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miércoles, 17 de junio de 2026

La nueva era del kitsch. Ensayo sobre la civilización del exceso


Estamos rodeados, es inútil resistirse. Seremos asimilados. Vamos al hipermercado y el kitsch funcional nos tienta. Prendemos la radio y nos asaltan las baladas y las cumbias pegajosas (el kitsch romántico) o las hécates del kitsch que se pretende emancipador, como Madonna o Lady Gaga. Viajamos y nos topamos a cada paso con el kitsch comercial o turístico en los shoppings (el reencantamiento del espacio de venta), los parques temáticos como Disney y los mil simulacros -en materiales espurios- de lugares o momentos célebres, o incluso de la naturaleza misma. En los templos del kitsch popular nos cruzaremos con la logomanía (el hombre-anuncio) y con el kitsch gastronómico: triple hamburguesa, triple panceta, triple queso cheddar y papas fritas extras. Si encendemos una pantalla, el kitsch en sus cien variantes posmodernas se adueña de nuestro tiempo con el metaverso, los videojuegos, los programas de entretenimiento, las telenovelas, las aventuras de superhéroes, las películas de Almodóvar, etc.. Podría decirse incluso que existe una filosofía kitsch, perceptible en la obra de Lacan o de Derrida, por citar dos casos de verba exaltada y fatua. Vivimos en la civilización del exceso y el kitsch es su forma estética predominante.

La aventura de la imitación y la exageración atraviesa un nuevo momento de gloria. Dos pensadores eminentes se han lanzado a desentrañar lo que denominan “la segunda revolución histórica del kitsch”, caracterizada por su ubicuidad global y por una espectacular inversión de valores.

El filósofo Gilles Lipovetsky y el experto en cine Jean Serroy advierten que asistimos a un vasto cambio simbólico: el kitsch, durante tanto tiempo vilipendiado de manera unánime por las élites y los intelectuales, ahora se busca, se admira y se consagra.

La nueva era del kitsch. Ensayo sobre la civilización del exceso (Anagrama, 476 páginas) es uno de esos libros imprescindibles para entender nuestro tiempo. Fue entregado por primera vez a la imprenta en Francia en 2023.


DOS REVOLUCIONES

Con profundidad y alguna redundancia, Lipovetsky y Serroy explican que hubo dos revoluciones kitsch en la Edad Contemporánea. La primera se inició hacia 1860 y dio lugar al “kitsch burgués del siglo largo”.

Es el kitsch de la casa de nuestros padres, el de los enanitos de jardín y el millón de baratijas inútiles. En la cultura burguesa, el amontonamiento y la sobrecarga ornamental eran señales de bienestar y éxito social, sostenidas en la copia industrial de modelos artesanales y obras de arte.

Los autores evitan caer en el vicio del olimpismo y no descartan nada de plano. Advierten que el kitsch burgués también estaba vinculado al goce visual y a la fe en el progreso, e incluso a cierto avance en el amor al arte entre la gente sencilla. Era, con todo, un esteticismo de ostentación.

La segunda revolución llega, triunfante, hasta nuestros días. El neokitsch o hiperkitsch conserva los mismos puntos de anclaje -falsedad, superficialidad, oropel, exceso, mal gusto, cursilería y sentimentalismo- pero ya es tendencia global y se expande más allá de sus territorios de origen, multiplicado e intensificado por las tecnologías digitales que "hacen vivir lo falso como verdadero y la ilusión como más verdadera que lo real".

Los pensadores franceses analizan en detalle esta amplia mutación histórica: la transformación del kitsch moderno en kitsch hipermoderno, que perfila una nueva forma de civilización: la civilización del demasiado.

El neokitsch es, en efecto, una espiral hipertrófica de lo llamativo, lo divertido y lo extravagante. Ya no designa apenas un estilo exuberante, una forma de arte o un tipo de ornamentación: nombra un modo de vida orientado hacia la adquisición continua de cosas, hacia el siempre más de todo. Cuanto más vistoso, más gusta. El lujo desmesurado y paroxístico -el de Dubai o incluso el de un Chiqui Tapia- caracteriza al fenómeno en toda su dimensión social.

La segunda parte del libro describe con precisión y abundancia de ejemplos las manifestaciones actuales del neokitsch. Serroy aporta un análisis minucioso del cine; el buen señor es un gran admirador de Fellini.

HAY SALIDA

Conviene subrayar que Lipovetsky y Serroy no consideran el “Imperio del neokitsch” como totalitario: si bien se extiende a todos los sectores de la vida en los cinco continentes siguiendo una lógica hiperbólica -arquitectura, urbanismo, espectáculo, filosofía, diseño, marcas e incluso la autoexpresión-, no abarca la totalidad de la experiencia contemporánea ni siquiera toda la oferta comercial.

Concluyen que el cosmos kitsch no merece las condenas de siempre. En primer lugar, porque la reprobación en bloque resulta incompatible con una sociedad liberal apegada a las libertades individuales. En segundo término, porque ninguna sociedad -ninguna persona, a fin de cuentas- resiste sin cierta dosis de ligereza. Lo que hay que juzgar -proponen- es "la obra individual, ya que es evidente que la estética kitsch genera creaciones cuyo valor es muy desigual".

Insisten, pues, en que el neokitsch no es totalitario sino populista e individualista, lo cual no lo vuelve inocuo: induce a colmar la vida de cosas inútiles, suele empobrecer la existencia y la espiral materialista amenaza tanto la salud como el medioambiente. Ya existen, no obstante, manifestaciones de un kitsch verde, con Greta Thunberg como ejemplo paradigmático.

Aunque no desarrollan el punto con la profundidad que merecería, Lipovetsky y Serroy postulan que la sobriedad es, más que nunca, una virtud que urge practicar en el siglo XXI.

Este libro es la cuarta colaboración entre ambos intelectuales. Llevan su firma La pantalla global (2009), La cultura-mundo (2010) y La estetización del mundo (2015).

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

miércoles, 19 de julio de 2023

Temas de siempre


Por Santiago Kovadloff

Emecé. 212 páginas. Ensayos de filosofía.


Don Santiago Kovadloff (Buenos Aires, 1942) ha creído oportuno recopilar en un libro una serie de artículos publicados en el diario La Nación hasta 2021. Es decir, sirve vino viejo en odres nuevos. La iniciativa parece haberle generado una pizca de culpabilidad, pues el erudito se ve obligado a aclarar en el Portal que la mayoría de los textos "han sido ahora retocados y aún sustancialmente modificados, incluso su número fue ampliado con piezas inéditas". No sin pudor rebaja el contenido a "tanteos de un vacilante".


Pensador intrépido, polemista militante al servicio de la causa de la República (la ha encontrado en Juntos por el Cambio), traductor, poeta, maestro en el sentido más amplio de la palabra, Kovadloff expone aquí una volatilidad (el concepto proviene de las finanzas) que no habíamos encontrado en La aventura del pensar (1). Dicho de otra manera, es un volumen muy desparejo. La concentración y tersura de los argumentos conviven con el no muy agradable goteo de frases y la mala poética, como la que degrada la página treinta y uno: 

"La amistad es vínculo de fondo. Como los peces abismales, tiene luz propia para orientarse donde no llega otra luz".


Pero también hay pasajes espléndidos. 'Sobre una mano que escribe' es uno de los artículos memorables. El estudioso medita sobre una agonía: "La escritura manual, es evidente, se encuentra al borde de la desaparición. Desde hace mucho, es una práctica en repliegue, una forma de escribir que se apaga cada día un poco más...". ¿Qué se nos irá con ella?, se pregunta y nos responde. Pero algunos vamos a morir con las botas puestas. El borrador del comentario que usted está leyendo se escribió de puño y letra.


En cuanto al contenido, Temas de siempre aborda tópicos: el amor, la amistad, el odio, el silencio, el ecologismo, el tedio, la alegría, la fe literaria y la fe filosófica, los hijos, la soledad, el mar de las palabras, etc. Nada del otro mundo. El material fue pensado para los apresurados lectores de periódicos. Hay otra cohabitación incómoda en las páginas: solipsismo inane con el virtuosismo de la cita.


Nos dice Kovadloff que quiere ser recordado por una sola condición personal. "No soy sino un escritor", establece en la página ciento cincuenta y ocho. "...no puedo hablar de las palabras si no es con devoción y cautela", añade. 

"Cuento con ellas en cierta medida, pero a la vez nunca estoy seguro de disponer de las que, al escribir, creo imprescindibles. Vivo asediado por el lugar común y por el desacierto para dar con las que me importan por el temor a la obviedad de las ideas o la imprecisión de los términos que encuentro para expresarlas".


En estas páginas, sólo a veces triunfa el Kovadloff ingenioso, asediado por el confortable lecho de la opinión aceptada.

Guillermo Belcore


Calificación: Regular


(1) http://labibliotecadeasterion.blogspot.com/2022/05/la-aventura-de-pensar.html

lunes, 2 de mayo de 2022

La aventura de pensar





El periodismo como profesión da algunas satisfacciones. Una, no menor, es el orgullo de descubrir que lo que se escribió años atrás no ha sido condenado por el tiempo, el más imparcial de los jueces. Que un texto no haya perdido un gramo de vigencia también debe ser motivo de gozo para un pensador de fuste como Santiago Kovadloff (Buenos Aires, 1942). ¡Y qué mejor reconocimiento que un sello se anime -la edición siempre es una apuesta arriesgada- a reimprimir sus creaturas! 

Emecé acaba de publicar, en efecto, un volumen que reúne ensayos enteros que Kovadloff compuso desde los ochenta hasta 2018. La antología se nutre de nueve libros y se titula La aventura de pensar (554 páginas). 

Se trata de un libro de Alta Filosofía, por ende no es para lectores con prisas. Puede que la prosa resulte algo monótona; no tiene la belleza de un George Steiner, una de sus influencias primordiales. Puede también que sobren palabras y, al principio, tropezamos con cierto abuso del calembour (ese ripio que tanto incomodaba a Borges). Pero las virtudes del contenido son muy superiores a los defectos de la forma. 

Kovadloff es un erudito de la cita, siempre pertinentes e inspiradoras. He aquí un libro que se recomienda leer con un lápiz en la mano. También es un fino crítico literario. Montaigne, Rimbaud, Maquiavelo, Pablo de Tarso, Camus, Descartes, entre otros, no escaparon a su ojo atento y su mente prodigiosa. 

Nos ofrece el autor, pues, una síntesis de altísima calidad e infrecuente profundidad de su evolucíon intelectual, consagrada a las mejores causas. La obra exhala arrojo cívico. ¿Hace falta recordar que Kovadloff es un paladín de la República, un tenaz adversario de la cultura autoritaria? 


Los esbirros de Cristina con título universitario deberían leer con atención la sugerencia que se formula en la página treinta y cuatro: 

 "...Cuando un intelectual asume el compromiso de la militancia partidaria en un contexto como el latinoamericano, debiera empeñarse a fondo y ante todo combatir el autoritarismo vigente en sus propias filas, es decir todo lo que en ellas compromete el afianzamiento de la democracia". 

Lo escribió Kovadloff en 1990. 

EL SILENCIO ELOCUENTE 


Frente a lo que no se puede nombrar es mejor quedarse callado, advertía Wittgenstein. Por fortuna, S.K. no ha prestado atención al dictum. El segundo libro resumido es una espléndida meditación sobre el silencio. Toma cuatro experiencias para consignar su trascendencia: poesía, amor, música y pintura.

Podría hacerse un pequeño diccionario con las precisas definiciones del filósofo. Página ochenta y uno: Poeta es aquél que "que ha sido inspirado, convocado para infundir forma, es decir contenido discernible, a lo irreproducible por él escuchado"... "poeta no es quien sabe emplear el idioma, sino aquel que se muestra apto para desembarazarse del uso corriente del idioma...". 

En el compendio de Lo irremediable: Moisés y el espíritu trágico del judaísmo -un viaje al corazón de uno de los tres grandes monoteísmos- encontramos una sagaz conjetura. El autor postula que la primera referencia a la "solución final del problema judío' en la vida intelectual alemana la encontramos en los escritos juveniles de Hegel. Es decir, hay ahí una minuciosa y terrible justificación del antisemitismo exterminador. Algo podrido estaba cocinando el pueblo alemán a principios del siglo XIX. 

Podría escrbirse otra media páginas con los hallazgos filosóficos y estéticos de la vasta obra de Kovadloff. No obstante, para no abrumar, y para dar al lector una idea cabal de la variedad del tomo, baste con mencionar otros temas magníficamente tratados: Elogio de cierta rutina, ¿Progresa el arte?, El enigma del sufrimiento, Retrato de la alegría, las Madres de Plaza de Mayo, La vejez, drama y tarea, Socrates y el profeta. 

En la página doscientos diecisiete, el ensayista republicano se empeña en rescatar un apego, fruto del interés intelectual, no de la curiosidad que siempre será nómade: "Releer es insistir, persistir, demorarse, volver a preguntar y querer llegar al fondo. Un hábito, en suma, hostil al entretenimiento frívolo y a la estética del relax". Y añade: "Acaso una buena definición de los clásicos sea ésta: autores que merecen ser releídos"

Atentos a la descripción del párrafo anterior, no sería erróneo afirmar que los ensayos de Santiago Kovadloff son ya un clásico.

Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento Cultural de La Prensa.

Clasificación: Bueno


jueves, 10 de marzo de 2022

Solo integral

 


La democracia, allí donde funciona bien, se asienta sobre un trípode. Capitalismo para la producción de bienes y tecnología; socialdemocracia en lo tocante a la redistribución y protección social; liberalismo para las creencias y costumbres. Los tres pilares deben ser de la misma altura, de lo contrario pierde su equilibrio el conjunto por el lado de la justicia o de la libertad.


El trípode democrático es una de las espléndidas ideas que que trae el libro más reciente de Fernando Savater: Solo integral (289 páginas, Ariel). El sello editorial lo promociona en la Argentina como un "destilado de su pensamiento".


Nacido en San Sebastián en 1948, Savater es uno de los polígrafos más útiles y estimulantes de la hispanósfera. Odiado por la izquierda radical (qué mejor carta de presentación que ésta) y desdeñado por los esnob de la academia a causa del carácter semiprofesional de su obra (aunque es un éxito de ventas), el pensador es una voz indispensable para todos aquellos que creemos que la sociedad abierta es un proyecto inconcluso aquí, aún no se ha establecido allá, o bien está acullá bajo fuego intenso por parte de sus enemigos de siempre. Por eso, un ensayo de Savater siempre será bienvenido.


En esta ocasión, se han recopilado sesenta y tres artículos breves que reprodujo el diario El País de Madrid entre 2014 y 2020. Una columna de trescientas palabras (lo más breve que publicó en su vida) que participa del arte del panfleto, la crítica literaria y la autobiografía; y que obró como bálsamo para un alma atribulada por la muerte de su esposa.


ELEMENTO NOVEDOSO


Hay un elemento novedoso en el libro. El autor añadió a fines del año pasado a continuación de cada una de las columnas un comentario de idéntico largo "a modo de reflejo en el lago del presente para prolongarla o desmentirla"". Llamó Savater a este juego intelectual Col tempo, en alusión a un cuadro atribuido a Giorgione, que exhibe la Academia de Venecia: ""una anciana devastada por la edad pero que fue y aún sigue siendo bella... a su manera".


Cada entrada se titula con una palabra. Veamos una de las mejores: "Imbéciles". No es novedad afirmar que Savater se distingue también como maestro de lecturas. Sugiere en este capítulo La imbecilidad es cosa seria de Maurizio Ferraris, donde se define dicha enfermedad endémica de nuestra especie de la siguiente manera: "Ceguera, indiferencia, hostilidad a los valores cognitivos, más extendida entre quienes tienen ambiciones intelectuales". La descripción es perfecta, ¿verdad? ¿No encontramos hoy entre la intelectualidad argentina la colección más peligrosa de imbéciles?


Como si se tratase de perlas negras, la recopilación periodística va engarzando a los imbéciles más peligrosos de nuestro tiempo: los fanáticos de la identidad, de la corrección política y de tratar a los animales como humanos (y viceversa); los separatistas catalanes y vascos; los nihilistas blancos; los enemigos de la Constitución; los que celebran a los terroristas como héroes populares; los progres que creen tener el monopolio de la virtud; los extremistas, en especial los Viejos Revolucionarios.


En la página ciento diez, Savater insta, como un acto de salud mental, a odiar el terrorismo, la tortura, la pena de muerte, la intolerancia frente a la libertad de expresión. Su visión es la del iluminista tardío que ha aprendido que "la suposición de que los seres humanos nos regimos habitualmente por la razón utilitaria es una visión demasiado optimista". Su inspiración se llama Immanuel Kant, el de la paz perpetua y la ética cosmopolita. "Todos somos ciudadanos del mundo", sería la premisa ("Todos somos hijos de Dios", decimos los cristianos).


En cuanto a la política real de España, Savater se lamenta por el hundimiento de Ciudadanos y confiesa que la otra causa militante que ha abrazado es la del Partido Radical de Marco Panella y Emma Bonino, un alarde de originalidad "plenamente europeo". Entre Vox y Podemos, prefiere al primero, pero aclara que no votaría a ninguno de los dos.


Otro agrado que tiene el libro es que permite trazar cien analogías. Por ejemplo, los anatemas de Savater a los ""fantoches de Podemos"" le calzan como anillo al dedo a los líderes de La Cámpora. Su repudio muy bien argumentado al fervor identitario y al fanatismo de la identidad nos da argumentos contra las feminazis y los maputruchos. Al fin y al cabo, el populismo de izquierda y las psicopatías políticas son igualmente nefastas en cualquier nación donde asomen su fea máscara.


Nos deja Savater un mensaje imperioso en estos tiempos peligrosos por un tirano moscovita: "Es imprescindible movilizarse contra lo aborrecible".

Guillermo Belcore


Calificación: Bueno

domingo, 19 de septiembre de 2021

Chocolate sin grasa



Observe, lector, la esquina de Avenida 9 de Julio y Moreno una de estas tardes. ¿Qué ve? Tristeza, la Argentina se ha empobrecido a niveles inconcebibles años atrás. ¿Qué más? Un puñado de pillos, enmascarados bajo el rótulo de dirigentes sociales, explota esa desesperación que perturba las calles. ¿Algo más? Sí señor, una antigua y peligrosa ideología está tratando de pescar en aguas revueltas.

En el alba del siglo XXI, el neobolchevismo ha concluido que aquel dictum de Karl Marx de liquidar al capitalismo con el martillo del proletariado industrial ya no tiene sentido (ni fuerza). El "Excluido" debe ser ungido como sujeto revolucionario, no se puede contar con los obreros de Toyota. Escuchemos a uno de sus más lúcidos ideólogos, Slavoj Zizek:


"Si la tarea principal de las políticas emancipadoras del siglo XIX fue romper el monopolio de la burguesía liberal por medio de la politización de la clase obrera, y si la tarea del siglo XX fue despertar políticamente a la inmensa población rural de Asia y Africa, la tarea principal del siglo XXI es politizar -organizar y disciplinar- 'las masas desestructuradas' de los barrios pobres"


Ediciones Godot acaba de presentar una recopilación de artículos periodísticos de Zizek, que incluye el párrafo anterior. Uno de ellos -El legado ambiguo del 68, publicado en Londres en 2008- da sustento teórico al manual de operaciones del líder piquetero. "...Si ignoramos el problema de los Excluidos todos los demás antagonismos pierden su arista subversiva...", advierte el pensador nacido en Ljubljana en 1949.


MERITO PRINCIPAL

Chocolate sin grasa (128 páginas) reúne veintidós textos publicados en las últimas dos décadas; es decir va desde el 11S a Trump. No han perdido un gramo de vigencia en un 99 por ciento; la selección es formidable. Y no hace falta compartir el ideario marxista-lacaniano del autor para extraer enseñanzas valiosas. El libro -he aquí su mérito principal- nos induce a pensar.


El título alude "a los impasses del consumismo actual". El exceso del goce no está permitido porque es insano; de ahí la persecución a los fumadores y a las productos con muchas calorías. Es una línea que traza en la arena el llamado capitalismo cultural, nacido de la Revolución Francesa de 1968, estructurado en forma de redes, que se preocupa por la ecología y "usurpó la retórica de la izquierda de la autogestión de los trabajadores"... En este nuevo ecosistema, "compramos cada vez menos productos (objetos materiales) que queremos poseer, y adquirimos cada vez más experiencias de vida...", argumenta Zizek en la página 15. Interesante.


Como los grandes escritores, Zizek hace uso y abuso de fetiches. El suyo, el más repetido, agobiante incluso, es la idea de emancipación. Nos habla de tradición, políticas, potencial, legado, valores "emancipadores"..., una y otra vez. Luchar por "la emancipación radical" vendría a ser la acción principal del comunista del siglo XXI. Y martillea a su público: "...el Excluido es el producto necesario de la lógica más recóndita del capitalismo global...". Esta figura conceptual -tan pueril- es su archienemigo.


La tarea primordial radica en buena medida en la retórica, subraya. El heraldo de la auténtica política emancipadora" advierte a su público que "la tarea más difícil de la revolución es la creación de clichés para la vida cotidiana", es decir "expandir el mismísimo horizonte de lo que parece posible"". Ahora que lo dice, ¿no es eso el kirchnerismo? ¿No es una obsesiva creación de clichés para establecer una revolución cultural?


Hasta un reloj maltrecho puede dar la hora correcta una vez al día, suele decirse. Hay una contradicción (o un punto de inversión) de la globalización que Zizek describe con lucidez. La libre circulación de capitales y bienes -explica- se estrella hoy en día con la separación creciente de la esfera social; los muros entre países y grupos de personas no son compatibles con el capitalismo global e impedirían su reproducción in aetérnum.


El pensador establecido en Londres considera que el siglo estadounidense terminó en 2008. Vivimos en un Nuevo Orden Mundial multicéntrico. Estados Unidos representa el capitalismo neoliberal; China el capitalismo autoritario; Europa lo que queda de la socialdemocracia con Welfare State; América latina, el capitalismo populista. Aquí, en la Argentina no funciona; en Brasil, Chile y México, sí, añade el comentarista de este blog. ¿Será que nuestra clase política es mucho más corrupta e incompetente que la media regional?


EL CASTRISMO HA MUERTO


A pesar de que en un artículo Zizek suelta algunas tonterías en favor de Hugo Chávez (uno de los pocos textos con algún párrafo desactualizado), es un rojito lo suficientemente honesto e inteligente como para abominar públicamente del castrismo. "La revolución cubana no produjo un modelo social relevante para el posible futuro comunista", establece. El estalinismo del trópico no sólo "se ha despojado de los últimos vestigios del potencial emancipador", sino que "ni siquiera ha podido establecer un sistema económico que sea capaz de convencer al pueblo cubano de que trabaje".


Zizek es famoso por adornar con elementos de la cultura popular sus disquisiciones filosóficas y psicológicas. En particular, con chistes. Este es genial:

 "Podemos decir que en las últimas décadas, el socialismo cubano siguió vivo porque todavía no se dio cuenta de ya murió".


Habría que avisarle a Cristina y a sus seguidores que practican la necrofilia. Adoran el cadáver insepulto de la dictadura cubana.

Guillermo Belcore

Publicado en el Suplemento Cultura del diario La Prensa.


Calificación: bueno

lunes, 14 de junio de 2021

El placer de la transgresión


Por Renata Salecl

Ediciones Godot. 290 páginas. Ensayo de filosofía.

Hay un método de entrecasa para calibrar la rigurosidad del intelectual o la inteligencia de una persona interesada en los asuntos públicos. Comprobar cuántas veces emplea el término "neoliberalismo" en su discurso. El uso frecuente delata una mente superficial, proclive al cliché y a la peor militancia política. Mejor tomar distancia.

Como todo en la vida, hay excepciones. La ensayista Renata Salecl podría ser una de ellas a tenor de una selección de sus columnas publicadas en el diario Delo de Ljubljana que Ediciones Godot acaba de traer a la Argentina. 'El placer de la transgresión' tiene momentos de gran lucidez, aunque se alternan con fruslerías como ésta: "...bajo el predominio de la ideología capitalista de la elección racional, el amor es un problema..."

La señora Salecl es conocida en nuestro país por su ensayo 'Angustia' -el primero en llegar al español- en el que desarrollaba la tesis (¡oh no!, aquí vamos otra vez) de que la ideología neoliberal ha exacerbado las angustias contemporáneas. La pensadora, quien estuvo casada con Slavoj Zizek, visitó Buenos Aires en 2018.

En un punto se declara discípula de Freud. Sostiene que "la enfermedad de la civilización y la enfermedad del sujeto van de la mano", de modo que "las ideas dominantes influyen de una manera decisiva en los tipos de padecimientos psicológicos que aparecen en las personas". De ahí, su interés por descubrir nuevos síntomas generados por las ideologías del capitalismo tardío y la sociedad postindustrial.

Los molinos de viento contra los que carga Doña Renata de la Baja Estiria son el individualismo, los grandes capitales, la obsesión por la productividad, la ideología de la eficiencia, la ideología capitalista de la elección racional, la moral del éxito, la sociedad de consumo. Como se ve, una agenda idéntica a la del Papa, pero mientras Francisco habla en nombre de una fe milenaria y una confianza metafísica, la profesora Salecl basa sus embestidas en qué, ¿el agnosticismo humanista?

Se trata, pues, de un libro basculante. Oscila entre la sensatez y la sutileza, por un lado; y el lugar común y lo insustancial, por el otro. Pero también, entre el comentario que mantiene su actualidad y lo caduco (los artículos se detienen en 2016, con la llegada de Donald Trump al poder, cuando la autora se preguntaba si es menester comparar ese hecho trascendente con la marcha sobre Roma de 1922).

En el primer campo (el fértil), puede ubicarse el repudio al narcisismo postmoderno, una pulsión destructiva allí donde brota, sea un país, una empresa o una familia. "Lo importante para el sujeto es la capacidad de autocontrol y es eso justamente lo que se ha vuelto un problema en la sociedad contemporánea", establece Salecl en la página 71. Más adelante insiste: "La adultez consiste en la capacidad de limitarnos a nosotros mismos".

Ese vaivén de la perspicacia se percibe, por ciento, en un punto crucial. Esta muy bien que Salecl denuncie defectos puntuales de nuestra era como la irrupción del dinero en campos que en el pasado estaban ausentes del intercambio monetario, la deshumanización de la medicina, o las trapisondas de la industria farmacéutica. Es decir, la ensayista aristotélica es justa y necesaria.

Pero la Salecl platónica es muy cuestionable, comparte la ceguera de buena parte de la izquierda occidental. Descalificar en bloque al único sistema político y económico que ha proporcionado libertad y prosperidad a un puñado de pueblos afortunados es una pose infantil, indigna de una pensadora que proviene de un país que ha sufrido en carne propia hasta 1991 las miserias del socialismo real.

En "Hijos del comunismo, súbditos del capitalismo" la filósofa eslovena concluye, con pesar, que "la normalización comunista tiene éxito en el capitalismo"". Basada en una encuesta realizada en Alemania (!!!), denuncia "el borramiento del pensamiento independiente y crítico", muy parecido al que existía en Moscú o en Ljubljana en tiempos de Brezhnev y de Tito. Invitamos a la señora Salecl a pasar una semana -con eso basta- en La Habana o Pyongyang para descubrir lo que realmente es una sistema totalitario, pero viviendo entre la gente común, no como invitada de esos regímenes criminales.

Guillermo Belcore

Calificación: Regular

jueves, 4 de febrero de 2021

Una maestro de Alemania. Martin Heidegger y su tiempo


Martin Heidegger
(1889-1976) es considerado por muchos como el filósofo más influyente del siglo XX. También se ha dicho que nunca nadie entendió del todo su filosofía del ser-ahí. El hijo del tonelero y sacristán de Messkirch “quiso ser un maestro del principio“ (soñó repetir el comienzo griego de la filosofía); con su monstruosa pesadez, su sutil arquitectura, sus ingeniosos aforismos y su elevada creación terminológica, "cultivó la pasión de preguntar no de responder", explica Rüdiger Safranski (1945, Rottweil, Wüttemberg) autor de la biografía que hoy venimos a recomendar.

La persona medianamente informada ha escuchado, al menos, que Heidegger fue un palafrenero del régimen nazi. Su vida plantea, en efecto, un problema capital de todos los tiempos, el problema de que el espíritu -incluso el más eminente- puede ser seducido por la Voluntad de Poder, incluso la más inescrupulosa. Lo vemos hoy en la Argentina.

¿Dijimos Argentina? José Pablo Feinmann, en una de sus peores novelas (pinche aquí), sentenció que Heidegger era peronista. El de la década del treinta, seguramente, el que veía al “pueblo como depositario de lo verdadero” y estaba sediento de experiencias de masas, por lo que confundió el advenimiento de Hitler con una revolución metafísica (cuatro años duró el equívoco).

Ese rebajamiento del pensador alemán contrasta con la calidad intelectual que encontramos en Un maestro de Alemania. Martín Heidegger y su tiempo (Tusquets, 543 páginas, edición argentina 2010), la mejor biografía que se ha escrito sobre el autor de Ser y tiempo, al decir del estudioso Luis Diego Fernández. Este blog confirma que se trata de una obra extraordinaria, colosal, indispensable para todo aquel al que le interese la Alta Filosofía.

Uno sólo podría cuestionar cierto desequilibrio en el volumen. El texto es minucioso hasta la Segunda Guerra Mundial y a partir de allí, avanza con botas de siete leguas. Es un vicio bastante común en los biógrafos, es como si fueran perdiendo fuelle.

Pero se trata de un detalle menor. Otra virtud destacable del libro es que despierta el apetito. Al confrontar el pensamiento de Heidegger con sus contemporáneos (y con sus predecesores como Nietzsche), el opus magnus de Safranski rescata escritos valiosos que uno se siente obligado a conseguir. Es el caso de Historia del materialismo del neokantiano F.M. Lange. Y de Religiones sustitutivas de un tal Carl Bry que analiza la monomanía política -tan habitual hoy en día- que se convierte en un “culto enmascarado“ que pasa a ser “el único principio de la interpretación del sentido y de la salvación“. Fascinante, ¿no?

Heidegger fue amado, física y espiritualmente por Hanna Arendt; fue despreciado por los gerifaltes nazis que lo consideraban un hombrecillo estrafalario, un místico y un infiltrado jesuita; y fue fuente de inspiración para casi toda la filosofía existencialista de posguerra desde una premisa fúlgida: “El todo es lo falso“. Escribió: “En una vida humana son necesarios varios nacimientos y puede suceder que nunca lleguemos enteramente al mundo”. El ente no es el ser. Pensad para que el ser sea (la escuela de Heidegger está seca -se lamenta Safranski- y no nos ha dejado una imagen del mundo o una doctrina moral).

Los buenos libros, tengo para mí, son los parteros que nos traen al mundo. Como éste, que nos permite entender a un pensador esencial “tanto en lo bueno como en lo malo y más allá del bien y del mal”. El placer de comprender al erudito suabo que quiso enseñarnos a mirar el mundo -no sólo la filosofía- como si se tratara de la primera vez.

 

Guillermo Belcore

Calificación: Excelente


PD: El lector encontrará también una cautivante Teoría del Arte que Heidegger meditó siguiendo los pasos de Hölderlin. Es un tema magnífico para una próxima entrada en este blog.


lunes, 14 de septiembre de 2020

La distopía del distanciamiento social

 

Hasta donde uno sabe, no ha aparecido en todo el campo de la filosofía una anatema más convincente contra el aislamiento radical como el que ha elaborado Giorgio Agamben (Roma, 1940). El título lo dice todo: La epidemia como política (Adriana Hidalgo Editora, 117 páginas), una colección de artículos periodísticos, entrevistas e inéditos del profesor heideggeriano en torno a "las gravísimas consecuencias éticas y sociales de la así llamada pandemia". Acaba de salir de imprenta en la Argentina y se trata de una lectura imprescindible. Abre el párpado en la frente, el ojo del cerebro.

En 2020, Agamben vislumbra una convulsión comparable a las del siglo III de nuestra era (Diocleciano y luego Constantino) que desembocaron en el bizantinismo. En la Gran Transformación, la democracia burguesa y liberal -vaticina apesadumbrado- será sustituida por un despotismo tecnológico-sanitario, sostenido por un aparato mediático acorde. Esta forma de barbarie se irá convirtiendo en el más eficaz aparato de control social que Occidente ha conocido, pues las personas voluntariamente acceden a renunciar a libertades que ni siquiera en dictaduras o épocas de guerra habían sido conculcadas.

Lo que un grupo de corajudos intelectuales argentinos bautizó como Infectadura (¿no habría que escribirlo con k?) es para el pensador italiano un experimento social que reduce la vida a una condición puramente biológica, en la que ha perdido no solo toda dimensión social y política, sino hasta humana y afectiva. "Han abolido al prójimo", se lamenta Agamben en uno de sus admirables artículos. Aceptamos hoy de buen grado, "que es necesario suspender la vida, a fin de protegerla". 

Se verifica una creciente tendencia a emplear el estado de excepción como paradigma normal de gobierno, denunciaba Agamben en abril. Y una sociedad que vive en estado de emergencia perpetua no puede ser de ninguna manera una sociedad libre. Vale reflexionar sobre esto.

ANARQUISMO SUAVE

Da la impresión de que Giorgio Agamben, un veneciano de origen armenio, se ha preparado toda su vida para esta momento crucial de la humanidad. Tomó de Michael Foucault el concepto de biopolítica y acuñó la noción de vida desnuda que -según su saber y entender- ahora ha encarnado en la realidad, con una brutalidad y eficacia sin precedentes. No se trataría de una situación transitoria. El distanciamiento social llegó para quedarse, como nuevo principio de organización de la sociedad. Lisa y llanamente vamos a la abolición de todo espacio público en nombre no ya del derecho del ciudadano a la salud, sino de la obligación de no estar enfermo.

Percibe Agamben que los mayores traidores de estos días son los juristas y los obispos. Uno de sus cañonazos impacta en el Vaticano:

"La Iglesia, que haciéndose sierva de la ciencia ya convertida en la verdadera religión de nuestra época, ha abjurado radicalmente de sus principios más esenciales. La Iglesia, bajo un Papa llamado Francisco, ha olvidado que Francisco abrazaba a los leprosos".

En el capítulo Réquiem para estudiantes, el profesor advierte a sus colegas medrosos y cómplices de los Señores de la Política y de Bill Gates:

"Los profesores que aceptan someterse a la nueva dictadura telemática y a impartir sus clases sólo online son el perfecto equivalente de aquellos docentes universitarios que en 1931 juraron fidelidad al régimen fascista".

Un periodista le pregunta a Agamben -"progresista" al fin y al cabo- si no le molesta que sus argumentos sean similares a los de Trump, Bolsonaro y los extremistas alemanes. En primer lugar -responde al insolente- demuestra "hasta qué punto la oposición entre derecha e izquierda se ha vaciado de todo contenido político real". Y en segundo lugar, una "verdad sigue siendo tal, tanto si es dicha por la izquierda como si es enunciada por la derecha. Si un fascista dice que 2 + 2 = 4, esta no es una objeción a la matemática".

Dijimos que Agamben es progresista, ¿verdad? Pero lúcido, alejado del esquema mental de los nac & pop o los neocomunistas argentinos que se postran de hinojos ante dictaduras siniestras como la de Maduro o Castro. El italiano considera que otra de las tragedias intelectuales y morales de Occidente hoy en día es considerar que un Estado totalitario, como China, pueda considerarse como modelo para lidiar con el nuevo corona virus.

En su monumental novela Solenoide, el rumano Mircea Cartarescu establecía que "ningún libro tiene sentido si no es un Evangelio", es decir ""debe ser un mapa, no un paisaje, manantial de agua viva"" que rompa la costra helada del corazón o la mente (¿recuerdan el picahielo de Kafka?). 

La epidemia como política se encuadra en esa categoría volcánica. En nombre de la libertad, el filósofo, el pensador, el hombre de bien debe batallar contra la ciencia, esa nueva religión de nuestro tiempo. Tiene la medicalización de las personas la praxis de un culto, sus Sumos Sacerdotes, sus herejes, su Inquisición, sus trompetas del Apocalipsis y sus pretensiones de infalibilidad. Todos somos pecadores; es decir, contagiados en potencia.

La bioseguridad ("dispositivo de gobierno que resulta de la conjunción entre la nueva religión de la salud y el poder estatal con su estado de excepción") hizo que los enfermos deban morir solos, que Solange Musse no haya podido despedirse de su padre. 

El miedo a perder la vida -insiste Agamben- sólo puede fundar una tiranía, "el monstruoso Leviatán con su espada desenvainada".

Guillermo Belcore

Calificación: Imprescindible

domingo, 20 de mayo de 2018

Ortodoxia

“El hombre feliz es el que hace mayor número de cosas inútiles”.
Chesterton


Después de finiquitar Ortodoxia (Fondo de Cultura Económica, edición 1987, traducción de Alfonso Reyes), es menester formularse una pregunta: ¿Por qué seguir leyendo hoy a Gilbert Keith Chesterton (1874-1936)?

La primera respuesta es obvia: porque es un placer tan intenso como raro. El pensador inglés fue uno de los campeones universales del ingenio verbal, manejó la paradoja como el florete los Mosqueteros. ¡Y se impuso la misión de que en casi todos los párrafos debía haber una! No importa si sus estocadas eran auténticas; su valor deviene de la belleza de la expresión, de la sorpresa o la sonrisa que promueven. En una época, donde los perjuros de los Suplementos de Cultura prácticamente han consagrado el arte de escribir mal, retornar a una era donde escribir muy bien era la norma -so peligro de ser aplastado con un anatema- causa un regocijo inmenso. No sé si dieron cuenta, pero en este blog defendemos a capa y espada el sentido básicamente hedonista de la lectura.

Punto dos. La ideología. Chesterton era un católico razonable (me gusta pensar que yo también lo soy) en una Inglaterra racionalista y liberal, filosocialista en parte de su comunidad de intelectuales (Bernard Shaw fue uno de sus acérrimos adversarios). Sus sablazos contra lo que hoy llamamos “pensamiento políticamente correcto” no han perdido filo. Por ejemplo, de los abolicionistas penales -los discípulos con toga del nefasto Raúl Zaffaroni- podríamos decir lo mismo que Chesterton dijo de otros de su calaña: 

“A fuerza de querer ser tan humanitarios, acaban por ser realmente enemigos de la especie humana”.  

Hay en Ortodoxia decenas de latigazos similares. Uno está obligado a leer con un lápiz en la mano. Da que pensar, por cierto, que el esnobismo, la idiotez y la inmoralidad progresista que a Chesterton exasperaba a comienzos del siglo de Hitler y Stalin se parece muchísimo a lo que nos exaspera hoy.

En este punto, es necesario explicar de qué va el ensayo, entregado por primera vez a la imprenta en 1909. Chesterton se ufanaba de “estar siempre dispuesto a escribir un libro a la menor provocación“. Alguien le achacó en aquellos años irresponsables “no haber querido definir su teoría cósmica”. Nuestro héroe, “un polemista con el que nadie deseaba encontrarse al doblar la esquina de una idea” (el prologuista dixit), respondió con Ortodoxia que básicamente se trata de una apasionada defensa de su conversión a la fe de Francisco. “La teología cristiana es la mejor fuente de energía y de ética sana”, es el pilar donde se asienta todo su agudo razonamiento.

En el primer tramo de la ruta de su especulación personal, el filósofo al voleo revisa -pulveriza, quise decir- algunas doctrinas de su tiempo. Compara a los materialistas con los chiflados:


“En ambos se encuentra esa combinación de racionalidad expansiva y agotadora con un sentido común contraído y mísero; y sólo son universales por cuanto se apoderan de una minúscula explicación parcial y la llevan demasiado lejos”…

Chesterton tienen razón: “sólo los lunáticos son incapaces de cambiar su punto de vista” (y los intelectuales militantes de nuestro tiempo). Y arriba así a una de sus conclusiones más convincentes: la razón -nunca la fantasía- conduce a la locura y a la desesperación (“la fantasía es un hecho positivo y lo que ha menudo resulta un fraude es la realidad“). Se trata de encontrar la poética del mundo. El misticismo es el secreto de la cordura y de la sabiduría: no oponen obstáculos a la mente las doctrinas espiritualistas (no así el marxismo). Mientras haya misterio habrá salud. Lo destruyes y veras nacer en ti las tendencias morbosas. Locura es la razón que opera en el vacío. El cristianismo entendido como una suerte de segunda infancia y como fórmula de emancipación. “Todo puede entender el hombre pero sólo mediante aquello que no puede entender”, otra espléndida paradoja, ¿no?

Tercera razón para seguir amando a Chesterton: sus obras desbordan de ideas sugerentes. Aún hoy. Escuchen esta última llamarada de inteligencia: 


“Podemos entender el cosmos pero nunca el ego, porque el propio yo está más distante que las estrellas”.

Guillermo Belcore


PD: Muy bueno


PD: En este blog adoramos a Chesterton. Hay más obras comentadas:

1 http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2016/10/el-hombre-comun-y-otros-ensayos-sobre.html
2 http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2015/12/chesterton-y-la-cuestion-alemana.html
3 http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2014/03/la-era-victoriana-en-literatura.html
4 http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2010/10/la-sabiduria-del-padre-brown.html

lunes, 6 de marzo de 2017

Introducción a la antifilosofía

Boris Groys
Eterna Cadencia. Ensayo de filosofía, 282 páginas. Edición 2016

En una muy grosera simplificación, podría decirse que un buen libro de filosofía es aquél que no causa tedio, fuerza a pensar y permite trazar parangones con el mundo que nos rodea. Esta colección de artículos, a pesar de su título engañoso, cumple las tres condiciones. Dije “engañoso” porque el volumen es más un cajón de sastre que un trabajo sistemático (atesora once artículos escritos entre 1994 y 2008). La promesa que se anuncia en la sagaz introducción se cumple parcialmente. El lector se queda con hambre.

Boris Groys (Berlín oriental 1947) estudio filosofía y matemáticas en Leningrado. Enseñó lingüística en Moscú hasta que abandonó el ’Imperio del mal’ en 1981. Se radicó en la República Federal Alemana. Fue profesor en la Universidad de Münster y en la escuela de Karlsruhe que dirigía Peter Sloterdijk. En la alborada de este libro, advierte sobre el surgimiento de una nueva rama de la filosofía a la que, por analogía con el antiarte del Dada y Duchamp, cabe denominar antifilosofía. Su misión primordial es dar órdenes cuya perentoriedad no da tiempo para cultivar una actitud reposada, crítica y consumista. La verdad surge sólo después de cumplido el mandato. Veamos: 


“Este giro que comienza con Marx y Kierkegaard ya no opera por medio de la crítica, sino por medio de órdenes. Se ordena transformar el mundo, en lugar de explicarlo. Se ordena convertirse en animal, en lugar de cavilar. Se ordena prohibir todas las preguntas filosóficas y callar sobre aquello que no se puede decir. Se ordena transformar el propio cuerpo en un cuerpo sin órganos y pensar de un modo rizomático en vez de lógico. Todas estas órdenes fueron impartidas para abolir la filosofía como fuente última de actitud consumista y crítica y liberar de este modo la verdad de su forma de mercancía”.

Fascinante resumen de todas las derivas del pensamiento moderno de la Europa continental, ¿no? Desafortunadamente, Groyss no profundiza tan sublime intuición. Se limita a examinar -de manera “benevolente”- algunos rasgos de Soren Kierkegaard, Lev Shestov, Jacques Derrida, Ernst Jünger y Alexandre Kojeve. Reivindica, además, la reivindicación del arte de Martin Heidegger. Le permite Theodor Lessing abordar la cuestión judía; Walter Benjamin, la teología. Reflexiona también sobre el impacto de Nietzsche en atormentados artistas de la Unión Soviética. Conecta a Richard Wagner con Marshall McLuhan e Internet

Se limita pues Groys aquí a exhibirse como un comentarista talmúdico de unos pocos autores modernos que nos dan órdenes. Su talento da para más. No obstante, logra filtrarse en el comentario (o en el comentario del comentario) pizcas de la propia noción profesional del autor, a la sazón lo más enjundioso del libro. El proyecto filosófico -establece Groys- es esencialmente abierto, infinito, se opone a su realización definitiva. El trabajo filosófico es interrumpido, es el trabajo del conocimiento, la crítica y la deconstrucción (lo mismo podría decirse del periodismo). Filosofía es producción de verdad. Su antítesis es la teología (y hoy en día, añado yo, tiene más que ver con la política que con la religión) supone que la verdad se ha mostrado, que la unión con la verdad ya ha tenido lugar, que la verdad ha sido revelada y proclamada (por un Profeta o un líder político carismático). Uno es subjetivo en tanto que duda. En cuanto renuncia a la duda, pierde su subjetividad, se convierte en objeto de otro, nos advierte. Los intelectuales militantes -esa plaga- deberían escucharlo.

Siguiendo a Husserl, Groys nos deja un buen consejo. Sostiene que antes de pensar hay que llevar a cabo la reducción fenomenológica. ¿En qué consiste? En tomar distancia de los propios intereses vitales, incluidos el interés en la propia supervivencia. Hay que contemplar al mundo sin estar aherrojado por las necesidades imperiosas del yo empírico (burgués es el que piensa con el estómago, decía Flaubert). Piensa el yo fenomenológico, por el contrario, como si no viviera. Es el reino husserliano del “como si”. El acatamiento y la inobservancia de las órdenes que recibimos se disuelven en el juego infinito de las posibilidades de vida.
Guillermo Belcore


Calificación: Bueno



miércoles, 5 de octubre de 2016

El hombre común y otros ensayos sobre la modernidad

G.K. Chesterton

Lohle-Lumen, 235 páginas. Edición 1996. Ensayos de filosofía y arte.

Hay que leer como niños. ¿Qué significa esto? El lector debe establecer de inmediato su derecho directo y divino a disfrutar la belleza, sin retóricas ni preguntas que surgen de las falsas moralidades y filosofías. El niño lleva en su cabeza una definición correcta y completa de la función del arte y su naturaleza; con el agregado de que es completamente incapaz de decir, siquiera a sí mismo, una sola palabra sobre el asunto. Se trata de introducirnos en el propio y legítimo reino de la imaginación.

El lector perspicaz habrá deducido que éste principio de toda crítica de arte sana proviene de Gilbert Keith Chesterton (Camdem Hil 1874-1936). El principio sostiene la necesidad del lector (el televidente o el observador) de abandonarse a esa condición espiritual -o intelectual si se prefiere- de “admiración combinada con la serenidad total de la conciencia en la aceptación de las maravillas”. Implica lo que siempre hemos postulado en este blog: la lectura hedonista, alejada de cualquier moral (falsa) o prejuicio estético.
Es raro que un moralista católico de principios del siglo XX se pronuncie por el hedonismo. Pero es que Chesterton fue un bicho raro. Fue un católico inglés, lo que implica moderación y talante democrático. Fue una especie de santo y de sabio, que ofreció una cantidad de buenos argumentos a favor de tolerar y promover la religión en el atolondrado mundo moderno, suficientes como para llenar una catedral. Fue un escritor brillante y un polemista formidable. Fue un esteta cabal que creía conveniente ornar los textos con paradojas para sorprender y persuadir. Por otro lado, si hay un populismo que uno podría suscribir sin problemas aún hoy es el de Chesterton. Es el populismo que defiende al hombre común y a ciertas tradiciones frente a las elites de todo tipo (especialmente los intelectuales) y frente a ciertos modernismos.

Cada una de estas virtudes chestertonianas dicen presente en un librito publicado en 1996. Gracias al Cielo, lo encontré en una librería de viejo frente al Parque Centenario. Lo devoré con la avidez y la fruición con que un náufrago se sacia de agua y alimentos. El hombre común pide a gritos su reimpresión.

Cualquiera de los cuarenta y cuatro miniensayos que contiene el tomo da pie para una reflexión. No quisiera abrumar. Basta mencionar algunos de los temas que aborda un pensador esencial: la risa, Shakespeare, Henry James, Dickens, el Doctor Johnson, Tolstoi, Walter de la Mare, Nietzsche, los peligros de la nigromancia, el nacimiento de la religión de la raza, la necesidad de una educación cristianismo, el patriotismo, la primacía de las novelas policiales por sobre las obras de filosofía, la vulgaridad y el vandalismo, qué hubiera pasado si Juan de Austria se hubiera casado con la reina María de Escocia…

Notó Chesterton algo que los poetas han sabido desde siempre: el lenguaje encomiástico es tremendamente limitado. Por eso, añadamos un último elogio a la reseña. Leer a Chesterton causa una enorme felicidad.
Guillermo Belcore


Calificación: Excelente


PD: Naturalmente, no es él unico libro de Chesterton que este blog recomienda:
http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2014/03/la-era-victoriana-en-literatura.html 
http://labibliotecadeasterion.blogspot.com.ar/2010/10/la-sabiduria-del-padre-brown.html

 

sábado, 28 de mayo de 2016

El alma del ateísmo

André Compte-Sponville

Ensayo de filosofía, 211 páginas. Paidós. Edición 2009. 


La humanidad progresó. Hasta el ateísmo ha evolucionado. Ya no es ese rugido intransigente y homicida que proferían cien mil gargantas fanatizadas por la Revolución Francesa, el marxismo o la barbarie nazi. Ahora es una convicción amable que destaca las coincidencias con los creyentes y concluye que lo importante no es la religión ni la irreligiosidad (ni siquiera sería Dios) sino la espiritualidad de cada uno. Aquello que nos une es más importante que lo que nos separa. Uno de los principales escuderos en el combate del ateísmo fiel en favor del laicismo y la tolerancia es el francés André Comte-Sponville.

Hace una década, el pensador francés, que fue educado en el catolicismo, entregó a la imprenta un breviario que defiende tal envite existencial. Una frase la condensa: “¡No por ser ateo me voy a castrar el alma!” Ajá, un ateo que cree en la posibilidad del alma, interesante, ¿verdad? Parafraseando a Schopenhauer, advierte que “el hombre es un animal espiritual”, y sostiene que la espiritualidad es algo demasiado importante como para dejarla en manos de curas, mulás, rabinos y espiritualistas.

Compte-Sponville tiene una virtud infrecuente en la filosofía francesa. Expone con claridad, su pensamiento (o la falta de) no se oculta detrás de una maraña casi ininteligible reservada a los entendidos o a las masoquistas. El librito que trajo el sello Paidós es para cualquier persona que le interese el tema. Y como buen ensayo de filosofía abre la mente para entender la realidad (incluso la Argentina, donde también el dogmatismo ha regresado) y proporciona una guía de conducta. Por ejemplo, ante el nihilismo y los fanatismos, propone a ateos y creyentes “la fidelidad”. ¿Fidelidad a qué? A las enseñanzas de nuestros padres, maestros y a lo mejor que ha generado la cultura occidental, que naturalmente que también incluye las Sagradas Escrituras (Montaigne y la Biblia; no Montaigne o la Biblia). Nadie que persiga esa forma de rectitud podría escribir, por ejemplo, que “la corrupción es una forma espeluznante de democratizar la política” como acaba de hacer un historiador kirchnerista en un periódico de su propio palo para escándalo de las redes sociales. Robar está mal y la política no puede estar nunca por encima de la decencia. ¿No es eso lo que aprendimos en casa?

El ensayo intenta responder tres preguntas: “¿Podemos prescindir de la religión?”, “¿Existe Dios?” y “¿Qué tipo de espiritualidad podemos proponer a los ateos?”. En la primer parte, el autor de ¿El capitalismo es moral? (pincha acá) afirma que de lo que nunca podremos prescindir es de la comunión, de la felicidad ni del amor. En el segundo tramo, expone seis argumentos que lo llevan a no creer en Dios e incluso a considerar que no existe. Personalmente, creo la única refutación que no resulta convincente de las que se hace de la llamada apuesta de Pascal: “Si no se puede probar a Dios, se puede -y se debe- apostar a su existencia”.

Finalmente, en el tercer capítulo (el más original), tras evocar su propia experiencia mística, Comte-Sponville explica que la espiritualidad, el producto más exquisito de Naturaleza, es nuestra relación finita con el infinito o la inmensidad, nuestra experiencia temporal de la eternidad, nuestro acceso relativo al absoluto. Es el amor (es decir, una alegría acompañada de una causa exterior) y no la esperanza lo que hace vivir; es la verdad (es decir lo universal), y no la fe la que libera. Ya estamos en el Reino de los Cielos, la Eternidad es ahora. Lo realmente novedoso de la Buena Nueva sponvilleana es que se puede ser ateo sin necesidad de ser materialista. En Occidente suena extraño, pero en Oriente -y la antigua Grecia y en Roma- se ha practicado con naturalidad.
Guillermo Belcore


Calificación: Muy bueno

martes, 26 de enero de 2016

Morir por pensar

"El pensamiento no es una opinión. Un sólo pensamiento puede ser verdadero contra 80 mil opiniones que concuerdan".
Milindapanha

Ilustres disciplinas se besan, copulan, se funden en el noveno volumen de Ultimo reino, la prestigiosa saga híbrida de Pascal Quignard (Verneul-sur-Avre, 1948) que el sello El  cuenco de Plata trajo a la Argentina. El filósofo cultiva la filología. Se regodea en el origen de las palabras (etimología), interpreta el papel de sociólogo e historiador, ensaya una genealogía de la curiosidad intelectual. El retórico juega a ser psicólogo. Todo en torno a un hecho misterioso, mágico,  diferenciador: el acto de pensar.

Treinta y seis capítulos cortos enriquecidos con el saber clásico examinan pues en profundidad la noesis (operación de pensar) y el noema (contenido de pensar). Quignard encuentra las ligazones más insólitas; entrelaza nociones y experiencias, traza parangones entre la voluptuosidad de la meditación y las de la cacería (pensar es olfatear la cosa nueva que surge en el aire circundante) y la excitación genital. El movimiento de pensar, escribió Lucrecio, es la alegría de naturaleza sexual (voluptas), acompañado de temblores que tienen algo de divino (horror).

Hay pasajes sublimes (sub-lime, lo más alto de la montaña antes del alba) como aquellos que narran la muerte de Socrates, el juicio a Apuleyo o la presencia de un daimon (se llamaría silfo) en nuestro bajo vientre,  junto al escroto, que extiende las imágenes que propician las fantasías masturbatorias (la petit morte que deviene de la punta de los dedos también es un producto del acto de pensar).

Hay, asimismo, como en toda meditación francesa párrafos oscuros,  aunque bellamente escritos,  meros juegos de palabras. Francia adora el calembour. No obstante,  tarde o temprano uno termina añorando un sorbo de claridad anglosajona. El éxtasis de la comprensión, al fin y al cabo,  es tan formidable como el éxtasis del lenguaje.

Quignard te advierte: pensar es tan placentero como riesgoso. El que piensa traiciona. Y esta librado a su suerte:

"El que piensa esta en paraíso. De eso no hay duda alguna. Pero en el paraíso está completamente sólo, desnudo, temblando con los dos pies mojados"

En el mejor de los casos, se trata de encontrar un modus vivendi entre pertenencia y extravío; en hallar una casa entre nacionalismo y errancia, conjetura el autor al final del libro. Pero no te hagas ilusiones. Pensar es "a riesgo de perder la estima de los suyos, a riesgo de abandonar el aroma humano, a riesgo de ser expulsado de su ciudad, de ser excomulgado, a morir en la soledad de una pieza de hostería". Pensar se torna una moral. Supone compartir el destino de Baruch Spinoza.
Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno


PD: Llegue a esta obra inspiradora gracias al consejo de una cultísima amiga de Twitter: @Queirosiana. Me lo prescribió como antídoto a mi decrépita anglofilia. He aquí pues la mejor recomedación de 2015.

domingo, 7 de septiembre de 2014

Heidegger, forjador de aforismos

Hay una especie literaria (porque la filosofía es también una forma de literatura elevada) particularmente atractiva, tanto para la sensibilidad artística como para el intelecto: el aforismo. “Retazos de púrpura”, la llamó Jorge Luis Borges, teniendo en mente a Oscar Wilde. Y fue George Steiner, ese crítico al que todos deberían parecerse, quien reflexionó a fondo sobre la “estética del fragmento” a partir de Heráclito, y notando el hecho de que ha llamado la atención en todas las artes. El boceto, la maqueta, el borrador, lo inconcluso en general (piénsese en Gaudí) han sido valorados por encima de la obra acabada. En verdad, todo Heráclito, Nietzsche y Wittgenstein es fragmento, pero en el año del Señor 2014 los argentinos podemos descubrir que un pensador esencial (nunca mejor usado el adjetivo) cuya obra a priori es todo lo contrario de la especie aforística, también la ha cultivado. Hablamos nada menos que de Martin Heidegger (1889-1976).

¡Qué hermosa sorpresa! El sello El hilo de Ariadna acaba de publicar Acerca de Ernst Jünger, obra fragmentaria de Heiddeger que refulge tanto como ejercicio de crítica literaria como en su carácter de bosquejo de Alta Filosofía. La traducción es impecable. Casi nada hay de jerga impenetrable. Contiene el libro notas de los años treinta, un manuscrito de 1954, así como numerosas y detalladas acotaciones marginales que el pensador alemán realizó sobre obras de Jünger como El trabajador o Los acantilados. Vaya par de gigantes, ¿no? Heidegger y Jünger. Pero hay un tercero eminente invitado a la mesa: Nietzsche. La indagación filosófica se va engarzando sobre el hilo conceptual que había aportado el creador de Zarathustra; hilo deformado, enriquecido, solidificado mediante un imperativo categórico: Todo es metafísica. Incluso la política. Para Heidegger, el dirigente debe aspirar a convertirse en “figura”; alcanza el éxito si es leído “metafísicamente” por la masa.

UN EXAMEN ATENTO

Postula Heidegger un principio que destruye el comentario chirle de la mayoría de los opinadores de suplementos dominicales: “Toda auténtica interpretación es confrontación en sentido literal“. Confronta entonces a un novelista que “piensa desde el ámbito de las gigantescas batallas de desgaste” de la I Guerra Mundial; en el que ha devenido como “realidad decisiva” esa contienda infernal; y el que propone como experiencia fundamental “el realismo heroico” en el sentido de “un desarrollo acabado de la metafísica de Nietzsche“. Pero lo confronta desde la admiración. El autor de Tempestades de acero es para el filósofo de la Selva Negra “un indicador con formato propio y por ello un artista esencial entre sus contemporáneos“.

El libro, riquísimo, en ideas e inferencias ofrece incluso, como se dijo, una metodología de análisis de la Alta Literatura. Sugiere el método heideggeriano al crítico seis aproximaciones, cuanto menos:

1) Ver (leer) pensantemente.
2) Reconocer el andamiaje de la obra y concebir este andamiaje como la estructura sobre la que se asienta una posición metafísica fundamental.
3) Examinar las experiencias del ente que proporciona la novela. ¿El ente es más que ente?
4) Descubrir influencias, entendiendo que sólo puede ser influido por un pensador esencial quien por sí mismo aporta y lleva a su encuentro un auténtico preguntar. Ser influido por grandes pensadores y poetas -nos recuerda Heidegger- es sólo la dicha de quienes han abandonado el circuito de lo pequeño.
5) Meditar sobre tres aspectos de la composición: a) Lo que el autor hace visible en sus descripciones. b) La posición fundamental sobre dentro de la cual la descripción ya ha sido realizada. c) El modo en que esta posición fundamental es fundamentada.
6) El escritor ante la voluntad de poder. ¿El autor ve lo real como fenómenos de poder? ¿Hay en él ese querer adivinar nietzscheano de lo que es fundamento del primer plano? ¿El escritor domina lo real mediante el desenmascaramiento?

LA VOLUNTAD DE PODER

Si el libro habla de política, el comentarista no puede ignorar la política, plantea el gran crítico español Ignacio Echeverría. Esta obra conversa sobre Alta Filosofía, algo hay que añadir al respecto. Básicamente, Heidegger se aupa sobre los hombros de Nietzsche para establecer que “nada es sin la verdad sobre el ser (Seyn)”. Y esa verdad radical no es otra que la siguiente: “La voluntad de poder es el carácter fundamental de lo real, la esencia de la vida“. Poder para Heidegger no es algo abstracto, “es decir nunca un ente en sí presente ante la mano, hallable y asible a voluntad“, sino “el ser mismo“. Nos advierte que “el poder no necesita portadores, él es lo portante (el ser)”.

Desde esa base firme, el libro -cual diccionario de Alta Filosofía- va hilvanando valiosas definiciones conceptuales: trabajo, trabajador, figura (“como núcleo del campo de fuerza situado en torno de él“), burgués, heroísmo, tipología, técnica. El derrotero es apasionante, pues deviene de la fijación del pensador con el lenguaje. Fuerza a pensar. Verbigracia: ¿cuál de estas siete categorías heideggerianas de trabajo se encarna en ti amable lector?:

1) como medio (trabajar para).
2) como meta (realización por el trabajo).
3) como modo fundamental del ser humano (el trabajador).
4) como subjetividad incondicional.
5) como objetividad ilimitada que determina el punto 4
6) como ser del ente en totalidad.

CONTRADICTORIO Y ACTUAL

Apenas se asoma el Heidegger totalitario; como por ejemplo cuando plantea la cuestión de la raza o cuando escribe que las SS son “ejemplo de construcción orgánica”. No va más allá, en rigor. Son verrugas feas pero diminutas sobre un texto por lo demás muy inspirador que se extiende por quinientas cincuenta y seis páginas y que, en su mayor parte, se forjó durante el Tercer Reich. Aquí hay también un Heidegger que se rebela contra las interpretaciones de “los nietzcheanos tornados salvajes” y  de “los investigadores de lo racial“ (bien mirado otra forma de materialismo como el marxista) que no captan lo esencial. Y un Heidegger que define al ‘superhombre’ no como la bestia rubia conquistadora sino como el “hombre que históricamente excede al vigente y último hombre en otra figura” (es decir, no lo mueven las modas ni las ideologías demenciales de su tiempo). Se evoca una máxima decisiva de Nietszche de 1886: “No tratar a ninguna persona que tenga participación en el mentiroso vértigo racista”.

Uno se va del libro pensando que el Heidegger que se expresa en forma aforística, y por lo tanto es fácilmente aprehensible (la técnica del rayo que cae, según Steiner), se configura en pensador con absoluta vigencia. Acaso hoy, el autor de Ser y Tiempo hubiera definido a las fruslerías de las redes sociales como “obstinación plenamente enceguecida en la subjetividad". ¡Je! Pero lo que no ha perdido vigor, tal como muchos eminentes franceses de posguerra han notado, es la invitación filosófica a reflexionar sobre lo trascendente, por debajo de los ropajes discursivos de la era en que nos toca vivir. Dice en la página 302:

 “Saber lo real sin encubrimiento es preciso; y por ello nos hacemos un camino hacia tal saber; pero se hace más necesario reconocer que todo ente y toda referencia a él nada es sin la verdad sobre el ser (Seyn), tan sólo a través de lo cual todo ente es acaecido en lo que es y como es”.

Guillermo Belcore

Publicado hoy en el Suplemento de Cultura del diario La Prensa

Calificación: Excelente