jueves, 22 de marzo de 2012

Una meditación

Juan Benet
Alfaguara. Edición 2004. Novela. 430 páginas.

Una feliz coincidencia. La firme decisión que me impuse en 2012 de leer (o releer) y comentar aquí al menos diez textos clásicos por año; la excelente saga sobre el autor que Quintín publicó hace unos meses en su blog (tan suculenta que me despertó el apetito); y la aparición de esta novela en una mesa de saldos de la calle Corrientes (¡3,50 dólares el ejemplar!) me han permitido empezar a saldar una vieja deuda, que es la que compartimos todos los lectores apasionados: por mucho que hayamos asimilado, siempre habrá una infinita cantidad de maravillas aguardándonos en la biblioteca universal. Bien, después de varias décadas de formación heteróclita, he arribado a Juan Benet (Madrid, 1927-1993). Una sola novela -para muchos, su obra maestra- me basta para afirmar, con absoluta certeza, que se trata de una de las cimas de la narrativa en español del siglo XX. Trataré de justificarlo.

El quid de la novela es la muerte trágica del poeta Jorge Ruan en una pequeña sociedad semirrural, “momificada, envuelta en podredumbre, hastío y soledad”. Estamos en Región, una comarca española que sólo existe en la caudalosa imaginación de Benet. Es el Yoknapatawpha County de Faulkner, la Santa María de Onetti o el Macondo de García Márquez. El demiurgo español ha creado un universo alternativo -incluso detalla su topografía y le inventa una flora- que entronca con la historia de España del siglo XX, en especial con la Guerra Civil. Por cierto, Benet repudia al franquismo pero de manera suave y oblicua (el más eficaz de los procedimientos). Me he preguntado si no es un ardid para eludir la censura; el libro fue publicado en 1969, e incluso obtuvo el Premio Biblioteca Breve de Alfaguara (quién dijo que todas las obras premiadas son corruptas o deleznables). Si la conjetura fuera cierta, demostraría que un punto de dificultad suele ser beneficioso para la literatura, contribuye a avivar el ingenio. Sin la Inquisición, Góngora no hubiera inventado el retorcido culteranismo.

Volvamos a Benet. Recién en la página trescientos dieciséis nos anoticiamos de cuál es la clave del libro. Antes de eso, navegamos en un mar de los sargazos que incluye saltos temporales, magníficas digresiones, personajes que salen y entran imprevistamente como en una obra de teatro, audacias sintácticas (ya volveré sobre el tema) y violentos bandazos del sentido como si la trama fuese un camión destartalado que transita por esas avenidas destruidas del conurbano bonaerense (digamos Gaona a la altura de Ciudadela). Debo advertir que Una meditación exige una concentración absoluta y un esfuerzo de atención casi sobrehumano. No es para el lector con prisas. El fluir de las palabras resulta hipnótico pero no viene mal ir tomando notas para poder armar el más exigente de los rompecabezas. El sólo hecho de retomar la lectura en cualquier sitió donde la hayamos dejado es complejo. La urdimbre no ayuda: ¡no hay un solo punto y aparte en toda la novela!

Sin embargo, se trata de una maravillosa experiencia de lectura, una de las más intensas y gozosas que he tenido, similar a la que debí enfrentar cuando estuve cara a cara con Santuario de William Faulkner, a la sazón uno de las influencias primordiales en Benet. Cuatro virtudes de la prosa, combinadas, dan una sensación de poderosa fuerza estética y originalidad. A saber:

a) Sabiduría. Podría confeccionarse un diccionario con las definiciones que amoneda Benet. Ejemplo: Sexo: ilusoria y efímera emancipación de lo social. Hay un tiempo erótico en el que la sociedad nada cuenta.

b) Poder cognitivo. La novela llega al hueso de la condición humana. En las primeras cien páginas, verbigracia, se interpolan fascinantes reflexiones sobre la genealogía de la moral, las situaciones de punto muerto, los extravíos de la memoria, el aprendizaje del niño, el derecho a gobernar, el amor propio, la terrible naturaleza del conocimiento, las relaciones entre idea, palabra e imagen emotiva, la emulación social, etc.   

c) Exuberancia verbal. Se calcula que Shakespeare usó más de 20.000 palabras, más de un cuarto de reciente creación. No las he contado, pero el vocabulario de Benet es admirable y riquísimo. Palabras raras o inventadas, fragantes o musicales nos salen una y otra vez al paso: barbelé, mandarla, terne, propincuar, claustrofilia, tobáceo, nártex, negligir, miscible, castillazo, frustratriz.

d) Dominio de la metáfora. Benet era ingeniero de Caminos, Canales y Puertos y dicen que ejerció esta profesión hasta el fin de sus días. Su familiaridad con las ciencias duras le ha permitido enriquecer la narración con la yuxtaposición de elementos provenientes de ámbitos ajenos a lo literario, como la geología, la anatomía o la física. Pynchon, que también es ingeniero, goza de la misma capacidad. Por otro lado, la adjetivación siempre es singular.

También deben destacarse las espléndidas descripciones, la potencia dramática de los personajes, el papel del narrador (un fracasado que hace trabajar a la memoria), la experimentación con los signos de puntuación (paréntesis dentro de otro paréntesis), el estilo insólito, la musicalidad del texto, la ambigüedad, las referencias cultas. Una gran obra, en suma, para lectores pacientes y creativos. En la página doscientos, puede que Benet haya dado una pista de cómo deberíamos leerlo:

“…es preciso buscar en las oraciones -tan largas como entrecortadas- la palabra maestra religada a la anterior que le da sentido gracias a un orden algebraico distinto e independiente al sintáctico… ”.

Guillermo Belcore

Calificación: Excelente

martes, 20 de marzo de 2012

La sugestión

Sebastián Díaz
Malas Palabras Buks. Novela, edición 2011, 282 páginas. Precio aproximado: 80 pesos.

Hay algo c
urioso en la producción de novelas en Argentina. La patética falta de ambición y la urgencia por publicar, más el celo en fatigar los caminos trillados de la mayoría lleva al lector exigente a concluir que el conjunto se encuentra en un punto más allá de la cura y la esperanza; sin embargo, cada tanto aparece una obra que rompe el molde y nos reconcilia con la literatura nacional. He aquí un caso. La sugestión es un libro extraordinario que admite más de una interpretación e, incluso, puede ser leído como alegoría.

Santiago Díaz (Nueve de Julio, 1974) narra las peripecias de un joven fracasado que asciende a una realidad superior (aquí se nota la influencia de Marechal en el autor). Como el Dante en el Averno, cuenta con la ayuda de un cicerone, Mano Cruel, el peluquero mugriento que le ayuda a descubrir los secretos del ser y a superar las trampas del Yo. Entramos en La Sugestión, un palacio de maravillas oníricas y conceptuales. Personajes fantásticos nos salen al paso. La trama utiliza dos procedimientos excelentes. Hay, en primer lugar, un loable esfuerzo por atrapar el chamuyo de los argentinos. Hay, además, un bien logrado vaivén entre la alta filosofía y el psicoanálisis, por un lado; y los placebos orientales y las fruslerías de los manuales de autoayuda, por el otro. Es decir, entre Berkeley y Jung; y de ahí el péndulo oscila hasta Carlos María Domínguez y el budismo light.

Algo bueno hay que decir del objeto libro. El sello Malas Palabras Buks parece querer especializarse en gemas raras y las presenta en un hermoso y original envase, con imágenes del autor en distintos momentos de su vida. De esta primera edición, se imprimieron doscientos ejemplares. Que se hagan más; a la novela no le costará encontrar sus muchos lectores.

Guillermo Belcore

Publicado el domingo pasado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Muy bueno

sábado, 17 de marzo de 2012

Diario de invierno

Paul Auster
Anagrama. Autobiografía. 243 páginas. Edición 2012

“Todos somos extraños para nosotros mismos”
Paul Auster

“Algunos de los sitios más hermosos del mundo están en el cuerpo de tu mujer”.
George Oppen

Conviene contemplar al gran escritor como a un demiurgo gnóstico, una potencia omnisciente, creadora de un universo alternativo que se rige por sus propias leyes. En cuanto se rebaja a razonar -escribió Borges, quién si no- lo sabemos falible, el encanto se rompe. ¡Crea, artista, no hables!, clamaba Goethe. En este libro, un gran escritor de Estados Unidos se degrada a exhibirse y confesar, dos de las pasiones de nuestro tiempo. Uno se entera de que Paul Auster fue campeón norteamericano de masturbación, que sufrió un ataque de pánico, que su madre acaso engañó a su padre, que casi se agarra a piñas con un taxista parisino. Con una mano en el corazón: ¿qué interés literario pueden suscitar los trastornos menores de un tipo común y silvestre?

A los sesenta y cuatro años, Auster ha retornado pues al género memorialístico. Usa la segunda persona, vocativa. Engarzó, como si cuentas de un collar se tratase, impresiones placenteras o dolorosas, listas, anécdotas, la descripción de sus veintiún domicilios permanentes (desde que nació hasta ahora), la evocación de la madre, un homenaje a Siri la compañera de treinta años, el argumento de una película. Como en todo el repertorio austeriano, hay momentos de intensa emoción y delicada poesía. Pero las memorias no incluyen nada del otro mundo, nada que manche siquiera ligeramente la reputación del narrador. El lujo de haber llevado una vida normal no merece ser contado.
 
En cuanto al estilo, puede afirmarse que Auster conoce los trucos del oficio como nadie de su generación (también explota descaradamente los mecanismos de promoción editorial, pero ese es otro asunto). Los párrafos son redonditos, lisos, perfectos se diría. La lectura es placentera, facilísima. A menudo se tiene la impresión de que Auster se ha convertido en un autor para lectores aficionados.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del Diario La Prensa

Calificación: Regular

PD: Como era de esperar, Diario de invierno ha recibido encendidos elogios en la prensa y en la blogsfera en general. El señor Javier Maydeu en El País de Madrid, por ejemplo, habla de "impudor, ironía e introspección a la enésima potencia". A mí, francamente, el libro me aburrió, pero es sólo una opinión. Sugiero, como siempre, al interesado en la obra consultar otros puntos de vista.



sábado, 10 de marzo de 2012

Edipo en Stalingrado

Gregor Von Rezzori
Sexto Piso - Novela, 391 páginas. Edición 2011

“¿Acaso no somos infinitos como el universo, siempre en un estado de perenne explosión? ¿No somos, en el mejor de los casos, frecuencias de ondas, es decir, ecos, sonidos, tonos? Lo sigo y lo repito: somos seres advenidos a presencia, pero de una tercera cualidad, seres del manar y del sufrir, amorfos como medusas, dudosos, y cuestionables bajo cualquier figura, efímeros, inabarcables, que tienen a Proteo como única y verdadera deidad: ¿qué tendríamos pues que temer?”
G.V.R.

Que esta obra maestra de la literatura alemana del siglo XX, escrita en la década del cincuenta, haya llegado ahora al castellano es casi imperdonable. Sí, claro, es mejor tarde que nunca pero por qué la demora (¡se traducen tantas porquerías!) para traer una sátira exquisita, colmada de ideas y filosofía de alto vuelo, prosa suntuosa y gran sentido de lo teatral, que ofrece una explicación convincente de la barbarie nazi (siempre con procedimientos oblicuos, los más eficaces), entendido Hitler como la rencorosa revancha de la masa pequeñoburguesa, apuntalada por la supremacía de la civilización tecnológica.

Todo gira en torno de una figura patética y frívola: el barón Trugautt, edípico representante de la podrida aristocracia rural prusiana (los junkers), habitué del espléndido y apolillado bar de Charly, uno de los últimos sobrevivientes de los locos años veinte. Estamos en Berlín en 1938. El ruido de fondo es el repiqueteo de las botas marciales sobre el pavimento y el ulular de las camisas pardas. Hay un cambio de época en el aire. El noble se empareja con una rubia voluptuosa y promiscua (“de raza”), hija de un próspero industrial. La novela es de aprendizaje: Trugautt descubre cuál es la perversión que le permite funcionar bien en la cama.

El uso delicado de la segunda personal verbal es otro de los agrados del libro: un aristócrata en decadencia (como el autor del libro, por cierto) le cuenta a un camarada la historia de Trugautt, vaso de whisky en mano (se trata del sublime monólogo de un achispado). Hay magníficas digresiones, metáforas eruditas que resplandecen como si se les hubiese dado un baño de purpurina y oro, escenas desopilantes (recuérdese que se trata de una sátira). En el epílogo de 2004, el cineasta Volker Scholondörff rinde homenaje a la dicción y la destreza intelectual de Gregor Von Rezzori (1914-1998) resaltando que cada capítulo es “un cuadro cinematográfico perfecto“. Un libro extraordinario, sin duda y muy bien traducido, por cierto.

Guillermo Belcore
Una versión más corta se publica en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Excelente

PD: En una entrada anterior, establecí que esta obra maestra merece el título de Novela del año 2011.

lunes, 5 de marzo de 2012

El puente sobre el río del Búho

Proyecto diez mil cuentos

Argumento Número veintiséis

El puente sobre el río del Búho

Ambrose Bierce
Cuentos inolvidables según Julio Cortázar. Alfaguara, 2006. Traducción: José Bianco

Advertencia: Si usted desea ser sorprendido por el espléndido giro fantástico del final no siga leyendo.

Desde un puente de ferrocarril, Peyton Farquhar, plantador de fortuna de una vieja y respetable familia del sur, mira correr el agua veinte pies más abajo. Está a punto de ser colgado. El liberal código del Ejército del Norte prevé la pena de horca para toda clase de personas, sin excluir a la gente decente. El señor Farquhar cierra los ojos para concentrar sus últimos pensamientos en su mujer y sus hijos. Cuando cae al agua, pierde la conciencia como si estuviera muerto, pero fueron sólo segundos que parecieron siglos. La cuerda del verdugo se había roto. El hacendado logra desatarse las manos y salir a la superficie. El pelotón yanqui abre fuego -primero con los fusiles, finalmente con el cañón- desde el puente y la orilla. El señor Farquhar nada a favor de la corriente, deja atrás a sus enemigos, sale del río y se interna en el bosque. Famélico, agotado, confundido camina toda la noche. Encuentra un sendero en la buena dirección. Llega la mañana siguiente a su casa. Su mujer, con el rostro fresco y dulce, corre a recibirlo. El se lanza en su dirección con los brazos abiertos. En el instante mismo que va estrecharla contra su pecho, siente en la nuca un golpazo que lo aturde, una luz blanca lo deja ciego. Luego, todo es tinieblas y silencio. El cadáver de Peyton Farquhar, con el cuello roto, se  balancea suavemente sobre el puente del Búho.

PD: Desayuno en Las Violetas. Mientras espero que abra el banco, releo este magnífico relato del siglo XIX. Ambrose Bierce, una vida de leyenda, una muerte sin aclarar, me sigue maravillando.  ¡Que nadie desconozca este cuento!   

sábado, 3 de marzo de 2012

Los ojos de la mente

Oliver Sacks
Anagrama. Ensayo de ciencias, 287 páginas. Edición 2011

“Leer nos parece un acto interrumpido e indivisible, y a medida que leemos prestamos atención al significado y quizá a la belleza del lenguaje escrito, sin darnos cuenta de los muchos procesos que hacen que esto sea posible… la lectura, de hecho, se basa en toda una jerarquía o cascada de operaciones que puede detenerse en algún punto”.
Oliver Sacks

El cerebro es algo parecido a una orquesta, pero no cualquiera. Es una orquesta extraordinaria que se dirige a sí misma, muy complicada, con miles de instrumentos, cuya partitura y repertorio cambian permanentemente. Una lesión, una infección, un tumor, una enfermedad degenerativa -cualquiera de esas siniestras eventualidades que nos acechan desde la maleza- puede provocar la desaparición de algunos de los mejores interpretes. Se puede perder, por ejemplo, la capacidad de leer (¡manteniendo al mismo tiempo la de escribir!), o de reconocer caras, o de percibir los colores sin que la personalidad se desintegre. Es que no sólo una discapacidad causa siempre que un talento se potencie, sino que el cerebro posee un potencial de recuperación mayor de lo que antaño se creía. La adaptabilidad no se termina en la juventud. Este es el mensaje de un hombre que se ha pasado la vida estudiando el más complejo elemento del cuerpo humano.

Oliver Sacks, neurólogo e investigador famoso, ha escrito varios libros sobre su especialidad. El más conocido tiene un título delicioso: El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. La contratapa nos asegura que el buen doctor es también un excelente escritor, incluso un poeta elogiado por W. H. Auden. Lo que este blog puede atestiguar sin duda alguna es que, al filo de los ochenta años, Sacks ha escrito un libro ameno, culto e interesante, basado en sus casos clínicos y su experiencia personal como médico y paciente.

El libro describe extrañas dolencia neurológicas: alexia pura, prosopagnosia, carencia de visión estereoscópica, síndrome de Capgras, afasia, agnosia topográfica. Los pacientes -como los personajes de los buenos cuentos- evolucionan. Sacks, que reconoce haber experimentado con grandes dosis de anfetaminas, cita a Borges, a Wittgenstein, a los clásicos de la medicina del cerebro, a los nuevos teóricos. Muy sabrosa es la explicación de lo que ocurre en la cabeza cuando leemos, una habilidad relativamente nueva en la especie que demuestra que la experiencia es un agente de cambio tan poderoso en el ser humano como la selección natural. Más allá de su erudición, el ensayo intenta básicamente ofrecer un canto de esperanza, demostrar que incluso con un daño cerebral grave o con la perdida de la vista existen otras modalidades de ser humano, tan dignas de ser vividas como la convencional.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa
Calificación: Bueno

lunes, 27 de febrero de 2012

Provocaciones

Mario Bunge
Edhasa. Ensayo de filosofía, 167 páginas. Edición 2011.

El superhombre que Nietzsche propuso no es la bestia rubia disfrazada de negro y calaveras plateadas, sino algo más pedestre: el individuo con convicciones filosóficas, ajeno a las modas y al oportunismo, que no siente miedo para expresarse y respeta a los más débiles. Alguien como el Mario Bunge que redondean estas páginas.

Un sello editorial reunió artículos que el filósofo argentino ha publicado en dos diarios. El conjunto resulta estimulante pues fuerza al lector a meditar sobre asuntos políticos (¿es el presidencialismo el cáncer de la democracia?), sociales (el inmigrante nos enriquece) y culturales (¿a qué se debe la creencia tan difundida de que la oscuridad indica inteligencia, originalidad o profundidad?). El libro atrapa porque -como notaba Borges- la mera sensatez también tiene capacidad de resplandecer, aunque Bunge, de tanto en tanto, guste provocar con caprichosas generalizaciones. No es del todo descabellado postular que Heidegger fue uno de los mayores macaneadores de la historia moderna, pero repudiar en bloque a toda la filosofía existencialista suena a injusticia, cuando menos. Implica ignorar rotundamente el espíritu de una época.  En segundo lugar, la pretención de Bunge de igualar todo el psicoanálisis al bla-bla-bla parece indigno de un pensador de fuste, si bien la psicolabia porteña -que me perdonen nuestros cincuenta mil graduados universitarios- merece ser azotada en público, entre otras cosas, por su absoluto desdén hacia la investigación.

Bunge se considera un cientificista cuyo modelo de país y sociedad es su patria adoptiva, la pacífica y civilizada Canadá. Hace revisionismo histórico en serio (¿por qué no hay en Buenos Aires una avenida Bernardo Houssey?), no como el que cunde en la Argentina de estos años, puesto de rodillas al servicio del gobierno de turno. En síntesis, los ensayos a vuelo de pájaro están muy bien, porque quien los ha escrito tiene vista de águila. Los recuerdos del autor tampoco carecen de interés. En cambio, los escritos que aspiran a ser literarios pueden tarcharse de pueriles.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Bueno

sábado, 25 de febrero de 2012

La luz es más antigua que el amor

Ricardo Ménendez Salmón
Seix Barral. Novela, 175 páginas

"Todo este esfuerzo, toda esta lucha de vanidades, toda esta ingente escenificación, ¿para qué? De los demonios que acechan al creador a lo largo y ancho de su tarea, ninguno tan angustioso como la carencia de sentido".
R.M.S.

El asturiano Ricardo Menéndez Salmón -crítico, licenciado en filosofía, autor de no pocos libros- propone que esta novela sea leída como "una obra que se pretende inteligente". Para ella, la carga de sesudas reflexiones no siempre magníficas. Aparece, de tanto en tanto, la fastidiosa primera persona bloguera. No escatima sentencias como la siguiente: "la historia es un auténtico río caudaloso en el que la desmesura y el talento compiten con el azar y el ridículo". Entremezcla géneros y amplía el vocabulario (acaso para demostrar el dictum de Wittgenstein de que la inteligencia puede medirse según la cantidad de palabras que maneje una persona), incluso con jerga de claustros como "ontológico", "anagnórisis" o "aporético". Se asume, por lo demás, como remedo de Thomas Bernhard en cuanto a "exegesis del trabajo ajeno". La apuesta es muy respetable, aunque no ha podido evitar un desagradable vaivén entre genialidad y tedio.

El libro une vida y obra de tres pintores, dos de ellos productos de la imaginación: Adriano de Robertis (1300-1400), Mark Rotkho (1903-1970) y Vsévolod Semiasin (1925-2005). El castillo de San Sepolcro es el factor común, donde "un pintor blasfemo transformó el sufrimiento ante la pérdida de su hijo en un acto de dignidad". Le añade las vivencias del narrador Bocanegra, quien escribe justamente La luz es más antigua que el amor (una metanovela). Los personajes sirven como excusa para meditar -no sin talento- sobre cuestiones trascendentes, caso la naturaleza del arte, la rebeldía ante los poderes establecidos, el amor, la muerte, y la locura.

Atento a las tendencias en boga de la literatura hispanoargentina, o acaso por la urgencia de publicar, o quizás porque sólo le dio ganas de hacerlo así, Menéndez Salmón es otro escribidor que apuesta a la brevedad, la concisión, el capitulito, a dejar con hambre al lector. Idea un personaje fascinante, Pierre Roger de Beaufort -veinte años, cardenal diácono, futuro Gregorio XI- pero lo despacha en pocas páginas. ¡­Qué desperdicio, caray! También podría haberse extendido un poco más en la recreación de Stalin. Esa notoria falta de ambición, se compensa, en parte, por la excelencia de la expresión. Hay frases bellísimas y delicadamente sonoras, párrafos forjados con esmero y luego -suponemos- corregidos hasta que refulgen. El estilo es el hombre afirman, con razón, los ingleses.
Guillermo Belcore
Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

PD: El autor de este libro cae en la tentación de describir fotografías, "filosóficamente", uno de los caminos más trillados entre los intelectuales. Es un remedo superfluo de Barthes, se ha establecido. A mí, este lugar común, me aburre soberanamente. Como se señala en la página ciento veintinueve, "detesto a cierto romano llamado statu quo".

lunes, 20 de febrero de 2012

Crímenes

Ferdinand Von Schirach
Salamandra. Edición 2011, 189 páginas

“Nos pasamos la vida danzando sobre una fina capa de hielo; debajo hace frío y nos espera una muerte rápida. El hielo no soporta el peso de algunas personas, que se hunden. Ese es el momento que me interesa. Si tenemos suerte, no ocurre nada y seguimos danzando. Si tenemos suerte”.
F.V.Sch.

Básicamente, la industria editorial adora esta clase de libros por dos motivos. El best seller de calidad es un espléndido negocio que permite, al mismo tiempo, librarse de la fastidiosa sensación de estar vendiendo basura escrita para complacer a los perezosos. La fraternidad crítica, en cambio, los aborrece (o simula hacerlo) por mero esnobismo: los tiquismiquis piensan que nada que se venda como pan caliente puede ser bueno. Por eso repudian a Eco o a Murakami.
 
Crímenes se ha convertido en un fenómeno de ventas, primero en Alemania y luego en el resto de Europa. El cine ya se le puso el ojo encima a un libro que tiene algo de la formidable saga Law & Order. Ferdinand Von Schirach es un prestigioso abogado penalista de Berlin, hijo de un jerarca nazi, que ha decidido, supuestamente, narrar sus casos extraordinarios. Emplea una prosa elegante, sobria, de una belleza clásica. Como cualquier manufactura germana, como un Mercedes Benz. Su propósito declamado es mostrar que la culpabilidad es un asunto peliagudo; hay que mirar al asesino con ojos misericordiosos. La clave en la vida es tener suerte.

Las historias son fascinantes; se han urdido como cuentos que suelen tener un final que deja pasmado. Hay un muchacho con ganas de devorar a la novia, y otro al que aterra el número dieciocho. Hay un hombrecillo insignificante que se despacha a dos vándalos neonazi sin siquiera despeinarse. Hay una prostituta reventada a golpes; hay un respetabilísimo medico de provincias que un buen día estalla con un hacha en la mano. El robo a un cuenco de te del Japón del siglo XVI desemboca en la espantosa muerte de dos maleantes. Hay más fábulas terribles. Los relatos tienen un núcleo estrictamente literario que generan dudas sobre su autenticidad, ¿pero qué importa? ¿No dijo Oscar Wilde que la vida termina copiando al arte?
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Muy bueno

PD: Como buen argentino que soy, siempre me resulta interesante la descripción de cómo se procesa y castiga un delito en un país civilizado. Leo que en el distrito de Nordeck, al norte de Berlín, no se había producido un delito de sangre en ¡veintidós años! A pesar de su clima espantoso (parece que llueve siempre), he ahí un lugar donde me encantaría vivir. 

PD II: Se ha publicado un excelente reportaje al autor en El País de Madrid. Pinche aquí.

sábado, 18 de febrero de 2012

La novela del año (2011)

Diario de un lector apasionado XXIII

No sin tristeza, hace dos meses afirmaba en Eterna Cadencia que si bien en 2011 anegó las librerías, como siempre, una abundante y sabrosa oferta editorial no hubo -hasta donde yo sabía- una obra maestra que mereciera la dignidad de Novela del año, tipo Contraluz de Thomas Pynchon que en 2010 se había alzado indiscutida y rutilante sobre todas sus congéneres como el lucero de la tarde. Bien, vengo a admitir que estaba equivocado.

En este febrero porteño en que el estío -como escribió Borges en There are more things- no sólo hace sentir al hombre maltratado y ultrajado sino hasta envilecido, ha caído en mis manos un libro grande y suntuoso, de esos que deseamos de corazón que nunca se termine. Data de 1954, pero creo que recién ahora llega al español. En tren de buscar parecidos, lo primero que me viene a la memoria es El gatopardo, pues también retrata, con prosa admirable, un trascendente momento histórico y fue compuesto por un aristócrata en decadencia, esa entrañable condición social (dado que se han perdido los privilegios históricos, por qué no sobresalir de la masa mediante un refinado trabajo artístico). Me refiero a Edipo en Stalingrado de Gregor Von Rezzori (Chernovitz, 1914-1988), hijo de un conocido funcionario del Imperio Austrohúngaro de Bucovina, que pasó (el hijo, no el padre) los años de la Segunda Guerra Mundial en Berlín aferrado a la barra de un bar decrépito.

Debo preparar la reseña para el diario La Prensa, por lo que no me extenderé demasiado, pero aquí les anticipo que Edipo en Stalingrado satisface, largamente, las cinco condiciones estéticas que Harold Bloom señala como imprescindibles para forjar una obra perdurable, es decir, propia del canon. Tiene originalidad, sabiduría, poder cognitivo, exuberancia en la dicción y dominio de la metáfora.

Digo que es original porque narra al nazismo de manera oblicua, desde el punto de vista de una casta pasada de moda, que frecuenta el bar de Charly, uno de los últimos sobrevivientes de los cabaret y cafés berlineses de los locos años veinte. Véase el estilo magnífico de Von Rezzori; disfrútese la excelencia de sus tropos:

“Así podrá entender, por fin, la fineza que entraña haber escogido el bar de Charley justo en aquel momento. ¿Acaso aquel sitio no era lo que era: un local nocturno apolillado y cargado de fama, que vegetaba gracias a su clientela diurna, establecimiento de lujo a precios de descuento, una especie de Gran Dama entre varias damiselas? De una manera orgánica, allí se reunían ciertas camarillas de la ’jeunesse doreé’, las cuales con su ‘haut gout’, daban su toque picante a la parte alta del Kurfürstendamm: toda la verdura fresca con las raíces hundidas en la madre tierra de las banderas rojiblancas y blanquiazules, bien sazonadas con las aceitunas y los dientes de ajo salidos de las embajadas del sudeste europeo; y luego estaban los musculitos de las carreras de automóviles en el Avus y de los campos de tenis; la crema de la bohemia elegante, se entiende, los jefes y subjefes de redacción y lo mejor de los estudios de Babelsberg, que sabían apreciar que la mejor moda de todos los tiempos era lo pasado de moda… Querido amigo, todo aquello, en sus correctas dosis y mezclado en forma de farsa, era cosa para gourmets, créame, el adecuado relleno para el viejo pollo capón, y como pistachos destacaba allí dentro, ocasionalmente, un puñado de hermosos efebos que había conseguido colarse, como algo dicho al oído, a través de los engranajes de cierto párrafo de la ley aplicado con tolerancia”.

Y así todo el libro. Establecido con este párrafo el dominio de la metáfora y la exuberancia del autor (y acaso la sabiduría por aquello de que “la mejor moda de todos los tiempos es lo pasado de moda”), hagamos hincapié en la delicadeza del uso de la segunda persona (ligeramente ebria) en la narración de la historia del junker Traugott von Yassilkovski, alter ego del autor, vinculado amorosamente con una “alazana de cabellos dorados”, cuya descripción me la reservo para otra entrada, pues es una de las mujeres rubias "de raza" más fascinantes que he conocido.

Estoy contento en poder decir pues que Edipo en Stalingrado es la mejor novela publicada en 2011. Tiene, como señale, el irresistible atractivo de lo decadente, entre muchas otras virtudes. La exhumó el sello Sexto Piso, del que nada sabía -¡ay!- hasta ahora. El trabajo de traducción es impecable. El libro fue impreso en España; pienso que el gobierno argentino lo debe haber dejado dormir en la Aduana durante meses como parte de su discutible orgía de proteccionismo comercial. Establece el dandy de Von Rezzori que “lo único distinguido en esta época sudorosa es lo absolutamente inútil”. Como la Alta Literatura, añado yo. Pero sin novelas extraordinarias como ésta, amigos, la realidad me haría pedazos.

Guillermo Belcore

domingo, 12 de febrero de 2012

Una vida de lujo

Jens Lapidus
Suma. Novela policial, edición 2011, 640 páginas.

La novela de fuste contiene también valiosos fragmentos de información. El lector curioso agradece siempre el intento de trazar un mapa lo más aproximado posible a la realidad, máxime cuando se trata del género policial. Esas pepitas de realidad son, en términos literarios, lo más relevante del último tomo de la Trilogía Negra de Estocolmo, ambiciosa construcción de más de dos mil páginas del abogado Jens Lapidus, que cuenta con material de primera mano sobre los bajos fondos y las zonas grises en uno de los países más civilizados del planeta. Pero los paraísos, como se sabe, no existen. El Estado socialista también está acechado por enemigos: mafiosos que provienen de Europa oriental; inmigrantes de primera o segunda generación, cargados de resentimiento; vinkingos de pura sangre obsesionados con acumular una fortuna de la noche a la mañana o con evadir impuestos; corruptos, viciosos, patoteros o inadaptados con el gen bandido (“terroristas del cash”) de todas las procedencias.

No hace falta haber leído las dos entregas anteriores de Lapidus para asimilar la trama. Tres líneas narrativas la componen. La primera narra una guerra en el imperio criminal del Padrino serbio, Radovan Kranjic; la segunda involucra al policía Hägerström, un aristócrata gay devenido en agente secreto para desenmascarar a un lavador de dinero; la tercera la protagoniza una banda de asaltantes, encabezada por el chileno Jorge, que perpetra “el robo del año”. Obviamente, las paralelas terminan convergiendo.

Se ha comparado a Lapidus con el gran James Ellroy. La influencia se percibe con claridad en la decisión artística de construir un artefacto hiperrealista, a contrapelo del mainstream teatral y pretencioso, que encarna Mankell y sus émulos nórdicos. Pero en cuanto al estilo y la ejecución, Lapidus es una versión degradada del escritor norteamericano. Nada bueno puede decirse de la prosa salvo que es muy legible: las metáforas son deleznables (“colgado como el Golden Gate”, “callado como un celular estrellado“), las referencias muy pobres (aluden siempre a la cultura masiva estadounidense), las escenas de acción y de sexo son telegráficas, parecen obra de un chico del colegio secundario. Por fortuna, la traducción es al gusto argentino, rica en lunfardo y palabrotas de nuestras gente: sánguche, cheto, cafisho, concha, jeta, mina, boliche, cana, guita, pancho. Pero volvamos al principio: lo más importante de todo es que los fragmentos de realidad y las historias tienen la capacidad de mantener a un lector exigente aferrado de las solapas hasta la última página, sin aburrirse nunca. No es poco.

Guillermo Belcore
Una versión más breve se publico hoy en el suplemento de Cultura de La Prensa y sus diarios asociados.

Calificación: Bueno

PD: Lapidus da algunos consejos prácticos a aquellos lectores que deseen incurrir en actividades delictivas. ¿Teme que la policía interfiera sus teléfonos móviles? Use Skype, hombre. ¿Quiere lavar dinero? Compre un departamento a un precio oficial subvaluado y véndalo al valor real. Es decir, si sale un millón de dólares: paga la mitad en blanco y el resto en negro. Podrá blanquear así medio millón. Quiere algo más fácil: ronde los casinos y los hipódromos, compré los tickets premiados al 120%. ¡Qué mundo de sinvergüenzas!

PD II: Leí y comenté el primer tomo de la Trilogía. Este me pareció mejor construido. Concluyo que Lapidus está mejorando.

martes, 7 de febrero de 2012

Los diez favoritos de Stephen King

Leo en The Christian Science Monitor, otro diario excelente que también renunció al papel, los diez libros favoritos de Stephen King. El autor del artículo periodístico concluye que al gran escritor le interesa más que las criaturas monstruosas "lo mostruoso que existe en la naturaleza humana". Reproduzco la lista y ofrezco una alternativa con mis preferencias personales.

1 - The Golden Argosy. Compilación de las mejores breves historias de la literatura occidental.
1' - Cualquier compilación de los cuentos de Jorge Luis Borges.

2 - The Adventures de Huckleberry Finn. Mark Twain.
2' - Esta bien, pero prefiero los Cuentos completos de Twain que publicó Editorial Claridad en vario tomos hace unos años. O El cazador oculto de Salinger.

3 - The Satanic Verses. Salman Rushdie.
3' - No es lo mejor que he leído de mi admirado Rushdie. Propongo La encantadora de Florencia, esa joyita que cubrí de elogios en 2009.

4 - McTeague. Frank Norris.
4'- Dice el CSM que es un gran retrato de la avaricia humana. No lo conozco, me temo. El gatopardo del príncipe Giusseppe Tomasi de Lampedusa es mi elegido.

5 - Lord of the Flies. William Golding.
5' - No lo leí. Asumo que es una asignatura pendiente. King elogia la construcción de un microcosmos que contiene todo lo bueno y lo malo de la sociedad. Ajá. Yo elijo La montaña mágica de Thomas Mann.

6 - Bleak House. Charles Dickens
6' - En el estante de las novelas decimonónicas, coloco en primer lugar La Piedra Lunar de Wilkie Collins. En otro lado escribí un ditirambo.

7 - 1984. George Orwell.
7' - Entre las distopías, prefiero alguna mi amado Philip Dicks. Podría ser Ubik.

8 - The Raj Quartet. Paul Scott.
8' - En el magnífico subgénero de la novela histórica, escojo Las benévolas, de Johnattan Littell.

9 - Luz de agosto de William Faulkner.
9 - Sí, claro, algo de (suenen las trompetas) Faulkner tiene que quedar. Santuario, pienso, es más ambiciosa. Los cuentos completos que Alfaguara publicó hace dos años también es un libro extraordinario.

10 - Blood Meridian. Cormac McCarthy.
10' - Qué demonios, tampoco lo he leído. Pero McCarthy me encanta. Voto por No hay lugar para los débiles. El libro y el film, parejos en calidad.

sábado, 4 de febrero de 2012

El novelista ingenuo y sentimental

Orhan Pamuk
Mondadori. Ensayo de literatura. Edición 2011, 161 páginas

  Invitar a una gran novelista a que medite sobre el arte de la novela es como pedirle a Diego Maradona que explique con sus palabras cómo hizo para hacerles morder el polvo a los ingleses en el Mundial de 1986 con el mejor gol de todos los tiempos. Se nos dirá, que hay una gran diferencia: la materia prima del escritor son las palabras, pero en ultima instancia el resultado es igual de decepcionante; cuando el creador sublime se explica por lo general no alcanza la altura de sus creaciones. La Universidad de Harvard, no obstante, creyó oportuno convertir en libro una serie de conferencias que el valeroso turco Orhan Pamuk dictó en 2009. El t¡tulo refiere a esa famosa distinción que Schiller estableció entre el artista (y el lector) automático o naturalista y el reflexivo o absorto por la técnica empleada. El volumen puede que sea útil para los profesionales de la escritura (sobre todo para el cr¡tico o para el novelista en ciernes), siempre que se tenga en cuenta que no es más que un guiso recalentado. El conferencista se concentró, básicamente, en repetir sentencias ingeniosas de otros autores eminentes y clásicos.

En lo que al contenido se refiere, el Premio Nobel de Literatura 2006 reflexiona sobre la importancia y la belleza de encontrar el centro secreto de una obra de arte, sobre la cualidad muse¡stica de la ficción, sobre las operaciones de la mente durante el actor de leer, entre otros temas interesantes. Traza parangones entre el escritor y el artista plástico. Sentencia que el objetivo esencial de la novela es "ofrecer una descripción precisa de la vida''. Ofrece algunas pistas sobre sus creaciones. En la página ciento ocho, desliza que Borges fue un extraordinario novelista. ¡Qué bárbaro! En el último cap¡tulo, añade una certera definición que desbarata todo el libro: "la mejor forma de estudiar la novela consiste en leer (lápiz en mano, agrega este blog) a las grandes obras maestras".
Guillermo Belcore
Publicado con ligeras correcciones en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Regular (prescindible, bah).

sábado, 28 de enero de 2012

Libertad

Jonathan Frazen
Salamandra. Novela, 667 páginas. Edición 2011.

Harold Bloom sostiene que el malestar de la cultura estadounidense es tan descomunal que ningún escritor contemporáneo puede abarcarlo por sí solo. En realidad, lo que el insigne crítico quiere decir es que no existe ningún literato al que le dé la talla para semejante faena (sí, hay uno, se llama Thomas Pynchon). Pero está bueno que los más diestros narradores lo intenten. Como Jonathan Franzen (Illinois, 1959). Por segunda vez en diez años, compone un fresco balzaquiano de una familia típica del Medio Oeste con el propósito de denunciar la podredumbre de una civilización que se basa en consumir en exceso, y que se cree que tiene el derecho universal a más y más.
 
Libertad es algo así como Las correcciones (la obra maestra de Franzen) recargado. El retrato es más minucioso, pero la expresión no ha mejorado ni un ápice. La prosa, dicho de otro modo, no es nada del otro mundo. En lugar de sondear los abismos de una conciencia, se demora en examinar durante décadas las enfermedades mentales y las desdichas en carne viva de los Berglund (papá y mamá, dos hijos) y sus conexiones cercanas. Es una narración, por así decirlo, en plan psicólogo. El problema es que ha absorbido, vaya paradoja, el gigantismo estadounidense que tan bien logra desollar.

¿Eso significa que la novela es mala? No, todo lo contrario. La ambición le otorga alas de gigante. El sinsentido de la existencia moderna, el imperioso llamado del sexo, la apremiante cuestión ambiental, la deliciosa renuncia a la responsabilidad social, la guerras del nefasto George Bush, la epidemia de resentimiento y neurosis son algunos de los cien núcleos temáticos que Franzen, un moralista implacable, aborda con eficacia e inteligencia. Ha creado, además, un héroe para nuestra época: Walter Berglund, el hombre íntegro. El final, dulce y conmovedor, nos permite sacar la conclusión que, en el fondo, se trata de una historia de amor en forma de novelón decimonónico, que nunca carece de tensión dramática y aprendizaje existencial. Aun hoy, en la era del Twitter estupidizante (¿puede redondearse algo que requiera meditación en ciento cuarenta caracteres?) la sombra de Dickens o de Tolstoi resultan una influencia enaltecedora. Sin duda, el amante de la novela oceánica, esa maravilla del universo, agradecerá a Franzen.
Guillermo Belcore
Una versión un poquitito más corta se publicó en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Bueno

PD: En la página 460 se afirma que “todo el mundo dice que Buenos Aires es una ciudad fantástica“. Luego Joey Berglund y la despampanante hija de un neocom judío a lo Feith, Perle o Wolfowitz vienen a una estancia de Bariloche a practicar equitación.

PD II: Se estableció que es ésta la gran novela de 2011. De hecho, Franzen ha ganado la tapa de la revista Time. Me temo que no puedo convalidar la sentencia. Yo opino que es muy inferior a Las correcciones, aunque se trata de una obra lúcida, interesante, amena en sus tres cuartas partes (¿qué libro de seiscientos páginas no contiene algún momento aburrido?). Una experiencia de lectura casi siempre agradable, en suma, pero me cuesta compartir el entusiasmo de la gran Michiko Kakutani.

lunes, 23 de enero de 2012

Anatomía de la influencia

Harold Bloom
Taurus. Ensayo sobre arte, 444 páginas. Edición 2011

Harold Bloom, ese polemista formidable, tiene ochenta años y la salud quebrantada. Ha enseñado durante más de medio siglo literatura de la imaginación en Yale. Se considera a sí mismo un gnóstico empedernido y un "formulador crítico de lo sublime''. Predica la shakespearología como la más benigna de las religiones. Es un entusiasta maestro de lecturas. Es un valiente, porque hoy cualquiera que se anime a emitir un juicio sobre el valor estético de un texto -"mejor, peor, igual a"- corre el riesgo de ser tachado sumariamente de aficionado total por la Academia. Antes de que anochezca, Bloom ha querido publicar una reflexión final sobre lo que llama proceso de la influencia. Comenta con pasión y sensualidad (la clave en su procedimiento es "pensar las sensaciones") unos treinta autores extraordinarios del canon occidental.

  Entiende Bloom que en literatura la influencia (como la jerarquía) existe. Consiste en la transmisión de un escritor anterior a uno posterior. Lo único que importa a la hora de interpretar -sostiene- es como un poema revisa aotro, tal como lo manifiestan sus metáforas, sus imágenes, su dicción, su sintaxis, su gramática, su métrica, su postura poética. El quid es "la lectura creativa errónea". Eso sí, la influencia actúa de manera laberíntica, nunca lineal. El agón resulta el rasgo central de las relaciones literarias. El crítico debe comprender la imitación, debe preguntarse de dónde extrae un gran escritor la idea de... y cómo la perfecciona. Que hay de Faulkner en Onetti, por ejemplo.

  El ensayo, pues, es el canto de cisne de Bloom. A pesar de su prosa nerviosa y confusa (por momentos) que propende al aforismo, siempre resulta interesante para el lector que busca la profundidad y la calidad literaria. El texto trabaja con materiales excelsos, como Shakespeare, Whitman, Joyce y Leopardi.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa el domingo pasado

Calificación: Bueno

PD: Harold Bloom -por eso lo considero mi héroe y mi mentor- tiene una fe inquebrantable en la estética. Sigue a Kant en la creencia de que el juicio estético exige una subjetividad profunda que esté más allá de cualquier ideología.

jueves, 19 de enero de 2012

¿Por qué tanto odio?

Elisabeth Roudinesco
Libros del Zorzal. Ensayo de filosofía, 125 páginas. Edición 2011.

"Nuestra época de crisis aguda se traduce en un profundo deseo de historia. Sacando provecho de esa desorientación, los alborotadores menos escrupulosos pueden erigirse en visionarios y servirse de cualquier recurso gracias a la complicidad interesada de los medios. (…) Autores confortablemente ubicados en las cabeceras de las góndolas, pero que representan un verdadero peligro desde el punto de vista de la transmisión del saber".
Guillaume Mazeau
Los medios de comunicación -sobre todo los diarios; en especial, los suplementos de cultura- suelen entronizar a grandes nulidades. Pensadores de moda, escandalosos, irreverentes, refutadores paripatéticos de los saberes oficiales, a quienes no les da la talla más que para danzar sobre la superficie de las cosas (la metáfora es de Nietzsche). El francés Michel Onfray, paladín del ateísmo posmo, pertenece a esta casta superflua y populista asegura el ensayito que Elisabeth Roudinesco, en colaboración con otros cuatro catedráticos, lanzó al ruedo para descalificar un libro de Onfray: El crepúsculo de un ídolo. La fabulación freudiana. ¿Libro dije? Para Roudinesco se trata más bien de "un líbelo delirante y maniqueo", una tentativa de "hacer daño".


Para quien no lo conozca, Onfray es retratado como un pensador extravagante que pretende formar parte de izquierda francesa, quien en su Tratado de Ateología opone a los tres grandes monoteísmos, "centros del odio y la destrucción", una "humanidad atea preocupada por el advenimiento de un mundo higienista, paradisíaco, hedonista: la cual estaría dirigida por un dios solar y pagano, completamente investido por la pulsión de vida y cuyo representante sería el propio Onfray, quien tendría por misión inculcar a sus discípulos la mejor manera de gozar de sus cuerpos y del cuerpo de sus vecinos: a través de la masturbación". 

Pero no es éste el disparate que a Roudinesco y sus colegas le interesa descalabrar, sino las mediáticas y festejadas ocurrencias de Onfray de que Freud es una fuente de pulsión de muerte, y de odio al padre y adoración de la madre (para seducirla mejor sexualmente), y de que la esencia del psicoanálisis nos es más un puro y simple relato autobiográfico de un fundador depravado.

El contraensayo no sólo destaca la falta de rigor científico, la ausencia de fuentes, la arbitrariedad, y los aberraciones metodológicas del pensamiento de Onfray como el llamado principio de la prefiguración que sostiene que "todo ya está en todo incluso antes de ocurra un acontecimiento" (Kant es un precursor de Eichmann, por ejemplo). ¡También somete al apóstol del placer solar a un análisis psicológico! (parece que de niño fue víctima de "malvados sacerdotes salesianos").

Como bonus track, el libro trae un capítulo de Roudinesco que desbarata un rumor famoso: "la relación de Freud con su cuñada", la que la hiel de Onfray (no fue el primero) presenta como una monstruosidad familiar. Me ha resultado muy interesante también, acaso por el peculiar momento que atraviesa la cultura argentina, la denuncia del profesor Guillaume Mazeau sobre "la ruptura del contrato de verdad". Por lo demás, provoca un gran placer estético (y una gran envidia) la forma en que los franceses eminentes procesan sus polémicas intelectuales: la falta de elegancia en la expresión se considera un pecado imperdonable.

Volvamos al título. ¿Por qué tanto odio? En efecto, las enseñanzas, tropos, diagnósticos y terapias que Freud enseñó al mundo son detestados parejamente por nazis, marxistas puros y duros, católicos de misa diaria, antisemitas de toda laya, positivistas a lo Mario Bunge y charlatanes mediáticos como Onfray. Cito a Roudinesco, insigne historiadora: "La historia del odio a Freud es tan antigua como el odio al psicoanálisis. No se toca impunemente el sexo, el secreto de la intimidad, los asuntos de familia, la pulsión de muerte y la barbarie de los regímenes que esclavizan a las mujeres, los homosexuales, los marginados, los anormales, sin tener que pagar un costo".
Guillermo Belcore

Calificación: Bueno

PD: Desde mi punto de vista, Roudinesco es una pensadora esencial, en cuanto que reivindica y encarna la tradición ilustrada contra los ataques premodernos y posmodernos contra la Modernidad sólida.

lunes, 16 de enero de 2012

En busca de April

Benjamin Black
Alfaguara. Novela policial, 327 páginas. Edición 2011

John Banville (Wexford, Irlanda, 1945) considera a Benjamin Black, su otra identidad, como un hermano menor, un pariente pobre, una mitad vergonzosa. Seguramente, se trata de una coquetería o una falsa modestia. Las tres novelas policiales de Banville son tan Alta Literatura como El intocable, por citar una de sus mejores obras. El tercer volumen de la saga Quirke, en verdad, redondea otra prodigiosa exhibición de estilo: la construcción de escenas es brillante; el acabado de los personajes, incluso el de los de menor importancia, sublime (quizás sólo Dios preste tanta atención a sus criaturas). La evocación de la mezquina Dublín de los cincuenta, el vivificante trasfondo de catolicismo puro y duro, el misterio a resolver (es una historia terrible de oír), las complejidades de un puñado de almas dañadas, en fin, todo nos mantiene aferrados de las solapas hasta la última página. Incluso, relumbran las minuciosas descripciones de un invierno de los mil demonios. O de un automóvil, en este caso un Alvis TC 108 Super Graber Coupé, uno de los mejores que ha fabricado la Gran Bretaña. Banville, por lo demás, es un exquisito elaborador de tropos.


Garret Quirke se llama el protagonista. Patólogo de profesión, es un hombre difícil y turbulento, que no sabe escapar de un ayer que contiene demasiado veneno. Cuando está en espacios cerrados, tiene pinta de toro. A las mujeres les encanta pero el alcohol es su perdición, más precisamente la luz que emana una botella de whisky. Recién salido de la Casa de San Juan de la Cruz, un refugio temporal para adictos de toda clase, el doctor investiga la desaparición de April Latimer, hija de un siniestro héroe de la independencia de Irlanda (“un monstruo de orgullo, determinación y temeridad“, como son casi todos los héroes de la Patria). Lo involucró en el entuerto su hija Phoebe, otra alma descarriada. Cómo decirle que no, después de lo que Quirke le hizo en el pasado. Por cierto, los libros de Banville nos espetan sin rodeos que el pasado nunca suelta a su presa.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Excelente

PD: Como he intentado explicar, este libro eleva el género policial hasta las cimas de la mejor ficción, pero me da la impresión (no puedo asegurarlo, claro está) de que la traducción no está a la altura de las circunstancias. Me figuro que no trasmite la riqueza de vocabulario con que Banville, ese enorme estilista, suele componer. Debería ver el original y consultar a un experto. Quizás Gabrielaa pueda ayudarme.

viernes, 13 de enero de 2012

Sherlock

La segunda temporada de una miniserie británica que sigo con deleite en la Web me impulsó a alargar una entrada del año pasado. El diario La Prensa juzgó que era interesante para sus lectores y lo publicó en la edición de hoy.


Pensar de tarde en tarde en Sherlock Holmes -estableció Borges- es una de las pocas buenas costumbres que nos van quedando. Ese caballero, flaco como una excusa pero con una mente filosa como navaja, sigue atrapando la imaginación de las generaciones. La industria del entretenimiento, obviamente, nunca dejar  de explotar el filón, con más o menos suerte. Como antídoto a la mirada hollywoodense de Guy Ritchie -versión degradada por el abuso de explosiones y otros efectos especiales- la BBC de Gales ha revivido a la eterna creatura de sir Arthur Conan Doyle (y a su imprescindible compañero) con una fidelidad asombrosa a los detalles y un enorme ingenio para traer el método deductivo al siglo XXI.

La miniserie Sherlock puede verse en Internet, pero como en España ya ha sido exhibida hasta en televisión abierta, nada cuesta suponer que en poco tiempo más estará disponible para los argentinos, que se encontrarán con un producto de exquisita factura, incluso en la elección de la música de fondo. En 2010, se elaboraron tres episodios de noventa minutos cada uno (Estudio en rosa, El banquero ciego y El gran juego), con gran éxito de público y crítica. Más de nueve millones de aparatos siguieron en el Reino Unido las aventuras (cinco millones de televidentes es la línea del éxito en las islas). El Bafta (mejor serie, mejor actor secundario) y la Royal Televisión Society (mejor drama televisivo) convalidaron su excelencia. Este año, se proyectarán otros tres capítulos. El primero (Escándalo en Belgravia) ya puede encontrarse en la web.

Interpreta a Holmes, Benedict Cumberbatch (Londres, 1976), un respetado actor de teatro que ha comenzado a incursionar con éxito en el cine. Igual que Hugh Laurie en House (que tanto le debe a Conan Doyle), el personaje parece un traje hecho a su medida, factor que siempre delata al actor de fuste. Martin Freeman (Aldershot, 1971) es Watson. Son dos estrellas en ascenso, que han logrado forjar una pareja impecable.

NUEVAS TECNOLOGIAS

El Holmes posmoderno es consultor ad honorem de la policía de Londres y adora las nuevas tecnologías (¡­tiene un blog y una blackberry!). Se confiesa asexuado, aunque en la segunda temporada deja entrever su fascinación por Irene Adler, una chica que se dedica a la prostitución bisexual de altura (incluso en Buckingham Palace), lucrando con el inveterado gusto de los ingleses por el sadomasoquismo, consecuencia, quizás, de los castigos corporales en la infancia. El detective se aplica parches de nicotina (hoy no resulta fácil fumar en público) y consume drogas recreativas. Guarda restos humanos en la heladera de la señora Hudson, en el 221 B de Baker Street. Es gélido como el señor Spock, padece de falta de empatía; quizás sufra de alguna forma de autismo. Toca el violín para aclarar sus ideas y tiene un hermano -Mycroft- que le encarga trabajitos, desde un conspicuo cargo en el servicio de inteligencia británico.

Sherlock es brillante. Puede capaz de deducir toda la historia familiar de su partenaire a partir de unos raspones en el teléfono celular. Lo secunda, en efecto, un médico desempleado, que el British Army se quitó de encima después de ser herido en Afganistán. En la versión BBC, el doctor Watson no es un chambón, es un hueso duro de roer que, como cualquier militar que se precie, tiene un desaforado sentido del honor y es capaz de meterle una bala entre ceja y ceja a un enemigo cuando la ocasión lo demande. Conspira entre las sombras, el temible Doctor Moriarty (Andrew Scott), que aquí se presenta como un yuppie elegante, un psicópata total con una inteligencia terrorífica capaz de rivalizar con la de Holmes.

Los factotum de Sherlock son Mark Gattiss y Steven Moffat, creadores también de la serie Doctor Who. Han logrado la proeza de respetar en lo importante el texto original, añadiéndole los guiños que la sensibilidad contemporánea exige. Las tramas suelen ser deliciosamente retorcidas. Hay muchísimas escenas memorables. Hay humor. Como el lector puede comprobar, la saga ha creado fans por todo el mundo. Steven Spielberg es otro de ellos. Ha definido a Cumberbatch (a quien dirigió en Caballo de guerra como el ``mejor Sherlock Holmes que ha aparecido sobre la pantalla''.
Guillermo Belcore
Publicado en la sección Espectáculos del diario La Prensa.

PD: Insisto, esta serie es extraordinaria. No pueden perdérsela.

viernes, 6 de enero de 2012

Los cuentos siniestros

Kobo Abe
Eterna Cadencia. Cuentos, 156 páginas. Edición 2011

Es difícil imaginar a un hombre sin un perro a su lado. Pero los amantes de los animales deberían asomarse al segundo cuento de este volumen. Uno queda casi persuadido de que los perros reflejan nuestra vulgaridad como ninguna otra criatura; y de que esas personas pretenciosas que los tienen sólo para amarrarlos en el patio de su casa no son sino un síntoma de degeneración humana. Claro, el que narra la historia es nada menos que el amigo del pintor S. que resultó devorado por su propia mascota. Siniestro, ¿verdad? Siniestro es el nombre del juego que anima esta extraordinaria recopilación de relatos breves.
Tres hurras para la decisión de un sello nacional de ampliar la cartografía literaria de los argentinos. Eterna Cadencia, con el apoyo de la Universidad Ferris de Yokohama, nos presenta a un japonés raro, oscuro y fascinante como el mejor producto del Manga. Kobo Abe (1924-1993) escribe sin ningún artificio encantador, no hace concesión alguna al Oriente pintoresco y plantea que la vida es, en el mejor de los casos, una farsa irritante. Somete a los personajes a situaciones desesperadas. Despliega un sugestivo desdén hacia la autoridad y hacia lo que alguna vez se llamó clases ociosas.
Entre los siete relatos, hay un señor que, al regresar del trabajo, encuentra un cadáver de identidad desconocida en su departamento. ¿Usted cómo saldría del trance? Hay un viaje a ochocientos mil años en el futuro donde viven los hombres plantas, los cuales, a pesar de sus exasperantes costumbres, arribaron a la salubérrima conclusión de que un ciudadano sólo puede ser diputado o mandamás por un par de días. Todo es desolador, como el desempleado que cae en garras de una empresa dedicada formalmente al latrocinio, o el boxeador maduro en decadencia, o el fantasma que bebe raticida con una sonrisa en los labios. Pero quizás la situación más escalofriante sea la que se suscita cuando un representante del pueblo suplica a tres señores de "la casta comedora" que pongan fin al canibalismo.
Guillermo Belcore
Publicado en el Suplemento de Cultura del Diario La Prensa

Calificación: Bueno

jueves, 5 de enero de 2012

La lotería en Babilonia

Proyecto Diez mil Cuentos

Argumento número veinticinco

Jorge Luis Borges
Ficciones. Bruguera. Edición 1985

Todos los hombres en Babilonia fueron procónsul, esclavo, presidiario, sumo sacerdote. Todos sufrieron alguna mutilación o los declararon invisibles. Todos fueron cazadores o fueron cazados. Deben esa variedad casi atroz a una institución que otros pueblos ignoran o que obran en ellos de manera imperfecta: la lotería. En un principio, era un juego plebeyo (similar a nuestro Quini 6) pero fracasó porque se dirigía a una sola de las facultades humanas: la esperanza. Ante la indiferencia popular, la Compañía fue agregando valores eclesiásticos, metafísicos. Elevó la lotería al rango de secreta, gratuita y general. Una nueva era había empezado. Fue lógico que la Compañía obtuviera finalmente la suma del poder público, aunque algunos heresiarcas sostienen que ya no existe, o peor aun: que nunca existió. Pero lo cierto es que los sorteos hoy son infinitos, rigen cada avatar de cada uno de los hombres o mujeres de Babilonia. La lotería es una intensificación del azar, una periódica infusión del caos en el cosmos. La vida no es otra cosa que un eterno juego de dados.

PD: Releo este magnífico cuento mientras devoro en San Pedro Telmo (Defensa y Pasaje San Lorenzo) un rotundo sándwich de pollo, jamón y queso. Adiós al régimen, estoy harto de rendirle pleitesía a mi estómago maltrecho. Como los lectores saben, soy un Borgéslatra confeso, tengo la necesidad, diría física, de releerlo todos los días. El relato data de mil novecientos cuarenta y cuatro. El sociólogo Zygmunt Bauman, un cartógrafo esencial del presente, sostiene que ningún texto describe mejor el desorden actual (la modernidad líquida) que La Lotería en Babilonia. Las Escritores de Primera, nunca me canso de repetirlo, son las antenas de nuestra especie. John Milton en El Paraíso Perdido también pudo haber anticipado nuestro globalización impiadosa. Véase este fragmento:

”… de juez actúa el Caos,
y con sus decisiones se complica
más la contienda por la cual impera;
junto a él y como arbitro supremo
el Acaso gobierna sobre todo”.

Es deprimente para el ego y es un acicate para nuestros temores, pero el poeta tiene razón, el "Acaso gobierna sobre todo…"

viernes, 30 de diciembre de 2011

Luka y el Fuego de la Vida

Salman Rushdie
Mondadori. Novela. Edición 2011, 206 páginas.

 ¡­Ah, amigos, el placer de una gran aventura! Rashid Khalifa, doce años de edad, viajó hasta el otro lado para robar el Fuego de la Vida y así salvar de un conjuro fatal a su padre, el Sha del Blablablá. Fue una ultrahazaña. Con un crédito de casi mil vidas, el chico recorrió a lomo de alfombra voladora el Mundo de la Magia, de donde proviene todo lo que resulta interesante. Abundaron las proezas: remontó el R¡o de la Vida, escaló la Cumbre de la Sabiduría, escapó de las nauseabundas Respeto-Ratas, derrotó al Titán de la Ira, respondió sin error alguno los acertijos de un malévolo demonio. También logró ganarse para la causa a todos los dioses que ha adorado (y temido) la humanidad. ­¡Y triunfó en una carrera contra el Tiempo!

  El enorme Salman Rushdie (1947) entiende que el escritor es, por encima de todo, un fabulador profesional, como el padre de Luka. Tiene el deber de narrar historias en extremo interesantes, pues el hombre y la mujer "arden de deseos de leer''. En las fábulas reside la identidad, el sentido y la esencia vital de lo humano, sentencia en esta espléndida imaginería que compuso como tributo para su hijo menor.

  Criado en Bombay, de familia islámica, condenado a muerte por Jomeini, Rushdie echó raíces en Occidente. Podría hablarse de un escritor puente entre culturas si la expresión no estuviese tan trillada. Rusdhie se licenció en Historia en Cambridge. Acumuló una formidable erudición mestiza que despliega de manera caudalosa en Luka y el Fuego de la Vida. El libro es un caldero donde burbujean mitologías de cinco continentes, la novela de caballería, el cuento moralizante, la astronomía, los videojuegos. Por momentos, recuerda al Libro de los seres imaginarios de Borges. La prosa es magnífica.

  Permite confirmar la novela una intuición que deriva del hecho probado de que la Alta Literatura es una fuente inagotable de placeres: aún en la narrativa juvenil (es decir, aquélla que puede ser entendida hasta por un niño) puede hallarse la excelencia.
Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa.

Calificación: Muy bueno

PD: Un buen regalo de Navidad para los lectores jóvenes. Tengo una imaginación limitada, por eso propongo como banda de sonido esta canción de los gloriosos ochenta que nada tiene que ver con la temática del libro: http://www.youtube.com/watch?v=VZt7J0iaUD0