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jueves, 30 de enero de 2025

Nexus




Cada década suele elegir su pensador de moda. Después de la caída del Muro de Berlín, Francis Ford Fukuyama nos persuadía del fin de la historia. En los primeros años del siglo XXI, todos aludíamos a la modernidad líquida que Zigmunt Bauman había establecido (y estirado la idea luego hasta el absurdo). Llegó el colapso financiero de 2008 y un economista francés de izquierdas se convirtió en el nuevo gurú. Algunos medios tan frívolos como influyentes, incluso, designaron a Thomas Pikkety como “el nuevo Marx” que asustaba a Occidente con un espantajo: la tasa de rendimiento del capital supera de modo constante la tasa de crecimiento de la producción y del ingreso, y eso socava las democracias.


Hoy podríamos decir que el historiador israelí Yuval Noah Harari (Kiryat Atta, 1976) es el intelectual más leído y comentado de nuestra época. Sus ensayos, modelo de claridad conceptual y expositiva, examinan los macroprocesos desde las estadísticas de masas. El darwinismo y la psicología evolutiva son dos de sus herramientas favoritas.


Harari, un autor para todos los públicos, entregó a la imprenta en 2024 un ensayo formidable, que aquí queremos recomendar. Nexus (Editorial Debate, 602 páginas) resume la historia de las redes de información desde la Edad de las cavernas hasta la Inteligencia Artificial, prodigio que el ensayista vislumbra con extrema desconfianza pues se trataría de la mayor revolución tecnológica de la historia, la primera que puede escapar completamente de nuestras manos.


¿Podemos confiar en los algoritmos informáticos para tomar decisiones sensatas y construir un mundo mejor?, nos interpela el autor.


El libro abre con un baño de humildad: “A pesar de la ingente capacidad de información que tenemos a nuestra disposición, somos tan susceptibles a la fantasía y al delirio como nuestros antepasados más lejanos...” ¿Y eso por qué, profesor? Porque somos “muy buenos a la hora de acumular información y poder pero tenemos mucho menos éxito a la hora de adquirir sabiduría”.


Una añosa fábula griega ha anticipado nuestra imperfecta naturaleza mental: El mito de Faetón. Un muchacho que persuade a su padre Helios de que le permita el privilegio de conducir el carro del Sol y termina causando una catástrofe planetaria. El riesgo fatal de manipular las fuerzas que nos exceden. Como la Inteligencia No Humana.


JUSTO CENTRO


Por supuesto, hay cierto abuso macluhiano en el último libro de Harari (aunque resulta inevitable la simplificación) al querer sostener toda la historia de la humanidad sobre un sólo pilar: el desarrollo de las redes de información. Pero el recorrido es fascinante y las conclusiones, útiles.


El pensador pretende colocarse en un punto medio entre "la idea ingenua de la información" (el libre flujo os hará sabios pues conduce a la verdad) y la visión populista-marxista de que “toda información que circula masivamente es mero engaño de los poderosos”.


El argumento principal de su libro es que la humanidad consiguió prosperar mediante la construcción de grandes redes de cooperación, pero la forma en que se construyen dichas redes las ha predispuesto a hacer un uso imprudente del poder. “Por lo tanto las redes son también un problema”.


El rasgo decisivo de la red es la conexión y no la representación (es decir la verdad) y la información es cualquier cosa que conecte puntos diferentes en una red, lo que crea nuevas realidades.


LA NOBLE MENTIRA


La primera tecnología de la información que desmenuza Harari en este ensayo fascinante es el relato. Sin él, los Homo Sapiens no nos hubiésemos convertido en la especie dominante del planeta, al conferirnos una ventaja decisiva no solo sobre leones y mamuts sino también sobre otras especies humanas remotas como los neandertales. De todos los tipos de relato los que crean realidades intersubjetivas han sido los más fundamentales para el desarrollo de redes humanas a gran escala. Es el caso de las grandes religiones, el dinero o las naciones, por ejemplo. La noble mentira, en palabras de Platón. Todo sistema político humano se basa en ficciones, pero unos lo admiten y otros no, sentencia Harari descarnadamente.


A menudo, la historia es moldeada no tanto por relaciones deterministas de poder -como sostiene el marxismo- como por errores trágicos que derivan de creer en relatos cautivadores pero dañinos, explica el pensador israelí.


Uno de los grandes atractivos de los libros de Harari es que nos examina como especie. Aquí señala un rasgo decisivo de nuestra psiquis: la memoria humana a largo plazo está particularmente adaptada a la retención de relatos (los políticos y las empresas se aprovechan de ello). Es decir, pensamos en términos de relatos. Nos encanta encontrar en el arte y el entretenimiento de masas los llamados dramas biológicos, héroes que enfrentan depredadores, adversarios amorosos, rivalidades fraternales, etc.


Pero con la memoria no alcanza, la segunda gran tecnología de la información que ha creado el Homo Sapiens es el documento escrito. El subproducto (muchas veces indeseable) del texto escrito es la burocracia, que le ha impuesto al mundo un orden nuevo y artificial. Cuando un sistema burocrático nos coloca una etiqueta, aunque ésta pueda no ser más que una convención, determina en muchos casos nuestro destino. Lo hace en pro del orden, por buenas y malas razones.


Históricamente hablando, hay un aspecto benigno en la burocracia, que es proporcionarnos asistencia sanitaria, seguridad y justicia. Pero todos conocemos sus tremendos excesos, que han costado cientos de millones de vidas. Hacemos un salto de varios capítulos del libro para destacar una de las grandes amenazas que las nuevas tecnologías plantean a la humanidad: reforzará las burocracias estatales y privadas en detrimento de las libertades individuales. La IA es un banquero o un policía que puede trabajar las 24 horas del día y que, lo que es más grave, podrá tomar sus propias decisiones.


El historiador de moda quiere que usted sepa que los algoritmos de inteligencia artificial pueden aprender por sí mismos cosas que ningún ingeniero humano ha programado, y pueden decidir cosas, que ningún ejecutivo humano ha previsto. “Esta es la esencia de la revolución de la IA”, avisa.



El otro gran peligro que vislumbra este sofisticado pensador refiere a la manipulación de las conciencias. La inteligencia artificial está adquiriendo también la capacidad de componer relatos mejor que la mayoría de los humanos. Y los algoritmos crean nuevas mitologías. Información no es per se verdad, martillea el libro.


Para que la verdad tenga éxito -explica Harari- es necesario crear instituciones de organización y conservación con el poder de inclinar la balanza a favor de los hechos. Los diarios como en el que trabajo, que duramente sobrevive hoy con todos los vientos en contra, es una de esas instituciones. Es una tecnología creada en la Edad Contemporánea como mecanismo de autocorrección de las Repúblicas.


Los medios de comunicación claro está, no son el único mecanismo de autocorrección institucional. También podemos mencionar al Poder Judicial y a las entidades científicas y profesionales que contribuyen año tras año para mantener ese delicado equilibrio entre verdad y orden que ha hecho nuestras vidas más dichosas en las repúblicas liberales.


Para Harari, la diferencia entre democracia y dictadura es, básicamente, entre tipos opuestos de redes de información. El totalitarismo es una red de información centralizada que carece de mecanismos de autocorrección sólidos. Una democracia es "una conversación constante entre diversos nodos de información", que, a su manera y con fallos, buscan la verdad. Mientras seamos capaces de conversar podremos encontrar un relato compartido que nos acerque, enseña Harari a los argentinos.



La IA, con su pavorosa eficacia, podría apuntalar a las dictaduras de nuestra era, nos advierte el libro. Allí donde fracasaron Hitler o Stalin, las computadoras podrían tener éxito. Pero no solo eso. Hay una posibilidad incluso más aterradora que Harari desea anticipar: "...en la política del siglo XXI la división principal podría no darse entre democracias y regímenes totalitarios sino entre seres humanos y agentes no orgánicos". Se vislumbra en el horizonte un Telón de Silicio. Es hora de actuar. La historia no es determinista.

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

Publicado en el Suplemento Economía del diario La Prensa.

martes, 23 de julio de 2024

Olvídame


Oblígame

Por Lee Child

Blatt & Ríos. 430 páginas


En el estado de Oklahoma, en el medio de la nada -mejor dicho, en medio de un océano de trigales que se extienden hasta donde alcanza la vista- hay un enclave de codicia y depravación. Mother’s Rest sería una localidad agrícola desolada como cualquier otra si no fuera porque un hombre de negocios y sus súbditos pueblerinos ofrecen un servicio que pone los pelos de punta.


Los demonios, por fortuna, cruzan sus destinos con el as retirado de la Unidad 110 de la Policía Militar del Ejército de Estados Unidos. Jack Reacher se llama. Es un Hércules con el cerebro de Sherlock Holmes, adicto a la cafeína y a la libertad total (un hombre-isla dirían los filosófos), que visita Mother’s Rest para averiguar el origen del nombre de esa localidad, situada a la vera de la antigua ruta de caravanas. El vagabundo llegó en tren con lo puesto, un cepillo de dientes, un puñado de dólares y una tarjeta de débito. Reacher tiene todo el tiempo del mundo y ningún lugar donde ir. Nadie lo espera.


Tres hurras por el sello Blatt & Ríos por habernos traído otra atrapante aventura de la colección que añadió al mundo el prolífico Lee Child (Conventry, 1954). Aquí la hemos ovacionado más de una vez (1). También merece aplausos la serie inspirada en la saga que vino a corregir las flojeras y distorsiones de las películas protagonizadas por el improbable Tom Cruise (2). Reacher tendrá para siempre el rostro y la voz del musculoso actor y modelo Alan Ritchon.


Obligame fue entregada a la imprenta en 2011. Volvamos a la trama. En la estación de tren, Reacher es abordado por una atractiva detective privada, quien -por un instante- lo confunde con un corpulento colega que ha desaparecido hace unos días. Siguiendo una pista, el bueno de Keever llegó al siniestro paraje, le pidió ayuda a la agente Michelle Chang sin darle detalles, y luego se lo tragó la tierra. No contesta su teléfono celular.


Mujeres hermosas como una mañana soleada, peleas colosales y sucias, y tiroteos que dejan un tendal de muertos son la sal, el aceite de oliva y el aceto balsámico de la saga. Siempre se resuelve, además, un misterio que mantiene magnetizados nuestros dedos hasta la última página. El volumen que hoy recomendamos nunca decepciona.


La mente inquisitiva de Reacher, naturalmente, no puede resistir la curiosidad -al fin y al cabo no tiene nada que hacer y le gustan las investigaciones más que a un tonto un lápiz-. Se suma, pues, a las pesquisas desesperadas de Chang. Primero, deben esforzarse para descubrir que diablos estaba buscando Keever donde el diablo perdió el poncho. Se trata de un rompecabezas complejo que se va armando capítulo tras capítulo y que obliga a la pareja a saltar a Oklahoma City, Los Angeles, Chicago, San Francisco, Phoenix, hasta el asalto final. Los hostigan matones contratados por la gavilla de Mother’s Rest para que el terrible secreto no salga a la luz. Los ayudan el editor responsable de la Sección Ciencia del cuarto diario más poderoso de Estados Unidos y, por su intermedio, un genio de las computadoras.


Oblígame, por otro lado, cumple sobradamente con el mandato de la industria del entretenimiento de que siempre se debe enseñar algo al lector. Didactismo, es el nombre del juego. Aquí nos ilustran, por ejemplo, sobre la deep web, el internet abismal donde nadan las criaturas más malignas de la especie Homo No Sapiens.


La traducción del señor Aldo Giacometti es impecable en cuanto a la transmisión de la erótica de la obra. Como se sabe, la ironía, el sarcasmo y los diálogos filosos son el cromado de la novela policial. Sólo causa molestias “eventually”, usado hasta el hartazgo por Lee Child. Se lo traduce como “eventualmente”, aunque en castellano ese adverbio tiene un matiz de incerteza o casualidad que el texto original no parece demandar. “Finalmente” hubiera sido una traducción más eficaz.


Se trata un detalle muy menor. Obligame es un entretenimiento formidable. Tiene la suficiente fantasía dramática como para permitirle a cualquier lector voraz escapar por unos días del rigor argentino.

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

(1) https://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2021/05/luna-azul.html

https://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2023/02/sin-fallos.html

https://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2022/10/escuela-nocturna.html

(2) https://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2022/02/reacher.html

domingo, 15 de septiembre de 2019

Serverland

Por Josefine Rieks
Adriana Hidalgo. Novela, 189 páginas. Edición 2019. Precio aproximado 680 pesos.

En 2021, la Humanidad resuelve -por medio de un referendo- la desconexión definitiva de Internet. Nace un mundo nuevo; mejor dicho se recupera el anterior con mapas y guías telefónicas de papel, carteros y estampillas. Décadas más tarde, una pandilla de inadaptados quiere recuperar hebras de ese mítico pasado digital, algunos chicos como negocio (se pagan fortunas por los antiguos perfiles de Facebook), otros como arma para un movimiento contestatario.

Básicamente, he aquí la trama de Serverland, primera novela de Josefine Rieks (Höxter, 1988). La retiración de tapa nos informa que vive actualmente en Berlín, estudió filosofía, ganó la beca Alfred Döblin y escribió un guión. Las fotos de Internet revelan que es una de esas personas que le gustan esos raros peinados nuevos.

El narrador de Serverland es un tal Reiner, veinteañero que trabaja en el Correo Alemán. Se ha aficionado a las reliquias de la época anterior como los videojuegos y las computadoras portátiles, que en el presente literario se consiguen en remates, anticuarios y chatarrerías.

Un amigo buscavidas de Reiner -el pillastre de Meyer- lo lleva a Holanda, a un centro de datos abandonado de Google, que fue un nodo de conexión muy importante en tiempos de Internet. Allí, nuestro héroe menudo se sumará a una comunidad, pequeña y variopinta, de rebeldes sin causa. Su crimen será módico: aprovechando un programa que diseñó Reiner encienden los servers, desconectados largo tiempo atrás, para apoderarse de los videos de YouTube.

Da la impresión que la señora Rieks ha querido hacer lo que hizo Doris Lessing, con más talento y ambición, en La buena terrorista: mofarse de una célula de sediciosos de pacotilla, que albergan ínfulas revolucionarias. Bobos en busca de una familia ampliada que los contenga. Pero en Serverland prácticamente no ocurre nada de relieve. 

Hay otro punto flaco: el contexto es pobre. Se supone que todo aquél que proponga al lector una utopía, una distopía o un universo paralelo debe esforzarse por atrapar nuestra imaginación con detalles. Un futuro sin computadoras ni teléfonos celulares por decisión del pueblo soberano es una premisa cautivante. La señora Rieks la desperdicia, está insuficientemente desarrollada.

Del estilo narrativo no puede escribirse mucho. En realidad no hay aquí un estilo en juego. La prosa es seca, plana, rústica por momentos y cuanto mucho, funcional. Sin poética ni filosofía, la novela zozobra en la intrascendencia.

No obstante, como sabían los antiguos no hay libro tan malo que no contenga algo bueno. En este caso, se deslizan críticas atinadas a "la época de los medios sociales", cuando "toda una generación había hecho accesibles sus pensamientos a todo lo demás. Uniendo a ello la promesa de algo que no podían definir claramente, que no podían describir".

Esta muy bien que un texto nos invite a reflexionar sobre las tonterías (¿el 90% del material que circula en el ciberespacio?) de las redes contemporáneas, sobre la obsesión por figurar, por ser visto como un quía listo, afortunado, cool. Soy percibido, luego existo. No podemos ser inmunes -vaya a saber por qué- a esa extraña vanidad.
Guillermo Belcore

domingo, 6 de diciembre de 2015

Pureza

POR GUILLERMO BELCORE

Todos los grandes escritores tienen una estrategia creativa (los de segunda sólo un plan de marketing). La de Jonathan Franzen (Wester Springs, Illinois, 1959) funciona bien, le ha dado fama y fortuna. Su apuesta es traer al siglo XXI el modelo de novela decimonónica, retratar el mundo según el modelo de Balzac o de Tolstoi. Pero claro, Franzen no es Dickens ni Víctor Hugo, sus textos son desparejos, ciclotímicos, bipolares. En Pureza, su obra más reciente, el literato, que suele jactarse de no leer las críticas, admite algunos de los dicterios que ha recibido su producción: “inflada, obesa, rancia y agotadora“. Cuestión de gustos, en todo caso. Para quien esto escribe, semejante ambición narrativa no merece otra cosa que aplausos. Y al final de Pureza (Salamandra, 697 páginas) uno siente que no ha perdido el tiempo, que los temas y subtemas tratados han resultado interesantes, que algunos personajes han atrapado nuestra imaginación, que el novelón, en fin, logró imponerse a la prosa defectuosa, al melodrama, y a una poética horripilante. Léase, a modo de ejemplo, la metáfora que afea la página cuatrocientos ochenta y tres: “La luna en lo alto, entre la bruma de Filadelfia, era una pastilla beige que se iba disolviendo”. Y no es la peor.

Bien puede ser considerada Pureza como parte de una trilogía americana, es decir la continuidad de la magnífica y consagratoria Las correcciones (¿cómo olvidar a la familia Lambert?) y de la ni fu ni fa Libertad. Es mi novela de la costa oeste, ha explicado Franzen a un periodista. Continuidad  dijimos porque forma parte de un mismo impulso artístico: colocar un espejo frente a una porción de la sociedad para detallar la neurosis y la idiotez de los estadounidenses. Pero el libro es más que reflejo, tiene un arquitectura compleja.

Abarca Pureza siete largos capítulos, que van y vienen en el tiempo. Penélope Tyler, 23 años, vive con su madre hipocondríaca en el valle de San Lorenzo, a un escupitajo de distancia de Oakland, hermosa colmena humana donde cualquiera puede ser lo que desee sin ser perturbado. En una casa de okupas, una chica alemana la recluta para Sunlight Proyect, una red de divulgadores -al estilo WikiLeaks- de las inmundicias que ocultan gobiernos, corporaciones y abusadores. Aquí, Julian Assange se llama Andreas Wolf, proviene de la extinta República Democrática Alemana y tiene su base de operaciones en Bolivia. Es un protegido de Evo Morales. Vuela Pip (¿homenaje a Grandes esperanzas de Dickens?) a Sudamérica y la trama sucumbe entonces a la fascinación de lo “real maravilloso” que, al parecer, aqueja desde 1492 a todos los cronistas con buena conciencia que vienen al Sur. Decepciones mediante, la chica Tyler finalmente recala en la Denver Independent, una agencia de periodismo virtual que cultiva la investigación a la vieja usanza, es decir con periodistas en la calle. Todo se vincula con todo. Es un rompecabezas fascinante, pero no podemos decir más.

EL NUCLEO


El núcleo incandescente de la obra son la galería de caracteres raros, pirados/as que hacen todo mal, y las relaciones nebulosas entre los protagonistas: la exasperante Pip Tyler, su mamá chiflada Anabel (un personaje memorable), el manipulador Andreas Wolf y el periodista buenazo Tom Aberant. Pureza tiene un doble sentido. La castidad del amor filial (el ágape cristiano) que todos ansiamos dar o recibir. En torno a las desventuras de la paternidad/maternidad, ese “enorme bloque de granito plantado en el centro de tu vida”, orbitan las más profundas reflexiones del libro. Y en segundo lugar, Franzen cavila sobre la pureza de las intenciones  de los activistas y los magnates de Internet. Su conclusión es pesimista. Llega al extremo de parangonar el ecosistema web con el ‘socialismo del Estado proletario’ que regía en media Europa antes de la caída del Muro de Berlín. Ambos son sistemas totalitarios en los que al individuo le resulta imposible abstraerse; ambos aniquilan la intimidad, es decir cualquier diferencia entre lo público y privado; y ambos logran prosperar merced al temor que infunden:

 “Internet está más bien dominado por el miedo: miedo a no ser popular, ni suficientemente cool, miedo a perderse algo, miedo a ser criticado u olvidado. En la RDA, a la gente le aterraba el Estado; bajo el Nuevo Régimen lo que aterra a las personas es el estado de la naturaleza: matar o morir, comer o ser comido”.

Hay que decir que Franzen procesa mejor los conflictos individuales y los avances tecnológicos que las cambios históricos y las disputas sociales. Su visión de Alemania Oriental no va más allá del tópico. Esa superficialidad sobre los fenómenos colectivos es -junto a una prosa que hace rechinar los dientes- el defecto de fábrica de su trilogía. Pureza, por otra parte, abruma con todos los tics del feminismo. ¡Ah!, la corrección política que peste. Nadie podría negar que una buena cantidad de sus párrafos macizos puede ser mejorado por cualquier plumífero de tres al cuarto, que hay demasiadas tempestades en un vaso de agua y que han desperdiciado un par de personajes atractivos (Anabel y Dreyssus) pero en el conjunto los ripios no son, al fin y al cabo, más que detalles. Lo trascendente es que la novela rebosa de ideas profundas, como la analogía entre los depredadores sexuales y los agentes de la Stasi, o la advertencia que todas las compulsiones apestan a muerte por su capacidad de provocar un cortocircuito en el cerebro que reduce la personalidad a un bucle de estímulo y respuesta. Inspiradora también es la visión del mal desde una perspectiva que recuerda a Soren Kierkegaard:  

“Si el tiempo es infinito, entonces tres segundos y tres años representan la misma fracción, infinitamente minúscula. Y, por lo tanto, si infligir tres años de miedo y sometimiento está mal, como concedería todo el mundo, infligir tres segundos no está menos mal. Le pareció ver un vislumbre fugaz de Dios en ese cálculo, en la duración infinitesimal de una vida. Ninguna ejecución, por rápida que fuese, disculpa el dolor causado. Si uno es capaz de hacer ese cálculo, significa que debajo del mismo se esconde una moral”.

El autor de Las correcciones ha llegado a la conclusión de que el tamaño y el grosor importan, que la magnitud define a una novela. Eso es bueno. La gente interesante -sobre el papel o en la jungla social- nunca es moderada. El modelo Franzen no es Tolstoi pero se le acerca bastante. Lo dickensiano y la critica social funcionan muy pero muy bien en la trilogía.

Publicado en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Bueno


domingo, 19 de abril de 2009

La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina

Stieg Larsson
Destino. Novela policial. 733 páginas. Edición 2009.

La trilogía Millennium es la obra literaria del momento. Ha vendido millones de ejemplares en Europa y se ha encaramado en la Argentina en los primeros lugares del ranking. He aquí la novela policial de la década, sentenciaron los publicistas. Mientras subía una escalera, un infarto mató al periodista Stieg Larsson (1954-2004) -vaya suerte- antes de ver publicado su trabajo. La lectura del segundo tomo -puede disfrutarse sin haber leído el primero- es una tarea agradable. A pesar de su sensiblería y maniqueísmo, se trata de un libro bien escrito y ameno que tiene el don de entretener al lector. Nunca flaquea la atención.

Larsson inventó una heroína al gusto de la época. Se llama Lisbet Salander, tiene 25 años, cuerpo de niña y un carácter endemoniado. El Estado, ese ogro filantrópico, la ha catalogado como incapaz mental, pero la chica cuenta con una inteligencia prodigiosa. Es una hacker de elite, interesada en las ecuaciones matemáticas y con un fuerte sentido de la moral (que no siempre coincide con la ley). El coprotagonista es Mikael Blomvist, redactor estrella de Millennium, la revista con más credibilidad y descaro de Suecia. Se involucran en la muerte de un abogado, un periodista y una criminóloga. El detonante es una lapidaria investigación sobre el trafficking, es decir, la trata de blancas: adolescentes rusas o bálticas explotadas por mafias de mequetrefes para deleite de los aficionados a las prostitutas, entre los cuales hay varios peces gordos. Los malos de la película son los machistas ahogados en hormonas, los evasores impositivos, los abusadores sexuales. La policía es casi siempre amable y correcta. Un fantasma del mundo del hampa aviva la intriga más seductora.

¿Qué torna tan atractiva a la novela? ¿Qué cautivó a las masas? Hay que reconocerle al autor un impresionante sentido del marketing. Aplica el viejo truco de enseñarle algo al lector, desde el teorema de Fermat hasta las costumbres disipadas de la minoría de esa minoría que sostiene que, si te gusta el sexo, el genero, edad o estado civil de tu partenaire es un leve accidente. Incluye guiños culturales e ideológicos como el antiamericanismo. Y esboza una coherente ética postmoderna -calcada de los escritos de Giles Lipovetsky- que reinvidica el consumismo y el capricho personal al mismo tiempo que se denuncian las injusticias sociales y las crueldades estatales, y se postula la necesidad de castigar al pecador. Todo servido con un glaseado de vago anarquismo.

Guillermo Belcore

Publicado el domingo 19 de abril en los suplementos de Cultura del diario La Prensa y La Capital de Mar del Plata.


Calificación: Bueno

PD:
Aclaremos el punto. No se trata de gran literatura. Está muy lejos de las obras de Rushdie y Murakami que comentamos este año. Pero es un libro -por encima de todo- muy interesante, adictivo en su lectura. Me parece, además, que es una de esas obras “que hay que leer” si uno quiere presumir de moderno e informado. Leo en la solapa que Larssen trabajó duramente noche tras noche (¡la esposa no lo incordiaba!) para concluir su faena. ¿Conocen algún escritor argentino capaz de semejante esfuerzo?

martes, 5 de febrero de 2008

El año que viví en peligro

Marcelo Figueras­
Editorial Alfaguara. Ensayo (?) de 276 páginas, publicado en 2007.­ Precio aproximado: 40 pesos.
­
El título promete sabrosas aventuras. ¿Acaso el autor visitó Irak o Somalia? ¿Investigó las fauces del narcotráfico? Nada de eso. Fue contratado para escribir un texto por día para un blog de México que procura convertirse en el nexo entre la Galaxia Gutenberg y la Galaxia Google. A esto llaman hoy peligro.­
Marcelo Figueras es uno de los mejores críticos de cine de la Argentina. También es un guionista muy exitoso y publicó cuatro novelas, ninguna -hasta donde sabemos- le ha asegurado inmortalidad. Se supone que la fatigosa obligación de escribir todos los días algo interesante e ingenioso explica que vaya de la genialidad a la facilonería o el engreimiento moral con harta frecuencia. Todos tenemos días malos.­
La recopilación se rige por una regla de acero. Cuando el narrador despliega su vasta erudición o cuando reflexiona sobre una película, un libro o un tema musical se torna muy interesante. Cuando se distrae hablando de sí mismo confirma que el blog es en su abrumadora mayoría un impúdico ejercicio de vanidad. Si un virus informático incendiara esa maleza que sofoca Internet la humanidad no sería mucho más pobre. Somos espectáculo o espectadores en la era de la cultura de masas, pero francamente a quién le interesa que Figueras haya comenzado a coquetear este año con los principios del zen. Resulta revelador, por lo demás, que sentencie que “ser escritor implica por definición estar enfrentado al Discurso Unico”.­
Alguna vez habrá que redefinir el concepto de libro. El vocablo, creemos, designa la intención de un yo artístico por crear algo memorable. El mero rejunte de textos que, a lo sumo, aspiran a ser publicados en una revista no debería ser llamado así. Algún ocurrente inventará el neologismo.­


Guillermo Belcore

CALIFICACION: Regular­

lunes, 4 de febrero de 2008

Buscar. Como Google...


Por John Battelle
Ediciones Urano. Ensayo de 413 páginas, publicado en el año 2006. Precio aproximado: 59 pesos.


Cada día, millones y millones de personas se sientan frente a su computadora y teclean una consulta en Google. Temores, anhelos, necesidades
íntimas están conformando lo que John Battelle llama la Base de Datos de las Intenciones. Es el más colosal y revelador depósito de pensamientos de la Historia. Empresas y gobiernos lo estudiarán con microscopio para fines diversos. En 2000 la palabra más rastreada había sido Pokemón. Un año después -Bin Laden mediante- fue Nostradamus.
Este libro atrapante no sólo describe negocios y tecnologías. Atisba en el sistema nervioso de la humanidad. John Battelle es periodista y emprendedor. Conoce la revolución informática como pocos. Fue cofundador de la influyente revista Wired y editó The Industry Standard, una referencia insoslayable en el fenómeno puntocom. Su estilo es ameno y claro. Realizó trescientas cincuenta entrevistas para escribir este ensayo, que en Estados Unidos apareció en 2005.
Desde la prehistoria de Internet, deshoja la búsqueda de información. Vemos los fiascos de Altavista, Lycos y Excite. La destrucción creativa de Schumpeter opera a destajo en la nueva economía. Asistimos a la creación de Google, el hallazgo de su famosa salsa secreta y el ascenso a la gloria tras copiarle el singular modelo de negocio al excéntrico Hill Gross. No exiten precedentes: de cero a tres mil millones de dólares en cinco años. ¿Quién dijo que la matemática no paga? Merced a la invención de un algoritmo, la empresa que engendró Stanford vale hoy más que todas las automotrices juntas.
Battelle no se priva de formular profecías. Lo más interesante está por venir, pero el fantasma de Orwell espía preocupado desde la trastienda. ¿Es usted conciente de que todo lo que busque en la Web deja una huella indeleble?

Guillermo Belcore

CALIFICACION: Bueno