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lunes, 8 de junio de 2026

La llama inmortal de Stephen Crane


Hasta fines de la década pasada, la crítica rigurosa podría haber catalogado a
Paul Auster (Newark, 1947 - Nueva York, 2024) como un escritor entretenido del pelotón del medio. Pero en 2017 entregó a la imprenta 4321, una novela sublime de casi mil páginas, compuesta en clave tolstoiana, aunque con una singular arquitectura narrativa que incluye cuatro universos paralelos. Cuatro años más tarde, Auster publicó otra producción oceánica que nos vuelve a dejar con la boca abierta de admiración. Aquí venimos a recomendar La llama inmortal de Stephen Crane (Seix Barral, 1.040 páginas).

Se trata de una minuciosa biografía de un meteoro literario que cruzó los cielos de Estados Unidos a fines del siglo XIX. El fenómeno se apagó muy pronto: Crane murió de tuberculosis y arruinado a los 28 años. El añoso escritor, maravillado por el genio de un autor joven, lo cubre de alabanzas. Lo llama “el primer modernista norteamericano”, creador del “estilo cinemático antes de la invención del cinematógrafo”, autor de “la primera novela posmoderna de la que se tenga registro”, precursor “del mismo efecto distanciador que encontramos en las obras primerizas de Joyce y Hemingway”, e incluso lo eleva al Olimpo: habría sido “la respuesta del Nuevo Continente a Shelley y Keats, a Schubert y Mozart”. A 120 años de su muerte, la llama de Stephen Crane sigue ardiendo, intenta persuadirnos Auster. ¿Exagera? Ya veremos.

Digamos que el libro es extraordinario y seductor no solo por la investigación académica y la crítica literaria, sino porque reconstruye el paisaje de la costa este de Estados Unidos tal como aparecía entre 1871 y 1900. Prácticamente, Auster no ha dejado nada afuera. Hizo un análisis meticuloso de las cartas y de cada uno de los escritos de Crane -hay que ser muy paciente para leerlos todos-, sean novelas, crónicas periodísticas, relatos y poemas, y de los testimonios de terceros. Nos lleva a los arduos escenarios que fatigó un escritor que se ganaba el mendrugo de pan como periodista (vivió endeudado hasta el cuello): los bajos fondos de Nueva York y la Ciudad de México, un naufragio en Florida, la guerra hispanoestadounidense por Cuba, la guerra por la independencia de Grecia, la cofradía de literatos americanos en el Reino Unido (Crane fue amigo de Conrad, Wells y James). Incluso se entromete con esa gran ausente en el fondo de casi toda biografía: la sexualidad.

Una de las conclusiones de Auster debería ser tomada en cuenta por todo aquel que se lanza a comentar un libro (o para hablar del Indio Solari, llegado el caso):

“El hombre y el artista no son la misma persona aun cuando habiten el mismo cuerpo”.

Así pues, estamos aquí ante una experiencia híbrida (mitad ensayo, mitad literatura) de tono torrencial, aunque precisa en los datos. “Solo lo exhaustivo es interesante”, estableció Thomas Mann.

Ahora bien, la pregunta ineludible es: ¿Fue realmente Crane alguien tan importante en términos artísticos como para merecer semejante acto de amor?

Responde, de manera indirecta, el propio Paul Auster:

“...una historia sobre algo insignificante puede estar impulsada por una oleada de frases tan maravillosamente construidas que al leerlas uno se queda estupefacto de placer, lo mismo que al oír a un cantante que a pleno pulmón ejecuta de forma impecable un aria por demás ramplona”.

Es decir, en el universo de la Alta Literatura el factor decisivo no es el qué (el tema), sino el cómo (la manera de escribirlo). Es un ejercicio de estilo más que de sustancia, dicho de otro modo. Concordamos con el dictum.

¿Y qué decir de este otro párrafo indiscutible de Auster?:

“Escribir bien es ser inconfundible. Todo lo relacionado con la literatura representa un gran esfuerzo. En el arte no hay nada que respetar salvo la propia opinión”.

El mensaje de este artículo es que Auster ha dejado a la posteridad, al menos, dos obras imprescindibles para el lector exigente. La llama inmortal de Stephen Crane es una de ellas. Podríamos ubicarla en un estante con muchos lugares vacíos: Mitologías Literarias.

“La biografía se lee, por momentos, como si Crane fuera un personaje nacido de la propia imaginación de Auster”, ha sentenciado con absoluta precisión el avispado autor de la reseña de la contratapa.

Guillermo Belcore

Calificación: Excelente



martes, 19 de mayo de 2026

Mr. Paradise


 Al norte del Río Bravo, la ciudad más tercermundista es Detroit, estado de Michigan, 650 mil habitantes, un tercio de los que tenía hace medio siglo. Un estudio de WalletHub, sitio especializado en finanzas personales, concluyó que la otrora orgullosa capital de la industria automotriz es hoy la urbe más infeliz de Estados Unidos, entre 182 relevadas. Su tasa de homicidios por habitante es diez veces más alta que la de Argentina; supera incluso el promedio nacional de México. El patriciado WASP ha huido de ese enclave de decadencia y frustración.

Fíjese usted, el arte es un fenómeno tan maravilloso que incluso las sociedades más exasperadas tienen su poeta. Elmore Leonard (nacido el 11 de octubre de 1925 en Nueva Orleans, Luisiana, y fallecido el 20 de agosto de 2013 en el municipio de Bloomfield, Michigan) ambientó allí una decena de sus novelas policiales. Se lo llamó el Dickens de Detroit. Así lo describe la Enciclopedia Británica:

"[...] es conocido por su prosa limpia, su oído privilegiado para los diálogos realistas, el uso efectivo de la violencia, su ingenio satírico natural y sus personajes pintorescos".

Un rasgo primordial que caracteriza la obra de Leonard es haber despojado a los villanos de cualquier encanto. Los malos son torpes, vagos, brutos, descontrolados, invariablemente terminan metiendo la pata. Hasta donde uno sabe, nadie ha tallado una galería de perdedores tan extensa y rotunda, especialmente entre la llamada basura blanca.

Como los sicarios Carl Fontana y Art Kruppa de Mr. Paradise (Alianza Editorial, 352 páginas), novela que aquí venimos a recomendar. Los contrató un tal Montez Taylor para asesinar a su patrón, un anciano rico y depravado que, al parecer, no cumplirá la promesa de incluirlo a su asistente personal en el testamento. Taylor deberá pagar 50 mil dólares -que aún no tiene- a los asesinos. El abogado corrupto que les consigue los encargos a los Mutt & Jeff del crimen se queda con el 20% de comisión. Es el mundo real, amigo lector.

La novela está dedicada al Departamento de Homicidios de Detroit. Justamente, los héroes -en un sentido muy prosaico- de la historia son los agentes de la ley. No se andan con tonterías en el universo leonardiano; si tienen que apretar el gatillo, así es la vida. Al fin y al cabo, el mundo es un gramo mejor sin la presencia entre nosotros de ciertas bestias codiciosas y sádicas. Los detectives muestran todas las flaquezas de cualquier mortal, excepto la corrupción.

MAQUINA DE NARRAR

En cuanto a la prosa -siempre hay algo que decir del estilo-, Leonard es una de las más eficaces máquinas de narrar. No se detiene en densidades estilísticas. Hace un cuarto de siglo escribió un artículo muy celebrado en The New York Times con diez sugerencias para escritores de novelas policiales.

Una de ellas es usar un signo de admiración cada diez mil palabras; otra: no uses un verbo distinto a "dijo" para los diálogos. "La línea de diálogo pertenece al personaje; el verbo es el escritor metiendo las narices donde no debe", estableció este maestro de la claridad y el ritmo.

El señor Leonard no solo nos ha dejado hermosas novelas (escribió 45). También ha inspirado una de las mejores series de televisión de nuestro siglo. En efecto, el cuento Fire in the Hole sirvió de inspiración para Justified (2010-2015), que se centra en un lacónico alguacil estadounidense llamado Raylan Givens (interpretado por Timothy Olyphant), de gatillo rápido y métodos del Viejo Oeste.

Las seis temporadas se ambientaron en el condado rural de Harlan, Kentucky. En 2023 se emitió la secuela Justified: Ciudad salvaje. En busca de un asesino en serie, el marshal debe llevar sus pistolas a… Detroit.

Guillermo Belcore

Calificación: Buena

sábado, 16 de mayo de 2026

Sin decir adiós


 La literatura escrita a cuatro manos -hasta donde uno sabe- no ha generado obras maestras, con la posible excepción de las Baladas líricas, de William Wordsworth y Samuel Taylor Coleridge, considerada el puntapié inicial del movimiento romántico en el Reino Unido. El dueto produjo sí, algunos productos notables como Seis problemas para don Isidro Parodi, incursión en el genero policial de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares (nada menos); y la estupenda saga de ficción espacial The Expanse de Daniel Abraham y Ty Franck, compuesta bajo el seudónimo de James S.A. Corey. También engendró novelas decepcionantes como las que acaban de presentar la actriz, empresaria y militante feminista Reese Witherspoon (Nueva Orleans, 1976) y el as del thriller de suspenso Harlan Coben (Newark, 1962).


La versión oficial consigna que Witherspoon (ganadora del Oscar en 2005 por su papel en Walk the Line) le acercó al afamado escritor una propuesta: 

“Dar forma a una novela llena de intrigas médicas y corrupción a gran escala, todo ello centrado en una cirujana cuyo superpoder es su gran habilidad quirúrgica”.


El resultado de la combinación de fuerzas es Sin decir adios (410 páginas), que el sello RBA acaba de lanzar en la hispanosfera. El escritor neoyerseíno aportó su maestría para los giros imprevistos en la trama, que permiten al lector engancharse hasta el final sin dificultades, pero la historia es tan inverosímil, los personajes tan planos y los diálogos tan insustanciales que difícilmente alguien pueda calificarla por encima de los cinco puntos. Podría decirse que Coben ha bajado un escalón en la calidad de sus manufacturas, dos de las cuales habíamos elogiado en este diario.


La protagonista es Maggie McCabe, brillante cirujana caída en desgracia desde la muerte de su marido, también doctor. Al bueno de Marc lo cortó en pedacitos un comando insurgente en algún lugar del norte de Africa mientras trataba de salvar vidas en un hospital de campaña. Era un buen samaritano; un “médico sin fronteras”.


Maggie se derrumba, consume drogas, es acusada de mala praxis, pierde su licencia médica. Hasta que un día recibe una propuesta increíble de un oligarca ruso que le permitirá resolver sus problemas económicos y legales. Tiene que hacer a cambio dos cirugías cerca de Moscú, pero, obviamente, nada es lo que parece y desde su llegada a la mansión despampanante de Oleg Ragoravich se desata una sucesión desenfrenada de acontecimientos por tres continentes que involucra a espías, sicarios, multimillonarios, moteros, guardaespaldas goriloides, médicos venales, una chica fatal, tráfico de órganos. Es decir, la obra degenera en novela de acción, aunque hay material serio debajo del entretenimiento fácil.


Como usted sabe, pocas cosas le resultan más encantadoras a la cultura estadounidenses que endiosar a los ciudadanos comunes; es decir, dentro de cada hijo o hija del vecino puede existir un superhéroe. Sin decir adiós, cae en la tentación del “democratismo americano”. Maggie, la cirujana, es invulnerable y muestra la fuerza y la agilidad de la princesa Diana de Temyscira.


Cabe suponer que Witherspoon ha aportado al libro una acendrada “perspectiva de género”. La actriz creó un exitoso club de lectura (Reese's Book Club) que se ha destacado por promocionar novelas escritas por y sobre mujeres. Por ello, en Sin decir adiós hay un solo personaje masculino más o menos positivo (entre los vivos) y el lector debe soportar píldoras militantes como la denuncia sesgada de la apropiación cultural o la reivindicación de la sororidad. ¡Oh, corrección política, cuántas tonterías se cometen en tu nombre!


Por otra lado, el dúo sigue a pie juntillas ese mandato editorial que sostiene que el bestseller contemporáneo siempre tiene que enseñarle algo al vulgo. Aquí nos ilustran sobre los caprichos de la oligarquía rusa, los detalles de una cirugía estética de senos, las posibilidades de los bots de duelos, el esplendor hueco de Dubai. Witherspoon y Coben pretenden, incluso, enseñarnos a leer una novela: “...se lee despacio, disfrutando de ellas, asegurándose de que cada escena cobra vida a todo color en el pensamiento…”


Netflix, que mantiene una pingüe asociación comercial con Harlan Coben, ya ha comprado los derechos del texto. Veremos que sale. Es lógico suponer que la sociedad Witherspoon-Coben nació pensando en la pantalla, no en el papel

Guillermo Belcore

Calificación: Regular

martes, 23 de diciembre de 2025

La fila de la medianoche


Por Lee Child

Novela policial

Blatt & Ríos. 427 páginas


 Algún día se escribirá la Gran Novela Estadounidense sobre esa epidemia de proporciones bíblicas que se abatió en el siglo XXI sobre el territorio de la libertad. En 2023, casi 80.000 ciudadanos de EE.UU. murieron por sobredosis y efectos colaterales del consumo de opiáceos. Una plaga provocada tanto por hampones como por la respetable industria farmacéutica, el buen doctor de la familia y ese imperativo funesto de la cultura contemporánea que nos urge a vivir con dolor cero. Millones de hombres y mujeres comunes se volvieron adictos. Puede que la novela la escriban Jonathan Frazen, Don Winslow o James Ellroy. Hasta que llegue ese día, nos conformamos con magnifícas aproximaciones al drama. Como una que compuso el inglés Lee Child (Coventry 1954). Aquí venimos a recomendarla

Child entregó a la imprenta La fila de la medianoche (The Midnight Line) en 2017. Es el tomo número veintidós de la saga Jack Reacher, el implacable policía militar (en situación de retiro) que recorre Estados Unidos resolviendo entuertos. Tiene la capacidad deductiva de Sherlock Holmes y la fuerza de Hércules. No mide dos metros, pero casi. Sus manos tienen “el tamaño de un pavo de Acción de Gracias”. Sus nudillos parecen nueces. Matar a los malos no le causa problemas de conciencia.

Reacher no puede permanecer mucho tiempo en el mismo lugar. Algún psicólogo del cuerpo de veteranos de guerra alguna vez le dará nombre a la compulsión, reconoce. Pero el prefiere llamarla “libertad”. Una de sus reglas es, allí donde el destino lo haya llevado, comprar un boleto del primer ómnibus que salga de la terminal, sin importar a dónde se dirija. No acarrea equipaje, apenas un cepillo de dientes. Vive de su pensión. Ninguna mujer aguanta su estilo de vida.

Pues bien, en un pueblo de la zona lechera de Wisconsin, Reacher, que se retiró de la milicia con grado de mayor, encuentra en el escaparate de una casa de empeños un anillo de graduación de West Point 2005. Lo compra; es un anillo diminuto, de una oficial del Ejército con estudios superiores. Nuestro héroe sospecha que la mujer que perdió un símbolo que tanto la habrá costado conseguir está en problemas. Se empeñará en seguir el hilo de su historia. Quiere saber.

La pesquisa lo llevará a enfrentarse, a puño limpio, con media docena de motociclistas, con los guardaespaldas de un capo mafioso de la ciudad de Rapid City (Dakota del Sur), y con narcotraficantes y vaqueros corrompidos de Wyoming, el último gran estado despoblado de la Unión. La trama magnetiza los dedos.

El libro aborda dos grandes temas. El primero es la adicción a la heroína (en forma de píldoras de oxicodona y parches transdérmicos de fentanilo) de millones de estadounidenses decentes, “tan americanos como la tarta de manzana”. Un agente de la DEA describe el diabólico anzuelo: 

“...nadie debería subestimar nunca el atractivo de estar bajo los efectos de un opiáceo. Hasta donde yo sé, es algo hermoso. Por cómo lo cuentan es lo mejor del mundo. Para alguna gente es una experiencia tan radical que les cambia la vida por completo”.


El segundo gran tema es la situación penosa y vulnerable de la legión de veteranos de las guerras en Irak y Afganistán. Regresaron a su país lastimados en cuerpo y alma; suelen ser víctimas de traiciones. Como la dueña del anillo que obsesionó a Reacher.

Como novedad, digamos que en esta aventura no se producen esas matanzas desquiciadas que han ajado un tantito otros libros de la saga. La búsqueda de una oficial de infantería en las tierras baldías del Lejano Oeste es cautivante.

Guillermo Belcore

Calificación: Bueno


PD: En este blog hemos comentado otras novelas de la saga Reacher.

1) https://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2021/05/luna-azul.html

2) https://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2023/02/sin-fallos.html

3) https://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2023/10/el-asunto.html

4) https://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2024/07/olvidame.html

5) https://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2022/10/escuela-nocturna.html

6) https://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2020/07/manana-no-estas.html


lunes, 20 de octubre de 2025

La hoguera de las vanidades


En agosto pasado, el Presidente de la Nación intentó realizar una caravana electoral en un territorio hostil: la ciudad de Lomas de Zamora. No pudo. Esas hordas de militantes que el peronismo y el ladritrotkismo movilizan cada vez que Javier Milei aparece en las calles lo corrieron a pedradas. ¡Pero esa barbaroe acabo de leerlo!, pensé en ese momento. Como decía Oscar Wilde, la naturaleza copia al arte.


En efecto, en el primer capítulo de una monumental novela estadounidense escrita hace cuatro décadas un gobernante electo por el pueblo es obligado a huir de una acto por belicosos agitadores, los cuales fueron movilizados por un oscuro dirigente social. Como en Lomas, en Harlem cero espontaneidad.


Así abre La hoguera de las vanidades (Anagrama, 637 páginas) la obra maestra de Tom Wolfe (Richmond 1930-2018), sublime agente del llamado realismo social. Con tres novelas exuberantes (1), aquel dandy de traje blanco a lo caballero sureño, sombrero y corbatas de seda demostró que el procedimiento dickensiano nunca pasará de moda. Venimos a recomendar ahora el primero de esa triada.


LA ROCA MAGNETICA

La hoguera de las vanidades nos lleva a los años ochenta cuando asomaba la era de Wall Street y los aristócratas estadounidenses dejaban de ser austeros y refinados. Es un fresco colosal, aunque con una pizca de exageración (Wolfe manejaba la hipérbole con gran destreza), de la capital de Occidente. Nueva York, “la ciudad de la ambición, la roca magnética, el destino irresistible de todos los que están empeñados en vivir en el lugar donde ocurre todo”.


Gira la trama en torno a la caída en desgracia de Sherman McCoy, un hombre de Yale de 38 años, origen patricio, tiburón del mercado de bonos (acababa de despegar esa modalidad especulativa), típico Amo del Universo de Park Avenue, aunque su debilidad es el adulterio. Está casado con la hija de un catedrático de historia del Medio Oeste, aficionada a gastar dinero a espuertas en decoración de interiores y a pasar la vida en el gimnasio. Tienen una hija adorable. Sherman da rienda libre a sus retozonas hormonas con una espléndida chica sureña, que se ha casado con un vejete rico y judío.


Una noche de cristal que se hace añicos, la pareja de amantes se equivoca de salida en la autopista y, camino a Manhattan, terminan en el Bronx. Recorren el barrio aterrorizados a alta velocidad hasta que el Mercedes deportivo de 48.000 dólares (valor de entonces) atropella a un chico negro que, quizás quiso asaltarlos, junto a un compinche. Huyen a toda velocidad y no dan parte a las autoridades.


Llegamos pues al núcleo incadescente. El adolescente que termina en el hospital en coma es hijo de una colaboradora del reverendo Reginald Bacon, acaso el personaje más seductor de la novela. Mezcla de líder piquetero, socialista callejero y sindicalista peronista, el demagogo de tez oscura gana fortunas “regulando el vapor” de las calles salvajes y hambrientas de esos barrios tercermundistas de Nueva York.


“El capitalismo -explica a sus socios blancos- consiste en controlar las cosas. Si las cosas salen de madre, el capital se pierde… En el fondo soy un conservador... mi trabajo es tranquilizar el alma virtuosamente enfurecida de Harlem”.


El pastor Bacon presiona a la política y a la justicia para que sea encontrado y castigado el responsable del accidente callejero. Por medio de un lobbista, suma a su cruzada a un as del periodismo amarillo: Peter Fallow, “el temible británico”, columnista de un diario que no puede ser otro que The New York Post. La presión da resultado. No sólo porque el fiscal del condado del Bronx, un tal Richard Weiss, es un político ambicioso del Partido Demócrata que se juega la reelección y necesita el voto negro y latino. Sus subordinados -hartos de procesar a la basura- están sedientos de linchar a un Gran Acusado Blanco.


GUERRAS URBANAS

Paladas de esnobismo, resentimiento, envidia y odio social se acumulan en una trama que nunca deja de ser interesante. Es también una gran novela de personajes. Una descripción implacable de las trincheras de las guerrillas urbanas.


Aunque el año próximo La hoguera de las vanidades cumplirá cuarenta años desde que fue entregada a la imprenta por primera vez (¡cuando el oro cotizaba a 400 dólares!), sus temas y meandros no han perdido un gramo de actualidad. Los parangones con la Argentina 2025 son asombrosos. Ya mencionamos el primer capítulo; súmele la degradación de la educación y la vida cotidiana en general en los barrios periféricos (Harlem = conurbano bonaerense); el fracaso de los planes urbanísticos de los monoblocks; las legiones juveniles de ni-ni (ni estudian ni trabajan), tercera generación de familias que siempre vivieron de la beneficencia pública; los juzgados como auténticos redistribuidores de riqueza. También compartimos con Estados Unidos la corrección política, la pose de superioridad moral y estética de la casta intelectual hacia cualquiera que exprese ideas reaccionarias.


Tom Wolfe fue el más delicioso de los conservadores. Describió la idiotez del progresismo, se lamentó por la desaparición entre las elites de la “virtuosa rectitud”, y elogió “el machismo irlandés”, una especie de valentía que no es de león sino de asno: nunca deberás retroceder. Fue un moralista a lo Séneca. Nos recordó que “la ley no debe someterse ante nadie, ni aunque sean pocos, ni aunque sean muchos”.


La vida es una selva, postuló este magnífico escritor proveniente del periodismo. Hay que arreglárselas para tener el valor para luchar en la jungla. 

Guillermo Belcore


Calificación: Excelente



martes, 23 de julio de 2024

Olvídame


Oblígame

Por Lee Child

Blatt & Ríos. 430 páginas


En el estado de Oklahoma, en el medio de la nada -mejor dicho, en medio de un océano de trigales que se extienden hasta donde alcanza la vista- hay un enclave de codicia y depravación. Mother’s Rest sería una localidad agrícola desolada como cualquier otra si no fuera porque un hombre de negocios y sus súbditos pueblerinos ofrecen un servicio que pone los pelos de punta.


Los demonios, por fortuna, cruzan sus destinos con el as retirado de la Unidad 110 de la Policía Militar del Ejército de Estados Unidos. Jack Reacher se llama. Es un Hércules con el cerebro de Sherlock Holmes, adicto a la cafeína y a la libertad total (un hombre-isla dirían los filosófos), que visita Mother’s Rest para averiguar el origen del nombre de esa localidad, situada a la vera de la antigua ruta de caravanas. El vagabundo llegó en tren con lo puesto, un cepillo de dientes, un puñado de dólares y una tarjeta de débito. Reacher tiene todo el tiempo del mundo y ningún lugar donde ir. Nadie lo espera.


Tres hurras por el sello Blatt & Ríos por habernos traído otra atrapante aventura de la colección que añadió al mundo el prolífico Lee Child (Conventry, 1954). Aquí la hemos ovacionado más de una vez (1). También merece aplausos la serie inspirada en la saga que vino a corregir las flojeras y distorsiones de las películas protagonizadas por el improbable Tom Cruise (2). Reacher tendrá para siempre el rostro y la voz del musculoso actor y modelo Alan Ritchon.


Obligame fue entregada a la imprenta en 2011. Volvamos a la trama. En la estación de tren, Reacher es abordado por una atractiva detective privada, quien -por un instante- lo confunde con un corpulento colega que ha desaparecido hace unos días. Siguiendo una pista, el bueno de Keever llegó al siniestro paraje, le pidió ayuda a la agente Michelle Chang sin darle detalles, y luego se lo tragó la tierra. No contesta su teléfono celular.


Mujeres hermosas como una mañana soleada, peleas colosales y sucias, y tiroteos que dejan un tendal de muertos son la sal, el aceite de oliva y el aceto balsámico de la saga. Siempre se resuelve, además, un misterio que mantiene magnetizados nuestros dedos hasta la última página. El volumen que hoy recomendamos nunca decepciona.


La mente inquisitiva de Reacher, naturalmente, no puede resistir la curiosidad -al fin y al cabo no tiene nada que hacer y le gustan las investigaciones más que a un tonto un lápiz-. Se suma, pues, a las pesquisas desesperadas de Chang. Primero, deben esforzarse para descubrir que diablos estaba buscando Keever donde el diablo perdió el poncho. Se trata de un rompecabezas complejo que se va armando capítulo tras capítulo y que obliga a la pareja a saltar a Oklahoma City, Los Angeles, Chicago, San Francisco, Phoenix, hasta el asalto final. Los hostigan matones contratados por la gavilla de Mother’s Rest para que el terrible secreto no salga a la luz. Los ayudan el editor responsable de la Sección Ciencia del cuarto diario más poderoso de Estados Unidos y, por su intermedio, un genio de las computadoras.


Oblígame, por otro lado, cumple sobradamente con el mandato de la industria del entretenimiento de que siempre se debe enseñar algo al lector. Didactismo, es el nombre del juego. Aquí nos ilustran, por ejemplo, sobre la deep web, el internet abismal donde nadan las criaturas más malignas de la especie Homo No Sapiens.


La traducción del señor Aldo Giacometti es impecable en cuanto a la transmisión de la erótica de la obra. Como se sabe, la ironía, el sarcasmo y los diálogos filosos son el cromado de la novela policial. Sólo causa molestias “eventually”, usado hasta el hartazgo por Lee Child. Se lo traduce como “eventualmente”, aunque en castellano ese adverbio tiene un matiz de incerteza o casualidad que el texto original no parece demandar. “Finalmente” hubiera sido una traducción más eficaz.


Se trata un detalle muy menor. Obligame es un entretenimiento formidable. Tiene la suficiente fantasía dramática como para permitirle a cualquier lector voraz escapar por unos días del rigor argentino.

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

(1) https://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2021/05/luna-azul.html

https://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2023/02/sin-fallos.html

https://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2022/10/escuela-nocturna.html

(2) https://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2022/02/reacher.html

domingo, 12 de mayo de 2024

Tiempos de arroz y sal

 




“Si quieres ser liberado de la rueda, persevera”.

Precepto budista


En el siglo XIV después de Nuestro Señor Jesucristo, una segunda oleada de peste bubónica exterminó a casi toda la población de las penínsulas más occidentales del Viejo Continente. Tamerlán, prudente, desistió de ocupar el país de los magiares y el país de los francos. Unos pocos cristianos sobrevivieron en Armenia y en Etiopía. Desde entonces, dos grandes polos de poder y cultura se disputan el mundo: China y el Islam. Sólo han escapado a su dominio la Liga India y la Liga Iroquesa en los profundos bosques y planicies del Nuevo Continente (inventaron la mejor forma de gobierno conocida), ambas con el apoyo decisivo de la industriosa diáspora japonesa. El Renacimiento se produjo en Samarkanda. La Ilustración, en Travancore. En el 1333 de la Hégira, comenzó la Primera Guerra Mundial. Se prolongó por sesenta y siete años y segó mil millones de vidas. Pero un mundo mejor surgió entre las ruinas. El patriarcado fue enterrado y los científicos tomaron el control, después de la Conferencia de Isfahán. La humanidad se evitó un Holocausto nuclear. Aunque persiste la miseria más abyecta en Firanja, Africa y los territorios incas, las civilizaciones trabajan codo a codo para resolver problemas económicos y ambientales en la Liga de Todos los Pueblos por la Armonía con la Naturaleza, cuya sede central se estableció en la hiperdesarrollada Birmania.


Tan espléndida ucronía se desarrolla en uno de los mejores libros de ficción especulativa (la expresión “ciencia ficción” es inexacta) que se escribió en nuestro siglo. Tiempos de arroz y sal (Minotauro, 717 páginas) se entregó a la imprenta por primera vez en 2002. Su autor se llama Kim Stanley Robinson (Illinois, 1952), autor de veintidós novelas y un buen número de relatos cortos y ensayos, famoso por la multipremiada Trilogía marciana. En la obra que aquí recomendamos demuestra un talento y una dedicación extraordinarios para la especulación histórica y filosófica, aunque también relumbra como novelista de aventuras. Con una calidad sublime, responde a una conjetura que quizás usted, amigo lector, alguna vez se ha formulado: cómo hubiera evolucionado nuestro planeta sin hegemonía occidental. Dicho de otra forma, cómo sería el mundo sin Europa.


HISTORIA ALTERNATIVA


Tiempos de arroz y sal, pues, explora setecientos años de historia alternativa, un devenir prácticamente sin gente de tez blanca. Enlaza los momentos decisivos de cambio (clinamen, según los antiguos griegos, una presencia fantasmal en el mundo de Robinson) con un eficaz truco nemotécnico: repite estereotipos en distintos escenarios. Los caracteres principales de cada uno de los diez libros en que se divide la novela encarnan las mismas almas (un grupo de amigos tibetanos en su origen) que van reencarnando aquí y allá, y cuyos nombres “terrestres” comienzan siempre con la misma letra. “K” es el rebelde (acción); “B” el creyente (fe); “S” el gobernante corrupto (pereza); “I”, el científico (pensamiento); “P” el vagabundo (humildad); “Z” el guerrero (fuerza) (1).


Estudioso del budismo, Robinson ubica a esa creencia en un lugar decisivo de la trama. Es la fuerza benéfica que impulsa la ciencia y la moralidad, a partir de un principio luminoso: "Si quieres ayudar a los demás, práctica la compasión; si quieres ayudarte a ti mismo, práctica la compasión". También cumple una función como nexo narrativo. Los capítulos concluyen con el paso por el Bardo: el lugar espeluznante donde el Buda imaginó que nuestras almas son juzgadas -tras la evaluación del karma- y enviadas de nuevo a la Tierra (como mineral, planta, animal o ser humano), después de que la Diosa Meng nos obligue a beber la copa del olvido. "Esto quiere decir que debemos volver a intentarlo. Lo intentamos una y otra vez, vida tras vida, hasta que alcanzamos la sabiduría y por fin somos liberados". Y así entramos en el Nirvana.


Robinson narra -entre otras historias- las peripecias de un guerrero mongol (Bold) y de un muchacho negro (Kyu) esclavizados por la dinastía Ming. Conocemos cien años después a Bistami, el teólogo sufi desterrado por el Gran Mogol Akbar hasta el repoblada Al-Ándalus, y de allí acompaña a la sultana Katima en la fundación de ciudades en los territorios de los francos. El almirante Kheim, con sus colosales naves chinas, descubre América por casualidad. Un samurai exiliado en California enseña a los hodenosauníes a fabricar armas para defenderse del imperialismo del Trono del Dragón y de los emiratos árabes occidentales. En Samarkanda, el alquimista Khalid y el matemático tibetano Iwang llegan a conclusiones similares a las de Isaac Newton. El Kerala de Travancore pone fin a cuatrocientos años de dominio otomano de Constantinopla, gracias a su descubrimiento de los barcos de vapor. Bajo la opresión manchú, un matrimonio de sabios -la viuda Kang y el erudito Ibrahim- sientan las bases del feminismo e intentan una síntesis de Confucio con Mahoma, según el modelo sij. Tres oficiales chinos asisten desde las trincheras del corredor de Gansu a la ruptura del frente oriental, ofensiva final de la Larga Guerra con los estados islámicos. En una posguerra signada por la hiperinflación y la pobreza, Idelba y Budur escapan de una harén en Turín y se convierten en dos puntales del movimiento pacifista global... La travesía, bajo la noción del ciclo, es fascinante. Llega hasta el año 2088 después de Cristo.


La prosa de Robinson es simple y directa, aunque varía el estilo de un libro a otro. Se intercalan poemas, letanías, cálculos científicos y pequeños ensayos, que le permiten al autor especular sobre cuestiones trascendentes de nuestro mundo. Por ejemplo, la causalidad de la historia. ¿Pueden trazarse leyes o es un ejercicio divertido aunque fútil como buscar formas de animales en las nubes?


Para redondear, es ésta una novela fecunda en ideas. Por ejemplo, muy interesante resulta la reflexión sobre las simpatías del islamismo con el extremismo físico. Robinson lo atribuye a la arabización, al fin y al cabo las ideas son consecuencia de su lugar de origen y es éste monoteísmo tardío del desierto, radicalizado por sus clérigos. La adopción del árabe como segunda lengua de los pueblos islámicos habría desencadenado consecuencias nefastas, por cuanto esos feligreses no tienen los pies sobre la tierra: "...su comportamiento está con bastante frecuencia dirigido por el pensamiento abstracto, un pensamiento que flota solo en el vacío del espacio del lenguaje. El islamista necesita al mundo...".


Finalmente, transcribimos una certera meditación sobre la penosa marcha en este Valle de Lágrimas: 

"...hasta que el número de vidas plenas no supere el de las vidas destrozadas estaremos atrapados en una especie de prehistoria, indigna del gran espíritu de la humanidad. La historia digna de ser contada comenzará únicamente cuando las vidas plenas excedan en número a las vidas desperdiciadas. Esto significa que nos quedan muchas generaciones antes de que comience la historia".

Guillermo Belcore

(1) https://www.kimstanleyrobinson.info


Calificación: Excelente

martes, 2 de abril de 2024

Los elementales


Es muy difícil encontrar una buena novela de terror, casi tan difícil como hallar a un líder piquetero al que le guste trabajar. Pero las hay. Por eso, no merece sino un fuerte aplauso la decisión del sello La Bestia Equilatera de rescatar un texto de Estados Unidos entregado a la imprenta por primera vez en 1981. Hoy, nos dice la promoción editorial, se ha convertido en una novela de culto.

Hablamos de Los elementales (315 páginas, edición 2018), obra maestra de Michael McDowell, uno de esos borrosos literatos que, aunque no no han dejado una obra importante, supieron ganarse la admiración de sus colegas.

En el prólogo, Mariana Enríquez señala tres elementos interesantes de la biografía del autor: fue guionista de dos películas de Tim Burton, fue amigo y colaborador de Stephen King y coleccionaba memorabilia mortuoria.

Había nacido en 1950 en Enterprise, sudeste de Alabama, y se graduó con honores en Harvard con especialización en inglés. Recibió su doctorado en la Universidad de Brandeis en 1978. Su disertación se titulaba “Actitudes estadounidenses hacia la muerte, 1825-1865”. Compuso más de treinta novelas (con su nombre y varios seudónimos), en varios géneros, pero su nicho de mayor éxito fue el terror. Llegó a ese terreno neblinoso por frustración; sus libros serios no se vendían, nos informa la Encyclopedia de Alabama. Se ganó el pan también con la docencia y escribiendo guiones En 1999, se lo llevó el sida.

La tierra natal de McDowell juega un papel crucial en Los elementales. En efecto, la naturaleza, la cultura y las tradiciones de ese estado meridional de la Unión —tan raro y tan cruel con su minoría afroamericana— es una presencia inquietante en la trama, como los espectros.

Digámoslo de una buena vez, he aquí una novela de fantasmas que explota con elegancia e imaginación razonada uno de los más famosos tópicos del género: la casa embrujada. La señora Enríquez sostiene que esta fábula de horror tiene todos los detalles escenográficos del gótico sureño: las familias extendidas y excéntricas, las mansiones victorianas, los secretos, la empleada negra con poderes psíquicos, los fantasmas como maldición, la crueldad subyacente. Fascinante.

EN LA COSTA


Alabama cuenta con solo 85 kilómetros de costa. A dos horas de distancia del puerto de Mobile, se encuentra una franja de tierra conocida como Beldame, donde veranean dos familias tradicionales y opulentas del sur del Estado: los McCray y los Savage. Cuando sube la marea, queda aislada de la península. El vecino más cercano se encuentra a más de dos leguas de distancia

A primera vista, Beldame es un edén que se parece al otro, al paraíso celestial, en que es "luminoso, remoto, atemporal y vacío". A primera vista, dijimos. Tres mansiones victorianas se yerguen al borde de las playas ardientes. La tercera no se usa; está media cubierta por las dunas y en su interior hay una presencia sobrenatural: los elementales. Usted ya sabe cómo es esto. Simplemente hay algunas casas que no conviene visitar, tienen algo adentro... algo que es muy malo.

Después del estremecedor funeral de la matriarca Marian Savage ("la perra más pérfida que pisó alguna vez Mobile"), seis personas esperan pasar un verano reparador en Beldame. Viajan a la costa del Golfo de México el bueno de Dauphin Savage y su esposa Leig McCray, y la madre de ésta, Big Bárbara, uno de los grandes personajes del libro. Es una de esas alcohólicas, a las que una ambulancia suelen rescatar de un bar. También son de la partida el hermano de Leigh, el pecaminoso Luker, y su hija India de trece años, quien actúa como adulto. Ambos vienen de Nueva York. Completa el grupo, Odessa Red, la empleada negra de la familia Savage a la vieja usanza, la única que sabe tratar con esas presencias sobrenaturales que "son sólo engaños y maldad". Odessa e India serán los catalizadores de la pesadilla.

Las vacaciones, naturalmente, terminan para el demonio. Hay abundante efusión de sangre y una segunda línea maligna. Lawton McCray, el ex esposo de Bárbara y padre del Leigh y Luker, conspira en las sombras para venderle a los empresas petroleras su parte (y la de Dauphin) de los terrenos de Beldame. Lawton es un político nefasto, pudre lo que toca.

McDowell va engarzando con delicadeza de orfebre los elementos fantásticos en la urdimbre hasta la impresionante aceleración final. Los diálogos son vivos; los personajes, muy bien tallados. Hay varios comentarios interesantes sobre el estilo de vida sureño esa mezcla de "cordialidad generalizada, malicia displicente y laxitud abrumadora".

Muy perturbador y eficaz es el uso de la arena como indicio de peligro. Por cierto, ¿a quién no lo aterrorizaban de niño las arenas movedizas? La arena, esa sustancia " suave y pesada, que parece haber sido imaginada para medir el tiempo de los muertos", escribió Jorge Luis Borges.

Finalmente, uno no puede dejar de preguntarse: ¿Por qué los McCray y los Savage volvían una y otra vez a las altas casonas sombrías de Beldame. Es la atracción del mal, amigo lector. ¿Quien esté libre de esa tentación que arroje la primera piedra?
Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

lunes, 2 de octubre de 2023

El asunto


Por Lee Child

Blatt & Ríos. 455 páginas


Desde que la musa cantó la cólera de Aquiles, el de los pies ligeros, los lectores occidentales hemos demostrado hasta el cansancio nuestra fascinación por las aventuras de un héroe. La magia continúa en el siglo XXI. Siempre será un gusto rencontrarse con Jack Reacher, la creatura que imaginó el inglés Lee Child (Conventry, 1954). Una combinación de Hércules y Sherlock Holmes, con un dejo de Jason Bourne.


En esta ocasión, disfrutamos la última correría de Reacher como empleado del Tío Sam. Tiene 36 años, intuye que sus días en el Pentágono están contados y la División de Investigación Criminal de la Policía Militar le ordena viajar encubierto a Carter Crossing, una población rural en el profundo sur. Será un viaje trascendente para su espíritu fatigado.


En ese rincón paupérrimo del estado de Mississippi funciona desde los años cincuenta Fort Kelham, una escuela de formación de Rangers. Opera con disimulo, pues allí despachan a los pelotones de irregulares que Washington infiltra en Kosovo, región en disputa entre serbios y albaneses. Estamos en 1997.


Una noche aparece en el poblado una chica ligera de cascos limpiamente degollada, tal como le enseñan a los soldados de elite. Una luz roja se enciende en Washington. El caso puede convertirse en un desastre de relaciones públicas y sacar a la luz secretos militares. Estamos en los años gloriosos de Bill Clinton: los principales enemigos de las Fuerzas Armadas estadounidenses son los tipos que abren y cierran las canillas del presupuesto, entre ellos el senador Carlton Riley, presidente del Comité de Servicios Armados del Senado, y, para peor, padre del comandante de la Compañía Bravo de Fort Kelham. "Mierda", exclama Reacher cuando se entera del dato.


El asunto narra, pues, los trabajos de Reacher en Mississippi y sus consecuencias. Debe esclarecer crímenes horrorosos. Ha recibido otro mandato perentorio: “Mantenga todo más cerrado que culo de muñeca”.


Deberá lidiar en el terreno con un hueso duro de pelar: la sheriff Elizabeth Deveraux, retirada de la Infantería de Marina después de trece años de servicio. Es hermosa, si es que a usted le gustan las flacas mandonas. No tiene un pelo de tonta. El pendenciero de Jack también tendrá que enfrentar, a puño limpio, a los palurdos locales y a las víboras traicioneras del Departamento de Defensa.


Como siempre, Child cumple con creces un mandato irrevocable de la industria editorial: enséñale algo al lector. Por ejemplo, cómo degollar a un semejante. Uno se entera, además, que el Chevy Caprice era en los noventa el automóvil favorito de los policías.


Datos al margen, la erótica del libro se concentra en la laboriosa búsqueda de la verdad en un ambiente hostil, con trampas a cada paso. Se trata de una esas novelas que magnetizan los dedos.


La prosa es clara y funcional a una trama brillante; no tiene ornamentos, con la excepción de esas comparaciones filosas y esos giros irónicos en los diálogos y en las cavilaciones que caracterizan a la buena novela negra estadounidense. Otro agrado del libro es la narración metódica y fría de las peleas; pero cuando el procedimiento se aplica al sexo, fracasa. Es como si a un profesor de física se le pidiera describir ese torbellino de los sentidos entre un hombre y una mujer.


El asunto fue entregada por primera vez a la imprenta en 2011. Es la novela número dieciséis de la saga; la que explica por qué nuestro héroe perdió la fe en el Ejército y se convirtió en un vagabundo sin amarras. “Presenta el mito de creación de Reacher”, explicaba por entonces entusiasmada la comentarista de The New York Times. El texto resulta ideal para evadirse -aunque sea por un rato- de la desesperación argentina.

Guillermo Belcore


Calificación: Bueno

PD: En este blog hemos elogiados otras novelas de la saga Reacher:






domingo, 9 de julio de 2023

Los destrozos

 


Se ha dicho que todas las novelas son de alguna manera —incluso secretamente— autobiográficas (no sólo revelan lo que ha vivido el escritor, sino también lo que ha leído). Pero algunas son más que otras. Como la que aquí venimos a comentar. Un 60% autobiográfica, según el testimonio del autor.


En su madurez creativa y después de 13 años desde su anterior novela, Bret Easton Ellis (Los Angeles, 1964) arroja un desafío al rostro de los lectores y los críticos: adivinen qué es verdad y qué ficción de aquel horripilante otoño boreal de 1981. La nave del tiempo nos lleva a California en el primer tramo de la era imperial de Ronald Reagan. La acción transcurre en el exclusivo colegio secundario Buckley, en las mansiones falso estilo Tudor donde vive la élite vinculada a Hollywood, en carísimos restaurantes de moda y sobre autos de lujo.


El narrador —que es un tal Bret Ellis— declara desde la primera página de Los destrozos (Random House, 674 páginas) su intención de exorcizar demonios. Necesita reconstruir por escrito las cosas espantosas que le sucedieron a él y a sus amigos durante el último año en el instituto. Intentó esa terapia en 1982, 1999, 2006 y 2013, pero no pudo empezar el libro. Debió tomar una distancia de 40 años para lidiar con aquella abundante efusión de sangre e idiotez.


Los hechos nefastos que narra Ellis se conectan con un asesino en serie que operaba por entonces —el Arrastrero— y con la llegada a su curso de un nuevo estudiante, el misterioso Robert Mallory. La mente febril e intoxicada de Bret intenta atar cabos; cree que hay una relación entre ambos o que son la misma persona. Es una cacería demencial y no conviene decir más. El suspenso es una de las virtudes del libro; nos lleva en diligencia veloz hasta la última página, sorteando pesados fragmentos pornográficos -nada más aburrido que el sexo explícito en literatura- o directamente bestiales que pondrán a prueba el estómago del lector.


Hay que reconocer que Brett Ellis ha aprendido algunos trucos del oficio. Muestra destreza para exornar la trama con esos ganchos que mantienen viva nuestra atención.


EL FRESCO


Otra potencia del libro es su condición de mural. Bret Ellis redondeó una minuciosa reconstrucción histórica, en la que describe —mejor dicho "denuncia"— una clase social opulenta, frívola, embotada por las drogas, el alcohol y el consumismo ostentoso. Chicos de 17 años que van al colegio manejando un Porsche 911. Vemos familias adineradas de los Ángeles sumidas en un grado de decadencia e inmoralidad que recuerda a la corte de los Romanov. Ante semejante espectáculo de fin de época, uno no puede dejar de preguntarse cómo ha podido Estados Unidos conservar su estatus de superpotencia hegemónica (¡Son las instituciones, estúpido!).


Y en medio de todo eso, el jovencito Bret, escritor en ciernes, perdido en el laberinto de las pantomimas. Abandonado durante meses por sus padres, sufriendo por no poder declarar su bisexualidad. Claro, eran otros tiempos.


Fiel a su estilo crudamente realista, Bret -el adulto- confirma que no tiene dominio de la metáfora, ni de la poética, ni de la elipsis. Inflige a su público detalladas relaciones sexuales en su mayor parte entre varones, incluso oleadas de lujuria entre un adolescente y un pervertido de cuarenta y pocos años que no duda en seducir al novio de su hija.


Recapitulando. Tenemos aquí burbujas de privilegio, sexo adolescente, drogas a raudales, animales mutilados, chicas secuestradas y desaparecidas, paranoia. Toda la basura expuesta sin ambages. También, un detallado catálogo de las modas y las marcas de los ochenta —otra seña de identidad de la literatura ellisiana—.


Y el escritor como disc jockey. Si el literato tradicional apelaba al recurso de la écfrasis; el postmoderno como Ellis desmenuza canciones y videoclips del crepúsculo del mundo predigital.


Y el cine. Página 42: 

"Las películas eran una religión en aquel momento, podían cambiarte, alterar tu percepción, podías levantarte hacia la pantalla y compartir un momento de trascendencia, todas las desilusiones y temores se borraban durante unas horas en aquella iglesia: las películas actuaban en mí como una droga".


Hay que destacar que la ambición de la novela no merece otra cosa que elogios. Párrafos macizos bien trabajados; situaciones poderosas; personajes de carne y hueso; interesantes cameos de celebridades; una estructura narrativa muy competente; el relato se va a tornado atrapante, con un asesino atroz acechando entre la sombras... Todo eso servido con una prosa clarísima que no plantea dificultades.


A LA MODA


La prensa anglosajona ya ha fallado. Los destrozos es la obra maestra de Ellis. Es posible. Pero no se trata del opus magnum de un genio de la literatura. Es una novela de moda. Veamos. En la constelación estadounidense, por arriba de todos, como la estrella solitaria del Norte, brilla Thomas Pynchon. Más abajo, J. Irving, Stephen King y Don Delillo. Descendemos un poco más y encontramos a J. Franzen, J. Ellroy, Joyce Carol Oates y D. Winslow. Bajamos dos o tres escalones más y ahí aparece Bret Easton Ellis.


Una curiosidad. Ya en sus trabajos escolares, -afirma Bret- mostraba una enfermiza propensión hacia los detalles escabrosos, sangrientos, y repulsivos. El Príncipe de las Tinieblas, en su propias palabras, que escribió American Psycho, la obra más revulsiva de la Generación X.


En la página 106, explica su procedimiento favorito: 

"Lo mío es contar historias y me gusta adornar un incidente por lo demás mundano, que tal vez tenía dos o tres elementos que hacían que en principio fuese interesante contarlo, pero en realidad no tanto, y añadirle uno o dos detalles que elevan a la anécdota a la categoría de algo legítimamente interesante, que produce risa, sorpresa o impresión Y esto es algo que me sale de forma natural Sencillamente prefiero la versión exagerada".


Claro, esas exageraciones no son para todos los mortales.


Otra curiosidad más. Bret dice que descubrió su vocación literaria con la lectura de una novela de Stephen King: El resplandor.


Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento Cultura del diario La Prensa.


Calificación: Bueno

domingo, 4 de junio de 2023

Dune

 


Dios creo el planeta Arrakis para templar a los fieles.”

Máxima de los Fremen


 Acaba de anunciar Warner Bros que el 3 de noviembre estrenará Dune II, versión cinematográfica de una de las mejores novelas del siglo XX. En la primera película, el director Denis Villeneuve nos deleitaba con imágenes impactantes del Planeta del Desierto y con una trama bastante fiel al texto de Frank Herbert (1920-1986). La segunda parte debe narrar, pues, la rebelión de Arrakis contra el odioso emperador Shaddam IV.


Aquí, venimos a recomendar Dune, el libro (Ramdon Mondadori De Bolsillo, 703 páginas). Fue publicado por primera vez en 1965. Recibió dos de los premios más importantes del género, el Hugo y el Nebula. Es una de las obras de ficción científica más vendidas en el Occidente próspero; inspiró una saga, dos películas (la primera versión de David Lynch es casi cómica), videojuegos, canciones, historietas, otras escrituras. Se la considera “la primera gran novela ecológica a escala planetaria de la historia". El señor Herbert se la dedicó, de hecho, a los ecólogos de las superficies áridas.


La historia ocurre en un futuro remoto. Para ser exactos, diez mil años después de que la Yijab Butleriana eliminara todos los robots, computadoras y máquinas pensantes. La humanidad se ha diseminado por la galaxia y más allá. La civilización se sostiene en un trípode (la más inestable de todas las estructuras) de tipo feudal. La Casa Imperial, en equilibrio con las aristocráticas Casas Federadas del Lansdraad; y entre estos dos la Cofradía, un gremio que tiene el monopolio de los transportes interestelares.


El universo conocido bulle de conjuras políticas, al punto que el Detector de Venenos es un pilar de la vida doméstica. El emperador Shaddam IV recela especialmente de la Casa de Atreides. Le hace un regalo deletéreo y fatal al Duque Leto, señor de Caladán: el infernal Arrakis (también conocido como Dune), de donde proviene la melange, una especia con olor a canela denso y penetrante, esencial para los viajes por el cosmos. La droga, en efecto, permite a los Navegantes plegar el espacio sin usar máquinas, con la sola fuerza de sus cerebros. Estamos en una era fascinante en que los humanos han desarrollado superpoderes mentales, al servicio del bien y del mal. Los Mentats, otro ejemplo, son adiestrados para alcanzar las cotas máximas de la lógica (¿se habrá inspirado Start Trek en el señor Herbert para idear a los vulcanos?).


Como si no faltaran intrigas, hay una secta de mujeres -las Bene Gesserit- que conspira entre las sombras, manipulando hombres poderosos y multitudes, creando mitos religiosos, para imponer un programa de selección genética. La Dama Jessica, concubina-esposa del Duque Leto, pertenece a la organización; un gremio de brujas, gritan sus adversarios.


Jessica es la madre de Paul Atreides, heredero del feudo. El muchacho de catorce años tiene el don de la prescencia, puede ver el rebullir de posibilidades, las grandes corrientes del futuro, el jardín de senderos que se bifurcan.


El núcleo incandescente del libro son los trabajos de Paul Atreides para vengar a su padre y recuperar el control del arenoso planeta, como profeta y líder militar de los Fremen, el elusivo pueblo del desierto. El duque Leto ha sido víctima de una traición de su círculo íntimo, que -con un pavoroso derramamiento de sangre- devolvió Arrakis a sus anteriores administradores, la brutal Casa Harkonnen. El emperador así lo ha querido.


EL DEMIURGO


Vemos pues que el señor Herbert aplica una de las fórmulas más exitosas de la narración fantástica de los últimos sesenta años: la combinación entre estructuras medievales y tecnologías del futuro. Esto es sólo la cáscara. La pulpa, el gran mérito del escritor estadounidense, es haber inventado una una singularísima estructura ecológica en el tercer planeta del sistema Canopus, y, como consecuencia de ello, el surgimiento de una civilización, con sus propias ideas, creencias y tecnologías; una cultura entera adiestrada como un orden militar, por la tremenda necesidad ambiental. "Todo se subordina a la supervivencia de la tribu", repiten los fremen, hombres y mujeres de cuerpos resecos y ojos totalmente azules, sin el menor blanco en ellos, por el consumo de la melange. El autor, al parecer, se inspiró en los bereberes del Sahara.


Arrakis es un planeta sin lluvias, mares, ríos ni lagos. Durante el día, la temperatura supera los 60 grados. Se desatan tormentas jupiterinas a lo largo de 6.000 kilómetros, con vientos de más de 700 km. por hora. Los fremen usan destitrajes que reciclan la transpiración y la orina. Viven bajo tierra. Cabalgan los colosales gusanos de la arena, cuyas bocas tienen hasta ochenta metros de diámetro. Fabrican con los dientes de la criatura las hojas de sus cuchillos sagrados. El valor supremo del lugar es el agua, entremezclada con simbolismos y ritos. Se aprovecha, incluso, la de los cadáveres, cuando aún están calientes. He aquí un pueblo que, como los árabes antes de Mahoma, esperaba un Mesías. Lo encontraron en Paul Atreides, que cumplió con toda la panoplia profética.


Dune, el libro, es rico y retorcido no sólo en sucesos. Hay reflexiones muy interesantes sobre el poder, el arte de la conducción de los hombres y la construcción de los mitos. Hay un sabroso sincretismo religioso. El argumento ha sido narrado como un estudio de la vida de Muad'Dib (el nombre arrakiño de Paul Atreides) escrito por la princesa Irulán, la hija del emperador. Incluye apéndices y un diccionario. Sólo lo exhaustivo es interesante, estableció, con razón, Thomas Mann.


El demiurgo Herbert gastó seis años enteros de su vida para concluir su obra magna, prolongada después con cinco secuelas, pero ya entonces era famoso y adinerado. Pudo investigar minuciosamente y luego componer Dune sin un trabajo regular porque su esposa lo mantuvo a él y a sus dos hijos durante la primera mitad de la década del sesenta como escritora publicitaria. Pero no sólo pagaba las cuentas; también comentaba y editaba el trabajo de su esposo. Que este párrafo sirva de homenaje también para la señora Beverly Ann Stuart, pues sin ella, no tendríamos esta magnífica novela.

Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento Cultura de La Prensa


Calificación: Excelente

domingo, 23 de abril de 2023

La ira de los ángeles


 "Lovecraft entendía la verdadera naturaleza del universo: crudeza, frialdad, ausencia de misericordia".

J. Connolly


POR GUILLERMO BELCORE


Al final del día, dos son los factores que determinan la calidad de una novela: la poética y la filosofía. El dictum pertenece a George Steiner, acaso el mejor crítico de arte del siglo XX. Quién es uno para refutar al maestro; sin embargo, nos atrevemos a sugerir un tercer elemento que favorece la potencia estética de un libro: la metafísica. Es la impresión que uno tiene al leer la saga del detective Charlie Parker.


Parker es la gran invención del escritor irlandés-estadounidense John Connolly (Dublin, 1968), cuya virtud fundamental como narrador es haber logrado empotrar en historias policiales el elemento sobrenatural con una elegancia francamente admirable (y con cierta verosimilitud). Un giro similar al que dieron en el romanticismo del siglo XIX Shelley, Poe, Stoker y Stevenson. El atribulado detective de Maine debe lidiar con esbirros del Maligno y presencias del Más Allá, posesiones demoníacas, fantasmas hechos de soledad y miedo, odio y dolor, como la niña de los Grandes Bosques del Norte, personaje lateral de la novela que aquí venimos a comentar.


Entre la veintena de novelas de la saga, La ira de los Ángeles (Tusquets, 428 páginas) es la que, probablemente, tiene mayor preponderancia el contenido sobrenatural. Fue entregada a la imprenta por primera vez en 2012 y se sostiene sobre una formidable hipótesis metafísica: después de la Caída, una legión de rebeldes fueron arrojados a un mundo todavía en formación; ese planeta era la Tierra. Desde entonces, los Angeles Caídos están entre nosotros, no son hombres ni mujeres sino entidades más viejas e inmundas. Suelen cohabitar en el cuerpo con ciertas almas debilitadas, vulnerables, propensas a la oscuridad. Esa amalgama engendra los monstruos que aparecen en los titulares de los diarios: los asesinos en serie, los corruptores de niños, los proselitistas de la intolerancia y la ignorancia, los que apestan a maldad. Charlie Parker se encarga de eliminar a los peores que se cruzan en su camino; no está sólo en la tarea.


Los Angeles Caídos tienen sus acólitos entre los humanos. Los Patrocinadores y el Ejército de la Noche, por ejemplo. Reclutan periodistas, abogados y políticos a su servicio (la triada infernal, según la visión de Connolly). Una lista con los nombres de miembros de estas sectas se encontraba en un avión particular que viajaba de Canadá hacia Nueva York pero se desplomó en lo más profundo de la gélida espesura de Maine, en un área que todos los lugareños evitan pues enloquece a la brújula y a los hombres. 


A Parker le encargan encontrar los restos de la aeronave. Se enfrentará a un asesino en serie que se cree agente del Divino (El Coleccionista, lo llaman), a dos criaturas malignas enviadas por la secta, a la desconfianza de un viejo aliado (un rabino de Nueva York) que teme que el investigador privado se haya depravado. La trama magnetiza los dedos, si es que usted es una de esas personas que le interesa este híbrido de nuestro tiempo: el policial gótico.


Connolly, por otro lado, ha logrado ese tono justo que caracteriza al policial norteamericano. Los diálogos son filosos, se ejerce la crítica social y la ironía es otra arma magnífica del detective que aquí encontramos separado de su novia y célibe. Con ligeras variaciones, el modelo Philipe Marlowe sigue afortunadamente entre nosotros.


Calificación: Muy bueno


PD: No es la primera novela de Connolly que elogiamos. Pinche aquí:


1) http://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2018/04/el-invierno-del-lobo.html


2)http://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2008/11/los-atormentados.html


3)http://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2015/03/cuervos.html


4) https://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2018/04/tiempos-oscuros.html


5) https://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2022/08/en-los-mas-profundo-del-sur.html


6) https://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2022/11/el-camino-blanco.html

jueves, 17 de noviembre de 2022

El camino blanco


Cuando cayeron los ángeles que se rebelaron contra el Señor, uno de los lugares que se les asignó para el destierro fue la Tierra. Aquí perdieron su belleza y fueron condenados a vagar hasta el fin de los tiempos. Algunos se aparearon con mujeres que procrearon a la raza de los gigantes (los
Nifilim), felizmente exterminada por el pueblo de Israel, dice el Zohar. Otros siguen entre nosotros desviando a la humanidad del camino del alma. Hay ángeles caídos que obran directamente; hay otros que se apoderan de un cuerpo. Pero el Altísimo tiene sus espadas para combatir el mal y reestablecer el equilibrio. Una de ellas es el detective Charlie Parker, el azote de los desviados. Sufre un trastorno parapsicológico, tiene el don de la alteración transitoria de la percepción que le permite descubrir a los agentes de las tinieblas.


Tan fascinante teología es la sal de la magnífica saga Charlie Parker inventada por el irlandés John Connolly (Dublin 1968), pero ambientada en Estados Unidos. Es una literatura más norteamericana que el  pavo de Acción de Gracias, pero rompe el estereotipo de la novela negra con la inclusión del elemento metafísico.


En El camino blanco (Tusquets, 464 páginas, primera edición 2002), cuarta entrega de la saga, Parker se enfrenta a dos criaturas demoníacas. El predicador Aaron Faulkner, que esta a punto de salir de la cárcel por tecnicismos; y al matón Kittim, personificación de todos los odios y los temores de los movimientos racistas militantes.


El enfrentamiento final con Faulkner ata los cabos sueltos de la entrega anterior, por lo que conviene leer primero Perfil Asesino, para que el deleite intelectual y estético sea pleno. Pero les lectores avispados no dejarán de disfrutar The White Road, que incluye también -como es norma en la saga- un enmarañado caso policial, que se hunde en la podredumbre del pasado. En esta ocasión, el pretérito esclavista.


Convocado por un viejo amigo en estado de desesperación, el detective privado cruza la Cortina de Magnolia. De Scarborough (Maine), donde vive con su segunda esposa, Rachel, embarazada, vuela a Charleston (Carolina del Sur). Investigará un asunto que quema las manos. Un joven negro es acusado de asesinar a golpes a su novia blanca, hija de uno de los hombres más ricos del estado. La evidencia lo condena, pero el chico jura por lo más sagrado que es inocente. Parker deberá lidiar con el Ku Klux Klan, con la policía y la mafia local, y con una red de mentiras densa y oscura como las aguas del Aqueronte. ¿Dijimos que los casos difíciles son su especialidad? Y necesita éste "como tener escorpiones dentro de sus zapatos".


La novela urde cuatro o cinco líneas argumentales. Se toma su tiempo para narrar hechos tremendos. Encontrarán los aficionados a la literatura de Connolly un bonus track: un detallado relato del pasado de Angel y Louis, los dos sicarios que trabajan para Parker (y lo honran con su amistad incondicional). La pareja gay está del lado de los buenos, sólo eliminan a la escoria de Satán.


Algo hay que decir siempre del estilo. Connolly, graduado en filología inglesa en Dublin, ha logrado el tono justo del subgénero. La réplica filosa como una katana, la hipérbole, la ironía y el sarcasmo, la crítica social y moral, el tallado estupendo de personajes secundarios son herramientas que maneja con admirable destreza. Qué magnífica evasión es la novela policial, ¿no?

Guillermo Belcore


Calificación: Muy bueno