domingo, 25 de febrero de 2024

El mamífero que ríe


El mamífero que ríe

Gustavo Ferreyra

215 páginas. Ediciones Godot


Desde que la humanidad leyó arrobada las andanzas de un hildalgo de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor, quedó establecido que en una novela deben “pasar cosas”. Claro, esta magnífica especie literaria ha ido mutado y hoy puede que nos atrape el acabado de los personajes, la profundidad de la mirada, la belleza del estilo o cierta originalidad… Pero cuando estos vectores de la potencia estética brillan por su ausencia y al mismo tiempo no pasa prácticamente nada, la novela se instala definitivamente en un lecho de tedio e insustancialidad.


Es una conclusión que deriva de la lectura de la obra más reciente de Gustavo Ferreyra, autor de vasta y reconocida trayectoria, de hecho se trata de su novela número once. El mamífero que ríe desarrolla un procedimiento que parece ser la seña de identidad del autor: el soliloquio de un chiflado.


En este caso, leemos los razonamientos desquiciados de Ricardo, psicólogo de profesión, anarquista borgeano, antikirchnerista recalcitrante (este rasgo es importante), separado con dos hijos pequeños, de claras ideas racistas, con cierta tendencia asesina y pederasta en potencia, enfermo de deseo por su empleada doméstica, Ceferina, la Paraguaya.


Ricardo quiere ser un Zarathustra, la bestia rubia nietzscheana, pero no es más que un pobre tipo, con panza y 42 años que malvive con la consulta en su casa. Al principio, nos enteramos que el pelafustán ha encontrado su epifanía en Puerto Madryn, con la observación de una colonia de lobos marinos. Ve en los machos una suerte de pináculo, “la masculinidad con un vigor esplendente”, en contraste con una represión moderna que siente que lo ha castrado a él y a sus pares. “La civilización es femenina, toda la maldita cultura es femenina”, razona ofuscado. Nada del otro mundo. Es sólo otro auténtico reaccionario por sublimación de sus problemas con las mujeres.


A MEDIAS

La sublime mamifidad es el eje del relato. Pero es un eje que viene y va y se termina difumando. He aquí uno de los inconvenientes del libro. Todo se hizo a medias, como si el autor hubiera temido dar un pasó más allá para adentrarse en lo singular. Por ejemplo, Ricardo decide conocer al marido de Ceferina, un carnicero medio ciego que trabaja en un supermercado chino de Villa Urquiza. Le compra unos bifes de costilla, no pasa nada. Puede que la anécdota sirva para ilustrar el carácter irresoluto del protagonista, pero un narrador experimentado y competente como Ferreyra debe saber que al lector no se lo deja con hambre.


Da la impresión que las peripecias del psicólogo para no perder clientes, para lidiar con su malvada hermana, con su esposa tipo matrona y con sus vecinos que ocultan algo y para llevarse a la cama a su mucama son asuntos secundarios. Es posible que lo que Ferreyra haya querido construir -sobre cualquier otro deseo- sea una formidable máquina de opinar. Sobre todo para dejar establecido su ideario político en el que puede que se entremezclen las convicciones propias como las concesiones al público progresista, seguramente el grueso de sus lectores.


Relucen aquí y allá algunas ideas inteligentes. Como ésta: “No existen hijos rebeldes, sido modos distintos de hacer las mismas cosas”. Pero las consignas políticas no van más allá del cliché. Macri y Trump son “estúpidos”. Carrió es “una protuberancia de Clarín”. Los intelectuales ‘progres’ son un hato de bienhechores. Cristina se ha empeñado en “que los perdedores no pierdan tanto”. La clase media argentina es una calamidad. Página 84: “A diferencia de la moral media del norteamericano: duro con los demás y consigo mismo, el clasemediero argentino es de moralidad completamente señoral: duro con los demás, blando y autoindulgente al extremo consigo mismo”.


La historia que, ¡ay!, nunca llega a ningún lado -el final es tan decepcionante como el resto- se articula en capítulos mensuales de más o menos diez páginas entre enero de 2018 y julio de 2019. Sostiene Ferreyra que el macrismo fue un desastre. Al mismo tiempo, hilvana una de las más desembozadas y entusiastas reivindicaciones de Cristina Kirchner que se puedan encontrar en la literatura argentinaLos que odian son locos malévolos como Ricardo, incluso perversos sexuales. Aquellos que la incomodaron, como Stornelli o el difunto Bonadío, son canallas de primera categoría. Hasta el Plan Qunita ensalza Ferreyra.


El batidor de justa -esa institución porteña- nunca se detiene. Entregada a la imprenta en 2022, Ferreyra también tiene algo que decir sobre la guerra en Medio Oriente, aunque no venga a cuento en la trama. En la página 20, conjetura que los soldados israelíes no parecen humanos, “a lo sumo una combinación de carnes con maquinarias”, como Robocop. Y los parangona con las hordas de Hitler, un lugar común atroz de nuestros intelectuales: ...”buscan transmitir con sus uniformes lo mismo que los nazis: ¡atenti!, que no somos humanos”.

Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento Cultura de La Prensa


Calificación: Regular

PD: Aquí comentamos otras dos obras del Sr. Ferreyra:


lunes, 19 de febrero de 2024

Si te dicen que caí


Antes de que un hatajo de franceses ingeniosos y sin talento rebajaran el texto hasta lo insustancial, la novela de la Europa continental era una formidable maquinaria poética y filosófica que aspiraba a explorar el alma del mundo, de una época o de una comunidad, y los pliegues del alma individual. Ambición no faltaba. Incluso se experimentaba con la forma, en una especie literaria que se ha caracterizado, justamente, por su constante mutación, desde que un caballero de triste figura saliera a fatigar los caminos de La Mancha.

Buenas novelas oceánicas se siguen escribiendo, claro está. Allí están Michel Houllebecq y Mircea Cartarescu para atestiguarlo. Pero son cada vez más raras en el Viejo Continente. Ni hablar en la Argentina, donde el compromiso por un proyecto artístico brilla por su ausencia y donde un literato eminente, incluso, ha desarrollado una teoría ad hoc para justificar la novelita infinitesimal -liviana como una pluma- en nombre de "la dicha de la pincelada y de la escena", "de la felicidad del instante". El realismo pesado (en el buen sentido del término), la arquitectura compleja, la profundidad psicológica, la exuberancia verbal parecen fósiles, como el sombrero con plumas de avestruz de la tía Olga o el silencio de esa habitación en que una persona se sienta en su sillón favorito para leer un libro de más quinientas páginas.

Aquellos que aborrecemos la moda de lo fútil y nos gustan los escritores que se toman su papel en serio tenemos todo el pasado por delante, a Dios gracias. Se cumplieron en 2023 cincuenta años desde que Juan Marsé (Barcelona 1933-2020) presentará en un concurso literario de México un manuscrito que a la sazón se convertiría en una obra maestra de la literatura española contemporánea. Leer hoy Si te dicen que caí (Club Bruguera, 290 páginas) es una experiencia extraordinaria y muy placentera, claro, si usted no es un lector con prisas.

AÑOS TREMEBUNDOS


Marsé nos lleva a la Barcelona de 1944 ("el año del trigo argentino"). A una sociedad oprimida por la miseria moral y material, por la arrogancia y la brutalidad de los triunfadores de la guerra civil, y por el rencor de los vencidos. Es un ajuste de cuentas con su infancia; una colección de historias en primera persona, pero desde un yo plural (va alternado las tramas, pero sin aviso tipográfico). El núcleo incandescente es el asesinato de una prostituta rubia, un hecho que lo conmovió de pequeño y que aparece de manera recurrente en su vasta obra.

Los protagonistas son niños y adolescentes. Granujas que sobreviven aprovechando hasta la última migaja. Hace ochenta años, en El Guinardó (barrio desaparecido de Barcelona) se comían gatos y se reciclaban los condones usados, pero -al decir del autor- "nunca volvió a reír la primavera como entonces, nunca". La pandilla se reúne en la trapería de Daniel Javaloyes, Java para los amigotes. Cuentan historias, buscan tesoros entre los escombros y juegan al doctor con huerfanitas.

Java remueve cielo y tierra para encontrar a una furcia roja, Ramona o Aurora Nin, con quien había tenido sexo para complacer a Conrado, un alférez paralítico y mirón. Tiene sus razones secretas para hallarla, además del dinero que le promete una mujer rica deseosa de venganza.

Otro hilo narrativo lo transita la diezmada resistencia anarco-comunista. Son un puñado de perdedores, forjados en cien batallas, viviendo en una clandestinidad sin fin, devenidos en terroristas, atracadores y estafadores. Acecha entre las sombras un peligro para los chicos, el tuerto 'Flecha Negra', "sirviente de la Patria amanecida", con la excusa que recluta voluntarios para los campamentos juveniles de la Falange.

En rigor, todo el libro es una colosal rememoración a partir de la llegada de un cadáver a una sala de autopsias del Hospital. El ayudante de una monja conoce al muerto. O lo conoció hace treinta años, mejor dicho.

LOS AVENTIS


Para tejer los laberintos de la memoria, el novelista catalán emplea un procedimiento muy eficaz: "los aventis" de Sarnita, uno de los perdularios de la barra del Java. Son relatos construidos con desechos por un niño, supuestamente testigo pero que mayormente habla de oídas. Incluye rumores, confidencias, confesiones y ficciones. Hay saltos temporales y el sentido se va armando de a poco. Es una lectura exigente en forma y contenido porque se trata de una obra magnífica. Una segunda lectura de algunos pasajes, incluso, podría ser recomendable. En verdad, al final de la novela el lector se sentirá exhausto pero recompensado. Todos los puntos se unen.

Si te dicen que caí ha envejecido muy bien. Qué envidia. Por cierto, hay una versión cinematográfica de la obra más rica de Juan Marsé. Dicen que la empobrece.
Guillermo Belcore

Calificacion: Excelente

martes, 6 de febrero de 2024

Aniquilación


 "Una mejora en las condiciones de vida va emparejada, a menudo, con un deterioro de las razones de vivir, y en particular de vivir juntos.”

M.H.


Sin duda, uno de los pasajes más emocionantes de la saga cinematográfica de El señor de los anillos es la petición caballeresca de Aragorn frente a la Puerta Negra de Mordor. Viggo Mortensen intenta que sus tropas recuperen el coraje para detener a los ejércitos de las potencias maléficas:

"...Hijos de Gondor y de Rohan, mis hermanos, veo en vuestros ojos el mismo miedo que encogería mi propio corazón.

Pudiera llegar el día en que el valor de los hombres decayera, en el que olvidáramos a nuestros compañeros y se rompieran los lazos de nuestra comunidad. Pero hoy no es ese día.

En que una hora de lobos y escudos rotos rubricaran la consumación de la edad de los hombres. Pero hoy no es ese día.

En este día lucharemos. ¡Por todo aquello que vuestro corazón ama de esta buena tierra, os llamo a luchar, hombres del Oeste!..."


La arenga de Aragorn -similar a la de William Wallace antes de la batalla de Stirling- es destacada en la novela más reciente de Michel Houellebecq (Saint Pierre, 1958). Justamente, el escritor-filósofo más interesante de la Francia contemporánea ha venido reprobando en su vasta obra con inusual valor las miserias y cobardías de los hombres del Oeste, que signan una época líquida que, por pereza intelectual, hemos designado como postmodernidad.


En Aniquilación (Anagrama, edición 2022, 605 páginas) asume Houllebecq una vez más la defensa de la moral judeocristiana, y de la moral en general. Y lo hace con una lucidez y potencia narrativa que demuestra que puede resultar fascinante incluso la literatura con mensaje, ese colmo de horrores, a priori, según Oscar Wilde y Borges. La potencia maléfica contra la que se alza el literato es el nihilismo europeo, que se manifiesta, por ejemplo, en sectas paganas, o panteístas, y politeístas, o que divinizan a la naturaleza.


La novela ubica al lector ante los grandes asuntos existenciales del presente. El problema de la decrepitud de nuestros padres; el problema de la sexualidad en el matrimonio y fuera de él; el problema del trabajo después de los cincuenta; el problema de la representación política; el problema del orden y la seguridad pública; el problema de la salud quebrantada. Estos son sólo algunos de los temas abordados con inteligencia y elegancia. La respuesta de Houellebecq a los retos es nostálgica. Le gustaría recuperar, aunque sea una parte, del mundo pérdido de la infancia. Un mundo accesible, humano, donde aún tenían lugar la comida casera y los platos típicos; y los matrimonios cuidaban a sus hijos, mantenían una intensa vida sexual y creían en Dios.


MONSIEUR RAISON


El protagonista del libro se llama Paul Raison, quintaesencia de la "suficiencia burguesa", es decir un representante cabal de la casta gobernante. Trabaja en el Ministerio de Economía, es confidente y mano derecha del ministro, una suerte de Colbert del siglo XXI, tecnócrata que ha revivido a la industria francesa. Pero Paul, en la cincuentena, no es feliz. Su matrimonio ha fracasado; nunca se les ocurrió tener hijos. No tiene amigos y es distante la relación con sus hermanos y con su padre, un ex funcionario del Servicio de Inteligencia del más alto nivel.


La trama va encadenando los duros golpes que recibe Paul hasta su aniquilación, pero que, paradójicamente, le permiten rehacer la relación con Prudence, su esposa. Al final, nos encontramos con una hermosa historia de amor. Al mismo tiempo, Houllebecq corre los cortinados y nos permite atisbar en el funcionamiento del Estado francés. El jefe de Paul se convierte en 2027 en el nuevo hombre fuerte del gobierno, bajo la presidencia de un telepresentador insustancial. El tercer hilo narrativo esclarece una serie de atentados, que han puesto de cabeza a los servicios de inteligencia de las potencias globales, "la mayor catástrofe en seguridad informática desde la aparición de las computadoras".


Los únicos pasajes que aburren en esta novela son las narraciones de un sueño; como siempre ocurre, un procedimiento que delata déficit de invención. No se entiende, con franqueza, la insistencia de los escritores -incluso de los buenos- con esta bobería. El resbalón, no obstante, se compensa largamente con la hondura psicológica y social de los personajes (a su manera, Houellebecq es un Balzac) y con los juegos de ideas que circulan por el texto.


Entramos en la posdemocracia, nos advierte Houllebecq, desde París. La democracia, tal como la conocíamos, ha muerto; "es demasiado lenta y demasiado pesada". Las relaciones personales y las redes es lo único que funciona, aunque "el idiota moderno vive intoxicado con la web, las teorías conspirativas y las noticias falsas". Caímos en una suerte de epicureísmo mustio; en una desesperación normalizada; "en un ambiente pseudolúdico, pero que realidad está regido por una normativa fascista que, poco a poco, ha ido infestando todos los recovecos de la vida cotidiana". Es la famosa corrección política.


Tal como hizo hace unos días el Presidente de la Argentina en Davos, el perspicaz escritor francés nos advierte que Occidente se suicida, por vestirse con una panoplia de ideas descabelladas, pero la admonición es aquí más cultural que económica. Houllebecq no cree en el librecambio, por cierto. Condena por ingenua la doxa liberal a lo Francis Fukuyama: "...la ingenua creencia de que el afán de lucro puede reemplazar cualquier motivación humana y proporcionar por sí sola la energía mental necesaria para mantener una organización compleja...". Por fin, un escritor eminente que se preocupa por un estilo de vida que conduce a la destrucción de la familia y la vida conyugal.

Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento de Cultura de La Prensa.

Calificación: Muy bueno