miércoles, 29 de abril de 2026

La reina de la montaña


Por Víctor Pavic Lundberg

Novela policial

Motus. 516 páginas


El policial nórdico es, posiblemente, la subespecie literaria que más se ha adocenado en el siglo XXI. Abundan los periodistas que buscan fortuna y dejar huella con una novela. Así, proliferan en Escandinavia productos que, al resignar originalidad, discernimiento, intensidad expresiva y profundidad psicológica -cuatro elementos que conforman la potencia estética de una obra-, se degradan hasta la categoría de literatura de supermercado. La industria editorial inflige este deterioro al resto del mundo.

Un caso paradigmático de esta suerte de entropía es La reina de la montaña, de Victor Pavic Lundberg (1987), editor del diario Aftonbladet y productor televisivo. La tapa nos informa que el autor ganó en Suecia el Premio Crime Time a la mejor ópera prima en 2022.

Ha escrito Lundberg una trilogía con los periodistas Loa Bergman y Danijela Mirkovic como protagonistas. El último tomo ostenta algunas virtudes. La prosa es altamente legible, lleva al lector a variados escenarios, plantea tres misterios y una reflexión sobre la degradación del periodismo tradicional. Ya no se trata de mejorar al mundo o transmitir cultura; el éxito se mide ahora en cantidad de clics.

El núcleo incandescente es un secreto de los años ochenta que involucra a la popular ministra de Relaciones Exteriores de Suecia. Si sale a la luz, frustrará su ascenso al timón del Estado; todo indica que será la próxima primera ministra.

Loa Bergman viaja a Chicago para seguir los pasos de la funcionaria cuando era una adolescente. Danijela Mirkovic es víctima de una extorsión y debe volver a su Bosnia natal, pero -¡oh casualidad- frente a la costa de Istria vuelan en pedazos a la hermana de la ministra y su jefe en el diario le encarga investigar en Croacia. Una tercera línea narrativa explora una supuesta injusticia que se cometió contra un diplomático sueco, acusado de venderse al espionaje ruso en los noventa. Naturalmente, todo está relacionado con todo.

De esta manera, la investigación y el paciente método deductivo corren por cuenta de periodistas vulgares y corrientes. Aquí, no hay un cínico detective, con réplicas verbales como aguijones, aficionado a la ironía, el alcohol y las mujeres fatales, buscando pistas en antros que llamaríamos de perdición si los parroquianos no estuvieran ya completamente perdidos.

Hay en el Nordic Noir descafeinado, en cambio, gente normal, políticamente correcta, indagando en Internet y en una red social llamada Flashback, tratando de desenterrar el pasado en colecciones de diarios; y practicando el insustituible y agresivo trabajo callejero. Más bien, Lundberg retrata a los policías como torpes o corrompidos, en general.

En conclusión, esta obra podría recomendarse a ese tipo de lector que gusta del armado de rompecabezas y no desea que lo pongan a prueba con densidades temáticas y estilísticas.

Guillermo Belcore

Calificación: Regular

lunes, 27 de abril de 2026

Hipervínculos


Nacimos en un andurrial del mundo: el Extremo Occidente, según la visión del profesor Samuel Huntington. La Provindencia nos condenó a la frustración económica y la bobería política, estamos tentados de pensar. Pero algunas almas sensibles se han revelado contra la mediocridad provinciana que inevitablemente causa el aislamiento y el subdesarrollo. Su Acto como Proyecto -en el sentido sartreano- es el del titán Atlas: cargar el mundo sobre sus espaldas. Como alguna vez conjeturó Borges, el derecho del intelectual argentino es asimilar y procesar un aluvión de culturas foráneas para crear arte y comentario desde nuestra peculiar cosmovisión, sin la fastidiosa carga del color local. A la estirpe dorada de los universalistas, pertenece el librero y escritor Danilo Albero.

Durante años y con la dedicación amorosa del orfebre, Albero escribió notas semanales en su página web. Las mejores fueron reunidas en un libro que aquí venimos a recomendar. Hipervínculos (Editorial Hugo Benjamín 255 páginas) es una fiesta de erudición y belleza.

El título, desde ya, invoca el nexo -resaltado o subrayado en azul- que en la Internet nos remite a otros datos. Al Señor Albero le encanta unir puntos, cruzar fronteras, explorar tradiciones, deconstruir influencias, saltar de una expresión artística a otra (de la literatura a la fotografía, a la historieta, a la pintura, al cine, a la música...) “de manera azarosa como el fluir de la conciencia de Joyce”, explica en una especie de autopresentación. El procedimiento narrativo tiene esa virtud, como enseñó Stevenson, sin la cual todas las demas son inútiles: el encanto.


La erótica de la obra proviene de cuatro diosas que soplan al oído de Albero:

a) Didáctica: Cada uno de los textos deja algo al lector curioso. El autor es un virtuoso de la cita y de la anécdota; un estudioso del diccionario y la enciclopedia. Obra también como maestro de lecturas y cicerone de museos.

b) Filología: Albero se mueve como pez en el agua en el universo de los significados y la musicalidad de las palabras. Es una de esas personas a las que conmueven los vocablos raros y escogidos; los arcaísmos y los neologismos como “nomofobia”, el miedo irracional a estar sin el teléfono móvil, sin conexión a internet o sin carga de batería. Naturalmente la etimología es otra de sus pasiones.

c) Elegancia: Siempre algo de la prosa hay que decir. La escritura de Alberto combina claridad con finura. La forma está a la altura del contenido.

d) Pertinencia: La temática de libro aborda cuestiones trascendentes como los efectos de la cuarentena interminable por el covid, las fuentes de insipiración del escritor o la posverdad (existen cinco clases de fakes news al parecer: mentira pura, mentira por la estructura, furia selectiva, apelación emotiva, retractación oculta). Pero también se salpimenta con comentarios sobre asuntos de bajo calado como la preparación del Dry Martini en Estados Unidos o las parafilias de grandes escritores, caso el fetichismo de José Mármol con los pies. Muy interesantes, además, son las evocación de diálogos del autor con Fogwill y María Kodama.  
   

EL HILO DORADO


Si hay un hilo dorado que caracteriza al libro es el gusto del autor por los clásicos, un concepto artístico que empuña de una manera muy amplia, desde Homero hasta Ian Fleming. Nos regala, incluso una bellísima definición de Italo Calvino: 

”...clásico es el libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”.

La obra, finalmente, es un bálsamo por dos razones. En primer lugar, por la colosal cantidad de conocimientos que pone en juego, justamente en una era en la que la norma camina por la vereda de enfrente: la de la superficialidad, la ignorancia celebrada y lo inane. En segundo lugar, Albero presenta batalla a ciertas pestes contemporáneas que tantas obras y personalidades valiosas han estragado, como la corrección política o las denuncias alocadas de apropiación cultural.

Volvamos al principio. En el prólogo, Vicente Battista, define a Danilo Albero como una Rara Avis y lo emparenta con Sarmiento, Macedonio, Cortazar, Borges y Bioy. La estirpe, como decíamos, de aquellos creadores argentinos a los que nada de la excelencia occidental les resulta ajeno.

Guillermo Belcore

Calificación: Muy bueno

viernes, 3 de abril de 2026

El erizo y el zorro



Básicamente, hay dos clases de intelectuales: los erizos y los zorros.
Los primeros son monistas; explican toda la realidad con un único sistema. Los segundos son pluralistas, escépticos, admiten los límites de la comprensión humana. El campeón de los erizos es Karl Marx, pero también Dante, Platón, Lucrecio, Pascal, Hegel, Dostoievski, Nietzsche y Proust pertenecen a esa categoría. Por el contrario, Heródoto, Montaigne, Erasmo, Moliere, Goethe, Balzac son zorros.


El autor de tan elegante y precisa clasificación es un zorro de 50 kilates. Su nombre, Isaiah Berlin (1909–1997), “influyente filósofo británico e historiador de las ideas, reconocido como fundador de la historia intelectual moderna y defensor del liberalismo”, según describe la Enciclopedia Británica.


Berlin incluyó la antinomia en un genial estudio sobre la concepción de la historia de Lev Nikoláievich Tolstoi, publicado por primera vez en 1951 en una oscura revista de estudios eslavos y desde entonces reimpreso como ensayo, admirado por erúditos y público en general, y debatido hasta el tuétano en todos los centros de cultura occidentales. Es el libro que aquí venimos a recomendar.


Hemos tenido la fortuna de leerlo en portugués (O ouriço e a raposa, Editorial Civilización Brasileira, 188 páginas). La cuidada edición brasileña incluye, entre otras gemas, un prólogo de Michael Ignatieff, destacado historiador y expolítico canadiense, reconocido sobre todo por ser el biógrafo autorizado de Berlin. Las versiones en español del encantador ensayo se consiguen fácilmente.


Usted se preguntará de dónde ha sacado Berlín la idea de esos dos animalitos. De un fragmento de un poema del griego Arquíloco (680 aC-645 aC) que dice así: 

“Un zorro sabe muchas cosas, pero el erizo sabe sólo una gran cosa”. 

El verdadero significado del verso ha sido también motivo de intenso debate, incluso -se explica en la edición brasileña- podría tener un matiz sexual (sería la respuesta de una dama que intentaba ser seducida hace unos 2.600 años).

Volviendo al libro, la tesis de Berlin es que el gran Tolstoi fue por temperamento un erizo, pero su razón lo empujaba a escribir y actuar como un zorro. Es decir, tuvo un ardoroso deseo de una visión monista, pero siempre se detuvo, con prudencia, en los lindes de la Tierra Prometida. Como tantos de sus semejantes infelices lo desgarraba un conflicto irreconciliable entre instintos y aspiraciones intelectuales. Su drama, además, fue carecer de una perspectiva positiva.


Esa tempestad interior es la materia prima con que el ilustre pensador británico escribió una de las mejores críticas literarias de todos los tiempos, según han descatado un par de encuestas en la anglósfera. El análisis que hizo de las influencias que modelaron el pensamiento del novelista rusa es sublime. Desmenuzó, además, pasajes y personajes de Guerra y paz y examinó la correspondencia del literato. El estilo de Berlin refulge por su claridad, luminosa como una mañana soleada en Buenos Aires.


Si bien la obra de Berlin es esencialmente literaria, el lector inteligente sacará conclusiones que pueden ser aplicadas a la arena ciudadana de nuestros días. Es otro valor del texto. Concluirá ese lector que, en términos políticos, los erizos son fanáticos cuyas ideas conducen al desastre económico y social. Los zorros son tolerantes, esclarecidos y humanistas en el sentido real del vocablo.


A pesar de la veneración que suscita una mente como la de Isaiah Berlin hay que decir que no inventó nada. Incluso, el mejor de nuestros zorros ya había planteado la disyunción intelectual que describió el inglés.


Jorge Luis Borges, quién si no, rescató la frase "todos los hombres nacen aristotélicos o platónicos" del poeta Samuel Coleridge en varias ocasiones.


“Los últimos intuyen que las ideas son realidades; los primeros, que son generalizaciones; para éstos, el lenguaje no es otra cosa que un sistema de símbolos arbitrarios; para aquéllos, es el mapa del universo. El platónico sabe que el universo es de algún modo un cosmos, un orden; ese orden, para el aristotélico, puede ser un error o una ficción de nuestro conocimiento parcial. A través de las latitudes y de las épocas, los dos antagonistas inmortales cambian de dialecto y de nombre”, escribió el maestro en Otras Inquisiciones.


¡Dios nos libre de los erizos de la política que ven las ideas como realidades!

Guillermo Belcore


Calificación: Excelente