domingo, 25 de septiembre de 2022

Parezca y desaparezca


Obsesionados con el penúltimo rizoma francés o con la nueva variante del realismo sórdido narrada con acento de Kansas, los argentinos hemos crecido ignorando que existe una gran literatura del otro lado del puente Tancredo Neves. ¿Cuántos saben que el Quijote latinoamericano lo escribió un médico y diplomático de Minas Gerais? ¿Cuántos conocen al distinguido polígrafo Paulo Leminski, gloria de las letras paranaenses, al que la Parca llevó -como Rimbaud- demasiado pronto?


Para curar la ignorancia que plantea la última pregunta, el sello Añosluz acaba de publicar una antología poética de Leminski, que no debería ser pasada por alto por todas aquellas almas interesadas en el género lírico, es decir por la élite de la élite en el arte de la buena lectura. Es una edición bilingüe, muy bien cuidada en su forma, francamente extraordinaria.


Leminski nació en Curitiba el 24 de agosto de 1944 y falleció en esa misma ciudad el 7 de junio de 1989. Fue poeta, novelista, crítico literario, letrista de canciones, publicitario, traductor, ensayista y biógrafo de Jesús de Nazaret y León Trotski. Aprendió en el Monasterio de Sao Bento latín, teología, filosofía y literatura clásica. Fue influido por Mallarmé, por Rimbaud y por los adalides del movimiento Poesía Concreta como los hermanos Augusto y Haroldo de Campos. Practicó yudo, estudió la cultura japonesa y escribió haikus. Se lo definió como ``un prisma de saberes''. Lo suyo era el juego de palabras, apunta en el prólogo excelente Alejandro Güerri, quien también hizo un magnífico trabajo de traducción. Como señala su hija Aurea en el posfacio, si bien Leminski perteneció a la generación precomputadora ``su obra es absolutamente actual''.


El volumen atesora creaturas de seis libros de Leminski, la mitad póstumos: Cuarenta clics en Curitiba (1976), Caprichos y relajos (1983), distraídos venceremos (1987), la vie en close (1991), el ex-extraño (1996), winterverno (2001). Hay poemas que -tal como ocurre con Borges- nada cuesta calificar como perfectos. Transcribimos la llamarada amorosa de la página treinta y seis como ejemplo de virtuosismo:


objeto

de mi más desesperado deseo

no sea aquello

por quien ardo y no veo


sea la estrella que me besa

oriente que me rija

azul amor belleza


haga cualquier cosa

pero por el amor de dios

o de nosotros dos

sea.


Como en el piso de la página se reproduce en portugués, el lector siempre puede paladear la delicada música de la rima. Son, en efecto, versos para paladear, como el buen vino. También, por sus epifanías semánticas. Leminski no sólo gustaba de hacer danzar a las palabras, de crear con la fusión nuevos vocablos, de cruzar lo oral y lo escrito, la cultura libresca y la popular, también descolló como poeta de ideas. Era sentencioso.


Escribió el vate: 


nada tan común 
que no pueda llamarlo 
mío

 

nada tan mío
que no pueda decirle
nuestro

 

nada tan blando
que no pueda decirle 
hueso

 

nada tan duro
que no pueda decir 
puedo.


Uno se queda masticando la última estrofa, de eso se trata la vida, ¿no?


El prólogo de Güerri abre con una hermosa cita del literato: 

La poesía es un inutensilio. La única razón de ser de la poesía es que forma parte de aquellas cosas inútiles de la vida que no precisan de un justificativo, porque son la propia razón de ser de la vida... la poesía es una de esas cosas que no necesitan un por qué.


Leer a Paulo Leminski es una excepcional experiencia estética e intelectual. Quién no necesita semejante regalo. Tal vez, el brasileño esté equivocado y la poesía no sea tan inútil, acaso sea una linterna en lo oscuro.

Guillermo Belcore


Calificación: Excelente

sábado, 17 de septiembre de 2022

Flashman y el ángel del señor

Harry Flashman  nació en 1822 y participó en algunos de los acontecimientos más importantes del siglo XIX. Sirvió en el Ejército británico a lo largo y ancho del planeta, y recibió la Cruz Victoria, la más importante de su país; la Reina Victoria lo convirtió en un niño mimado. No fue la única condecoración de su distinguida y deplorable carrera. También consiguió la Medalla de Honor del Congreso de Estados Unidos, a pesar de que participó en ambos bandos de la Guerra Civil. En 1913 -dos años antes de su muerte- escribió sus memorias.Trece tomos fueron hallados en un salón de ventas de las Midlands en 1966. Su descubridor anotó: "...constituyen un escandaloso catálogo en los cuales pocos indicios podemos hallar de sentimientos decentes, y no digamos ya de altruismo...". En efecto, aunque Flashy se jactaba de haber sido intimidado por Bismarck, estafado por Disraeli, engatusado por Lincoln, sugerido por Palmerston y batallado con Sherlock Holmes... la verdad es que fue un cobarde, un bribón y un libertino (en el Volumen IX se ufana de acostarse con 480 mujeres), un oportunista con todas las letras cuya maniobra favorita -después de la seducción de toda clase de damas- era atribuirse el mérito de triunfos en campos de batalla de los que había huido.


Estoy seguro, amigo lector, que ya se ha percatado de que Harry Flashman nunca ha existido. Es un espléndido personaje literario. Fue creado por el ex soldado y periodista inglés George MacDonald Fraser (1925-2008) que revivió la noble especie de la novela de aventuras , confirmando lo que siempre decimos aquí: no existen géneros menores; existen buenos o malos escritores.


Para superar sus dificultades económicas, Fraser presentó el primer libro de la saga en 1969 (son doce en inglés y trece en castellano). Y la fortuna lo besó en los labios. Consiguió legiones de fans en la anglósfera, pero algunos cómicamente engañados. Escribió hace cincuenta años, Alden Whitman en The New York Times :

 ``Hasta el momento, Flashman ha tenido 34 reseñas en Estados Unidos. Diez de ellos encontraron que el libro era una autobiografía genuina''.


EN LIQUIDACION


El propósito de esta nota es advertir a los lectores de este blog que en las librerías de saldo de Buenos Aires están liquidando las existencias de Las aventuras de Harry Flashman que el sello Edhasa había impreso en español hace veinte años. Vale la pena. Quien esto escribe está dispuesto a agotar la serie, pues combina el humor, el escepticismo político y el rigor histórico, en un delicioso formato de impostura al cuadrado : es decir, son las falsas memorias de un falso héroe del Imperio Británico. Tiene, además, el encanto de lo políticamente incorrecto.


Reseñamos aquí el décimo volumen de las memorias apócrifas: Flashman y el ángel del señor (Edhasa, 571 páginas). Nuestro antihéroe de imponente torso, gruesas patillas y cuidado mostacho se ve involucrado en un ataque terrorista en el estado de Virginia. Viajamos a 1859. John Brown, un fanático líder abolicionista que había ensangrentado Kansas, irrumpe en los arsenales de Harper Ferry, con el propósito de robar armas y dar un golpe de efecto para soliviantar a los esclavos negros. Dixieland quedó aterrada. Hoy se considera el ataque como uno de los detonantes de la guerra civil de Estados Unidos.


¿Cómo llegó Flashman hasta allí se preguntará usted? Bueno, es una larga historia, pero trataremos de resumirla en un párrafo. El coronel, después del motín en la India, debió huir de la noche a la mañana de Calcuta tras ser sorprendido por un juez con las manos en su esposa. Recala en Ciudad del Cabo por casualidad (debió subir al primer barco de pasajeros que partía), donde un antiguo enemigo le tiende una celada (usa a su hija como carnada) y lo envía secuestrado a Baltimore. Allí debería rendir cuentas a las autoridades estadounidenses por pecados del pasado, pero Harry se escapa y termina convirtiéndose en agente triple (temible operario del recontraespionaje) al servicio de una sociedad secreta abolicionista, de una masonería sureña predecesora del Ku Klux Klan y del servicio de inteligencia de Estados Unidos. Unos lo contratan para que favorezca los planes del violento Brown, el gobierno para que los frustre, en su carácter de asesor militar.


El libro no sólo es muy divertido, también es escrupuloso en cuanto a la reconstrucción histórica y el retrato de los personajes reales. Hay escenas libidinosas y otras de acción, muy bien urdidas. Encontramos, entre otros, al gobernador de Sudáfrica Sir George Gray; a Allan Pinkerton, el detective privado más famoso de la Unión; al senador y estadista neoyorquino, William Henry Seward; al general Robert Lee, a la postre comandante en jefe de las fuerzas confederadas.


El señor Fraser, que en 1999 recibió la Orden del Imperio Británico, hizo un trabajo formidable, hasta tuvo la delicadeza de añadir un generoso cuerpo de notas para ubicarnos en el contexto histórico. Se plantea una ucronía: ¿Era la guerra de secesión inevitable o Estados Unidos habría podido abolir la siniestra esclavitud sin pagar el precio de 750 mil muertos, como hizo Brasil?


Por su parte, el bueno de Harry Flashman deja una sugerencia a su legión de admiradores: 

``Dedica todos tus esfuerzos mentales a la única cosa que verdaderamente vale la pena: sobrevivir''.

Guillermo Belcore

Calificación: bueno

PD: Hace catorce años, aplaudíamos la primera aventura de Flashy:  https://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2008/03/harry-flashman.htm l

domingo, 4 de septiembre de 2022

La libertad política y su historia

Foto: Diego Botana

Una nación declina -escribió Domingo Faustino Sarmiento- cuando no puede plasmar cuatro promesas: las promesas del crecimiento, del bienestar, del conocimiento (educación y ciencia para desarrollar una ilustración práctica) y de la madurez republicana. La decadencia sobreviene cuando estas promesas dejan de actuar en consuno: decadencia de la economía, de la educación y de la ciudadanía. ¿Cabe alguna duda de que el genial sanjuanino prefiguró a la Argentina decadente de 2022?­


Buena parte de las respuestas a las desdichas actuales podemos encontrarlas en los buenos libros de historia. Como éste, del que transcribimos la cita sarmientina: La libertad política y su historia (302 páginas), de Natalio R. Botana (Buenos Aires, 1937), que acaba de lanzar el sello Edhasa.


Se trata, en realidad, de una nueva versión -corregida y alargada- de la obra que Botana entregó por primera vez a la imprenta en 1991. Son trece capítulos más una introducción sobresaliente que se leen con placer y provecho. El volumen se urdió con retazos de excelencias; une conferencias, trabajos y textos incluidos en otras obras, pero transmite idea de unidad y concatenación. Vale la pena, queremos decir. Trae enseñanzas para el presente.­


Con prosa erudita, Botana sigue un hilo dorado: la historia del siglo XIX es, políticamente, el ascenso de la libertad en el mundo. En el terreno intelectual, aquellos prohombres se habían concentrado en el examen y la digestión de tres revoluciones: la del 1688, la de 1776 y la de 1789. No eran historiadores contemplativos; estaban al servicio de la acción.­


Después de desmenuzar con lucidez la revolución estadounidense y la francesa, Botana desarrolla en la primera parte la polémica intelectual entre dos colosos: Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López. Los temas que se revisan son fascinantes: la revolución de Mayo, las ilusiones abnegadas de Belgrano, el Congreso de Tucumán, la desobediencia de San Martín al Directorio, la anarquía del año XX, las constituciones fallidas de clérigos esclarecidos como el deán Funes, el caudillismo, los liberalismos posibles. El libro en sí mismo es un brillante estudio historiográfico, en el sentido estricto del término, es decir revisa los escritos sobre historia y sus fuentes, y de los autores que han contribuido a desarrollar una conciencia nacional.­


­TOCQUEVILLE, INMORTAL­


­En la segunda parte, encontramos un comentario sobre las Memorias del general José María Paz; una reivindicación de Sarmiento; una visita a la obra del colega José Luis Romero; un detalle de la transformación decimonónica del credo constitucional en Iberoamérica. También el jugoso análisis del pensamiento de Alexis de Tocqueville, “el primer teórico político en tratar la democracia como una materia en sí mismo”.­


¿Son las ideas de Tocqueville, el liberal desencantado, la influencia primordial de Botana? Da esa impresión. “Las instituciones de la democracia, sin costumbres que las respalden, son letra muerta”, es una de las advertencias del lúcido pensador francés, una de las muchas que no han perdido vigencia.­


Se nos dice que Tocqueville, por otra parte, fue el referente cercano de Mitre, Alberdi y Sarmiento. Impresiona una de sus ideas desarrollada en la página ciento ochenta y seis. Si la democracia se asienta en determinadas costumbres, el sustento ético de estos “hábitos del corazón y de la moral” debe provenir de la religión. “En el mundo aristocrático, la religión educaba a la sociedad desde el poder político y configuraba, de esta suerte, un orden clerical. En la democracia, la religión educa al poder político desde la sociedad y por eso conforma un poder moral”. Vale incluso para el agnóstico siglo XXI, creemos.­


El historiador formado en Lovaina, por otra parte, nos muestra algunas contradicciones fundamentales de la Patria que, de alguna manera, se las han arreglado para llegar hasta el presente. Podrían reducirse a una antinomia básica: ilustrados vs. caudillos; hoy liberalismo vs. populismo, en sus distintas versiones, moderadas y radicales.­


El impulso hacia “el despotismo popular” -expresión criolla de “esa fuerza de la igualdad de condiciones” que describía Tocqueville y que puede conducir a la servidumbre o a la libertad, a la civilización o a la barbarie- no ha desaparecido en la Argentina, vemos apesadumbrados en la tercera década del siglo XXI. Por desgracia, ese sentimiento subjetivo que “inspira a los hombres y a los pueblos en pos del ascenso social” suele reivindicar los “personalismos prepotentes que destruyen la delicada relación entre opiniones e instituciones representativas propias de la sociedades libres” (tipo Uruguay y Juncal). Hace 150 años así lo denunciaba Vicente Fidel López.­


Como se ve, la colección de ensayos breves de Botana no sólo expresa el humanismo cívico y aquilata teorías políticas del siglo XXI y el carácter de nuestros próceres. También permite que el pasado interpele al presente. Estableció Charles Louis de Secondat, señor de la Brède y barón de Montesquieu: 

“La libertad depende de la tranquilidad del espíritu que nace de la opinión que tiene cada uno de su seguridad y para que exista esa libertad es necesario que el Gobierno sea tal que ningún ciudadano pueda temer nada del otro”.

Hoy, los argentinos no somos libres, según la lúcida visión del autor de El espíritu de las leyes. ¿Quién puede desmentirlo? Somo un fracaso digno del mundo antiguo.

Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento Cultura del diario La Prensa


Calificación: Muy bueno­