miércoles, 14 de julio de 2010

Modos del ensayo. De Borges a Piglia

Alberto Giordano
Beatriz Viterbo. Ensayo de literatura y arte. 287 páginas. Edición 2005

En Otro poema de los dones, Borges agradece a Dios por Schopenhauer, que acaso descifró el universo. Del profesor Alberto Giordano (Rufino, 1959) podría decirse lo mismo que del uruguayo Emir Rodríguez Monegal: acaso su voz sensata haya descifrado a Borges.

El sello Beatriz Viterbo corrigió y enriqueció una obra de 1991. La reimpresión es oportuna, las mejores páginas son las más recientes. Con prosa algo recargada pero henchida de sabiduría, Giordano examina el arte del ensayismo en escritores trascendentes. Salen a la luz métodos de composición, artimañas disimuladas y experiencias de lectura. También se hace psicoanálisis de algunas figuraciones intelectuales.

Los primeros capítulos desmenuzan al autor de El Aleph. Giordano venera dos hazañas del mejor escritor que dio el idioma español: la lectura asombrada de una obra desde el detalle curioso, y la ética del lector inocente. Destruye una rara interpretación de Beatriz Sarlo, quien identifica a Borges con el formalismo. Revela una sutil traición a la amistad en el prólogo de La invención de Morel.

Sigue en el tomo la presencia discreta de Bioy Casares, prudencia hecha tanto de reserva como de identidad. Por sus digresiones irrumpe la vida. Espeja luego a José Bianco con Sainte-Beuve. Del autor de Las ratas, sopesa los fragmentos teóricos y el amor incondicional a Proust.

Por incompletas, las vivisecciones de David Viñas y de Ricardo Piglia quizás no estén a la altura del resto del libro (no estoy en condiciones de evaluar el abordaje de Oscar Masotta). Pero los dos trabajos sobre Julio Cortázar merecen el rótulo de excelentes. El narcisismo solapado y autoritario recibe una paliza. Al parecer, Cortázar era de esos sujetos que cuanto más reconocimiento tienen, más lo necesitan; o peor, menos toleran su falta. Es decir, la afinadísima táctica de mostrarse como sea.
Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

PD: Dice la gente de Beatriz Viterbo que sus libros son para "lectores de lujo". Este libro, esclarecedor, justifica la propaganda.

sábado, 10 de julio de 2010

Los años

Virginia Woolf
Lumen. Novela. 491 páginas. Edición 2010. Precio aproximado: 65 pesos.

El tiempo no para y ello comporta una tragedia para las personas; la vida cambia sin cesar; la degradación es irrevocable, los rostros más hermosos se marchitan. Este es el tema del libro más vendido de Virginia Woolf. Se enriqueció con un largo tiempo de maduración (iba a ser un ensayo en un primer momento) y fue publicado en 1937, cuatro años antes de que la escritora inglesa -una mente originalísima- se arrojara en las fauses del río Ouse con los bolsillos del abrigo rebosantes de piedras. Los años es una novela convencional, aunque muy bien construida, acaso la más alejada de los polémicos experimentos literarios de Virginia. Aun hoy sigue proporcionando una gozosa experiencia de lectura.

Se narra la historia de una familia de clase media alta: los Pargiter. Cada capítulo (excepto el primero) ocurre en un día de un año determinado: 1880, 1891, 1907, 1908, 1910, 1911, 1914, 1917, 1918 y “Los días presentes”. Comienza con una bellísima descripción de la estación del año (el procedimiento poético también se usa como separador) y luego se van engarzando una suerte de escenas teatrales. No se apela al tono épico, son episodios corrientes y banales, como una fiesta, un velorio o un viaje al campo. Los personajes son como gente disfrazada que representa un papel, todos parecen frotados con una gamuza, relumbran, “cruzan la estancia con el aire de un buque que entra en puerto“. Los diálogos se ciñen a la convicción de que generalmente sólo hablamos tonterías. Las reflexiones son fragmentarias, porque "no pueden ser de otra forma". En ese ambiente de cuadro, circulan en puntas de pie las ideas, los ideales, las modas que astillaron a la ceremonial y pomposa Inglaterra y permitieron, entre otros progresos, la dignificación progresiva de la mujer.

Virginia Woolf ama a los personajes “humanos”, los que rompen las ataduras y no viven “como tullidos encerrados en una caverna“, especialmente las mujeres. Hay en su escritura la típica fascinación anglosajona por las emociones. Se dice que los ingleses recién descubrieron en 1997, con la muerte de la princesa Diana, que expresar los sentimientos es algo bueno y saludable.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Muy bueno

PD: Cuando tengo en mente el concepto platónico de “novela”, pienso en libros como éste. La Universidad de Adelaida (Australia) permite leerlo entero en inglés.

PD I: He estado hablando sobre esta gran obra en un programa de radio. Quien desee escuchar el comentario puede pinchar aquí.

martes, 6 de julio de 2010

¿Un compadrón es un barrabrava?

Es posible que Jorge Luis Borges haya depurado a la literatura argentina de fealdad y torpeza, al menos hasta el día de hoy, cuando su poderosa sombra casi se ha desvanecido y se puso de moda nuevamente el vicio de escribir mal. Digo esto en relación a una novela del Centenario que me ha cautivado, incluso por sus disparates que son legión y evidentes. Manuel Gálvez publicó Nacha Regules años antes de Borges. Por ello, pudo infligirle a sus lectores expresiones arltianas como “las lágrimas hacinábanse en sus ojos” o “el dolor desenclaustró (!!!) del alma de Monsalvat palabras consoladoras que él mismo no sabía de donde las sacaba”…

Establece Abelardo Castillo -un crítico excelente- en su último libro que no se trata de una tara argentina: en esa época el novelista en español promedio escribía de manera afectada y defectuosa. Existía, además, cierto gusto enloquecido por la sinonimia que llevaba a emplear, por ejemplo, vocablos espantosos como “soliloquiar”. Pecados venales. Sirva esta entrada, en todo caso, como segunda recomendación de la novela de Gálvez. El lector tropieza también con pasajes de ruda belleza y de esclarecedor valor sociológico, como el que quisiera compartir con los amigos del blog.

En la página veintiséis, hay un párrafo fascinante de Gálvez que demuestra que el barrabrava (compadrón o rastacueros, lo llamaban por entonces) es una institución nacional, un producto típico de la Argentina, como el dulce de leche o los políticos ineptos:

“Individuo de esos que abundan entre la gente porteña. Rastacueros, exhiben sus pesos y sus mujeres. Viven maritalmente con una muchacha bonita, pues si así no lo hicieran, si no tuvieran “hembra” se sentirían sin prestigio. Pasan las noches en los teatros y cabarets con otros amigos y sus queridas. Beben champaña, hacen ruido, molestan, hablan a gritos, “titean” a algún “candidato” ocasional. Son rumbosos, agresivos, audaces. ¡Cuidado del que mire a sus mujeres! El revólver les abulta el muslo derecho y es habitual apéndice de su mano. A las mujeres las tratan sin delicadeza, ni ternura, ni simpatía humana. Y sin embargo, las mujeres se ligan fuertemente a ellos, tal vez porque los consideran “muy machos”, porque saben lucirlas y porque la violencia del instinto es tan grande en ellos que les hacen inagotables en el amor. Algunos de estos patoteros tienen un título de abogado, o llevan un apellido notorio. Son todos carreristas y jugadores. Viajaron por Europa, injuriando, con su arrogancia y su rastacuerismo, a las gentes civilizadas. En París, iban siempre acompañados de prostitutas, y escandalizaban en tabernas y cabarets para mostrar su gracia y su coraje criollo. Mezcla de bárbaros y civilizados, de compadritos y personas decentes, constituyen la descendencia urbana de Juan Moreira. Seres sin escrúpulos, ni moral, ni disciplina, no tienen otra ley que la de su capricho”.

PD: Quien desee ampliar la información puede pinchar aquí.

sábado, 3 de julio de 2010

Nacha Regules


Manuel Gálvez

Eterna Cadencia. Novela, 283 páginas. Edición 2010.

Son realmente deliciosas las excusas que Manuel Gálvez (Paraná 1882-1962) garabateó en sus memorias para justificar la temática y el mensaje de esta gran novela. Se esfuerza en aclararle a la posteridad que él no es ningún maximalista y que no hay atisbo de rojerías en el imperioso llamado que había formulado medio siglo atrás: “la única ocupación de un hombre digno y bueno es luchar por los oprimidos”. Dice que se inspiró en la doctrina cristiana. ¡Pues claro! Si con alguien se emparenta Fernando Monsalvat, el protagonista del libro, en su cruzada para redimir a una mujer pecaminosa es con el pedagogo Naphta de Tomas Mann. No es casualidad; Gálvez fue educado por los jesuitas. “Hay que imponer a la fuerza, aunque fuese a sangre y fuego, el mutuo amor de los hombres, enseñar a esos que se dicen cristianos, cómo debemos amarnos los unos a los otros”, brama Monsalvat, el bastardo antiliberal.

Un sello editorial ha recuperado el libro más exitoso de un prolífico artesano del naturalismo criollo. La historia de amor y redención transcurre en los años del Centenario, por lo que los parangones son inevitables. Hoy y entonces, “Buenos Aires es un vasto mercado de carne humana”, los sueldos bajos provocan penurias, y el liberalismo económico “es ese inicuo sistema que parece inventado por los ricos para seguir explotando a los pobres”. Nacha Regules es un muchacha hermosa obligada a prostituirse por el Destino y la Injusticia Social (sí, siempre Gálvez los evoca con mayúsculas).

Trae el volumen un buen prólogo de Aníbal Jarkowski. Nos recuerda que Gálvez pretendió remedar, tardíamente, la representación entera de una sociedad a través del realismo. Es decir, quiso emular a Zolá. Empero, sus ñoñerías, su lirismo ingenuo (con algunas metáforas ingeniosas), su espantosa sensiblería lo condenaron a ser un romántico. Por momentos, da la impresión que la novela fue concebida para el melifluo cine argentino. En otros capítulos, en cambio, deslumbra. Hay incluso una extraordinaria galería de personajes secundarios como el Pampa Arnedo, un compadrón. Gálvez fue uno de esos narradores enfáticos y obsesionados por la moraleja que hasta en sus errores resulta encantador. Un Arlt para señoras.
Guillermo Belcore

Una versión más corta se publica en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Bueno

PD: Otro valor añadido de este libro muy interesante es que nos permite atisbar los pliegues más sucios del milagro argentino. Cien años atrás la explotación laboral era pavorosa. Galvez, el ídolo del patriciado nacionalista, denuncia en la página doscientos seis:
… “La poderosa institución para cuya grandeza trabajaba arrojábale por mes treinta pesos. ¿Es preciso que aquella muchacha desgraciada, aquella hija de la tierra argentina, sufriese para que los accionistas de Londres recibieran magníficos dividendos... El ídolo Dividendo exige un monstruoso altar construido por el dolor y la humillación. Para formar un buen tanto por ciento se necesitan océanos de lágrimas”...

jueves, 1 de julio de 2010

De qué hablo cuando hablo de correr

Haruki Murakami
Tusquets. Autobiografía, 230 páginas.

A la una y media de la tarde del 15 de abril de 1978, un japonés de treinta y un años, dueño de un bar pero sin profesión definida, miraba tumbado en la hierba del estado Jingu un partido de béisbol mientras tomaba una cerveza. Desde un cielo despejado algo descendió suave y silenciosamente sobre el solitario observador. En ese preciso instante se dijo: "Ya está, voy a probar a escribir una novela".

Así comenzó la carrera literaria del cautivante Haruki Murakami. Narra su epifanía en este modesto texto, una especie de memorias que gira en torno al hecho de correr, incluso hasta cien kilómetros por día. Con el talante de un Camus, Murakami confiesa: "la mayoría de lo que sé sobre la escritura lo he ido aprendiendo corriendo por la calle cada mañana de un modo natural y práctico''.

La legión de admiradores del discreto Murakami (es el escritor más vendido en Occidente pero concede poquísimas entrevistas) recibirán con expectación el volumen, pues es lo más parecido a una autobiografía que ha publicado. No se priva incluso de revelar manías. Los amantes del footing, esa pasión inhumana, se sentirán seguramente interpelados. Y el resto de los lectores podrá disfrutar no mucho: alguna poética, el vaivén entre sabiduría y perogrullada y las espléndidas metáforas. Como siempre, todo viene servido con una prosa natural, fresca y con tendencia a buscar el fundamento de las cosas.

El libro eleva el acto de correr a un ámbito que roza casi lo metafísico. Describe un doble aprendizaje, que se confunde. Establece el autor que escribir novelas largas es básicamente una labor física. Se segrega una toxina que, a la larga, termina estropeando el equilibrio entre imaginación y vitalidad. Para tratar con cosas insanas (como el arte) las personas tienen que estar lo más sanas posibles. Una frase poderosa me ha dejado cavilando: "Cabría preguntarse si es teóricamente posible que un novelista sea objeto de aprecio por parte de alguien".
Guillermo Belcore

Calificación: Regular

PD: Soy murakamiano de corazón. Pienso que merece el Premio Nobel y me he trenzado en una cordial polémica con P.Z. en defensa de su honor. Pero admito que éste no es el libro ideal para abordarlo por primera vez, a menos claro que el lector sea un apasionado del correr como mi amigo A.C.

sábado, 26 de junio de 2010

Infancia

Graciliano Ramos
Beatriz Viterbo Editora. Autobiografía, 246 páginas

Graciliano Ramos (1892-1953), el hijo dilecto de Alagoas y el militante comunista, escribió uno de los libros imprescindibles de Sudamérica: Vidas secas (1938). Su prosa magra como el mandacarú pero de enorme eficacia, y su gran capacidad para explorar la condición humana elevaron el regionalismo brasileño a cotas que sólo un Guimaraes Rosa a la postre lograría superar. En sus páginas, palpita la tremenda dureza del Sertón y del Nordeste. César Aira establece en su Diccionario de autores latinoamericano -esa maravilla olvidada- que los dos libros autobiográficos de Ramos (Infancia es uno de ellos) están a la altura de sus novelas. Este blog ha constatado que la sentencia es irrefutable.

Tenía Ramos una singular manera de componer. Escribía largo y tendido, y luego quitaba, borraba, sustraía todo aquello que no fuese esencial. Economía de medios, llaman al procedimiento. Era una obseso de la concisión y la palabra justa. Esto no significa que el estilo enjuto sea pobre como moleque sertanero. Todo lo contrario. Hay descripciones minuciosas, vocablos vistosos y fragantes y una galería riquísima de personajes. Como dice la página veintiuno, uno debe perseverar en el medio de expresión que le parezca más razonable.

Transcribo un párrafo estremecedor:

“El viejo Frade, influyente en un municipio vecino, decía que nunca había matado a un hombre. Mataba bestias malvadas, muchas bestias malas. En mi municipio también asesinaban a hombres, aunque se prefirieran las bestias malas. Cuando un propietario partidario del gobierno quería molestar a un adversario mandaba a suprimirle algunos habitantes, y la persona amenazada le venía la tierra por menor valor. Si no vendía enseguida, nuevos habitantes iban desapareciendo, hasta que la transacción se efectuaba. Sólo raramente, en casos de ofensas personales, cuestiones de familia, se mataba gente de la clase alta. A esos se les tomaban los bienes, por medios más o menos legales. Pero la canalla era diezmada, las bestias malas del viejo Frade morían en abundancia, nos habituábamos a los cadáveres que manchaban la ciudad”.

El libro va engarzando así anécdotas deliciosas o crueles de los primeros años de Ramos. Lo real es maravilloso porque lo vemos a través de los ojos de una crianza. Hechos vulgares se convierten en cuentos de hadas. Se ambientan en un mundo en transición, el nacimiento del siglo XX, cuando todo el mundo, o casi, no sólo estaba convencido de que la letra con sangre entra, sino que los padres usaban el cuero o las orejas de sus hijos para desahogarse de las desdichas cotidianas. “Lo único que no se ahorraban eran retos y golpes”, relata Ramos, no con resentimiento y con un punto de humor que descalabra cualquier tristeza. Nunca deja de ser una lectura gratísima.
Guillermo Belcore
Este comentario, expurgado de primera persona, se publicó en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Muy bueno

PS del 30 de junio:
Quien desee más información puede pinchar aquí.

lunes, 21 de junio de 2010

El barítono del diablo


"La propaganda en política sólo tiene un objetivo: la conquista de las masas. Cualquier medio que sirva a este propósito es bueno. La propaganda depende fundamentalmente de la palabra hablada. Los movimientos revolucionarios son obra de grandes oradores''.
Joseph Goebbels



Hay en Der untergang -la inolvidable pel¡cula de Oliver Hirschbiegel- una escena que corta el aliento. En las catacumbas de Berl¡n, un jefe del Partido Nazi y su esposa deciden que sus seis hijos deben morir con ellos, en lugar de huir o caer en manos del Ejército Rojo. Joseph y Magda Goebbels introducen en las boquitas adormecidas una pastilla de cianuro. Luego se matan. As¡ concluyó en 1945 la vida del más celebre demagogo del siglo XX, una fuerza crucial en el desarrollo de ese tumor bávaro que hizo metástasis por toda Alemania y asesinó a millones de europeos. Al "pequeño lisiado'" debe el hitlerismo también buena parte de su satánica eficacia. El personaje ha encontrado ahora otro avezado investigador. El sello Ariel acaba de lanzar en la Argentina Joseph Goebbels, vida y muerte, de Toby Thacker, catedrático de Historia de la Universidad de Cardiff.


Un hallazgo justifica la biografía. En los últimos años, cuanto sabíamos del esbirro de Hitler se vio alterado por la publicación completa de los diarios que llevó entre 1923 y 1945. Son 29 volúmenes que queman los dedos. El superministro de Propaganda del Tercer Reich, un individuo excepcionalmente activo, nunca perdió la costumbre de plasmar sus emociones junto a la observación de sucesos públicos. Si bien Goebbels fue un mentiroso de primera, los diarios son sorprendentemente fiables, asegura Thacker. Le importaba el juicio de la posteridad y "sabía más de los acontecimientos nacionales e internacionales que se produjeron entre 1933 y 1945 que cualquier otro alemán'', insiste el profesor. Con la nueva información, ha tallado un retrato que desaf¡a algunas certezas. Impugna incluso, voces tan distinguidas como la de su colega Hugh Trevor-Roper.


Naturalmente, Thacker comete el típico desliz de todo biógrafo entusiasta: atribuye a la figura de análisis una importancia desmesurada. Goebbels no fue un jerarca común y silvestre ni uno más de la pandilla, es el leimotiv. Más revolucionario que Hitler, impulsó siempre el péndulo hacia los extremos. Al comienzo de su carrera, incitaba a sus camaradas a la violencia callejera o a los arrebatos socialistas; al final, lideró la inmolación heroica frente a las hordas del Ejército rojo. Si bien, queda probado que en 1939 no deseaba ir a la guerra de conquista (temía que la reacción anglofrancesa echara todo a perder), siempre pensó y actuó como el más infame antisemita. Era un hombre bien educado y aficionado al arte y a las mujeres hermosas, pero compartía con su jefe la creencia demencial de que la fuente de las desgracias alemanas era el Pueblo Judío. No fue un oportunista ni un cínico, sino un intelectual y un político de convicciones tan firmes como desequilibradas. Thacker redondea la siguiente conclusión: debemos achacarle a Goebbels una responsabilidad mucho mayor en el proceso homicida del nazismo de lo que se creía, aunque descarta la noción de que la propaganda lavara el cerebro de toda una nación.


El renano
El ensayo es minucioso e instructivo porque satisface una triple condición: retrata la vida de un individuo notable, detalla la historia de una secta (el Partido Nacionalsocialista) y evoca el devenir de una nación envilecida. Los destinos se confunden. Gobbels saltó de intelectual resentido y provinciano a hombre clave de una revolución maldita en un tiempo asombrosamente corto. El 9 de noviembre de 1926, cuando tenía sólo veintinueve años, llegó a Berl¡n para hacerse cargo del Partido Nazi en una ciudad que era aún un feudo de socialdemócratas y comunistas.


Nadie más diferente de la bestia rubia, del vikingo de la raza superior: "Era un hombre menudo que pesaba sólo 50 kilogramos y med¡a poco más de un metro y medio. Su cabeza, con sus grandes ojos marrones, parecía demasiado grande para aquel cuerpo'', describe Thacker. Sufría de parálisis infantil en el pie derecho. Pero era enérgico, astuto y diligente. Siempre mostró un gran coraje. Abrigaba, además, una fe incondicional en el triunfo de la causa nazi. Un Savonarola, pues.


La biograf¡a de Thacker confirma que ganó su lugar en la historia como el gran manipulador de la cultura y de los medios de comunicación. Tenía una notable habilidad para explotar las nuevas tecnologías, como el cine o la radio, pero también descolló como tribuno de la plebe, a la antigua. Fue un maestro del sarcasmo cáustico, un orador extraordinario, un barítono rico y sonoro, inusualmente potente para un alfeñique. Antes de la era de la televisión, ofrecía al público una vertiginosa mezcla de entretenimiento, emoción y riñas. Detestaba a los ricos, ten¡a gran facilidad para congeniar con el hombre que está solo y espera, incluso en el infierno de 1945.


Sin un gramo de bondad
Antes de la II Guerra, Goebbels fascinó al mundo con el abuso de la histeria de masas. Organizaba las impresionantes manifestaciones, controlaba a miles de artistas y periodistas, y, al mismo tiempo, se hacía tiempo para escribir de puño y letra un alud de panfletos, libros y artículos. Era un maniático de la puntualidad y los detalles. Resulta deprimente pensar que tamaña resoluci¢n y energía se hayan consagrado al exterminio del prójimo. Los diarios confirman que Goebbels ni siquiera sintió una pizca de compasión hacia sus v¡ctimas. Se convirtió en una influencia delet‚rea. Sus discursos, proclamas y patrañas fomentaron la insensibilidad, la crueldad y el sadismo en miles de almas sencillas. Encarnó la combinación más mortífera del siglo XX: inteligencia y extremismo.


¿De dónde provenía tanto odio? De la ideología, claro. Thacker demuestra que Goebbels fue un místico de la idea volkisch, es decir, de la construcción de una comunidad nacional racialmente pura, cuyo destino manifiesto era esclavizar al débil. Concluye que el Partido Nazi supuso para el ministro de Propaganda un sustituto de la religión católica, heredada de sus severos padres de Renania. Espiritualmente, Harry Haller -el personaje de El lobo estepario de Herman Hesse- guardaba ciertas similitudes con el Goebbels de los primeros años. Cuando perdió la fe cristiana se entregó al demonio. No se puede servir a dos Señores, advierte la Biblia. Como activista y luego dirigente político eligió "la voluptuosa pasividad de la obediencia total'" al Fuhrer, a quien comparaba con el Ungido. Es lógico. Chesterton advirtió que, al fin y al cabo, el drama de quien no cree en Dios no es que no crea en nada, sino de que es capaz de creer en cualquier cosa. En la superioridad aria, por ejemplo.
Guillermo Belcore
Este artículo se publicó el domingo pasado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.


Calificación: Muy bueno

PS del 24 de junio: Sugiero enriquecer la lectura de este comentario con la brillante reflexión de O.G. sobre la responsabilidad y los riesgos de los biógrafos.

sábado, 19 de junio de 2010

José Saramago

Pequeño obituario

José Saramago (Azinhaga 1922-18 de junio 2010) fue un gran narrador, un artista de verdad, de esos capaces de transmitir sus ideas con una voz original e inconfundible. Como ocurre a menudo con los heterodoxos, el conjunto de su obra fue superior a cada una de las partes. La izquierda lo idolatró por encarnar la dudosa figura del “intelectual comprometido” o “con sensibilidad social“, ese figurón que pone su firma al frente de toda clase de solicitadas y no le teme a las declaraciones pueriles. Típico intelectual de Europa respaldó desde una lujosa vivienda en Lanzarote a déspotas como Fidel Castro hasta casi el último aliento, mientras abominaba de la democracia occidental, la globalización y la Iglesia Católica. Si por algo merece ser reverenciado, pues, es por su vasta obra literaria, la que -con sus más y sus menos- nunca renunció a labrar una poética personalísima, es decir a construir su propio palacio literario.

El único escritor de Portugal en ganar el Nobel (foto) hizo de la novela un arma de combate, pero sin falsas expectativas. “Si la literatura pudiera cambiar el mundo, ya lo habría hecho", reconoció en 1999. Puso su ácido mordisco al servicio de una causa, al tiempo que descollaba como estilista de prosa exuberante y barroca, como forjador de exquisitas metáforas y contundentes parábolas, y como romántico que se alza contra la modernidad que atropella lo pintoresco. Su moralismo intransigente demostró que el odio y el amor tienen elocuencia propia, como sostenía Conrad. Esa intransigencia, empero, lo alejó de muchos lectores. Otros se espantaron por la dificultad de una escritura capaz de embutir diálogos en párrafos pesados como ladrillos, algo aliviados por su intromisión irónica. No era un escritor simple. Por cierto, nadie tiene la obligación de serlo.

Saramago conoció la pobreza y fue un ejemplo de autodidactismo. Se rebeló contra el destino: no quiso ser obrero ni labriego. Como periodista y escritor ha demostrado la veracidad del dictum wildeano: la creación es noventa por ciento trabajo y diez por ciento inspiración. El reconocimiento le llegó tarde y después de décadas de un raro silencio. Una vez dijo que si hubiera muerto a los sesenta años la gente lo tendría por un hombrecillo que escribió prácticamente nada de valor. Explotó una fórmula novelesca hasta sacarle brillo: que pasaría si (What if?). Consiste en arrojar un hecho inaudito sobre una comunidad desprevenida, ya sea una ceguera fulminante y masiva, el voto unánime en blanco, un territorio que se desprende del continente y navega a la deriva, o bien una huelga de la Parca por tiempo indeterminado. Tras la ruptura, ocurre en la ficción lo mismo que en la vida: el poder establecido reacciona con crueldad; la gente muestra, en general, lo peor de s¡ misma; y unos pocos, plenos de lucidez, dan ejemplo de amor y compasión. Puede que la obsesiva repetición del método haya terminado erosionando su eficacia estética.

Dante había llegado a la conclusión de que la edad ideal para morirse es a los ochenta y un años. Saramago lo refutó con una inusual creatividad durante el último tramo de su vida. Quizás su mejor obra de este siglo sea la autobiográfica Pequeñas memorias, donde evoca su niñez. El texto rebosa de imágenes bucólicas como los cuadros de Millet.

Hoy cuando, al decir de Vattimo, ya no existen razones filosóficas fuertes y plausibles para rechazar la religión, Saramago eligió ser ferozmente ateo. De toda su producción, acaso la novela más perturbadora haya sido El evangelio según Jesucristo, pues aborda el mayor misterio de todos los tiempos desde la cruda óptica de un comunista. El Vaticano, claro está, reaccionó con indignación. No es una mirada piadosa, justamente, pero hay cierto juego gnóstico en el libro que resulta cautivante. Todo en Saramago se subordinaba al mensaje, pero con una calidad y ambición artística inusual entre quienes se erigen como agente moral del cambio. ¡Qué lastima! Dejó inacabada una novela sobre el tráfico de armas.
Guillermo Belcore
Este artículo se publicó hoy en la página central del diario La Prensa.

viernes, 18 de junio de 2010

Alquilando amigos

Moscardón imaginario XXXI

Oscar Wilde, si no me equivoco, estableció que la naturaleza suele copiar al arte. Y T. S. Elliot sentenció (y Mac Luhan repitió varias décadas después) que los artistas son las antenas de nuestra especie, es decir los únicos humanos capaces de captar no sólo la verdadera naturaleza de las cosas, sino también lo que trae el porvenir. Recuerdo mi pasión a los dieciocho años por Crónicas del Angel Gris, entusiasmo que lamentablemente se ha ido deshilachando. No es culpa del bueno de Alejandro Dolina; quizás yo haya crecido mal, creo que he perdido la inocencia, me he vuelto un cínico, que es el otro nombre del hombre con experiencia. Recuerdo haber leído un relato delicioso titulado “La decadencia de la amistad”. Quiero ahora rescatarlo, a raíz de una noticia increíble que publicamos hoy en el diario La Prensa, y Dolina, con gran perspicacia, anticipó hace casi treinta años. Titulé el artículo así: “Ofrecen en Internet amigos de ocasión”.

Copio un pasaje del cuento de Dolina:

“Algunos empecinados insisten en cultivar amistades nuevas. Los matrimonios maduros se visitan mutuamente y desarrollan pálidas parodias de la amistad verdadera: se cuentan una y otra vez episodios antiguos, vividos con los amigos viejos, los que ya no están. Cuando uno es joven no cuenta historia a sus amigos: las vive con ellos. A pesar de estas sabias reflexiones de Mandeb, existió en Flores una agencia destinada a ofrecer amistad a los solitarios. Fue la célebre Proveeduría de Amigos de Ocasión. Sus fines de lucro eran innegables. Todavía hoy se recuerda su eslogán publicitario: “Tenga un amigo desinteresado. Páguelo en cuotas”.

Con sólo acercarse al mostrador, el cliente ya notaba un clima amistoso y amplio. Los empleados sabían como atacar.
-Buenas tardes. No sabés lo que me hizo esta mañana la bruja de mi mujer.
Y a los treinta segundos uno se sentía entre amigos. Después entre palmadas, guiños, pellizcotes y confidencias, los comerciantes iban mostrando el amplio catálogo de la proveeduría.

Tenían amigos silenciosos, dispuestos a escuchar cincuenta veces la historia de una operación. Amigos complacientes, siempre amables y elogiosos. Amigos efusivos que saludaban con abrazos y se despedían a los gritos. Amigos divertidos, eruditos en cuentos picantes y expertos en bromas pesadas”.

Bien, parece que la Proveeduría de Flores ya existe en Internet. Se llama Rentafriend.com. Dice la agencia AP: “El sitio, inspirado en una idea desarrollada en Japón, tiene cien mil visitantes únicos por mes y cerca de dos mil afiliados que pagan 24,95 dólares mensuales o 69,95 anuales para poder ver los perfiles y fotos de unos 167 mil amigos potenciales”.

Las tarifas no son amigables. Treinta dólares por hora para conseguir una compañía con quien ir al cine, a pasear o a charlar un rato. ¡Qué triste, verdad! Alquilar amigos. Supongo que los clientes de Rentafriend deben lidiar con la misma crudeza que describía Dolina:

“Un asunto que molestaba a los clientes era el rigor de los Amigos de Ocasión en sus horarios. Cuando vencía el plazo estipulado, se terminaba la amistad. Sin saludar, los contratados daban media vuelta y se iban, muchas veces interrumpiendo una carcajada o librándose bruscamente de un abrazo fraternal”.

Qué bárbaro. ¿Todo puede comprarse? Me pregunto qué dirán de esto mis queridos amigos Alejandro y Javier.
G.B.

miércoles, 16 de junio de 2010

El caso Kurílov

Iréne Némirovsky
Salamandra. 155 páginas. Novela. Edición 2010.

La literatura es cosa rara. El recurso que en algunos escritores resulta insoportable, en otros sabe delicioso. A priori, el estereotipo debe ser severamente condenado por la crítica, pero de pronto uno tropieza con gemas como ésta y tambalean los prejuicios: aquí los clichés se van engarzando como si de perlas se tratase. Será la claridad de la expresión, será la justeza de los conceptos, será el buen uso de los procedimientos teatrales o incluso la conmovedora urgencia de la autora por advertirnos algo importante. Sea por lo que fuere, esta nouvelle es preciosa. Desde 2004, Iréne Némirovsky (Kiev 1903-Auschwitz 1942) se puso de moda en Francia y luego en el habla hispana. Por fortuna.

La autora opone e iguala dos calamidades: el zarismo, un régimen podrido hasta el tuétano, y el bolchevismo que vino a reemplazarlo, con los años un matadero sin precedentes. La antinomia surge de la evocación de un revolucionario. Al final de su vida, León M. recuerda aquella orden terrible que recibió del comité rojo: asesinar, con una bomba escandalosa, al ministro de Educación del zar, Valerian Alejandróvich Kurílov. Por el bien de las mayorías, exterminar a los injustos (a los subversivos, maquinaban en la otra trinchera), era la consigna del momento. El muchacho logra, no sin esfuerzo, ganarse la confianza de su Excelencia, un burócrata despreciable. Pero descubre que para un temperamento como el suyo no es tan sencillo matar a sangre fría. Como homicida resulta un fiasco; es un comunista que carece de pasión.

El libro fue publicado en 1933. Irene quiso advertirle a Francia, a su querida patria adoptiva que terminó entregándola a los nazis, que tanto los hombres de Estado como los militantes revolucionarios, temidos y odiados, con sus errores, sus incongruencias y sus sueños, son seres humanos limitados y miserables como cualquier otro. En este mundo, todo es ceniza y vanidad. Quizás, nada valga la pena.
Guillermo Belcore
Publicado en el suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Bueno

PD: Hay en este blog otro comentario sobre un libro de Némirovsky. Hasta ahora, todo lo que he leído de este espíritu delicado me gustó.

PD II : Quien desee ampliar la información, puede pinchar aquí. He estado hablando por radio sobre la enjuta novela y las mieles del invierno.

viernes, 11 de junio de 2010

Arlt fundamental

Selección: Analía Capdevila. Prólogo y notas: Ana Silvia Galán
Alfaguara. 522 páginas. Edición 2010. Precio aproximado: 70 pesos

Arlt (1900-1942), uno de los pocos escritores fundamentales, pertenece a una estirpe misteriosa: la de los feos hermosos, es decir, los artífices de una literatura claramente defectuosa pero de gran eficacia. Exornan la colosal obra arltiana descripciones abominables, expresiones que de tan atroces parecen imposibles, pasajes colmados de cursilería y patetismo, de palabras altisonantes y de modernismo bobo, y una psicología de pacotilla. No hay párrafo, casi, que no pida a gritos ser corregido. Fue, por así decirlo, el perfecto antiborges. Si hoy alguien escribiera tan mal, la crítica honesta y los blogs lo harían picadillo. Sin embargo, la lectura de sus poderosas novelas, de sus penetrantes artículos y de alguno de sus extraordinarios cuentos provoca, incluso ahora, un placer intenso. Es posible que el secreto de su gracia radique, justamente, en ese vaivén continuo entre genialidad y torpeza conmovedora.

Un sello editorial publicó un volumen-homenaje, ideal para quien no conoce o conoce poco al insigne porteño. Descuartizaron las cuatro novelas arltianas, pero quizás la salvajada se justifique al encender en alguna alma sensible el deseo imperioso de leer entero El juguete rabioso o Los siete locos. Se incluyeron también textos autobiográficos, ocho cuentos, más de veinte aguafuertes, y la comedia dramática Saverio cruel. El prólogo y las notas son inteligentes. Es decir, el platillo está bien servido.

Reencontrarse o descubrir algunos personajes tremendos, como el Astrólogo o el Negro Cipriano, resulta una experiencia gratísima. Arlt es, sin duda, nuestro Dostoievski. Una forma de energía en estado puro, o -mejor aún- un mundo con sus propias leyes, tan imperfecto como encantador. Su afán desmesurado por retratar al hombre humillado, en el colmo de la degradación, o por presentar "las verdades sagradas a la gente que no tiene fe", superan con creces a un estilo de morondanga, como diría él.
Guillermo Belcore
Este comentario aparece en el suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Muy bueno

PD: La espléndida imagen de la tapa del libro es del artista Eduardo Iglesias Brickles

martes, 8 de junio de 2010

Desconsideraciones

Abelardo Castillo
Seix Barral. Ensayos de arte y literatura. 254 páginas. Edición 2010. Precio aproximado: 72 pesos

Esta colección de ensayos demuestra, por lo menos, cinco hipótesis. Que la mejor crítica literaria es básicamente la transmisión de una gozosa o decepcionante experiencia de lectura; que el estilo es la única herramienta de que dispone un crítico para persuadir; que el autodidactismo es consustancial a la literatura argentina; que la Argentina tiene un riquísimo acervo cultural; y que Abelardo Castillo es uno de los pocos críticos necesarios.

El título del volumen, no obstante, es falaz. Admiraciones, hubiese sido más justo. El último gran cuentista de la Argentina expresa aquí el deleite y el pasmo que le han provocado Arlt, Gombrowicz, Camus, Poe, Sartre, Mujica Lainez, Hemingway, Echeverría, Freud, Barret, London y Quiroga. Se reproducen también dos discursos: uno sobre el arte y la locura, y el otro sobre el estado de las bellas letras en 2004. Hay un mini artículo cautivante que postula que Jesucristo es esencialmente una figura literaria. El único texto flojo -muy malo en realidad- es el titulado “Los intelectuales y el poder".

Es verdad que Abelardo Castillo no aporta nada que no conozca el lector culto. Pero escribe tan bien que parece que las verdades son inéditas. Es un maestro de la sintaxis y de la velada socarronería. Conoce la vida espiritual de la lengua, el poder sugestivo y la belleza de las palabras y de las ideas. Conoce la eficacia de los procedimientos indirectos, es decir usa circunloquios para que el panegírico y el ditirambo resulten más convincentes. Por su elocuencia y su ingenio, el libro corrobora una sexta hipótesis: la crítica inteligente y hermosa, incluso (o sobre todo) aquella ajena a las teorías en boga, ha ganado un lugar en la morada de la Alta Literatura.
Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

La otra campana: Este libro me encantó, pero ha cosechado el desprecio lúcido de Juan Terranova, a quien respeto como crítico literario. En realidad, es el comentario de un comentario errático, no estoy seguro de que haya leído Desconsideraciones. Afirmar que los ensayos de Castillo “carecen de retórica“, es decir del arte de expresarse con corrección y eficacia, es injusto, me parece.

sábado, 5 de junio de 2010

Milenio

Tom Holland
Planeta. Ensayo de historia, 548 páginas. Edición 2010. Precio aproximado: 95 pesos

La obsesión por el parteaguas es uno de los rasgos más desagradables de los historiadores que persiguen la fama. Cualquier figurín cree haber inventado la pólvora. Tom Holland (Oxford, 1968) plantea en este ensayo ambicioso y entretenido que Occidente es Occidente gracias a un hecho marginal y olvidado de la Edad Media: la cumbre en enero de 1077 entre San Gregorio VII y el rey alemán Enrique IV. El libro atribuye a la Humillación de Canossa, a sus antecedentes y consecuencias, una importancia similar a la Reforma y la Toma de la Bastilla. ¿Pero qué ocurrió en el nido de águilas de Reggio Emilia? El Papa, “un revolucionario a la altura de un Lenin o un Lutero“, instauró “el orden correcto en este mundo”. Toda la cristiandad se dividió en dos: un reino espiritual y otro secular. Se estableció para siempre algo que no tenía antecedentes en el catolicismo ni en ninguna otra cultura: la escisión de la Iglesia y del Estado, dos reinos gemelos que deberían existir por separado. Sin Canossa, sostiene muy serio Holland, no hubiera existido Voltaire ni hoy podría hacerse justicia con las personas que prefieren la homosexualidad.

Si el lector obvia la tesis disparatada de que Canossa fue el hecho más relevante de la historia occidental, absuelve cierta tendencia a la exageración y soporta a pie firme la pobreza de la expresión y el tonito populachero típico de los canales de cable, se quedará con un libro de historia bastante ameno. Holland se concentra en los hechos tremendos y los personajes espeluznantes. La época del Primer Milenio se caracterizó por su elevadísimo grado de crueldad, con matanzas por doquier, mutilaciones y torturas pedagógicas, pueblos arrasados, secuestros en masa para alimentar el infame tráfico de esclavos y la explotación más satánica de los pobres. Se sorprenderá usted con el origen de ese mito que sostiene que las herraduras traen buena suerte. El libro retrata, entre otros, a Carlomagno, Otón el Grande, Papas buenos y otros deleznables, los gerifaltes vikingos, los basileus del Imperio Bizantino, los califas y los guerreros sarracenos. El marco político está bien pintado; con menos destreza, quizás, se desmenuzan las ideas en juego, con la excepción de una vibrante denuncia de la yijad islámica. El ensayo retoma una tradición clásica: analiza el gran escenario del mundo, desde arriba hacia abajo.

Uno puede denunciar largamente y con justicia el injusto hoy, pero libros como éste nos obligan a observar toda la película y regocijarnos con la evolución material y espiritual de la raza humana. Ser pobre o empobrecido en el siglo XXI es infinitamente mejor que en el siglo X. Al menos, existen algunas probabilidades de salir a flote y la democracia garantiza derechos elementales. Imagínese vivir en una aldea de Northumbria o Anjou, durante el reinado de Edmundo o de Hugo Capeto, desangrado por las arbitrariedades de los poderosos, arañando a la tierra helada una cosecha miserable, un día tras otro sin descanso, hasta que un mañana cualquiera, enormes guerreros de barba rubia y nombres impronunciables, venidos desde el otro lado del mar, irrumpen con una ferocidad inconcebible y arrasan hasta la última choza y esclavizan o bien matan hasta el último niño. En cambio, en 2010 los pueblos escandinavos son admirables.
Guillermo Belcore
Una versión más corta de este comentario fue publicada en el suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Regular

PD: No me ha parecido que Holland sea un historiador de primera categoría.

viernes, 4 de junio de 2010

Blues

Edgardo Cozarinsky
Adriana Hidalgo editora. Autobiografía, 135 páginas

El Islam sostiene que el Corán es eterno y no fue creado. Sin llegar a tanto, casi todas las culturas antiguas han imaginado que un libro también puede ser un objeto sagrado. Algo de la veneración se filtró a los tiempos modernos y hoy millones de personas en todo el mundo sentimos una piedad reverencial hacia ese invento maravilloso. Por tal motivo, hay que ser muy prudentes con lo que se encierra entre las tapas y el lomo, no sea cosa de defraudar al lector apasionado. Textos que han nacido para la apresurada y distendida lectura de un blog o de un diario de la mañana no deberían, salvo casos excepcionales, convertirse en libro. Pierden así toda su gracia, tergiversan su razón de existir, urden un tapiz invertebrado. He aquí un caso.

Eduardo Cozarinsky ha considerado necesario recopilar una serie de artículos periodísticos y textos menudos que había acumulado durante años. Lo mejor que puede decirse de ellos es que están muy bien escritos. Algunos se rigen por el método de la libre digresión, otros son meras evocaciones. El autor da pruebas de ser un hombre muy culto, pero sus ideas no van más allá del tópico progresista, con la excepción de ciertas pinceladas de saludable antiperonismo (lo hay deletéreo también). Propone, en tren de broma supongo, convertir en comida para perros a los periodistas del Opus Dei que se oponen a las bodas entre homosexuales.

El volumen incluye una ristra de homenajes, que flaquea un poco por el enorme narcisismo de la prosa. Cozarinsky rememora sus impresiones de Silvina Ocampo, Pepe Bianco, Susan Sontag y Enrique Pezzoni, entre otros. Hay alguna anécdota divertida, algún dato no muy divulgado, la denuncia de famosas canalladas, loas a la virtud, nada del otro mundo. Es decir, son temas y enfoques que si bien suelen enaltecer el diarismo, no tienen mayor relevancia en el formato libro.
Guillermo Belcore

Calificación: Regular

La otra campana: Quisiera insistir en un punto: la autobiografía es interesante cuando al narrador le han ocurrido cosas interesantes en su vida. No es este el caso, creo. Empero el libro le ha resultado encantador a lectores eminentes. El profesor Daniel Link sostiene que Cozarinsky "siempre modifica la manera en que pensamos nuestra relación con el mundo". En un blog muy respetable también se han vertido elogios. Revista Ñ, incluso, pensó que merecía una entrevista.