una gran nación que posterga por décadas el desarrollo de los ferrocarriles para no perturbar a los muertos.
Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: regular

miércoles, 27 de agosto de 2014

Crónica de la noche

Colm Tóibín

Emecé, 299 páginas. Novela, edición 1998.

La buena crítica literaria -al menos la que a mí me interesa- es aquella que persigue con rigor, tesón y amenidad la esencia estética irreductible de una obra; es decir, identifica los elementos que definen el valor artístico y que suscitan un impacto perdurable en el lector. Las apreciaciones pueden hacerse de manera improvisada o aplicando algunos parámetros objetivos. Italo Calvino estableció tres (1):

1) un diseño de la obra bien definido y calculado.
2) la evocación de imágenes nítidas, incisivas, memorables. Icástico, es el adjetivo.
3) un lenguaje lo más preciso como léxico y como expresión de los matices del pensamiento y la expresión.

Crónica de la noche cumple las tres condiciones. Su eficacia estética es formidable, por ende. Veamos. La arquitectura (punto 1) es perspicaz, se demora la presentación del núcleo incandescente del libro: una historia de amor homosexual. Las imágenes (punto 2) son poderosas: el debut sexual en un galpón del campo, un muchacho confesando a la madre chapada a la antigua su condición gay; la cacería de placeres en una sauna para hombres; un enfermo de sida en deprimente soledad internado en un hospital público. Finalmente, el virtuosismo del lenguaje corre parejo a las otras destrezas; es una prosa very british (Colm Tóibín, no obstante, nació en Irlanda), muy claro, directo, sin ornamento alguno, pero con una precisión pasmosa tanto en el vocablo como en el concepto. Obsérvese esta definición: 

“Amor, sentido tanto en el cuerpo como en la mente, es una calma extraña, una felicidad, la idea de que no se necesita nada más que eso, que alcanza para el resto de la vida".

Como si esto fuera poco, la novela -publicada por primera vez en 1996- tiene un interés adicional para los argentinos. ¡Transcurre en la Argentina! El telón de fondo, en efecto, es la era desdichada y turbulenta que va desde la dictadura militar hasta Carlos Menem, indagada, sin pasión alguna pero con extrema lucidez, por un escritor extranjero. El protagonista se llama Richard Garay, argentino de madre inglesa deaamorada que se gana la vida, con desgano, como profesor de inglés y traductor. Traba relación con un político y empresario peronista que tiene ambiciones presidenciales. Se conecta por su intermedio con un matrimonio estadounidense -agentes de la CIA- cuya misión es asegurar que la transición democrática en la Argentina se afiance pero de acuerdo a los intereses de Washington. La intromisión es descarada. La guerra sucia, Malvinas, la asqueante corrupción, el caudillismo riojano aparecen en el tapiz. “Todo es jactancia y retórica de alto vuelo y nada quiere decir nada”, apunta Garay-Toíbín. Algunas cosas, por desgracia, nunca cambian en la Argentina. 

La delicada alternancia entre historia individual y colectiva es otra de los agrados del libro. Pero básicamente, como se dijo, estamos ante una conmovedora historia de amor (clandestina, era otra época) entre Richard Garay y uno de los hijos del dirigente peronista. Y entre ellos intenta interponerse no sólo las convenciones sociales sino una de las enfermedades más terribles de nuestro tiempo. Puede definirse también a Crónica de la noche como una de las mejores novelas sobre el sida. La ubico entonces en el mismo anaquel que Antes de que anochezca de Reinaldo Arenas y Personas como yo de John Irving.
Guillermo Belcore

Calificación: Muy buena


PD: Quién dijo que las redes sociales son inútiles. Llegue a este libro por recomendación de un amigo del Twitter (@AiresyBenson). Por cierto, da ganas de agotar la obra de Toíbín, este irlandés tan elogiado.

martes, 26 de agosto de 2014

Trabajo, según Heidegger

El Diccionario de Asterión XVI


Trabajo:

Sust. Com. Actividad humana que, según Martin Heidegger (1889-1976), permite al ente expresarse de cinco maneras:
1) como medio (trabajar para).
2) como meta (realización por el trabajo).
3) como modo fundamental del ser humano (el trabajador).
4) como subjetividad incondicional.
5) como objetividad ilimitada que determina el punto 4
6) como ser del ente en totalidad.

Encontré esta relámpago de lucidez en el libro Acerca de Ernst Jünger de Heidegger que el sello El hilo de Ariadna acaba de publicar en Buenos Aires. Es una gloriosa manifestación de estilo aforístico, que permite aproximarse al arduo pensador alemán sin naufragar en el intento. Me pregunto entonces e invito a los amigos de este blog a hacer lo mismo: ¿Qué es el trabajo para vos? ¿Te permite expresar de manera incondicional tu subjetividad? ¿Representa tu esencia como ser? ¿Te conocen, respetan o aprecian por ello? ¿O, variante triste, tu empleo es un mero medio de subsistencia? Me da la impresión que buena parte de lo que entendemos por felicidad pasa por aquí.

lunes, 25 de agosto de 2014

Una semana en la nieve

Emmanuel Carrere

Anagrama. 165 páginas. Novela, edición 2014.


Hace veinte años Emmanuel Carrere (París, 1957) dio este libro a la imprenta. Ya por entonces demostraba una formidable capacidad para pergeñar una trama que nos mantenga expectantes hasta la última página, aquí con originalidad, dando encarnadura literaria a una de esas noticias que leemos en la sección ‘Policiales‘ de los diarios y nos llevan a preguntarnos en qué clase de bestia codiciosa se ha convertido el ser humano. Es un buen recurso, sobre todo cuando no se tiene un estilo que permita distinguirse en la manada. Queda probado pues que Carrere sabe contar una buena historia.

Se narran las peripecias de Nicolás, un niño de siete años demasiado sobreprotegido que inspira a sus maestros un poco de lástima. Debe pasar el trance de sobrevivir a un campamento de invierno, donde se le enseñará a esquiar, junto a sus veinte compañeritos, entre los cuales, naturalmente, hay algún bravucón. Eso solo basta para sumirlo en tremendas angustias (¡todavía se hace pis en la cama!), pero hay algo en escena infinitamente más sórdido que el bullying. Y el misterio involucra al padre de Nicolás.

El escritor nunca muestra todas sus cartas y eso es un procedimiento que no merece otra reacción que elogios. Incluso apela, con suma delicadeza, al flashforward (prolepsis, lo llaman los retóricos) pero sólo en una ocasión. Lástima. Las reflexiones de Nicolás resultan deliciosas, van desde lo cómico hasta la desolación. ¡Pobre chico!, uno está obligado a exclamar. La prosa es precisa, clara, nada del otro mundo. La decisión (¿comercial?) de trozar el texto en capitulitos es una verdadera estupidez, pues aniquila el ritmo, el latido íntimo, de la escritura. No se justifica de ninguna manera. Una semana en la nieve, no obstante, entretiene y obliga a meditar. Pudo haber sido un gran libro con doscientas páginas más (y una traducción al gusto de los argentinos).
Guillermo Belcore 

Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa, el domingo pasado.


Calificación: Regular


PD:  En este blog se elogia una novela de Carrere. Pincha aquí: http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2013/05/limonov.html

domingo, 17 de agosto de 2014

En defensa de la novela oceánica

La ficción como enciclopedia no ha perdido vigencia ni lectores en el primer tramo del siglo XXI

Por Guillermo Belcore

Hace treinta años, Italo Calvino establecía en un texto memorable una serie de valores que la novela debía preservar para seguir atrapando la imaginación de los hombres y mujeres del tercer milenio: levedad, rapidez, exactitud, visibilidad y multiplicidad (1). Hilvanar un razonamiento en torno a la última de las virtudes es el propósito de este artículo.

Multiplicidad es el rasgo crucial de aquello que podríamos denominar como novela oceánica para distinguirla de variantes ínfimas como la nouvelle, la seudonovela, la novela para ganar un premio literario, el bestseller, el cuento caprichosamente alargado, la novela del yo y otras formas narrativas en boga que lamentablemente prosperan en la Argentina y cuyo factor común es la falta de ambición. Calvino ha escrito una enérgica apología de la novela oceánica, destacando su carácter de enciclopedia abierta, es decir, es el intento ansioso de plasmar aquella pretensión iluminista de encerrar la sabiduría en un gran círculo. La mejor novela contemporánea (una suerte de epopeya, arriesga el pensador italiano), se define pues como método de conocimiento y, sobre todo, como red de conexiones entre los hechos, las personas y las cosas de este mundo. Conexiones tanto en acto como en potencia. 

FALSA ALARMA


La pasión cognoscitiva entonces ha caracterizado a los literatos más eminentes del pasado, como Balzac, Thomas Mann o Bolaño. Y por fortuna mantiene su vitalidad en un Pynchon, Laiseca, Irving, Chirbes incluso en un Stephen King o Haruki Murakami. Pero también en esos otros autores prolíficos que han concebido en su mente una única gran novela pero la van entregando en capítulos como Sciascia, Grossman o Aira

Cada tanto, se escucha a un erudito anunciar la muerte de la novela. Ya no se puede escribir como en el siglo XIX, dicen. El estrépito de los medios audiovisuales -advierten- aturde a los lectores tradicionales. Internet es la tumba de la letra impresa. La única ficción valiosa es la que se desarrolla en las series televisivas, añaden ciertos personajes mediáticos. El individuo culto, de clase media, que compra una novela en una librería de la que es asiduo y la lee en la tranquilidad de una habitación de su propia casa (rodeado de un silencio que cobra enorme significado) está en vías de extinción, se quejaba George Steiner, el mejor crítico de nuesta era. ¿Cuándo? En 1965 (Lenguaje y silencio, Gedisa).

Por fortuna, estos gemidos lastimeros no se ajustan a la realidad, es la tesis de este artículo. La literatura, como enseñan los clásicos, debe interpretarse de manera comparativa. No parece, francamente, que esta generación sea, en términos estéticos, más pobre que las anteriores. Hoy existen -como hace diez, veinticinco o cien años- unos cincuenta novelistas de primera línea, con el deseo ardiente de incluir el cosmos en un libro (cosmicidad, Calvino dixit), mediante la perpetua transformación de la forma (novela es justamente eso). 

CINCO CASOS


Veamos algunos casos afortunados de ficciones oceánicas durante el primer tramo de este siglo. Imposible dejar de mencionar a Contraluz (Tusquets Editores, 1.337 páginas, 2006) la obra cumbre de uno de los mejores escritores estadounidenses de todos los tiempos, que ha pasado casi inadvertida por la pereza de los comentaristas dominicales. Thomas Pynchon ha parodiado aquí no menos de veinte discursos, géneros, subgéneros y retóricas, en una trama colosal que se expande en tres direcciones tratando de captar todo lo existente o imaginado en el ocaso de la era decimonónica (o aristocrática), es decir, el período que va desde la Exposición de Chicago de 1893 hasta la Primera Guerra Mundial.

Detrás de la escritura de Contraluz late una inteligencia prodigiosa y una curiosidad insaciable. Todo aquello que ha interpelado a la imaginación de Pynchon y es funcional a la trama -desde los cuaterniones de Hamilton hasta un insulto en idioma filandés (“aitisi nai poroja” o “tu madre fornica con renos“)- enriquece el texto. Es el asombro, a lo Borges, como motor literario. 

Enaltece la literatura estadounidense también el esfuerzo de un novelista subestimado por la crítica snob o desinformada para atrapar el color, el sabor, la moralidad, la música y las costumbres de una época pretérita, y de paso resolver uno de los misterios primordiales de la historia de su país. 22/11/63 (Plaza & Janes, 858 páginas, 2012) es uno de los mejores libros de Stephen King y la prueba tangible del carácter prometeico de la novela oceánica, pues incluso en un formato fantástico puede labrarse una suerte de enciclopedia de los años sesenta.

El libro nos lleva al Estados Unidos de cincuenta años atrás, cuando la gente no se preocupaba por la contaminación ambiental o el colesterol y era más confiada y amable con el prójimo, siempre y cuando perteneciera al mismo grupo étnico o religioso, dado que el racismo y el antisemitismo campeaban a sus anchas. Un profesor de literatura encuentra la manera de retornar al pasado (¡ah, que maravilla, los viajes en el tiempo!) y se propone impedir el asesinato en Dallas de John Fitzgerald Kennedy, aún al precio de cataclismos cósmicos. Ambicioso el muchacho, ¿no?


Como otro gran escritor estadounidense, John Irving (2), la demostración cabal de que Dickens nunca pasa de moda. Entre tantas joyas que ha publicado, rescatamos Hasta que te encuentre (Tusquets, 1.119 páginas, 2006), desbordante de sucesos, sexo y personajes extravagantes, que roza la farsa y, como es tradición en el autor, cumple cabalmente con el propósito de documentar una porción de la colmena humana, los músicos y el mundo del tatuaje en este novelón. 

La novela oceánica puede venir, por comodidad o cálculo comercial, en varios tomos. Es el caso de la memorable 1Q84 (Tusquets, 2011, 1.151 páginas), de Haruki Murakami, el gran renovador del realismo mágico. Aquí, el juego es la metarrealidad: concebir un universo alternativo, apenas deformado (como el de la serie Fringe o el cuento de Bioy Casares), con sus propias leyes, su lógica interna, sus creaturas tocadas por la originalidad. El escritor obra como demiurgo gnóstico, capaz de concebir un mundo imperfecto, degradado (como el que vivimos).

Imaginó Murakami -el rey del pop literario- dos lunas de diferente tamaño que nos miran desde el firmamento, conciencias que abandonan al cuerpo para hacer de las suyas, y la influencia decisiva de la Little People, entes malignos que favorecen la pederastía y son adorados por una secta deleznable. Es como si estuviéramos en el mundo de los sueños, allí puede ocurrir cualquier cosa: una mujer puede quedar embarazada sin que nadie le toque un pelo. La novela oceánica, queda probado, puede aspirar a la creación de una rigurosa mitología (es el caso, asimismo, de Tolkien).

Para no abrumar, citemos un último caso, esta vez en nuestro idioma. Otra novela paradigmática es la magnífica trilogía Tu rostro mañana (Alfaguara, 1.500 páginas, 2007), cargada no de poética como Murakami, sino de Alta Filosofía. Javier Marías es, por cierto, el maestro de la digresión exquisita. Sí, tampoco Lawrence Sterne ha pasado de moda.

Se narra la saga de Jacobo Deza, español reclutado por los servicios secretos de Gran Bretaña como “traductor de personas, interpretador de vidas, anticipador de historias”. Pero la historia es lo de menos. Lo valioso en Marías es la apuesta por el barroquismo, el uso exhaustivo del diccionario, el examen de cuestiones linguísticas, la redundancia. El castellano en todo su esplendor. Una enciclopedia de la lengua.

La novela con afán totalizador, pues, propone un contrato de lectura basado en la paciencia y la creatividad. Ofrece goces intelectuales sin parangones, pero exige lectores con cierta formación y que mantengan la llama sagrada del hedonismo de la página impresa. El juego sigue abierto; el sueño de Italo Calvino se ha cumplido: la literatura sólo vive si se propone objetivos desmesurados, incluso más allá de toda posibilidad de realización.
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

(1) Seis propuestas para el próximo milenio. Editorial Siruela.

(2) La foto de John Irving puede comprarse aquí: http://eamonnmccabe.co.uk/gallery/writers/view/john-irving/

sábado, 9 de agosto de 2014

Seis propuestas para el próximo milenio

Italo Calvino

Siruela. Ensayo de literatura, 147 páginas. Edición 2004.

El 19 de septiembre de 1985 falleció Italo Calvino. Todos los hombres mueren jóvenes, estableció Stevenson. Una semana más tarde, Calvino debería haber empezado a dictar una serie de conferencias en la Universidad de Harvard. Se había preparado concienzudamente para el convite. La prueba de ello es la carpeta con cada disertación que encontró su esposa Esther sobre el escritorio en perfecto orden. Esther, gracias a Dios, entregó a la imprenta el manuscrito. El sello Siruela acaba de reimprimirlo.

Había optado el literato italiano por agasajar a un auditorio con el tema “valores literarios que deberían conservarse en el próximo milenio”, en éste, en el que nosotros vivimos. Lo primero que hay que decir entonces es que el texto no ha perdido ni un gramo de frescura. Pudo haber sido escrito en la tarde de ayer. El segundo rasgo esencial es que se lee con amenidad y placer. Se trata de un alarde de erudición y lucidez; de una guía de lecturas; de una gran ejercicio de crítica literaria; de una reivindicación amorosa de Jorge Luis Borges, a quien define como el hacedor de la última gran invención de un género literario a que hayamos asistido: la literatura potencial (el libro hipotético).

Levedad, rapidez, exactitud, visibilidad y multiplicidad son algunas de las potencias estéticas que la Alta Literatura no puede resignar, de acuerdo a la autorizada opinión de Calvino. Veamos el primer punto. Dos vocaciones opuestas -sostiene el escritor- se disputan desde siempre el campo de la literatura: una tiende a quitar al lenguaje su peso hasta hacerlo parecido a la luz lunar, a una nube, a un polvillo sutil o a un campo de impulsos magnéticos. La llamamos poética. La otra tiende a comunicar al lenguaje el peso, el espesor, lo concreto de las cosas, de los cuerpos, de las sensaciones. Calvino aclara que leve no significa, de ninguna manera, caer en la vaguedad o la insignificancia. Al fin y al cabo es la frivolidad la que nos parece opaca y pesada. Tiene razón el conferenciante. La mayoría buenas novelas del siglo XXI que se han comentado en este blog no han prescindido de la poética.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Muy bueno


miércoles, 6 de agosto de 2014

Un túnel lleno de sangre y oscuridad

En nuestro siglo XXI -postuló el historiador Max Hasting- la estampa popular de la Primera Guerra Mundial está dominada por imágenes de trincheras, barro, alambradas y poetas. Cierto. Pero es en las novelas donde debe bucear el lector al que le intrigue ese “largo túnel lleno de sangre y oscuridad” (la metáfora es de André Gidé). ¿Qué le ocurrió a Europa entre 1914 y 1918? Las antenas de nuestra especie, los artistas, ofrecen respuestas.

Si hay un libro que ha captado tanto el horror de aquella contienda insaciable como el espíritu cuasi deportivo con que las elites y las masas de una decena de países marcharon al matadero es Tempestades de acero (Tusquets, 1987) de Ernst Jünger (1895-1898). El gentilhombre de Hannover se alistó como voluntario a los diecinueve años y partió a matar con sus libretas de apuntes y el espíritu de su época:

“Crecidos en una era de seguridad, sentíamos todos un anhelo de cosas insólitas, de peligro grande. Y entonces la guerra nos había arrebatado como una borrachera. (…) Ella, la guerra, era la que había de aportarnos aquello, las cosas grandes, fuertes, espléndidas. La guerra nos parecía un lance viril, un alegre concurso de tiro celebrado entre floridas praderas, en la que la sangre era el rocío”.

La I Guerra Mundial, se sabe, fue básicamente una guerra rural de posiciones (ninguna ciudad importante de Europa fue destruida). Jünger amalgamó la ética clásica del guerrero con algo tan improbable como la estética de las trincheras, esas zanjas picadoras de carne que se extendieron desde el Mar del Norte hasta Suiza. Existen seis versiones distintas de Tempestades de acero, la de 1934 fue expurgada de las soflamas nacionalistas que pudieran ser aprovechadas por los nazis. Es tanto un producto de la imaginación como una novela documental que nos trae los hedores de los nubarrones de gas mostaza, las visiones de pesadilla, los sonidos de la metralla, los sabores aguados del rancho durante las grandes batalles en Flandes y en Francia, como el Somme o el canto del cisne del Ejército alemán: Kaiserschlacht.

Hay otras dos obras imprescindibles de Jünger sobre un conflicto donde lo decisivo para sobrevivir era el azar (“ese movimiento vacilante a través del tiempo y del espacio que en cualquier momento puede hundirte en la nada“) la nouvelle El teniente Sturm (Tusquets, 2014) y el sobrio y honesto Diario de Guerra (Tusquets, 2013), que contiene incluso escenas surrealistas: el en julio de 1917, entre el humo de la pólvora, nuestro héroe se distrae en un profundo cráter de granada con su pipa y leyendo Casars Denksaule (la columna conmemorativa de César) de Ignatius Donnelly. A su alrededor, corren soldados despavoridos.

Cómo resistieron aquello sin volverse locos, le pregunta a Jünger el cómodo lector de nuestra era:

“Si no dirigían su trayectoria las estrellas fijas del honor y de la patria, o si su cuerpo no estaba endurecido por el ansia de combatir como por una coraza de escamas, entonces iba a la deriva, como un molusco, como un temblosoro manojo de nervios, en medio de la lluvia de fuego y acero”.

BACANAL DE LA MUERTE


Lluvia de fuego y acero, escribió Jünger. Justamente, la I Guerra fue una contienda básicamente de artillería. Oigamos otra voz eminente:

“Ha caído. No; se ha lanzado cuerpo a tierra porque lo acechaba un perro infernal, un inmenso obús, un repugnante chorro de fuego salido del abismo. Está boca abajo, con la cara en el barro fresco y las piernas abiertas. El producto de una ciencia enloquecida, cargado del peor de los horrores, penetra oblicuamente en el suelo a treinta pasos de él, como el diablo en persona, y estalla con un espantoso alarde de fuerza, levantando una fuente de la altura de una casa… una fuente de tierra, fuego, hierro, plomo y humanidad en pedazos. Porque ahí había dos hombres, dos amigos que se habían arrojado al suelo juntos en el momento crucial y cuyos cuerpos ahora se habían mezclado para siempre y desaparecido para siempre”.

¡Es la voz de Thomas Mann! La montaña mágica (Edhasa 2005), otra novela capital del siglo XX, dedica sólo las últimas diez páginas (de un total de novecientos treinta) a esa “bacanal de la muerte”, pero aborda en clave de metáfora un quiebre trascendente: la I Guerra,  “abominable fiebre sin medida”, marcó el final de una era, el comienzo de un nuevo siglo, como luego teorizaría Eric Hobsbwam en Historia del siglo XX (Crítica 1999). Una civilización entera se hundió: el aristocrático orden liberal, surgido de la Ilustración y cuyo símbolo perfecto fue el sanatorio para tuberculosos ricos en medio de los Alpes que imaginó Mann. El cataclismo abrió paso a la democracia de masas. El futuro sería de los que los pueblos quisieran o de quienes tuviesen la habilidad de manipularlos. Y también del totalitarismo rojo o pardo, la continuación política de la I Guerra por otros medios, según la acertadísima definición del gran historiador John Keegan (The First World War, Pimlico, edición 1999). 

El mismo juego literario encontramos en el último tramo de la inmortal novela de Italo Svevo La conciencia de Zeno. Viajamos a otro frente de batalla, a la ciudad de Trieste, en manos del Imperio Austrohúngaro, tierra irredenta de los italianos. La ruptura de la civilización se encarna en un enloquecido cabo austríaco. La guerra separa a Zeno Cossini de los suyos, le cura las neurosis burguesas y lo sume en un profundo pesimismo:

“Acaso a través de una catástrofe inaudita producida por los artefactos recuperemos la salud. Cuando ya no sean suficientes los gases venenosos, un hombre como todos los demás, en la soledad de su habitación de este mundo, inventará un explosivo incomparable, frente al cual los explosivos actualmente inexistentes parecerán juguetes inocuos. Y otro hombre, también igual a todos los demás, aunque algo más enfermo, robará ese explosivo y lo llevará hasta el centro de la Tierra, para ponerlo en el sitio donde su efecto sea el máximo. Se producirá una enorme explosión que nadie oirá, la Tierra regresará a su forma nebulosa y deambulará por los cielos, carente de parásitos y enfermedades”.

DESASTRE EN CAPORETTO


El frente austroitaliano, esa llaga gangrenosa según Svevo, está retratado y explicado por otra novela inmortal del siglo XX, de corte autobiográfico como las de Jünger: Adios a las armas de Ernest Hemingway. ¡Qué historia tenemos aquí, qué final tremendo que marca para siempre a todos los que debimos pasar, con un nudo en la garganta, por el trance de un parto! El núcleo incandescente es el idilio entre el voluntario estadounidense Frederick Henry, chofer de ambulancias, con la enfermera inglesa Catherine Barkley. Pero la obra pretende además representar la muerte del idealismo, la desilusión con una guerra que a cien años de distancia nos sigue pareciendo absurda. Y el telón de fondo es una de las batallas más importantes, un desastre sin paliativos para los italianos acaecido en 1917: Caporetto.

Es probable, finalmente, que ningún texto haya podido expresar con tanta contundencia el repudio a la locura bélica que las primeras cincuentas páginas de Viaje al final de la noche, la monumental novela de Celine (Edhasa, 2005). Observe el lirismo descarnado, nervioso, de este párrafo:

“Pensé -¡presa del espanto!-: ¿seré pues el único cobarde de la tierra?… ¿Perdido entre dos millones de locos heroicos, furiosos y armados hasta los dientes? Con cascos, sin cascos, sin caballos, en motos, dando alaridos, en autos, pitando, tirando, conspirando, volando, de rodillas, cavando, escabulléndose, caracoleando por los senderos, lanzando detonaciones, ocultos en la tierra como en una celda del manicomio, para destruirlo todo, Alemania, Francia y los continentes, todo lo que respira, destruir, más rabiosos que los perros, adorando su rabia (cosa que no hacen los perros), cien, mil veces más rabiosos que mil perros, ¡y mucho más perversos! ¡Estábamos frescos! La verdad era, ahora me daba cuenta, que me había metido en una cruzada apocalíptica!”

Si la experiencia humana es lo que atrae con mayor fuerza la imaginación del lector del siglo XXI, como sostiene el historiador Hasting, quien quiera aproximarse de cerca a aquella catástrofe inútil -empero, sin la cual seguramente no hubiésemos tenido a Kafka- debe leer novelas.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa del domingo pasado.

domingo, 3 de agosto de 2014

La aventura comunista de Jorge Semprún

Felipe Nieto

Tusquets. Ensayo de historia, 627 páginas. Edición 2014

El profesor Felipe Nieto considera glorioso el compromiso en cuerpo y alma de Jorge Semprún (1923-2011) con el comunismo, desde que salió de un campo de concentración nazi hasta mediados de los sesenta cuando optó por la literatura en detrimento de la militancia. Con un coraje admirable (ser descubierto en Madrid o Barcelona implicaba la tortura y la muerte), el instructor rojo no sólo fue uno de los símbolos de la lucha clandestina contra Francisco Franco sino que hizo “una contribución neta a la conquista de la libertad en España y Francia“, plantea el autor del libro. Por ello lo ha convertido en objeto de estudio y le prodiga una admiración sin fisuras. Entre otras lisonjas, eleva a Semprún a la categoría de “arquetipo del siglo XX“. El tono hagiográfico, ¡ay!, es uno de los elementos que rebaja la eficacia del texto.

Nos informa el sello editorial que la biografía ha sido merecedora del XXVI Premio Comillas. Se trata de la “continuación, ampliación y reconstrucción” de una tesis doctoral. En la prosa más bien árida, sin atractivos literarios, se percibe dicha procedencia. Nadie puede argüir, no obstante, torpeza en la indagación documental. El señor Nieto ha hecho un trabajo formidable con decenas de entrevistas y una cantidad impresionante de bibliografía y fuentes. Pero el tedio muestra su rostro helado demasiadas veces, al menos para un lector argentino. Puede que sea también por el análisis superficial del contexto histórico, o bien por el detalle con que se narran las discusiones bizantinas en el seno del Partido Comunista español.

El Semprún escritor ha legado a la humanidad obras imprescindibles como ‘El largo adiós’. El agente bolchevique, en cambio, merece ser cuestionado y no sólo por sus atroces poemas que se reproducen en esta obra. ¿Puede definirse como paladín de la libertad alguien que hasta la adultez hizo suyos los dogmas estalinistas, incluso la necesidad de purgar a los heterodoxos? Por fortuna, en un punto al intelectual se le corrió la venda de los ojos. Muy meritorio. Cuántos hubo que hasta en el lecho de muerte seguían afirmando que comunismo es igual a democracia.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Regular

PD: En este blog se ha elogiado la novela primordial de Semprún: http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2008/02/el-largo-viaje.html

domingo, 27 de julio de 2014

El teniente Sturm

Ernst Jünger

Tusquets. Novela, 124 páginas. Edición 2014


Flandes, 1916. Los ingleses preparan una gran ofensiva para aliviar la presión sobre Verdún. En las filas alemanas, cada compañía de guerreros semeja a un animal disimulado en la arena que bajo una aparente tranquilidad vibra con los músculos en tensión. Tres jóvenes oficiales se distraen con charla culta, se fusionan en un cuerpo espiritual, ante el inminente estrago. Uno de ellos, zoólogo en la vida civil, les lee lo que ha escrito, esbozos de un cuento o una novela. El teniente Sturm reflexiona sobre lo que la guerra hace a los hombres, en qué monstruo frío los convierte. Es el alter ego de un escritor indispensable del siglo XX, Ernst Jünger (1895-1898), sobreviviente de escenarios donde la muerte era tan habitual como el fogonazo de los disparos.

A cien años de la Primera Guerra Mundial, el sello Tusquets reimprime una obra breve que combina Alta Filosofía con una rara poética de las trincheras. Más allá de las cualidades literarias, cuantiosas pues hay aquí alguna de las páginas más bellas y estremecedoras que ha escrito Jünger, el libro también tiene un valor histórico; indaga una época terrible cuyos hijos no podían darse el lujo de ser compasivos. Llevaban la guerra en los genes. Inquietud, pasión y febril exaltación eran las señas de identidad de ese tiempo no tan remoto.

La novela lanza también un grito ronco, educado, en favor de la persona: “El Estado con, cada vez más desconsideración, limita las funciones del individuo a las de una célula especializada. Hace tiempo que uno no goza de estima por lo que realmente vale sino sólo por lo que vale en relación al Estado”. Uno podría agregar hoy con una mueca triste “o por lo que vale en relación al mercado”.

Es admirable como Jünger fue capaz de destilar del barro, de la sangre vertida, y de la lluvia de acero y fuego, algunas gotas de néctar. El esculpido de los personajes es perfecto. Y la mirada es profunda, atisba bajo la cresta de la espuma de los acontecimientos, incluso de los más terribles.
Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Bueno

PD: Los amigos de este blog saben que aquí hay un lector voraz de Junger. Se han comentado varias novelas del alemán. Por ejemplo, pinche aquí: http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2013/07/diarios-de-guerra-1914-1918.html

miércoles, 23 de julio de 2014

Azar

El diccionario de Asterión XV


Azar (según Jünger):

Sust. Com. Movimiento vacilante, a través del tiempo y del espacio, que en cualquier momento puede hundirte en la nada. Un segundo antes, un metro más allá, eso es lo decisivo. El azar provoca una desagradable sensación en el hombre. Esa sensación de ser portador de valores, de ser único, y sin embargo no ser más que una hormiga que, al borde del camino, aplasta la distraída bota de un gigante.

Palabras más, palabras menos, este párrafo luminoso lo escribió Ernst Jünger, uno de los autores imprescindibles del siglo XX. Quintaesencia del pensamiento conservador elegante y lúcido, el artista lo incluyó en la nouvelle El teniente Sturm (el domingo aparece la reseña en este blog después de ser publicada en La Prensa) que nos lleva a los parapetos de Flandes de casi cien años atrás, cuando la Europa enloquecida se desangraba en la I Guerra Mundial. Esa sensación de caminar sobre la fina capa de hielo que cubre un río turbulento era lógica en las trincheras del Ejército alemán, “donde la muerte era tan corriente como el fogonazo de los disparos“. Pero el hombre contemporáneo -hablo en nombre propio- no ha podido desembarazarse del miedo al azar, que puede tener rostros tan abominables como los de un colapso económico, una enfermedad degenerativa o un depredador urbano, de esos que matan por dinero. El hombre no es libre -sentenció Borges- el destino acecha entre las sombras.
G.B.

sábado, 19 de julio de 2014

El Narciso de los cien mil disfraces

Perderé en Austerlitz y ganaré en Waterloo
 Curzio Malaparte

Por Guillermo Belcore

Hay una linaje maldito de escritores cuyo talento artístico es opacado por sus vicios, sus defectos o sus elecciones ideológicas. Los moralistas, esa panda de hipócritas o de fanáticos, pugnan para que su obra en bloque sea relegada al olvido. Felizmente, no siempre tienen éxito. Todas las generaciones tienen derecho a disfrutar de los buenos libros, sin detenerse a considerar la integridad de sus autores. Al fin y cabo, ¿que sabemos hoy del Homero o del Dante de carne y hueso? La cri-ética, sentenció Borges, es la ciencia de los canallas.

En esa barca de condenados cuyo pasajero más conocido es Celine navega también un toscano del siglo XX. Su nombre era Kurt Suckert, pero es mejor conocido como Curzio Malaparte. En Europa se lo evoca como esbirro de Benito Mussolini. También se lo recuerda como  “un mitómano, exhibicionista, persona ávida de dinero y de placeres, camaleón, dispuesto a servir a todos los poderes y a servirse de ellos, especie de Cagliostro de las letras modernas”. Es una imagen hecha de tópicos, asegura Maurizio Serra, literato y diplomático italiano que ha escrito (en francés) una monumental biografía de Malaparte (Tusquets, 553 páginas). ¿Su propósito? Demostrar “la coherencia íntima y la modernidad” de un “precursor del compromiso libre del intelectual”. El fascinante ensayo deja incluso un par de mensajes para los muchachos de Carta Abierta: antes de militante se es intelectual; todo pasa menos la misión de testimoniar. 

Quizás los amigos de este blog recuerden que Malaparte hizo gran periodismo y dio a la imprenta dos novelas documentales (imprescindibles) sobre la Segunda Guerra Mundial: Kaputt y La piel. Conforman dos frescos impresionantes (no se ahorran repugnancias) del conquistador alemán en la Europa ocupada y del victorioso Ejército estadounidense en Nápoles. Hay en ellas un estilo en juego: “Partir de lo real, para transfigurarlo, desvirgarlo, violarlo pero sin negar lo real nunca”, Serra dixit. El tamiz es un ego monstruoso. Porque el toscano -establece su biógrafo- se sirvió de la historia, pero no la respetó, como el bárbaro usa a la prostituta que encuentra en el camino y la abandona cuando ha gozado. De Malaparte también han llegado al español: El compañero de viaje, Técnicas de golpe de Estado: como los dictadores alcanzan el poder, Sodoma y Gomorra, Muss, el gran imbécil y Diario de un extranjero en París.

EL PERSONAJE


Curzio Malaparte nació en 1898 como Kurt Erich Suckert en Prato, arrabal de Florencia. Familia burguesa, padre alemán y luterano, madre lombarda acomodada. Luchó en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. De allí saltó a la literatura con un seudónimo que evocaba a Napoleón. Se sumó al fascismo, pero nunca fue un intelectual orgánico, su feroz independencia y sus ambiciones desaforadas lo metían cada dos por tres en dificultades. Insultó a un jerarca del régimen y terminó dieciocho meses preso, por lo general en condiciones benignas. Además de escritor de valía, fue director de La Stampa (el diario de los Agnelli) y de revistas literarias de gran calidad y espíritu cosmopolita. Fue corresponsal de guerra al servicio y en contra de Mussolini. Se parecía algo a Drieu La Rochelle y a André Malraux, pero su obra-vida fue originalísima. Polígrafo destacado, fue protegido por Galeazzo Ciano (el yerno del Duce), Palmiro Togliatti (el mandamás del Partido Comunista) y los políticos en general. Sedujo a la madre de Giovanni Agnelli y a Mao Tse Tung. Tenia gran predicamento entre las mujeres (una actriz norteamericana se mató por él) pero su gran amor fueron los perros. Mejor dicho, ‘su segundo gran amor’, el primero era él mismo. “Incluso juzgado con los criterios del mundo del espectáculo, asombra tanto narcisismo. De él se ha dicho que ‘en todas las bodas quería ser la novia; en todos los entierros el difunto‘”, escribió Serra. Fue un divo, lo que hoy llamaríamos un “mediático”. Malaparte murió en 1957, se necesitó un cáncer de pulmón provocado por los gases alemanes de Bligny en 1918 para segar tanta vitalidad. Fue fiel al personaje hasta el último minuto. Fascistoide pero también marxistoide, anarquistoide, paladín del qualunquismo, lo que hiciera falta para figurar… ¡Qué tipo!

Para juzgar a un hombre hay que examinar atentamente sus retratos, escribió Malaparte. Su biógrafo lo describe así: Boca fina, como una hoja de papel, y tan recta y dura como el canto de una regla. Ojos, hundidos en sus órbitas, que miraban a todas partes, aunque sin posarse en nada y por momentos parecían de vidrio, lo que hizo creer erróneamente a algunos interlocutores que tomaba opio. Un metro ochenta y cuatro de estatura. Porte distinguido y viril, cabellos negros engominados. Desdeñó los placeres fáciles del alcohol, el tabaco y las drogas. Se cuidaba en las comidas. La austeridad (excepto en la elección de la morada) formaba parte de la liturgia del culto al Yo. Soltero empedernido, Curzio solía maquillarse y se aplicaba carne cruda en las mejillas para mantenerlas lozanas. Mantuvo toda su vida un apetito voraz por la escritura. ¡Qué tipo!

Este pícaro consumado hizo todo a su manera, incluso cosas muy feas, como visitar al sátrapa de Hitler en Varsovia, mientras los judíos eran exterminados. Pero más allá de las razones -todas muy buenas- para execrarlo, su trayectoria de camaleón perfecto no puede sino inspirar curiosidad. Por eso la biografía resulta muy interesante. Los detalles cómicos -la sarta de mentiras de Curzio para caer siempre parado, por ejemplo- alivian la espantosa crueldad de la época. El historiador Serra, por cierto, no se ha limitado ha seguirle la estela al farabute; también retrata con amenidad y rigor el contexto, por ejemplo la escena cultural en la Italia fascista o durante la posguerra. Los parangones (entre Malaparte y Moravia, verbigracia) siempre nos parecen esclarecedores. Vale destacar que el autor no se ha dejado seducir por el canto embrutecedor de las sirenas de lo políticamente correcto; se esfuerza en matizar. 

El libro incluye apéndices valiosos. Otro agrado del libro es la calidad de los escritos del propio Malaparte, heraldo de la decadencia europea. Obsérvese la originalidad de la mirada, definitivamente no era un tipo común y corriente:


“Nada hay en el mundo más despreciable que el hombre, ese animal pervertido, ese animal degradado por la razón. Hay en los ojos del hombre, un animal inocente que nos mira con su prolongada mirada pura, llena de piedad y de desprecio. ‘El asesino siempre es el hombre‘, me decía un soldado alemán en Rusia, en agosto de 1941, ‘su víctima es siempre un animal‘. El hombre asesinado se convierte en un animal perseguido, asustado. Por eso el hombre asesinado inspira piedad. Porque no es un hombre, es un animal”.

Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Muy bueno

sábado, 12 de julio de 2014

El don

Mai Jai

Destino. Novela, 477 páginas. Edición 2014.

El ascenso de China al más exclusivo de los clubes -el de las potencias globales- viene acompañado con una firme determinación. Demostrarle al mundo que es capaz de producir con calidad todos los bienes culturales que ha generado Occidente, desde los Juegos Olímpicos hasta el bestseller, esa subespecie literaria que se parece al arte como un relojito de Hong Kong a las maquinarias suizas. Así, el omnipresente Estado chino, asociado con editoriales de este lado del muro de bambú, trae al castellano una novela que ha vendido la friolera de quince millones de ejemplares en su idioma original. Mai Jai (Fuyang, 1964) acaba de visitar la Argentina, país al que le une su pasado: dice que el único libro que leyó en el Tíbet durante tres años de servicio militar fue una antología de los cuentos de Jorge Luis Borges. Dice que ganó un concurso de memoria recitando veintiséis poesías de Borges sin pifiar un solo verso.

Se narran aquí las peripecias de Rong Jinzhen, un auténtico genio matemático. La China de Mao Tse Tung lo recluta para trabajar en la misteriosa Unidad 701 del servicio secreto. Su misión es descifrar los códigos militares del enemigo. Vale decir, este es un libro sobre la criptografía, pero hasta la página doscientos y monedas no nos percatamos del corazón de la historia; el autor se demora narrando el árbol genealógico del protagonista. La primera parte del libro tiene, por cierto, un dejo garcíamarqueano. Reconoce Mai que uno de sus libros favoritos (y de miles de sus compatriotas) es Cien años de soledad.

Se ha señalado que El don está salpimentada con una enorme variedad de elementos autobiográficos, por eso es también una novela sobre la belleza de las matemáticas, ese palacio de precisos cristales, según la hermosa definición borgeana. Está muy bien la suave denuncia de la razón de Estado que aplasta a su antojo los destinos individuales (suave, dijimos, recuérdese que la obra ha evitado una de las censuras más odiosas del planeta). La prosa de Mai es muy legible; su arquitectura, inteligente. Pero los personajes, aunque atractivos, carecen de profundidad psicológica; parecen figuritas. Para redondear, este libro podría ser ubicado en la categoría de los “casi buenos”. 
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: regular


martes, 8 de julio de 2014

Un traidor como los nuestros

John Le Carré

Plaza & Janes. Novela de espionaje, 395 páginas. Edición 2010.


Dice el autor en la página ciento veintiuno: “La buena labor de los servicios de inteligencia es hoy lo único que le asegura a Gran Bretaña un lugar en la mesa de las potencias“. Puede ser. Yo pienso, no obstante, que el decrépito y desgajado Imperio sigue refulgiendo por artistas de la talla John Le Carré. En el subgénero de novelas de espionajes, no conozco escritor más competente.

Desde la primera página, seduce la trama de la vigésima segunda obra de Le Carré (se sabe que en la literatura de genero la historia es un elemento crucial). Peregrine Makepiece, más conocido como Perry, versátil deportista amateur de mérito y hasta fecha reciente profesor de literatura inglesa en Oxford, disfruta su vacaciones en la caribeña Antigua, junto a su atractiva esposa Gail Perkins, una letrada animosa. La joven parejita inglesa conoce allí a Dima, Rolex con diamantes incrustados en su muñeca, hombre fuerte en la isla. El amor al tenis los une. Conviven en la playa, aceptan el convite a una fiesta. Hasta que finalmente el oligarca ruso les pide auxilio. Quiere asilarse en Inglaterra. A cambio, el zar del lavado de dinero entregará al gobierno de Su Majestad Isabel II jugosos secretos. El tramite no es tan sencillo, como parece. Dima y sus hermanos mafiosos de Rusia tienen tratos sucios con pilares de la sociedad británica, con la City. Perry y Gail terminan convirtiéndose en espías, prestándose a las maquinaciones de una célula desnuda del espionaje británico, liderada por una suerte de Savonarola secreto obsesionado con la reforma de la Agencia (el MI6).

Si hay algo que el señor Le Carré sabe hacer con maestría (además de contar una buena historia) es tallar personajes rotundos, en especial a esos sinvergüenzas codiciosos, que son la hez del capitalismo global, tipo Paul Singer, el dueño del fondo buitre especializado en alimentarse de la deuda carroñera de países en dificultades como Congo, Perú y ahora la Argentina. JLC no describe a Singer pero atrapa nuestro interés con un puñado de bandidos elegantes que comen del plato de los Siete Hermanos del hampa rusa. El truco es correr los cortinados que separan a nosotros -los pobres diablos- de los verdaderamente ricos. Nos conduce de la mano a un palco preferencial de Roland Garros, por caso, para ver la final entre Federer y Soderling. JLC tiene, por cierto, buen ojo para los detalles.

Recapitulemos. El lector encuentra aquí una trama interesante con fechorías internacionales, espías y delincuentes de carne y hueso que nunca rompen la membrana delgada de la verosimilitud, una explicación razonable de cómo funciona en realidad el mundo de las altas finanzas (y los grandes medios no dicen). El lector puede abandonarse al goce de la lectura.
Guillermo Belcore

Calificación: Bueno 


PD:
Ganga. Lo compré en una mesa de saldos de la librería Libertador de la calle Corrientes. Corran a buscarlo. Es mejor que una serie de televisión.

sábado, 5 de julio de 2014

Diarios 1954-1991

Abelardo Castillo

Alfaguara. 627 páginas. Edición 2014

Que nadie espere encontrar en Diarios del gran Abelardo Castillo los diarios de un hombre de letras olvidado en el fondo de un cajón que un adlátere encontró para gozo de la posteridad. Más bien se trata de un producto pausterizado -minuciosamente corregido por el autor- cuya función principal es coadyuvar a la fabricación de la propia estatua. Es decir, el texto carece de pimienta. No hay revelaciones, escándalo, polémicas picantes, condenas definitivas, errores de criterio, desmesuras, nada de lo que Castillo pueda arrepentirse de haber garabateado. Abundan, en cambio, las explicaciones (por qué nunca militó en el comunismo, por qué colaboró con La Opinión intervenida por los militares; por qué escasean las reprobaciones de la dictadura). El tono de insinceridad, en fin, resulta abrumador. Aburre.

Esto no significa que de Diarios no pueda extraerse alguna idea interesante, una cita, un comentario sagaz, pero las flores son raras como en el desierto de Atacama. Se agradece la reproducción de una carta indignada que Castillo le había enviado a David Viñas, ese matón confuso, en 1961 (al parecer no le gustó que lo tratase de derechista y de gay). También resultan agradables de leer el relato de aquella noche ochentista con Borges; los esfuerzos para entender a Nietzsche a lo largo de toda la vida; los dardos a Ernesto Sábato, el fatuo. Poquito más.

Pero ningún libro es tan malo que no contenga algo excelente. Así llegamos a la página cuatrocientos setenta y dos. Y el lector siente escalofríos, suda incluso. Encuentra uno de los mejores cuentos que se han escrito en la Argentina. No se trata, sin embargo, de ficción. La policía visitó la morada de Castillo en 1979. Un vecino lo había denunciado. Dos muchachos con ametralladoras y un oficial untuoso, fraudulento como un dólar con la efigie de Videla. Es decir, la Gestapo versión criolla. Resulta espeluznante pensar en esa Argentina de ayer nomás… volvamos mejor a las letras para cerrar el comentario. Hay esbozado aquí un personaje memorable. Ojalá, Don Abelardo convierta en novela a aquel demonio de la Policía Federal cuya especialidad era cazar intelectuales de izquierda.
Guillermo Belcore
Una versión abreviada se publicó en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa de este fin de semana.

Calificación: Regular

PD: En su momento, disfrute mucho al Abelardo Castillo crítico literario (pinche aquí) y al hábil cuentista (pinche aquí). Pero me cuesta bastante encontrar razones para recomendar la lectura de este ladrillo. Una podría ser, ahora que lo pienso, "exclusivamente para los fans del escritor".






domingo, 29 de junio de 2014

Calles y otros relatos

Stephen Dixon

Eterna Cadencia. Cuentos, 190 páginas. Edición 2014.


La libre competencia, al menos en la Argentina, ha mejorado la industrial editorial. Se esfuerzan nuestras pymes -y ello es motivo de aplauso- para tentar a su majestad el lector con textos sublimes que los mastodontes del negocio suelen desdeñar. Así, vuelven autores que nunca debieron ser olvidados o llegan otros que jamás habían sido traducidos. Como en este caso. Descubrir a Stephen Dixon (1936) es un regalo del Cielo, al menos para quienes la Alta Literatura forma una parte importante de su vida. En esta magnífica colección de cuentos -qué buena selección hizo Eduardo Berti-, el escritor neoyorquino aborda preguntas que van al meollo de la condición humana: ¿por qué el amor se apaga de repente? (y por qué muchos hombres o mujeres no pueden aceptarlo); ¿por qué un señor en la flor de la vida decide pegarse un tiro en la boca?; ¿por qué no puede elegir su final un anciano torturado por la enfermedad?; ¿por qué el desatino rige la conducta humana?; ¿por qué son tan difíciles las relaciones padre-hijo?

La escritura de Dixon es notable, siempre. Hay aquí frases, párrafos, cuentos enteros incluso (léanse La firma o Calles, por ejemplo) que podían definirse como “perfectos”, si es que esa meta pudiese alcanzarse en el arte. Se trata de un estilista notable, capaz de narrar una historia desde perspectivas diferentes; o de provocar tristeza o risa con un pestañeo, de improviso, incluso; o de tallar diálogos vibrantes que satisfacen sobradamente la teoría del iceberg de Hemingway. El estilo de Dixon nos resulta familiar, pero es originalísimo. De hecho, Rodrigo Fresán detalla en el prólogo muchísimos parentescos (algunos disparatados) pero ninguno de ellos logra explicarlo. Lo que sí hace muy bien es trasmitir su entusiasmo por este ilustre desconocido (para los argentinos). Tiene razón Fresán: el lector del volumen se convierte en “eufórico recomendador” del neoyorquino. Da ganas de seguir leyéndolo. Uno cruza los dedos para que la veintena de libros de ficción de Stephen Dixon arriben a la Argentina.
Guillermo Belcore

Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Excelente

sábado, 28 de junio de 2014

1914, una tragedia europea

“El pequeño y estrafalario melodrama que se desarrolló en Bosnia el 28 de junio de 1914 tuvo un efecto similar al que podría tener una avispa al picar a un enfermo crónico que, como resultado de ello, enloqueciese y abandonando el lecho, consagrase sus últimos días a destruir el avispero”.
Max Hasting (1) 

Hace cien años, en las calles de Sarajevo, un terrorista adolescente descerrajó dos balazos al archiduque Francisco Fernando, heredero al trono austrohúngaro y el único influyente en ese imperio decrépito que no soñaba con hacer la guerra  a sus vecinos. A la historia le encantan las paradojas. De esta manera, Gavrilo Princip, un pelele serbobosnio que ni siquiera tenía la talla para ser llamado a filas, proporcionó el detonante (de ninguna manera la causa) del hecho capital del siglo XX, la Primera Guerra Mundial, también conocida como Gran Guerra.

Aquella carnicería diseminó semillas malignas que aún dan frutos envenenados. En Medio Oriente, por ejemplo, con sus mapas contra la naturaleza de los pueblos. O en las vocinglerías de los bolcheviques nostálgicos o de los neonazis. El totalitarismo -como ha sentenciado el gran historiador John Keegan (2)- fue la continuación de la I Guerra por otros medios.

Mirado desde el cómodo siglo XXI, el primer conflicto global causa una sensación de tragedia, futilidad, de matanza de los inocentes. Entre el 28 de julio de 1914 y el 11 de noviembre de 1918 murieron en el campo de batalla casi diez millones de personas. Se usaron, por primera vez, armas diabólicas como el gas mostaza. Ninguna de las grandes ciudades europeas fue destruida, básicamente se trató de una guerra rural. No obstante, millones de civiles sufrieron daños físicos y psicológicos irreparables. Cuatro imperios (el alemán, el austrohúngaro, el turco y el ruso) colapsaron; otros dos se arruinaron moral y económicamente (el inglés y el francés). Una civilización entera se estragó: el aristocrático orden liberal, surgido de la Ilustración europea, dio paso a la democracia de masas, el futuro sería de los que los pueblos quisieran o de quienes tuviesen la habilidad de manipularlos. Hasta el arte cambió por completo. La devastación de la Gran Guerra sentó las bases de una epidemia de gripe aún más letal (18 millones de muertos en todo el mundo) y generó una paz tan precaria que al cabo de escasos veintiun años el mundo estaría otra vez con las armas en la mano. Y el horror sería aun mayor: cinco veces más destructivo en vidas humanas e incalculablemente más costoso en términos materiales. Quizás los historiadores del mañana consideren la I y II Guerra Mundial como el mismo enfrentamiento con un débil armisticio en el medio.

Las causas

¿Pero cómo fue posible semejante suicidio? ¿Se trata de un caso de locura colectiva? En cierto sentido, sí. Pero en tren de buscar explicaciones racionales, puede concluirse que la Guerra Guerra fue la consecuencia lógica de un par de factores:
1) un orden internacional apocalíptico en el que competían dos bloques armados de proporciones colosales; 
2) el choque de dos ideas tan atávicas como desestabilizadoras: el imperialismo germano vs. el paneslavismo.

 En su monumental ensayo Diplomacy (3), Henry Kissinger compara el mundo bipolar de 1914 con la guerra fría, con la salvedad de que aquel escenario era mucho más volátil que el que protagonizaron Estados Unidos y la Unión Soviética. Cualesquiera de los cinco o seis jugadores europeos de primer nivel tenía el potencial para arrastrar a los demás a la perdición como consecuencia de un rígido sistema de alianzas que, en apenas dos décadas, sepultó el Concierto de las Naciones que había mantenido la paz continental (sólo hubo guerras regionales breves y profesionales) desde los tiempos napoleónicos.

Dos bloques antagónicos se habían enquistado en el Viejo Continente, uniendo antiguos adversarios y competidores territoriales: la Triple Entente (¡Gran Bretaña, Francia y Rusia en un mismo bando!) vs. las Potencias Centrales (Alemania, Austria Hungría e Italia, aunque está última en el momento de la verdad cambiaría de bando). Era un juego de suma cero. La confrontación era el método estándar de la diplomacia y cada crisis se volvían más difícil de resolver que la anterior, pues se convertían en una suerte de test de virilidad. Se creía (hoy también) que una política exterior firme y expansionista era la mejor cura para las enfermedades nacionales, y en especial para contener al ascendente socialismo. Así las cosas, ni siquiera los estadistas más cultos e inteligentes llegaron a percibir la gravedad del rumbo de los acontecimientos a comienzos del siglo XX. Cualquier cosa provocaba un alboroto (el papel de los diarios sedientos de sangre no puede ser subestimado). Sin embargo, lo que hoy resulta evidente es que el fatídico desenlace no se precipitó por el fervor nacionalista de las masas, sino por las decisiones de grupos de poder muy reducidos en el seno de siete países.

Es que por debajo de un establishment cosmopolita que compartía una religión y una cultura común existía un submundo siniestro: la Europa de los soldados. Millones de personas habían aprendido a usar un rifle o a marcar el paso. Las potencias se habían embarcado en una febril carrera armamentista (más y mejores armas, movilización total de los hombres y recursos) que incluía minuciosos planes de guerra, con cronogramas de hierro, sin control alguno de los gobernantes. El Ejército alemán -la más eficaz máquina de guerra que se había visto desde los romanos- era un Estado dentro del Estado. John Fitzgerald Kennedy pudo en 1962 frenar los bombardeos a Cuba durante la crisis de los misiles y así salvo al mundo de una hecatombe nuclear; el Kaiser, ese trastornado, no hubiera podido hacer lo mismo. El casus belli había escapado del control civil. Por eso, después de 1918 acuñaría el premier francés George Clemenceau su famosa frase: “la guerra es una asunto demasiado serio como para dejárselo a los militares”.

Sarajevo, sangrienta

Y los Balcanes eran un polvorín. En el vientre de Europa (el Cercano Oriente, según la visión de Londres) hubo dos guerras a principios de siglo XX. Sobre los restos del Imperio Otomano, emergió la belicosa Serbia que ambicionaba crear un gran Estado paneslavo que integraría a varios millones de súbditos de los Habsburgos. A la postre, los serbios lo lograrían (Yugoslavia duró setenta años) pero a un altísimo precio: Serbia perdió el 15% de la población en la Gran Guerra, una tragedia atroz comparada con el 2 al 3% de Alemania, Francia o Gran Bretaña.

Vale decir, Serbia era el enemigo mortal del políglota y decadente Imperio Austrohúngaro, que en 1908 le había infligido otra humillación: anexó la actual Bosnia-Herzegovina. Rusia era el gran protector de Belgrado. Y Alemania el de una Viena que sólo necesitaba (y buscaba) un pretexto para ajustar cuentas por vía de las armas con los serbios.

En la era previa de 1914, el terrorismo era, como hoy, endémico, aunque su matriz era básicamente anarquista o ultranacionalista. Uno de sus patrocinadores fue la Mano Negra, organización secreta serbia copiada de sectas similares de Alemania o Italia del siglo XIX. La Al Qaeda de entonces puso la Browning en las manos inexpertas del alfeñique Princip y bombas en la de sus seis secuaces, apenas trascendió que el heredero al trono austrohúngaro visitaría Sarajevo a fines de junio. Una visita imprudente, una provocación casi. Pero fue un conjura tan chapucera -hasta el punto de lo ridículo- que sólo tuvo éxito por dos factores inexorables:
a) El azar (tras salir ilesos de otro atentado, el archiduque y su esposa aparecieron por casualidad la esquina donde aguardaba Gavrilo).
b) La negligencia austríaca. Se dijo que los funcionarios imperiales de Sarajevo habían dedicado más energía a discutir los menúes y los temperaturas de los vinos que a la seguridad de su huésped de honor.






Reguero de pólvora

El asesinato del archiduque y su consorte plebeya conmovió al mundo civilizado. Fue un asunto de honor nacional y prestigio, no sólo había intereses en juego como en las disputas por el norte de Africa o las guerras balcánicas de 1912. No obstante, en las primeras semanas de crisis se creyó que el conflicto estaba focalizado. ¿Ir a la guerra por Serbia?, impensado en Londres y París. Pocos percibieron que Viena tenía en sus manos un cheque en blanco librado por los alemanes para la destrucción de Serbia; y San Petersburgo lo mismo, para impedirlo, pero entregado por los franceses. El fatal juego de alianzas convirtió un asunto local en una tragedia sin precedentes. Hoy se considera que la movilización rusa del 25 de julio fue el hecho decisivo del comienzo de las hostilidades, ya no podría haber marcha atrás, pero está claro que si alguien deseaba un enfrentamiento continental en 1914 era Berlín.

En efecto, cuando se presentó la oportunidad de empezar la guerra, Alemania se aferró a ella como el náufrago a su tabla. La poderosa nación germana tenía las mejores barajas en la mano. Aunque no era un estado absolutista a la manera de Rusia, conservaba el carácter de autocracia militarizada, paranoica y temerosa del avance socialdemócrata en su seno. El jefe del Estado Mayor, Helmut von Moltke (el joven) tenía un apetito insaciable por una confrontación europea. Predominaban las fantasías wagnerianas. Si hay guerra, es mejor que sea ahora antes de que los rusos y franceses completen su rearme, pensaba el generalato alemán en junio de 1914. Sus garantías de seguridad a los aventureros de Viena -desesperados por conservar sus provincias eslavas de la agitación serbia- fueron la causa primordial del estallido.

Con la invasión austrohúngara a Serbia y la de Alemania a Bélgica (otro enorme gaffe diplomático que confirmó la entrada en guerra de Gran Bretaña) comenzó la producción en masa de la muerte. Al comienzo, hubo celebraciones frívolas en todas las grandes ciudades, sin embargo la idea de que Europa recibió la catástrofe con los brazos abiertos está hoy muy matizada, sino desacreditada. Muchísima gente reflexiva estaba horrorizada. Y seis meses después ya se asumía que era una verdadera tragedia.

Muchas figuras extrañas, de corta inteligencia, se disputaban el escenario político en 1914. La paz requería de un estadista de talla y en ninguna potencia los había. Todos los planes de Alemania se basaban en noquear a Francia en cuatro semanas a lo sumo, para después volverse contra Rusia. El Imperio Austrohúngaro fue con la convicción de arrasar a su pequeño y revoltoso vecino antes de la Navidad. Rusia desenvainó la espada en defensa de Serbia, y Francia honró sus absurdos compromisos con el odioso zar. Las matanzas comenzaron de inmediato: en la era de las ametralladoras había una fe exagerada en el coraje humano y la carga con bayoneta. Simplemente la clase gobernante no tenía idea del poderío bélico que tenía entre manos. Fueron cuatro años de picadora de carne en las trincheras occidentales (símbolo perfecto del empate militar) y en los escenarios bélicos globales, también nuestras islas Malvinas. Gavrilo Princip no vería el final. Murió de tuberculosis en la cárcel de Terezin, en la actual República Checa.
El mundo entero, y sobre todo los jefes militares, esperaban una guerra corta y brutal que resolviera de una vez por todas las cuestiones internacionales del momento, incluso las tensiones internas.

Guillermo Belcore

  • Fuentes: 
  • (1) - 1914, el año de la catástrofe. Max Hasting. Crítica. Edición 2014
  • (2) - The First World War. John Keegan. Pimlico. Edición 1998.
  • (3) - Diplomacy. Henry Kissinger. Simon & Schuster. 1994.
  • (4) - La Gran Guerra. Peter Hart. Crítica. Edición 2014.

Publicado hoy en la página central del diario La Prensa.

domingo, 22 de junio de 2014

Sólo en Berlín

Hans Fallada

Océano. 686 páginas. Edición 2013.


Berlín, 1940. Ofuscado por la muerte de su hijo en el frente de batalla, un ebanista que sólo deseaba tranquilidad se rebela. Junto a su esposa, el obrero reparte postales con arengas contra Hitler. La Gestapo, las SS, la policía intentan cazar al enemigo del Estado alemán. No les resulta fácil. Dos años después, cuando se les acaba la suerte, son arrestados Otto y Anna Quangel. Hombres-bestia hacen tronar el escarmiento. Esta es la trama de una novela imprescindible del siglo pasado. Fue la última obra (acaso la mejor) del olvidado Hans Fallada; un año después, en 1947, el escritor alemán puso fin a su vida con una sobredosis de morfina.

Primo Levi, palabra autorizada, dijo de Solo en Berlin que es “el libro más importante jamás escrito sobre la resistencia alemana”. Hay que creerle, amigo lector, la novela tiene un inmenso valor testimonial (de hecho se basa en un caso real que el autor encontró en los archivos nazis) pero ese anclaje con la Historia en ningún momento rebaja la calidad artística. Su fuerza estética deviene, sobre todo, de la intensidad dramática: Fallada se las ha ingeniado para encadenar escenas tremebundas que se leen con un nudo en la garganta. Afortunadamente, se nos permite un desahogo: cunde cierto clima de farsa generado por pilantras que recuerdan a los bribones de Chaucer o de Shakespeare. Es decir, lo específicamente literario se impone sobre la pesadez de aquello que llamamos realidad. Caracteres memorables, seña de identidad de los grandes libros, por otra parte.

Fallada, que vivió recluido en una suerte de exilio interno durante los años satánicos del Tercer Reich, nos obliga reflexionar sobre un misterio insondable: la conciencia que dice ’no’ al Poder, a costa de sus propios intereses, en este caso de la vida y de la dignidad del cuerpo. Qué es lo que hace que un hombre mantenga la decencia, incluso en los hediondos calabozos de la Gestapo, acaso el lugar del Universo más alejado de la presencia de Dios. Quién sabe. 
Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Excelente